CategoríaEscondidos En La Selva

Escondidos en la Selva V.

Nada más regresar a la cueva, Oliver cogió la pomada antinflamatoria y le hizo un gesto a Scarlett para que se tumbara y ella no esperó a que se lo repitiera dos veces. Le gustaba sentir las manos calientes de Oliver sobre sus costillas, cuidando de ella con delicadeza y ternura. Cuando terminó, le ordenó que guardara reposo mientras él se encargaba de avivar el fuego de la hoguera y cocinar el pescado para cenar.

En cuanto anocheció, la temperatura se desplomó. Hacía frío, el viento azotaba con fuerza y llovía a cántaros, pero en la cueva estaban resguardados de las inclemencias del tiempo, siempre que el fuego de la hoguera se mantuviera encendido.

Cansada de permanecer tumbada, Scarlett se levantó a los pocos minutos y se acercó a Oliver, que estaba asando los peces en la hoguera. Él la miró con gesto serio y, con tono de advertencia, le dijo:

—Si no guardas reposo, la lesión se puede agravar.

—Si sigo tumbada, mi cuerpo se entumecerá.

—La cena ya casi está —anunció Oliver—. ¿Te apetece pescado?

—Preferiría un buen filete de carne pero, dadas las circunstancias, cenar pescado me parece todo un manjar —bromeó Scarlett.

La lluvia y el viento azotaban con fuerza y, aunque no penetrara en la cueva donde se refugiaban, ambos podían oírlo. Scarlett estaba tensa, le daban miedo las tormentas y estar en una cueva en mitad de la selva no mejoraba la situación. Oliver se percató del nerviosismo de ella y le preguntó:

— ¿Estás bien?

—Sí.

—Mientes.

—Estoy bien, es solo que no me gustan las tormentas.

— ¿Te dan miedo las tormentas? —Le preguntó Oliver sonriendo divertido.

—Simplemente, no me gustan.

—Te prometí que no dejaría que te ocurriera nada y soy un hombre de palabra.

Un rato más tarde, ambos cenaron y Oliver trató de distraerla hablándole de su familia para que se olvidara de la tormenta. Le habló de su feliz infancia en la granja, le contó divertidas anécdotas de sus hermanos y lo mucho que le gustaba pasar el rato con sus sobrinos construyendo cabañas en los árboles. Scarlett le escuchó con interés, Oliver era un hombre divertido, inteligente y muy atractivo, pero se obligó a recordar que también era el Capitán Parker y estaba allí con ella para llevar a cabo una misión.

Hacia la medianoche, Scarlett comenzó a bostezar y Oliver, tras echar más leña a la hoguera para que el fuego se mantuviera encendido, le susurró a Scarlett:

—Es hora de dormir, señorita Sanders.

Scarlett no protestó, estaba cansada y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, deseaba acurrucarse junto a Oliver.

La tormenta azotó con fuerza la isla durante los siguientes tres días en los que Oliver y Scarlett permanecieron en la cueva, refugiándose de la lluvia y del viento. Durante ese tiempo, se alimentaron de las frutas que habían recolectado y de las dos latas de conservas que les quedaban. Además de avivar el fuego de la hoguera, poco más podían hacer para entretenerse, así que se limitaron a tumbarse sobre la esterilla para no gastar más energía de la que ingerían y a charlar para distraerse.

Gracias a aquellas charlas, Scarlett averiguó muchas cosas sobre Oliver que la fascinaron a la vez que sorprendieron. Le gustaba escucharle hablar del futuro y que incluyera a su familia en él, pero se inquietó cuando le escuchó decir que le gustaría ser padre. Scarlett sabía que Oliver sentía la misma atracción que ella, pero también era consciente de cómo él guardaba las distancias y se separaba de ella cuando más cerca estaban el uno del otro. Finalmente,  Scarlett aprovechó la ocasión para preguntarle lo que quería saber cuándo Oliver mencionó el tema de ser padre:

— ¿Estás casado?

—No —le respondió Oliver, escrutándola con la mirada.

— ¿Tienes pareja?

—No —respondió de nuevo Oliver sin dejar de mirar a Scarlett, tratando de adivinar a dónde quería ir a parar con aquellas preguntas.

— ¿Cuánto hijos te gustaría tener?

—No lo sé, no es algo en lo que haya pensado —le confesó Oliver y añadió encogiéndose de hombros—: Supongo que los que vengan, bienvenidos serán.  

— ¿Has pensado en cómo compaginarás tu trabajo con formar una familia?

—Me gusta mi trabajo, pero en unos años ya no podré dedicarme a ello como hasta ahora, probablemente me destinen como coordinador de equipo desde la base —le explicó Oliver mientras echaba más leña a la hoguera—. Seguiré teniendo unos horarios de trabajo complicados, pero ya no pasaré semanas lejos de casa.

—Estarás más cerca, pero seguirás sin tener tiempo para dedicarle a tu familia —comentó Scarlett con tristeza. Oliver frunció el ceño y Scarlett se apresuró en aclararle—: No quiero decir que no quieras pasar tiempo con tu familia, pero en un trabajo como el tuyo es complicado conciliar.

—Primero tengo que encontrar a una mujer que esté dispuesta a formar una familia conmigo, después ya pensaré en cómo conciliar el trabajo con la familia —bromeó Oliver, tumbándose de nuevo junto a Scarlett.

—Estoy segura de que no te faltan candidatas.

—Todavía no he encontrado a ninguna candidata que me interese y, la que me interesa, no está disponible.

—Mm… El Capitán Parker tiene un secreto oscuro —bromeó Scarlett—. ¿Tienes una aventura con una mujer casada?

— ¡No! —Le respondió Oliver ofendido—. ¿Por quién me has tomado?

—Oye, has sido tú quién ha dicho que la mujer que te interesa no está disponible —se justificó Scarlett sin poder ocultar la risa.

—Háblame de ti —le pidió Oliver, abrazándola y estrechándola contra su cuerpo para combatir el frío.

— ¿Qué quieres saber? —Le dijo ella mientras jugueteaba con sus dedos sobre el pecho de él.

—Mm… No deberías provocarme, no soy de piedra —le advirtió con la voz ronca.

—Yo tampoco —le contestó Scarlett, acariciándole con sensualidad.

Oliver recorrió la pequeña distancia que le separaba de los labios de Scarlett y, tras mirarla a los ojos para pedirle permiso, la besó. Fue un beso cauto, un leve roce de labios para tantearla y, al ver que ella no se apartaba, intensificó el beso. Scarlett le correspondió y rápidamente se convirtieron en una maraña de besos y caricias que Oliver se vio obligado a detener muy a su pesar:

—Espera, no podemos seguir con esto.

— ¿Por qué no? —Protestó Scarlett.

—Aunque sea una misión extra oficial, estoy de servicio —argumentó Oliver, callándose lo que realmente pensaba.

—Olvídate del Capitán Parker por una noche —casi le rogó Scarlett—. Esta noche solo estamos tú y yo, en mitad de la selva, refugiados de la tormenta en una cueva.

Scarlett ya no se sentía con fuerzas para seguir conteniendo el deseo que sentía de fundir su cuerpo con el de Oliver y estaba dispuesta a terminar lo que habían empezado. Mirando a Oliver a los ojos, le dijo:

—Dime que no lo deseas y no insistiré, pero sé sincero contigo mismo.

—Lo deseo —le confesó Oliver con la voz ronca y, cambiando la postura con Scarlett para que no se hiciera daño, añadió—: Deseo desnudarte lentamente, besar y acariciar cada recoveco de tu piel, hundirme en ti y colmarte de placer hasta que grites mi nombre mientras te corres entre mis brazos.

Y Oliver, que era un hombre de palabra, cumplió con todo lo que le había dicho. Ambos se entregaron al placer de fundirse el uno con el otro sin pensar en nada más que en resolver aquella tensión sexual que habían mantenido durante cinco días con sus cinco noches.

A la mañana siguiente, Scarlett se despertó entre los brazos de Oliver. Ambos estaban desnudos bajo la manta térmica, pero ninguno de los dos se sintió incómodo por ello. Sin embargo, Oliver sí estaba un poco tenso. No podía dejar de pensar en la mujer que descansaba entre sus brazos, la misma mujer de la que sospechaba que mantenía una relación con el General. Había cometido la mayor insensatez de su vida, pero sin ninguna duda Oliver volvería a repetirlo aunque naciera cien veces.

