CategoríaTú Eres Mi Destino

Tú eres mi destino 23.

Tras dos largas horas de vuelo, el jet privado en el que viajaban Alysa y Alberto aterrizó en la isla del maestro Lee. Se había librado de la ira y de su sed de venganza, había entendido lo que tantas veces el maestro Lee le había dicho: “Tu sed de venganza se desvanecerá en cuanto algo más importante aparezca en tu vida.”  No se había dado cuenta de cuánto le importaba Alberto hasta que se había encontrado con mucho tiempo en que pensar mientras esperaba la llegada de Ricardo Peláez y el Lobo y tuvo un fuerte pinchazo en el corazón al imaginar que algo le podía pasar a Alberto. Entonces se dio cuenta que todo aquello resultaba estúpido si una de las personas a las que más quería en el mundo perdía la vida.

Alberto se había pasado las dos horas de vuelo observando cómo Alysa miraba por la ventanilla del avión sin decir nada, totalmente ausente. Parecía mucho más vulnerable y delicada de lo que jamás se lo había parecido y temió que, una vez completada su misión, Alysa saliera de su vida de la misma manera que entró, en un abrir y cerrar de ojos.

Al bajar del avión, se encontraron con Diego, Marcos, Dave, el maestro Lee, los dos hombres de seguridad de Diego y algunos discípulos del maestro Lee dándoles la bienvenida. Alysa sonrió con timidez, disfrutando de aquella sensación de sentirse en casa con su familia. Habían cambiado muchas cosas desde la última vez que estuvo allí, a pesar de que apenas habían transcurrido unos días, ella ya no era la misma.

Alberto y Alysa se vieron envueltos en un maremoto de abrazos y Alberto tuvo que hacer un esfuerzo para no llevarse a Alysa a la fuerza a su habitación y tener “esa conversación” que a punto estaba de volverlo loco. Alberto no quería ni imaginarse el motivo por el que Alysa estaba tan ausente, temía que la única mujer de la que se había enamorado se alejara de él.

—Dejad a los chicos que vayan a sus habitaciones, necesitarán descansar —sentenció el maestro Lee tras cenar y tener una breve charla en el salón—. Mañana ya nos terminarán de contar los detalles.

—Con vuestro permiso, yo me retiro ya —les dijo Alysa con la cabeza en otra parte—. Buenas noches.

—Te acompaño —le dijo Alberto levantándose del sillón—. Hasta mañana.

—Hasta mañana —les despidieron todos los presentes.

Alysa y Alberto subieron por las escaleras a la planta superior y se detuvieron en mitad del pasillo frente a la puerta de sus respectivas habitaciones. Alberto le dijo a Alysa con un ligero titubeo en la voz:

—Bueno, será mejor que descanses —le dio un beso en la mejilla y añadió—: Mañana, cuando ambos estemos más tranquilos, ya hablaremos.

Aquello no le gustó nada a Alysa, que se oyó decir:

— ¿De qué quieres que hablemos mañana? ¿Y por qué mañana y no ahora?

—Mejor mañana porque ahora parece que tu cabeza está en cualquier otro lugar excepto aquí, donde quiero que esté cuando hablemos —le contestó Alberto forzando una pequeña sonrisa.

—Supongo que tienes razón, he estado un poco distraída toda la tarde y también durante la cena —le confirmó Alysa—. Pero, si tienes algo que decirme, prefiero que me lo digas ahora.

—Es tarde y ha sido un día duro, podemos esperar a mañana —insistió Alberto.

— ¿Piensas dormir en tu habitación? —Le preguntó Alysa enfurruñada.

— ¿Quieres que duerma contigo? —Le preguntó Alberto sorprendido.

— ¿De verdad necesitas preguntarlo? —Le reprochó Alysa—. Alberto, ¿qué es lo que ocurre?

Alberto la abrazó, la estrechó entre sus brazos y le susurró al oído:

—Cariño, quiero dormir contigo todas las noches del resto de mi vida.

Alysa le sonrió, le besó en los labios apasionadamente y lo arrastró a su habitación donde cerró la puerta con llave nada más entrar.

—No se me dan muy bien estas cosas, así que trataré de hacerlo lo mejor que pueda —le adelantó Alysa—. Hasta esta mañana he creído que mi prioridad más absoluta era vengar la muerte de mis padres, pero cuando estaba en casa de Ronald esperando a que el Lobo y Ricardo Peláez aparecieran de un momento a otro, me he dado cuenta que mi prioridad absoluta había cambiado y eso ha hecho que me plantee muchas cosas, por eso mi cabeza ha estado en otra parte todo el día. No me importaba en absoluto lo que les ocurriera a cualquiera de los tres, lo único que me importaba era que todo aquello acabara cuanto antes y asegurarme de que no te pasaba nada —hizo una pausa en la que ambos intercambiaron una mirada cargada de intensidad y añadió—: Cuando estoy contigo me siento feliz, segura y cómoda, me gusta poder hablar contigo de cualquier cosa y me encanta compartir mi cama contigo.

—Pero… —La animó Alberto a continuar temiéndose lo peor.

—Pero hay muchas que aún no te he contado y quizás las necesites saber para entenderme mejor —le dijo Alysa con un hilo de voz—. Desde que mis padres murieron he tenido pesadillas todas las noches, excepto las noches en las que he dormido contigo. El maestro Lee dice que es porque contigo me siento segura y puedo relajarme sin temor alguno.

— ¿Y crees que el maestro Lee tiene razón? —Le preguntó Alberto sin saber a dónde iría a parar aquella conversación—. Por cierto, ¿hablas con él sobre nuestros encuentros nocturnos?

—El maestro Lee es un hombre muy sabio, me gustaría que le conocieras mejor —le contestó Alysa tratando de contener la risa—. Y sí, creo que tiene razón en eso y en muchas otras cosas más. El caso es que ahora tú te has convertido en mi prioridad.

Alberto se acercó a Alysa y le dijo con una sonrisa divertida:

—Cariño, quiero oírtelo decir.

—Te quiero —le complació Alysa.

Alberto le devoró la boca con urgencia, escucharla decir aquellas dos palabras le había convertido en el hombre más feliz de la tierra y, cuando logró separar sus labios de los de ella, le susurró antes de hacerle el amor más apasionadamente que nunca:

—Tú eres mi destino.

 

FIN

Tú eres mi destino 22.

A la mañana siguiente, Alberto y Alysa se dirigieron a casa de Ronald Red junto con los cincuenta discípulos que el maestro Lee les había enviado.

Tomar el control de la casa de Ronald fue incluso más fácil de lo que ambos imaginaban, por lo que no les costó convencerlo para que obedeciera e hiciera venir a Ricardo Peláez.

En todo momento, Alberto estaba pendiente de Alysa. Confiaba plenamente en ella, pero eso no hacía que dejara de preocuparse por ella.

Irrumpieron en casa de Ronald y se hicieron con el control en un abrir y cerrar de ojos. Ronald llamó por teléfono a Ricardo Peláez, tal y como lo habían planeado. Alberto dirigió la operación y Alysa le obedeció sin rechistar. De hecho, Alberto se había dado cuenta de que Alysa estaba muy callada y tenía el ceño fruncido. Algo además de aquella situación la preocupaba y no era el mejor momento para tener la cabeza en otro lugar.

—Alysa, ¿va todo bien? —Le susurró Alberto a Alysa al oído para que Ronald no le escuchara—. Estás muy callada y pareces distraída.

—Estoy bien, no tienes nada de lo que preocuparte —le contestó Alysa fingiendo una sonrisa antes de darle un beso en los labios para zanjar el tema.

Ronald no entendía nada de lo que estaba ocurriendo hasta que oyó a Alberto llamar a Alysa por su verdadero nombre y todas las piezas empezaron a encajar en su mente:

—No es posible, yo mismo te mate —empezó a gritar Ronald fuera de sí—. Es imposible que sobrevivieras a un disparo en la cabeza, ¡yo mismo te maté!

—Te equivocaste de princesita, Ronald —le dijo Alysa con el tono de voz más frívolo que nunca antes había utilizado—. Y pagarás por todo lo que hiciste.

Ronald se volvió loco literalmente y Alysa, con un simple gesto de cabeza, le pidió a uno de los discípulos del maestro Lee que se encargara de la situación y lo hizo presionando la nuca de Ronald con dos dedos y dejándolo inconsciente.

—Siéntalo en el sofá, no queremos que Ricardo Peláez note nada extraño si lleva en el coche una cámara térmica o de infrarrojos —le dijo Alberto al mismo discípulo. Se volvió hacia a Alysa y añadió—: ¿Tenemos los accesos controlados?

