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Diez días después de aquellas minivacaciones en Múnich, Carolina y Lucas seguían igual de compenetrados a la hora de trabajar y habían profundizado todavía más en su relación. Pablo y David pasaban a verla por casa y allí siempre estaba Lucas, por lo que terminaban cenando los cuatro juntos o los seis si Lorena y Jordi se unían a ellos. Ambos mantenían las distancias delante de sus amigos y se comportaban como dos compañeros de trabajo o dos buenos amigos, pese a que todos sabían lo que ocurría entre ellos. Lucas no quería presionarla y esperaba a que fuese ella quien diera el primer paso, pero ella también esperaba a que fuese él quien la besara o la abrazara delante de sus amigos, algo que nunca acababa ocurriendo.

Ése sábado por la mañana, su hermana Cristina se presentó con su marido y sus hijos en la puerta de su casa, cuando ella estaba trabajando con Lucas en el proyecto.

–  Cristina, Nacho, ¿ocurre algo? – Preguntó Carolina extrañada al verlos allí.

–  ¡Tita Carol! – Exclamaron sus sobrinos al verla al mismo tiempo que se le abalanzaban a los brazos.

–  Carol, necesitamos que te quedes con los niños hasta mañana. – Empezó a decir Cristina. – Ya sé que no te hemos avisado y que no tenemos ningún derecho a pedirte algo así, mucho menos de improviso, pero solo serán veinticuatro horas y te prometo que te lo compensaré. Mamá y papá se han ido al pueblo a ver a la tía Elisa y no regresarán hasta el lunes y Pablo está en Madrid con alguna de sus conquistas. Solo nos quedas tú.

–  Es un honor saber que contáis conmigo como última opción. – Ironizó Carol.

–  No queríamos molestar, sabemos que estás muy ocupada con el proyecto. – Le contestó su hermana poniendo ojitos de no haber roto un plato. – Un cliente muy importante de Nacho nos ha invitado a una cena de gala en su casa de la Costa Brava y si rechazamos esa invitación sería una grosería.

–  Vale, pero me debes una y de las gordas. – Terminó cediendo Carol. – ¿Has traído todo lo que necesitan? – Ambos asintieron felices y Carolina añadió: – Anda, pasad y explicarme todo lo que deba saber.

El matrimonió entró en el salón junto con sus dos hijos y se encontraron allí a Lucas. Carolina hizo las presentaciones oportunas comportándose con absoluta normalidad y, una vez su hermana y su cuñado le explicaron todo lo que debía saber sobre el cuidado de sus sobrinos y se marcharon, le dijo a Lucas:

–  Lo siento, pero no he podido negarme, mis padres y mi hermano están fuera de la ciudad.

–  No tienes que disculparte por nada, aunque tendremos que dejar el proyecto para mañana. – Le respondió Lucas divertido. Se puso en pie y, dirigiéndose a los dos niños, les preguntó: – ¿Queréis venir al zoo con la tita y conmigo?

–  ¡Sí! – Gritaron los dos niños eufóricos.

Carolina se quedó inmóvil. Hubiera esperado que Lucas hubiese salido corriendo al ver a aquellos dos críos eufóricos y traviesos correr por casa, pero en lugar de eso se ofreció a llevarlos al zoo.

–  ¿He metido la pata con lo del zoo? – Le preguntó Lucas mientras bajaban en el ascensor al ver que ella no pronunciaba palabra.

–  No, es solo que me ha sorprendido.

–  ¿Sorprendido para bien o para mal? – Quiso saber Lucas.

Carolina le dedicó una pícara sonrisa y Lucas la rodeó con sus brazos por la cintura con la intención de besarla pero, justo cuando estaba a punto de hacerlo, notó como algo le estiraba del pantalón y al mirar se encontró con la mirada traviesa de Paula, que le preguntó:

–  ¿Eres el novio de mi tita?

–  Eh… ¿Sí? – Preguntó mirando a Carolina. Y al ver que el rostro de ella era invadido por el pánico, añadió encogiéndose de hombros: – En cualquier caso, es mejor que tener que mentirle cada vez que nos pille besándonos.

–  Entonces, ¿tú también vendrás a mi cumple? – Insistió Paula.

–  Si me invitas y a la tita Carol le parece bien, me encantaría asistir a tu cumpleaños. – Le respondió Lucas alzándola a caballito sobre sus hombros y añadió sujetando a la pequeña de las piernas mientras ella se agarraba a su cabeza. – Agárrate fuerte, princesa.

Con Paula sobre los hombros de Lucas y Gerard en el carrito, los cuatro se dirigieron al zoo donde disfrutaron por igual niños y adultos. Lucas aprovechaba cada despiste de los niños para besar a Carolina y ella se ruborizaba continuamente, divirtiendo aún más a Lucas.

Paula era muy extrovertida y no dejaba de hablar, provocando continuamente las risas de los dos, y Gerard se quedó dormido en el carrito justo después de comer, el pobre estaba agotado.

Sobre a las siete de la tarde, regresaron a casa y allí se encontraron con Lorena y Jordi, que les miraron como a extraterrestres cuando les vieron aparecer con Paula y Gerard en plan familia feliz.

–  ¿Soy el único que se ha perdido algo? – Preguntó Jordi confundido.

–  Hola chicos. – Saludó Carolina sonriente. – Jordi, éstos son mis sobrinos: Paula y Gerard.

