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Y de repente tú 11.

Y de repente tú

Viernes, 10 de agosto de 2012.

Abro los ojos de golpe, me siento rara. Miro a mi alrededor y la luz del sol que entra por la ventana me deslumbra, así que vuelvo a cerrar los ojos. ¿Qué hora es? Deslizo mi brazo hasta el filo de la cama intentando encontrar la mesilla de noche contigua, pero allí no hay nada. Vuelvo a abrir los ojos, pero esta vez lo hago lentamente para no deslumbrarme de nuevo. ¿Dónde estoy? Esta no es mi habitación en casa de Giovanni, ni tampoco la de mi nuevo apartamento. Oh, no. ¿Estoy en casa de Lucas?

Como si de un acto reflejo se tratara, mis manos retiran la sábana que cubre mi cuerpo y me tranquilizo al descubrir que no estoy desnuda, llevo puesta una enorme camiseta roja de manga corta y mis braguitas, nada más. Recuerdo haberme manchado mi camiseta de vino y que Lucas me dio esta mientras bromeaba diciendo que si volvía a mancharme no se notaría, pero no recuerdo haberme quitado el short en ningún momento. ¿Qué he hecho? ¿Cómo he llegado aquí sin mi short? ¿Dónde está Lucas?

Cierro los ojos mientras mi mente trata de abrir los cajones de mi memoria, pero están cerrados con llave y no logro recordar nada, al menos nada que no pueda ser producto de mi imaginación. No debí beber tanto.

Analicemos la situación. Estoy medio desnuda en la cama de Lucas. Anoche cenamos y bebimos en su salón, sobre todo bebimos. Estuvimos hablando de nuestra infancia, la suya y la mía. Y eso es todo lo que recuerdo. Y ahora estoy aquí, en su cama.

–  ¿Se ha despertado ya la bella durmiente? – Oigo su voz. ¿Está en mi cabeza o es real?

Abro los ojos poco a poco, adaptándome de nuevo a la luz que hay en la habitación para tratar de localizar el cuerpo de donde sale esa voz, su voz.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto cerrando de nuevo los ojos cuando logro vislumbrarle de pie a los pies de la cama. ¿Cómo es posible que esté tan guapo recién levantado?

–  Estás en mi apartamento, en mi cama, para ser más exactos. – Me dice sonriendo. – Gina te ha traído algo de ropa, puedes ducharte si quieres. Por cierto, Giovanni y Gina han ido a tu apartamento a coger algunas cosas, no regresarán hasta esta noche. Voy a prepararte algo para desayunar, estaré en la cocina.

–  Lucas, espera. – Le digo antes de que se marche de la habitación. – ¿Ha pasado algo…? – No sé cómo continuar y me quedo en silencio.

Lucas me mira y me sonríe maliciosamente. Esa sonrisa puede ser igual de peligrosa que su mirada de Iceman, pero en otro contexto.

–  ¿Qué crees tú que ha pasado? – Me pregunta sin disimular lo evidente que resulta que se está divirtiendo con la situación.

–  Lo único que recuerdo es que cenamos, bebimos, charlamos y seguimos bebiendo. – Le digo encogiéndome de hombros. – Ahora estoy en tu cama y medio desnuda, pero no recuerdo cómo he llegado aquí ni dónde están mis shorts.

–  Anoche bebimos demasiado y te quedaste dormida mientras te contaba mis años en la universidad, así que te llevé a mi cama, que es la única cama que hay en el apartamento, y te dejé dormir.

–  Eso no explica dónde están mis shorts. – Insisto. – Y, si solo hay una cama, ¿dónde has dormido?

–  Los shorts te los quitaste porque te molestaba el botón y decías que esa camiseta era como un camisón de tu abuela que te cubría hasta los pies. – Dice intentando controlar su risa sin éxito. – Y yo he dormido en la cama.

–  ¿Hemos dormido juntos? – Pregunto atónita. ¿Cómo es posible que haya dormido en la misma cama que él y no hayamos…?

–  ¿No pretenderías que durmiese en el sofá? – Se mofa. – Tranquila, esta cama es muy grande y ni siquiera nos hemos rozado mientras dormíamos. Ahora dúchate y vístete que voy a hacer el desayuno, o más bien dicho la comida, que ya es mediodía.

Lucas sale de la habitación y yo decido levantarme y darme una ducha. Cuando salgo del baño, Lucas ha dejado una bolsa con ropa, la ropa que me ha traído Gina. Decido ponerme un vestido ibicenco y las mismas sandalias que llevaba anoche. Al agacharme para calzarme las sandalias me doy cuenta de que mis shorts están sobre una butaca, Lucas ha debido traerlos.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando oigo la voz de una mujer procedente del salón y me quedo detrás de la puerta para escuchar.

–  Había pensado en ir a buscarte para salir a comer, pero llamé a tu oficina y me dijeron que no habías ido a trabajar, así que pensé que estabas enfermo y por eso he venido. – Dice la mujer.

–  Mamá, estoy bien. – Oigo la voz de Lucas. – Además, tengo una invitada y no puedo salir a comer contigo, te llamo mañana y vamos a comer donde tú quieras.

– ¿Una invitada? Tú, que aunque seas mi hijo y te quiera mucho, eres el hombre de hielo, ¿tienes a una invitada? ¿Del sexo femenino? – Pregunta la mujer estupefacta. – Eso es lo más parecido al amor que he visto en ti, ¿quién es la afortunada?

–  Mamá, hoy no. – Sentencia Lucas. – No creo que lo que le apetezca en este momento sea conocer a mi madre.

–  Pregúntaselo a ella, a lo mejor no le parece una idea tan descabellada.

No me lo puedo creer, la madre de Lucas está aquí y quiere conocerme. Oh, Dios. Esto no me puede estar pasando a mí.

Escucho unos pasos acercarse y disimulo empezando a recoger mi ropa para doblarla y guardarla en la bolsa que me ha traído Gina.

La puerta de la habitación se abre y entra Lucas, cerrando la puerta tras él. Me mira desconcertado y por primera vez noto la duda y la inseguridad en su mirada. ¿Dónde se ha metido Iceman?

–  Mel, mi madre está aquí. – Me dice delatando su nerviosismo al pasarse las manos por la cabeza. – Le he dicho que no estaba solo y se ha empeñado en conocerte, pero no tienes por qué hacerlo si no quieres.

–  No me importa conocerla pero, ¿qué se supone que estoy haciendo aquí? Es una situación un poco incómoda, ¿no crees?

–  No te preocupes por eso. – Me dice cogiéndome de la mano y arrastrándome hacia a la puerta. Se vuelve hacia a mí y añade antes de abrir la puerta y salir al pasillo que da al salón: – Estás preciosa con ese vestido blanco.

Salimos de la habitación y camino por el pasillo con las piernas temblorosas hasta llegar al salón donde, sentada en un sillón está la madre de Lucas. La mujer parece ser de la edad de mi madre, quizá pocos años mayor. Lleva el pelo de color caoba recogido en un inmaculado moño, dejando al descubierto sus perfectas y dulces facciones y sus ojos del color azul del cielo. Va vestida con un traje de falda y chaqueta de color gris perla y una blusa lisa de color blanco nuclear.

La mujer se levanta en cuanto nos ve aparecer y me sonríe ampliamente con los ojos brillantes por la emoción. Lucas me rodea por la cintura con su brazo, ofreciéndome su apoyo, y le dice a su madre:

–  Mamá, te presento a Mel. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Mel, ella es mi madre.

–  Encantada de conocerla, señora Mancini. – La saludo estrechándole la mano.

–  Lo mismo digo, Mel. – Me dice sin dejar de sonreír. – Cuando Mía me lo contó, no podía creérmelo pero, ahora que te conozco, lo entiendo todo.

¿A qué se refiere? ¿Es un cumplido o una puñalada? Busco la mirada de Lucas intentando obtener una respuesta a todas mis preguntas, pero la madre de Lucas interrumpe mis pensamientos:

–  Llámame Leonor, por favor. – Me dice sonriendo. – Mía me dijo que vendrás con Lucas a la fiesta del final del verano, ¿es así? Mi hijo nunca ha asistido a una de las fiestas que organizo ni a las que nos invitan, es un poco asocial, nada que ver con Mía.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Bromeo.

–  Si queréis, os dejo a solas para que me podáis seguir criticando con más libertad. – Se queja Lucas.

– Oh cariño, nadie en su sano juicio se atrevería a criticarte. – Se mofa Leonor. – ¿Por qué no venís mañana a cenar a casa?

–  Mamá, Mel tiene cosas que hacer y no…

–  Bueno pues si no es mañana, ¿cuándo puedes venir a casa? – Me insiste Leonor ignorando las excusas de su hijo. – Te prometo que te haremos sentir como en tu propia casa. Además, invitaremos también a Giovanni y a tu amiga, así te sentirás aún más cómoda.

–  Lo cierto es que mañana no puedo. – Me excuso. – Pero quizás podamos ir el próximo sábado, ¿tú qué dices, Lucas?

–  Yo no digo nada, que luego siempre termino siendo el culpable de todo. – Me dice levantando las manos en señal de inocencia. – Poneros de acuerdo entre vosotras que hasta ahora se os estaba dando muy bien.

–  Leonor, deja que hablemos con Giovanni y Gina y te diremos algo, ¿de acuerdo? – Le digo sin comprometerme demasiado.

–  El próximo sábado, no lo olvidéis. – Nos dice Leonor levantándose del sillón y añade para despedirse antes de macharse: – Me alegra saber que esta visita ha servido para algo, por fin mi hijo se echa novia.

–  ¡Mamá! – Protesta Lucas.

Rápidamente, Leonor nos da un par de besos en la mejilla y desaparece como si la arrastrase un huracán y la sacara del apartamento. Lo cierto es que a mí también me gustaría salir corriendo y huir, la mirada de Iceman ha vuelto y no augura nada bueno.

–  No le puedes decir a mi madre que vas a ir y después no aparecer. – Me advierte.

–  Mi intención es ir contigo y pasar un buen rato, si estás de acuerdo, claro.

–  ¿De verdad quieres ir? Van a hacerte un montón de preguntas y…

–  No te preocupes. – Le interrumpo. – Estoy acostumbrada a tratar con mi madre y con la madre de Gina, tu madre a su lado es como un corderito al lado de un lobo. Aunque creo que tienes que explicarme por qué tu madre piensa que somos novios.

–  No salgo con chicas, en plan citas y esas cosas. – Empieza a decirme poniéndose serio. – No llevo a chicas a lugares públicos y nunca he traído a casa a una chica, es mi santuario, solo para mí. Mi madre y Mía están obsesionadas en que tengo que encontrar novia y si sumas uno más uno…

–  Te acabo de meter en un buen lío. – Le interrumpo arrepentida. – Lo siento, no sabía qué decirle y me pareció feo rechazar su invitación sin escrúpulos. Puede que no vuelva a verla, pero no quiero que se lleve una mala impresión de mí, y mucho menos cuando yo no soy así.

–  Me encanta que hayas aceptado. – Esta vez es él quien me interrumpe. – Por un momento pensé que ibas a salir corriendo y no volvería a verte y sin embargo aquí estás, en medio de una emboscada.

–  Te va a sonar raro, pero tu madre me recuerda mucho a la mía. – Le digo divertida. – Mi madre se pasa la vida buscando posibles candidatos a príncipe azul mientras yo trato de salir airosa. Giovanni vino un verano a Villasol y se quedó en casa unos días, si no llegamos a frenarla, nos hubiéramos casado ese mismo verano. Gina tiene un término psicológico para eso, pero yo simplemente digo que está loca.

–  Creía que entre tú y Giovanni nunca había habido nada.

–  Y no lo ha habido, por eso te digo que mi madre está loca. – Le contesto sonriendo. – Giovanni y yo hicimos un trato, si a los treinta sigo soltera, me casaré con él para que mi madre deje de darme la lata y las mujeres dejen de pedirle más compromiso a Giovanni. Suena un poco frío, pero si lo meditas tiene su lógica.

–  ¿Por qué lo haces? ¿Por qué quieres ir a cenar con mi familia?

–  Me gusta estar contigo y tengo curiosidad por conocer a tu familia. – Le contesto insegura. – Mía y tu madre me caen bien, si tu hermano y tu padre son la mitad de amables y simpáticos de lo que son ellas, nos llevaremos bien.

Lucas y yo pasamos el resto de la mañana cocinando y parte de la tarde recogiendo la cocina. Mientras tanto, vamos charlando y me sorprendo al comprobar que se me da bastante bien la convivencia con él. Le cuento anécdotas de mi madre y sus intentos de buscarme pretendientes y ambos reímos a carcajadas. Iceman vuelve a desaparecer para dejar paso a un Lucas más relajado y sonriente.

Y de repente tú 10.

Y de repente tú

Jueves, 9 de agosto de 2012.

Cuando Giovanni regresa del trabajo, decido actuar. Llevo dos días encerrada con Gina en casa de Giovanni y ya no puedo más. Gina ha estado entrando y saliendo con Giovanni con la excusa de ir a casa a por ropa y demás enseres necesarios, pero a mí me tienen en clausura. Según Gonzalo, hasta que confirmen que la mafia sureña ha abandonado el país, lo mejor es que me quede aquí y procure no salir a la calle, cosa que Gina y Giovanni se han tomado al pie de la letra.

