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Solo tuya 16.

Solo tuya

“Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro,” Óscar Wilde.

A las cuatro de la tarde, las chicas aparecen en el apartamento de Gonzalo. Esta vez han llegado puntuales, algo inaudito. Mientras ellas suben en el ascensor, aprovecho para despedirme de Gonzalo, que no ha dejado de repetirme que le llame cuando las chicas se vayan y él regresará de inmediato.

–          Llámame si necesitas cualquier cosa y avísame cuando las chicas se vayan, no tardaré en llegar. – Me repite. – Aquí estás segura, el edificio cuenta con un sistema informático de vigilancia al cual Bruce tiene acceso, además del portero y dos agentes de seguridad privados que hemos contratado, puedes estar tranquila.

–          Gracias por ocuparte de todo y por cuidar de mí. – Le agradezco con sinceridad.

–          No tienes nada que agradecerme, cariño. – Me estrecha entre sus brazos, me besa en los labios y añade: – Diviértete con tus amigas, te vendrá bien desconectar de todo durante un rato.

Las chicas entran en el apartamento y Adela las guía hasta el salón, donde nos encuentran a Gonzalo y a mí despidiéndonos, es decir, abrazados y besándonos.

–          Ejem, ejem. – Finge toser Lorena. – ¿Llegamos demasiado pronto?

–          Llegáis justo a tiempo. – Saluda Gonzalo a Lorena dándole un par de besos en la mejilla, mostrando su sonrisa más carismática. – ¿Qué tal estás, Lorena?

–          Pues no tan bien como vosotros, por lo que veo. – Le contesta Lorena divertida.

–          Gonzalo, ellas son Rocío y Paula. – Le presento a las chicas. – Chicas, él es Gonzalo.

–          ¿Gonzalo a secas? – Me pregunta Lorena. Y, sin darme tiempo a contestar, añade divertida: – Me parece que tienes muchas cosas que aclararnos.

–          Encantado de conoceros. – Las saluda Gonzalo también dándoles un par de besos en la mejilla. – Os dejo a solas para que habléis. – Me besa en los labios y me susurra al oído con dulzura: – No te olvides de llamarme.

Gonzalo se marcha y me quedo en el salón con las chicas y Adela, que rápidamente se afana en servirnos algo de beber y yo la ayudo, no quiero que piense que creo que estoy en un hotel donde me lo hacen todo. Cuando servimos las cuatro tazas de café, Adela se excusa alegando que tiene que ir a hacer la compra y nos deja a solas, no sin antes preguntarme si necesito que me traiga algo. Adela es un sol, de eso no hay duda.

–          Empieza a hablar pero ya. – Me ordena Rocío. – ¿Se puede saber qué es eso de que estás prometida y vas a tener cuatro hijos?

–          Chicas, dejemos que se explique. – Me echa una mano Lorena. – Si nos ha reunido aquí, por algo será.

–          Es un gabinete de crisis. – Les aclaro. – Y, para que sepáis de qué va la historia, os la contaré desde el principio.

Les explico con todo detalle cómo han sido los dos últimos meses de mi vida, desde que conocí a Gonzalo. Les explico nuestras reuniones de trabajo, las veces que nos hemos visto fuera de la oficina, el fin de semana en Londres y todo lo que ocurrió después, cuando recibí las fotos y aparecimos en toda la prensa londinense y también en la prensa española. Las tres me escuchan con atención y sin interrumpirme.

–          ¿Ya has visto el vídeo de seguridad de la floristería? – Me pregunta Paula con su tono de voz más suave y dulce.

–          Sí, lo he visto esta mañana y he reconocido al tipo que me envía las orquídeas y todo lo demás. – Les confieso.

–          ¿Quién es? – Me preguntan las tres al unísono.

Tengo que contárselo a alguien y ellas siempre lo han sabido y conocen mi historia con James. James… Todavía recuerdo el día que le conocí como si fuera ayer, a pesar de que ya han pasado casi cinco años. Iniciaba el último año de carrera y el primer semestre lo pasé en Londres con la beca Erasmus. Después de la primera semana de clase, mis compañeras de piso me animaron a salir a tomar unas copas con ellas a un pub cercano y allí lo conocí. James era el típico niño rico y carismático que se llevaba de calle a todas las chicas de la ciudad, todas fantaseaban con la idea de tenerle, pero se juntaba con malas compañías y siempre andaba metiéndose en líos. Era obvio que yo le gustaba y cada vez que se encontraba conmigo trataba de seducirme. Recuerdo que una vez me envió un ramo de orquídeas al piso que compartía en Londres. Al principio no era un mal tipo, era amable, simpático y muy gracioso, incluso me caía bien. Pero poco después empezó a tomar drogas y perdió cualquier atisbo de lucidez. Su obsesión le llevó a perseguirme día y noche y llegué a sentirme atemorizada. Fue entonces cuando Derek se puso en contacto conmigo. Derek investiga a una pequeña organización de narcotráfico a la que James pertenecía y vio en mí una oportunidad para acabar con toda la organización. Me propuso que colaborara con el Servicio Secreto para detenerlos y no pude negarme, James tenía demasiado dinero y muchos contactos como para encontrarme en cualquier parte del mundo, además, su familia era muy influyente, nadie me hubiera escuchado y mucho menos hubieran testificado ante un juez si hubiese puesto una denuncia por acoso. Así que me armé de valor y me acerqué a James para conseguir toda la información posible que permitiera que detuvieran a toda la banda. Por suerte, James creía que yo era una especie de ángel que había venido a salvarlo, hasta ese punto llegaba su adicción a las drogas, así que jamás se le ocurrió tocarme un pelo, siempre me trataba con respeto, pero esa no era razón suficiente para que no viviera atemorizada. Así pasé cinco meses, hasta que conseguimos toda la información necesaria y el Servicio Secreto organizó la operación en el pub donde James se reunía con el resto de miembros de la organización, pero él no se encontraba allí en ese momento a pesar de que debía estar allí. El hermano de uno de los tipos a los que detuvieron fue testigo de todo y creyó que se trataba de una trampa que James les había tendido, así que fabricó una bomba casera y la colocó en su casa. Derek y yo nos dirigíamos a casa de James y estábamos aparcando en la acera de enfrente cuando la bomba estalló y mil pedazos de cristal, piedra, madera y hierro salieron despedidos por la onda expansiva, rompiendo una de las ventanas del coche y produciéndonos algunos pequeños cortes. Encontraron un cadáver en la casa y, tras hacerle las pruebas de ADN, confirmaron que se trataba de James. Después de todo aquello, las chicas vinieron a Londres para animarme y, cuando regresamos a Barcelona, no le contamos a nadie lo que ocurrió, ni siquiera a mi padre.

Cojo aire y respiro profundamente para armarme de valor antes de decirle a las chicas:

–          Vais a creer que estoy loca, pero os aseguro que era James Hilton. – Les digo con firmeza y seguridad, convencida de ello.

–          ¿James Hilton? – Me pregunta Lorena mirándome con desconfianza. – Cielo, James Hilton está muerto, encontraron su cadáver y las pruebas de ADN corroboraron que se trataba de él.

–          Os aseguro que era él y soy plenamente consciente de que supuestamente está muerto, ¡joder, vi cómo su casa estallaba en pedazos con él dentro! – Exclamo frustrada.

–          Creo que deberías llamar a Derek, él sabrá qué hacer. – Me aconseja Paula.

–          ¿Se lo has dicho ya a Gonzalo? – Me pregunta Lorena.

–          No, todavía no. – Confieso. – Tengo miedo a su reacción cuando descubra quién es James, por qué se supone que está muerto y por qué el Servicio Secreto del Reino Unido va a meter las narices en todo esto.

–          Tienes que contárselo a Gonzalo, si James está vivo y sabe que él está contigo puede que intente alguna de sus locuras. – Me sugiere Rocío.

Rocío tiene razón, la seguridad de Gonzalo es lo primero. Si realmente se trata de James, y estoy convencida de ello, tanto Gonzalo como yo estamos en peligro.

–          Gonzalo lo tendrá que aceptar y asimilar, si de verdad quiere estar contigo te lo demostrará quedándose a tu lado y, si no lo hace, al menos lo descubrirás antes de que lo vuestro vaya a más. – Opina Lorena. – Tú, al igual que él, también tienes un pasado y, si tú has aceptado y asimilado el suyo, él deberá hacer lo mismo.

–          Ni el bueno es tan bueno, ni el malo es tan malo, recuérdalo. – Me aconseja Rocío.

–          Llamaré a Derek y le pondré al corriente, según lo que me diga, hablaré con Gonzalo y se lo contaré todo.

–          ¿Según lo que te diga? – Me pregunta Lorena alzando una ceja.

–          Necesito tiempo, así que más os vale quedaros calladitas. – Les advierto. – Y ahora, ponedme vosotras al corriente de vuestras vidas. Lorena, ¿qué tal te va con tu nuevo jefe alemán?

–          Por primera vez en la historia y sin que sirva de precedente, estoy enamorada. – Nos confiesa sonriendo de oreja a oreja. – Seguimos viéndonos fuera del trabajo y tratamos de evitar quedarnos a solas en la oficina, la tentación es demasiado grande. Erik quiere hacer pública nuestra relación, pero le he pedido un poco de tiempo, todo está yendo tan rápido que necesito tiempo para asimilarlo.

–          Y Paula, ¿tú qué tal lo llevas con Mario? – Me animo a preguntarle a Paula.

–          Pues la verdad es que estoy encantada. – Nos confiesa. – Siempre ha sido mi amor platónico, alguien a quién jamás pensé que podría tener, y ahora estoy en una nube de color rosa.

–          Rocío, cuéntale qué tal te va a ti. – Le dice Lorena a Rocío.

–          ¿Qué tienes que contar, Rocío? – Le pregunto divertida.

–          He conocido a alguien, a mi vecino de enfrente, para ser más exacta. – Me contesta Rocío con la cara iluminada por su sonrisa. – Es bombero, así que tiene un horario laboral bastante complicado y, como es un despistado, la mayor parte de las veces viene a pedirme un poco de sal, un poco de azúcar y ya sabes, una cosa lleva a la otra y…

–          ¡Se lo ha tirado! – Me resume Lorena.

–          Vaya, parece que todas estamos empezando a sentar la cabeza y a enderezar nuestras vidas. – Comenta Paula.

–          Nos estamos haciendo mayores, pero yo sigo metiéndome en líos como cuando era una adolescente. – Comento con resignación.

–          Si no te metieras en los líos en los que te metes, nuestras vidas serían mucho más aburridas. – Me dice Lorena burlonamente.

Pasamos tres horas hablando, poniéndonos al día de todo lo que hemos hecho y de todo lo que queremos hacer en las vacaciones, que ya están a la vuelta de la esquina. Lorena se va a ir a Alemania todo el mes de agosto, Erik la ha invitado a pasarlo con él y su familia; Paula pasará sus vacaciones con Mario, irán unos días al pueblo de los abuelos de Paula y después disfrutarán a solas de unas románticas vacaciones en Menorca; Rocío también irá a su pueblo unos días para ver su familia, pero pasará el resto de vacaciones en la ciudad con la intención de seguir frecuentando a su vecino de enfrente; y luego estoy yo, que todavía no sé qué voy a hacer en vacaciones y lo cierto es que ni siquiera me importa, siempre y cuando las pase con Gonzalo.

Las chicas se marchan sobre a las siete de la tarde y, antes de llamar a Gonzalo, decido llamar a Derek y contarle todo lo que está ocurriendo.

–          Yas, ¿estás segura de que era él? – Me pregunta Derek algo confundido. – Las pruebas de ADN confirmaron que el cadáver que encontramos en la casa era James Hilton, han pasado cinco años desde entonces, es posible que solo sea alguien que se le parece, Yas.

–          Estoy completamente segura de que era él, Derek. – Le aseguro. – Sé que parece una locura, pero tienes que creerme.

–          Está bien, ¿tienes ese vídeo?

–          No, pero supongo que podré conseguirlo. – Le contesto. – Este es mi nuevo número de teléfono, te llamaré cuando consiga el vídeo.

–          Yas, si es cierto que se trata de James, puedes estar en peligro. – Me advierte Derek con tono de voz preocupado. – Tanto tú como tu amigo deberías tener protección las veinticuatro horas, no sabemos lo que es capaz de hacer.

–          Aún no le he contado nada a Gonzalo, no sé cómo hacerlo sin que crea que estoy loca.

–          Os pondré agentes para protegeros, serán discretos y no notaréis que están ahí, pero sería conveniente que hablaras con tu amigo y le pusieras al corriente de la situación. – Me aconseja Derek.

–          Veré cómo me las apaño. – Murmuro. – Te llamaré en cuanto tenga el vídeo.

–          Esperaré tu llamada, mientras tanto vigilaré al círculo de James, si está vivo es posible que quiera contactar con alguien y podamos localizarlo. – Y añade con tono serio antes de despedirse – No bajes la guardia y recuerda todo lo que aprendiste hace cinco años cuando estuviste en Londres. Cuídate, Yas.

–          Lo intentaré, gracias por todo, Derek. – Le agradezco antes de colgar.

Me dirijo a la cocina y me encuentro a Adela preparando la cena, así que decido echarle una mano y así distraerme un rato.

–          ¿Puedo ayudarte, Adela?

–          Se supone que eres una invitada, no tienes que ayudarme, muchacha.

–          Lo menos que puedo hacer es echarte una mano, bastante trabajo te estoy dando ya. – Le replico con una sonrisa en los labios. – Además, me aburro como una ostra.

–          ¿Has llamado ya a Gonzalo? – Me pregunta Adela alzando una ceja, sabedora de la respuesta.

–          No, todavía no. – Confieso. – No quiero interrumpirle y si le llamo estoy segura de que regresará en cinco minutos.

–          Yas, Gonzalo está esperando tu llamada desde que ha salido por la puerta, te aseguro que lo que más desea es regresar a casa para estar contigo. – Me asegura Adela. – Gonzalo es un buen chico, deja que te lo demuestre.

–          No lo pongo en duda, Adela. – Le aseguro. – Pero todo está yendo tan rápido y todo es tan… peculiar, que tengo la sensación de haber invadido su vida y su espacio más personal, no quiero agobiarlo.

–          Llámale, no le vas a molestar y evitarás que se enfade. – Me aconseja. – No sé si te has dado cuenta, pero Gonzalo es muy gruñón cuando quiere.

Obedezco a Adela y decido llamar a Gonzalo. Me dirijo al salón para hablar con mayor privacidad y Gonzalo, nada más descolgar, me dice:

–          Hola cariño, estaba esperando tu llamada. ¿Se han ido ya las chicas?

–          Sí, acaban de marcharse.

–          Dame cinco minutos y estaré contigo.

–          Gonzalo, si tienes cosas que hacer en la oficina no hace falta que vengas, Adela me está haciendo compañía, no quiero causarte más problemas.

–          Cariño, no me causas ningún problema. – Me asegura Gonzalo. – Además, me muero de ganas de estar contigo. Llegaré en cinco minutos, preciosa.

–          Te estaré esperando. – Le susurro con un hilo de voz antes de colgar.

Regreso a la cocina junto a Adela y la ayudo a preparar la cena. Gracias a Adela, descubro que el plato preferido de Gonzalo es el solomillo al horno con salsa de trufas y Adela me enseña cómo se prepara. Cuando Gonzalo regresa a casa apenas diez minutos después de haber hablado con él, entra en la cocina y nos saluda:

–          Buenas tardes, señoritas. – Le da un beso en la mejilla a Adela y acto seguido se acerca a mí, me envuelve entre sus brazos y me besa en los labios. – ¿Todo bien, cariño?

–          Todo genial, Adela me está enseñando a cocinar tu plato preferido, pero me temo que todavía necesitaré algunas clases más. – Le comento divertida. – ¿Qué tal te ha ido en la oficina?

–          Bien, pero mañana por la mañana tengo que regresar, tengo una reunión con un cliente y necesito dejarlo todo bien atado antes de marcharnos de vacaciones.

–          ¿Nos vamos de vacaciones? – Le pregunto sorprendida.

–          En un par de días, mientras la empresa de mudanzas se ocupa de trasladar nuestras cosas a la casa. – Me confirma Gonzalo. – Será mejor que empieces a pensar en un destino, ¿a dónde te apetece ir?

–          Pues no sé, así tan de repente no se me ocurre nada. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Ya se nos ocurrirá algo. – Me susurra al oído. Me da otro beso en los labios y añade sonriendo – Voy a ponerme cómodo, regreso en dos minutos y os echo una mano.

Adela y yo continuamos preparando la cena y pocos minutos después se nos une Gonzalo, vestido con un pantalón corto y una camiseta de manga corta. A las nueve de la noche, los tres nos sentamos juntos a cenar, esta noche Gonzalo ha conseguido convencer a Adela para que cene con nosotros.

Después de cenar y de recoger la mesa, Gonzalo y yo nos retiramos a su habitación y Adela se queda recogiendo la cocina.

–          Ven aquí, preciosa. – Me dice Gonzalo cerrando la puerta de la habitación y abrazándome por la espalda. – Estás muy callada, ¿estás segura de que va todo bien?

–          Ahora sí, tenía ganas de estar contigo a solas. – Le contesto sin ser del todo sincera.

–          ¿Quieres contarme qué te preocupa?

–          Verás, me gustaría ver el vídeo de nuevo, puede que estando más tranquila, sin sentirme presionada por tu mirada y la de Bruce, quizás reconozca a ese tipo. – Miento como una perra y me siento fatal por ello.

