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El último verano (I/V).

Ana estaba nerviosa. Hizo y deshizo su maleta tantas veces que había perdido la cuenta, no quería olvidarse nada.

Tan solo habían pasado unos días desde que se había licenciado en derecho y ya había dejado la habitación que compartía con Ruth y Eva en la universidad. Echarían de menos sus años universitarios, pues además de estudiar se habían divertido muchísimo en la facultad. Las tres amigas se conocieron en el instituto y desde entonces eran inseparables. A pesar de estudiar carreras distintas, las tres escogieron la única universidad de la región en la que podrían estudiar juntas, una universidad situada a 300km de su pueblo natal. Las tres tenían varias entrevistas de trabajo en septiembre, así que decidieron quedarse en la ciudad y alquilar un apartamento de tres habitaciones en el que poder instalarse juntas.

Era el último verano antes de adentrarse en la edad adulta, centrarse en su trabajo y puede que en unos años formar una familia, así que decidieron hacer un viaje a la costa para celebrar el fin de sus estudios.

— ¡Deja de hacer y deshacer la maleta, me estás poniendo nerviosa! —Le repitió Ruth a Ana por enésima vez—. Lo llevas todo, lo has comprobado quince veces.

—Será mejor que vayamos a dormir ya, nos espera un largo viaje y saldremos al amanecer para llegar a la costa antes de que anochezca —les recordó Eva.

Se fueron a dormir, o al menos lo intentaron. Estaban demasiado nerviosas pensando en todo lo que les depararía ese viaje. Sin lugar a dudas, ese viaje marcaría un antes y un después en sus vidas.

Una hora después de que amaneciera, las tres amigas cargaban su equipaje en el maletero del coche de Ana, un viejo monovolumen heredado de su madre.

—Conduciremos por turnos, dos horas cada una y vuelta a empezar. Serán un total de doce horas, las horas en coche que nos separan de la costa —organizó Eva, recién licenciada en dirección de empresas—. Ruth, tú conducirás en el último turno, estás aquí de pie y tengo dudas de si sigues despierta.

—Sigue dormida —le confirmó Ana. Abrió la puerta trasera del coche y, haciendo un gesto para que Ruth se acomodara en los asientos, le ordenó—: Ruth, a dormir.

Ruth no les replicó, se subió al vehículo y se acomodó en los sillones para seguir durmiendo. Ana se ofreció a conducir en el primer turno, una vez levantada ya no volvería a coger el sueño. Durante las siguientes dos horas Ana condujo concentrada en la carretera y en las indicaciones que Eva le iba dando para no desviarse del camino.

—Para en la siguiente área de servicio y despertamos a la marmota para desayunar —le dijo Eva a Ana, refiriéndose a Ruth.

—Te he oído, bruja —protestó Ruth medio dormida.

Las tres amigas se echaron a reír a carcajadas. Ana aparcó el coche y caminaron alegres hacia a la cafetería.

—Pedirme un café y un bocadillo de longaniza, por favor —pidió Ruth—. Voy a lavarme la cara a ver si me despejo un poco.

—No olvides quitarte la baba de la mejilla —se mofó Eva.

Ruth le sacó la lengua y se marchó sonriendo en busca de un baño.

—Estoy hambrienta, vamos a pedir algo de comer —decidió Ana acercándose a la barra donde un joven camarero la recibió con una amplia sonrisa.

—Buenos días —las saludó el joven camarero.

—Buenos días —saludaron ambas al unísono y Ana añadió—: Por favor, pónganos tres cafés cortados, uno de ellos con la leche natural. Y también un bocadillo de tortilla con queso.

—Yo quiero un bocadillo de jamón y para Ruth un bocadillo de longaniza —le dijo Eva.

—Podéis tomar asiento, en seguida os lo llevo a la mesa —les dijo el camarero dedicándoles su mejor sonrisa.

Eva y Ana también sonrieron, el chico era muy atractivo y además simpático. Se acomodaron en una de las mesas y pocos minutos después apareció Ruth, ya con la cara lavada y más despejada. Al mismo tiempo que Ruth tomaba asiento con sus amigas, el camarero se acercaba sosteniendo con una mano la gran bandeja que contenía todo lo que habían pedido.

—Aquí tenéis el desayuno, chicas —anunció el sonriente camarero.

— ¿De dónde ha salido este bombón? —Preguntó Ruth sin dejar de mirar al aludido. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: Vivo en la ciudad, a un par de horas de aquí, y me voy de vacaciones a la costa, a unas diez horas de aquí. Pero, si estás dispuesto a recorrer todos esos kilómetros, no te arrepentirás —le guiñó un ojo con complicidad y anotó su número de teléfono en una servilleta que doblo e introdujo con descaro en el bolsillo delantero del camarero—. Llámame si no me encuentras.

El camarero, lejos de ofenderse o de tomar a Ruth por una loca, le dedicó una sonrisa que confirmó que haría todo lo posible por ir a su encuentro, aunque tuviera que conducir toda una noche.

Después de desayunar, las chicas se despidieron del camarero, Ruth se acercó a él y le susurró al oído antes de besarle levemente en los labios y marcharse:

—No te arrepentirás, no lo olvides.

—No lo olvidaré, te lo aseguro —le aseguró—. Por cierto, me llamo David. Y tú eres…

—Ruth, pero tú puedes llamarme como quieras.

David agarró a Ruth por la cintura, la estrechó contra su firme torso y le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estarás todo el mes en la costa?

—Sí.

—Dame siete días para organizarme y allí estaré, iré a por ti, pequeña leona.

Ruth ronroneó cerca del oído de David y él tuvo que contener sus ganas de poseerla allí mismo. Ambos se despidieron con una intensa mirada y una promesa no verbal de lo que ocurriría si volvían a encontrarse.

— ¿A qué ha venido eso? ¿Es que te has vuelto loca? —Le espetó Eva a Ruth en cuanto se subieron al coche.

—Estoy de vacaciones, es el último verano que puedo permitirme hacer locuras y las voy a hacer todas —sentenció Ruth—. ¡Y vosotras deberíais hacer lo mismo o dentro de veinte años os arrepentiréis!

— ¡Sí, señor! —Exclamó Ana llevándose la mano a la frente a modo de saludo militar al mismo tiempo que estallaba en carcajadas.

—Brujas —refunfuñó Ruth sin poder aguantar la risa.

Continuaron con el itinerario previsto y, cuando Eva cumplió sus dos horas conduciendo, le tocó el turno a Ruth. Tan solo pararon en un área de descanso para cambiar de conductor y siguieron su camino. Dos horas más tarde le tocó el turno a Ana y decidieron parar a almorzar en una masía rural que les había recomendado una compañera de la universidad.

—Este lugar es fantástico, pararemos de nuevo a la vuelta —comentó Eva animada.

—Chicas, antes de seguir conduciendo, creo que deberíamos escribir algo en el diario de abordo —sugirió Ruth emocionada—. Si no os importa, yo me voy a poner a ello.

El diario de abordo no era otra cosa que tres libretas que habían comprado en la papelería de la esquina de la calle de su nuevo apartamento. Habían decidido escribir la experiencia de este viaje e ilustrarlo con fotos (habían comprado una Polaroid) con la intención de crear un bonito recuerdo para el futuro.

Las tres amigas redactaron unas líneas en sus respectivas libretas sobre cómo se sentían en el inicio del tan esperado viaje en el que apenas habían recorrido la mitad del trayecto para llegar a su destino.

—Vamos a sacarnos una foto para añadirla al diario de abordo —propuso Ana.

—Necesitaremos tres fotos —comentó Eva, siempre tan precisa.

—Disculpe, caballero —le dijo Ruth a un hombre de unos cuarenta años que leía el periódico sentado en la mesa de al lado. El hombre prestó toda su atención a Ruth y ella añadió con una amplia sonrisa—: ¿Le importaría tomarnos tres fotos?

—Será un placer hacer de fotógrafo para tres bellezas —asintió el hombre encantado.

Las chicas posaron sonrientes y el hombre les tomó tres fotos, una para cada una.

—Muchas gracias —le agradecieron ellas.

Cada una pegó su foto en su diario de abordo y decidieron continuar con su viaje hacia a la costa.