Por si fuera poco, no he visto a Lucas desde el martes, cuando se marchó sin despedirse de mí tras traerme a casa de Giovanni. Llevo dos días viviendo en frente de su casa y ni siquiera ha venido a verme. Giovanni no me ha dicho nada sobre Lucas y yo tampoco he querido preguntar, aunque me muero de ganas por verlo.

Pero de esta noche no pasa, tengo que aclarar con Lucas todo esto, al fin y al cabo él me ha estado ayudando. Aunque cabe la posibilidad que al escuchar mi historia haya decidido alejarse, sería lo más sensato en su situación.

–  ¿Qué tal el día, chicas? – Nos pregunta Giovanni nada más entrar en casa.

–  Aburridas. – Contesta Gina. – Y tengo antojo de comida japonesa, ¿no podemos ir a cenar a un japonés? En plan rápido, solo esta noche.

–  No, Gonzalo ha sido bastante claro: Mel no puede salir a la calle. – Responde Giovanni.

–  Yo no puedo, pero vosotros sí. – Le digo sonriendo. Sé que a ambos les encantará salir juntos a cenar y yo necesito un poco de vía libre. – Id vosotros a cenar, yo estaré bien.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta Gina. – No me hace gracia que te quedes sola.

–  Estaré bien, coge el bolso y largaros, venga. – Les apresuro.

–  Voy a cambiarme de ropa, tardo dos minutos. – Dice Gina.

–  Eso quiere decir media hora. – Murmura Giovanni sacando un par de cervezas de la nevera y ofreciéndome una. – ¿Has tenido noticias de Gonzalo?

– Sí, ha llamado esta mañana y hace un rato. Cree que cómo mucho estarán en el país una semana más, así que vas a tener inquilinas unos días más. – Bromeo.

–  Estoy encantado teniendo inquilinas. – Me contesta Giovanni sonriendo para acto seguido preguntarme socarronamente:- ¿No quieres preguntarme nada?

–  ¿Qué pasa con Lucas? ¿Está enfadado conmigo? ¿Ha pensado en todo lo que le conté y no quiere saber nada de mí? – Le pregunto sin contenerme.

–  Eso deberías preguntárselo a él.

–  Se fue sin despedirse y no he sabido nada más de él, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Vive en el apartamento de en frente, solo tienes que cruzar el rellano. – Me dice con tono burlón y le da un trago a su cerveza antes de añadir: – Ahora mismo está en su apartamento, ¿por qué no vas a verle?

–  A lo mejor ha quedado con alguien.

–  Lucas no lleva chicas a casa, es su regla número dos.

–  ¿Y cuál es la regla número uno?

–  No llevar a una chica a casa de sus padres.

–  Quizás debería mandarle un mensaje y decirle que quiero hablar con él. – Propongo.

–  Como quieras, pero si quieres un consejo, es mejor que vayas tú a buscarle.

Gina aparece en el salón lista para salir a cenar y ambos se despiden de mí. Por supuesto, Giovanni me recuerda que solo estoy autorizada a salir del apartamento para ir al apartamento de Lucas.

Voy al baño antes de salir y me peino un poco. Me miro en el espejo consciente que no voy muy bien vestida, un short tejano y una camiseta blanca de algodón con tirantes cruzados por detrás, pero no me cambio de ropa, no quiero que piense que me he arreglado para él.

Media hora más tarde, me armo de valor y salgo al rellano decidida a llamar al timbre del apartamento de Lucas. Me paro frente a su puerta y noto como las piernas empiezan a flaquearme, estoy un poco nerviosa y presiono el botón del timbre con el dedo índice antes de perder el valor y salir corriendo. En pocos segundos, la puerta se abre y tras ella aparece Lucas vestido tan solo con un pantalón del equipo local de fútbol y desnudo de cintura para arriba. Su pelo está mojado, igual que su pecho y su abdomen, debe de acabar de salir de la ducha.

–  Mel. – Me dice con frialdad en los ojos cuando me ve.

–  ¿Tienes un minuto? Me gustaría hablar contigo. – Le digo con un hilo de voz. – Si estás ocupado, puedo volver en otro momento.

Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice echándose a un lado para dejarme entrar:

–  Adelante, pasa.

Camino con mis piernas temblorosas hasta llegar al salón mientras echo un rápido vistazo para comprobar el lugar, que tiene la misma distribución que el apartamento de Giovanni. La decoración es minimalista, utilizando el negro y el blanco combinado por algún toque de color rojo. Bonito, pero demasiado masculino para mi gusto. Sin embargo, me llama la atención el cuadro que hay colgado en la pared sobre la chimenea. Se trata de una réplica exacta del Guernica de Picasso.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta Lucas. – Puede que no sea el mejor cuadro para decorar un salón, al menos eso decía el decorador que contraté, pero a mí me gusta donde está.

–  “No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.” Al menos, eso fue lo que dijo Picasso. – Le respondo sin dejar de observar el cuadro. – Está considerada una de las obras más importantes del siglo XX y su valor artístico está fuera de discusión, pero nadie menciona su valor simbólico y lo que representa.

–  Olvidaba que estaba hablando con una experta. – Me dice sonriendo. – Giovanni me ha dicho que acabas de graduarte en historia del arte.

–  Sí, pero aún no he encontrado trabajo, aunque tengo dos entrevistas concertadas. – Le informo sin esperar a que me pregunte. Me vuelvo hacia a él para mirarle directamente a los ojos y le pregunto con voz calmada: – ¿Por qué estás enfadado conmigo?

–  ¿Qué te hace pensar que lo estoy? – Me pregunta enarcando las cejas.

–  El martes te fuiste sin despedirte, ni siquiera me miraste. – Le respondo encogiéndome de hombros y volviendo la mirada al cuadro.

–  No estoy enfadado. – Me dice zanjando el tema. – ¿Te apetece una copa de vino?

–  ¿No vas a contarme que pasó? – Insisto.

–  ¿De verdad quieres saberlo? – Me espeta. – Te pedí que confiaras en mí, te hice una sola pregunta y te encerraste en banda de repente. Me diste a entender que yo no era nadie para hacer preguntas y no las hice. No me lo tomé muy bien en ese momento, pero comprendo tu posición. Al fin y al cabo, ¿qué me importa a mí lo que estuvieras haciendo? Sexo, drogas, dinero, ¿qué más da? Es tu vida y tu pasado, yo no soy nadie para entrar en él.

–  Estaba allí porque una compañera de la universidad me llamó pidiendo ayuda. Su novio era uno de los mafiosas sureños y ella le había dejado esa misma noche, pero él la retuvo allí por la fuera. – Empiezo a contestar a la pregunta que me hizo hace dos días. – Apenas hacía diez minutos que había llegado cuando empezó el tiroteo. – Miro por una de las ventanas del salón para desviar mi mirada de la suya y añado con un hilo de voz: – Mi amiga fue a la primera que vi cuando el tiroteo cesó. Estaba en el suelo rodeada de un enorme charco de sangre. – Me vuelvo hacia a él y mirándole a los ojos susurro: – Si no te contesté no es porque no confiara en ti, sino porque no me gusta hablar de ello.

–  Entonces, ¿por qué me lo cuentas ahora? – Me pregunta sosteniéndome la mirada.

–  Supongo que es mi manera de demostrarte que confío en ti, aunque no necesariamente te cuente todo lo que me haya pasado. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Te apetece cenar conmigo? No puedo salir del rellano, así que tendríamos que cenar aquí o en casa de Giovanni.

–  Me encantaría cenar contigo. – Me contesta cogiéndome de la mano y arrastrándome a la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. – Mejor cenamos aquí, así podremos charlar más tranquilamente.

–  Gina y Giovanni han salido a cenar, podemos charlar tranquilamente en cualquiera de los dos apartamentos. – Puntualizo divertida.

–  ¿Se han ido a cenar y te han dejado sola? – Me pregunta indignado.

–  Me ha costado un poco convencerlos, pero al final lo he conseguido. – Le contesto devolviéndole una sonrisa pícara.

–  Así que te las has apañado para que se vayan a cenar fuera y has venido a verme para disculparte y ¿cenar conmigo? – Me pregunta socarrón.

–  Ese sería un resumen bastante breve y escueto, pero sí, más o menos. – Paso a su lado y abro la puerta de la nevera, que está a rebosar de comida pese a que vive solo. – Con lo que tienes aquí puedo hacer cualquier cosa, ¿alguna sugerencia?

–  Muchas, pero ninguna culinaria. – Susurra con voz ronca justo detrás de mí. – Puedo llamar al Bistro y que nos traigan algo de comer, así no tendremos que cocinar.

Como no deje de hablarme así, me va a dar algo. Cada una de sus palabras suenan a sexo, o al menos yo las interpreto así. Su voz ronca y sexy susurrando detrás de mí es más de lo que puedo soportar, al menos sin lanzarme a su cuello. “Logro resistirlo todo salvo la tentación”, Óscar Wilde.

–  ¿En qué te has quedado pensando?  Me pregunta Lucas, medio burlón y medio preocupado.

–  En Óscar Wilde.

–  ¿Óscar Wilde? – Me pregunta, ahora confundido.

–  Olvídalo, cosas mías. – Le respondo divertida. – Me parece buena idea pedir comida a domicilio, así tendremos más tiempo para charlar tranquilamente.

No debería pensar en esto, pero se me ha venido a la cabeza otra gran frase de Óscar Wilde: “La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella”. Y eso es todo lo que necesito para relajarme y disfrutar de una copa de vino en compañía de Lucas, que parece que hoy le ha dado el día libre a Iceman.

Lucas llama por teléfono para encargar comida a domicilio y cenamos mientras hablamos animadamente, consecuencia de la botella de vino que nos hemos bebido y parte de la segunda botella que nos vamos a beber.

Y de repente tú 9.

Y de repente tú

Martes, 7 de agosto de 2012.

Salimos del restaurante y Lucas me acompaña hasta la puerta del coche pero sin accionar el mando, para que yo no pueda abrir la puerta y tenga que esperar a que sea él quien la abra. No puedo evitar poner los ojos en blancos.

–  No hagas eso, no es propio de una señorita. – Me dice burlonamente.

–  Le encantarías a mí madre. – Le digo sin que suene a un cumplido.

–  Tendrás que presentármela cuando venga a verte. – Me dice de repente.

–  No creo que esa fuera una buena idea. – Le contesto aún aturdida por su respuesta. – Créeme, a ti no te caería tan bien.

–  ¿Por qué? Estoy seguro de que si tu madre se parece mínimamente a ti, me encantará.

¿Desde cuándo la conversación se ha convertido en una insinuación? A lo mejor solo son ilusiones mías y Lucas solo está siendo amable conmigo.

–  Supongo que me parezco físicamente a mi madre, pero todo el mundo dice que tengo el mismo carácter que mi padre, lo cual no es ningún cumplido. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Tendrás que presentarme a tus padres un día de estos para que pueda tener una opinión al respecto sobre el tema. – Me contesta divertido.

Lucas arranca el coche y conduce en dirección a mi casa, está poniendo fin a nuestro encuentro y yo no quiero alejarme de él.

Su teléfono móvil empieza a sonar y Lucas contesta con el manos libres puesto:

–  Lucas Mancini.

–  Lucas, soy Giovani. Dime que estás con Mel. – Se escucha la voz de Giovani conectada al bluetooth del coche.

–  Tengo el manos libres activado en el coche, puedes hablar con ella, te está escuchando. – Contesta Lucas mirándome y arqueando las cejas intrigado.

–  Giovani, ¿qué ocurre? – Pregunto preocupada.

–  Estoy en mi casa con Gina, dile a Lucas que te traiga aquí y ni se te ocurra entrar en tu casa, ¿de acuerdo? – Me espeta Giovani.

–  Giovani, dime ahora mismo qué está pasando. – Grito furiosa. – No puedes llamarme, asustarme y dejarme con la intriga. A menos que quieras que te mate en cuanto te vea.

–  Gonzalo intentaba localizarte pero como no pudo, llamó a Gina y ella me llamó a mí. – Comienza a resumirme rápidamente. – No sé en qué cojones estará metido tu ex esta vez, pero está preocupado por tu vida. ¿Dónde cojones estabais que teníais los móviles sin cobertura?

–  Giovani, los golpes de uno en uno, por favor. – Le recrimino. Me vuelvo hacia a Lucas y le pregunto con un hilo de voz: – ¿Puedes llevarme a casa de Giovani?

–  Estaremos allí en diez minutos, Giovani. – Contesta Lucas antes de darle a un botón del volante y colgar la llamada. Sin apartar los ojos de la carretera y me pregunta como si fuera el mismo Iceman: – ¿Te encuentras bien? Te has puesto un poco pálida.

–  Lo siento, Lucas. – Logro contestar con un hilo de voz apenas audible.

–  ¿Por qué te disculpas? – Me pregunta sin dejar de mirar la carretera.