—Buenos días, dormilona —le susurró al oído cuando ella abrió los ojos—. ¿Estás bien?

—Ajá —le respondió ella medio dormida, rozando con su pierna la erección de Oliver.

—No me tientes…

—Mm… —Gimió Scarlett, rozándose de nuevo contra él solo para provocarlo.

Y funcionó. Una milésima de segundo después, Oliver se abalanzaba sobre Scarlett y la besaba con verdadera necesidad hasta que, una vez más, sonó el teléfono móvil de Oliver.

— ¡Maldito teléfono! —Gruñó Oliver con exasperación antes de responder la llamada de mal humor—: ¿Sí?

— ¿Problemas en el paraíso? —Se mofó Dexter desde el otro lado del teléfono.

— ¿Hay novedades? —Preguntó Oliver ignorando el comentario de su amigo.

—La tormenta desaparecerá a última hora de la tarde —anunció Dexter—. Creemos que Damian y sus hombres se marcharán de la isla mañana a primera hora.

—Estaremos listos para salir de aquí, llámame mañana por la mañana e infórmame de las novedades.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Dexter, preocupado por el extraño tono de voz de su amigo.

—Sí, hablamos mañana —le respondió antes de colgar. Se volvió hacia a Scarlett y, con su tono de voz más seductor, le susurró antes de besarla—: Creo que lo habíamos dejado por aquí…

Pasaron el resto del día dejándose llevar por el deseo y la pasión. Cada mirada, cada roce, encendían una chispa que provocaba un incendio entre ellos y ninguno de los dos quiso hacer nada para apagarlo.

A primera hora de la mañana, Dexter llamó de nuevo y anunció que Damian y sus hombres estaban abandonando la isla. Cuando colgó, Oliver puso a Scarlett al corriente de la situación y no pudo evitar sentirse dolido al comprobar la felicidad que ella mostraba al enterarse de que regresaban a la ciudad. Necesitaba descubrir cuál era la relación que Scarlett mantenía con el General pero no se atrevía a preguntárselo directamente porque temía que se tomara la pregunta cómo una acusación.

Oliver y Scarlett se pusieron en camino para salir de la selva y llegar al pequeño puerto del norte, donde un barco del ejército les estaba esperando para llevarles de regreso a la base. Ambos mantuvieron las distancias durante todo el trayecto en barco, ya que estaban rodeados de personal del ejército, pero Oliver se impacientaba cada vez más al ver que estaban a punto de atracar en el puerto de la base y Scarlett no abría la boca.

Desembarcaron a última hora de la tarde, el General Turner y el Coronel Wilmore esperando en el puerto y Oliver palideció cuando el General recibió a Scarlett con un afectuoso abrazo al mismo tiempo que le preguntaba con dulzura:

—Cariño, ¿estás bien? Si te llega a pasar algo yo…

—Estoy bien, aunque necesito una ducha urgente —bromeó Scarlett.

—En seguida te llevo a casa —le aseguró el General a su hija tras darle un tierno beso en la sien. Se volvió hacia Oliver y, estrechándole la mano, le dijo—: Capitán Parker, gracias por traerla de vuelta sana y salva.

—No hay de qué, solo cumplía con mi trabajo, Señor.

—El doctor os está esperando, os hará una revisión para comprobar que estáis bien —les dijo el Coronel y ordenó a Oliver—: Capitán Parker, acompaña a la señorita Sanders, en unos minutos os alcanzamos.

Oliver asintió, tratando de asimilar lo que acababa de ver. Sus sospechas se confirmaban, no le costó adivinar que el General Turner y Scarlett eran amantes después de ver el recibimiento que el General le había dado a Scarlett. Oliver se odiaba por haberse dejado engañar por aquella chica y poner en riesgo su carrera profesional en el ejército al intimar con la amante del General. Estaba furioso, estalló contra Scarlett en cuanto se quedaron a solas en la sala de espera del doctor de la base:

— ¿Es que piensas quedarte en casa del General?

—Sí —le respondió Scarlett sin entender a qué venía ese tono.

—Claro, la aventura de la isla ya ha terminado y ahora tienes que seducir al General, ¿no?

— ¿Qué estás…?

— ¡Sabes muy bien lo que digo! Ayer estabas entre mis brazos y esta noche estarás entre los brazos del General, eres…

— ¿Capitán Parker, señorita Sanders? —Les interrumpió el doctor para llamar la atención de ambos—. Pasen a la consulta, por favor.

—La señorita Sanders pasará primero, tiene un fuerte golpe en las costillas que debe examinar, es posible que haya alguna pequeña lesión.

—Usted también debe hacerse la revisión, Capitán Parker —le advirtió el doctor.

—Lo sé, regresaré más tarde —le aseguró antes de marcharse.

Scarlett se quedó bloqueada, no entendía lo que acaba de pasar, no llegaba a comprender cómo era posible que Oliver pensara que era la amante del General después de haberse entregado a él en la cueva. El doctor la examinó y, tras comprobar que tenía una fisura en una costilla, le ordenó guardar reposo durante unos días.

Scarlett se refugió en casa del General, una casa que hacía años que no visitaba ya que no pisaba la base desde que Damian Wilson descubrió que era la hija del General. Permaneció allí tres días y esperó a que Oliver la visitara, pero no fue así y ella tampoco hizo nada para hablar con él y aclarar la situación.

Si quieres saber cómo continúa esta historia, no te pierdas la novela “La protegida del Capitán”.

Escondidos en la Selva IV.

Regresaron al manantial para recoger sus cosas y trasladarse a la nueva cueva, pero antes descansaron un rato y comieron algo. Les quedaban un par de latas de conserva que decidieron guardar para más adelante ya que no sabían cuántos días pasarían ocultándose en la selva, así que optaron por comerse un par de frutas. Después de comer y descansar un poco, a Scarlett se le antojó darse un baño en el manantial para refrescarse, pero esta vez no invitó a Oliver, tan solo cogió una muda de ropa limpia de su mochila y se limitó a informarle de lo que iba a hacer.

— ¿Te importa si te acompaño? —Se oyó preguntar Oliver.

Sorprendida por aquella pregunta, Scarlett se giró para mirarle y comprobar si hablaba en serio o le estaba tomando el pelo, pero no vio ningún atisbo de burla en su expresión.

—En absoluto —le respondió con fingida indiferencia.

Oliver se levantó, cogió una muda de ropa limpia y la siguió hasta el manantial. Scarlett, sin mostrar ningún tipo de pudor, se deshizo de su camiseta y su short y se metió en el agua del manantial en ropa interior. Oliver la imitó y también se zambulló en el manantial vestido tan solo con un ajustado bóxer de color negro.

Scarlett nadaba en el manantial cuando Oliver se unió y se acercó a él despacio, con una sonrisa en los labios y una mirada traviesa que cautivó a Oliver.

—Señorita Sanders, ¿pretende hacerme una ahogadilla? —Bromeó Oliver y añadió con la voz ronca—: No debería pensar en atacar a un Capitán del Ejército, es un delito muy grave y tendría que arrestarla.

—Mm… Teniendo en cuenta que no hay calabozos por aquí, ¿qué podría hacer conmigo, Capitán? —Le siguió el juego Scarlett, acercándose a él con sensualidad, dispuesta a provocarle y, aunque no quisiera admitirlo, también estaba dispuesta a seducirle.

Oliver recorrió los pocos centímetros que le separaban de Scarlett, pegando su pecho al de ella. La agarró suavemente por las muñecas y le colocó los brazos detrás de la espalda, inmovilizándola a la vez que le susurraba al oído:

—Se me ocurren muchas cosas que podría hacer contigo, pero no creo que al General le guste ninguna de ellas.

El teléfono móvil comenzó a sonar y ambos resoplaron con frustración, cansados de que el maldito teléfono sonase cada vez que saltaba la chispa entre ellos. Oliver cogió el teléfono sin salir del manantial y respiró profundamente antes de responder la llamada.

— ¿Hay alguna emergencia?

—Parece que alguien está de mal humor —se mofó Dexter.

