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Tal y cómo le había prometido a Lucas, Carolina accedió a pasar el fin de semana con él. Tras asistir a la reunión de los viernes con Fernando y Moisés Luján, Lucas y Carolina se subieron al coche, dispuestos a pasar el fin de semana juntos y a solas. Lucas había alquilado una pequeña casa rural en La Vall d’Haràn, en la provincia de Lleida. A pesar de que estaban en primavera, los picos de las montañas estaban nevados y contrastaban con el marrón oscuro de las montañas y el verde vivo del valle. El cielo azul sin rastro de nubes concluía aquel paisaje de postal.

Lucas aparcó frente a la casa y Carolina se quedó maravillada. Se trataba de una de esas casas rurales hechas de piedra y madera, tipo masía, con un pequeño porche techado donde se encontraba la entrada principal. Lucas sacó el equipaje del maletero del coche y ambos cruzaron el cuidado jardín repleto de rosas blancas, amarillas, rosas y rojas y entraron en la casa. La casa era de una planta tipo loft. Un amplio espacio recogía la cocina, el comedor y el salón, donde se encontraba la chimenea frente al sofá, y justo en el lado opuesto, se situaba el dormitorio. El baño era la única estancia que tenía cuatro paredes y una puerta y era casi tan grande como la estancia abierta del dormitorio. Junto al jacuzzi había un ventanal desde el cual se contemplaba el valle y las montañas con los picos nevados.

–  Di algo, no has abierto la boca desde que hemos llegado. – Le dijo Lucas con impaciencia. – ¿Te gusta la casa? ¿Y qué me dices del paisaje?

–  Me encanta. – Le confesó Carolina. – El paisaje es increíble y la casa es perfecta, casi tanto como la compañía.

Lucas sonrió y la abrazó, le encantaba sentirla entre sus brazos, se había acostumbrado a ella y echaba de menos continuamente su contacto.

–  Cariño, este fin de semana estoy a tu entera disposición, tú decidirás qué haremos. – Le dijo Lucas y, tras besarla en los labios, añadió bromeando: – Si tuviera que decidir yo, estoy seguro que no saldríamos de la cama, o del jacuzzi.

Tras deshacer las maletas e instalarse en la casa, decidieron ir al pueblo y comer en uno de los restaurantes. Por la tarde pasearon por las rústicas calles del pueblo e hicieron algunas compras para la casa y para ellos.

Regresaron a la casa y juntos prepararon la cena. A Lucas le encantaba sentirse tan cómodo conviviendo con Carolina, con ella todo resultaba de lo más sencillo. Sin embargo, a ella aquella comodidad le daba miedo. Carolina cada día estaba más segura de que Lucas le partiría el corazón, pero cada vez estaba más convencida de querer vivir aquella historia de amor, aunque el amor solo lo sintiera ella.

El sábado fueron a pasear a caballo por el valle, disfrutando del hermoso paisaje y del maravilloso día que les ofrecía la primavera. Colocaron una manta sobre la hierba bajo la sombra de un árbol, donde se acomodaron para comer el picnic que habían preparado y reponer energía.

–  Ven aquí, preciosa. – Le susurró Lucas al mismo tiempo que tiraba de ella hasta colocarla entre sus piernas, acunándola entre los brazos mientras la abrazaba desde la espalda. – Nos hemos merecido un descanso.

Carolina se dejó abrazar y se excitó imaginando que Lucas le haría el amor allí, en aquel precioso valle de postal en el que cualquiera podría pasar por allí y pillarlos infraganti. Pero, para su sorpresa, Lucas no intentó nada. Tan solo la acunó entre sus brazos y disfrutó del placer de sentirla junto a él mientras aspiraba su dulce aroma.

–  Estás tensa, ¿qué pasa? – Intuyó Lucas.

–  Nada, estoy bien. – Le respondió Carolina sin demasiada convicción.

–  Carolina, dime qué te está pasando por la cabeza. – Le impuso Lucas.

–  ¿La verdad?

–  La verdad. – Le confirmó él.

–  Se me había pasado por la cabeza que, estando en este lugar tan maravilloso, los dos solos… En fin, ya me entiendes.

Y Lucas entendió perfectamente, tanto que su entrepierna creció considerablemente de tamaño y Carolina sintió su erección donde la espalda pierde su nombre.

–  ¿Aquí? – Preguntó Lucas sorprendido cuando pudo reaccionar. – Cualquiera que pase por aquí puede vernos, el camino está a tres metros de nosotros. – Carolina le sonrío maliciosamente y él añadió aún más sorprendido: – Así que te va el riesgo… Cariño, vas a crear un monstruo.

Con un rápido movimiento, Lucas la tumbó sobre la manta y se abalanzó sobre ella para devorarle los labios con urgente necesidad. Hicieron el amor sin importarles nada de lo que pudiera ocurrir a su alrededor, dedicándose besos y caricias de placer el uno al otro.