—Relájate, todo está bajo control y avanza según lo previsto —trató de tranquilizarlo Alysa. Miró su reloj para comprobar la hora y añadió mirando a través de la ventana—: Tardarán entre una o dos horas en llegar, pero todos están alerta por si deciden venir en helicóptero, hay un helipuerto detrás del jardín trasero de la casa, junto a la piscina.

—Si vienen en helicóptero, ¿cuándo estarán aquí? —Quiso saber Alberto.

—Si vienen en helicóptero, podrían llegar en cualquier momento —le confirmó Alysa.

Alberto se tensó, lo que ocurriera ese día, ya fuera para bien o para mal, marcaría el resto de su vida, ya fuera para bien o para mal. Pero lo único que realmente le importaba en esos momentos, era que no le ocurriera nada a Alysa. Le daba igual la venganza, Ronald Red, el Lobo y Ricardo Peláez, en lo único que podía pensar era en cómo mantener a salvo a Alysa.

Ricardo Peláez y el Lobo llegaron en coche una hora más tarde. Uno de los discípulos, fingiendo ser uno de los hombres de seguridad de Ronald Red, les hizo pasar al salón, donde Alysa, Alberto les esperaban junto a una docena de discípulos del maestro Lee y un Ronald Red inconsciente sentado en el sofá. Al ver aquella escena, tanto Ricardo como el Lobo trataron de llevarse la mano a la cintura para sacar su pistola, pero dos discípulos del maestro Lee se les acercaron por detrás y les desarmaron rápidamente.

—Pero, ¿qué significa todo esto? —Gruñó Ricardo Peláez al sentir el cañón de una Magnum en su nuca.

—Lo sabréis en cuanto vuestro amigo Ronald se despierte —les anunció Alberto.

Ricardo observó a Alysa de arriba a abajo, aquella chica le resultaba familiar pero no sabía descifrar por qué, así que acabó preguntando:

— ¿Nos conocemos de algo?

—Hace quince años enviaste a tus hombres a matar a mi familia, ¿eso te refresca la memoria? —Le contestó Alysa con frivolidad.

—No sé de qué me hablas —respondió Ricardo.

—Enviaste a matar a los de la Vega, pero tus hombres confundieron a la hija de la asistenta con la hija de los de la Vega —les informó Alysa con una sonrisa retorcida—. Disfrutad de vuestros últimos minutos de vida, ya os quedan pocos.

—Si en cinco minutos no hago una llamada, mis hombres sospecharán y vendrán a buscarme como si de un ejército enemigo se tratara —les amenazó Ricardo.

—Lamento comunicarte que el ejército que mencionas está siendo detenido en estos momentos, vuestro amigo Ronald tenía almacenado en su ordenador toda la información que necesitábamos para que todos los implicados en el proyecto Alpha paséis el resto de vuestras vidas en la cárcel pero, gracias a Alysa, vosotros os libraréis de ser encarcelados.

— ¿Qué pretendes hacer con nosotros, zorra? —Le espetó el Lobo a Alysa.

Nada más acabar de decir aquella frase, Alberto le dio un puñetazo en toda la cara que hizo que Ricardo cayera al suelo inconsciente.

—He cambiado de opinión, no quiero matarlos —dijo Alysa mirando a Alberto a los ojos.

—Y, ¿qué quieres que haga con ellos? —Le preguntó Alberto sorprendido—. ¿De verdad quieres dejar que la justicia de este país los mantenga diez años para que luego salgan a la calle cobrando el paro?

—Solo he dicho que no quiero matarlos, no que vaya a entregarlos a la justicia —le respondió Alysa con una sonrisa perversa que acongojó hasta a Alberto—. Creo que al maestro Lee le vendrían bien para que sus discípulos novatos practiquen algunas técnicas y estoy segura de haber encontrado el sitio perfecto para ellos, siempre y cuando al maestro Lee no le importe.

—Cómo desees, cariño —le contestó Alberto al mismo tiempo que se acercaba a ella y le daba un beso en los labios.

—Scott, encárgate de que los tres estén inconscientes mientras los trasladamos —le ordenó Alysa a uno de los discípulos del maestro Lee que obedeció de inmediato.

Acto seguido, Alberto se encargó de organizar el traslado mientras que Alysa llamaba por teléfono al maestro Lee y le ponía al corriente de la situación.

Una vez lo tuvieron todo controlado, Alberto, Alysa, los cien discípulos del maestro Lee y los tres hombres inconscientes se dirigieron en varios vehículos al aeropuerto de Sunville, donde se dividieron en diez jets privados pero solo uno aterrizó en la isla del maestro Lee.

Tú eres mi destino 21.

A la mañana siguiente, Alysa se despertó y, tras darle los buenos días y un beso en los labios a Alberto, se levantó de la cama y encendió su portátil para revisar todo el contenido del ordenador de Ronald que se habían descargado la noche anterior. Alberto la observó tumbado en la cama y rodó los ojos en cuanto adivinó lo que ella se proponía.

—No me lo puedo creer, ¿no puedes dejar eso para después de desayunar? —Le preguntó Alberto sabiendo cual iba a ser la respuesta.

—Déjame ver solo un poquito antes de bajar a desayunar —le rogó Alysa poniendo voz de niña buena que no ha roto un plato en su vida.

—Está bien, coge el portátil y ven aquí —le dijo dando unos golpecitos con la palma de mano sobre la cama—. Lo veremos juntos.

Alysa le sonrió saliéndose con la suya, cogió el portátil y se acurrucó con Alberto en la cama para ver los archivos del ordenador.

Solo querían echarle un vistazo antes de desayunar, pero lo que descubrieron no les permitió moverse de allí en horas.

—El idiota de Ronald Red ha guardado toda esta información durante más de quince años y ni siquiera le ha puesto una contraseña de seguridad a su ordenador —exclamó Alysa sorprendida—. Está claro que él es el verdugo, pero no el juez que estamos buscando. Si ha guardado todo esto es porque sabe que tarde o temprano el gobierno también se volverá en su contra, igual que se volvieron en contra de nuestras familias.

—Nos lo ha servido en bandeja, ha sido tan fácil que resulta sospechoso, ¿no crees? —Opinó Alberto no tan seguro de que aquello estuviera a punto de terminar—. ¿De verdad crees que, por muy idiota que sea, ni siquiera pondría una contraseña en su ordenador personal?

—No sé, la verdad es que lo encuentro bastante capaz —admitió Alysa—. Él siempre presume de que su casa es la más segura y la mejor protegida, ¿para qué iba a preocuparse en poner una contraseña en su ordenador si en su casa estaba a salvo? Es el mayor defecto de los arrogantes, creen saberlo todo y tenerlo todo bajo control mientras se dedican a presumir de ello en vez de asegurarse de que lo que dicen es cierto.

—Debemos ir con cuidado, no podemos descartar que todo esto se trate de una estrategia para cogernos —le recordó Alberto. La miró a los ojos y le dijo con severidad—: Tienes que prometerme que no tomarás decisiones por libre y sin contar conmigo.

—Te lo prometo —accedió Alysa—. Pero eso no significa que vayamos a hacer solo lo que tú digas.

Alberto la abrazó y la besó en los labios, le resultaba tan fácil llevarse bien con Alysa que hacía más fuerte la necesidad de sentirla suya. Sabía que tarde o temprano tendrían que hablar de su relación, no podían continuar así siempre, pero había decidido esperar a llevar a cabo aquella venganza para que ambos pudieran pensar con claridad sin tener otra cosa en mente.

Decidieron hacer una pausa para ducharse y desayunar antes de seguir revisando los archivos de Ronald y tomar una decisión sobre cuál iba a ser su siguiente paso.

Apenas un hora más tarde, se encerraron en el despacho y continuaron revisando archivos. Tenían toda la información necesaria como para hundir legalmente al gobierno lateral que ordenó aquel experimento.

—Con todo lo que hay aquí, la justicia no puede mirar hacia a otro lado —comentó Alberto.

—La justicia lo encerrará, pero en cinco o diez años estará de nuevo en la calle y con sed de venganza, la justicia a veces es demasiado floja —le contestó Alysa.

—Si la justicia actúa, podrás salir a la calle sin tener que ocultar quién eres de verdad —le recordó Alberto tratando de hacerla cambiar de opinión.

—No estoy aquí para hacer justicia, estoy aquí para vengarme —le contestó Alysa—. No pretendo obligarte a hacer nada que no quieras y, si es así, creo que este sería un buen momento para que lo mencionaras.

—No quiero que te pase nada, Alysa —le susurró Alberto mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos—. Tan solo prométeme que acabaremos esto como un equipo, juntos.