–  Porque estoy apartándote de tu trabajo, metiéndote en medio de mis problemas y porque cada vez que nos vemos pasa algo malo, estoy empezando a creer que somos gafes cuando nos juntamos.

Mi culpabilidad parece alegrarle hasta tal punto de dibujar una tímida sonrisa en su rostro, lo cual viene siendo un auténtico logro tratándose de Iceman.

–  Si tan culpable te sientes, puedes dejar que te invite a cenar y te demostraré que no somos gafes cuando nos juntamos. – Me dice repitiendo mis palabras para después preguntar: – ¿Puedo preguntarte cuál es el problema con tu ex?

–  Supongo que tienes derecho a saberlo, teniendo en cuenta que estás conmigo en este momento. – Le digo armándome de valor. – Conocí a Gonzalo en una discoteca, hubo un tiroteo en la sala VIP donde yo me encontraba y él me sacó de allí para escondernos en el armario de una habitación contigua. Cuando todo se quedó en silencio y salimos, todos los que estaban en la sala VIP estaban muertos, había sangre por todas partes y no podía creer lo que estaba viendo. Tuvo que sacarme en brazos de allí, me quedé totalmente petrificada. No había visto a Gonzalo en mi vida, pero acababa de salvarme la vida y yo estaba en estado de shock. – Suspiro profundamente y añado: – ¿Quieres que siga o prefieres alejarte de mí y de mis problemas? Aún estás a tiempo de salir corriendo.

–  No tengo la intención de ir a ninguna parte. – Asevera mirándome a los ojos y posando su mano derecha sobre mis rodillas. – Si Giovani quiere protegerte, yo también, ya sabes cómo funciona eso de la amistad. – Me sonríe y añade divertido: – Además, le caes bien a mi hermana y a mi hermana no le cae bien ninguna mujer, excepto sus amigas, y si no apareces conmigo en la fiesta de mis padres, tendré muchos problemas con ella. – Me mira fijamente a los ojos y me dice con tono serio: – Confía en mí, solo quiero ayudarte en lo que pueda.

–  Gonzalo trabaja para el SS (Servicio Secreto), estaba infiltrado en la mafia sureña tratando de conseguir información suficiente para detenerlos. Me sacó de la discoteca y me llevó a un piso franco, donde pasamos más de tres días esperando que nos dieran luz verde para volver a nuestras vidas. Por precaución, el SS puso al corriente de lo sucedido a mi familia y amigos más cercanos, ya que la mafia sureña se había llevado el listado de la discoteca que contenía los nombres de las personas que esa noche se encontraban en la sala VIP. – Le resumo rápidamente. – Dieron por hecho que Gonzalo les había traicionado y también sabían que me había salvado, pero no sabían quiénes éramos. Eso es lo que nos mantiene vivos. Después de todo lo que pasó, Gonzalo me llamaba y venía a verme bastante a menudo, así que una cosa llevó a la otra y el resto te lo puedes imaginar.

–  Tengo mil preguntas que hacerte, pero hay una que necesita una respuesta urgente. – Me dice Lucas con el rostro desencajado. – ¿Qué cojones hacía alguien cómo tú en una sala VIP de discoteca rodeada de mafiosos? ¿Es que estás loca?

–  Eso es algo de lo que no voy a hablar. – Le respondo rotundamente.

Lucas no dice nada, simplemente me observa con sus fríos ojos y el agradable y amistoso Lucas desaparece dejando en su lugar a Iceman.

Conduce hasta llegar al parking subterráneo de un lujoso edificio de la zona rica de la ciudad y aparca en una de las pocas plazas libres que hay.

–  Ya hemos llegado. – Dice saliendo del coche.

Abro la puerta y bajo sin esperar a que él venga a ayudarme, pero esta vez ni siquiera hace el intento de acercarse. Camino hasta llegar a su lado y le sigo cuando se dirige hacia el ascensor, el cual abre sus puertas en cuanto Lucas introduce su llave. Ahora recuerdo que Giovani me dijo que el edificio tenía dos áticos, el suyo y el de su socio. Subimos hasta el último piso y las puertas del ascensor se abren para abrirnos paso a un amplio rellano con una puerta en cada extremo. Lucas camina directamente hacia la puerta de la izquierda y llama al timbre. Dos segundos después, la puerta se abre y aparece Giovani con el rostro contraído de preocupación.

–  ¿Estás bien? – Me pregunta.

–  He estado mejor. – Respondo encogiéndome de hombros.

–  Vuelvo a la oficina, llámame si necesitas algo. – Le dice Lucas a Giovani antes de marcharse sin despedirse de mí.

Giovani me mira sorprendido y espera a entrar al salón de su casa para preguntarme delante de Gina, que está sentada en el sofá:

–  ¿Qué ha pasado con Lucas? No parece nada contento. De hecho, estoy seguro de que está bastante furioso. – Me encojo de hombros a modo de repuesta y Giovani continúa hablando: – ¿Quieres hablar de ello con nosotros?

–  Eso es lo que ha pasado. – Recapacito.

–  ¿A qué te refieres? – Pregunta Gina sin entender nada.

–  Le he contado cómo conocí a Gonzalo y lo que sucedió, me ha preguntado qué estaba haciendo en una sala VIP llena de mafiosos y… – Les respondo dejando la frase a medias para que saquen sus propias conclusiones.

–  Oh, no. – Murmura Giovani.

–  ¿Se lo has contado? – Me pregunta Gina, directa al grano como siempre.

–  No. – Respondo dejándome caer en el sofá lanzando un largo y sonoro suspiro. – Estaba nerviosa, tenía miedo de su reacción y no me esperaba que me preguntara lo único que no quería que me preguntara.

–  ¿Qué le has dicho, Mel? – Me inquiere Giovani.

–  Creo que las palabras exactas han sido: “Eso es algo de lo que no voy a hablar”. – Consigo decir con un hilo de voz al mismo tiempo que me cubro la cara con las manos. – Soy idiota, lo sé.

–  No creo que esté así por eso. – Opina Giovani. – ¿No le has dicho nada más?

–  No, lo último que le he dicho ha sido eso y desde entonces se ha puesto en plan Iceman. – Le respondo tras pensarlo durante unos instantes.

–  ¿En plan Iceman? – Me pregunta Giovani divertido.

–  Mejor no preguntes. – Le responde Gina, que sabe perfectamente a qué me refiero.

Giovani decide que tenemos que pasar la noche en su casa y a mí, para ser sincera, no me hace ninguna gracia, aunque la única razón es que Lucas vive en el apartamento de en frente, pero no digo nada y obedezco dócilmente, ya he causado bastantes problemas.

Y de repente tú 8.

Y de repente tú

Martes, 7 de agosto de 2012.