Cuando regresaron a la casa ya había oscurecido. Lucas la cogió en brazos y la llevó directamente al baño, donde la desnudó lentamente mientras continuaba propiciándole besos y caricias, incapaz de contener sus ganas de sentir su suave y delicada piel.

–  Eres tan tentadora… – Susurró Lucas.

Terminaron de desnudarse y se metieron en el jacuzzi, desde donde se veía brillar las estrellas a través del ventanal y donde volvieron a hacer el amor.

Ambos disfrutaron de un romántico fin de semana en el que solo se dedicaron a ellos. Hablaron sobre sus familias, sobre Lorena y Jordi, sobre sus gustos y cientos de cosas más. Ambos aprovecharon al máximo aquel fin de semana para aprender más cosas del otro, dejando a un lado el proyecto y cualquier otra interrupción a las que eran sometidos constantemente.

El domingo después de comer decidieron empezar con el camino de regreso a la ciudad. Lucas llevó a Carolina a su casa y cargó con su maleta hasta la misma puerta del apartamento, donde ambos se despidieron, pues habían quedado para cenar con sus respectivos padres, a los que apenas veían desde que se embarcaron en el proyecto y estalló su intensa atracción.

–  Te llamaré para darte las buenas noches, a menos que prefieras que venga a dártelas personalmente.

–  Lorena no duerme aquí esta noche. – Le dijo Carolina sonriendo con picardía.

–  Te veo después de cenar, cariño. – Sentenció Lucas besándola en los labios apasionadamente. – Ten cuidado con el coche de camino a casa de tus padres y cuando regreses, quiero encontrarte entera cuando vuelva.

Ambos se despidieron y Carolina se apresuró en deshacer su maleta y darse una ducha antes de dirigirse a casa de sus padres, que la esperaban para cenar junto a sus hermanos y sus sobrinos.

–  ¿Qué tal el fin de semana, hermanita? – Le preguntó Pablo divertido. – ¿Te lo has estado pasando bien?

–  Demasiado bien, Pablo. – Le confesó Carol. – He sido una idiota pensando que podría controlar la situación, se me ha escapado totalmente de las manos. Tan solo quedan dos semanas para presentar el proyecto y la historia acabará, dejándome totalmente destrozada. Incluso pensé en poner tierra de por medio cuando regresamos de Múnich, pero ni siquiera he tenido voluntad para eso, así que he decidido dejarme llevar hasta estamparme contra una pared de hormigón.

–  ¿Estás segura que la historia acabará cuando se acabe el proyecto? – Le preguntó Pablo dudando de que eso fuera a pasar. – Lucas le dijo a Paula que era tu novio, asistió al cumpleaños de Paula con toda la familia y parecía estar encantado de estar allí y, por cómo he visto que te mira y está pendiente de ti, se nota que le gustas y mucho.

–  Tita Carol, ¿hoy no viene tu novio? – Los interrumpió Paula. – ¡Yo quiero ver a Lucas!

–  Princesa, Lucas está con su familia. – Le contestó Carolina mientras sentaba a su sobrina en su regazo y la besaba en la mejilla.

–  ¡Jo, me dijo que me llevaría a comer hamburguesas y al parque! – Protestó la pequeña.

–  No te preocupes, cielo. – La tranquilizó su abuelo Antonio. – Estoy seguro de que la tita Carol y Lucas te llevarán a comer hamburguesas y al parque cuando terminen con su trabajo.

–  Podrías invitarlo a cenar, así lo conocemos un poco mejor. – Sugirió Ángela encantada con la idea de que su hija menor por fin sentara la cabeza.

–  Como te despistes, te organizan la boda. – Se mofó Pablo.

El tema de conversación fue el mismo durante toda la cena: Lucas. Cuando Carolina salió de casa de sus padres estaba más confundida y molesta consigo misma de lo que jamás había estado.

Cuando Lucas llegó a casa de Carolina intuyó que algo le había pasado en el corto período de tiempo que se habían separado y, como ella parecía no tener intención alguna de contárselo, decidió preguntar:

–  ¿Quieres contarme lo que ha pasado?

–  Preferiría no hacerlo.

–  Cariño, si me lo cuentas tal vez pueda ayudarte. – La animó Lucas.

Y Carolina finalmente le contó la verdad a medias. Le dijo que su sobrina había preguntado por él y que quería ir a comer hamburguesas y al parque y que, tras sacar el tema, su madre se había empeñado en que le invitara a cenar mientras su hermano Pablo disfrutaba viéndola en semejante tesitura. Lucas rio divertido, pese a que le disgustaba que Carolina siguiera sin admitir la realidad: que eran una pareja. Se había propuesto darle tiempo para que lo asimilara sin presiones, pero se había puesto una fecha límite, la fecha de entrega del proyecto. Una vez que hubieran presentado el proyecto, se declararía y la terminaría de convencer para que ella le aceptara, haría lo imposible para que así fuera.