Enamórame 2.

Ruth se despertó sudando, con las sábanas pegadas al cuerpo y sintiendo una fuerte palpitación en su entrepierna. Había soñado con David y estaba excitada. Resopló con frustración, se levantó de la cama y se dio una ducha de agua fría para espabilarse.

Desayunó un café con un par de tostadas y a las siete en un punto se marchó a la galería, quería dejar preparada toda la documentación de la exposición fotográfica para tener libre el fin de semana y poder desconectar un par de días. Con las prisas, Ruth se dejó el teléfono móvil apagado en casa y no se dio cuenta hasta que llegó a la galería.

A mediodía decidió marcharse a casa, lo tenía todo atado en el trabajo y se sentía incómoda sin su teléfono móvil. En cuanto entró en casa, fue en busca del teléfono y lo encendió. Tenía numerosos mensajes pero solo se fijó en uno. Todavía tenía guardado en sus contactos el número de teléfono de David. Sus pulsaciones se aceleraron y para tratar de calmarse hizo unos ejercicios de respiración que había aprendido en las clases de yoga, estaba empezando a hiperventilar.

Se sentó en el sofá, esperó unos minutos y, cuando se sintió preparada, leyó el mensaje de David: “Hola Ruth. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero estoy en la ciudad y me gustaría verte. ¿Te apetecería salir a tomar un café conmigo? Abrazos, David.”

Ruth suspiró profundamente, se levantó del sofá y se sirvió una copa de wiski con hielo sin importarle la hora que era. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Quedar con él como si fueran dos viejos amigos y fingir que no pasó nada aquel verano?

Necesitaba distraerse, pensar en un posible encuentro con David después de tanto tiempo le producía ansiedad. Decidió llamar a su amiga Ana, se moría de ganas por saber de ella y del pequeño Nahuel.

— ¡Ruth! —La saludó Ana nada más descolgar—. Ahora mismo iba a llamarte, nos han dado el alta y ya estamos en casa.

— ¡Genial! En casa estarás más tranquila y más cómoda —le respondió Ruth sonriendo al notar a Ana tan animada—. ¿Cómo está mi pequeñín? ¿Se porta bien?

—No da guerra, pobre. Solo come y duerme, es muy bueno. Si tienes tiempo, ¿podrías venir a comer a casa? Ayer apenas pudimos vernos y te echo de menos.

—En media hora estoy en tu casa, ¿quieres que pare en el restaurante chino y compre comida para llevar?

—No, mejor ven a casa y llamamos al restaurante desde aquí —concluyó Ana.

Se despidieron antes de colgar y Ruth sonrió animada, tenía ganas de tener al pequeño Nahuel entre sus brazos. Se montó en su coche y condujo hasta casa de Ana, que la esperaba en el porche con una amplia sonrisa en los labios. Las dos amigas se saludaron con un largo y afectuoso abrazo y a Ana no se le escapó que algo le pasaba a Ruth. Pasaron al salón y Nahuel se unió a ellas pocos minutos después:

—El pequeño Nahuel se acaba de quedar dormido —les anunció tras saludar a Ruth. Se volvió hacia a su esposa y le dijo—: Nena, si no te importa, voy a aprovechar que Ruth está aquí para acercarme a la oficina, así podréis hablar de vuestras cosas —sonrió con complicidad, besó a Ana en los labios y añadió—: Llámame si necesitas cualquier cosa y vendré volando.

—Vete tranquilo, estaré bien —le aseguró Ana.

Ruth sonrió ante la ternura y el cariño con el que se trataban y se preguntó si algún día ella llegaría a compartir esos momentos tan especiales con alguien.

—Vale, ya está bien —la regañó Ana en cuanto Nahuel se marchó—. Empieza a soltar por esa boquita qué demonios te pasa —Ruth abrió la boca pero Ana la interrumpió añadiendo con tono de advertencia—: Y ni se te ocurra decirme que nada.

