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Las semanas fueron pasando y Carolina y Lucas fueron avanzando en el proyecto para el museo y también en su relación. A las ocho de la mañana desayunaban y se ponían a trabajar en el proyecto hasta las ocho de la tarde, haciendo tan solo un pequeño descanso a la hora de comer. Lucas se quedaba a cenar con Carol todos los días, a veces a solas y a veces con Lorena y Jordi, y la mayoría de las noches se quedaba a dormir. La noche de los sábados, Lucas insistía en que la pasaran en su casa, allí tenían mayor intimidad ya que Lucas vivía solo.

Había pasado un mes y medio desde que empezaron a trabajar juntos en el proyecto y ese viernes tenían una nueva reunión con los hermanos Luján, quienes querían conocer de primera mano cómo iba evolucionando el proyecto.

–  Chicos, los inversores también quieren saber cómo va el proyecto. – Empezó a decir Moisés tras comprobar los avances y añadió esperando que sus dos mejores arquitectos no se les echaran encima: – Quieren reunirse con vosotros en Múnich.

–  ¿En Múnich? Trasladarnos a Múnich nos va a hacer perder tiempo, no tiene ningún sentido. – Protestó Carolina.

–  Están ansiosos por saber cómo va el proyecto y nos han dicho que si quedan satisfechos con el resultado final nos encargarán otros proyectos para museos de todo el mundo. – Les anunció Fernando orgulloso de sus arquitectos.

–  ¿Cuándo se supone que tenemos que irnos y cuántos días? – Quiso saber Lucas antes de dar a conocer su opinión.

–  Salís el lunes y regresáis el miércoles, solo tendréis que estar fuera un par de noches. – Les informó Moisés. – Sé que eso os supone perder tres días de trabajo, pero tenéis el proyecto muy avanzado y no creo que tres días os vayan a causar muchos problemas. Además, también os merecéis un descanso, tomároslo como unas minivaciones. Viajaréis en primera clase, os alojaréis en una suite de un hotel de cinco estrellas y, de los tres días, tan solo os reuniréis unas horas con los inversores, el resto del tiempo será para que vosotros lo disfrutéis como mejor os parezca.

–  Por mí no hay problema, ¿tú qué opinas, Carol? – Dijo Lucas sonriendo para sus adentros.

–  Da igual lo que opine, no tenemos elección. – Se resignó Carol, a quién no le hacía mucha gracia tener que viajar a Alemania.

Pese a las reticencias de Carolina, Lucas estaba encantado con la idea de viajar a Múnich con ella, sabía que en aquellas dos noches podía avanzar un poco más en su relación. Allí tendrían tiempo para dedicarse el uno al otro sin pensar en otra cosa. Le gustaba su trabajo, pero estaba empezando a flaquear en sus intentos por contenerse durante las horas pactadas para trabajar en el proyecto. Carolina respetaba aquella norma y él debía hacer lo mismo, ya se habían saltado suficientes normas.

El lunes siguiente por la mañana, Carolina y Lucas se dirigieron a Múnich. Nada más aterrizar, se dirigieron al hotel donde se hospedaban y se instalaron en la suite doble que la secretaria de Moisés había reservado. Carolina, a pesar de estar refunfuñando durante todo el vuelo, sonrió al entrar en la lujosa suite. Era un lugar amplio, lujoso pero sin estar cargado, y la elegancia superaba con creces la impersonalidad que suelen tener las habitaciones de hotel. La suite estaba compuesta por tres estancias separadas: dos habitaciones con baño propio y un amplio salón-comedor con acceso a una pequeña terraza desde donde se veía gran parte de la ciudad alemana. Lucas esperó a que Carolina se decidiera por una de las dos habitaciones para instalarse en la misma habitación que ella, no pensaba dormir en otra parte que no fuera la misma cama que ella y esperaba que ella no se opusiera. Carolina entró en una de las habitaciones y empezó a desvestirse para darse una ducha mientras Lucas le daba una propina al botones que había subido el equipaje y cerraba la puerta de la suite. Lucas se dirigió a la habitación donde estaba Carol y la encontró de espaldas, tratando de bajar la cremallera de su vestido sin éxito.

–  ¿Necesitas ayuda, muñeca? – Le preguntó Lucas acercándose para abrazarla desde la espalda. La estrechó entre sus brazos y le susurró al oído con voz ronca: – ¿Qué estás pensando hacer?

–  Estaba pensando en desnudarme y meterme en esa enorme bañera, ¿quieres acompañarme?

–  Estaría loco si no lo hiciera. – Susurró Lucas bajando despacio la cremallera de su vestido.

Tan solo unos minutos después, ambos estaban en la bañera, disfrutando de la expectación que aquellas caricias les hacían sentir. Lucas agarró por la cintura a Carolina y la atrajo más hacia a él, colocándola a horcadas sobre su regazo, de cara a él.

