Enamórame 18.

Cuando Ruth se despertó, David seguía dormido a su lado. Con cuidado para no despertarle, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Después se vistió e incluso se secó el pelo, pero David seguía dormido. Lo observó durante unos minutos y, viéndose incapaz de perturbar su sueño, decidió ir a la cocina y dejarle durmiendo.

Entró en la cocina y allí se encontró con Marisa, Tomás, Aitor y Alba; Ruth sonrió al comprender que el resto de la familia debía seguir durmiendo.

—Buenos días, tita Ruth —la saludó Aitor, que fue el primero en verla.

—Buenos días —saludó Ruth tímidamente.

—Buenos días, Ruth. Pasa y siéntate a desayunar con nosotros —la invitó Marisa—. ¿Dónde está David?

—Sigue durmiendo y no he querido despertarle, tengo la sensación de que no duerme tanto como debería —les confesó Ruth.

— ¿Te apetece café? —Le ofreció Tomás.

Ruth asintió y Tomás le sirvió una taza de café con leche mientras Marisa le servía un par de tostadas con mantequilla. Ruth lo agradeció con una amplia sonrisa, estaba hambrienta. Los padres de David la observaron desayunar y jugar con sus nietos y sonrieron felices.

— ¿Dónde está? —Se escuchó a David vociferar mientras bajaba las escaleras—. Si le habéis dicho algo…

—Buenos días, hijo —lo saludó Tomás cuando su hijo apareció en la cocina con cara de pocos amigos y añadió con tono de mofa—: Tranquilo, está aquí y solo la hemos invitado a desayunar.

—Ruth, ¿estás bien? —Exigió saber David.

—Sí, o al menos lo estaba hasta hace un momento —le regañó ella.

—Me he despertado y no te he visto y he pensado…

— ¿Has pensado que sería una maleducada y me iría sin decir nada?

—Lo siento, me he asustado —se disculpó David besándola en los labios.

—Tito David, ¿te vas a casar con la tita Ruth? —Preguntó Aitor y Ruth se puso pálida.

—Por supuesto, pequeño, pero antes tengo que convencerla —resolvió David con naturalidad, sin incomodarse lo más mínimo.

Los hermanos de David y su cuñado no se levantaron hasta la hora de la comida, por lo que David aprovechó para pasar la mañana a solas con Ruth. La llevó a la hípica de los vecinos y allí decidieron dar un paseo a caballo por los prados teñidos de verde y rojo debido a la hierba y a las amapolas que florecían en aquella época.

—Este lugar es increíble —pensó Ruth en voz alta.

—Me alegra oírlo, me temo que tendrás que venir a menudo —bromeó David haciendo referencia a las visitas que harían juntos a su familia.

—Tienes una familia maravillosa, un poco peculiar, pero maravillosa.

Entre risas, besos y caricias, regresaron a la mansión de los Garrido, donde se encontraron a toda la familia al completo, incluso los más perezosos ya se habían levantado.

—Buenos días, cuñada —la saludó Iván guiñándole un ojo con complicidad solo para fastidiar a su hermano.

— ¿Cuándo regresáis a la ciudad? —Quiso saber Marta.

—Regresaremos mañana después de comer, tengo que ocuparme de algunos asuntos antes de incorporarme de nuevo al hospital.

— ¿Has encontrado ya una casa o sigues en el hotel? —Preguntó Marisa.

—Todavía no he encontrado casa, pero estoy en ello —sentenció David y, volviéndose hacia Ruth, le preguntó para cambiar de tema—: ¿Te gustaría que después de comer diéramos un paseo por la montaña?

—Oh, claro —respondió Ruth algo confusa con el intercambio de miradas que hubo entre los progenitores de su amante.

Ruth no tenía ni idea de qué tenía planeado David, pero tampoco le importaba. Pese a le hubiera gustado pasar más tiempo a solas con él, tenía que reconocer que estar en compañía de su familia le gustaba, incluso lo pasaba bien con todos ellos. A pesar de ello, David no la dejaba ni un momento a solas, al menos no voluntariamente, y cuando lo hacía era a regañadientes, mirando primero a Ruth para confirmar que a ella le parecía bien.

Ruth se sentía feliz, una más de aquella inmensa y peculiar familiar. La amabilidad, generosidad y humildad de Marisa y Tomás la sorprendieron gratamente; la sinceridad y socarronería de Iván la hacían reír a carcajadas; admiraba la diplomacia y serenidad de Inés; y se sentía muy compenetrada con Marta, quizás por el amor al arte que ambas tenían. Sí, eran una familia peculiar, pero también una familia cariñosa y bien avenida donde la sinceridad era la clave para la armonía.

Después de comer, David fue con Ruth a dar un paseo, pero no sin antes lanzar una mirada de advertencia a cada uno de los miembros de su familia, por nada el mundo iba a permitir que le interrumpiesen en lo que pretendía hacer.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth al ver que cada vez se adentraban más en el bosque.

—Ahora lo verás, es una sorpresa —fue lo único que respondió él, con una amplia sonrisa en los labios.

Ruth odiaba las sorpresas, pero no fue capaz de decírselo al verle tan contento. Cerró la boca y continuó caminando de la mano de David mientras esquivaba piedras y raíces de árboles con las que de vez en cuando tropezaba.

Media hora después, estaban en un precioso claro en el bosque cubierto de amapolas y en el centro del claro yacía una pequeña cabaña de madera.

—Ya hemos llegado —anunció David con orgullo—. ¿Qué te parece?

—Es precioso. ¿La cabaña es de tu familia?

—Más o menos —. Ruth le miró enarcando las cejas y él, sabiendo que no se conformaría solo con esa respuesta, le explicó—: El terreno es de mi familia, pero la cabaña es mía. Yo mismo la construí hace algunos años. Cómo has podido comprobar, en casa de mis padres no hay mucha intimidad, así que la construí para poder escaparme de ellos y relajarme a solas de vez en cuando.

— ¿De verdad la has construido tú?

—Con mis propias manos —le confirmó—. Ven, te la enseñaré.

Era una cabaña sencilla, cuatro paredes de madera, un tejado, cinco ventanas y una puerta, pero a Ruth le pareció la cabaña más bonita del mundo. El interior tampoco era una gran cosa, tan solo un sofá cama, un pequeño cuarto de baño sin agua caliente (no había electricidad y el agua provenía de un pozo cercano a la casa), una mesa y un par de sillas.

—Aquí no hay lujos, pero la cabaña tiene su encanto.

—Y, ¿nunca has traído aquí a ninguna chica? —Quiso saber Ruth, sonriendo con picardía.

—No, solo a ti.

—Mm.

— ¿Qué pasa? ¿No te lo crees?

—Claro que me lo creo, no tienes por qué mentirme —le contestó Ruth frunciendo el ceño ante la idea de pensar que la mentía—. Estaba pensando que, si no has estado aquí con ninguna chica, eso significa que no has estrenado aún la cabaña, ¿no?

—Define estrenar —le pidió David divertido.

— ¿Has practicado sexo en esta cabaña?

—No, de hecho, creo que ni siquiera me he masturbado en ella —sonrió con descaro.

—Pues creo que tendremos que buscarle una solución a eso —sentenció Ruth antes de comenzar a desnudarse bajo la atenta mirada de David.

Tras hacer el amor dos veces en la cabaña, David y Ruth regresaron a la mansión y pasaron el resto del día con la familia de él. Jugaron a las cartas, charlaron de trabajo, hicieron planes para las vacaciones de verano que se aproximaban, etc., y Ruth se sintió una más de aquella familia pese a que apenas hacía un par de días que les conocía.

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