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Escondidos en la Selva V.

Nada más regresar a la cueva, Oliver cogió la pomada antinflamatoria y le hizo un gesto a Scarlett para que se tumbara y ella no esperó a que se lo repitiera dos veces. Le gustaba sentir las manos calientes de Oliver sobre sus costillas, cuidando de ella con delicadeza y ternura. Cuando terminó, le ordenó que guardara reposo mientras él se encargaba de avivar el fuego de la hoguera y cocinar el pescado para cenar.

En cuanto anocheció, la temperatura se desplomó. Hacía frío, el viento azotaba con fuerza y llovía a cántaros, pero en la cueva estaban resguardados de las inclemencias del tiempo, siempre que el fuego de la hoguera se mantuviera encendido.

Cansada de permanecer tumbada, Scarlett se levantó a los pocos minutos y se acercó a Oliver, que estaba asando los peces en la hoguera. Él la miró con gesto serio y, con tono de advertencia, le dijo:

—Si no guardas reposo, la lesión se puede agravar.

—Si sigo tumbada, mi cuerpo se entumecerá.

—La cena ya casi está —anunció Oliver—. ¿Te apetece pescado?

—Preferiría un buen filete de carne pero, dadas las circunstancias, cenar pescado me parece todo un manjar —bromeó Scarlett.

La lluvia y el viento azotaban con fuerza y, aunque no penetrara en la cueva donde se refugiaban, ambos podían oírlo. Scarlett estaba tensa, le daban miedo las tormentas y estar en una cueva en mitad de la selva no mejoraba la situación. Oliver se percató del nerviosismo de ella y le preguntó:

— ¿Estás bien?

—Sí.

—Mientes.

—Estoy bien, es solo que no me gustan las tormentas.

— ¿Te dan miedo las tormentas? —Le preguntó Oliver sonriendo divertido.

—Simplemente, no me gustan.

—Te prometí que no dejaría que te ocurriera nada y soy un hombre de palabra.

Un rato más tarde, ambos cenaron y Oliver trató de distraerla hablándole de su familia para que se olvidara de la tormenta. Le habló de su feliz infancia en la granja, le contó divertidas anécdotas de sus hermanos y lo mucho que le gustaba pasar el rato con sus sobrinos construyendo cabañas en los árboles. Scarlett le escuchó con interés, Oliver era un hombre divertido, inteligente y muy atractivo, pero se obligó a recordar que también era el Capitán Parker y estaba allí con ella para llevar a cabo una misión.

Hacia la medianoche, Scarlett comenzó a bostezar y Oliver, tras echar más leña a la hoguera para que el fuego se mantuviera encendido, le susurró a Scarlett:

—Es hora de dormir, señorita Sanders.

Scarlett no protestó, estaba cansada y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, deseaba acurrucarse junto a Oliver.

La tormenta azotó con fuerza la isla durante los siguientes tres días en los que Oliver y Scarlett permanecieron en la cueva, refugiándose de la lluvia y del viento. Durante ese tiempo, se alimentaron de las frutas que habían recolectado y de las dos latas de conservas que les quedaban. Además de avivar el fuego de la hoguera, poco más podían hacer para entretenerse, así que se limitaron a tumbarse sobre la esterilla para no gastar más energía de la que ingerían y a charlar para distraerse.

Gracias a aquellas charlas, Scarlett averiguó muchas cosas sobre Oliver que la fascinaron a la vez que sorprendieron. Le gustaba escucharle hablar del futuro y que incluyera a su familia en él, pero se inquietó cuando le escuchó decir que le gustaría ser padre. Scarlett sabía que Oliver sentía la misma atracción que ella, pero también era consciente de cómo él guardaba las distancias y se separaba de ella cuando más cerca estaban el uno del otro. Finalmente,  Scarlett aprovechó la ocasión para preguntarle lo que quería saber cuándo Oliver mencionó el tema de ser padre:

— ¿Estás casado?

—No —le respondió Oliver, escrutándola con la mirada.

— ¿Tienes pareja?

—No —respondió de nuevo Oliver sin dejar de mirar a Scarlett, tratando de adivinar a dónde quería ir a parar con aquellas preguntas.

— ¿Cuánto hijos te gustaría tener?

—No lo sé, no es algo en lo que haya pensado —le confesó Oliver y añadió encogiéndose de hombros—: Supongo que los que vengan, bienvenidos serán.  

— ¿Has pensado en cómo compaginarás tu trabajo con formar una familia?

—Me gusta mi trabajo, pero en unos años ya no podré dedicarme a ello como hasta ahora, probablemente me destinen como coordinador de equipo desde la base —le explicó Oliver mientras echaba más leña a la hoguera—. Seguiré teniendo unos horarios de trabajo complicados, pero ya no pasaré semanas lejos de casa.

—Estarás más cerca, pero seguirás sin tener tiempo para dedicarle a tu familia —comentó Scarlett con tristeza. Oliver frunció el ceño y Scarlett se apresuró en aclararle—: No quiero decir que no quieras pasar tiempo con tu familia, pero en un trabajo como el tuyo es complicado conciliar.

—Primero tengo que encontrar a una mujer que esté dispuesta a formar una familia conmigo, después ya pensaré en cómo conciliar el trabajo con la familia —bromeó Oliver, tumbándose de nuevo junto a Scarlett.

—Estoy segura de que no te faltan candidatas.

—Todavía no he encontrado a ninguna candidata que me interese y, la que me interesa, no está disponible.

—Mm… El Capitán Parker tiene un secreto oscuro —bromeó Scarlett—. ¿Tienes una aventura con una mujer casada?

— ¡No! —Le respondió Oliver ofendido—. ¿Por quién me has tomado?

—Oye, has sido tú quién ha dicho que la mujer que te interesa no está disponible —se justificó Scarlett sin poder ocultar la risa.

—Háblame de ti —le pidió Oliver, abrazándola y estrechándola contra su cuerpo para combatir el frío.

— ¿Qué quieres saber? —Le dijo ella mientras jugueteaba con sus dedos sobre el pecho de él.

—Mm… No deberías provocarme, no soy de piedra —le advirtió con la voz ronca.

—Yo tampoco —le contestó Scarlett, acariciándole con sensualidad.

Oliver recorrió la pequeña distancia que le separaba de los labios de Scarlett y, tras mirarla a los ojos para pedirle permiso, la besó. Fue un beso cauto, un leve roce de labios para tantearla y, al ver que ella no se apartaba, intensificó el beso. Scarlett le correspondió y rápidamente se convirtieron en una maraña de besos y caricias que Oliver se vio obligado a detener muy a su pesar:

—Espera, no podemos seguir con esto.

— ¿Por qué no? —Protestó Scarlett.

—Aunque sea una misión extra oficial, estoy de servicio —argumentó Oliver, callándose lo que realmente pensaba.

—Olvídate del Capitán Parker por una noche —casi le rogó Scarlett—. Esta noche solo estamos tú y yo, en mitad de la selva, refugiados de la tormenta en una cueva.

Scarlett ya no se sentía con fuerzas para seguir conteniendo el deseo que sentía de fundir su cuerpo con el de Oliver y estaba dispuesta a terminar lo que habían empezado. Mirando a Oliver a los ojos, le dijo:

—Dime que no lo deseas y no insistiré, pero sé sincero contigo mismo.

—Lo deseo —le confesó Oliver con la voz ronca y, cambiando la postura con Scarlett para que no se hiciera daño, añadió—: Deseo desnudarte lentamente, besar y acariciar cada recoveco de tu piel, hundirme en ti y colmarte de placer hasta que grites mi nombre mientras te corres entre mis brazos.

Y Oliver, que era un hombre de palabra, cumplió con todo lo que le había dicho. Ambos se entregaron al placer de fundirse el uno con el otro sin pensar en nada más que en resolver aquella tensión sexual que habían mantenido durante cinco días con sus cinco noches.

A la mañana siguiente, Scarlett se despertó entre los brazos de Oliver. Ambos estaban desnudos bajo la manta térmica, pero ninguno de los dos se sintió incómodo por ello. Sin embargo, Oliver sí estaba un poco tenso. No podía dejar de pensar en la mujer que descansaba entre sus brazos, la misma mujer de la que sospechaba que mantenía una relación con el General. Había cometido la mayor insensatez de su vida, pero sin ninguna duda Oliver volvería a repetirlo aunque naciera cien veces.

—Buenos días, dormilona —le susurró al oído cuando ella abrió los ojos—. ¿Estás bien?

—Ajá —le respondió ella medio dormida, rozando con su pierna la erección de Oliver.

—No me tientes…

—Mm… —Gimió Scarlett, rozándose de nuevo contra él solo para provocarlo.

Y funcionó. Una milésima de segundo después, Oliver se abalanzaba sobre Scarlett y la besaba con verdadera necesidad hasta que, una vez más, sonó el teléfono móvil de Oliver.

— ¡Maldito teléfono! —Gruñó Oliver con exasperación antes de responder la llamada de mal humor—: ¿Sí?

— ¿Problemas en el paraíso? —Se mofó Dexter desde el otro lado del teléfono.

— ¿Hay novedades? —Preguntó Oliver ignorando el comentario de su amigo.

—La tormenta desaparecerá a última hora de la tarde —anunció Dexter—. Creemos que Damian y sus hombres se marcharán de la isla mañana a primera hora.

—Estaremos listos para salir de aquí, llámame mañana por la mañana e infórmame de las novedades.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Dexter, preocupado por el extraño tono de voz de su amigo.

—Sí, hablamos mañana —le respondió antes de colgar. Se volvió hacia a Scarlett y, con su tono de voz más seductor, le susurró antes de besarla—: Creo que lo habíamos dejado por aquí…

Pasaron el resto del día dejándose llevar por el deseo y la pasión. Cada mirada, cada roce, encendían una chispa que provocaba un incendio entre ellos y ninguno de los dos quiso hacer nada para apagarlo.

A primera hora de la mañana, Dexter llamó de nuevo y anunció que Damian y sus hombres estaban abandonando la isla. Cuando colgó, Oliver puso a Scarlett al corriente de la situación y no pudo evitar sentirse dolido al comprobar la felicidad que ella mostraba al enterarse de que regresaban a la ciudad. Necesitaba descubrir cuál era la relación que Scarlett mantenía con el General pero no se atrevía a preguntárselo directamente porque temía que se tomara la pregunta cómo una acusación.

Oliver y Scarlett se pusieron en camino para salir de la selva y llegar al pequeño puerto del norte, donde un barco del ejército les estaba esperando para llevarles de regreso a la base. Ambos mantuvieron las distancias durante todo el trayecto en barco, ya que estaban rodeados de personal del ejército, pero Oliver se impacientaba cada vez más al ver que estaban a punto de atracar en el puerto de la base y Scarlett no abría la boca.

Desembarcaron a última hora de la tarde, el General Turner y el Coronel Wilmore esperando en el puerto y Oliver palideció cuando el General recibió a Scarlett con un afectuoso abrazo al mismo tiempo que le preguntaba con dulzura:

—Cariño, ¿estás bien? Si te llega a pasar algo yo…

—Estoy bien, aunque necesito una ducha urgente —bromeó Scarlett.

—En seguida te llevo a casa —le aseguró el General a su hija tras darle un tierno beso en la sien. Se volvió hacia Oliver y, estrechándole la mano, le dijo—: Capitán Parker, gracias por traerla de vuelta sana y salva.

—No hay de qué, solo cumplía con mi trabajo, Señor.

—El doctor os está esperando, os hará una revisión para comprobar que estáis bien —les dijo el Coronel y ordenó a Oliver—: Capitán Parker, acompaña a la señorita Sanders, en unos minutos os alcanzamos.

Oliver asintió, tratando de asimilar lo que acababa de ver. Sus sospechas se confirmaban, no le costó adivinar que el General Turner y Scarlett eran amantes después de ver el recibimiento que el General le había dado a Scarlett. Oliver se odiaba por haberse dejado engañar por aquella chica y poner en riesgo su carrera profesional en el ejército al intimar con la amante del General. Estaba furioso, estalló contra Scarlett en cuanto se quedaron a solas en la sala de espera del doctor de la base:

— ¿Es que piensas quedarte en casa del General?

—Sí —le respondió Scarlett sin entender a qué venía ese tono.

—Claro, la aventura de la isla ya ha terminado y ahora tienes que seducir al General, ¿no?

— ¿Qué estás…?

— ¡Sabes muy bien lo que digo! Ayer estabas entre mis brazos y esta noche estarás entre los brazos del General, eres…

— ¿Capitán Parker, señorita Sanders? —Les interrumpió el doctor para llamar la atención de ambos—. Pasen a la consulta, por favor.

—La señorita Sanders pasará primero, tiene un fuerte golpe en las costillas que debe examinar, es posible que haya alguna pequeña lesión.

—Usted también debe hacerse la revisión, Capitán Parker —le advirtió el doctor.

—Lo sé, regresaré más tarde —le aseguró antes de marcharse.

Scarlett se quedó bloqueada, no entendía lo que acaba de pasar, no llegaba a comprender cómo era posible que Oliver pensara que era la amante del General después de haberse entregado a él en la cueva. El doctor la examinó y, tras comprobar que tenía una fisura en una costilla, le ordenó guardar reposo durante unos días.

Scarlett se refugió en casa del General, una casa que hacía años que no visitaba ya que no pisaba la base desde que Damian Wilson descubrió que era la hija del General. Permaneció allí tres días y esperó a que Oliver la visitara, pero no fue así y ella tampoco hizo nada para hablar con él y aclarar la situación.

Si quieres saber cómo continúa esta historia, no te pierdas la novela “La protegida del Capitán”.

Escondidos en la Selva IV.

Regresaron al manantial para recoger sus cosas y trasladarse a la nueva cueva, pero antes descansaron un rato y comieron algo. Les quedaban un par de latas de conserva que decidieron guardar para más adelante ya que no sabían cuántos días pasarían ocultándose en la selva, así que optaron por comerse un par de frutas. Después de comer y descansar un poco, a Scarlett se le antojó darse un baño en el manantial para refrescarse, pero esta vez no invitó a Oliver, tan solo cogió una muda de ropa limpia de su mochila y se limitó a informarle de lo que iba a hacer.

— ¿Te importa si te acompaño? —Se oyó preguntar Oliver.

Sorprendida por aquella pregunta, Scarlett se giró para mirarle y comprobar si hablaba en serio o le estaba tomando el pelo, pero no vio ningún atisbo de burla en su expresión.

—En absoluto —le respondió con fingida indiferencia.

Oliver se levantó, cogió una muda de ropa limpia y la siguió hasta el manantial. Scarlett, sin mostrar ningún tipo de pudor, se deshizo de su camiseta y su short y se metió en el agua del manantial en ropa interior. Oliver la imitó y también se zambulló en el manantial vestido tan solo con un ajustado bóxer de color negro.

