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Tú, yo y las estrellas 16.

Tú, yo y las estrellas

A la mañana siguiente, Álex me despierta a las seis en punto de la mañana. Me da los buenos días, abre un poco la persiana para que entren por la ventana los primeros rayos de sol y me apremia para que me duche y me vista antes de bajar a la cocina a desayunar. Le obedezco de mala gana, pero ni siquiera le devuelvo el saludo. Tengo un humor pésimo cuando me despierto. Media hora más tarde, entro en la cocina y me lo encuentro leyendo un periódico pero al verme lo aparta y mira su reloj antes de decirme:

–  Media hora, no está mal. – Me sirve un vaso de café y unas tostadas.

–  No te quejes, podría haber tardado mucho más. – Le contesto malhumorada. – ¿Dónde vamos a estas horas? ¡No estarán puestas ni las calles!

–  Ya veo que tu hermana no bromeaba sobre tu humor por las mañanas. – Musita entre dientes.

Tras desayunar, cogemos el coche y nos ponemos en marcha hacia a los Pirineos. Durante la primera hora de camino, Álex conduce en silencio, prestando toda su atención en la carretera. Cuando mi mal humor empieza a desaparecer, me dedico a observarle en silencio.

–  Me estás poniendo nervioso. – Me dice sin apartar los ojos de la carretera.

–  ¿Te molesta que te mire?

–  No me molesta, solo me pone nervioso porque no sé por qué me miras así. – Me responde. – ¿Es bueno o malo?

–  Haces demasiadas preguntas. – Le contesto riendo. – Se supone que hemos venido a relajarnos y yo me relajo viendo cómo conduces, cómo dedicas toda tu atención a la carretera.

–  Si continuas mirándome así, no recordaré ni que voy conduciendo. – Me advierte con picardía.

–  De acuerdo, miraré a la carretera cómo tú. – Le digo encogiéndome de hombros. – Pero solo porque no quiero que nos matemos.

Después de tres largas horas en el coche, por fin llegamos a lo que Álex llama su cabaña, que es una enorme casa de piedra y madera frente a un lago con un pequeño muelle para barcos pequeños situado en mitad de la llanura de un valle rodeado de montañas. Salgo del coche y observo a mi alrededor, no hay nadie ni se escucha nada, salvo el cantar de los pájaros y el soplar del viento.

–  ¿Te gusta el paisaje? – Me pregunta cuando llega a mi lado.

–  Me encanta. – Le respondo sonriendo.

–  Pues espera a ver la casa. – Me dice divertido. – Tenemos hasta piscina interior y exterior climatizadas y ambas están conectadas. Podemos salir al jardín o entrar en la casa sin salir de la piscina.

Me enseña la casa y todas sus habitaciones. Me asigna la habitación de al lado de la suya, pero a mí me es indiferente porque no tengo pensado pasar la noche ahí. Tras deshacer las maletas, hacemos la comida  y después de comer y recoger nos quedamos dormidos en el sofá hasta que Álex se despierta. Me propone dar un paseo por el bosque y yo acepto encantada.

Una hora más tarde, mientras caminamos entre el frondoso bosque, el cielo se nubla y los escasos rayos de sol que nos alumbraban el camino desaparecen detrás de las nubes.

–  ¿Por qué se ha hecho de noche a las siete de la tarde? – Le pregunto preocupada.

–  Se avecina una tormenta, debemos regresar a casa. – Me dice mirando hacia el cielo. – Venga, corre o acabaremos empapados.

Corrimos de regreso a casa pero aun así la tormenta nos pilló y llegamos a casa empapados, pero a salvo de los rayos que la tormenta había traído. Cojo a Álex de la mano y lo arrastro hasta la piscina cubierta, donde me quito la ropa y, quedándome en ropa interior, le animo diciendo:

–  Venga, vamos a meternos en la piscina ahora que ya estamos mojados.

Le tiro del brazo de nuevo para llevarlo hacia a las escaleras de la piscina pero él me sujeta con firmeza y me pregunta con la voz ronca de excitación:

–  ¿Es que pretendes torturarme?

–  ¡Pero si esto me tapa más que cualquiera de mis bikinis! – Le digo divertida. – ¿O acaso prefieres que me lo quite todo?

–  Para o no respondo de mis actos.

–  No quiero que respondas de tus actos. – Le susurro. Coloco mis brazos alrededor de su cuello y le digo con picardía: – Solo será un baño, prometo no tratar de ahogarte.

Me sonríe al mismo tiempo que se quita las zapatillas deportivas, la camiseta y por último el pantalón, quedándose vestido tan solo con un bóxer muy ceñido que marca su abultada erección.

Sin perder el tiempo, me coge en brazos y se adentra en la piscina conmigo. El agua está templada, ni fría ni muy caliente, pero yo me abrazo a él igualmente al notar el contacto del agua. Álex me estrecha con fuerza contra su cuerpo y, tras mirarme fijamente a los ojos, me besa en los labios. Lo que ha empezado como un romántico beso está convirtiéndose en un beso de pasión y necesidad, un beso hambriento. Me desabrocha el sujetador y me lo quita lentamente, dejándolo sobre uno de los peldaños de la escalera de la piscina. Me mira con admiración y me acaricia los pechos y los pezones con la yema de los dedos. Arqueo mi espalda facilitándole el acceso y Álex me lo agradece con una sonrisa para después lamer y mordisquear mis duros y excitados pezones. Mis manos se mueven y acarician su torso, su abdomen y su trasero, excitándolo y excitándome.

–  Esto no es ir despacio, pequeña. – Me susurra al oído con la voz ronca.

–  No, no lo es. – Afirmo. – Pero es lo que ambos deseamos en este momento.

Esta vez soy yo quién lo besa y él me abraza con fuerza, como si temiera que en cualquier momento fuera a salir huyendo.

–  Eres preciosa, pequeña. – Me susurra al oído mientras desliza por mis piernas el culote que aún llevo puesto. Lo deja junto a mi sujetador y añade: – Realmente preciosa, pequeña.

–  Quiero ver lo precioso que eres tú, pequeño. – Le digo divertida, sin sentirme incómoda por estar totalmente desnuda en la piscina con él.

Me obedece de inmediato y se quita el bóxer, quedando totalmente desnudo ante mí. Su inmensa erección por fin está libre y mis entrañas arden de deseo por la expectativa que me da su ardiente cuerpo.