—Te lo prometo —le prometió Alysa con sinceridad. Le dio un beso en los labios, le miró directamente a los ojos y añadió—: Te propongo un trato. Deja que me ocupe de Ronald Red y de quién le daba las órdenes y el resto se lo dejamos a la justicia.

—Según veo aquí, Ricardo Peláez y el “Lobo” son el cerebro y el brazo ejecutor —apuntó Alberto revisando los informes—. ¿Qué tienes pensado hacer?

—Aún no lo tengo claro, pero supongo que tendremos que ir subiendo escalón a escalón y el nivel más bajo es Ronald, que nos llevará hasta el nivel más alto.

Durante el resto del día, Alysa y Alberto estuvieron debatiendo qué era lo mejor para llegar hasta a ellos de una manera más segura hasta que finalmente a Alysa se le ocurrió una idea:

—Acorralamos a Ronald en su propia casa y le obligamos a llamar a Ricardo Peláez para que le diga que nos ha capturado, Ricardo Peláez querrá comprobarlo con sus propios ojos y vendrá, probablemente con el Lobo, y podremos acabar con todo esto.

— ¿Pretendes usarnos como cebo? —Le replicó Alberto—. Es demasiado peligroso, te dije que no quiero que nada te ocurra y no lo pienso permitir.

—Los cincuenta hombres que tenemos se quedarán en casa y puedo llamar al maestro Lee y pedirle que nos envíe a un centenar de sus discípulos para que nos cubran si así te sientes más seguro, pero necesito que confíes en mí y que entiendas que necesito hacer esto para pasar página —le contestó Alysa rogándole que confiara en ella.

—Tú y yo tenemos pendiente una larga conversación, pero que aplazaremos hasta que todo este asunto se acabe —le dijo Alberto abrazándola con ternura—. El único motivo por el que no tenemos esa conversación ahora es porque tienes la cabeza en otra parte.

—En cuanto todo esto acabe, me tendrás por completo a tu disposición —bromeó Alysa queriendo restarle seriedad a lo que aquello se refería.

Alberto notó como Alysa se tensó al escuchar sus palabras, pero simuló no darse cuenta de nada y le dio un beso en los labios.

Se pusieron manos a la obra, Alysa llamó por teléfono al maestro Lee y le puso al corriente de la situación para después pedirle que le enviara a otros cincuenta de sus discípulos para que les cubrieran mientras llevaban a cabo su plan. Mientras tanto, Alberto estudiaba los planos de la casa de Ronald y la situación de sus hombres en la casa. Alberto seguía pensando que aquello era demasiado fácil, sabían hasta los horarios del equipo de seguridad de Ronald, pero Alysa insistía en que Ronald era así de simple e idiota.

Tú eres mi destino 20.

A las nueve en punto de la noche, Alberto y Alysa llegaban a casa de Ronald Red. Alberto había aceptado ir porque Alysa era muy testaruda y cuando se le metía algo en la cabeza no había quién se lo quitara, así que prefirió acompañarla antes que arriesgarse a que saliera a hurtadillas de casa y fuera sola en busca de Ronald Red, pues la consideraba muy capaz de hacerlo.

—No te separes de mí en ningún momento —le dijo Alberto mientras aparcaba frente a la puerta de la casa de Ronald.

—Si no me separo de ti, no podré acceder a su ordenador —le replicó Alysa enfurruñada—. Después de cenar, me excusaré para ir al baño e intentaré acceder a su ordenador con mi móvil. Puede que me lleve varios minutos entrar en su sistema y descargar toda la información del disco duro de su ordenador, por lo que tendrás que entretenerlo para que no use su ordenador mientras yo estoy fuera o podría darse cuenta

— ¿Lo harás desde el baño? —Preguntó Alberto.

—Mientras más cerca esté del ordenador, más rápido se descargarán los datos, menos tiempo tardaré en regresar y Ronald no sospechará —le repitió Alysa empezando a impacientarse—. He revisado los planos de la casa de Ronald y tiene un aseo en la planta baja que está justo debajo de su despacho. La distancia que puede haber en vertical será de unos cinco metros, por lo que entrar en su sistema no me llevará más que uno o dos minutos, lo que tarde en descargarse los datos depende del peso de los mismos y eso no puedo saberlo con exactitud, pero calculo que puede oscilar entre cinco y quince minutos.

—Eso es mucho tiempo, ¿qué excusa pondrás cuando te pregunte por qué has tardado casi veinte minutos en salir del baño? —Le preguntó Alberto para nada convencido del plan que Alysa había diseñado, tenía muchas lagunas y posibles nada agradables.

—Soy una chica, no se sorprenderá si me paso quince minutos en el baño —le respondió Alysa sonriendo y le dio un beso en los labios antes de añadir—: Recuerda que después te lo compensaré.

Alberto la cogió por la cintura y la estrechó contra su cuerpo antes de devorarle la boca con su lengua, le dio una palmada en el trasero y deslizó la mano por debajo de la tela del vestido y, mientras rozaba su clítoris con el dedo a través de la fina y suave tela de su tanga, le susurró al oído:

—Quiero que recuerdes lo que te esperará cuando salgamos de aquí, pequeña —la besó de nuevo en los labios y añadió para dejarlo claro—: Te meteré mi polla de una sola embestida y la sacaré lentamente para volverte a embestir, así hasta que me ruegues que acelere el ritmo para que puedas llegar al punto de no retorno y, si has sido buena, te obedeceré y te correrás gritando mi nombre entre gemidos.

—No estás jugando limpio —murmuró Alysa sin moverse un solo centímetro, con la respiración acelerada solo de pensar en lo que le esperaba después.

—Cariño, solo quería darte un adelanto de lo que te espera —le dijo Alberto retirando su mano con discreción de entre las piernas de Alysa—. Vamos a llamar al timbre antes de que salgan a buscarnos.

—Esto no ha sido un adelanto, ha sido un castigo —protestó Alysa.

Alberto sonrió, la abrazó y la volvió a besar al mismo tiempo que la puerta principal se abría y aparecía Ronald Red que desde allí les observaba.

—Es adorable ver a dos jóvenes tan enamorados —les saludó Ronald mientras les estrechaba la mano y les invitaba a pasar—. ¿Tenéis ya la fecha de boda?

—Todavía no tenemos fecha, acabamos de comprometernos y, con todo lo del robo, hemos decidido aplazarlo hasta que todo haya vuelto a la normalidad, no tenemos prisa —le contestó Alysa.

—Pasad al comedor, en breve nos servirán la cena —apuntó Ronald.

Minutos más tarde, los tres estaban sentados a la mesa mientras una de las asistentas de Ronald les servía la cena. Ronald abrió una botella de vino y sirvió las tres copas.

Cenaron mientras charlaban de cosas banales hasta que Ronald volvió a mencionar el tema:

— ¿Habéis podido averiguar algo sobre el robo mirando los vídeos de las cámaras de vigilancia?

—No hemos podido ver nada, esos tipos las desconectaron —le contestó Alberto—. Supongo que nos vieron salir y no contaron con los hombres de seguridad que impidieron el robo a cambio de su propia vida.

— ¿Estáis convencidos de que era un robo? —Insistió Ronald.

—Si hubieran pretendido otra cosa no hubieran entrado cuando no estábamos en casa —le confirmó Alberto metido en su papel—. De cualquier modo, estamos preparados para que eso no vuelva a ocurrir.

—Me alegro de que así sea y, si necesitáis alguna cosa, me tenéis a vuestra entera disposición les repitió Ronald.

—Muchas gracias, Ronald —le dijo Alysa fingiendo estar agradecida—. Me gusta saber que mi futura familia tiene tan buenos amigos como usted.

—Oh Sofía, trátame de tú —le dijo Ronald riendo al mismo tiempo que se relajaba—. La verdad es que para mí es un honor contar con la familia Morales entre mis amistades.

—Con permiso, necesito ir a retocarme —dijo Alysa aprovechando el momento para levantarse y hacer lo que había venido a hacer—. Ronald, ¿puedes decirme dónde está el aseo?

—Sí, claro —contestó Ronald poniéndose en pie y acompañándola al pasillo—. La segunda puerta a la izquierda, no tiene pérdida.

—Gracias, Ronald —le contestó Alysa y sonrió al ver que un tipo de seguridad tenía controlado todo el pasillo.

Si ese tipo la vigilaba para que no fisgara en el resto de la casa, le venía como anillo al dedo. Mientras la tuvieran vigilada no sospecharían, por lo que tenía vía libre para acceder al ordenador de Ronald sin ser descubierta.

Por suerte para Alysa, los datos tardaron tan solo unos seis minutos, tiempo que Alysa invirtió en retocarse el maquillaje, cepillarse el pelo y lavarse las manos, y regresó al comedor junto a Ronald y Alberto casi diez minutos después de haberse marchado.