–  Me encanta tenerte así, cariño. – Susurró Lucas excitado. Carolina gimió al mismo tiempo que apretaba su pelvis contra la de Lucas y él, sabedor de lo que ella deseaba, le preguntó divertido: – ¿Qué es lo que quieres, preciosa? – Lucas no dejó que Carolina contestara, la levantó unos centímetros, lo justo para guiar su miembro hasta la cálida entrada de ella, y Carolina hizo el resto dejándose caer sobre él, empalándose. Empezó a salir y entrar de ella con mayor rapidez y, cuando estaba a punto de correrse, le ordenó en un susurro: – Pídemelo, cariño. Quiero oírlo.

–  Déjame sin aliento. – Le rogó Carolina excitada.

Lucas no la hizo esperar y aumentó el ritmo y la profundidad de sus embestidas hasta que ambos sucumbieron y se dejaron devorar por el placer. Si había algo que se les daba verdaderamente bien, era el sexo.

Después de instalarse en la suite, decidieron salir a comer a algún restaurante y más tarde fueron a pasear por las calles de Múnich, tenían tiempo de sobra para pasear como dos turistas y ninguno de los dos quería desaprovecharlos. Caminaban cogidos de la mano por las calles de la ciudad bajo un cielo gris que amenazaba con echarse a llover pero finalmente no lo hizo hasta que ellos hubieran regresado al hotel para cenar, horas más tarde.

Mientras cenaban, Carolina empezó a pensar en su relación con Lucas. Habían pasado más de dos meses desde que se conocieron aquella noche en el Zen en la que no dejaron de discutir pese a la atracción que sentían el uno por el otro. Desde entonces, las cosas habían cambiado mucho, pero más habían cambiado desde la noche en que ella acompañó a David a la fiesta de su empresa y después se encontraron en aquel pub extraño gracias a la encerrona de sus amigos. Su relación, hoy por hoy, era la de una pareja enamorada que disfrutaba de los momentos que compartían, que no eran pocos, se entendían entre ellos y, lo más importante, se echaban de menos el poco tiempo que no estaban juntos. Carolina sabía que ya era demasiado tarde para no sufrir cuando terminaran el proyecto e irremediablemente aquella relación también llegara a su fin, Lucas se había colado en su vida hasta convertirse en un pilar importante que en un mes y medio se derrumbaría. El daño ya está hecho, es tarde para mirar atrás, se dijo Carol. Ahora solo puedo disfrutar del tiempo que me queda con él y dejar el llanto y el dolor para cuando él no esté.

–  Cambio mi reino por tus pensamientos. – Bromeó Lucas al ver que ella parecía tener la cabeza en cualquier otro lugar menos allí.

–  Sería una pena que cambiaras tu reino por algo que no tiene ningún valor. – Siguió bromeando Carol.

–  Entonces, he debido hacer algo mal. – Al ver que Carol no le seguía, Lucas añadió: – Estamos los dos solos, cenando en el restaurante de un fantástico hotel en Múnich, donde nos espera una enorme suite y una noche de placer inimaginable pero tú tienes la cabeza en otro sitio. Más concretamente, en algo que no tiene ningún valor.

–  Solo estoy un poco nerviosa por la reunión de mañana, pero te prometo que no volveré a pensar en ello el resto de la noche. – Le susurró Carolina besándolo en los labios y añadió para hacerle sonreír: – ¿Vas a volver a dejarme sin aliento?

–  Solo si tú me lo pides, cariño.

Lucas también se había dado cuenta como, subconscientemente, había ido cambiando el apelativo con que llamaba a Carolina. Normalmente acostumbraba a llamarla “muñeca” pero en las últimas semanas “cariño” había ido ganando territorio y lo cierto era que a él no le importaba. Le gustaba aquella chica como ninguna otra antes le había gustado. Y no solo se trataba de su belleza, sino de esa lengua viperina que tanto le enfurecía y a la vez le excitaba, de la facilidad con la que ambos se adaptan para trabajar o incluso para convivir juntos, de que la echaba de menos aunque hiciera menos de cinco minutos que acabara de verla. Ya no se imaginaba la vida sin ella, por eso tenía que ir asentando su relación poco a poco antes de que terminaran el proyecto. El fin del proyecto era la fecha marcada y después de aquello ninguno de los dos sabía que pasaría, por eso Lucas quería asegurarse de que Carol entendiera que su relación no era puramente sexual y esperaba que se diera cuenta antes de esa fecha o de lo contrario él lo iba a tener difícil.

Tras la cena en el restaurante del hotel ambos subieron a la suite, donde Lucas se encargó de empezar a demostrarle a Carolina lo que sentía por ella. Carolina fue consciente de la dulzura y la ternura con que Lucas le hacía el amor, porque era eso lo que le hacía: el amor. No quiso pensar en nada, tan solo se dejó llevar por todo lo que él le hacía sentir y disfrutó como si aquella fuera la última vez.