Dulce tentación 13.

Dulce tentación

Samuel seguía observando a Norah a distancia y no se dio cuenta que alguien le observaba a él. Su padre, que acababa de bajar al salón, se había encontrado a su hijo completamente embobado mientras miraba a la que sin duda era la mujer que su hijo amaba.

–  Parece ser que encaja bastante bien con la familia, ¿no crees? – Le preguntó Frank en voz baja al mismo tiempo que se paraba al lado de su hijo y también observaba a Norah. – Es una chica muy guapa y parece simpática.

–  Lleva diez minutos en casa y ya se ha metido a toda la familia en el bolsillo. – Le confirmó Samuel a su padre. – Estoy seguro de que a ti también te gustará.

Samuel y Frank se acercaron a Norah y Samuel hizo las presentaciones oportunas:

–  Norah, te presento a mi padre, Frank.

–  Encantado de conocerte, Norah. – La saludó Frank mostrando una amplia sonrisa.

–  Lo mismo digo, señor Smith. – Le respondió Norah.

–  Por favor, llámame Frank. – Añadió Frank mientras le daba un par de besos en la mejilla.

Una vez estuvieron todos, pasaron al comedor donde Elvira sirvió su plato especial: cordero al horno con patatas. Mientras cenaban, Norah escuchó algunas de las anécdotas de las que Samuel era protagonista y todos bromearon y rieron al comentarlas. Samuel estuvo pendiente de Norah en todo momento hasta que ella se levantó para ayudar a retirar los platos de la mesa a la cocina y cuando él se levantó para acompañarla Norah le dijo en voz baja:

–  No voy a huir a ninguna parte, no hace falta que me escoltes.

–  No quiero separarme de ti, pequeña. – Le susurró Samuel.

Norah le dedicó una sonrisa antes de recoger varios platos de la mesa y llevarlos a la cocina, donde se quedó ayudando a recoger mientras charlaba con Becky, Elvira y la abuela.

–  ¿Tienes hermanos, Norah? – Le preguntó Elvira.

–  No, soy hija única. – Contestó Norah.

–  Samuel nos dijo que, aunque vives en la ciudad, no creciste aquí. – Le dijo Becky.

–  Crecí en Palmville, un pequeño pueblo situado a unos 150 km al sur de la ciudad. – Respondió Norah con naturalidad.

–  Echarás de menos a tu familia si están tan lejos. – Comentó la abuela.

–  Hablo con mis abuelos por teléfono todos los días y voy a verlos siempre que puedo, pero no es lo mismo que tenerlos cerca. – Confesó Norah.

Justo en ese momento, Samuel apareció por la puerta de la cocina y, abrazando por la espalda a Norah, les dijo a las mujeres de su familia con tono de advertencia:

–  Espero que no la estéis sometiendo a un tercer grado. – Besó a Norah en los labios y le preguntó divertido: – ¿Te están tratando bien?

–  Estupendamente. – Le confirmó Norah.

Samuel llevó a las chicas de nuevo al salón donde todos se tomaron una copa. A las once de la noche Samuel y Norah se despidieron, no sin antes prometer que regresarían pronto, y Samuel condujo hasta llegar a su casa.

–  Samuel, mañana tengo que ir a trabajar y es tarde. – Le dijo Norah cuando vio la dirección que tomaba.

–  Quédate a dormir conmigo, mañana te llevaré al trabajo. – Le pidió Samuel.

–  No tengo ropa, Samuel. – Protestó Norah. – Si tanto quieres dormir conmigo, para en tu casa, coge lo que necesites para mañana y vamos a dormir a mi casa.

Samuel sonrió a modo de respuesta e hizo lo que Norah le había propuesto. Cuando llegaron a casa de Norah ya era más de medianoche y ambos se dirigieron directamente a la habitación.

–  Tienes una familia fantástica y encantadora. – Le dijo Norah con sinceridad.

–  Espera a que cojan confianza y ya me dirás si piensas lo mismo de aquí a unos meses. – Bromeó Samuel divertido al mismo tiempo que la abrazaba.

–  Lo digo en serio, ojalá mis padres se hubieran preocupado por mí una sola vez como tus padres se preocupan por ti. – Le confesó Norah. – No puedo quejarme, mis abuelos me han dado todo lo que he necesitado y más y gracias a ellos hoy en día soy quién soy, alguien con futuro.

–  ¿Echas de menos a tus padres? – Preguntó Samuel tanteando el terreno.

–  No se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido.

–  Yo te echaba de menos antes de tenerte y sigo echándote de menos cuando no estás conmigo. – Le susurró Samuel al oído. – ¿Significa eso que eres mía?

–  No soy tuya porque no soy de nadie. – Le aclaró Norah divertida.

–  Sabes perfectamente a lo que me refiero. – Le contestó Samuel impaciente.

–  No, no sé a lo que te refieres. – Le contestó Norah. – No sé qué quieres de mí, Samuel. Y, si te soy sincera, ni siquiera yo lo sé. Me encanta estar contigo y me gustas, pero todo está yendo demasiado rápido y soy nueva en esto de las relaciones sentimentales.

–  Quiero ser mucho más que ser uno de tus amigos. – Le dijo Samuel mientras la estrechaba entre sus brazos y la besaba por el cuello. – Quiero ser el único que te acaricie, el único que te bese y el único que te haga el amor, pequeña. – Deslizó su mano bajo el pantalón de Norah hasta encontrar su suave y excitado clítoris y añadió mientras continuaba estimulándola: – ¿Crees que podemos llegar a un acuerdo?

–  Mm… ¿Las condiciones son las mismas para los dos? – Le preguntó Norah apoyando la espalda en el pecho de Samuel para facilitar el acceso de sus dedos en su entrepierna.

–  Por supuesto, pequeña. – Le susurró Samuel al oído con la voz ronca. – Estoy hablando de fidelidad por ambas partes, ¿te supone un problema?

–  No es problema si tú cumples tu parte y te encargas de mantenerme satisfecha. – Le contestó Norah excitada. – No creo que suponga un problema complacerme, se te da muy bien.

–  Será un placer complacerte, pequeña. – Añadió Samuel susurrando al mismo tiempo que la desnudaba y empezaba a cumplir con su promesa.

 

1 comentario

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