–          Tenemos una copia del vídeo, si quieres volver a verlo puedes hacerlo, pero eso será mañana. Por hoy ya has tenido suficientes emociones fuertes, ahora tienes que descansar un poco. – Sentencia Gonzalo.

Gonzalo empieza a desnudarme y, cuando me quedo en ropa interior, me besa en los labios brevemente y me hace un gesto para que me meta en la cama. Le obedezco sin rechistar y, cuando veo que se quita la camiseta y el pantalón, quedándose tan solo vestido con un bóxer blanco ajustado, decido deshacerme de mi sujetador y mis braguitas bajo las sábanas, quedándome completamente desnuda sin que él se dé cuenta. Gonzalo apaga la luz de la habitación, se mete en la cama y me abraza. Justo en el momento que posa sus manos en mí para estrecharme contra su cuerpo, se da cuenta que estoy desnuda y, a pesar de que no puedo verlo, sé que está sonriendo.

–          Cariño, ¿tienes calor? – Me pregunta burlonamente.

–          No, pero espero tenerlo. – Le contesto juguetona.

Gonzalo da media vuelta en la cama, haciéndome rodar con él y dejándome bajo su cuerpo. Me sostiene las manos por encima de la cabeza y, mirándome a los ojos con intensidad, me pregunta con la voz ronca:

–          ¿Estás juguetona, cariño?

–          Mucho. – Le susurro al mismo tiempo que me arqueo y alzo mi pelvis para tratar de tener contacto directo con su cuerpo.

–          Pues disfruta, preciosa. – Me susurra al oído. – Voy a hacer que entres en calor.

Sus labios recorren el lóbulo de mi oreja y descienden por mi cuello hasta llegar a mis pechos, donde se entretiene lamiendo y mordiendo mis pezones. Continúa su descenso hasta llegar a mi ombligo rodeándolo sensualmente con su lengua y produciéndome un excitante cosquilleo que hace que me vuelva a arquear y se me escape un pequeño gemido de placer.

–          Eso es, preciosa. – Susurra Gonzalo excitado. – Quiero oírte disfrutar.

Continúa con el descenso de sus labios hasta llegar a mi pubis. Lo besa sensualmente y desliza su lengua por mi clítoris y mi hendidura, estimulando el centro de mi entrepierna y provocándome ligeras descargas de placer que van en aumento. Gimo excitada cuando mi cuerpo empieza a convulsionarse ante la proximidad del orgasmo y Gonzalo me dice sin retirar su boca de mi entrepierna:

–          Córrete, cariño. Córrete para mí.

Sus palabras son como una orden para mi cuerpo y estallo en mil pedazos. Gonzalo lame hasta la última gota de mi orgasmo y, acto seguido, se coloca un preservativo y me penetra lentamente, acariciándome el clítoris con la yema de su dedo pulgar, haciendo que los espasmos incipientes al orgasmo regresen a mi cuerpo. Gonzalo entra y sale de mí una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez con más fuerza, hasta que en una última estocada, ambos alcanzamos juntos el clímax. Gonzalo se deja caer sobre mí, pero rápidamente da media vuelta rodando, quedando con la espalda sobre el colchón y dejándome a mí sobre él.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta cuando logramos recobrar la respiración.

–          Todo perfecto. – Susurro extasiada.

–          Yasmina, esta mañana en la bañera…

–          Lo sé. – Le interrumpo ya medio dormida.

–          Yasmina, ¿tomas la píldora?

–          Sí, pero que me quede embarazada no debería ser lo único que te preocupe.

–          Estoy sano, jamás practico sexo sin utilizar preservativo pero contigo… No sé cómo lo haces pero me vuelves loco. – Me estrecha con fuerza entre sus brazos y me susurra al oído: – Mañana me haré unos análisis para que veas que estoy completamente sano y podamos dejar de hacerlo sin preservativo.

–          ¿No te preocupa que yo no esté sana?

–          ¿No lo estás? – Me pregunta divertido.

–          Lo estoy, pero lo justo es que yo también me someta a un análisis de sangre para demostrártelo.

–          De acuerdo, mañana iremos los dos a la clínica de mis padres.

–          ¿A la clínica de tus padres? – Le pregunto tensándome de la cabeza a los pies.

–          Sí, será un momento y tendremos los resultados en un par de horas, yo mismo puedo pasar a recogerlos cuando regrese a casa de la oficina. – Me responde. Me besa en los labios y añade – No te preocupes, mis padres no estarán en la clínica, mañana se van a Ginebra para asistir a una conferencia.

–          Está bien, en ese caso no puedo negarme. – Acepto finalmente.

–          Pues ahora a dormir, mañana tenemos que madrugar.

No me cuesta quedarme dormida entre los brazos de Gonzalo, de hecho, empiezo a pensar que no seré capaz de volver a dormir si no lo tengo a mi lado abrazándome.

A la mañana siguiente me despierto en la misma posición en la que me quedé dormida anoche: sobre el tórax de Gonzalo y envuelta entre sus brazos.

–          Buenos días, preciosa. ¿Nos damos una ducha?

Protesto y trato de hacerme la remolona, pero Gonzalo me coge en brazos, me lleva al cuarto de baño y entra conmigo en la ducha.

–          Andamos justos de tiempo, si entro contigo en la bañera llegaré tarde a la reunión con mi cliente. – Me susurra al oído mientras me coloca bajo el caño de la ducha de efecto lluvia. – Si nos damos prisa, me dará tiempo a desayunar contigo después de hacernos los análisis de sangre y antes de ir a la oficina.

Nos damos una ducha rápida, nos vestimos y bajamos al parking para coger el coche de Gonzalo y dirigirnos a la clínica. Se supone que los agentes secretos de Derek nos deben estar protegiendo y, tal y cómo el propio Derek me dijo, ni nos damos cuenta de que están ahí.

Entramos en la clínica y Gonzalo saluda a la recepcionista, que le reconoce inmediatamente y, tras explicarle vagamente el motivo de nuestra visita, nos hace pasar a una pequeña sala donde una enfermera nos saca sangre y después nos dice que podremos pasar a por los resultados en un par de horas. Regresamos a casa y desayunamos juntos antes de que Gonzalo se marche a la oficina. Cuando se despide de mí, le digo antes de que se marche:

–          Gonzalo, me gustaría ver el vídeo de nuevo.

–          Está sobre la mesa de mi despacho, puedes verlo en tu portátil, en mi despacho o en el salón, donde prefieras. – Me dice escudriñándome con la mirada. – No te obsesiones demasiado, puede que ni siquiera le conozcas. – Me besa en los labios y añade antes de irse: – Llámame si necesitas algo, estaré de vuelta a la hora de comer.

Espero a que Gonzalo salga del apartamento y me encierro en la habitación para ocultarme de Adela y llamar a Derek. Le digo que tengo el vídeo y me pide que se lo envíe por e-mail desde una cuenta de correo electrónico nueva. Hago lo que me pide y diez minutos después recibo su llamada:

–          Puede que los dos nos hayamos vuelto locos, pero no creo en las coincidencias. Será mejor que hables con tu novio, os haré una visita a la hora de la cena, así que pon un plato de más en la mesa. Si James Hilton está vivo, tu vida corre peligro.

Solo tuya 15.

Solo tuya

“Ámame, bésame, besa mis labios, besa mi pelo, mis deseos, mis ojos, mi cerebro. Hazme olvidar.” Charles Bukowski.

Tardamos pocos minutos en regresar a casa de Gonzalo, a Bruce le gusta conducir rápido y a estas horas de la noche apenas hay tráfico. Gonzalo y yo entramos por la puerta principal del edificio y el portero del turno de noche nos saluda con amabilidad. Le devolvemos el saludo y Gonzalo me guía hasta el ascensor, donde espera a que se cierren las puertas para estrecharme con fuerza entre sus brazos y besarme en los labios apasionadamente. Las puertas del ascensor se abren cuando llegamos al ático y Gonzalo me coge en brazos haciendo que le rodee la cintura con mis piernas y carga conmigo hasta la puerta del apartamento, donde deja que mis pies vuelvan a tocar el suelo mientras saca las llaves de su bolsillo pero sin dejar de besarme.

–          Vas a volverme loco, cariño. – Me susurra al oído con la voz ronca. Me besa en la mejilla con dulzura y añade al mismo tiempo que abre la puerta del apartamento y me hace un gesto para que entre: – Antes de que me vuelvas loco del todo, tenemos que mantener nuestra conversación pendiente. − Le miro haciendo un mohín y Gonzalo me sonríe divertido. – Vamos a la habitación, no vaya a ser que despertemos a Adela.

Sin apenas hacer ruido, cruzamos el primer pasillo hasta el salón y después recorremos el segundo pasillo hasta el final, donde está situada la habitación de Gonzalo. Entramos en la habitación y lo primero que hago es quitarme los zapatos, mis pies necesitan un descanso. Dudo si ponerme o no el pijama y finalmente decido ponérmelo, pero antes le pregunto a Gonzalo:

–          ¿Te importa si me pongo cómoda?

–          Estás en tu casa. – Me responde Gonzalo. Me da un leve beso en los labios y añade en un susurro: – Voy un momento a la cocina a por una botella de agua y un par de vasos, ¿necesitas que te traiga algo?

–          No, gracias. – Le contesto sonriendo tímidamente.

Gonzalo se marcha y yo aprovecho para ponerme mi pijama, por suerte he cogido un conjunto de seda compuesto por una camiseta de finos tirantes y un short holgado, ambas piezas de color fucsia. Me miro al espejo y sonrío como una tonta, pero me siento sexy y elegante al mismo tiempo, nada excesivo pero tampoco anti morbo. Gonzalo regresa un par de minutos más tarde y me dedica una de sus sonrisas macarras al mismo tiempo que me mira con una intensidad que me paraliza.

–          Así vestida no me lo pones nada fácil, cariño. – Me susurra con la voz ronca. Me coge de la mano y se sienta en el sofá de la habitación colocándome sobre su regazo. – Ni siquiera me has dicho qué te ha parecido mi familia.

–          Tienes una familia maravillosa, Gonzalo. – Le aseguro. – La verdad es que tengo que confesar que no me esperaba que fueran tan amables y divertidos, al menos no conmigo que apenas me conocen…

–          Te los has metido a todos en el bolsillo, no podía ser de otra manera. – Me responde estrechándome entre sus brazos, apretándome con fuerza contra su pecho. – Nunca antes había llevado a una chica a casa de mis padres, bueno excepto a Esther, pero ella no cuenta, es como una más de la familia.

–          Me siento mal mintiendo, Gonzalo. Cuando se enteren me van a odiar.

–          No les hemos mentido, hemos dicho la verdad. – Me asegura. – Les hemos confesado que lo del compromiso y los cuatro hijos fueron una broma que se nos fue de las manos y también les hemos dicho que nos estamos conociendo. – Me mira a los ojos y añade con voz firme y seguro de sus palabras: – Me gustas desde la primera vez que te vi en tu despacho, poniendo morritos porque tu padre te había endosado a un nuevo cliente y tú solo querías tomarte unos días de vacaciones para descansar. Al principio pensé que eras un capricho, alguien a quien no podía tener y que suponía un reto, pero las semanas han ido pasando y, además de la atracción que existe entre nosotros, hay muchas otras cosas que tenemos en común. Me gusta estar contigo, me siento cómodo y a gusto. Sé que todo esto está sucediendo muy rápido y puede que sea un poco precipitado, pero quiero estar contigo, Yasmina. Dame una oportunidad para demostrarte lo feliz que puedo llegar a hacerte y lo bien que voy a cuidar de ti.

Le sostengo la mirada incrédula y sin saber qué decir. ¿Acaba de pedirme que seamos una pareja? Apenas hace dos meses que nos conocemos y ni siquiera nos hemos acostado juntos… Aunque tengo que reconocer que he fantaseado con ello todas las noches desde que le conozco y esta noche estaba casi segura de que iba a ocurrir. De hecho, aún lo sigo pensando.

–          ¿No vas a decir nada? – Me pregunta Gonzalo escrutándome con la mirada.

–          No sé qué decir, ni siquiera sé si te he entendido bien. – Le confieso.

–          ¿Te sientes cómoda conmigo? – Me pregunta. Asiento y añade: – ¿Te gusta estar entre mis brazos y que te bese? – Vuelvo a asentir y él me sonríe. – Entonces, lo único que te pido es que te dejes llevar y quizás dentro de veinte años les contaremos a nuestros hijos cómo sus padres decidieron tener cuatro hijos.

–          Entonces, supongo que ya no te queda ninguna excusa para empezar a besarme y después echarte atrás, ¿verdad? – Le reprocho burlonamente. – Tú también me lo pones muy difícil a veces.

Gonzalo se echa a reír a carcajadas y, cuando logra dejar de reír, se levanta del sofá conmigo en brazos y me lleva hasta la enorme cama King size de su habitación.

–          Voy a compensarte por ello, cariño. – Me dice sonriendo divertido.

Se quita la americana, la corbata y los zapatos y se sienta en la cama a mi lado, escrutándome con la mirada.

–          ¿Estás segura de lo que vamos a hacer?

No le contesto. Me limito a sonreírle con picardía y me acerco a él para desabrocharle los botones de su camisa y dejar su pecho al descubierto. Le quito la camisa y Gonzalo se queda desnudo de cintura para arriba. Llevo mis manos hacia el pantalón de Gonzalo, le desabrocho el botón y le bajo la cremallera pero, cuando estoy a punto de llevar mi mano a su entrepierna, se pone en pie y me dedica una sonrisa provocadora al mismo tiempo que se deshace de sus pantalones. Acto seguido, me mira con intensidad y vuelve a sentarse en la cama junto a mí.

–          Ha llegado mi turno. – Me susurra al oído.

Sin hacerse de rogar, Gonzalo me quita la camiseta de tirantes, dejándome completamente desnuda de cintura para arriba, y me tumba en la cama para deshacerse de mis shorts, dejándome tan solo con un diminuto tanga brasileño.

–          Eres preciosa. – Me susurra con la voz ronca.

Me besa en los labios con pasión y desciende con sus labios por mi cuello hasta llegar a mi pecho, donde se entretiene lamiendo, pellizcando y mordiendo mis pezones. Continúa con el recorrido, besa mi ombligo y con sus dedos desliza suavemente el tanga por mis piernas, dejándome completamente desnuda y expuesta a él. Abre mis piernas y besa el centro de mi placer, haciendo que me derrita con el contacto. Se me escapa un gemido de protesta y Gonzalo me pregunta divertido:

–          ¿La señorita Soler está impaciente?

–          Muy impaciente. – Le aseguro provocándole.

Gonzalo suelta una carcajada y me devora la boca con urgencia. Le correspondo y nuestras manos empiezan a acariciar nuestros cuerpos y no tardo más de unos segundos en deshacerme de su bóxer, dejando libre su tremenda erección. Gonzalo me sonríe juguetón, abre mis piernas y se pierde entre ellas para lamer, presionar y succionar mi clítoris, estimulando sin darme tregua y metiendo dos dedos dentro de mí para prepararme para recibirlo. Me arqueo excitada, pero Gonzalo continúa dándome placer hasta que estoy a punto de correrme y tengo que agarrarle de la cabeza y tirar de él hasta colocarlo a mi altura.

–          Te quiero dentro. – Le ordeno.

Gonzalo me besa en los labios y estira su brazo para abrir el cajón de la mesita de noche y sacar un preservativo. Desgarra el envoltorio con los dientes, saca el preservativo y se lo coloca con habilidad y rapidez, es obvio que está más que acostumbrado a hacerlo. Podría detenerlo y decirle que tomo la píldora, pero no le digo nada, al menos no de momento. Gonzalo me besa con ternura y, mirándome a los ojos con intensidad, conduce su miembro en mi entrada y lo empuja hacia mi interior con delicadeza al mismo tiempo que observa y disfruta de cada una de mis reacciones. Con él dentro de mí me siento completamente llena en todos los sentidos.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta preocupado por mí.

–          Todo perfecto. – Le susurro excitada.

Gonzalo empieza a moverse dentro de mí, entra y sale rítmicamente sin dejar de besarme, de acariciar mis pechos y también mi clítoris. Gimo y Gonzalo gruñe, me azota el trasero suavemente y estallo en un orgasmo espectacular que convulsiona mi cuerpo y provoca el orgasmo de Gonzalo, que suelta un gruñido aún más fuerte y se desploma boca arriba a un lado de la cama, llevándome a mí con él y dejándome sobre su pecho. Me abraza con fuerza y, manteniéndome entre sus brazos, sale de mí, restira el preservativo y lo anuda antes de dejarlo en el suelo a un lado de la cama.

–          ¿Estás bien? – Me pregunta de nuevo preocupado.

–          No podría estar mejor. – Le aseguro dándole un beso.

Nos tapa con la sábana y me dice en un susurro:

–          Entonces duerme, cariño. – Me besa en la frente y añade: – Seguiré aquí cuando te despiertes.

Cómoda entre los brazos de Gonzalo y agotada por largo día lleno de acontecimientos que he tenido, no tardo en quedarme dormida.

A la mañana siguiente cuando abro los ojos, me encuentro con la intensa mirada de Gonzalo que me sonríe divertido y, tras darme un escueto beso en los labios, me susurra:

–          Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–          Mejor que nunca. – Le confieso escondiendo mi cara entre su cuello y la almohada.

–          Voy a darme una ducha, ¿te apetece venir conmigo?

Asiento con la cabeza y Gonzalo me coge en brazos y me lleva al cuarto de baño. Abre el grifo de la bañera y deja que se llene al mismo tiempo que me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído:

–          En la bañera estaremos más cómodos.

