Déjame sin aliento 13.

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Una semana más tarde llegó el cumpleaños de Paula y Carolina asistió a la fiesta de cumpleaños acompañada por Lucas, aunque su familia ya estaba informada de ello. Paula se había encargado de hablarles a todos del “novio” de su tita Carol y su hermana Cristina había rematado la faena. Todos excepto su hermano Pablo, que ya sabía la verdad, quisieron conocer más detalles sobre el susodicho, pero Carolina les dijo que tan solo era un amigo con el que compartía proyecto y, por ello, muchas horas trabajando juntos. Debido al tono que utilizó dejaron de insistir, pero todos adivinaron que aquél chico era algo más que un amigo y compañero de proyecto y hoy lo iban a conocer.

Lucas estaba nervioso, no sabía cómo había explicado Carolina su presencia en la fiesta de cumpleaños de su sobrina y tampoco sabía cómo preguntárselo a ella, pero tenía que hacerlo si no quería verse en un aprieto.

–  Carolina, ¿tu familia sabe que voy a asistir a la fiesta de cumpleaños de Paula?

–  Sí, Paula te ha invitado y se lo ha dicho a todos y cada uno de los miembros de mi familia. – Respondió Carolina. Lucas abrió la boca para hablar pero Carol lo interrumpió: – Antes de que vuelvas a preguntarme nada, piensa si prefieres que te diga la verdad o una mentira piadosa.

–  Quiero la verdad, aunque estoy empezando a asustarme. – Le dijo Lucas antes de salir del coche. – ¿Quién se supone que soy? ¿Tu amigo? ¿Tu novio? ¿Un compañero de trabajo?

–  Tiene gracia, en realidad eres las tres cosas. – Le contestó Carol tratando de ocultar la risa.

–  Carolina, explícame eso, por favor.

–  Paula les dijo a todos que eras mi novio y yo lo intenté arreglar diciendo que tan solo éramos amigos que además trabajan juntos en un proyecto, pero Pablo me ha dicho que no fui muy convincente, así que no sé quién pensarán que eres exactamente. – Carolina le miró a los ojos y añadió: – Lucas, si no quieres venir aún estás a tiempo de echarte atrás, yo te cubro y no pasará nada.

–  Le prometí a Paula que iría y pienso ir, a menos que tú me pidas lo contrario. – Le contestó Lucas besándola en los labios. – En cuanto a lo de qué somos, deberíamos hablar de ello con calma, ahora no es el mejor momento. – Dijo mirando hacia la puerta de la casa de la hermana de Carol. – ¿Qué te parece si me presentas como a un muy buen amigo y dejamos que piensen lo que quieran?

–  Me parece bien. – Le contestó Carol sonriendo más relajada.

Se bajaron del coche y se dirigieron a casa de Cristina y Nacho, quienes les recibieron con una sonrisa que no iba a traer nada bueno. Mientras caminaban por el pasillo para dirigirse al salón y encontrase con el resto de invitados, Lucas se dio cuenta de cómo Carol se tensaba y se acercó a ella con discreción para susurrarle al oído:

–  Relájate, todo va a salir bien, cariño.

Nada más entrar en el salón, Paula se les echó a los brazos y, gritando eufórica, dijo:

–  ¡Tita Carol, has venido con tu novio!

Toda la familia se volvió para mirarlos, Cristina y Nacho emocionados porque Carol hubiera venido acompañada por su supuesto novio, Pablo divertido por la que se avecinaba, Ángela feliz y expectante porque su hija por fin parecía sentar la cabeza, y por último Antonio, a quién no le hacía ninguna gracia imaginarse a su hija pequeña, la niña de sus ojos, con un hombre, sobre todo teniendo en cuenta el historial de majaderos con los que ella había salido.

Carolina y Lucas intercambiaron una cómplice mirada y, cuando Lucas le miró sorprendido alzando una ceja, ella le respondió divertida casi en un susurro:

–  Al menos de esto yo no tengo la culpa.

Lucas tuvo que contener las ganas de reír, limitándose a sonreír. Se agachó para ponerse a la altura de Paula y le dijo colocándole una tiara plateada sobre la cabeza, uno de los muchos regalos que le había comprado Lucas:

–  Te prometí que vendría, princesa.

La niña lo abrazó feliz y se fue a jugar a las princesas. Lucas se puso de nuevo en pie y Carolina les presentó a todos los miembros de su familia:

–  A mi hermano Pablo ya le conoces y a mi hermana Cristina y su marido Nacho también. – Empezó a decir mientras Lucas les iba estrechando la mano a Pablo y Nacho y le daba dos besos a Cristina. – Y ellos son mis padres, Ángela y Antonio. – Se volvió hacia a sus padres y les dijo con tono de advertencia dirigiéndose a todos: – Él es Lucas.