Cuando llegaron al pueblecito costero donde habían alquilado el apartamento en primera línea de playa, ya eran más de las ocho de la tarde. Entraron en el edificio de cinco plantas y montaron en el ascensor para llegar a la última planta, donde se encontraba su apartamento. Se quedaron maravilladas al entrar: era un apartamento de nueva construcción, de arquitectura y decoración moderna y con una enorme piscina que compartían con los vecinos de los otros diecinueve apartamentos. Se instalaron cada una en sus respectivas habitaciones y después decidieron salir a la calle en busca de algún establecimiento de comida rápida para cenar. Encontraron un restaurante chino con servicio take away y no se lo pensaron dos veces: encargaron comida china para llevar.

Cenaron en el apartamento, estaban tan cansadas del viaje en coche y decidieron quedarse allí la primera noche.

—No me había imaginado nuestra primera noche aquí de esta manera, pero estoy demasiado cansada hasta para levantarme del sofá —comentó Ruth.

—Podríamos aprovechar para repasar el planning de las vacaciones —propuso Eva provocando las risas de Ruth y que Ana rodara los ojos—. Quiero que sean unas vacaciones perfectas, puede que sean las últimas vacaciones que coincidimos las tres con días libres para viajar.

—Está bien, Eva —la complació Ana—. Repasemos el planning.

—Bien —aplaudió Eva satisfecha—. Vamos a pasar cuatro semanas en la costa. La idea principal del viaje es pasar el último verano juntas antes de entrar en la edad adulta.

—Dicho así suena fatal —protestó Ruth.

—También queremos que sea un verano de locuras —continuó Eva ignorando la interrupción de Ruth—. Propongo que la primera semana la disfrutemos juntas, podemos hacer turismo, ir a la playa a tomar el sol o a donde queráis. Durante las siguientes dos semanas tendremos libre albedrío para hacer lo que queramos, juntas o separadas, será nuestra oportunidad para cometer las locuras que queramos.

— ¿Y la última semana? —Quiso saber Ana al ver que Eva se quedaba callada.

—La última semana la dedicaremos a descansar y a contarnos con todo detalle lo que hemos hecho durante todo el viaje —concluyó Eva.

—Chicas, vamos a hacer un brindis —propuso Ana. Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para coger una botella de champagne que habían traído de la ciudad. Cogió tres copas y regresó al salón para servirlas—. Por nuestras últimas vacaciones sin responsabilidades —entrechocaron sus copas y dieron un largo trago—. Y porque, lo que pase en la costa…

— ¡Se queda en la costa! —Gritaron las tres al unísono y se echaron a reír.

Tras las risas y los brindis, decidieron hacerse una nueva foto con la Polaroid para añadir a sus diarios de abordo.

Durante los días siguientes las chicas lo dedicaron a hacer turismo por la zona, haciéndose las típicas fotos junto a los monumentos, los edificios significativos y los más bellos paisajes; fueron a la playa a tomar el sol, hicieron snorkel y alquilaron una barca a pedales; pasearon por las calles del centro del pueblo contemplando los escaparates de las tiendas, diseñados para atraer y distraer a los turistas.

Cumplieron con el planning creado por Eva para la primera semana, pero ahora venían las dos semanas de libre albedrío que las tres amigas tanto ansiaban y necesitaban. 


*No te pierdas la segunda parte del relato: El último verano (II/V)

Ella.

No supe lo mucho que me importaba hasta que llegué a la ciudad y me atrapó la amarga soledad de mi casa. Tan solo había pasado una semana desde que nos conocimos, pero esos siete días a su lado fueron más intensos que cualquier misión. Sin pretenderlo, ella me había envuelto con su fragilidad y su ternura, me había hechizado.

El día siguiente no fue mejor, no podía concentrarme en el trabajo y terminé mirando por la ventana del despacho mientras pensaba en ella. ¿Qué estaría haciendo? Probablemente, estaría en la universidad, a estas horas tendría clase. Resoplé frustrado y traté de concentrarme en el trabajo, pero desistí un par de horas después al no quitármela de la cabeza. Miré mi teléfono móvil y contuve las ganas de llamarla, ¿qué le iba a decir? Una vez más, resoplé con frustración. ¿Qué me estaba pasando?

Sam y Alan entraron en el despacho, Sam me miró con guasa y Alan con desaprobación. Se acomodaron en los sillones frente a mí y adiviné que iban a darme una charla.

—Llevas toda la mañana ahí sentado y no has hecho nada —comenzó a decir Alan con un ligero tono de reproche en su voz.

—Por no hablar de esas ojeras, ¿acaso no has dormido? —Apuntó Sam, tratando sin éxito de ocultar su sonrisa burlona—. Esa chica te tiene suspirando por los rincones —se mofó con descaro.

—Es una cría, Matt —me recordó Alan—. Le sacas más de diez años, va a la universidad y no tiene nada qué ver contigo, sois de mundos distintos.

— ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? —Repliqué molesto.

—No tendríamos que interrogarte si hablaras con nosotros —alegó Sam.

—No tengo nada que decir —sentencié.

—En ese caso, quizás debamos facilitarte las cosas y hablar con ella…

— ¡Ni se te ocurra! —Le amenacé con tono severo.

—Es que no te entiendo, es un negocio redondo, podrás heredar el Castillo y, si estás encaprichado con ella, es la mejor forma de pasar tiempo con ella y enamorarla —opinó Sam con sorna.

— ¿Cómo va a casarse con una desconocida y convivir con ella durante al menos un año si no tiene una relación estable desde el instituto? —Protestó Alan, que en ese momento era que parecía más sensato de los tres—. Es una locura, saldrá mal y lo perderá todo. Deberíamos centrarnos en el trabajo, llevas una semana fuera de la ciudad y tenemos que ponernos al día con las operaciones.

Resoplé de nuevo, aquello empezaba a superarme. Miré el reloj, ella estaría a punto de salir de clase. Me puse en pie, cogí la cartera y las llaves y salí del despacho.

— ¿Se puede saber a dónde vas? —Me preguntó Alan siguiéndome por el pasillo.

—A zanjar esto, ya veremos cómo termina —respondí antes de entrar en el ascensor.

Sí, era una locura, pero ya tenía un motivo para ir a verla y hablar con ella. Y, si con un poco de suerte aceptaba mi propuesta, viviríamos bajo el mismo techo al menos durante un año.

La suerte estaba echada, ahora solo quedaba mostrar las cartas.

Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.

Lección de vida.

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Si algo había aprendido, era a no malgastar su tiempo. Estaba seguro de que jamás podría volver a amar a una mujer, no después de la traición y el abandono de la innombrable. Desde entonces, no confiaba en las mujeres.  Su tormentosa experiencia le había vuelto un hombre frío, con el corazón congelado.

No quería perder su tiempo ni tampoco hacérselo perder a nadie, por eso siempre era claro y rotundo con cada una de sus conquistas: una sola noche juntos y, a la mañana siguiente, cada uno por su lado. Nada de intercambiar teléfonos ni de volverse a ver, todo acababa ahí.

Así de sencillo, al menos hasta que coincidió de nuevo con su última conquista. Aquella chica de ojos verdes y sonrisa descarada había conseguido captar su interés como ninguna otra lo había hecho. Deseaba otra noche con ella, deseaba acariciarla, abrazarla, besarla y hacerla suya.

Quizás no podía volver a amar, pero era consciente de lo que ella le hacía sentir y la deseaba, la anhelaba como nunca había anhelado a nadie. Deseaba despertarse y verla, mirarla antes de dormirse, disfrutar con ella de un largo baño de espuma en un día lluvioso o abrazarla mientras veían una película en el salón. Siempre había disfrutado de aquellos placeres en soledad, sin embargo, ahora anhelaba disfrutarlos con ella.

¿Cómo se podía echar tanto de menos algo que jamás se había tenido?

No sabía cómo, pero tenía que conseguirlo. Iba a encontrarla y a enamorarla, quería despertarse a su lado todas las mañanas y sentirla desnuda entre las sábanas. La soledad de la que tanto disfrutaba se había convertido en su peor enemigo desde que la conoció.

Había aprendido una valiosa lección y, ahora que había encontrado a una mujer que le hacía sentir, no iba a desperdiciar ninguna oportunidad de seducirla.

El corazón te delata.

El corazón te delata

Entró en el pub y le vio. Estaba con dos amigos tomando una cerveza y parecía estar divirtiéndose.

Cerró los ojos tratando de olvidarle aunque solo fuera por una noche. Hacía mucho tiempo que no salía de copas con sus amigas y esa era una noche de chicas, pero no surtió efecto.

Él seguía estando en su cabeza y sus ojos le buscaban y sus miradas se encontraron. Él sonrió, ella miró hacia otro lado y suspiró con resignación, su papel de mujer fría y distante se venía abajo.

