Enamórame 4.

A Ruth todavía le temblaban las piernas cuando llegó a casa. Estaba nerviosa, se sentía confusa y era incapaz de pensar con claridad. Necesitaba desahogarse y, tras comprobar que tan solo eran las ocho de la tarde, decidió enviarle un mensaje a su amiga Ana: “Necesito hablar con alguien, ¿tienes cinco minutos?” Se sintió un poco mal por molestar a su amiga con tonterías cuando ella acababa de tener un bebé, pero la necesitaba.

Su teléfono móvil comenzó a sonar a los pocos segundos, Ana la estaba llamando.

—No me lo digas, has quedado con David y te lo has tirado —le dijo Ana en cuanto Ruth descolgó.

—Casi aciertas, he quedado con él para tomar un café, pero no me lo he tirado.

—Cuéntamelo todo.

—No quiero molestarte, si estás ocupada…

—El pequeño acaba de dormirse y Nahuel está en su despacho trabajando, me paso el día encerrada en casa y necesito desconectar —le confesó Ana y añadió bromeando—: Piensa que esta conversación es como una terapia para ambas.

—David me llamó cuando llegué a casa, me dijo que quería verme, insistió en quedar y me convenció para tomar un café —le resumió Ruth—. Hemos quedado en la cafetería de la plaza Mayor y nos hemos puesto al día.

—No pareces muy contenta, ¿qué es lo que ha salido mal?

—Todo. Me sentí como una quinceañera frente a su ídolo, pero me mantuve firme y no se lo puse fácil.

—Bueno, hasta ahí no hay nada malo —opinó Ana.

—Esperaba que intentara seducirme, pero en lugar de eso se empeñó en saber de mí como si fuéramos dos viejos amigos, esas fueron sus palabras exactas. Como dos viejos amigos.

—Estás enfadada porque no ha intentado nada contigo —concluyó Ana—. Hace casi tres años que no sabéis nada el uno del otro, no podéis retomar vuestra relación donde la dejasteis.

—Eso mismo dijo él.

—Que te haya llamado nada más llegar a la ciudad es una buena señal, igual que quiera seguir viéndote sin pretender meterse en tu cama.

— ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Eso solo lo puedes decidir tú, Ruth. Pero, si quieres mi consejo, te diré que te dejes llevar y que hagas lo que realmente sientas.

—No quiero volver a pasar por lo mismo, no creo que pueda soportarlo de nuevo.

—Estás dando por hecho que no saldrá bien y eso es suponer demasiado, Ruth. Sí, puede que al final no salga bien. Pero, ¿estás dispuesta a dejar pasar la posibilidad de ser feliz junto al hombre que amas solo por miedo? Sinceramente, creo que es mejor amar y sufrir que quedarte con la duda de lo que pudo haber sido.

Ruth resopló frustrada, todo hubiera sido más fácil si Ana le hubiera aconsejado que pasara de David. Ahora la pregunta que debía hacerse era si estaba dispuesta a dejarse llevar y arriesgarse a sufrir de nuevo por él.

Las dos amigas continuaron charlando un rato más hasta que el pequeño Nahuel se despertó y Ana se despidió para atender a su bebé recién nacido.

Ruth se dio un largo baño para relajarse, se preparó una ensalada para cenar y poco rato después se metió en la cama. Estaba agotada mentalmente, el regreso de David la perturbaba y la incertidumbre sobre su futuro la reconcomía. Trató de dormir, pero solo consiguió dar vueltas en la cama. Se dormía, soñaba con David y a los pocos minutos se despertaba desorientada y confusa.

A la mañana siguiente, Ruth se levantó de la cama y cogió su teléfono móvil. Sonrió al descubrir que tenía un mensaje de David y lo abrió para leerlo: “Solo quería agradecerte que me hayas dado la oportunidad de volver a verte, no te arrepentirás. Buenas noches, pequeña.”

Le había enviado el mensaje de madrugada y Ruth adivinó que David tampoco habría podido dormir. No supo si contestar o no su mensaje, así que se dirigió a la cocina para desayunar mientras lo pensaba. Y lo pensó durante todo el día hasta que, antes de irse a dormir, decidió responderle: “Espero no arrepentirme. Buenas noches, David.”

Sabía que estaba siendo bastante borde con él, pero no se lo iba a poner tan fácil después de haberla abandonado. Así se había sentido Ruth: abandonada. Era consciente que David no podía dejar escapar aquella oportunidad profesional aunque fuera en la otra punta del país, pero que quisiera eliminar cualquier contacto con ella durante ese tiempo le dolió. Todos la consolaban diciendo que las relaciones a distancia no funcionaban, pero ella hubiera preferido tenerlo y perderlo poco a poco antes de no tenerlo. Había sufrido mucho, no podía sacárselo de la cabeza y tampoco del corazón. Soñaba todas las noches con él y durante el día fantaseaba imaginando que él lo dejaba todo para ir en su busca. No lo había olvidado, pero había aprendido a vivir sin él y ahora que había vuelto temía volver al principio. No estaba dispuesta a sufrir de nuevo porque no se sentía capaz de resistirlo. Tampoco tenía la suficiente fuerza de voluntad para alejarle de su vida, por eso había decidido que, si realmente él estaba dispuesto a recuperarla, tendría que demostrárselo.

El sonido de la recepción de un mensaje en su móvil la sacó de sus pensamientos. Cogió el teléfono móvil con las manos temblorosas, sintiéndose nerviosa al imaginar que sería él y no se equivocó: “Supongo que tenemos una conversación pendiente. Quizás deberíamos quedar para hablar antes de asistir juntos a la inauguración de esa exposición. ¿Aceptarías una invitación mañana por la noche? Piénsalo antes de negarte en rotundo. Te prometo que seré bueno.” Ruth sonrió y acto seguido se reprendió mentalmente, aquella actitud no era la que tenía previsto tener. No contestó su mensaje, se fue a dormir y pasó la noche dando vueltas en la cama fantaseando con David.

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