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Tú eres mi destino 13.

Alberto revisó una a una todas las imágenes de todas las cámaras de seguridad de la villa porque quería saber todo lo que había pasado. El maestro Lee le observaba sin decir nada al mismo tiempo que también veía aquellas imágenes, pero el maestro Lee confiaba plenamente en las facultades de Alysa para salir de esa clase de situaciones porque él mismo la había entrenado y preparado para ello, pero Alberto maldecía entre dientes una y otra vez hasta que el maestro Lee le dijo con la voz calmada:

—No te tortures más, Alysa se pondrá bien y nada de lo que ha ocurrido es culpa de nadie.

—No debimos separarnos, los guardas de seguridad debieron cumplir con las órdenes que Alysa les había dado y mi padre debería haberse ido por el maldito túnel cuando Alysa se lo dijo —analizó Alberto para rebatir lo que el maestro Lee le acababa de decir—. Arriesgó su vida para salvar la de mi padre y se lo agradezco, pero si esa bala hubiera impactado en su cabeza en vez de en su hombro no me lo hubiera perdonado nunca.

—Alysa es más fuerte y más inteligente que cualquiera de los discípulos que he entrenado desde niños bajo mi filosofía —comentó el maestro Lee—. Pero la mejor cualidad de Alysa no es que sea fuerte o inteligente, lo mejor de ella es que tiene el corazón noble.

Uno de los discípulos del maestro Lee llamó a la puerta del despacho y les informó que Dave ya le había hecho la transfusión de sangre a Alysa y que ella estaba bien.

Alberto y el maestro Lee regresaron al salón junto a los demás, donde Dave les esperaba para informar sobre la evolución y el estado de Alysa:

—Alysa está estable, pero ha perdido mucha sangre y está agotada —empezó a decir Dave—. Le he realizado una transfusión de sangre y en unas horas se recuperará. Ahora está dormida y permanecerá en observación en la sala médica hasta que le baje la fiebre.

— ¿Podemos verla? —Preguntó Alberto.

—Alysa necesita descansar, por lo que no podemos entrar todos a la vez a verla —les advirtió Dave cuando vio que todos le miraban—. Ahora está durmiendo, la veréis mañana cuando se despierte —se volvió hacia Alberto y le dijo—: Deberías descansar, pero si vas a pasarte la noche dando vueltas en la cama prefiero que te quedes con Alysa y me avises cuando se despierte, yo estaré justo en la sala de al lado haciendo un cultivo con su sangre.

—Me quedaré con Alysa —sentenció Alberto.

Dave y el maestro Lee acompañaron a Alberto a la sala médica donde Alysa se encontraba, le dieron las indicaciones oportunas y le dejaron a solas con Alysa, que estaba totalmente dormida.

—Alysa es una muchacha fuerte, en cuanto se despierte querrá saltar de la cama —dijo Soledad, una mujer que rondaba los sesenta años y que había sido lo más parecido a una madre que había conocido Alysa cuando sus padres murieron—. Soy Soledad, Alysa siempre dice que soy como su segunda madre y si estuviera despierta estoy segura que ella misma te lo diría —la mujer sonrió con melancolía y añadió mirando a Alysa con adoración—: Ella es tan bella por dentro como lo es por fuera, no la lastimes.

—Lastimar a Alysa es lo que menos desearía en este mundo —confesó Alberto.

Soledad le dedicó una sonrisa y se marchó igual que llegó, sin hacer ruido.

Alberto pasó toda la noche junto a Alysa pero a primera hora de la mañana el maestro Lee, Dave, Diego y Marcos le obligaron a retirarse a su habitación para que descansara. A Alberto no le quedó más remedio que obedecer, se retiró a su habitación y trató de dormir, pero pasadas un par de horas se cansó de dar vueltas en la cama, se dio una ducha rápida y bajó de nuevo a la sala médica donde Alysa se encontraba. En cuanto Diego le vio aparecer, se acercó a él y le dijo:

—Hijo, necesitas descansar.

—Estoy bien —le respondió Alberto—. ¿Cómo está Alysa? ¿Se ha despertado?

—Aún no se ha despertado, el maestro Lee está con ella —le respondió Dave.

El maestro Lee apareció como siempre sin hacer ruido y les anunció:

—Alysa se acaba de despertar. Dave, ve con ella —Alberto trató de seguir a Dave pero el maestro Lee le detuvo y le dijo—: – Mientras Dave se encarga de examinar a Alysa tú comerás algo y después podrás verla y estar con ella.

— ¿Está bien? —Preguntó Alberto preocupado.

—Todo lo bien que se puede estar después de haber recibido un disparo —le respondió el maestro Lee siendo realista—. Es muy testaruda y ya quería levantarse de la cama, así que imagínate.

—Me recuerda a alguien —comentó Diego refiriéndose a su hijo.

El maestro Lee sonrió, Diego tenía razón y esos dos se parecían mucho. Se dirigieron a la cocina y Soledad le preparó a Alberto un café bien cargado y unas tostadas con mantequilla y mermelada que Alberto devoró como si llevara días sin comer.

Media hora más tarde, cuando Alberto ya había calmado a su estómago, Dave irrumpió en la cocina hecho una furia y les dijo:

— ¡No la soporto más! Si me quedo un minuto más con ella, la mato, ¡no escucha nada de lo que le digo y pretende levantarse como si no hubiera pasado nada! —Se volvió hacia Alberto y le dijo—: A ver si tú eres capaz de tranquilizar a esa fiera.

Alberto asintió con la cabeza y se dirigió en busca de Alysa. Abrió la puerta de la sala médica y su mirada se cruzó con la de ella. Alberto sonrió al verla con el ceño fruncido y poniendo morritos como una niña pequeña, por fin se había despertado.

—Buenos días, bella durmiente —la saludó Alberto sin poder dejar de sonreír—. Tienes muy buen aspecto, por lo que he oído esperaba encontrarme a una fiera.

—No creas todo lo que oigas, la gente tiende a exagerar —le respondió Alysa devolviéndole la sonrisa y, al ver sus ojeras y sus ojos cansados, le preguntó preocupada—: ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —le respondió Alberto divertido—. Se supone que soy yo quién debería estar preocupado por ti.

—Espero que tú no me vayas también a dar un sermón —le dijo Alysa—. El maestro Lee me ha dicho que no has descansado nada desde que llegaste, yo he estado durmiendo desde que llegué.

—A ti te han disparado, yo simplemente estaba demasiado preocupado para dormir —se defendió Alberto sonriendo divertido—. Te propongo un trato, tú me prometes que no te vas a mover de la cama y yo prometo hacerte compañía y trataré de descansar lo que pueda en ese sofá —añadió señalando el pequeño sofá donde había pasado la noche junto a ella.

—En ese sofá no serás capaz de dormir ni aunque te seden —bromeó Alysa—. Y no quiero quedarme aquí, quiero estar en mi habitación.

—De acuerdo, a ver cómo me las apaño para convencerlos —le respondió Alberto.

El maestro Lee y Diego entraron en la sala para visitar a Alysa y Alberto aprovechó para exponer lo que ambos habían decidido. Al maestro Lee le pareció una muy buena idea y mandó instalar un sofá-cama en la habitación de Alysa para que Alberto pudiera descansar. A Diego no le pareció tan buena idea, pues sospechaba que aquellos dos descansarían poco si se les dejaba a solas en una habitación, pero decidió mantenerse al margen y callarse su opinión.

Tú eres mi destino 12.

Alberto conducía a más de 150 km por hora, deseando llegar al maldito aeropuerto privado de Sunville para comprobar con sus propios ojos que su padre y Alysa estaban en perfecto estado y sin un solo rasguño. Su padre le había dicho por teléfono que ambos estaban bien, pero su tono de voz no le había tranquilizado en absoluto.

Diego vio llegar un coche y, cuando vio que le hacían luces, le dijo a Alysa:

—Ya están aquí, Alysa.

—El avión del maestro Lee no tardará en llegar —comentó Alysa haciendo un tremendo esfuerzo por mantenerse en pie.

Diego la ayudó a sostenerse y cuando Alberto bajó del coche de alquiler y llegó hasta a ellos corriendo, se detuvo con el gesto de horror frente a ambos.

—Alysa, ¿qué te ocurre? —Le preguntó con la voz rota mientras la abrazaba y la estrechaba entre sus brazos.

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero en ese mismo momento Alberto notó la humedad que emanaba del brazo de Alysa al abrazarla y se percató de tenía el jersey completamente empapado en sangre.

— ¿Pero qué cojones te ha pasado? —Preguntó Alberto con el rostro descompuesto y fulminó a su padre con la mirada—. ¿Pensabas decírmelo cuando se desangrara?

Diego agachó la cabeza y calló, se sentía responsable de lo que le había ocurrido a Alysa y no le había dicho nada a su hijo porque ella así se lo había pedido.

Marcos y los dos guardas de seguridad que habían viajado en el coche con Alberto llegaron hasta donde ellos estaban y Marcos, al ver que tan solo estaban Alysa y Diego, les preguntó:

— ¿Dónde están los cuatro guardas de seguridad que se quedaron con vosotros en casa?

—Los sicarios de Ronald les han matado, a todos —se lamentó Diego.

Todos guardaron silencio, estaban demasiado consternados para hablar. Alysa ya no tenía fuerzas para sostenerse y las piernas le empezaban a temblar, pero Alberto se dio cuenta y la cogió en brazos.

El avión del maestro Lee aterrizó y Alysa se alegró al ver aparecer a Dave, otro hijo adoptivo del maestro Lee al que quería como a un hermano y que además era médico, así que no moriría desangrada antes de llegar a la isla del maestro Lee.

— ¡Alysa! —Gritó Dave preocupado mientras se acercaba corriendo para llegar a su lado—. ¡Joder, debiste dejarme ir contigo!