Scarlett nadaba en el manantial cuando Oliver se unió y se acercó a él despacio, con una sonrisa en los labios y una mirada traviesa que cautivó a Oliver.

—Señorita Sanders, ¿pretende hacerme una ahogadilla? —Bromeó Oliver y añadió con la voz ronca—: No debería pensar en atacar a un Capitán del Ejército, es un delito muy grave y tendría que arrestarla.

—Mm… Teniendo en cuenta que no hay calabozos por aquí, ¿qué podría hacer conmigo, Capitán? —Le siguió el juego Scarlett, acercándose a él con sensualidad, dispuesta a provocarle y, aunque no quisiera admitirlo, también estaba dispuesta a seducirle.

Oliver recorrió los pocos centímetros que le separaban de Scarlett, pegando su pecho al de ella. La agarró suavemente por las muñecas y le colocó los brazos detrás de la espalda, inmovilizándola a la vez que le susurraba al oído:

—Se me ocurren muchas cosas que podría hacer contigo, pero no creo que al General le guste ninguna de ellas.

El teléfono móvil comenzó a sonar y ambos resoplaron con frustración, cansados de que el maldito teléfono sonase cada vez que saltaba la chispa entre ellos. Oliver cogió el teléfono sin salir del manantial y respiró profundamente antes de responder la llamada.

— ¿Hay alguna emergencia?

—Parece que alguien está de mal humor —se mofó Dexter.

—Pues no te llamamos para alegrarte el día, precisamente —intervino Caleb, aventurando que iban a darle una mala noticia.

— ¿Vais a contarme qué pasa o tengo que adivinarlo? —Bufó Oliver.

—Sí, está de mal humor —confirmó Dexter con tono burlón.

Caleb, que conocía a sus dos compañeros y lo mucho que les gustaba provocarse, fue directo al grano e informó a Oliver de la situación:

—Una fuerte tormenta tropical se acerca rápidamente por el oeste y llegará a la isla en unas veinticuatro horas, treinta como mucho.

—Debes buscar un lugar adecuado en el que refugiaros y también hacer acopio de provisiones, se prevé que la tormenta se quede en la isla tres o cuatro días —añadió Dexter.

—Genial —bufó Oliver con sarcasmo.    

— ¿Va todo bien con la protegida del General? —Quiso saber Dexter.

—Lleva dos días en la selva y no se ha quejado ni una sola vez, así que supongo que todo va bien —le respondió Oliver mientras miraba a Scarlett cómo nadaba a pocos metros de ella, ajena a lo que él decía—. Llamadme si hay novedades, probablemente Damian Wilson y sus hombres se retiren de la isla cuando pase la tormenta.

—Estaremos alerta y te mantendremos informado —añadió Caleb antes de despedirse y colgar.

Oliver dejó el teléfono sobre su ropa y se volvió para mirar a Scarlett, que se acercaba a él tras comprobar que ya no hablaba por teléfono.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó al verle tan serio.

—Se acerca una tormenta tropical que llegará mañana por la tarde, debemos trasladarnos ya a la nueva cueva y hacer acopio de suministros. Tenemos mucho trabajo qué hacer.

Una vez más, el momento mágico se veía enturbiado por una llamada de teléfono portadora de malas noticias. Sin perder el tiempo, Oliver y Scarlett se pusieron manos a la obra y se trasladaron a la nueva cueva, más alejada del manantial y del río, pero también mucho más grande y segura. Instalados en la nueva cueva, Oliver se dispuso a recoger leña para poder mantener el fuego encendido durante los días que durara la tormenta mientras que Scarlett optó por recoger algunas frutas para hacer acopio de provisiones hasta que, trepando por un árbol, resbaló, cayó y se golpeó en las costillas. Regresó a la cueva, descargó la mochila repleta de frutas que había portado sobre la espalda y se sentó sobre una piedra plana, agotada y adolorida, para examinar sus costillas.

— ¿Qué te ha pasado? —Preguntó Oliver soltando la leña que cargaba al ver a Scarlett magullada y se acercó a ella para examinar sus heridas.

—Estoy bien, solo son unos rasguños —le quitó importancia Scarlett.

—Deja que yo decida si estás bien, vamos a echarle un vistazo a tus heridas.

Oliver limpió y curó todos los rasguños que Scarlett tenía en el cuerpo y también examinó la fuerte contusión que tenía en las costillas.

—Te has dado un buen golpe, pero creo que no tienes ninguna costilla rota. Te pondré un poco de pomada antinflamatoria y te calmará bastante el dolor —le dijo Oliver mientras buscaba la pomada en su mochila. Cuando encontró la pomada, le dio la espalda a Scarlett y añadió con voz de ordeno y mando—: Levántate la camiseta y túmbate sobre el lado izquierdo.

Scarlett obedeció sin rechistar, sabía que si protestaba al final acabaría discutiendo con Oliver y habían pactado una tregua que no quería romper. Se levantó la camiseta hasta la altura de sus pechos, tapándolos con la camiseta, y se tumbó de lado. Oliver se colocó junto a ella y comenzó a esparcir la pomada sobre el lado derecho de sus costillas, masajeando la zona con suavidad para no hacerle daño.

—Quédate así un rato, hasta que la piel absorba toda la pomada —le ordenó Oliver—. Voy a encender el fuego para que la cueva se vaya caldeando, la temperatura está descendiendo muy rápido y parece que tendremos una noche bastante fría.

—Genial, todo son buenas noticias —ironizó Scarlett.

Oliver encendió la hoguera en uno de los rincones de la cueva, resguardándola del viento pero cerca de la entrada para facilitar la salida del humo y no acabar intoxicándose. Scarlett le observó durante todo el proceso, le vio colocar un círculo de piedras en el suelo y llenarlo de ramas secas para después prenderlas con la ayuda del kit de encender fuego. Después de encender la hoguera, Oliver se acercó a Scarlett y, tras comprobar que la pomada ya había sido absorbida, le dijo a Scarlett:

—Ya puedes bajarte la camiseta, pero quédate tumbada en la esterilla, no debes hacer esfuerzos.

— ¿A dónde vas?

—Voy a asearme al río y, con un poco de suerte, a ver si logro pescar algo para cenar.

—Y, mientras tanto, ¿qué puedo ir haciendo?

—Quiero que te estés quieta y guardes reposo, ¿podrás hacerlo?

—Sí —gruñó Scarlett.

—No tardaré mucho en regresar y no iré lejos, grita si me necesitas y vendré en seguida, ¿de acuerdo? —Scarlett asintió y Oliver añadió con tono burlón—: No quiero que vuelvas a hacerte daño jugando a las amazonas.

Scarlett le sacó la lengua y Oliver salió riéndose de la cueva. Mientras él se dirigió al río, ella aprovechó para cambiarse de ropa y volvió a acostarse sobre la esterilla, donde se quedó dormida un rato después. Un par de horas más tarde, Oliver regresó a la cueva con cuatro peces grandes que había logrado pescar en el río y se encontró a Scarlett durmiendo acurrucada sobre la esterilla. Con cuidado para no despertarla, le echó una manta por encima y se dispuso a preparar la cena. Cocinó los cuatro pescados en la hoguera y, cuando los tuvo listos, despertó a Scarlett para cenar.

—Despierta, es hora de cenar —le dijo susurrando para no asustarla.

— ¿Cuándo has vuelto? —Preguntó Scarlett sentándose en la esterilla, tratando de disimular el dolor que sentía en las costillas.

—Hace un rato —le respondió Oliver sentándose a su lado. Le mostró el pescado cocinado y añadió para hacerla sonreír—: ¿Qué le parece la cena, señorita Sanders?

—Mm… Tiene muy buena pinta —reconoció Scarlett y añadió bromeando—: No puedo creer que vayamos a cenar pescado, solo nos falta una botella de vino.

—Me temo que el vino tendrá que esperar hasta que salgamos de la selva.

Sentados en la esterilla, se comieron los peces que Oliver había pescado y un par de frutas de postre. Después de cenar, Oliver se interesó por la vida de Scarlett y comenzó a realizarle preguntas inocentes que le permitieran conocerla mejor pero sin incomodarla. Cuando Scarlett comenzó a bostezar, Oliver insistió en echarle un vistazo a sus costillas para asegurarse de que todo estaba bien, pero se preocupó al ver el enorme hematoma que cubría todo el lateral derecho de sus costillas. Hizo que Scarlett se tumbara de lado y, tumbado junto a ella, comenzó a impregnar de pomada toda la zona contusionada.

—Nos conocemos desde hace tres días y todavía no me has contado nada sobre ti —comentó Scarlett mientras él continuaba aplicándole la pomada.

—Mi vida no es muy interesante, ¿qué quieres saber?

—No sé, ¿tienes familia?

—Sí.

—Pues háblame de ellos —le pidió Scarlett.

—Mis padres viven a las afueras de la ciudad, en la pequeña granja familiar que construyeron mis bisabuelos con sus propias manos —comenzó a decir Oliver sin dejar de acariciar la suave piel de Scarlett cubierta por la pomada—. Son humildes y trabajadores, les gusta la vida en el campo con sus vacas, sus gallinas y sus caballos.

Scarlett sonrió al imaginarse a Oliver de niño, correteando por la granja detrás de las vacas, asustando a las gallinas y tratando de subirse a los lomos de un caballo.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

—Te imaginaba en la granja cuando eras niño, debió ser divertido crecer en un lugar así —le respondió ella con sinceridad.

—No resulta tan divertido cuando tienes que ayudar en la granja —musitó Oliver.

—A mí me hubiera gustado criarme en una granja, rodeada de naturaleza y animales, disfrutando de la libertad del campo.

— ¿Dónde creciste tú?

—No trates de desviar la conversación, estábamos hablando de ti —le regañó Scarlett dedicándole una sonrisa burlona—. ¿Tienes hermanos?

—Sí, tengo un hermano y una hermana más pequeños que yo. Y también tengo un sobrino y una sobrina, ambos hijos de mi hermana y su marido.

—Y, ¿todos viven en la granja?

—Sí, pero en cada uno en su casa. Mis padres viven en la casa principal; mi hermana vive con su marido y sus hijos en otra casa a pocos metros de distancia de la de mis padres; y mi hermano vive en una tercera casa cerca de los establos —le explicó Oliver.

— ¿Dónde vives tú?

—Generalmente, en la base. Pero poseo un pequeño apartamento en el centro de la ciudad y tengo en proceso la construcción de una casa en los terrenos de la granja de mis padres.

—Eso está bien, es bueno tener a la familia cerca.

A Oliver no le pasó por alto la tristeza en los ojos de Scarlett al pronunciar aquellas palabras, pero se abstuvo de preguntar y se limitó a bajarle la camiseta, la piel ya había absorbido toda la pomada. Scarlett se abrazó a él y cerró los ojos, quedándose dormida casi al instante.

Oliver sonrió embelesado, aquella chica tan peculiar no tenía nada qué ver con la imagen que se hizo de ella cuando le enseñaron su foto en la base. Pensó que sería una niña de papá, superficial y esnob, pero se encontró a una chica hermosa, inteligente y humilde. La estrechó entre sus brazos y la besó en la sien al mismo tiempo que le deseaba dulces sueños en un susurro para no despertarla.

A la mañana siguiente, ambos se levantaron temprano y se dirigieron al río. Esperaban que la tormenta llegase a última hora de la tarde y aprovecharon para recolectar frutas e intentar pescar algunos peces con los que alimentarse, ya que solo les quedaban un par de latas de conservas. Regresaron a la cueva a media tarde con varios peces y dos mochilas repletas de frutas, justo cuando comenzaba a llover.

Escondidos en la Selva III.

Después de darse un rápido pero refrescante baño en el manantial, Oliver llevó a Scarlett a la pequeña cueva que había encontrado a pocos metros de allí. Scarlett se quedó asombrada cuando vio todo lo que Oliver había hecho mientras ella disfrutaba de un agradable baño. Nada más entrar había una pared rocosa que resguardaba el interior de la cueva del viento tras la que Oliver había preparado un pequeño círculo con piedras y había depositado ramas secas para encender una hoguera. Al fondo de la cueva, Oliver había tendido en el suelo las esterillas, había puesto encima las mantas térmicas y había colocado su mochila a modo de almohada.

Oliver esperó la reacción de Scarlett, pero ella permaneció en silencio, observando hasta el más mínimo detalle que Oliver había tenido en acondicionar aquella cueva en un lugar íntimo y acogedor en el que pasar la noche.

—No es un hotel de cinco estrellas, pero no está mal para estar en medio de la selva —se justificó Oliver ante el silencio de ella.

—Es perfecto, una habitación de hotel rural en mitad de la selva —bromeó Scarlett, agradecida por el detalle y el esfuerzo de Oliver.

— ¿Eso ha sido sarcasmo? —Preguntó Oliver desconcertado.

—No. Eso ha sido un agradecimiento por el enorme detalle que has tenido al preparar todo esto tú solo, sin protestar y además con buena cara —le respondió Scarlett y, con una traviesa sonrisa en los labios, añadió bromeando—: ¿El alojamiento también incluye servicio de habitaciones?

—Por supuesto, servicio de habitaciones y calefactor humano para las noches frías.

Entre bromas se encargaron de preparar la cena, una lata de conservas calentada en la improvisada hoguera. A Oliver le sorprendió lo divertido que le resultaba estar con Scarlett pese a estar en mitad de la selva en una misión extra oficial, porque no podía olvidar el motivo por el que estaba en aquella isla con Scarlett. Scarlett, superado el miedo de ver a Damian Wilson en el hotel y alejada de él en mitad de la selva, estaba disfrutando de aquella aventura en compañía del Capitán Parker, un hombre que le resultaba tan atractivo como misterioso y que estaba resultando ser un tipo encantador.

—Tengo entendido que estabas disfrutando de unas merecidas vacaciones en la isla tras terminar la carrera universitaria, ¿qué has estudiado? —Le preguntó Oliver después de cenar, sentados frente al calor de la hoguera.

—He estudiado psicología criminal —le respondió Scarlett.

—Quizás el General pueda darte trabajo en la base —comentó Oliver con cierto tono de reproche y a la vez de optimismo.

—Estoy segura de ello, pero también quiero explorar otras opciones.

— ¿No quieres trabajar con el General?

—No es que no quiera, es que sé que no acabará bien —le confesó Scarlett—. Puedes querer mucho a una persona, pero vivir y trabajar con ella es otra historia.

— ¿Dónde te gustaría trabajar?

—Todavía no lo tengo decidido, iba a tomarme estas vacaciones para pensar en ello, pero no podré hacerlo si me matan.

—Te prometí que no iba a permitir que te hicieran daño y soy un hombre de palabra —le susurró Oliver, acercando sus labios a los de ella lentamente.

Cuando sus labios estaban a punto de rozarse, el teléfono móvil de Oliver comenzó a sonar, rompiendo la magia del momento, y ambos se separaron torpemente. Oliver resopló con frustración por la interrupción, pero respondió a la llamada de inmediato al ver en la pantalla del teléfono que se trataba del Coronel.

