Enamórame 20.

Seis meses después…

Ruth llegó al apartamento cansada del trabajo, era temporada de visitas de estudiantes de todas las edades y la galería se parecía más un colegio que a una galería de arte. Además, estaba un poco triste por dejar el apartamento en el que había vivido los últimos cuatro años, aunque estuviera emocionada por mudarse con David a su nueva casa con jardín.

— ¿Cómo ha ido el día, pelirroja? —La saludó David con un beso en los labios nada más entrar por la puerta.

—Horrible, deseando llegar a casa para acurrucarme contigo en el sofá.

—Pues hoy no va a poder ser, pelirroja —le advirtió tratando de ocultar su sonrisa, pero sin conseguirlo—. Tenemos planes, ve a ducharte que salimos en una hora.

— ¿A dónde vamos? No quiero salir, estoy cansada y solo quiero meterme en la cama contigo, abrazarme a ti y dormir hasta mañana.

—Y lo haremos, pequeña, pero antes tenemos que hacer algo. Ve a ducharte y no tardes.

Ruth resopló, pero le obedeció para no iniciar una discusión, él siempre acababa saliéndose con la suya.

Una hora más tarde, ambos salían del apartamento y se dirigían en coche hacia a su nueva casa. Ruth frunció el ceño cuando llegaron, no tenían previsto trasladarse hasta dentro de un par de semanas, cuando les llegaran los muebles.

— ¿Qué estamos haciendo aquí?

—No seas impaciente, es una sorpresa —le respondió David divertido—. Ven, deja que te ponga una venda en los ojos.

— ¿Una venda? ¿Para qué?

—Ya te lo he dicho, es una sorpresa —le susurró él con paciencia.

Ruth se dejó hacer, ya que la había arrastrado hasta allí, lo mínimo que podía hacer era dejar que le mostrara la sorpresa, pese a que ella odiaba las sorpresas.

David le vendó los ojos nada más salir del coche y la guio por el jardín hasta entrar en su nueva casa. Ya habían llegado los muebles y estaban colocados, Ana y Eva le habían echado una mano para que todo estuviera listo para esa noche.

David había planeado estrenar su nueva casa con una velada romántica. Le había preparado una cena en el jardín, con velas y flores; también tenía previsto llenar el jacuzzi de agua caliente y tirar algunos pétalos de rosas, como había visto en las películas; y, lo más importe, cada cinco segundos se tocaba el bolsillo interior de su chaqueta para comprobar que la cajita con el anillo de compromiso que había comprado para Ruth seguía estando en su sitio.

—Voy a quitarte la venda, preciosa.

Ruth tuvo que parpadear un par de veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz de la casa y se quedó sin respiración cuando comprobó que estaban todos los muebles y que toda la decoración exactamente igual a como ella la quería. Riendo a carcajadas y llorando emocionada, recorrió todas y cada una de las estancias de la casa, seguida de cerca por David, que disfrutaba viéndola reír.

—Eres tan perfecto que creo que no eres real, no te merezco —le dijo Ruth antes de abrazarle y besarle.

—Todavía no has visto lo mejor, ¿me acompañas al jardín?

Ruth asintió con curiosidad, embelesada por los detalles que David siempre tenía con ella para enamorarla aún más si era posible. Le siguió al jardín y los ojos se le llenaron de lágrimas cuando vio una mesa preparada para dos comensales, iluminada con un precioso y antiguo candelabro y con un jarrón repleto de orquídeas blancas.

—Pelirroja, ¿no dices nada?

—No sé qué decir.

—Solo di que sí.

— ¿Sí a qué?

David sacó la pequeña caja de su bolsillo y la abrió para enseñársela a Ruth antes de decir:

—Cásate conmigo, pelirroja.

Ruth se quedó sin palabras, pero se arrojó a sus brazos a modo de respuesta. Se abalanzó sobre él con tanta fuerza que le hizo perder el equilibrio y acabaron revolcándose sobre el mullido césped del jardín. Entre besos y risas, David consiguió ponerle el anillo a Ruth en el dedo.

—Te quiero, pequeña pelirroja.

—Yo a ti también, grandullón —le susurró Ruth antes de besarle en los labios y desnudarse en el jardín de su nueva casa.

 

FIN

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