Dave cogió a Alysa arrebatándosela a Alberto de los brazos y se encaminó hacia el avión tras hacerles un gesto con la cabeza a los cinco desconocidos que tenía delante para que subieran al avión con él. Subieron al avión y mientras Dave colocaba a Alysa sobre la cama del pequeño camarote, le dijo al piloto que despegara ya. Se volvió hacia los cinco hombres que le observaban en silencio y les dijo:

—Soy Dave y soy médico. Sentaos y abrochaos los cinturones mientras despegamos —miró a Alberto que parecía desafiarle con la mirada y le dijo—: Voy a tratar de parar la hemorragia de Alysa, ha perdido mucha sangre y nos quedan por delante tres horas de vuelo. Necesitaré a alguien que me eche una mano, ven conmigo al camarote.

Alberto le siguió sin abrir la boca, lo único que quería era estar con Alysa y asegurarse que se pondría bien, le daba igual quién fuera aquel tipo y la relación que tuviera con Alysa, en ese momento no le importaba.

Dave esperó a que el avión despegara y el piloto les indicara que ya podían levantarse si querían antes de quitarle el jersey a Alysa y observar detenidamente la herida que Alysa tenía en el hombro.

—La bala entró y salió, pero apenas he podido detener la hemorragia —le dijo Alysa a Dave con un hilo de voz.

— ¿Cuánto tiempo hace que te dispararon? —Quiso saber Dave.

—Un par de horas, más o menos —respondió Alysa.

—Lo bueno es que no tenemos que extraer la bala, lo malo es que has perdido mucha sangre y necesitas una transfusión —le dijo Dave. Puso su mano sobre la frente de Alysa y añadió—: Estás ardiendo —cogió un termómetro y se lo dio a Alberto mientras le dijo—: – Ponle el termómetro, si tiene más de 39ºC tenemos un problema.

Alberto palideció pero obedeció las órdenes de Dave sin rechistar. Alysa se percató de la preocupación de Alberto y quiso tratar de tranquilizarle, aunque sin demasiado éxito:

—No te preocupes, voy a estar bien.

—Eso mismo me dijisteis hace dos horas y mira dónde estamos —le respondió Alberto molesto.

—No te enfades, no queríamos preocuparte —se defendió Alysa.

—Ya hablaremos de eso cuando pueda enfadarme contigo —le contestó Alberto forzando una pequeña sonrisa—. Tenemos pendiente más de una conversación.

Dave sonrió y le dijo a Alysa bromeando:

—Debes de encontrarte realmente mal para no decir la última palabra.

—No lo suficiente mal para mandarte a paseo, Dave —le replicó Alysa.

Dave limpió y cosió la herida del hombro de Alysa bajo la atenta mirada de Alberto, que parecía estar pasándolo peor que la propia Alysa. Cuando Dave terminó de curar la herida, le hizo un vendaje que le cubrió el hombro y parte del brazo y les dijo a Alysa y Alberto antes de salir del camarote:

—En cuanto lleguemos haremos la transfusión de sangre, mientras tanto que esté tumbada. Estaré en la cabina con el piloto, avisadme si me necesitáis.

Alberto agradeció en silencio que Dave les dejara a solas y, aunque no estaba seguro de qué clase de relación mantenían, también se alegraba de que no se hubieran besado, aquella era una buena señal. Alysa solo llevaba puesto un sujetador de cintura para arriba, así que Alberto se quitó su jersey y se lo puso para que tratara de entrar en calor. Estaba agotada y apenas podía mantener los párpados abiertos, pero se sentía tranquila y segura sabiendo que Alberto estaba a su lado.

Cuando llegaron a la isla del maestro Lee, Alysa se había quedado inconsciente y Dave se apresuró en realizarle una transfusión de sangre, administrarle antibióticos para evitar la infección y antitérmicos para bajar la fiebre. Mientras tanto, el maestro Lee recibió a sus invitados y les asignó una habitación a cada uno para que se instalaran.

Alberto quería saber todo lo que había pasado y le pidió explicaciones a su padre:

— ¿Qué pasó, papá?

—Alysa empezó a sospechar en cuanto salisteis de la villa y ordenó a dos guardas que se quedaran en la sala de las cámaras de vigilancia y a los otros dos que custodiaran la entrada de la casa —empezó a explicar Diego mientras Alberto, el maestro Lee, Marcos y los dos guardas de seguridad le escuchaban—. Los chicos desobedecieron las órdenes de Alysa y se encontraban en la puerta de casa fumando cuando diez sicarios de Ronald se les echaron encima sin apenas tiempo para reaccionar. El único que pudo huir y alertarnos fue Carlos, que irrumpió en el salón donde Alysa y yo nos encontrábamos. Detrás de él aparecieron siete sicarios y Alysa nos ordenó que fuéramos al sótano y escapáramos por el túnel mientras ella nos cubría, pero yo me negué a entrar en el túnel sin ella. Uno de los sicarios nos encontró y mató a Carlos, yo pude escapar y me dirigí a la cocina, donde me encontré con Alysa. El sicario me perseguía y disparó, pero Alysa me apartó e hizo de escudo, recibiendo el disparo. Nos resguardamos detrás de la encimera de la cocina, Alysa distrajo al tipo y aprovechó el momento para eliminarlo. Con los diez sicarios de Ronald muertos, recogimos lo más importante, nos montamos en el coche y nos dirigimos al aeropuerto de Sunville, el resto ya la sabéis.

—Pusiste la vida de Alysa en peligro por desobedecerla, tenéis suerte de estar con vida —le regañó el maestro Lee a Diego—. No debiste subestimarla y te lo digo yo porque ella te aprecia demasiado como para hacerte sentir culpable. No me malinterpretéis, me alegra mucho que todos estéis aquí sanos y a salvo.

—Maestro Lee, le agradecemos sinceramente que nos haya acogido en su casa —le agradeció Alberto en nombre de todos—. Alysa instaló un sistema de seguridad en la villa y, si me deja un ordenador, podremos ver las imágenes de la cámara de vigilancia.

—Acompáñame a mi despacho, allí encontrarás todo lo que necesites —le respondió amablemente el maestro Lee mientras se levantaba del sillón. Se volvió hacia uno de sus discípulos y añadió—: Avísame en cuanto Dave traiga noticias de Alysa.

El maestro Lee se encaminó hacia su despacho y Alberto le siguió. Una vez en el despacho, Alberto conectó el ordenador al sistema de seguridad de la villa y vio con el maestro Lee todo lo que había ocurrido, incluso el momento en el que Alysa recibía el disparo que iba dirigido a Diego. Alberto maldecía entre dientes al ver aquellas imágenes mientras el maestro Lee observaba discretamente su reacción sin que nada se le pasara por alto.

Tú eres mi destino 11.

Tras cubrir a Diego y Carlos, Alysa accedió a las cámaras de vigilancia de la villa desde su móvil y buscó las imágenes de la llegada de los sicarios. En uno de los vídeos les vio bajar de los dos coches y pudo confirmar que eran diez, pero tres de ellos habían sido derrotados por tres de los cuatro guardas de seguridad que les protegían y que también habían perdido la vida cumpliendo con su trabajo. No le quedaba mucho tiempo antes de que la acorralasen y accedieran al sótano y no estaba segura de que finalmente Diego y Carlos hubieran entrado en el túnel para salir de la villa o si se habían quedado esperándola. Por eso le gustaba trabajar sola, porque no tenía que preocuparse de nada más que de ella misma y podía concentrarse en la situación. Alysa hizo un esfuerzo y trató de concentrarse y analizar la situación. A través del móvil observó las imágenes de las cámaras de vigilancia y pudo localizar dónde estaba exactamente cada uno de los cinco sicarios. Dos estaban en la planta superior y tres en la planta baja, uno de ellos a punto de entrar en el pasillo donde ella se encontraba. Alysa no tenía más que el cargador con el que ya había disparado dos de las seis balas, por lo que tan solo le quedaban cuatro balas y había cinco hombres a los que matar. Decidió intentar no malgastarlas si no era estrictamente necesario y se ocultó detrás de la puerta del sótano. Cuando el sicario pasó por delante de ella, Alysa le cogió del cuello y se lo partió con un solo movimiento y sin apenas hacer ruido.

Ya solo le quedaban cuatro.

Despacio y con prudencia, Alysa regresó al salón donde estaba otro de los sicarios, al que pilló desprevenido por la espalda y actuó de la misma forma que con el primero, le rompió el cuello silenciosamente.

Alysa continuó caminando en dirección a la cocina, donde se topó con el tercer sicario. A este no pudo cogerlo desprevenido y tuvo que disparar su pistola, avisando a los otros dos sicarios dónde se encontraba. El disparo fue certero, pero cuando miró de nuevo su móvil se percató de que las cámaras de seguridad no funcionaban y acababa de perder su ventaja.

—Solo quedan dos —se dijo Alysa.

La última vez que vio las imágenes de la cámara de seguridad los dos tipos estaban en la planta superior, pero tras oír el disparo probablemente habrían bajado de inmediato para comprobar qué estaba pasando.

Entonces, cuando menos se lo esperaba, Diego entró en la cocina seguido por uno de los sicarios que le apuntaba con un revolver que disparó. Alysa corrió hacia Diego y le empujó, evitando que él recibiera el disparo pero sin poder evitar que la bala impactara en su hombro.

—¡Joder! —Exclamó Alysa presionando la herida de su hombro con la mano para tratar de detener la hemorragia pero sin demasiado éxito—. ¿Dónde está Carlos? —A Alysa no le hizo falta que Diego le contestara, supo que Carlos estaba muerto al ver su expresión—. Eran diez y ocho están muertos, uno está al otro lado de la cocina, ¿sabes dónde está el otro?

—Muerto, Carlos le mató —contestó Diego con un hilo de voz.

Alysa cogió con la mano derecha su pistola y le ordenó a Diego:

—Quédate detrás de la encimera, ¿podrás hacerlo?

Diego asintió con la cabeza, Alysa estaba furiosa y por nada en el mundo quería que se enfadara más, mucho menos cuando era su única aliada en aquella casa y después de que acabara de salvarle la vida.