—Coronel —saludó al descolgar.

—Oliver, estoy con el General y con el equipo —le informó el Coronel Wilmore—. Damian Wilson tiene a sus hombres custodiando todas las salidas por aire y por mar de la isla, debéis permanecer en la selva unos días hasta que den por sentado que han llegado tarde y que ya habéis abandonado la isla. Caleb y Dexter están siguiendo sus movimientos, os mantendremos informados de cómo va la situación, pero debemos restringir las comunicaciones para no alertar de vuestra presencia.

—Capitán, Damian Wilson no desistirá, irá a por Scarlett —intervino el General—. Sé que es el mejor agente y por eso confío en usted para que me traiga de vuelta a Scarlett. Cuide de ella, es todo lo que tengo.

—Lo haré —le aseguró Oliver—. Permaneceremos aquí hasta que Damian Wilson retire a sus hombres de la isla. Restringiremos las comunicaciones salvo para dar información imprescindible, si descubren nuestra posición…

—Estaremos vigilando sus movimientos, os alertaremos de cualquier peligro —le aseguró Caleb.

—Capitán, déjeme hablar con Scarlett —solicitó el General Turner y añadió dirigiéndose a Caleb—: Pásame la llamada a mi despacho.

—El General quiere hablar contigo —le dijo Oliver a Scarlett, entregándole el teléfono móvil.

Scarlett cogió el teléfono y, sabiendo que Oliver iba a estar pendiente de aquella conversación, saludó al General Turner:

—Buenas noches, General.

—Scarlett, ¿cómo estás? —Preguntó el General, preocupado por su única hija.

—Estoy bien, el Capitán Parker se asegura de ello —le respondió guiñándole un ojo con descaro a Oliver.

—Trátale, es el mejor de nuestros agentes y una gran persona —le advirtió, pues conocía el carácter de su hija—. Scarlett, Damian Wilson mantiene a sus hombres vigilando todas las posibles salidas de la isla, por lo que tendrás que ocultarte en la selva con el Capitán Parker unos días más, hasta que crean que ya os habéis ido de allí y abandonen la isla. Sé que no es lo más idóneo, pero prométeme que no harás ninguna locura y seguirás las indicaciones del Capitán Parker.

—Te lo prometo, no tienes nada de lo que preocuparte —le aseguró Scarlett, que no quería preocupar más a su padre.

—Restringiremos las comunicaciones, solo llamaremos en caso de emergencia o cuando Damian Wilson y sus hombres hayan abandonado la isla —la informó el General y añadió para despedirse—: Te quiero, hija.

—Yo también te quiero —se despidió ella antes de colgar.

Scarlett le devolvió el teléfono móvil a Oliver con una sonrisa en los labios, pero se esfumó cuando vio la cara de pocos amigos de Oliver. Sin comprender a qué venía ese cambio brusco de actitud, le preguntó sin rodeos:

— ¿He dicho algo que no debía?

—No, supongo que has dicho lo que tenías que decir —musitó Oliver entre dientes.

Scarlett seguía sin entender nada, no le había dicho nada a su padre que hubiera podido provocar el mal humor de Oliver y no estaba dispuesta a olvidarse del tema.

—Vamos a pasar aquí unos días, puedes seguir de morros o contarme qué es lo que ha pasado para que estés enfadado.

—No estoy enfadado.

—Está bien, no me lo cuentes si no quieres —le provocó Scarlett.

—El General Turner es un gran profesional y una gran persona a la que admiro pero, sinceramente, no entiendo tu interés en él.

— ¿Mi interés por el General es lo que te molesta?

—He escucha que le decías que le querías y, cómo te he dicho, el General Turner es un buen hombre, así que me molesta que juegues con sus sentimientos.

— ¿Qué te hace pensar que juego con sus sentimientos? —Le espetó Scarlett, molesta por las continuas insinuaciones de Oliver.

—No parece que te incomode dormir abrazada a mí, pero le dices que le quieres.

—Duermo abrazada a ti para no pasar frío y le digo al General que le quiero porque le quiero, es bastante simple de entender —bufó Scarlett, visiblemente molesta.

—Me ha quedado muy claro —gruñó Oliver.

Ya no quedaba ni rastro de la paz y la complicidad que había entre ellos antes de recibir la llamada del Coronel. Habían estado a poco menos de un centímetro de rozarse con los labios, pero la magia del momento se desvaneció y ahora ambos estaban molestos. Aunque no le reconociera, Oliver estaba furioso y no podía evitarlo. Scarlett le gustaba pese a que acababa de conocerla, era una chica atractiva, inteligente y habían congeniado desde el primer momento, quizás por eso no podía aceptar que ella mantuviera una relación con el General, porque eso imposibilitaba cualquier posible acercamiento con Scarlett.

Sabiendo que si seguía hablando con Oliver acabarían discutiendo, Scarlett optó por irse a dormir y se tumbó en la improvisada cama que Oliver había preparado al fondo de la cueva. A Oliver le hubiera gustado regresar a casa y meterse en su cama, lejos de la tentación, pero él nunca dejaba una misión a medias y mucho menos una que le hubiera encomendado el General como un favor personal. Resopló con resignación y se tumbó junto a Scarlett, que estaba tumbada de lado, dándole la espalda.

Pese a que por el día el calor sofocante azotaba la isla, durante la noche la temperatura caía empicado llegando incluso a los 0 grados, sobre todo en el corazón de la selva. La madrugada fue especialmente fría y Scarlett se despertó tiritando de frío. Oliver se percató y esperó a que Scarlett se acercara a él, pero aquella testaruda pasar frío antes que acurrucarse junto a él.

—Ven aquí, cabezota —murmuró Oliver agarrándola por la cintura y arrastrándola junto a él, pegando su pecho a la espalda de ella—. Siento lo de anoche, no soy nadie para juzgarte.

—No puedes juzgarme porque no me conoces —le reprochó Scarlett mientras se dejaba abrazar por él.

—Vamos a tener que pasar unos días aquí, tendremos tiempo de conocernos mejor, ¿qué me dices?

— ¿Es una tregua?

—Es una tregua —le confirmó Oliver con una sonrisa en los labios—. Ahora duérmete y descansa, mañana seguiremos con esta conversación.

Scarlett durmió acurrucada junto a Oliver el resto de la noche. A la mañana siguiente, Scarlett se despertó sobre el lado izquierdo de Oliver, que no había dejado de abrazarla desde que la acurrucó junto a él de madrugada.

—Buenos días —la saludó él cuando abrió los ojos, con tono de voz suave y apacible, con cautela de no romper la tregua que habían pactado de madrugada.

—Buenos días —le devolvió el saludo Scarlett separándose de él, avergonzada y ruborizada por la situación.

Oliver suspiró con resignación, Scarlett le tenía tan hechizado como confundido, pero estaba dispuesto a colmarse de paciencia con tal de no romper la tregua. Le entregó a Scarlett un par de barritas energéticas y él se quedó con otras dos, aquel sería su improvisado desayuno. Tenían que pasar en la selva unos días más de lo previsto, por lo que tendrían que suministrarse bien la poca comida que tenían.

—Voy a salir a dar una vuelta, a ver si encuentro algo de comida comestible en esta selva.

— ¿Puedo ir contigo?

— ¿Tienes miedo de quedarte sola?

—Tengo miedo de que encuentres comida y te la comas toda —bromeó Scarlett sacándole la lengua como una niña pequeña.

—Está bien —le concedió Oliver, que tampoco quería separarse de ella—. No nos alejaremos mucho, solo quiero recoger algo de fruta y echar un vistazo por los alrededores. Si vamos a quedarnos por aquí unos días, debemos buscar un lugar más seguro en el que quedarnos, alejado del manantial y del río. En esta época del año, las tormentas torrenciales pueden aparecer en cualquier momento.

Scarlett se estremeció. La cueva donde habían pasado la noche estaba bien, pero en cado de lluvias fuertes toda la zona se inundaría, incluida la cueva en la que se encontraban.

Oliver decidió comenzar a explorar por las zonas más altas, que eran las más seguras en caso de fuertes lluvias. El terreno era escarpado y Oliver estuvo pendiente de Scarlett por si necesitaba ayuda, pero acabó sorprendiéndose con lo bien que ella se desenvolvía por aquella selva. El General había procurado que su única hija se desenvolviera ante todo tipo de escenarios y situaciones, por eso la enviaba todos los veranos a los campamentos de supervivencia que organizaba el ejército para los hijos de sus agentes.

Pasaron la mañana explorando la zona, recogieron algunas frutas con las que aprovisionarse y encontraron una cueva en una pared rocosa lejos del agua para evitar inundaciones y estable en caso de desprendimientos de tierra. Dejaron en la nueva cueva las frutas que habían recolectado y regresaron al manantial para recoger sus cosas y trasladarse.  

Escondidos en la Selva II.

En poco más de media hora, Oliver y Scarlett salieron del hotel, llegaron a la oficina de alquiler de vehículos para devolver el coche alquilado por Oliver y aprovecharon para hacer algunas compras necesarias para el viaje que les esperaba.

En cualquier otra situación, Scarlett ya se hubiera deshecho de la compañía de Oliver. Odiaba que le dieran órdenes y no soportaba que su padre enviara a sus hombres para que le hiciesen de niñera, ya era mayorcita y sabía cuidarse sola. Pero esta vez era distinto, se trataba de Damian Wilson y ella sabía de lo que era capaz aquel asesino sin escrúpulos.

Compraron comida en latas de conserva, barritas energéticas, agua embotellada, algunos utensilios de cocina, mantas térmicas y todo lo básico para sobrevivir tres días mientras cruzaban la selva. Cuando salieron del supermercado comenzó a llover y Oliver aprovechó para comprar un paraguas grande en el que pudieran resguardarse de la lluvia y con el que poder ocultarse.

—No has dicho nada desde que salimos del hotel, ¿estás bien? —Le preguntó Oliver, mientras caminaban por las calles de la ciudad.

—Perfectamente —ironizó Scarlett—. Damian Wilson se ha escapado y está en la isla para matarme y, para huir de él, tengo que cruzar la isla a pie, atravesando la selva.

—Tampoco son unas vacaciones para mí —musitó él.

A Oliver le llamó la atención un todoterreno negro que circulaba extremadamente despacio por la carretera y rápidamente reconoció a los ocupantes: Damian Wilson con sus hombres. Scarlett también se percató del problema al seguir la dirección de la mirada de Oliver, quedándose petrificada. Por suerte para ambos, Oliver estaba entrenado para hacer frente a cualquier tipo de situación por peligrosa que fuera, y eso fue lo que hizo. Agarró a Scarlett por la cintura y la estrechó contra su cuerpo, dejando sus labios a escasos milímetros de los de ella, ocultando sus rostros con el paraguas.

—Pégate a mí y disimula —le susurró Oliver con la voz ronca.

Scarlett no pudo evitar sentirse atraída por él, no podía negar que Oliver era un hombre atractivo, con un cuerpo más que cultivado y que sabía lo que hacía. En definitiva, un hombre por el que cualquier mujer caería rendida a sus pies. A Oliver tampoco le fue indiferente aquel contacto con Scarlett, pese a que sospechaba que podía ser una joven amante del General Turner, no pudo evitar sentirse atraído por ella y por aquel misterio que la envolvía.

—Te preguntaría si estás bien, pero imagino que no —le susurró Oliver, rodeando con su brazo la cintura de ella para que caminara a su lado.

Caminaron por las calles de la ciudad durante más de una hora y pararon a comprar un par de chubasqueros para cubrirse y dos pares de botas de agua antes de penetrar en la frondosa y húmeda selva. Pese a que cruzar la isla a pie atravesando la selva no era la vía más rápida para llegar al norte, sí era la más segura para ambos, ya que en la selva no había carreteras ni se cruzarían con nadie que delatase su posición. Jugaban con ventaja, la selva era el último lugar donde Damian Wilson y sus hombres buscarían a Scarlett.

Estaba oscureciendo, pero Oliver quería adentrarse un poco en la selva antes de parar a descansar, tan solo por razones de seguridad. Mientras más lejos estuvieran de la civilización, menos posibilidades de encontrarles tendrían Damian Wilson y sus hombres.

Oliver fue abriendo paso entre la espesa vegetación de la isla y Scarlett le siguió el paso sin retrasar el avance, pese a que el terreno por el que caminaban era resbaladizo y estaba lleno de piedras, hoyos y raíces sobresalidas de la tierra que favorecían los tropiezos y las caídas. Scarlett se torció el tobillo en un par de ocasiones, pero continuó adelante sin quejarse ni lamentarse. Hasta que, dos horas más tarde, Scarlett ya no pudo más:  

—Estoy agotada, necesito parar a descansar —casi rogó, siendo la primera vez que articulaba una palabra desde que salieron de la ciudad.

—Buscaremos alguna cueva donde pasar la noche en aquella pared escarpada de la montaña, ¿crees que podrás llegar hasta allí?

Oliver señaló la pared de la montaña y Scarlett asintió, deseaba poder resguardarse de la lluvia y descansar las piernas. El último tramo hasta encontrar una cueva en la que pasar la noche se le hizo eterno, el terreno era bastante escarpado y ya no tenía fuerzas. Oliver la agarró de la mano y la ayudó a subir a lo alto de una roca desde donde accedieron a una pequeña cueva. Oliver ayudó a Scarlett a quitarse la mochila y después se quitó la suya propia. Sacó un par de esterillas de su mochila y las tendió en el suelo al mismo tiempo que le dijo a Scarlett:

—Siéntate y ponte cómoda, yo me encargo de encender el fuego para cocinar la cena y también nos servirá para calentarnos, la temperatura seguirá bajando esta noche. ¿Tienes hambre?

—Se me ha cerrado el estómago desde que vi a Damian Wilson —le confesó Scarlett.

—Deduzco que ya le conocías —comentó Oliver, cada vez más intrigado por el misterio que envolvía a Scarlett.

—Deduzco que el General Turner te ha ordenado venir en mi busca sin contarte nada de mí.

—En realidad, ha sido el Coronel Wilmore y, cómo te he dicho antes, se trata de una misión extra oficial, estoy aquí voluntariamente.

—Creía que a los tipos como tú no les gustaba hacer de niñera.

— ¿Los tipos como yo? —Repitió Oliver fingiendo estar ofendido.

—Eres un tipo duro, Capitán del Ejército, está claro que tu vocación no es cuidar de personas como yo —explicó Scarlett y añadió con coquetería—: Por cierto Capitán Parker, no me has dicho cuál es tu nombre.

—Me llamo Oliver —le respondió él con una seductora sonrisa en los labios.

Ambos se acomodaron en las esterillas, se deshicieron de los chubasqueros y las botas de agua, se arroparon con las mantas térmicas y cenaron una de las latas de conserva que calentaron en el fuego de la hoguera que Oliver había encendido.

