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Una tentación irresistible 20.

Una tentación irresistible

Después de pasar la noche haciendo el amor en el jacuzzi de la terraza y en la cama, ambos se quedan dormidos en los brazos del otro. Cuando Helena se despierta son más de las diez de la mañana y no hay ni rastro de Samuel en la habitación, tampoco se oye ningún ruido procedente del baño. Recordando que Rosa vive allí y que es posible que Ray también esté de visita, Helena decide ponerse un batín de seda, que le cubre más que la estrecha camiseta de tirantes y el culote que hace servir de pijama, antes de salir de la habitación en busca de Samuel. Nada más bajar las escaleras se encuentra con Rosa que sale de la cocina haciendo malabarismos con una bandeja llena de tazas de cafés para que no caiga.

–          Buenos días, Helena. – La saluda Rosa amablemente. – Dame un minuto y enseguida te preparo el desayuno.

–          Buenos días, Rosa. – Saluda Helena y añade sonriendo: – No te preocupes, yo misma lo preparo.

Helena entra en la cocina sonriendo, pensando que no recuerda la última vez que alguien le dijo que en un minuto le preparaba el desayuno. Cree recordar que se lo dijo su madre antes de empezar el instituto y un sentimiento de nostalgia la invade. Echa de menos aquellos días en que sus problemas se arreglaban pidiendo ayuda a su madre o a su padre y que ahora tan solo trata de evitar que ellos se preocupen por nada. Ahora era Samuel quién insistía en ocuparse de solucionar sus problemas y, aunque ya era lo suficiente adulta y madura como para afrontarlos por sí sola, a Helena le gustaba la sensación de paz que la actitud de Samuel le concedía. Sabía que debería haberse dirigido al despacho de Samuel donde casi con total seguridad estará reunido con Ray hablando sobre el incidente con Carla, pero Helena primero necesitaba tomarse un vaso de Nesquik antes de enfrentarse al mundo.

–          Buenos días, nena. – Le saluda Samuel abrazándola desde la espalda mientras ella se sirve un vaso de leche y añade los polvos de cacao. – ¿Has dormido bien?

–          Mejor que nunca. – Le responde Helena dando media vuelta para quedar frente a él y poder mirarle a los ojos. – Tú apenas has dormido.

Samuel la besa en los labios con ternura, rodea el rostro de Helena con sus manos y, tras besarla de nuevo, le dice:

–          Nena, tengo una reunión importante dentro de tres horas y no puedo faltar.

–          No te preocupes, yo tenía previsto ir a ver a mis padres antes de regresar a Blanes.

–          No vas a regresar a Blanes. – Sentencia Samuel. Helena levanta las cejas sin creerse lo que acaba de oír y Samuel intenta arreglarlo. – Helena, solo te pido que esperes a que regrese de la reunión esta tarde. Si quieres ir a Blanes iremos a Blanes, pero deja que te acompañe, ¿de acuerdo?

–          ¿Tengo otra opción? – Le pregunta Helena con sarcasmo.

–          Sí, la otra opción es que te acompañe Ray. – Le contesta Samuel burlonamente. – Le he dicho a Cristina que venga a hacerte compañía, así no te aburrirás mientras estoy fuera.

–          Yo también quiero salir, no quiero quedarme encerrada. – Le replica Helena haciendo un mohín digno de una niña de cinco años.

–          Si decidís salir, Ray os acompañará y no es discutible, Helena. – Le advierte Samuel con el semblante serio. – El 4×4 blanco no es del padre de Carla y aún no hemos averiguado de quién es.

–          Vale, seré buena, te lo prometo.

–          Perfecto. – Sonríe Samuel. La besa en los labios de nuevo, sin poderlo resistir, y se despide de Helena. – Te llamaré más tarde para asegurarme de que todo va bien, pero llámame si necesitas cualquier cosa, ¿de acuerdo, nena?

Helena asiente con la cabeza y Samuel sale de la cocina. Lo escucha hablar en el hall con Ray y con otro hombre al cual no reconoce por la voz. Rosa entra en la cocina y le sonríe con dulzura. Insiste en prepararle algo para comer pero Helena le dice que con el Nesquik tiene suficiente por el momento. Cuando se bebe su Nesquik, Helena se levanta dispuesta a ayudar a Rosa a recoger la cocina, pero Rosa no se lo permite:

–          Ve a ducharte y vestirte, yo me encargo de recoger. – Le dice Rosa con cariño. Helena suspira resignada y Rosa añade. – No te enfades con él, le importas y solo quiere ayudarte. Puede que sea un poco mandón y un gruñón, pero todo lo que está haciendo es porque se preocupa por ti.

–          Lo sé, pero tengo la sensación de que tarde o temprano acabaré sufriendo. – Murmura Helena pensando en voz alta mientras sale de la cocina y sin darse cuenta que Rosa la ha escuchado.

Helena entra en la habitación de invitados, se da una ducha y se pone un short tejano y una camiseta de tirantes, hace un día espectacular y no piensa quedarse encerrada en el ático de Samuel por mucho que le guste. Cuando Helena baja las escaleras se encuentra a Cristina en la cocina tomándose un café con Rosa.

–          Buenos días, Helena. – Saluda Cristina besando a Helena en las mejillas.

–          Yo os dejo tranquilas mientras me voy a hacer la compra. ¿Os quedaréis a comer? – Les pregunta Rosa con su habitual tono cariñoso y amable.

–          Gracias Rosa, pero comeremos fuera. – Responde Helena. Se vuelve hacia Cristina y le pregunta: – ¿Salimos a dar una vuelta?

Cristina asiente con la cabeza y ambas salen a la calle. Caminan en silencio por la plaza Europa y se sientan en uno de los bancos de madera. Cristina se da cuenta de lo incómoda y tensa que parece estar Helena, así que decide romper el hielo:

–          ¿Cómo estás?

–          No lo sé. – Le responde Helena con franqueza. – Creo que Samuel está exagerando con todo esto, pero tampoco tengo fuerzas para discutir con él. – Helena se fija en una silueta a pocos metros de ellas y la reconoce con facilidad, poca gente tiene esa corpulencia enorme. – ¿Has avisado a Ray para que nos acompañe?

–          Creía que Samuel ya te había dicho que Ray sería nuestra sombra.

–          Exagerar es poco, Samuel se ha vuelto loco. – Protesta Helena.

–          Te aseguro que Samuel es una persona muy cuerda, pero se vuelve completamente irracional cuando se trata de ti. – Le dice Cristina. – No sé qué clase de relación tenéis, pero sé que le importas y está preocupado por ti. A todo eso súmale que se siente responsable por lo de la loca de Carla y ya tienes a un psicópata.

Cristina logra hacer sonreír a Helena, la verdad es que Samuel ha pasado de ser un ogro gruñón a un hombre tierno y cariñoso con ella. Todos los que habían presenciado sus continuas pullas y discusiones se habían sorprendido y le habían dicho a Helena que no entendían por qué Samuel se comportaba así con ella, pues siempre era un caballero con las mujeres. Y de verdad era un caballero, salvo que Helena había tardado un poco más en descubrirlo.

–          Creo que eres la única persona que le hace perder el control y Samuel es un hombre a quien le gusta tenerlo todo bajo control. – Comenta Cristina. – Cuando el domingo entré en el ático y vi las dos copas de vino vacías sobre la encimera de la cocina supe que eras tú la que estaba con él. Samuel nunca lleva a ninguna mujer a su casa, es su regla de oro.

–          Pues hace un rato éramos tres en la cocina. – Bromea Helena.

–          Ya sabes a lo que me refiero, Helena. Samuel me ha amenazado con matarme si te preguntaba algo sobre lo vuestro, así que no te voy a preguntar nada, pero sí que te voy a decir que nunca había visto a Samuel tan interesado en alguien como lo está contigo.

Dicho eso, Cristina no vuelve a mencionar a Samuel. Deciden ir a pasear por el centro comercial que hay a escasos metros de distancia y las dos hablan y bromean como si fueran dos buenas amigas que han quedado para ir de compras. Eso sí, con Ray siguiéndolas a pocos metros de distancia. Samuel la llama mientras compran en las tiendas del centro comercial. Helena le asegura que está bien y le reprocha que haya enviado a Ray a perseguirlas.

–          Nena, no te está persiguiendo, te está protegiendo. – Trata de hacerle entender él.

Tras prometerle que la volverá a llamar en cuanto salga de la reunión y la irá a buscar, Samuel se despide y cuelga. A Helena se le escapa un suspiro y Cristina sonríe con disimulo.

Cuando están sentadas en el Burger King del centro comercial y comiéndose una hamburguesa, Helena recibe la llamada de teléfono de Sarah. Helena la saluda y habla con ella con naturalidad, sin mencionar a Samuel ni que está con Cristina. Sarah le cuenta que ha hablado con sus padres sobre los avances de Loco y le explica que quieren conocerla, a ella y a su hermano Ramiro. Helena trata de rechazar educadamente la invitación, pero Sarah insiste alegando que hasta a su hermano Samuel le ha parecido buena idea.

–          Sarah, te llamo mañana y te digo algo seguro. – Le dice Helena.

–          Cómo quieras, pero te aseguro que lo pasarás bien y haremos que te sientas como en tu propia casa. – Le dice Sarah. – Además, Ramiro ya me ha confirmado que vendrá.

Tras despedirse de Sarah y colgar, Helena se desahoga con Cristina. Está confundida, furiosa y, aunque se niega a reconocerlo, también está un poco entusiasmada. Si los padres de Samuel querían conocerla y él estaba de acuerdo, era una buena noticia para Helena, aunque todavía no se atrevía a confesar por qué.

Después de pasar la mañana de compras y de inflarse a comer hamburguesas, Helena y Cristina deciden regresar al ático. Ray continúa siguiéndolas a pocos metros de distancia y de vez en cuando habla por teléfono con Samuel, manteniéndolo informado de todo lo que hacen las chicas.

Mientras tanto, Samuel asiste a la reunión que tenía prevista en la oficina y después, tras evitar las preguntas de Alberto sobre dónde y con quién se mete últimamente, decide ir a hacerle una visita a Carla. La intención de Samuel es simple: solo quiere dejarle claro que no existe nada entre él y Carla y decirle que deje en paz a Helena. Pasa a buscarla por la agencia, pero le dicen que Carla lleva sin aparecer por allí desde hace diez días. Samuel decide pasar por su casa, pero el portero le dice que también lleva varios días sin verla, desde cuando una noche le dijo que iba a asistir a la inauguración de un rascacielos. Samuel se empieza a poner nervioso, no es propio de Carla desaparecer de esa manera. Cristina tampoco había podido averiguar nada, las amigas de Carla llevaban días sin saber nada de ella.

Samuel llama por teléfono a Helena y cuando le dice que está en su casa con Cristina y, cómo no, con Ray, Samuel le dice que va de camino y que no tardará en llegar. Cuando llega al ático, Ray le dice que tienen que hablar y Samuel, tras saludar a Helena con un leve beso en los labios y a Cristina con un beso en la mejilla, se encierra en su despacho con Ray.

Mientras Rosa prepara la cena en la cocina, Cristina y Helena se quedan en el salón hablando un poco más hasta que Ray y Samuel salen del despacho minutos después. Cristina se pone en pie dispuesta a marcharse y Samuel le pide a Ray que la lleve a casa.

Una vez que Helena y Samuel se quedan a solas, se miran a los ojos fijamente y Samuel se percata del desafío que muestran los ojos de Helena. La mira alzando los ojos y le pregunta:

–          ¿Quieres contarme algo?

–          Tiene gracia, iba a preguntarte lo mismo. – Le replica Helena de morros.

–          Nena, cuéntame qué te pasa. – Samuel se sienta en el sofá a su lado, la agarra de la cintura y la coloca a horcajadas sobre su regazo. – ¿Estás enfadada conmigo?

–          Solo un poco molesta. – Reconoce Helena sintiéndose más relajada entre los brazos de Samuel. – Me ha llamado Sarah, me ha dicho que tus padres nos invitan a Ramiro y a mí a cenar en su casa el sábado por la noche y que a ti te pareció buena idea cuando hace dos días te lo comentó tu madre.

–          Es verdad, se me había olvidado decírtelo con todo lo que ocurrió después. – Dice Samuel con sinceridad. – ¿No quieres ir?

–          No es eso, es solo que es bastante raro…

–          Nena, ¿qué es lo que te preocupa?

–          Nosotros. – Le confiesa Helena. – No sé si es buena idea que conozca a tus padres teniendo en cuenta nuestro… trato.

–          No quieres que nadie sepa lo nuestro, ¿no es así?

–          Ni siquiera sabemos a dónde nos va a llevar todo esto, solo te pido que nos demos un tiempo para conocernos y después ya veremos… – Le dice Helena.

–          Está bien nena, cómo tú quieras. – Le contesta Samuel abrazándola.

Se quedan abrazados en el sofá hasta que Rosa les anuncia que la cena ya está lista y pasan a cenar a la cocina.

Después de cenar, le dan las buenas noches a Rosa y se dirigen a la habitación de Samuel, donde se encierran y se meten en la cama para disfrutar juntos de una maravillosa noche de sexo hasta quedarse dormidos.

Una tentación irresistible 19.

Una tentación irresistible

Helena pasa media mañana durmiendo en la cama de Samuel y la otra media desayunando y dándose un largo baño de espuma. A mediodía recibe la llamada de Samuel, que la convence para salir a comer juntos y queda en pasar a buscarla por el ático a las dos de la tarde.

Durante dos horas, Helena se arregla su larga y rubia melena, decide ponerse un vestido azul vaporoso y unas sandalias romanas de color beige. Se está aplicando un poco de gloss en los labios cuando escucha abrirse la puerta del ascensor y la voz de Samuel:

–          Helena, ¿estás lista?

–          Un minuto y bajo. – Le contesta Helena alzando la voz para que Samuel la oiga.

Tras repasar rápidamente su aspecto en el espejo, se da el visto bueno y baja las escaleras para encontrarse con Samuel, que la espera sentado en uno de los taburetes de la cocina bebiéndose una cerveza directamente del botellín mientras lee un periódico deportivo. Alza la vista cuando la oye entrar y sonríe al verla tan alegre.

–          Estás preciosa.

–          Gracias. – Le responde Helena con un ligero rubor en las mejillas.

Samuel se pone en pie, se acerca a Helena y la besa en los labios sin poder contenerse, es algo que le sale demasiado natural y no puede evitarlo. Ella lo observa con lujuria, está fantástico con ese traje gris que marca la anchura de sus hombros y los músculos de sus brazos.