– No puedes pasarte la vida evitándolo ni mintiéndote a ti misma, no sé por qué te cuesta tanto admitir lo obvio -le dijo su mejor amiga al ver que sus ojos miraban en la dirección donde él se encontraba.

– Ahora vuelvo, voy al baño -le respondió a modo de excusa para evitar escuchar por enésima vez la opinión y los consejos de su amiga.

Se encaminó hacia el baño sorteando a la multitud que por allí bailaba y bebía como si se fuera a acabar el mundo. Cuando estaba a punto de atravesar la puerta del baño de mujeres, alguien la agarró del brazo y la detuvo.

No tuvo que dar media vuelta para saber de quién se trataba, su cuerpo lo reconoció de inmediato y toda su piel se erizó. No tenía ninguna duda, era él.

– ¿Hasta cuándo vas a seguir huyendo de mí? -Quiso saber él. No obtuvo respuesta y, tras acercar sus labios a los de ella, añadió con la voz ronca: – Mírame a los ojos y dime que no me deseas, dime que no sientes nada. Dímelo.

Se sostuvieron la mirada, el corazón de ella comenzó a palpitar con fuerza, tanto como para que él lo escuchara.

– Da igual lo que digas, tu corazón te delata -insistió él.- Ambos anhelamos lo mismo, pequeña.

No esperó más, la rodeó por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y la besó con urgencia y necesidad. Ambos sabían lo que aquello significaba, se estaban entregando el corazón el uno al otro en aquel beso.

Sorpresa de San Valentín.

El día de San Valentín llegó y yo decidí pasar la tarde estudiando, sin ninguna intención de salir a la calle y odiando cada vez más a Alec por no dar señales de vida. Quizás Kate tuviera razón, tal vez Alec me había dicho que estaría fuera de la ciudad por trabajo para evitar estar conmigo en San Valentín. Tan solo hacía un mes que nos conocíamos y apenas habíamos intercambiado un par de besos, una cita el día de San Valentín era demasiado para el punto en el que se encontraba nuestra relación, si es que podía llamarse así.

Cansada de estudiar leyes y procedimientos jurídicos, me preparé un baño con sales aromáticas y me hundí en el agua caliente de la bañera. Me fumé un cigarro y me bebí una copa de vino disfrutando del baño hasta que el agua comenzó a enfriarse. Estaba secándome con una toalla cuando escuché el timbre de la puerta. Miré el reloj, eran las ocho de la tarde. Me puse el albornoz y me dirigí al hall. Miré por la mirilla antes de abrir la puerta y me quedé paralizada al ver quién era. Era él. Alec estaba frente a mi puerta y la noche de San Valentín, había aparecido en el momento más oportuno y había echado por tierra las sospechas de Kate. Nuestras miradas se encontraron, una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios y, mirándome de arriba abajo, me saludó manteniendo las distancias:

—Quizás debería haber llamado antes de venir… ¿estás ocupada?

Adiviné lo que estaba pensando y no pude evitar sonreír al comprobar cómo contenía su curiosidad para no preguntar lo que realmente quería saber.

— ¿Cuándo has llegado? —Fue lo único que fui capaz de decir.

—He aterrizado hace un par de horas, me he dado una ducha en el trabajo y he venido a verte, ni siquiera he pasado por casa. ¿Me invitas a entrar?

Asentí con un leve gesto de cabeza y me eché a un lado para dejarle entrar en casa. Pasó por mi lado y, tras cerrar la puerta, se paró frente a mí y me susurró:

—Estás preciosa.

Acarició mi mejilla con el dorso de la mano y cerré los ojos al notar cómo se erizaba mi piel debido al contacto. Rodeó mi cintura con su brazo y me estrechó contra su cuerpo al mismo tiempo que me besaba con extrema lentitud. Despegó sus labios de los míos haciendo un gran esfuerzo y, tras un suspiro cargado de frustración, musitó entre dientes:

—Será mejor que te vistas, no quiero que cojas frío.

Aquellas palabras no presagiaban nada bueno, pero tampoco me adelanté a preguntar. Era la primera vez que un hombre me pedía que me tapase con más ropa y no sabía cómo interpretarlo. En lugar de pensar que quizás Alec no me deseaba como mujer, me armé de seguridad y le dije:

—Iré a vestirme, sírvete una copa de vino mientras regreso.

Di media vuelta y me dirigí a mi habitación para vestirme. Decidí ponerme unos tejanos pitillo, un jersey de cuello de cisne y unas botas altas. Me quería tapada y así me iba a tener. Ni siquiera me maquillé, tan solo me sequé el pelo y fui en su busca.

Le encontré sentado en el sofá del salón bebiendo de su copa de vino mientras echaba un vistazo a mis apuntes de derecho penal. Estaba muy sexy sin pretenderlo, se sentía cómodo y natural vestido con unos tejanos y un jersey negro. Se volvió hacia a mí al notar mi presencia y se puso en pie. Me miró de arriba abajo con sorpresa, talvez esperaba verme con un vestido elegante y que tuviera planes para esta noche. Miré el reloj, solo eran las ocho.

—Todavía no me has dicho si tienes planes para esta noche —comentó mirándome a los ojos.

No era una pregunta, pero esperaba una respuesta. Le hice un gesto para que se sentara de nuevo en el sofá, me senté junto a él y, mientras rellenaba nuestras copas de vino, le dije:

—Tenía pensado pedir algo de comida a domicilio y ver una película, probablemente alguna comedia romántica y así tener una excusa para comerme el bote de helado de chocolate que guardo en el congelador —bromeé.

—Es un plan muy tentador —se mofó—. ¿Te importa si te hago compañía?

—Para nada, pero si te vas a quedar debes saber que pienso ponerme cómoda —le advertí.

—Me he arrepentido de pedirte que te vistieras en cuanto las palabras han salido de mi boca, no me hagas caso si vuelvo a decírtelo.

—Lo tendré en cuenta. Dime, ¿qué te apetece cenar? ¿Comida japonesa, china, pizza, kebab?

—Si esas son las opciones, prefiero la pizza.

—Genial, coge uno de los folletos de publicidad y pide lo que quieras —le dije señalando los papeles que había junto al teléfono de la mesa auxiliar—. Voy a ponerme cómoda.

Media hora más tarde, Alec y yo estábamos sentados en el sofá comiendo pizza y viendo una película de comedia romántica en la televisión. Alec me abrazó todo el tiempo, pero no intentó un mayor acercamiento hasta que la película terminó.

—Ha sido una película… interesante —comentó haciendo un esfuerzo por encontrar la palabra adecuada.

—No te ha gustado —deduje divertida.

—No es un género que me guste, pero puedo soportarlo solo por verte sonreír.

— ¿Aunque te haya obligado a ver una película ridícula y vaya vestida con un pijama de corazones?

—Sobre todo si vas vestida con ese pijama de corazones tan sexy —bromeó en un susurro mientras acercaba sus labios a los míos—. Giselle…

Me excitaba oírle pronunciar mi nombre de aquella manera tan sensual y premonitoria. Me besó despacio y se abrió paso por mi boca para acabar besándonos salvajemente. Me colocó a horcajadas sobre él y me quitó la parte superior del pijama, quedándome en sujetador. Siguió besándome mientras sus manos recorrían mi cuerpo, pero se detuvo cuando mi teléfono móvil comenzó a sonar por enésima vez.

—Nena, si no vas a cogerlo será mejor que lo apagues.

—Dame dos minutos, puede que sea importante.

Me levanté y cogí el teléfono móvil, era Steve quien llamaba con tanta insistencia.

—Espero que sea importante —bufé nada más descolgar.

— ¿Te he fastidiado el plan de San Valentín?

— ¿Qué quieres?

—Supongo que eso es un sí —se mofó—. En fin, solo llamaba para decirte que iré a verte la próxima semana, pasaré unos días en Virginia Beach y me preguntaba si podía hospedarme en tu nueva casa.

—Ya sabes que mi casa es tu casa, Steve. Además, tengo ganas de verte.

—Y yo a ti, pequeña —me confesó con sinceridad—. Diviértete y llámame si tengo que partirle la cara a alguien, recuerda que todos los hombres son unos capullos.

—Tranquilo, sé cuidarme sola. Buenas noches, Steve —me despedí antes de colgar.

Regresé de nuevo junto a Alec, pero lo noté distante.

— ¿Va todo bien?

—Iba a preguntarte lo mismo —me respondió con cierto tono de reproche en la voz.

—Toda va bien, era Steve, me llamaba para decirme que la próxima semana pasará unos días en la ciudad…

—Y le has ofrecido tu casa para que se hospede —acabó la frase.

