Enamórame 17.

Ruth descansaba boca abajo en la cama mientras David acariciaba lentamente la curva de su espalda. Ambos seguían desnudos después de una inmejorable sesión de sexo durante la hora de la siesta y, aunque ambos estaban satisfechos, ninguno de los dos se había saciado. Ruth ronroneó pegando su trasero contra la entrepierna de David, incitándolo a entrar en ella. Por supuesto, él no se hizo de rogar y volvieron a empezar.

Cuando por fin consiguieron que sus respiraciones se normalizaran, se dieron una ducha rápida y bajaron al salón para merendar con el resto de la familia.

—Hermanito, tienes cara de haber disfrutado de una buena siesta —se mofó Iván cuando les vio aparecer.

—La mejor siesta de mi vida —le confirmó David con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo.

Ruth recordó la advertencia de David sobre su hermano Iván y sonrió al comprender que todo formaba parte de su juego.

—Por favor, no me habléis de sexo que cada vez que Martín y yo nos ponemos a ello aparece uno de los dos monstruos para interrumpirnos, es como si tuvieran un radar y cada vez que nos acercamos…

—Nos hacemos una idea, Inés —la cortó Marisa pidiéndole prudencia con la mirada.

—Tranquila, en esta familia se habla tanto de sexo que al final se convierte en una conversación como cualquier otra —le dijo Tomás a Ruth meneando la cabeza de un lado a otro con desaprobación—. Yo prefiero vivir con la información justa, no necesito saber los detalles íntimos de mi familia, pero mi esposa insiste en que se hable de sexo y sentimientos abiertamente.

—Más que insistir, nos obliga —matizó David.

—No te quejes, gracias a eso tienes a dos hermanas dispuestas a darte consejo —le replicó Marta.

—Chicos, vais a asustar a Ruth y no querrá volver —les regañó Marisa.

—No te preocupes —le dijo David a Ruth bromeando—, no volveremos jamás.

—Estáis dramatizando, ¿os tengo que recordar qué me hicisteis a mí el primer día que llegué aquí con Inés? —Protestó Martín.

—No fue para tanto —dijeron todos al unísono haciendo reír a Ruth.

Aquella noche después de cenar, los cuatro hermanos, Martín y Ruth salieron a tomar una copa y dejaron a los niños con los abuelos en casa. Tras discutirlo durante un rato, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron ir al pub del hotel, ya que el otro pub al que consideraron ir estaba a más de veinte kilómetros, demasiado lejos para tomar una o dos copas.

—Tienes una familia fantástica —le dijo Ruth a David cuando entraron en el pub.

—Son bastante peculiares, no lo puedo negar, pero no los cambiaría por nada —la besó en los labios y le susurró al oído con la voz ronca—: Y a ti tampoco, pelirroja.

—Dejad algo para cuando lleguéis a casa, no se come delante de los pobres —se quejó Inés.

—Si seguís así me pondréis cachondo —se burló Iván.

—Yo también estoy a dos velas —se lamentó Marta.

—Por ese mismo motivo deberíais alegraros de que vuestro querido hermano goce de una extraordinaria vida sexual y no sea capaz de reprimirse ni en público —les dijo David abrazando a Ruth con orgullo.

—Supongo que prefiero tener un hermano salido que un hermano lloriqueando por los rincones —opinó Iván como quien pide la hora.

— ¿Llorando por los rincones? —Quiso saber Ruth.

—No les hagas caso —le dijo David quitándole importancia y, distrayéndola cambiando de tema, le preguntó—: ¿Quieres bailar?

Ruth aceptó, aunque solo fuera por la necesidad de sentir su cuerpo pegado al de ella. Rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó con fuerza contra su cuerpo. Apoyó la cabeza sobre su hombro, cerró los ojos y dejó que él marcara el ritmo mientras bailaban. Tan absorta estaba entre sus brazos que no se dio cuenta que Iván estaba junto a ellos hasta que le escuchó preguntar:

— ¿Me permites bailar con mi cuñada?

David suspiró, la idea de alejarse de Ruth no le hacía ninguna gracia, pero si encima era para dejarla en brazos de su hermano…

—Solo una canción —le advirtió a Iván. Besó a Ruth en los labios y le susurró al oído antes de dejarla con su hermano—: Si quieres que le estrangule solo tienes que decírmelo.

Iván sonrió, pero ignoró las palabras de su hermano y agarró a su cuñada por la cintura pegándola a su cuerpo, solo para escuchar cómo David refunfuñaba y maldecía entre dientes mientras se alejaba de ellos.

—No te preocupes por él, lo superará —se burló Iván al ver cómo Ruth fruncía el ceño, preocupada por David.

— ¿Siempre estáis igual?

—Supongo que sí, nos gusta fastidiarnos —respondió Iván divertido—. David es como una roca, el hombre de hielo, como dice mi madre. Pero tú eres su punto débil, así que ahora todos nos aprovechamos de eso.

—Genial —dijo Ruth con sarcasmo.

—No te enfades, solo quiero hablar contigo a solas, estoy segura de que mi hermanito no te ha dicho muchas cosas que deberías saber —le dijo Iván atrayendo toda su atención—. David nos habló de ti el mismo día que te conoció en el restaurante del área de servicio. Ni te imaginas lo mucho que nos reímos de él cuando nos dijo que se había hecho pasar por camarero solo para poder escuchar tu voz.