Media hora más tarde, están sentados en una de las mesas del precioso jardín de una antigua masía ubicada a las afueras de la ciudad. Almuerzan tranquilamente y cuando terminan todo lo que hay en los platos, Samuel decide que es el momento de poner las cartas sobre la mesa y hablar de su peculiar relación:

–          Creo que es buen momento para mantener esa conversación pendiente.

–          Soy toda oídos. – Le responde Helena.

–          Está claro que dejarnos caer en la tentación no nos ha quitado el problema, yo te deseo incluso más de lo que ya te deseaba. – Empieza a decir Samuel.

–          ¿Qué propones, entonces?

–          Estaba considerando la idea de exiliarnos eternamente en el ático, pero supongo que tarde o temprano tendremos que salir a la calle o vendrán a buscarnos, así que a largo plazo no es una buena idea. – Bromea Samuel. – O también podemos tomárnoslo con calma y ver a dónde nos lleva todo esto. Podemos ser amigos que pasan juntos algo de tiempo para conocerse mejor.

–          Lo que vulgarmente en mi barrio se conoce como follamigos. – Le contesta Helena algo molesta.

–          No has entendido nada. – Protesta Samuel.

–          ¡Pues háblame claro, no tengo cinco años! – Le reprocha Helena.

–          Te estoy diciendo que quiero salir contigo a cenar, de copas o simplemente ir al cine como dos amigos.

–          ¿Solo como amigos?

–          Nena, eso va a ser difícil.

–          Pues anoche parecía bastante fácil. – Murmura Helena molesta.

–          Anoche lo único que quería era que te sintieras cómoda y segura, pero si quieres esta noche te lo compenso.

–          A ver si te he entendido. – Le dice Helena. – Amigos que quieren conocerse mejor y sexo sin compromiso.

–          ¿Sin compromiso? – Pregunta Samuel frunciendo el ceño. – No pienso dejar que folles con otros mientras estés conmigo y no es negociable.

–          Entonces yo tampoco pienso permitir que te folles a otras. – Le advierte Helena.

–          Solo quiero follar contigo.

–          ¡Qué romántico! – Se mofa Helena riéndose. Logra ponerse seria y añade: – Solo una cosa, mientras vemos qué pasa con esta peculiar tregua, me gustaría que esto quedara entre nosotros.

–          Me parece bien, salvo por el hecho de que Cristina sabe que eres tú la chica que estaba durmiendo en mi casa ayer, pero tranquila, no dirá nada, ni siquiera a Alberto.

Helena duda de que Cristina no se lo cuente a su marido, que también es el socio y mejor amigo de Samuel, pero tampoco le importa demasiado que Alberto lo sepa. Solo son dos adultos que mantienen juntos relaciones sexuales de vez en cuando, ¿qué hay de malo en eso? Decidida a cambiar de tema, Helena le pregunta si ha hablado con Carla.

–          Aún no, estoy pendiente de Ray, está tratando de conseguir la grabación de la cámara de seguridad del banco que hay en la esquina de tu calle y Cristina está investigando a Carla. – Le contesta Samuel. – No tienes que preocuparte por nada, yo me encargo de todo, nena. Y ahora será mejor que te lleve a la editorial o llegarás tarde a la reunión con tu editora.

Samuel la acompaña a la editorial y espera a que Helena salga de la reunión para llevarla de nuevo a su casa. Helena trata de convencerle de que no hay ningún motivo para que no pueda regresar a su casa, pero Samuel insiste en llevarla al ático.

Cuando entran en el ático las luces están encendidas y se escucha ruido en la cocina. Helena intercambia una rápida mirada con Samuel, lo último que le apetece es ver a alguna chica armando una teatral escena de celos o que intentara agredirla como había hecho Carla.

–          Tranquila, debe ser Rosa. – La tranquiliza Samuel, pero al ver el gesto confuso de Helena le aclara: – Rosa es la mujer que limpia y cocina, le di vacaciones con todo el jaleo de la mudanza y se tenía que instalar esta tarde… Mierda, me he olvidado de ella.

–          Lo siento. – Se disculpa Helena.

–          No lo sientas, nena. No es tu culpa que yo sea un despistado. – Le dice Samuel besándola en los labios. – Ven, te la presentaré.

Samuel arrastra a Helena a la cocina aferrándola por la cintura por si decide salir corriendo y escapar. Sabe que la presencia de Rosa le incomoda y está dispuesto a solucionarlo cuanto antes. Al entrar en la cocina, Rosa, una mujer de unos sesenta años, de pelo canoso y figura más bien redondita, se vuelve hacia a ellos y les saluda con una amplia sonrisa en el rostro:

–          ¡Samuel, pero qué guapo y bien acompañado te veo!

–          Eso dices tú, que siempre me miras con buenos ojos. – Le responde Samuel besando a Rosa en la mejilla con ternura. – En cuanto a la compañía, no podía ser mejor. – Agarra a Helena de la mano y tira de ella para colocarla a su lado y abrazarla por la cintura. – Te presento a Helena, Rosa. Se va a quedar unos días por aquí hasta que arreglemos algunos asuntos. – Se vuelve hacia a Helena y le dice: – Rosa es como una segunda madre, ella fue mi niñera cuando era pequeño.

–          Encantada de conocerla, señora Rosa. – La saluda Helena ofreciéndole la mano.

–          Por favor, llámame solo Rosa. – Le responde Rosa sonriendo alegremente y añade antes de abrazarla: – Y desde luego el placer es mío, solo por ver cómo haces sonreír a mi Samuel ya me caes bien.

Helena se ruboriza al instante y Samuel trata de ocultar su sonrisa sin demasiado éxito, llevándose un discreto codazo por parte de Helena. Rosa los observa y se percata de la complicidad que existe entre ambos. Nunca lo había visto así con ninguna mujer, pero con Helena parecía estar completamente relajado, era simplemente él.

El teléfono móvil de Samuel empieza a sonar y él se disculpa para retirarse al despacho y hablar por teléfono con más intimidad. Ray tiene que informarle y Samuel prefiere que Helena no esté delante.

–          ¿Sabes algo, Ray? – Pregunta nada más descolgar.

–          Tengo la grabación de las cámaras de seguridad del banco, pero tengo que devolverlas en tres horas, así que tenemos que revisarlas ya. – Le contesta Ray. – Estoy aparcando frente a tu nuevo edificio, estaré ahí en tres minutos.

Samuel regresa a la cocina y se encuentra a Helena escribiendo la lista de la compra que Rosa le va dictando mientras va revisando los armarios de la cocina, la nevera y el congelador.

–          ¡Por el amor de Dios, Samuel! ¿Qué has estado comiendo esta semana? – Le regaña Rosa en cuanto lo ve aparecer. – ¡No hay nada!

–          Lo sé, Rosa. Apenas he parado por aquí desde que me mudé y he estado un poco liado con el trabajo. – Miente Samuel. Se vuelve hacia a Helena y le dice: – Nena, Ray viene ahora con la grabación y me gustaría que la viéramos juntos por si reconoces a alguien más en las imágenes, ¿quieres hacerlo?

–          Sí, claro. – Le responde Helena con un hilo de voz.

Cuando Ray entra en el ático, Samuel le hace pasar a la cocina donde se encuentran Helena y Rosa. Helena lo observa sorprendida, Ray es un tipo fuerte y musculoso que mide dos metros y tiene cara de pocos amigos. Samuel se acerca a Helena, le pasa el brazo alrededor de la cintura y le dice con ternura:

–          Ray nos ha traído el vídeo, ¿quieres que lo veamos en el salón? – Helena asiente con la cabeza y Samuel añade: – Él es Ray, es de confianza y está aquí para ayudarnos, ¿estás de acuerdo? – Helena vuelve a asentir y Samuel le dice a Rosa: – No te preocupes por la cena, pediremos algo de comida a domicilio y mañana ya nos encargaremos de la compra.

Samuel, Helena y Ray se acomodan en los sofás del salón para ver el vídeo de seguridad del banco de la noche del domingo. En las imágenes se ve como Carla se detiene en el portal y llama al timbre a las siete de la tarde. Desde entonces, un 4×4 de color blanco no deja de dar vueltas pasando por delante del portal una y otra vez hasta que Helena aparece en escena y la silueta de una mujer que parece Carla se le acerca para agredirla. Helena entra en el portal y el 4×4 blanco no vuelve a aparecer en escena.

–          Ray, encárgate de averiguar de quién es el 4×4, Carla tiene un Mini, así que es posible que no estuviera sola. – Le dice Samuel.

–          Yo he visto ese coche antes, la noche de la inauguración del rascacielos. – Comenta Helena sin apartar los ojos de la televisión donde Ray ha detenido la imagen proyectando el vehículo. – ¿Carla fue acompañada a la inauguración?

–          No que yo sepa, pero ahora que lo mencionas creo recordar que Carla me dijo que había venido en el coche de su padre. – Recuerda Samuel.

–          Averiguaré qué coche tiene el padre de Carla con un par de llamadas. – Le dice Ray a Samuel. – Cenad y descansad, cuando sepa algo te llamo.

–          Cristina tiene un par de amigas en común con Carla y está tratando de averiguar algo, pero aún no ha descubierto nada.

–          Veré qué puedo hacer. – Le asegura Ray. – Hablamos luego, Samuel. – Se vuelve hacia a Helena y le dice bromeando: – Llámame si Samuel se pone en modo gruñón y también veré qué puedo hacer.

–          Gracias. – Le agradece Helena sonriendo.

Ray se marcha y les deja a solas en el salón. El ruido en la cocina confirma que Rosa sigue trasteando, ordenando y limpiando su santuario. Samuel observa a Helena, que no deja de apretarse las manos con nerviosismo y la abraza estrechándola contra él, haciendo que se sienta segura en una milésima de segundo.

–          ¿Qué relación tenías con Carla? – Le pregunta de repente Helena.

–          Nos veíamos de vez en cuando. – Contesta Samuel incómodo. – Siempre le he dejado claro a Carla que solo se trataba de sexo y no era una relación exclusiva, ella lo sabía y lo aceptaba, no entiendo por qué ahora está haciendo esto.

–          Nunca subestimes a una mujer despechada. – Le advierte Helena. – ¿Qué te parece si nos olvidamos de todo esto, cenamos pronto y me compensas lo de anoche en el jacuzzi de la terraza?

–          Vaya, mi princesa de las guerreras está muy exigente. – Bromea Samuel colocando a Helena a horcajadas sobre su regazo. Helena se mueve sugerentemente y Samuel, haciendo un esfuerzo por no tumbarla en el sofá y hacerle el amor allí mismo, le susurra con la voz ronca: – Nena, deja de provocarme o no respondo.

Helena se ríe y Samuel la besa en los labios. La coge en brazos y la lleva a la cocina sin importarle que Rosa los vea haciendo el payaso. Rosa los observa divertida y les obliga a cenar unos tallarines al pesto que ha preparado con lo poco que ha encontrado en la cocina.

Una tentación irresistible 18.

Una tentación irresistible

La cena en casa de sus padres ha sido productiva, Sarah les ha contado todo lo que han logrado con Loco y Samuel los ha visto felices por primera vez desde que murió su hermano Javier. Los padres de Samuel se han interesado en conocer a Helena y a su hermano Ramiro, pues Sarah ha procurado hablarles muy bien de ellos y tanto Álvaro como Noelia también les habían dicho que estaban encantados con ambos hermanos, así que también habían querido conocer la opinión de su hijo Samuel.

–          Hijo, Sarah nos ha hablado tan bien de Helena que queremos conocerla. – Le dice Sofía, la madre de Samuel, a su hijo. – También nos ha hablado de lo maravilloso que es su hermano Ramiro, así que había pensado en organizar una cena para conocerlos. ¿Qué te parece la idea?

–          Me parece bien, mamá. – Le responde Samuel con naturalidad.

Sofía conoce muy bien a sus hijos y sabe que esos dos hermanos han traído la felicidad a sus hijos de diferentes maneras, tampoco se le escapa la sonrisa de Samuel cuando pronuncia su nombre, pero no dice nada, es una mujer discreta.

A las once de la noche, Samuel sale de casa de sus padres y decide llamar a Helena. Apenas ha pasado unas horas separado de ella y ya la echa de menos.

–          Buenas noches, preciosa. – La saluda Samuel en cuanto descuelga. – ¿Has salido ya de casa de tus padres?

–          Acabo de llegar. – Le responde Helena con un hilo de voz, alterada por el encontronazo que acaba de tener con Carla. No le había podido ver la cara, pero estaba segura de que era ella.

–          ¿Qué ocurre, nena? ¿Estás bien?

–          Sí, es que cuando estaba a punto de entrar en el portal una loca me ha asaltado y me ha dicho que…

–          ¿Qué? ¿Estás bien? ¿Dónde estás? – Le pregunta Samuel aferrándose con fuerza al volante de su coche. – Dime dónde estás y voy para allá. ¿Estás en casa?

–          Sí, pero estoy bien, no es necesario que…

–          Tardo dos minutos, nena. – La interrumpe Samuel. – Háblame mientras llego. ¿Qué estás haciendo ahora?

–          Estoy en la cocina, sentada en un taburete y bebiéndome un vaso de tequila con hielo mientras me planteo la posibilidad de dejar de beber porque últimamente me estoy aficionando demasiado a la botella. – Le empieza a decir Helena. – También he pensado que mañana tengo una reunión con mi editora y no me conviene tener resaca, así que he guardado la botella y después has llamado tú.

–          Estoy aparcando en la puerta. – Le dice Samuel. Sale del coche y tras apretar el botón del interfono del piso de Helena, le dice: – Nena, soy yo. Abre la puerta.

A Helena se le acelera el corazón como siempre que ve o escucha a Samuel, pero no le cuesta reaccionar y abre la puerta. Dos minutos más tarde, Samuel entra en el piso de Helena y la abraza en cuanto la ve. Samuel la estrecha entre sus brazos y la besa en la frente mientras ella se deja abrazar agotada.

–          Dime que estás bien, Helena. – Insiste Samuel.

–          Estoy bien, de verdad.

–          Cuéntame qué ha pasado.

–          No sé muy bien cómo decirte esto… – Empieza a decir Helena. – Estaba entrando en el portal cuando una chica me ha acorralado y cogiéndome del cuello me ha amenazado para que no me acerque a ti. – Helena lo mira a los ojos y añade: – No he podido verle bien la cara, pero estoy segura de que era Carla.

Samuel la coge en brazos y la lleva hasta el salón, donde se sienta con ella a horcajadas sobre él, pecho contra pecho. Samuel suspira, la estrecha con fuerza y le susurra al oído:

–          Voy a ocuparme de todo, Helena, pero hasta entonces te quedarás en el ático. Allí estarás segura mientras yo esté fuera. ¿A qué hora tienes mañana la reunión con tu editora?

–          A las cinco de la tarde.