—Así es —le confirmé.

— ¿Puedo preguntarte quién es ese Steve?

—Steve es mi mejor amigo, es como un hermano mayor para mí.

—Si es como un hermano, entonces no…

—No, no hay ninguna relación sentimental ni sexual entre Steve y yo, si es eso lo que quieres saber —zanjé la cuestión—. Y, si has terminado con el interrogatorio, me gustaría seguir con lo que estábamos haciendo antes de que nos interrumpieran.

—Ven aquí, caprichosa —me ordenó al mismo tiempo que me agarraba de la cintura y me colocaba de nuevo a horcajadas sobre él—. Creo que, antes de que nos interrumpieran, estábamos besándonos mientras acariciaba cada milímetro de tu piel que había quedado al descubierto.

Continuó besándome y desnudándome despacio. Acarició los bordes de mi sujetador rozando la piel de mis pechos, siguiendo por la espalda hasta encontrar el cierre y abrirlo, dejando mis pechos al descubierto.

—Eres preciosa —susurró con la voz ronca antes de llevarse a la boca uno de mis pezones para lamerlo y mordisquearlo, y a continuación hacer lo mismo con el otro. Soltó un gruñido gutural de la garganta y añadió poniéndose en pie conmigo en brazos—: Necesitaremos un sitio más cómodo, ¿dónde está tu habitación?

—En la planta de arriba —respondí rodeando su cuello con mis brazos.

Subió las escaleras cargando conmigo en brazos y le guie hasta mi dormitorio. Abrió la puerta y recorrió toda la estancia con la mirada antes de entrar. Caminó hacia a la cama y me depositó suavemente sobre ella. Hizo que me tumbara y terminó de desnudarme deshaciéndose de mis pantalones y mis braguitas.

—Me temo que no estamos en igualdad de condiciones —ronroneé colocándome de rodillas sobre la cama y quedando a la altura de su pecho—. Ahora me toca a mí.

Alec sonrió excitado, sus ojos estaban brillantes y su intensa mirada recorría mi cuerpo una y otra vez como si quisiera devorarme. Agarré el borde inferior de su jersey y lo deslicé hacia arriba para quitárselo con su ayuda. Hice lo mismo para deshacerme de su camiseta y seguí desabrochando los botones de su pantalón tejano, pero Alec se impacientó y acabó quitándose el pantalón y los bóxer él mismo.

—Supongo que la paciencia no es una de tus virtudes —bromeé con coquetería.

—No lo es cuando se trata de ti —me respondió abalanzándose sobre mí para apoderarse de mi boca. Acarició mi entrepierna para comprobar si estaba húmeda y añadió—: Nena, quiero estar dentro de ti.

Alargué el brazo para abrir el cajón de la mesita de noche y saqué un preservativo, cortesía de Steve para que estrenara mi nueva casa de la manera más divertida. A Alec no le pareció tan divertido cuando alzó la vista y vio el cajón repleto de preservativos.

—Supongo que debo parecerte una pervertida, pero te aseguro que tengo una explicación —le dije tratando de contener la risa.

—No es algo que esté acostumbrado a ver —bromeó y añadió sonriendo—: Ya hablaremos de eso en otro momento.

Se puso el preservativo, colocó su miembro en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente. Sonrió lascivamente cuando estuvo por completo dentro de mí y se me escapó un gemido de la garganta que no fui capaz de contener.

—No te reprimas, nena —me ordenó en un susurro al mismo tiempo que comenzó a entrar y salir de mí una y otra vez.

Traté de moverme para cambiar de posición, el misionero no era una de mis posturas favoritas, y Alec, adivinando mis intenciones, me dejó hacer. Me coloqué a horcajadas sobre él y llevé el ritmo de las embestidas mientras él me ayudaba a subir y bajar agarrándome del trasero. Nos besamos con urgencia, mis manos recorrieron su musculoso tórax y noté cómo se tensaba. Deslizó una de sus manos entre nuestros cuerpos hacia mi entrepierna, encontró mi clítoris y lo estimuló con movimientos circulares y con unos suaves toques de presión con el pulgar. Todo mi cuerpo se estremeció, el orgasmo estaba cerca y no quería que ese momento terminara nunca.

—Vamos nena, córrete conmigo.

Aquellas palabras fueron más una orden que una petición, pero mi cuerpo obedeció al instante y ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama y me arrastró con él, envolviéndome con sus brazos mientras seguía dentro de mí. Me mantuvo abrazada hasta que nuestras respiraciones se normalizaron y, sin quitarme de encima, salió de mí, se quitó el preservativo y lo anudó antes de dejarlo en el suelo. Me besó en la cabeza y me preguntó con voz ronca:

— ¿Estás bien, nena?

—Hacía tiempo que no estaba tan bien.

—Me alegra oír eso —murmuró entre dientes .

Alec no me dio tregua y se abalanzó sobre mí, intercambiando nuestras posiciones con un rápido movimiento. Se puso un preservativo que cogió del cajón de la mesita de noche, colocó mis manos por encima de mi cabeza y las unió a las suyas, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Un gemido arrollador salió de mi garganta y Alec, dedicándome una sonrisa socarrona, me dijo:

—Feliz San Valentín, nena.

Unió de nuevo su cuerpo al mío con una suave estocada, deslizándose dentro de mí y llenándome por completo.

Hicimos el amor una y otra vez hasta que nos quedamos dormidos por el agotamiento. El sonido de la alarma del teléfono móvil me despertó y al abrir los ojos mi mirada se encontró con la de Alec. Me estrechó entre sus brazos, me besó en la sien y me susurró al oído:

—Creo que ya hemos hecho suficiente ejercicio como para no salir a correr esta mañana, quédate un rato más en la cama, yo te llevaré a la universidad.

—Creo que hoy no voy a ir a clase, me voy a tomar el día libre —estaba cansada y me sentía demasiado bien entre los brazos de Alec—. Le enviaré un mensaje a Kate para que no me espere.

Entorné los ojos para que la luz del teléfono móvil no me deslumbrara, busqué el contacto de Kate en la agenda y le escribí un mensaje: “He pasado mala noche y apenas he dormido, no iré a clase hoy, nos vemos mañana.”

— ¿Por qué le has dicho que has pasado mala noche? —Me preguntó Alec con el ceño fruncido al leer el mensaje que le había enviado a Kate.

—Si le hubiera dicho la verdad, es capaz de presentarse aquí para someterme a un interrogatorio —le respondí acurrucándome contra su pecho—. Prefiero quedarme en la cama contigo.

Me coloqué a horcajadas sobre él y, con un sugerente movimiento circular, comencé a rozar mi entrepierna con la suya.

—Nena…

No dijo nada más, intercambió nuestras posiciones y me devoró la boca. Me satisfacía por completo, pero no me saciaba de él.

—Vas a acabar conmigo —murmuró mientras se colocaba un preservativo.

Me penetró lentamente, con una suavidad extrema e innecesaria. Traté de moverme y mostrarme activa, pero Alec me lo impidió como todas las otras veces exceptuando la primera, le gustaba tener el control y marcar el ritmo. Por alguna razón, Alec se lo tomó con calma. Entró y salió de mí despacio, recorrió mi cuello con la boca dejando un reguero de besos hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo mordisqueando y lamiendo mis pezones. Una vez más, me hizo tocar el cielo con las manos. Todo mi cuerpo se convulsionó y estallé en mil pedazos, gimiendo sin reprimirme al sentir la intensidad de aquel orgasmo. Alec se tensó y, tras dos embestidas, soltó un gruñido gutural al alcanzar el clímax. Se dejó caer a un lado para no aplastarme, se quitó el preservativo, lo anudó y lo tiró al suelo. Cogió un par de servilletas de papel que habíamos dejado sobre la mesita de noche y se limpió para después limpiarme a mí. Volvió a acomodarse a mi lado, me envolvió con sus brazos y, antes de volver a quedarme dormida, me susurró al oído:

—No me sacio de ti, nena.

Ahora o nunca.

Ahora o nunca

“A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades; a veces, es ahora o nunca.”

 

Diana estaba nerviosa, caminaba de un lado a otro de la habitación y de vez en cuando se le escapaba una risita nerviosa. Su madre sonrió con ternura al verla y, creyendo que esos nervios se debían a los nervios típicos de horas antes de la boda, se acercó a ella y le aseguró:

−Estás preciosa, cariño. Rubén se quedará sin palabras cuando te vea entrar en la iglesia.