Se tomaron una copa con Ronald después de cenar y a las once y media de la noche se despidieron de él alegando que estaban muy cansados y al día siguiente tenían que descansar.

Alberto y Alysa regresaron a casa antes de medianoche y Alberto estaba dispuesto a recibir su compensación, convenciendo a Alysa para que dejara la investigación sobre los datos del ordenador de Ronald para el día siguiente. La cogió en brazos, la llevó a su habitación y cumplió todas y cada una de las promesas que le había anticipado al principio de la noche al mismo tiempo que se tomaba la compensación que Alysa le había prometido.

Tú eres mi destino 19.

Esa noche, Alysa durmió mejor que nunca. Desde que compartía cama con Alberto, Alysa no había vuelto a tener pesadillas y estar entre sus brazos la relajaba hasta tal punto que había llegado a dormir más de diez horas seguidas esa noche.

Alberto, que había estado observando a Alysa mientras dormía, se percató de que abría los ojos y, al mismo tiempo que la besaba brevemente en los labios, le susurró estrechándola contra su cuerpo:

—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

—Nunca he dormido mejor —afirmó Alysa dejándose abrazar por Alberto.

—Estoy dispuesto a repetir lo mismo todas las noches si es eso lo que deseas —le susurró Alberto al oído—. Sólo tienes que pedírmelo.

—Quiero repetir lo de anoche, quiero repetirlo ahora —le dijo Alysa con la voz ronca por la excitación mientras deslizaba su mano entre las sábanas y hallaba el miembro de Alberto completamente erecto y le dijo con descaro—: Quiero repetirlo aquí y después en la bañera.

Alberto no se hizo de rogar y complació a Alysa encantado de la vida, la complació en la cama y también después en la bañera.

Cuando bajaron al salón, ya era casi la hora de comer.

Alysa sabía que tarde o temprano tendría que tener la “conversación” con Alberto, pero de momento prefería posponerla todo lo posible hasta que estuviera preparada para decidir. Por el momento, no se sentía capaz de apartarse de Alberto pero tampoco quería tomar decisiones precipitadas y menos sin saber qué pensaba él de todo aquello.

— ¿Qué es lo que te preocupa? —Le preguntó Alberto al verla fruncir el ceño.

—Estaba tratando de pensar en una excusa para hacerle una visita a Ronald Red —mintió Alysa incapaz de decirle la verdad—. ¿Se te ocurre algo?

—Cuando acabemos con todo esto, te vas a tomar unas vacaciones en algún lugar remotamente perdido para relajarte y no hacer absolutamente nada —le respondió Alberto con tono severo—. Y yo iré contigo para asegurarme de que haces lo que acabo de decirte.

— ¿Solo vendrás para hacer de niñera o para algo más? —Le preguntó Alysa descaradamente.

—Cariño, iré para hacer de niñera y todo lo que tú me pidas —le contestó Alberto para después tirar del brazo de Alysa para acercarla y besarla en los labios—. ¿Qué te parece si le hacemos una visita a Ronald sin avisar con la excusa del supuesto robo?

—Sabe que no te cae bien, no te creerá —le contestó Alysa—. Pero si voy yo sola…

— ¡No! —La interrumpió Alberto molesto—. Estamos juntos en esto y lo seguiremos estando.

Ambos se miraron fijamente a los ojos, desafiándose con la mirada, hasta que fueron interrumpidos por uno de los discípulos del maestro Lee que entró en la cocina y les anunció:

—Ronald Red está en la puerta, ¿le dejamos pasar?

Alysa y Alberto intercambiaron una breve pero intensa mirada y finalmente Alberto respondió:

—Hazlo pasar.

Dos minutos después, Alysa y Alberto recibían a un sonriente Ronald que ni siquiera se molestó en fingir horror frente a lo que había ocurrido semanas antes en casa de los Morales.

—He oído que os entraron en casa para robar —les dijo Ronald con cinismo después de haberles saludado—. Espero que no fuera nada grave.

—Mataron a cuatro de mis hombres de seguridad, aunque por suerte a mi familia no le ocurrió nada —le contestó Alberto tajante.

Aquello hizo que Ronald se pusiera en alerta y Alysa decidió intervenir antes de que Alberto lo echara todo a perder:

—Discúlpanos, Ronald —le pidió Alysa con voz de sumisa—. Estamos un poco nerviosos con todo lo que ha ocurrido. Pero cuéntanos, ¿a qué se debe tu visita?

—Me enteré que habéis vuelto a la ciudad y quería saber cómo os encontrabais y deciros que, si necesitáis cualquier cosa, estoy a vuestra disposición.

—Gracias Ronald, eres muy amable —le respondió Alysa haciendo un esfuerzo para que sus palabras sonaran creíbles y lo consiguió—. Pero hemos aumentado la seguridad en la villa y creemos que se trata de un hecho aislado, un grupo de personas que quería entrar a robar y no les salió bien.

—Y, ¿dónde están Diego y Marcos? —Quiso saber Ronald.

—Estarán fuera una temporada, hasta que reorganicemos todo esto —le informó Alysa—. Cómo te he dicho, todos estamos un poco nerviosos y hemos obligado a Diego a tomarse unas vacaciones forzosas, Marcos se ha quedado con él para asegurarse de que descansa.

—Si vais a estar solos, ¿qué os parece si esta noche os invito a cenar en mi casa? —Les propuso Ronald teniendo algo en mente algún plan escabroso—. Así me podréis explicar lo que ocurrió con más detalles e incluso podemos tratar de averiguar si fue algo aislado o premeditado.

— ¿Insinúas que puede haber sido un robo falso para atacarnos a nosotros? —Le preguntó Alysa fingiendo estar sorprendida.

—Es una posibilidad —le contestó Ronald creyendo que la tenía comiendo de su mano—. Venid esta noche a cenar a casa y lo hablamos. Diego es un gran amigo y estoy dispuesto a hacer lo que sea por él y por su familia.

—Será un placer ir a cenar esta noche a tu casa, Ronald —le confirmó Alysa ganándose una mirada de reproche de Alberto.

—Os espero a las nueve —añadió Ronald levantándose del sillón y despidiéndose de ellos—. No lleguéis tarde.

Acompañaron a Ronald hasta la puerta principal y le observaron marcharse en su ostentoso Hummer limusina. Una vez le perdieron de vista, Alberto se volvió hacia a Alysa y le espetó molesto:

— ¿A su casa a cenar? ¿Es que te has vuelto loca?

—Necesito acceder a su ordenador y me temo que solo lo voy a poder hacer desde su casa —le contestó Alysa—. Por cierto, tendrás que ser un poco más agradable con él y que piense que nos tiene comiendo de su mano.

—Pues no sé si seré capaz, no puedo con él y no sé cómo tú puedes hacerlo —le reprochó Alberto enfadado—. Acabas de aceptar una invitación en primera fila para ver nuestro propio asesinato.

—Ronald nunca nos mataría en su casa y a quién de verdad le interesa encontrar es a tu padre, solo pretende sacarnos información —trató de tranquilizar a Alberto—. Todo saldrá bien, estaremos aquí antes de la medianoche y te compensaré por el mal rato que te habré hecho pasar.

—Mm… Supongo que puedo hacer un esfuerzo —aceptó Alberto finalmente—. Pero antes tendrás que darme un anticipo.

Alysa sonrió, le dio un beso en los labios, le cogió de la mano y tiró de él para llevarlo escaleras arriba hasta llegar a la habitación, donde ambos se encerraron e hicieron el amor apasionadamente.

Tú eres mi destino 18.

Tal y cómo le había dicho, Alysa salió de la habitación duchada y vestida media hora más tarde. Se había puesto un conjunto de ropa interior nuevo de color fucsia muy sexy, una blusa de tirantes atados al cuello del mismo color fucsia y unos tejanos pitillo. A pesar de que estaban a mediados de abril, en Termes refrescaba mucho más que en la isla del maestro Lee, por lo que Alysa decidió ponerse una fina chaqueta de punto.

Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, donde se encontró a Alberto poniendo la mesa y preparándola para la cena.

—Treinta minutos, ni uno más ni uno menos —le dijo Alysa de buen humor.

—Estaba a punto de subir a buscarte —bromeó Alberto. Uno de los discípulos del maestro Lee les trajo la comida china que Alberto había pedido por teléfono y, mientras cogía la bolsa que el discípulo le entregaba y le daba las gracias haciendo un gesto con la cabeza, se volvió hacia Alysa y añadió con un tono de voz suave pero autoritario a la vez—: A partir de este momento, queda terminantemente prohibido hablar de cualquier cosa relacionada con Ronald Red, el gobierno y nuestra venganza. ¿De acuerdo?