–          Yo te acompañaré, ¿de acuerdo? – Sentencia Samuel. – Coge todo lo que necesites, te instalarás en el ático. – Helena abre la boca para protestar, pero Samuel se adelanta y le advierte: – No es una pregunta, es una orden.

Helena no le contradice, lo que menos le apetece ahora es que Samuel se enfade y la deje sola. Nunca ha sido una de esas personas miedicas, pero esta noche se siente un poco vulnerable y no tiene fuerzas para empezar una discusión con Samuel.

Una hora más tarde, Helena se instala en una de las habitaciones de invitados del ático de Samuel, aunque se siente algo decepcionada ya que tenía la esperanza de que Samuel la invitara a dormir en su cama. Se está terminando de poner lo que ella llama pijama cuando Samuel llama a la puerta y, tras abrirla despacio, asoma la cabeza y pregunta:

–          ¿Se puede?

–          Estás en tu casa. – Le responde Helena encogiéndose de hombros y evitando mirarlo a la cara.

–          Pero esta es tu habitación y quiero que te sientas cómoda y tranquila como en tu propia casa, nena. – Le contesta Samuel acercándose a ella y abrazándola. La besa en la frente, la coge en abrazos y añade: – Vamos a dormir que mañana madrugo.

Samuel carga con Helena en los brazos hasta la suite, donde la deja sobre la cama con sumo cuidado. Su intención era que se quedara en la habitación de invitados y no molestarla, pero no había podido evitar caer en esa tentación irresistible de acunarla entre sus brazos. Apagó las luces y se metió en la cama junto a ella. Helena agradeció ese gesto y le abrazó con fingida inocencia, pero debía ser una muy buena actriz porque Samuel se limitó a abrazarla hasta que se quedó dormida y no intentó nada sexual.

A la mañana siguiente, cuando Helena se despierta busca a Samuel en la cama y, como no lo encuentra, abre los ojos. Efectivamente, está sola en la cama. Está a punto de levantarse para ir a buscarlo cuando Samuel sale del cuarto de baño envuelto en una toalla que le tapa desde las caderas hasta las rodillas.

–          Buenos días, nena. – La saluda Samuel sonriendo de buen humor. – ¿Has dormido bien?

Helena piensa que podría haber dormido mejor si la hubiera desnuda y le hubiera hecho el amor como deseaba, pero en lugar de eso le contesta:

–          Muy bien, gracias.

–          Tengo que ir a la oficina, si vas a salir avísame y te envío a mi chófer para que te lleve a donde quieras, no quiero que salgas sola, ¿de acuerdo? – Samuel la besa en los labios y añade: – Ahora tengo que irme, tú sigue durmiendo. – La besa de nuevo antes de irse y, cuando está a punto de salir de la suite, se vuelve y le dice: – Te llamaré más tarde.

Helena decide dormir un rato más, es muy temprano y ella no tiene que madrugar. Samuel conduce hacia a la oficina y cuando llega le dice a su secretaria que avise a Cristina y la haga pasar a su despacho, necesita hablar con ella con urgencia.

–          ¿Me buscabas? – Le pregunta Cristina entrando en su despacho.

–          Sí, pasa y cierra la puerta.

–          ¿Malas noticias?

–          Una buena y otra mala. – Le responde Samuel. – La buena es que la chica con la que estaba ayer por la mañana en mi casa es Helena, la mala es que la loca de Carla anoche la amenazó en la puerta de su casa.

–          ¡Sabía que era ella! – Exclama Cristina con orgullo.

–          Sí, pero más te vale ser una tumba. – Le advierte Samuel. – Helena me interesa y me gusta de verdad, no es como las demás chicas con las que he salido.

–          Entonces, ¿cuál es el problema?

–          No sé lo que quiere ella. Sé que ha tenido o tiene algo con don Perfecto y luego está su ex, el arquitecto que ha diseñado el rascacielos. – Samuel resopla. – Necesito que me aconsejes qué debo hacer, Cris.

–          ¿Tú pidiendo consejo para ligar con una chica? – Se mofa Cristina.

–          No quiero ligar con ella, quiero enamorarla.

Cristina, que conoce a Samuel desde hace diez años y nunca lo había visto así de interesado y preocupado por una chica, decide echarle una mano:

–          Investigaré a Carla, pero no hace falta que lo haga como para decirte que esa chica está loca, siempre te lo he dicho. Aléjala de Helena, yo no me fiaría de Carla ni un pelo.

–          Helena está en mi casa, le he dicho que me llame si va a salir para enviar a Ray a recogerla.

–          ¿Ha aceptado ir acompañada de tu guardaespaldas?

–          En realidad, le he dicho que era mi chófer. – Le responde Samuel encogiéndose de hombros. – Intenta averiguar lo que puedas de Carla cuanto antes, necesito solucionar esto ya.

Sin hacer más preguntas, Cristina sale del despacho de Samuel y se afana en buscar cualquier información sobre ella.

Una tentación irresistible 17.

Una tentación irresistible

Cuando Helena se despierta, abre los ojos y se encuentra con la mirada de Samuel. Se ruboriza al recordar que la noche anterior habían estado haciendo el amor hasta quedar agotados y dormirse. Pero se relaja al ver que Samuel sonríe con naturalidad y no parece sentirse para nada incómodo.

–          Buenos días, nena. – La saluda Samuel y la besa en la frente. – Voy a darme una ducha, pero tú quédate durmiendo un rato más si quieres, es temprano.

Helena mira el musculoso abdomen de Samuel y su cuerpo vuelve a encenderse. Samuel lo nota en sus ojos y la besa en los labios al mismo tiempo que sus manos acarician su cuerpo y la abre de piernas. Lame, muerde y estira sus pezones pellizcándolos con los dientes mientras su mano desciende hasta llegar a su entrepierna. Helena se arquea, Samuel localiza su clítoris y lo estimula con movimientos circulares y presionándolo de vez en cuando. Sin dejar de jugar con sus pezones, Samuel introduce un dedo, lo saca y lo vuelve a meter. Repite la misma acción pero con dos dedos y Helena se arquea excitada. Samuel abandona los pezones y su lengua desciende hasta perderse entre sus muslos. Lame su clítoris mientras sus dedos salen y entran de ella con ritmo.

–          Samuel… – Le suplica Helena.

–          Dime qué quieres, nena. – Le responde Samuel alzando la cabeza de entre sus muslos para que ella lo vea sonreír pícaramente. – Quiero oírtelo decir, princesa de las guerreras.

–          Te quiero dentro, ahora. – Le ordena Helena al borde del abismo.

Samuel no se hace de rogar y obedece la orden de Helena, disfrutando al contemplar el deseo más puro en los ojos de Helena. Se pone un preservativo, la penetra de una sola estocada y ambos gimen. Da tres embestidas y sale de ella. La coloca de rodillas sobre la cama y él se coloca detrás de ella, la recuesta sobre su pecho y la penetra desde atrás mientras con su mano izquierda le acaricia los pechos y con la mano derecha acaricia su clítoris. Helena se siente a punto de explotar de placer, nunca antes se había sentido tan excitada como lo está, nunca antes había sentido nada parecido.

–          Córrete, nena. – Le susurra Samuel.

Helena explota, se convulsiona entre los brazos de Samuel que, excitado al verla estallar, se deja ir y gruñe. Agotados por el devastador orgasmo, caen sobre la cama y Samuel la coge y la arrastra hasta colocarla cobre su pecho y envolverla entre sus brazos. Helena se deja abrazar y se siente cómoda con Samuel, más cómoda incluso que cuando estaba con Jorge. Con Sergio ni siquiera dejó que se quedara a pasar la noche, a pesar de que pensaba que podía ser el hombre perfecto para ella. Pero Helena se había sentido atraída por Samuel desde que lo vio aquella tarde corriendo por el paseo marítimo de Barcelona. Desde entonces, había soñado todas las noches con él y en cómo sería estar entre sus brazos. Ahora ya lo sabía pero no podía describir cómo se sentía. Tan solo quería quedarse así el resto de su vida, sin moverse de esa cama, sin cambiar de postura. Quedarse eternamente así.

–          Esto no funciona, se suponía que si caíamos en la tentación nos libraríamos de ella, pero yo solo siento más deseo de repetir. – Le dice Samuel. – Creo que te voy a secuestrar y te voy a dejar aquí conmigo para siempre.

–          ¿Pretendes que sea tu esclava sexual? – Le pregunta Helena alzando las cejas.

–          Está claro que no me gustan las sumisas. – Bromea Samuel. – Y tengo que reconocer que me encanta discutir contigo, nena. – Helena se sube a horcajas sobre él y roza su entrepierna contra el miembro de Samuel, que se activa de inmediato y crece bajo el sexo de Helena. – Vas a volverme loco.

Helena le sonríe juguetona y decide mostrarle lo poco sumisa que puede llegar a ser. Coge el miembro de Samuel y lo introduce lentamente en su interior en su totalidad y se mueve en círculos para que ambos cuerpos se amolden. Samuel alza las caderas y Helena se estremece al sentirse tan llena. Él la acaricia y la observa mientras ella cabalga encima de él enloquecida hasta que ambos estallan en un fuerte gruñido y se abrazan con fuerza al mismo tiempo que sus cuerpos se estremecen extasiados. Helena se deja caer sobre el pecho y Samuel la abraza. Cuando recobran la respiración, Samuel le dice:

–          No me he puesto preservativo, Helena.

–          Tomo la píldora y no tengo ninguna enfermedad. – Le contesta Helena. – ¿Qué me dices de ti?

–          Jamás follo sin preservativo, puedes estar tranquila.

–          Eso no es una garantía cuando acabas de follar conmigo sin condón. – Le suelta Helena.

–          Ha sido por tu culpa, me vuelves tan loco que no puedo ni pensar. – Se defiende Samuel estrechándola contra su cuerpo con más fuerza.

–          Quédate un rato más en la cama durmiendo conmigo, es domingo. – Le pide Helena.

Samuel acepta encantado y ambos vuelven a quedarse dormidos. Dos horas más tarde, se despiertan al escuchar ruidos en la planta de abajo. Samuel frunce el ceño, se levanta y se pone un pantalón. Antes de salir de la habitación, besa a Helena en los labios y le dice:

–          Ahora vengo, voy a ver qué pasa.

Helena se queda en la cama, observando cómo Samuel sale de la habitación. Samuel baja las escaleras y en el hall se encuentra con Cristina y otros dos hombres que portan sobre sus hombros un par de cajas cada uno. Las cajas de libros y discos de música que faltaban por traer y de los cuales Cristina se iba a ocupar aprovechando que él iba a estar en Blanes el fin de semana. Pero Samuel se había olvidado por completo, toda su atención había sido dirigida a Helena.

–          ¿Te olvidaste de que vendría? – Le pregunta Cristina al ver a Samuel. – Creía que ibas a estar en casa de tu hermano todo el fin de semana. No me digas que la has vuelto a cagar con Helena porque me están entrando ganas hasta de abofetearte. – Se vuelve hacia los dos hombres y les dice: – Pueden dejar ahí las cajas. – Después echa un vistazo por la cocina y descubre los restos de la cena de anoche y dos copas de vino, una de ellas manchada de pintalabios. – ¿Con quién estás?

–          Eso no es asunto tuyo. – Le advierte Samuel.

–          Me voy ya, pero el lunes te veo en la oficina y hablamos. – Le dice Cristina y añade antes de marcharse: – Por cierto, este olor a coco me resulta familiar…

–          Vale, mañana hablamos. – Se resigna Samuel. – Pero no se te ocurra abrir la boca, tú no has visto nada.

Cristina asiente con la cabeza y se marcha sonriendo satisfecha con los dos operarios de la mudanza. Samuel resopla, se pasa una mano por la cabeza y la otra por el mentón antes de regresar a su habitación donde Helena le espera.

–          ¿Va todo bien? – Pregunta Helena. – No quiero causarte ninguna molestia…

–          Era Cristina, ha visto los platos y las copas de la cena de anoche y se ha dado cuenta de que no estaba solo.

–          ¿Le has dicho que estoy aquí?

–          No, pero antes de irse me ha dejado claro que el olor a coco le era familiar.

–          Voy a tener que cambiar de colonia… – Murmura Helena.

–          De eso nada, me encanta tu colonia. – Le dice Samuel sonriendo con picardía. – No te preocupes por nada, deja que yo me encargue de Cristina. – Se tumba en la cama junto a Helena y añade: – ¿Te apetece que salgamos a comer?

–          ¿Puedo elegir yo el sitio?

–          Por supuesto, nena.

A Helena le encanta y le excita que la llame nena y le sonríe con descaro. Samuel la coge en brazos y la lleva al baño, donde ambos se desnudan mientras la bañera se llena de agua. En silencio, disfrutan de un relajante baño con burbujas y Samuel estrecha a Helena entre sus brazos sin poder estar ni un solo centímetro lejos de ella.

Después del baño, Samuel la convence para ir a pasear por Las Ramblas de Barcelona, por donde caminan observando a los mimos y a los que hacen de estatua, dándoles propinas y haciéndose fotos con ellos. A Helena siempre le ha encantado pasear por Las Ramblas, le hace recordar su niñez, y a Samuel le encanta verla tan despreocupada, alegre y divertida, casi parece una niña. Cuando llegan al puerto, deciden ir al Maremágnum y entrar en una de las pizzerías italianas del centro comercial, donde se sientan a comer en la terraza. De postre, se compran unas crepes de chocolate en un puesto ambulante y se lo comen mientras pasean por las estrechas calles de la Barceloneta. Ambos recuerdan la noche que salieron a navegar para inaugurar el yate de Samuel y se echan a reír.

–          Apenas había dormido, fui a comer a casa de mis padres y aún seguía borracha. – Le explica Helena entre risas. – Laura me llamó, estaba fatal porque había descubierto que su príncipe azul estaba casado y yo… Yo mejor no te cuento… El caso es que seguimos bebiendo, se nos echó la hora encima y, a pesar de habernos duchado con agua fría para despejarnos, estábamos fatal.

–          Y tú sabías que yo me iba a enfadar, oí como Laura te daba la razón sobre que yo era un ogro gruñón.

–          Y lo eres. – Se mofa Helena. Samuel hace un mohín y Helena, divertida, lo besa en los labios. – Pero ya sabes que me encanta discutir con ese ogro gruñón.

–          Nena, deja de provocarme o no respondo. – Le advierte Samuel sonriendo con picardía.

Pasan el resto de la tarde paseando por la playa y, sobre a las ocho de la tarde, Samuel lleva a Helena hasta el portal del edificio donde viven sus padres. Ninguno de los dos quiere separarse, pero ambos tienen que asumir sus responsabilidades y deciden ir a cenar cada uno con sus respectivos padres. Samuel la besa en los labios y se despide de ella:

–          Te llamo luego, nena.