Una vez se llena la bañera de agua, Gonzalo me ayuda entrar y acto seguido él hace lo mismo, colocándose detrás de mí y envolviéndome de nuevo con sus brazos. Gonzalo coge el grifo extensible y nos moja la cabeza, después se echa un poco de champú en la mano y me lo extiende por la cabeza dándome un masaje mientras yo me dejo hacer. Cuando termina, coge de nuevo el grifo y me aclara el pelo. Entonces, coge el gel de baño y empieza a enjabonarme el cuerpo con sus manos. Primero el cuello, los brazos y los pechos y después mi abdomen, mis piernas y, cómo no, mi zona más íntima. Me recuesta sobre él de modo que mi espalda quede pegada sobre su pecho, me hace doblar las rodillas y abrir las piernas y lleva su mano derecha a mi entrepierna mientras su mano izquierda acaricia mis pechos y estimula mis pezones. Se me escapa un gemido y Gonzalo me susurra al oído con la voz ronca:

–          Eso es cariño, déjate llevar y disfruta.

Con su dedo corazón presiona y acaricia mi clítoris sin descanso, excitándome y excitándose, pues puedo notar su erección presionando contra el final de mi espalda. Las caricias cada vez son más rápidas e intensas, llevándome a un estado de excitación que no puedo controlar y mi cuerpo empieza a recibir las primeras sacudidas del incipiente orgasmo.

–          Córrete, cariño. Córrete para mí. – Me susurra excitado.

–          No, te quiero dentro. – Protesto.

Gonzalo me coge de la cintura alzándome unos centímetros y coloca su miembro en la entrada de mi vagina antes de hacerme descender de nuevo, al mismo tiempo que me penetra y sin dejar de acariciar mi clítoris. Entra y sale de mí despacio y, cuando ya no aguanto más y estallo en mil pedazos, Gonzalo se deja de llevar y alcanza el clímax al mismo tiempo que yo.

Tras darnos un último aclarado, Gonzalo y yo salimos de la bañera y nos secamos con las esponjosas toallas que Adela ha dejado perfectamente colocadas sobre el mueble de baldas.

–          Voy a vestirme, sécate el pelo y vístete y ven a desayunar a la cocina cuando termines, te estaré esperando. – Me dice Gonzalo antes de besarme y salir del cuarto de baño.

Me quedo en el baño secándome el pelo y, media hora más tarde, me asomo por la cocina ya peinada y vestida.

–          Buenos días, señorita Soler. – Me saluda Adela con una amplia sonrisa en el rostro.

–          Buenos días, Adela. – Le devuelvo el saludo y la sonrisa. – Y por favor, llámame Yasmina o Yas.

–          Ven aquí, preciosa. – Me dice Gonzalo agarrándome de la mano tirando de mí y sentándome sobre su regazo. – Acaba de llamar tu padre, al parecer se te olvidó devolverle la llamada a tu amiga Lorena y está muy preocupada.

–          ¡Oh, le dije que la llamaría ayer por la tarde! – Caigo en la cuenta. – Apagué mi teléfono y le dije que compraría una nueva tarjeta y la llamaría para explicarle todo lo que había ocurrido, al igual que todo el mundo ella también vio la prensa y la televisión ayer.

–          No te preocupes, le he dicho a tu padre que le dijera a Lorena que la llamarías en un rato, pero primero desayunas. – Me ordena Gonzalo.

Le obedezco sin rechistar, su tono autoritario no da opción a réplica. Adela nos sonríe con complicidad y se marcha de la cocina alegando que va a arreglar nuestra habitación.

Cuando acabamos de desayunar, Gonzalo me presta su móvil para que llame a mi padre y a Lorena pero, antes de llamar a nadie, le pregunto:

–          ¿Puedo ir a mi ático y reunirme allí con las chicas? Querrán verme y no dejarán de insistir hasta que comprueben con sus propios ojos que estoy bien.

–          Queda con ellas aquí, nadie os molestará y yo aprovecharé su visita para escaparme a la oficina y recoger algunos informes. – Me sugiere Gonzalo.

–          No quiero molestar, Gonzalo.

–          Cariño, tú nunca molestas y te recuerdo que estás en tu propia casa. – Me dice estrechándome entre sus brazos. Me besa en los labios y añade: – Acuérdate de llamar a tu padre, no quiero que piense que yo te lo estoy impidiendo. Ven a buscarme al despacho cuando hayas terminado.

Gonzalo sale de la cocina y yo decido llamar primero a mi padre, con él la conversación será más fácil y breve.

–          ¿Diga? – Responde al teléfono mi padre nada más descolgar.

–          Hola papá.

–          Hola, cielo. ¿Cómo estás? ¿Has hablado ya con Lorena? – Me pregunta preocupado.

–          Estoy bien, papá. – Le aseguro. – Todavía no he llamado a Lorena, pensaba hacerlo en cuanto terminara de hablar contigo. ¿Va todo bien por la oficina?

–          Sí, además Rubén me está echando una mano.

–          ¿Rubén ha regresado a la oficina? – Pregunto sorprendida.

–          Te vio en la televisión y me llamó, cuando le dije que te habías tomado unas vacaciones él decidió posponer su excedencia hasta que tú regresaras. – Me responde. – ¿Quieres contarme qué es lo que ha pasado entre vosotros para llegar a ese extremo?

–          No me apetece hablar de ello, papá. – Le contesto con un hilo de voz.

–          Entonces, me arriesgaré y sacaré mis propias conclusiones.

–          ¿Y cuáles son tus conclusiones? – Le pregunto divertida.

–          Gonzalo Cortés es mi conclusión. No soy idiota y me doy cuenta de lo que pasa a mi alrededor, Yas. – Me responde. – A Rubén le gustas desde hace tiempo, aunque él ni siquiera se diera cuenta de ello hasta hace bien poco. Y también sé que él a ti no te interesa como algo más que un compañero o un amigo, igual que sé que el que te interesa como algo más que un cliente es Gonzalo Cortés.

–          ¿Eso te parece mal? – Le pregunto tanteando el terreno.

–          Si te hace feliz, a mí me parece perfecto, cielo. – Me asegura mi padre. – Es cierto que Gonzalo Cortés tiene reputación de mujeriego, pero nunca se ha dejado ver con ninguna de esas chicas en público y mucho menos las ha metido en su casa ni las ha llevado a casa de sus padres. ¿Vais en serio?

–          Nos estamos conociendo, papá. – Le respondo resoplando. – No sé qué va a pasar, solo sé que me siento a gusto y segura con él, me trata como a una princesa y me respeta.

–          Solo quiero que seas feliz, ya sabes que siempre voy a estar de tu parte. – Me dice con ternura. – Llámame cuando tengas el número de teléfono nuevo.

–          Lo haré. – Le aseguro. – Te quiero, papá.

–          Yo también te quiero, cielo. – Me dice antes de colgar.

Decido tomarme un respiro antes de llamar a Lorena, no sé si estoy preparada para responder a todas las preguntas que me va a hacer. Cuando por fin me armo de valor, marco el número de Lorena y me responde al segundo tono:

–          ¿Sí?

–          Lore, soy Yas. – Le digo.

–          ¡Por fin! ¿Se puede saber dónde andas metida? Tu padre me ha dicho que no me preocupara, que Cortés estaba contigo. ¿Es que acaso ya es oficial? Como sea cierto todo lo que la prensa dice y tú no nos haya contado nada…

–          Relájate o te dará un infarto. – La interrumpo. – Escucha, es una larga historia y no quiero repetirla tres veces. Llama a Rocío y Paula, queda con ellas y nos vemos esta tarde en el apartamento de Gonzalo.

–          ¿Estarás bajo arresto domiciliario? – Se mofa Lorena.

–          Nadie nos molestará y Gonzalo me ha dicho que aprovechará vuestra visita para ir a la oficina, tendremos intimidad.

–          De acuerdo, ¿a qué hora vamos y dónde tenemos que ir?

–          A las cuatro de la tarde, te enviaré la dirección por mensaje desde mi nuevo teléfono o, si no consigo un nuevo teléfono, te avisaré desde el teléfono móvil de Gonzalo.

–          Dime una cosa, ¿te lo has tirado ya?

–          Eso no es asunto tuyo. – Le contesto a la defensiva.

–          Eso es un sí como una casa.

–          A las cuatro, no lleguéis tarde. – Le digo antes de colgar.

Llevo varios días desconectada de mis amigas, no sé cómo le va a Lorena con Erik, su jefe alemán; ni a Paula con Mario, el hermano de Lorena; ni tampoco sé cómo lo lleva Rocío en su nuevo piso. Durante los últimos días he tenido demasiadas cosas en las que pensar y las he descuidado un poco, así que esta tarde es hora de dar la cara y poner las cartas sobre la mesa.

Me dirijo al despacho de Gonzalo y, al encontrarme la puerta cerrada, golpeo suavemente la puerta y espero a que me dé permiso para entrar.

–          Adelante.

–          ¿Se puede? – Le pregunto asomando la cabeza.

–          Por supuesto, preciosa. ¿Has llamado ya a tu padre y a tu amiga?

–          Sí, he quedado con las chicas a las cuatro de la tarde.

–          ¿Tienes ganas de estar con ellas? – Me pregunta sonriendo.

–          Sí, en los últimos días apenas las he visto o hablado con ellas. Por cierto, necesito salir a comprar una tarjeta con un nuevo número.

–          Ya me he encargado de eso, Bruce está de camino con tu tarjeta nueva. – Me responde satisfecho. – ¿Necesitas algo más?

–          No, por el momento no necesito nada. – Le contesto llegando hasta a él y Gonzalo me agarra de la cintura y me sienta sobre su regazo.

–          Cariño, tengo que decirte algo. – Me confiesa susurrando.

–          Y no me va a gustar. – Adivino con desgana.

–          Bruce ha ido a la floristería desde donde te envían las orquídeas, el problema es que la persona que las envía paga siempre en metálico, pero Bruce ha conseguido que le presten una de las cintas de vídeo en la que aparece, puede que si le ves lo reconozcas.

–          ¿Eso es todo?

–          Por el momento no tenemos nada más.

–          No me refiero a eso, me refiero a si tienes algo más que decirme.

–          No voy a ocultarte nada, cariño. – Me asegura Gonzalo. Alguien llama al timbre del apartamento y añade: – Ahí está Bruce.

Nos ponemos en pie y salimos del despacho. Gonzalo se dirige hacia a la puerta de entrada para recibir a Bruce y yo les espero en el salón, tratando de asimilar que posiblemente ahora pueda descubrir quién es la persona que me envía las orquídeas y las fotos en las que aparezco con Gonzalo. Ambos aparecen en el salón un minuto más tarde y se sientan en los sofás, Gonzalo a mi lado y Bruce en frente.

–          Cariño, Bruce ha traído el vídeo de seguridad de la floristería, ¿te parece bien que lo veamos ahora? – Me pregunta Gonzalo algo preocupado.

–          Sí, cuanto antes lo sepamos, mejor. – Le confirmo.

Gonzalo le hace un gesto con la cabeza a Bruce y Bruce coloca un CD en el DVD y lo conecta en la televisión.

–          Según el propietario de la floristería, el tipo al que buscamos es el primer cliente del día, así que será el primer cliente en aparecer en el vídeo. – Comenta Bruce.

Presto atención al televisor, esperando que aparezca el primer cliente y cruzando los dedos mentalmente para que pueda reconocerlo y terminar por fin con todo esto, pues la actitud tan seria y preocupada de Gonzalo empieza a asustarme bastante.

El primer cliente aparece en pantalla y le dedico toda mi atención. Lleva puesta una gorra y gafas de sol y evita mirar hacia el lado donde está la cámara de vigilancia, por lo que apenas se le ve el lado derecho de la cara, pero no me hace falta ver más para reconocerlo, su nariz aguileña y su amplio mentón son suficiente para saber de quién se trata.

–          ¿Le reconoces?

Sí, le reconozco, pero si se lo digo a Gonzalo creerá que estoy loca. ¿Quién se creería que el supuesto hombre que me acosa está muerto? Finjo que continúo concentrada en tratar de reconocer al tipo del vídeo y, finalmente, les digo con total naturalidad:

–          No se le ve bien, es como si supiera que la cámara está ahí grabándole y quisiera esconderse. – Suspiro tratando de tranquilizarme y añado: – Además, con esa gorra y las gafas de sol apenas se le ve el pómulo derecho y el perfil de su nariz aguileña.

–          Piensa, cariño. – Me dice Gonzalo con voz calmada. – Aunque esté de perfil, se pueden apreciar muchos de sus rasgos.

–          Si lo conociera, lo hubiera reconocido ya. – Sentencia Bruce. – Puede que el objetivo sea ella, pero puede que no sea la razón.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunto sorprendida.

–          ¿Cuándo recibiste el primer ramo de orquídeas? – Me pregunta Bruce. – ¿Fue justo cuando conociste a Gonzalo?

–          Pues sí, creo que sí. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Entonces, es posible que yo sea la causa. – Me dice Gonzalo apretando y tensando la mandíbula.

–          Y, si es así, lo mejor sería que te alejarás de Gonzalo. – Me dice Bruce sin anestesia.

–          Bruce, te veré esta tarde en la oficina y ya hablaremos entonces. – Le dice Gonzalo con tono severo y Bruce se marcha meneando la cabeza de un lado a otro. – No pienso separarme de ti, Yasmina. – Me dice estrechándome entre sus brazos. – Te prometo que voy a cuidar de ti, cariño.

Escucho sus palabras y me vengo abajo, no puedo dejar que piense que todo esto es por su culpa cuando sé que no es así. No puedo mentirle ni ocultarle todo lo que sé, pero no sé cómo hacerlo sin que todo parezca una locura, así que me acobardo.

–          Yo tampoco quiero separarme de ti. – Le digo aguantando las ganas de llorar, me siento mal por mentirle y temo que no sepa perdonármelo.

–          Me alegro de escucharte decir eso. – Me dice sonriendo y me besa en los labios. – Bruce ha traído tu nueva tarjeta de teléfono y ya puedes utilizarla. – Me besa de nuevo en los labios y añade: – No sé cómo, pero averiguaremos de quién se trata.

Solo tuya 14.

Solo tuya

“Confía en lo que sientes más que en lo que piensas.”  Deepak Chopra.

Entramos en el parking del lujoso edificio de apartamentos donde vive Gonzalo y aparca en su plaza. Gonzalo me dedica una inocente sonrisa y se encarga de sacar mis maletas del maletero antes de dirigirnos al ascensor. Tengo que reconocer que estoy muy nerviosa, sé de sobras que Gonzalo no es de los que lleva a sus ligues a casa y eso, a la vez que me emociona, también me preocupa.

Entramos en el ascensor y Gonzalo, percatándose de mi estado de nervios, me dedica una sonrisa tranquilizadora y me dice con ternura:

–          Quiero que te sientas como en tu propia casa y, si hay algo con lo que no te sientas cómoda, te ruego que me lo digas, estoy seguro de que lo podremos solucionar.

–          ¿Por qué haces esto?

–          ¿Hay alguna razón para que no deba hacerlo? – Me pregunta mirándome a los ojos y frunciendo el ceño, como si quisiera leer mi mente.

–          Soy un desastre, todo me sale mal. – Le confieso. – A estas alturas ya deberías haberte dado cuenta, ¡he puesto tu vida patas arriba! – Resoplo y añado haciendo un mohín: – Y aun y así, todavía te quedan ganas de lidiar con mi padre, dejar que invada tu casa y protegerme.

–          En primer lugar, no eres ningún desastre. – Me dice muy serio. Las puertas del ascensor se abren, Gonzalo coge las maletas y añade guiñándome un ojo: – Y ya te he dicho que quiero que te sientas como en tu propia casa, así que eso no cuenta.

Gonzalo saca las llaves de su bolsillo y abre la puerta de su apartamento. Entramos en el amplio hall, Gonzalo deja a un lado las maletas y me coge de la mano al mismo tiempo que me dice guiándome por el largo pasillo:

–          Ven, te voy a presentar a Adela y te voy a enseñar el apartamento.

–          ¿Quién es Adela? – Pregunto con curiosidad.

–          Adela ha sido la asistenta en casa de mis padres desde que era niño y, cuando me mudé a este apartamento, ella me acompañó. – Me responde sonriendo.

Entramos en la cocina y Gonzalo saluda dándole un abrazo a la mujer que cocina mientras escucha la radio y quien me imagino debe ser Adela. La mujer se percata de mi presencia y no puede ocultar la sorpresa en su rostro, estoy segura de que no me esperaba.

–          Adela, quiero presentarte a la señorita Yasmina Soler. – Le dice Gonzalo regresando a mi lado y colocando su brazo alrededor de mi cintura.

–          Un placer conocerla, señorita Soler. – Me saluda Adela. Es una mujer que supura dulzura y amabilidad por todas partes y me gusta nada más verla. – Y felicidades a ambos por el compromiso. – Se vuelve hacia Gonzalo y añade con ligero tono de reproche: – Pero no me ha gustado nada enterarme por la televisión, Gonzalo.

–          No era así como queríamos que todos os enteraseis, pero ya sabes cómo es la prensa con estos asuntos. – Le responde Gonzalo encogiéndose de hombros. – Voy a enseñarle el apartamento a Yasmina y a ayudarla a que se instale, avísame cuando lleguen Roberto y Bruce.