Alysa cogió una manzana y la tiró contra el cristal de una de las ventanas de la cocina para distraer al sicario, momento en el que aprovechó para salir de detrás de la encimera y disparó contra el último sicario que Ronald Red les había enviado. La puntería de Alysa era perfecta y el último sicario recibió una bala entre ceja y ceja que acabó con su vida.

—¿Estás bien? —Le preguntó Diego horrorizado.

—He tenido días mejores —le contestó Alysa furiosa—. Tenemos que salir de aquí, Ronald estará esperando noticias de sus sicarios y cuando no las reciba enviará a más de sus hombres en nuestra busca. Tenemos que coger solo lo imprescindible. Llama a Alberto y Marcos, la emergencia en el laboratorio solo era una distracción para que Ronald tuviera más posibilidades de acabar contigo, yo recogeré toda la documentación del proyecto Alpha.

Diego no puso ninguna objeción e hizo lo que Alysa le pidió. Mientras tanto, ella metió todos los papeles, informes y las cintas de vídeo en un maletín y regresó a la cocina donde se quitó el jersey, se limpió la herida y se vendó el hombro con fuerza para ralentizar la hemorragia. Diego entró en la cocina justo cuando Alysa terminaba de ponerse un jersey limpio de color negro para que la sangre no fuera demasiado visible.

Sin decir nada, le hizo un gesto a Diego y ambos se encaminaron hacia al garaje. Alysa se dirigió hacia la puerta del conductor de su coche y Diego le preguntó:

—¿Estás segura de que puedes conducir?

—Súbete al coche —le contestó Alysa de mal humor y sin pararse a mirarle.

Diego volvió a obedecer, no era el momento de hacer ninguna réplica.

—He llamado a mi hijo y le he puesto al corriente de la situación, le he dicho que volvería a llamarle cuando supiera qué íbamos a hacer —le dijo Diego.

—Diles que se deshagan de su coche y cojan uno de alquiler, Ronald querrá localizarlos. Diles que se dirijan al aeropuerto privado de Sunville, nos reuniremos allí.

Diego sacó su teléfono móvil, llamó a Alberto con el manos libres y le dio las indicaciones que Alysa le había dado. Alberto preguntó mil veces si ambos estaban bien y Alysa asintió para que Diego mintiera a su hijo y le dijera que ambos estaban bien, aunque Alysa estaba empezando a sudar y no había conseguido detener la hemorragia.

En cuanto Diego colgó, Alysa sacó su móvil y llamó al maestro Lee:

—Maestro Lee, tenemos un pequeño problema.

—¿Dónde estáis? —Preguntó el maestro Lee preocupado.

—De camino al aeropuerto de Sunville, ¿puedes enviarnos un avión a recogernos? —Le dijo Alysa.

—En un par de horas estará allí —le confirmó el maestro Lee—. ¿Estáis todos bien?

—Me han disparado en el hombro, pero de momento estoy bien. Te llamaré cuando lleguemos a Sunville —le dijo Alysa antes de colgar.

Durante la hora y cuarto que duró el camino hasta llegar al aeropuerto de Sunville, Diego y Alysa permanecieron en silencio. Alysa aparcó en una de las plazas de parquin que tenía reservada y, antes de salir del coche, se cambió el vendaje del hombro y Diego, al ver la herida y tanta sangre se mareó.

—Será mejor que esperes fuera, ahora salgo le aconsejó Alysa.

Diego salió del coche porque necesitaba que le diera el aire y aprovechó ese momento para llamar de nuevo a su hijo para averiguar por dónde iban y cuánto tardarían en llegar.

Alysa salió del coche cinco minutos después y estaba pálida como la leche. Diego estaba asustado, Alysa no estaba bien y la muy testaruda se había empeñado en conducir todo el camino, parecía estar agotada y de hecho lo estaba. Por suerte para Diego, Alberto le había confirmado que llegarían en escasos quince minutos y eso le tranquilizaba un poco.

Tú eres mi destino 10.

Alberto y Alysa hicieron el amor apasionadamente y minutos después Alysa se quedó dormida entre los brazos de Alberto. Alberto la observó mientras ella dormía y se sintió feliz teniéndola en su cama y entre sus brazos. Se había enamorado de Alysa y no podía remediarlo.

A las seis de la mañana, Alysa se despertó y, pese a estar feliz por la noche que había pasado con Alberto y de la que no se arrepentía, sintió miedo a que él se despertase y no recordara nada o, lo que es peor, que lo recordara todo y se arrepintiese. Por el momento no quería enfrentarse a aquella realidad, así que se incorporó en la cama y trató de levantarse sin hacer ruido para no despertarle.

—Quédate durmiendo un rato más, es muy temprano todavía —le dijo Alberto al darse cuenta de lo que Alysa se proponía. Se sentó en la cama detrás de Alysa y la abrazó para después susurrarle al oído—: No te vayas, quédate conmigo.

Alysa no pudo seguir manteniendo sus murallas arriba y se derritió con las caricias que Alberto le estaba dando. En cuanto Alberto notó que Alysa se relajaba, la atrajo hacia a él y volvieron a tumbarse en la cama. No quería asustarla ni tampoco que creyera que únicamente la quería en su cama por el sexo, así que se limitó a abrazarla y a acariciarle los brazos y los hombros hasta que ella se quedó dormida de nuevo. Alysa volvió a despertarse a las diez de la mañana y nada más abrir los ojos se encontró con la amplia sonrisa de Alberto que seguía estrechándola entre sus brazos.

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en la frente y le preguntó—: ¿Has dormido bien?

—Eh… Sí, he dormido bien.

—Alysa, lo que quiero preguntarte es si…

—Será mejor que lo dejemos así —. Le interrumpió Alysa que no quería mantener aquella conversación en aquel momento.

—De eso nada —sentenció Alberto sujetándola del brazo—. No podemos dejar esto así, Alysa. Lo que ocurrió anoche pasó y yo no me arrepiento en absoluto.

—Ni yo tampoco, pero no estoy aquí para esto —le replicó Alysa—. Es mejor que no vuelva a ocurrir y que nos centremos en lo que de verdad importa.

—Está bien, si no quieres hablar de ello ahora, hablaremos más adelante —le dijo Alberto sin querer presionarla, quizás Alysa solo necesitaba algo de tiempo.

Alysa regresó a su habitación, sin que nadie la viese salir de la habitación de Alberto, y se dio un baño de espuma mientras su cabeza no dejaba de darle vueltas a la noche anterior. Por primera vez en quince años había dormido sin tener pesadillas y daba la casualidad de que había dormido entre los brazos de Alberto. Entre sus brazos se había sentido segura, confiaba plenamente en él y durante la cena de la fiesta de Ronald se había dado cuenta de que se había enamorado de él. Se suponía que había regresado para llevar a cabo una venganza y no para enamorarse del hijo del amigo y compañero de proyecto de su padre.

Cuando Alysa bajó a la cocina a desayunar se encontró con los tres hombres con las caras largas.

— ¿Ocurre algo? —Se aventuró a preguntar Alysa temiéndose que Diego hubiera descubierto dónde había dormido hasta hacía una hora escasa.

—Ha surgido un inconveniente en uno de nuestros laboratorios del sur y alguno de nosotros debe ir a resolverlo, no nos ponemos de acuerdo en quién debe ir —le contestó Diego de malhumor—. Si van Alberto y Marcos lo solucionarán antes y podrán estar de vuelta antes de que anochezca, pero el cabezón de mi hijo se niega a salir de la villa si no vamos con él.

—Eso es una tontería, estaremos más seguros en la villa que de viaje en un coche —le respondió Alysa evitando mirar a Alberto—. Podéis ir con un par de hombres y Diego y yo nos quedaremos en la villa con los cuatro hombres de seguridad restantes. El nuevo sistema de seguridad está instalado y en el caso de vernos acorralados podemos escapar por el túnel secreto, que para eso lo hemos construido.

—Estaremos de vuelta antes de que anochezca —dijo Alberto de mala gana. Se volvió hacia a Alysa y añadió—: No salgáis de la villa y, si ocurre lo más mínimo, me llamas y me avisas, ¿de acuerdo?

Alysa asintió con la cabeza y miró hacia otro lado, tratando de evitar el contacto directo con la mirada de Alberto. Tanto Diego como Marcos se percataron de que entre aquellos dos pasaba algo, pero ninguno de los dos se atrevió a abrir la boca dadas las circunstancias.

Diez minutos más tarde, Alberto y Marcos salían de la villa con dos de los hombres de seguridad y Alysa se quedaba a solas con Diego y los cuatro hombres de seguridad restantes. A Alysa no le había gustado aquella repentina emergencia en el laboratorio más alejado de los Morales, por lo que ordenó a dos de los hombres que se encargaran de las cámaras de vigilancia y a los otros dos que vigilaran los alrededores de la casa.

Diego se dio cuenta de que Alysa estaba más seria y distante de lo normal y se sentó con ella en el salón mientras seguía revisando los documentos del proyecto Alpha.

— ¿Va todo bien, Alysa? —Le preguntó Diego—. Esta mañana mi hijo y tú os habéis comportado de un modo extraño, ¿habéis discutido?

—No hemos discutido —fue la respuesta de Alysa.

—Mi hijo es muy cabezón y en ocasiones demasiado intenso, pero es un buen chico y me consta que te ha cogido cariño —continuó Diego.

—Yo no he dicho lo contrario, Diego —le respondió Alysa mirando a Diego a los ojos—. ¿Hay algo que deba saber y que no me hayas dicho?

—Nada que tú no sepas, me temo —le respondió Diego con una sonrisa cómplice.

—Oh, no.

—Dejaste la puerta de tu habitación abierta anoche, me asomé para ver si estabas bien pero la habitación estaba vacía —le confesó Diego—. No tengo intención de meterme en vuestra vida privada, pero no me gustaría que eso afectara negativamente a la relación que tenemos ahora. Te considero de mi familia Alysa y me gustaría que, pase lo que pase, sepas que aquí tienes una familia que siempre te recibirá con los brazos abiertos.

—Muchas gracias, Diego —le agradeció Alysa con ternura—. Me alegro de haberte conocido y me alegro de tenerte como aliado, pero sobre todo me alegro de que me consideres parte de tu familia.