—Pues no te llamamos para alegrarte el día, precisamente —intervino Caleb, aventurando que iban a darle una mala noticia.

— ¿Vais a contarme qué pasa o tengo que adivinarlo? —Bufó Oliver.

—Sí, está de mal humor —confirmó Dexter con tono burlón.

Caleb, que conocía a sus dos compañeros y lo mucho que les gustaba provocarse, fue directo al grano e informó a Oliver de la situación:

—Una fuerte tormenta tropical se acerca rápidamente por el oeste y llegará a la isla en unas veinticuatro horas, treinta como mucho.

—Debes buscar un lugar adecuado en el que refugiaros y también hacer acopio de provisiones, se prevé que la tormenta se quede en la isla tres o cuatro días —añadió Dexter.

—Genial —bufó Oliver con sarcasmo.    

— ¿Va todo bien con la protegida del General? —Quiso saber Dexter.

—Lleva dos días en la selva y no se ha quejado ni una sola vez, así que supongo que todo va bien —le respondió Oliver mientras miraba a Scarlett cómo nadaba a pocos metros de ella, ajena a lo que él decía—. Llamadme si hay novedades, probablemente Damian Wilson y sus hombres se retiren de la isla cuando pase la tormenta.

—Estaremos alerta y te mantendremos informado —añadió Caleb antes de despedirse y colgar.

Oliver dejó el teléfono sobre su ropa y se volvió para mirar a Scarlett, que se acercaba a él tras comprobar que ya no hablaba por teléfono.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó al verle tan serio.

—Se acerca una tormenta tropical que llegará mañana por la tarde, debemos trasladarnos ya a la nueva cueva y hacer acopio de suministros. Tenemos mucho trabajo qué hacer.

Una vez más, el momento mágico se veía enturbiado por una llamada de teléfono portadora de malas noticias. Sin perder el tiempo, Oliver y Scarlett se pusieron manos a la obra y se trasladaron a la nueva cueva, más alejada del manantial y del río, pero también mucho más grande y segura. Instalados en la nueva cueva, Oliver se dispuso a recoger leña para poder mantener el fuego encendido durante los días que durara la tormenta mientras que Scarlett optó por recoger algunas frutas para hacer acopio de provisiones hasta que, trepando por un árbol, resbaló, cayó y se golpeó en las costillas. Regresó a la cueva, descargó la mochila repleta de frutas que había portado sobre la espalda y se sentó sobre una piedra plana, agotada y adolorida, para examinar sus costillas.

— ¿Qué te ha pasado? —Preguntó Oliver soltando la leña que cargaba al ver a Scarlett magullada y se acercó a ella para examinar sus heridas.

—Estoy bien, solo son unos rasguños —le quitó importancia Scarlett.

—Deja que yo decida si estás bien, vamos a echarle un vistazo a tus heridas.

Oliver limpió y curó todos los rasguños que Scarlett tenía en el cuerpo y también examinó la fuerte contusión que tenía en las costillas.

—Te has dado un buen golpe, pero creo que no tienes ninguna costilla rota. Te pondré un poco de pomada antinflamatoria y te calmará bastante el dolor —le dijo Oliver mientras buscaba la pomada en su mochila. Cuando encontró la pomada, le dio la espalda a Scarlett y añadió con voz de ordeno y mando—: Levántate la camiseta y túmbate sobre el lado izquierdo.

Scarlett obedeció sin rechistar, sabía que si protestaba al final acabaría discutiendo con Oliver y habían pactado una tregua que no quería romper. Se levantó la camiseta hasta la altura de sus pechos, tapándolos con la camiseta, y se tumbó de lado. Oliver se colocó junto a ella y comenzó a esparcir la pomada sobre el lado derecho de sus costillas, masajeando la zona con suavidad para no hacerle daño.

—Quédate así un rato, hasta que la piel absorba toda la pomada —le ordenó Oliver—. Voy a encender el fuego para que la cueva se vaya caldeando, la temperatura está descendiendo muy rápido y parece que tendremos una noche bastante fría.

—Genial, todo son buenas noticias —ironizó Scarlett.

Oliver encendió la hoguera en uno de los rincones de la cueva, resguardándola del viento pero cerca de la entrada para facilitar la salida del humo y no acabar intoxicándose. Scarlett le observó durante todo el proceso, le vio colocar un círculo de piedras en el suelo y llenarlo de ramas secas para después prenderlas con la ayuda del kit de encender fuego. Después de encender la hoguera, Oliver se acercó a Scarlett y, tras comprobar que la pomada ya había sido absorbida, le dijo a Scarlett:

—Ya puedes bajarte la camiseta, pero quédate tumbada en la esterilla, no debes hacer esfuerzos.

— ¿A dónde vas?

—Voy a asearme al río y, con un poco de suerte, a ver si logro pescar algo para cenar.

—Y, mientras tanto, ¿qué puedo ir haciendo?

—Quiero que te estés quieta y guardes reposo, ¿podrás hacerlo?

—Sí —gruñó Scarlett.

—No tardaré mucho en regresar y no iré lejos, grita si me necesitas y vendré en seguida, ¿de acuerdo? —Scarlett asintió y Oliver añadió con tono burlón—: No quiero que vuelvas a hacerte daño jugando a las amazonas.

Scarlett le sacó la lengua y Oliver salió riéndose de la cueva. Mientras él se dirigió al río, ella aprovechó para cambiarse de ropa y volvió a acostarse sobre la esterilla, donde se quedó dormida un rato después. Un par de horas más tarde, Oliver regresó a la cueva con cuatro peces grandes que había logrado pescar en el río y se encontró a Scarlett durmiendo acurrucada sobre la esterilla. Con cuidado para no despertarla, le echó una manta por encima y se dispuso a preparar la cena. Cocinó los cuatro pescados en la hoguera y, cuando los tuvo listos, despertó a Scarlett para cenar.

—Despierta, es hora de cenar —le dijo susurrando para no asustarla.

— ¿Cuándo has vuelto? —Preguntó Scarlett sentándose en la esterilla, tratando de disimular el dolor que sentía en las costillas.

—Hace un rato —le respondió Oliver sentándose a su lado. Le mostró el pescado cocinado y añadió para hacerla sonreír—: ¿Qué le parece la cena, señorita Sanders?

—Mm… Tiene muy buena pinta —reconoció Scarlett y añadió bromeando—: No puedo creer que vayamos a cenar pescado, solo nos falta una botella de vino.

—Me temo que el vino tendrá que esperar hasta que salgamos de la selva.

Sentados en la esterilla, se comieron los peces que Oliver había pescado y un par de frutas de postre. Después de cenar, Oliver se interesó por la vida de Scarlett y comenzó a realizarle preguntas inocentes que le permitieran conocerla mejor pero sin incomodarla. Cuando Scarlett comenzó a bostezar, Oliver insistió en echarle un vistazo a sus costillas para asegurarse de que todo estaba bien, pero se preocupó al ver el enorme hematoma que cubría todo el lateral derecho de sus costillas. Hizo que Scarlett se tumbara de lado y, tumbado junto a ella, comenzó a impregnar de pomada toda la zona contusionada.

—Nos conocemos desde hace tres días y todavía no me has contado nada sobre ti —comentó Scarlett mientras él continuaba aplicándole la pomada.

—Mi vida no es muy interesante, ¿qué quieres saber?

—No sé, ¿tienes familia?

—Sí.

—Pues háblame de ellos —le pidió Scarlett.

—Mis padres viven a las afueras de la ciudad, en la pequeña granja familiar que construyeron mis bisabuelos con sus propias manos —comenzó a decir Oliver sin dejar de acariciar la suave piel de Scarlett cubierta por la pomada—. Son humildes y trabajadores, les gusta la vida en el campo con sus vacas, sus gallinas y sus caballos.

Scarlett sonrió al imaginarse a Oliver de niño, correteando por la granja detrás de las vacas, asustando a las gallinas y tratando de subirse a los lomos de un caballo.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

—Te imaginaba en la granja cuando eras niño, debió ser divertido crecer en un lugar así —le respondió ella con sinceridad.

—No resulta tan divertido cuando tienes que ayudar en la granja —musitó Oliver.

—A mí me hubiera gustado criarme en una granja, rodeada de naturaleza y animales, disfrutando de la libertad del campo.

