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Al día siguiente Lucas se despertó y, tras comprobar que Carolina seguía completamente dormida, decidió llamar al servicio de habitaciones para que les subieran el desayuno a la habitación y así ella podría dormir un rato más. Como todos los días que se despertaba a su lado, hecho que ocurría cada vez con más frecuencia, Lucas se dedicó a observarla dormir. Disfrutaba de la imagen de ella durmiendo, parecía una diosa dulce y delicada, totalmente desnuda y envuelta en las blancas sábanas que la hacían parecer más sexy. Podría pasarse días enteros sin moverse de aquella cama tan solo por disfrutar del placer que suponía observar su belleza natural.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó cuando Carolina abrió los ojos. Le dio un beso en los labios y añadió divertido: – He pedido que nos suban el desayuno, hoy vamos a desayunar en la cama.

–  Mm… Quiero quedarme aquí para siempre. – Le respondió Carolina sonriendo.

–  Espero que no lo digas solo por el servicio de habitaciones. – Bromeó Lucas.

A Carolina le hubiera gustado decirle que la única razón por la que se quedaría allí para siempre era porque se lo había imaginado a él allí con ella, pero decidió guardarse sus sentimientos, ya iba a ser bastante duro como para encima hacerlo más difícil.

Tras desayunar en la habitación y darse una ducha juntos, ambos se dirigieron a las oficinas de Paul Wolf, el inversor del proyecto y director del futuro museo, donde tendrían que hacer una presentación del proyecto que continuaban diseñando.

Entraron en el edificio de oficinas y la recepcionista les indicó que el despacho de Paul Wolf se encontraba en la última planta y se dirigieron al ascensor.

–  Relájate o me obligarás a parar el ascensor para una sesión urgente de terapia. – Susurró Lucas una vez dentro del ascensor al ver a Carolina tan nerviosa. Colocó sus manos sobre los delicados hombros de ella y, tras darle un beso muy sensual en el cuello que casi la derrite, le susurró al oído: – Todo irá bien y después lo celebraremos juntos, así que puedes ir pensando a dónde quieres ir para celebrarlo.

–  ¿Al hotel? – Dudó Carolina.

–  Bueno, yo había pensado en algo diferente. – Le contestó Lucas sonriendo. – Vamos a la reunión y cuando salgamos de aquí dejas que yo me encargue de todo, tú solo tienes que preocuparte de relajarte.

Carolina se derretía con cada palabra, cada caricia y cada beso de Lucas, por lo que tuvo que coger aire para recomponerse cuando las puertas del ascensor se abrieron y Paul Wolf apareció en el vestíbulo para recibirlos. Tras saludarse, pasaron a la sala de reuniones, una espaciosa sala con una de las paredes de cristal que ofrecían una espléndida vista de la ciudad. Se sentaron alrededor de la mesa rectangular y Paul les presentó al resto de asistentes a la reunión. Estuvieron reunidos durante más de tres horas en las que Carol y Lucas expusieron su proyecto y contestaron las preguntas que los inversores les hicieron. Como era de esperar, Paul Wolf ya tenía planes para ellos y tuvieron que aceptar su invitación a comer pese a que a ninguno de los dos les apetecía.

A las cinco de la tarde por fin consiguieron despedirse de los inversores alemanes y regresaron al hotel para cambiarse de ropa.

–  ¿Qué me pongo? – Le preguntó Carolina al salir de la ducha envuelta en una diminuta toalla.

–  Lo que quieras, pero será mejor que te des prisa en vestirte o no saldremos de esta habitación. – Le respondió Lucas mirando lascivamente su cuerpo.

Carolina le dedicó una sonrisa burlona antes de regresar a la habitación para vestirse y Lucas decidió quedarse en el salón tratando de distraerse con la televisión para no abalanzarse sobre ella. Unos minutos después, Carolina salió de la habitación con un elegante vestido negro cogido al cuello, con un escote que le llegaba hasta el ombligo y que le dejaba la espalda al descubierto. Se había puesto unos zapatos negros de tacón de aguja que no parecían nada cómodos pero con los que ella caminaba como si fuera descalza.

–  Estás preciosa cariño, como siempre. – La piropeó Lucas besándola en los labios.

–  Y yo que creía que te gustaba más sin ropa… – Lo provocó Carolina.

–  Cariño, será mejor que no me provoques. – Le advirtió Lucas divertido.

Lucas había estado navegando por internet hasta dar con un restaurante donde llevar a cenar a Carolina y no cesó en su búsqueda hasta dar con el restaurante perfecto. El restaurante estaba a un par de manzanas del hotel, por lo que decidieron ir dando un paseo. Iban cogidos de la mano, dedicándose sugerentes miradas y besándose como dos adolescentes.

A las nueve en punto de la noche entraron en el restaurante y Carolina se quedó asombrada. Aquel lugar podría ser la escena de la película más romántica que uno pueda imaginar. Un maître les atendió en cuanto entraron y, tras dar los datos de la reserva, les acompañó a su mesa situada en la planta superior, una mesa apartada del resto de mesas, situada en un saliente con un ventanal con vistas a la transcurrida calle del centro de Múnich. Tan solo había una tenue luz que iluminaba escasamente los pasillos del restaurante junto con un par de velas en las mesas. A Carolina le encantó el ambiente romántico del restaurante, al mismo tiempo que su muralla protectora empezaba a resquebrajarse. Estaba bajando la guardia con Lucas siendo consciente del riesgo que aquello suponía, pero dispuesta a disfrutar de aquellos maravillosos momentos junto a él que la vida y el destino le estaban brindando.

