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Reconócelo, caprichosa (I/III)

Amaia se apresuró en guardar el equipaje en el maletero de su coche y se dirigió al apartamento de su mejor amiga Cristina, donde llegó con veinte minutos de retraso. Tras recoger a Cristina y escuchar un sermón sobre la puntualidad en forma de reprimenda, ambas se dirigieron al punto de encuentro: un parque situado a las afueras de la ciudad donde se reunirían con el resto de la pandilla antes de emprender sus vacaciones de verano.

Los ocho amigos se conocían desde que eran unos críos y, cuando terminó el instituto, decidieron emprender un viaje a la costa, donde disfrutaron de las playas vírgenes, de la naturaleza y de unos días de relax en unas cabañas de madera. Desde entonces, habían planeado regresar todos juntos al mismo lugar para pasar allí unas vacaciones idílicas, pero habían tenido que pasar ocho años para que finalmente se pusieran todos de acuerdo y poder llevar a cabo esas añoradas vacaciones.

Habían pasado muchas cosas desde la última vez que se reunieron todos para la boda de Yolanda y Luís, que estaban a punto de cumplir su primer aniversario de boda. Amaia tenía una sensación agridulce, por un lado, ansiaba disfrutar de unos días de vacaciones con sus amigos de toda la vida y, por el otro, también ansiaba reencontrarse con Jon, pero sabía que él no iría.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Cristina mientras Amaia conducía en silencio, sumida en sus propios pensamientos.

—Todo bien —mintió.

—Reconócelo, te mueres de ganas por ver a Jon —la instó su amiga, que la conocía demasiado bien.

—Pues sí, y la verdad es que no entiendo la razón, debería odiarle.

—Creo que ya es hora de que ambos afrontéis la situación, os pasáis la vida echándoos de menos, pero ninguno de los dos se atreve a reconocer que no podéis vivir el uno sin el otro. Vosotros mismos os sometéis a una tortura innecesaria.

—Pasé la noche con él y al día siguiente se presentó voluntario para una misión encubierta de la que aún no ha vuelto —le recordó Amaia.

—Quizás fue porque esa noche tú te largaste sin decirle nada mientras él dormía pensando que seguías a su lado —le reprochó Cristina.

Amaia no contestó, no tenía ganas de discutir con su amiga y mucho menos a causa de Jon. Sabía que no había hecho las cosas bien y no necesitaba que se lo recordaran, pero ella también tenía sus motivos para huir de allí después de lo que ocurrió aquella noche. Amaia estaba prometida con Miguel y, cuando se despertó al lado de Jon, supo que lo había hecho todo mal. Se sintió fatal por traicionar a Miguel y lo primero que hizo fue confesarle su infidelidad. Miguel se lo tomó mejor de lo que Amaia esperaba, pensó que la dejaría en cuanto se lo dijera, pero en lugar de eso le dijo que estaba dispuesto a esperar a que aclarara sus sentimientos. Pero Amaia tenía claros sus sentimientos, sabía que siempre había estado enamorada de Jon y que siempre lo estaría, así que rompió con Miguel definitivamente. Unos días más tarde, trató de ponerse en contacto con Jon, pero no le localizó, fue entonces cuando Mario, el mejor amigo de Jon y miembro de la pandilla, le dijo que se había presentado voluntario para una misión encubierta.

Jon regresó de su misión encubierta el día anterior y fue a visitar a su amigo Mario, quien le informó de la inminente escapada de vacaciones de la pandilla y trató de convencerle para que se apuntara.

—Amaia también irá —le dijo Mario, metiendo el dedo en la llaga.

— ¿Acompañada por su prometido? —Preguntó Jon con tono amargo.

—Tendrás que venir para averiguarlo.

—No me toques los cojones, Mario —le advirtió Jon.

—Creía que el objetivo de presentarte voluntario a esa misión era olvidar a Amaia, veo que se te ha dado muy bien —se mofó. Jon le miró con cara de pocos amigos y Mario se apiadó de él—: Amaia rompió su compromiso con Miguel el mismo día que salió corriendo de tu cama.

—No puede ser.

—Será mejor que prepares la maleta para unas vacaciones en la costa, hemos quedado mañana a las ocho de la mañana.

Y Jon no tuvo ninguna duda, estaba dispuesto a ir a ese viaje y reconquistar a Amaia, costara lo que le costara. A la mañana siguiente, Jon se presentó en casa de Mario y ambos se dirigieron al punto de encuentro. 

Amaia y Cristina eran las últimas en llegar, algo a lo que sus amigos ya estaban más que acostumbrados. Aparcó el coche junto al de Mario y, tras localizar a la pandilla desayunando en la terraza del bar del parque, caminaron hacia allí. Amaia ni siquiera se había percatado de la presencia de Jon cuando su amiga le dijo:

—Parece que tus deseos se hacen realidad.

— ¿Qué…? —Entonces vio a Jon y entendió a qué se refería su amiga—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Ahora lo averiguaremos —le aseguró Cristina en un susurro para después saludar a sus amigos, emocionada con aquellas vacaciones—: ¡Hola a todos!

—Y aquí están Cristina y Amaia, las últimas para variar —se mofó Óscar.

—Lo bueno se hace esperar —le respondió Cristina sacándole la lengua divertida—. Me alegro de verte, Jon. ¿Ya has vuelto de salvar el mundo?

— ¿Me habéis echado de menos? —Bromeó Jon clavando sus ojos en Amaia.

— ¿Qué tal estás, Amaia? Hacía mucho tiempo que no se te veía el pelo —la saludó Mario con una maliciosa sonrisa en los labios.

—He estado un poco liada últimamente —se excusó ella.

Jon no apartó sus ojos de Amaia y ella, consciente del escrutinio al que la estaba sometiendo, le sostuvo la mirada durante varios segundos, pero ninguno de los dos dijo nada para no acabar discutiendo.

—Será mejor que salgamos ya o llegaremos a la costa pasada la medianoche —argumentó Mario y, acto seguido, se volvió hacia Cristina y le preguntó—: ¿Quieres ser mi copiloto?

—Por supuesto.

— ¡Eh! ¿Y qué pasa conmigo? —Protestó Amaia.

—Estoy seguro de que a Jon no le importará acompañarte —se mofó Cristina. Y, en tono más bajo para que solo ellos la escucharan, añadió—: Además, creo que debéis resolver un par de asuntos para rebajar la tensión.

Jon sonrió satisfecho y Amaia resopló con resignación. Tenían por delante un largo viaje por carretera de más de seis horas, demasiadas horas para estar encerrados en un coche.

Tratando de suavizar la situación, Jon optó por el silencio, pero no dejaba de mirar a Amaia, que cada vez se ponía más nerviosa.

— ¿Quieres dejar de mirarme? —Le espetó.

— ¿Te molesta?

—Me pone nerviosa.

— ¿Prefieres que hablemos?

— ¿Tienes algo que decir? —Le tanteó Amaia.

—Hace casi un año que saliste huyendo de mi cama y no nos hemos visto desde entonces, creo que deberíamos ponernos al día sobre nuestras vidas.

—Nos hubiéramos visto antes si no te hubieras ido a salvar el mundo —le reprochó.

Jon no contestó, se mordió la lengua para no decirle que no se hubiera ido a ninguna parte si ella se hubiera quedado con él en la cama. En lugar de eso, Jon suspiró miró por la ventanilla, tratando de serenarse mientras se distraía contemplando el paisaje por el que cruzaba la carretera. Frustrada, Amaia se concentró en la carretera y decidió ignorar las pullas de Jon.

Un par de horas después de iniciar el trayecto, los ocho amigos, repartidos en tres coches, pararon en un área de servicio para tomar algo y estirar un poco las piernas.

—Caprichosa, ¿te traigo algo de beber? —Le preguntó Jon a Amaia en un susurro, acercándose tanto a ella que consiguió excitarla al sentir su aliento en el cuello.

—Una botella de agua, por favor —consiguió decir Amaia tratando de sonar lo más natural posible.

Tras un breve descanso, los ocho amigos emprendieron de nuevo el viaje por carretera. Jon insistió en conducir y Amaia ocupó el asiento del copiloto.

—Es un viaje largo, ¿quieres contarme qué has estado haciendo este último año? —Le preguntó Jon tratando de mantener una sana y amistosa conversación.

—Lo de siempre, trabajar y poco más.

—He oído que ya no estás con Miguel.

—Hace casi un año que no estoy con Miguel —matizó Amaia.

—Y, ¿ahora estás con alguien?

—No tengo una relación estable, si es eso lo que me estás preguntando —le respondió empezando a impacientarse.

— ¿Te incomoda hablar conmigo del tema?

—Sí, no pienso contarte con quién me acuesto o me dejo de acostar.

—Entonces, te acuestas con alguien —dedujo Jon.

—Y tú, ¿te acuestas con alguien? —Inquirió ella.

—He estado en una base militar, rodeado de hombres durante casi un año, hace mucho tiempo que no me acuesto con una mujer, pero recuerdo perfectamente quién fue la última.

— ¿Casi un año? ¿Y no te has muerto? —Se mofó Amaia.

—Será mejor que no me provoques, caprichosa.

La sonrisa maliciosa que Jon le dedicó consiguió derretirla como solo él sabía hacerlo y Amaia no pudo más que sonreír como si todavía fuera una adolescente.

Pararon un par de veces más hasta llegar a su destino: una zona costera protegida, situada al sur del país, rodeada de naturaleza y sin ninguna edificación, con la excepción de las cabañas de madera que el estado alquilaba a turistas. Habían reservado cuatro cabañas y eran ocho, así que se dividieron en parejas para ocuparlas. Yolanda y Luís ocuparon la primera; Óscar y Lidia ocuparon la segunda; y, antes de que Amaia pudiera instalarse en la tercera cabaña con su amiga Cristina, Mario decidió intervenir:

—Amaia, si no te importa, me gustaría compartir la cabaña con Cristina.

Amaia miró a su amiga con cara de pocos amigos, sin poder creerse la encerrona que le habían preparado aquellos dos para que ella tuviera que compartir la cabaña con Jon. Cristina y Mario no eran una pareja formal ni estable, pero se divertían juntos y sin ningún tipo de compromiso siempre que a ambos les apetecía.

—Será como en los viejos tiempos, compartiremos cabaña —le dijo Jon con una amplia sonrisa de oreja a oreja mientras cargaba con el equipaje de ambos para llevarlo a la cuarta cabaña.

Amaia fulminó con la mirada a Cristina y Mario, pero a ellos la situación les pareció de lo más divertida y se rieron en sus narices.

—Genial, empezamos bien —protestó Amaia con sarcasmo.

Amaia estaba preocupada y no era para menos. Las cabañas estaban ideadas para cobijar a parejas y tan solo había una cama de matrimonio que tendría que compartir con Jon. Si el viaje hasta llegar a la costa se le había hecho eterno debido al esfuerzo por contener sus ganas de abalanzarse sobre Jon y sucumbir a sus deseos, no quería ni imaginar lo que sería pasar veinticuatro horas juntos, durante siete días, compartiendo cabaña, ducha y cama con él.

— ¿Tan malo te resulta compartir la cabaña conmigo? —Le preguntó Jon visiblemente dolido ante la reacción de ella.

—Se suponía que iban a ser unas vacaciones tranquilas y, contigo al lado, serán unas vacaciones de todo menos tranquilas.

—Depende de lo que entiendas por tranquilidad —le respondió Jon encogiéndose de hombros como si la cosa no fuera con él—. Voy a darme una ducha, necesito refrescarme.

Sin decir nada más, Jon se encerró en el cuarto de baño y Amaia aprovechó para deshacer la maleta y colocar la ropa en el armario. Veinte minutos más tarde, Jon salía del baño desnudo de cintura para arriba y con tan solo una pequeña toalla que le cubría de la cintura hasta las rodillas. Amaia no pudo evitar mirarle con deseo, a pesar de los años que habían pasado, todavía le deseaba igual o más que el primer día.