—Totalmente de acuerdo —le contestó Alysa con una sonrisa traviesa.

Alysa había decidido que esa misma noche, si Alberto continuaba en el mismo plan de mantener las distancias, sería ella quién cogiera las riendas de la situación y diera el primer paso. En todas sus relaciones, siempre había dejado claro a la otra parte que únicamente buscaba una relación sexual sin compromiso y cortaba por lo sano en cuanto la otra parte insinuaba que quería algo más. Dave y el maestro Lee siempre bromeaban con ella diciendo que nunca pasaba de la quinta cita con sus pretendientes.

A ella nunca antes le había interesado mantener una relación estable, su prioridad era vengar la muerte de sus padres y tener novio significaba tener que dar ciertas explicaciones difíciles de entender para una persona normal y en su sano su sano juicio, por lo que siempre había optado por el camino fácil.

—Queda prohibido hablar y también pensar en trabajo —le recordó Alberto al que Alysa con la mirada perdida y totalmente distraída.

—Tendrás que esforzarte un poco si pretendes que deje de pensar en lo que llevo pensando más de quince años —le provocó Alysa sonriendo pícaramente.

Alberto le sostuvo la mirada, aquello estaba pasando de castaño a oscuro. Él pretendía comportarse como todo un caballero y respetarla, al menos hasta que hubieran llevado a cabo la venganza, pero Alysa había decidido ponérselo difícil. Dormir con ella teniendo que contenerse para no devorarla le estaba matando, pero tampoco quería dejar de dormir con ella, a pesar de que aquello le suponía tener que ducharse todas las mañanas con agua fría.

Alysa le aguantó la mirada hasta que Alberto desistió y le dedicó una sonrisa al mismo tiempo que meneaba la cabeza de un lado a otro divertido.

Se sentaron a cenar a la mesa de la cocina y cada uno se sirvió en su plato la comida china que habían encargado a domicilio. Tras comentar lo deliciosa que estaba la comida, a ambos solo se les ocurría dos temas de conversación: hablar de la sed de venganza o de la sed de sexo y pasión que ambos sentían.

— ¿De qué quieres hablar? —Le preguntó Alysa divertida.

—De ti —le contestó Alberto—. Dime qué tipo música te gusta, cuál es tu color favorito, qué película has visto millones de veces y volverás a ver otros millones de veces,… Quiero saberlo todo sobre ti.

—De acuerdo —respondió Alysa divertida—. Me gusta casi todo tipo de música, pop para bailar, baladas para relajarme. Me gusta el color rosa, aunque tampoco diría que es mi color favorito. He visto millones de veces la película “la cosa más dulce”, de Cameron Díaz, y no me canso de verla. Es una comedia romántica muy divertida, aunque totalmente surrealista.

—Continúa, lo estás haciendo muy bien —la animó Alberto.

—También me gusta leer, hacer ejercicio o tumbarme en el jardín por la noche para contemplar las estrellas —añadió Alysa encogiéndose de hombros—. De hecho, en verano se puede decir que duermo en el jardín.

— ¿Dormir en el jardín en verano? Puede que lo pruebe —bromeó Alberto. Continuaron hablando animadamente hasta que terminaron de cenar y le preguntó—: ¿Qué te apetece hacer ahora? ¿Quieres ver una película o prefieres que nos tumbemos en el jardín a contemplar las estrellas?

— ¿Tengo que escoger necesariamente entre esas dos opciones? —Quiso saber Alysa.

— ¿En qué estás pensando? —Le preguntó Alberto con picardía—. A mí también se me están ocurriendo muchas otras cosas que podemos hacer.

— ¿Cómo seguir torturándome? —Murmuró Alysa y Alberto la escuchó.

— ¿Cómo dices? —Le reprochó Alberto—. ¿A qué ha venido eso?

— ¡Oh, vamos! —Protestó Alysa—. Te metes en mi cama todas las noches, me abrazas y me acaricias pero te quedas ahí. Si eso no es una tortura, ya me dirás tú qué es.

— ¿Te resulta una tortura que duerma contigo, te abrace y te acaricie? —Le preguntó Alberto confundido.

—Me resulta una tortura tenerte tan cerca y no poder besarte —le confesó Alysa mirándole a los ojos al mismo tiempo que se acercaba a él lentamente.

Alberto ya no pudo contenerse más, la rodeó por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y la besó apasionadamente y con urgencia.

—Si tanto lo deseabas, sólo tenías que pedírmelo —le susurró Alberto con la voz ronca.

—Me temo que esta noche te voy a pedir muchas cosas.

—No esperaba menos de ti —le contestó Alberto con una sonrisa en los labios.

Alberto cogió a Alysa en brazos y la llevó a su habitación. Dejó que sus pies tocaran el suelo y cerró la puerta sin apenas dejar de abrazarla. Ninguno de los dos pudo contener la necesidad que sentían el uno por el otro y, en un abrir y cerrar de ojos, ambos estaban desnudos, tumbados en la cama y besándose apasionadamente. Alberto deslizó su mano por la entrepierna de Alysa y, cuando comprobó lo húmeda que estaba, le susurró al oído:

—Me encanta que estés tan mojada —introdujo un dedo en su vagina y después lo sacó para introducir dos dedos, provocando un gemido en la garganta de Alysa. Con la mano que le quedaba libre, empezó a acariciar los pechos de Alysa, pellizcando levemente los duros pezones—. Quiero probar tu sabor —le dijo antes de inclinar su cabeza entre las piernas de Alysa y perderse en el centro de su placer.

Alberto recorrió con su lengua cada recoveco y presionó con ella sobre el clítoris una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Alysa arqueó su cuerpo rindiéndose por completo al placer que Alberto le estaba dando y se dejó llevar cuando él le susurró con la voz ronca:

—Córrete cariño, córrete para mí.

Y aquellas palabras hicieron que Alysa se corriera. Con los espasmos del orgasmo todavía invadiendo su cuerpo y sin haber recuperado la respiración normal, sintió la dulce embestida de Alberto, provocándole otra ola de placer que la llevó de nuevo al orgasmo, esta vez acompañada de Alberto.

Tú eres mi destino 17.

Tras un par de horas de vuelo y habiendo comido en el avión, llegaron al pequeño aeropuerto de Sunville y nada más bajarse del avión se subieron en el coche de Alysa, el cual había dejado allí tres semanas atrás.

Junto a los dos discípulos del maestro Lee que les habían obligado a llevar con ellos, Alysa y Alberto se dirigieron al laboratorio principal de los Morales situado en la ciudad de Termes, dónde tenían planeado usar la tarjeta médica de Ronald Red. Tanto Alberto como Alysa sabían que aquello no les reportaría gran información sobre Ronald, pero estaban dispuestos a averiguarlo todo sobre él, les llevara el tiempo que les llevara.

Aparcaron el coche en la plaza de garaje privada de Alberto y accedieron al laboratorio desde el ascensor del garaje en vez de hacerlo por la entrada principal.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Alberto a Alysa al notarla nerviosa cuando salieron del ascensor y entraron en el hall del laboratorio. La cogió de la cintura y le susurró al oído—: Tendré que hacer una presentación oficial de mi futura esposa ante los empleados.

—Alberto, ¡menos mal que has venido! —Exclamó una chica pelirroja de grandes pechos que se acercó a saludar a Alberto con un abrazo demasiado cariñoso para el gusto de Alysa—. Esto sin ti es un caos y hace semanas que no vienes.

—Claudia —la saludó Alberto un poco incómodo al mismo tiempo que colocaba de nuevo su brazo alrededor de la cintura de Alysa acercándola y añadió—: Te presento a la señorita Sofía López, mi prometida y pronto mi esposa.

—Oh, felicidades —les dijo Claudia visiblemente sorprendida por la noticia y tratando de sonreír sin demasiado éxito.

—Gracias, Claudia —le respondió Alberto educadamente—. Si nos disculpas, me gustaría enseñarle el laboratorio a Sofía.

Alberto dibujó una sonrisa en su rostro y guió a Alysa por los pasillos hasta llegar a una sala de investigación sin empleados y donde tenían una máquina para poder leer la tarjeta de Ronald Red.

—Me temo que a tu recepcionista no le ha hecho gracia que su jefe se haya prometido —comentó Alysa divertida—. Aunque a ti parece haberte venido muy bien aparecer con tu supuesta prometida.

—No se te escapa una —afirmó Alberto con una sonrisa traviesa en los labios.

Alysa encendió su portátil y lo conectó a la máquina para instalar un programa que hiciera de espejo y les mostrara la información que querían saber sin que enviara los datos de la lectura de la tarjeta al gobierno.