—Jefe, tenemos un problema —dijo uno de los cuatro hombres de seguridad que acababa de irrumpir en el salón con gesto fatigado—. Se dirigen hacia aquí dos coches de los sicarios de Ronald Red, como mucho pueden ser una docena de hombres, pero nosotros solo somos seis.

—Llévate a Diego al túnel secreto con uno de tus compañeros —le ordenó Alysa poniéndose en pie dando un salto del sofá—. Salid de la villa e id directamente al laboratorio, no os buscarán en un sitio tan evidente.

—No pienso salir de esta villa y mucho menos sin ti —le replicó Diego molesto.

No dio tiempo a nada más, siete hombres irrumpieron en el salón armados hasta los dientes, los sicarios de Ronald Red. Alysa, que desde que Alberto y Marcos habían tenido que marcharse tan repentinamente se había guardado su pistola en la cintura, sacó su arma y, sin pensarlo dos veces, disparó a matar a dos de los sicarios y acertó.

—Saca a Diego de aquí, yo os cubro —le ordenó Alysa al guarda de seguridad.

Carlos, el guarda de seguridad, intentó llevarse de allí a Diego tal y cómo Alysa le había ordenado, pero le fue imposible debido a la insistencia de Diego en quedarse.

Alysa se había cargado a dos de los sicarios, pero todavía le quedaban cinco y puede que otros tres más les esperaran en cualquier parte. No podía arriesgarse a dejar a Diego en manos de Carlos, no estaba preparado para una situación como aquella y Diego tampoco colaboraba demasiado.

Alysa cubrió a Diego y Carlos hasta la puerta que daba acceso al sótano, desde dónde se accedía al túnel secreto. Se volvió un instante hacia Diego y Carlos y les ordenó sin opción a réplicas:

—Entrad en el puto túnel ya.

Esta vez, ambos acataron su orden y Alysa les cubrió mientras ellos bajaban por las escaleras del sótano cerrando la puerta tras ellos.

Tú eres mi destino 9.

El resto de los invitados llegó y, tras un breve discurso del anfitrión, todos empezaron a cenar. Alberto apenas le había dirigido la palabra a Alysa desde que se encontraron con Amaya, pero Alysa fingió no darse cuenta ya que ni siquiera sabía cómo se sentía. Alberto no era su prometido de verdad, pero solo pensar en él junto aquella arpía le hacía sentirse mal, demasiado mal. A Alysa se le escapó un pequeño suspiro cuando asimiló lo que le estaba pasando, se estaba enamorando de Alberto Morales, un tipo que al parecer no se comprometía con nadie, ni quería casarse ni formar una familia. Ella ni siquiera se había parado a pensar en casarse o en tener una familia hasta ese mismo momento y lo irónico de la situación es que solo lo había pensado imaginando que sería con Alberto.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Alberto al escuchar el segundo suspiro salir de la boca de Alysa. Aunque había sido imperceptible para todos los demás, no lo había sido para él.

— ¿Qué? —Preguntó Alysa distraída.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —Le repitió Alberto.

—Eh, sí. Creo que sí —murmuró Alysa.

— ¿Crees que sí? —Preguntó Alberto sin quedar satisfecho con la respuesta—. Vamos, saldremos al jardín para que te dé el aire.

Alysa no tenía voluntad para discutir, estaba demasiado preocupada y concentrada pensando en lo que acababa de descubrir, así que se levantó de su asiento, cogió la mano que Alberto le ofrecía y se dejó llevar hasta el jardín trasero de la casa de Ronald, donde pasearon en silencio hasta que Alberto volvió a preguntar:

— ¿Quieres contarme lo que te ocurre?

—No me pasa nada, estoy bien —insistió Alysa.

—Mientes fatal, cielo —bromeó Alberto—. Dime qué te preocupa, estamos juntos en esto, lo recuerdas, ¿verdad?

—Estoy bien, es solo que me he distraído un poco —le respondió Alysa sin decirle toda la verdad—. No sé si hemos hecho bien en venir aquí, no podemos encontrar nada con todos esos tipos de seguridad bloqueando todos los accesos a la planta superior.

—Llevamos dos meses y medio trabajando día y noche sin descanso, ¿qué te parece si esta noche nos la tomamos libre y disfrutamos de la fiesta? —Le propuso Alberto—. Ya sé que no es el mejor lugar ni la mejor situación, pero nos merecemos un descanso, ¿no crees?

Alberto la cogió en brazos y la llevó de vuelta al interior de la casa, donde dejó que los pies de Alysa tocaran el suelo pero sus brazos no se despegaron de su cintura. Los invitados habían abandonado el comedor y habían pasado al salón, donde bailaban al ritmo de la música. Sin que Alysa se lo esperara, Alberto la arrastró hasta llegar a la improvisada pista de baile, la agarró por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y empezó a moverse al ritmo de la música mientras le susurraba a Alysa en el oído:

—Necesitaré que me ayudes un poco, no soy un buen bailarín.

Alysa colocó sus manos alrededor del cuello de Alberto, le dedicó una tímida sonrisa y siguió el ritmo que Alberto le iba marcando al mismo tiempo que le dijo:

—Bailas muy bien.

Alysa bailó con Alberto un par de canciones, hasta que Diego apareció reclamando un baile con ella y ella aceptó. Mientras bailaba con Diego, Ronald se acercó hasta ellos y también reclamó un baile con Alysa que, bajo el asombro de los Morales, ella también aceptó.

—Es difícil hablar contigo sin que Alberto Morales esté pegado a ti —comentó Ronald mientras bailaban—. Debe estar muy enamorado.

—Supongo que por eso soy su prometida —le contestó Alysa con una sonrisa falsa en el rostro.

—Nunca le he caído demasiado bien a tu prometido, aunque te aseguro que no tiene ningún motivo para ello, espero que eso no afecte a tu valoración sobre mí.

—Tengo mis propias opiniones, señor Red —le desafió Alysa—. Aunque debo confesarle que una de las razones por la que estoy prometida con Alberto es porque prácticamente tenemos la misma opinión en casi todo, así que dudo que mi opinión diste mucho de la suya.

Alberto se acercó a ellos y, lo más educado que pudo, le dijo a Ronald:

—Si no te importa, me gustaría bailar con mi prometida.

—Adelante, cómo no —le respondió Ronald con una fingida sonrisa y se apartó de Alysa—. Te has buscado una mujer con carácter.

—No lo sabes tú bien, procura no enfadarla —murmuró Alberto. Se aferró de nuevo a la cintura de Alysa y le susurró—: No dejaré que ese idiota se te vuelva a acercar.

—Eso espero, porque ya tengo todo lo que quería de él.

— ¿A qué te refieres?

—Vamos a casa y te lo cuento allí mientras nos tomamos una copa, ¿te parece bien? —Le propuso Alysa.

—Me parece perfecto.

Se reunieron con Diego y Marcos y los cuatro regresaron a la villa de los Morales en la limusina que habían alquilado. Una vez entraron en el salón, Alberto le preguntó a Alysa delante de su padre y de su primo:

— ¿Puedes decirme ya qué es lo que tienes de Ronald Red?

Diego y Marcos miraron a Alysa, que sonreía con alegría mientras sacaba una pequeña tarjeta de su bolso de mano y les dijo al mismo tiempo que le entregaba la tarjeta a Alberto:

—Le he robado la tarjeta médica a Ronald, de aquí podemos sacar muchos datos interesantes.

— ¿Cómo se la has robado? —Preguntó Marcos sorprendido.

—Mientras bailaba con él —contestó Alysa encogiéndose de hombros—. En vuestro laboratorio tenéis que tener máquinas de esas que leen las tarjetas médicas, ¿no?

—Sí, pero esas máquinas envían un registro de búsqueda al gobierno —le advirtió Alberto sabiendo que aquello no funcionaría—. Leerlas desde nuestro laboratorio sería un suicidio.

—No si jaqueo el sistema de seguridad y de lectura de la máquina —matizó Alysa—. Podemos crear una especie de barrera-espejo para descargar todos los datos de la tarjeta médica de Ronald y la lectura no se enviaría al gobierno.

—No tengo ni idea de lo que estás hablando, pero si me aseguras que el gobierno no podrá saber que hemos leído la tarjeta médica de Ronald Red, tienes luz verde —le aseguró Diego satisfecho—. Mañana iremos al laboratorio y yo ahora me voy a dormir. Buenas noches.

—Yo también me voy a descansar, mañana nos vemos pareja —se despidió Marcos guiñándole un ojo con complicidad a Alberto.

— ¿Tú también vas a irte a dormir o vas a tener compasión y te vas a tomar una copa conmigo para hacerme compañía? —Le preguntó Alysa con una sonrisa que resultó ser más seductora de lo que pretendía.

—No hay otra cosa que me apetezca más que tomarme una copa contigo —le respondió Alberto totalmente hechizado por la sonrisa de Alysa.

Ya estaban lo bastante achispados por las copas que habían tomado en la fiesta de Ronald, pero eso no les detuvo para tomarse otra copa más. Bromeaban y reían mientras bebían alegremente y, cuando en la televisión pusieron el concierto de una famosa cantante de baladas, Alberto se levantó del sofá donde estaba sentado y le tendió la mano a Alysa para que bailara con él. Alysa aceptó aquella invitación y rodeó el cuello de Alberto con sus manos. Ambos empezaron a moverse al ritmo de la lenta melodía que sonaba y Alysa se dejó llevar, posó su cabeza sobre el hombro de él y cerró los ojos. Alberto se sentía feliz teniendo a Alysa entre sus brazos, tan frágil y vulnerable como parecía en ese momento no pudo controlar las ganas que tenía de besarla y lo hizo, la besó en los labios. Alysa le correspondió a aquel beso y se lo devolvió con pasión y urgencia mientras Alberto deslizaba sus manos por los muslos de ella, alzándola entre sus brazos al mismo tiempo que ella le rodeaba la cintura con sus piernas.