Adela nos dedica una dulce sonrisa y Gonzalo, sin dejar de agarrarme por la cintura, me enseña su apartamento. La habitación de Adela está junto al hall de entrada, después un largo pasillo conduce hasta la cocina, el comedor y el salón, respectivamente. Desde el salón se accedía a otro pasillo donde había un aseo, dos habitaciones de invitados con baño propio, el despacho de Gonzalo y su habitación, también con baño propio.

–          El apartamento no es muy grande, pero espero que podamos instalarnos en la nueva casa a finales de esta misma semana. – Me dice Gonzalo cuando finaliza en su habitación la visita guiada de su apartamento.

–          ¿Y cuál va a ser mi habitación?

–          Esta. – Me contesta con firmeza. Me quedo sin habla y Gonzalo añade sonriendo divertido: – Se supone que estamos prometidos, sería sospechoso que descubrieran que dormimos en habitaciones distintas. Pero no te preocupes, yo dormiré en el sofá.

–          Gonzalo, no creo que sea…

–          Deja de pensar en mí como en un cliente, Yasmina. – Me interrumpe Gonzalo. – Ahora también somos amigos, estamos en esto juntos y me gustaría pensar que confías en mí.

–          Voy a seguir dándote problemas, Gonzalo.

–          Me gusta el riesgo. – Me dice bromeando. Se acerca para abrazarme y yo me dejo envolver por sus brazos. – Además, le he prometido a tu padre que iba a cuidar de ti y yo siempre cumplo mis promesas.

Gonzalo me mira a los ojos y acerca sus labios a los míos pero, cuando estamos a punto de besarnos, Adela asoma la cabeza por la puerta de la habitación y nos dice:

–          ¡Qué bonita pareja hacéis! – Nos sonríe con ternura y añade – Bruce y Roberto acaban de llegar.

–          Gracias Adela, ahora mismo vamos. – Le responde. Gonzalo espera a que Adela desaparezca y me dice: – Tenemos que hablar de cómo llevar el asunto ante la prensa, no podemos decir que no estamos prometidos y que todo era una broma, hemos engañado a mucha gente y no se lo tomarían bien. Creo que lo mejor sería enviar un comunicado a la prensa pidiendo que respeten nuestra intimidad y privacidad y esperar a que se les olvide todo este asunto. Cuando pase un tiempo y todo el mundo se haya olvidado, todo volverá a la normalidad. – Me asegura Gonzalo. – Lo que verdaderamente me preocupa es el tipo que te envía las orquídeas, las fotos y las malditas notas. Hasta que ese asunto se resuelva, no quiero que vayas sola a ninguna parte y te quedarás conmigo. Hasta que no sepamos quién es y hasta a dónde puede llegar, no pienso correr ningún riesgo.

–          Creía que el riesgo te gustaba. – Le replico burlonamente.

–          Me gusta el riesgo, pero jamás te arriesgaré a ti, Yasmina. – Sentencia. Me da un beso en la mejilla y añade más relajado: – Vamos, Bruce y Roberto nos están esperando.

Sigo a Gonzalo hasta el salón, donde Bruce y Roberto nos esperan sentados en uno de los sofás con cara de pocos amigos. Ambos me dedican una tímida sonrisa cuando me ven, pero eso solo hace que me ponga más nerviosa.

–          Algo no va bien, ¿verdad? – Le pregunto susurrando a Gonzalo.

–          No te preocupes, todo va a ir bien. – Me asegura Gonzalo cogiéndome de la mano y tirando de mí hacia el centro del salón. Con la mano que le queda libre saluda a Roberto y Bruce y todos nos sentamos en los sofás. – Bueno, lo mejor será que vayamos por partes. – Sugiere Gonzalo. – Tenemos dos problemas: la prensa y el tipo que le envía las orquídeas a Yasmina, que además de flores ahora también envía fotos y notas con amenazas. El tema de la prensa es lo que menos me preocupa, podemos calmarlo enviando un comunicado pidiendo intimidad y privacidad. Lo que de verdad me preocupa es no saber quién es ese tipo y qué es lo que quiere.

–          Lo que quiere es bastante obvio. – Opina Roberto.

Gonzalo lo fulmina con la mirada y puedo notar como su mandíbula se tensa y aprieta con fuerza sus puños. Por suerte, Bruce decide intervenir antes de que lo haga Gonzalo:

–          Te guste o no, Roberto tiene razón. – Me mira y añade: – No sabemos quién es ni qué es capaz de hacer, tampoco sabemos cómo ha conseguido saber dónde estabais y haceros todas esas fotos, pero lo que sí sabemos es que te quiere para él y para ello te tiene que conocer y, por lo tanto, tú también debes conocerlo a él.

–          ¿A dónde quieres llegar, Bruce? – Le pregunta Gonzalo malhumorado.

–          Puede que el comunicado calme a la prensa, pero lo mejor es que todo el mundo sepa que estáis prometidos y que lleváis una vida feliz, y para ello deberéis de acudir a algunos eventos sociales. – Comenta Bruce. – La idea es que os vean como a una pareja y así sea más difícil acceder a Yasmina. Por otra parte, hasta que no sepamos de quién se trata, ella deberá tener protección.

–          ¿Acaso quieres usarnos como cebo para averiguar quién es? – Pregunta Gonzalo con desaprobación.

–          Bruce tiene razón, si nos dejamos ver en público confirmando nuestra relación puede que deje de interesarle o que se enfurezca y cometa algún error que lo delate. – Opino. – No podemos escondernos y esperar a que todo se resuelva solo.

–          Yo opino lo mismo que ellos, Gonzalo. – Nos secunda Roberto.

–          Está bien, de acuerdo. – Cede finalmente Gonzalo.

–          También sería conveniente que hicieras una lista con los nombres de todas las personas de las que puedas sospechar. – Me dice Bruce. – Incluye también a todos tus exnovios, amigos con derecho a roce y amigos que pudieran pretender ser algo más, les investigaremos a todos.

–          Ya tendremos tiempo de hacer esa lista, por hoy ya ha tenido bastante y el día aún no ha terminado. – Sentencia Gonzalo. – Mantenedme informado de todo en todo momento.

Bruce y Roberto muestran su conformidad asintiendo con la cabeza, se ponen en pie y se despiden antes de marcharse. Suspiro profunda y sonoramente y Gonzalo me coge de la cintura y me estrecha entre sus brazos. Sé que hay algo que le preocupa y que trata de ocultarme, pero no me atrevo a preguntar por si no me gusta la respuesta, creo que prefiero no saberlo.

Permanecemos abrazados el uno al otro durante unos minutos hasta que Adela nos dice que la comida ya está preparada. Pasamos al comedor y Adela nos sirve la comida, pero ella no se sienta a la mesa con nosotros a pesar de la insistencia de Gonzalo.

Después de comer, Gonzalo me acompaña a la habitación y me dice que descanse un poco antes de ir a cenar a casa de sus padres.

–          Estoy demasiado nerviosa como para echarme una siesta. – Protesto haciendo un mohín.

–          Pues túmbate en la cama y algo descansarás aunque no duermas.

–          No quiero quedarme sola, Gonzalo. – Le confieso con un hilo de voz.

–          No pienso moverme de aquí, Yasmina. – Me asegura. – Si quieres, podemos hablar.

–          ¿De qué quieres hablar?

–          ¿Has vuelto a saber algo de Isaac? Si mal no recuerdo, creo que tenías que darle una respuesta en dos meses y esos dos meses ya han pasado. – Me pregunta escudriñándome con la mirada.

–          Ha venido a verme a casa esta mañana, antes de ir a la oficina. – Le respondo sosteniéndole la mirada y tratando de evaluar su reacción, pero su rostro es indescifrable y tampoco dice nada. – Un compañero de trabajo de Isaac me vio en la gala de la exposición, así que simplemente me ha deseado suerte y que sea feliz.

–          ¿No le has desmentido que estamos juntos? – Me pregunta ligeramente sorprendido.

–          No hubiera servido de nada, la decisión estaba tomada desde hacía ya tiempo, lo mejor era zanjar el asunto cuanto antes y que cada uno siguiera con su vida. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–          Me alegro, soy un hombre prometido y muy celoso. – Bromea divertido. Me besa en la mejilla y añade: – ¿Tienes algún otro pretendiente del que deba estar informado?

–          También está Rubén, pero ya hemos hablado del tema y él ha decidido coger una excedencia en el trabajo para cambiar de aires y centrarse. – Le confieso. – Pero él jamás haría algo así, de eso estoy segura.

–          ¿Qué me dices de Max Thorme? ¿Le ves capaz a él?

–          No conozco a Thorme tan bien como a Rubén o Isaac, pero la verdad es que tampoco me lo imagino enviando flores. – Le contesto. – Además, nunca he hablado con Thorme sobre flores y mucho menos sobre mis flores favoritas.

–          Conmigo sí que hablaste de tus flores favoritas y acabas de volver a hacerlo. – Bromea con tono juguetón.

–          Eso es porque tú eres mi prometido y el futuro padre de mis cuatro hijos, más te vale saber cuáles son mis flores favoritas. – Le sigo la broma.

Gonzalo se tumba a mi lado en la cama y me abraza estrechándome contra su cuerpo mientras ambos continuamos bromeando acerca de nuestra nueva y peculiar relación. Estar envuelta por los brazos de Gonzalo me relaja y hace que me olvide de todas mis preocupaciones, tanto que me dejo arrastrar al reino de Morfeo.

Cuando me despierto, me encuentro con la amplia sonrisa de Gonzalo que me mira divertido y que continúa envolviéndome con sus brazos.

–          ¿Has dormido bien?

–          Demasiado bien. – Le confieso ruborizada. – ¿Tú has podido dormir un poco?

–          He dado un par de cabezadas. – Me responde sonriendo. Me da un beso en la frente y añade incorporándose en la cama – Voy a darme una ducha, pero tú puedes quedarte un rato más en la cama si quieres, aún quedan un par de horas antes de irnos a casa de mis padres.

–          ¿Crees que está bien lo que estamos haciendo? – Me oigo preguntar.

–          Yasmina, no quiero que hagas nada que no quieras hacer o de lo que no estés segura, ¿entendido? – Me dice mirándome a los ojos. – Será mejor que no vayamos a cenar, mañana por la mañana me acercaré a verles y les aclararé todo, ¿de acuerdo?

–          No. – Le digo con rotundidad. – Quiero ir contigo a cenar a casa de tus padres, somos un equipo, ¿no?

–          ¡Esa es mi chica! – Me dice de buen humor. Me estrecha entre sus brazos de nuevo y, tras dudarlo un instante, finalmente me besa en los labios. – Todos te van a adorar en cuanto te conozcan.

Sonrío como una idiota mientras veo a Gonzalo caminar hacia el cuarto de baño para darse una ducha. Por alguna extraña razón, estoy feliz pese a tener mil y un problemas por resolver y todo es gracias a Gonzalo. Da igual lo difícil y desagradable que sea la situación, con el me siento segura y feliz.

Dos horas más tarde, Bruce nos lleva en su todoterreno a casa de los padres de Gonzalo, que viven a las afueras de la ciudad. Tratando de que desaparecieran mis nervios, Gonzalo me ha hablado de su familia. Al parecer, los lunes por la noche hay cena familiar en casa de los Cortés y Gonzalo se ha saltados las tres últimas cenas, motivo por el cual no podía decirle a su madre que iba a faltar una semana más a la cena familiar. Los padres de Gonzalo son médicos y trabajan en su propia clínica, la Clínica Cortés. A ambos les encanta su trabajo. Vicente, el padre de Gonzalo, es neurocirujano y Marta, la madre de Gonzalo, es ginecóloga. También estarán allí Pablo y Claudia, los hermanos de Gonzalo de los que ya me había hablado anteriormente. Tengo que reconocer que me sorprende que ninguno de los tres hijos que tienen hayan seguido sus pasos en la medicina, pero no digo nada, me limito a escuchar y tratar de memorizar todo lo que me dice para estar más preparada cuando los conozca.

Bruce toma la salida de la autopista y empiezo a tensarme, ya casi hemos llegado y estoy muy nerviosa. Gonzalo se percata, me coge la mano y me la aprieta al mismo tiempo que me susurra al oído:

–          Relájate, todo va a ir bien y no me voy a separar de ti ni un segundo.

–          No puedo relajarme, Gonzalo. – Le digo con un hilo de voz, cada vez más nerviosa y asustada. – ¿Qué les voy a decir cuándo me pregunten cómo y dónde nos conocimos o cuándo quieran saber cuánto tiempo llevamos juntos?

–          Lo mejor es decir la verdad, así no nos olvidaremos de nada.

–          ¿La verdad?

–          Diremos que nos conocimos cuando fui a tu oficina, que coincidimos fuera del trabajo en alguna que otra ocasión y nos hicimos amigos y algo más. – Me sugiere. – Les diremos que nos estamos conociendo y que todo lo del compromiso y los cuatro hijos es una broma que se nos fue de las manos en la gala y ha trascendido a la prensa.

–          Gonzalo, prefiero que no les digas nada sobre el otro asunto… – Le pido evitando mirarle a los ojos.

–          No les diremos nada, no te preocupes. – Me estrecha entre sus brazos y me besa en la mejilla. Le devuelvo el beso, pero le beso en los labios y él, que no se lo esperaba para nada, me dice sonriendo divertido: – Cariño, será mejor que no juegues conmigo porque soy capaz de encerrarme contigo en mi antigua habitación de casa de mis padres y antes tenemos que hablar, tenemos una conversación pendiente. – Gonzalo me estrecha con fuerza contra su cuerpo y, cuando el coche se detiene, me susurra al oído con la voz ronca: – Ya hemos llegado, preciosa.

Bajamos del coche y me encuentro frente a una hermosa casa de estilo victoriano. La puerta principal se abre y aparece una pareja, quienes supongo serán los padres de Gonzalo. Nada más abrirse la puerta de entrada, Gonzalo me rodea con su brazo por la cintura y me susurra al oído con dulzura:

–          Si en algún momento no te sientes cómoda y quieres marcharte, solo tienes que decírmelo y nos marcharemos, ¿de acuerdo?

–          Deja de decirme eso si no quieres asustarme. – Le ruego haciendo un mohín mientras subimos las escaleras que conducen al porche donde sus padres nos esperan con una amplia sonrisa en sus caras. – Papá, mamá, os presento a Yasmina Soler. – Se vuelve hacia a mí y añade dedicándome una sonrisa cómplice: – Cariño, ellos son mis padres, Vicente y Marta.

–          Encantada de conocerles. – Les saludo tímidamente.

–          ¡El gusto es nuestro, querida! – Me dice Marta dándome un cariñoso abrazo. – A estas alturas ya habíamos perdido la esperanza de que Gonzalo nos hiciera abuelos y ahora nos enteramos de que está prometido y piensa tener cuatro hijos.

–          Marta, vas a asustar a la muchacha. – Le dice Vicente a su esposa. Me dedica una sonrisa cómplice idéntica a la de su hijo y me saluda dándome un par de besos en la mejilla antes de añadir: – Hacéis una bonita pareja.

–          Gracias. – Contesto ruborizada.

Gonzalo me rodea con sus brazos desde mi espalda y abrazados como una verdadera pareja entramos en casa de sus padres. Marta nos hace pasar al salón mientras ella se excusa para ir a la cocina y pedir que nos sirvan algo de beber. Sin soltarme, Gonzalo me lleva hasta el enorme sofá con forma de U en el salón y nos sentamos uno al lado del otro. Por supuesto, Gonzalo no me suelta y continúa con su brazo alrededor de mi cintura.

–          Tus hermanos aún no han llegado, pero no creo que tarden mucho. – Le dice Vicente a su hijo Gonzalo. – ¿Tienes hermanos, Yasmina?

–          No, soy hija única. – Le respondo. – Aunque tengo que reconocer que me hubiera encantado tener hermanos.

–          Supongo que por eso queréis tener cuatro hijos. – Comenta Marta entrando en el salón y sentándose junto a su marido. – Yo estoy como loca por ser abuela.

–          Precisamente de eso queríamos hablaros. – Aprovecha la oportunidad Gonzalo ya que han sacado el tema.

–          ¿Estás embarazada? – Me pregunta Marta ilusionada.

–          No, mamá. – La corta Gonzalo antes de que diga nada más y les aclara con gesto bastante serio: – Yasmina no está embarazada y, por el momento, no nos hemos planteado la posibilidad de tener hijos. Y tampoco estamos prometidos.

–          Entonces, ¿por qué aparecéis en la prensa de medio mundo? – Nos pregunta Vicente ligeramente molesto.

–          Al principio todo empezó como un malentendido. – Me oigo decir. – Nos preguntaron si estábamos casados y respondimos que todavía no, así que dedujeron que estábamos prometidos. Después nos preguntaron si pensábamos tener hijos y bromeamos diciendo que queríamos cuatro hijos, pero al parecer se lo tomaron al pie de la letra…

–          Entonces, ¿no vais hacerme abuela? – Nos pregunta Marta haciendo un mohín.

–          Nos estamos conociendo, mamá. – Le dice Gonzalo mientras acaricia mi espalda para tratar de calmarme. – Si viniera un bebé sería bien recibido, pero queremos esperar un tiempo.

Por suerte, los hermanos de Gonzalo entran en el salón riendo, así que por el momento todos se olvidan del tema y saludan a los recién llegados. Nos ponemos en pie y Gonzalo aprovecha para susurrarme al oído:

–          Lo peor ya ha pasado y ha ido bastante bien, pero si quieres marcharte…

–          Estoy bien, deja de preocuparte por todo y relájate un poco. – Le susurro.