— ¿Dónde creciste tú?

—No trates de desviar la conversación, estábamos hablando de ti —le regañó Scarlett dedicándole una sonrisa burlona—. ¿Tienes hermanos?

—Sí, tengo un hermano y una hermana más pequeños que yo. Y también tengo un sobrino y una sobrina, ambos hijos de mi hermana y su marido.

—Y, ¿todos viven en la granja?

—Sí, pero en cada uno en su casa. Mis padres viven en la casa principal; mi hermana vive con su marido y sus hijos en otra casa a pocos metros de distancia de la de mis padres; y mi hermano vive en una tercera casa cerca de los establos —le explicó Oliver.

— ¿Dónde vives tú?

—Generalmente, en la base. Pero poseo un pequeño apartamento en el centro de la ciudad y tengo en proceso la construcción de una casa en los terrenos de la granja de mis padres.

—Eso está bien, es bueno tener a la familia cerca.

A Oliver no le pasó por alto la tristeza en los ojos de Scarlett al pronunciar aquellas palabras, pero se abstuvo de preguntar y se limitó a bajarle la camiseta, la piel ya había absorbido toda la pomada. Scarlett se abrazó a él y cerró los ojos, quedándose dormida casi al instante.

Oliver sonrió embelesado, aquella chica tan peculiar no tenía nada qué ver con la imagen que se hizo de ella cuando le enseñaron su foto en la base. Pensó que sería una niña de papá, superficial y esnob, pero se encontró a una chica hermosa, inteligente y humilde. La estrechó entre sus brazos y la besó en la sien al mismo tiempo que le deseaba dulces sueños en un susurro para no despertarla.

A la mañana siguiente, ambos se levantaron temprano y se dirigieron al río. Esperaban que la tormenta llegase a última hora de la tarde y aprovecharon para recolectar frutas e intentar pescar algunos peces con los que alimentarse, ya que solo les quedaban un par de latas de conservas. Regresaron a la cueva a media tarde con varios peces y dos mochilas repletas de frutas, justo cuando comenzaba a llover.

Escondidos en la Selva III.

Después de darse un rápido pero refrescante baño en el manantial, Oliver llevó a Scarlett a la pequeña cueva que había encontrado a pocos metros de allí. Scarlett se quedó asombrada cuando vio todo lo que Oliver había hecho mientras ella disfrutaba de un agradable baño. Nada más entrar había una pared rocosa que resguardaba el interior de la cueva del viento tras la que Oliver había preparado un pequeño círculo con piedras y había depositado ramas secas para encender una hoguera. Al fondo de la cueva, Oliver había tendido en el suelo las esterillas, había puesto encima las mantas térmicas y había colocado su mochila a modo de almohada.

Oliver esperó la reacción de Scarlett, pero ella permaneció en silencio, observando hasta el más mínimo detalle que Oliver había tenido en acondicionar aquella cueva en un lugar íntimo y acogedor en el que pasar la noche.

—No es un hotel de cinco estrellas, pero no está mal para estar en medio de la selva —se justificó Oliver ante el silencio de ella.

—Es perfecto, una habitación de hotel rural en mitad de la selva —bromeó Scarlett, agradecida por el detalle y el esfuerzo de Oliver.

— ¿Eso ha sido sarcasmo? —Preguntó Oliver desconcertado.

—No. Eso ha sido un agradecimiento por el enorme detalle que has tenido al preparar todo esto tú solo, sin protestar y además con buena cara —le respondió Scarlett y, con una traviesa sonrisa en los labios, añadió bromeando—: ¿El alojamiento también incluye servicio de habitaciones?

—Por supuesto, servicio de habitaciones y calefactor humano para las noches frías.

Entre bromas se encargaron de preparar la cena, una lata de conservas calentada en la improvisada hoguera. A Oliver le sorprendió lo divertido que le resultaba estar con Scarlett pese a estar en mitad de la selva en una misión extra oficial, porque no podía olvidar el motivo por el que estaba en aquella isla con Scarlett. Scarlett, superado el miedo de ver a Damian Wilson en el hotel y alejada de él en mitad de la selva, estaba disfrutando de aquella aventura en compañía del Capitán Parker, un hombre que le resultaba tan atractivo como misterioso y que estaba resultando ser un tipo encantador.

—Tengo entendido que estabas disfrutando de unas merecidas vacaciones en la isla tras terminar la carrera universitaria, ¿qué has estudiado? —Le preguntó Oliver después de cenar, sentados frente al calor de la hoguera.

—He estudiado psicología criminal —le respondió Scarlett.

—Quizás el General pueda darte trabajo en la base —comentó Oliver con cierto tono de reproche y a la vez de optimismo.

—Estoy segura de ello, pero también quiero explorar otras opciones.

— ¿No quieres trabajar con el General?

—No es que no quiera, es que sé que no acabará bien —le confesó Scarlett—. Puedes querer mucho a una persona, pero vivir y trabajar con ella es otra historia.

— ¿Dónde te gustaría trabajar?

—Todavía no lo tengo decidido, iba a tomarme estas vacaciones para pensar en ello, pero no podré hacerlo si me matan.

—Te prometí que no iba a permitir que te hicieran daño y soy un hombre de palabra —le susurró Oliver, acercando sus labios a los de ella lentamente.

Cuando sus labios estaban a punto de rozarse, el teléfono móvil de Oliver comenzó a sonar, rompiendo la magia del momento, y ambos se separaron torpemente. Oliver resopló con frustración por la interrupción, pero respondió a la llamada de inmediato al ver en la pantalla del teléfono que se trataba del Coronel.

—Coronel —saludó al descolgar.

—Oliver, estoy con el General y con el equipo —le informó el Coronel Wilmore—. Damian Wilson tiene a sus hombres custodiando todas las salidas por aire y por mar de la isla, debéis permanecer en la selva unos días hasta que den por sentado que han llegado tarde y que ya habéis abandonado la isla. Caleb y Dexter están siguiendo sus movimientos, os mantendremos informados de cómo va la situación, pero debemos restringir las comunicaciones para no alertar de vuestra presencia.

—Capitán, Damian Wilson no desistirá, irá a por Scarlett —intervino el General—. Sé que es el mejor agente y por eso confío en usted para que me traiga de vuelta a Scarlett. Cuide de ella, es todo lo que tengo.

—Lo haré —le aseguró Oliver—. Permaneceremos aquí hasta que Damian Wilson retire a sus hombres de la isla. Restringiremos las comunicaciones salvo para dar información imprescindible, si descubren nuestra posición…

—Estaremos vigilando sus movimientos, os alertaremos de cualquier peligro —le aseguró Caleb.

—Capitán, déjeme hablar con Scarlett —solicitó el General Turner y añadió dirigiéndose a Caleb—: Pásame la llamada a mi despacho.

—El General quiere hablar contigo —le dijo Oliver a Scarlett, entregándole el teléfono móvil.

Scarlett cogió el teléfono y, sabiendo que Oliver iba a estar pendiente de aquella conversación, saludó al General Turner:

—Buenas noches, General.

—Scarlett, ¿cómo estás? —Preguntó el General, preocupado por su única hija.

—Estoy bien, el Capitán Parker se asegura de ello —le respondió guiñándole un ojo con descaro a Oliver.

—Trátale, es el mejor de nuestros agentes y una gran persona —le advirtió, pues conocía el carácter de su hija—. Scarlett, Damian Wilson mantiene a sus hombres vigilando todas las posibles salidas de la isla, por lo que tendrás que ocultarte en la selva con el Capitán Parker unos días más, hasta que crean que ya os habéis ido de allí y abandonen la isla. Sé que no es lo más idóneo, pero prométeme que no harás ninguna locura y seguirás las indicaciones del Capitán Parker.

—Te lo prometo, no tienes nada de lo que preocuparte —le aseguró Scarlett, que no quería preocupar más a su padre.

—Restringiremos las comunicaciones, solo llamaremos en caso de emergencia o cuando Damian Wilson y sus hombres hayan abandonado la isla —la informó el General y añadió para despedirse—: Te quiero, hija.

—Yo también te quiero —se despidió ella antes de colgar.