— ¿Te gustan las vistas? —Se mofó Jon, consciente de cómo le miraba Amaia.

—Ten cuidado, yo también puedo jugar ese juego —le advirtió Amaia.

—Entonces, solo es cuestión de ver quién aguanta más —la retó con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Te veo muy seguro, sobre todo teniendo en cuenta que, según tú, llevas casi un año en sequía.

—Tú misma lo has dicho, caprichosa. Llevo casi un año en sequía, no me pasará nada por esperar unos días más.

Amaia maldijo entre dientes, ella tampoco se había acostado con nadie desde que estuvo con él, hacía ya casi un año, y no estaba segura de poder resistir la tentación si dormía a su lado.

—De acuerdo, veamos quién termina suplicando a quién —aceptó el reto Amaia tendiéndole la mano.

Jon le estrechó la mano para sellar el acuerdo y acto seguido, con su sonrisa traviesa en los labios, le preguntó:

— ¿Qué lado de la cama prefieres?

—Me da igual —bufó Amaia—. Ya he colocado mis cosas en un lado del armario, puedes colocar las tuyas en el otro lado. Voy a darme una ducha rápida.

—Avísame si necesitas ayuda —se guaseó Jon mientras ella se encerraba en el cuarto de baño dando un sonoro portazo.

Jon sonrió, satisfecho de estar allí con ella. Aunque emprendió aquel viaje con bajas expectativas, lo cierto era que no habían pasado ni doce horas y todo iba mejor de lo que había imaginado. Aquel juego provocador entre ambos le confirmó que Amaia estaba dispuesta a dejarse llevar y, esta vez, no pensaba permitir que huyera de su cama a hurtadillas.

Un par de horas más tarde, los ocho amigos se sentaban alrededor de una hoguera mientras cenaban y brindaban por aquel reencuentro.

— ¿Desde cuándo no estábamos todos juntos? —Preguntó Lidia mientras preparaba unos mojitos para todos.

—Desde la boda de mi hermana Yoli —respondió Óscar.

—Hará un año el mes que viene —apuntó Yolanda— y parece que fue ayer.

—Han pasado muchas cosas este último año —intervino Luís.

—Os propongo un juego —les dijo Lidia animada—. ¿Os acordáis de cuándo éramos unos críos y jugábamos a verdad o reto? —Todos asintieron y Lidia añadió—: Pues creo que sería una bonita forma de conocernos mejor.

—Vale, pero lo hacemos por turnos que si no siempre hay alguien que se libra —gruñó Óscar.

Entre bromas y risas, todos fueron respondiendo con la verdad a las respuestas indiscretas que les iban haciendo sus amigos y el que no respondía se la jugaba aceptando un reto igual de incómodo que la pregunta. Hasta que el turno le llegó a Amaia y Jon se encargó de realizar la pregunta:

— ¿Por qué rompiste el compromiso con Miguel?

—Reto —respondió ella directamente.

— ¿Reto? Está bien, cómo quieras —le dijo Jon con una sonrisa maliciosa—. Ven y dame un beso de esos de película.

— ¿Qué? ¡Eso no se puede hacer! —Protestó Amaia.

—Entonces, responde a la pregunta —le contestaron sus siete amigos al unísono.

—Le puse los cuernos a Miguel —confesó Amaia.

— ¿Y cómo se enteró? —Quiso saber Yolanda.

—Se lo dije yo —respondió Amaia.

—Pobre, qué disgusto se debió llevar, se le veía tan enamorado de ti —se lamentó Lidia.

—Y sigue estando enamorado, todavía intenta volver con Amaia —comentó Cristina, ganándose una mirada de reproche de su amiga.

— ¿Podemos continuar ya con el siguiente? —Bufó Amaia.

Conscientes de que a Amaia no le hacía ninguna gracia hablar del tema, continuaron jugando. Cuando el turno le llegó a Jon, Cristina fue la encargada de realizar la pregunta:

— ¿Por qué te presentaste a esa misión encubierta de repente?

—Porque una chica me rompió el corazón y, en aquel momento, necesitaba poner tierra de por medio —respondió Jon sin andarse por las ramas, clavando su mirada en Amaia.

Salvo Mario y Cristina, nadie sabía lo que ocurrió entre Amaia y Jon la noche en la que se celebró la boda de Luís y Yolanda, por lo que las palabras de Jon causaron un efecto mayor de lo que cabía esperar.

Tras tomar un último mojito, la pandilla se despidió para retirarse a sus respectivas cabañas a descansar. Amaia y Jon entraron en su cabaña y, tras intercambiar una mirada desafiante, Jon sonrió y comenzó a desnudarse antes de meterse en la cama. Consciente de la intención de Jon de excitarla, Amaia decidió jugar a su mismo juego y comenzó a desnudarse lentamente hasta que se quedó en ropa interior, se colocó una vieja camiseta y se metió en la cama junto a Jon.

—Bonito pijama —se mofó Jon.

—Procura quedarte en tu lado de la cama —masculló Amaia.

—Estaré aquí si me necesitas en mitad de la noche, caprichosa.

Amaia se giró y quedó tumbada de lado, dándole la espalda Jon. Pensó que le resultaría más fácil dormir si no lo veía, pero se equivocó. Jon tampoco pegó ojo en toda la noche, pendiente de la respiración de Amaia y observándola fingir que dormía.    

No te alejes de mí.

Me levanté de la cama y me vestí con un short tejano y una camiseta de tirantes. Pese a la noche fría, el día era bastante caluroso. Alec entró en la habitación y, tras echarme un rápido vistazo, me entregó mi mochila al mismo tiempo que murmuró entre dientes:

—Será mejor que te cambies de ropa.

Intuí que mi escasez de ropa le incomodaba y ladeé la cabeza divertida, pues él estaba desnudo de cintura para arriba y yo no me había quejado.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

—Tú —le contesté sacándole la lengua—. Creo que tú también deberías cambiarte de ropa.

Alec me dedicó una sonrisa traviesa y, un segundo después, se lanzó sobre mí tumbándome en la cama, extendiendo mis brazos por encima de la cabeza para agarrarme con firmeza de las muñecas e inmovilizándome con su cuerpo. No pude ni quise oponer resistencia, la intensidad de su mirada me hechizaba. Su boca estaba tan cerca de mis labios que me costaba respirar.

—No me provoques, no olvides que yo no soy de piedra —me susurró acariciándome el cuello con los labios.

— ¿Qué te hace pensar que yo sí soy de piedra?

Alec me miró a los ojos sorprendido, ¿acaso no era obvio que estaba totalmente rendida a sus pies? Cerró los ojos y sentí que se alejaba de mí otra vez, con él siempre era un tira y afloja. Un ruego en forma de murmullo se escapó de mi garganta:

—No te alejes de mí, por favor.

—No sabes lo que me estás pidiendo —susurró frustrado—, no soy bueno para ti.

—Por favor —insistí.

Alec suspiró profundamente, apoyó su frente sobre la mía y añadió antes de rendirse y besarme en los labios:

—Acabarás conmigo.

Le devolví el beso con deseo, disfrutándolo al mismo tiempo que temía que en cualquier momento la magia desapareciera. Me dejé llevar por la pasión y por la urgencia de sentirle junto a mí, me sentía en el cielo. Pero alguien llamó a la puerta de la habitación y ambos nos quedamos quietos de inmediato.

—Chicos, ¿estáis despiertos? —Preguntó Erik desde el otro lado de la puerta.

—Danos cinco minutos, en seguida salimos —le contestó Alec alzando la voz para que le escuchara. Se volvió hacia a mí, me dio un leve beso en los labios y añadió ayudándome a incorporarme—: Vístete, voy a darme una ducha y ahora regreso.

Una vez más, huyó de mí. Pero al menos esta vez se había decidido a besarme. Le observé salir de la habitación y suspiré con resignación cuando me quedé sola.

Premonición.

Corría por el bosque detrás de Alec, que cada vez se alejaba más de mí. Le imploraba que me esperase, que no se fuese, pero él seguía corriendo sin siquiera volver la vista a atrás para mirarme. Tropecé con la raíz de un árbol y Alec desapareció, dejándome un gran vacío en el pecho que se convirtió en un dolor insoportable. Me desperté tras el sonido atronador que escapó de mi garganta.

—Estoy aquí, solo ha sido una pesadilla —escuché su voz susurrándome al oído y acto seguido sus brazos me rodearon para colocarme en su regazo.

No dijo nada más, me acunó entre sus brazos y aguardó pacientemente a que mi respiración se normalizara. Tenía la cara empapada en lágrimas y todavía era capaz de sentir el dolor en mi pecho, pero poco a poco me fui calmando.

— ¿Te encuentras mejor?

Asentí con la cabeza y escondí mi cara en su cuello aferrándome a él con fuerza, como si hubiera podido impedir que se marchase si así él lo decidiera.

—No te vayas —le rogué en un ronco susurro.

—No pienso irme a ninguna parte.

—Prométemelo.

—Te lo prometo, me quedaré contigo aquí para siempre si es lo que quieres —me prometió besándome en la frente—. Duérmete preciosa, seguiré aquí cuando despiertes.

No quería dormir, quería disfrutar de su compañía mientras pudiese. Aquella pesadilla me había dejado un mal sabor de boca, como si fuera una premonición de lo que estaba por venir. No quería despertarme y descubrir que había perdido a Alec, él era lo único que me mantenía en pie, la única razón por la que seguía queriendo vivir. El cansancio terminó por vencerme y me dormí, pero la inquietud me acompañó el resto de la noche.

El último verano (V/V).

A la mañana siguiente, Ana se despertó en la enorme cama del camarote principal del yate, envuelta por los brazos de Nahuel. Su mirada se encontró con la de Nahuel y ambos sonrieron, pero en sus ojos se pudo notar la tristeza que les causaba la inminente despedida. Nahuel la estrechó entre sus brazos, depositó un par de besos en su cuello y le susurró al oído: —Preciosa, creo que voy a secuestrarte. —Ojalá pudiera quedarme, pero tengo que regresar a la ciudad —se lamentó Ana. Miró el reloj que colgaba de una de las paredes y añadió—: Es tarde, debería regresar al apartamento, las chicas se estarán preguntando dónde me he metido. —Aún tenemos tiempo… —comentó Nahuel desapareciendo bajo las sábanas. Ana sintió las manos de Nahuel sobre sus caderas y se estremeció cuando comenzó a deslizarlas hasta a las rodillas para abrirle las piernas. Lo siguiente que notó fue la lengua de Nahuel recorriendo cada recoveco de su pubis, entreteniéndose con su abultado clítoris que delataba su excitación. —Nahuel… —Dime qué quieres, preciosa. —Te quiero dentro —le rogó desinhibida. Nahuel no se hizo de rogar y la penetró de una sola estocada, haciéndola gemir sin que se reprimiera y excitándolo como solo ella sabía. —Me excitas demasiado, no voy a durar mucho más —susurró Nahuel con la voz ronca. Aquellas palabras provocaron una oleada de placer en el cuerpo de Ana al alcanzar el orgasmo y Nahuel la siguió con un gruñido gutural antes de derramarse dentro de ella. Nahuel se dejó caer a un lado de la cama y agarró a Ana para llevársela consigo y mantenerla entre sus brazos hasta que sus respiraciones se normalizaron y decidieron darse una ducha, donde volvieron a hacer el amor. Navegaron de regreso al puerto y allí se montaron en el coche de Nahuel para dirigirse al apartamento de las chicas. El silencio reinó durante todo el trayecto, ambos pensaban en aquella inminente despedida. Nahuel aparcó el coche frente a la puerta del edificio y anunció con desgana: —Ya hemos llegado. —Llegó la hora de regresar a la ciudad —comentó Ana tras un largo suspiro. Nahuel se bajó del coche y ayudó a Ana a bajar. En cuanto sus pies tocaron el suelo, la agarró por la cintura y la estrechó con fuerza contra su cuerpo. —Te buscaré cuando regrese a la ciudad, no importa dónde te escondas, te encontraré. Ana sonrió y ambos se besaron con urgencia. Todavía no se habían separado y ya se echaban de menos.