Diana trató de forzar una sonrisa, pero solo logró hacer una pequeña mueca. Su madre la besó en la mejilla y la dejó a solas unos minutos para que se calmara. Esperó a que su madre se hubiera marchado y se miró de nuevo en el espejo.

Se suponía que aquél tendría que ser el día más feliz de su vida, iba a casarse con el hombre con el que tantas veces había soñado: un hombre bueno, responsable, trabajador y, lo más importante, con un hombre que la adoraba. Sin embargo, no se sentía feliz. Entre ellos no existía esa magia especial, no sentía mariposas en el estómago cuando lo miraba ni se le aceleraba el corazón cuando lo besaba.

Quería a Eduardo, pero no estaba enamorada de él. Eduardo lo sabía, pero confiaba en enamorarla con el tiempo y con eso se conformaba. Habían pasado dos años desde el inicio de su relación y hoy era el Gran Día, pero Diana tenía más dudas que nunca.

−Si te casas con Eduardo, no serás feliz.

Dio media vuelta y se encontró a Estela, su mejor amiga. Diana suspiró abatida y se sentó a los pies de la cama, jugando con su anillo de compromiso. Estela nunca había aprobado aquella relación, Eduardo era un hombre perfecto, pero no era el adecuado para Diana. La conocía mejor que nadie y sabía que su amiga solo estaba con Eduardo por la comodidad que le daba, pero no porque lo amara. Además, durante los dos últimos meses había podido observar cómo Diana coqueteaba con Rubén, el vecino policía. Entre ambos existía una tensión sexual no resuelta que era palpable en el ambiente, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso: él porque sabía que ella estaba prometida; ella porque su vida era demasiado cómoda y no quería fastidiarla.

−Rubén fue a verme anoche al apartamento –comenzó a decir Diana, iniciando una de esas terapias de amigas que tanto detestaba pero que en aquel momento necesitaba.− Me confesó que estaba enamorado de mí y que, aunque no pretendía arruinar nuestra amistad, tampoco podía quedarse de brazos cruzados y sin hacer nada cuando yo estaba a punto de casarme con otro hombre. Y me besó y le correspondí, pero se separó de mí a los pocos segundos, me deseó que fuera feliz y se marchó. Minutos después oí cerrarse la puerta de su apartamento, miré por la mirilla y lo vi entrar en el ascensor cargando con una maleta. Se ha ido –añadió conteniendo las ganas de llorar.− Creo que estoy enamorada de él y estoy a punto de casarme con otro hombre.

− ¡Por fin lo reconoces! –Exclamó Estela aliviada de ver que su amiga entraba en razón.− Aunque ya lo podrías haber hecho un poco antes. ¡Joder, has tenido que esperar a tener el vestido de novia puesto!

− ¡No me presiones más! –Le reprochó Diana a su amiga y añadió sollozando: − No sé qué voy a hacer…

−No quería decírtelo tan tajante, pero tienes que cancelar la boda –opinó Estela.− No puedes casarte con Eduardo si estás enamorada de Rubén.

−No puedo cancelar la boda sin más, tengo que hablar con Eduardo.

−Y, ¿qué piensas hacer con Rubén? ¿Vas a dejar que se marche? Él ya ha hecho todo lo que está en su mano, ha dejado la pelota en tu tejado y te toca mover ficha.

−Me caso en tres horas y estoy a punto de cancelar la boda, creo que ya es bastante.

−Te equivocas, estás cancelando la boda porque Eduardo no es el hombre con quien quieres pasar el resto de tu vida. Rubén te ha confesado que está enamorado de ti, pero tú no le has dado una respuesta –insistió Estela.

−Necesito tu coche.

−Voy contigo, no puedes conducir así –dijo señalando su vestido de novia.

−Ya me apañaré, tú tienes que quedarte aquí y evitar que descubran que me he marchado, al menos el tiempo suficiente para salir de aquí sin que nadie me vea. Dame las llaves del coche y tu móvil, tú quédate el mío y, cuando descubran que me he marchado, di que he dejado mi móvil aquí.

Estela hizo lo que su amiga le había pedido. Bajó al salón junto a la familia de Diana y los entretuvo mientras Diana salía a hurtadillas de la casa, se subía al todoterreno de Estela y, tras arremangarse el vestido, arrancó el motor del vehículo y salió de allí sin ser vista.

Diana se dirigió directamente a casa de Eduardo. Sabía que le había dado el día libre al personal de servicio y que había quedado con su familia una hora antes de la boda, así que estaría solo en casa. Aparcó el todoterreno frente a la puerta principal y entró en la casa. Caminó hacia el despacho donde intuyó que lo encontraría y no se equivocó.

−Diana, ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó sorprendida al verla con el vestido de novia y a falta de tres horas para la boda.

−No puedo hacerlo, Eduardo. Lo siento.

Diana se echó a llorar y Eduardo la abrazó. Sabía que ella no lo amaba, pero confiaba en lograrlo con el paso del tiempo. Durante las últimas semanas la había notado distraída y distante, sospechó que algo no iba bien y confirmó sus sospechas cuando una noche el vecino de al lado fue hacerle una visita. La notó incómoda e intuyó que algo sucedía, pero tampoco le dio demasiada importancia. Hasta que la noche anterior, el vecino decidió hacerle una visita y le confesó que estaba enamorado de su prometida. Le pidió que la dejase ir, que no arruinara la vida de ella atándola de por vida a un hombre del que no estaba enamorada porque la haría infeliz. Eduardo sabía que aquel hombre tenía razón, Diana no sería del todo feliz a su lado, pero no iba a ser él quien la dejara el día antes de la boda.

−No lo sientas, solo promete que serás feliz y ve a buscarle –la animó Eduardo.

Diana agradeció aquellas palabras de comprensión, le dio un abrazo de despedida y subió de nuevo al todoterreno. Ahora tenía que encontrar a Rubén. Llamó a Estela por teléfono, quién la informó que ya habían descubierto que se había fugado, también había llamado a un compañero de Rubén con el que se veía de vez en cuando y le había dicho que Rubén había pedido unos días libres en el trabajo y se había marchado al pueblo de sus padres, situado a dos horas en coche de distancia.

Diana no se lo pensó dos veces y, tras insertar la dirección en el GPS del vehículo, se dirigió hacia allí. Toda la valentía y seguridad que sentía se esfumó en cuanto aparcó frente a la casa de los padres de Rubén. Se sintió estúpida y ridícula vestida con el traje de novia, no sabía qué decir y se avergonzaba al imaginar lo que pensaría la familia y los vecinos de Rubén.

−Ahora o nunca –se dijo para armarse de valor.

Bajó del coche decidida a encontrarse con el hombre que la hacía feliz. Atravesó la puerta del jardín y lo vio jugando a la pelota con dos niños pequeños. Sus miradas se cruzaron y ambos se quedaron paralizados. Él la miraba sin poder creerse que estuviera allí, pero rápidamente sus labios esbozaron una enorme sonrisa que ella le devolvió al instante. Rubén se acercó a ella, la agarró por la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente.

−Yo también te amo –le confesó Diana con un hilo de voz cuando sus labios se despegaron.

Deseo de Navidad.

Miré el reloj, habían pasado más de seis horas desde que el avión debería haber despegado y todavía no habíamos embarcado. El retraso se debía al temporal de viento y nieve que afectaba a todo el país y a gran parte de Europa. El aeropuerto de Múnich estaba lleno de pasajeros frustrados que esperaban poder pasar la Navidad con sus seres queridos.

Me senté en la sala de espera de embarques y esperé dos horas más, hasta que nos informaron por megafonía que todos los vuelos habían sido cancelados a causa del temporal. Una de las azafatas de la aerolínea, se acercó y nos informó de la situación:

—Todos los vuelos han sido cancelados por motivos de seguridad debido al temporal que azota Alemania y la mayor parte de Europa. Según nos han informado, ésta situación se mantendrá hasta la madrugada del día 26 de diciembre, que es cuando se prevé que remita el temporal.

— ¿Qué va a pasar con nuestros vuelos perdidos? ¿Nos van a devolver el dinero? —Exigió saber uno de los afectados.

—A los pasajeros que deseen volar cuando se restablezca el servicio se les abonará el 50% del coste; a los pasajeros que no puedan o quieran viajar más tarde, se les devolverá el dinero.

Todo el mundo comenzó a lamentarse, a blasfemar contra cualquier cosa o incluso a golpear el mobiliario del aeropuerto.

Suspiré con resignación, sería la primera Navidad que pasaría lejos de casa, lejos de mi familia y amigos. Llamé a mi madre y le di la mala noticia.