—Puedo hacerme una idea —rio Ruth divertida.

—Nos llamaba desde la costa cada día solo para decirnos que era feliz y que había encontrado su alma gemela, pero su felicidad se esfumó cuando averiguó que le habían concedido una plaza de trabajo en el otro extremo del país —continuó hablado Iván—. Nunca lo había visto tan hundido y desolado, ninguno de nosotros sabíamos qué hacer. Decidió que lo mejor era cortar por lo sano y no volver a saber de ti, creía que todo sería más fácil si no hablaba contigo, pero se equivocó. No voy a negarte que, durante todo este tiempo, todos hemos intentado que se olvidara de ti, pero no lo conseguimos. Por eso, cuando hace tres semanas nos llamó para anunciarnos que había conseguido plaza en el hospital de la ciudad y que quería recuperarte, todos hablamos con él para hacerle entender que en tres años tu vida había podido cambiar y mucho. Sin embargo, él no se dio por vencido y nos prometió que volvería a enamorarte. Y, según hemos podido comprobar, no va por mal camino.

—No voy a hacerle daño, Iván. Al menos no intencionadamente.

—Lo sé, pero creía que debías conocer la otra versión de la historia antes de tomar una decisión. Espero que mi hermano no meta la pata.

—Hasta ahora, no podía ser más perfecto —le confesó Ruth suspirando al mirar a David, que no les quitaba los ojos de encima.

—Será mejor que regreses junto a él, aunque no lo reconozca, no puede estar más de cinco minutos separado de ti.

Entre risas y bromas, Iván se abrió paso entre la multitud y llevó a Ruth junto a David y al resto de sus hermanos. David la escudriñó con la mirada tratando de adivinar si el sinvergüenza de su hermano le había dicho algo que la incomodara, pero ella parecía divertida y fue testigo de la mirada de complicidad que se dedicaron los dos cuñados.

—Hermanito, si la cagas con Ruth, te advierto que yo no la dejaré escapar —bromeó Iván.

—No pienso dejarla escapar.

Inés instó a los hombres para que fueran a pedir unas copas y las dejaran a solas con Ruth, las hermanas también querían tener una pequeña charla con ella.

—Me quito el sombrero contigo, nunca había visto a David enamorado y contigo ha roto todas las expectativas —comentó Inés una vez se quedaron a solas.

— ¿A qué te refieres? —Preguntó Ruth con curiosidad.

— ¿Acaso no has visto cómo te mira? —Le preguntó Marta riendo—. Por no mencionar la charla que tuvo con cada uno de nosotros cuando decidió venir contigo a casa, ¡incluso nos amenazó con no volver a dirigirnos la palabra si hacíamos o decíamos algo que pudiera ofenderte!

—No se lo tengas en cuenta, solo está enamorado —le dijo Inés a Ruth quitándole importancia a aquella amenaza—. David se ha tomado su tiempo, pero creo que no podía haber escogido mejor.

—La verdad es que todo habíamos apostado cuánto tardabas en decir que no nos aguantabas más y te largabas, pero lo has hecho bien —comentó Marta.

— ¿Alguien apostó a mi favor?

—Mi madre y Martín, pero estoy segura de que David también hubiera apostado por ti si hubiera sabido lo de las apuestas —la animó Marta.

—Si se hubiera enterado se hubiera puesto hecho un basilisco y no nos habría dejado apostar, es demasiado susceptible con todo lo que tiene que ver contigo —la informó Inés.

—Entonces, ¿he pasado la prueba? —Quiso saber Ruth.

—La has superado con un sobresaliente, mis padres ya te consideran una hija más y nosotras una hermana —le aseguró Inés y añadió bromeando—: Y, antes de que digas nada, recuerda que a la familia no se la escoge, te toca la que te toca, así que es mejor que no te resistas y empieces a cogernos cariño.

Los chicos regresaron junto a ellas cargando con varias copas que dejaron sobre una mesa alta, donde las chicas habían dejado sus chaquetas y sus bolsos sobre los altos taburetes.

— ¿Todo bien por aquí? —Le susurró David a Ruth lanzando una mirada severa a sus hermanas.

—Todo perfecto —le confirmó Ruth tras darle un beso en los labios.

—Pelirroja, deja de provocarme.

Ruth se echó a reír y le abrazó, dejando que aquellos brazos fuertes la estrecharan con fuerza y la hicieran sentir al lugar al que pertenecía.

Se tomaron un par de copas mientras charlaban, bailaban y se divertían. Ruth encajó a la perfección con aquella familia tan peculiar y David sonrió satisfecho. La observó bailar junto a sus hermanas, reír ante las pullas de Iván y aceptar los consejos de Martín sin perder la sonrisa. De vez en cuando le tiraba un beso cuando sus miradas se encontraban y él tuvo que contener el deseo que sentía en más de una ocasión.

Regresaron a la mansión de los Garrido pasadas las cuatro de la madrugada, entre risas y tropezones, más achispados de lo que en realidad pensaban. Marisa y Tomás, tumbados en la cama de su habitación, cruzaron una mirada y se sonrieron. Ambos estaban convencidos que Ruth era la mujer perfecta para su hijo David.

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