Enamórame 12.

A la mañana siguiente, Ruth llamó a Ana, necesitaba contarle todo lo que había ocurrido y desahogarse. No podía seguir engañándose a sí misma y, pese que había logrado posponer esa conversación pendiente, sabía que no podía seguir alargándolo más.

Ana la invitó a desayunar y, una hora más tarde, ambas se sentaban en el jardín de casa de Ana mientras desayunaban alegremente. Nahuel, el marido de Ana, estaba encerrado en su despacho trabajando, apenas pisaba la oficina desde que nació el bebé porque le resultaba imposible pasar tantas horas sin verles. Ana adoraba a su marido y a su bebé, pero también necesitaba un poco tiempo para ella y sus amigas, las echaba de menos.

—Bueno, ya está bien de hablar de mí —concluyó Ana.

— ¿Qué sabes de Eva? No he hablado con ella desde que nos vimos en la inauguración.

— ¡Por Dios, Ruth! No has venido hasta aquí para oírme hablar de mi aburrida vida de ama de casa ni para que te cuente lo ocupada que está Eva con los preparativos de la boda —le recordó su amiga al ver que seguía yéndose por las ramas—. ¿Vas a contarme qué ha pasado entre David y tú o voy a tener que torturarte para que confieses?

Ruth suspiró, había venido para eso, para hablar de David, así que no había ninguna razón para seguir evitando el tema.

—Ayer me acosté con él —confesó finalmente.

— ¿Ayer? ¿El sábado después de la inauguración no…? —Ana no supo cómo acabar de formular aquella pregunta, aunque tampoco hizo falta para que Ruth la entendiera.

—Estuvimos a punto, pero se echó atrás alegando que había bebido alguna de copa de más y que Mike había escogido un menú afrodisíaco para el catering, dijo que no quería que a la mañana siguiente me arrepintiera o, peor aún, que no recordara lo sucedido.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Ana emocionada.

—Eso lo dices porque no fuiste tú la que se quedó con el calentón toda lo noche.

—Será mejor que empieces a contármelo todo desde el principio.

Ruth asintió, bebió un trago de su zumo de melocotón y, empezando por el principio, le explicó todo lo que había sucedido con David desde la inauguración de la exposición de Mike hasta ese mismo momento. Ana la escuchó sin interrumpirla, prestando atención a sus palabras y a su expresión corporal. Era su amiga y la conocía lo suficientemente bien para saber qué estaba rondando por su cabeza.

—Sé que lo pasaste mal, pero en aquel momento ambos sabíais que lo mejor era que cada uno continuara por su camino. Sin embargo, después de casi tres años, él está aquí y lo primero y único que ha hecho es ir a buscarte. Puede que te dejara con el calentón, pero solo porque quería demostrarte que no había venido buscando sexo contigo, al menos no solo sexo —se corrigió Ana con una sonrisa traviesa en los labios—. Ya te dijo que no pretendía retomar vuestra relación donde la dejasteis, por eso ha decidido enamorarte de nuevo. Y, por mucho que intentes sabotearle, debes reconocer que el chico tiene mérito.

—Me siento idiota dejándome llevar por mis sentimientos, tengo la sensación de que hace conmigo lo que quiere y no puedo impedirlo por mucho que lo intente.

—Eso, querida amiga, es el amor —le aclaró Ana divertida—. ¿Crees que a mí me hace gracia estar todo el día en casa sin nada qué hacer? ¡Me aburro! Nahuel ha amenazado a todo el personal de la casa con despedirlos si permiten que yo mueva un solo dedo para hacer cualquier cosa. Lo único que se me permite es cuidar del bebé y solo durante el día porque de noche es Nahuel quién se ocupa de él. Tengo prohibido ir a la oficina y, por supuesto, ninguno de los empleados tiene permitido ponerme al corriente sobre asuntos de trabajo. Mi única distracción eres tú, Eva está demasiado ocupada con los preparativos de su boda y retozando con Derek por los rincones.

Ruth sonrió divertida, conociendo a esos dos, seguro que se pasaban el día retozando como decía Ana.

—Nahuel te quiere y cuida de ti. Incluso pasa la mayor parte del tiempo en casa para no perderos de vista a ninguno de los dos.

—Lo sé, pero a veces le mataría. Y el sexo, hasta que pase la cuarentena, tampoco es una opción a tener en cuenta —protestó poniéndose de morros como si fuera una niña pequeña.

En ese momento, apareció Nahuel con su perfecta sonrisa en los labios y, tras saludar a Ruth con un par de besos en la mejilla, se volvió a su mujer y le preguntó con sorna:

— ¿Ya le has contado a Ruth lo malvado que soy?

Ana bufó a modo de protesta y Nahuel se echó a reír. Besó a su esposa en los labios y, como si fuera una niña pequeña, le dijo con la voz suave:

—Preciosa, solo quiero que no te preocupes de nada que no seas tú y el pequeño Nahuel. Del resto, deja que me encargue yo.

—Lo sé —murmuró Ana dándose por vencida—, pero me aburro estando sola tanto tiempo y sin hacer nada.

—De eso quería hablarte, he estado trabajando desde casa estos días porque quiero que los tres nos tomemos unas pequeñas vacaciones —le explicó Nahuel, ahora con una sonrisa traviesa en los labios—. Pero antes, tienes que recuperarte.

— ¡Ya estoy recuperada!

—Preciosa, acabas de traer al mundo a nuestro primer hijo y quiero que estés al cien por cien antes de hacer ese viaje, quizás encarguemos allí al segundo…

— ¡De eso nada! —Protestó de nuevo Ana—. No pienso quedarme encerrada en casa nunca más.

— ¡Por favor, cualquiera que te escuche pensaría que te tienen secuestrada en un húmedo y oscuro sótano mientras te torturan terriblemente! —Se mofó Ruth, ganándose una mirada fulminante de su amiga.

—Déjalo, es inútil intentar hacerla entrar en razón —medió Nahuel. Se despidió de Ruth de la misma manera que la había saludado y después besó a su esposa en los labios antes de susurrarle con la voz ronca—: Preciosa, estaré en mi despacho si me necesitas.

Ana le escrutó con la mirada. ¿Aquello había sido una invitación? ¿Se había rendido y ya no quería respetar la cuarentena? Frunció el ceño cuando lo oyó reírse mientras se alejaba.

—Será…

—Sht, no lo digas —la regañó Ruth señalando el carrito de bebé donde dormía plácidamente el pequeño Nahuel.

Ambas amigas se miraron y comenzaron a reírse como dos colegialas. Ruth admiró la relación que su amiga tenía con su marido, ambos se compenetraban a la perfección y eran muy felices, al igual que Derek y Eva. Se preguntó si ella conseguiría tener esa complicidad con David y se sería feliz a su lado. Suspiró, solo había una manera de saberlo.

—Me voy ya a casa, no quiero que David pase a recogerme y yo todavía no haya llegado al apartamento —se despidió Ruth con un fuerte abrazo.

—No seas muy bruja con él y mantenme informada, ahora mismo la única emoción que hay en mi vida es tu historia con David —bromeó Ana.

Ruth tuvo que prometerle que la llamaría cada día para darle un reporte de todo lo que le pasara referente a David antes de poder marcharse de allí.

De camino a su apartamento, decidió parar en un supermercado donde compró un par de velas aromáticas, aceite corporal y una buena botella de vino. Tenía planes para esa noche, no estaba dispuesta a dormir sola otra vez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.