Gonzalo me mira con intensidad, me estrecha entre sus brazos y me da un discreto beso en los labios antes de saludar y presentarme a sus hermanos:

–          Cariño, ellos son mis hermanos, Pablo y Claudia. – Se vuelve hacia a sus hermanos y añade agarrándome por la cintura con posesión: – Ella es Yasmina.

–          Encantada. – Les saludo alegremente a ambos dándoles un par de besos en la mejilla.

–          Igualmente, Yasmina. – Me saluda Claudia.

–          Es todo un placer, Yasmina. – Me saluda Pablo con tono seductor. Se vuelve hacia a Gonzalo y le dice burlonamente – Tranquilo hermanito, nadie va a quitártela.

–          Chicos, tengamos la fiesta en paz. – Les regaña Marta.

Marta nos hace pasar al comedor, nos sentamos a la mesa y dos asistentas nos sirven la cena. Disfruto observando cómo bromean los hermanos mientras cenamos, cómo Marta les llama la atención a sus hijos constantemente y cómo Vicente sonríe divertido, disfrutando de la escena tanto como yo. Sin duda alguna, son una familia dulce, cariñosa y unida.

Claudia y yo tenemos la misma edad, así que encontramos rápidamente un tema de conversación y conectamos enseguida. La familia de Gonzalo me trata con amabilidad y me hacen sentir como una más de la familia.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta Gonzalo cuando terminamos de cenar.

–          Todo perfecto. – Le confirmo sonriendo con complicidad, un poco achispada por el vino que he bebido durante la cena.

Pasamos de nuevo al salón, donde Vicente se empeña en que nos tomemos una copa antes de marcharnos y Marta me enseña álbumes de fotos de cuando Gonzalo era pequeño y todos nos reímos viendo esas fotografías y escuchando las anécdotas que Marta y Vicente nos relatan.

A medianoche, Gonzalo decide que ya es hora de irnos y nos despedimos de su familia:

–          Muchísimas gracias por invitarme a cenar, me lo he pasado genial. – Les digo con total sinceridad a los padres de Gonzalo mientras me despido de ellos con un abrazo.

–          Gracias a ti por venir y espero que regreses pronto. – Me dice Marta.

–          Nos ha encantado conocerte, Yasmina. – Se despide Vicente. – Eres una chica adorable.

–          Mi padre tiene razón, por eso no entiendo cómo soportas a Gonzalo. – Bromea Pablo dándome un abrazo más largo de lo que debería solo para fastidiar a su hermano, que cae en la trampa y rápidamente me envuelve la cintura con sus brazos y me estrecha con fuerza contra su cuerpo. – Tranquilo hermanito, nadie te la va a quitar.

–          ¿Es que nunca os vais a comportar como dos personas normales? – Les reprocha Claudia rodando los ojos. – No les hagas ni caso, Yasmina, se pasan la vida así desde que tengo uso de razón. – Me da un abrazo y añade: – Me ha encantado conocerte y espero volver a verte pronto.

Terminamos de despedirnos de la familia de Gonzalo y, cuando salimos al porche, Bruce ya nos está esperando en su todoterreno al pie de las escaleras. No sé si Gonzalo lo avisa para que nos recoja sin que yo lo vea o si Bruce tiene una especie de don para saber el momento exacto en el que tiene que aparecer, pero el caso es que siempre está listo cuando Gonzalo lo necesita.

Nos subimos en los asientos traseros del todoterreno y Gonzalo me estrecha entre sus brazos y me besa apasionadamente en los labios.

–          Vamos a casa, tenemos una conversación pendiente. – Me susurra al oído con la voz ronca.

Bruce arranca el motor del coche y nos incorporamos a la autopista un par de minutos después. Gonzalo me mantiene entre sus brazos durante todo lo que dura el trayecto y yo me dejo abrazar, me gusta estar junto a él.

Solo tuya 13.

“No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos,” Albert Einstein.

El lunes me despierto a las siete de la mañana cuando alguien no deja de llamar al timbre. Me tapo la cabeza con la manta e intento ignorarlo, pero después de diez minutos insistiendo, decido levantarme e ir a abrir. Por el video portero veo a Isaac y me sorprendo. ¿Qué está haciendo aquí y a estas horas? Le abro la puerta del rellano y voy al baño para lavarme la cara y peinarme un poco antes de que Isaac llegue. Cuando abro la puerta del rellano me encuentro a Isaac saliendo del ascensor y tiene cara de pocos amigos. Han pasado dos meses desde la última vez que nos vimos y desde entonces he cambiado tanto que lo siento como si fuera un auténtico extraño.

–          ¿Qué estás haciendo aquí? – Le pregunto confusa.

–          Necesito hablar contigo, te hubiera llamado pero tienes el teléfono móvil apagado. – Me contesta con frialdad. – ¿Puedo pasar?

–          Sí, claro. – Le respondo echándome a un lado de la puerta para dejarle pasar. Nos dirigimos a la cocina y añado: – Prepararé café.

–          Por mí no te molestes, seré breve.

–          Tú dirás. – Le digo sentándome frente a él.

–          Supongo que esto no va a ser agradable para ninguno de los dos, así que voy a ir directo al grano. – Me advierte Isaac. – Un compañero te vio el sábado por la noche en una cena de gala en Londres, acompañada por tu supuesto prometido con el que pretendes tener cuatro hijos. ¿Tienes algo que contarme?

–          No es exactamente lo que parece…

–          ¿No es exactamente lo que parece? – Me replica furioso. – Joder, Yasmina, ¡se supone que debías darme una respuesta sobre si querías que nuestra relación diese un paso más allá y cuando regreso me encuentro con esto! Mientras yo he estado deseando que estos dos meses pasaran rápido para regresar contigo tú te has dedicado a conocer a otro hombre, tirártelo, prometerte con él y planear cuantos hijos vais a tener, ¿qué se supone que debo pensar, Yasmina?

–          Isaac, yo…

–          No digas nada, no hace falta que lo hagas. – Me interrumpe molesto poniéndose en pie dispuesto a marcharse. Me da un beso en la mejilla y se despide: – Deseo que seas feliz, Yasmina.

Lo observo marcharse y, pese a que sabía desde un primer momento cuál iba a ser mi respuesta, no puedo evitar sentirme mal. Podría haberle aclarado que no estoy prometida con Gonzalo, que tan solo ha sido un malentendido que se nos ha ido de las manos y no hemos sabido aclarar, pero la verdad es que ninguno de los dos ha querido hacerlo. A Gonzalo probablemente le haya interesado para quitarse al ejército de mujeres que seguramente le acechan incansables, pero a mí también me ha venido bien para deshacerme de Max Thorme y puede que también de Isaac, aunque no haya sido nada adulto por mi parte. No aclararle mi relación con Gonzalo me había venido muy bien para ahorrarme tener que darle explicaciones a Isaac, de lo contrario hubiera tenido que justificar mi respuesta y todo hubiera sido más trágico y traumático. Me sentía ruin y una persona horrible, tanto que me eché a llorar sin consuelo.

Después de aquello, decido darme una ducha y tomarme un café tranquilamente a pesar de que llego tarde a la oficina. Necesito tratar de calmarme, al fin y al cabo eso era lo que quería, ¿no? Mi relación con Isaac se había vuelto más seria y estable y tenía que terminarla, eso era lo que hacía siempre y hasta el momento no me había ido demasiado mal.

Son las 9:30 horas de la mañana cuando entro en la oficina y saludo a Susana:

–          Buenos días, Su.

–          Buenos días, Yas. – Me devuelve el saludo. – ¿Estás bien? Tienes mala cara.

–          No he dormido demasiado bien. – Le contesto.

–          Un mensajero ha traído un paquete para ti, lo he dejado en tu despacho. Ah, y tu padre ha preguntado por ti tres veces, me ha pedido que te diga que vayas a su despacho en cuanto llegues.

Sin tiempo que perder, voy al despacho de mi padre. Abro la puerta y mi padre tiene cara de pocos amigos. Me hace un gesto para que cierre la puerta y me siente, eso no augura nada bueno.

–          ¿Qué ocurre? – Le pregunto sin andarme por las ramas.

–          Dímelo tú, acabo de enterarme por una revista inglesa que mi única hija está prometida y piensa tener cuatro hijos. – Me responde mi padre visiblemente molesto. – Gonzalo Cortés y tú salís muy favorecidos en la foto de la portada.

Mi padre me entrega la revista y en la portada aparece una foto de Gonzalo y mía besándonos mientras bailábamos en la gala de Philip Higgins. Abro la revista y hay muchas más fotos que ilustran un gran reportaje sobre la gala anual de Philip, pero la gran parte del reportaje está centrado en la “misteriosa prometida de uno de los solteros de oro más atractivos del mundo”.

–          Joder, ¿de dónde has sacado esto? – Le pregunto poniéndome pálida.

–          Eso es lo más curioso, me ha llegado por mensajería y sin remitente. – Me contesta mi padre. – Pero no es eso lo que me preocupa, Yas. Lo que realmente me preocupa es que mi hija no confíe en mí lo suficiente como para contarme que se va a casar y piensa hacerme abuelo pronto.

–          Papá, nada de lo que dice la revista es verdad. – Le aseguro. – El asistente de la gala pensó que éramos pareja y no lo sacamos de su error, así que nos presentó a todo el mundo como una pareja de recién prometidos y nosotros le seguimos el juego. El beso de la foto también tiene una explicación, me encontré allí a Max Thorme y, aunque no haya sido nada profesional, fue lo más rápido y eficiente que pudimos hacer para quitarme a Max Thorme de encima, ya sabes cómo es.

–          Dudo que ese beso haya sido solo por deshacerte de Max Thorme, Yas. – Me dice escudriñándome con la mirada. – Cortés te gusta, ¿verdad?

–          Buf. Es complicado, papá. Sí, me gusta, pero eso no tiene nada que ver y para tu tranquilidad te diré que Gonzalo no ha intentado absolutamente nada conmigo.

–          ¿Eso es lo que te tiene de mal humor? Te recuerdo que Cortés es un hombre de negocios y tienes un contrato firmado con él. Mientras que ese contrato exista, dudo mucho que intente nada. – Me dice mi padre sonriendo con complicidad. – Gonzalo Cortés es un tipo respetable en los negocios y carismático en la sociedad, pero su reputación con las mujeres no es la mejor, Yas. Sea cual sea tu decisión, yo siempre te voy a apoyar.

–          Gracias, papá. – Le digo abrazándole.

–          ¿Piensas decirle algo de esto a Cortés? – Me pregunta señalándome la revista.

–          Deja que nosotros nos ocupemos de esto.

–          Y si alguien me pregunta por el prometido de mi hija, ¿qué debo decir?

–          No lo sé, papá. La verdad es que no había pensado en la posibilidad de que todo esto saliera en la prensa. Creo que primero tengo que hablar con Gonzalo, de momento será mejor que no digas nada.

Charlamos un poco más hasta que llega un cliente con el que mi padre tiene una cita, así que me despido y me dirijo a mi despacho. Nada más entrar, veo un paquete sobre el escritorio, el paquete del que me había hablado Susana y del que me había olvidado. Me acerco y lo cojo para comprobar su peso, que no es demasiado. Decido abrirlo y los latidos de mi corazón se aceleran cuando veo una orquídea negra sobre un montón de fotografías de Gonzalo y mías, fotografías en las que aparecemos besándonos, entrando y saliendo del hotel, subiendo y bajando de la limusina y un montón de fotos más de la exposición, la subasta y la gala. Debajo de todas las fotografías encuentro una revista idéntica a la que me ha enseñado mi padre y una nota escrita en ordenador: “Te lo advertí y ahora vas a sufrir.” Decido llamar a Gonzalo, esto está empezando a asustarme y no puedo tomar una decisión yo sola, él también está implicado en esto le guste o no. Lo llamo pero me responde una voz femenina:

–          Teléfono de Gonzalo Cortés, dígame.

–          Eh, hola. Estoy buscando al señor Cortés, soy Yasmina Soler.

–          Hola, señorita Soler, soy Esther, la secretaria de Gonzalo. Ahora mismo está en una reunión y me ha dejado el móvil porque no quiere que nadie le interrumpa.

–          Necesito hablar con él lo antes posible, ¿cuándo crees que estará libre?

–          Dame un minuto, voy a avisarle de tu llamada. – Me responde Esther.

Me quedo esperando al teléfono hasta que un minuto después escucho la voz de Gonzalo al otro lado del teléfono:

–          Yasmina, ¿ocurre algo?

–          Tenemos que hablar, Gonzalo, pero no quiero hacerlo por teléfono. Es importante, ¿crees que podrás escaparte unos minutos?

–          Yasmina, dime qué está pasando. – Me ordena preocupado.

–          He recibido un paquete y mi padre también y no te va a gustar lo que hay dentro.

–          ¿Estás en la oficina?

–          Sí.

–          Estoy en mitad de una reunión, Bruce va ir a buscarte y te traerá aquí mientras yo doy por finalizada la reunión. – Sentencia Gonzalo. – Coge todo lo que hayas recibido y entrégaselo a Bruce, lo revisaremos en mi despacho. Yasmina, ¿tú estás bien?

–          No lo sé, Gonzalo, estoy empezando a asustarme. – Le confieso.

–          Tranquila, Bruce ya está de camino, te traerá aquí y yo me ocuparé de todo. – Trata de tranquilizarme Gonzalo. – No tienes nada que temer, yo voy a estar contigo. Recoge el paquete y baja a la calle, Bruce ya habrá llegado cuando salgas.

–          Nos vemos ahora. – Me despido antes de colgar.

Coloco todas las fotografías, la revista, la nota y la orquídea negra dentro de la caja y salgo de mi despacho cargando con ella. Cuando paso por delante del mostrador de recepción le digo a Susana que estaré fuera de la oficina el resto del día y entro en el ascensor sin darle tiempo a que me haga ninguna pregunta. Salgo a la calle y Bruce está esperándome apoyado en el todoterreno, pero cuando me ve aparecer se me acerca y se apresura en cargar con la caja y guardarla en el maletero. Acto seguido, abre una de las puertas traseras y me hace un gesto para que suba al coche. Le obedezco sin decir ni mu, Bruce me ha intimidado desde la primera vez que lo vi y cada día me da más miedo.

Dos minutos más tarde, Bruce aparca el coche en el parking del edificio de Gonzalo y ambos nos dirigimos al ascensor. Nada más salir del ascensor, Bruce me guía hacia el despacho de Gonzalo y, antes de entrar, se para frente a Esther y le pregunta:

–          ¿Está solo?

Esther asiente con la cabeza y Bruce golpea suavemente la puerta del despacho de Gonzalo, espera que le dé permiso para entrar y abre la puerta. Gonzalo está sentado en su sillón y se pone en pie en cuanto me ve entrar. Me escruta con la mirada y se me acerca con cautela mientras Bruce deja la caja sobre el escritorio y sale del despacho cerrando la puerta sin hacer ruido. Una vez a solas, Gonzalo me agarra por la cintura y me estrecha entre sus brazos. Nos abrazamos durante unos minutos sin decir nada hasta que finalmente Gonzalo me lleva hasta el sofá para sentarnos y me susurra:

–          Tranquila, Yasmina. – Me besa en la sien y añade: – Dime qué ocurre, ¿has vuelto a recibir las malditas flores?

–          No exactamente. – Le respondo con un hilo de voz. – Mi padre ha recibido una revista inglesa con una foto nuestra besándonos en la portada. Yo también he recibido la misma revista, junto con un montón de fotografías nuestras de todo el fin de semana, una nota bastante desagradable y una orquídea negra.

Gonzalo me besa en la sien y se levanta del sofá para dirigirse al escritorio y revisar todo el contenido de la caja. Yo me quedo donde estoy, no quiero volver a ver nada de todo eso. Él se toma su tiempo para revisarlo todo y, cuándo termina, se acerca de nuevo a mí y, con la revista en la mano, me pregunta:

–          ¿Tu padre ha visto la revista? – Asiento con la cabeza y añade: – ¿Y cómo se lo ha tomado?

–          Le he dicho la verdad, Gonzalo. El pobre pensaba que su única hija se había prometido e iba a tener cuatro hijos sin decirle nada. – Le confieso frustrada.

–          ¿Se ha enfadado?

–          No, al menos cuando le he aclarado que lo de la revista era un malentendido que se nos había ido de las manos. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–          Yasmina, esto no me gusta. – Me dice de repente. – Puede que a tu padre no le haga ninguna gracia y hablaré con él si es necesario, pero hasta que resolvamos todo esto tú te quedas conmigo.

–          ¿Cómo dices? – Le pregunto confundida.

–          Yasmina, esto es serio, nos han seguido y nos han fotografiado durante todo el fin de semana, sabía dónde nos hospedábamos y la nota se puede considerar una amenaza, no estoy dispuesto a correr ningún riesgo. – Me dice estrechándome con fuerza entre sus brazos. – Vamos a regresar a tu oficina para hablar con tu padre, después pasaremos por tu casa para recoger tus cosas y te instalarás en mi casa.

–          ¿Qué? ¿Piensas decirle eso a mi padre? – Le pregunto horrorizada.

–          ¿Acaso prefieres que le mienta? – Me desafía Gonzalo.

–          No, pero ya le ha costado creer todo lo que le he dicho, sobre todo después de ver esa revista, imagínate lo que pensará si le dices que voy a instalarme en tu casa. – Le respondo.

–          No te preocupes, le dejaré muy claro que nuestra relación es estrictamente laboral. – Me replica molesto.

¿A qué ha venido eso? Ni siquiera me da tiempo a abrir la boca, Gonzalo me agarra de la cintura y me saca de su despacho. Al pasar frente a la mesa de Esther, me para con brusquedad y, pegándome a su lado, le dice a Esther:

–          Voy a estar el resto del día fuera de la oficina, cancela todas mis citas y llámame solo si es urgente.