La temperatura comenzó a descender notablemente y la pequeña hoguera no era suficiente para mantenerles calientes. Debido a la intensa lluvia, tampoco podían encontrar ramas ni hojas secas para añadir a la hoguera. Scarlett tiritaba de frío y Oliver la agarró por la cintura y la colocó entre sus piernas, abrazándola desde la espalda.

—Gracias —le agradeció Scarlett, apoyando la cabeza entre su hombro y su cuello—. Me alegro de que hayas aceptado hacer de niñera, si no hubiera sido así…

—No dejaré que te pase nada, te lo prometo —le aseguró Oliver.

—No deberías prometer lo que no sabes si podrás cumplir —le aconsejó Scarlett, acomodándose para acurrucarse contra el pecho de Oliver.

—Y tú no deberías subestimarme —bromeó él, envolviéndola con sus brazos para paliar el frío con el calor corporal—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Supongo que sí.

— ¿Por qué te ha escogido Damian Wilson como su objetivo?

—Hace tres años le detuvieron y le encerraron en una prisión de máxima seguridad, ahora se ha escapado y quiere vengarse.

—Pero, ¿por qué tú? ¿Ayudaste en algo para poder llevar a cabo su detención?

—Hace tres años, conocí a Damian Wilson en una fiesta, no sabía quién era y él tampoco sabía quién era yo —comenzó a decir Scarlett—. Esa misma noche presencié su detención y él me vio abrazada al General, así que no le costó atar cabos.

— ¿Qué relación tienes con el General?

— ¿Qué relación crees que tengo con él? —Le preguntó Scarlett sorprendida por la insinuación que implicaba aquella pregunta.

—Una relación por la que quiera matarme si nos viera en este momento.

—Probablemente no le gustaría nada vernos en esta postura, pero tampoco es para que vaya a querer matarte por algo así. Al fin y al cabo, solo tratas de evitar que muera de frío —añadió Scarlett en un susurro. 

—Estaría bien que se lo recordaras si algún día sale la conversación sobre esta situación —le dijo Oliver sin dejar de abrazarla—. Será mejor que te duermas, mañana nos espera un día largo y parece que no dejará de llover.

—Buenas noches, Oliver.

—Buenas noches, Scarlett.

A Scarlett no le costó quedarse dormida, se sentía segura entre los brazos de Oliver y ya no tenía frío. Sin embargo, Oliver apenas logró dormir tres o cuatro horas intercaladas en toda la noche. No quería moverse para no despertar a Scarlett, pero tenerla entre sus brazos durmiendo tan apaciblemente le había hecho sentir algo que hacía mucho que no sentía. No podía negar que aquella chica le atraía, pese a que tenía diez años menos que él. Pero no podía permitirse pensar en ella como algo más que la protegida de una misión, sospechaba que Scarlett podía ser la amante del General.

Scarlett se despertó al amanecer y se encontró con la sonrisa de Oliver nada más abrir los ojos. Había dormido toda la noche de un tirón y se había despertada en la misma posición que se durmió: acurrucada sobre el pecho de Oliver y envuelta entre sus brazos.

—Buenos días, Capitán —le saludó Scarlett con coquetería.

—Buenos días, Bella Durmiente —bromeó Oliver con la voz ronca, la atracción que sentía por ella era difícil de ocultar—. Tenemos que ponernos en marcha y seguir avanzando, a esta hora ya habrán averiguado que has huido conmigo y nos estarán buscando a ambos.

— ¿Crees que nos encontrarán?

—Perderán nuestro rastro en la ciudad y sopesarán nuestras opciones de huida. Tendrán el aeropuerto controlado y también el ferry que conecta las islas.

—Imagino que lo último que pensarán es que hemos decidido cruzar la isla atravesando la selva para dirigirnos a un pequeño puerto del norte. Por cierto, ya me dirás cómo piensas lograr que algún barco nos lleve al continente.

—De momento, empezaremos por desayunar y seguir avanzando, tardaremos un par de días en llegar al puerto.

Scarlett no dijo nada más, confiaba en Oliver y en el criterio del General y del Coronel. Si le habían asignado al Capitán Parker como escolta era porque podía fiarse de él.

Tras un rápido e improvisado desayuno, continuaron caminando hacia el norte, atravesando la selva para llegar a un pequeño puerto de un pequeño pueblo pesquero. Ambos estaban cansados, pero ninguno de los dos se quejó. Pese a que no habían pasado ni veinticuatro horas desde que se conocían, Oliver sentía la necesidad de proteger y cuidar a Scarlett, y esa necesidad no se debía únicamente a que formaba parte de su misión, sino a un sentimiento mucho más profundo que aún no había logrado descifrar. Scarlett también se sentía atraída por Oliver, le gustaba su apariencia de tipo duro y la dulzura con la que la trataba, pese a que sospechaba que era la amante del General.

Dejó de llover a media mañana y por fin salió el sol, aunque sus rayos apenas lograban traspasar la espesura de la vegetación de la selva. Oliver decidió parar a descansar y comer algo cuando pasaron por un pequeño manantial de agua cristalina bañado por los rayos del sol. Hacía calor y Scarlett no dudó ni un segundo en darse un baño en el manantial. Se deshizo de su ropa y, vestida tan solo con un sujetador y un diminuto tanga, se zambulló en el agua. Oliver intentó no mirarla mientras se desnudaba, pero acabó observándola sin ningún disimulo. 

—Voy a echar un vistazo por los alrededores, a ver si encuentro un buen lugar en el que refugiarnos de la intemperie para pasar la noche —se obligó a decir Oliver para distanciarse unos minutos, no podía pensar con lucidez en presencia de ella.

—Relájate un poco, ven y báñate en este precioso manantial de agua cristalina, a mí me está dando la vida —le dijo Scarlett invitándole a bañarse con ella.

—No creo que sea una buena idea —le respondió Oliver con la voz ronca.

— ¿Habla Oliver o el Capitán Oliver?

—Los dos.

— ¿Tan malo te resulta bañarte en el mismo manantial donde me estoy bañando yo? —Protestó Scarlett, visiblemente ofendida.

—No soy de piedra.

—Oh —Balbuceó Scarlett sonrojada.

—Exacto —le dijo Oliver cuando ella comprendió el motivo de su decisión—. No tardaré más de cinco minutos en regresar y no me alejaré.

Scarlett asintió con un leve gesto de cabeza y se quedó disfrutando de un agradable baño en el manantial mientras él echaba un vistazo por los alrededores. Oliver rodeó la pared de rocosa por donde se filtraba el agua del manantial y encontró una pequeña cueva lejos del agua en la que pasar la noche resguardándose del frío nocturno y también de una posible inundación en caso de lluvias torrenciales. Mientras Scarlett se bañaba en el manantial, Oliver se encargó de acondicionar la cueva ya que anochecería en un par de horas. Cuando regresó al manantial para darse un ansiado baño, se encontró a Scarlett envuelta en una diminuta toalla y lavando su ropa.

—Deberías darte un baño, te sentirás como nuevo —le dijo Scarlett mostrándole su mejor sonrisa.

—Creía que seguirías en el agua, ¿ya te has cansado de chapotear? —Bromeó.

—En primer lugar, yo no chapoteo —fingió hacerse la ofendida—. Y, si no sigo en el agua, es porque sé que no te ibas a bañar mientras yo estuviera ahí, así que he tenido piedad y aquí estoy.

—Menos mal que has tenido piedad —murmuró Oliver haciendo alusión a la diminuta toalla que cubría lo justo desde sus pechos hasta sus muslos.

— ¿Prefieres que me quite la toalla? —Le provocó ella.

—Señorita Sanders, ¿qué diría el General Turner si la escuchara hablar así?

—Probablemente le explotaría la cabeza —bromeó Scarlett.

Ambos rieron divertidos, les resultaba agradable poder bromear ante una situación tan estresante y se compenetraban muy bien. Oliver se desnudó por completo, dándole una magnífica vista a Scarlett de su firme trasero, y se bañó en el manantial mientras ella aprovechó para vestirse con ropa seca y cepillarse la maraña de pelos que tenía en la cabeza.

Escondidos en la Selva I.

El Capitán Oliver Parker terminaba de escribir el informe sobre la misión mientras charlaba con su amigo y compañero el Teniente Dexter Coleman. Ambos estaban satisfechos con el éxito que había tenido su última misión secreta y, pese que había sido una operación complicada y les había llevado más tiempo del que pensaban, después de tres semanas el equipo completo por fin había regresado a casa. Después de una calurosa y animada bienvenida, todos se retiraron a descansar, pero el Capitán y el Teniente se quedaron en el despacho para encargarse del papeleo.

Caleb Baker, el analista del equipo, llamó a la puerta del despacho del Capitán, pese a que la puerta estaba abierta, y anunció:

—Capitán, el Coronel quiere verte ahora en su despacho.

— ¿Qué ocurre?

Oliver Parker llevaba muchos años bajo las órdenes del Coronel Wilmore y el instinto le dijo que aquella repentina reunión era para encomendarle una nueva e importante misión.

—No me ha dicho de qué se trata, pero me ha pedido que espere aquí con Coleman, imagino que tenemos nueva misión secreta —comentó Caleb acomodándose en uno de los sillones.

Intrigado por el misterio de esa nueva misión, el Capitán no se hizo esperar y se dirigió al despacho del Coronel Wilmore.

—Caleb me ha dicho que querías verme, ¿va todo bien? —Le preguntó Oliver al Coronel que, además de ser su jefe, también era un buen amigo.

—Pasa y cierra la puerta —le respondió el Coronel con semblante serio. Oliver le obedeció y, tras esperar a que tomara asiento, el Coronel añadió—: Sé que acabas de regresar, pero necesito que te encargues de una misión extraoficial.

—Alguien de arriba quiere que saquemos de un lío a alguno de sus amigos —bufó Oliver, odiaba aquellas misiones extraoficiales, casi siempre le tocaba hacer de canguro de algún rico estúpido.

—Esta vez, se trata de algo distinto —le dijo el Coronel captando toda su atención—. Damian Wilson se ha escapado de una prisión de máxima seguridad hace treinta minutos y tenemos serios indicios para creer que va a intentar vengarse del General Turner atacando su punto más débil.

—El General Turner no está casado, no tiene hijos ni familia, ¿cuál se supone que es su punto débil?

El Coronel Wilmore abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó una carpeta, se la entregó a Oliver y le respondió:

—Se trata de Scarlett Sanders, de veintitrés años. Actualmente se encuentra en Isla Maravilla, disfrutando de unas vacaciones de fin de carrera, ajena a todo lo que está ocurriendo aquí.

— ¿Qué relación tiene esta chica con el General Turner? —Quiso saber Oliver al ver la foto de la chica en el informe que contenía la carpeta.

—Solo debes saber que se trata de alguien muy especial —zanjó el tema el Coronel—. Tienes que encontrarla en Isla Maravilla y asegurar su regreso a la base. No hace falta que te diga que debes hacerlo con la máxima discreción, no queremos llamar la atención y que la encuentren antes que nosotros.

—Si Damian Wilson se ha escapado, lo primero que hará será ir a buscar a los hermanos Sullivan, no es una misión para un solo hombre.

—Es una misión arriesgada, por eso queremos contar con el mejor de nuestros hombres y ese, Oliver, eres tú —le aseguró el Coronel—. El Teniente Coleman y Caleb te ayudarán desde la base. Avísales, nos reuniremos en cinco minutos con el General Turner para diseñar la estrategia de la operación.

Oliver, intrigado por el misterio que rodeaba a aquella chica y a la relación que mantenía con el General, fue a buscar a sus dos amigos y compañeros. Cinco minutos más tarde, los cinco hombres se reunían en el centro de operaciones de la base y, esa misma noche, Oliver tomó un avión comercial para dirigirse a Isla Maravilla, la isla más grande y poblada de todo el archipiélago. Como se trataba de una misión extraoficial, no podía utilizar todos los recursos del Ejército, pero al menos contaba con parte de su equipo en el centro de operaciones para ayudarle a llevar a cabo la misión con éxito.

Oliver voló en un avión comercial que aterrizó en el aeropuerto de Isla Maravilla y llamó por teléfono a Caleb a través de una línea segura.

—Acabo de aterrizar, voy a alquilar un coche y me dirigiré a los lugares más frecuentados por universitarios —anunció Oliver—. Esto va a ser como buscar una aguja en un pajar.

—Lo siento Oliver, pero aparte de su fotografía, no tengo nada que pueda ayudarte a encontrarla —se disculpó—. Ni siquiera me han dado acceso a su expediente que, por cierto, está blindado.

—Entonces, ¿para qué os necesito? —Les espetó Oliver furioso.

—Entendemos que estés frustrado, pero no volverás a casa hasta que traigas de vuelta a esa chica, así que de nada te sirve pagarlo con nosotros —intervino Dexter, su amigo y compañero, al teléfono desde el centro de operaciones—. Mira el lado positivo, la chica es inteligente, acaba de terminar la carrera de psicología criminalista, tendrás temas de conversación para hablar con ella sin aburrirte. Además, no me negarás que es una chica preciosa.

—Dexter, ¿te has parado a pensar en el motivo por el que el General quiere proteger a una chica así? Probablemente sea su amante —gruñó Oliver, enfurruñado por tener que hacerse cargo de esa misión.

— ¿Crees que el General te manda a proteger a su amante de Damian Wilson? —Preguntó Caleb dudando de que aquello fuera verdad.

—Está claro que es alguien especial para él y no tiene familia, si esa chica no es su amante, ¿qué otra cosa puede ser? —Insistió Oliver con su teoría.

—Un testigo valioso, por ejemplo —le respondió Dexter, que tampoco creía posible que la amante del General fuera un objetivo posible de Damian Wilson.

—Sea quien sea, tengo que encontrarla. ¿Tenéis alguna sugerencia de por dónde debo empezar?

—Te mando una lista de lugares dónde han sido utilizadas algunas tarjetas de crédito a nombre de estudiantes matriculados en su misma universidad —le respondió Caleb—. Lo más probable es que esté con alguien de su universidad.

— ¿Ella no utiliza tarjetas o qué? —Protestó Oliver.

—Su expediente está sellado, no puedo acceder y no tengo su información —le repitió Caleb con frustración—. Es lo único que puedo hacer para ayudarte, seguiré investigando y te llamaré si encuentro algo.

Oliver colgó y respiró profundamente, aquella misión estaba sacando lo peor de él. Odiaba hacer de niñera de los niños ricos que se metían en problemas, pero la escasa información que le habían dado le tenía con la mosca detrás de la oreja.