–  ¿Tú eres el novio de la Lore? – Le preguntó Paula a Jordi.

–  Pues espero que sí, pequeña. – Le contestó Jordi divertido.

–  Mi hermana y su marido se han ido a no sé qué gala de uno de sus clientes y me han dejado a cargo de estas dos fieras hasta mañana. – Les explicó Carolina.

–  ¿Necesitas que me quede contigo para mantenerlos a raya? – Le preguntó Lorena.

–  No, lo tengo todo controlado. – Respondió Carolina agotada mientras se dejaba caer en el sofá y sus sobrinos se le echaban encima.

–  Tenía pensado dormir fuera pero si quieres…

–  Gracias Lore, pero no es necesario, de verdad. – La interrumpió Carolina.

–  En ese caso, nosotros nos vamos. – Informó Lorena cogiendo su bolso y desapareciendo del apartamento seguida de Jordi.

–  Venga chicos, vamos a la ducha y después a cenar y a dormir. – Les dijo Carolina a sus sobrinos.

–  Id con la tita Carol a la ducha mientras yo preparo la cena. – Se ofreció Lucas.

–  Te prometo que te lo compensaré. – Le susurró Carolina al oído antes de desaparecer con sus sobrinos para dirigirse al baño.

Carolina bañó a los niños mientras Lucas preparó la cena y entre los dos les dieron de cenar y les llevaron a dormir a la habitación de invitados. Una vez los niños se durmieron, Carol se dejó caer en el sofá y dijo agotada:

–  Ser madre debería estar remunerado, ¡esto es agotador!

–  Ven aquí, también he preparado la cena para nosotros y cuando acabemos de comer te daré un masaje, cariño. – Le respondió Lucas tirando de ella para dirigirse a la cocina.

Carolina no daba crédito a todo lo que Lucas había hecho por ella y por sus sobrinos, jamás lo hubiera dicho de él el primer día que lo conoció, pero las cosas habían cambiado mucho entre ellos desde entonces.

–  ¿Quieres que me quede o prefieres que me marche? – Le preguntó Lucas después de cenar, cuando se sentaron en el sofá y vio que Carolina se estaba durmiendo en sus brazos.

–  ¿Quieres marcharte? – Se arriesgó a preguntar Carolina.

–  No quiero marcharme, pero estás agotada, deberías descansar y si me quedo no lo harás. – Le respondió Lucas sonriendo divertido. – Además tus sobrinos están durmiendo en la habitación de invitados, ¿qué les dirás cuando se despierten y yo siga aquí?

–  Les has dicho que eres mi novio, no se asustarán si te ven mañana aquí. Además, mi habitación tiene pestillo. – Añadió divertida.

–  De acuerdo, me quedo contigo pero con una condición. – Le susurró Lucas. – El próximo fin de semana nos vamos los dos solos lejos de la ciudad para desconectar de todo y de todos.

–  El próximo fin de semana es el cumpleaños de Paula y tú has prometido asistir. – Le recordó ella.

–  Pues el siguiente fin de semana. – Sentenció Lucas. – ¿Qué me dices?

Carolina sabía que aquello solo complicaría las cosas cuando el proyecto terminara y dejaran de verse, pero ya era demasiado tarde y, si iba a sufrir, al menos se encargaría de hacerlo por un buen motivo.

–  De acuerdo, iré contigo de fin de semana a dónde sea que me quieras llevar.

–  Trato hecho, cariño. – Le dijo Lucas sonriendo victorioso. Se levantó del sofá con ella en brazos y la llevó hasta la habitación donde la depositó con cuidado sobre la cama al mismo tiempo que le susurraba al oído: – Y ahora a dormir, preciosa. – Se metió con ella en la cama y la estrechó entre sus brazos para susurrarle al oído después: – Buenas noches, cariño.

Aquella noche, los dos durmieron abrazados a pesar de que no hubo sexo.

A la mañana siguiente, cuando Carolina se despertó y no encontró a Lucas a su lado, se levantó de la cama y se dirigió a la cocina, donde lo encontró desayunando con Paula y Gerard.

–  Buenos días, tita Carol. – La saludó Paula alertando a los demás de su presencia. – ¿Ya has descansado?

–  Buenos días, princesa. – Le dijo a Paula besándola en la cabeza y después hizo lo mismo para saludar a Gerard. Se acercó a Lucas que la observaba sonriendo pícaramente y, tras darle un beso en la mejilla, le susurró al oído: – Te lo compensaré doblemente.

–  No hay nada que compensar, siéntate y desayuna. – Le contestó Lucas sonriendo con dulzura al mismo tiempo que se recolocaba el pantalón en la zona de la entrepierna.

–  Tu entrepierna no opina lo mismo. – Le dijo burlonamente Carolina.

Desayunaron entre risas tras las ocurrencias de aquellos dos diablillos y después de recoger la cocina Carol se metió en el baño para ducharse mientras Lucas se quedaba con los niños en el salón pintando un dibujo. Fue justo entonces cuando Cristina y Nacho llegaron para recoger a sus hijos y Lucas les recibió. Cuando Carol salió del baño se encontró con su hermana y su cuñado, a quienes saludó rezando para que no preguntaran nada inapropiado delante de Lucas y por suerte, todo fue bien. Su hermana tenía prisa por regresar a su casa con sus hijos y, tras saludarla y recoger las cosas de Paula y Gerard, se marchó con su marido y sus hijos, dejándolos por fin a solas.