—No hay nada que desee más en este momento, pero tengo que preguntártelo —le dijo Alberto con la voz ronca de excitación—. ¿Estás segura de lo que vamos a hacer?

—Totalmente segura.

Alberto no volvió a preguntar, subió las escaleras llevando a Alysa entre sus brazos hasta su habitación, donde la tendió sobre la cama y empezó a besarla de nuevo.

Tú eres mi destino 8.

Alberto y Alysa fueron esa misma tarde de compras y se pasearon por las calles del centro de Termes como si de una verdadera pareja se tratara. Iban cogidos de la mano, charlaban, bromeaban y se reían mientras caminaban entre la muchedumbre y entraron en varias tiendas de ropa donde Alysa se probó decenas de vestidos mientras Alberto esperaba junto a la puerta del probador y disfrutaba viendo como Alysa entraba y salía del probador con un vestido distinto. Con cualquier otra mujer Alberto se habría desesperado, pero con Alysa todo era divertido, hasta ir de compras.

— ¿Qué vestido te ha gustado más? —Le preguntó Alysa cuando salió del probador tras haberse probado casi todos los vestidos de la tienda.

—No sabría qué decirte. El rojo es espectacular, pero no quiero pasarme la noche quitándote a los hombres de encima —le dijo Alberto divertido—. El negro es muy elegante, pero demasiado serio para mi gusto. Y el rosa, el rosa te sienta de maravilla, creo que es perfecto.

—Me quedo con el vestido rosa, entonces —sentenció Alysa.

Mientras Alysa volvía a entrar en el probador para ponerse su ropa y marcharse, Alberto le dio su tarjeta de crédito a la dependienta para que le cobrara el vestido. Cuando Alysa salió del probador, Alberto la esperaba con la bolsa que contenía su vestido nuevo. Nada más salir de la tienda se encaminaron hacia a donde tenían aparcado el coche y Alysa se agarró del brazo de Alberto mientras caminaban. Se subieron al coche y Alysa le dijo cuándo se aseguró que nadie podía oírles:

—Cuando lleguemos a casa te pago el vestido.

—De eso nada, ¿qué clase de hombre sería si dejo que mi prometida pague un vestido que va a llevar a una fiesta conmigo? —Bromeó Alberto—. Y eso me recuerda que no puedes ir por ahí sin un anillo de compromiso.

—El maestro Lee me regaló un anillo precioso cuando cumplí los dieciocho años —le dijo Alysa con voz melancólica—. Siempre lo llevo conmigo y creo que nos hará el apaño como anillo de compromiso.

—La verdad es que me apetecía tener un detalle contigo por la paciencia que has tenido y por lo fácil que nos haces la vida a todos pese a la situación en la que nos encontramos y te he comprado esto —le dijo Alberto colocando una pequeña caja de terciopelo entre sus manos—. Me comporté como un idiota cuando llegaste y ni siquiera me disculpé cómo te merecías.

—No tienes por qué hacerlo…

—Sé que lo has olvidado y me has perdonado, pero quiero hacerlo —la interrumpió Alberto—. Acéptalo por favor.

Alysa le dedicó una sonrisa y abrió la pequeña caja de terciopelo azul para descubrir un precioso anillo de oro blanco combinado con diamantes, rubíes y zafiros. Alysa se sorprendió, aquel anillo le debía de haber costado una fortuna y no podía aceptarlo como regalo.

—Es precioso Alberto, pero no puedo aceptarlo, es demasiado —le dijo Alysa.

—No puedes rechazar un regalo y mucho menos el anillo de compromiso de tu prometido —le dijo Alberto sonriendo ampliamente y añadió divertido—: Y, si te sigue pareciendo demasiado, siempre puedes invitarme a cenar o a tomar una copa.

—Cuando quieras, pero tendrás que encargarte tú de escoger el restaurante porque yo no conozco ninguno por la zona —le dijo Alysa sonriendo.

Mientras regresaban a casa, siguieron hablando sobre esa cena pero no llegaron a concretar ningún día. Los días fueron pasando y llegó el día de la fiesta de Ronald Red.

Alysa se puso su vestido nuevo de color rosa, atado al cuello y con un escote que le llegaba casi hasta el ombligo. Se dejó su larga y rubia melena suelta, formando perfectos tirabuzones sobre sus hombros y espalda y Alberto se quedó sin respiración al verla.

— ¡Joder, si no estuvieras prometida no te me escapabas! —Bromeó Marcos al verla.

—Estás preciosa, Alysa —la halagó Diego.

Al ver que Alberto la observaba con admiración pero no decía nada, Alysa se acercó a él, giró sobre sí misma y le preguntó:

— ¿Qué te parece el aspecto de tu prometida?

—Me parece que me voy a pasar la noche espantando a todos los hombres que se te acerquen esta noche, cariño —le respondió Alberto con la voz ronca.

Diego alquiló una limusina para que les llevara a los cuatro a casa de Ronald. Diego era el único que estaba preocupado por aquel evento, pues podían estar metiéndose en la boca del lobo. Sin embargo, Marcos parecía divertirse al ver a su primo y Alysa fingiendo estar prometidos, Alberto estaba encantado de poder fingir se el prometido de Alysa y Alysa solo pensaba en averiguar todo lo posible de Ronald Red porque quería vengarse de lo que le hicieron a sus padres.

Llegaron a la enorme mansión de Ronald Red apenas veinte minutos después de salir de la villa y los cuatro se bajaron de la limusina frente a la puerta principal, donde el anfitrión recibía a todos sus invitados.

Nada más bajar de la limusina, Alberto rodeó la cintura de Alysa con su brazo y le susurró al oído:

—Recuerda lo que me prometiste, no te separarás de mí.

—No imaginaba que fueras tan celoso y posesivo —bromeó Alysa y, al ver que Ronald Red les estaba mirando, le besó levemente en los labios y después le susurró al oído—: Cariño, yo siempre cumplo mis promesas.

Alberto fue consciente que Alysa solo le había besado porque Ronald les estaba mirando en ese preciso momento, pero aun así disfrutó de aquel beso. Diego y Marcos caminaban un par de metros por delante de ellos y ninguno vio el beso que Alysa le dio a Alberto, pero tampoco les hubiera importado que les hubieran visto. Alberto cogió a Alysa de la mano y la guió hasta la puerta de la casa de Ronald, donde el anfitrión les saludó, les agradeció que acudieran a su fiesta y les invitó a pasar.

Los cuatro cruzaron el umbral de la puerta y entraron en el hall, donde uno de los camareros del catering contratado por Ronald les hizo pasar al gran comedor, donde unas cincuenta personas ya estaban sentadas a la mesa en sus sitios designados.

Diego, Alberto y Marcos saludaban a todos los conocidos que se les acercaban y Alberto aprovechó la ocasión para presentar a Alysa como Sofía López, su prometida. Alysa se mantuvo en su papel y saludó educadamente a todas las personas que Alberto, Diego y Marcos le presentaban.

Justo cuando estaban a punto de sentarse, una chica de piel bronceada con una larga melena rizada y morena de ojos color miel se acercó a Alberto y, con tono de reproche, le dijo:

—No puedo creer que te hayas prometido, si no recuerdo mal, me dijiste que nunca te atarías a ninguna mujer.

Alysa escuchó perfectamente lo que aquella arpía acababa de decir, pero optó por fingir que no había escuchado nada porque no quería entrometerse en la vida privada de Alberto. Pero, para su sorpresa, Alberto la agarró por la cintura, la besó en los labios y le dijo a la arpía morena:

—Eso fue antes de conocer a Sofía.

La arpía morena les fulminó a ambos con la mirada, dio media vuelta y se marchó. Alysa se alegró de la respuesta que Alberto le había dado, pero se cuidó mucho de que se le notara.

—Se me olvidó mencionarte la posibilidad de encontrarnos con Amaya, mi ex le susurró Alberto al oído—. Puede que parezca inofensiva, pero es una verdadera bruja.

— ¿Eso significa que también debo preocuparme de ella? —Le preguntó Alysa con sarcasmo.

—No deberás preocuparte de nada en absoluto si permaneces a mi lado toda la noche —le respondió Alberto algo molesto.

Alysa decidió no volver a mencionar a bruja de larga y oscura melena rizada ya que a Alberto parecía no gustarle demasiado hablar de ella.

Se sentaron en su mesa, cada uno en el sitio que tenía su nombre grabado en la silla, y se tomaron una copa de vino mientras esperaban a que el resto de invitados llegara.

Tú eres mi destino 7.

Cuando Alysa salió de la ducha, Alberto la puso al corriente de lo que él había pensado respecto a su supuesto compromiso. Finalmente, decidieron que se habían conocido en un bar musical de Termes, donde Sofía se acababa de mudar. Se enamoraron y, seis meses después se habían comprometido, aunque aún no tenían fecha para la boda.

Alysa añadió toda la información posible sobre su nueva y temporal identidad en la base de datos del gobierno mientras Alberto la observaba fascinado. En dos meses había conocido a Alysa y descubierto muchas cosas interesantes de ella, pero tenía que reconocer que lo que más le gustaba de ella era ese lado oscuro que escondía bajo aquella sonrisa traviesa.

—Será mejor que nos demos prisa, deben estar pensando dónde demonios nos hemos metido —le recordó Alberto a Alysa, pues Ronald Red hacía casi una hora que esperaba que le presentase a su repentina prometida.

—Mójate el pelo —le aconsejó Alysa.

— ¿Para qué me voy a mojar el pelo? ¿Es que no te gusta cómo voy peinado?

—Si nos ven a los dos con el pelo mojado pensarán que nos hemos duchado juntos y nadie hará ninguna pregunta sobre por qué hemos tardado tanto —le explicó Alysa.

—Y crees que es mejor que piensen que hemos tardado porque nos estábamos dando un homenaje en la ducha —afirmó Alberto.

—Se supone que acabamos de prometernos, lo verá como algo normal —dijo Alysa encogiéndose de hombros—. Estamos hablando de sexo, no de matar a alguien.

—Será mejor que no hablemos de sexo, hace dos meses que no salgo de esta villa.