El domingo por la noche le conté a Gina los planes para celebrar mi cumpleaños y, pese a que pensaba que no le iban a hacer mucha gracia, le encantó la idea. No quise mencionar el tema, pero parecía emocionada por ver de nuevo a Giovani y no ha dejado de hablar de él desde entonces. Esta mañana se ha puesto muy pesada y ha insistido en que tenía que llamar a Lucas ya para invitarle, así que ahora estoy con mi teléfono móvil en la mano pensando en pulsar o no la tecla de llamada. Finalmente, opto por pulsar la tecla y ponerme el teléfono en la oreja.
–  Lucas Mancini. – Oigo su voz ronca y sensual al otro lado del teléfono.
–  Hola Lucas, soy Mel. – Le digo nerviosa. – Espero no interrumpirte, ¿te pillo en mal momento?
–  No, claro que no. – Me contesta. – Solo dame un segundo, por favor. – Oigo como le dice a alguien que se trata de una llamada importante que debe atender seguido de un murmullo de voces masculinas antes de volver a escuchar su voz: – Perdona, ya estoy de vuelta.
–  Si estás ocupado, puedo llamar más tarde.
–  Acabo de salir de una reunión con unos empresarios alemanes solo para hablar contigo, no me cuelgues ahora. – Me dice divertido.
–  Oh, lo siento. – Me disculpo. ¿De verdad ha salido de una reunión solo para hablar conmigo? – Solo quería darte las gracias por ofrecernos tu cabaña para celebrar mi cumpleaños.
–  Es una cabaña estupenda, te encantará. – Me dice tensando la voz. – Es muy espaciosa para celebrar grandes fiestas.
–  En realidad, por eso también te llamaba. – Le digo armándome de valor. – No me apetece nada celebrar una gran fiesta, solo una pequeña reunión de amigos. Sé que apenas nos conocemos pero me gustaría que tú también estuvieras, eres la única persona que conozco en Lagos, además de Giovani y Gina.
–  Me encantará ir pero, ¿por qué no hablamos más tranquilamente? – Me propone. – ¿Tienes planes para salir a comer?
–  Eh… No. – Respondo mirándome en el espejo vestida aún con el pijama.
–  Estupendo, ¿paso a buscarte por casa en una hora? – Me pregunta.
–  De acuerdo, nos vemos en una hora.
–  Hasta dentro de una hora, entonces. – Me dice antes de colgar.
Una hora más tarde, estoy lista para salir. Gina me ha sugerido que me ponga unos shorts tejanos con una camisa blanca con manga abombada en los hombros y los tres primeros botones desabrochados, dejando ver ligeramente mi canalillo. Me he puesto las sandalias de tiras blancas con tacón de aguja, unas sandalias que realzan mis piernas.
–  A Lucas le va a dar un infarto cuando te vea. – Me dice Gina tras lanzar un silbido.
Mi móvil empieza a sonar y lo cojo nerviosa.
–  Es él. – Le digo a Gina antes de descolgar. – ¿Sí?
–  Mel, soy Lucas. – Oigo su voz ronca al otro lado del teléfono. – Estoy en la puerta de tu edificio, ¿estás lista?
–  Sí, ahora mismo bajo. – Le respondo sonriendo.
Me despido de Gina y bajo a la calle. Lucas está frente al portal de mi edificio y me sonríe en cuanto me ve salir. Está guapísimo con su traje gris y su camisa blanca, con la corbata también de color gris colocada a la perfección. Parece salido de una pasarela de modelos.
–  Estás preciosa, como siempre. – Me dice mientras me besa en la mejilla. – Espero que tengas hambre, voy a llevarte al mejor restaurante de la ciudad.
–  Lo cierto es que estoy hambrienta. – Le contesto sonriendo.
Lucas me coge de la mano y me guía al otro lado de la calle, donde ha aparcado su coche, un BMW M6 de color gris marengo con asientos de piel en color crema. Abre la puerta del copiloto y me ayuda a sentarme para después cerrar la puerta, dar la vuelta al coche y sentarse en el asiento del conductor. Conduce en silencio, pero de vez en cuando desvía su atención de la carretera para mirarme y sonreírme. Diez minutos más tarde, Lucas aparca y sale del coche, pero esta vez no le doy tiempo a dejar que me abra la puerta y salgo del coche sin su ayuda. Lucas me observa y veo el desacuerdo en sus ojos, pero no dice nada. Me coge de la mano y entramos en el restaurante, un restaurante de comida local, uno de esos restaurantes con personalidad que no se han modernizado para agradar a la alta sociedad. Me sorprende que Lucas, viniendo de una de las familias más adineradas de la ciudad y habiéndose convertido en millonario a los veintitrés años al crear un sistema informático que ha revolucionado el mundo de la tecnología, según las palabras de Giovani, me haya traído a un sitio como éste, aunque lo cierto es que me encanta.
Recibo un mensaje al móvil y lo saco del bolso para ver de quién es. Es Giovani: “Que sepas que me espera una larga tarde de trabajo porque he sido bueno y he aceptado hacerme cargo de todas las reuniones de hoy para que Lucas y tú estéis comiendo juntos en este momento. Me debéis una y de las grandes, tenlo en cuenta pequeña. Diviértete.”
–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Lucas con aparente tranquilidad.
–  No, Giovani ya me está haciendo chantaje. – Le contesto divertida encogiéndome de hombros.
–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta parándose en seco.
–  Estoy bromeando. – Contesto rápidamente al observar que en su rostro se refleja la preocupación y que su apariencia deja de ser calmada. – Giovani dice que le debemos una de las grandes por quedarse trabajando mientras nosotros salimos a comer.
–  Se lo compensaré, no te preocupes. – Me contesta sonriendo.
¿Y esos cambios de humor? Lo mismo está serio, calmado y frío y otras veces parece cálido y alegre, pero de cualquier forma te seduce.
Nos sentamos en una pequeña mesa para dos personas, alejada de los baños y de la cocina, sin apenas nadie a nuestro alrededor. Los camareros saludan a Lucas como si del mismo rey del país se tratara y él les devuelve el saludo con educación. Dos segundos más tarde, se acerca a saludarnos el chef, que también es el propietario del local.
–  ¡Lucas, qué alegría verte tan bien acompañado! – Le dice el fornido chef a Lucas. Se vuelve hacia a mí y añade: – Oh, ¿quién es esta preciosa ragazza?
–  Esta preciosa chica es Mel. – Le contesta Lucas sin especificar que relación hay entre nosotros.
Probablemente, para el chef seré una de las muchas chicas a las que Lucas ha traído a comer o a cenar, pero yo no me he acostado con él, al menos aún no.
–  Me alegro de verte tan bien acompañado. – Le dice guiñándole un ojo. – Por cierto, Mía también va a venir a comer con unas amigas, me ha llamado para que le reserve una mesa.
– ¿Mía? ¿Va a venir? – Pregunta Lucas desconcertado.
–  Sí, viene bastante entre semana. – Le responde el chef. – ¿Quieres que te avise cuando llegue?
–  No creo que haga falta, vendrá hacia aquí en cuanto me vea. – Le dice Lucas con una media sonrisa.
Me muero de curiosidad por preguntar quién es Mía, pero logro contenerme. Seguramente será una de sus últimas conquistas.
El chef se despide amablemente y la voz ronca y sexy de Lucas me devuelve a la realidad:
–  Mía es mi hermana, no tardarás en conocerla. – Dice sonriendo. – Supongo que debo advertirte que Mía es muy efusiva y cariñosa, espero que no te sorprendas.
–  Acabas de sorprenderme. – Le digo divertida. – Si Mía es tal y cómo la describes, no puede ser tu hermana.
Lucas me mira y me remira y, finalmente, me dice en un susurro:
–  ¿Qué te hace pensar que no soy efusivo ni cariñoso?
Oh, Dios. Esto no me puede estar pasando a mí. Si llego a estar de pie, me hubiera caído al suelo. Las piernas me tiemblan y puedo notar el sonrojo en mis mejillas.
–  Creo que me voy a pasar el rato callada, que estoy mejor. – Logro responder con un hilo de voz.
Lucas suelta una carcajada y me mira con los ojos brillantes de emoción. Creo que es la primera vez que lo veo tan desinhibido y me excita tanto cómo cuando aparenta ser un tipo duro y frío.
–  Solo estaba bromeando, pero creo que no ha dado resultado porque no tienes un buen concepto de mí. – Me dice con tono serio. – No me quiero ni imaginar qué te habrá contado Giovani de mí.
–  Nada demasiado malo, de lo contrario no estaría aquí. – Me oigo decir.
Su semblante serio desaparece para dejar paso a una amplia y perfecta sonrisa. No puedo hacer otra cosa que devolverle la sonrisa, es como si estuviera hipnotizada. Hasta que una voz femenina interrumpe la hipnosis dejándome pensar por mí misma de nuevo.
–  ¡Lucas! ¿Qué haces aquí? – Pregunta una chica de mi edad, con el pelo de color castaño y con la misma sonrisa carismática de Lucas. Sin duda, es su hermana. – Oh, ¿no me vas a presentar? – Le pregunta a su hermano mientras me mira emocionada.
–  Mel, esta es mi hermana Mía. – Me dice Lucas poniendo los ojos en blanco. – Mía, ella es Mel.
–  Encantada de conocerte, Mel. – Me dice Mía dándome un par de besos en la mejilla. – He oído hablar mucho de ti y tenía ganas de conocerte.
–  ¿Has oído hablar mucho de mí? – Le pregunto sorprendida.
–  ¿Eres la amiga de Giovani, verdad? – Me pregunta. Asiento con la cabeza y Mía continúa: – Giovani habla de ti todo el tiempo, siempre dice que eres especial y, teniendo en cuenta que has logrado sacar a mi hermano de la oficina para salir a comer fuera un día entre semana, puedo dar fe que eres muy especial.
–  Mía, creo que tus amigas te están esperado. – Le dice Lucas para deshacerse de ella.
–  Está bien, ya me voy. – Le responde Mía poniendo los ojos en blanco. – Mel, mi familia da una fiesta a finales de mes. Es una fiesta que damos todos los años al final del verano y estoy segura de que a ti y a tu amiga os encantaría asistir. Giovani seguro que también se apuntará y, con un poco de suerte, puede que hasta logres convencer a mi hermano para que venga. Odia aparecer en esa clase de eventos, pero a mis padres les encantaría que asistiera. ¿Qué me dices?
–  Gracias, estoy segura de que asistiremos, si a Lucas no le importa. – Añado por si acaso estoy metiendo la pata. ¿Qué se supone que debo decir? Si rechazo la invitación sería descortés, pero tampoco puedo asegurar que voy si a Lucas no lee una buena idea.
–  Podrás conocer a mucha gente de la ciudad, incluidos los solteros de oro. – Me dice Mía divertida, intentando provocar a su hermano. – Estoy segura que no te faltará compañía.
–  Si Mel quiere asistir a la fiesta, la acompañaré encantado. – Dice Lucas irritado.
–  Eso suponía. – Dice Mía burlonamente. Se despide de nosotros con un par de besos en la mejilla y añade: – Me encantará veros en la fiesta, no me falléis.
Dicho esto, da media vuelta y desparece dirigiéndose al otro lado del local para sentarse junto a sus amigas. No sé cómo interpretar lo que acaba de pasar. ¿Su hermana acaba de organizarnos una cita? ¿Y qué ha querido decir con eso de haberlo sacado de su oficina entre semana? Según tengo entendido, Lucas es un mujeriego. Creo que voy a tener una larga charla con Giovani en cuanto le vea.
–  ¿En qué piensas? – Me pregunta Lucas. – Pareces un poco… alejada de aquí.
–  Perdona, últimamente estoy un poco despistada y lo de tu hermana… ¿Qué acaba de pasar? – Le pregunto divertida sin poder contener la risa. – Creo que a mi madre le encantaría tener una hija como ella, no sabes cómo se parecen.
Comemos y charlamos tranquilamente. Esta vez, es Lucas quien habla de su vida. Me cuenta que es el mayor de tres hermanos, tiene veintisiete años, igual que Giovani. Le sigue su hermano Álex de veinticinco años y por último Mía, que cumple los veintitrés el próximo mes de noviembre. Lucas me cuenta que tiene la misma relación con Mía que tengo yo con Giovani, pero que con su hermano Álex es distinto. Con Álex tiene una relación peculiar, pero se llevan bien.
Finalmente, hablamos de mi cumpleaños. Le explico que solo quiero pasar un día tranquilamente, tomando el sol, bañándome en el lago y pasar un buen rato, nada más. Lucas se sorprende al descubrir que no quiero una gran fiesta llena de gente desconocida por todas partes como querría cualquier chica de mi edad, pero se alegra, supongo que por el bien de su propia cabaña.
–  Entonces, salimos el martes día 14 por la tarde y regresamos el 15 por la noche. – Me dice cuando el camarero trae la cuenta.
–  Sí. – Respondo quitándole la cuenta de las manos para entregársela al camarero junto a mi tarjeta de crédito. Me vuelvo hacia a Lucas, que con su mirada me hace saber que no le ha gustado nada lo que acabo de hacer, y le digo con una pícara sonrisa: – Es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte todo lo que estás haciendo, sobretodo por acompañarnos. – Le agradezco con sinceridad. – Cómo sabes, acabo de mudarme y no conozco a nadie aquí. No me apetecía celebrar mi cumpleaños con gente que no conozco, así que la lista de invitados queda reducida a ti, Giovani y Gina.
–  Apenas me conoces. – Me dice sombrío. ¿Está enfadado?
–  Conozco a Giovani y lo exigente que es con sus amistades, no da segundas oportunidades. Sé que sois amigos desde la universidad, así que eres digno de su confianza y, por consiguiente, también de la mía.
Mis palabras parecen relajar la tensión que se refleja en su rostro. No se dibuja ninguna sonrisa en sus labios, pero deja de fruncir el ceño ligeramente. Creo que sigue molesto porque he pagado la cuenta. ¿Se puede ser más retrógrado? En fin, ya se le pasará.

Y de repente tú 7.

Y de repente tú

Domingo, 15 de agosto de 2012.

Después de pasarme toda la noche y parte de la madrugada bebiendo tequila con Gina en la terraza de nuestro apartamento y acostarnos cuando el sol ya hacía horas que había salido, me levanto de la cama a las cuatro de la tarde con un terrible dolor de cabeza y una cara horrible, parece que estoy enferma. Decido beberme un zumo de melocotón y darme una ducha, Giovanni vendrá a buscarme en un par de horas y quiero estar despejada.

A las seis en punto de la tarde, Giovanni llama al timbre y me dice que me espera abajo, tiene el coche en doble fila. Entro en la habitación de Gina y susurro:

–  ¿Estás despierta?

–  Todo lo despierta que se puede estar después de una noche como la de ayer. – Me responde con voz ronca y cansada. – ¿Cómo has podido levantarte de la cama? A mí ni siquiera me ha dejado de dar vueltas la cabeza.

–  Tomate un paracetamol y un zumo de melocotón, te sentará bien. – Le digo con mi tono de voz más maternal. – Voy a salir con Giovanni, traeré comida china para cenar cuando vuelva. ¿Quieres que te traiga algo de la calle?

–  No, solo necesito dormir. – Se lo piensa mejor y añade: – Bueno, pídele disculpas a Giovanni por lo de anoche, me fui sin decirle nada.

–  No te preocupes, luego se lo digo. Llámame si necesitas algo. – Le digo antes de marcharme.

Giovanni me espera apoyado en su impoluto Audi Q7 y no me sorprendo al descubrir que él tiene la cara como si anoche no hubiera salido ni hubiera bebido.

–  Das asco, ¿cómo puedes tener tan buen aspecto después de anoche? – Le espeto a modo de saludo.

–  Yo también me alegro de verte. – Me responde poniendo los ojos en blanco. – Y supongo que tengo mejor aspecto que tú porque me fui a casa a dormir nada más dejarte en casa.

Nos subimos al coche y Giovanni conduce en silencio hasta llegar a una cervecería y aparca en la puerta. Echo un vistazo al lugar, una cervecería moderna llena de gente joven, grupos de chicos y chicas, amigos y parejas, un sitio bastante agradable y tranquilo. Nos sentamos en una de las mesas junto a la ventana y Giovanni le pide un par de cervezas al camarero haciéndole un gesto con las manos. Una vez tenemos nuestras botellas de cerveza, Giovanni decide empezar a hablar:

–  ¿Cómo está Gina?

–  No puedo decir que bien, pero se le pasará. – Respondo. – Por cierto, me ha pedido que te pidiera disculpas de su parte por haberse ido sin decirte nada.

–  Puedes decirle que no pasa nada. – Me dice Giovanni suspirando sonoramente.

–  No soy idiota Giovanni. – Digo sin poder resistirme por más tiempo. – Anoche vi lo bien que os lo estabais pasando, disfrutabais el uno con el otro e incluso saltaban chispas entre vosotros. Sé que la noche terminó en el mismo momento en que Gina vio a Héctor, pero también pude ver que tu noche también se vino abajo cuando ella se fue. Podrías haber vuelto al Sweet y encontrar a cualquier chica que se iría contigo encantada, pero en lugar de eso te fuiste a casa, a dormir.

–  Antes de que continúes, deberías saber que no fui el único que no regresó al Sweet para encontrar a otra chica y también decidió irse a casa, a dormir. – Me dice Giovanni maliciosamente. – ¿Qué te traes con Lucas, Mel?

–  Yo no me traigo nada con tu amigo Lucas y te recuerdo que no estamos aquí para hablar de mí, sino para hablar de ti. – Le corto rápidamente. Lo último que me faltaba era hablar de Lucas, ese era un tema en el que prefería no pensar. – ¿Qué pasa con Gina? Y no me digas que nada porque no me lo creo. Te has pasado todo este último año muy amable y educado con ella, al principio pensé que solo era porque no había motivo alguno para que siempre estuvierais discutiendo, pero ayer me di cuenta de que hay algo que hace que los ojos te brillen cuando la miras.

–  Por favor, ¿no puedes ser más cursi a la hora de describir tu novela? – Me dice con sarcasmo.

–  No te quites la venda de los ojos si no quieres, pero no me pidas que te mienta, sabes que nunca lo haré. – Le digo encogiéndome de hombros.

–  No sé qué me está pasando. – Reconoce finalmente. – Desde el verano pasado he vuelto a sentirme atraído por Gina, así que la he ido evitando. Pero cuando la vi ayer… Fue horrible, Mel. Fue como si tuviera quince años otra vez. Llevaba mucho tiempo esperando volver a verla, pero jamás me imaginé que hubiera aceptado a salir con nosotros y menos aún que fuera tan sociable y simpática conmigo, cuando lo normal entre nosotros es discutir.

–  Supongo que Gina es el motivo por el que anoche te fuiste directo a casa, a dormir. – Comento divertida.

–  Te lo estoy diciendo en serio, Mel. – Me regaña por tomármelo a broma. – Ni siquiera he podido tener sexo con nadie desde que he llegado a Lagos y no me han faltado pretendientas. No tengo ganas de sexo si no es con Gina.

–  Viniendo de ti, eso es muy grave. – Sentencio sin poder evitar que en mis labios se forme una sonrisa maliciosa.