—No quiero agobiarte con mis tonterías, he venido para que me cuentes lo feliz que eres y lo guapo que es mi sobrinito.

—Por favor Ruth, nos tienes a todos preocupados desde que te vimos ayer en el hospital, parecía que habías visto un fantasma y te largaste de allí volando —insistió Ana.

Ruth resopló, no tenía ninguna intención de contarle nada a Ana, no quería molestarla con sus delirios, pero insistió y Ruth pensó que le vendría bien hablar con alguien.

—Ayer, cuando fui a verte al hospital, me pareció ver a David.

— ¿Qué David? ¿Tu David? —Preguntó Ana sorprendida.

Ruth asintió con un leve gesto de cabeza y continuó hablando:

—Anoche estaba agotada, apagué el teléfono móvil y me fui a dormir. Esta mañana me levanté temprano y fui a la galería, me di cuenta de que no llevaba el móvil nada más llegar, pero seguí trabajando hasta que terminé de organizar todo lo de la exposición y regresé a casa. Cuando he encendido el móvil tenía este mensaje de David —Ruth le tendió su teléfono a Ana para que leyera el mensaje y, cuando lo hizo, le preguntó—: ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Por qué se pone en contacto conmigo después de casi tres años? ¿Está de paso en la ciudad y busca a alguien con quien echar un polvo?

—Ruth, cálmate —le aconsejó Ana—. La única manera que tienes de responder esas preguntas es hablando con él. Es un mensaje cordial y amistoso, está en la ciudad y quiere verte. Te está proponiendo quedar para tomar un café, ¿qué tiene de malo?

Ruth sabía muy bien qué tenía de malo. Había pasado mucho tiempo pero no le había podido olvidar. Todavía tenía el corazón roto, no lo había superado pero había aprendido a vivir con ello. Le había puesto una coraza de piedra a su corazón y, si volvía a verle, se arriesgaba a que esa coraza se deshiciera y su que su corazón se rompiera de nuevo.

—Sé que lo pasaste fatal cuando se marchó y sé que todavía sientes algo por él, de lo contrario no estarías así —opinó Ana suavizando su tono de voz—. Os despedisteis dejando una ventana abierta a vuestra relación, es hora de que abráis la puerta o la cerréis para siempre. No puedes vivir pensando siempre en lo que pudo haber sido, tienes que arriesgarte, Ruth.

—Probablemente tengas razón —resopló Ruth encogiéndose de hombros.

Y era sincera, realmente creía que Ana tenía razón, pero se mareaba y sentía náuseas solo de pensar en que David pudiera rechazarla. A duras penas logró seguir adelante con su vida tras su despedida y no se creía capaz de pasar por ello una segunda vez.

En ese momento, el llanto del pequeño Nahuel inundó la estancia a través del walkie y Ana subió a la planta superior para buscarlo.

—Es su hora de comer —anunció mientras se ponía en pie—. Ve llamando al restaurante para que nos traigan la comida, ahora mismo vuelvo.

Ruth llamó al restaurante chino y encargó la comida a domicilio. Pocos minutos después, Ana apareció cargando en sus brazos al pequeño Nahuel y a ambas se les caía la baba contemplándolo.

Las dos amigas disfrutaron viendo como el pequeño Nahuel comía mientras esperaban al repartidor del restaurante chino. Cuando el pequeño se durmió y ellas terminaron de comer, Ana intentó retomar la conversación sobre David, pero al ver que Ruth no estaba por la labor de seguir hablando del tema, decidió preguntarle por la próxima exposición.

A Ruth le encantaba su trabajo y hablar de la exposición la relajó, incluso rieron divertidas cuando le contó que Mike expondría un par de fotografías suyas.

Nahuel regresó tres horas después de haberse marchado y Ruth aprovechó su llegada para despedirse tras prometerle a Ana que la llamaría e iría a verla más a menudo.

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