—Lo siento, mamá —le dije con un hilo de voz—. Te prometo que iré a veros en cuanto se restablezca el servicio aéreo.

—No te preocupes, cielo —me consoló mi madre—. Solo son tres días y celebraremos todos juntos el fin de año y Reyes.

Me esforcé por mantener la compostura, no quería derrumbarme con mi madre al otro lado del teléfono, ella también lo estaba pasando mal.

Cogí un taxi para regresar a casa. El centro estaba abarrotado de gente y varias calles estaban cortadas por el mercadillo navideño, así que el tráfico era infernal.

—Déjeme aquí, haré el resto del trayecto a pie —le dije al taxista.

Me apeé del taxi y, cargando con la maleta, caminé por las calles del centro. Me encantaba la Navidad, siempre me había encantado. Mi espíritu navideño nunca me abandonaba, al menos hasta ese momento. La nostalgia y la melancolía me invadieron, no había nada peor que pasar la Navidad sola.

—Una señorita tan guapa no puede estar tan triste el día antes de Nochebuena —me dijo un tipo disfrazado de elfo—. ¿Quieres pedirle un deseo a Santa Klaus?

—No creo que Santa Klaus pueda ayudarme, pero gracias.

—Santa Klaus puede conseguirlo todo, pídele un deseo por Navidad, no pierdes nada por intentarlo —me animó una mujer, también disfrazada de elfo—. Ven, solo será un minuto y podrás pedirle a Santa Klaus lo que quieras.

No me dio tiempo a negarme, la mujer elfo me agarró del brazo y me llevó al centro de la plaza, donde se encontraba Santa Klaus y sus renos rodeados de decenas de niños.

—No pienso sentarme en el regazo de Santa Klaus —protesté de mal humor.

— ¡Ho, ho, ho! ¿Quién es ésta señorita de ojos tristes? —Preguntó el tipo disfrazado de Santa Klaus, con un aspecto muy logrado—. ¿Quieres que te conceda un deseo por Navidad? Coge una de éstas velas.

Cogí una de las velas que me señalaba y añadió:

—Ahora, pide un deseo y sopla, pero no lo digas en voz alta, ¿eh?

Con la vela en mis manos, miré fijamente la pequeña llama y pedí mi deseo: No quería pasar sola la Nochebuena y Navidad. Soplé con fuerza y apagué la llama.

—Deseo concedido —anunció Santa Klaus a su público. Los niños y los adultos aplaudieron y Santa Klaus me susurró—: Nadie debe pasar la Navidad solo.

Aturdida por aquellas palabras y por el cansancio de pasar ocho horas trabajando más ocho horas en el aeropuerto, regresé a casa y me metí en la cama sin cenar.

A la mañana siguiente me despertó el timbre de la puerta. Haciendo un esfuerzo, me levanté de la cama y fui a abrir la puerta. Era Mónica, mi vecina española que vivía en la casa de la esquina.

—Buenos días —la saludé deprimida.

— ¡Oh, lo siento! —Me dijo al mismo tiempo que me abrazaba—. Acabo de verlo en las noticias, han cancelado todos los vuelos del país.

Invité a entrar a Mónica y le indiqué que se sentara en uno de los taburetes de la cocina mientras preparaba café y unas tostadas. Tan solo hacía seis meses que conocía a Mónica, pero se había convertido en mi mejor amiga en Múnich. Ella también era española, pero dejó España por amor cuando conoció a Sebastian Müller, su marido.

—No abrirán el aeropuerto hasta día veintiséis, así que pasaré la Navidad en Múnich y, con un poco de suerte, para fin de año y Reyes estaré en España.

—Lo sé, por eso he venido a verte —me interrumpió—. Sebastian y yo pasaremos Nochebuena y Navidad con mi cuñado y su mujer en una cabaña que tienen en el bosque. Ella también es española, sé que no es lo mismo que estar con tu familia, pero al menos seremos tres españolas en la mesa.

—Te lo agradezco, pero no creo que…

—No vayas a decir ninguna tontería, ¡eh! —Me regañó antes de que pudiera articular una sola palabra—. No pienses que voy a dejar que te quedes sola en Navidad, así que ya puedes recoger tus cosas que nos vamos a la cabaña. Y no te preocupes, te llevaremos al aeropuerto en cuanto lo abran.

—Está bien, de acuerdo —acepté finalmente.

No pasar la Navidad sola era mi deseo, Santa Klaus me había concedido un deseo por Navidad.

Dos horas más tarde, iba sentada en el asiento trasero del coche de Sebastian y Mónica para dirigirnos a la cabaña.

Cuando llegamos, me sorprendí al ver lo que ellos llamaban cabaña. Era una casa de dos plantas construida con piedra y madera, de aspecto rústico y romántico. Un lugar perfecto para una escapada romántica.

—Vaya, es una casa fantástica —comenté.

—Mi hermano Peter planeó un fin de semana romántico con Edurne y alquiló la cabaña, pero a ambos les gustó tanto que decidieron comprarla —me dijo Sebastian.

—Seb, ¿ese no es el coche de Jakob? —Le interrumpió Mónica.

—Sí, pero creía que Jakob iba a pasar la Navidad en Londres.

—Han cancelado todos los vuelos, no habrá podido viajar.

Bajamos del coche y una pareja, que deduje serían el hermano mayor de Sebastian y su esposa, salió a recibirnos. Hacía muchísimo frío, mucha más que en la ciudad.

—Entrad en la cabaña antes de que os congeléis —nos dijo la mujer.

Pasamos al salón y entramos en calor gracias al fuego de la chimenea. No pude evitar sonreír con tristeza al ver la perfecta decoración navideña, me recordaba lo lejos que estaba de mi familia.

—Edurne, Peter —dijo Mónica haciendo las presentaciones oportunas—, ella es Carla, mi amiga española.

—Encantada de conocerte, Carla —me saludó Edurne—. Lamento que no puedas estar con tu familia, pero aquí te haremos sentir una más de nuestra familia.

—Bienvenida, Carla —me saludó Peter.

—Gracias por invitarme —les agradecí.

—Hemos visto el coche de Jakob —dijo Seb—. ¿No ha podido viajar a Londres?

—También cancelaron su vuelo, pasará la Navidad con nosotros —informó Peter.

— ¿Dónde están mis dos diablillos? —Quiso saber Mónica.

—Han ido con Jakob a por leña, no tardarán en llegar.

Hablaban de Claudia y Nico, los hijos de Peter y Edurne, unos mellizos de seis años que, según Sebastian y Mónica, eran dos diablillos.

Edurne se encargó de mostrarme la habitación de invitados para que me instalara y se aseguró de que tuviera todo lo que me hiciera falta. Cuando bajé al salón, Jakob ya había regresado con los niños.

—Carla, ven —me dijo Mónica cuando me vio entrar—. Quiero presentarte a mi cuñado Jakob, el menor de los hermanos Müller.

Jakob estaba sentado en el sofá que quedaba de espaldas a la puerta. Se puso en pie y se volvió para mirarme. Nuestras miradas se cruzaron y pudimos comprobar la expresión de sorpresa en el rostro del otro. No era la primera vez que nos veíamos. Mi cuerpo se estremeció al recordar la única noche que habíamos pasado juntos compartiendo algo más que la cama.

—Carla es una buena amiga y, además, española —añadió Mónica—. También han cancelado su vuelo a España.

Me dedicó una sonrisa maliciosa y, fingiendo que no me conocía, me saludó con cordialidad:

—Encantado de conocerte, Carla.

—Lo mismo digo —murmuré tratando de mantener la compostura.

—Tío Jakob, ¿nos ayudarás a construir la casa del árbol? —Le preguntó el pequeño Nico echándose a los brazos de su tío.

—Por supuesto, pero tendrá que ser otro día, esta noche viene Santa Klaus y tenemos que irnos a dormir temprano porque si pasa por aquí y ve la luz encendida no nos dejará ningún regalo —le dijo Jakob.

Sonreí al comprobar lo bien que se le daban los niños, jamás lo hubiera creído y si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Conocí a Jakob en un bar de copas, cuando un tipo se me acercó y trató de ligar conmigo. El tipo no aceptaba un no por respuesta y trató de propasarse conmigo, pero Jakob apareció de la nada, le dio un puñetazo a aquel idiota y después me invitó a una copa. Bebimos, bailamos y acabamos en su casa dando rienda suelta a la pasión que sentíamos. Me desperté al amanecer, estaba desnuda con un hombre al que acaba de conocer y en una cama que no era la mía. Me sentí vulnerable y hui. Me levanté y me vestí sin hacer ruido, recogí mis cosas y me marché a casa sin despedirme.

