Enamórame 11.

Mientras fregaba los platos del desayuno, Ruth sintió la mirada de David recorriendo su cuerpo. Por, suerte, ella estaba de espaldas y pudo disimular todo aquello que él le hacía sentir. Cuando terminó su tarea, dio media vuelta y lo encaró. Estaba guapísimo con esa camisa blanca y esos vaqueros desgastados, parecía un modelo salido de una de las mejores pasarelas.

David recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada. Ardía en deseos y ni siquiera se molestó en disimularlo, sabía que resultaría inútil, ella le conocía demasiado bien para intuir cuando estaba excitado. Ruth le dedicó una sonrisa traviesa y se acercó a él con fingida inocencia.

—Gracias por el desayuno, ha sido todo un detalle.

—Si de verdad quieres agradecérmelo, pasa el día conmigo —Ruth le miró alzando una ceja y él añadió—: Haremos lo que tú quieras, podemos salir a pasear, ir al cine, al teatro, lo que a ti te apetezca.

— ¿Lo que yo quiera?

—Sí, lo que tú quieras —confirmó divertido.

—La verdad es que hoy no tengo muchas ganas de salir, estoy cansada y apenas he dormido por tu culpa.

— ¿Por mi culpa?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí. No puedes dejar a una mujer con un calentón como el de anoche y fingir que no lo recuerdas.

—Solo tienes que pedirme lo que desees, pelirroja.

Aquella sonrisa traviesa y su seductora mirada la atravesaron hasta llegar a su alma. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en casa. Y no se trataba del lugar, sino de la compañía. Ruth tenía muy claro qué deseaba, lo deseaba a él. Pero, tras lo que ocurrió la noche anterior, estaba dispuesta a pedírselo, prefería llevarlo al límite y que fuera él quien lo suplicara. Seguía sin entender cómo se había podido contener de esa manera y dejarla allí, completamente excitada, para regresar a su hotel y volver a la mañana siguiente.

—Tengo que salir a hacer unos recados, si quieres puedes acompañarme —le ofreció Ruth.

—Estoy a tu disposición —afirmó el de buen humor.

Ruth frunció el ceño, estaba segura de que si le hubiera dicho que tenía que ir al matadero él habría puesto la misma cara de aprobación. Cualquier otro hombre la habría intentado disuadir para quedarse en la intimidad del apartamento, pero él no. David estaba feliz de poder pasar el día con Ruth y, ya que tendría que luchar contra sus instintos más básicos, prefería hacerlo en un lugar público donde la tentación no fuera tan grande.

Media hora más tarde, Ruth subía al coche de David. Se había cambiado de ropa y David respiró aliviado al comprobar que se había puesto sujetador.

—Tú dirás, ¿a dónde me dirijo?

—Es domingo, así que solo estará abierto el centro comercial —meditó Ruth—. Sí, creo que allí conseguiré todo lo que necesito.

David sonrió y arrancó el motor del coche. Pocos minutos después, aparcaba en el sótano del centro comercial. Como era el único lugar que estaba abierto en festivo, el centro comercial estaba lleno de gente, pero a ninguno de los dos le importó.

Ruth le había propuesto ir allí pensando que él protestaría e incluso se negaría, pero el muy sinvergüenza se había limitado a asentir y sonreír. Ahora estaba allí y no tenía ni idea de qué hacer.

— ¿Qué hacemos ahora?

Buena pregunta, pensó Ruth. Lo meditó durante un segundo y, ya que estaba allí, aprovecharía para hacer la compra y llenar la nevera.

—La compra, mi nevera está vacía y, ahora que tengo unos días libres, estaré más tiempo en casa.

David no protestó, volvió a asentir y sonreír. Ruth estaba a punto de arrancarse lo pelos, ¿es que a ese hombre nada le hacía cambiar de humor?

Pasaron la mañana de compras en el centro comercial y decidieron sentarse a comer una hamburguesa en una terraza. David aguantó estoicamente y sin protestar, algo que Ruth seguía sin llegar a entender.

—Bueno, ¿y ahora qué? —Preguntó David con su eterno buen humor cuando terminaron de comer.

—Es domingo por la tarde, ¿qué tal una de sofá y peli? —Propuso Ruth, agotada tras la mañana de compras.

— ¿No prefieres ir al cine?

—No, quiero ir a casa. Contigo —matizó Ruth, cansada de demorar más su deseo para castigar a David y que él pareciera inmune—. Creo que anoche dejamos una conversación pendiente.