–          Supongo que seguimos teniendo una conversación pendiente. – Bromea Helena.

Samuel le devuelve la sonrisa y espera a verla desaparecer al cruzar el portal para encender el motor del coche y dirigirse a casa de sus padres.

Helena visitó a sus padres y cenaron temprano. Estaba cansada y se excusó con sus padres alegando que necesitaba dormir para poder regresar a casa. Estaba confundida y necesitaba pensar en lo que había pasado las últimas veinticuatro horas para poder aclararse.

Helena está metiendo la llave en la cerradura del portal de su edificio cuando alguien la coge del cuello y la empuja contra la puerta.

–          ¡Aléjate de él, maldita zorra! – Le grita furiosa. Su mirada se encuentra con la de Helena y vuelve a espetarle antes de salir corriendo: – ¡Samuel es mío!

Helena apenas puede respirar, el susto que esa loca le acaba de dar casi la mata, pero lo peor es que sabe quién es y qué quiere, quiere a Samuel. Trata de calmarse y, cuando lo consigue, sube a su piso y se sirve una copa de tequila con hielo mientras piensa que últimamente bebe demasiado.

Una tentación irresistible 16.

Una tentación irresistible

El sábado se despertaron a mediodía y volvieron a reunirse todos en casa de Álvaro y Noelia para comer juntos. Samuel actuaba con normalidad y Helena pensó que quizás se había olvidado de los mensajes que se habían enviado la noche anterior.

Después de comer, todos deciden regresar a Barcelona y solo se quedan en Blanes Álvaro, Noelia, Samuel y Helena.

–          Yo también me voy a casa, vosotros también querréis descansar. – Se despide Helena.

–          Te acompaño. – Dice Samuel levantándose del sofá.

Álvaro y Noelia se miran con complicidad y sonríen, pero no dicen nada. Samuel y Helena se dirigen al garaje y allí suben al coche de Samuel. El trayecto es muy corto y apenas dura unos minutos pero, en el más absoluto de los silencios, a Helena se le hace eterno. Cuando llegan, Samuel aparca frente a la puerta de la casa y para el motor del coche. La mira durante unos segundos y, tras respirar profundamente, le dice:

–          Tenemos una conversación pendiente.

–          Eso parece.

–          Vente conmigo a Barcelona. – Le propone Samuel. Helena alza las cejas sorprendida por aquella proposición y Samuel añade: – Deja que te invite a cenar y nos tomemos una copa en mi terraza mientras te pido disculpas por acorralarte dos veces contra la puerta del baño y por besarte.

–          No me has besado.

Samuel sonríe con picardía y posa sus labios sobre los de Helena, presionándolos suavemente mientras su lengua trata de adentrarse en su boca para explorarla. Helena está tan sorprendida que ni siquiera reacciona, no le devuelve el beso, pero tampoco hace nada para detenerlo. No puede pensar con claridad y lo único que es capaz de sentir es el más puro deseo por todo su cuerpo. Con extrema lentitud, Samuel despega sus labios de los de Helena y le susurra:

–          Eres una tentación irresistible. – Samuel sonríe e insiste: – Vente conmigo, coge lo que necesites y vengo a por ti en media hora. Prometo traerte de vuelta en cuanto me lo pidas.

–          No creo que sea buena idea, tu plan tiene muchos flecos. – Le contesta Helena haciendo un esfuerzo por no ceder tan rápido. – Álvaro y Noelia sabrán que me he ido contigo y no quiero que me hagan preguntas para las que no tengo respuestas.

–          Tú solo prepara tu maleta, yo me ocupo del resto. – Sentencia Samuel. Helena hace un mohín y él sonríe divertido antes de añadir: – Ve y prepara tus cosas, en media hora estoy aquí.

Helena suspira sonoramente y baja del coche. Samuel le sonríe con picardía antes de arrancar el motor del coche y regresar a casa de Álvaro y Noelia. Helena entra en casa y coge algo de ropa y productos de higiene personal que guarda en su maleta pequeña. Media hora más tarde, Samuel pasa a buscarla tal y cómo le ha dicho. Aparca el coche frente a la casa y cruza el jardín hasta llegar a la puerta principal para llamar al timbre. Helena abre la puerta y al ver que es él le deja pasar.

–          Solo tengo que coger el portátil y podemos irnos. – Le dice Helena entrando en el salón, donde está su maleta ya lista.

–          ¿No dejas nunca de escribir? – Le pregunta Samuel mostrando interés.

–          El lunes tengo una reunión con mi editora y lo necesito. – Le responde Helena. – Nunca voy a ninguna parte sin mi portátil.

Helena coge el maletín con su portátil, Samuel coge su maleta antes de que ella pueda hacerlo y ambos se encaminan hacia el coche. Tras guardar el equipaje en el maletero del coche, se ponen en marcha para dirigirse a Barcelona. Durante el trayecto, Samuel conduce concentrado en la carretera y Helena juguetea con la radio cambiando de emisora cada cinco minutos. Cuando llegan a Barcelona, Samuel se dirige directamente hacia su ático dúplex y cuando entra en el parking del edificio, Helena le pregunta con sorna:

–          ¿Quieres que mantengamos nuestra conversación pendiente en tu terraza para que nos inunde de paz y no nos matemos?

–          Ahora eres tú la gruñona. – Se mofa Samuel. – De momento nos vamos a dar una ducha y a cambiar de ropa para salir a cenar. Después, si quieres, podemos discutir en la terraza mientras nos tomamos una copa. – Se bajan del coche y Samuel se ocupa de sacar su equipaje y el de Helena del maletero. Carga con el equipaje y se dirige hacia el ascensor al mismo tiempo que dice: – Vamos, se nos está haciendo tarde.

Suben al ático en el ascensor y Samuel la guía hacia una de las habitaciones de invitados de la planta superior para que se instale.

–          Voy a darme una ducha y nos vamos a cenar. – Le dice Samuel. – Si quieres ducharte, en el baño encontrarás toallas y todo lo que necesites. Te esperaré en la cocina.

–          Samuel, vivo a diez minutos de aquí, puedo hacer todo eso en mi casa…

–          Deja de llevarme la contraria aunque sea por un día, Helena. – La interrumpe Samuel con firmeza pero con un brillo especial en los ojos. – No tardes demasiado.

Helena se da una ducha y se pone unos vaqueros pitillo, una blusa blanca sin mangas y unas Manoletinas negras, no se ha traído ropa de salir y sabe que Samuel no la va a dejar pasar por casa para cambiarse, así que tiene conformarse con eso. Casi una hora más tarde, Helena baja las escaleras y se dirige a la cocina donde Samuel, vestido con unos vaqueros y una camisa blanca, la espera sentado en uno de los taburetes mientras bebe de su copa de vino.

–          Parece que nos hemos puesto de acuerdo a la hora de vestirnos. – Bromea Samuel al ver que Helena también se ha puesto unos vaqueros y una blusa blanca. – ¿Te apetece una copa de vino?

–          Creía que teníamos prisa.

–          ¿Dónde te apetece ir a cenar?

–          No sé, ¿dónde quieres ir tú?

–          Mientras te esperaba he pensado que quizás podríamos pedir comida a domicilio y cenar en la terraza.

–          Suena bien, no me apetece demasiado salir.

Mientras Helena lee todos los panfletos de propaganda de restaurantes con servicio a domicilio que Samuel ha sacado de uno de los cajones de la cocina, él le sirve una copa de vino y la observa en silencio.

–          ¿Te gusta la comida china? – Le pregunta Helena alzando la vista de sus panfletos para mirarle.

–          Sí, dime lo que quieres pedir y llamo al restaurante. – Le responde Samuel acercándose a ella para mirar el panfleto. Roza su brazo disimulando una caricia y su aroma se adentra en sus fosas nasales, inundándolo de un olor a coco que le excita. Cierra los ojos y, con un hilo de voz, le susurra: – Hueles muy bien.

Helena sonríe, sabe que él se siente tan atraído por ella como ella por él. Tras echar un último y rápido vistazo, Helena decide qué pedir y se lo hace saber a Samuel:

–          Un rollito de primavera, arroz frito tres delicias y ternera con salsa de ostras. ¿O prefieres el pollo con almendras?

–          Pedimos las dos y comes lo que quieras. – Sentencia Samuel.

Diez minutos más tarde, Samuel ya ha encargado la cena por teléfono y ambos están preparando la mesa en la terraza. A pesar de los pocos muebles que completan la decoración, un palé reciclado y con dos enormes cojines encima hacen de sofá y otro palé reciclado hace de mesa auxiliar, pero a Helena le parece el mejor sitio para disfrutar de una excelente cena con el skyline de la ciudad de fondo.

–          Quizás debería haberte llevado a un restaurante de verdad. – Comenta Samuel un poco incómodo. – Seguro que hubieras preferido salir a cenar a algún restaurante elegante.

–          Me conoces muy poco. – Le responde Helena con sorna. – Yo no tengo nada que ver con esas chicas frías y superficiales con las que sales, Samuel. Prefiero la comida china a cualquiera de esas comidas de diseño que siempre dejan con hambre. Prefiero la intimidad de una terraza con vistas a la ciudad que el glamour de un restaurante de lujo lleno de esnobs que te valoran según tu cuenta corriente. Soy de las que opinan que las cosas más importantes de la vida no se pueden comprar con dinero.

–          Por desgracia, el dinero puede comprarlo casi todo.

–          Y, si un día el dinero se va, ¿qué te quedará? – Le pregunta Helena. – Me he criado en un barrio obrero, mis padres no son pobres, pero solo porque han sido muy trabajadores y no han malgastado su dinero en cosas banales. Mis amigos me quieren por cómo soy, no por el dinero que tengo. Y sé que, el día de mañana, seguirán estando ahí para apoyarme sea cual sea mi situación, independientemente de mi cuenta corriente.

–          ¿Debo suponer que estás aquí conmigo por mi dinero?

–          Si hubiese querido, te hubiera rogado que me llevaras a un cinco tenedores, te hubiera convencido para que me compraras un vestido en Dolce & Gabbana y me hubiera comportado como la mujer más caprichosa del mundo. – Le responde Helena. – Sin embargo, estoy aquí, feliz por comer comida china y deseando haberme traído un pijama para ponerme cómoda mientras cenamos.

–          Me alegra saber qué piensas que puedo ser una marioneta en tus manos. – Le responde Samuel molesto.

El interfono suena y Samuel regresa al hall para contestar. Es el portero, les sube la cena que han encargado. Helena se siente mal por cómo se ha tomado Samuel la última conversación, él está siendo amable y atento con ella y ella le ha dicho que prácticamente es un juguete en sus manos. Por eso cuando Samuel prepara la cena y sirve la mesa, Helena busca su tono de voz más dulce y le dice con sinceridad:

–          Gracias por la cena y por dejarme disfrutar de tu terraza aunque a veces yo también me comporte como un ogro gruñón.

–          Espera un momento, ¿eso ha sido una disculpa? – Se mofa Samuel de buen humor y añade bromeando: – ¿Doña Perfecta se acaba de disculpar?

–          ¡No lo estropees! – Le dice Helena entre risas. – ¡Y yo no soy Doña Perfecta!

–          Tienes razón, eres más “yo nunca me equivoco”. – Se burla Samuel.

–          Ya me gustaría a mí… – Musita Helena con un brillo de tristeza en los ojos.

–          Eh, solo estaba bromeando. – Le dice Samuel al ver el repentino cambio de expresión en el rostro de Helena. – Y tengo que confesarte que eres la persona más perfecta que he conocido.

Helena le mira frunciendo el ceño, sin terminar de creerse lo que acaba de oír. Samuel le sonríe con ternura y, tras besarla en la mejilla, le dice:

–          Come antes de que se enfríe.

A Helena se le aceleran los latidos del corazón y se le cierra la boca del estómago. Su apetito ha desaparecido y ha sido suplantado por un apetito voraz de otro tipo. Cierra los ojos y respira profundamente para contener sus ganas de abalanzarse sobre Samuel y cambiar el menú de la cena. Samuel la observó y sonrió al descubrir la reacción de Helena, el sentimiento de atracción es mutuo.

Ambos cenan tranquilamente mientras intercambian inocentes preguntas para conocerse mejor. Samuel muestra interés cuando le habla y Helena se sorprende, nunca hubiera dicho que el ogro gruñón en realidad era un buen tipo. Después de cenar, recogen la mesa y Samuel sirve un par de copas de vino para acabar la botella.

–          Eres afortunado al poder disfrutar de estas vistas todos los días. – Comenta Helena poniéndose en pie y asomándose por la barandilla de la terraza para que la suave brisa le acaricie la cara. – Esto es una maravilla.

–          Estoy completamente de acuerdo. – Le responde Samuel sin poder apartar la vista de ella. Se pone en pie, se coloca detrás de Helena y, sin poder evitarlo, le rodea la cintura con sus brazos. – Soy muy afortunado.

El cuerpo de Helena se estremece y cierra los ojos mientras en sus oídos retumban los rápidos latidos de su corazón. Se deja abrazar por los cálidos brazos de Samuel y se siente cómoda, como si fuese lo más natural del mundo.

–          Tenemos que solucionar esto. – Le dice Helena finalmente.

–          ¿A qué te refieres? – Quiere saber Samuel, que le ha pillado desprevenido.

–          A esto. – Le espeta Helena haciendo aspavientos. – A la tensión que hay entre nosotros.

–          Tú también la sientes. – Confirma Samuel con una traviesa sonrisa en los labios. – Me desafías una y otra vez y más te deseo. Eres una tentación irresistible.

–          La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. – Le susurra Helena.

–          Me gusta esa frase. – Contesta Samuel sonriendo y estrechándola contra su cuerpo con más fuerza.

–          Es de Óscar Wilde. – Confiesa Helena. Se vuelve sin soltarse de sus brazos para quedar frente a él y añade con tono sugerente: – Un hombre muy sabio.

Samuel no lo resiste más y la besa. La agarra con fuerza por los muslos y la coge en brazos, colocando las piernas de ella alrededor de su cintura. Helena gime al notar la excitación de Samuel presionando entre sus piernas y Samuel gruñe de deseo. Samuel se separa ligeramente de ella y le dice:

–          Si has cambiado de opinión, este es un buen momento para decirlo.

–          Si me dejas así te mato. – Le contesta Helena sonriendo pícaramente.

Samuel sonríe, la besa y la lleva al interior de la habitación, donde la deposita con sumo cuidado sobre la cama. Helena hace un mohín cuando su espalda toca la fina colcha de la cama, esperaba hacerlo en la terraza. Samuel se da cuenta y le pregunta divertido:

–          ¿En la terraza?