—Te recuerdo que estamos en las mismas condiciones —le replicó Alysa.

—Eso no es cierto —respondió Alberto—. La villa está llena de hombres y estoy seguro que ninguno de ellos rechazaría satisfacerte si así te lo propusieras. Por lo tanto, tu sequía es voluntaria, la mía es impuesta.

—Creía que las parejas tenían problemas con la falta de sexo después de casarse y no antes —se mofó Alysa sonriendo.

—Cariño, creo que nosotros somos la única pareja en el mundo que ha decidido no consumar hasta estar unidos en matrimonio —bromeó Alberto.

Entre bromas y risas, Alberto y Alysa bajaron al salón donde Diego y Marcos le esperaban junto a Ronald Red. Alberto se había mojado el pelo tal y como Alysa le había recomendado y tanto Diego como Marcos y Ronald se dieron cuenta de aquel detalle, pero fue Ronald el que habló y lo hizo patente:

—Ahora entiendo por qué han tardado tanto, ya casi me olvido de lo que supone estar enamorado y vivir en la misma casa.

—Es difícil resistirse a Sofía —le respondió Alberto—. Ronald, te presento a mi prometida, Sofía López.

—Encantado de conocerla, señorita López —la saludó Ronald. – Eres la princesa que necesitaba este castillo.

Alysa le estrechó la mano al mismo tiempo que forzaba una sonrisa en sus labios, pero oír aquella palabra pronunciada de aquella manera le trajo a su memoria la voz del tipo que disparó y mató a su amiga Eva cuando la confundió con ella. La llamó princesita y dijo que se reuniría con sus padres. No podía estar cien por cien segura de que Ronald Red fuera el mismo hombre que mató a Eva, pero su voz se parecía mucho y ella no creía en las casualidades.

—Por favor, llámame Sofía —saludó Alysa amablemente.

Alysa estaba agarrada al brazo de Alberto, quien notó la tensión de ella al saludar a Ronald y supo que a Alysa tampoco le gustaba aquel tipo.

—En realidad, solo he venido a haceros una visita fugaz para invitaros a la fiesta anual benéfica que organizo todos los años en mi casa —les invitó Ronald.

—Nosotros no sabemos si podremos acudir, estamos con los preparativos de la boda y queríamos hacer un pequeño viaje por la región… —empezó a decir Alberto hasta que Alysa le interrumpió.

—Cariño, podríamos retrasar el viaje un par de días e ir a la fiesta del señor Red—. Le propuso Alysa a Alberto dejándolo desconcertado.

— ¿Estás segura? —Le preguntó Alberto. Alysa asintió con la cabeza y Alberto añadió—: De acuerdo, asistiremos a tu fiesta Ronald.

—Perfecto, será dentro de dos semanas, concretamente dentro de dos sábados a las ocho de la tarde en mi casa —les dijo Ronald—. Os espero a todos, no me falléis.

Ronald Red se despidió y Diego le acompañó a la puerta haciendo del perfecto anfitrión. En cuanto Ronald salió por la puerta, Alberto le preguntó a Alysa:

— ¿Por qué quieres ir a esa estúpida fiesta? Eso tío te gusta tan poco como a mí y el dinero que recaudan en esas fiestas son para el gobierno, para que puedan continuar pagando todas las atrocidades que hacen. ¿Quieres colaborar con eso?

—No tengo ninguna manera de demostrarlo, pero estoy prácticamente segura de que Ronald Red estuvo en casa de mis padres el día que los mataron y que fue él quién mató a Eva creyendo que era yo —le dijo Alysa con la voz fría—. La mató y le gritó a alguien que había enviado a la princesita de los de la Vega junto a sus padres. No pude verle la cara, pero reconocería esa voz entre millones de voces.

— ¿Crees que él…? —Alberto no pudo acabar la pregunta.

—Creo que sí, pero quiero confirmarlo antes de hacer cualquier cosa, por eso creo que deberíamos ir a esa fiesta —le respondió Alysa—. Sé que no te apetece en absoluto, pero no puedo ir sin ti.

—Iremos a esa maldita fiesta si es lo que quieres —sentenció Alberto nada contento con la idea—. Pero no te separarás de mí, no me fío de ninguno de los asistentes a esa fiesta.

— ¿Qué está pasando aquí? —Preguntó Diego cuando regresó al salón y vio a su hijo con cara de pocos amigos—. ¿Va todo bien?

—Sí, solo le estaba diciendo a Alysa que iremos a la fiesta de Ronald pero no dejaré que se separe de mí más de un metro —repitió Alberto.

—Diego, creo que Ronald Red estaba en mi casa cuando mataron a mis padres y que fue él quien mató a Eva creyendo que era yo —le confesó Alysa.

—Alysa, estamos juntos en esto —le recordó Diego—. Si quieres ir a la fiesta de Ronald Red no me opondré, pero Alberto tiene razón, deberéis permanecer juntos en todo momento.

—Prometo que no me separaré de Alberto en ningún momento, solo quiero conocer su ambiente, su casa, sus amigos y el personal del servicio —les prometió Alysa—. Por cierto, necesito ir a Termes para comprar un vestido de etiqueta, aquí no tengo ninguno.

—Voy contigo, se supone que si estamos prometidos tenemos que dejarnos ver juntos en público y salir de compras por el centro de Termes hará que todos los vecinos nos vean y chismorreen sobre nosotros —sentenció Alberto—. Coge una chaqueta, nos vamos.

A Alysa le sorprendió el ofrecimiento de Alberto, sabía que detestaba ir de compras y se negó a acompañarla días después de su llegada, pero sonrió para sus adentros al pensar que podría pasar un rato con él fuera de aquella villa. Marcos estuvo encantado de acompañarla la anterior vez y desde ese día se hicieron buenos amigos. Alberto sentía un poco de celos de su primo por su relación con Alysa, pues ellos parecían conocerse y ser amigos de toda la vida mientras que su relación con ella era un poco tensa y siempre tenía que pensar dos veces lo que decía antes de hablar. Pero después de dos meses, había conseguido mantener una relación amistosa y agradable que no estaba dispuesto a que cambiara, así que se adelantó a acompañarla de compras antes de que ella se lo pidiera a Marcos.

Tú eres mi destino 6.

Alysa se pasó más de veinte minutos metida en la bañera llena de agua caliente y espuma. Era lo único que conseguía relajarla además del sexo, pero no podía acostarse con nadie en casa de Diego. Como si el subconsciente le enviara una señal, a Alysa se le pasó por la cabeza la imagen de Alberto estrechándola entre sus brazos y se sobresaltó.

—Uf, creo que necesito sexo con urgencia —pensó Alysa en voz alta.

Salió de la bañera, se secó con una toalla y se puso su pequeño albornoz que le cubría poco más que el trasero y los muslos. Sacó unos tejanos y un jersey del armario donde había colocado las escasas pertenencias que había traído en la bolsa de deporte que siempre llevaba en el coche y se vistió antes de secarse el pelo.

Alberto, tras recibir un sermón de su padre por ser tan poco agradable con Alysa, decidió ver el vídeo que ella le había entregado. Marcos y Diego también vieron el vídeo con Alberto, Diego por segunda vez. Ambos chicos se sorprendieron al ver aquellas imágenes, era un vídeo de ambas familias al completo que parecían llevarse muy bien. Alberto se reconoció con cinco años y también reconoció a aquel hermoso y delicado bebé que sonreía como si supiera que la estaban filmando. Después vio la grabación de Alejandro de la Vega donde le decía a su hija que si veía ese vídeo y él ya no estaba junto a ella solo confiara en el maestro Lee y en Diego Morales. Alberto entendió entonces por qué ella había ido en busca de su padre, era la única persona en la que podía confiar para averiguar la información que necesitaba y llevar a cabo su venganza. Él tenía quince años cuando perdió a su madre, pero Alysa tan solo tenía diez años cuando perdió a su padre y a su madre. Alberto no podía imaginar por lo que había pasado Alysa, pero compartía ese mismo deseo de venganza y en ese preciso instante decidió unirse a ella para llevar a cabo esa venganza que ambos tanto ansiaban.

Alberto se levantó del sofá, cogió la cinta de vídeo y se disponía a ir en busca de Alysa cuando su padre le detuvo y le preguntó:

— ¿Qué vas a hacer?

—Devolverle la cinta de vídeo a Alysa —le respondió Alberto y, al ver que su padre estaba preocupado por lo que él pudiera hacer o decir, añadió para tranquilizarle—: Lo arreglaré.

Alberto subió las escaleras y llamó a la puerta de la habitación de Alysa un par de veces sin obtener respuesta, así que abrió la puerta y alzó la voz para decir:

—Alysa, ¿puedo pasar? —Como Alysa no contestaba, Alberto entró en la habitación.

No veía a Alysa por ninguna parte, pero escuchaba el ruido procedente del baño, que dedujo que era de un secador, y golpeó la puerta suavemente con la mano. Alysa abrió la puerta al instante y se encontró con Alberto frente a ella y vio que traía la cinta de vídeo en la mano.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó Alysa preocupada al encontrarse a Alberto en su habitación.

—Soy un idiota, ¿podemos hablar? —Le preguntó Alberto—. Creo que te debo una disculpa.

—No me debes nada y no creo que seas idiota —le contestó Alysa sonriendo—. Si yo hubiese estado en tu lugar, probablemente hubiera actuado de la misma manera.

—Sé que no va a ser fácil, pero quiero que trabajemos juntos en esto —le dijo Alberto—. Si es que aún sigues interesada en tener aliados.

—Sigo interesada —le confirmó Alysa.

—Genial, ¿por dónde empezamos, entonces?

Alysa no podía creer lo que veía y escuchaba, Alberto había bajado la guardia y parecía que estaba dispuesto a trabajar con ella. Alysa se recogió el pelo en una cola alta y Alberto la observó detenidamente, atraído por aquella mujer como nunca le había atraído ninguna otra.

— ¿Qué te parece si empezamos por investigar a vuestro personal de seguridad? —Le propuso Alysa con una media sonrisa.

