El Ángel de la Muerte.

La oscuridad se cernió sobre mí. Todo había desaparecido y en su lugar solo había quedado la oscuridad. El silencio perturbador se había apoderado de aquella amplia y oscura estancia en la que no había nadie más que yo.

Sabía por qué estaba allí. Sabía lo que me esperaba, pero no tenía miedo. Echaría de menos los abrazos, los besos y las caricias de todas aquellas personas a las que había amado alguna vez, las largas y profundas conversaciones que mantenía con mi abuela todas las noches en el porche mientras mirábamos las estrellas y nos contábamos nuestras preocupaciones. Extrañaría a mi madre diciéndonos que ya era hora de irse a dormir y a mi padre sonreír mientras le decía a mi madre que nos dejara charlar un ratito más.

Echaría de menos la primavera, pasear por el verde campo cubierto de amapolas rojas bajo un cielo azul. Y enamorarme. Lo que más me dolía era marcharme de este mundo sin haber experimentado lo que era el amor. Anhelaba sentir lo mismo que mis padres sentían el uno por el otro, deseaba encontrar a mi alma gemela y pasar el resto de mi vida con ella. Pero el resto de mi vida ya había pasado y no la había encontrado.

De repente, sentí una brisa cálida a mi alrededor y una figura casi humana se materializó frente a mí. Era un hombre de piel bronceada, cabello oscuro y ojos negros. En la parte superior de su espalda nacían dos grandes alas blancas y no tuve ninguna duda de quién era. El Ángel de la Muerte había venido a buscarme. No abrió la boca para pronunciar palabra, tan solo me tendió la mano, me aferré a ella y una inmensa tranquilidad inundó mi cuerpo. Estaba en paz conmigo misma, preparada para zarpar al más allá o lo que fuera que hubiera al otro lado.

―No deberías estar aquí, este no es tu destino ―me susurró al oído el Ángel de la Muerte.

― ¿Cuál es mi destino?

―Tu destino será el que tú elijas.

―Entonces, ¿puedo regresar?

―Puedes regresar ―me confirmó y añadió con tono de advertencia―: Pero no habrá más oportunidades, no lo olvides.

El Ángel de la Muerte desapareció, la oscuridad se fue consumiendo ante la llegada de una cegadora luz blanca que lo inundó todo y me obligó a cerrar los ojos para no deslumbrarme. Cuando volví a abrir los ojos, estaba acostada en mi dormitorio, con el pijama puesto. Solo había sido un sueño, estaba viva. Me dirigí al cuarto de baño para refrescarme la cara y entonces le vi reflejado en el espejo. El Ángel de la Muerte quería asegurarse de que recordaba lo sucedido:

―No lo olvides, no habrán nuevas oportunidades.

4 comentarios

  1. Flirtear con una muerte así la dulcifica. Gracias.

  2. “Carpe diem”, vivamos, aprovechemos cada segundo, porque no sabemos cuál será el último. ¡Magnífico relato! Saludos.

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