Scarlett le devolvió el teléfono móvil a Oliver con una sonrisa en los labios, pero se esfumó cuando vio la cara de pocos amigos de Oliver. Sin comprender a qué venía ese cambio brusco de actitud, le preguntó sin rodeos:

— ¿He dicho algo que no debía?

—No, supongo que has dicho lo que tenías que decir —musitó Oliver entre dientes.

Scarlett seguía sin entender nada, no le había dicho nada a su padre que hubiera podido provocar el mal humor de Oliver y no estaba dispuesta a olvidarse del tema.

—Vamos a pasar aquí unos días, puedes seguir de morros o contarme qué es lo que ha pasado para que estés enfadado.

—No estoy enfadado.

—Está bien, no me lo cuentes si no quieres —le provocó Scarlett.

—El General Turner es un gran profesional y una gran persona a la que admiro pero, sinceramente, no entiendo tu interés en él.

— ¿Mi interés por el General es lo que te molesta?

—He escucha que le decías que le querías y, cómo te he dicho, el General Turner es un buen hombre, así que me molesta que juegues con sus sentimientos.

— ¿Qué te hace pensar que juego con sus sentimientos? —Le espetó Scarlett, molesta por las continuas insinuaciones de Oliver.

—No parece que te incomode dormir abrazada a mí, pero le dices que le quieres.

—Duermo abrazada a ti para no pasar frío y le digo al General que le quiero porque le quiero, es bastante simple de entender —bufó Scarlett, visiblemente molesta.

—Me ha quedado muy claro —gruñó Oliver.

Ya no quedaba ni rastro de la paz y la complicidad que había entre ellos antes de recibir la llamada del Coronel. Habían estado a poco menos de un centímetro de rozarse con los labios, pero la magia del momento se desvaneció y ahora ambos estaban molestos. Aunque no le reconociera, Oliver estaba furioso y no podía evitarlo. Scarlett le gustaba pese a que acababa de conocerla, era una chica atractiva, inteligente y habían congeniado desde el primer momento, quizás por eso no podía aceptar que ella mantuviera una relación con el General, porque eso imposibilitaba cualquier posible acercamiento con Scarlett.

Sabiendo que si seguía hablando con Oliver acabarían discutiendo, Scarlett optó por irse a dormir y se tumbó en la improvisada cama que Oliver había preparado al fondo de la cueva. A Oliver le hubiera gustado regresar a casa y meterse en su cama, lejos de la tentación, pero él nunca dejaba una misión a medias y mucho menos una que le hubiera encomendado el General como un favor personal. Resopló con resignación y se tumbó junto a Scarlett, que estaba tumbada de lado, dándole la espalda.

Pese a que por el día el calor sofocante azotaba la isla, durante la noche la temperatura caía empicado llegando incluso a los 0 grados, sobre todo en el corazón de la selva. La madrugada fue especialmente fría y Scarlett se despertó tiritando de frío. Oliver se percató y esperó a que Scarlett se acercara a él, pero aquella testaruda pasar frío antes que acurrucarse junto a él.

—Ven aquí, cabezota —murmuró Oliver agarrándola por la cintura y arrastrándola junto a él, pegando su pecho a la espalda de ella—. Siento lo de anoche, no soy nadie para juzgarte.

—No puedes juzgarme porque no me conoces —le reprochó Scarlett mientras se dejaba abrazar por él.

—Vamos a tener que pasar unos días aquí, tendremos tiempo de conocernos mejor, ¿qué me dices?

— ¿Es una tregua?

—Es una tregua —le confirmó Oliver con una sonrisa en los labios—. Ahora duérmete y descansa, mañana seguiremos con esta conversación.

Scarlett durmió acurrucada junto a Oliver el resto de la noche. A la mañana siguiente, Scarlett se despertó sobre el lado izquierdo de Oliver, que no había dejado de abrazarla desde que la acurrucó junto a él de madrugada.

—Buenos días —la saludó él cuando abrió los ojos, con tono de voz suave y apacible, con cautela de no romper la tregua que habían pactado de madrugada.

—Buenos días —le devolvió el saludo Scarlett separándose de él, avergonzada y ruborizada por la situación.

Oliver suspiró con resignación, Scarlett le tenía tan hechizado como confundido, pero estaba dispuesto a colmarse de paciencia con tal de no romper la tregua. Le entregó a Scarlett un par de barritas energéticas y él se quedó con otras dos, aquel sería su improvisado desayuno. Tenían que pasar en la selva unos días más de lo previsto, por lo que tendrían que suministrarse bien la poca comida que tenían.

—Voy a salir a dar una vuelta, a ver si encuentro algo de comida comestible en esta selva.

— ¿Puedo ir contigo?

— ¿Tienes miedo de quedarte sola?

—Tengo miedo de que encuentres comida y te la comas toda —bromeó Scarlett sacándole la lengua como una niña pequeña.

—Está bien —le concedió Oliver, que tampoco quería separarse de ella—. No nos alejaremos mucho, solo quiero recoger algo de fruta y echar un vistazo por los alrededores. Si vamos a quedarnos por aquí unos días, debemos buscar un lugar más seguro en el que quedarnos, alejado del manantial y del río. En esta época del año, las tormentas torrenciales pueden aparecer en cualquier momento.

Scarlett se estremeció. La cueva donde habían pasado la noche estaba bien, pero en cado de lluvias fuertes toda la zona se inundaría, incluida la cueva en la que se encontraban.

Oliver decidió comenzar a explorar por las zonas más altas, que eran las más seguras en caso de fuertes lluvias. El terreno era escarpado y Oliver estuvo pendiente de Scarlett por si necesitaba ayuda, pero acabó sorprendiéndose con lo bien que ella se desenvolvía por aquella selva. El General había procurado que su única hija se desenvolviera ante todo tipo de escenarios y situaciones, por eso la enviaba todos los veranos a los campamentos de supervivencia que organizaba el ejército para los hijos de sus agentes.

Pasaron la mañana explorando la zona, recogieron algunas frutas con las que aprovisionarse y encontraron una cueva en una pared rocosa lejos del agua para evitar inundaciones y estable en caso de desprendimientos de tierra. Dejaron en la nueva cueva las frutas que habían recolectado y regresaron al manantial para recoger sus cosas y trasladarse.  

Escondidos en la Selva II.

En poco más de media hora, Oliver y Scarlett salieron del hotel, llegaron a la oficina de alquiler de vehículos para devolver el coche alquilado por Oliver y aprovecharon para hacer algunas compras necesarias para el viaje que les esperaba.

En cualquier otra situación, Scarlett ya se hubiera deshecho de la compañía de Oliver. Odiaba que le dieran órdenes y no soportaba que su padre enviara a sus hombres para que le hiciesen de niñera, ya era mayorcita y sabía cuidarse sola. Pero esta vez era distinto, se trataba de Damian Wilson y ella sabía de lo que era capaz aquel asesino sin escrúpulos.

Compraron comida en latas de conserva, barritas energéticas, agua embotellada, algunos utensilios de cocina, mantas térmicas y todo lo básico para sobrevivir tres días mientras cruzaban la selva. Cuando salieron del supermercado comenzó a llover y Oliver aprovechó para comprar un paraguas grande en el que pudieran resguardarse de la lluvia y con el que poder ocultarse.

—No has dicho nada desde que salimos del hotel, ¿estás bien? —Le preguntó Oliver, mientras caminaban por las calles de la ciudad.

—Perfectamente —ironizó Scarlett—. Damian Wilson se ha escapado y está en la isla para matarme y, para huir de él, tengo que cruzar la isla a pie, atravesando la selva.

—Tampoco son unas vacaciones para mí —musitó él.

A Oliver le llamó la atención un todoterreno negro que circulaba extremadamente despacio por la carretera y rápidamente reconoció a los ocupantes: Damian Wilson con sus hombres. Scarlett también se percató del problema al seguir la dirección de la mirada de Oliver, quedándose petrificada. Por suerte para ambos, Oliver estaba entrenado para hacer frente a cualquier tipo de situación por peligrosa que fuera, y eso fue lo que hizo. Agarró a Scarlett por la cintura y la estrechó contra su cuerpo, dejando sus labios a escasos milímetros de los de ella, ocultando sus rostros con el paraguas.

—Pégate a mí y disimula —le susurró Oliver con la voz ronca.