***

  Ruth y David pasaron la noche haciendo el amor en la habitación de hotel donde él se hospedaba. Ninguno de los dos quería admitirlo, pero se iban a echar de menos más de lo que sospechaban. Ruth estaba triste. David le gustaba de verdad, por él sentía algo especial que no quería dejar de sentir, pero su traslado lo complicaba todo. Las relaciones a distancia no funcionaban, alguno de los dos terminaría conociendo a otra persona y todo terminaría. —Estás muy callada, no quiero que nos despidamos así —le dijo David abrazándola por la espalda—. Regálame una despedida digna de recordar, pequeña leona. Ruth no se lo pensó dos veces, David tenía razón. En lugar de deprimirse, decidió disfrutar de una gran despedida digna de recordar. Empujó a David para que cayera sentado sobre la cama,  encendió la radio y comenzó a desnudarse al ritmo de la música. David se acomodó en la cama y la observó con deseo, conteniendo las ganas que sentía de echársele encima y poseerla de forma salvaje. Ruth se deshizo de toda su ropa y, cuando se quedó completamente desnuda, se sentó a horcajadas sobre David, que en un arrebato él también se había desnudado, y le cabalgó acompasando sus sensuales movimientos con sus placenteros gemidos. —Me vas a matar, Ruth —musitó David haciendo un esfuerzo para contenerse y evitar correrse antes que ella. Deslizó su mano hasta a dónde sus cuerpos se unían y estimuló su clítoris al mismo tiempo que le ordenó—: Córrete, Ruth. No voy a durar mucho más. Ruth se dejó llevar por aquella oleada de placer que la invadía y un gemido gutural salió de su garganta cuando su cuerpo estalló en mil pedazos. Tras dos embestidas más, David la acompañó y ambos se quedaron abrazados sobre la cama mientras recobraban el aliento. —Tengo que irme, las chicas me estarán esperando —comentó Ruth pasados unos minutos. David asintió y, tras darse una ducha rápida, recogieron sus cosas y dejaron aquella habitación de hotel en la que habían disfrutado los últimos días. David se ofreció a llevarla al apartamento y trató de darle conversación durante todo el tiempo que duró el trayecto, aunque no tuvo demasiado éxito. Ruth se dedicó a responder con monosílabos a todas las preguntas que él le hacía y, cuando llegaron al apartamento, David supo que probablemente no la volvería a ver. —Te voy a echar de menos —le susurró al oído con sinceridad. —Entonces, llámame si vienes de visita a la ciudad —le propuso Ruth con la esperanza de que realmente la llamara. —Lo haré, pequeña leona. Se despidieron con un intenso beso en los labios que duró más de lo que pretendían y dejó ver más de lo que deseaban. Ambos sabían que su historia acaba ahí, pero siempre la recordarían con una sonrisa en los labios.

***

  Eva se despertó al amanecer. Puede que no tuviera a mano un reloj, pero su cuerpo estaba acostumbrado a la rutina y siempre se despertaba a la misma hora. Se volvió hacia a su izquierda y sonrió al ver a Derek durmiendo completamente desnudo. Se ruborizó al pensar en todas las cosas que le había retado a hacer y cómo había disfrutado con ello. Había sido un verano lleno de retos y aventuras, pero ya era hora de regresar a casa y volver a ser la de siempre. Había estado bien dejarse llevar por unos días y disfrutar de la vida sin preocupaciones, pero ya tocaba afrontar sus responsabilidades. Se levantó de la cama y tras ponerse la camisa de Derek, decidió salir al porche de la cabaña para tomar el aire y aclarar sus ideas. Escuchó gemidos procedentes de la cabaña de al lado y decidió echar un vistazo desde el porche. Lo que vio no se lo esperaba y se quedó paralizada, sin poder apartar la mirada de todas aquellas personas que disfrutaban de una peculiar fiesta que probablemente comenzó la noche anterior. Una docena de personas, mitad hombres y mitad mujeres, completamente desnudos y probablemente con varias copas de más, disfrutaban de una orgía al aire libre. Eva les observó sin ningún tipo de disimulo y a ellos no pareció importarles. Se fijó en la pareja que había en el balancín, el hombre estaba sentado y tenía a la mujer entre sus piernas, con la espalda de ella apoyada en el pecho de él. Estaban desnudos y él la acariciaba. Comenzó por sus pechos y deslizó sus manos por sus muslos para abrirla de piernas y ofrecer un primer plano de su sexo. El hombre metió uno de sus dedos en la boca de la mujer y acto seguido lo llevó a su entrepierna para penetrarla despacio y con suavidad. Tras un par de minutos, el hombre alzó a la mujer agarrándola por las caderas y, colocando su erecto miembro en la entrada de su vagina, dejó que se deslizara penetrándola con suavidad. Una de las mujeres los había estado observando y se acercó a ellos con la intención de participar. Se colocó de rodillas frente a ellos y hundió su cara en la entrepierna de la otra mujer, lamiendo a consciencia el centro de su placer. Un hombre que salía de la cabaña se topó con ellos y le dio una sonora cachetada en el trasero a la mujer que se había arrodillado y que seguía con su tarea de dar placer con su boca a aquella otra mujer. El tipo se excitó con semejante espectáculo, se colocó de rodillas detrás de la mujer y comenzó a acariciarle el trasero y la entrepierna. Esparció la humedad de su pubis hacia el trasero y le penetró el ano con el dedo pulgar, provocando un leve gemido en aquella mujer. Se agarró el miembro y, tras guiarlo hacia a la entrada de su ano, la penetró con dureza, haciendo que la mujer soltara un gemido desgarrador, pero no se apartó ni dejó de lamer y mordisquear el clítoris de la otra mujer. —Te gusta mirar, pequeña pervertida —le susurró Derek al oído, sorprendiéndola espiando a los vecinos montándose una orgía—. ¿Quieres que nos unamos a ellos? Eva se tensó. Una cosa era excitarse mirándoles y otra muy distinta participar en aquella perversión. No pensaba permitir que unos completos desconocidos le pusieran las manos encima, mucho menos la lengua. Pero Derek tenía otros planes y comenzó a deslizar sus manos por el cuerpo de ella, pellizcó sus pezones hasta endurecerlos y la penetró con sus dedos mientras la besaba en el cuello y la obligaba a mirar a los vecinos. Sin darse apenas cuenta, Eva se encontró sentada sobre el semi muro del porche de la cabaña frente a la orgía que los vecinos habían montado en el jardín, mientras Derek la penetraba con sus dedos y se deshacía de aquella camisa que era lo único que cubría su cuerpo desnudo. —Derek… —Solo disfruta, considéralo la última aventura de estas vacaciones de verano —insistió Derek sin dejar de masturbarla. La agarró de la cintura, le dio media vuelta para que quedara frente a él y, antes de penetrarla con su duro y erecto miembro, le ordenó—: Quiero oírte gemir, nena. Eva gimió al sentir la invasión de Derek y se dejó llevar sin reprimirse. Él conseguía desinhibirla y que se entregara completamente al placer sin objeciones. Ambos alcanzaron juntos el clímax y, tras dejar pasar un par de minutos para recuperar las fuerzas, Derek la cogió en brazos y la llevó de vuelta al interior de la cabaña. Se metió en la ducha con ella y volvieron a hacer el amor antes de regresar al apartamento con las chicas. Derek se comportó con naturalidad durante el trayecto de regreso al apartamento, pero Eva estaba más callada y extraña de lo habitual. Su sensatez llevaba a cabo una lucha interna con su corazón y todo lo que había sentido los últimos días pero, como era habitual en ella, la razón siempre ganaba. Su relación con Derek no tenía sentido, no tenían nada en común, se pasaban el día discutiendo y apenas se soportaban. El sexo era lo único que se les daba bien hacer juntos, algo que estaba bien para las vacaciones pero no para la vida responsable que Eva llevaba en la ciudad. —Ya hemos llegado, Barbie —anunció Derek. Se bajó del coche y cogió la maleta de Eva del maletero mientras ella se tomaba su tiempo para salir del coche—. Ha sido un placer hacer de guía turístico para ti, llámame si decides regresar a la costa. —No creo que regrese por aquí. —Pues no te vendría nada mal regresar por aquí de vez en cuando, llegaste con cara de amargada y ahora estás preciosa, follar te sienta bien. Eva se ruborizó, seguía sin acostumbrarse a aquel lenguaje soez que a Derek le gustaba utilizar solo para incomodarla. Se despidió de él con un leve gesto de cabeza y dio media vuelta para entrar en el edificio. — ¡Eh, Barbie! —La llamó Derek antes de perderla de vista—. Llámame si necesitas una puesta a punto. Eva le mostró el dedo corazón de su mano derecha y entró en el edificio echa una furia, solo él era capaz de llevarla al paraíso y poco después sacarla de quicio.

***

  Las chicas emprendieron su viaje de regreso a casa, dejando atrás esas vacaciones de verano en la costa que tanto habían cambiado sus vidas. Ruth creía haber encontrado al hombre de su vida y el destino lo había enviado a la otra punta del país; Eva había descubierto su lado oscuro y desinhibido con Derek; y Ana creía haber encontrado el amor junto a Nahuel, pero solo el tiempo lo podría confirmar…

***

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El último verano (IV/V).

Los días fueron pasando y las chicas continuaron disfrutando de sus respectivas compañías masculinas. Ruth pasaba todo el tiempo con David y dormía en la habitación de hotel donde él se hospedaba. Ana pasaba el día en la playa con Nahuel aprendiendo a surfear y regresaba al apartamento al anochecer agotada, se duchaba, cenaba y se iba a dormir. Y Eva experimentaba lo que era vivir sin normas y sin horarios, al mismo tiempo que disfrutaba y se divertía con la compañía de Derek.

El viaje de las tres amigas llegaba a su fin y pero las tres estaban contentas y satisfechas con ese verano de aventuras. Sus diarios de abordo estaban repletos de escritos y fotografías, habían detallado e ilustrado su viaje como si se tratara de un diario de a bordo de los de verdad.

Las chicas habían hecho planes individuales para pasar el último día y la última noche en la costa, así que quedaron en reunirse en el apartamento a las nueve de la mañana para recoger sus maletas y regresar a la ciudad.

Ruth estaba desayunando con David en la terraza del hotel cuando el teléfono de David comenzó a sonar. Alguien le llamaba con insistencia y finalmente David se decidió levantarse y entrar en la habitación a cogerlo. Ruth cerró los ojos y dejó que los suaves rayos de sol de primera hora de la mañana calentaran su rostro. No prestó atención a la conversación que David mantenía por teléfono, pero cuando regresó a la terraza lo vio con el gesto contrariado. Parecía contento y a la vez triste, no soltaba prenda, así que Ruth le preguntó:

— ¿Va todo bien?

—Sí y no —le respondió David poniéndose tenso—. Tengo una buena y una mala noticia.

— ¿Dos noticias?

—En realidad, solo es una —le aclaró David—. Por una parte es buena y por otra es mala.

—No me estoy enterando de nada, será mejor que empieces por el principio —le solicitó Ruth.