— ¿Estás segura de que va a funcionar? —Le preguntó Alberto nervioso.

— ¿Confías en mí? —Le preguntó Alysa.

Ambos se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos y no hicieron falta las palabras para entenderse, así que Alysa continuó con lo que estaba haciendo.

—Esto ya está, dame la tarjeta —le dijo Alysa cuando hubo acabado.

Alberto le entregó la tarjeta y Alysa la colocó en el lector. Un segundo más tarde, todo el historial médico de Ronald Red apareció ante sus ojos en la pantalla del portátil de Alysa. Rápidamente, Alysa descargó toda la información y la guardó en un pendrive, retiró la tarjeta del lector y desinstaló el programa para hacer de espejo que había instalado.

— ¿No quieres ver lo que hay dentro? —Le preguntó Alberto extrañado por la reacción de ella.

—Aquí no, se supone que me estás enseñando el laboratorio —le recordó Alysa.

—Podemos fingir que nos ha dado un arrebato de amor y pasión y refugiarnos en mi despacho —le propuso Alberto.

—Prefiero que termines de ensañarme el laboratorio y nos marchemos después para ver en casa qué clase de información hemos descargado —le contestó Alysa.

Ella hubiera preferido que le propusiera que fueran a su despacho para hacer lo que todos hubieran pensado que estarían haciendo, pero trató de apartar aquello de su mente hasta que llegara la noche y pudiera llevar a cabo su otro plan que nada tenía que ver con la venganza.

A Alberto no le gustó aquella respuesta de Alysa, parecía molesta y no entendía por qué. Por si acaso, decidió no tentar a la suerte y la complació, le enseñó el laboratorio, les presentó a algunos empleados y la llevó a la villa junto a los dos discípulos que les escoltaban.

Alberto quería darse una ducha y cenar tranquilamente antes de empezar a revisar toda la información que habían conseguido descargar de la tarjeta de Ronald Red, pero Alysa se empeñó en revisar la información antes para poder cenar después tranquilamente.

—Cómo quieras —la complació Alberto y añadió: – Vamos al salón, estaremos más cómodos que en el despacho.

Pasaron más de tres horas revisando toda la información relacionada con la salud de Ronald Red y lo único que les llamó la atención fue descubrir que Ronald Red era alérgico a las nueces.

—Mira el lado positivo, tenemos otra forma de matarlo —bromeó Alberto.

—Tendremos que inventarnos algo para hacerle una visita o hacer que sea él quien venga visitarnos a nosotros —comentó Alysa pensando en cómo fingir un encuentro casual.

—Deja de pensar en eso ahora, me doy una ducha rápida y pedimos algo para cenar —le contestó Alberto molesto por haber pasado la tarde trabajando en vez de divertirse con Alysa—. ¿Te apetece que pidamos comida china? Dave me dijo que te gustaba.

— ¡Me encanta! —Dijo Alysa de buen humor—. Yo también voy a darme una ducha rápida, no tardo más de media hora.

— ¿Para ti una ducha rápida es una ducha de treinta minutos? —Se mofó Alberto—. Me temo que tenemos conceptos distintos respecto a lo de darse una ducha rápida.

Alysa le lanzó una mirada coqueta y le deleitó con una amplia sonrisa que hizo que Alberto se derritiera y le cambió el humor.

—Si tardas más de media hora vendré a por ti —le dijo Alberto sonriendo con picardía.

—Entonces, quizás decida retrasarme un poco —bromeó Alysa.

—No me tientes, cariño —le respondió Alberto. Contuvo las ganas de besarla, cogerla en brazos y llevarla a su habitación y añadió—: Treinta minutos, ni uno más.

Tras decir aquellas palabras, Alberto se encaminó a su habitación y se dio una ducha de agua fría para calmarse. Ya era bastante difícil mantener las distancias con Alysa, pero si encima ella le decía aquellas insinuaciones aunque fuera bromeando, mantener las distancias se volvía toda una tortura.

Con cualquier otra chica, Alberto hubiera ido directo al grano, pero con Alysa quería ir despacio para hacer las cosas bien, conquistarla y pasar el resto de su vida juntos.

Tú eres mi destino 16.

Alberto se dedicó a observar con detalle la habitación de Alysa, esa misteriosa mujer que había puesto su mundo patas arribas en cuanto la conoció. Las paredes estaban pintadas de color magenta y los muebles eran de un blanco inmaculado que contrastabas con aquellas paredes. Era una estancia espaciosa a pesar de que la cama era de king size y estaba acompañada de una cómoda, un tocador, un escritorio, una estantería enorme y un sofá de dos plazas. Todo el mobiliario era del mismo tono blanco que la cama, decorado con cojines, cortinas y demás objetos que pasaban por una amplia gama de tonalidades de color rosa. Por suerte no tenía armario, pues una pequeña habitación paralela hacía de vestidor.

Aburrido e impaciente de tanto esperar, Alberto suspiró y le dijo a Alysa con tono de advertencia desde el otro lado de la puerta:

—Si no sales en un minuto, entro a buscarte.

Alysa abrió la puerta y le dijo a Alberto:

—Necesito tu ayuda dio media vuelta y, dándole la espalda a Alberto, añadió—: – Por favor, abróchame el sujetador.

Alberto cogió aire y tuvo que respirar profundamente para calmarse antes de hacer lo que Alysa le pedía, pero lo hizo. Y cuando le abrochó el sujetador no pudo evitar acariciar la suave piel de su espalda. Alysa no se apartó ni se incomodó ante aquel contacto, por lo que Alberto siguió acariciándola y acabó abrazándola desde la espalda y estrechándola entre sus brazos.

—Será mejor que te metas en la cama y descanses mientras siga siendo capaz de contener el deseo que siento por ti —le susurró Alberto.

—Yo no te he pedido que lo contengas —susurró Alysa en respuesta.

—No juegues con fuego, cariño —le contestó Alberto divertido al mismo tiempo que la cogía en brazos y la llevaba a la cama—. Primero tienes que descansar, mañana seguiremos con esta conversación —la arropó como si de una niña pequeña se tratara y añadió—: Me quedaré a dormir en tu sofá, avísame si necesitas algo, ¿de acuerdo?

—Mi cama es grande, hay sitio para los dos —comentó Alysa con cara de no haber roto un plato en su vida—. No podré descansar si pienso que por mi culpa tienes que dormir en ese sofá, me sentiré culpable.

—Alysa… —Le dijo Alberto con la voz ronca—. Necesitas descansar y conmigo al lado no lo harás.

—Por favor, quédate conmigo —le rogó Alysa.

Alberto no tuvo fuerzas ni ganas para decirle que no y se metió con ella en la cama, la abrazó con cuidado de no hacerle daño y la besó en la mejilla antes de desearle buenas noches.

A la mañana siguiente, Alysa se despertó entre los brazos de Alberto, que ya estaba despierto y la miraba con una sonrisa divertida en los labios.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días, mentiroso —le contestó Alysa devolviéndole la sonrisa.

— ¿Mentiroso?

—Debo estar horrible, despeinada y con la cara hinchada de tanto dormir —le respondió Alysa escondiendo su rostro entre el cuello de Alberto y la almohada—. Pero me gusta dormir contigo, duermo un montón de horas del tirón.

—Si eso era un cumplido, lamento decirte que no te ha salido demasiado bien —le respondió Alberto divertido—. Pero me alegro de que al menos te guste dormir conmigo y hayas dormido bien.

—Era un cumplido —le confirmó Alysa—. Desde que mataron a mis padres no he conseguido dormir ni una sola noche más de cuatro horas, excepto cuando duermo contigo.

—Entonces, tendré que dormir contigo todas las noches —le respondió Alberto estrechándola contra su cuerpo—. ¿Cómo te encuentras? Dave está preocupado y ya se ha asomado un par de veces. Por cierto, a él también le ha sorprendido que durmieras tanto.

—Dave solo ha venido a cotillear, nada más —concluyó Alysa.

Ambos se levantaron, se dieron una ducha por separado y bajaron a la cocina a desayunar.

Durante los días siguientes, Alysa tuvo que volver a empezar con todo el proceso de recuperación y en un par de semanas más volvió a estar como nueva.

Alberto hizo un gran esfuerzo durante esas dos semanas y, a pesar que dormía junto a Alysa todas las noches, se había limitado a abrazarla y nada más. Alysa estaba a punto de volverse loca, sabía que Alberto la deseaba tanto como ella lo deseaba a él, pero no entendía por qué seguía manteniendo las distancias.

Pero Alysa estaba cansada de esperar que Alberto diera el primer paso y tenía un plan al que él no se iba a poder resistir.