–          Ahora mismo lo cancelo todo. – Le asegura Esther. – Por cierto, me pediste que te recordase la cena de esta noche, si la cancelas tendrás problemas.

–          Genial, más problemas. – Murmura entre dientes Gonzalo.

Camina hacia el ascensor sin soltarme la cintura y puedo sentir como nos miran sus empleados. Entramos en el ascensor y Gonzalo no retira su brazo de alrededor de mi cintura, yo tampoco hago nada para apartarme de él. Las puertas del ascensor se abren cuando llegamos al parking y Gonzalo me guía hasta a su coche, abre la puerta del copiloto, me ayuda a subir al coche y me abrocha el cinturón de seguridad mientras yo me dejo hacer. Cuando termina, cierra la puerta y da la vuelta para sentarse tras el volante, arranca el coche y conduce en dirección a mi oficina. Apenas tardamos unos minutos en llegar. Gonzalo aparca el coche en el parking del edificio y, cuando nos dirigimos caminando hacia el ascensor, me detiene y me dice mirándome a los ojos:

–          Yasmina, solo quiero protegerte. ¿Confías en mí? – Asiento con la cabeza porque, a pesar de estar dolida, molesta y enfurruñada con él, confío en él. – Entonces deja que sea yo quien se encargue de todo, incluso de tu seguridad. Te prometo que te sentirás como en tu propia casa. – Nos sostenemos la mirada durante un instante, me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído: – No tienes nada de lo que preocuparte.

Entramos en la oficina y Susana nos mira con el rostro pálido, estoy segura de que ella también se ha enterado de la noticia, puede que se lo haya dicho mi padre. La saludo con un leve gesto de cabeza y ella me devuelve el saludo del mismo modo, sabe que ahora es mejor no decir nada. Nos dirigimos directamente al despacho de mi padre, llamo suavemente a su puerta y espero que nos dé permiso para entrar antes de abrirla.

–          Estaba a punto de llamarte. – Me dice mi padre mirándonos con el semblante serio. – Mi teléfono está que echa humo, todo el mundo quiere felicitarme por el compromiso de mi única hija y aún no habéis visto lo mejor. – Enciende la televisión con el mando a distancia y la foto de Gonzalo y mía besándonos en la gala aparece en un programa de tertulianos de la prensa rosa. – Todo el mundo quiere conocer la opinión del padre de la futura novia y yo no sé qué opinar.

–          Si me lo permite, señor Soler, yo mismo le explicaré lo ocurrido. – Le dice Gonzalo.

–          No es necesario, mi hija ya me ha contado la historia. – Le interrumpe mi padre. – Lo que quiero saber es qué se supone que pretendéis con todo esto.

–          Esta mañana he recibido un paquete con un montón de fotos nuestras de este fin de semana junto a una nota. – Le explico a mi padre. – Me lo ha enviado la misma persona que me envía las orquídeas y que seguimos sin saber quién es.

–          Mis hombres están investigando y, mientras todo esto se resuelve, es mejor que sigan creyendo que Yasmina y yo estamos prometidos. – Interviene Gonzalo. – Le aseguro que la seguridad de su hija es mi prioridad absoluta.

–          ¿Qué piensas hacer para protegerla? ¿Le vas a poner un escolta las veinticuatro horas del día?

–          Hasta que todo esto se aclare, Yasmina estará conmigo. – Le dice Gonzalo con un tono que no admite discusión. – Tengo personal de seguridad cualificado, su hija estará segura. Sería conveniente que Yasmina se cogiera unos días de vacaciones, así evitaremos riesgos.

–          Lo tienes todo bien organizado. – Comenta mi padre. – Espero que también cuentes con la aprobación de mi hija.

–          Cuenta con mi aprobación, papá. – Le confirmo.

–          Hija, ya sabes que yo no me meto en tus asuntos, pero quizás lo mejor sería llamar a la policía. – Me dice mi padre.

–          Papá, deja que nosotros nos encarguemos de este asunto. – Le pido.

–          De acuerdo, pero si la cosa se complica quiero estar al tanto de inmediato. – Se vuelve hacia a Gonzalo y añade: – No olvides que es mi única hija.

Mi móvil empieza a sonar y, al ver que es Lorena quien llama, me disculpo con ambos pidiendo perdón con las manos y les pido un momento para poder contestar. Los dos me miran, se miran y asienten con la cabeza, así que salgo del despacho de mi padre y entro en el mío al mismo tiempo que respondo al teléfono:

–          Lore, me pillas en un mal momento…

–          ¿Te pillo en un mal momento? – Me grita eufórica. – ¡Joder, te estoy viendo en la tele y dicen que estás prometida con Gonzalo y que queréis tener cuatro hijos!

–          No es lo que parece, es…

–          ¿No es lo que parece? – Me replica Lorena. – Ya puedes mover el culo de donde estés y venir a verme, tienes muchas cosas que contar, julandrona. Espero que al menos haya probado el producto antes de prometerte. – Añade bromeando.

–          No he probado el producto y por supuesto que no estoy prometida. – Le aclaro tratando de no reírme pero sin conseguirlo. – Es una larga historia y prometo contártela, pero tendrá que ser en otro momento.

–          No puedes dejarme así. – Me suplica. – ¿Qué es tan importante para que me dejes así?

–          He dejado a Gonzalo a solas con mi padre en su despacho para contestar tu llamada y, si estás viendo la tele, me entenderás.

–          ¿Suegro y yerno conociéndose oficialmente? Llámame en cuanto la cosa se calme y, si quieres un consejo, apaga tu teléfono móvil, todo el mundo querrá preguntarte por tu reciente compromiso. – Me sugiere Lorena.

–          Lo apago ahora mismo, te llamaré más tarde.

–          Será mejor que no se te olvide. – Me advierte. – Tienes muchas cosas que contarme. ¡Un beso golfa!

–          ¡Besos! – Me despido antes de colgar. Regreso al despacho de mi padre y me encuentro a ambos estrechándose la mano. – ¿Va todo bien? – Pregunto confundida al comprobar que se están despidiendo con cordialidad.

–          Gonzalo me ha convencido para que no llame a la policía y deje que él se encargue de este asunto. – Me dice mi padre. – Rubén ya ha acabado la casa de Gonzalo, solo queda ultimar algunos detalles de los que Borja se encargará esta semana, así que puedes cogerte tus merecidas vacaciones. – Nos mira a Gonzalo y a mí y, con un tono bastante serio, añade: – Espero que si tenéis que darme alguna noticia no tenga que enterarme por la prensa.

–          Le mantendré informado a diario, señor Soler. – Le asegura Gonzalo.

–          Eso espero, y llámame Alejandro, al fin y al cabo parece que ya casi somos familia.

–          Papá. – Le reprocho.

–          Solo bromeaba. – Se excusa sonriéndome con complicidad. Me da un beso en la mejilla y me dice: – Vete tranquila, yo me ocuparé de todo.

–          Me llevo el portátil, me ocuparé de la facturación y de los presupuestos. – Le respondo.

–          Entonces, eso no serían vacaciones, Yas. – Me recuerda mi padre.

–          Tú solo no puedes encargarte de todo y menos ahora que Rubén no está. – Le recuerdo.

–          Rubén es otro tema del que tenemos que hablar, sé que tienes algo que ver con su repentina excedencia, pero ya hablaremos de eso en otro momento, por hoy ya hemos tenido suficiente. – Me dice mi padre. Se vuelve hacia a Gonzalo y añade: – Esperaré tu llamada diaria, Gonzalo.

–          No hay problema, Alejandro, hablamos mañana. – Le confirma Gonzalo.

Nos despedimos de mi padre y, tras recoger mi portátil y algunos informes de mi despacho, salimos de la oficina para dirigirnos a mi casa a preparar una maleta con mis cosas. Gonzalo se ha pasado todo el camino hablando por teléfono con Roberto, su abogado y mejor amigo, y cuando ha colgado, inmediatamente ha recibido otra llamada. He entrado en mi habitación para recoger mis cosas y Gonzalo se ha quedado hablando por teléfono en el salón. No he podido averiguar con quién hablaba, pero quien quiera que fuera exigía que Gonzalo acudiese esta noche a una cena mientras él trataba de posponerla. Después ha bajado el tono de voz y ya no me he podido enterar de nada más, así que he seguido con lo mío hasta que un rato más tarde Gonzalo se ha asomado a mi habitación:

–          ¿Necesitas ayuda?

–          No, ya casi estoy. – Le contesto nerviosa, evitando mirarle a los ojos.

–          No te preocupes, si te dejas algo podemos regresar a buscarlo, apenas vamos a estar a unas pocas manzanas de distancia. – Me dice Gonzalo con un tono de voz suave que me derrite. Se me escapa un suspiro y, acercándose a mí y estrechándome entre sus brazos, añade – Confía en mí, Yasmina. Todo va a ir bien, tú solo tienes que relajarte y disfrutar de tus merecidas vacaciones. – Me besa en la mejilla, me sonríe y añade apartándose de mí lentamente: – Te vas a sentir como en tu propia casa y, si quieres, el fin de semana ya podremos mudarnos a la casa, estoy seguro de que disfrutarás pasando unos días en esa casa, tú misma me has dicho mil veces que es una casa hecha especialmente para ti.

–          Si haces que me instale en esa casa es posible que me quede como okupa. – Le advierto bromeando. – Tengo que reconocer que no ha sido nada fácil construir la casa de mis sueños para que la disfrute otra persona.

–          Siempre serás bienvenida. – Me responde guiñándome un ojo al mismo tiempo que me muestra su sonrisa macarra que tanto me excita. – Quiero hablar contigo, Yasmina.

–          Por la cara que has puesto, no me va a gustar. – Opino.

–          Solo quiero que me escuches, lo pienses y me des una respuesta, no pasa nada si no quieres o si no tienes ganas…

–          Será mejor que vayas al grano, estás empezando a ponerme nerviosa. – Le interrumpo.

–          Está bien. – Me dice suspirando. – Había quedado con mis padres para ir a su casa a cenar, he intentado posponer la cena pero mi madre ha puesto el grito en el cielo, sobre todo después de haberse enterado por la televisión que su hijo está prometido. – Me confiesa algo avergonzado. – El caso es que quiere que ambos vayamos a cenar a su casa.

–          ¿No le has dicho que es un malentendido?

–          Mi madre no ha querido escuchar nada, solo quiere conocer a su futura nuera y yo no he sabido decírselo. – Me responde encogiéndose de hombros, poniéndome ojitos.

–          ¿Y piensas aclarárselo?

–          Debería hacerlo, pero no quiero darle un disgusto. – Me contesta. – Había pensado en decirles que nos estamos conociendo y que lo de la boda y los cuatro hijos era una broma que han sacado de contexto. No es necesario que les contemos toda la verdad, así todos nos ahorramos un disgusto. – Añade sonriendo divertido. – Además, le he prometido a tu padre que sería tu sombra, vamos juntos o no vamos.

–          ¿Tú quieres ir? – Le pregunto al no saber qué responder a su propuesta.

–          Debería ir, hace días que no visito a mis padres, pero si lo prefieres podemos quedarnos aquí y cenar tranquilamente.

–          Tú has ido a mi oficina para hablar con mi padre, supongo que lo justo es que yo te acompañe a visitar a los tuyos.

–          ¿Estás segura? – Me pregunta sorprendido. – No quiero que te sientas obligada a hacerlo, Yasmina.

–          Sí, estoy segura. – Le confirmo. – Y será mejor que no vuelvas a preguntármelo no vaya a ser que cambie de opinión. – Bromeo.

Gonzalo me abraza, me estrecha entre sus brazos y me susurra al oído:

–          Te prometo que no te dejaré solo con ellos ni un solo segundo y regresaremos a casa tan pronto como nos sea posible.

–          Hablas como si me fueras a llevar al matadero, estoy segura de que no es para tanto.

–          Ya me lo dirás cuando regresemos de la cena esta noche. – Me dice Gonzalo sonriendo burlonamente. Cierro las dos maletas que he preparado y Gonzalo carga con ellas al mismo tiempo que añade – Vamos, tenemos que reunirnos con Roberto y Bruce en casa.

Sin más dilaciones, Gonzalo y yo salimos del ático y nos dirigimos de nuevo al parking del edificio donde nos montamos en su coche y Gonzalo conduce hasta su apartamento, situado en la Avenida Diagonal.

Solo tuya 12.

Solo tuya

“Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por nuestras almas… ¿Qué valdría la pena?” Jacinto Benavente.

A las ocho de la tarde, Gonzalo y yo salimos del hotel vestidos con nuestros trajes nuevos y una limusina clásica de color blanco nos lleva hasta el recinto donde se va a celebrar la gala. Después de comer, hemos subido a la suite y Gonzalo me ha obligado a retirarme a mi habitación para descansar un rato. Cuando me he despertado, he ido al salón y él estaba hablando por teléfono pero, en cuanto me ha visto, se ha despedido de su interlocutor y ha colgado. Tenía cara de pocos amigos y ninguna intención de contarme con quién estaba hablando por teléfono, así que le he saludado y he regresado a mi habitación a ducharme, vestirme, peinarme y maquillarme para la gala. Cuando por fin he terminado de arreglarme, he entrado en el salón y Gonzalo se ha quedado paralizado en cuanto me ha visto. Sus ojos me miraban con intensidad y sus labios han formado una sonrisa macarra muy sexy antes de decirme:

–          Cariño, estás preciosa.

–          Tú también estás muy guapo. – Le contesto coqueta.

Gonzalo me ofrece su brazo y, agarrándome a él, salimos de la suite y entramos en el ascensor para bajar al hall. Atravesamos la puerta de entrada y veo la impecable limusina blanca esperándonos.

–          ¿Vamos a ir en limusina? – Le pregunto sorprendida.

–          Sí, es una cena de gala y asistirá gente muy importante de casi todo el mundo, no podemos llegar en taxi. – Me responde sonriendo ampliamente.

Le observo con atención y no encuentro ningún atisbo de su mal humor tras la llamada de esta tarde. Gonzalo está contento y no se molesta en disimularlo.

El chófer nos abre la puerta de la limusina y Gonzalo me ayuda a sentarme comportándose como todo un caballero. Veinte minutos más tarde, la limusina se detiene frente a la entrada principal del recinto donde se va a celebrar la gala. Gonzalo me tiende su mano para ayudarme a salir de la limusina y palidezco cuando veo una larga alfombra que llega hasta la puerta de entrada bordeada por unas vallas que sostienen a la multitud con la ayuda de varios agentes de seguridad. Miles de flashes nos deslumbran, hay fotógrafos por todas partes y Gonzalo debe ver mi cara de pánico porque me agarra con fuerza por la cintura, me aprieta contra su cuerpo y me susurra al oído:

–          Tranquila, si en algún momento quieres marcharte solo tienes que decírmelo, ¿de acuerdo?

–          Me esperaba que la gala fuera algo más… íntimo. – Acierto a decir.

Caminamos por la alfombra roja como si fuésemos una pareja de actores de Hollywood mientras los fotógrafos disparan sus cámaras.

En la puerta nos recibe el mismo asistente que nos recibió ayer por la tarde y esta mañana, el cual nos saluda con su perpetua sonrisa en el rostro y nos presenta a Philip Higgins, el anfitrión de la gala y el presidente del comité que organiza año tras año esta exposición/subasta.

–          Señor Cortés, señorita Soler, les presento al señor Philip Higgins, el responsable de todo este milagro. – Se vuelve hacia el señor Higgins y le dice: – Ellos son la encantadora pareja que ha adquirido la fuente de jardín. La van a poner en la casa que se están construyendo.

–          No hay nada mejor que construir la casa de tus sueños y formar una familia. – Nos dice amablemente Philip. – Yo solo he tenido un hijo pero tengo que reconocer que me hubiera gustado tener más.

–          Nosotros queremos formar una familia numerosa, ¿verdad, cariño? – Me pregunta Gonzalo sonriéndome maliciosamente mientras yo me pongo roja como un tomate. Se vuelve hacia Philip y el asistente y les dice sin dejar de sonreír: – Espero que después podamos seguir charlando.

–          Por supuesto. – Le confirman ambos hombres y el asistente añade: – Pasen y tómense una copa de bienvenida, enseguida les haremos pasar al comedor donde se iniciará la cena.

Pasamos al salón, un camarero nos entrega una copa de champagne y Gonzalo me pregunta:

–          ¿Quieres brindar?

–          ¿Por qué quieres que brindemos?

–          Por nosotros y por esta noche peculiar.

–          Pues por nosotros y por esta noche peculiar. – Brindo entrechocando mi copa con la suya. Ambos bebemos un trago del delicioso champagne y entonces veo a Max Thorme que se dirige hacia a nosotros. – Oh, no. – Murmuro.

–          ¿Qué ocurre? – Me pregunta Gonzalo mirando en la misma dirección que miran mis ojos. Al ver a Max, Gonzalo maldice entre dientes y me pregunta: – ¿Quieres deshacerte de él?

–          Ya me dirás cómo. – Le susurro.

–          ¿Confías en mí?

Asiento con la cabeza y Gonzalo, tras dedicarme una sonrisa macarra, me estrecha entre sus brazos y me besa en los labios. No es un beso tímido, es un beso intenso y voraz, un beso apasionado que provoca que mis piernas tiemblen y pierda la razón. Ahora mismo, soy una marioneta en sus manos y me siento la mujer más feliz del mundo estando entre sus brazos. Lentamente, se separa de mí y, tras besarme levemente en el cuello, me susurra al oído con voz ronca:

–          Ya no tienes que preocuparte de él, preciosa.