Durante los días que habían pasado juntos en la costa, David y Ruth habían experimentado muchas cosas. Por supuesto, el sexo era una de ellas, pero no la única. Se habían divertido conociéndose y habían disfrutado acompañándose el uno al otro. Durante las últimas semanas habían convivido juntos las veinticuatro horas del día, inevitablemente ambos acabaron encaprichándose más de lo que pretendían. Incluso habían llegado a mencionar que podrían seguir viéndose cuando ella regresara a la ciudad, pues tan solo vivían a un par de horas de distancia.

—Me han llamado del colegio de medicina, ya tengo plaza fija en un hospital —le dijo David con una media sonrisa.

— ¡Eso es genial! —Exclamó Ruth abrazándole—. Enhorabuena, doctor. Tendremos que celebrarlo.

—La mala noticia es que me han dado la plaza justo en el otro extremo del país, en la costa oeste.

—Vaya —musitó Ruth sentándose de nuevo en la hamaca—. Eso significa que ya no estaremos a dos horas de distancia.

—Estaremos a cuatro horas de distancia, pero en avión.

— ¿Y no puedes cambiarla por otra plaza más cercana?

—No funciona así, pequeña —le contestó David en susurro al mismo tiempo que se sentaba junto a ella y la abrazaba—. Si acepto la plaza me darán puntos, lo que significa que me darán más prioridad cuando salga una plaza libre en la ciudad.

— ¿Y cuánto tiempo puede pasar hasta que consigas una plaza en la ciudad?

—Depende, puede que un par de años o puede que sean quince —le contestó David con sinceridad—. No puedo pedirte que me esperes cuando ni siquiera sé cuándo voy a volver, puede que ni siquiera vuelva. Tampoco puedo pedirte que lo dejes todo y vengas conmigo, por más que quiera, no sería justo contigo.

—Supongo que entonces hoy es nuestro último día —comentó Ruth con tristeza.

—No te pongas triste, en lugar de eso, disfrutemos del día a lo grande —la animó David, a quien también le había entristecido saber que probablemente no volvería a ver a Ruth.

Ruth decidió seguir su consejo y disfrutar del día a lo grande. Había venido a la costa en busca de aventuras y había vivido junto a David una inolvidable, no iba a estropearla ahora.

Ruth se levantó de la hamaca, se puso de pie frente a David y se desnudó lentamente bajo la atenta mirada de él.

— ¿Qué pretendes, pequeña? —Le preguntó David sonriendo con malicia.

—Pretendo que me hagas el amor, aquí y ahora —le respondió Ruth apoyando el pie sobre la tumbada y deslizando su mano hacia su entrepierna para acariciarse.

David la observó excitado. Verla apoyada en la barandilla de cristal de la terraza de aquella habitación de hotel donde cualquiera que se asomara pudiera verlos era excitante y le estaba volviendo loco. A ninguno de los dos les importó nada más que unir sus cuerpos y disfrutar de ese último encuentro que duraría menos de veinticuatro horas.

***

Eva decidió pasar las últimas veinticuatro horas en la costa con Derek. Durante las dos últimas semanas, Eva se había visto obligada a hacer mil locuras y, por primera vez en su vida, se sentía libre. Derek había pensado en darle una sorpresa y había hecho planes sin decirle nada a Eva. Pasó a recogerla por el apartamento y, en lugar de ir en coche, fue en moto. A Eva casi le dio un infarto cuando lo vio.

—No pienso subirme en ese trasto —le advirtió Eva frunciendo el ceño.

—Barbie, creía que querías aventuras —le recordó Derek divertido—. Confía en mí, prometo que no te pasará nada.

Eva lo dudó un instante, pero finalmente accedió y se montó en la moto tras Derek, agarrándose con fuerza a su cintura. Ni siquiera le preguntó a dónde la llevaba, lo único que le importaba era disfrutar de su último día en la costa.

Derek condujo durante más de una hora por caminos sin asfaltar hasta llegar a una larga playa virgen. Eva tan solo pudo ver a un par de parejas dispersadas en lo que podían ser varios kilómetros de playa. No tardó en deducir que se trataba de una playa nudista cuando vio que las pocas personas que andaban por allí iban desnudos, pero estaban lo bastante lejos como para no sentirse incómoda.

— ¿Me has traído a una playa nudista? —Le preguntó poniendo los brazos en jarras.

—Querías vivir nuevas experiencias, creo que el nudismo sería una gran experiencia que recordar y, si no entendí mal, dijiste que querías hacer lo que nunca harías en la ciudad.

—Hablo demasiado —murmuró entre dientes Eva.

—Entonces, ¿te animas?

—No he pasado una hora montada en ese trasto para regresar ante el primer obstáculo, voy a vivir mi última aventura en la costa.

Derek respiró aliviado, por un momento había pensado que Eva montaría en cólera y tuvieran que regresar, pero lo había asumido como un reto más, sorprendiéndole como solo ella podía sorprenderle.

Con timidez y sonrojada, Eva colocó su toalla sobre la arena y comenzó a desnudarse lentamente. Derek hizo lo mismo pero más rápido, él no sentía ningún tipo de pudor por mostrarse tal y cómo había llegado al mundo. Se tumbó sobre su toalla y se deleitó observando cómo Eva continuaba desnudándose.

—Si sigues mirándome así, me vas a desgastar —le dijo Eva fingiendo indiferencia—. Y no creo que sea muy ético aprovecharse de una alumna.

—No estás nada mal, Barbie —le dijo Derek sonriendo con malicia—. Tienes el culo un poco flácido, pero…

— ¡Eh! —Le replicó Eva dándole un manotazo—. Mi culo está perfectamente firme.

—Tendré que tocarlo para comprobarlo —añadió Derek divertido.

— ¡Ya te gustaría a ti!

Eva se tumbó boca abajo sobre la toalla. A pesar de que trataba de aparentar normalidad al hacer nudismo en la playa, lo cierto es que estaba hecha un manojo de nervios, algo que no le pasó por alto a Derek.

—Deberías echarte protector solar o te quemarás —le aconsejó Derek divertido.

Eva refunfuñó entre dientes, pero se incorporó y siguió el consejo de Derek, lo último que necesitaba era quemarse la piel. Se volvió para alcanzar la bolsa y coger la crema solar cuando se percató de que, a pocos metros de ellos, una joven pareja se acariciaba con sensualidad mientras se embadurnaban de crema el uno al otro. Los observó con descaro, aquella pareja parecía haberse olvidado de todo a su alrededor, era como si solo estuvieran ellos dos en la playa. El chico acariciaba los pechos de la chica mientras ella se entrega por completo al placer de aquellas caricias, provocándole algunos gemidos audibles desde donde estaban Eva y Derek. El chico continuaba acariciando a la chica, descendía poco a poco por su abdomen hasta que su mano se hundió en la entrepierna de ella, haciéndola gemir con más fuerza.

— ¿Te excita mirar? —Le susurró Derek al oído, sentándose justo detrás de ella y colocando sus piernas a ambos lados del cuerpo de Eva.

Eva se tensó. Efectivamente, se había excitado. Pero eso jamás lo reconocería en voz alta y menos delante de Derek. Sin embargo, Derek no necesitaba que Eva le confirmara lo que ya sabía, pues se tenía que ser ciego para no haberse dado cuenta de la excitación en los ojos de Eva. Derek le arrebató el bote de crema solar de las manos y, con delicadeza, empezó a embadurnar la espalda de Eva. Ella se dejó hacer. La imagen de aquella pareja desconocida entregándose al placer frente a ellos y las caricias de Derek en su espalda que poco a poco se empezaron a expandir hacia a los brazos, el cuello y el abdomen, la excitaban cada vez más hasta el punto que Eva no pudo reprimir un leve gemido cuando Derek rozó uno de sus pezones al retirar la mano para agarrar de nuevo el bote de crema. Esa era la señal que Derek esperaba y sonrió satisfecho, tenía a su Barbie receptiva y dispuesta.

—Relájate y disfruta, estoy seguro de que esto no lo volverás a hacer cuando regreses a la ciudad —le susurró Derek.

Tan solo obtuvo un gemido de Eva a modo de respuesta, pero eso le era suficiente para continuar con todo lo que tanto deseaba. Derek atrajo a Eva hacia él para que recostara su espalda sobre su pecho y utilizó sus piernas para alzar y abrir más las de ella, dejándola totalmente expuesta frente a la joven pareja que se divertía jugando cerca de ellos. Eva se dejó hacer. Estaba demasiado excitada para negarse y, llegados a ese punto, ya todo le daba igual.

Derek comenzó masajeando sus pechos para después descender por su abdomen hasta llegar a su pubis, completamente rasurado. Deslizó su dedo corazón entre los labios vaginales y comprobó que estaba húmeda, Eva estaba muy excitada. Ante el contacto tan íntimo, Eva se tensó, pero con cada movimiento circular que Derek ejercía sobre su clítoris más le costaba pensar con sensatez. Eva se arqueó ofreciéndole todo su cuerpo y Derek la aceptó, al mismo tiempo que acariciaba sus pechos y estimulaba su clítoris hasta que los temblores previos al orgasmo sacudieron ligeramente el cuerpo de Eva.

—No pares, por favor —le rogó Eva con la voz ronca.

— ¿Quieres llegar hasta el final, Barbie?

Eva no contestó, dio media vuelta sin moverse del sitio y acto seguido empujó a Derek obligándolo a tumbarse boca arriba en la toalla. Sin pensárselo dos veces, Eva se subió a horcadas sobre él, agarró el miembro de él para colocarlo en la entrada de ella y, con un movimiento descendente, suave pero contundente, se empaló, dejando a Derek sin palabras, excitándolo todavía más de lo que ya estaba.

— ¿Tomas la píldora? —Le preguntó Derek mientras salía y entraba de ella.

— ¿Ahora te preocupa la sensatez? —Le respondió Eva con sarcasmo.

— ¿Es que no puedes dejar el sarcasmo ni en un momento así? —Le replicó Derek a quien le estaba excitando todavía más aquella tonta discusión.

—Tranquilo, no tengo pensado ser madre hasta dentro de por lo menos diez años —le respondió Eva dando el tema por zanjado.

Sin más conversación, ambos se entregaron al placer que les embriagaba y dieron rienda suelta a la pasión sin importarles ser ahora ellos quien excitaban otros con el espectáculo no apto para menores que estaban dando.

Cuando culminaron, Eva se desplomó sobre Derek y él, consciente de que eran el centro de todas las miradas de todas las personas que había en la playa, se puso en pie con ella en brazos y la tapó con una toalla al mismo tiempo que buscaba su vestido para ayudarla a vestirse.

— Será mejor que sigamos con esto en casa —comentó Derek vistiéndose y recogiendo las toallas.

— ¿A casa? ¿Qué casa? —Preguntó Eva confusa—. ¿Regresamos al apartamento?

—No, he alquilado una cabaña donde pasar la noche.

— ¿Tan seguro estabas de que esto terminaría sucediendo? —Le replicó Eva un poco molesta.

—No, pero decidí arriesgarme y parece que no nos ha salido mal, ¿no crees? —le respondió Derek divertido.

Tras acabar de recoger sus cosas, Derek y Eva dejaron atrás la playa nudista subidos en la moto para dirigirse a la pequeña cabaña que había alquilado Derek y que apenas estaba a un par de kilómetros de esa playa.

***

Nahuel había planeado con precisión el último día de Ana en la costa. Se habían estado viendo todos los días durante las últimas semanas. Lo que había empezado como unas clases de surf por la mañana acabó convirtiéndose en todo el día y no necesariamente para practicar surf, podían invertir su tiempo en la playa, paseando por la ciudad o comiendo en algún restaurante donde sirvieran platos exóticos, todo para que Ana tuviera su verano de aventuras. Pero Ana tan solo deseaba cumplir una de las aventuras que aún le quedaba pendiente.

— ¿Vamos a navegar? —Le preguntó Ana cuando aparcaron frente al puerto.

—Sí, espero que no te marees en los barcos.