Scarlett no pudo evitar sentirse atraída por él, no podía negar que Oliver era un hombre atractivo, con un cuerpo más que cultivado y que sabía lo que hacía. En definitiva, un hombre por el que cualquier mujer caería rendida a sus pies. A Oliver tampoco le fue indiferente aquel contacto con Scarlett, pese a que sospechaba que podía ser una joven amante del General Turner, no pudo evitar sentirse atraído por ella y por aquel misterio que la envolvía.

—Te preguntaría si estás bien, pero imagino que no —le susurró Oliver, rodeando con su brazo la cintura de ella para que caminara a su lado.

Caminaron por las calles de la ciudad durante más de una hora y pararon a comprar un par de chubasqueros para cubrirse y dos pares de botas de agua antes de penetrar en la frondosa y húmeda selva. Pese a que cruzar la isla a pie atravesando la selva no era la vía más rápida para llegar al norte, sí era la más segura para ambos, ya que en la selva no había carreteras ni se cruzarían con nadie que delatase su posición. Jugaban con ventaja, la selva era el último lugar donde Damian Wilson y sus hombres buscarían a Scarlett.

Estaba oscureciendo, pero Oliver quería adentrarse un poco en la selva antes de parar a descansar, tan solo por razones de seguridad. Mientras más lejos estuvieran de la civilización, menos posibilidades de encontrarles tendrían Damian Wilson y sus hombres.

Oliver fue abriendo paso entre la espesa vegetación de la isla y Scarlett le siguió el paso sin retrasar el avance, pese a que el terreno por el que caminaban era resbaladizo y estaba lleno de piedras, hoyos y raíces sobresalidas de la tierra que favorecían los tropiezos y las caídas. Scarlett se torció el tobillo en un par de ocasiones, pero continuó adelante sin quejarse ni lamentarse. Hasta que, dos horas más tarde, Scarlett ya no pudo más:  

—Estoy agotada, necesito parar a descansar —casi rogó, siendo la primera vez que articulaba una palabra desde que salieron de la ciudad.

—Buscaremos alguna cueva donde pasar la noche en aquella pared escarpada de la montaña, ¿crees que podrás llegar hasta allí?

Oliver señaló la pared de la montaña y Scarlett asintió, deseaba poder resguardarse de la lluvia y descansar las piernas. El último tramo hasta encontrar una cueva en la que pasar la noche se le hizo eterno, el terreno era bastante escarpado y ya no tenía fuerzas. Oliver la agarró de la mano y la ayudó a subir a lo alto de una roca desde donde accedieron a una pequeña cueva. Oliver ayudó a Scarlett a quitarse la mochila y después se quitó la suya propia. Sacó un par de esterillas de su mochila y las tendió en el suelo al mismo tiempo que le dijo a Scarlett:

—Siéntate y ponte cómoda, yo me encargo de encender el fuego para cocinar la cena y también nos servirá para calentarnos, la temperatura seguirá bajando esta noche. ¿Tienes hambre?

—Se me ha cerrado el estómago desde que vi a Damian Wilson —le confesó Scarlett.

—Deduzco que ya le conocías —comentó Oliver, cada vez más intrigado por el misterio que envolvía a Scarlett.

—Deduzco que el General Turner te ha ordenado venir en mi busca sin contarte nada de mí.

—En realidad, ha sido el Coronel Wilmore y, cómo te he dicho antes, se trata de una misión extra oficial, estoy aquí voluntariamente.

—Creía que a los tipos como tú no les gustaba hacer de niñera.

— ¿Los tipos como yo? —Repitió Oliver fingiendo estar ofendido.

—Eres un tipo duro, Capitán del Ejército, está claro que tu vocación no es cuidar de personas como yo —explicó Scarlett y añadió con coquetería—: Por cierto Capitán Parker, no me has dicho cuál es tu nombre.

—Me llamo Oliver —le respondió él con una seductora sonrisa en los labios.

Ambos se acomodaron en las esterillas, se deshicieron de los chubasqueros y las botas de agua, se arroparon con las mantas térmicas y cenaron una de las latas de conserva que calentaron en el fuego de la hoguera que Oliver había encendido.

La temperatura comenzó a descender notablemente y la pequeña hoguera no era suficiente para mantenerles calientes. Debido a la intensa lluvia, tampoco podían encontrar ramas ni hojas secas para añadir a la hoguera. Scarlett tiritaba de frío y Oliver la agarró por la cintura y la colocó entre sus piernas, abrazándola desde la espalda.

—Gracias —le agradeció Scarlett, apoyando la cabeza entre su hombro y su cuello—. Me alegro de que hayas aceptado hacer de niñera, si no hubiera sido así…

—No dejaré que te pase nada, te lo prometo —le aseguró Oliver.

—No deberías prometer lo que no sabes si podrás cumplir —le aconsejó Scarlett, acomodándose para acurrucarse contra el pecho de Oliver.

—Y tú no deberías subestimarme —bromeó él, envolviéndola con sus brazos para paliar el frío con el calor corporal—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo que sí.

— ¿Por qué te ha escogido Damian Wilson como su objetivo?

—Hace tres años le detuvieron y le encerraron en una prisión de máxima seguridad, ahora se ha escapado y quiere vengarse.

—Pero, ¿por qué tú? ¿Ayudaste en algo para poder llevar a cabo su detención?

—Hace tres años, conocí a Damian Wilson en una fiesta, no sabía quién era y él tampoco sabía quién era yo —comenzó a decir Scarlett—. Esa misma noche presencié su detención y él me vio abrazada al General, así que no le costó atar cabos.

— ¿Qué relación tienes con el General?

— ¿Qué relación crees que tengo con él? —Le preguntó Scarlett sorprendida por la insinuación que implicaba aquella pregunta.

—Una relación por la que quiera matarme si nos viera en este momento.

—Probablemente no le gustaría nada vernos en esta postura, pero tampoco es para que vaya a querer matarte por algo así. Al fin y al cabo, solo tratas de evitar que muera de frío —añadió Scarlett en un susurro. 

—Estaría bien que se lo recordaras si algún día sale la conversación sobre esta situación —le dijo Oliver sin dejar de abrazarla—. Será mejor que te duermas, mañana nos espera un día largo y parece que no dejará de llover.

—Buenas noches, Oliver.

—Buenas noches, Scarlett.

A Scarlett no le costó quedarse dormida, se sentía segura entre los brazos de Oliver y ya no tenía frío. Sin embargo, Oliver apenas logró dormir tres o cuatro horas intercaladas en toda la noche. No quería moverse para no despertar a Scarlett, pero tenerla entre sus brazos durmiendo tan apaciblemente le había hecho sentir algo que hacía mucho que no sentía. No podía negar que aquella chica le atraía, pese a que tenía diez años menos que él. Pero no podía permitirse pensar en ella como algo más que la protegida de una misión, sospechaba que Scarlett podía ser la amante del General.

Scarlett se despertó al amanecer y se encontró con la sonrisa de Oliver nada más abrir los ojos. Había dormido toda la noche de un tirón y se había despertada en la misma posición que se durmió: acurrucada sobre el pecho de Oliver y envuelta entre sus brazos.

—Buenos días, Capitán —le saludó Scarlett con coquetería.

—Buenos días, Bella Durmiente —bromeó Oliver con la voz ronca, la atracción que sentía por ella era difícil de ocultar—. Tenemos que ponernos en marcha y seguir avanzando, a esta hora ya habrán averiguado que has huido conmigo y nos estarán buscando a ambos.

— ¿Crees que nos encontrarán?

—Perderán nuestro rastro en la ciudad y sopesarán nuestras opciones de huida. Tendrán el aeropuerto controlado y también el ferry que conecta las islas.

—Imagino que lo último que pensarán es que hemos decidido cruzar la isla atravesando la selva para dirigirnos a un pequeño puerto del norte. Por cierto, ya me dirás cómo piensas lograr que algún barco nos lleve al continente.

—De momento, empezaremos por desayunar y seguir avanzando, tardaremos un par de días en llegar al puerto.

Scarlett no dijo nada más, confiaba en Oliver y en el criterio del General y del Coronel. Si le habían asignado al Capitán Parker como escolta era porque podía fiarse de él.