—Carla, ¿estás bien? —Me preguntó Sebastian preocupado.

—Sí, perdona —respondí ruborizándome—. Tengo la cabeza en otra parte.

Pasamos la tarde charlando en el salón y bromeando. Echaba de menos a mi familia, pero me sentí afortunada de poder pasar la Navidad con los Müller.

—Tío Jakob, le hemos pedido a Santa Klaus una novia para ti —dijo de repente la pequeña Claudia.

— ¿Y para qué quiero yo una novia? —Preguntó Jakob sorprendido.

—La abuela dice que tienes que casarte y darnos primitos, para eso hace falta una novia —le respondió Claudia.

Todos tratamos de contener la risa, pero nadie lo consiguió, ni siquiera Jakob.

—Voy a tener que hablar muy seriamente con la abuela —murmuró Jakob entre dientes.

—Frida tiene razón, ya tienes una edad en la que tienes que asentar la cabeza, no puedes ir de flor en flor toda la vida —le replicó Edurne—. ¿No te cansas de despertarte en una habitación de hotel con una mujer del que no recuerdas su nombre?

—Norma número uno: nunca lleves a una mujer a casa —dijeron al unísono Peter y Sebastian con mofa.

Todos se rieron, todos menos yo. A mí no me había llevado a un hotel, me llevó a su casa. Aunque eso no cambiaba el hecho de que era un mujeriego reputado, hasta su propia familia bromeaba sobre el tema.

Me ofrecí a ayudar a Edurne y Sebastian a preparar la cena de Nochebuena, pese a no tener ni idea de lo que estaban cocinando. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que evitara que me quedara a solas con Jakob.

Cenamos todos juntos, brindamos y disfrutamos de una agradable y divertida Nochebuena. Edurne acostó a los niños después de cenar y Claudia, que había estado toda la noche a mi lado, me pidió que le leyera un cuento antes de dormir. No pude ni quise negarme, aquella niña de seis años me había robado el corazón.

Les leí un cuento y, cuando conseguí que los niños se durmieran, salí de la habitación sin hacer ruido y cerré la puerta.

—Esperaba volver a verte, aunque nunca imaginé que sería aquí —escuché su seductora voz a mi espalda—. Espero que esta vez no se te ocurra salir huyendo de madrugada.

— ¿Acaso hubieras preferido despertarte y verme allí durmiendo? Supongo que por eso prefieres los hoteles —le reproché.

—No te llevé a un maldito hotel, te llevé a mi casa —me replicó agarrándome del brazo para evitar que saliera huyendo de nuevo.

— ¿Qué está pasando aquí? ¿Va todo bien? —Nos preguntó Peter preocupado al ver cómo me agarraba Jakob.

Jakob y yo nos separamos al instante. Consciente de que Peter no estaría pensando nada bueno, intenté arreglarlo:

—Todo genial, los niños acaban de dormirse.

—Gracias, Carla. Edurne y Mónica están es la cocina tratando de hacer mojitos —me dijo sutilmente para que me marchara y yo obedecí.

Entré en la cocina y ayudé a las chicas a preparar unos mojitos, fingiendo que todo iba bien aunque no pudiera quitarme a Jakob de la cabeza.

Tras tomarnos los mojitos y cantar varios villancicos, nos dimos las buenas noches y nos fuimos a dormir. La habitación de Jakob estaba junto a la mía y, tras intentar dormir sin conseguirlo, decidí ir a su habitación. Abrí la puerta y entré sin hacer ruido. Cerré la puerta y caminé despacio, pero me detuve al oír su voz:

—Has pasado de salir huyendo de mi habitación a colarte a hurtadillas.

Su tono de guasa me hizo saber que no estaba enfadado, al menos no lo suficiente como para echarme de allí.

—Lo siento, necesitaba hablar contigo.

—No te preocupes, Peter no sabe nada.

—Eso no me preocupa —le dije un poco molesta porque pensara que fuera tan superficial.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—No lo sé, quizás porque no me llevaste a un hotel —bromeé.

—Ahora tampoco estamos en un hotel —susurró acercando sus labios a los míos. Se detuvo a un escaso centímetro de mi boca y añadió—: Y tampoco vas a desaparecer de nuevo, ¿verdad?

—No voy a desaparecer —le aseguré.

Nos miramos a los ojos durante un par de segundos, tratando de confirmar en el otro la verdad de aquellas palabras y, finalmente, me besó. Me besó con urgencia, con auténtica necesidad. No pensé en nada, tan solo me dejé llevar por lo que sentía. No me importaba dónde estábamos ni qué pasaría al día siguiente, solo sabía que quería estar con él, nada más importaba.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me encontré con la sonrisa de Jakob. Estaba abrazada a su pecho y él me envolvía con sus brazos. Estar con él era como estar en casa.

—Buenos días, preciosa —me saludó besándome en la frente—. Santa Klaus me concedió mi deseo.

— ¿A qué te refieres? —Pregunté con curiosidad.

—Estaba en el aeropuerto y, cuando cancelaron mi vuelo, regresé a casa. Nada más bajarme del taxi, un par de elfos se me echaron encima y me llevaron con Santa Klaus —me explicó divertido—. Santa Klaus me dijo que me concedía un deseo y me hizo soplar una vela para que se cumpliera. No tenía la más mínima intención de seguirle el juego, pero estábamos rodeados de niños así que lo hice. Pedí encontrarte y soplé la vela.

—Qué extraño, a mí también me ocurrió lo mismo. De camino a casa dos elfos me llevaron a la plaza donde se encontraba Santa Klaus y me concedió un deseo ¡y se ha cumplido! —Exclamé sin acabar de creérmelo.

— ¿Cuál era tu deseo?

—Pedí no pasar la Navidad sola —le confesé con tristeza.

—Echas de menos a tu familia, es duro no estar con ellos en Navidad —adivinó mis pensamientos. Me besó en los labios y añadió—: Duerme un poco más, todavía es muy temprano.

— ¿A dónde vas?

—Voy a abusar de la confianza de Santa Klaus y a pedirle otro deseo, a ver si tengo suerte y me lo concede.

Me guiñó un ojo con complicidad, me besó de nuevo en los labios y se levantó de la cama. Miré el reloj, eran las seis de la mañana. Me acomodé de nuevo en la cama y seguí durmiendo.

Jakob me despertó horas más tarde susurrándome al oído:

—Feliz Navidad, Carla.

—Mm… Feliz Navidad —murmuré medio dormida.

—Santa Klaus me ha concedido otro deseo, ¿quieres saber cuál es?

—Sí.

—El temporal está remitiendo y han abierto el aeropuerto, pero de momento solo dejan despegar a vuelos privados, no a vuelos comerciales. En dos horas sale un vuelo privado a Barcelona y hay un asiento libre, si salimos ahora, podrás estar en España con tu familia a la hora de comer.

Me levanté de la cama de un salto.

— ¿De verdad? —Pregunté emocionada.

—Así es —me confirmó divertido —Vístete y recoge tus cosas, te llevo al aeropuerto.

Me arrojé a sus brazos y le abracé con fuerza, sin duda era el mejor regalo de Navidad que me podían hacer.

—Un momento —le detuve agarrándolo del brazo—. ¿Qué le has dicho a tu familia?

—Les he dicho la verdad, que un amigo viaja a Barcelona en avión privado y le he pedido que te lleven —me contestó con fingida inocencia.

—Ya sabes a qué me refiero.

—No les he dicho nada, antes debemos hablar, pero me temo que tendrá que esperar a que regreses a Múnich. Prométeme que no huirás de mí y que hablaremos cuando vuelvas.

—Te lo prometo —le aseguré y acto seguido le besé en los labios.

—Será mejor que me vaya y deje que te vistas o me encerraré contigo en la habitación y no te dejaré salir de la cama.

—Suena muy tentador, pero tendrá que ser otro día —bromeé.

Jakob salió de la habitación sonriendo divertido y yo también sonreí como una idiota. Miré el reloj, eran las nueve de la mañana. Me di una ducha rápida, me vestí y recogí mis cosas en media hora, un tiempo récord.

Cuando bajé al salón todos estaban junto al árbol observando cómo Nico y Claudia abrían sus regalos emocionados por la llegada de Santa Klaus. Al verme, todos sonrieron y me felicitaron la Navidad, contentos de que pudiera pasarla con mi familia.