—No puedo prometerte nada —Bromeó Ana encogiéndose de hombros.

Nahuel sonrió divertido al escucharla mientras sacaba algunas bolsas del maletero de su todoterreno. Ana fue a coger su pequeña maleta en la que había traído un atuendo para cada posible ocasión, pero Nahuel se le adelantó y cargó con ella. Ana sintió curiosidad por saber qué había en aquellas bolsas, pero decidió no preguntar, sabía que a Nahuel le gustaba el misterio. Nahuel cogió ambas bolsas con una mano y la otra mano la colocó sobre la espalda de Ana para guiarla por el muelle hasta llegar al embarcadero donde se encontraba su yate.

Un hombre de mediana edad bajó del barco de un salto y Nahuel, tras saludarle amistosamente, le preguntó:

— ¿Está todo listo?

—Está todo tal y cómo lo pediste —le confirmó el hombre sonriendo y sin poder dejar de mirar a Ana—. Estás muy bien acompañado, ¿quién es esta preciosidad?

—Es Ana —le respondió Nahuel acercándose a la aludida y rodeándole la cintura con su brazo—. Hablamos en otro momento, vamos un poco justos de tiempo.

—Claro —entendió el hombre a la perfección, reparando en el brazo posesivo de Nahuel que rodeaba la cintura de Ana—. Pasadlo bien, pareja.

Nahuel ayudó a Ana a subir por la escalinata de acceso al barco y, tras dejar las bolsas sobre la cubierta, agarró a Ana de la mano y le enseñó el yate. Ana quedó fascinada, jamás había estado en un yate y jamás había imaginado que podría ser igual de completo que un apartamento. El yate estaba dotado de una cocina completa, un baño, una salón-comedor y tres camarotes, uno de ellos tipo suite con baño propio.

— ¿El barco es tuyo? —Preguntó Ana.

—Sí, lo compré hace algunas semanas y me lo entregaron ayer por la tarde —le dijo Nahuel admirando el yate—. El hombre que has visto y su mujer se han encargado de traerlo y acondicionarlo para nosotros, pasaremos la noche aquí.

— ¡Genial, nunca he pasado la noche en un barco! —Exclamó Ana divertida.

Nahuel sonrío, la alegría de Ana le contagiaba. Mientras Ana continuaba admirando cada cuidado detalle del yate de Nahuel, él se encargó de llevar las bolsas y la maleta de Ana a uno de los camarotes, soltó los amarres del muelle y encendió el motor. Ana se dirigió hacia a la cabina de mandos junto a Nahuel.

Navegaron durante toda la mañana por el litoral de la costa, atracaron en los pueblos costeros más conocidos de la región y Nahuel se encargó de hacer de guía para Ana.

Almorzaron en un elegante restaurante con vistas al mar y, tras reponer energías, regresaron de nuevo al yate. Nahuel había planeado una tarde tranquila, así que la llevó a una pequeña cala que solo era accesible en barco.

—Este lugar es perfecto, ¡hazme una foto! —Le dijo Ana entusiasmada mientras le daba la Polaroid a Nahuel y posaba subida sobre la barandilla de proa con la pequeña cala paradisíaca de fondo.

Nahuel obedeció encantado y, en lugar de una foto, decidió tomarle dos.

—Espera un momento, no te muevas todavía —le pidió Nahuel—. Quiero tomarte otra foto, yo también quiero llevarme un recuerdo.

Ana posó para él y, cuando Nahuel le tomó la segunda foto, se deshizo de su ropa y se quedó en bikini pero, tras echar una rápida ojeada a su alrededor y confirmar que no había nadie, Ana cambió de parecer y le dijo a Nahuel con una sonrisa traviesa en los labios:

—Nunca me he bañado desnuda en el mar y parece que no hay nadie a nuestro alrededor.

—Si te desnudas delante de mí, no te dará tiempo a zambullirte en el mar —le advirtió Nahuel con la voz ronca, sosteniéndole la mirada y devolviéndole una pícara sonrisa.

—En ese caso, creo que me bañaré vestida —concluyó Ana para provocar a Nahuel. Se lanzó al agua y nadó hasta agarrarse en la escalera de popa. Sin salir del agua, Ana se deshizo de su bikini y se lo lanzó a Nahuel—. Atrápame si puedes.

Nahuel no se lo pensó dos veces, se desnudó y se lanzó al agua a por Ana, a la que atrapó en apenas unos segundos. Ana se abrazó a él, envolviéndole la cintura con sus piernas y el cuello con sus brazos. Nahuel la agarró de la cadera y la apretó contra su cuerpo. Sus labios se quedaron a escasos centímetros y Nahuel le preguntó con la voz ronca:

—Dime preciosa, ¿alguna vez has hecho el amor en el mar?

—Nunca, pero lo estoy deseando —le respondió Ana antes de besarle.

Ana se revolvió entre los brazos de Nahuel, colocó el miembro de él en la boca de su sexo y, con un movimiento suave y delicado, Ana descendió permitiendo que Nahuel entrara en ella. Se besaron, se acariciaron e hicieron el amor apasionadamente en el mar. Fue la primera de las muchas veces que hicieron el amor esa tarde.


*No te pierdas la quinta parte del relato: El último verano (V/V)

El último verano (III/V).

A la mañana siguiente, Ana se levantó a las siete de la mañana, se vistió con uno de sus bikinis y un vestido de hilo, desayunó a solas en la cocina (Ruth y Eva seguían durmiendo en sus respectivas habitaciones) y bajó a la calle, donde Nahuel ya la estaba esperando apoyado en su todoterreno de color negro. Ana se percató que en la baca del vehículo había dos tablas de surf y sonrió, Nahuel se había tomado en serio enseñarla a surfear.

—Buenos días, Ana. ¿Has desayunado ya?

—Buenos días, Nahuel —lo saludó Ana—. Sí, ya he desayunado —le confirmó—. Tengo la barra de energía al máximo.

Nahuel le dedicó una sonrisa y le hizo un gesto para que subiera al vehículo. Ana se acomodó en el asiento del copiloto y Nahuel sonrío al verla bostezar, todavía seguía medio dormida.

Aparcaron el coche en una explanada rodeada de árboles y caminaron cargados con las tablas de surf por el sendero que conducía a la cala en la que se habían conocido el día anterior.

Con paciencia y buen humor, Nahuel volvió a explicar a Ana cómo tenía que subirse a la tabla de surf y Ana empezó a cogerle el gusto a eso del surf, sobre todo cuando su cuerpo se rozaba con el de Nahuel.

Ana quería vivir un verano de nuevas experiencias y el surf iba a ser una de ellas.

Tras casi tres horas subiendo a la tabla y cayendo poco después, Ana estaba agotada. Ella no estaba acostumbrada a hacer tanto ejercicio como parecía estar Nahuel. Se tumbó boca arriba sobre la tabla de surf utilizándola como si fuera una colchoneta y le dijo a Nahuel:

—Estoy agotada, creo que no voy a poder moverme en una semana.

—Por hoy ya es suficiente —le dijo Nahuel sonriendo—. He traído una nevera con un par de bocadillos, fruta, refrescos y agua, vamos a reponer energía.

Ana se zambulló en el agua y nadó hacia a la orilla cargando con la tabla de surf con la ayuda de Nahuel, que también cargaba con su tabla.

Tendieron una toalla pegada a una de las paredes del acantilado buscando la sombra y se sentaron juntos a almorzar. Ana se percató que Nahuel no hablaba demasiado sobre su vida y ella evitó preguntarle al respecto, no quería incomodarlo. Lo poco que Ana sabía de él era lo que le había contado Jaime: que era el hermano mayor de Derek, que vivía en la misma ciudad que ella y que estaba en la costa de vacaciones para pasar unos días con su familia. Por su parte, ella tampoco le habló demasiado sobre su vida, tan solo le dijo que acababa de licenciarse (sin especificar que se había licenciado en derecho) y que estaba de vacaciones en la costa celebrando con sus amigas el último verano sin responsabilidades y en busca de experiencias y aventuras. Pero ninguno de los dos se sintió incómodo, ambos se compenetraban hasta tal punto que parecía que se conocieran de toda la vida.

Después de almorzar, Nahuel llevó a Ana de regreso a su apartamento y se despidió de ella hasta el día siguiente:

—Nos vemos mañana, si es que todavía te quedan fuerzas.

—Estaré aquí a las ocho en punto —le aseguró Ana—. Pero tendremos que hablar del precio de las clases, profesor.

—Si te cobrara por cada clase de una hora te arruinarías —bromeó Nahuel—. Pero puedo cobrarte un precio justo por el curso intensivo de aprendizaje.

— ¿Y cuál es ese precio justo? —Quiso saber Ana.

—Que pases conmigo el último día que estés en la costa. Quiero darte una sorpresa —le propuso Nahuel sonriendo con picardía—. Es un precio justo y prometo traerte de regreso al apartamento tan pronto como me lo pidas.

—Suena demasiado bien para negarme —bromeó Ana.

—Entonces, te veo mañana —se despidió Nahuel.

Ana subió al apartamento y pasó la tarde con sus amigas, contándoles con todo detalle todas las anécdotas sobre su aprendizaje de surf y sobre su peculiar y atractivo profesor.

***

 

Dos días más tarde de aquel encuentro con los chicos surfistas en la cala, Ruth recibió la llamada de David que tanto esperaba y que ya pensaba que no iba a llegar nunca.

David acababa de llegar a la costa. El hospital había recibido a los heridos de un accidente de tráfico en el que se había involucrado un autobús y tres vehículos. La sala de urgencias estaba colapsada y David no pudo negarse cuando le pidieron que echara una mano. En cuanto acabó el turno en el hospital, se fue a casa y se metió en la cama. Durmió diez horas seguidas, se levantó, se dio una ducha, pasó por el restaurante de sus padres para despedirse de ellos y avisarles de que pasaría unos días en la costa. Nada más llegar a la costa, David se registró en un hotel y llamó por teléfono a Ruth.

—Buenas tardes, pequeña —la saludó en cuanto descolgó.

—Espero que no me llames para decirme que no vienes —le dijo Ruth temiéndose lo peor.

—Te llamo para decirte que estoy en la costa y quiero verte, pequeña —le respondió David—. ¿Te apetece salir a cenar conmigo?

—Ya pensaba que jamás me lo pedirías —bromeó Ruth.

—Paso a buscarte en un par de horas, voy a deshacer la maleta y a darme una ducha.

—Nos vemos en dos horas —concluyó Ruth antes de colgar.

Dos horas más tarde, Ruth salía del apartamento para encontrarse con David, que la esperaba impaciente. Ruth sonrío en cuanto lo vio, estaba muy guapo con unos vaqueros y una camisa blanca. Ella llevaba puesto un vestido sesentero y unas sandalias con tacón de cuña.

—Estás preciosa —le susurró al oído David al mismo tiempo que la besaba en la mejilla a modo de saludo.

—Gracias, tú también estás muy guapo —le dijo Ruth sonrojándose.

— ¿Dónde quieres ir a cenar?

—Decide tú, yo no conozco demasiado la zona.

Para sorpresa de Ruth, que pensaba que David la llevaría a su hotel o pensión donde se alojaba, la llevó a uno de los mejores restaurantes de la costa. A pesar de que el sexo estaba implícito en la invitación de Ruth, David quería disfrutar de algo más con ella.

Ambos disfrutaron de una maravillosa y romántica velada en la que la tensión sexual crecía por momentos. Durante la cena, David le habló a Ruth de su trabajo como médico en el hospital y de su especialidad en traumatología. Ella le habló de su recién licenciatura en historia del arte y, cómo no, también del motivo de ese viaje:

—Quiero vivir un último verano de aventuras y de nuevas experiencias, incluso tengo un diario de abordo para estas vacaciones en las que incluyo fotos.