Pablo trataba de aguantar la risa sin éxito, pero la risa se le quitó de golpe cuando Carolina le fulminó con la mirada. Ángela no estaba dispuesta a que aquel chico, fuera compañero de trabajo, amigo o novio de su hija, se sintiera incómodo y se fuera de allí con una mala imagen de la familia, por lo que se acercó a él sonriendo y, dándole un par de besos en la mejilla a modo de saludo, le dijo:

–  Encantada de conocerte, Lucas. – Y añadió con una sonrisa: – Gracias por venir, espero que sea la primera de muchas visitas.

–  Mamá. – Le advirtió Carolina molesta.

–  No he dicho nada, hija. – Dijo Ángela con fingida inocencia.

–  Ángela, deja a la niña que haga lo que quiera, parece un buen chico y lo vas a espantar. – La regañó Antonio mientras le estrechaba la mano de Lucas.

–  Paula, ¿quieres que te demos ya los regalos? – Le preguntó Carolina a su sobrina para cortar aquella conversación que se iba tergiversando. A su sobrina se le iluminaron los ojos y Carolina añadió: – Vamos, están en el coche. – Se volvió hacia a Lucas y añadió: – Lucas, ¿nos acompañas?

Dos minutos después, Lucas y Carolina sacaban del maletero todos los regalos que le habían comprado a Paula por su cumpleaños: un coche eléctrico con el que pasear por el jardín, dos vestidos de princesa, la tiara que Lucas ya le había dado, una muñeca con todos sus accesorios, pinturas para dibujar, y un largo etcétera. La niña estaba eufórica y no sabía qué regalo coger, todos le gustaban. Al ver que los minutos pasaban y ninguno regresaba al salón, la familia de Carolina decidió salir fuera de la casa y ver qué pasaba. Y en el jardín se los encontraron riendo mientras trataban de llegar hasta la casa cargados con todos los regalos. Rápidamente, Nacho y Pablo les echaron una mano y les ayudaron a llevar los regalos.

–  Os habéis pasado, ¿cómo le compráis todo eso a la niña? – Preguntó Cristina sin reproche alguno.

–  Eso tampoco ha sido culpa mía. – Murmuró Carolina para que tan solo Lucas la escuchara.

–  Venga, sentaos todos a la mesa que vamos a comer. – Les ordenó Ángela con su tono amable.

La comida transcurrió con normalidad. La familia de Carolina quería saber más sobre el hombre que la había acompañado, pues todos sabían que a ella no le gustaba mezclar a sus novios con su familia, pero con Lucas ella había hecho una excepción y eso solo podía ser por una razón: ese chico le importaba. Antonio se dio cuenta en cuanto entraron en la casa, había sido testigo de cómo Lucas trataba de tranquilizar a su hija que estaba hecha un manojo de nervios. Por ello cuando Carolina salió al jardín con Paula para estrenar su nuevo coche, Antonio las acompañó.

–  El arquitecto parece un buen chico. – Empezó diciendo Antonio. – Y también parece llevarse bien con Pablo, ¿hace mucho que se conocen?

–  ¿A dónde quieres ir a parar, papá? – Preguntó Carolina.

–  Hija, creo que es la primera vez que te veo tan feliz en mucho tiempo. Y, hasta donde sé, por él te has saltado todas tus propias reglas: trabajas con él, sois amigos, lo conocen tus amigos y tu familia, ¡incluso lo has traído a una celebración familiar! – Le dijo Antonio para, sin dejarla pronunciar palabra, después preguntar: – ¿Por qué no quieres llamar a las cosas por su nombre?

–  Papá, es más complicado de lo que crees y no quiero hablar de ello.

–  Está bien, como quieras. – Dijo Antonio resignado.

Acabaron saliendo todos al jardín y Carolina se acercó a Lucas con la intención de no alejarse, no se fiaba de su familia. Lucas sonrió para hacerle saber que estaba bien y no había nada de lo que preocuparse y, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, Antonio les observaba con una amplia sonrisa en el rostro.

Sobre las siete de la tarde, Carolina y Lucas se despidieron de todos y se marcharon de casa de Cristina y Nacho. Lucas arrancó el coche y, mientras conducía en dirección a su casa, le dijo a Carolina:

–  No ha ido tan mal, ¿no?

–  Supongo que podría haber sido peor. – Bromeó Carolina.

–  Tenemos una conversación pendiente, Carolina. – Le recordó Lucas pensando en la conversación que habían mantenido horas antes en ese mismo coche.

–  Lo sé, pero supongo que puede esperar hasta que acabemos el proyecto. – Musitó Carolina reacia a hablar del tema. Tenía claro que aquella historia acabaría, pero aún le quedaban tres semanas y pensaba disfrutarlas como lo había estado haciendo hasta ahora.

–  Supongo que puedo esperar tres semanas más. – Se resignó Lucas.

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