Esa mañana Alysa se despertó y sonrió al ver que Alberto seguía dormido. No quiso despertarlo, así que se levantó sin hacer ruido y entró en el baño para darse una ducha. Cuando salió del cuarto de baño, Alberto ya estaba levantado y la observó de arriba a abajo al verla totalmente desnuda cubierta tan solo con una diminuta toalla.

—Buenos días, dormilón —le saludó Alysa con una sonrisa coqueta en los labios—. Voy a hacer la maleta, avísame cuando bajes a desayunar y voy contigo.

—Buenos días, preciosa —le dijo Alberto y la besó en la mejilla antes de añadir—: Voy a darme una ducha y vengo a buscarte.

Un par de horas más tarde, ambos estaban sentados en los sillones del jet privado del maestro Lee junto a dos de sus discípulos y se dirigían al pequeño aeropuerto privado de Sunville para regresar a Termes.

Alysa tenía metida entre ceja y ceja aquella venganza y Alberto había decidido apoyarla en su afán de vengarse y sobre todo después del ataque que habían sufrido, pero a Diego no le pareció tan buena idea. Por suerte, el maestro Lee también les apoyó en aquella decisión y a Diego no le quedó más remedio que aceptar la decisión de ambos.

Tú eres mi destino 15.

Durante toda una semana, Alberto fue capaz de retener a Alysa dentro de la casa del maestro Lee, pero no sin alguna que otra discusión para hacerla entrar en razón. Alberto ya no tenía ninguna excusa para dormir con ella y dormía todas las noches en la habitación de en frente.

Alysa continuaba teniendo pesadillas todas las noches, pero conseguía volver a dormirse al pensar que él estaba en la habitación de en frente. Le hubiera gustado que Alberto se quedara con ella en su habitación, pero no se atrevía a pedírselo. Desde que habían llegado a la isla del maestro Lee, Alberto había estado pendiente de ella en todo momento, pero siempre de una manera fraternal y protectora. Alysa había decidido darle tiempo creyendo que simplemente estaba siendo precavido porque Dave le había dicho que debía mantenerme relajada y no realizar ningún esfuerzo, pero había pasado una semana, ella ya estaba recuperada (con la excepción de que aún tenía los puntos de sutura en el hombro) y Alberto no había intentado ningún acercamiento.

Esa mañana, Alysa se levantó de muy mal humor. Ya le costaba bastante tratar de no pensar en Alberto cuando no lo tenía delante, pero era imposible centrarse con él pegado a ella todo el día y siendo tan atento y encantador.

— ¿Te ocurre algo? —Le preguntó Alberto después de desayunar y tras observar que Alysa no había abierto la boca en ningún momento—. Estás muy callada, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero aquella respuesta no le gustó nada a Alberto porque sabía que algo le pasaba a Alysa, así que se puso en pie y le dijo:

—Hoy hace un buen día, ¿te apetece salir a pasear?

Alysa aceptó aquella invitación pero no se hizo ilusiones, pues él seguía tratándola como si fuera una niña pequeña y la sobre protegía.

Caminaron hacia a la playa y se sentaron sobre unas rocas bajo el calor de los rayos del sol y frente a las cristalinas aguas del mar que bañaban la isla.

— ¿Sigues sin querer contarme qué te pasa? —Le preguntó Alberto.

—Estoy bien, quizás un poco agobiada por no poder hacer lo que me apetece —le contestó Alysa tratando de sonreír.

— ¿Qué te apetece hacer? —Quiso saber Alberto—. Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para complacerte.

—No prometas lo que no puedas cumplir —le aconsejó Alysa.

—Dime qué te gustaría hacer y yo veré qué puedo hacer —la animó Alberto—. Pero tiene que ser en la isla, dudo mucho que nos dejen salir de aquí.

—Cuando era pequeña, mis padres me llevaban de acampada en verano y por la noche nos tumbábamos sobre la hierba y contemplábamos las estrellas —le dijo Alysa con la mirada perdida—. Lo que más me gustaba de aquellos momentos era que, a pesar de estar en silencio, sabía que ellos estaban conmigo y me protegían, me hacían sentir segura. Contigo me pasa lo mismo, me gusta disfrutar de tu compañía aunque estemos en silencio, me haces sentir cómoda y segura.

Alberto la agarró de la cintura con ambas mano, la arrastró para colocarla sobre su regazo y la estrechó entre sus brazos al mismo tiempo que le susurró:

—No sabes cuánto me alegra oír eso —la besó en la mejilla y añadió—: Pero aún no me has dicho qué te apetece hacer.

—Ahora mismo, me apetece hacer lo que estoy haciendo —le respondió Alysa sonriendo.

Alberto y Alysa pasaron el resto de la mañana y la tarde en la playa, sentados sobre una roca y bajo los rayos del sol, con la increíble vista del cielo fundiéndose con el mar.

Aunque pasaron el día juntos, cuando llegó la noche cada uno se fue a dormir a su habitación y Alysa volvió a tener pesadillas. Se despertó a las tres y media de la madrugada gritando, como cada noche y notó que tenía el brazo empapado. Reconoció en seguida el olor tan peculiar de la sangre y se mareó. Alargó el brazo sano y encendió la luz para coger su móvil que estaba sobre la mesilla y llamó a Dave.

—No me lo digas, ¿una pesadilla? —Le dijo Dave nada más descolgar.

—Sí, pero no te llamo por eso —le respondió Alysa con un hilo de voz—. Creo que se me han saltado los puntos, estoy llena de sangre y me estoy mareando con el olor.

—No te muevas, voy para allí —le contestó Dave antes de colgar.

Dos minutos después, Dave entraba en la habitación de Alysa cargando con su maletín. Rápidamente, ayudó a Alysa a quitarse la camiseta y retiró el vendaje de su hombro que estaba completamente empapado en sangre. Dave limpió la sangre del hombro de Alysa con unas gasas y examinó la herida.

—No sé qué habrás hecho, pero se han soltado por lo menos una docena de puntos —le dijo Dave mientras continuaba limpiando la herida—. Tengo que volver a coser casi toda la herida, por suerte la parte de atrás parece estar bien. ¿Se puede saber qué has hecho para hacerte semejante carnicería?

—No lo sé, me he despertado así —le contestó Alysa con un hilo de voz.

Alberto dormía en la habitación de en frente cuando se despertó y oyó ruido procedente de la habitación de Alysa. Le pareció escuchar a Dave y se levantó de la cama de un salto temiendo que le hubiera podido ocurrir algo a Alysa y no se equivocó. La puerta de su habitación estaba abierta y vio a Dave depositando varias gasas ensangrentadas en una bolsa, así que entró sin llamar y, al ver a Alysa tumbada en la cama con la herida al descubierto y todo lleno de sangre, preguntó preocupado acercándose a Alysa:

— ¿Qué ha pasado? —Se volvió hacia a Dave y le preguntó molesto—: ¿Por qué no me has avisado?

—No me has dado tiempo, ni siquiera he terminado de ponerle el vendaje—. Le respondió Dave—. De hecho, me viene bien que estés aquí porque así terminas tú.

— ¿Cómo que termino yo? —Le preguntó Alberto sin entender nada—. Yo no soy médico.

—Solo tienes que ponerle el vendaje, ella te ayudará —le contestó Dave sonriendo. Le guiñó un ojo con complicidad y añadió—: Yo me voy a dormir, buenas noches.

—Muchas gracias por tu profesionalidad —le reprochó Alysa con sarcasmo.

— ¿De qué va todo esto? ¿Por qué no ha querido ponerte el vendaje? —Le preguntó Alberto confundido.

—Le ha parecido más divertido que lo hicieras tú —respondió Alysa molesta con Dave—. ¿Te importaría cerrar la puerta, por favor?

Alberto asintió y cerró la puerta como Alysa le había pedido. Regresó junto a Alysa segundos después y se sentó en el filo de la cama para revisar la herida de cerca.

—Ha tenido que coserte la herida de nuevo, ¿qué ha pasado? —Le preguntó.

—Me desperté y se me habían soltado los puntos —le respondió Alysa quitándole importancia al asunto—. Necesito ir al baño para asearme y cambiarme el sujetador antes de que me pongas el vendaje.

—Eh… Te preguntaría si necesitas ayudas pero me da miedo que me mal intérpretes —le respondió Alberto entendiendo ahora la diversión de Dave—. Te acompaño hasta la puerta del baño y haces lo que tengas que hacer sentada para que no te marees y te caigas, ¿de acuerdo? —Alysa trató de contener la risa pero no pudo—. ¿Se puede saber qué te parece tan gracioso?