Se me escapa un suspiro y Gonzalo me sonríe. Esta noche está guapísimo y muy sexy, si vuelve a besarme así no creo que sea capaz ni de recordar dónde estoy. Me llevo la copa a los labios y me bebo todo el contenido de un trago, necesito relajarme si no quiero entrar en combustión espontánea.

Una pareja española de mediana edad se acerca a saludar a Gonzalo y él hace las presentaciones oportunas:

–          Cariño, ellos son el señor Medina y su esposa. – Se vuelve hacia ellos y añade: – Ella es la señorita Yasmina Soler.

Les estrecho la mano a ambos y sonrío educadamente mientras Gonzalo me agarra de la cintura y me estrecha contra su cuerpo. Entonces veo que más gente se acerca a saludar, entre ellos Max Thorme. Durante media hora, Gonzalo y yo nos dedicamos a saludar a todo el que se nos acerca y Gonzalo no se despega de mi lado en ningún momento.

Nos hacen pasar al gran comedor y nos asignan nuestra mesa en la cual, por suerte, no está Max Thorme. Nos sentamos a la mesa y Philip Higgins, con un micrófono en la mano, nos da la bienvenida a todos los invitados y agradece que, año tras año, se siga celebrando este evento. Todo el mundo aplaude y poco después los camareros empiezan a servir la cena.

–          He oído por ahí que queréis tener cuatro hijos. – Comentó uno de los conocidos de Gonzalo que estaba sentado en nuestra mesa. – ¿Queréis empezar pronto a buscarlos?

Me tenso. Lo que ha empezado como una broma se está yendo de madre y no sé cómo vamos a salir de esto. Ahora ya no podemos desmentirlo, quedaríamos fatal, pero quizás esta historia influya en los negocios de Gonzalo o incluso en su vida privada.

–          Primero tengo que convencerla para que se case conmigo. – Bromea Gonzalo al mismo tiempo que me acaricia suavemente la espalda para tratar de calmarme. Me sonríe, me besa en la mejilla y me susurra al oído: – Me parece que vamos a tener que casarnos y tener cuatro hijos o arderemos en el infierno.

Ambos nos reímos con complicidad y yo consigo relajarme un poco. Durante el resto de la cena, Gonzalo y yo continuamos fingiendo ser una pareja con grandes expectativas para el futuro a pesar de que ni siquiera sé qué pasará mañana.

A medianoche nos hacen pasar de nuevo al salón para tomar una copa y que las parejas puedan bailar. Gonzalo no es de los que bailan, así que nos quedamos a un lado de la pista hablando con Philip y con su esposa.

–          Philip me ha dicho que queréis casaros y formar una familia cuanto antes, ¿tenéis ya fecha para la boda? – Nos pregunta la esposa de Philip.

–          Aún no me lo ha pedido formalmente, así que aún está tiempo de echarse atrás. – Le respondo bromeando.

–          Tienes que ponerle un anillo en el dedo cuanto antes, no vaya a ser que alguien te la quite. – Le dice Philip a Gonzalo bromeando.

–          Pienso hacerlo, pero antes quiero asegurarme de que su respuesta sea un sí. – Le dice Gonzalo estrechándome entre sus brazos.

–          Hacéis una pareja preciosa. – Nos dice con dulzura la esposa de Philip.

El matrimonio es reclamado por el resto de invitados y nos dejan a solas. Empieza a sonar una romántica balada de Pablo Alborán y Gonzalo me pregunta en un susurro:

–          ¿Bailamos?

Lo miro extrañada, él no es de los que baila, lo dejó muy claro en el Dublín. Gonzalo me sonríe y, cogiéndome de la mano, me guía hasta el centro de la pista de baile, me estrecha entre sus brazos y ambos nos mecemos al ritmo de la lenta melodía.

–          Creía que tú no bailabas. – Le susurro al oído.

–          Eso era antes de prometerme con la futura madre de mis cuatro hijos. – Bromea Gonzalo divertido.

–          Conoces a muchos de los invitados, ¿qué les dirás en unos meses cuando les veas de nuevo? – Le pregunto preocupada. – Me temo que se nos ha ido de las manos.

–          Deja que sea yo quien me preocupe de esas cosas. – Me susurra con voz dulce.

–          ¿Podemos irnos ya?

–          ¿Quieres que nos vayamos? Pensaba que lo estábamos pasando bien…

–          Y lo estamos pasando bien. – Le interrumpo sonriendo coquetamente. – Pero tengo que confesar que los zapatos me están matando y que, además, Max Thorme no deja de mirarnos y me está poniendo nerviosa.

–          Tenemos pendiente una última copa, ¿te apetece que nos la tomemos en la suite? – Me propone Gonzalo.

–          Me parece una idea genial siempre que pueda quitarme los zapatos. – Bromeo.

Buscamos a Philip y a su esposa y también al asistente para agradecerles la invitación y despedirnos de ellos y salimos por la puerta principal donde la misma limusina que nos ha traído nos espera para llevarnos de regreso al hotel.

El fresco de la noche me eriza la piel y me froto los brazos, Gonzalo se da cuenta, se quita su chaqueta y me la coloca sobre los hombros.

–          Gracias. – Le digo tímidamente.

Gonzalo me sonríe y ambos subimos a la limusina. Pocos minutos después, entramos en la suite y lo primero que hago es quitarme los zapatos.

–          Voy a cambiarme de ropa, regreso en cinco minutos. – Le digo entrando en mi habitación para quitarme el vestido.

Decido ponerme mi pijama: unos shorts de algodón y una camiseta blanca de tirantes. No es lo más glamuroso, pero al menos me sentiré cómoda. Regreso al salón y me encuentro a Gonzalo con la corbata quitada y los primeros botones de la camisa desabrochados mientras sirve un par de copas de vino en el mueble bar. Me sonríe al verme llegar y, cuando termina de servir las copas, nos sentamos en el sofá y brindamos.

–          Por nosotros.

–          Y por nuestro papel como actores, creo que incluso nos podríamos ganar la vida interpretando. – Bromeo. Le damos un trago a nuestra respectiva copa y añado: – Ha sido una noche divertida.

–          Deberíamos repetir el año que viene, pero en New York. – Bromea Gonzalo.

–          Me encanta New York, aunque tengo que confesar que solo me gusta para ir de visita, no creo que me gustase tanto si viviera allí.

–          Si pudieras coger un avión y perderte dos semanas en cualquier lugar del mundo, ¿a dónde te gustaría ir?

–          ¿Solo puedo escoger un lugar? – Le pegunto pensativa.

–          Solo uno.

–          Si tengo que escoger un sitio donde perderme, probablemente me iría a Los Pirineos.

–          De todos los lugares del mundo, ¿escoges Los Pirineos que están aquí al lado?

–          Para perderme, sí. – Le confirmo. – Me gustaría ir a muchos sitios y regresar a otros donde ya he estado, pero Los Pirineos son perfectos para perderse.

–          Y, ¿dónde te gustaría ir y que aún no hayas estado?

–          No sé, ¿a dónde te gustaría ir a ti?

–          Pocos meses después de fundar la empresa, viajé al norte de Irlanda por negocios. El caso es que allí descubrí un precioso castillo de piedra digno de un Highlander y decidí comprarlo. – Empieza a decirme Gonzalo. – Tuve que rehabilitarlo por completo y también tuve que contratar a un equipo de jardineros para que se ocuparan del enorme jardín que parecía una selva. También hice construir una piscina y una zona de picnic con barbacoa. Desde el castillo se ve el mar y el lago seguido de las montañas, es un lugar fantástico, aunque no suelo ir más de un par de veces al año y solo para comprobar que todo está bien.

–          No lo entiendo, si tanto te gusta, ¿por qué no vas más? – Le pregunto. – Lo describes como si fuera un sitio mágico, algo así como tu sitio preferido en el mundo.

–          Y lo es. – Me confirma Gonzalo. – Cuando me describiste la casa de tus sueños fue como recordar lo que sentí cuando vi el castillo. Deberías verlo, estoy seguro que a ti también te encantaría.

–          ¿No tienes ninguna foto del castillo? – Le pregunto curiosa.

–          No quiero enseñarte el castillo en una foto, debes estar allí y tenerlo de frente para poder comprobar lo que te digo con tus propios ojos. – Me responde divertido.

–          Entonces, deberás invitarme a ir de visita.

–          Ya que lo mencionas, hay algo que debo decirte. – Me dice algo avergonzado. – Philip Higgins nos ha invitado a una gala benéfica que organiza en Irlanda dentro de dos semanas.

–          ¿Y qué le has dicho?

–          Le he dicho que haríamos todo lo posible por asistir, ha insistido mucho y no he sabido decir que no. – Me responde mirándome con intensidad. – La gala no es hasta dentro de dos semanas, no tienes que tomar una decisión ahora.

–          Me encantaría conocer el castillo, pero no sé si es buena idea. – Le confieso. – Todo el mundo piensa que estamos prometidos y nosotros no hemos hecho nada para desmentirlo, más bien hemos hecho todo lo contrario. Y te recuerdo que tenemos un contrato laboral firmado.

–          La casa ya está casi terminada, nuestro contrato laboral habrá finalizado antes de dos semanas, así que ese no sería un problema. – Me rebate. – Piénsalo, solo serán unos días y prometo comportarme como un auténtico caballero.

–          Lo pensaré. – Cedo finalmente.

–          Hay algo más que quiero decirte. – Me dice frunciendo el ceño.

–          Y supongo que no es nada bueno. – Concluyo.

–          Me temo que no. – Me confirma. – La persona que te envía las flores lo hace abonando el dinero en metálico y les entrega la tarjeta impresa en ordenador, ni siquiera la escribe él. Y digo él porque hemos confirmado que se trata de un hombre alto y moreno, o al menos eso dice el propietario de la floristería. Si te soy sincero, he pensado en la posibilidad de que ese hombre fuera Max Thorme.

–          No lo creo, ¿cómo iba a saber él que las orquídeas son mis flores favoritas? – Comento dándole vueltas a la cabeza. – Puede que para ti sea un detalle sin importancia, pero las orquídeas significan mucho para mí, eran las flores favoritas de mi madre y para mí es algo muy íntimo y personal que muy poca gente sabe.

–          Quizás debamos empezar por ahí. – Me susurra Gonzalo al mismo tiempo que me acaricia la espalda suavemente en señal de apoyo. – ¿Crees que puedes hacer una pequeña lista con los nombres de esas personas que saben lo especiales que son las orquídeas para ti?

–          Como te he dicho, es una lista muy reducida. – Le contesto. – Mi padre, Lorena, Rocío, Paula y Rubén. Y también Borja.

–          ¿Qué me dices de ese Rubén?

–          Precisamente porque sabe lo importante que son esas flores para mí, él nunca me enviaría orquídeas con una nota así. – Le aseguro. – Además, ¿cómo iba a saber que estaríamos en este hotel si ni siquiera yo lo sabía?

–          Cualquiera que haya podido acceder a mi ordenador o que haya accedido a la base de datos del hotel. – Me responde Gonzalo. Al ver que me tenso, me estrecha entre sus brazos para abrazarme con ternura, me besa en la sien y me susurra al oído: – No te preocupes, voy a encargarme de averiguarlo. – Me quita la copa de vino de las manos y me entrega un vaso de agua. Espera a que beba y, cuando lo hago, me mira a los ojos y me pregunta: – ¿Qué me dices de Isaac?

–          No hay mucho que decir. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Isaac y yo no tenemos esa clase de relación en la que nos contamos confidencias, lo nuestro es…

–          Ya lo he entendido. – Me interrumpe Gonzalo con brusquedad. – ¿Quién se supone que no te conviene, Yasmina?

–          No lo sé, Gonzalo. – Le respondo cansada. – Puede ser Isaac o incluso tú, al fin y al cabo he recibido las flores en el hotel donde nos hospedamos. No sé qué pensar, todo esto está empezando a superarme y me estoy asustando. – Le confieso. – Alguien sabe dónde y con quién estoy, sabe cosas de mí que muy pocas personas saben y yo no tengo ni idea de quién puede ser.

–          Tranquila, no pasa nada. – Me susurra al oído mientras me estrecha entre sus brazos con ternura para tratar de calmarme. – Ya hemos tenido bastante por hoy, será mejor que nos vayamos a dormir. – Se pone en pie y, sin dejar de abrazarme, me acompaña hasta a la puerta de mi habitación donde me susurra divertido: – Buenas noches, cariño.

–          Buenas noches, cariño. – Le respondo sonriendo.

Gonzalo me dedica una seductora sonrisa, me agarra por la cintura y me estrecha entre sus brazos de nuevo. Sus labios quedan a dos centímetros de los míos y, mirándome a los ojos, Gonzalo recorre esa pequeña distancia y me besa en los labios. El beso se vuelve apasionado y nuestros cuerpos se encienden. Gonzalo me alza entre sus brazos agarrándome de las caderas y coloca mis piernas alrededor de su cintura y deja mi espala contra la pared para ayudarse a sostenerme y poder acariciar cada centímetro de mi piel, pero apenas tres segundos después se detiene de golpe y suspira con profundidad, presiona mi frente con la suya y, con los ojos cerrados y la voz ronca, me susurra:

–          Será mejor que te vayas a dormir, Yasmina.

–          Sí, será lo mejor. – Le respondo con un hilo de voz separándome de él.

Sin decir nada más, entro en mi habitación y cierro la puerta. No puedo evitar sentirme molesta con él, no puede provocarme de esa manera, parar de repente y hacer como si no hubiera pasado nada. El caso es que se ha arrepentido de lo que ha empezado. Decido no darle más vueltas a la cabeza y me meto en la cama para intentar dormir un poco.

No consigo dormirme hasta mucho después del amanecer y cuando me despierto son más de las doce del mediodía. Decido darme una ducha rápida y vestirme antes de salir de la habitación, aún estoy confundida por lo que pasó anoche y también bastante molesta. ¿Cómo se supone que tengo que actuar ahora con él? ¿Hago como si no hubiera pasado nada? ¿Le pido explicaciones de por qué paró de repente después de habérseme echado encima? Eso de ninguna manera, no pienso preguntar cuando estoy segura de que la respuesta no me va a gustar. Lo mejor es hacer como si no hubiera pasado nada y mantener las distancias para evitar que vuelva a ocurrir.

Cuando entro en el salón de la suite, ya duchada y vestida, me encuentro a Gonzalo sentado detrás del escritorio frente a su ordenador portátil y con cara de pocos amigos. Se vuelve hacia a mí cuando me escucha entrar y me dice señalándome una bandeja con el desayuno que hay sobre la mesa:

–          Buenos días, acaban de traer tu desayuno. – Mira el reloj y añade: – En dos horas tenemos que salir hacia el aeropuerto, será mejor que te des prisa en recoger todas tus cosas.

–          No te preocupes, lo tendré todo listo a tiempo. – Le aseguro.

Me siento a desayunar y un minuto más tarde Gonzalo se sienta a mi lado y me pregunta:

–          ¿Estás bien?

–          ¿Por qué no iba a estarlo? – Le respondo molesta.

–          Yasmina, anoche…

–          No tienes que decir nada, Gonzalo. – Lo interrumpo. – Anoche bebimos más de la cuenta pero ambos somos adultos, así que lo mejor es que lo olvidemos y nos centremos en lo profesional que es lo que de verdad importa.

–          Sí, nos centraremos en los negocios que es lo único que nos importa. – Me contesta Gonzalo molesto, se levanta de la silla y vuelve a sentarse tras el escritorio para seguir tecleando en su ordenador portátil.

Termino de desayunar y regreso a mi habitación para recoger mis cosas y hacer la maleta. Una hora después, Gonzalo se asoma y me pregunta con tono serio y distante:

–          ¿Ya estás lista?

–          Sí, ya podemos irnos. – Le contesto.

En el más absoluto de los silencios, salimos del hotel, nos subimos a un taxi y nos dirigimos al aeropuerto. Embarcamos y nos sentamos en nuestros asientos en primera clase y, durante todo lo que dura el vuelo, cierro los ojos y finjo estar dormida para no tener que ver ni hablar con Gonzalo. Estoy todavía más confusa que anoche y la actitud de Gonzalo no me ayuda en absoluto. Me parece que está enfadado y no entiendo por qué. Fue él quien me besó en la gala, fue él quien me volvió a besar cuando nos íbamos a dormir y quien se me echó literalmente encima, igual que fue él quien decidió parar lo que estábamos haciendo. Yo no he hecho nada por lo que pueda estar molesto conmigo.

Una de las azafatas anuncia que vamos a aterrizar y nos recuerda que debemos abrocharnos los cinturones. Como yo ya lo tengo abrochado, no me molesto ni en abrir los ojos y continúo fingiendo que estoy durmiendo, pero Gonzalo se acerca a mí, me acaricia el brazo lentamente y me susurra al oído:

–          Yasmina, estamos a punto de aterrizar.

Abro los ojos teatralmente y me incorporo en mi asiento bajo la atenta mirada de Gonzalo, que tiene el ceño fruncido y me observa como si me hubiera salido un tercer ojo en mitad de la cara.

El avión aterriza y nos dirigimos a la cinta corredera a recoger nuestras maletas. No hablamos en todo el trayecto, pero Gonzalo coloca su mano en mi espalda y me guía por los interminables pasillos del aeropuerto. Cuando salimos por la puerta principal del aeropuerto, Bruce nos está esperando apoyado en el todoterreno. Debía habérmelo imaginado, Bruce es como la sombra de Gonzalo. Ambos se saludan y Bruce se encarga de guardar el equipaje en el maletero mientras que Gonzalo y yo subimos al coche. Cinco minutos más tarde, Bruce conduce incorporándose a la autopista y Gonzalo le dice:

–          Dejaremos a la señorita Soler en su casa, Bruce.