–  Ven aquí, pequeña. – Me dice estrechándome contra su cuerpo. – Quiero verte, tocarte y lamer cada centímetro de tu piel.

Y cumple con su palabra. Hacemos el amor en la piscina, subimos a la habitación y volvemos a hacer el amor en la ducha. Cenamos en el salón, viendo una película, y volvemos a hacer el amor, está vez en el sofá, para después seguir en su cama hasta caer dormidos por el cansancio.

A la mañana siguiente, me despierto abrazada a Álex, le miro y veo que me está mirando con una amplia sonrisa en los labios.

–  Buenos días, pequeña amazona. – Me dice besándome en la frente. – ¿Has dormido bien?

–  Buenos días. – Le respondo devolviéndole la sonrisa. – He dormido mejor que nunca.

Me da otro beso, esta vez en los labios, y me pregunta sin dejar de sonreír:

–  ¿Qué te apetece hacer hoy? Podemos ir de pesca al lago, a caminar por el bosque o también podemos quedarnos en casa y relajarnos en el jacuzzi.

–  ¿Tenemos jacuzzi? – Pregunto sorprendida. – Creo que hoy me gustaría quedarme en casa contigo, mañana ya iremos a dónde tú quieras.

Pasamos el puente como si estuviéramos en una luna de miel. No podemos dejar de acariciarnos ni de besarnos, nuestro apetito sexual es insaciable y me siento segura, totalmente calmada estando con él.

El martes, cuando Álex me deja en casa después de recoger a Thor de casa de mi hermana, le digo mientras sirvo un par de copas de vino:

–  Gracias por este maravilloso y placentero puente.

–  Eli, tengo que decirte algo. – Me dice mirándome a los ojos. – Le prometí a mi abuela que si todo salía bien, iríamos a comer mañana a su casa. Sé que debería habértelo dicho con tiempo y entiendo que no quieras venir, pero me encantaría que me acompañaras.

–  Y a mí me encantaría acompañarte.

–  ¡Esa es mi chica! – Me dice sonriendo al mismo tiempo que se sienta en el sofá y me coloca sobre su regazo. – A mi abuela le va a encantar vernos juntos.

–  ¿Qué le vas a decir?

–  Lo sabe todo, Eli. – Me responde sonriendo. – Le hablé a mi abuela de ti antes de saber que eras amiga de mi hermana y de saber que trabajas en Enjoy. No te preocupes, no dirá nada que te haga sentir incómoda, le has gustado mucho.

–  Tienes suerte, yo no puedo decir lo mismo de mi familia. – Bromeo. – Si la cena en casa de mi hermana te pareció incómoda, espera a ir al cumpleaños de mi sobrina y encontrarte con mi madre y mi tía Lola, vas a querer salir corriendo.

–  No creo que pueda ser tan malo. – Me dice con su habitual calma. – Tendría que haberte llevado a mi casa, así ahora podría meterte en mi cama y pasar la noche contigo.

–  ¿Qué tiene de malo mi casa? – Le pregunto coquetamente. – Puedes secuestrarme y llevarme a mi habitación, estoy dispuesta a colaborar.

–  ¿Me estás invitando a pasar la noche en tu casa?

–  Sí. – Contesto ruborizándome.

–  Nada me apetece más que pasar la noche contigo. – Murmura mientras me acaricia la espalda con sus manos. – Me encanta tenerte entre mis brazos, pequeña amazona.

Esa noche, fue la primera de las muchas noches que Álex se quedó a dormir en casa. En la oficina ambos actuamos como los profesionales que somos, pero fuera de la oficina actuamos como una pareja estable. Hablamos de los planes para el fin de semana, preparamos juntos la cena, vemos películas abrazados en el sofá y salimos a pasear con Thor. Los lunes los reservamos para ir a comer a casa de Charo, la abuela de Álex, que está encantada de vernos juntos y felices.

Tú, yo y las estrellas 15.

Tú, yo y las estrellas

El viernes, nada más salir del trabajo, me dirijo a casa a preparar las maletas y a arreglarme para la cena en casa de mi hermana. Tengo que reconocer que estoy nerviosa, estoy dejando a Álex entrar en mi vida y en la de mi familia y eso me asusta. Por el contrario, él parece encantado con la situación.

A las siete de la tarde, Álex viene a buscarme y, cargando con las maletas y con Thor, se empeña en llevarlo todo él solo hasta el parquing. Carga el maletero con mis maletas y sube a Thor en la parte trasera del coche para después abrirme la puerta como todo un caballero.

Llegamos a casa de mi hermana pocos minutos después y, en cuanto salimos del coche, mi sobrina corre a recibirnos dándonos un fuerte abrazo.

–  ¡Habéis venido con Thor! – Exclama encantada.

–  Pues claro que hemos venido, pequeña guerrera. – Le dice Álex revolviéndole el pelo. – Y te hemos traído a Thor para que cuides de él unos días, ¿qué te parece?

–  ¡Me encanta! – Grita mi sobrina eufórica.

Rocío y Jorge salen a recibirnos y, tras saludarme rápidamente, ambos se quedan mirando a Álex, esperando ser presentados.

–  Álex, ellos son mi hermana Rocío y mi cuñado Jorge. – Le digo y, dirigiéndome a mi hermana y mi cuñado, añado: – Él es Álex.

Los tres se saludan educadamente y mi hermana nos hace pasar a todos al salón, dónde charlamos tomando una cerveza hasta que mi sobrina se empeña en salir a pasear a Thor con Álex y Jorge. Ninguno de los dos sabe decirle que no a Nerea, así que los tres se van con Thor y mi hermana y yo nos quedamos a solas.

–  Es un auténtico bombón, Eli. – Me dice Rocío. – Es guapo, inteligente, trabajador, tiene dinero y te trata como a una reina, se ve que está loco por ti.

–  Se te olvida el pequeño detalle de que es mi jefe. – Me lamento. – Es como si la historia se repitiera y tengo miedo, Rocío.

–  Álex no es como Norbert, no tienes más que fijarte en cómo trata a Nerea. – Me dice mi hermana intentando animarme. – Relájate un poco, estás muy tensa.

Rocío y yo continuamos hablando hasta que, media hora más tarde, Álex, Jorge y Nerea regresan con Thor. Jorge manda a Nerea a lavarse las manos y, cuando se asegura de que la pequeña no puede oírle, nos dice acusándonos con el dedo pero sin poder ocultar una sonrisa:

–  La próxima vez que habléis de vuestras cosas, espero que os aseguréis de que Nerea no puede oíros.