Helena asiente con la cabeza y Samuel le sonríe antes de empezar a desnudarla. Una vez la deja totalmente desnuda, se desprende de su ropa y, completamente desnudos, la coge en brazos y la lleva de nuevo a la terraza. Samuel sabe lo que Helena desea y, apoyándola contra la pared para ayudarse a sostenerla, se coloca un preservativo y, tras devorarle la boca, la mira a los ojos y la penetra de una sola estocada. Ambos gimen excitados y Samuel empieza a moverse para entrar con más profundidad mientras Helena trata de facilitarle el acceso. Samuel la besa y la acaricia por todas partes, mordisquea sus pezones endureciéndolos para después lamerlos y calmar el ligero ardor que le produce. Helena gime y disfruta fascinada, no sabe cómo es capaz de hacer todo eso en esta postura, pero tampoco le importa, tan solo puede disfrutar y dejarse llevar.

–          Nena, córrete. – Le susurra Samuel con la voz ronca. – Quiero oírte y no puedo esperar mucho más.

Esas palabras son suficiente para que Helena estalle en mil pedazos, lanzando un más que sonoro gemido que Samuel ahoga con su boca al mismo tiempo que alcanza el clímax y gruñe excitado. Samuel la sostiene durante un par de segundos y después la agarra de nuevo por los muslos y, sin salir de ella, la lleva hasta el palé que hace de sofá y se sienta con ella a horcajadas. Helena tiene los ojos cerrados y Samuel la besa en la frente cariñosamente. Con delicadeza, la levanta por las caderas y sale de ella para retirar el preservativo, lo anuda y vuelve a colocar a Helena sobre él. Le acaricia la espalda durante unos minutos y vuelven a encenderse. Esta vez, Samuel la coge en brazos y la lleva a la cama.

Una tentación irresistible 15.

Una tentación irresistible

Helena regresó el lunes por la mañana a Blanes y no comentó con nadie el encuentro con Samuel, ni siquiera se lo dijo a Laura cuando apareció el domingo por la tarde con una botella de lambrusco y le pidió todos los detalles de la inauguración del rascacielos. Laura había rechazado organizar aquel evento después de que su amiga y Jorge rompieran, así que se encargó de ello uno de sus compañeros.

Había pasado toda la semana sin alterar su rutina, pero el viernes por la tarde llegaban los invitados al cumpleaños de Noelia y decidió cambiar a la mañana el entrenamiento de Loco para tener la tarde libre. Noelia quería celebrar su cumpleaños con una reunión de amigos, había invitado a Helena, Laura, Silvia y Héctor, el novio de Silvia. También había invitado a Sarah y a Ramiro, quienes habían empezado a salir juntos y a solas. También invitaron a Samuel, a su socio Alberto y su mujer Cristina, y a sus amigos Lucas y Miguel, tras la insistencia de Laura por volver a ver a Miguel.

Samuel, Alberto y Cristina fueron los último en llegar. La reunión con los empresarios japoneses se había alargado más de lo previsto, pero habían conseguido que firmaran el contrato y estaba de buen humor. Saber que iba a volver a ver a Helena aumentaba su buen humor. Había querido llamarla después de la noche de la inauguración del rascacielos, pero no tenía su número de teléfono y tampoco había querido pedírselo a Álvaro o Sarah, le habrían hecho mil preguntas a las que no estaba dispuesto a contestar. Iba a pasar el fin de semana con ella, ya tendría tiempo de pedírselo a ella. Cuando llegó ya estaban todos allí y le molestó encontrar a Lucas sentado en el sofá junto a Helena y sonriendo como un idiota.

Helena se estaba esforzando por recordar que debía respirar para seguir viviendo al ver entrar a Samuel en el salón. Lleva puestos unos vaqueros y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados. Se había pasado toda la semana esperando ese momento, aunque jamás lo confesaría. Samuel saluda a los hombres con un apretón de manos y a las mujeres con un par de besos en la mejilla, a excepción de Helena, que la saluda con un leve gesto de cabeza.

Salen al jardín y mientras los hombres cocinan la carne en la barbacoa ellas preparan la mesa y se dedican a charlar:

–          ¿Cómo va tu novela? – Le pregunta Sarah a Helena.

–          Bien, la verdad es que la llevo bastante avanzada. – Le responde Helena. – Y tú, ¿qué tal con mi hermano?

–          Es el hombre de mi vida, así que vete acostumbrando a que te llame cuñada. – Le responde Sarah divertida. – Hablando de tu hermano, la semana pasada me dijo que fuiste con tu ex a la inauguración de un rascacielos.

–          Sí, acompañé a Jorge a la inauguración.

–          ¿No te encontraste a mi hermano? Ha comprado un ático en ese rascacielos. – Sarah se gira y llama a Samuel para que se acerque: – Samuel, ven un momento. – Samuel la mira sorprendido y se acerca. Cuando llega hasta a ellas, Sarah le pregunta: – ¿Fuiste a la inauguración del edificio de tu nuevo piso? Helena estuvo allí, su ex es el arquitecto.

–          Estuve allí, pero llegué un poco tarde. – Contesta Samuel observando a Helena sin entender por qué no les ha dicho que se encontraron allí. Busca la mirada de Helena y, cuando la encuentra, le dice: – Espero que disfrutaras durante la fiesta de inauguración.

Las pulsaciones de Helena se aceleran mientras sostiene la mirada de reproche de Samuel, que claramente se está esforzando por disimular su enfado, pero la tensión de su mandíbula lo delata. Helena sabe que no debería haberles ocultado que se encontró allí con Samuel, pero ya es demasiado tarde para arreglarlo.

–          No estuvo mal. – Responde Helena fingiendo indiferencia.

–          Sigo sin asimilar que Jorge y tú ya no estáis juntos. – Dice Silvia de repente. – ¡Hacíais tan buena pareja! Además, sé que te echa de menos, se lo ha dicho a Héctor. Quizás deberíais daros otra oportunidad.

–          No he visto a tu ex, pero después de estar con don Perfecto, no me conformaría con cualquiera. – Bromea Sarah.

–          ¿Don Perfecto? – Pregunta Cristina sin entender nada.

–          Don Perfecto es el hombre perfecto. – Le dice Laura. – Está buenísimo, es inteligente, cariñoso, divertido, simpático y además es muy bueno en la cama.

–          Laura. – Le advierte Helena al ver que el resto de los hombres se han unido a la mesa.

–          Pues eso, el hombre perfecto. – Resume Laura.

–          Podrá ser el hombre perfecto, pero no para mi hermana. – Sentencia Ramiro. – Ese tío es demasiado tranquilo y calmado, mi hermana necesita a alguien con carácter, alguien que sepa echarle el freno de mano. –  Las miradas de Samuel y Helena se cruzan y ambos sienten un estremecimiento por todo el cuerpo. – No duraría más de un mes con Sergio.

–          Pues yo creo que con Jorge estaba muy bien. – Insiste Silvia.

–          Con Jorge ya no existía esa química, apuesto lo que queráis a que el sexo con él se había vuelto aburrido. – Comenta Laura. – Y don Perfecto es demasiado perfecto para Helena, a ella siempre le han gustado los chicos malos.

–          ¿Os importaría dejar de hablar de mí como si yo no estuviera delante? – Protesta Helena molesta. – No pienso decir nada si no es en presencia de mi abogado.

–          ¿Sergio no era abogado? – Pregunta Álvaro bromeando.

Helena se enciende un cigarrillo y les ignora. Podían decir lo que les diera la gana, pero ella no pensaba participar en aquella conversación. Lucas le ofrece otra copa de vino y ella se lo agradece con una sonrisa. A Samuel ese gesto no le pasa desapercibido y maldice para sus adentros. Si no tenía suficiente con su ex el arquitecto y el jodido don Perfecto, ahora también tenía que lidiar con su amigo Lucas.

Cenan en el jardín mientras bromean y brindan por el trigésimo quinto aniversario de Noelia, que se muestra feliz y enamorada de su marido. Después de cenar, todo el mundo se dispersa por el jardín y, cuando Samuel ve que Helena entra en la casa, la sigue disimuladamente y la intercepta cuando está a punto de entrar en el baño.

–          Helena, espera. – Le dice tras alcanzarla y bloquearle el paso reteniéndola entre su cuerpo y la puerta del baño.

–          Puedes meterte en un buen lío si vas por ahí acorralando a las chicas contra las puertas de los baños. – Le replica Helena con sorna. – Y no es para nada elegante.

–          Eres la única chica a la que acorralo en la puerta de un baño. – Susurra Samuel con una pícara sonrisa plasmada en su rostro. Coloca las palmas de sus manos contra la puerta, a ambos lados de la cabeza de Helena y, bloqueando todas las posibles vías de escape, añade mirándola a los ojos con intensidad: – He pasado todas las noches en la terraza del ático desde el lunes que me mudé.

–          Ha debido de hacer mucho calor en la ciudad, lo que no entiendo es por qué no has encendido el aire acondicionado. – Le responde Helena burlonamente.

Samuel acerca su rostro al de Helena y, a escasos centímetros de su boca, musita con la voz ronca por la excitación del momento:

–          Deja de jugar conmigo, pequeña guerrera.

Justo en el momento en el que Helena cree que Samuel la va a besar, Lucas parece por el pasillo buscándola. Lucas se da cuenta de que Samuel está acorralando a Helena y, ante el gesto de sorpresa de ella, decide intervenir:

–          Samuel, déjala en paz.

–          Lárgate, Lucas. – Le ordena Samuel con indiferencia.

–          ¿De qué vas, tío? – Espeta Lucas encarándose a Samuel.

Lucas se acerca hasta a ellos y, agarrando a Helena por el brazo, tira de ella y la libera del bloqueo de Samuel. La mira a los ojos para confirmar que está bien y, antes de que pueda abrir la boca para añadir algo más, Samuel le da un puñetazo, que le alcanza en el pómulo y parte de la nariz, y cae al suelo.

–          ¡Joder, cabrón! – Exclama Lucas llevándose las manos a la cara.

–          ¿Te has vuelto loco? – Le pregunta Helena incrédula.

Samuel fulmina a ambos con la mirada y se va de allí hecho una auténtica furia. Helena le hubiera seguido, pero no puede dejar a Lucas solo después de lo que ha pasado. Coge una toalla del baño y se acuclilla a su lado para limpiarle la sangre de la cara.

–          ¿Estás enfadada? – Le pregunta avergonzado a Helena.

–          No, pero tampoco estoy contenta.

–          No estabais discutiendo, ¿verdad?

–          No. – Responde Helena sin mirarle a los ojos.

Lucas resopla sonoramente, se separa de Helena con un poco de brusquedad y se pone en pie. La mira con dureza y le dice antes de marcharse:

–          Él no te conviene, te utilizará y cuando se canse de ti se buscará a otra. – Se cruza con Cristina por el pasillo y se despide de ella: – Me voy a casa.

Cristina se detiene para hablar con él y pedirle una explicación, pero Lucas continúa caminando y se marcha.

–          ¿Qué ha pasado? – Le pregunta Cristina preocupada.

–          Eso me gustaría saber a mí. – Responde Helena.

Cristina no hace más preguntas, aunque no sabe lo que ha pasado, está convencida de que tiene que ver con Samuel. Se lo había cruzado en el salón con cara de pocos amigos y al ver a Lucas con restos de sangre y a Helena en mitad del pasillo solo había tenido que sumar uno más uno para hacerse una idea de lo que había ocurrido.

Helena agradece en silencio que Cristina no la someta a un tercer grado y atraviesa el pasillo decidida a encontrar a Samuel. Cruza por el salón y la cocina y no lo ve, sale al jardín y allí se encuentra a todos excepto a Samuel, Alberto y Álvaro. Laura se acerca con discreción a Helena y le pregunta en un susurro:

–          ¿Ha pasado algo? Alberto y Samuel se han ido con cara de pocos amigos hacia a la piscina y Álvaro les ha seguido, pero aún no han vuelto. – Pregunta Laura. – Por cierto, ¿dónde está Lucas?

–          Se ha ido a su casa. – Le dice Helena.

–          Ya estás tardando en contarme qué está pasando, Helena. – Musita Laura preocupada.

–          Luego te lo cuento, te lo prometo.

Helena la deja allí con un palmo de narices y se encamina hacia a la piscina. Quizás lo más sensato hubiera sido quedarse allí con el resto de invitados y fingir que lo que acababa de ocurrir nada tenía que ver con ella, pero estaba demasiado nerviosa, furiosa y muerta de ganas por retomar la conversación que Lucas había interrumpido como para dejar las cosas así. Ve a los tres hombres sentados en las hamacas de la piscina y se acerca a ellos. Los tres la miran sin decir nada y Alberto, dándole un codazo a Álvaro para nada discreto, dice:

–          Será mejor que regresemos, no querrás perderte la fiesta de cumpleaños de tu mujer.

Ambos se marchan dejando a Helena y Samuel a solas. Una vez que verifica que nadie puede oírlos, Samuel le dice a Helena con frialdad:

–          Sé que te debo una explicación y una disculpa, pero ahora no Helena. Será mejor que me dejes solo.

–          No quiero escuchar ni una cosa ni la otra, no me apetece discutir. – Le responde Helena sentándose en la hamaca de al lado.

–          ¿Dónde está tu héroe? – Le pregunta Samuel con sarcasmo.

–          Tu amigo se ha ido a su casa.– Responde Helena ignorando el tono de Samuel. – Creo que se ha enfadado bastante, quizás debas invitarlo a tomar un par de cervezas en la terraza del ático para hacer las paces.

Samuel la mira sorprendido. Pensaba que iba a estar furiosa con él y sin embargo está sentada a su lado y bromeando sobre lo que ha ocurrido. Le dedica una tímida sonrisa y le dice con complicidad:

–          Esa terraza es un lugar especial, no dejo entrar a cualquiera allí.

Se sonríen y se quedan en silencio durante unos minutos, contemplando cómo brillan las estrellas en el cielo, hasta que deciden regresar con los demás. Helena sigue teniendo que ir al baño y entra en la casa por la puerta de la cocina mientras que Samuel continúa caminando por el jardín hacia a donde todos están celebrando el cumpleaños de Noelia como si nada hubiera pasado.

Samuel pasa el resto de la noche observando a Helena, sus miradas se cruzan una y otra vez, ella le dedica tímidas sonrisas mientras él se las devuelve encantado.

–          Quién te ha visto y quién te ve. – Se mofa Cristina.

–          Dame una tregua, Cris. – Le ruega Samuel.

–          Espero que me lo cuentes todo antes de que tenga que preguntárselo a ella. – Le advierte Cristina.

