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El domingo por la mañana Carolina fue a comer con su hermano Pablo, como todos los domingos. Pablo era el mediano de los tres hermanos y era tres años mayor que ella, pero siempre se habían llevado muy bien y se contaban todos sus secretos y locuras, cosa que ninguno de los dos podía hacer con Cristina, la hermana mayor de treinta y cinco años. Tal y como decía Pablo, Cristina pertenecía a otra generación. Se casó a los veinticinco años y a los treinta tuvo a su primera hija, Paula, y tres años más tarde tuvo a Gerard, dos hijos que ocupaban todo su tiempo y motivo por el cual nunca cambiaba el chip de madre en los pocos momentos que estaba con sus hermanos.

Como todos los domingos, Pablo condujo hasta el edificio de su hermana, donde la recogía y juntos paseaban por la Barceloneta hablando de sus cosas para después ir a comer al restaurante favorito de ambos.

–  ¿Has hablado con Cristina? – Le preguntó Pablo con tono burlón.

–  Sí, me llamó ayer. – Respondió Carolina. – Quiere que vayamos a comer a su casa el próximo sábado porque tiene algo importante que decirnos, ¿crees que está embarazada otra vez?

–  No lo creo, también hubiera invitado a papá y mamá. – Respondió Pablo. – Ya nos lo dirá el sábado, conociéndola, seguro que es para decirnos que tiene alguna idea para el cumpleaños de Paula, quedan solo tres meses y ya sabes cómo es nuestra hermana.

A Carol le encantaba estar con su hermano Pablo, tenía la misma confianza que con Lorena, pero con la diferencia que él podía darle otro punto de vista, el punto de vista de un hombre. Quizás era por la sinceridad de su hermano por lo que ella nunca confiaba en ningún hombre, por muy buenos y perfectos que parecieran siempre ocultaban algún horrible secreto y, en el mejor de los casos, te dejaban por otra antes de que llegaras a enamorarte de ellos. No es que odiara a los hombres, le gustaban y mucho, pero era consciente de lo que podía esperar de ellos y no se permitía desear más de lo que iba a conseguir. Carol clasificaba a las personas en cuatro grupos: su familia, sus amigos, las personas relacionadas con su trabajo y, por último, el resto de personas del mundo, en el que incluía a sus amantes, ya fueran de una noche o de más. No le gustaba mezclar el trabajo con los amigos o la familia, igual que tampoco le gustaba que sus amantes conocieran su entorno más íntimo. Los únicos dos grupos que de vez en cuando se unían eran los de la familia y amigos y era porque básicamente lo consideraba el mismo grupo.

Pablo y Carol entraron en un restaurante cerca del puerto y se sentaron en una de las mesas de la terraza con vistas al mar para aprovechar el día soleado. Carol pasó con Pablo por al lado de la mesa donde Lucas estaba sentado junto a una pelirroja de labios carnosos y pechos voluptuosos, pero no reparó en ellos ya que estaba riendo divertida por la ocurrencia de su hermano, que la hacía reír sin parar. Sin embargo, Lucas sí la vio y notó como su entrepierna aumentaba de tamaño al verla reír tan relajada. No conocía personalmente al tipo que la acompañaba pero le había visto en un par de ocasiones y sabía que se movía por los mismos círculos que él, razón por la que no entendía que estuvieran comiendo juntos un domingo, aunque lo mismo podían pensar de él y sin embargo allí estaba, comiendo con Ginger, la hija del director del gabinete para el que trabajaba, por lo que no pudo rechazar su insistente invitación, pese a que no le gustaba mezclar el trabajo con los amigos o el placer.

Mientras esperaban a que les trajeran el café, Carolina aprovechó para ir al baño y cuando Lucas la vio pasar se fue tras ella tras excusarse con Ginger para ir al baño. Lucas atravesó el pasillo y esperó en la puerta del aseo de mujeres a que Carolina saliera para fingir toparse con ella por casualidad.

–  Mira a quién tenemos aquí. – Le dijo burlonamente en cuanto salió del aseo. – ¿Disfrutando de un soleado domingo?

–  Eso pretendía, al menos hasta que te he visto. – Le respondió Carolina fastidiada por encontrarlo allí.

–  Veo que tu sentido del humor es tan nulo de día como de noche. – Se mofó Lucas solo para molestarla.

–  Mi sentido del humor es perfecto tanto de día como de noche, el único problema es que se esconde en cuanto tú apareces. – Le replicó ella desafiándole con la mirada.

–  Ya lo veo, tu sonrisa me está deslumbrando en este mismo momento. – Siguió pinchándola Lucas.

–  Eres insoportable.