–  ¿Por qué? ¿Qué ha dicho? – Pregunta mi hermana divertida mientras yo me temo lo peor.

–  Tu hija me ha dicho que tenga cuidado con su tita porque me va a tirar para que su mamá no deje de hablarle. – Nos dice Álex sonriendo. – ¿Me lo podéis explicar?

Fulmino a mi hermana con la mirada y ella, ni corta ni perezosa, me suelta:

–  Necesitas relajarte un poco y estoy segura que Álex sabrá cómo hacerlo, si no funciona a la vuelta puedes venir y sermonearme todo lo que quieras. Por cierto, ¿le has dicho algo a mamá de tu repentino viaje o quieres que me encargue de eso yo también?

–  Ya he hablado con ellos. – Contesto.

–  ¿Y qué les has dicho? – Pregunta mi hermana mofándose.

–  Espero que no les hayas dicho que te vas con tu jefe. – Se mofa Jorge.

–  ¿Tan malo sería? – Le pregunto.

–  ¿Qué les has dicho a tus padres, Eli? – Me pregunta Álex molesto.

–  No quería que me hicieran preguntas de las que ni siquiera yo tengo respuestas, así que les dije que era un viaje de trabajo y punto.

–  Genial. – Me dice Álex con ironía.

–  Tita Eli, ¿vas a tirar a Álex para que la mama no te deje de hablar?

–  No, cariño. – Le digo a mi sobrina y después murmuro: – Estoy pensando en matarla y así solucionar el problema de raíz.

Durante la cena, mi cuñado se empeña en tratar de relajar la tensión y lo consigue, aunque Álex sigue un poco molesto conmigo.

–  Nerea no deja de hablar de ti, te has convertido en su ídolo. – Le dice mi hermana a Álex. – Está tan encantada con su paseo en poni que hemos tenido que prometerle que la llevaremos de nuevo.

–  A mí también me hizo prometerle que la llevaríamos otra vez a la hípica, así que creo que va a ir unas cuantas veces. – Bromea Álex.

–  Estoy seguro de que mi hija será un pez gordo en el mundo de los negocios. – Se mofa Jorge. – Y también en el periodismo.

–  Tita Eli, toma las invitaciones de mi cumple para ti y para Álex. – Me dice mi sobrina. Se vuelve hacia a Álex y le pregunta: – Vendrás, ¿verdad? Me lo prometiste.

–  Claro que vendrá, cariño. – Le dice mi hermana a Nerea. – Si te lo prometió, estoy segura que cumplirá su promesa, ¿verdad?

Mi hermana es muy estricta en cuanto a las promesas. Para ella, una promesa es mayor que un juramento ante un tribunal y le ha inculcado esas ideas a mi sobrina. A mí no me parece mal, pero algún día mi sobrina aprenderá que la gente rompe sus promesas y preferiría que estuviera preparada.

–  Yo siempre cumplo mis promesas y aquí estaré el día de tu cumpleaños. – Le asegura Álex.

–  ¡Chachi! – Grita mi sobrina. – Ya verás cuando se lo cuente a la abuela Rosa y a la tía Lola, se pondrán muy contentas cuando lo sepan.

Fulmino a mi hermana con la mirada y ella, levantando las manos en señal de inocencia, se defiende:

–  Te prometo que yo no les he contado nada, ha sido tu adorada sobrina.

–  Por cierto, dudo mucho que tu madre se trague que te vas de viaje de trabajo un puente. – Me advierte mi cuñado divertido.

–  No quiero seguir hablando de esto, ¿podemos cambiar de tema? – Les sugiero.

Después de cenar y tomarnos un par de copas en casa de mi hermana, Álex nos excusa diciendo que mañana madrugamos para salir de viaje y nos despedimos de ellos.

Tras salir de casa de mi hermana, nos subimos al coche y Álex conduce en silencio hasta su casa, un ático en un lujoso edificio a dos o tres manzanas de mi edificio, y deja el coche en el parquing del sótano, desde dónde subimos en ascensor hasta su apartamento. Nada más entrar, Álex me acompaña a la habitación de invitados y me manda a dormir alegando que tengo que descansar porque mañana nos levantaremos a las seis de la mañana.

–  Si vas a estar así, no pienso ir a ninguna parte. – Le digo empezando a molestarme. – ¿Se puede saber qué te pasa?

Tras resoplar sonoramente, me contesta:

–  Cuando te pedí que pasáramos juntos el puente, ¿por qué aceptaste?

–  Simplemente porque me apetecía. – Le respondo. – Me siento cómoda y a gusto contigo y pensé que unos días lejos de la oficina, de mi sobrina y de mis amigas nos podrían sentar bien.

–  Entonces, ¿por qué le dijiste a tus padres que te ibas de viaje de trabajo? – Insiste. – ¿Por qué no les dijiste que te ibas de puente unos días a la montaña para desconectar?

–  Mi sobrina no deja de hablar de ti y todos me preguntan qué rollo me traigo contigo que, además de ser el hermano de Carol, también eres mi jefe y, sinceramente, yo no sé qué contestar. – Le digo mientras se apodera de mí una risita histérica. – Ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí. Tan solo sigo el consejo de mi hermana, hago lo que me apetece sin pensar en las consecuencias. Aunque creo que no se me está dando demasiado bien.

–  Creo que a ninguno de los dos se nos está dando demasiado bien todo esto. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me envuelve entre sus brazos. – Me alegra saber que estás aquí porque te apetece y no porque es tu jefe quién te lo ha pedido.

–  ¿Eso es lo que te ha molestado? ¿Qué querías que les dijera a mis padres? – Le pregunto retóricamente antes de continuar hablando con tono burlón: – Hola mamá, me voy de puente con mi jefe en plan amigos. No suena muy bien, la verdad. Además, Nerea no ha dejado de hablar de ti y mi madre ya está haciendo demasiadas preguntas.

–  ¿Tienes miedo de oír tus propias respuestas o de la reacción de tu madre al oírlo?

–  Tengo miedo de equivocarme, Álex. – Murmuro con un hilo de voz. – No me hace falta ponerle un nombre a nuestra relación, me basta con saber que eres mi jefe en la oficina y también un gran amigo fuera de ella. Me encanta ver cómo te diviertes con mi sobrina y cómo ella se ríe cuando está contigo. Me gusta estar contigo.