Álvaro pone algo de música todos se animan. Samuel no se mueve de la silla, no tiene ninguna intención de bailar, pero cuando ve a Helena bailar y está a punto de cambiar de opinión, ella se acerca y se sienta en la silla de al lado. Le dedica una sonrisa traviesa y le pregunta divertida:

–          ¿Los ogros gruñones no bailan?

–          Te sorprendería saber lo que son capaces de hacer los ogros gruñones. – Le contesta él devolviéndole la sonrisa. Aprovechando que el resto de los amigos bailan distraídos, Samuel le pregunta: –  ¿Te apetece una copa?

–          Sí, pero yo voy a buscarla. – Le responde Helena.

Helena se pone en pie, deja su teléfono móvil sobre la mesa y desaparece en el interior de la casa. Samuel coge el teléfono móvil de Helena que ha dejado sobre la mesa y, con rapidez y disimulo, se llama así mismo para guardarse el número de Helena. Tras sonar un tono, Samuel cuelga y graba su número en la agenda de contactos de Helena antes de dejar de nuevo el teléfono de Helena sobre la mesa. Samuel respira tranquilo ahora que ya puede llamar a Helena cuando quiera. Y ella sabrá que es él quien la llama. Cuando Helena regresa con las copas, la mitad de sus amigos ya han dejado de bailar y se han sentado de nuevo a la mesa, donde hablan alegremente. Helena se une a ellos y todos bromean y se divierten.

A las cuatro de la madrugada, deciden que es hora de irse a dormir y Helena, Ramiro, Laura, Silvia y Héctor regresan a la casa de los padres de Silvia mientras que Samuel, Sarah, Miguel, Cristina, Alberto, Álvaro y Noelia se quedan a dormir en casa de éstos últimos.

Una vez solo en la habitación de invitados de casa de su hermano, Samuel saca su teléfono móvil del bolsillo y decide enviarle un mensaje a Helena: “Buenas noches, princesa de las guerreras. No olvides que tenemos una conversación pendiente.” Dos minutos después, le llega la respuesta: “Buenas noches, ogro gruñón. Me temo que tenemos más de una conversación pendiente… Además de acorralar a las chicas en la puerta de los baños, ¿también les coges el móvil cuando se despistan?” Samuel no puede evitar soltar una carcajada al leer el mensaje de Helena y le responde: “Supongo que tienes razón, soy un ogro gruñón. Ahora duérmete, hablaremos mañana.”

Helena se mete en la cama tras leer el último mensaje de Samuel y se queda dormida con una amplia sonrisa en los labios.

Una tentación irresistible 14.

Una tentación irresistible

A las ocho en punto, Jorge pasa a recoger a Helena en una limusina blanca y baja del vehículo para esperarla. Cuando Helena cruza el portal y ve a Jorge vestido con un traje gris y una camisa blanca, no puede evitar pensar que está guapísimo. Ella se ha puesto un vestido largo de color azul eléctrico con dos finos tirantes que se unen en su nuca y dejan su espalda al descubierto.

–          Estás preciosa. – La saluda Jorge besándola en la mejilla.

–          Tú también estás muy guapo.

Suben a la limusina y se dirigen hacia la plaza Europa, donde se ha construido el rascacielos. Los dos se sienten cómodos con el otro a pesar de la ruptura, quizás porque hacía mucho tiempo ya que habían dejado de comportarse como dos enamorados y estaban acostumbrados a ser simplemente dos buenos amigos que habían compartido diez años de sus vidas.

–          Es impresionante. – Opina Helena al bajar de la limusina y observar el imponente rascacielos.

–          Espera a verlo por dentro. La pena es que no voy a poder enseñarte el ático, ya se ha vendido y el propietario no ha dado autorización para mostrarlo.

Helena había visto los planos del rascacielos y había dado algunas ideas a Jorge para el único ático del rascacielos y, si no había hecho ningún cambio de última hora, ese ático prácticamente lo había diseñado y decorado ella. Sentía curiosidad por conocer a la persona que se había comprado el ático y así se lo hizo saber a Jorge.

–          Pues a lo mejor tienes suerte, me han dicho que es posible que asista a la inauguración.

Pasaron más de una hora saludando y charlando con los invitados. Helena conoce a muchos de los allí presentes y no tiene problema en entablar conversación. El jefe de Jorge se acerca a saludarles y, tras diez minutos de escuchar una y otra vez cómo alaba el edificio, Helena decide escapar de aquella aburrida conversación con la excusa de ir al baño. Cuando regresa junto a Jorge lo encuentra hablando con Samuel y las fuerzas la abandonan. Se siente tentada de salir corriendo, pero Jorge la ve y le hace un gesto para que se una a ellos. Su mirada se cruza con la de Samuel, que se tensa en el preciso momento en que la ve. Helena se acerca a ellos con el corazón a punto de salírsele del pecho y trata de forzar una sonrisa.

–          Helena, te presento a Samuel Ferreira, el propietario del ático. – Le dice Jorge rodeándola por la cintura. – Le he dicho que prácticamente has sido tú la persona que ha diseñado el ático y que te encantaría verlo y se ha ofrecido a enseñártelo. – Samuel y Helena se estrechan la mano pero ninguno de los dos dice nada. – Yo tengo que quedarme para atender a los invitados, pero el señor Ferreira te acompañará.

Helena asiente con la cabeza, incapaz de abrir la boca para hablar. Samuel sonríe ampliamente como si realmente se acabaran de conocer y le hace un gesto para que le acompañe. La guía por el hall hasta llegar a los ascensores y, una vez dentro, Samuel introduce un código para que el ascensor ascienda hasta el ático.

–          Tiene gracia, me habían dicho que el arquitecto vendría con su mujer, pero desde luego no imaginé que fueras tú. – Le dice Samuel con sorna en la intimidad del ascensor.

–          ¿Esperas algún tipo de explicación? – Le replica Helena levantando una ceja.

–          No, solo era una reflexión.

Las puertas del ascensor se abren y aparecen en el hall del ático. Como es la única vivienda que hay en el rellano, el ascensor está dentro del piso. Es un dúplex de 500 m2, amplio y muy luminoso. En la planta baja está situada la cocina, el comedor, el salón, dos aseos, un estudio y una habitación para invitados o para el servicio. La planta superior está compuesta por tres habitaciones, una de ellas una suite con vestidor, dos baños completos independientes, una estancia que hacía de gimnasio y una enorme terraza con jacuzzi exterior desde donde se pueden contemplar las preciosas vistas de la ciudad. Helena se siente impresionada al poder contemplar cómo Jorge ha plasmado todas y cada una de sus ideas en aquel dúplex. Samuel observa cautivado cómo se dibuja una amplia y sincera sonrisa en el rostro de Helena, los ojos le brillan y lo mira todo con infinita adoración.

–          ¿Te apetece tomar una copa de vino? – Le ofrece Samuel.

Helena asiente con la cabeza y lo acompaña al salón, donde Samuel coge un par de copas y una botella de vino del mueble bar. Le entrega una de las copas a Helena y, tras servir el vino, ambos hacen un recorrido por la planta baja y Helena lo observa todo mientras Samuel se dedica a observarla a ella. Cuando suben a la planta de arriba, Samuel vuelve a guiarla y deja su habitación para mostrársela en último lugar.

Al entrar en la suite, Helena contiene la respiración: es exactamente cómo la había imaginado. Las paredes son de un color gris perla que contrastan con los distintos tonos negros del mobiliario, las cortinas y el resto de los pocos objetos que lo decoran.

–          Decidí comprar el ático en cuanto entré en esta habitación, me transmite una paz absoluta. – Le confiesa Samuel. – Tiene gracia, ¿no? El arquitecto me ha dicho que esta estancia es obra tuya.

–          Es el lugar perfecto para olvidarse de todo. – Susurra Helena. – ¿Puedo salir a la terraza?

–          Adelante. – Contesta Samuel.

Helena abre la puerta que da acceso a la terraza y sonríe al ver el enorme jacuzzi y recordar las discusiones que ella y Jorge habían tenido debido a la insistencia de Helena por poner un jacuzzi en la terraza. A Jorge le parecía de lo más vulgar y pensaba que el jacuzzi debía estar en el baño y no en una terraza, pero Helena logró convencerlo tras decirle que sería una estupidez desaprovechar la intimidad de aquella terraza y que hacer el amor en ese jacuzzi bajo la luz de las estrellas y con el skyline de la ciudad de fondo sería lo más romántico y sensual que se podía imaginar.

–          Esta terraza es sin duda el mejor lugar de todo el edificio. – Opina Helena posando sus manos sobre la barandilla y contemplando las maravillosas vistas de la ciudad.

Samuel camina hasta quedar a su lado y susurra mirando hacia la vista nocturna de la ciudad:

–          Aunque sea por una vez, estoy completamente de acuerdo contigo.

Ambos se beben la copa de vino en silencio, disfrutando de las vistas y de la suave brisa que los envuelve. Helena suspira relajada y Samuel sonríe, es la primera vez que la ve sin que esté nerviosa, alterada o borracha y le gusta, le transmite la misma paz que la suite.

–          ¿El jacuzzi en la terraza también fue idea tuya?

–          Sí. – Contesta Helena sonriendo. – Y no sabes lo que me costó convencer a Jorge para que accediera a instalarlo.

–          Tu locura te convierte en un genio. – Comenta Samuel devolviéndole la sonrisa.

–          ¿Eso ha sido un cumplido?

–          Ya ves, princesa de las guerreras, no puedo enfadarme mientras esté aquí. – Bromea Samuel relajado. – Deberíamos regresar, tu marido tiene que estar preguntándose dónde te has metido.

–          No es mi marido. – Le responde Helena suspirando. Cierra los ojos y susurra antes de volver a abrirlos: – Estuvimos prometidos, pero rompimos hace cuatro meses.

–          ¿Puedo preguntar por qué estás aquí acompañándole?

–          Fue una ruptura de mutuo acuerdo y somos amigos, han sido diez años juntos. – Le responde Helena.

–          Y, ¿le echas de menos?

Helena resopla. No es una conversación que hubiera imaginado tener con Samuel, pero por alguna extraña razón se siente cómoda hablando con él y se muestra sincera:

–          Lo cierto es que no. – Confiesa. – Le tengo mucho cariño y tengo que reconocer que no está siendo fácil adaptarme a mi nueva vida, pero no me arrepiento en absoluto y sigo pensando que es lo mejor que he podido hacer. – Mira a Samuel que la escucha con verdadero interés y, dedicándole una tímida sonrisa, añade: – Y la verdad es que no sé por qué te estoy contando esto.

–          Es este sitio, que nos envuelve de paz. – Le responde Samuel sonriendo burlonamente pero con un brillo extraño en los ojos. – Ni siquiera hemos discutido desde que hemos entrado en el ático.

Ambos se sonríen y deciden regresar al hall del edificio donde Jorge espera a Helena sin dejar de mirar su reloj. Nada más salir del ascensor, se encuentran con Carla Solís, una reconocida modelo que se ha convertido en diseñadora. Helena la reconoce porque la ha visto miles de veces en las revistas de moda, pero Samuel la conoce muy bien, más de lo que en ese momento hubiera deseado.

–          Carla, ¿qué haces aquí? – Le pregunta Samuel extrañado.

–          Tenía ganas de verte y como anoche anulaste nuestra cita en el último momento… – Le responde Carla con tono sugerente abrazando a Samuel. – Te echaba de menos.

–          He de marcharme, buenas noches. – Les dice Helena dejándoles allí. Busca con la mirada a Jorge y cuando lo localiza va hacia a él y le dice: – Jorge, ¿te importa si me marcho ya?

–          ¿Ha pasado algo?

–          No, solo estoy cansada y como muchos de los invitados ya se están marchando…

–          No puedo acompañarte a casa, pero si quieres irte el chófer te llevará en la limusina, no hay ningún problema. – Le contesta Jorge. La besa en la mejilla y añade: – Gracias por estar aquí esta noche, deberíamos quedar otro día, echo de menos hablar contigo.

Tras despedirse de Jorge, Helena se dirige a la salida y sube a la limusina para regresar a casa y meterse en la cama. Se sentía más confundida que nunca.

Samuel observa cómo Helena se marcha sola en la limusina y quiere ir tras ella, pero antes tiene otro asunto del que ocuparse.

–          No tendrías que haber venido.

–          Pensaba que te gustaría verme aquí.

–          Si hubiera querido que estuvieses aquí te habría pedido que me acompañaras. – Le espeta Samuel furioso.

–          ¿Es por ella? ¿Te la estás tirando? – Le pregunta Carla rabiosa.

–          Siempre te he dejado muy claro que lo nuestro solo es sexo y nada más. – Gruñe Samuel furioso. – Vete a casa, Carla.

Samuel la deja allí plantada y se dirige al parquin en busca de su coche. Sin parar a pensarlo dos veces, se dirige a casa de Helena y cuando llega la encuentra bajando de la limusina. Para el coche en doble fila y se baja del vehículo corriendo para alcanzarla antes de que entre en el portal. Helena se sobresalta, pero se tranquiliza cuando ve que es él.

–          ¡Joder Samuel, me has dado un susto de muerte! – Exclama ella.

–          Creo que es la primera vez que me llamas por mi nombre. – Bromea Samuel.

–          ¿A qué has venido? – Le pregunta Helena tratando de no sonar grosera.

–          Te has ido tan rápido que no me ha dado tiempo a darte las gracias y felicitarte por tu trabajo como decoradora sin ánimo de lucro en el ático. – Le contesta Samuel con la voz ronca. – Si necesitas un momento de paz, puedes ir cuando quieras.

–          Puede que te tome la palabra. – Le dice Helena sonriendo. Le da un beso en la mejilla y le dice antes de entrar en el edificio: – Buenas noches, Samuel.

–          Buenas noches, Helena.

Helena entra en su piso sonriendo y por primera vez en mucho tiempo se siente feliz y en paz consigo misma. Puede que Samuel tenga razón y el ático sea una especie de manantial de paz y serenidad. Con esa sensación se queda dormida y, como cada noche desde hace ya casi un mes, sueña de nuevo que duerme entre los fuertes brazos de Samuel.

Ninguno de los dos se dio cuenta de que alguien los había estado observando a escasos metros de allí. Tras encontrarse a Samuel saliendo del ascensor con Helena y después de haber sido rechazada por él, Carla decidió seguirle. Quería saber quién era esa mujer que había conseguido que Samuel saliera corriendo tras ella. Por suerte, esa noche le había cogido prestado el coche a una amiga y pudo seguirlo sin que la reconociera. Condujo hasta un barrio obrero de la ciudad y los observó charlando frente al portal de un edificio antiguo y sin ningún tipo de glamour. Vio como ella se despedía de él con un beso en la mejilla y supo que no se habían acostado juntos todavía, pero también supo que aquella chica significaba mucho más para él que cualquiera de las otras chicas con las que salía. Carla se marchó a su casa pensando en un plan para evitar que aquella historia continuara adelante.