Alberto asintió con la cabeza y ambos se encaminaron hacia el salón en busca de Diego y Marcos para empezar con la investigación.

Alysa instaló un programa en los ordenadores de los tres hombres para que pudieran acceder a la base de datos del gobierno y recabar cualquier dato sobre la vida de sus guardas de seguridad.

Todos los hombres de Diego parecían estar limpios, sin antecedentes y sin ningún vestigio por el cual tenían que preocuparse. No obstante, Alysa les pidió que no bajaran la guardia y que continuaran investigando al resto del personal que trabajaba en la villa.

Mientras tanto, Alysa se ocupaba de instalar el nuevo sistema de seguridad de la casa y la villa y se puso en contacto con su amigo arquitecto para que conociera el lugar y pudiera diseñar los planos del túnel secreto que querían construir. Alberto también propuso entrenar un rato por las tardes y a Marcos y a Alysa les pareció una buena idea, así que por las tardes organizaban pequeños combates en los que también entrenaba el equipo de seguridad. Los hombres de Diego sabían que se estaba acercando algo gordo y que su jefe los estaba preparando para cuando llegara el momento, pero aún no les habían anunciado nada porque Alysa quería conocerlos personalmente para hacerles un perfil psicológico y verificar si realmente se podía o no confiar en ellos.

Alysa tenía claro que antes de empezar con la venganza tenían que tener la situación bajo control, pues no quería arriesgarse a que la misma historia se repitiera quince años después.

Los días fueron pasando y Alberto le demostró con hechos a Alysa que confiaba en ella ciegamente y que ella también podía confiar en él.

El arquitecto amigo de Alysa diseñó y construyó junto a sus hombres de confianza el túnel secreto para escapar de la villa si se veían acorralados.

También confirmaron que todo el personal de la villa de los Morales estaba limpio y no había indicios de que ninguno de ellos pudiera ser un agente infiltrado del gobierno, así que decidieron reunirles y pedirles absoluta discreción con lo que allí pasaba y que estuvieran pendientes de cualquier cosa que observaran fuera de lugar. El personal de seguridad fue advertido e informado de las posibles amenazas con las que se pudieran encontrar y todos estuvieron de acuerdo en permanecer al lado de los Morales pasara lo que pasara. Los hombres de Diego eran hombres leales.

Una tarde, dos meses después de la llegada de Alysa a la villa, mientras Marcos y Alysa entrenaban en el pequeño gimnasio que habían improvisado en el sótano, Diego recibió la visita de Ronald Red, uno de los tipos que había trabajado para el gobierno cuando Diego y Alejandro trabajaban en el proyecto Alpha. Alberto bajó al sótano en busca de Alysa y le dijo:

—Ronald Red está aquí y va a quedarse un par de días —miró a Alysa a los ojos y añadió—: Ronald trabajó para el gobierno y, aunque aparentemente siempre ha estado de nuestro lado, a mí nunca me ha acabado de convencer. Así que para justificar tu presencia le he dicho que eres mi prometida.

Marcos sonrió ante la ocurrencia de su primo, que días atrás le había confesado que se sentía muy atraído por Alysa y se las había apañado para beneficiarse con la visita de Ronald Red.

Alysa no dijo nada, no conocía de nada a ese Ronald Red pero si había trabajado para el gobierno no debía confiar en él. Se suponía que ella estaba muerta desde hacía quince años, así que le dijo a Alberto:

—Es difícil que me reconozcan si creen que estoy muerta, pero es mejor que me llaméis por otro nombre al menos hasta que ese tipo se haya marchado —hizo una pausa y añadió—: Si vamos a estar prometidos, tendremos que inventar una historia, cómo y dónde nos conocimos, y desde cuándo somos pareja, todo ese tipo de cosas. Hubiese sido más fácil hacerme pasar por una asistenta interna.

—Entonces no sería ni la mitad de divertido —se mofó Marcos.

—Así no ayudas —le reprochó Alberto a su primo.

—Ahora mismo no estáis ayudando ninguno de los dos —les regañó Alysa—. Marcos, avisa a todo el personal de la visita y de lo que nos proponemos. Alberto, tú te vienes conmigo, tenemos que hablar y ponernos de acuerdo en algunas cosas.

—Les digo que estáis prometidos pero, ¿cómo se supone que te llamas? —Le preguntó Marcos—. Está claro que no puedes presentarte como Alysa de la Vega.

—No sé, ¿os gusta Sofía López? —Les preguntó Alysa.

—Suena bien —confirmó Alberto.

Marcos se marchó en busca del personal de seguridad y Alberto y Alysa se dirigieron a la habitación de Alysa donde, mientras ella se duchaba, Alberto empezó a pensar en la historia de su supuesto romance con Sofía López.

No tenían mucho tiempo para prepararlo, así que decidieron hacerlo lo más sencillo posible, añadiendo alguna anécdota simple y sin entrar en detalles.

Tú eres mi destino 5.

Alysa se levantó a las cinco de la mañana, se puso unos leggins negros, una camiseta negra de tirantes y una sudadera con capucho también de color negro y salió de su habitación sin hacer ruido. Bajó a la cocina y se bebió un vaso de zumo de naranja antes de salir a correr por la villa de los Morales. Corrió por la villa durante casi dos horas y en todo ese tiempo tan solo se topó una vez con un guarda de seguridad, lo que le recordó que tenía que empezar a trabajar y dotar de un sistema de seguridad decente la villa de Diego.

Eran las siete de la mañana cuando regresó a la casa, entró en la cocina para beber agua y se encontró con los tres hombres que desayunaban alegremente e incluso bromeaban.

—Buenos días —la saludó Diego y acto seguido Marcos y Alberto—. Eres muy madrugadora y deportista, uno de mis hombres te vio corriendo a las seis de la mañana.

—No acostumbro a dormir mucho y me gusta salir a correr temprano por la mañana —le dijo Alysa encogiéndose de hombros—. He estado pensando en el sistema de seguridad que deberías instalar y creo que, además de cámaras térmicas con sensores de movimiento, deberías construir un búnker donde poder refugiarte en el caso de no poder salir de tu casa. Aunque lo suyo sería crear una salida secreta de emergencia, he visto que los límites de la villa al norte dan a una carretera secundaria, sería una buena vía de escape.

— ¿Tienes idea del tiempo y el dinero que supone hacer lo que dices? —Le preguntó Alberto con tono de mofa—. Es demasiado caro, no podemos permitírnoslo.

—El dinero no será problema, yo puedo pagarlo —le contestó Alysa con indiferencia—. El tiempo tampoco me preocupa, siempre se puede contratar más mano de obra para que las obras vayan más rápido y calculo que, una vez tengamos los planos, pueden acabarlo todo en menos de un mes —Alysa se volvió hacia a Diego y le dijo—: Tengo un buen amigo que es arquitecto y podrá diseñar los planos, tiene sus propios profesionales de confianza que harán la obra. Lo que me preocupan son tus hombres, Diego.

— ¿A qué te refieres? ¿Hay algún problema con ellos? —Le preguntó Alberto a la defensiva.

— ¿Hasta qué punto confiáis en ellos? ¿Os habéis detenido a investigar el pasado y la vida de esos hombres a los que confiáis vuestras vidas? —Les preguntó Alysa. Los tres hombres se miraron entre ellos y agacharon la cabeza, no se habían tomado la molestia de averiguar nada de ellos. Alysa no daba crédito a lo que acababa de descubrir, pero cogió aire y les dijo con calma—: Son vuestros hombres y vuestras vidas, debéis ser vosotros quienes decidáis quienes están capacitados para protegeros.

—Algunos de esos hombres trabajan para nosotros desde hace más de cinco años, ¿quieres que empecemos ahora a preguntar por su pasado? —Le dijo Alberto con sarcasmo.

—No he dicho que les preguntéis, he dicho que les investiguéis —le aclaró Alysa.

—No te ofendas pero, ¿qué sabes tú de todo esto? —Le preguntó Alberto—. Sé que el maestro Lee es una leyenda en todo el mundo, probablemente la única persona capaz de dominar todas las disciplinas de las artes marciales, y que ha estado entrenándote desde pequeña pero, además de saber defenderte con las artes marciales y de empuñar dos armas, ¿qué sabes sobre cómo hacer nuestra villa más segura?

—Puedo jaquear cualquier sistema informático de seguridad, puedo acceder a cualquier tipo de información confidencial del gobierno solo utilizando un ordenador y puedo hacer otras muchas cosas que a ti ni siquiera se te pasarían por la cabeza —le contestó Alysa desafiándole con la mirada—. Las artes marciales no solo se aprenden luchando, sino utilizando la cabeza. Tienes que conocer muy bien a tu enemigo para saber por dónde atacarle, pero sobretodo tienes que conocer a tus aliados porque son los que se pueden convertir en tus mayores enemigos.

— ¿Qué nos propones? —Le preguntó Diego—. ¿Cómo les investigamos?

— ¿Cuántos hombres tienes en la villa? —Quiso saber Alysa.

—Seis —contestó Diego—. Se dividen por parejas en tres turnos de ocho horas.

—Mientras dos trabajan, ¿qué hacen los otros cuatro? —Preguntó Alysa.

—No sé, viven en la casa de invitados —contestó Diego encogiéndose de hombros—. Pueden salir y entrar de la villa cuando quieran cuando están en su tiempo libre.

—Tenéis seis hombres y sois tres, coged dos de ellos cada uno e investigar sus relaciones familiares y sociales y a cualquier persona con la que hayan tenido contacto —les indicó Alysa—. Os daré acceso a la base de datos del gobierno para que podáis buscar la información que necesitéis y estoy dispuesta a echaros una mano si así lo queréis —Alysa miró a los ojos a Alberto y le dijo—: No pretendo llegar y poner patas arriba vuestras vidas, tan solo pretendo que estéis protegidos porque lo vais a necesitar si os metéis en esto.

—Ya estamos de mierda hasta el cuello, no tenemos nada que perder —sentenció Diego.

