Enamórame 14.

El resto de la semana Ruth la pasó en una nube. Aprovechando sus vacaciones, pasaba las mañanas en casa de Ana, poniéndola al corriente de cada avance en su relación con David y desquitando los nervios que sentía por la inminente visita a casa de los padres de él, algo que ella todavía no terminaba de tener tan claro. Cuando David terminaba su turno en el hospital, se dirigía al apartamento de Ruth tras parar en un nuevo restaurante y allí comían a solas. Por la tarde, cuando decidían ver una película en el sofá, eran incapaz de contener su deseo y terminaban haciendo el amor. Y, en consecuencia, no habían terminado de ver ninguna de esas películas. Después Ruth preparaba algo ligero para cenar y antes de irse a dormir se daban un largo baño que incluía una sesión de sexo. David pasaba la noche con ella, abrazándola mientras dormía. Por la mañana se levantaba temprano, la besaba en los labios y se marchaba al hotel para ducharse y cambiarse de ropa antes de empezar con su turno en el hospital.

El viernes por la mañana, cuando David se levantó temprano para empezar con su rutina, ella se sintió sola en la cama. La necesidad de disfrutar de su compañía un rato más por las mañanas pudo más que todos sus temores y, cuando él la besó para despedirse, ella se oyó decir:

—Si dejaras el hotel y te quedases aquí no tendrías que irte tan pronto.

— ¿Es una invitación? —Le preguntó él arqueando una ceja.

—Ya te estás quedando aquí, pero si traes tus cosas podrás quedarte un rato más en la cama y no tendrás que madrugar tanto —argumentó Ruth, todavía medio dormida.

—Cuando salga del hospital traeré todas mis cosas —le susurró David antes de darle otro beso y marcharse.

Ruth apenas tardó un minuto en reaccionar y el pánico se apoderó de ella. No podía creer lo que le había propuesto a David y ahora no podía echarse atrás. Necesitaba reunir con urgencia al gabinete de crisis y, esta vez, necesitaba contar con un punto de vista masculino y decidió llamar a Mike también.

Y allí estaba, a las nueve de la mañana de un viernes sentada a la mesa de una cafetería con tres pares de ojos que no apartaban su mirada de ella.

— ¿Qué has hecho qué? —Preguntó Ana más divertida que escandalizada.

—Desde un punto de vista práctico, a mí no me parece una mala opción —opinó Mike.

—La cuestión no es si es práctico o no, la cuestión es que Ruth, nuestra Ruth, ha invitado a un hombre, a David para ser más concretos, a vivir en su apartamento —expuso Eva analizando la situación, a ella no se le escapaba nada. Miró a Ruth a los ojos y añadió—: Estás enamora de él, asúmelo.

—Pues espera a oír la última, ¿no os ha dicho que se va tres días con David a conocer a sus padres? —Anunció Ana sin poder parar de reír.

—Bruja —masculló Ruth fulminando a su amiga con la mirada.

—A mí me parece una historia de amor preciosa, tres años enamorados y ahora se reencuentran y descubren que ninguno de los dos ha sido feliz sin el otro —comentó Eva como si relatara el perfecto cuento de hadas.

—Yo no sé qué pinto aquí —musitó Mike incrédulo, ¿qué pintaba él en esa charla de chicas?

—Necesitaba una visión masculina pero, teniendo en cuenta que mis amigas en vez de ayudarme se ríen de mí o fantasean con comedias románticas de Hollywood, ahora tu opinión es la única que cuenta —bufó Ruth.

—Si ese tío te gusta, ve a por él —la aconsejó Mike—. A mí me pareció un buen tipo y no es difícil adivinar que está interesado en ti. Si sale bien serás feliz y si sale mal puedes volver a tu vida de antes y disfrutar del sexo con un hombre distinto cada semana, o cada noche si lo prefieres.

—Sea lo que sea lo que decidas, hazlo pronto —la apremió Eva—. Necesito saber si irás acompañada a mí boda —. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Y lo mismo te digo a ti, no pienso cambiar todas las mesas para añadir o quitar gente, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —dijeron firmes Mike y Ruth al unísono.