Una tentación irresistible 13.

Una tentación irresistible

El lunes Helena se levanta, se ducha y hace la maleta antes de ir a comer a casa de sus padres y regresar a Blanes. Noelia la llama para asegurarle que todo está bien y que ha destrozado la sorpresa que Álvaro le ha preparado por su cumpleaños. Helena ya conoce los detalles de aquella sorpresa, Samuel se había encargado de satisfacer su curiosidad, pero escucha a su nueva amiga como si lo oyera todo por primera vez.

En Blanes todo sigue igual que cuando se marchó. Continuó con la rutina que se había establecido: salía a correr por las mañanas, se duchaba, trabajaba en su novela hasta media tarde e iba a entrenar a Loco con Gabriel. Solía cenar con Noelia y Álvaro antes de regresar a casa a seguir trabajando en su novela o se metía directamente en la cama, dependiendo de lo cansada que estuviera.

El viernes por la mañana recibe la llamada de Jorge, su ex novio. Jorge es arquitecto y hacía más de dos años que trabajaba en el diseño y la construcción de un rascacielos en la zona de Europa Fira. Ya habían pasado casi cuatro meses desde la presentación de la novela de Helena, el día que rompieron, pero a Jorge supuestamente se le había olvidado que ya no tenía pareja y había confirmado la invitación para dos personas a la inauguración del rascacielos. A Helena no le queda más remedio que decirle que le acompañará, aunque en realidad no le apetece en absoluto. Nunca le han gustado aquellas inauguraciones multitudinarias en las que la mayoría de los invitados son unos esnobs o unos viejos verdes que tratan de ligar con ella a pesar de que su entonces novio estuviera presente en la misma estancia.

La inauguración es el sábado por la noche, pero Helena llega a la ciudad el viernes por la tarde dispuesta a pasar otra noche de chicas a la que Noelia y Sarah se apuntan. Helena tenía la esperanza de volver a ver a Samuel, pero ninguno de los chicos se deja ver por el bar de Pepe ni por el Queen. A quién sí ve es a Sergio. Se presenta en el Queen a medianoche y Helena, que ya está bastante achispada, lo besa en los labios cuando lo saluda.

–          Si llego a saber que me habrías recibido así, hubiera venido mucho antes. – Le susurra Sergio al oído después de recibir el beso apasionado de Helena.

Disfrutan de aquella noche de chicas y Sergio las deja hacer mientras habla con sus amigos anclados a la barra del bar, pero cuando dan las tres de la madrugada y el Queen anuncia que cierra sus puertas, Sergio se acerca a Helena y le susurra al oído:

–          ¿Quieres que te acompañe a casa?

Helena asiente y, tras despedirse de sus amigas, se marcha con Sergio a su casa. Caminan tres manzanas y llegan al portal del edificio, donde suben al piso de Helena. Se sirven un par de copas de vino en la cocina y, tras dar un largo trago, Helena se acerca a Sergio y lo besa. Puede que no esté haciendo lo correcto, puede que le traiga consecuencias, pero en este momento lo único que quiere es calmar el deseo que siente desde hace semanas.

Se besan, se acarician y, cuando los dos están al borde del abismo, Sergio la coge en brazos y la lleva a la habitación, donde la deposita con sumo cuidado sobre la cama. La desnuda sin prisa, adorando y besando cada rincón de su piel que va descubriendo, después se desnuda él y la vuelve a besar antes de separarle las piernas con sus rodillas y Helena le facilita el acceso. Como Laura le había dicho a Helena desde que rompió con Jorge, necesitaba sexo para pasar página en su vida y el sexo consigo misma ya ni siquiera lograba calmarla.

Sergio la besa, la acaricia y, tras ponerse un preservativo, le hace el amor despacio y con devoción. Pese a que no es el sexo salvaje que Helena ansiaba, alcanza el clímax y no puede negar que Sergio es un buen amante, pero tampoco puede decir que ha sentido algo especial. Cuando sus respiraciones se acompasan, Helena se levanta y va al baño. Siempre se ha sentido un poco vulnerable después de alcanzar el orgasmo y necesita unos minutos para reponerse. Cuando regresa a la habitación, Sergio se ha puesto los vaqueros y está sentado en la cama.

–          ¿Estás bien? – Le pregunta cuando la ve entrar en la habitación.

–          Sí. – Le responde ella sonriendo tímidamente.

–          Hay un pero, ¿verdad?

Helena respira profundamente y, armándose de valor, seguridad y confianza en sí misma, le responde:

–          No hay ningún pero, es solo que hace poco que he dejado una relación de diez años y ahora mismo no busco entrar en otra relación.

–          ¿Tan mal ha ido que no quieres ni volver a verme?

–          No me refiero a eso. – Le contesta Helena. – Es solo que, por ahora, solo quiero una relación de amistad contigo.

–          ¿Amigos con derecho a roce? – Bromea Sergio. – No te preocupes, entiendo que después de una ruptura necesites tiempo para ubicarte y pensar en lo que quieres hacer. No pretendo presionarte, Helena. Llámame cuando te apetezca tomar un café, ir al cine o salir a cenar, te prometo que no haré nada que te incomode, pero al menos danos la oportunidad de conocernos. Ya te lo dije la otra noche, solo quiero conocerte y no me importa ir despacio.

Helena respira aliviada al escuchar las palabras de Sergio, no se lo ha tomado a mal y además quiere seguir viéndola. Sergio termina de vestirse, la besa en la mejilla despidiéndose de ella y se marcha.

El sábado por la mañana Helena se despierta ante el constante ruido de su móvil. Decidida a acabar con la música que no cesa de sonar, se levanta y se dirige a la cocina, donde su móvil sigue sonando sobre la encimera. Tras mirar la pantalla y ver que es Laura, descuelga y le contesta malhumorada:

–          Espero que sea importante para haberme hecho salir de la cama un sábado a las diez de la mañana después de la cantidad de alcohol que bebí anoche.

–          ¿Aún tienes a don Perfecto desnudo en la cama? – Se mofa Laura.

–          No, no ha pasado la noche aquí.

–          Estoy en el bar de Pepe comprando churros, prepara dos tazas de Nesquik que en cinco minutos estoy en tu casa. – Le dice Laura y añade antes de colgar: – Quiero que me cuentes todos los detalles.

Tal y como le había dicho, Laura aparece diez minutos más tarde con un kilo de churros y se sientan en la cocina para desayunar. Durante más de una hora, Helena le cuenta a Laura todo lo que pasó anoche con Sergio.

–          En resumen, te lo tiraste y después le dijiste que solo querías ser su amiga. – Se mofa Laura sin poder contener la risa.

–          Tal y cómo lo dices suena fatal, pero supongo que sí. – Le dice Helena encogiéndose de hombros.

–          ¿Y qué tal es en la cama?

–          Pues, bastante bueno…

–          ¿Pero…?

–          Pero no pude evitar pensar en Samuel. – Confiesa Helena. – De hecho, no puedo quitármelo de la cabeza. Mientras Sergio me hacía el amor con dulzura yo me imaginaba cómo sería follar con Samuel. – Helena se tapa la cara con sus manos y añade avergonzada: – Estoy fatal, Laura. Me pone un tío al que no soporto y en el que pienso mientras me acuesto con otro.

–          Por eso le has dado esquinazo a don Perfecto. – Y Laura no lo dice como si fuera una pregunta. – La única manera de quitártelo de la cabeza es tirándotelo a él o tirándote a otro y, como lo del otro no ha funcionado… – Helena pone los ojos en blanco y Laura estalla en carcajadas. – La verdad es que Samuel está tremendo y tiene pinta de ser de esos que te lo hacen contra la pared.

–          ¡Por favor, para! – Exclama Helena ruborizada.

–          Tiene gracia, con la de años que hace que somos amigas y aún sigues sonrojándote cuando me escuchas hablar de sexo.

Pasan toda la mañana hablando y riendo y a la hora de comer se despiden y Helena va a comer a casa de sus padres. Allí se encuentra a su hermano Ramiro, que ha llegado esta mañana después de pasar toda la semana en Ginebra por trabajo. Después de comer y tratar de evitar el tercer grado de Lourdes, los dos hermanos deciden pasar por el bar de Pepe a tomar algo y poder hablar un rato a solas. Ramiro le cuenta a Helena que habla todos los días con Sarah y que esta noche ha quedado con ella y Helena le cuenta el episodio de anoche con Sergio, pero no menciona ni una sola palabra sobre Samuel y Ramiro tampoco se lo pregunta. A las seis de la tarde los hermanos se despiden y Helena regresa a su piso, tiene que prepararse para la inauguración del rascacielos que ha diseñado Jorge.

Una tentación irresistible 12.

Una tentación irresistible

Al día siguiente Helena se despierta en el salón de su piso, tumbada junto a Laura sobre la alfombra. Trata de levantarse y la cabeza le da vueltas, se sienta en el suelo y apoya la espalda en la parte inferior del sofá. Hace un repaso mental de todo lo que ocurrió la noche anterior y su cuerpo se estremece cuando recuerda la encerrona que Samuel le había preparado a la salida del baño del yate, cuando estuvo a punto de besarla. Laura se despierta, adopta la misma postura que Helena y resopla mientras se sujeta la cabeza con ambas manos.

Sin decir nada, Helena se levanta, coge una botella de leche de la nevera y prepara dos tazas con Nesquik, su remedio casero para la resaca y para recargar energía por las mañanas. Coge las dos tazas y le lleva una a Laura.

–          Bébete esto, te sentará bien. – Le dice Helena acomodándose en el sofá.

–          Tranquila, creo que ya me he muerto. – Responde Laura con desgana. – No me lo puedo creer, Helena. Para una vez que decido ir en serio con un tío y resulta que está casado, que soy una querida. Esto ha sido una señal, una alarma para que no baje la guardia.

–          No digas eso, Laura. – Le reprocha Helena. – Eso solo es una señal de que hay mucho gilipollas suelto y tú has dado con uno de ellos. Es una señal para que no bajemos la guardia, pero no para que dejes de buscar al príncipe azul que tanto querías anoche.

–          Hablando de príncipe azul, Miguel podría ser un buen candidato.

–          ¡La madre que te parió! – Exclama Helena riéndose a carcajadas. – No tienes remedio, si fueras un hombre irías siempre con la picha fuera.

Ambas vuelven a reírse. Una vez terminan de beberse la taza de Nesquik, se dan una ducha y deciden ver una de esas películas de comedia románticas tumbadas en el sofá. Apenas han visto quince minutos de película cuando el móvil de Helena empieza a sonar. Es Noelia y no duda en contestar, le extraña que la llame antes de mediodía porque anoche se acostaron bastante tarde.

–          Helena, ¿estás en tu piso? – Le pregunta Noelia entre sollozos nada más descolgar.

–          Sí, ¿qué pasa, Noelia? ¿Estás bien?

–          ¡Me engaña con otra! – Estalla en llanto y Helena ya no entiende nada de lo que dice.

–          Noelia, dime dónde coño estás y voy a buscarte. – Le espeta Helena alterada y preocupada por Noelia.

–          Estoy en un taxi, voy de camino a tu casa. – Logra decir Noelia entre sonoros sollozos.

Diez minutos más tarde, Noelia entra en el piso de Helena hecha un mar de lágrimas. Laura va a la cocina a prepararle una tila mientras Helena trata de consolarla. Laura regresa con la tila y, después de bebérsela, Noelia se calma un poco y logra explicarles lo que ha pasado.

–          Lleva un par de semanas rarísimo, se muestra más cariñoso conmigo de lo normal, habla por teléfono a todas horas y siempre se encierra en su despacho para hablar, cuando le pregunto me dice que no tengo nada de lo que preocuparme y sonríe. – Empieza a decir Noelia. – Al principio pensé que se trataba de algún asunto de trabajo, pero esta mañana cuando me he despertado he ido a la cocina y le he escuchado hablar por teléfono con su abogado y le ha dicho que no había pasado por la oficina desde el jueves. Se supone que el viernes estuvo todo el día en la oficina, por eso yo me vine contigo por la mañana y él llegó por la noche.

–          Seguramente es un malentendido, ¿le has dejado que se explique? – Le pregunta Helena con voz dulce.

–          Le he preguntado dónde estuvo el viernes y no ha sabido qué decirme, pero por suerte el contestador estaba conectado y he podido escuchar el mensaje de voz que una mujer le ha dejado en el teléfono diciéndole que posee lo que tanto ansía y que espera a que pueda escaparse de mí para dárselo. ¿Os lo podéis creer? ¿Sabéis cuál ha sido su respuesta? “No es lo que parece.” ¡No es lo que parece!

–          Te ha dicho eso y, ¿ya está? – Pregunta Helena sin comprender nada.

–          No me he quedado allí para escucharlo. – Contesta Noelia.

Noelia se desahoga llorando y bebiendo tila mientras que Helena y Laura tratan de consolarla como pueden hasta que por fin logran convencerla para que se eche en la cama de la habitación de invitados y descanse.

Sin saber qué hacer ni a dónde ir a buscar a su mujer, Álvaro se presenta en el ático de Samuel y lo despierta llamando al timbre. De mala gana, Samuel se levanta a abrir la puerta y se encuentra con el rostro desencajado de su hermano.

–          ¿Qué pasa? – Pregunta preocupado echándose a un lado para dejar entrar a Álvaro.

–          Noelia se ha enterado de que el viernes no fui a la oficina y justo en ese maldito momento la de la inmobiliaria ha dejado un mensaje en el contestador que, sin pretenderlo, ha sonado de lo más sugerente. Cuando he intentado explicarle que no era lo que parecía se ha largado hecha una furia y ha apagado el teléfono móvil. No puedo localizarla y me estoy volviendo loco, Samuel.

Álvaro se pasa las manos por la cabeza desesperado y da vueltas de un lado a otro del salón, incapaz de quedarse quieto. Samuel lo observa y sonríe, sabe que el problema de su hermano tiene fácil solución y así se lo hace saber:

–          Solo quedan dos semanas para su cumpleaños, creo que ya puedes darle su regalo antes de que decida divorciarse de ti.

–          Para eso, primero tengo que encontrarla. – Se lamenta Álvaro. Su teléfono móvil empieza a sonar y lo saca del bolsillo pensando que puede ser Noelia, pero en la pantalla sale reflejado otro nombre. – Es Helena. – Le dice antes de descolgar. – Helena, dime que Noelia está contigo.

–          Noelia está conmigo. – Le confirma Helena. – Y espero que realmente no sea lo que parece, porque pinta muy mal.

–          Joder Helena, te juro que no es lo que piensas. – Le asegura Álvaro. – Dime dónde estáis, necesito hablar con Noelia y explicárselo todo, por favor.