Decidido a acabar con aquello lo antes posible para poder regresar a casa y disfrutar de unas merecidas vacaciones, Oliver se dirigió al primer lugar de la lista que le había enviado Caleb, el lugar donde más jóvenes de la misma universidad a la que iba la chica habían utilizado allí sus tarjetas. Se trataba de un lujoso hotel situado en primera línea de playa en el sur de la isla. Nada más llegar, se dirigió al bar de la piscina y le pidió una cerveza al camarero de la barra. Durante unos minutos, Oliver se dedicó a beber de su copa de cerveza mientras observaba las caras de los jóvenes que por allí se divertían. Tenía pocas esperanzas de encontrarla tan rápido, sin embargo allí estaba. Miró la foto, la comparó con la chica que estaba a dos metros escasos de él y no tuvo ninguna duda: se trataba de Scarlett Sanders.

Despacio y con cautela para no asustarla ni llamar la atención, Oliver se acercó a ella. Scarlett estaba distraída, esperando a que el camarero le sirviera una copa para tumbarse en una de las hamacas de la piscina y tomar el sol.

— ¿Señorita Sanders? —Le preguntó Oliver para confirmar lo evidente.

— ¿Nos conocemos? —Le respondió ella escrutándole con la mirada.

—Soy el Capitán Parker, el General Turner me envía a buscarla para llevarla a la base.

—No me lo digas, está a punto de acabarse el mundo —se mofó Scarlett tras beber un largo trago de su copa recién servida.

—Vayamos a un lugar más tranquilo y…

—No pienso ir a ninguna parte, ni siquiera sé si eres quien dices ser.

Oliver no tenía ganas de perder el tiempo y mucho menos de seguirle el juego a una niñata caprichosa, así que no se anduvo por las ramas:

— ¿Te suena el nombre de Damian Wilson?

Scarlett se estremeció al escuchar ese nombre, había cosas que era mejor enterrar en un cajón al fondo de la mente y no recordar.

—Subamos a mi habitación —le invitó Scarlett.

Oliver la siguió hasta el hall del hotel y subieron en el ascensor privado directamente a su habitación.

— ¿Qué pasa con Damian Wilson?

—Se ha escapado de la cárcel y, según parece, el General Turner cree que tú puedes ser su principal objetivo para llevar a cabo su venganza.

— ¿Y cuál es el plan?

A Oliver le sorprendió que Scarlett no hiciera preguntas y se mostrara tan sumisa en cuanto a seguir sus planes, pero no dejaba de ser una actitud normal si se tenía en cuenta que un peligroso asesino se había fugado de una prisión de máxima seguridad y ella era su principal objetivo.

—Coge solo lo que necesites y puedas guardar en esta mochila —le dijo Oliver—. Es una misión extra oficial, eso significa que en esta isla no soy más que un civil que no va armado, así que evitaremos los problemas y cruzaremos la isla a pie hasta llegar a un pequeño puerto en el norte, allí embarcaremos en un ferry hasta el continente.

— ¿Bromeas? ¿Acaso sabes cuántos kilómetros hay de sur a norte de la isla?

—Lo sé perfectamente, recoge tus cosas.

—Quiero hablar con el General Turner —inquirió Scarlett molesta.

—No hay tiempo, tenemos que irnos —bufó Oliver señalando la mochila vacía.

—En esta isla no eres el Capitán Parker, tan solo eres el señor Parker —le recordó Scarlett solo para fastidiarle—. No tienes ninguna autoridad sobre mí.

—Tienes dos opciones: venir conmigo ahora o esperar a que sea Damian Wilson quien venga a por ti —le espetó Oliver a modo de ultimátum—. Yo no me voy a quedar aquí a esperarle, tú verás lo que haces.

A regañadientes, Scarlett metió un par de camisetas, un par de shorts y un par de conjuntos de ropa interior. Cogió su neceser del cuarto de baño y lo metió en la mochila, junto con una toalla. Se calzó unas zapatillas deportivas y, con cara de pocos amigos, anunció:

—Ya estoy lista para cruzar la isla a pie, señor Parker.

—Ya era hora —musitó él, la paciencia no era una de sus virtudes.

Cargando con sus respectivas mochilas, ambos se montaron en el ascensor y bajaron de nuevo al hall del hotel. Al cruzar por el hall, Scarlett miró por el ventanal que daba a la piscina y reconoció a Damian Wilson hablando con uno de los camareros. Scarlett se quedó petrificada en mitad del hall y Oliver, que advirtió el pánico en su rostro, le preguntó:

— ¿Qué ocurre?

—Está ahí —logró balbucear Scarlett.

Oliver miró en la misma dirección que miraba Scarlett y entonces lo vio. Damian Wilson ya la había localizado y se había presentado allí, tan solo unos minutos después que él.

—Tenemos que irnos —dijo agarrándola del brazo para tirar de ella y salir de allí.

Salieron por la puerta principal del hotel justo en el momento en que Damian Wilson y sus hombres, los hermanos Sullivan, entraban en el hall por la puerta de acceso a la piscina y se dirigían al mostrador de recepción, donde le preguntaron al recepcionista dónde podía encontrar a Scarlett Sanders.

—Habitación 1005, está situada en la décima planta, puerta 5 —le respondió el recepcionista tras realizar la consulta en el mostrador.

Damian le dio las gracias al recepcionista y también una generosa propina antes de subir junto a sus hombres en uno de los ascensores del hall hasta la décima planta.

Oliver y Scarlett se dirigieron al coche de alquiler y se dirigieron hacia una de las oficinas de la empresa de alquiler de vehículos cercana al hotel para devolver el coche y emprender a pie el viaje hacia el norte de la isla. Scarlett no protestó, ni siquiera abrió la boca para pronunciar palabra desde que salieron del hotel y a Oliver le preocupó. Al fin y al cabo, Scarlett solo era una chica de 23 años a la que un asesino buscaba para vengarse del General.

Reconócelo, caprichosa (III/III).

Los días fueron pasando y los ocho amigos continuaron disfrutando de aquellas vacaciones en la playa. La pandilla volvía a estar compuesta por cuatro parejas, como en el instituto, y todos estaban felices de volver a estar juntos después de tanto tiempo. Dedicaron aquellos días a ponerse al corriente de sus vidas, a desconectar del estrés de la rutina en la ciudad, navegaron por las aguas de la costa e incluso hicieron un par de excursiones para explorar algunas de las islas no habitadas de la zona.

Jon y Amaia no se escondían a la hora de dedicarse miradas, caricias y besos. Como dos enamorados que eran, no dejaron de mostrar su afecto aunque seguían sin ponerle un nombre a su relación. Jon no quería presionarla, temía que si lo hacía Amaia quisiera huir de nuevo; y Amaia quería retrasar aquella conversación lo máximo posible, temía que no acabara bien y, por si acaso, estaba dispuesta a disfrutar de aquellos idílicos días que recordaría el resto de su vida, fuera lo que fuera lo que el destino le tuviera preparado.

El sábado por la mañana, los chicos decidieron ir a pescar en la barca y las chicas prefirieron quedarse en las cabañas y pasar el día tomando el sol en la playa. En un par de días regresarían a la ciudad y todos querían aprovechar las horas para seguir disfrutando de la compañía de los buenos amigos de toda la vida.

—Bueno, ahora que estamos solo las chicas, ¿quieres contarnos qué es lo que ocurre entre Jon y tú? —Le preguntó Yolanda a Amaia sin andarse por las ramas.

—Sospechábamos que Jon tenía algo que ver en tu decisión de romper con Miguel. El otro día en el juego de verdad o reto, Jon confesó que se marchó porque la chica de la que estaba enamorado le rompió el corazón y tú confesaste que le fuiste infiel a Miguel, así que desembucha —inquirió Lidia.

—Me acosté con Jon la noche de la boda de Yolanda y Luis —reconoció Amaia, pues ya era un secreto a voces—. Cuando me desperté, me fui sin despedirme, hablé con Miguel y se lo confesé todo. Al día siguiente, quise contactar con Jon pero ya se había ido.

—Se fue porque, al despertarse y ver que no estabas, pensó que seguirías adelante con los planes de boda que tenías con Miguel —le justificó Cristina, que había tenido oportunidad de escuchar la otra versión por voz de Mario.

—Y ahora, ¿en qué fase estáis? —Quiso saber Yolanda.

—Hemos acordado disfrutar de estos días sin preocupaciones, pero él ya ha hecho planes para ir a comer a casa de mis padres cuando regresemos a la ciudad. Me ha prometido que no me dejará escapar por tercera vez, pero quizás cambie de opinión cuando regresemos a la rutina.

—Jon está enamorado de ti, siempre lo ha estado —opinó Lidia—. La única razón por la que no intentó volver contigo fue porque tú estabas con Miguel. Imagino que, al enterarse de que te habías prometido, decidió jugar su última carta para intentar recuperarte y, cuando te fuiste sin decir nada a la mañana siguiente, él pensó que ya no tenía nada que hacer y por eso se fue.

—No se volverá a ir siempre que le des un motivo para quedarse —opinó su mejor amiga Cristina y añadió—: Conociéndote, estoy segura de que ni siquiera le has confesado que tú también estás enamorada de él.

—Necesito tomarme mi tiempo, quiero ir despacio para no fastidiarla otra vez —alegó Amaia.

Las chicas continuaron charlando, se dieron un chapuzón en la playa, prepararon la comida y también unos mojitos que se alargaron hasta última hora de la tarde. Los chicos llegaron sonrientes de su día de pesca y se encontraron a las chicas acomodadas sobre sus toallas en la playa, riendo divertidas y bebiendo mojitos.

— ¿Habéis pescado mucho? —Les preguntó Cristina con tono burlón.

—No hemos pescado nada, pero os prometido que cenaríamos pescado y lo hemos traído —le respondió Mario con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Hemos pasado por el pueblo a comprar algunas cosas —anunció Luís.

— ¿Tarta de chocolate? —Quiso saber Yolanda.

—Por supuesto, no iba a dejar a mi chica sin chocolate —le aseguró él, besando a su esposa con ternura.

Jon se acercó a Amaia y le dio un leve beso en los labios, pero ella se abrazó a él con fuerza y le dio un apasionado beso que provocó los aplausos de sus amigos.

—Caprichosa, ¿cuántos mojitos te has bebido? —Le susurró Jon al oído. Amaia se encogió de hombros dedicándole una sonrisa de lo más adorable y Jon añadió—: Voy a darme una ducha rápida, en seguida regreso.

— ¿Necesitas ayuda? —Se ofreció Amaia con descaro, desinhibida a causa de los mojitos que se había bebido.

—Será mejor que me esperes aquí, si vienes conmigo a la cabaña no te dejaré salir hasta mañana por la mañana —le advirtió Jon con la mirada cargada de lujuria.

—Mm… Suena tentador —continuó provocándolo Amaia.

—No tardaré más de diez minutos, caprichosa —le aseguró Jon divertido, besándola levemente en los labios antes de dirigirse a la cabaña.

El resto de los chicos también se fue a duchar y las chicas se encargaron de encender la hoguera. Un rato más tarde, la pandilla preparaba el pescado que los chicos habían traído, cenaron entre bromas y risas y después se acomodaron alrededor de la hoguera para seguir charlando y divirtiéndose.

—No quiero que estas vacaciones se terminen —le confesó Amaia a Jon en un susurro para que solo él la escuchara.

—Reconócelo, caprichosa —la animó Jon, que deseaba escuchar aquellas dos palabras de sus labios.

—Mañana es el último día que pasaremos aquí —suspiró Amaia.

—Tengo una sorpresa preparada para mañana, pasaremos el día juntos, solo tú y yo —la informó Jon, estrechándola entre sus brazos—. ¿Te apetece, caprichosa?

—Sabes que sí —ronroneó Amaia—. ¿Qué tienes planeado?

—Si te lo dijera, ya no sería una sorpresa.

Esa noche, después de hacer el amor en la cabaña, Amaia insistió en preguntar cuál era la sorpresa que Jon había planeado, pero él se mantuvo firme en su decisión de que siguiera siendo una sorpresa.

Amaia tan solo tuvo que esperar unas horas que se le pasaron volando entre los brazos de Jon, que se dedicaba a adorarla como a una diosa cada noche.

—Buenos días, dormilona —la saludó Jon cuando Amaia abrió los ojos.

—Mm… —ronroneó Amaia, acurrucándose en el pecho de Jon—. ¿Vas a decirme ya cuál es la sorpresa?

—Caprichosa e impaciente, y aun así me sigues volviendo loco —le susurró Jon con la voz ronca.

—Mm… ¿Tenemos tiempo para jugar?

—Siempre tendré tiempo para jugar contigo, caprichosa.

Después de hacer el amor y desayunar, ambos se subieron a la pequeña barca y navegaron hasta llegar a una de las pequeñas islas no habitadas de la zona. La tarde anterior, mientras compraban el pescado en el supermercado del pueblo, uno de los dependientes le habló de unas hermosas pozas de agua caliente en una de las islas y Jon se informó bien para llevar allí a Amaia.

— ¿Dónde estamos?

—En una de las islas pequeñas del sur —le respondió Jon amarrando la barca al muelle—. No te preocupes, no estamos lejos de la costa.

Amaia se sentía segura con Jon, sabía que él jamás la pondría ante el más mínimo peligro y le siguió hacia el corazón de la isla.

— ¿A dónde vamos?

—Además de caprichosa, eres muy impaciente.

—Lo sé, ya me lo has mencionado en alguna ocasión —le dijo Amaia sacándole la lengua, sin poder ocultar su buen humor.

—Ya hemos llegado —anunció Jon.

Amaia echó un vistazo a su alrededor, vio las pozas casi ocultas entre la frondosidad del bosque y sonrió adivinando cuál era el plan de Jon.

— ¿Qué te parece? ¿Te gusta el paisaje, caprichosa?

—Me encanta, pero me gustará más cuando estemos desnudos en una de esas pozas y te hundas dentro de mí —le susurró Amaia con la voz ronca, excitada solo de pensar en lo que estaba a punto de ocurrir.

—No seas impaciente, tenemos todo el día por delante —le dijo Jon sonriendo con picardía, excitándose al sentir la excitación de Amaia.

Amaia le puso ojitos, pero Jon no quería basar su relación en el sexo, quería demostrarle que estaba enamorado de ella. Sin embargo, Amaia no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta y comenzó a desnudarse lentamente antes de meterse en la poza.

— ¿No vas a acompañarme? —Le invitó Amaia con tono seductor.

—Dame un minuto, caprichosa. He traído una botella de champagne que quiero beberme contigo antes de que se caliente.

Jon cogió la botella, sirvió un par de copas de champagne y, tras ofrecerle una copa a Amaia, se metió en la poza con ella.

—Mm… ¿No quieres jugar? —Ronroneó ella, restregando su cuerpo contra el de él.

—Estoy aquí para complacerte en todos tus caprichos, ahora y siempre.

— ¿Siempre?

—Siempre —le aseguró—. Tenemos una conversación pendiente, Amaia. No quiero presionarte, pero no podemos alargar esa conversación mucho más.