Tras un rápido e improvisado desayuno, continuaron caminando hacia el norte, atravesando la selva para llegar a un pequeño puerto de un pequeño pueblo pesquero. Ambos estaban cansados, pero ninguno de los dos se quejó. Pese a que no habían pasado ni veinticuatro horas desde que se conocían, Oliver sentía la necesidad de proteger y cuidar a Scarlett, y esa necesidad no se debía únicamente a que formaba parte de su misión, sino a un sentimiento mucho más profundo que aún no había logrado descifrar. Scarlett también se sentía atraída por Oliver, le gustaba su apariencia de tipo duro y la dulzura con la que la trataba, pese a que sospechaba que era la amante del General.

Dejó de llover a media mañana y por fin salió el sol, aunque sus rayos apenas lograban traspasar la espesura de la vegetación de la selva. Oliver decidió parar a descansar y comer algo cuando pasaron por un pequeño manantial de agua cristalina bañado por los rayos del sol. Hacía calor y Scarlett no dudó ni un segundo en darse un baño en el manantial. Se deshizo de su ropa y, vestida tan solo con un sujetador y un diminuto tanga, se zambulló en el agua. Oliver intentó no mirarla mientras se desnudaba, pero acabó observándola sin ningún disimulo. 

—Voy a echar un vistazo por los alrededores, a ver si encuentro un buen lugar en el que refugiarnos de la intemperie para pasar la noche —se obligó a decir Oliver para distanciarse unos minutos, no podía pensar con lucidez en presencia de ella.

—Relájate un poco, ven y báñate en este precioso manantial de agua cristalina, a mí me está dando la vida —le dijo Scarlett invitándole a bañarse con ella.

—No creo que sea una buena idea —le respondió Oliver con la voz ronca.

— ¿Habla Oliver o el Capitán Oliver?

—Los dos.

— ¿Tan malo te resulta bañarte en el mismo manantial donde me estoy bañando yo? —Protestó Scarlett, visiblemente ofendida.

—No soy de piedra.

—Oh —Balbuceó Scarlett sonrojada.

—Exacto —le dijo Oliver cuando ella comprendió el motivo de su decisión—. No tardaré más de cinco minutos en regresar y no me alejaré.

Scarlett asintió con un leve gesto de cabeza y se quedó disfrutando de un agradable baño en el manantial mientras él echaba un vistazo por los alrededores. Oliver rodeó la pared de rocosa por donde se filtraba el agua del manantial y encontró una pequeña cueva lejos del agua en la que pasar la noche resguardándose del frío nocturno y también de una posible inundación en caso de lluvias torrenciales. Mientras Scarlett se bañaba en el manantial, Oliver se encargó de acondicionar la cueva ya que anochecería en un par de horas. Cuando regresó al manantial para darse un ansiado baño, se encontró a Scarlett envuelta en una diminuta toalla y lavando su ropa.

—Deberías darte un baño, te sentirás como nuevo —le dijo Scarlett mostrándole su mejor sonrisa.

—Creía que seguirías en el agua, ¿ya te has cansado de chapotear? —Bromeó.

—En primer lugar, yo no chapoteo —fingió hacerse la ofendida—. Y, si no sigo en el agua, es porque sé que no te ibas a bañar mientras yo estuviera ahí, así que he tenido piedad y aquí estoy.

—Menos mal que has tenido piedad —murmuró Oliver haciendo alusión a la diminuta toalla que cubría lo justo desde sus pechos hasta sus muslos.

— ¿Prefieres que me quite la toalla? —Le provocó ella.

—Señorita Sanders, ¿qué diría el General Turner si la escuchara hablar así?

—Probablemente le explotaría la cabeza —bromeó Scarlett.

Ambos rieron divertidos, les resultaba agradable poder bromear ante una situación tan estresante y se compenetraban muy bien. Oliver se desnudó por completo, dándole una magnífica vista a Scarlett de su firme trasero, y se bañó en el manantial mientras ella aprovechó para vestirse con ropa seca y cepillarse la maraña de pelos que tenía en la cabeza.

Escondidos en la Selva I.

El Capitán Oliver Parker terminaba de escribir el informe sobre la misión mientras charlaba con su amigo y compañero el Teniente Dexter Coleman. Ambos estaban satisfechos con el éxito que había tenido su última misión secreta y, pese que había sido una operación complicada y les había llevado más tiempo del que pensaban, después de tres semanas el equipo completo por fin había regresado a casa. Después de una calurosa y animada bienvenida, todos se retiraron a descansar, pero el Capitán y el Teniente se quedaron en el despacho para encargarse del papeleo.

Caleb Baker, el analista del equipo, llamó a la puerta del despacho del Capitán, pese a que la puerta estaba abierta, y anunció:

—Capitán, el Coronel quiere verte ahora en su despacho.

— ¿Qué ocurre?

Oliver Parker llevaba muchos años bajo las órdenes del Coronel Wilmore y el instinto le dijo que aquella repentina reunión era para encomendarle una nueva e importante misión.

—No me ha dicho de qué se trata, pero me ha pedido que espere aquí con Coleman, imagino que tenemos nueva misión secreta —comentó Caleb acomodándose en uno de los sillones.

Intrigado por el misterio de esa nueva misión, el Capitán no se hizo esperar y se dirigió al despacho del Coronel Wilmore.

—Caleb me ha dicho que querías verme, ¿va todo bien? —Le preguntó Oliver al Coronel que, además de ser su jefe, también era un buen amigo.

—Pasa y cierra la puerta —le respondió el Coronel con semblante serio. Oliver le obedeció y, tras esperar a que tomara asiento, el Coronel añadió—: Sé que acabas de regresar, pero necesito que te encargues de una misión extraoficial.

—Alguien de arriba quiere que saquemos de un lío a alguno de sus amigos —bufó Oliver, odiaba aquellas misiones extraoficiales, casi siempre le tocaba hacer de canguro de algún rico estúpido.

—Esta vez, se trata de algo distinto —le dijo el Coronel captando toda su atención—. Damian Wilson se ha escapado de una prisión de máxima seguridad hace treinta minutos y tenemos serios indicios para creer que va a intentar vengarse del General Turner atacando su punto más débil.

—El General Turner no está casado, no tiene hijos ni familia, ¿cuál se supone que es su punto débil?

El Coronel Wilmore abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó una carpeta, se la entregó a Oliver y le respondió:

—Se trata de Scarlett Sanders, de veintitrés años. Actualmente se encuentra en Isla Maravilla, disfrutando de unas vacaciones de fin de carrera, ajena a todo lo que está ocurriendo aquí.

— ¿Qué relación tiene esta chica con el General Turner? —Quiso saber Oliver al ver la foto de la chica en el informe que contenía la carpeta.

—Solo debes saber que se trata de alguien muy especial —zanjó el tema el Coronel—. Tienes que encontrarla en Isla Maravilla y asegurar su regreso a la base. No hace falta que te diga que debes hacerlo con la máxima discreción, no queremos llamar la atención y que la encuentren antes que nosotros.

—Si Damian Wilson se ha escapado, lo primero que hará será ir a buscar a los hermanos Sullivan, no es una misión para un solo hombre.

—Es una misión arriesgada, por eso queremos contar con el mejor de nuestros hombres y ese, Oliver, eres tú —le aseguró el Coronel—. El Teniente Coleman y Caleb te ayudarán desde la base. Avísales, nos reuniremos en cinco minutos con el General Turner para diseñar la estrategia de la operación.

Oliver, intrigado por el misterio que rodeaba a aquella chica y a la relación que mantenía con el General, fue a buscar a sus dos amigos y compañeros. Cinco minutos más tarde, los cinco hombres se reunían en el centro de operaciones de la base y, esa misma noche, Oliver tomó un avión comercial para dirigirse a Isla Maravilla, la isla más grande y poblada de todo el archipiélago. Como se trataba de una misión extraoficial, no podía utilizar todos los recursos del Ejército, pero al menos contaba con parte de su equipo en el centro de operaciones para ayudarle a llevar a cabo la misión con éxito.

Oliver voló en un avión comercial que aterrizó en el aeropuerto de Isla Maravilla y llamó por teléfono a Caleb a través de una línea segura.