–  Curiosamente, tengo a un amigo al que le pasa lo mismo, pero lo de él es más grave. – Empieza a decir Giovanni. – Conoció a una chica una noche en el Sweet y se volvió loco. Desde entonces, va todas las noches al Sweet para buscarla porque no se la puede sacar de la cabeza. Ayer por la noche la volvió a ver y se quedó hecho polvo porque ella ni siquiera le había dejado su número de teléfono ni le dijo un “me gustaría volver a verte” que él tanto deseaba, así que se fue a casa triste y, por supuesto, solo.

–  Vale, no hace falta que sigas. – Le replico molesta. – Gina está superando lo de Héctor, quizás necesite un poco de tiempo y tendrás que tener paciencia con ella. Si le entras directamente puedes asustarla y lo echarás todo a perder.

–  ¿Debo de darle el mismo consejo a mi amigo? – Me pregunta burlón.

–  Creía que le habías amenazado o algo por el estilo para que no se acercara a nosotras, ¿has cambiado de opinión?

–  No te andes por las ramas, no va contigo. – Me presiona. – Voy a seguir tu consejo, nadie mejor que tú sabe cómo tratar a Gina y la conoces desde siempre. – Me mira burlón y añade: – Por cierto, Lucas te manda recuerdos, ¿quieres que se los devuelva de tu parte?

–  ¿Qué es lo que quieres? – Le pregunto directa al grano. – Está claro que todo esto es porque quieres pedirme algo. ¿Me equivoco?

–  A veces odio que me conozcas tan bien. – Bromea divertido. – Faltan diez días para tu cumpleaños, ¿cómo has pensado celebrarlo?

–  Si te soy sincera, no lo he pensado. – Le confieso. – No me apetece celebrarlo, la verdad.

–  ¿Qué dices? ¡Los cumpleaños hay que celebrarlos! – Me replica. – De hecho, he estado pensando en una magnífica opción.

–  Estás empezando a darme miedo. – Bromeo fingiendo un escalofrío.

–  Lucas tiene una cabaña en el Lago Norte, una preciosa cabaña de madera frente al lago. Cuando le he comentado que era tu cumpleaños, se ha ofrecido a dejarnos su cabaña. – Me dice con su semblante de niño inocente. – Le he dicho que te lo comentaría, no sabía si te apetecería pasar el día de tu cumpleaños en una cabaña en el lago o si preferías salir de fiesta y beber hasta perder el conocimiento.

–  Me conoces muy poco si crees que no voy a beber hasta perder el conocimiento porque esté en una cabaña en un lago. – Me mofo divertida. – Ahora en serio, me parece una buena idea lo de la cabaña, pero no me gustaría abusar de la generosidad de tu amigo. ¿Hay alguna que se pueda alquilar?

–  Mel, esas cabañas son tan grandes como la casa de tus padres en Villasol. Son segundas residencias de la gente adinerada de Lagos. – Me dice Giovanni guiñándome un ojo. – Y mi amigo, como tú lo llamas, está dispuesto a cedernos su casa para que celebres tu cumpleaños como quieras.

– Y todo eso, ¿sin querer nada a cambio? – Le pregunto con desconfianza.

–  No me ha pedido nada a cambio, pero estoy seguro de que si le invitaras estaría encantado de asistir a tu fiesta. – Me dice con su sonrisa maliciosa. – Es un buen tipo y le tienes completamente hechizado, pero ni se te ocurra decirle que yo te he propuesto que le invitaras, quiero seguir viviendo.

–  Dame su número de teléfono, le llamaré y le invitaré. – Decido de repente. – Pero no le digas que te lo he pedido, quiero darle una sorpresa.

Tras pasar dos horas hablando y bebiendo cerveza, Giovanni me acompaña al restaurante chino para comprar comida para llevar y me lleva de vuelta a casa. Me despido de él prometiéndole llamar a Lucas y aconsejándole que le envíe un mensaje a Gina esta noche en plan amistoso, sin agobiarla.

Y de repente tú 6.

Y de repente tú

Sábado, 4 de agosto de 2012.

Giovanni parece desconcertado, pero no me hace ninguna pregunta más y camina hacia la zona chill-out colocando la palma de su mano sobre mi espalda para guiarme. Camino despistada pensando en todo lo que acaba de pasar y cuando llegamos a nuestro destino, Gina me devuelve a la realidad abalanzándose sobre mí:

–  ¿Qué te ha pasado con la pelirroja?

–  Es una amargada, le hace falta sexo. – Respondo dejándome caer en uno de los sofás y dar un largo trago de mi copa.

De repente, oigo una tos a mi lado. Hay alguien sentado en el sofá, concretamente a mi lado derecho. Me vuelvo para mirarle, sorprendida de no haberme dado cuenta y, de repente… No me lo puedo creer, es el tipo del otro día, el que me salvó de tropezar en el escalón de la pista de baile y evitó que acabara tirada por el suelo.

–  Volvemos a vernos, Mel. – Me dice sonriendo pícaramente.

–  Iba a presentaros, pero ya veo que os conocéis. – Me dice Giovanni fulminándome con la mirada. Se vuelve hacia a Lucas y le pregunta: – ¿Cómo os conocisteis? Es que creo que vas a tener que refrescarle la memoria a Mel porque insiste en que no sabe quién eres.

–  Muy maduro por tu parte, Giovanni. – Le reprocho.

–  Lo cierto es que no nos conocemos. – Dice Lucas con su voz ronca y sexy. – Mel y yo tropezamos hace tres semanas mientras bailaba, pero se marchó sin decirme siquiera su nombre.

Giovanni parece relajarse y se sienta en el sofá junto a Gina. Por alguna extraña razón, ambos charlan y sonríen, cuando lo típico en ellos es pasarse la noche discutiendo.

Me vuelvo hacia a Lucas y le dedico toda mi atención. Es tan guapo como lo recuerdo y sus ojos siguen manteniendo el mismo matiz frío e impasible. Como nos ha dicho Giovanni antes, Lucas es un tipo que intimida. Aunque hoy viste más informal, con tejanos y camisa negra, sigue estando demasiado sexy. Esto no puede salir bien, lo sé.

–  Así que eres la amiga de Giovanni, si lo hubiera sabido el otro día, te hubiera invitado a una copa. – Me dice casi en un susurro. – Por cierto, ¿qué es eso de que las pelirrojas traen mala suerte?

Su sola voz me excita. ¿Por qué me atrae de esta manera? Mel, céntrate. Me ordeno a mí misma. Es el mejor amigo de Giovanni, debo mantener las distancias.

–  Es una historia muy larga, digamos que no me caen bien los pelirrojos. – Le contesto quitándole importancia al asunto.

Sé que no me puedo guiar por el color del pelo de una persona para decidir si es buena o mala, simpática o antipática, humilde o esnob. El color de pelo no tiene nada que ver con la personalidad o el carácter, pero en mi defensa diré que todas las personas pelirrojas que he conocido me han defraudado. Y, como decía mi abuela, ¡más vale prevenir que curar!

–  Lo de Mel con los pelirrojos es algo personal, yo no me metería. – Interviene Giovanni. – Por cierto, ¿qué hay de vuestro par de semanas en Villasol?

–  Geniales, a pesar de tener que explicarles a nuestras madres una y mil veces que no nos vamos a casar en un futuro próximo. – Le informa Gina. – Lo cierto es que los dioses del surf cumplieron con las expectativas creadas y estoy deseando regresar solo para volver a verlos.

–  Mel, ¿tú también quieres volver a verlos? – Me pregunta Giovanni. – Creía que tú eras de las mías, de las que no creen en el amor.

–  Giovanni, nadie ha hablado de amor. – Le recuerdo. – Me lo pasé muy bien con Piero, pero solo fue una noche de sexo, nada especial.

–  Me preocupas, desde Gonzalo no has tenido ninguna relación estable. – Confiesa Giovanni.

–  Estoy bien como estoy, no necesito ninguna pareja. – Le replico. – ¿Por qué tienes que echarme el sermón precisamente tú? Hay que predicar con el ejemplo.

–  ¿Gonzalo? ¡Gonzalo ya es historia, como Héctor! – Protesta Gina. – A partir de ahora, los hombres sois simples juguetes sexuales para nosotras.

–  ¿Y se supone que soy yo el que no tiene que decir nada déspota ni obsceno? – Se queja Lucas. – No os podéis imaginar el sermón que me ha echado antes de venir, solo para advertirme que tenía que miraros como si fuerais mi hermana y ahora soy yo el que se siente un objeto.

–  Tranquilo, no te vamos a comer. – Bromeo con Lucas. – Aunque no puedes quejarte, siempre te quedará la pelirroja.

–  Ni de coña, las pelirrojas dan mala suerte. – Me contesta Lucas divertido. – Y, si te soy sincero, no me importaría que me comieras. – Me susurra al oído con voz sensual.

En ese momento, Gina y Giovanni deciden ir a bailar, dejándome a solas con Lucas. No puedo evitarlo, me intimida demasiado con su aspecto serio y de tipo duro, frío como el hombre de hielo, Iceman.

–  Giovanni me ha hablado mucho de ti, siempre me ha contado que le encanta hablar contigo, que confía en ti como una verdadera amiga, pero no pareces muy habladora. – Comenta Lucas como quién no quiere la cosa. – No te ofendas, pero te imaginaba más simpática y menos… explosiva, supongo.

¿Explosiva? Me habían dicho muchas cosas, pero no recuerdo que me hubieran dicho que soy explosiva. Me fijo en cómo me mira, parece esperar una respuesta pero sus ojos reflejan la seguridad y confianza suficiente como para intimidar a cualquiera. Finalmente, logro decir:

–  Me tomaré eso como un cumplido, pese a no estar muy convencida de ello.

Lucas sonríe ampliamente, es la primera vez que le veo sonreír de verdad, con ganas. Da un trago a su copa y me mira fijamente a los ojos antes de preguntar:

–  ¿Es cierto que entre tú y Giovanni nunca ha habido nada?

–  La mayoría de la gente cree que la amistad entre un hombre y una mujer no existe, que si dos personas del sexo opuesto salen a cenar o a tomar unas copas tienen algún tipo de relación sexual, pero en nuestro caso, así es. – Le confieso. – Es obvio que Giovanni es un tipo atractivo, todas las mujeres babean en cuanto lo ven, pero no es mi caso. Supongo que eso me convierte en un bicho raro. – Añado encogiéndome de hombros. – Giovanni y yo somos buenos amigos, nada más.

Lucas no contesta, se limita a sonreír y a beber un largo trago de su copa. Dada la falta de conversación, decido distraerme observando a Gina y Giovanni bailar juntos. Me sorprende ver que se lleven tan bien, normalmente suelen discutir pero hoy parecen estar encantados el uno con el otro. Incluso diría que se ponen ojitos y se sonríen demasiado. ¿Me he perdido algo? En fin, tengo que reconocer que me alegra verles tan contentos estando juntos y hasta hacen buena pareja. De hecho, me gustaría que fuesen pareja. Tener a mi mejor amiga y a mi mejor amigo siendo pareja sería divertido. Mientras yo me dedico a observar a mis amigos, Lucas se entretiene observándome a mí. De vez en cuando, me pregunta alguna cosa como qué he estudiado, cómo se vive en Villasol, si tengo hermanos y cosas así. Cada vez que le pregunto algo sobre él, le da la vuelta a la conversación y terminamos volviendo a hablar de mí. Hablamos de muchas cosas, pero no tocamos el tema del sexo y mucho menos el del amor.

Hasta que, media hora más tarde, Gina aparece a nuestro lado y nos informa:

–  Me largo, no puedo quedarme aquí ni un segundo más. – Y sale disparada en dirección a la puerta que da acceso a la calle.

Me pongo en pie y, justo en ese mismo momento, aparece Giovanni con el rostro desencajado, tan confundido como yo.

–  ¿Se puede saber qué le has hecho? – Le pregunta Lucas tan sorprendido como nosotros. – Ha salido del Sweet como si su propia vida dependiera de ello.

–  Te prometo que no le he hecho nada. – Se defiende Giovanni. – Estábamos bailando y de repente se ha parado en seco, ha empalidecido y, tras decirme que lo sentía mucho, ha salido corriendo. Me he quedado como un gilipollas mirando cómo se alejaba y ni siquiera he podido moverme de donde estaba. ¿Qué mosca le ha picado?

Entonces me doy cuenta de lo que ha ocurrido. Héctor está en la barra pidiendo una copa al camarero y buscando a su alrededor, supongo que buscando a Gina.

–  ¡Joder! – Exclamo nada más verle. – Héctor está aquí, por eso se ha ido Gina.

–  ¿Tan mal ha acabado la cosa que sale huyendo si lo ve en un lugar público? – Me pregunta Giovanni con sarcasmo, decepcionado porque Gina haya salido corriendo a la primera de cambio.

–  Resulta que Héctor está casado e incluso tiene un hijo. Hace dos meses que lo dejaron y hace un par de semanas le anunció que se trasladaba con su familia a vivir a Lagos, así que espero que entiendas su reacción. – Le espeto molesta. – Voy a buscarla, creo que me espera una larga noche bebiendo tequila y maldiciendo a todos los hombres del planeta. Os invitaría, pero no creo que seáis bien recibidos. – Me despido de Giovanni con un fuerte abrazo y de Lucas con un par de besos en la mejilla.

