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Carolina Hernández tiene veintisiete años, estudió arquitectura en la universidad de Barcelona y trabaja en uno de los gabinetes más reputados y prestigiosos del país. Vive en un piso de alquiler en el centro de la ciudad junto a su mejor amiga, a la que conoce desde que tiene uso de razón y a la que considera como a una hermana. Habían sido vecinas toda la vida, sus padres vivían puerta con puerta, habían ido a la misma guardería, a la misma escuela, al mismo instituto y a la misma universidad, aunque habían estudiado carreras distintas. Cuando acabaron el instituto, decidieron independizarse juntas y alquilaron un piso en el centro que pagaban combinando sus estudios en la universidad con un trabajo a tiempo parcial en el casal del barrio donde se criaron, trabajando como monitoras de niños de entre cuatro y doce años que se quedaban por las tardes en el casal haciendo los deberes y jugando con los demás niños hasta que sus padres regresaban a buscarles tras finalizar su jornada laboral.

Carolina llegó a casa después de un largo viernes y una larga semana en el trabajo, lo único que le apetecía era quitarse los zapatos, ponerse el pijama y sentarse en el sofá para ver alguna película hasta quedarse dormida. Pero no hizo más que poner un pie en el salón cuando Lorena, su mejor amiga, la oyó entrar y salió de su habitación como un torbellino para llegar a ella al mismo tiempo que le decía con desesperación en la voz:

–  Carol, tienes que ayudarme. ¿Te acuerdas del chico del que te hablé?

–  ¿El del restaurante?

–  Sí, ese. – Le confirmó Lorena. – Pues me lo he vuelto a encontrar, pero él no se ha dado cuenta de que yo estaba allí. El caso es que le escuché hablar por teléfono y ha quedado con unos amigos para ir a tomar unas copas esta noche en el Zen. Tenemos que ir.

–  ¿Tenemos? – Preguntó Carolina alzando las cejas esperando una explicación.

–  Bueno, tengo que ir y tú tienes que acompañarme. – Se corrigió Lorena. – Es mi futuro marido, el futuro padre de mis hijos, estoy segura de que te encantará explicarles a mis futuros hijos que gracias a ti sus papás están juntos.

–  Acabas de perder la cordura, si es que alguna vez la tuviste. – Opinó Carol tras oír lo que su amiga le acababa de decir.

Lorena Velasco era una chica alegre, divertida y llena de energía, pero también era una romántica empedernida y no se cansaba de buscar a su príncipe azul.

–  Solo serán unas copas en el Zen, nada que no hayamos hecho antes un viernes por la noche. – Insistió Lorena. – Y cualquier plan es mejor que el tuyo, ¡seguro que ya habías pensado en ponerte el pijama y holgazanear en el sofá hasta una hora prudente a la que poder irte a dormir! – Le replicó. – Te estás convirtiendo en una abuela y solo tienes veintisiete años.

–  Está bien, está bien. – Terminó aceptando resignada. – Pero solo porque quiero darle el visto bueno a tu príncipe azul, no sea que se convierta en rana.

Carolina se dio una ducha rápida, se puso unos tejanos de pitillo con una blusa azul atada al cuello que dejaba su espalda al descubierto y se calzó unos zapatos negros de tacón de aguja. Se había dejado su larga y dorada melena suelta en lugar de recogerla en una coleta alta como solía hacer cuando iba a trabajar. Lorena la esperaba en el salón con un vestido rojo de escote con forma de corazón, unos zapatos negros y su larga melena morena alisada.

–  Te has vestido para matar. – Bromeó Carol al ver lo sexy que se había puesto su amiga.

Se dirigieron a un bar de tapas donde se sentaron en la terraza y cenaron mientras se tomaban algunas cañas y charlaban alegremente. Después de cenar se dirigieron al Zen, un pub situado a un par de manzanas de su casa y donde iban casi todas las semanas a tomar unas copas. Lorena agradeció estar en el Zen, se sentía tan cómoda allí como en su propia casa.

–  Míralo, allí está. – Le dijo Lorena mientras se dirigían a la barra a por una copa. Carolina miró hacia a donde le señalaba Lorena y vio a dos chicos junto a la barra hacia donde ellas se dirigían. – Es el rubio, ¿qué te parece?

–  Es un bombón, pero me gusta más el moreno. – Opinó Carolina.

Las chicas llegaron a la barra y se colocaron a escasos dos metros de ellos. Ninguno de los dos hombres se percató de la presencia de ambas hasta que el rubio escuchó la voz de Lorena y se volvió hacia a ella sorprendido por toparse con ella allí.

–  ¿Lorena? – Le preguntó el rubio de ojos azules con una sonrisa en los labios. – ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!