–  A mí también me gusta estar contigo. – Me responde sonriendo. – Y supongo que puedo esperar algún tiempo antes de ponerle un nombre a nuestra relación, pero te entiendo y no voy a presionarte. Iremos despacio. – Me dice dándome un beso en la frente y añade: – Ahora ve a dormir, mañana madrugamos.

No tengo ganas de discutir y le obedezco, aunque lo que en realidad desearía es meterme en su cama y no en la cama de la habitación de invitados como estoy haciendo. Ya pensaré un plan para cuando estemos en la cabaña, rodeados de montañas y naturaleza, sin nadie a nuestro alrededor y sin nada interesante qué hacer. Si no lo consigo allí, me daré por vencida.

Tú, yo y las estrellas 14.

Tú, yo y las estrellas

El domingo quedo con Carol y Helena para comer en casa y la arpía de mi sobrina les cuenta con todo detalle cómo nos pilló la otra noche a Álex y a mí. Helena manda a Nerea a dibujar y, cuando se asegura que mi sobrina no puede oírnos, me dice:

–  Cuéntanoslo todo, no omitas ni un pequeño detalle.

Tal y cómo me pide Helena, les cuento todo lo que ha pasado con Álex con pelos y señales, sin importarme que Carol sea su hermana, sé que puedo confiar en ella.

–  No hay más que ver cómo te mira mi hermano, está loco por ti. – Me dice Carol. – Por cierto, mi abuela sabe que entre tú y él hay rollito y te juro que yo no le he contado nada.

–  Pero, ¿te lo has tirado ya o no? – Me pregunta Helena directa al grano.

–  ¡Helena! – Le reprocho. Helena me mira con indulgencia y me veo obligada a contestar. – No, no me lo he tirado y te juro que no ha sido por falta de ganas.

–  ¿Qué es lo que has tirado, tita? – Me pregunta mi sobrina.

–  Nada cariño, la tita no ha tirado nada. – Le contesto sonriendo. – Ve a pintar y luego iremos a pasear con Thor, ¿de acuerdo?

Por suerte, mi sobrina no insiste más y se va a pintar alegremente. Suspiro aliviada y, tras mirar a Helena y Carol, nos echamos a reír.

–  ¡Joder con tu sobrina! – Se mofa Helena.

–  Pues mi hermano la adora. – Comenta Carol.

–  Y tú sabes eso porque… – Empieza a decir Helena.

–  Lo sé porque me lo ha dicho. – Responde Carol. – Ayer tendría que haber venido a comer a casa de mi abuela pero llamó para decir que iba a la hípica contigo y con Nerea. Me dijo que tu sobrina era un pequeño demonio al que adora y mi abuela, cuando le dije que Álex no venía a comer porque se iba contigo, lejos de enfadarse se alegró y me dijo que eras la chica perfecta para él.

–  Entonces tita, ¿ya eres la novia de Álex? – Mi sobrina otra vez.

–  No cariño, la tita no tiene novio. – Le respondo. – ¿No ibas a pintar?

–  Quiero estar con Álex, ¿vendrá a sacar a Thor con nosotras?

–  Cariño, Álex está muy ocupado y no puede estar siempre con nosotras. – Le respondo a pesar de que yo también deseo lo mismo.

El móvil de Carol empieza a sonar y ella responde sonriendo al ver quién está al otro lado del teléfono.

–  Tienes telepatía, estábamos hablando de ti. – Responde Carol al teléfono. Se queda callada para  escuchar a su interlocutor, que sin duda es Álex, y después le explica: – Nerea ha preguntado por ti, quiere verte y salir a pasear a Thor contigo.

–  ¡Yo quiero hablar con él! – Grita eufórica mi sobrina. Carol le da el teléfono y mi sobrina empieza a rajar, como de costumbre. – La tita dice que estás muy ocupado pero yo quiero que vengas con nosotras a pasear a Thor. – Mi sobrina escucha con atención al mismo tiempo que va asintiendo con la cabeza para después decirme entregándome el teléfono: – Me ha dicho que no está tan ocupado y puede venir a pasear a Thor con nosotras y quiere hablar contigo, creo que te la vas a cargar tita.

–  Genial, más problemas. – Me lamento antes de contestar al teléfono. – Hola.

–  Tu sobrina quiere que vaya a pasear con vosotras a Thor y tú le dices que estoy muy ocupado en lugar de preguntarme si quiero ir, ¿cómo se supone que debo tomármelo?

Salgo del salón y me meto en mi habitación cerrando la puerta detrás de mí, quiero intimidad para poder mantener esta conversación.

–  Álex, mi sobrina te está cogiendo demasiado cariño. – Le digo al fin.

–  ¿Qué significa eso? ¿Estás celosa de tu sobrina? – Me dice burlonamente. – Eli, no pienso haceros daño, ni a ti ni a ella.

–  A Nerea le encantará poder salir de paseo contigo y con Thor. – Le respondo mientras el corazón me va a mil por hora.

–  Paso a buscaros en una hora. – Me dice alegremente y añade antes de colgar: – Tengo una sorpresa para ti.

Paso el resto de la tarde con Álex y mi sobrina paseando a Thor por el parque. Álex lleva a mi sobrina sobre los hombros y a mí me coge de la mano mientras Thor camina a nuestro lado, cualquiera que nos viese pensaría que somos una familia de verdad.

–  ¿Dónde está mi sorpresa? – Le pregunto divertida cuando mi sobrina decide jugar con Thor.

–  Mmm. Impaciente, me gusta. – Me susurra al oído con la voz ronca. – ¿Tienes planes para este fin de semana? El martes es fiesta y hacemos puente en la empresa.

–  No tengo planes, de momento.

–  ¿Qué te parece pasar el puente en la cabaña de los Pirineos? – Me propone.

–  ¿Solos tú y yo? – Le pregunto coqueteando.

–  Tú, yo y las estrellas. – Me responde acercando sus labios a los míos.

–  ¿Os vais a besar otra vez? – Pregunta mi sobrina sobresaltándonos. – No lo entiendo, ¿por qué os besáis si no sois novios?

–  Estoy tratando de convencer a la tita de que sea mi novia y creo que se lo va a pensar. – Le responde Álex divertido con la situación. – ¿Tú crees que deberíamos ser novios?

–  ¡Sí! – Contesta mi sobrina eufórica.

–  Pues dame un poco de tiempo y ya verás cómo la tita terminará siendo mi novia. – Le dice guiñándole un ojo.