–  Espera, te acompañamos a casa. – Me dice Giovanni.

–  No hace falta, vivo a un par de manzanas de aquí. – Le recuerdo.

–  Mejor, así vamos caminando y nos da un poco el aire. – Sentencia Lucas.

No me queda otro remedio que asentir, no tengo suficientes agallas ni ganas de llevarle la contraria a Lucas, no parece ser de los que se dan por vencidos fácilmente. Así que me acompañan a casa, donde vuelvo a despedirme de ellos de igual manera, un abrazo para Giovanni y un par de besos en la mejilla para Lucas. Me percato que Giovanni está más preocupado de lo que yo imaginaba y le digo en un susurro:

–  Tú y yo hablaremos mañana, me parece que tienes mucho que contarme.

Giovanni asiente con la cabeza, sabe de lo que le hablo y no me lo ha discutido, mi sexto sentido no me ha fallado. ¿Se estará enamorando de Gina? Ya pensaré en ello mañana, ahora tengo que pensar en la larga noche que me espera con Gina, debe de estar pasándolo mal.

Y de repente tú 5.

Y de repente tú

Sábado, 4 de agosto de 2012.

Tras regresar a Lagos después de dos semanas en Villasol, nos esperaba una semana ajetreada. Nos han traído todos los muebles, hemos limpiado y decorado el apartamento y hemos acabado exhaustas. Ayer por la noche nos quedamos en casa, pero hoy hemos quedado con Giovanni, un amigo que conocí el primer año de universidad cuando fui a casa de sus padres con su hermano Bruno para hacer un trabajo de la universidad. Bruno me caía bien, pero con Giovanni tenía un feeling especial. Giovanni es cuatro años mayor que yo, es alto y fuerte, su rostro afilado endurece sus facciones y sus ojos, ligeramente rasgados y de un marrón oscuro intenso, transmiten su picardía. Las chicas van locas detrás de él, las hechiza con tan solo una mirada y ellas caen rendidas a sus pies. Hoy, casi cinco años después de conocernos, sigo preguntándome por qué nunca he sentido nada más que amistad por Giovanni. ¿Soy un bicho raro por no caer rendida a sus pies? ¡Hasta Gina se enrolló con él! Aunque eso pasó hace años.

Giovanni no cree en el amor, él solo piensa en sexo. Su relación con las chicas es blanca o negra, o son amigas o se acuesta con ellas, pero en su caso todas las chicas quieren acostarse con él, así que la única amiga de verdad que tiene soy yo. Giovanni vive en Lagos desde los dieciocho años, cuando se matriculó en la universidad de la ciudad. Siempre había vivido en Valdemar y sus padres siguen viviendo allí, así que nos veíamos cada vez que venía a Valdemar de visita, que era bastante a menudo. Supongo que si yo viviera a un par de horas en coche de Villasol también iría bastante a menudo. Uno de los pros de mudarme a Lagos era que Giovanni vive aquí.

Hace ya más de un mes que no nos vemos, mucho tiempo teniendo en cuenta que Giovanni iba a Valdemar un par de fines de semana al mes, así que tengo muchas ganas de verlo.

Cuando atravesamos el portal del edificio Giovanni ya nos está esperando de pie apoyado en su Audi Q7 de color negro, vestido con un tejano desgastado y caído que le marca y realza el perfecto trasero y una camisa roja con los dos primeros botones desabrochados, un atuendo de lo más juvenil y sexy. Nos sonríe en cuanto nos ve y abre sus brazos para recibirme con un fuerte abrazo, elevarme un par de palmos sobre el suelo y darme vueltas sin parar sobre sí mismo mientras me dice a voz en grito:

–  Pequeña, ¡cuánto me alegro verte!

–  Yo también, pero si sigues dándome vueltas acabaré mareándome. – Le replico riendo. – Veo que te han sentado muy bien las vacaciones.

–  Me han sentado de maravilla, pero me ha sentado mejor volver a casa y poder verte. – Me responde depositándome en el suelo al mismo tiempo que me besa con cariño en la frente. – Gina, estás preciosa, como siempre. – Le dice a Gina saludándola con un par de besos en la mejilla.

–  Tú tampoco estás nada mal, la verdad. – Le responde Gina con una maliciosa sonrisa en los labios.

Giovanni nos hace un gesto para que subamos al coche y le obedecemos sin preguntar a dónde nos lleva, al fin y al cabo apenas conocemos la ciudad.

–  Pensaba llevaros a un local nuevo que inauguraron ayer, pero mi socio se ha empeñado en ir al Sweet, a pesar de que he insistido en que era el único local de Lagos en el que habéis estado. – Empieza a contarnos Giovanni. – Es un buen tipo, pero suele intimidar bastante a todo el mundo sin pretenderlo.

–  Toda una joyita, ¡cómo no! – Le digo burlonamente.

–  Mel, lo conozco desde hace casi diez años y puedo asegurarte que es una de las dos personas en las que yo confiaría, la otra eres tú, por supuesto. – Me dice Giovanni guiñando un ojo. – Os lo advierto porque no suele tener muy buen humor y el hecho de aceptar quedar con nosotros implica el hecho de no mojar esta noche, así que os pido que seáis buenas con él.

–  ¿Eso es una forma de decirnos que tu socio/amigo no tiene ningún interés en conocernos? – Pregunta Gina frunciendo el cejo.

–  Eso significa que le he prohibido mojar con vosotras y está de mal humor. – Responde Giovanni.

–  ¿Por qué? – Pregunto sorprendida. – ¿Desde cuándo has decidido fastidiarnos a posibles candidatos para pasar una noche de placer?

–  Porque él es un poco como yo. – Nos responde serio. – Lucas es un buen tío, pero no se compromete con ninguna mujer.

–  Es otro vividor cómo tú. – Sentencia Gina.

–  Supongo que sí, pero su excusa es que no ha encontrado a la mujer que le haga perder la cabeza y que no le deje pensar en nada más y, mientras tanto, él la sigue buscando. –  Comenta Giovanni divertido.

Tras aparcar el coche, nos dirigimos a la puerta del Sweet donde el portero nos deja pasar amablemente y saluda a Giovanni con una sonrisa.

Decidimos sentarnos en los sofás de la zona chill-out a bebernos unas copas y ponernos al día mientras esperábamos que el amigo de Giovanni apareciera. Tras beberme la segunda copa, me levanto decidida a ir al baño y arriesgándome a dejar a Gina y Giovanni a solas. Les miro a ambos con advertencia antes de perderme entre la multitud. Cuando salgo del baño, echo un vistazo hacia la zona chill-out situada en el otro extremo del local y veo a Gina y Giovanni charlando animadamente, así que decido ir a la barra y pedir una copa. Mientras espero que el camarero me sirva, escucho quejarse a una chica pelirroja que está a mi lado de espaldas:

–  Sea como sea, lo voy a conseguir. Desde hace unas semanas está muy raro y he oído que viene al Sweet todos los sábados en busca de una chica que nadie ha visto. Creo que se ha vuelto loco. ¿Sabes qué me ha dicho? ¡Qué no pierda el tiempo llamándole! En cuanto se olvide de esa chica volverá y le voy a hacer sufrir.

La pelirroja continúa con su perorata cuando el camarero termina de servir mi copa, tomo un largo trago de vodka y doy media vuelta para regresar con Gina y Giovanni, pero la pelirroja también se ha dado la vuelta y ambas chocamos, lo que produce que parte del contenido de mi copa aterrice en el vestido de la pelirroja.

–  ¡Mierda! ¿Es que no miras por dónde vas? – Me espeta furiosa la pelirroja de ojos color ámbar.

–  Yo  podría preguntarte lo mismo. – Le contesto fulminándola con la mirada. – Quizás deberías follar más para estar menos amargada.

–  Pero, ¿quién te has creído que eres? – Farfulla con los ojos muy abiertos.

–  Alguien que te cerrará la bocaza esa que tienes como sigas hablando. – Le respondo furiosa.

Justo en ese momento, aparece Giovanni e interfiere:

– ¿Qué está pasando aquí?

– Ésta, que me ha tirado su copa encima. – Le dice la pelirroja a punto de llorar.

Giovanni me mira y no puedo hacer más que poner los ojos en blanco.

– Rebeca, estoy seguro que Mel ha derramado su copa sobre tu vestido por accidente, pero yo de ti no la enfadaría, sería capaz de arrojarte la copa entera. – Le dice Giovanni con una sonrisa pícara a la vez que me rodea con su brazo por la cintura y me da un beso en la sien.

La pelirroja se sorprende, lo último que esperaba es que Giovanni me defendiera, lógico dado que no sabía que él me conoce y somos amigos. Con todo su veneno ardiendo por sus venas, la pelirroja me suelta:

–  No te hagas ilusiones, solo pretende meterse en tu cama y después se olvidará de ti.

–  Llevo cinco años intentando meterme en su cama, si aceptara casarse conmigo lo haría ahora mismo y a pesar de ello, ella sigue rechazándome. – Le dice Giovanni. – Eso es lo que la diferencia del resto, que no es una víbora venenosa cómo tú.

Dicho esto, la pelirroja decide alejarse de nosotros.

Por supuesto, nada de lo que acaba de decir Giovanni es verdad. Nunca ha intentado meterse en mi casa y no me lo imagino caminando hacia un altar, antes es capaz de pegarse un tiro.

–  De todas las personas que hay en el local has ido a dar con la menos oportuna. – Me reprocha mientras me guía de vuelta a la zona chill-out. – Estaba saludando a Lucas cuando me ha dicho que la pesada de Rebeca le había asaltado nada más entrar y cuando te he visto discutiendo con ella… Por cierto, ¿qué te traes con mi amigo Lucas? Creía que me habías dicho que no habías conocido a nadie en la ciudad.

–  No he conocido a nadie y te aseguro que no conozco a tu amigo Lucas. – Le digo confundida.

–  Pues él me ha dicho que te conoce y que se alegraba de volver a verte. – Giovanni se para en seco y me pregunta con el ceño fruncido: – ¿Eres la chica misteriosa?

–  ¿Qué te has tomado? Me estás empezando a preocupar. – Le digo empezando a perder la paciencia.

Giovanni me mira, se encoge de hombros y vuelve a caminar en dirección a la zona chill-out. ¿La chica misteriosa? ¿De qué estaba hablando?

En fin, ahora saldré de dudas.

Y de repente tú 4.

Y de repente tú

Viernes, 27 de julio de 2012.

Tras once días en Villasol y a tan solo dos días de marcharnos, nuestras madres se han salido con la suya y nos han organizado una fiesta de despedida por todo lo alto a la que ha invitado a todo el barrio. Durante estos días, apenas hemos podido ver a antiguos amigos, todos vienen en el mes de agosto, justo cuando nosotras nos vamos, pero espero ver a alguien del instituto esta noche.

Me he puesto un vestido ibicenco de finos tirantes y falda con vuelo, unas sandalias blancas con tacón de cuña y el pelo suelto, al más puro estilo hippy.

Cenamos en familia, y eso por supuesto incluye a la familia de Gina. Después de cenar, los invitados empiezan a llegar y mi madre y Paola los hacen pasar al jardín trasero junto a la piscina mientras que mi padre y Enrico intentan sonreír y fingir estar pasándoselo bien sin éxito. Gina y yo recibimos a los invitados en el jardín trasero y les vamos ofreciendo copas de cava. Saludamos a todos los vecinos de la urbanización, a varias amigas y amigos del instituto e incluso conocemos a nuevos vecinos.

Paola y mi madre se han hecho muy amigas de la nueva vecina de en frente. Se llama Rafaela y tengo que admitir que me cae bien nada más verla. Sus ojos marrones brillan de emoción y su amplia sonrisa refleja honradez e inspira confianza. Lleva el pelo castaño recogido en un moño, un vestido con estampado de flores y unas sandalias planas. Debe tener unos cincuenta años.

–  Encantada de conoceros, he oído hablar mucho de vosotras. – Nos dice saludándonos con un par de besos en la mejilla. – Ahí están mi marido y mis hijos. – Los susodichos aparecen en el jardín y se dirigen hacia a nosotras. En cuanto Rafaela los tiene al lado, nos los presenta: – Os presento a mi marido Giuseppe, a mi hijo mayor Piero y a mi hijo pequeño Esteban, aunque solo se llevan un año de diferencia.

–  Oh chicos, ellas son mi hija Mel y la hija de Paola, Gina. – Les dice mi madre.

–  Encantado. – Nos saludan ambos hermanos a la vez.

–  Lo mismo digo. – Les respondo forzando una sonrisa.

Los dos hermanos son altos, fuertes y muy guapos. Ambos rubios de ojos claros, no sabría distinguir entre azules o grises, una sonrisa pícara en sus labios carnosos y las facciones marcadas y endurecidas. Una mezcla de príncipe azul con tipo duro. Giuseppe, aunque más mayor, también conservaba su atractivo. Tras estrecharnos las manos a modo de saludo, nuestros padres se las apañan para alejarse y dejarnos a los cuatro jóvenes a solas. Es una situación incómoda, pero para Gina y para mí forma parte de la rutina diaria de vivir con nuestras madres.