—Deberíamos hacernos una foto para que la añadas a ese diario —sugirió David.

Ruth ya había pensado en ello y por eso traía consigo la Polaroid. Se hicieron la primera foto posando el uno junto al otro cuando salieron del restaurante y con la vista nocturna del mar de fondo.

Pasearon por la orilla de la playa cogidos de la mano y, cuando Ruth ya no pudo aguantar más, se alzó poniéndose de puntillas para quedar a la altura de David y selló sus labios con un beso apasionado. David le correspondió, la agarró de las caderas y la alzó en brazos, haciendo que le rodeara la cintura con sus piernas.

—Será mejor que continuemos con esto en otro lugar —le propuso Ruth cuando los besos y las caricias se le fueron de las manos.

—Me alojo en un hotel a un par de manzanas de aquí, ¿quieres que vayamos allí?

—Sí, vamos —le confirmó Ruth tirando de David, siguiendo la dirección que él había señalado.

David la llevó al hotel de 4 estrellas en el que se alojaba y subieron directamente a su habitación. David le ofreció una copa, pero Ruth rechazó la copa, prefería tomar otra cosa y estaba a punto de hacerlo.

***

El sábado por la noche Eva y Ana decidieron salir a tomar unas copas. Estaban las dos sentadas en la terraza de un chiringuito de la playa, hablando alegremente y tomando un cóctel exótico que ninguna había probado antes pero del que estaban seguras que repetirían.

Nahuel y Derek las vieron charlando alegremente y decidieron acercarse a saludarlas.

—Buenas noches, señoritas —las saludó Nahuel y se llevó la mano de Ana a los labios.

—Buenas noches, caballero —lo saludó Ana con coquetería. Se volvió hacia Derek y también lo saludó—: Buenas noches, Derek.

—Buenas noches, Ana. Ya me han dicho que cada día te manejas mejor sobre la tabla de surf —le dijo Derek.

—Tengo un buen profesor y con mucha paciencia, puede que hasta le nombren santo —le dijo Ana divertida.

—Avísame si deseas cambiar de profesor, seguro que conmigo las clases serían más divertidas —añadió Derek guiñándole el ojo a Ana con complicidad, solo para fastidiar un poco a su hermano. Se volvió hacia a Eva y le preguntó—: Barbie, ¿tú no quieres un profesor de surf?

—Antes prefiero que me tiren a una piscina llena de tiburones —le respondió Eva fulminándole con la mirada.

—Veo que os lleváis bien —comentó Nahuel con ironía. Se acercó a Ana y le susurró al oído—: ¿Quieres bailar?

—Me encantaría —le respondió Ana y se puso en pie, dispuesta a marcharse con Nahuel a la pista de baile.

— ¿Me dejas aquí? —Le preguntó Eva horrorizada.

—Tranquila, Derek se quedará contigo para que no estés sola —sentenció Nahuel sonriendo divertido.

Nahuel y Ana se marcharon dejando a solas a Derek y Eva. Eva estaba furiosa con Derek por varias razones. No empezaron con buen pie, pues Thor le robó la parte superior del bikini a Eva y Derek se lo devolvió entre bromas y burlas, algo que a ella le sentó fatal y no reaccionó muy bien. La falta de sentido del humor y el histerismo de Eva divirtieron a Derek, quien seguía pinchándola para provocarla, esta vez llamándola Barbie.

—Dime Barbie, ¿has vivido alguna nueva experiencia ya?

— ¿Y a ti qué te importa?

—Eso significa que todavía no has hecho nada de lo que has venido a hacer —adivinó Derek—. Si lo deseas, estoy dispuesto a ayudarte.

Eva estaba a punto de enviarle a paseo, pero recordó el motivo del viaje y decidió morderse la lengua. Ruth y Ana estaban viviendo nuevas experiencias y ella quería hacer lo mismo. Pensó que quizás Derek no fuera la mejor opción, pero hasta el momento era la única que tenía.

— ¿Cómo pretendes ayudarme? —Quiso saber Eva—. Te adelanto que el surf no es lo mío.

—Solo tienes que decirme lo que desees hacer, Barbie —le dijo Derek con un tono de voz muy sugerente—. Yo me encargaré de cumplir tus deseos.

Eva pensó en las escenas eróticas de las novelas románticas que leía, desea vivir una aventura como la de las protagonistas de esas novelas, pero eso jamás lo reconocería ante de Derek.

—No sé, quiero hacer algo que no acostumbre a hacer —le respondió Eva encogiéndose de hombros.

—Vale, quizás debas empezar por explicarme qué sueles hacer —sugirió Derek.

Eva le explicó con todo detalle cómo era un día cualquiera en su vida. Le habló de sus estrictos horarios y de su agenda, la cual seguía al pie de la letra. Derek se quedó totalmente sorprendido, puede que todo eso de la organización y la rutina no estuviese mal, pero llevarlo al extremo que aplicaba Eva era insano, completamente enfermizo.

—No sigas —la interrumpió Derek—. ¿Es que no haces nada que no esté en esa maldita agenda y que no haya sido planeado con anterioridad?

—Ya te he dicho que soy muy organizada… —Se excusó Eva un poco avergonzada.

—Eso no es ser organizada, es ser una obsesiva compulsiva —la corrigió Derek—. Por suerte para ti, me tienes a mí —Eva lo miró con el ceño fruncido y Derek añadió—: Lo primero que debes hacer es deshacerte del reloj. A partir de ahora, tu vida ya no se rige por ningún horario. Dormirás cuando tengas sueño y comerás cuando tengas hambre.

Eva lo miró como si estuviera loco. Ella era una mujer de costumbres, daba igual que no tuviera un reloj de pulsera en su muñeca, en su cuerpo existía un reloj biológico que la alertaría de sus horarios, era algo innato en ella. No obstante, Eva se quitó el reloj, lo guardó en su bolso y le dijo a Derek:

—Ya me he deshecho del reloj, ¿ahora qué?

—Ahora vamos a divertirnos, ¿te gusta bailar?

Eva lo miró horrorizada, pero Derek la agarró del brazo y la puso en pie de un tirón, empotrándola contra su torso y dejando sus labios a escasos centímetros de los de ella. Las piernas de Eva temblaron de excitación y Derek, consciente del efecto que causaba en ella, le dedicó una pícara sonrisa y le susurró al oído:

—Quiero que bailes para mí.

Llegaron a la pista de baile y Eva, animada por las copas que se había tomado, decidió seguir los consejos de Derek. Había viajado a la costa en busca de locas aventuras y Derek era la persona perfecta para enseñarle a olvidarse de la sensatez. Bailó con y para él, coquetearon e incluso se excitaron el uno al otro fingiendo una inocencia que ninguno de los dos tenía. Pero, cuando el chiringuito cerró sus puertas al público, Derek y Nahuel decidieron acompañarlas a casa y dar por finalizada la noche, a pesar de que los cuatro deseaban lo mismo.


*No te pierdas la cuarta parte del relato: El último verano (IV/V)

El último verano (II/V).

Tras pasar la primera semana en la costa haciendo turismo y relajándose en la playa, las chicas estaban cargadas de energía y deseaban divertirse a lo grande: había llegado el momento de proyectar ese verano de locura en el que llevaban pensando todo el año.

Las tres amigas estaban tomando el sol en una pequeña cala a la cual solo se podía acceder a pie y de la que habían oído hablar a un grupo de chicas. Las oyeron decir que era una cala paradisíaca a la que no iba casi nadie, así que decidieron ir a pasar el día. Cuando llegaron a la cala tras caminar más de treinta minutos bajo el sol abrasador, las tres estaban exhaustas. Dejaron todas sus cosas cerca de la orilla y se dieron un rápido chapuzón para refrescarse.

Una hora más tarde, estaban tumbadas sobre una toalla y cada una pensaba en sus cosas: Ruth pensaba en David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio donde pararon a desayunar y del que no tenía ninguna noticia; Eva leía una novela erótica y pensaba que ojalá pudiera ser como la protagonista, una mujer fuerte, segura de sí misma y dispuesta a descubrir todo el placer que el sexo le pueda otorgar; y Ana escuchaba música en su IPod mientras pensaba en las ganas que tenía de salir por ahí a bailar.

Tan exhortas estaban en sus pensamientos que no se dieron cuenta que había llegado un grupo de visitantes a la pequeña cala. Cuatro chicos esbeltos y musculosos cargaban con sus tablas de surf hacia a la orilla y un perro de tamaño medio les seguía. El grupo de chicos reparó en seguida en las tres forasteras totalmente ajenas a su presencia y que tomaban el sol haciendo topless.

El perro de los cuatro chicos, un labrador de color canela, se acercó a las chicas sigilosamente y, sin que Eva se diera cuenta, el perro agarró con la boca la parte superior de su bikini y, cuando Eva se percató, gritó histérica:

— ¡Maldito chucho, suelta eso! —El perro se asustó ante los gritos de Eva y huyó con la parte superior de su bikini. Eva se levantó dispuesta a salir tras el perro, pero entonces vio a los cuatro chicos y se tapó los pechos con ambos brazos—. Joder, ¡vuestro chucho me ha robado el bikini! —Vociferó Eva.

Ruth y Ana no podían parar de reír, Eva las fulminó con la mirada pero ellas todavía rieron con más ganas. Ambas se habían puesto la parte superior del bikini en cuanto Eva lanzó el primer grito. Eva se colocó el pareo a modo de top y se acercó a los chicos hecha una furia.

— ¿Podéis quitarle mi bikini a vuestro chucho? —Les espetó malhumorada—. Y no estaría mal que, ya que no le habéis adiestrado bien, al menos lo atarais.

—Thor, ven aquí —le ordenó uno de los chicos al perro.

Thor obedeció de inmediato y se acercó junto al chico, que sonreía burlonamente bajo la atenta mirada de sus tres amigos, de Eva y de las otras dos chicas.

Se agachó para quedar a la altura del perro y, colocando su mano bajo el hocico del animal, le ordenó:

—Thor, dámelo.

Thor obedeció de nuevo, soltó la parte superior del bikini que cayó sobre la mano del chico. Thor miró de reojo a Eva y dio media vuelta, marchándose con parsimonia hacia a la orilla.

—Aquí tiene, mi lady —le dijo el chico sin dejar de sonreír mientras le entregaba su bikini a Eva—. Quizás quieras enjuagarlo antes de ponértelo, me temo que Thor lo ha babeado un poco —se mofó, causando las risas de Ana y Ruth, que fueron silenciadas de inmediato tras una fulminante mirada de Eva. El chico sonrió ampliamente y, guiñándole un ojo, le dijo a Eva con descaro—: Pero, si te soy sincero, yo prefiero que no te lo pongas.

— ¡Tú eres un salido! —Vociferó Eva.

Ana y Ruth volvieron a estallar en carcajadas, contemplando aquella divertida escena. Pero los chicos no conocían a Eva, así que se sorprendieron bastante ante la reacción de ella. El chico rubio que le había devuelto el bikini dejó de sonreír y la miraba con el ceño fruncido, sin terminar de creerse lo que estaba ocurriendo.

—Eva, no ha pasado nada —trató de mediar Ana.

—No es necesario que montes un drama —la regañó Ruth.

—Chicas, ¿qué os parece si os invitamos a unas cervezas y hacemos como si nada de esto hubiera ocurrido? —Propuso uno de los chicos, el pelirrojo de ojos verdes—. Por cierto, soy Jaime y ellos son mis amigos Derek, Víctor y Javier.

Jaime señaló primero a Derek, el chico rubio de ojos azules que había rescatado el bikini de Eva; después señaló a Víctor, el moreno exótico de ojos oscuros; y por último a Javier, el chico alto y delgaducho con el cabello de rastas.

—Yo soy Ruth y ellas son mis amigas: Ana y Eva —se presentó Ruth amablemente.