–  ¿Podré llamarte tito?

–  Podrás llamarme como quieras, pequeña. – Le contesta revolviéndole el pelo.

Regresamos a casa cogidos de la mano, como una familia perfecta.

El lunes y el martes, después de ir a buscar a Nerea al colegio, Álex y yo nos reunimos en el parque para pasear los tres juntos a Thor.

El miércoles tengo la reunión con Roldán y, esforzándome en darle un poco de coba para que confíe de nuevo en Enjoy, consigo que firme un nuevo contrato de cinco años para la organización de los eventos de su empresa, todo un logro. Con la excusa de recoger a mi sobrina del colegio, me deshago de Roldán y llevo a mi sobrina a casa de mi hermana, que acaban de regresar de León, ya que tanto su suegro como su cuñado han salido del hospital y se recuperan rápidamente. Como mi sobrina no deja de hablar de Álex, me veo obligada a explicarle a mi hermana toda la historia.

–  Nerea parece tu hija en vez de tu sobrina, todo el mundo lo dice. – Se mofa Rocío. – Tú eras igual que ella de pequeña. Por cierto, quiero conocer al buenorro del hospital. Invítalo a cenar el viernes por la noche con la excusa de que Nerea no deja de hablar de él y queremos conocerlo, algo informal.

–  Se lo preguntaré, pero no te prometo nada. – Le respondo. – Por cierto, tengo que pedirte un favor.

–  Soy todo oído. – Me contesta burlonamente.

–  Necesito que te encargues de Thor este puente, ¿te supone un problema? – Le pregunto rezando para que no ponga ninguna pega.

–  Por supuesto que no, tú has cuidado al pequeño demonio diez días, yo podré cuidar del bueno de Thor cuatro días. – Me responde. – De hecho, estoy pensando que puedes traerme a Thor el viernes, cuando vengas con Álex a cenar. Pero antes, dime a dónde tienes pensado irte de puente y con quién.

–  Álex me ha invitado a ir con él a su cabaña de los Pirineos. – Le confieso. – Sé que no debería ir, pero lo cierto es que me muero de ganas.

–  ¿Por qué no deberías ir? – Me replica mi hermana. – Es obvio que le gustas y cuida de ti y también ha cuidado de Nerea. Además, sabe que eres amiga de su hermana y, por si fuera poco, también es tu jefe.

–  Ese es el problema, Rocío. Es mi jefe. – Le digo cubriéndome la cara con las manos. – ¿Qué pasa si no sale bien? ¿Vuelvo a quedarme sin trabajo? Tengo a Norbert más que olvidado, pero no estoy preparada para tener otra relación estable tan pronto.

–  Y si esperas demasiado, cuando te decidas a lo mejor Álex ya no está esperándote. – Me increpa mi hermana. – Si quieres un consejo, déjate llevar por lo que sientes y deseas. Aunque solo sea por una vez, deja de comportarte como una alemana fría y calculadora y compórtate como la española que eres, fogosa e impulsiva. Si no te tiras a Álex en este puente, dejo de hablarte.

Tras despedirme de mi hermana, mi cuñado y mi sobrina y prometerles que el viernes vendré a cenar con Álex, si él quiere, regreso a casa y saco a pasear a Thor mientras le doy vueltas a la cabeza pensando en el consejo que me ha dado mi hermana.

Tú, yo y las estrellas 13.

Tú, yo y las estrellas

A la mañana siguiente, Álex aparece temprano con churros y chocolate. Llevamos a Nerea al colegio y después vamos a trabajar.

El resto de la semana transcurre casi igual: me levanto, llevo a Nerea al colegio, voy a trabajar, vuelvo a buscar a Nerea del colegio, salimos al parque a pasear a Thor (dónde se nos une Álex), regresamos a casa a cenar y, muertas de cansancio, caemos rendidas en la cama.

El sábado por la mañana, tal y cómo Álex había prometido, nos pasa a recoger en su coche y nos lleva a la hípica de su amigo. Mi sobrina está eufórica, pero yo estoy histérica. Cuando éramos pequeños, mi madre se empeñó en apuntarnos a mi hermana y a mí a clases de equitación, pero me empeñé en subirme al caballo blanco y el puñetero era de lo más indomable. Mi hermana Rocío siempre bromea diciendo que no entiende como no me quedé medio lela con todas las veces que el caballo me lanzó por los aires. Como era igual de testaruda, seguí intentándolo una y otra vez hasta que el caballo se hartó de mí y me lanzó con tanta fuerza por los aires que me rompí dos costillas al caer y mi madre no permitió que volviéramos a montarnos a un caballo. De hecho, estoy segura de que si se enterara de que estoy a punto de subir a Nerea a uno me mataría con sus propias manos.

–  Relájate, estás más nerviosa tú que la niña. – Me susurra Álex al bajar del coche. Se vuelve hacia a mi sobrina y le pregunta divertido: – ¿Estás preparada, pequeña guerrera?

–  ¡Sí! ¡Quiero montar a caballo y quiero una foto como la foto que tiene la tita con Rayo! – Grita mi pequeño demonio emocionada.

–  ¿Con Rayo? – Me pregunta Álex con curiosidad.

–  Rayo era el caballo de la tita, pero le hizo pupa y la abuela no la dejó montar más a Rayo porque decía que era un caballo malo, pero la tita dice que no era malo, solo un poco rebelde y testarudo. – Le explica Nerea repitiendo lo que tantas veces ha oído.

Álex sonríe, coge a mi sobrina de la mano, me rodea la cintura con su brazo libre y caminamos al interior del recinto, donde nos recibe un hombre de mediana edad:

–  Buenos días señor García, señora. – Se agacha para ponerse a la altura de mi sobrina y, con gran don para los niños, le pregunta ganándose a mi sobrina: – ¿Quieres dar un paseo a caballo?

–  ¡Sí!

–  ¡Genial! – Le responde el tipo. Se vuelve hacia a mí y me dice: – Soy Alfredo Miranda, el director de la Hípica Miranda. Álex es un gran amigo y queremos que os sintáis como en casa.

–  Muchas gracias, es muy amable. – Le respondo observando a un jinete que me resulta familiar como galopa y se prepara para los saltos. – Disculpe, ese jinete de allí, ¿es Juan Acosta?

–  Asombroso, ¿cómo ha podido saberlo a tanta distancia? – Me pregunta Alfredo asombrado.