–  Soy encantador, pero tu mal humor, por decirlo con suavidad, te impide verlo y reconocerlo.

–  Cretino, creído y egocéntrico, me ratifico en mi opinión sobre ti.

Lucas se acercó a ella y le susurró al oído con voz ronca antes de regresar a su mesa donde Ginger seguía esperándolo:

–  Muñeca, si tu acompañante no te tiene satisface será mejor que lo cambies por otro, estoy seguro que así serías más feliz.

Carolina se quedó con ganas de contestar, pero Lucas fue demasiado rápido y cuando salió del baño él ya se estaba sentado junto a una pelirroja que le sonreía coquetamente. Cuando se sentó de nuevo en la mesa con su hermano, su humor había cambiado por completo y Pablo se dio cuenta.

–  ¿Se puede saber qué te ha pasado mientras estabas en el baño?

–  Me he encontrado con un idiota. – Le explicó Carol. – ¿Ves al chico que está con la pelirroja? Es un amigo de Jordi, un chico con el que Lorena ha empezado a salir. Lo conocí el viernes y es de lo más irritante, dos veces que nos hemos visto y dos veces que hemos acabado discutiendo, pero me atrae con la misma intensidad que me saca de quicio.

–  Ese es el tipo de hombre que a ti te hace falta, hermanita. – Se mofó Pablo. – Alguien que sea capaz de enfrentarse a ti, de tomar las riendas.

–  ¿Qué parte de “me saca de quicio y es mutuo” no has entendido? – Protestó Carol.

–  Lo he entendido a la perfección, igual que he entendido que te atrae con la misma intensidad y, teniendo en cuenta que no ha dejado de mirar en nuestra dirección desde que has vuelto del baño, creo que la atracción también es mutua. – Le contestó Pablo. – El sexo con tanta tensión suele ser salvajemente placentero, ya me lo dirás, hermanita.

–  Me encantaría ver la cara de mamá escuchándote decir lo que acabas de decirme. – Se mofó Carol imaginando que su madre pondría el grito en el cielo.

Los dos hermanos continuaron bromeando y riendo hasta que Pablo pidió y pagó la cuenta y se dispusieron a abandonar el restaurante. Al pasar junto a la mesa de Lucas y su acompañante, Pablo rodeó a su hermana por la cintura y, con una sonrisa pícara en los labios, le susurró al oído:

–  Ahora mismo tu amigo debe estar fulminándome con la mirada.

Entre risas de complicidad abandonaron el restaurante y Lucas les estuvo observando hasta que les perdió de vista cuando salieron del local. No había podido concentrarse en otra cosa que no fuera aquella rubia con lengua viperina que llevaba dos noches colándose en sus sueños. Tenía que hablar con Jordi para que le diera algunas pistas de dónde poder encontrarla, en el caso de que siguiera viendo a Lorena, que parecía lo más probable. Pero antes debía ocuparse de Ginger, la chica le miraba molesta, consciente de que no le había hecho caso en ningún momento. Ginger era la hija de su jefe y, a pesar de que no iba a tener nada con ella, debía ser amable y educado y lo cierto es que había sido un desastre gracias a la aparición de Carolina.

–  ¿Siempre eres así de tímido o lo tenías reservado para mí? – Le espetó Ginger más que molesta al ver que su acompañante seguía sin decir nada.

–  No, no siempre soy así. – Le respondió Lucas. – Pero ya te advertí que hoy no era un buen día para que saliéramos a comer, no estoy de humor.

–  Ambos somos adultos, si lo que te incomoda es que mi padre sea tu jefe, puedo asegurarte de que nada de lo que hagamos influirá en tu trabajo, ni para bien ni para mal. – Le contestó con descaro. – A menos que pienses que no soy atractiva.

–  Eres muy atractiva, puedes estar segura de ello. – Le aseguró Lucas. – Pero tengo mis propias reglas y una de ellas es no mezclar el trabajo con el placer.

–  ¿No tengo ninguna posibilidad contigo? – Insistió la pelirroja.

–  No, al menos mientras siga trabajando en el gabinete de arquitectos de tu padre.

–  Búscame si algún día dejas de trabajar para él, puede que para entonces nuestra cita sea un poco más entretenida.

–  Lo tendré en cuenta si alguna vez dejo de trabajar en el gabinete.

Lucas llevó a Ginger a su casa y, de regreso a su casa, no pudo evitar dar un par de vueltas por las calles de alrededor del Zen. Lorena había dicho que vivían a un par de calles, pero no había dicho en qué dirección. Él vivía a cuatro manzanas, por lo que decidió que, aunque resultaría difícil toparse con ella, pasaría por aquellas calles antes de ir y al volver del trabajo.