Él no dijo nada, asintió con gesto serio y condujo en silencio hasta el apartamento de Ruth. Cargó con todas las bolsas de la compra, no la dejó coger ni una sola bolsa pese a que ella insistió en ayudarle. La tensión sexual que les invadió mientras subían en el ascensor fue más que palpable, pero ambos se contuvieron, aunque no sin esfuerzo. Una vez entraron en el apartamento, David se ofreció a guardar la comida en la cocina y Ruth, tras intentar ayudarle y desistir, decidió ponerse cómoda. De nuevo, se vistió con sus diminutos shorts de algodón y su camiseta de tirantes. Por supuesto, no se puso sujetador.

Cuando se cambió de ropa, David ya había terminado su tarea y la esperaba apoyado en la barra de la cocina. Él recorrió el cuerpo de ella con la mirada y Ruth se tambaleó.

—Por favor, no me mires así —casi le rogó ella con un hilo de voz.

—Créeme si te digo que lo intento —fue lo único capaz de decir antes de abalanzarse sobre ella y devorarle la boca.

La besó apasionadamente, con verdadera urgencia y necesidad. Él tomó sus labios y ella no opuso resistencia pero, aunque hubiera querido, tampoco hubiese podido. Él era el único hombre que la hacía sentirse así, el único hombre del que realmente se había enamorado.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pelirroja —le susurró cuando separó sus labios de los de ella—. Tenemos que hablar, Ruth.

—Sht. Ahora no, después —le calló con un beso.

—Pelirroja…

Pero no le dio tiempo a decir nada más, Ruth se quitó la camiseta y él ya no fue capaz de razonar, no pudo más que rendirse al deseo. La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó de nuevo con la misma pasión. Cuando quedó saciado de su boca, dejó un reguero de besos por su cuello hasta llegar a sus pechos, donde se entretuvo un largo rato acariciándolos, besándolos y jugando con ellos, excitándola aún más de lo que ya estaba.

—David…

—No seas impaciente, he esperado demasiado tiempo para que esto ahora dure tan poco.

—Tenemos toda la tarde para recrearnos, pero ahora lo necesito rápido —argumentó Ruth.

— ¿Rápido?

—Rápido y salvaje —le confirmó ella con una pícara sonrisa en los labios.

David no se lo pensó dos veces. Se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, reclamó su boca y, tras arrancarle los diminutos shorts de algodón, la penetró de una sola estocada haciéndola gemir con fuerza. Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.

—Demasiado rápido —opinó David cuando su respiración se normalizó.

—Ha sido genial —opinó Ruth—, justo lo que necesitaba.

—Todavía no he acabado contigo —le advirtió David poniéndose en pie para cogerla en brazos y llevarla al cuarto de baño—. ¿Te apetece un baño relajante conmigo?

Ruth sonrió. Si alguna vez contestaba con una negativa a esa pregunta, deberían ingresarla en un centro psiquiátrico.

Pasaron la tarde haciendo el amor en cada rincón del apartamento, explorando sus cuerpos mediante las caricias y los besos que se propagaban. A la hora de cenar, David se ofreció para preparar la comida. Ruth quiso echarle una mano pero, una vez más, David rechazó su ayuda con una sonrisa en los labios alegando que ella solo conseguiría distraerle y la cena terminaría quemada.

David preparó una ensalada y un par de filetes de ternera a la plancha, algo fácil y rápido, ya que ambos estaban hambrientos después del desgaste de energía. Ruth esperó con paciencia que retomara la conversación pendiente, pero David no lo hizo y Ruth tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera, al menos no esa noche.

—Es tarde y mañana tengo turno de mañana en el hospital —comenzó a decir poniéndose en pie después de cenar y de haber recogido la cocina.

—Me debes una tarde de peli, manta y sofá —bromeó Ruth para disimular su incomodidad.

—No hagas planes para esta tarde, pasaré a recogerte en cuanto acabe mi turno y, después de terminar esa conversación pendiente, pasaremos la tarde en el sofá viendo todas las películas que quieras.

Ruth asintió, sabía que era una locura y que caería de nuevo en sus redes, pero tampoco tenía la fuerza de voluntad suficiente como para rechazarle.

2 pensamientos en “Enamórame 11.

  1. *Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.* Buen manejo del relato, las circunstancias, las imágenes, el juego, la tensión y rematas con un fulminante desenlace.

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