–  A un jinete se le identifica por su forma de montar, nunca por su figura o su rostro. – Le respondo lo que a mí siempre me decía mi profesor.

–  Veo que no es ninguna novata, ¿conoce a Juan Acosta?

–  Dimos clases de equitación juntos cuando éramos pequeños. – Le contesto.

Alfredo le hace un gesto a Juan para que se acerque y éste le obedece sin demasiadas ganas pero, en cuanto me ve, sonríe y dice:

–  Eliana Robles, la mujer más testaruda que he conocido nunca. – Baja de su caballo de un salto y me abraza como cuando éramos pequeños y yo me enfurecía porque Rayo no me dejaba montarlo. – La única lo suficientemente loca como para querer montar a Rayo.

–  Un momento, ¿ella es el jinete de Rayo? ¿El caballo loco? – Pregunta Alfredo estupefacto.

–  La misma. – Responde Juan. Se percata de la presencia de mi sobrina y, tras echarle un rápido vistazo a Álex, me pregunta: – ¿Es tu hija?

–  No, es mi sobrina Nerea. – Le respondo. – Es la hija de mi hermana Rocío.

–  Pues es igual que tú cuando tenías su edad, aunque espero que sea más responsable y tranquila que tú a esa edad. – Se mofa.

–  Mi padre dice que Nerea parece hija mía porque tiene mi carácter, así que puedes echarte a temblar,  Juan. – Le contesto divertida. Álex me aprieta suavemente contra su cuerpo para recordarme que sigue ahí y yo hago las presentaciones pertinentes: – Álex, te presento a Juan, éramos compañeros de equitación cuando éramos pequeños y nos pasábamos el día haciendo trastadas.

–  Encantado de conocerte. – Le dice Juan a Álex al estrecharle la mano y añade bromeando: – Por tu bien espero que no siga siendo tan testaruda, de pequeña ya tenía mucho carácter.

–  Y creo que lo sigue teniendo. – Bromea Álex.

–  Aún no he sacado mi carácter contigo. – Le susurro al oído y él levanta las manos en señal de inocencia y poniendo cara de no haber roto un plato.

Acompañamos a Nerea al taller de hípica para niños donde les enseñarán a preparar a un poni, a cuidarlo y, por la tarde, saldrán a pasear con ellos. Tenemos toda la mañana libre mientras Nerea está ocupada en el taller y Álex, sonriente como siempre, me dice:

–  Vamos a montar a caballo, pequeña amazona. Y de paso me cuentas qué pasó con Rayo y por qué eres una leyenda en el mundo de la hípica.

Nos dirigimos al establo y uno de los mozos de la cuadra ya tiene preparado un caballo negro con una mancha blanca en la cara. Me quedo mirando a los mozos esperando que preparen otro caballo y Álex me susurra al oído:

–  No sabía que sabías montar, así que solo pedí que nos preparan un caballo. – Me ayuda a subir al hermoso caballo y después sube detrás de mí. Agarra las riendas rodeando mi cintura con sus brazos y me estrecha contra su cuerpo para sujetarme con firmeza. – A unos quince kilómetros de aquí hay un pequeño pueblo donde se encuentra el mejor restaurante de la zona.

Le miro sonriendo agradecida y me recuesto sobre su pecho, dejando escasamente expuesto mi cuello que Álex se encarga de terminar de exponerlo apartándome el pelo para poder besarlo con libertad.

–  Será mejor que no empiece lo que no va a acabar, señor García. – Le digo con un hilo de voz.

–  ¿Señor García? ¿Desde cuándo soy el señor García? – Me pregunta divertido.

–  Desde que has decidido torturarme. – Le respondo. – Te aseguro que no pienso volver a darme una ducha de agua fría.

–  Mmm. Ahora eres tú la que me tortura. – Me susurra con la voz ronca.

Ambos nos echamos a reír como adolescentes. Tras un largo paseo a caballo, llegamos al restaurante del que me ha estado hablando y comemos mientras charlamos y bebemos un par de copas de vino. Le cuento a Álex lo que pasó con Rayo y cómo ninguno de los jinetes profesionales quería montarlo, nadie excepto yo, una niña de quince años. Él escucha las anécdotas que le cuento y se ríe divertido, disfrutando tanto como yo de este momento.

Regresamos al recinto temprano, pues quiero estar junto a Nerea cuando se suba a ese poni, le he prometido a mi hermana que la vigilaría.

Permanezco al lado de Nerea constantemente y el único motivo por el que Alfredo me permite quedarme junto a Nerea es porque Juan le ha asegurado que sé lo que me hago. Álex nos mira divertido desde el otro lado del vallado y mi sobrina lo saluda con devoción cada vez que pasamos por su lado mientras él le devuelve el saludo. Estoy segura de que será un auténtico padrazo.

De regreso a casa, mi sobrina está tan cansada que se queda dormida, pero se despierta nada más llegar y me pregunta medio dormida:

–  ¿Vamos al parque a pasear a Thor?

–  Sí, pero después irás directa a la ducha, cenarás y a dormir, ¿de acuerdo? – Le digo cogiéndola en brazos.

–  Tita Eli, mi cumple es el mes que viene y ya sé qué quiero que me regales. – Me abraza con fuerza y me susurra al oído: – Quiero que Álex sea tu novio y así será mi tito.

A pesar de que Nerea ha susurrado, Álex lo ha escuchado todo y me dedica una amplia sonrisa, mostrándose encantado con lo que mi sobrina acaba de decir.

Salimos a pasear a Thor, regresamos a casa y mientras Álex pide pizza a domicilio yo le doy un baño a Nerea y le pongo el pijama, dejándola lista para cenar e irse a dormir.

Cuando consigo que por fin mi sobrina se duerma, Álex y yo nos sentamos en el sofá, encendemos la televisión y vemos una película de las que a mí me gustan: Transporter 3. Además, el protagonista está buenísimo. A mitad de la película, me empieza a entrar sueño y me acomodo junto a Álex, que me abraza estrechándome contra su cuerpo sin dejar de mirar la película.

Pocos minutos después, escucho a Álex susurrarme:

–  Será mejor que me vaya, es muy tarde.

–  No. – Le contradigo.

–  ¿No?

–  No. – Corroboro abrazándole con más fuerza. – Quédate esta noche.

–  Eli, nada me gustaría más que pasar la noche contigo. – Me dice suspirando. – Pero quiero hacer las cosas bien y no creo que quedarme estando tu sobrina aquí sea una buena idea.