Eva resopló, ladeó la cabeza y caminó hacia a la orilla para enjuagar su bikini en el mar.

— ¿Siempre es así de simpática? —Preguntó Derek con sarcasmo.

—No, por regla general suele ser más borde —le respondió Ruth divertida—. Habéis tenido suerte de que esté de vacaciones, si estuviera con los exámenes finales como hace un par de meses, ¡os habría comido!

Todos se echaron a reír y Eva, cada vez más molesta por la presencia de aquellos cuatro chicos y el perro, se dirigió directamente de la orilla a su toalla, donde se tumbó boca abajo para quitarse el pareo de top mientras esperaba que su bikini se secara.

Thor se acercó a Ana y ella lo acarició, le encantaban los animales.

—Le gustas —confirmó Derek mientras sacaba unos botellines de cerveza de la nevera portátil que habían traído. Le entregó un botellín a Ana y Ruth y después a cada uno de los chicos. Se detuvo para observar a Eva a pocos metros de donde estaban, tumbada en la toalla boca abajo. Suspiró y le preguntó a las chicas—: Si le llevo una cerveza, ¿me la tirará a la cabeza?

—Es probable, pero yo me arriesgaría —lo animó Ana—. Eva necesita relajarse, es como si hubiera crecido en un cuartel militar.

Ana y Ruth se quedaron junto a los recién llegados tomando una cerveza fresquita, pero Derek decidió arriesgarse y, tras coger un par de botellines más de la nevera portátil, caminó con una sonrisa socarrona en los labios hacia donde estaba Eva.

—Creo que hemos empezado con mal pie —empezó a decir Derek. Eva resopló, pero agarró el pareo para cubrirse el pecho y se incorporó sentándose en la toalla. Derek le entregó el botellín de cerveza y ella lo acepto con una media sonrisa—. Vaya, pero si sabes sonreír.

—Tienes una curiosa forma de firmar una tregua —le reprochó Eva.

—También es curiosa tu forma de hacer amigos —replicó Derek molesto por la actitud de ella.

—A lo mejor es que no quiero que seas mi amigo.

—A lo mejor yo tampoco quiero que una amargada como tú sea mi amiga —gruñó Derek cuando se le acabó la paciencia—. Mi lady, creo que debes recordar que no estás en una base militar. Te vendría bien relajarte y desinhibirte un poco, darle una alegría al cuerpo es lo que más necesitas.

Dicho eso, Derek dio media vuelta y regresó junto a sus amigos y las chicas, ninguno se había perdido detalle de la conversación.

— ¿Todo bien, Derek? —Le preguntó Jaime al ver a su amigo con la mandíbula tensa, apretando los dientes.

—Sí, voy a hacer un poco de surf respondió Derek de malhumor.

Derek cogió su tabla de surf y se adentró en el mar. Víctor y Javier le siguieron, pero Jaime, el pelirrojo del grupo, prefirió quedarse a charlar con las chicas.

—Conozco a Derek desde que tengo uso de razón y jamás lo había visto perder la paciencia de esta manera —comentó Jaime.

—Eva suele causar ese efecto, pero es un amor, solo hay que conocerla un poco para poder quererla —opinó Ruth.

— ¿Es que no os habéis dado cuenta de la tensión sexual que hay entre esos dos? —Les preguntó Ana rodando los ojos ante lo evidente.

—Derek no es para nada el tipo de Eva —declaró Ruth—. Y me temo que Eva tampoco es para nada el tipo de Derek.

—Los polos opuestos se atraen —dejó caer Jaime.

Finalmente, Eva decidió acercarse de nuevo a donde estaban sus amigas y Jaime, aprovechando que Derek seguía practicando surf con Víctor y Javier. Sin decir nada, se sentó en una toalla de los chicos junto a Ana y contempló las vistas desde la orilla. Detuvo su mirada en Derek, verlo sobre la tabla de surf montando las olas la excitó. Eva tuvo que reconocerse a sí misma que, aunque Derek la había puesto de los nervios, le atraía y mucho.

— ¿Tú no haces surf? —Le preguntó Ruth a Jaime.

—No se me da demasiado bien —confesó Jaime.

Thor empezó a ladrar y salió corriendo hacia el sendero por dónde habían llegado. Ana volteó la cabeza pero no vio a nadie llegar, así que llamó a Thor para que no se alejara.

—Thor, ven aquí —gritó.

—Tranquila, debe ser Nahuel, el hermano de Derek —le dijo Jaime—. Vive en la gran ciudad, pero ha venido a pasar unos días a la costa para ver a la familia y a los amigos.

Ana fue la primera en ver aparecer a Nahuel, pero se quedó tan impresionada que no pudo ser capaz de avisar a los demás. Ana supo que era él nada más verlo, era la misma imagen que Derek pero con unos seis o siete años más y con más cuerpo de hombre. Ana lo observó caminar hacia donde ellos estaban y se mordió el labio inferior cuando lo vio quitarse la camiseta y dejó al descubierto su torso firme y sus abdominales bien definidos.

—Jaime, te veo muy bien acompañado —saludó Nahuel mirando a Ana, quien no había dejado de observarle.

—No podría estar mejor acompañado —lo saludó Jaime estrechándole la mano al recién llegado—. Ellas son Eva, Ruth y Ana —añadió señalando a las chicas al mismo tiempo que las nombraba—. Chicas, él es Nahuel, el hermano de Derek.

—Encantada de conocerte —lo saludó Ruth.

—Lo mismo digo —le respondió Nahuel con una amplia sonrisa. Eva lo saludó con un leve gesto de mano y Nahuel le respondió de igual manera. Dio media vuelta y quedó frente a Ana—. Un placer conocerte, Ana.

—Lo mismo digo, Nahuel —lo saludó Ana mostrándole una sonrisa coqueta.

Nahuel enceró su tabla de surf y, cuando se puso en pie para dirigirse a la orilla, se volvió hacia Ana y le preguntó mirándola con intensidad:

— ¿Quieres surfear?

—Me encantaría, pero me temo que para eso necesitaré algún curso intensivo de aprendizaje —le respondió Ana con tono sugerente.

—Estás de suerte, el curso intensivo de aprendizaje acaba de comenzar —le respondió Nahuel divertido. Le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie y añadió—: ¿Has hecho surf alguna vez?

—Jamás en la vida —confesó Ana.

—Genial, adoro los retos —le susurró Nahuel al oído.

Ambos caminaron hacia a la orilla y se adentraron en el mar. Nahuel le explicó a Ana la teoría resumida para ponerse en pie sobre la tabla de surf, pero ella estaba más pendiente de sus carnosos labios y de su cuerpo de infarto que de lo que decía Nahuel. Cuando llegó la parte práctica, Ana no fue capaz de ponerse de pie sobre la tabla, perdía el equilibrio constantemente y caía al agua.

—Me temo que vas a necesitar más de un curso intensivo de aprendizaje —bromeó Nahuel una hora más tarde, cuando Ana consiguió por fin ponerse en pie sobre la tabla de surf y mantener el equilibrio.

—Tendré que hablar con mi profesor para que me dé más clases —le siguió la broma Ana.

—Si de verdad quieres aprender, me ofrezco a enseñarte —le propuso Nahuel—. Pero debes comprometerte a tomártelo en serio.

—Acepto —le confirmó Ana sonriendo.

—De acuerdo, todos los días de lunes a viernes a las ocho de la mañana en esta misma cala —sentenció Nahuel—. Pasaré a recogerte al apartamento donde te alojas con tus amigas.

Regresaron junto a las chicas y Jaime y pocos minutos después se unieron a ellos Derek, Javier y Víctor. Se acomodaron cada uno en una toalla y se tomaron una cerveza tras otra mientras charlaban alegremente, pero la conversación estrella del día fue el motivo por el cual las chicas habían hecho ese viaje.

Derek y Nahuel se miraron y se sonrieron con complicidad cuando las chicas les dijeron que habían viajado a la costa para disfrutar del último verano sin responsabilidades, para disfrutar de un verano de locuras y nuevas experiencias.

El sol se estaba poniendo cuando todos decidieron regresar: las chicas a su apartamento alquilado y los chicos a sus respectivas casas. Ana le dio la dirección del apartamento a Nahuel y él le aseguró que pasaría a recogerla a las ocho de la mañana del día siguiente.

Cuando llegaron al apartamento, Ruth reparó en que se había olvidado su teléfono móvil sobre la encimera de la cocina y lo cogió para comprobar si tenía llamadas perdidas o algún mensaje. Efectivamente, tenía dos llamadas perdidas: una de su madre y otra de David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio. También tenía un mensaje de David: “Lo siento, preciosa. No voy a poder ir a la costa hasta dentro de un par de días, me ha surgido un imprevisto. Pero si continuas queriendo que vaya, seguiré estando encantado de ir. Tengo grabado a fuego tu `no te arrepentirás`. Besos. David.”

Ruth se puso a gritar y a saltar loca de contenta, llevaba unos días un poco de bajón por la falta de noticias de David, pero finalmente había dado señales de vida y, lo más importante, le había dicho que vendría en un par de días.


*No te pierdas la tercera parte del relato: El último verano (III/V)

El último verano (I/V).

Ana estaba nerviosa. Hizo y deshizo su maleta tantas veces que había perdido la cuenta, no quería olvidarse nada.

Tan solo habían pasado unos días desde que se había licenciado en derecho y ya había dejado la habitación que compartía con Ruth y Eva en la universidad. Echarían de menos sus años universitarios, pues además de estudiar se habían divertido muchísimo en la facultad. Las tres amigas se conocieron en el instituto y desde entonces eran inseparables. A pesar de estudiar carreras distintas, las tres escogieron la única universidad de la región en la que podrían estudiar juntas, una universidad situada a 300km de su pueblo natal. Las tres tenían varias entrevistas de trabajo en septiembre, así que decidieron quedarse en la ciudad y alquilar un apartamento de tres habitaciones en el que poder instalarse juntas.

Era el último verano antes de adentrarse en la edad adulta, centrarse en su trabajo y puede que en unos años formar una familia, así que decidieron hacer un viaje a la costa para celebrar el fin de sus estudios.

— ¡Deja de hacer y deshacer la maleta, me estás poniendo nerviosa! —Le repitió Ruth a Ana por enésima vez—. Lo llevas todo, lo has comprobado quince veces.

—Será mejor que vayamos a dormir ya, nos espera un largo viaje y saldremos al amanecer para llegar a la costa antes de que anochezca —les recordó Eva.

Se fueron a dormir, o al menos lo intentaron. Estaban demasiado nerviosas pensando en todo lo que les depararía ese viaje. Sin lugar a dudas, ese viaje marcaría un antes y un después en sus vidas.

Una hora después de que amaneciera, las tres amigas cargaban su equipaje en el maletero del coche de Ana, un viejo monovolumen heredado de su madre.

—Conduciremos por turnos, dos horas cada una y vuelta a empezar. Serán un total de doce horas, las horas en coche que nos separan de la costa —organizó Eva, recién licenciada en dirección de empresas—. Ruth, tú conducirás en el último turno, estás aquí de pie y tengo dudas de si sigues despierta.

—Sigue dormida —le confirmó Ana. Abrió la puerta trasera del coche y, haciendo un gesto para que Ruth se acomodara en los asientos, le ordenó—: Ruth, a dormir.

Ruth no les replicó, se subió al vehículo y se acomodó en los sillones para seguir durmiendo. Ana se ofreció a conducir en el primer turno, una vez levantada ya no volvería a coger el sueño. Durante las siguientes dos horas Ana condujo concentrada en la carretera y en las indicaciones que Eva le iba dando para no desviarse del camino.

—Para en la siguiente área de servicio y despertamos a la marmota para desayunar —le dijo Eva a Ana, refiriéndose a Ruth.

—Te he oído, bruja —protestó Ruth medio dormida.