—No es que no me fíe de ella, simplemente quiero estar seguro de que sabe lo que hace —se defendió Alberto frente a su padre—. ¿Soy al único al que le importa que puedan matarnos?

—Alysa está intentando protegernos y tú tratas de boicotearla —le reprochó Marcos a su primo—. Nos pudo patear el culo en nuestra propia casa y, francamente, si el maestro Lee la ha entrenado durante años, yo prefiero no enfrentarme a ella.

—Alberto, creo que te estás pasando y… —Diego se interrumpió al notar la mano de Alysa cogiéndole del brazo.

—Tu hijo tiene razón, Diego —le dijo Alysa—. Soy una completa desconocida que aparece en su casa y pone patas arriba su rutina —Alysa miró a Alberto y le dijo—: Quiero que veas un vídeo y quizás entiendas por qué estoy haciendo esto.

—No hace falta, Alysa —le dijo Diego confiando ciegamente en ella.

—Sí hace falta, Diego —le replicó Alysa—. Si fuese él quien trajera a una completa desconocida a tu casa, ¿confiarías ciegamente en ella pese a no conocerla de nada y solo porque tu hijo te dijera que puedes fiarte de ella? Las palabras no valen nada, los hechos que puedan demostrarlo es lo que cuenta y yo no tengo tiempo para demostrárselo con hechos, llevo quince años de retraso —se volvió hacia a Alberto y le dijo—: Encontré otro vídeo que no te hemos enseñado ni a ti ni a Marcos, se trata de un vídeo que grabó mi padre para mí pocos días antes de que le mataran. Es un vídeo personal, por eso no os lo enseñé cuando revisamos la documentación. Iré a buscarlo para que lo veas cuando tengas un momento y, si una vez lo hayas visto sigues sin confiar en mí, me marcharé y no os molestaré más.

Alysa fue a su habitación para entregarle el vídeo a Alberto. Ese vídeo grabado por su padre era el único recuerdo que tenía de él, además de una foto familiar que siempre llevaba junto a ella.

Diego fulminó a su hijo con la mirada, no le gustaba que desconfiara tanto de su palabra y su juicio respecto a Alysa y estaba muy molesto. Alysa regresó un par de minutos más tarde y le entregó el vídeo a Alberto al mismo tiempo que les dijo a los tres:

—Voy a darme una ducha, bajaré en media hora.

Alysa dejó a solas a los tres miembros de la familia Morales, subió de nuevo las escaleras para dirigirse a su habitación y se dio un baño de espuma con la intención de relajarse durante al menos unos minutos.

Entendía perfectamente a Alberto, el hijo de Diego, pero no entendía porque insistía en ponerse en su contra si ella solo quería ayudar a que estuvieran más seguros en su propia casa. Al fin y al cabo, ella no les había obligado a unirse a ella en su venganza, más bien todo lo contrario.

Tú eres mi destino 4.

Diego y Alysa se reunieron a solas en el despacho. Alysa le enseñó los documentos y las tres cintas de vídeo y vio como los ojos de Diego se anegaban de lágrimas. Su padre tenía razón, podía confiar en Diego porque era un hombre bueno y humilde.

Durante más de cuatro horas permanecieron en el despacho revisando todos y cada uno de los documentos hasta que Diego le dijo:

—Alysa, lo que sabemos tan solo es la punta del iceberg, no sabemos quién está detrás de todo realmente ni hasta donde alcanzan sus hilos.

—Voy a seguir adelante con esto, Diego —le contestó Alysa—. Lo único que me ha mantenido viva estos últimos quince años ha sido saber que algún día me vengaría.

—Si estás decidida a hacerlo, te ayudaré —le dijo Diego—. Es hora de acabar lo que tu padre y yo empezamos hace quince años —unos golpes de alguien llamando a la puerta le silenció, cogió aire para serenarse y dijo mirando hacia a la puerta—: Adelante.

Los dos tipos con los que Alysa se había encontrado en el porche entraron en el despacho y el chico moreno de ojos verdes y mirada intensa le dijo a Diego:

—Papá, ¿qué está pasando aquí? Lleváis aquí metidos más de cuatro horas y tu amiga nos ha apuntado con sus dos pistolas, creo que al menos nos merecemos una explicación.

Diego miró a Alysa y le dijo:

—Necesitaremos ayuda y mi hijo y mi sobrino son las únicas personas en las que confiaría con los ojos cerrados, tendremos que informarles.

Alysa miró al hijo y al sobrino de Diego, lo meditó durante un segundo y le dijo a Diego:

—De acuerdo, pero lo haremos a mi manera.

—Bien, será mejor que empecemos cuanto antes. Chicos, tomad asiento —sentenció Diego y le dijo a Alysa—: Ellos son Alberto y Marcos, mi hijo y mi sobrino, respectivamente—. Alysa observó a aquellos dos chicos sin pronunciar palabra y Diego decidió hablar por ellas—: Chicos, ella es Alysa de la Vega, la hija de Alejandro y Thalía de la Vega.

Tanto Alberto como Marcos sabían perfectamente quién era Alysa de la Vega, pero ninguno esperaba verla sentada con Diego en su despacho porque creían que había muerto junto a sus padres.

—No puede ser —dijo Alberto mirando a Alysa con perplejidad—. Alysa de la Vega fue asesinada el mismo día que asesinaron a sus padres —miró a su padre y le dijo—: Todos los años vamos a visitar la tumba de los de la Vega, ¿cómo es posible que alguien que se supone que murió hace quince años ahora esté sentada en tu despacho? —Se volvió hacia Alysa y le preguntó—: Si eres quien dices ser, ¿qué has venido a hacer aquí?

—Si dejas que hable, a lo mejor despeja nuestras dudas —le dijo Marcos a su primo.

Alysa miró a Diego y él asintió con la cabeza haciéndole saber que podía confiar en aquellos dos, así que tomó aire y les dijo dejando a un lado los sentimientos como le había enseñado el maestro Lee:

—Los que mataron a mi familia confundieron a la hija de la asistenta conmigo. Hui a casa del maestro Lee y él me sacó del país.

— ¿Qué te trae aquí después de quince años? —Le preguntó Alberto con desconfianza.

Alysa se levantó del sillón, tomó aire para tratar de serenarse y le dijo a Diego:

—No debería haber venido, pero gracias por todo Diego.

—Alysa espera, por favor —le rogó Diego al mismo tiempo que dirigía una mirada reprobadora a su hijo—. Todos queremos lo mismo y juntos podemos conseguirlo, danos una oportunidad y podrás comprobarlo. ¿Qué me dices?

—No sé, Diego —le contestó Alysa—. Yo estoy acostumbrada a trabajar sola, a mi manera. No se puede trabajar con alguien en quien no se confía y no tengo tiempo como para ganarme la confianza de tu hijo.

—No puedes enfrentarte a ellos tú sola, aunque el maestro Lee te haya entrenado son demasiados para que una persona sola pueda acabar con ellos y cuentan con armas y tecnología de la que nosotros no disponemos —trató de convencerla Diego. Dirigió una mirada de advertencia a su hijo y a su sobrino y añadió—: Eres bienvenida en esta casa y en esta familia, deja que podamos demostrártelo.

—Te pido disculpas por la bienvenida que te he dado, vi que ibas armada y… —Se disculpó Marcos.

—Yo también siento haberte tirado al suelo y haberte apuntado con una pistola —se disculpó Alysa con Marcos. Se volvió hacia Alberto y le preguntó—: ¿Empezamos de nuevo o prefieres que me vaya?

—Empezamos de nuevo —le contestó Alberto con una media sonrisa—. Pero antes de seguir con lo que sea que estéis tramando, vamos a cenar un poco.

Todos estuvieron de acuerdo en cenar antes de continuar con la conversación sobre el proyecto Alpha. Diego le había contado a su hijo la verdad sobre el proyecto Alpha cuando mataron a su esposa, ya que Alberto tenía quince años por aquel entonces. Un año más tarde, los padres de Marcos murieron en un accidente de tráfico y Marcos se mudó con su tío Diego, ya que solo tenía dieciséis años y era menor de edad. Alberto siempre quiso plantar cara al gobierno que acabó con la vida de su madre, pero Diego siempre le quitaba la idea de la cabeza alegando que eran demasiado débiles para luchar contra toda una división secreta del gobierno. Pero gracias a la aparición de Alysa su padre parecía haber cambiado de opinión y él estaba dispuesto a trabajar con Alysa o con quien hiciera falta para llevar a cabo su propia venganza contra el gobierno que le había arrebatado a su madre.

Después de cenar, Diego insistió en que Alysa se instalara con ellos en lugar de en la vieja casa de su familia que estaba a dos horas de distancia y Alysa se sorprendió a sí misma aceptando la invitación.

Alysa estaba acostumbrada a llevar en el coche una bolsa de deporte con todo lo que podría necesitar en caso de tener que salir huyendo a toda prisa, por lo que no hizo falta que regresara a Ibory para recoger sus cosas, aunque tendría que pensar en ir a comprarse ropa en unos días.

Los Morales le asignaron a Alysa una de las habitaciones de invitados que tenía baño propio para que se sintiera más cómoda y tuviera mayor intimidad. En cuanto se instaló y se dio una ducha, se reunió con los tres hombres en el salón y les dijo:

—Creo que lo primero que tenemos que hacer es dotar esta casa de un sistema de seguridad en condiciones, el que tenéis no sirve para nada.

— ¿Qué le pasa a nuestro sistema de seguridad? —Preguntó Marcos sorprendido.

— ¿Bromeas? Hace dos semanas entré y salí por la ventana y hoy, si hubiera querido, no hubiera tenido ningún problema en mataros a los tres y eso que he entrado por la puerta principal y solo me ha faltado tocar el claxon para anunciar mi llegada —se mofó Alysa—. Déjame a mí lo del sistema de seguridad, yo me encargo. Y deberías contratar más personal de seguridad y mejor cualificado.

Estuvieron hablando de la seguridad de la casa hasta pasada la medianoche, cuando decidieron retirarse a sus habitaciones para descansar.