–  Tienes razón. – Contesto sin dejar de abrazarle.

Álex me retira un poco de su lado y, mirándome pícaramente a los ojos, susurra:

–  Aunque por un beso de buenas noches tampoco pasa nada, ¿verdad?

Sonrío y Álex me besa apasionadamente. Nuestras manos cobran vida propia y empiezan a explorar nuestros cuerpos hasta que él recobra la sensatez y sujetándome las manos con suavidad pero con firmeza, me dice con la voz ronca:

–  Te lo compensaré, pequeña amazona.

–  Eso espero, de lo contrario acabarás conmigo. – Bromeo.

Álex me da un casto beso en los labios a modo de despedida y se marcha a su casa mientras yo me meto en mi cama, completamente sola y añorando la compañía de un solo hombre, Álex.

Tú, yo y las estrellas 12.

Tú, yo y las estrellas

Como he dejado el coche en el edificio de Enjoy, vamos en el coche de Álex a buscar a mi sobrina al colegio. Estoy nerviosa porque no sé cómo se va a tomar el que sus padres se hayan ido sin ella y aunque yo soy su “supertita Eli” no es lo mismo estar conmigo a ratos que estar días sin ver a sus padres.

–  Estás muy tensa, ¿qué te pasa? – Me pregunta Álex sin dejar de mirar a la carretera.

–  Nerea no sabe que sus padres se han ido y estoy nerviosa por su reacción.

–  Tu sobrina te adora, estoy seguro que se alegrará de pasar unos días contigo.

–  No es lo mismo que pase el día conmigo a que esté diez días separada de sus padres. – Le respondo nerviosa. – Desde que ella nació yo he vivido en Alemania y, aunque nos llevamos bien, no sé si la convivencia se nos va a dar muy bien. No tengo mucha mano con los niños, la verdad.

–  Lo harás genial, ya lo verás. – Me responde sonriendo. – De todas formas, si me dejas, a mí me encantaría echarte una mano.

–  Vas a pasar la tarde con mi sobrina, estoy segura que cuando te vayas a tu casa desearás no haberme conocido. – Bromeo haciéndolo reír.

Llegamos al colegio de mi sobrina diez minutos antes de que salga y encontramos aparcamiento en la misma puerta, los padres esperan hasta el último minuto para buscar a sus hijos. Bajamos del coche y Álex, echando una ojeada a los pocos padres que ya merodean por la puerta, me dice:

–  Parece un buen colegio, aunque pocos padres sean puntuales.

Tras esperar unos minutos, los padres empiezan a llegar y los niños empiezan a salir del colegio. Álex y yo buscamos a mi sobrina entre los demás niños y la vemos venir corriendo hacia a nosotros al mismo tiempo que dice gritando con su voz cantarina llena de felicidad:

–  ¡Tita Eli, has venido a buscarme con tu novio!

El pequeño demonio se arroja a mis brazos y a mí me entran ganas de estrangularla, pero hay demasiada gente mirando.

–  Cielo, Álex no es mi novio. – Le aclaro.

–  Jo, pues yo quiero que sea tu novio, tita. – Me responde el pequeño demonio. Se vuelve hacia a Álex y le pregunta: – ¿Mi tita te ha dado una patada en el culo? La tía Lola dice que la tita Eli siempre les da una patada en el culo a sus novios.

–  ¡Nerea! – La regaño mientras Álex intenta ocultar la risa sin éxito.

–  ¡Jo, pero es verdad! – Protesta mi sobrina.

–  Ya hablaré yo con la tía Lola. – Murmuro. – Cielo, papá y mamá se han ido a León a ver a los abuelos y, cómo tú tienes cole, hemos pensado que te gustaría quedarte en casa con Thor y conmigo. ¿Té parece una buena idea?

–  ¿Tú también te quedas en casa de la tita Eli? – Le pregunta mi sobrina a Álex.

–  Me encantaría, pero no sé si tu tita me va a dejar. – Le responde Álex sonriendo.

–  Tita, ¿se puede quedar? – Me pregunta Nerea con cara de no haber roto un plato en su vida. – Por fa, tita. Que te prometo que me portaré bien con él y no como con el frío.

Se me escapa una carcajada y hago subir al coche a mi sobrina, le abrocho el cinturón de seguridad y subo al asiento del copiloto intentando ocultar la risa.

–  ¿El frío? – Me pregunta Álex.

–  Mi ex. – Le respondo divertida. – Así es como lo llama mi padre y ya sabes cómo son los niños, ¡repiten todo lo que oyen!

–  Oye Nerea, ¿sabes cómo me llamo? – Le pregunta Álex mirándome con picardía.

–  Mamá y Helena dicen que eres el buenorro del hospital, pero la tita Eli las regaña y les dice que te llamen por tu nombre. Te llamas Álex, ¿verdad? – Le contesta mi sobrina.

–  Sí, me llamo Álex. – Le responde y, mirándome divertido, añade: – Aunque tampoco me molesta que me llamen el buenorro del hospital.

–  Oh, basta por favor. – Le suplico. – No estás jugando limpio.

Álex me dedica una sonrisa y sigue conduciendo hasta llegar a mi edificio, donde aparca en una de las dos plazas de parquin que tengo, pues mi coche está en el edificio de Enjoy. Subimos a casa y Nerea se vuelve loca al ver a Thor. Cómo no, nos hace salir al parque a pasear con Thor y Álex nos acompaña encantado.

–  Interesante primera cita. – Me susurra al oído mientras mi sobrina está distraída con Thor. – Al menos podemos decir que ha sido original.

–  Lo siento, tampoco es como yo había imaginado. – Le respondo sonriendo.

–  Y, ¿cómo la habías imaginado?

–  Si te soy sincera, me he negado a imaginarla. – Le confieso. – Eres mi jefe, ni siquiera sé qué estoy haciendo contigo.

–  ¿Te sientes incómoda conmigo?

–  No, todo lo contrario. – Me oigo decir. – Pero pensar que eres mi jefe… Eso sí me hace sentir incómoda.

–  Nuestra relación personal no va a influir ni para bien ni para mal en nuestra relación profesional, si es eso lo que te incomoda. – Me dice con la voz tranquila y pausada.

–  ¿Eso significa que si, por ejemplo, le ordeno a Thor que te muerda, seguiré manteniendo mi puesto de trabajo? – Le pregunto bromeando.