—Acabo de aterrizar, voy a alquilar un coche y me dirigiré a los lugares más frecuentados por universitarios —anunció Oliver—. Esto va a ser como buscar una aguja en un pajar.

—Lo siento Oliver, pero aparte de su fotografía, no tengo nada que pueda ayudarte a encontrarla —se disculpó—. Ni siquiera me han dado acceso a su expediente que, por cierto, está blindado.

—Entonces, ¿para qué os necesito? —Les espetó Oliver furioso.

—Entendemos que estés frustrado, pero no volverás a casa hasta que traigas de vuelta a esa chica, así que de nada te sirve pagarlo con nosotros —intervino Dexter, su amigo y compañero, al teléfono desde el centro de operaciones—. Mira el lado positivo, la chica es inteligente, acaba de terminar la carrera de psicología criminalista, tendrás temas de conversación para hablar con ella sin aburrirte. Además, no me negarás que es una chica preciosa.

—Dexter, ¿te has parado a pensar en el motivo por el que el General quiere proteger a una chica así? Probablemente sea su amante —gruñó Oliver, enfurruñado por tener que hacerse cargo de esa misión.

— ¿Crees que el General te manda a proteger a su amante de Damian Wilson? —Preguntó Caleb dudando de que aquello fuera verdad.

—Está claro que es alguien especial para él y no tiene familia, si esa chica no es su amante, ¿qué otra cosa puede ser? —Insistió Oliver con su teoría.

—Un testigo valioso, por ejemplo —le respondió Dexter, que tampoco creía posible que la amante del General fuera un objetivo posible de Damian Wilson.

—Sea quien sea, tengo que encontrarla. ¿Tenéis alguna sugerencia de por dónde debo empezar?

—Te mando una lista de lugares dónde han sido utilizadas algunas tarjetas de crédito a nombre de estudiantes matriculados en su misma universidad —le respondió Caleb—. Lo más probable es que esté con alguien de su universidad.

— ¿Ella no utiliza tarjetas o qué? —Protestó Oliver.

—Su expediente está sellado, no puedo acceder y no tengo su información —le repitió Caleb con frustración—. Es lo único que puedo hacer para ayudarte, seguiré investigando y te llamaré si encuentro algo.

Oliver colgó y respiró profundamente, aquella misión estaba sacando lo peor de él. Odiaba hacer de niñera de los niños ricos que se metían en problemas, pero la escasa información que le habían dado le tenía con la mosca detrás de la oreja.

Decidido a acabar con aquello lo antes posible para poder regresar a casa y disfrutar de unas merecidas vacaciones, Oliver se dirigió al primer lugar de la lista que le había enviado Caleb, el lugar donde más jóvenes de la misma universidad a la que iba la chica habían utilizado allí sus tarjetas. Se trataba de un lujoso hotel situado en primera línea de playa en el sur de la isla. Nada más llegar, se dirigió al bar de la piscina y le pidió una cerveza al camarero de la barra. Durante unos minutos, Oliver se dedicó a beber de su copa de cerveza mientras observaba las caras de los jóvenes que por allí se divertían. Tenía pocas esperanzas de encontrarla tan rápido, sin embargo allí estaba. Miró la foto, la comparó con la chica que estaba a dos metros escasos de él y no tuvo ninguna duda: se trataba de Scarlett Sanders.

Despacio y con cautela para no asustarla ni llamar la atención, Oliver se acercó a ella. Scarlett estaba distraída, esperando a que el camarero le sirviera una copa para tumbarse en una de las hamacas de la piscina y tomar el sol.

— ¿Señorita Sanders? —Le preguntó Oliver para confirmar lo evidente.

— ¿Nos conocemos? —Le respondió ella escrutándole con la mirada.

—Soy el Capitán Parker, el General Turner me envía a buscarla para llevarla a la base.

—No me lo digas, está a punto de acabarse el mundo —se mofó Scarlett tras beber un largo trago de su copa recién servida.

—Vayamos a un lugar más tranquilo y…

—No pienso ir a ninguna parte, ni siquiera sé si eres quien dices ser.

Oliver no tenía ganas de perder el tiempo y mucho menos de seguirle el juego a una niñata caprichosa, así que no se anduvo por las ramas:

— ¿Te suena el nombre de Damian Wilson?

Scarlett se estremeció al escuchar ese nombre, había cosas que era mejor enterrar en un cajón al fondo de la mente y no recordar.

—Subamos a mi habitación —le invitó Scarlett.

Oliver la siguió hasta el hall del hotel y subieron en el ascensor privado directamente a su habitación.

— ¿Qué pasa con Damian Wilson?

—Se ha escapado de la cárcel y, según parece, el General Turner cree que tú puedes ser su principal objetivo para llevar a cabo su venganza.

— ¿Y cuál es el plan?

A Oliver le sorprendió que Scarlett no hiciera preguntas y se mostrara tan sumisa en cuanto a seguir sus planes, pero no dejaba de ser una actitud normal si se tenía en cuenta que un peligroso asesino se había fugado de una prisión de máxima seguridad y ella era su principal objetivo.

—Coge solo lo que necesites y puedas guardar en esta mochila —le dijo Oliver—. Es una misión extra oficial, eso significa que en esta isla no soy más que un civil que no va armado, así que evitaremos los problemas y cruzaremos la isla a pie hasta llegar a un pequeño puerto en el norte, allí embarcaremos en un ferry hasta el continente.

— ¿Bromeas? ¿Acaso sabes cuántos kilómetros hay de sur a norte de la isla?

—Lo sé perfectamente, recoge tus cosas.

—Quiero hablar con el General Turner —inquirió Scarlett molesta.

—No hay tiempo, tenemos que irnos —bufó Oliver señalando la mochila vacía.

—En esta isla no eres el Capitán Parker, tan solo eres el señor Parker —le recordó Scarlett solo para fastidiarle—. No tienes ninguna autoridad sobre mí.

—Tienes dos opciones: venir conmigo ahora o esperar a que sea Damian Wilson quien venga a por ti —le espetó Oliver a modo de ultimátum—. Yo no me voy a quedar aquí a esperarle, tú verás lo que haces.

A regañadientes, Scarlett metió un par de camisetas, un par de shorts y un par de conjuntos de ropa interior. Cogió su neceser del cuarto de baño y lo metió en la mochila, junto con una toalla. Se calzó unas zapatillas deportivas y, con cara de pocos amigos, anunció:

—Ya estoy lista para cruzar la isla a pie, señor Parker.

—Ya era hora —musitó él, la paciencia no era una de sus virtudes.

Cargando con sus respectivas mochilas, ambos se montaron en el ascensor y bajaron de nuevo al hall del hotel. Al cruzar por el hall, Scarlett miró por el ventanal que daba a la piscina y reconoció a Damian Wilson hablando con uno de los camareros. Scarlett se quedó petrificada en mitad del hall y Oliver, que advirtió el pánico en su rostro, le preguntó:

— ¿Qué ocurre?

—Está ahí —logró balbucear Scarlett.

Oliver miró en la misma dirección que miraba Scarlett y entonces lo vio. Damian Wilson ya la había localizado y se había presentado allí, tan solo unos minutos después que él.

—Tenemos que irnos —dijo agarrándola del brazo para tirar de ella y salir de allí.

Salieron por la puerta principal del hotel justo en el momento en que Damian Wilson y sus hombres, los hermanos Sullivan, entraban en el hall por la puerta de acceso a la piscina y se dirigían al mostrador de recepción, donde le preguntaron al recepcionista dónde podía encontrar a Scarlett Sanders.

—Habitación 1005, está situada en la décima planta, puerta 5 —le respondió el recepcionista tras realizar la consulta en el mostrador.

Damian le dio las gracias al recepcionista y también una generosa propina antes de subir junto a sus hombres en uno de los ascensores del hall hasta la décima planta.

Oliver y Scarlett se dirigieron al coche de alquiler y se dirigieron hacia una de las oficinas de la empresa de alquiler de vehículos cercana al hotel para devolver el coche y emprender a pie el viaje hacia el norte de la isla. Scarlett no protestó, ni siquiera abrió la boca para pronunciar palabra desde que salieron del hotel y a Oliver le preocupó. Al fin y al cabo, Scarlett solo era una chica de 23 años a la que un asesino buscaba para vengarse del General.

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