—Me has visto desnuda, no entiendo a qué viene esa reacción —le contestó Alysa sonriendo—. No te preocupes, no me caeré al suelo ni nada por el estilo.

Alberto la acompañó hasta la puerta del baño, entrecerró la puerta y, mientras esperaba a que Alysa se aseara, cambió las sábanas de la cama manchadas de sangre y puso unas nuevas.

Tú eres mi destino 14.

Alysa y Alberto permanecieron el resto del día en la habitación de Alysa, ella en la cama y él en el sofá cama, pero ninguno de los dos durmió nada. Cuando llegó la noche ambos estaban agotados y finalmente cayeron rendidos en un sueño profundo.

Sobre las cuatro de la mañana, cuatro horas después de quedarse dormida, Alysa empezó a tener sus habituales pesadillas. Desde que mataron a sus padres, tenía pesadillas todas las noches y por eso no solía dormir más de cuatro horas diarias. Soñaba que se despertaba en un charco de sangre y con cientos de cadáveres a su alrededor y se despertaba empapada en sudor y muy alterada.

Alberto se despertó al escuchar a Alysa hablar en sueños y, aunque no entendió lo que ella decía, supo que estaba teniendo una pesadilla cuando Alysa gritó y se incorporó súbitamente. Alysa tenía la cara empapada en lágrimas y respiraba con dificultad, casi hiperventilaba. Alberto se levantó y se acercó hacia a ella despacio para no asustarla al mismo tiempo que le susurraba:

—Eh, tranquila. Solo ha sido una pesadilla —se sentó en el borde de la cama, la abrazó con ternura y añadió—: Estoy aquí contigo y no dejaré que nada malo te ocurra.

Alysa se dejó abrazar, le gustaba estar entre los brazos de Alberto porque la hacía sentir segura y en esos momentos lo necesitaba, estaba demasiado cansada como para fingir que no era así.

—Quédate conmigo —le pidió Alysa a con un hilo de voz.

—No pienso irme a ninguna parte —le aseguró Alberto mientras se metía en la cama con Alysa y la rodeaba con sus brazos.

Entre los brazos de Alberto, Alysa volvió a quedarse dormida y pocos minutos después Alberto también se durmió.

A las once de la mañana, preocupados por no saber nada de Alberto ni Alysa, el maestro Lee y Diego decidieron asomarse a la habitación de Alysa para comprobar que ambos estaban bien y les encontraron abrazados el uno al otro, completamente dormidos. El maestro Lee sonrió, le hizo una señal a Diego para que retrocediera y cerró la puerta de la habitación para que tuvieran más intimidad, pese a que tan solo estaban durmiendo.

Cuando Alysa se despertó una hora más tarde, Alberto la seguía manteniendo entre sus brazos y la miraba con una sonrisa en los labios.

—Buenos días, bella durmiente —le dijo Alberto besándola en la frente—. ¿Has dormido bien?

—Sí, gracias a ti. Necesito darme un baño de agua caliente y espuma.

— ¿Es una invitación? —Bromeó Alberto. La ayudó a incorporarse y a sentarse en la cama y añadió—: Iré a buscar a Soledad para que te ayude, no te muevas, solo será un minuto.

Alberto bajó al salón y buscó a Soledad para que ayudara a Alysa a darse un baño y después regresó a su habitación para darse una ducha. Cuando salió de la ducha, Marcos le esperaba sentado a los pies de la cama y le miraba sonriendo divertido.

— ¿A qué viene esa sonrisa? —Quiso saber Alberto.

—Dímelo tú, he oído que tú y Alysa habéis dormido en la misma cama y abrazados —le respondió Marcos burlonamente.

—No es nada de lo que te imaginas —le respondió Alberto mientras se vestía—. Lo único que me interesa es que Alysa esté bien.

—Creo que te interesa algo más que su bienestar —opinó Marcos—. Pero únicamente deberías centrarte en eso hasta que ella se recupere.

Alberto y Marcos bajaron a la cocina y se reunieron de nuevo con Diego y el maestro Lee, que llevaba una bandeja con zumo, tortitas y fruta que había preparado para Alysa desayunara.

El maestro Lee le llevó el desayuno a Alysa a su habitación, donde se la encontró con Soledad.

—Te traigo el desayuno, ¿qué tal has dormido? —La saludó el maestro Lee.

—No demasiado bien —le respondió Alysa. Soledad la besó en la mejilla, se marchó para dejarles a solas y Alysa continuó hablando—: Me desperté gritando a las cuatro de la mañana porque tuve una de mis pesadillas.

—Pero después volviste a dormirte, ¿no? —Le dijo el maestro Lee sonriendo.

—Sí, gracias a Alberto —le confesó Alysa—. La otra noche dormí con Alberto y no tuve ninguna pesadilla, creo que dormí casi diez horas seguidas. Puede que solo haya sido casualidad pero, ¿qué probabilidades hay de que no tenga pesadillas cuando él está durmiendo a mi lado?

—Quizás no se trate de casualidades ni de probabilidades —comentó el maestro Lee—. A lo mejor simplemente ocurre porque te sientes segura y en paz cuando estás con él.

— ¿Qué se supone que debo hacer? —Preguntó Alysa—. No entraba en mis planes enamorarme de él, pero tampoco tengo voluntad para alejarlo.

— ¿Por qué crees que deberías alejarlo? —Le preguntó el maestro Lee—. Ese chico ha estado pendiente de ti en todo momento, desde que llegó no ha querido moverse de tu lado pese a que estaba agotado y necesitaba descansar. Ese chico te quiere, no entiendo por qué quieres alejarlo.

—Yo no puedo darle una vida normal, legalmente ni siquiera estoy viva —se lamentó Alysa—. Por no mencionar que mi principal prioridad es la venganza.

—Las prioridades cambian —comentó el maestro Lee—. Y, por lo que he podido comprobar, creo que Alberto está más que dispuesto a unirse a tu causa.

Dave entró en la habitación de Alysa y le preguntó:

— ¿Cómo está mi enferma favorita?

—No estoy enferma, estoy bien  —le replicó Alysa—. ¿Cuándo voy a poder salir de aquí?

—Deja que te examine y, según cómo tengas esa herida, puede que te levante el castigo de reposo absoluto en cama para castigarte solo con reposo —bromeó Dave.

Dave le quitó el vendaje a Alysa del hombro, limpió y examinó la herida y los puntos de sutura. Cuando comprobó que todo estaba bien, volvió a ponerle un vendaje en el hombro y le dijo:

—Todo está perfecto, la herida no está infectada y está cicatrizando muy rápido. Pero tu cuerpo aún se está recuperando de la anemia producida por la pérdida de sangre, así que aunque te levante el castigo de guardar reposo en cama, no quiero que te muevas mucho y por supuesto no hagas ningún esfuerzo si no quieres que se te salten los puntos —le advirtió Dave—. Voy a buscar a Alberto, me pidió que lo avisara después de examinarte y que le informara de tu estado.

Dave salió de la habitación y bajó a la cocina en busca de Alberto, a quien encontró con Marcos desayunando. Le confirmó que Alysa estaba bien y que la herida estaba cicatrizando muy bien y muy rápido, pero también le advirtió que Alysa no podía hacer esfuerzos.

—Alysa es muy testaruda y siempre termina saliéndose con la suya, no dejes que te líe —le puso Dave sobre aviso a Alberto—. Sospecha si empieza a ponerte ojitos y cara de niña buena.

Alberto y Marcos rieron al escuchar las palabras de Dave. Habían conocido muy bien a Alysa desde que se instaló en la villa y sabían que lo que decía Dave era cierto.

Tras recibir algunos consejos por parte de Dave, Alberto se dirigió a la habitación de Alysa y allí la encontró hablando con el maestro Lee.

—Alberto, pasa —le invitó a entrar el maestro Lee cuando Alberto llamó a la puerta—. Le estaba explicando a Alysa que cincuenta de mis chicos se están ocupando de limpiar y vigilar vuestra villa y todas sus pertenencias.

—No deberías preocuparte por eso ahora —le replicó Alberto a Alysa—. Dave me ha dicho que te ha dado luz verde para que no te quedes todo el día en la cama, pero me ha advertido que no puedes hacer el más mínimo esfuerzo.

El maestro Lee les dejó a solas y Alberto ayudó a Alysa a ponerse en pie y la acompañó hasta el salón caminando despacio según las recomendaciones de Dave para que ella no se mareara.

Pasaron lo que quedaba de mañana en el salón, sentado en el sofá uno al lado del otro, mientras charlaban con Marcos, Dave, Diego y el maestro Lee sobre cómo actuar con Ronald Red y cómo enfocar el siguiente paso en la investigación.

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