—Ahora no, por favor —le rogó Amaia—. Esta noche hablamos de lo que quieras, ahora solo quiero concentrarme en una cosa.

Se colocó a horcajadas sobre él y le besó apasionadamente, entregándose a Jon como jamás se había entregado a nadie. Se acariciaron, se besaron, se tentaron y sucumbieron al más antiguo de los placeres.

—Oh, Jon… —Gimió Amaia al alcanzar el orgasmo.

—Me amas. Reconócelo, caprichosa —le susurró Jon estrechándola entre sus brazos cuando su respiración se normalizó.

—Ha estado bien, pero necesitarás convencerme con algo más que sexo.

—El día acaba de empezar, pero no olvides el esfuerzo que he invertido en planear esta excursión, ni lo relajante que resulta hacer el amor en una poza de agua caliente tras beber una copa de champagne.

—Lo tengo presente y voy sumando los puntos —bromeó Amaia antes de besarle apasionadamente en los labios.

Pasaron el día en la pequeña isla, entre las pozas de agua caliente y las tranquilas y vírgenes playas de agua cristalina. Jon había preparado unos bocadillos y comieron bajo la sombra de los árboles, disfrutando de la intimidad de estar a solas al aire libre.

Cuando anocheció, Jon se empeñó en regresar a la cabaña, pero detuvo la barca a mitad de camino, sacó una botella de vino y un par de copas de la cesta de picnic y, tras ofrecerle una de las copas, le dijo con ternura:

—Estamos a punto de disfrutar de un espectáculo de fuegos artificiales y estamos en el mejor sitio para verlos —la colocó entre sus piernas y la abrazó desde la espalda antes de añadir con la voz ronca—: Te quiero, caprichosa. Deja que te lo demuestre y no te arrepentirás.

—Te prometí que no huiría y aquí estoy, no pienso ir a ninguna parte, Jon.

—Entonces, reconócelo, caprichosa.

—Te amo, Jon. Siempre te he amado y siempre te amaré —reconoció por fin Amaia.

Hacía tanto tiempo que Jon deseaba escuchar esas palabras de la boca de Amaia que le costó asimilar lo que acababa de oír.

—Amaia, no sabes cuánto deseaba escuchártelo decir —le susurró Jon, abrazándola con fuerza y besándola con ternura. Sacó una pequeña caja de terciopelo azul del interior de su bolsillo y, entregándosela a Amaia, añadió—: Ayer te compré esto en el pueblo. Sé que puede parecer precipitado, pero hace mucho tiempo que sé lo que quiero y, cómo te dije, no estoy dispuesto a dejarte escapar una tercera vez.

—Jon, ¿qué es esto? —Preguntó Amaia sin poder ocultar el pánico en su voz al abrir la caja y descubrir un precioso anillo de compromiso.

—Te amo, caprichosa. Si por mí fuera, me casaría ahora mismo contigo, pero estoy dispuesto a esperar el tiempo que quieras. Sé que puede parecer precipitado, pero nos queremos, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y quiero demostrarte que yo tampoco volveré a marcharme a ninguna parte. No pienso separarme de ti, caprichosa.

—Entonces, si acepto el anillo, ¿no tendremos que casarnos de inmediato?

—Nos casaremos cuando tú lo decidas, ya sea mañana o dentro de diez años, solo quiero pasar el resto de mi vida contigo.

—Acepto, pero no hablaremos de fecha de boda hasta después de navidad, si es que para entonces no te has arrepentido y has salido huyendo del país —bromeó Amaia.

—No iré a ninguna parte sin ti, futura esposa caprichosa —le aseguró Jon, colocando el anillo de compromiso en el dedo anular de Amaia.

Se fundieron en un apasionado beso y justo en ese momento comenzó el espectáculo de fuegos artificiales.

—Nunca he hecho el amor en alta mar, bajo la luz de fuegos artificiales —ronroneó Amaia, deshaciéndose del vestido que llevaba puesto y desnudándose frente a la atenta mirada de Jon cargada de lujuria.

—Caprichosa, vivo para complacerte.  

Sin hacerse de rogar, Jon le hizo el amor en la barca, en alta mar y bajo la luz de los fuegos artificiales que teñía el cielo nocturno. Media hora más tarde, desnudos y arropados con una pequeña manta, Amaia se acurrucó sobre el pecho de Jon y le preguntó con un hilo de voz:

— ¿Qué pasará con nosotros a partir de ahora?

—Te amo, caprichosa. Me quedaré a tu lado para siempre.

— ¿Y qué pasa con tu trabajo?

—Me han ofrecido un puesto en la base militar de la ciudad, no tendrá la misma emoción que infiltrarme en una misión encubierta, pero será más seguro, tendré un horario normal y apenas tendré que viajar.

— ¿Quieres aceptarlo?

—Les he dicho que lo tengo que pensar, aunque la verdad es que me gustaría aceptarlo, pero antes quería hablarlo contigo.

— ¿Conmigo?

—Si acepto el puesto, será para tener una vida contigo, para formar juntos una familia —le confesó Jon—. Si tú no estás conmigo, mi vida en la ciudad no tiene ningún sentido.

— ¿Estás dispuesto a dejar tu trabajo e instalarte en la ciudad?

— ¿Bromeas? Es lo que más deseo, Amaia. Solo quiero una vida a tu lado.

—Espero que no acabes arrepintiéndote y echándome a mí la culpa por dejar tu trabajo.

—Es lo que deseo, caprichosa. Y formar una familia contigo, que no se te olvide.

— ¿También quieres un bebé?

—Quiero muchos, una familia numerosa —sonrió Jon—. Quiero ver a nuestros hijos jugar en el jardín mientras tú y yo nos acomodamos en un sofá-balancín, abrazándonos mientras les vemos divertirse.

—Nunca habías mencionado que quisieras tener hijos.

—Quiero una pequeña Amaia, con tus ojos y tu sonrisa, correteando por casa —le susurró Jon acariciando su vientre.

—Tendrás que esperar para eso y te recuerdo que quizás no venga una pequeña Amaia, quizás venga un pequeño Jon, desafiante y mandón —bromeó.

Un rato más tarde, regresaron a la cabaña. Sus amigos ya estaban durmiendo, a la mañana siguiente partían de regreso a la ciudad y les esperaba un largo viaje. Con la seguridad de saber que Jon la amaba y estaba dispuesto a todo por ella, Amaia se abrazó a él y durmió toda la noche de un tirón, como hacía años que no dormía.

***

Tres días más tarde…

Charo, la madre de Amaia, se había empeñado en que su hija y Jon fueran a comer a casa, tenía muchas ganas de verles juntos y no pensaba desaprovechar aquella oportunidad para dejarles claro que contaban con su aprobación.

—Todavía no entiendo a qué viene tanta insistencia en querer venir a comer a casa de mis padres, creía que a nadie le gustaba ir a casa de los suegros —se mofó Amaia.

—No todo el mundo puede decir que tiene a sus suegros como aliados —le siguió la broma Jon y añadió—: Además, imagino que querrás que esté contigo cuando les digas que estamos prometidos y que ahora vives conmigo.

Cuando regresaron de las vacaciones en la cabaña, Jon se negó a separarse de Amaia y, tras una intensa conversación en la que ninguno de los dos jugó limpio, Jon se salió con la suya y la convenció para que se mudara a su casa, mucho más amplia que el apartamento de Amaia y con jardín.

—Haces conmigo lo que quieres —protestó Amaia.

—Me amas. Reconócelo, caprichosa.

—Pues sí, te amo. Y, si cuando salgamos de aquí tú también sigues amándome, no me cansaré de repetírtelo —le aseguró Amaia antes de besarle y llamar al timbre de casa de sus padres.  

Reconócelo, caprichosa (II/III).

A la mañana siguiente, Amaia se despertó sola en la cama y suspiró aliviada, necesitaba un minuto a solas, un momento en el que poder pensar en cómo iba a sobrellevar aquella situación. Podían pasar muchas cosas en una semana compartiendo la cabaña con Jon, pero tenía que estar segura hasta a dónde quería llegar. Sí, estaba enamorada de Jon. Pero no, no estaba dispuesta a dejarlo todo por él para que después huyera presentándose a otra misión encubierta. En resumen, no estaba dispuesta a arriesgar su salud mental por Jon si antes él no hablaba seriamente del tema con ella. No esperaba que se le declarase, conocía a Jon y sabía que él no era un hombre que demostrara su amor con palabras, sino con hechos, pero esta vez Jon tendría que dar un paso más porque ella no estaba dispuesta a darlo.

—Buenos días —la saludó Jon de buen humor, entrando en la cabaña cargando con el desayuno en una bandeja—. Te traigo el desayuno a la cama, caprichosa.

—Mm… ¿A qué se debe el honor?

—Quiero una tregua —le dijo Jon sin andarse por las ramas—. Vamos a estar aquí una semana y, te guste o no, vamos a compartir cabaña, solo quiero que ambos disfrutemos de estas vacaciones con la pandilla.

—Me parece bien —le respondió Amaia medio aturdida.

—No desconfíes, no trato de seducirte para llevarte a la cama, entre otras cosas porque ya duermes conmigo en la cama —bromeó Jon. Se acercó a ella y le susurró—: Además, ya te dije que serás tú quien acabe suplicándome que te dé placer, caprichosa.

—Eso no ocurrirá.

—Te aseguro que sí, antes de que acabe la semana —la desafió Jon mostrándole una pícara sonrisa.

—En cualquier caso, gracias por el desayuno.

Amaia estaba hambrienta y el desayuno que Jon le había preparado tenía muy buena pinta, así que comenzó a comer bajo la atenta mirada de él.

Un rato más tarde, ambos se reunieron con el resto de la pandilla en la playa. Amaia estaba agotada, tendió una toalla sobre la arena y se tumbó. Jon imitó a Amaia y se tumbó a su lado.

— ¿Una noche movidita? —Se mofó Mario al ver las ojeras de ambos.

—Amaia ha roncado toda la noche y no me ha dejado dormir —bromeó Jon, ganándose una colleja de Amaia.

—Creía que teníamos una tregua —le recordó.

—Tienes razón, caprichosa. Por cierto, deberías ponerte protector solar si no quieres quemarte.

— ¿Me echas una mano? —Le preguntó Amaia con descaro.

—Chicos, nos vamos a navegar por las islas, ¿os apuntáis?

—Estoy agotada, otro día me apunto —se excusó Amaia.

—Me quedo con ella, pasadlo bien —les dijo Jon.

Cristina intercambió una mirada con su amiga Amaia para asegurarse de que todo va bien antes de marcharse.

—Estaré bien —le aseguró Amaia.

—Nos vemos esta noche —se despidió Cristina.

Jon esperó a que todos sus amigos se marchasen y, una vez a solas con Amaia, le preguntó:

— ¿Quieres que te ponga protector solar?

—Ajá, no quiero quemarme.

—Yo sí que me voy a quemar —masculló Jon entre dientes.

Amaia se tumbó boca abajo y se deshizo de la parte superior de su bikini mientras Jon apretaba la mandíbula para no dejarse llevar por sus deseos más primitivos. Por suerte para Jon, Amaia estaba boca abajo.

— ¿Vas a empezar? —Le apremió Amaia.

—Ya voy, caprichosa.

Jon comenzó a expandir el protector solar por la espalda, los hombros y los brazos de Amaia, acariciando el contorno de sus pechos con la yema de los dedos con cada roce. Sonrió al sentir a Amaia tan segura y relajada, con la naturalidad que la caracterizaba, y no dudó en jugar sucio para conseguir reconquistarla. Deslizó las palmas de las manos por sus piernas, desde los tobillos hasta los muslos, acercándose a la zona prohibida pero sin tocarla, excitándola y excitándose.

—Caprichosa, date la vuelta —le ordenó con la voz ronca.

Sin hacerse de rogar, Amaia se tumbó boca arriba, mostrando sus pechos sin ningún pudor y con actitud juguetona, algo que Jon no estaba dispuesto a desaprovechar. Para impacientarla, comenzó esparciendo el protector solar por los tobillos y fue ascendiendo lentamente hasta llegar a los muslos, acercándose una vez más al centro de su placer pero sin llegar a tocarlo. Continuó ascendiendo por su abdomen, pero de allí pasó a su cuello, sus brazos y, finalmente, sus pechos, haciéndola gemir al pellizcar sus pezones.

—No estás jugando limpio —le acusó Amaia.

—Tú tampoco —le replicó Jon, pellizcando sus pezones de nuevo.

— ¿Ahora quieres torturarme?

—Solo quiero darte todo lo que pidas, caprichosa —la tentó Jon.

Amaia se incorporó y le miró fijamente a los ojos, tratando de adivinar qué escondía detrás de aquellas palabras, sin terminar de fiarse. Jon supo que Amaia tenía dudas y no quiso presionarla, aquella decisión tenía que tomarla ella libremente.

—Voy a darme un chapuzón.

Amaia se quedó en silencio mientras le observaba alejarse hacia a la orilla y zambullirse entre las pequeñas olas de la tranquila playa mientras trataba de tomar una decisión. Estaba enamorada de él y en ese momento deseaba fundirse con él, dejarse llevar y vivir el momento sin preocuparse por lo que ocurrirá después. Y eso fue lo que hizo. Tan solo con la diminuta parte inferior de su bikini, se puso en pie y caminó hacia a la orilla para zambullirse en el agua. Jon estaba nadando y no se dio cuenta de la presencia de Amaia hasta que se encontró de frente con ella. El agua le cubría hasta la cintura y Jon no pudo evitar fijarse en sus pechos con los pezones duros, en parte por el agua fría del mar y en parte por la excitación.

— ¿Quieres seguir poniéndomelo difícil?

—En realidad, quiero ponértelo en bandeja —le corrigió Amaia antes de arrojarse a sus brazos y besarle apasionadamente en los labios.

— ¿Estás segura de lo que estás haciendo, caprichosa? —Le preguntó Jon cuando despegó sus labios de los de ella—. No quiero que mañana te arrepientas y salgas huyendo de nuevo.

—Ahora eres tú quien nos tortura a ambos —le replicó Amaia—. Te propongo que nos dejemos llevar y veamos qué pasa, sin etiquetas.

Jon se dejó llevar y le devoró la boca con urgencia, necesitaba sentirla entre sus brazos casi tanto como respirar. Amaia colocó las piernas alrededor de la cintura de él y puso sentir la presión del miembro erecto de Jon en su entrepierna.

—Amaia, vas a matarme…

—Te necesito dentro, Jon —le suplicó ella.

Y Jon no se hizo de rogar, retiró la fina tela del bikini de Amaia y la penetró lentamente al mismo tiempo que depositaba un reguero de besos por su cuello. A Amaia no le pasó por alto la delicadeza con la que Jon le hacía el amor, la ternura con la que le trataba ni la adoración que mostraba por ella. Jon solo necesitaba sentirla de nuevo entre sus brazos, había pasado un año desde la última vez que estuvo con ella y no se la pudo quitar de la cabeza ni un solo día por mucho que lo hubiera intentado.