–  ¿Chantaje emocional o material? – Les pregunta Gina.

–  ¿Cómo? – Preguntan ambos al unísono.

–  Me preguntaba qué os han hecho para convenceros de venir aquí. – Les explica Gina. – Nadie en su sano juicio vendría por voluntad propia.

–  Chantaje emocional. – Le responde Esteban, el hermano pequeño. Le guiña un ojo a Gina y añade: – Pero ahora que te he conocido, me alegro de haber venido.

Ambos se encuentran con la mirada  y se sonríen pícaramente, pero continúan manteniendo las distancias.

–  Y vosotras, ¿cómo no habéis podido escapar de una fiesta de vecinos? – Nos pregunta Piero. – Estoy seguro que dos chicas como vosotras tenían mejores planes para un viernes por la noche.

–  Nos marchamos el domingo, nuestras madres nos hubieran dejado de hablar si no dan esta dichosa fiesta con nosotras presente, ata cabos. – Respondo resignada. – Pero ya que estamos aquí, intentamos divertirnos. Un par de copas ayudan a que pase más rápido el tiempo.

–  Estoy de acuerdo contigo. – Me responde Piero con una sonrisa socarrona en los labios.

–  Podemos tomarnos una copa aquí y ya habremos cumplido. – Dice Gina. – Después podemos ir a tomar unas copas a la playa, hoy hay un concierto.

Dicho y hecho. Tras saludar a todo el mundo y bebernos una copa, decidimos que es hora de marcharse. Mi madre y Paola hubieran puesto el grito en el cielo si nos hubiéramos ido de la fiesta tan pronto, pero la cosa cambia cuando nos acompañan los hijos de su nueva vecina.

Piero y Esteban resultan ser dos chicos de veinticinco años alegres y divertidos que han montado su propia empresa para enseñar a hacer surf y, según dicen ellos, han ganado varios campeonatos y, a juzgar por como los saludan  y les piden fotos y autógrafos los ciudadanos de Villasol, parece que así es.

Vamos hasta el paseo marítimo en el coche de Piero. Bajamos a la playa y nos tomamos un par de copas antes de empezar a bailar. Esteban y Gina desaparecen en algún momento de la noche, dejándonos a Piero y a mí a solas.

–  ¿Bailamos? – Me pregunta sonriendo.

Acepto encantada, además de ser muy guapo, Piero es una muy buen compañía. Sabe conversar y, desde luego, sabe cómo tratar a una mujer.

Bailamos un par de salsas y un par de rumbas hasta que por fin nos ponen una preciosa balada de Leona Lewis, “Homeless”. Piero me rodea con sus brazos por la cintura y pega su cuerpo al mío, yo coloco mis manos alrededor de su cuello y me dejo llevar al ritmo de la música. Piero busca mi cuello y le facilito el acceso. Me acaricia con los labios el recorrido que va desde la clavícula hasta el lóbulo de mi oreja y me susurra al oído con voz ronca:

–  Estoy intentando controlarme para no secuestrarte y llevarte a mi casa, pero no sé si voy a ser capaz de contenerme.

–  No te contengas, secuéstrame. – Me oigo decir.

¿Esa he sido yo? Sí, he sido yo. No me da tiempo a pensar en nada más, Piero se toma al pie de la letra mis palabras y me saca rápidamente del chiringuito para llevarme hasta el coche. Me va a llevar a su casa.

–  Un momento. – Le digo de repente. – Dime que no vives con tus padres.

Tras estallar en una enorme carcajada seguida de una risa divertida, Piero me dice:

–  Tranquila, tengo casa propia. – Me besa en los labios y añade: – Si te llevara a casa de mi madre, no te dejaría salir de allí a menos que fuera para dirigirte a la iglesia vestida de novia.

–  Ahora entiendo por qué tu madre se lleva tan bien con mi madre y Paola, ¡son las tres iguales! – Le digo bromeando. – Por nuestro propio bien, mejor es que esto quede entre nosotros.

–  Totalmente de acuerdo. – Me responde pícaramente antes de arrancar el coche y conducir hasta su casa, dirigiendo su atención de la carretera a mis ojos para bajar hasta mis muslos y regresar a la carretera.

Piero vive en un apartamento en el centro de Villasol, cerca de la playa. Es un apartamento amplio y decorado con mucho gusto, aunque demasiado serio y masculino para mi gusto. A Piero no le debe ir nada mal su empresa de aprendizaje de surf si puede permitirse vivir aquí.

Piero saca un par de copas de uno de los armarios de la cocina americana y una botella de cava de la nevera. Sirve las dos copas dejando que se forme una pequeña porción de espuma en la superficie y me entrega una de ellas par después brindar conmigo y romper el hielo.

Y de repente tú 3.

Y de repente tú

Lunes, 16 de julio de 2012.

Tras otra semana sin parar de visitar tiendas de muebles y decoración, por fin hemos encargado todo lo que nos hacía falta y por un módico precio. Incluso nos ha sobrado algo de dinero de lo que teníamos apartado para amueblar el apartamento, dinero que guardaremos para futuras emergencias hasta que encontremos trabajo.

Mi madre y Paola, la madre de Gina, se han empeñado en comprarnos los billetes de avión para ir a Villasol y no pudimos negarnos, así que ahora estamos en el aeropuerto de Villasol, esperando que salgan nuestras maletas para encontrarnos con nuestras familias.

En Villasol siempre hace calor, incluso en el mes de enero la temperatura mínima suele estar entre los diez y quince grados, lo que supone que el mes de julio y agosto sea abrasador pero, aun así, me encanta el clima de nuestra pequeña ciudad. Aquí la gente siempre es amable y sonríe, mientras que en las grandes ciudades la gente camina con prisa y siempre está de mal humor. Esa era la única razón por la que dudé en mudarme a Lagos, pero es la ciudad de las oportunidades para los jóvenes, es la ciudad en la que se puede llegar a ser alguien importante en el sector profesional.

–  Ahí están nuestras maletas. – Me dice Gina dándome un codazo en el brazo y sacándome de mi ensimismamiento. – Despierta, que hay que coger las maletas.

–  Estoy por salir corriendo y subirme al primer avión que vea sin importarme el destino, ¿sabes lo que nos espera aquí? – Le pregunto aterrada por lo que nuestras madres puedan estar organizando.

–  Nos espera lo de todos los veranos. – Me contesta Gina encogiéndose de hombros. – Nuestras enajenadas madres organizarán cualquier tipo de evento y nos obligarán a asistir con el único fin de presentarnos a todos y cada uno de los hombres jóvenes que haya alrededor. Tú solo recuerda que son nuestras madres y, aunque están claramente locas, las queremos.

–  Acaba de hablar la psicóloga. – Me mofo.

Ambas nos echamos a reír mientras sacamos a pulso las maletas de la cinta corredera. Desde niña, cada vez que Gina trataba de analizar moralmente un acto, gesto o palabra, todo el que la conocía bromeaba diciendo que no era Gina la que hablaba, sino la psicóloga que llevaba dentro. Y, mira por dónde, Gina ha acabado siendo psicóloga, pese a estar más loca que una cabra.

Nada más salir de la zona de desembarque, nos encontramos con mi padre y con Enrico, el padre de Gina.

Ambos visten una camisa blanca, unas bermudas de color crema y calzan unas menorquinas, al más puro estilo Villasol. Sus caras se iluminan y en sus labios se dibuja una sonrisa en cuanto nos ven aparecer. Nos reciben con un fuerte y reconfortable abrazo, cogen nuestras maletas y nos guían hasta el coche mientras conversamos desenfadadamente.

–  ¿Cómo va la mudanza? – Pregunta mi padre arrancando el coche. – ¿Habéis encargado todos los muebles ya?

–  Sí, ya lo tenemos todo encargado. – Le respondo orgullosa. – En un par de semanas tendremos el apartamento amueblado y parecerá un verdadero hogar.

–  Si os falta dinero, sólo tenéis que pedírnoslo. – Me recordó mi padre.

–  No nadamos en abundancia, pero vamos bien de dinero, papá. – Insisto por enésima vez. – Con el dinero de la beca nos apañábamos muy bien en Valdemar, así que casi todo lo que hemos ganado trabajando en el supermercado lo ahorramos para destinarlo al alquiler del apartamento en Lagos y los muebles. Tenemos para aguantar hasta enero pero para entonces esperamos haber encontrado trabajo.

–  Francesco, tenemos que reconocer que nuestras niñas han crecido y pueden valerse por ellas mismas, aunque nosotros sigamos viéndolas como a nuestras pequeñas. – Le dice Enrico a mi padre.

–  Nos va muy bien, pero siempre es confortable saber que nuestros padres nos apoyan. – Les dice Gina precavida. – Hablando de progenitores, ¿nuestras adorables madres están planeando algo?

–  Me temo que sí, pero no sé el qué. – Dice Enrico encogiéndose de hombros. – No hemos querido preguntar.

–  Eso, lejos de consolarme, me preocupa más. – Le digo a Enrico.

Veinte minutos más tarde, mi padre aparca en frente de casa. Mis padres viven en una amplia casa apareada con la casa de los Veneti, los padres de Gina, con jardín y piscina compartida. Nuestros padres siempre nos hacían la fiesta de cumpleaños en el jardín trasero, junto a la piscina. El cumpleaños de Gina es en septiembre y el mío en agosto, así que la piscina es el mejor sitio donde celebrar una fiesta. Con los años, dejamos de organizar fiestas de cumpleaños en la piscina de casa, preferíamos celebrar nuestros cumpleaños en discotecas, lejos de nuestros padres.

Nada más bajarnos del coche, Paola y mi madre salen a recibirnos con un fuerte, efusivo y cariñoso abrazo, seguido de un montón de besos como lo harían dos abuelas.

Tras pasar al jardín trasero para sentarnos a la sombra de varios árboles mientras nos tomamos un refresco para paliar el calor, nuestras madres nos someten al tercer grado, empezando, cómo no, por el tema que más les interesa: los chicos.

–  ¿Os habéis echado novio ya? – Nos pregunta Paola.

–  Con lo guapas que estáis, no me puedo creer que no salgáis con ningún chico. – Comenta mi madre.

–  Mamá, no salimos con nadie. – Responde Gina con sequedad. – No sé si lo recordáis, pero hemos estado ocupadas estudiando una carrera, trabajando y haciendo una mudanza.

–  Hija, ¡qué humor! – Protesta Paola.

–  Estamos un poco cansadas por el viaje y, francamente, vuestro interrogatorio no ayuda. – Las reprendo. – Voy a deshacer la maleta y a ponerme un bikini, me muero de calor y quiero darme un chapuzón en la piscina antes de cenar.

–  Te acompaño. – Sentencia Gina levantándose de la tumbona de un salto.

Entramos en casa y Gina sube conmigo a mi habitación, quiere alejarse de nuestras madres para evitar que sigan interrogándola. Hace un par de semanas que Gina empezó a estar de mal humor y desde entonces sigue igual. He intentado hablar con ella pero cada vez que le he preguntado su respuesta ha sido “no me pasa nada”, “ya se me pasará” o “ahora no me apetece hablar”. Pero esta vez no se me escapa. Cierro la puerta de mi habitación para que nadie pueda escucharnos y, tras mirarla fijamente a los ojos, le pregunto:

–  ¿Vas a contarme qué te pasa? Y no me digas que nada porque estoy harta. He tenido paciencia pero ya la has agotado toda, así que desembucha.

–  No sé por dónde empezar. – Empieza a decir Gina. – Supongo que por el principio. – Continúa hablando mientras se deja caer sobre mi cama. – Hace tres semanas me llamó Héctor, le han ofrecido una plaza de director de márquetin en la delegación de Lagos de su empresa, un puesto muy importante, al parecer.

–  Su empresa tiene la sede en Lagos, sería el director de los directores de márquetin de su empresa, un puesto demasiado importante para que un tipo como él lo rechace. – Opino. – ¿Quiere seguir viéndote?

–  Sí. – Contesta Gina con un hilo de voz.

–  Gina, no quiero agobiarte. – Le digo a la defensiva. – Pero sabes qué es lo que tienes que hacer, ¿verdad?

Gina me responde asintiendo con la cabeza, una respuesta que no me termina de convencer. Como le he dicho, no la quiero agobiar, pero tampoco pienso permitir que eche su vida a la basura por un cabrón como Héctor. ¿Cómo puede siquiera pensar en volver a verlo? Buf.

Sigo deshaciendo mi maleta sin decir nada, está vez será Gina quién decida hablar, no voy a insistir. Sé que este tema la supera, ni siquiera parece ella misma, más bien es un fantasma de ella misma.