—Carla, Jakob se ha ofrecido a llevarte al aeropuerto, pero si prefieres que te llevemos nosotras no hay problema —se ofreció Edurne, probablemente debido a que Peter le contaría lo que vio la noche anterior.

—No hay problema, Jakob me llevará —sentenció con una sonrisa en los labios, confirmándoles que no pasaba nada entre Jakob y yo, al menos nada malo.

—Llámanos cuando llegues a España —intervino Mónica.

—Yo no quiero que te vayas —me dijo la pequeña Claudia con lágrimas en los ojos.

Me agaché para ponerme a su altura y le dije antes de abrazarla:

—Solo serán unos días y te prometo que cuando regrese vendré a buscarte para ir juntas al parque, ¿de acuerdo?

Claudia se conformó con aquella promesa. Nico también se me echó a los brazos y me dio un beso en la mejilla.

— ¿Y también nos leerás un cuento? —Me preguntó con esa vocecilla de diablillo.

—Os leeré todos los cuentos que queráis —les dije con ternura.

Tras despedirme de la familia Müller, Jakob me llevó al aeropuerto. Allí me presentó a Alfred Fischer, un empresario alemán amigo de Jakob que me llevaría a Barcelona en avión privado.

—Disfruta de la Navidad con tu familia y piensa en mí de vez en cuando —me susurró al oído.

—Será difícil no hacerlo todo el tiempo —le respondí con sinceridad. Le besé en los labios y añadí—: Me has dado el mejor regalo de Navidad, no lo olvidaré nunca.

—Entonces, no olvides que tenemos una conversación pendiente.

Me despedí de Jakob y subí al avión con Alfred.

Tres horas más tarde, aterrizábamos en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona.

—Muchísimas gracias por tu amabilidad, Alfred. Significa mucho para mí poder estar con mi familia en Navidad.

—Ha sido un placer disfrutar de tu compañía durante el vuelo —me aseguró Alfred con modestia—. Puede que Jakob haya tardado en sentar la cabeza, pero me alegra saber que ha escogido a la mujer perfecta.

Sonreí ligeramente avergonzada, pero también halagada por el comentario de Alfred. Me despedí de él con un sincero abrazo y corrí hacia la parada de taxi cargando con mi maleta.

Eran casi las tres de la tarde cuando llegué a casa de mis padres. La puerta del edificio estaba abierta y subí en el ascensor hasta la cuarta planta. Suspiré antes de llamar al timbre y, cuando la puerta se abrió y aparecieron mis padres, exclamé:

— ¡Feliz Navidad, familia!

Historia de amor eterno.

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Se conocieron en el colegio cuando eran unos niños y no tardaron en hacerse amigos. En aquella época no tenían más preocupaciones que las de un niño: jugar y divertirse con los amigos. Él siempre se había sentido muy protector con ella, sus ojos azules, su piel blanca, su corta estatura y su delgadez siempre la habían hecho parecer débil y vulnerable; aunque en realidad ella era una persona fuerte, capaz de afrontar cualquier tempestad que le viniera encima.

En el instituto, ese sentimiento de protección hacia ella creció. También se añadió otro más intenso, el amor. No quería que sus sentimientos influyeran negativamente en su relación con ella, prefería tenerla como amiga a no tenerla por intentar algo más. Sin embargo, ella sentía lo mismo y no estaba dispuesta a dejar escapar a su gran amor. Como él no le pidió que la acompañara al baile, ella se armó de valor y se lo propuso. Por supuesto, él aceptó aquella invitación.

Desde aquel baile de celebración y despedida del instituto, no se separaron ni un solo día. Alquilaron un pequeño apartamento cerca del campus y la convivencia les unió todavía más. Cuando por fin acabaron sus respectivas carreras universitarias, se casaron y se mudaron a una pequeña casa familiar con jardín a las afueras de la ciudad.

En cuanto encontraron un empleo estable, con la seguridad que aquello les daba, decidieron ampliar la familia y, en pocos años, pasaron de ser dos a ser cinco. Tuvieron un niño y dos niñas, los tres fuertes y sanos como sus padres. Verles crecer hasta convertirse en adultos y formar su propia familia era el aliciente más grande que la vida les había dado a ambos, que ya disfrutaban de la jubilación y de los viajes que habían soñado hacer en su juventud.

Como en todos los matrimonios, pasaron por momentos buenos y malos, pero el amor que sentían el uno por el otro les daba la fuerza que necesitaban para seguir adelante y superar todos los obstáculos. Los últimos años habían sido igual de intensos y románticos que los primeros y, con ese pensamiento, miró a su marido por última vez antes de que cerraran el ataúd.

Tras el funeral, regresó a casa acompañada por sus hijos y sus nietos y se retiró a su habitación para descansar. Se metió en la cama y cerró los ojos tratando de no pensar en cómo continuaría su vida sin él y, sin darse cuenta, se quedó dormida para siempre.

Su alma abandonó a su cuerpo para seguir a su amado al más allá y continuar allí su historia de amor eterno.

No me reconozco.

No me reconozco

Siempre había vivido disfrutando del presente, sin preocuparse por el futuro y, mucho menos, por el qué dirán. Nunca había tenido que preocuparse de dar explicaciones a nadie, porque nunca nadie se había preocupado por él, con la única excepción de su hermano mayor.

Sus padres fallecieron en un accidente de tráfico cuando eran pequeños, él ni siquiera los recordaba, tan solo era un bebé de dos años y, por suerte o por desgracia, no conservaba recuerdos de aquella época. Como no tenían más familia que sus difuntos padres, los servicios sociales se hicieron cargo de ellos y fueron a parar a un pequeño orfanato a las afueras de la gran ciudad. Su hermano, además de su papel de hermano mayor, también ejerció de protector y, gracias a él, todos los niños del orfanato le respetaban.

En cuanto su hermano cumplió la mayoría de edad, buscó un trabajo, un apartamento y consiguió hacerse con su tutela para poder seguir cuidando de él. Combinaba sus estudios con un trabajo de camarero en el que le pagaban lo suficiente para pagar los gastos y poco más, pero se apañaban con lo poco que tenían.

Por desgracia, la vida se había empeñado en arrebatarle lo único que le quedaba: su adorado y protector hermano mayor. Tras pasar unos días enfermo en el hospital, los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad. Tan solo le quedaban unos pocos días de vida.

Desde aquel momento, no se separó ni un solo segundo de él. Durante tres largos días con sus largas noches, se quedó a su lado, sentado en un viejo sillón que había junto a la cama donde yacía su hermano.

Pocos minutos antes de morir, su hermano mayor le había hecho prometer que disfrutaría de cada día como si fuese el último, quería que su hermano pequeño disfrutara de la vida como él no había podido hacer.

Después del funeral, a él solo le importó cumplir aquella promesa, no quería ni podía defraudar a la única persona que siempre le había apoyado, protegido y cuidado hasta el último minuto.

Recorrió el mundo cargando con una mochila a su espalda y la soledad en el corazón. Visitó lugares que jamás hubiera imaginado que existían; descubrió culturas que le descubrieron un sinfín de maneras de vivir; disfrutó de numerosas fiestas hasta perder la consciencia; sedujo a miles de mujeres con las que pasó una sola noche; y se dejó regalar los oídos con absurdos cumplidos y promesas de alcoba.

Sin embargo, nada de todo aquello le reconfortaba. Los hermosos paisajes, las alocadas fiestas y las apasionadas noches con distintas mujeres no llenaban el vacío que había en su corazón. Continuaba cumpliendo con su promesa, o al menos eso creía él. Pero lo cierto era que todo aquello no le hacía disfrutar de la vida de una manera especial, como quería su hermano.

No se dio cuenta de ello hasta que un día cualquiera, se levantó como todas las mañanas en una cama ajena junto a una mujer desconocida y, mientras se aseaba antes de marcharse, no reconoció al hombre que vio en el espejo.

Se había centrado en seguir su promesa al pie de la letra que se había olvidado de la esencia de aquellas palabras que le transmitió su hermano antes de morir. Tal era su obsesión que, después de haber recorrido el mundo, de conocer diversas culturas y de dormir en tantas camas, sabía más de la humanidad en general que de él mismo.

Había olvidado quién era realmente, se había convertido en un camaleón que sabía adaptarse a su entorno, pero que jamás sacaba a luz su propia personalidad.

Se lavó la cara con agua fría y, tras volver a mirarse en el espejo, murmuró:

−Ha llegado el momento de conocerme, de asentarme en un lugar donde formar un hogar y disfrutar de la vida a otro ritmo.