—Jon —gimió Amaia al borde del orgasmo.

—Lo sé, caprichosa. Solo tienes que dejarte ir —la animó Jon llevándose a la boca uno de los pezones de Amaia para mordisquearlo después y haciéndola explotar de placer.

Apunto de correrse, Jon trató de salir del interior de Amaia, pero ella se lo impidió y se derramó dentro de ella.

—Amaia…

—No pasa nada, tomo la píldora anticonceptiva y…

—Reconócelo, caprichosa —la provocó mientras cargaba con ella en brazos de regreso a las toallas—. Me deseas tanto como yo a ti.

Amaia no le contestó, se limitó a abrazarle con fuerza y a dejarse abrazar cuando Jon la sentó entre sus piernas sobre la toalla.

— ¿Estás bien? —Quiso asegurarse Jon.

—No podría estar mejor —le confesó Amaia.

Se quedaron así un buen rato, hasta que decidieron regresar a la cabaña y compartir una placentera ducha para quitarse del cuerpo la sal del agua de mar. Más relajados, decidieron preparar la comida para cuando llegaran sus amigos del paseo en barca.

— ¡Menudo banquete! —Exclamó Mario cuando llegaron y vieron la mesa preparada para servir.

—Os habéis quedado a solas toda la mañana y, ¿os habéis dedicado a cocinar? —Le preguntó Cristina a su amiga en un susurro para que solo ella la escuchara—. Te lo has tirado, y no lo niegues porque lo llevas escrito en la cara.

—No puedo resistirme a él, ya lo sabes —le respondió Amaia encogiéndose de hombros.

— ¡Qué buena pinta tiene todo! —Aplaudió Yolanda, relamiéndose los labios.

—El mérito es de Jon, es un excelente cocinero —apuntó Amaia.

— ¿Eso ha sido un piropo? —Preguntó Jon bromeando.

—Tan solo he constatado un hecho.

—No te preocupes, ya te piropeamos nosotros si sigues cocinándonos así —intervino Luís divertido.

Entre risas y bromas, los ocho amigos comieron y pasaron la tarde charlando. Los chicos decidieron ocuparse de la cena y las chicas se encargaron de preparar sangría casera para todos.

Unas horas más tarde, ya cenados y achispados por las copas de sangría que se habían bebido, se acomodaron alrededor de la hoguera y Jon invitó a Amaia a sentarse entre sus piernas. A ninguno de sus amigos les extrañó aquel acercamiento, todos sabían que los dos estaban hechos el uno por el otro y que tenían una cuenta pendiente que saldar.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Jon después de un rato sin que Amaia se moviera ni dijera nada.

—Sí, estoy muy bien —le respondió ella medio dormida, acurrucada contra el pecho de Jon.

—Estás agotada, ¿quieres que te lleve a la cabaña?

—Estoy a gusto contigo —ronroneó Amaia.

—Estaremos más a gusto en la cama —concluyó Jon. Se puso en pie cargando con Amaia en brazos y se despidió de sus amigos—: Nos vamos a dormir, buenas noches.

Jon se dirigió hacia la cabaña mientras Amaia, que estaba juguetona, depositaba pequeños besos por el cuello de Jon.

—Amaia…

—Mm… —Le ronroneó ella al oído, excitándole—. Quiero jugar antes de dormir.

—Y yo quiero complacerte, caprichosa.

Jon depositó a Amaia a la cama y la desnudó lentamente, al mismo tiempo que iba dejando un reguero de besos sobre cada centímetro de piel que iba dejando al desnudo, colmándola de placer y haciéndola alcanzar el orgasmo en varias ocasiones antes de hundirse en ella y estallar en mil pedazos.

—Me estás mimando demasiado y puedo acostumbrarme —le advirtió Amaia cuando su respiración se normalizó.

—Acostúmbrate, te he dejado escapar dos veces y no habrá una tercera —le aseguró Jon estrechándola entre sus brazos con fuerza.

—No me dejes escapar —le pidió ella antes de quedarse dormida.

Casi a punto de amanecer, Amaia se despertó entre los brazos de Jon, que seguía dormido. Se fue a levantar para ir al baño y descubrió que estaba esposada a Jon.

— ¿Pensabas ir a alguna parte? —Le preguntó Jon escrutándola con la mirada, temiendo que Amaia quisiera salir huyendo como la última vez.

—Sí, quiero ir al cuarto de baño —bufó Amaia—. ¿Se puede saber por qué me has esposado?

—Ya te he dicho que no pienso dejarte escapar por tercera vez.

—Te prometo que no me iré a ninguna parte, al menos no sin antes despedirme de ti —le dijo Amaia—. Y ahora quítame esto que necesito ir al baño.

Jon le quitó las esposas y ella se levantó para ir al baño. Cuando regresó cinco minutos más tarde, Amaia se acurrucó junto a Jon y le susurró:

—Quiero jugar, Jon.

—Mm… Ya sabes que me encanta complacerte, caprichosa.

Hicieron el amor y volvieron a quedarse dormidos. Cuando Amaia volvió a despertarse, Jon hablaba por teléfono y las pulsaciones se le aceleraron cuando escuchó lo que decía:

—No se preocupe Charo, su hija está perfectamente, no dejaré que le ocurra nada —hizo una pausa para escuchar a su interlocutora, que era la madre de Amaia, y añadió—: Sí, le doy mi palabra de que la semana que viene iré a comer a su casa —hizo otra pausa y añadió—: Eso ya no depende de mí, pero le aseguro que haré todo lo que esté en mi mano.

Amaia se levantó y se encaró con Jon, sin poder creerse que estuviera haciendo planes para ir a comer a casa de su madre sin contar con ella:

— ¿Quieres contarme qué hacías hablando por teléfono con mi madre?

—Te ha llamado mientras dormías y he respondido para que no se preocupara. Se ha alegrado mucho al saber que estaba contigo y me ha invitado a comer cuando regresemos a la ciudad.

—Jon, sabes que mi madre siempre te ha adorado, no quiero que le des falsas esperanzas…

—Será mejor que te vayas acostumbrando, no te voy a dejar escapar, caprichosa —la interrumpió Jon para después besarla en los labios y después, añadió bromeando—: Estoy deseando ir a comer a casa de mis suegros.

—No se lo he puesto fácil a mis padres estos dos últimos años, no quiero meterlos en esto, Jon. Ellos te adoran y…

— ¿Ha pasado algo con tus padres?

—Lo saben todo —le confesó Amaia.

— ¿Todo?

—Todo —le confirmó Amaia con un hilo de voz—. Tuve que dar muchas explicaciones tras romper el compromiso con Miguel y mis padres me conocen demasiado bien como para intentar mentirles.

— ¿Tus padres saben que rompiste tu compromiso con Miguel porque le pusiste los cuernos acostándote conmigo? —Jon necesitaba asegurarse.

—Sí.

—Genial, probablemente tu madre me haya invitado a comer para que tu padre pueda matarme —musitó entre dientes.

—Mis padres no querían que me casara con Miguel, respetaban mi decisión, pero no la compartían. Ellos siempre han sabido que entre nosotros dos había algo especial, por eso mi madre te ha invitado a comer, intenta hacer de celestina.

—Será divertido, ¿no crees? —Bromeó Jon para que Amaia se relajara, estaba muy tensa.

Sin embargo, aquellas palabras causaron más inseguridades en ella. Temía que aquello no saliera bien y de nuevo se quedara sin Jon y con los reproches de su familia y amigos. Pero, decidida a disfrutar de aquellas vacaciones con Jon, mostró su mejor sonrisa y se olvidó de las preocupaciones. Durante aquellos días, Amaia solo quería vivir junto a Jon la aventura del amor y ya se lamentaría cuando llegara el momento.

—Quiero jugar, Jon.

— ¿Esa es tu forma de decirme que me quieres? —La tanteó Jon, con una sonrisa pícara en los labios—. Me quieres. Reconócelo, caprichosa.

—Te deseo —susurró ruborizada.

—No es lo mismo, pero me conformo con eso por el momento.

Sin más palabras, Jon tumbó a Amaia en la cama y se entretuvo acariciando, besando y lamiendo cada recoveco de piel del cuerpo de la mujer que tanto amaba. Si hubiera tenido el control del tiempo, Jon lo hubiera detenido para siempre en ese momento.

Reconócelo, caprichosa (I/III)

Amaia se apresuró en guardar el equipaje en el maletero de su coche y se dirigió al apartamento de su mejor amiga Cristina, donde llegó con veinte minutos de retraso. Tras recoger a Cristina y escuchar un sermón sobre la puntualidad en forma de reprimenda, ambas se dirigieron al punto de encuentro: un parque situado a las afueras de la ciudad donde se reunirían con el resto de la pandilla antes de emprender sus vacaciones de verano.

Los ocho amigos se conocían desde que eran unos críos y, cuando terminó el instituto, decidieron emprender un viaje a la costa, donde disfrutaron de las playas vírgenes, de la naturaleza y de unos días de relax en unas cabañas de madera. Desde entonces, habían planeado regresar todos juntos al mismo lugar para pasar allí unas vacaciones idílicas, pero habían tenido que pasar ocho años para que finalmente se pusieran todos de acuerdo y poder llevar a cabo esas añoradas vacaciones.

Habían pasado muchas cosas desde la última vez que se reunieron todos para la boda de Yolanda y Luís, que estaban a punto de cumplir su primer aniversario de boda. Amaia tenía una sensación agridulce, por un lado, ansiaba disfrutar de unos días de vacaciones con sus amigos de toda la vida y, por el otro, también ansiaba reencontrarse con Jon, pero sabía que él no iría.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Cristina mientras Amaia conducía en silencio, sumida en sus propios pensamientos.

—Todo bien —mintió.

—Reconócelo, te mueres de ganas por ver a Jon —la instó su amiga, que la conocía demasiado bien.

—Pues sí, y la verdad es que no entiendo la razón, debería odiarle.

—Creo que ya es hora de que ambos afrontéis la situación, os pasáis la vida echándoos de menos, pero ninguno de los dos se atreve a reconocer que no podéis vivir el uno sin el otro. Vosotros mismos os sometéis a una tortura innecesaria.

—Pasé la noche con él y al día siguiente se presentó voluntario para una misión encubierta de la que aún no ha vuelto —le recordó Amaia.

—Quizás fue porque esa noche tú te largaste sin decirle nada mientras él dormía pensando que seguías a su lado —le reprochó Cristina.

Amaia no contestó, no tenía ganas de discutir con su amiga y mucho menos a causa de Jon. Sabía que no había hecho las cosas bien y no necesitaba que se lo recordaran, pero ella también tenía sus motivos para huir de allí después de lo que ocurrió aquella noche. Amaia estaba prometida con Miguel y, cuando se despertó al lado de Jon, supo que lo había hecho todo mal. Se sintió fatal por traicionar a Miguel y lo primero que hizo fue confesarle su infidelidad. Miguel se lo tomó mejor de lo que Amaia esperaba, pensó que la dejaría en cuanto se lo dijera, pero en lugar de eso le dijo que estaba dispuesto a esperar a que aclarara sus sentimientos. Pero Amaia tenía claros sus sentimientos, sabía que siempre había estado enamorada de Jon y que siempre lo estaría, así que rompió con Miguel definitivamente. Unos días más tarde, trató de ponerse en contacto con Jon, pero no le localizó, fue entonces cuando Mario, el mejor amigo de Jon y miembro de la pandilla, le dijo que se había presentado voluntario para una misión encubierta.

Jon regresó de su misión encubierta el día anterior y fue a visitar a su amigo Mario, quien le informó de la inminente escapada de vacaciones de la pandilla y trató de convencerle para que se apuntara.

—Amaia también irá —le dijo Mario, metiendo el dedo en la llaga.

— ¿Acompañada por su prometido? —Preguntó Jon con tono amargo.

—Tendrás que venir para averiguarlo.

—No me toques los cojones, Mario —le advirtió Jon.

—Creía que el objetivo de presentarte voluntario a esa misión era olvidar a Amaia, veo que se te ha dado muy bien —se mofó. Jon le miró con cara de pocos amigos y Mario se apiadó de él—: Amaia rompió su compromiso con Miguel el mismo día que salió corriendo de tu cama.

—No puede ser.

—Será mejor que prepares la maleta para unas vacaciones en la costa, hemos quedado mañana a las ocho de la mañana.

Y Jon no tuvo ninguna duda, estaba dispuesto a ir a ese viaje y reconquistar a Amaia, costara lo que le costara. A la mañana siguiente, Jon se presentó en casa de Mario y ambos se dirigieron al punto de encuentro. 

Amaia y Cristina eran las últimas en llegar, algo a lo que sus amigos ya estaban más que acostumbrados. Aparcó el coche junto al de Mario y, tras localizar a la pandilla desayunando en la terraza del bar del parque, caminaron hacia allí. Amaia ni siquiera se había percatado de la presencia de Jon cuando su amiga le dijo:

—Parece que tus deseos se hacen realidad.

— ¿Qué…? —Entonces vio a Jon y entendió a qué se refería su amiga—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Ahora lo averiguaremos —le aseguró Cristina en un susurro para después saludar a sus amigos, emocionada con aquellas vacaciones—: ¡Hola a todos!

—Y aquí están Cristina y Amaia, las últimas para variar —se mofó Óscar.

—Lo bueno se hace esperar —le respondió Cristina sacándole la lengua divertida—. Me alegro de verte, Jon. ¿Ya has vuelto de salvar el mundo?

— ¿Me habéis echado de menos? —Bromeó Jon clavando sus ojos en Amaia.

— ¿Qué tal estás, Amaia? Hacía mucho tiempo que no se te veía el pelo —la saludó Mario con una maliciosa sonrisa en los labios.

—He estado un poco liada últimamente —se excusó ella.

Jon no apartó sus ojos de Amaia y ella, consciente del escrutinio al que la estaba sometiendo, le sostuvo la mirada durante varios segundos, pero ninguno de los dos dijo nada para no acabar discutiendo.

—Será mejor que salgamos ya o llegaremos a la costa pasada la medianoche —argumentó Mario y, acto seguido, se volvió hacia Cristina y le preguntó—: ¿Quieres ser mi copiloto?

—Por supuesto.

— ¡Eh! ¿Y qué pasa conmigo? —Protestó Amaia.

—Estoy seguro de que a Jon no le importará acompañarte —se mofó Cristina. Y, en tono más bajo para que solo ellos la escucharan, añadió—: Además, creo que debéis resolver un par de asuntos para rebajar la tensión.

Jon sonrió satisfecho y Amaia resopló con resignación. Tenían por delante un largo viaje por carretera de más de seis horas, demasiadas horas para estar encerrados en un coche.

Tratando de suavizar la situación, Jon optó por el silencio, pero no dejaba de mirar a Amaia, que cada vez se ponía más nerviosa.