Gina conoció a Héctor en un local de Valdemar. Una cosa llevó a la otra y, después de pasar la noche hablando y bailando juntos, intercambiaron teléfonos. Héctor tiene treinta y dos años, diez años más que Gina, pero también tenía muchas otras cosas más que Gina. Tres días después de conocerse, Héctor la llamó y quedaron para cenar. Parecía un tipo encantador, guapo, educado, inteligente, trabajador, cariñoso y romántico. Gina estuvo saliendo con él seis meses. Héctor vivía en Masten, una ciudad al noroeste del país, pero solía venir muy a menudo a Valdemar, tan a menudo que su empresa le tenía alquilado un apartamento para que él se pudiera alojar. Así que, cada vez que Héctor venía a Valdemar llamaba a Gina y se veían. Y Gina se enamoró de él. En su defensa diré que cualquier mujer se hubiera podido enamorar del tipo que él fingía ser. Sí, fingía. Una noche Héctor recibió una llamada estando con Gina en su apartamento, tenía que regresar a Masten de inmediato y cuando Gina le preguntó por qué se tenía que marchar, él simplemente respondió que su mujer le acababa de llamar para decirle que habían ingresado en el hospital a su hijo para operarle de urgencia de apendicitis. Héctor lo dijo sin pensar pero al segundo se dio cuenta de lo que había dicho y solo le pidió disculpas a Gina y le dijo que hablarían en otro momento, acto seguido se marchó. Gina se quedó destrozada y no volvió a saber nada de él hasta pasado un mes. Se presentó en la universidad y la invitó a comer. Gina aceptó, pues tenían muchas cosas de las que hablar. En esa comida Gina se enteró que Héctor llevaba cinco años casado con su mujer y tenía un hijo de tres años. Héctor le dijo que la quería, pero que no podía dejar a su familia, al menos no ahora. Gina sabía que nunca dejaría a su mujer, pero también quería creer que con el tiempo la terminaría dejando. Por suerte, Gina abrió los ojos. La empresa de Héctor había organizado una gala benéfica y Héctor había invitado a Gina como su acompañante, pero su mujer se presentó por sorpresa y Gina tuvo que quedarse en casa. Ahí se dio cuenta que ella no podía vivir su vida a escondidas, no estaba dispuesta a ser la otra de aquella situación. Así que Gina se armó de valor y lo dejó.

Han pasado dos meses desde entonces y sé que Gina aún siente algo por él. No creo que vuelva a caer entre sus brazos, pero lo está pasando mal.

–  Se ha mudado a Lagos con su familia, me ha llamado esta mañana y me lo ha dicho. – Me dice Gina de repente. – No quiero verle, Mel. No quiero salir por ahí y encontrármelo paseando con su mujer y su hijo, ¿te imaginas? – Hace una mueca y se levanta para mirar por la ventana. – He desperdiciado demasiado tiempo con él y no pienso dejar que vuelva a suceder. Esta mañana le he dicho que no quería saber nada de él, que estaba feliz sin él y que nunca más quería saber de él. Le he pedido que respete mi decisión como yo he sabido respetar su otra vida y no le ha quedado más remedio que aceptarlo.

– Has hecho bien, Gina. – Le digo orgullosa de ella. La abrazo con fuerza y añado: – Creo que ambas necesitamos una noche de fiesta por Villasol. Podríamos ir a la playa, en verano siempre hay chiringuitos, música y mucho turista guapo y soltero.

Eso basta para que ambas nos echemos a reír como dos adolescentes. Estar en Villasol con Gina es como volver a ser adolescentes, con madres controlando a qué hora llegamos, qué hemos comido y, lo más importante, con quién hemos estado. Pero tiene su encanto volver a ver a viejos amigos y a viejos amigos más especiales, por no hablar de las noches de luna llena en la playa, donde celebramos auténticas fiestas chill-out y todo el mundo baila alrededor de una hoguera. Es como volver a revivir toda mi adolescencia, como si los años no hubieran pasado y todo siguiera igual.

Y de repente tú 2.

Y de repente tú

Sábado, 7 de julio de 2012.

Hoy es nuestro séptimo día en el apartamento. Gina y yo hemos pasado la semana pintando, ella ha pintado su habitación de azul y yo de magenta. El pasillo, el salón, el comedor y el hall los hemos pintado de color gris perla.

Cada noche hemos tenido que cambiar de habitación para poder dormir, el olor a pintura era demasiado cargante como para dormir en una habitación recién pintada. Aunque todavía seguimos sin muebles.

Después de una larga semana de duro trabajo, decidimos ir a tomar unas copas a un bar musical que hay a un par de calles de casa, el Sweet. Nunca hemos estado antes allí, pero el jueves estando en una cafetería, Gina y yo escuchamos a un grupo de chicas decir que era el mejor local de la ciudad, llena de gente joven y con buena música.

–  Mel, no sé qué vestido ponerme. – Escucho a Gina gritar desde su habitación. – ¿El verde o el azul?

–  El azul, me encanta cómo te queda. – Le respondo a gritos para que me oiga.

Toda mi ropa está en unos cajones de plástico que hemos comprado para que no coja polvo. Abro un cajón tras otro hasta dar con mi vestido favorito, un vestido de color rosa suave y con escote palabra de honor con falda de tubo hasta la parte superior de las rodillas. Ese vestido combinado con mis zapatos negros con plataforma de dos centímetros en la parte delantera y un tacón de aguja de diez centímetros me hace sentir como una estrella de cine, es decir, nada más lejos de la realidad.

Me visto rápidamente y entro en el baño para peinarme y maquillarme. Me miro en el espejo y observo mi pelo, no es ni rubio ni moreno, ni rizado ni liso, nada especial. Decido alisarme el pelo con la plancha, confiando en que no llueva y no termine bufado y escardado. El maquillaje no lo medito, siempre termino usando lo mismo: una base suave del mismo tono que mi piel, sombra de ojos de color rosa y dorado, una línea negra en la parte interior del párpado inferior y un poco de rímel negro en las pestañas. Y ya estoy vestida para matar, como dice siempre mi padre bromeando.

–  Gina, ¿estás lista? – Le pregunto saliendo al pasillo. – Creo que deberíamos salir ya, se está haciendo tarde.

–  Ya estoy. – Dice Gina saliendo al pasillo para encontrarse conmigo. Da una vuelta sobre sí misma y me pregunta divertida: – ¿Qué te parezco? ¿Estoy vestida para matar?

Ambas nos echamos a reír, recordando los viejos tiempos en Villasol, cuando éramos dos adolescentes.

Gina está preciosa. Su larga melena rizada de color chocolate se posa sobre sus hombros hasta llegar a la cintura, sus ojos de color marrón oscuro y rasgados le dan un aire exótico y sensual. El vestido azul contrasta con su piel bronceada, haciéndola resaltar.

–  Estás perfecta. – Le digo riendo. – Pero como no nos demos prisa, cerrarán el Sweet y nadie podrá ver lo guapas que nos hemos puesto.

Acto seguido, nos ponemos nuestros respectivos abrigos y cogemos nuestros bolsos, dispuestas a salir y divertirnos toda la noche después de la semana que hemos pasado.

Caminamos un par de calles hasta llegar al local, donde un tipo grande y robusto nos abre la doble puerta para dejarnos pasar. Gina es la primera en entrar, yo la sigo de cerca. Nos dirigimos a la barra más cercana y le pedimos un par de copas a la camarera. Mientras nos sirven las copas, Gina y yo observamos el local y la gente que hay en ella. Está poco iluminado, lo cual contrasta con el blanco de los taburetes, los sofás y las pequeñas mesas auxiliares de la zona chill-out. Las paredes están pintadas de un rojo oscuro, parecido al color de la sangre, y decoradas con algunos retratos en blanco y negro de actores y actrices de cine. Las únicas lámparas que hay están sobre las tres barras de bar que hay en local, la zona chill-out está únicamente iluminada por velas aromáticas y la pista de baile por aparatos de iluminación que llenan la estancia con rayos de colores y destellos de luz.

Hay mucha gente, todos de entre veinte y treinta y cinco años. Hay algunas parejas, pero la mayoría están en grupos de chicas o grupos de chicos, supongo que eso cambiará de aquí a unas horas, cuando se hayan bebido un par de copas.

Pagamos y cogemos nuestras copas, nos dirigimos hacia a la zona chill-out, donde nos sentamos en uno de los sofás que hay libres.

–  Me gusta este sitio, es íntimo y acogedor, pero también es amplio y moderno. – Comenta Gina. – Si te soy sincera, tenía mis dudas sobre el Sweet. He leído por internet que solo vienen snobs y gente con ganas de convertirse en snob, pero la verdad es que yo veo un poco de todo.

–  ¡Qué más da! – Protesto. – Hemos venido a divertirnos.

–  Hablando de diversión, ¿cuándo tienes pensado ir a Villasol? – Me pregunta Gina. – Mi madre está empeñada en que pasemos el verano allí, pero ya le he dicho que primero tenemos que organizar el piso, ni siquiera tenemos muebles.

–  Podemos ir el próximo fin de semana. – Le respondo. – Cuando encarguemos los muebles, tardarán un par de semanas en traérnoslos. Podemos pasar esas dos semanas en Villasol, con todas las comodidades y disfrutando del sol en la playa.

–  Echo de menos la playa. – Me dice Gina con melancolía. – Siempre hemos pasado el mes de julio en Villasol, pero este año es diferente y solo vamos a pasar un par de semanas.

–  Vamos a bailar, últimamente no hay quien te entienda. – Desisto.

Gina lleva un par de semanas de mal humor, melancólica y muy negativa. Espero que una noche en el Sweet la anime un poco, esto está lleno de chicos guapos y a Gina no le pasarán desapercibidos.

Nos abrimos paso entre la multitud hasta llegar a la pista de baile, donde empezamos a bailar al ritmo de la canción “Ni rosas ni juguetes” de Paulina Rubio con Pitbull y hasta que dos horas más tarde terminamos bailando la última canción “Tonight lovin’ you” de Enrique Iglesias. Me encanta esta canción y la bailo como si estuviera sola en mi habitación en vez de en un local lleno de gente y también me atrevo a cantar animada por las copas de más:

“I know you want me

I made it obvious that I want you too

So put it on me

Let’s remove the space between me and you

Now rock your body

Damn I like the way that you move

So give it to me, oh oooohh…

Cause I already know what you wanna do

Here’s the situation

Been to every nation

Nobody’s ever made me feel the way that you do

You know my motivation

Given my reputation

Please excuse me I don’t mean to be rude

But tonight I’m loving you

Oh you know

That tonight I’m loving you

Oh you know

That tonight I’m loving you

Oh you know

That tonight I’m loving you

Oh you know.”

Tan concentrada estoy bailando mi canción que ni siquiera me doy cuenta que hay un escalón a diez centímetros detrás de mí y tropiezo pero, de repente, alguien me sujeta por la cintura impidiendo que me caiga al suelo. Mis manos se agarran automáticamente a los brazos que me sujetan y puedo comprobar que se trata de alguien fuerte y con músculos bien ejercitados. Levanto la vista y observo a mi salvador, un tipo guapísimo, de pelo castaño oscuro más largo de lo que lo suele llevar cualquier hombre que lleve traje como él. Sus ojos de color gris azulado son fríos e indescifrables, sus facciones duras y su piel ligeramente bronceada por el sol le dan un aire de tipo duro que contrasta con su aspecto elegante y serio, pero que le hacen muy atractivo. Demasiado.

–  ¿Estás bien? – Me pregunta con voz ronca y sensual mientras me suelta la cintura despacio para comprobar que me puedo mantener en pie.

–  Sí. – Contesto ruborizándome. ¡Qué vergüenza! – Gracias… y lo siento.

Me doy media vuelta para alejarme de él cuanto antes, pero me agarra con firmeza por la muñeca y, sin cambiar su semblante implacable, me coloca frente a él, acerca sus labios a un centímetro de mi oreja y me susurra al oído:

–  Deberías mirar lo que tienes a tu alrededor antes de ponerte a bailar con los ojos cerrados, no voy a estar siempre para sujetarte antes de que te caigas.

–  Lo tendré en cuenta la próxima vez. – Le respondo sonriendo y añado divertida antes de dar media vuelta y alejarme sin que pueda volver a cogerme: – Y tú deberías pensarte lo de trabajar de escolta, no se te da nada mal.

Salgo disparada hacia la barra de bar donde Gina está apoyada mientras me mira sonriendo maliciosamente, pensando lo que no es.

–  ¿Qué te estaba diciendo? ¿Ha ligado, señorita Milano? – Me pregunta burlonamente. – Venga, no hagas que tenga que someterte a un tercer grado, estoy demasiado borracha.

–  Me he tropezado y él, muy educadamente, me ha cogido al vuelo antes de que mi cara aterrizara en el suelo. Le he dado las gracias y ya está, ni siquiera me ha preguntado mi nombre ni se ha presentado. Está muy bueno, pero me hay algo en él que me intimida. Creo que son sus ojos, son de un profundo gris azulón que te hiela la sangre.

–  Creo que las dos hemos bebido demasiado. – Concluye Gina. – ¿Nos vamos a casa? Soy capaz de dormirme de pie aquí mismo.

Le dedico una sonrisa a Gina y salimos del Sweet más contentas que cuando entramos. Necesitábamos una noche de fiesta para desconectar de todo, llevábamos dos meses sin salir de verdad. Entre los exámenes, la graduación y la mudanza, no hemos tenido tiempo de celebrarlo todo saliendo de fiesta como Dios manda.