–  Será mejor que no lo intentes. – Me responde sonriendo.

–  ¡Tita Eli, mira! – Grita mi sobrina señalando a un jinete que va a lomos de un caballo. – ¡Yo también quiero subirme a un caballo!

–  ¿Te gustaría montar a caballo? – Le pregunta Álex.

–  Sí, ¿tú tienes uno? – Le pregunta mi sobrina.

–  Yo no, pero tengo un amigo que tiene un montón de caballos. – Le responde ganándose toda la atención de Nerea. – Si a tu tita le parece bien, podemos ir el sábado a hacerle una visita.

–  ¡Sí! – Grita mi sobrina eufórica. – Tita Eli, ¡di que sí!

–  Luego llamamos a mamá y se lo preguntamos, ¿de acuerdo? – Le respondo sin saber muy bien qué decir. ¿Debo dejar que mi sobrina monte a caballo estando a mi cargo? ¿Y si le pasa algo?

–  Relájate. – Me dice Álex sonriendo y añade susurrando con voz ronca: – No montará sola y no le pasará nada. Además, así tú y yo también podremos pasear a lomos de un caballo.

–  Mmm. Suena tentador. – Le susurro coqueteando. – Pero debo pedirle permiso a mi hermana.

Regresamos a casa y, mientras yo baño a Nerea, Álex prepara la cena. Espaguetis a la boloñesa, a petición de mi sobrina. Llamo a mi hermana y me cuenta que tanto su suegro como su cuñado se encuentran fuera de peligro pero que estarán ingresados una semana por lo menos. Hablamos de Nerea y le comento lo de ir el sábado a montar a caballo pero cuando mi hermana empieza a hacer preguntas, le paso el teléfono a mi sobrina, quien le cuenta con pelos y señales todo lo que ha hecho y con quién lo ha hecho.

–  Y Álex me va a llevar a montar a caballo el sábado. – Tras una pausa añade: – La tita Eli dice que no es su novio, pero yo creo que sí lo es.

¡Maldita cría! Si no fuera mi sobrina ya la habría matado. Álex me mira y sonríe, sin duda alguna él también adora a mi sobrina.

Después de cenar y después de conseguir que se duerma, regreso al salón completamente agotada. Oigo a Álex trastear por la cocina, decido asomarme sin hacer ruido y lo veo terminando de recoger la cocina, está todo impoluto.

–  Eres como mi hada madrina. – Bromeo. – Me caigo y apareces para rescatarme, me das trabajo en tu empresa, me ayudas con mi sobrina y además recoges mi apartamento. Creo que estoy a punto de pedirte que te cases conmigo.

–  Ten cuidado, quizás acepte. – Me dice volviéndose hacia a mí sonriendo. – Creo que ya es hora de marcharme, mañana pasaré a recogerte para llevar a Nerea al colegio.

–  Eres muy raro. – Musito. Álex me mira alzando una ceja, buscando una aclaración. – Pasas el día con mi sobrina y conmigo y cuando nos quedamos a solas quieres marcharte. Lo de pedirte que te cases conmigo era una broma, no tienes que salir corriendo.

–  ¿Nos tomamos una copa en la terraza? – Me pregunta sin dejar de sonreír. Asiento con la cabeza y Álex coge un par de copas de cristal y una botella de vino y salimos a la terraza, donde nos sentamos en las sillas de exterior junto a la pequeña mesa y él, tras servir las copas, brinda. – Por nuestra primera cita.

–  Esta es la primera cita más rara que he tenido. – Le digo riendo.

–  Te aseguro que yo tampoco suelo hacer esto en mis primeras citas. – Bromea. – De hecho, nunca antes había tenido una cita así. Aunque tengo que confesarte que me ha encantado.

–  Te prometo que te compensaré, pero para eso tendremos que esperar a que mi hermana regrese.

–  No prometas lo que no vas a cumplir, pequeña amazona.

–  Nunca lo hago, pequeño ogro. – Le respondo divertida. Me acerco mucho a él y, sonriéndole con picardía, le susurro al oído: – Si es que sigues interesado en tener una cita de verdad conmigo.

–  Eres lo único que me interesa desde que te conozco, pequeña amazona. Aunque tengo que confesarte que ya no eres la única en la que pienso, ahora también adoro a un pequeño demonio de rizos rubios y sonrisa traviesa que es una versión de ti veinte años más joven. – Me contesta sonriendo y mirándome a los ojos añade con voz ronca: – Voy a besarte, pequeña.

Y me besa. Me besa en los labios primero con suavidad y delicadeza y después con pasión y lujuria. Sus manos bajan por mi espalda y cuando llegan a mi trasero me agarra con fuerza y me coloca sobre su regazo para después hacer que le rodee la cintura con mis piernas. Puedo notar su tremenda erección clavándose en mi entrepierna y me apego más a su cuerpo.

–  ¿Qué hacéis? – Oigo la voz adormilada de mi sobrina y doy un respingo, incorporándome de inmediato. – ¿Por qué os besáis si no sois novios?

–  Venga a dormir, Nerea. Mañana tienes cole. – Le digo ruborizada.

–  Pero tita, yo quiero que Álex sea mi tito. – Protesta mi sobrina.

–  Pequeña guerrera, si quieres que sea tu tito tendrás que hacerme caso, ¿de acuerdo? – Le dice Álex poniéndose a su altura. – Para empezar, tienes que obedecer a la tita y portarte muy bien. Mañana vendré a buscarte para ir al cole juntos y te traeré el desayuno.

–  Vale, pero me lo has prometido y la tita siempre dice que se tiene que cumplir todo lo que se promete, ella nunca falta a su promesa.

–  No sabes cuánto me alegra oír eso, pequeña guerrera. – Le contesta y me guiña un ojo con complicidad.

–  Cielo, ve a la cama, ahora voy yo a arroparte. – Le digo a mi sobrina tras besarla en la frente. Espero a que mi sobrina se vaya a su habitación y le digo a Álex: – Lo siento, ya sabes cómo es mi sobrina…

–  Es como su tía, encantadora. – Me interrumpe. – Será mejor que me vaya antes de que vuelva. Buenas noches, pequeña amazona.

–  Buenas noches, Álex.

Me besa suavemente en los labios y se marcha sonriendo. Voy a la habitación de mi sobrina y la arropo tal y como le he prometido. Espero a que se duerma y me doy una ducha de agua fría antes de meterme en la cama y caer rendida en los brazos de Morfeo.