— ¿Quieres dejar de mirarme? —Le espetó.

— ¿Te molesta?

—Me pone nerviosa.

— ¿Prefieres que hablemos?

— ¿Tienes algo que decir? —Le tanteó Amaia.

—Hace casi un año que saliste huyendo de mi cama y no nos hemos visto desde entonces, creo que deberíamos ponernos al día sobre nuestras vidas.

—Nos hubiéramos visto antes si no te hubieras ido a salvar el mundo —le reprochó.

Jon no contestó, se mordió la lengua para no decirle que no se hubiera ido a ninguna parte si ella se hubiera quedado con él en la cama. En lugar de eso, Jon suspiró miró por la ventanilla, tratando de serenarse mientras se distraía contemplando el paisaje por el que cruzaba la carretera. Frustrada, Amaia se concentró en la carretera y decidió ignorar las pullas de Jon.

Un par de horas después de iniciar el trayecto, los ocho amigos, repartidos en tres coches, pararon en un área de servicio para tomar algo y estirar un poco las piernas.

—Caprichosa, ¿te traigo algo de beber? —Le preguntó Jon a Amaia en un susurro, acercándose tanto a ella que consiguió excitarla al sentir su aliento en el cuello.

—Una botella de agua, por favor —consiguió decir Amaia tratando de sonar lo más natural posible.

Tras un breve descanso, los ocho amigos emprendieron de nuevo el viaje por carretera. Jon insistió en conducir y Amaia ocupó el asiento del copiloto.

—Es un viaje largo, ¿quieres contarme qué has estado haciendo este último año? —Le preguntó Jon tratando de mantener una sana y amistosa conversación.

—Lo de siempre, trabajar y poco más.

—He oído que ya no estás con Miguel.

—Hace casi un año que no estoy con Miguel —matizó Amaia.

—Y, ¿ahora estás con alguien?

—No tengo una relación estable, si es eso lo que me estás preguntando —le respondió empezando a impacientarse.

— ¿Te incomoda hablar conmigo del tema?

—Sí, no pienso contarte con quién me acuesto o me dejo de acostar.

—Entonces, te acuestas con alguien —dedujo Jon.

—Y tú, ¿te acuestas con alguien? —Inquirió ella.

—He estado en una base militar, rodeado de hombres durante casi un año, hace mucho tiempo que no me acuesto con una mujer, pero recuerdo perfectamente quién fue la última.

— ¿Casi un año? ¿Y no te has muerto? —Se mofó Amaia.

—Será mejor que no me provoques, caprichosa.

La sonrisa maliciosa que Jon le dedicó consiguió derretirla como solo él sabía hacerlo y Amaia no pudo más que sonreír como si todavía fuera una adolescente.

Pararon un par de veces más hasta llegar a su destino: una zona costera protegida, situada al sur del país, rodeada de naturaleza y sin ninguna edificación, con la excepción de las cabañas de madera que el estado alquilaba a turistas. Habían reservado cuatro cabañas y eran ocho, así que se dividieron en parejas para ocuparlas. Yolanda y Luís ocuparon la primera; Óscar y Lidia ocuparon la segunda; y, antes de que Amaia pudiera instalarse en la tercera cabaña con su amiga Cristina, Mario decidió intervenir:

—Amaia, si no te importa, me gustaría compartir la cabaña con Cristina.

Amaia miró a su amiga con cara de pocos amigos, sin poder creerse la encerrona que le habían preparado aquellos dos para que ella tuviera que compartir la cabaña con Jon. Cristina y Mario no eran una pareja formal ni estable, pero se divertían juntos y sin ningún tipo de compromiso siempre que a ambos les apetecía.

—Será como en los viejos tiempos, compartiremos cabaña —le dijo Jon con una amplia sonrisa de oreja a oreja mientras cargaba con el equipaje de ambos para llevarlo a la cuarta cabaña.

Amaia fulminó con la mirada a Cristina y Mario, pero a ellos la situación les pareció de lo más divertida y se rieron en sus narices.

—Genial, empezamos bien —protestó Amaia con sarcasmo.

Amaia estaba preocupada y no era para menos. Las cabañas estaban ideadas para cobijar a parejas y tan solo había una cama de matrimonio que tendría que compartir con Jon. Si el viaje hasta llegar a la costa se le había hecho eterno debido al esfuerzo por contener sus ganas de abalanzarse sobre Jon y sucumbir a sus deseos, no quería ni imaginar lo que sería pasar veinticuatro horas juntos, durante siete días, compartiendo cabaña, ducha y cama con él.

— ¿Tan malo te resulta compartir la cabaña conmigo? —Le preguntó Jon visiblemente dolido ante la reacción de ella.

—Se suponía que iban a ser unas vacaciones tranquilas y, contigo al lado, serán unas vacaciones de todo menos tranquilas.

—Depende de lo que entiendas por tranquilidad —le respondió Jon encogiéndose de hombros como si la cosa no fuera con él—. Voy a darme una ducha, necesito refrescarme.

Sin decir nada más, Jon se encerró en el cuarto de baño y Amaia aprovechó para deshacer la maleta y colocar la ropa en el armario. Veinte minutos más tarde, Jon salía del baño desnudo de cintura para arriba y con tan solo una pequeña toalla que le cubría de la cintura hasta las rodillas. Amaia no pudo evitar mirarle con deseo, a pesar de los años que habían pasado, todavía le deseaba igual o más que el primer día.

— ¿Te gustan las vistas? —Se mofó Jon, consciente de cómo le miraba Amaia.

—Ten cuidado, yo también puedo jugar ese juego —le advirtió Amaia.

—Entonces, solo es cuestión de ver quién aguanta más —la retó con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Te veo muy seguro, sobre todo teniendo en cuenta que, según tú, llevas casi un año en sequía.

—Tú misma lo has dicho, caprichosa. Llevo casi un año en sequía, no me pasará nada por esperar unos días más.

Amaia maldijo entre dientes, ella tampoco se había acostado con nadie desde que estuvo con él, hacía ya casi un año, y no estaba segura de poder resistir la tentación si dormía a su lado.

—De acuerdo, veamos quién termina suplicando a quién —aceptó el reto Amaia tendiéndole la mano.

Jon le estrechó la mano para sellar el acuerdo y acto seguido, con su sonrisa traviesa en los labios, le preguntó:

— ¿Qué lado de la cama prefieres?

—Me da igual —bufó Amaia—. Ya he colocado mis cosas en un lado del armario, puedes colocar las tuyas en el otro lado. Voy a darme una ducha rápida.

—Avísame si necesitas ayuda —se guaseó Jon mientras ella se encerraba en el cuarto de baño dando un sonoro portazo.

Jon sonrió, satisfecho de estar allí con ella. Aunque emprendió aquel viaje con bajas expectativas, lo cierto era que no habían pasado ni doce horas y todo iba mejor de lo que había imaginado. Aquel juego provocador entre ambos le confirmó que Amaia estaba dispuesta a dejarse llevar y, esta vez, no pensaba permitir que huyera de su cama a hurtadillas.

Un par de horas más tarde, los ocho amigos se sentaban alrededor de una hoguera mientras cenaban y brindaban por aquel reencuentro.

— ¿Desde cuándo no estábamos todos juntos? —Preguntó Lidia mientras preparaba unos mojitos para todos.

—Desde la boda de mi hermana Yoli —respondió Óscar.

—Hará un año el mes que viene —apuntó Yolanda— y parece que fue ayer.

—Han pasado muchas cosas este último año —intervino Luís.

—Os propongo un juego —les dijo Lidia animada—. ¿Os acordáis de cuándo éramos unos críos y jugábamos a verdad o reto? —Todos asintieron y Lidia añadió—: Pues creo que sería una bonita forma de conocernos mejor.

—Vale, pero lo hacemos por turnos que si no siempre hay alguien que se libra —gruñó Óscar.

Entre bromas y risas, todos fueron respondiendo con la verdad a las respuestas indiscretas que les iban haciendo sus amigos y el que no respondía se la jugaba aceptando un reto igual de incómodo que la pregunta. Hasta que el turno le llegó a Amaia y Jon se encargó de realizar la pregunta:

— ¿Por qué rompiste el compromiso con Miguel?

—Reto —respondió ella directamente.

— ¿Reto? Está bien, cómo quieras —le dijo Jon con una sonrisa maliciosa—. Ven y dame un beso de esos de película.

— ¿Qué? ¡Eso no se puede hacer! —Protestó Amaia.

—Entonces, responde a la pregunta —le contestaron sus siete amigos al unísono.

—Le puse los cuernos a Miguel —confesó Amaia.

— ¿Y cómo se enteró? —Quiso saber Yolanda.

—Se lo dije yo —respondió Amaia.

—Pobre, qué disgusto se debió llevar, se le veía tan enamorado de ti —se lamentó Lidia.

—Y sigue estando enamorado, todavía intenta volver con Amaia —comentó Cristina, ganándose una mirada de reproche de su amiga.

— ¿Podemos continuar ya con el siguiente? —Bufó Amaia.

Conscientes de que a Amaia no le hacía ninguna gracia hablar del tema, continuaron jugando. Cuando el turno le llegó a Jon, Cristina fue la encargada de realizar la pregunta:

— ¿Por qué te presentaste a esa misión encubierta de repente?

—Porque una chica me rompió el corazón y, en aquel momento, necesitaba poner tierra de por medio —respondió Jon sin andarse por las ramas, clavando su mirada en Amaia.

Salvo Mario y Cristina, nadie sabía lo que ocurrió entre Amaia y Jon la noche en la que se celebró la boda de Luís y Yolanda, por lo que las palabras de Jon causaron un efecto mayor de lo que cabía esperar.

Tras tomar un último mojito, la pandilla se despidió para retirarse a sus respectivas cabañas a descansar. Amaia y Jon entraron en su cabaña y, tras intercambiar una mirada desafiante, Jon sonrió y comenzó a desnudarse antes de meterse en la cama. Consciente de la intención de Jon de excitarla, Amaia decidió jugar a su mismo juego y comenzó a desnudarse lentamente hasta que se quedó en ropa interior, se colocó una vieja camiseta y se metió en la cama junto a Jon.

—Bonito pijama —se mofó Jon.

—Procura quedarte en tu lado de la cama —masculló Amaia.

—Estaré aquí si me necesitas en mitad de la noche, caprichosa.

Amaia se giró y quedó tumbada de lado, dándole la espalda Jon. Pensó que le resultaría más fácil dormir si no lo veía, pero se equivocó. Jon tampoco pegó ojo en toda la noche, pendiente de la respiración de Amaia y observándola fingir que dormía.    

Continúa la historia en la segunda parte: Reconócelo, caprichosa II.

No te alejes de mí.

Me levanté de la cama y me vestí con un short tejano y una camiseta de tirantes. Pese a la noche fría, el día era bastante caluroso. Alec entró en la habitación y, tras echarme un rápido vistazo, me entregó mi mochila al mismo tiempo que murmuró entre dientes:

—Será mejor que te cambies de ropa.

Intuí que mi escasez de ropa le incomodaba y ladeé la cabeza divertida, pues él estaba desnudo de cintura para arriba y yo no me había quejado.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

—Tú —le contesté sacándole la lengua—. Creo que tú también deberías cambiarte de ropa.

Alec me dedicó una sonrisa traviesa y, un segundo después, se lanzó sobre mí tumbándome en la cama, extendiendo mis brazos por encima de la cabeza para agarrarme con firmeza de las muñecas e inmovilizándome con su cuerpo. No pude ni quise oponer resistencia, la intensidad de su mirada me hechizaba. Su boca estaba tan cerca de mis labios que me costaba respirar.

—No me provoques, no olvides que yo no soy de piedra —me susurró acariciándome el cuello con los labios.

— ¿Qué te hace pensar que yo sí soy de piedra?

Alec me miró a los ojos sorprendido, ¿acaso no era obvio que estaba totalmente rendida a sus pies? Cerró los ojos y sentí que se alejaba de mí otra vez, con él siempre era un tira y afloja. Un ruego en forma de murmullo se escapó de mi garganta:

—No te alejes de mí, por favor.

—No sabes lo que me estás pidiendo —susurró frustrado—, no soy bueno para ti.

—Por favor —insistí.

Alec suspiró profundamente, apoyó su frente sobre la mía y añadió antes de rendirse y besarme en los labios:

—Acabarás conmigo.

Le devolví el beso con deseo, disfrutándolo al mismo tiempo que temía que en cualquier momento la magia desapareciera. Me dejé llevar por la pasión y por la urgencia de sentirle junto a mí, me sentía en el cielo. Pero alguien llamó a la puerta de la habitación y ambos nos quedamos quietos de inmediato.

—Chicos, ¿estáis despiertos? —Preguntó Erik desde el otro lado de la puerta.

—Danos cinco minutos, en seguida salimos —le contestó Alec alzando la voz para que le escuchara. Se volvió hacia a mí, me dio un leve beso en los labios y añadió ayudándome a incorporarme—: Vístete, voy a darme una ducha y ahora regreso.

Una vez más, huyó de mí. Pero al menos esta vez se había decidido a besarme. Le observé salir de la habitación y suspiré con resignación cuando me quedé sola.

Premonición.

Corría por el bosque detrás de Alec, que cada vez se alejaba más de mí. Le imploraba que me esperase, que no se fuese, pero él seguía corriendo sin siquiera volver la vista a atrás para mirarme. Tropecé con la raíz de un árbol y Alec desapareció, dejándome un gran vacío en el pecho que se convirtió en un dolor insoportable. Me desperté tras el sonido atronador que escapó de mi garganta.

—Estoy aquí, solo ha sido una pesadilla —escuché su voz susurrándome al oído y acto seguido sus brazos me rodearon para colocarme en su regazo.

No dijo nada más, me acunó entre sus brazos y aguardó pacientemente a que mi respiración se normalizara. Tenía la cara empapada en lágrimas y todavía era capaz de sentir el dolor en mi pecho, pero poco a poco me fui calmando.

— ¿Te encuentras mejor?

Asentí con la cabeza y escondí mi cara en su cuello aferrándome a él con fuerza, como si hubiera podido impedir que se marchase si así él lo decidiera.

—No te vayas —le rogué en un ronco susurro.

—No pienso irme a ninguna parte.

—Prométemelo.

—Te lo prometo, me quedaré contigo aquí para siempre si es lo que quieres —me prometió besándome en la frente—. Duérmete preciosa, seguiré aquí cuando despiertes.

No quería dormir, quería disfrutar de su compañía mientras pudiese. Aquella pesadilla me había dejado un mal sabor de boca, como si fuera una premonición de lo que estaba por venir. No quería despertarme y descubrir que había perdido a Alec, él era lo único que me mantenía en pie, la única razón por la que seguía queriendo vivir. El cansancio terminó por vencerme y me dormí, pero la inquietud me acompañó el resto de la noche.

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