Las tres amigas se echaron a reír a carcajadas. Ana aparcó el coche y caminaron alegres hacia a la cafetería.

—Pedirme un café y un bocadillo de longaniza, por favor —pidió Ruth—. Voy a lavarme la cara a ver si me despejo un poco.

—No olvides quitarte la baba de la mejilla —se mofó Eva.

Ruth le sacó la lengua y se marchó sonriendo en busca de un baño.

—Estoy hambrienta, vamos a pedir algo de comer —decidió Ana acercándose a la barra donde un joven camarero la recibió con una amplia sonrisa.

—Buenos días —las saludó el joven camarero.

—Buenos días —saludaron ambas al unísono y Ana añadió—: Por favor, pónganos tres cafés cortados, uno de ellos con la leche natural. Y también un bocadillo de tortilla con queso.

—Yo quiero un bocadillo de jamón y para Ruth un bocadillo de longaniza —le dijo Eva.

—Podéis tomar asiento, en seguida os lo llevo a la mesa —les dijo el camarero dedicándoles su mejor sonrisa.

Eva y Ana también sonrieron, el chico era muy atractivo y además simpático. Se acomodaron en una de las mesas y pocos minutos después apareció Ruth, ya con la cara lavada y más despejada. Al mismo tiempo que Ruth tomaba asiento con sus amigas, el camarero se acercaba sosteniendo con una mano la gran bandeja que contenía todo lo que habían pedido.

—Aquí tenéis el desayuno, chicas —anunció el sonriente camarero.

— ¿De dónde ha salido este bombón? —Preguntó Ruth sin dejar de mirar al aludido. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: Vivo en la ciudad, a un par de horas de aquí, y me voy de vacaciones a la costa, a unas diez horas de aquí. Pero, si estás dispuesto a recorrer todos esos kilómetros, no te arrepentirás —le guiñó un ojo con complicidad y anotó su número de teléfono en una servilleta que doblo e introdujo con descaro en el bolsillo delantero del camarero—. Llámame si no me encuentras.

El camarero, lejos de ofenderse o de tomar a Ruth por una loca, le dedicó una sonrisa que confirmó que haría todo lo posible por ir a su encuentro, aunque tuviera que conducir toda una noche.

Después de desayunar, las chicas se despidieron del camarero, Ruth se acercó a él y le susurró al oído antes de besarle levemente en los labios y marcharse:

—No te arrepentirás, no lo olvides.

—No lo olvidaré, te lo aseguro —le aseguró—. Por cierto, me llamo David. Y tú eres…

—Ruth, pero tú puedes llamarme como quieras.

David agarró a Ruth por la cintura, la estrechó contra su firme torso y le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estarás todo el mes en la costa?

—Sí.

—Dame siete días para organizarme y allí estaré, iré a por ti, pequeña leona.

Ruth ronroneó cerca del oído de David y él tuvo que contener sus ganas de poseerla allí mismo. Ambos se despidieron con una intensa mirada y una promesa no verbal de lo que ocurriría si volvían a encontrarse.

— ¿A qué ha venido eso? ¿Es que te has vuelto loca? —Le espetó Eva a Ruth en cuanto se subieron al coche.

—Estoy de vacaciones, es el último verano que puedo permitirme hacer locuras y las voy a hacer todas —sentenció Ruth—. ¡Y vosotras deberíais hacer lo mismo o dentro de veinte años os arrepentiréis!

— ¡Sí, señor! —Exclamó Ana llevándose la mano a la frente a modo de saludo militar al mismo tiempo que estallaba en carcajadas.

—Brujas —refunfuñó Ruth sin poder aguantar la risa.

Continuaron con el itinerario previsto y, cuando Eva cumplió sus dos horas conduciendo, le tocó el turno a Ruth. Tan solo pararon en un área de descanso para cambiar de conductor y siguieron su camino. Dos horas más tarde le tocó el turno a Ana y decidieron parar a almorzar en una masía rural que les había recomendado una compañera de la universidad.

—Este lugar es fantástico, pararemos de nuevo a la vuelta —comentó Eva animada.

—Chicas, antes de seguir conduciendo, creo que deberíamos escribir algo en el diario de abordo —sugirió Ruth emocionada—. Si no os importa, yo me voy a poner a ello.

El diario de abordo no era otra cosa que tres libretas que habían comprado en la papelería de la esquina de la calle de su nuevo apartamento. Habían decidido escribir la experiencia de este viaje e ilustrarlo con fotos (habían comprado una Polaroid) con la intención de crear un bonito recuerdo para el futuro.

Las tres amigas redactaron unas líneas en sus respectivas libretas sobre cómo se sentían en el inicio del tan esperado viaje en el que apenas habían recorrido la mitad del trayecto para llegar a su destino.

—Vamos a sacarnos una foto para añadirla al diario de abordo —propuso Ana.

—Necesitaremos tres fotos —comentó Eva, siempre tan precisa.

—Disculpe, caballero —le dijo Ruth a un hombre de unos cuarenta años que leía el periódico sentado en la mesa de al lado. El hombre prestó toda su atención a Ruth y ella añadió con una amplia sonrisa—: ¿Le importaría tomarnos tres fotos?

—Será un placer hacer de fotógrafo para tres bellezas —asintió el hombre encantado.

Las chicas posaron sonrientes y el hombre les tomó tres fotos, una para cada una.

—Muchas gracias —le agradecieron ellas.

Cada una pegó su foto en su diario de abordo y decidieron continuar con su viaje hacia a la costa.

Cuando llegaron al pueblecito costero donde habían alquilado el apartamento en primera línea de playa, ya eran más de las ocho de la tarde. Entraron en el edificio de cinco plantas y montaron en el ascensor para llegar a la última planta, donde se encontraba su apartamento. Se quedaron maravilladas al entrar: era un apartamento de nueva construcción, de arquitectura y decoración moderna y con una enorme piscina que compartían con los vecinos de los otros diecinueve apartamentos. Se instalaron cada una en sus respectivas habitaciones y después decidieron salir a la calle en busca de algún establecimiento de comida rápida para cenar. Encontraron un restaurante chino con servicio take away y no se lo pensaron dos veces: encargaron comida china para llevar.

Cenaron en el apartamento, estaban tan cansadas del viaje en coche y decidieron quedarse allí la primera noche.

—No me había imaginado nuestra primera noche aquí de esta manera, pero estoy demasiado cansada hasta para levantarme del sofá —comentó Ruth.

—Podríamos aprovechar para repasar el planning de las vacaciones —propuso Eva provocando las risas de Ruth y que Ana rodara los ojos—. Quiero que sean unas vacaciones perfectas, puede que sean las últimas vacaciones que coincidimos las tres con días libres para viajar.

—Está bien, Eva —la complació Ana—. Repasemos el planning.

—Bien —aplaudió Eva satisfecha—. Vamos a pasar cuatro semanas en la costa. La idea principal del viaje es pasar el último verano juntas antes de entrar en la edad adulta.

—Dicho así suena fatal —protestó Ruth.

—También queremos que sea un verano de locuras —continuó Eva ignorando la interrupción de Ruth—. Propongo que la primera semana la disfrutemos juntas, podemos hacer turismo, ir a la playa a tomar el sol o a donde queráis. Durante las siguientes dos semanas tendremos libre albedrío para hacer lo que queramos, juntas o separadas, será nuestra oportunidad para cometer las locuras que queramos.

— ¿Y la última semana? —Quiso saber Ana al ver que Eva se quedaba callada.

—La última semana la dedicaremos a descansar y a contarnos con todo detalle lo que hemos hecho durante todo el viaje —concluyó Eva.

—Chicas, vamos a hacer un brindis —propuso Ana. Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para coger una botella de champagne que habían traído de la ciudad. Cogió tres copas y regresó al salón para servirlas—. Por nuestras últimas vacaciones sin responsabilidades —entrechocaron sus copas y dieron un largo trago—. Y porque, lo que pase en la costa…

— ¡Se queda en la costa! —Gritaron las tres al unísono y se echaron a reír.

Tras las risas y los brindis, decidieron hacerse una nueva foto con la Polaroid para añadir a sus diarios de abordo.

Durante los días siguientes las chicas lo dedicaron a hacer turismo por la zona, haciéndose las típicas fotos junto a los monumentos, los edificios significativos y los más bellos paisajes; fueron a la playa a tomar el sol, hicieron snorkel y alquilaron una barca a pedales; pasearon por las calles del centro del pueblo contemplando los escaparates de las tiendas, diseñados para atraer y distraer a los turistas.

Cumplieron con el planning creado por Eva para la primera semana, pero ahora venían las dos semanas de libre albedrío que las tres amigas tanto ansiaban y necesitaban. 


*No te pierdas la segunda parte del relato: El último verano (II/V)

Ella.

No supe lo mucho que me importaba hasta que llegué a la ciudad y me atrapó la amarga soledad de mi casa. Tan solo había pasado una semana desde que nos conocimos, pero esos siete días a su lado fueron más intensos que cualquier misión. Sin pretenderlo, ella me había envuelto con su fragilidad y su ternura, me había hechizado.

El día siguiente no fue mejor, no podía concentrarme en el trabajo y terminé mirando por la ventana del despacho mientras pensaba en ella. ¿Qué estaría haciendo? Probablemente, estaría en la universidad, a estas horas tendría clase. Resoplé frustrado y traté de concentrarme en el trabajo, pero desistí un par de horas después al no quitármela de la cabeza. Miré mi teléfono móvil y contuve las ganas de llamarla, ¿qué le iba a decir? Una vez más, resoplé con frustración. ¿Qué me estaba pasando?

Sam y Alan entraron en el despacho, Sam me miró con guasa y Alan con desaprobación. Se acomodaron en los sillones frente a mí y adiviné que iban a darme una charla.

—Llevas toda la mañana ahí sentado y no has hecho nada —comenzó a decir Alan con un ligero tono de reproche en su voz.

—Por no hablar de esas ojeras, ¿acaso no has dormido? —Apuntó Sam, tratando sin éxito de ocultar su sonrisa burlona—. Esa chica te tiene suspirando por los rincones —se mofó con descaro.

—Es una cría, Matt —me recordó Alan—. Le sacas más de diez años, va a la universidad y no tiene nada qué ver contigo, sois de mundos distintos.

— ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? —Repliqué molesto.

—No tendríamos que interrogarte si hablaras con nosotros —alegó Sam.

—No tengo nada que decir —sentencié.

—En ese caso, quizás debamos facilitarte las cosas y hablar con ella…

— ¡Ni se te ocurra! —Le amenacé con tono severo.

—Es que no te entiendo, es un negocio redondo, podrás heredar el Castillo y, si estás encaprichado con ella, es la mejor forma de pasar tiempo con ella y enamorarla —opinó Sam con sorna.

— ¿Cómo va a casarse con una desconocida y convivir con ella durante al menos un año si no tiene una relación estable desde el instituto? —Protestó Alan, que en ese momento era que parecía más sensato de los tres—. Es una locura, saldrá mal y lo perderá todo. Deberíamos centrarnos en el trabajo, llevas una semana fuera de la ciudad y tenemos que ponernos al día con las operaciones.

Resoplé de nuevo, aquello empezaba a superarme. Miré el reloj, ella estaría a punto de salir de clase. Me puse en pie, cogí la cartera y las llaves y salí del despacho.

— ¿Se puede saber a dónde vas? —Me preguntó Alan siguiéndome por el pasillo.

—A zanjar esto, ya veremos cómo termina —respondí antes de entrar en el ascensor.

Sí, era una locura, pero ya tenía un motivo para ir a verla y hablar con ella. Y, si con un poco de suerte aceptaba mi propuesta, viviríamos bajo el mismo techo al menos durante un año.

La suerte estaba echada, ahora solo quedaba mostrar las cartas.

Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.