–          Noelia está dormida, estaba exhausta cuando ha llegado, le hemos dado una tila y ha llorado hasta que la hemos convencido para que descanse un rato. – Helena suspira y añade: – Te enviaré un mensaje con mi dirección cuando se despierte, pero más te vale venir con una buena explicación porque la vas a necesitar. Tienes suerte de que me caes bien, aunque todavía puedo cambiar de opinión. – Dice antes de colgar.

Álvaro se deja caer en el sofá y suspira sonoramente. Samuel saca un par de cervezas de la nevera y le entrega una a su hermano antes de sentarse junto a él en el sofá.

Laura ya se ha marchado cuando Noelia se despierta a las ocho de la tarde. Se levanta y se da una ducha para espabilarse, se pone unos vaqueros y una camiseta que Helena le presta y se sienta con Helena en el sofá. Con tacto, Helena le hace comprender que tiene que escuchar a Álvaro y darle la oportunidad de que se explique antes de tomar una decisión. Una vez obtenido el consentimiento de Noelia, Helena le envía un mensaje a Álvaro con su dirección y veinte minutos más tarde aparece en la puerta acompañado por Samuel.

–          Estaré en el bar de Pepe, solo tienes que llamarme y me materializaré aquí en dos minutos. – Le dice Helena a Noelia.

Noelia asiente con la cabeza y Helena coge su bolso y sale de su piso seguida por Samuel. Mientras esperan el ascensor, Helena lo observa de reojo con disimulo. Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta negra de manga corta con cuello de pico que deja al descubierto sus brazos musculosos. Las puertas del ascensor se abren y Samuel le hace un gesto para que pase ella primero, está serio y por el momento no ha lanzado ninguna de sus pullas a Helena, algo muy raro en él. Helena evita su mirada, no se siente con fuerzas suficientes para enfrentarse a él y sabe que solo es cuestión de minutos que acaben como siempre: discutiendo.

–          Helena, siento lo de anoche. – Le empieza a decir Samuel avergonzado. – No sé qué me pasó y…

–          Será mejor que lo olvidemos. – Lo interrumpe Helena sorprendida por el comentario de Samuel y añade con la esperanza de dar por zanjado ese tema: – ¿Quieres venir a tomar algo al bar de Pepe?

Samuel asiente con la cabeza y cuando las puertas del ascensor se abren ambos salen juntos del edificio y se dirigen a la plaza Mayor del barrio, situado a un par de calles de allí. Caminan en silencio y, a pesar de los últimos acontecimientos, ninguno de los dos se siente incómodo. Cuando llegan al bar de Pepe se sientan en la terraza, Helena pide una Coca-Cola y Samuel pide lo mismo que ella para beber.

–          ¿Quieres que también te traiga unas bravas, Helena? – Le pregunta Pepe al verla tan seria y callada. – Invita la casa si me dedicas una sonrisa, no estoy acostumbrado a verte triste.

Helena sonríe y asiente con la cabeza, pero es una sonrisa forzada que no pasa desapercibida para Pepe, el cual fulmina con la mirada a Samuel pensando que debe ser el causante de sus ojos tristes. Samuel mira hacia a otro lado incómodo y, cuando Pepe desaparece, le empieza a hablar con la esperanza de que se distraiga y sonría un poco:

–          No te preocupes por Álvaro y Noelia, ha sido todo un malentendido. Aunque ese malentendido ha echado por tierra la sorpresa que Álvaro le tenía preparada a Noelia por su cumpleaños. – Helena lo mira con curiosidad y Samuel continúa hablando: – Noelia se siente un poco sola desde que se mudaron a Blanes, así que Álvaro está trasladando la oficina a Barcelona y ha comprado una casa en Pedralbes, donde pretende vivir con Noelia y tener tres hijos como ella desea.

Durante hora y media, Samuel contesta a todas las preguntas que Helena le hace sobre Álvaro y Noelia, quiere asegurarse de que todo aquello es real y Álvaro no está engañando a Noelia.

Son las diez y media de la noche cuando Noelia llama por teléfono a Helena y le cuenta lo que ella ya sabe por Samuel. Álvaro, para demostrarle que todo lo que le ha dicho es verdad, la va a llevar a las nuevas oficinas de la empresa y a su nueva casa, aunque todavía están a medio decorar. Helena decide que es hora de regresar a casa y, tras pagar la cuenta, Samuel la acompaña. No han vuelto a mencionar lo que ocurrió la noche anterior desde que Samuel le ha dicho que lo sentía, pero ninguno de los dos puede quitárselo de la cabeza.

Caminan despacio, tratando de alargar lo máximo posible el momento de la despedida. Cuando llegan al portal del edificio, Samuel la mira sin decir nada y Helena no sabe si espera a que le invite a subir o si bien solo espera que sea ella quien hable primero. Antes de que Helena pueda abrir la boca para decir algo, Samuel le dice:

–          Gracias por cuidar de Noelia y por mediar para que escuchara a Álvaro, no sé qué hubiera pasado si tú no hubieras estado ahí. – Le dedica una sonrisa y añade: – ¿Regresas mañana a Blanes?

–          Sí, supongo que sí. – Le responde Helena encogiéndose de hombros.

–          Bueno, pues entonces supongo que ya te veré cabalgando con Loco como una auténtica princesa guerrera. – Le responde Samuel sin un solo atisbo de maldad.

–          Sí, ya nos veremos. – Le dice Helena nerviosa, volviendo a encogerse de hombros.

Samuel se acerca a ella despacio, haciendo que todo su cuerpo se estremezca y su pulso se acelere. Helena contiene la respiración cuando los labios de Samuel se posan en su mejilla, rozando la comisura de sus labios. No puede evitar sentirse ligeramente decepcionada, le hubiera gustado que la besara en los labios, pero en lugar de hacérselo notar, le dedica una tímida sonrisa y entra en el portal.

Samuel la observa cruzar el rellano hasta llegar al ascensor, donde la ve desaparecer. Él también quería besarla en los labios, pero después de lo que había hecho la noche anterior no le ha parecido lo más adecuado, no quería que pensara que la estaba acosando. Da media vuelta y cruza la calle donde ha aparcado su coche, se irá a casa, se dará una ducha de agua fría y al día siguiente llamará a Carla, tiene que disculparse con ella por anular la cena en el último momento y además necesita sexo. Tiene que sacarse a Helena de la cabeza.

Una tentación irresistible 11.

Una tentación irresistible

Helena está hablando con Lucas cuando Cristina se le acerca y la rescata. No es que Lucas sea uno de esos hombres de los que necesitas ser rescatada, lo cierto es que además de ser muy atractivo es muy carismático y divertido, pero le gusta que Cristina muestre interés por conocerla. Conoce la historia de Loco y quiere que le cuente los avances que ha logrado con él, así es como Cristina descubre por qué Helena y Samuel han empezado con mal pie. Lo que más le sorprende es descubrir que Helena no es como las chicas con las que Samuel acostumbra a salir. Samuel es uno de los hombres más codiciados de la ciudad y puede salir prácticamente con cualquier chica que se proponga, pero por alguna razón él siempre las escoge guapas por fuera y huecas por dentro, por eso Cristina se alegra cuando comprueba que Helena no solo es una chica preciosa, también es inteligente y tiene carácter suficiente como para plantarle cara a alguien como Samuel.

Durante el largo rato que están hablando, Cristina evita hacer cualquier pregunta sobre Samuel y su cabreo, finge no haberse dado cuenta de la hostilidad que ambos se muestran y cuando el yate deja de moverse le dice a Helena con voz dulce e inocente:

–          Llévale algo de beber a Samuel, yo necesito ir al lavabo.

Helena la ve desaparecer antes de poder decirle que no es una buena idea. Teme que si le lleva una copa Samuel se la tire a la cara. Echa un vistazo a su alrededor y sonríe al ver tanta parejita. Héctor y Silvia, Noelia y Álvaro, Sarah y Ramiro, Laura y ¿Miguel? Estaba claro que Laura predicaba con el ejemplo con aquello de un clavo saca otro clavo… Alberto y Lucas habían estado charlando alegremente mientras ella conversaba con Cristina, pero ahora que Cristina se ha ido al baño y que Lucas la mira con una sonrisa pícara en los labios, decide servir una copa y llevársela a Samuel.

Lo encuentra sentado en un saliente de proa fumándose un cigarrillo y le parece la pose más sexy que jamás ha visto. Nota como su corazón se acelera y las piernas le flaquean, pero se arma de valor y se acerca a él en son de paz.

–          Cristina me ha pedido que te trajera algo de beber, creo que hasta tu amiga piensa que eres un ogro gruñón y pasa de traértela ella. – Le dice Helena entregándole la copa, olvidándose de poner un filtro a sus pensamientos antes de hablar.

Samuel la mira fijamente a los ojos, coge la copa que ella le entrega y le da un largo trago, pero no dice nada. Helena lo observa y su cuerpo se estremece. No entiende las reacciones que su cuerpo sufre ante él y tampoco puede controlarlas.

–          ¿Te importa si me siento a tu lado a fumarme un cigarrillo? – Le pregunta Helena en son de paz.

–          ¿Quieres sentarte con un ogro gruñón? – Le pregunta Samuel con sarcasmo.

–          Tenía la esperanza de poder sentarme con una persona normal, pero no me queda más remedio que sentarme con el ogro gruñón. – Se sienta a su lado y se enciende un cigarrillo.

En el más absoluto de los silencios, Helena y Samuel se fuman el cigarrillo mientras contemplan el reflejo de la luna sobre el mar. Por irracional que parezca, ambos se sienten cómodos estando a solas y en silencio. Así están hasta que aparece Lucas buscándolos y les obliga a regresar junto al resto de invitados.

Se sientan alrededor de la mesa y se disponen a cenar la comida que la empresa de cáterin que Samuel ha contratado les había preparado. Helena se sienta junto a Laura y Lucas se sienta a su otro lado. Cenan mientras hablan del yate, de sus acabados y de toda esa parafernalia de la que Helena y sus amigos no entienden ni una palabra, hablan del evento que Laura está organizando y del progreso de la nueva novela de Helena. Lucas se interesa por todo lo que tiene que ver con Helena y el malhumor de Samuel aumenta. A partir de entonces está de morros, fulmina constantemente con la mirada a Helena hasta que consigue provocarla y empiezan a lanzarse pullas, volviendo a su relación habitual. En un momento dado de la noche, Helena se dirige al baño y cuando sale se encuentra de frente con Samuel, que no lo duda y le bloquea el paso. Se miran desafiantes sin decir nada durante unos segundos, hasta que Helena le suelta de mala gana:

–          ¿Piensas apartarte o tengo que empujarte?

Como no se mueve, Helena coloca las manos sobre el duro y musculoso pecho de Samuel y lo empuja, pero no consigue moverlo ni un solo milímetro. Samuel la agarra por las muñecas y la arrincona contra la pared, sujetándole las manos por encima de la cabeza. Sus miradas se cruzan y Samuel acerca sus labios a los de Helena, pero cuando están a punto de besarse se oyen unos pasos bajar la escalera y ambos se separan repentinamente.

–          ¿Hay cola para entrar en el baño? – Comenta Lucas confundido, mirando primero a Samuel y después a Helena. – ¿Ocurre algo?

Samuel no dice nada, tan solo mira a los ojos de Helena con una intensidad desmesurada que la acongoja. Pero Lucas sigue esperando una respuesta, así que respira profundamente y le contesta tratando de sonar lo más serena posible y disimular su estado de excitación:

–          El baño es todo vuestro.

Sin decir nada más, Helena se dirige a las escaleras para subir a la cubierta y alejarse de Samuel, necesita pensar en lo que acaba de ocurrir. Sabe que no debería seguir bebiendo, pero se sirve una copa y se la bebe de un trago antes de servirse otra. Laura, que ha sido testigo de la aparición de Helena con cara de desconcierto, se acerca a ella y, tratando de hacerla sonreír, le dice burlonamente:

–          Deja algo para los demás, ¿o piensas acabar tú sola con el alcohol? – Espera a que Helena le cuente lo que ha ocurrido, pero como Helena no suelta prenda, la mira a los ojos y le ordena: – Desembucha pero ya.

Helena resopla, se siente demasiado cansada, excitada y enfadada como para no poder soportar el tercer grado al que Laura tiene pensado someterla, así que se rinde y le cuenta lo que acaba de ocurrir al salir del baño. Laura sonríe divertida y, entrechocando su copa con la de Helena, le dice bromeando:

–          Me parece que Samuel no es de los que les gusta compartir, así que olvídate de los tríos y las orgías.

Ambas se echan a reír y justo en ese momento Samuel pasa por su lado y se encierra en el puente de mando del yate sin siquiera mirarla. Las dos amigas ponen los ojos en blanco y vuelven a echarse  reír a carcajadas.

Cristina ve pasar a Samuel como una exhalación hacia el puente de mando, pero intuye por su prisa que no es un buen momento para hablar con él.

Samuel recoge el ancla y navega de regreso al puerto de Barcelona, ya ha tenido suficiente por esta noche. Está furioso, aún no tiene muy claro el por qué, pero de lo que sí está seguro es de que es por culpa de Helena. Se ha presentado bastante achispada por no decir borracha, se ha pasado toda lo noche dejándose regalar los oídos por Lucas, le ha llamado ogro gruñón en diversas ocasiones y todo eso no ha hecho más que producirle un mayor deseo por tenerla y hacerla suya. Ha estado a punto de darle un puñetazo a su amigo Lucas cuándo le ha dicho que tenía pensado llevarse a Helena a su casa en cuanto atracaran en el puerto. La sola idea de imaginarla en los brazos de otro le enfurece y todavía se enfurece más consigo mismo por sentirse así.

Laura y Helena han decidido dirigirse a casa y terminar allí lo que quedaba de noche. Miguel y Lucas insisten en ir a algún pub o alguna discoteca y también se ofrecen a llevarlas a casa, pero prefirieren coger un taxi, tienen muchas cosas de las que hablar y esta noche no les apetece pasarla con ningún hombre. Se despiden con una sonrisa de todos los allí presentes, incluido Samuel, que trata a Helena con una frialdad y una indiferencia que la afectan más que aquellos apodos maliciosos que le dice para provocarla. Se suben al taxi y quince minutos más tarde ya están frente al portal del piso de Helena.

Samuel se sube a su coche y sigue al taxi en el que van Helena y Laura. No puede justificar sus actos con un argumento lógico, pero allí está, parado en doble fila con las luces del coche apagadas y observando cómo Helena sale del taxi y, acompañada por Laura, entra en el portal de un edificio.

–          Al menos no se ha ido con Lucas. – Se dice Samuel resignado antes de arrancar el motor del coche y regresar a su casa.