–  Estás muy callada, ¿va todo bien o he metido la pata? – Le preguntó Lucas nervioso cuando el camarero se marchó tras servirles el vino.

–  Todo es perfecto: el lugar, la comida y, por supuesto, la compañía. – Le respondió Carolina con sinceridad. Se acercó aún más a él y le susurró al oído: – Y estamos en un lugar muy íntimo y discreto.

–  Cariño, si sigues provocándome así, no me hago responsable de mis actos. – Le advirtió Lucas con la voz ronca. Acercó sus labios al oído de ella y le susurró: – ¿Acaso quieres que te haga el amor sobre esta mesa, dónde cualquiera podría vernos?

Lejos de entrar en razón, Carolina se excitó. Imaginarse desnuda sobre aquella lujosa mesa del restaurante mientras Lucas la penetraba y con la posibilidad de ser descubiertos le parecía de lo más morboso y no dudó en seguir provocándolo durante la cena mientras él hacía lo imposible por ignorar aquellas provocaciones sin llegar a conseguirlo.

El camarero trajo un par de copas después de la cena y el café y Carolina supo que ya no regresaría hasta que le pidieran la cuenta u otra copa, en cuyo caso, no sería antes de quince o veinte minutos, suficiente como para que les diera tiempo a un pequeño adelanto de lo que iban a disfrutar aquella noche. Con discreción, llevó su mano bajo la mesa y la colocó sobre la rodilla de Lucas para ir ascendiendo por la cara interior de sus muslos hasta llegar a su entrepierna.

–  Cariño… – Le advirtió Lucas con la voz ronca pero sin impedir que Carol continuara con lo que estaba haciendo. Sopló para apagar la vela que iluminaba la mesa y a ellos y, sin que ella se lo esperara, la sentó sobre su erección e hizo que colocara las piernas por encima de sus rodillas para que le diera acceso al centro de su placer. – Eres una chica mala y ya te advertí lo que haría contigo si no dejabas de provocarme, cariño. – Llevó su mano derecha a la entrepierna de ella y, al comprobar la humedad, le susurró al oído: – Me encanta encontrarte siempre tan mojada y dispuesta para mí.

Carolina tan solo fue capaz de responder con un gemido que indicaba que no quería que parase. Lucas introdujo dos dedos en su vagina y Carol se arqueó buscando más placer, movimiento que Lucas aprovechó para llevar su mano izquierda a los pechos de ella, cubiertos tan solo por la fina tela del vestido. Un par de minutos después, Lucas dejó de acariciarla y Carolina gimió de frustración.

–  Lo sé cariño, solo será un segundo. – Le susurró con la voz ronca mientras alzaba ligeramente a Carolina con su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha se desabrochaba el pantalón y dejaba salir su erecto miembro.

Sabiendo lo que Lucas pretendía, Carolina descendió al mismo tiempo que el duro pene de Lucas la penetraba.

–  Eres muy impaciente, cariño. – Le susurró Lucas tan excitado como ella.

Carolina volvió a responder con un gemido y Lucas ya no pudo pensar en otra cosa que no fuera llegar juntos al éxtasis del placer. Ella se arqueaba mientras él jugaba con sus pezones con la mano izquierda, estimulaba su clítoris con la mano derecha y la embestía suavemente con su duro y erecto pene.

–  Dime, ¿era esto lo que querías? – Le susurró Lucas con voz ronca sin dejar de bombear dentro de ella ni de estimular su cuerpo. Carolina volvió a gemir a modo de respuesta y Lucas añadió para excitarla aún más: – Córrete cariño, no queremos que el camarero nos vea en esta situación… ¿o sí?

Carolina estalló en mil pedazos al escuchar aquellas palabras y dos segundos después notó como Lucas se tensaba y también alcanzaba el éxtasis, ahogando un gemido en su cuello que le hizo estremecer de nuevo, sintiendo los últimos espasmos de aquel intenso orgasmo.

En cuanto recobraron el aliento, Carolina sacó un par de pañuelos de papel de su bolso, le entregó uno a Lucas y con el otro se limpió sus partes íntimas antes de volver a encender la vela que volvió a iluminar tenuemente la mesa y a ellos. Lucas se limpió y acto seguido abrazó a Carolina y la besó en los labios, incapaz de no seguir manteniendo el contacto con ella.

–  ¿Estás bien, cariño? – Quiso asegurarse Lucas.

–  Más que bien, estoy perfecta. – Le respondió Carolina con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Tras pagar la cuenta y salir del restaurante, decidieron regresar al hotel caminando mientras daban un paseo cogidos de la mano y besándose cada dos pasos que daban. Les esperaba una maravillosa noche en la suite del hotel que ninguno de los dos estaba dispuesto a desperdiciar.