–  ¡Parece que el destino se divierte cruzándonos en el camino! – Bromeó Lorena mientras le saludaba con dos besos en la mejilla. – He venido a tomar unas copas con una amiga. – Señaló a Carolina y les presentó: – Ella es mi amiga Carolina.

–  Encantado, yo soy Jordi. – La saludó el chico rubio y acto seguido presentó a su amigo: – Y él es Lucas, un amigo.

Lorena y Carolina saludaron a Lucas y Jordi las invitó a sentarse en uno de los sofás de la zona chill-out para así tener la oportunidad de conocer a Lorena, haberla encontrado allí era una ocasión que no pensaba desaprovechar.

–  Bueno, y ¿qué hacéis por aquí? – Les preguntó Jordi cuando se sentaron.

–  Eso mismo me pregunto yo. – Murmuró Carolina y recibió un codazo de su amiga.

–  Venimos casi todas las semanas al Zen desde hace varios años, nos gusta el local y vivimos por aquí cerca. – Le respondió Lorena con una amplia sonrisa en los labios.

Jordi y Lorena se enfrascaron en la conversación y Lucas, que había estado observando en silencio desde que aquellas dos chicas llegaron, se percató de que la chica rubia quería estar en cualquier otro lugar menos allí. Con una sonrisa maliciosa en los labios, Lucas le preguntó:

–  ¿Estás cumpliendo condena?

–  ¿Cómo dices? – Le preguntó Carolina desconcertada.

–  No pareces muy contenta de estar aquí. – Aclaró Lucas.

–  Tenía otros planes, pero la he convencido para que saliéramos juntas de copas. – Intervino Lorena antes de a que su amiga le diera por decir algo que no debía.

–  ¿Cómo la has convencido? ¿Poniéndole una pistola en la cabeza? – Se mofó Lucas.

Jordi le dio un codazo a su amigo a modo de advertencia, pero ya era demasiado tarde, Carolina estaba lo bastante molesta como para encima tener que soportar al amigo cretino y creído de Jordi.

–  En este momento, hubiera preferido que me dispararan. – Le espetó Carolina.

–  Si tuviera una pistola, yo mismo cumpliría tus deseos. – Le replicó Lucas molesto, nada acostumbrado a que las mujeres lo rechazaran y mucho menos sin motivo alguno.

–  No te ofendas, pero dudo mucho que fueras capaz de cumplir mis deseos.

–  Ni yo ni ningún hombre con dos dedos de frente, muñeca. – Se mofó Lucas. – Fría, frígida y borde no son cualidades que atraigan a un hombre a hacer realidad tus deseos.

–  ¿He dañado tu enorme ego al sentirme molesta por tener que estar perdiendo el tiempo aquí contigo? – Le preguntó Carolina sabedora del motivo del enfado de aquel moreno observador y nada modesto que la sacaba de quicio tanto como le atraía. – Lo lamento, no pretendía ofenderte.

Lucas maldijo entre dientes, se levantó de su asiento y, exasperado, le dijo a su amigo:

–  Será mejor que me vaya, a mí tampoco me gusta perder el tiempo. – Le estrechó la mano a Jordi y añadió mirando a Lorena: – Un placer conocerte, pero no puedo decir lo mismo de tu amiga.

Carolina rodó los ojos y se mordió la lengua para no contestar, no quería estropear la noche de Lorena, que por fin había logrado atraer toda la atención de su futuro marido, como ella decía.

–  Yo también me voy, hablamos mañana. – Se despidió Carolina de su amiga cinco minutos después de que Lucas se hubiera marchado. Se volvió hacia a Jordi y añadió: – Un placer conocerte, Jordi.

–  Lo mismo digo, Carolina. – Se despidió Jordi. – Lamento si Lucas…

–  No te preocupes, no tienes que decir nada. – Le cortó Carolina. – Pasadlo bien, buenas noches.

–  Buenas noches. – Se despidieron Lorena y Jordi al unísono.

Carolina regresó sola a su casa y agradeció que Lorena se quedara con Jordi, así podría disfrutar de la soledad y la tranquilidad de su habitación sin que nadie la interrumpiese.

Se metió en la cama pero no lograba conciliar el sueño, aquel moreno de ojos grises y sonrisa traviesa se le aparecía cada vez que cerraba los ojos hasta que se durmió y soñó con él.

En otra cama no muy lejos de dónde se encontraba Carolina, a Lucas también le costó conciliar el sueño y cuando lo hizo soñó con aquella chica rubia de ojos verdes y lengua viperina que tanto le había sacado de quicio y a la vez lo excitaba como ninguna antes le había excitado.