Ana estalló a reír a carcajadas, seguida de Mike y Ruth. Eva resopló y les fulminó con la mirada pero, un segundo más tarde ya estaba riendo con ellos.

—Cuéntanos eso de que vas a conocer a sus padres —le pidió Eva cuando lograron parar de reír.

—M dijo que quería enamorarme y para ello debía saber de dónde procedía y conocer a su familia, así que me ha invitado a ir con él —explicó Ruth encogiéndose de hombros.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Eva.

—A mí me parece una película de terror —se burló Mike, horrorizado con la idea de conocer a los padres de la mujer con la que se acostaba.

—Yo creo que es bastante interesante, nuestra pequeña Ruth está madurando y por fin va a conocer a la familia de su pareja —se mofó Ana.

—Teniendo amigos como vosotros, no me hacen falta enemigos —dramatizó Ruth haciendo que todos pusieran los ojos en blanco.

— ¿Qué es lo que te preocupa? —Le preguntó Ana poniéndose seria por primera vez en toda la mañana.

—Joder, voy a conocer a mis posibles futuros suegros y cuñados, ¡estoy nerviosa! ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si no soy lo suficiente buena para su hijo el doctor?

— ¡Por el amor de Dios! ¿Te estás escuchando? —La regañó Eva—. Pues claro que les vas a gustar, es imposible que no le gustes a alguien. ¡Si hasta me gustas a mí a pesar de que no te soporto la mayoría de las veces!

—Coincido con la Barbie pija —comentó Mike—, no te soporto, pero me gustas.

—No sé por qué no cambio de amigos —gruñó Ruth.

— ¡Porque nos quieres! —Canturrearon Eva y Ana a la vez.

—Vale, esto es todo lo que puedo soportar —sentenció Mike poniéndose en pie—. Si de verdad quieres mi opinión, deja de pensar tanto las cosas y limítate a disfrutarlas. Si no te gustan, siempre puedes cambiarlas.

—Será mejor que te vayas, te estás poniendo cursi —se burló Ana y todas rieron.

—No sé cómo Nahuel y Derek os aguantan —dijo meneando la cabeza de un lado a otro antes de despedirse de aquellas locas que tenía por amigas.

— ¿Vosotras vais a darme algún consejo?

—Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Mike, pero añadiría un par de cosillas sin importancia…

—Eva, no tengo tiempo para sutilezas.

—Evita decir palabrotas delante de tu familia política, asegúrate de estar siempre sonriente en su presencia y, lo más importante, que vean que su hijo es feliz a tu lado —recalcó Eva.

—David me ha dicho que su familia conoce toda nuestra historia —comentó Ruth.

— ¿Toda? —Casi gritaron a coro Ana y Eva.

—Toda, excepto los detalles más íntimos.

—Y él, ¿qué te ha dicho de sus padres? —Quiso saber Ana.

—Que no tengo nada de lo que preocuparme y que les voy a encantar —suspiró Ruth deseando que sus palabras fueran ciertas.

—Está intentado enamorarte, no te llevaría a casa de sus padres si creyera que te fueran a tratar mal —opinó Eva—. No te preocupes más, déjate llevar y disfruta del momento, desde que yo lo hago me va muy bien.

—Hasta que te quedes preñada y tengas que pasar la cuarentena —bufó Ana.

—Nahuel no te va a tocar hasta que el médico le dé permiso, quizás deberías sobornar al doctor para que hable con él —le aconsejó Eva—. Cuarenta días sin sexo es toda una tortura.

Entre risas y confesiones, las tres amigas terminaron de desayunar y se despidieron deseándole suerte a Ruth y haciéndole prometer que las llamaría cada día para mantenerlas informadas.

Cuando Ruth salió de la cafetería se sentía más segura y con más fuerzas para afrontar los próximos días. Estaría con David, él no dejaría que nada ni nadie estropeara su historia. Su cuento de hadas particular.

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