–          Entendido. – Le responde Bruce.

¿La señorita Soler? ¿Ahora soy la señorita Soler? Me dan ganas de darle una bofetada a ver si así reacciona y vuelve a ser el mismo tipo que era hace un par de días. En lugar de eso, decido contar hasta diez y mantener la boca cerrada.

Bruce aparca el coche frente a mi portal y Gonzalo y yo bajamos del coche. Saca mi maleta del maletero del coche y me acompaña hasta la puerta del edificio.

–          Gracias por haberme acompañado a Londres este fin de semana. – Me dice con un gesto indescifrable. – Mañana te llamaré y quedamos para ir a ver cómo ha quedado mi nueva casa, así ya podremos dar por finalizado nuestro contrato.

–          Prepararé todos los documentos, así podrás instalarte cuanto antes. – Cojo mi maleta y me despido antes de entrar en el portal: – Hablamos mañana.

Lo primero que hago nada más entrar en el ático es llenar la bañera y darme un baño con espuma. Aunque me cueste reconocerlo, estoy furiosa por la despedida tan fría y distante que me ha dado Gonzalo. Hace menos de veinticuatro horas nuestra relación era muy distinta de como lo es ahora y ni siquiera sé por qué razón.

Decido no darle más vueltas, me meto en la bañera y trato de relajarme antes de irme a dormir, ni siquiera tengo ganas de cenar.

Solo tuya 11.

Solo tuya

“Hay un cierto placer en la locura que solo el loco conoce.” Pablo Neruda.

El viernes me levanto a las cinco de la mañana. Quiero estar preparada y perfecta cuando Gonzalo venga a recogerme. Me doy una larga ducha, me seco y me aliso el pelo, me preparo el desayuno, me visto y me maquillo levemente. A las seis y media ya estoy lista y con la maleta preparada en el hall, así que decido enviarle un mensaje a Gonzalo: “Buenos días, Gonzalo. Ya estoy lista, puedes venir a buscarme cuando quieras.” No tardo en recibir su respuesta: “Buenos días, madrugadora. Estaré allí en cinco minutos. Espérame y subo a ayudarte con la maleta.”

El corazón me late tan rápido que parece que se me vaya a salir del pecho. Voy al baño y me miro en el espejo para comprobar que mi pelo, el maquillaje y la ropa están donde deben estar. Me echo un poco de perfume en las muñecas, en el cuello y en el canalillo. Cinco minutos más tarde, el portero me informa de la llegada de Gonzalo y le digo que le deje subir. Cuando abro la puerta de entrada y lo veo salir del ascensor, lo encuentro más guapo que nunca. Lleva puestos unos vaqueros y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y sonríe ampliamente. Se me acerca para darme dos besos en las mejillas y yo me quedo paralizada, hechizada por esa intensa mirada que me derrite.

–          Buenos días, te sienta muy bien madrugar. – Me saluda.

–          Buenos días, a ti también te sienta muy bien madrugar. – Logro decir.

Gonzalo me muestra su sonrisa macarra y yo me derrito de nuevo. Creo que es capaz de leer mi mente porque suelta una carcajada y me guiña un ojo con complicidad para después agarrar mi maleta para entrar de nuevo en el ascensor.

–          ¿Vienes conmigo? – Me pregunta sonriendo burlonamente.

Efectivamente, creo que es capaz de leerme el pensamiento. Conecto la alarma y cierro la puerta con llave antes de entrar en el ascensor junto a Gonzalo. Cuando salimos del portal, veo a Bruce esperándonos apoyado en el BMW X6. Gonzalo le entrega mi maleta y Bruce la guarda en el maletero mientras Gonzalo y yo tomamos asiento en los asientos traseros del vehículo.

Bruce nos deja en el aeropuerto a las siete y cuarto y, tras facturar las maletas, Gonzalo me propone ir a desayunar a uno de los bares del aeropuerto.

–          ¿Qué tal ha ido la semana? – Me pregunta mientras nos tomamos un café.

–          Ha sido una semana horrible, mejor cuéntame cómo te ha ido a ti.

–          Pues mi semana tampoco ha sido muy buena. – Me confiesa. – Pero he logrado soportarla al pensar que pasaríamos el fin de semana en Londres.

¿Acaba de decir lo que yo creo que acaba de decir? Anuncian por megafonía que los pasajeros de nuestro vuelo pueden empezar a embarcar y respiro aliviada, salvada por la campana.

Gonzalo ha comprado billetes en primera, no podía ser de otra manera teniendo en cuenta que es uno de los hombres más ricos del país. Estoy muerta de sueño y no paro de bostezar tratando de mantener los ojos abiertos.

–          Cierra los ojos y descansa durante el vuelo. – Me sugiere Gonzalo sonriendo. – Te despertaré cuando lleguemos.

Le dedico una sonrisa y le obedezco, estoy demasiado cansada, no debería haberme levantado tan temprano.

Cuando abro los ojos de nuevo, están anunciando por megafonía que estamos a punto de aterrizar. Busco a Gonzalo con la mirada y lo encuentro a pocos centímetros de mí, sonriendo divertido, y me dice:

–          Buenos días otra vez. ¿Estás más descansada?

–          Sí, gracias. – Le respondo mientras me acurruco bajo una manta que no tenía antes de quedarme dormida y añado haciendo un mohín: – Quiero dormir un poquito más.

–          Estamos a punto de aterrizar, querida Bella Durmiente. – Me dice Gonzalo sonriendo divertido. – Podrás descansar en cuanto lleguemos al hotel.

–          ¿Hoy no tenemos exposiciones que visitar ni subastas a las que asistir? – Le pregunto confundida.

–          Sí, pero también tendremos tiempo para descansar un poco. – Me contesta. – Abróchate el cinturón, vamos a aterrizar.

Una hora y media más tarde, entramos en el lujoso hotel dónde Gonzalo ha reservado las habitaciones. Nos acercamos a la recepción y, en perfecto inglés, Gonzalo le dice a la recepcionista:

–          Tengo reservada la suite Presidencial a nombre de Gonzalo Cortés.

La recepcionista le sonríe poniéndole ojitos y después me mira a mí con antipatía, está claro lo que piensa y yo la fulmino con la mirada. Gonzalo, que parece tener el poder de leerme la mente, coloca su brazo alrededor de mi cintura y me atrae hacia a él, dejándome pegada a su lado derecho y dejándole muy claro a la recepcionista quién le interesa a él. O al menos eso es lo que yo quiero creer.

–          Aquí tiene la llave de su suite, señor Cortés. – Le dice la recepcionista ruborizada. Le hace un gesto a un botones para que se acerque y añade – El botones les acompañará a su habitación y les llevará las maletas.

Gonzalo asiente con la cabeza, guarda su carné de identidad en su cartera y, sin soltarme la cintura, me guía tras el botones hacia los ascensores.

La suite Presidencial está situada en una de las últimas plantas del edificio, con unas vistas increíbles a la ciudad de Londres. Entramos en la suite y me quedo maravillada. Un enorme salón preside la estancia y un pequeño pasillo lleva a dos habitaciones dobles, cada una con baño propio. Cuando termino de recorrer la suite y vuelvo al hall, me encuentro a Gonzalo dándole una propina al botones y cerrando la puerta de la habitación.

–          ¿Qué te parece la habitación? – Me pregunta sonriendo.

–          Es perfecta. – Le respondo alegremente.

Nos instalamos en nuestras respectivas habitaciones y bajamos al restaurante del hotel para comer algo. A las cuatro de la tarde hay una exposición de los objetos que subastarán mañana y queremos asistir. Así que después de comer, nos aseamos, nos cambiamos de ropa y nos dirigimos a la exposición.

En la entrada del recinto, un asistente se nos presenta y nos busca en la lista de asistentes. Nos encuentra y nos da unos planos y un listado de todos los objetos que están en exposición y en subasta. Mientras nos explica cómo está organizada la exposición y la subasta y nos habla como si Gonzalo y yo fuéramos pareja, pero ninguno de los dos le corregimos.

–          Espero que encuentren lo que han venido a buscar para su casa. – Nos despide el asistente para dejarnos a nuestro aire.

Gonzalo y yo paseamos por todo el recinto prestando atención a todas las obras, las esculturas, los cuadros y el mobiliario, pero sin acabar de encontrar algo que realmente nos guste para su nueva casa. Hasta que vemos una fuente de agua idéntica a la fuente del jardín de la casa que le enseñé a Gonzalo por internet, la casa de mis sueños en la cual nos hemos basado para construir la casa de Gonzalo.

–          ¿Es la misma fuente? – Me pregunta Gonzalo acercándose a la fuente y sonriendo. – Es increíble que hayamos tenido tanta suerte.

–          La fuente está en la subasta de mañana. – Le digo revisando el listado que nos han entregado al entrar en el recinto.

–          Nos la llevaremos. – Sentencia Gonzalo. Aunque solo nos llevemos la fuente, el viaje ya habrá valido la pena.

Continuamos paseando por el recinto admirando la exposición hasta que escuchamos una voz masculina detrás de nosotros:

–          ¿Yasmina Soler?

Doy media vuelta y me encuentro con Max Thorme, un antiguo cliente de mi padre, de unos treinta y seis años, muy atractivo. Pero hay algo en él que nunca me ha gustado. Siempre se muestra educado, atento y amable, pero mi instinto me dice que bajo todo eso se esconde otra persona muy diferente. Por eso siempre he rechazo todas su invitaciones, por eso y porque una vez me dijo que yo era la mujer perfecta para él. Desde entonces, le evito.

–          Señor Thorme, ¡qué coincidencia! – Lo saludo fingiendo una sonrisa al mismo tiempo que le estrecho la mano.

Gonzalo coloca su brazo alrededor de mi cintura y, con tono frío y distante, saluda:

–          Max.

–          Gonzalo. – Le devuelve el saludo Max Thorme con la misma indiferencia. – Me alegro de volver a verla, señorita Soler y, si tiene tiempo, quizás podamos acudir a una exposición de fotografía mañana por la noche. Creo recordar que la fotografía le encanta.

–          Gracias, pero lo cierto es que solo hemos venido a pasar el fin de semana a Londres para venir a la exposición. – Le respondo quitándomelo de encima.

Está claro que Gonzalo y Max Thorme se conocen y no se tienen en gran estima. Tomo nota mental para preguntarle más tarde a Gonzalo sobre ello.

El mismo asistente que se nos ha presentado en la entrada se nos acerca y nos dice:

–          Señores, señorita, me complace invitarles a la gala de mañana por la noche para celebrar el final de la exposición anual.

–          Cuente conmigo. – Confirma Max Thorme.

–          ¿Y la joven pareja? – Nos pregunta el asistente.

Me quedo muda. Si digo algo tendré que desmentir que Gonzalo y yo no somos pareja y no estoy dispuesta a hacerlo delante de Max Thorme, no podría quitármelo de encima. Me tenso solo de pensarlo. Como yo no digo nada, Gonzalo toma las riendas de la situación. Me estrecha contra su cuerpo tratando de tranquilizarme y me pregunta sonriendo:

–          ¿Quieres que asistamos a la gala o prefieres que descansemos en el hotel?

–          No hace falta que lo decidan ahora, si deciden venir serán bien recibidos. – Me salva el asistente.

–          Es hora de marcharnos, debemos descansar. – Nos excusa Gonzalo. – Buenas noches, caballeros.

–          Buenas noches. – Decimos al unísono Max Thorme, el asistente y yo.

Salimos del recinto y Gonzalo, que es muy observador, me pregunta con tono serio:

–          ¿Por qué has dejado que Thorme crea que somos pareja?

–          Thorme es un antiguo cliente de mi padre. – Le respondo. – Tropecé con él un día en la oficina y desde entonces cree que soy la mujer de su vida. – Añado encogiéndome de hombros. – Siempre es muy educado y amable, pero hay algo en él que no me termina de transmitir confianza, así que siempre rechazo todas sus invitaciones. – Le miro de reojo y lo veo tenso. – Gonzalo, lo siento. No pretendía molestarte y mucho menos buscarte un problema yo…

–          No pasa nada. – Me interrumpe colocando su brazo sobre mis hombros y estrechándome contra su cuerpo para protegerme de la brisa fresca que se ha levantado. – Haces bien en mantenerte alejada de él, Yasmina.

–          ¿De qué os conocéis? Porque se nota a la legua que os conocéis y que además no os lleváis muy bien.

–          Es una larga historia, no querrás escucharla entera.

–          Pues hazme un resumen. – Le pido poniendo cara de cordero degollado.

–          Nos conocimos hace ya unos cuantos años, un par de años antes de fundar mi empresa, creo. – Empieza a explicar Gonzalo. – Por aquel entonces yo aún no había madurado y digamos que no le causé muy buena impresión.

–          ¿Qué fue lo que hiciste? – Le pregunto intrigada.

–          Me has dicho que te hiciera un resumen y ese ha sido el resumen. – Zanja la cuestión Gonzalo sin opción a réplica.

–          No es justo, yo te he contestado todo lo que me has preguntado. – Protesto.

Gonzalo me sonríe, le da el alto a un taxi libre que pasa frente a nosotros y, abriendo una de las puertas traseras del vehículo, me dice con su voz de ordeno y mando:

–          Sube al taxi.

Le obedezco sin rechistar, en parte por no formar un numerito. Los ingleses no entienden el impulsivo y temperamental carácter de los españoles. Bien pensado, podrían considerar a Gonzalo como un inglés, siempre educado, correcto y discreto, aunque detrás de su intensa mirada se esconde un carácter temperamental como el mío.

El taxista para el coche frente a la entrada de nuestro hotel y Gonzalo le paga, dejando una más que generosa propina. El tipo se lo agradece y le entrega una tarjeta a Gonzalo para que le llame si necesita de nuevo sus servicios al mismo tiempo que le garantiza estar de servicio las veinticuatro horas del día.

Gonzalo se acerca a mí, coloca su brazo alrededor de mi cintura y me pregunta mientras entramos en el hall del hotel:

–          ¿Te apetece cenar en el restaurante del hotel o prefieres que vayamos a algún otro sitio?

–          En el restaurante del hotel mejor, mañana por la mañana tenemos que madrugar para asistir a la subasta.

Nos dirigimos al restaurante del hotel y Gonzalo escoge una mesa apartada del resto para sentarnos a cenar. Durante la cena, Gonzalo se muestra más relajado, pero no volvemos a mencionar a Max Thorme. A las once de la noche, tras tomarnos una copa en el pub del hotel después de cenar, decidimos subir a nuestra habitación y descansar. Cuando entramos en la suite, un enorme ramo de orquídeas que hay sobre la mesa auxiliar del salón llama nuestra atención. Por un momento, creo que es Gonzalo quien me ha estado enviando las flores todas estas semanas, pero tras mirarle y ver su cara de pocos amigos al ver el ramo, lo descarto de inmediato.

–          ¿Le has dicho a alguien que estabas alojada aquí? – Me pregunta Gonzalo apretando la mandíbula y sin pizca del buen humor que tenía hace solo un momento.

–          No, no sabía dónde nos íbamos a alojar y tampoco he hablado con nadie hoy, ni siquiera con mi padre ni las chicas. – Le contesto mientras cojo la tarjeta y la leo. – “Él no te conviene, no sabrá cuidar de ti cómo te mereces.”

Gonzalo me arranca la tarjeta de las manos y la observa por todas partes. Está furioso, pero no sé el motivo ni me atrevo a preguntárselo. Maldice entre dientes y finalmente me dice:

–          ¿Qué ponía en las otras tarjetas, lo recuerdas?

–          Que creía recordar que las orquídeas son mis flores favoritas, que le gusta verme sonreír y en la tarjeta del lunes pasado ponía “no te conviene.” – Le respondo.

–          Yasmina, yo personalmente he reservado los billetes de avión y he reservado el hotel, ni siquiera Esther sabe dónde nos estamos alojando. – Me dice Gonzalo con voz seria. – Le voy a pedir a Bruce que hable con la floristería que envía las flores, quizás podamos averiguar quién te las envía. – Me mira frunciendo el ceño y me pregunta: – ¿Quién sabe que estás en Londres conmigo?

–          No sé, mi padre, Susana, Rubén y las chicas. No se lo he dicho a nadie más.

–          No pasa nada, averiguaremos quién es, ¿de acuerdo?

Gonzalo se acerca y me abraza, me estrecha entre sus brazos con fuerza y suspira profundamente antes de decirme:

–          Ve a dormir, necesitas descansar.

No puedo evitar sentirme decepcionada, me hubiera gustado poder quedarme entre sus brazos toda la noche, pero en lugar de eso le doy las buenas noches y me encierro en mi habitación.

La mañana siguiente me despierto a las siete de la mañana, me doy una ducha, me visto y salgo de mi habitación en busca de Gonzalo. Lo encuentro de pie en el salón hablando por teléfono y caminando de un lado a otro visiblemente nervioso.

–          Buenos días. – Le saludo tímidamente.

Gonzalo se vuelve hacia a mí, me dedica una sonrisa y me hace un gesto para que espere un momento.

–          Llámame en cuanto encuentres algo. – Le dice a su interlocutor antes de colgar. Deja el teléfono sobre la encimera y me dice sonriendo: – Buenos días, Yasmina. ¿Has dormido bien?

–          Sí, gracias. – Le respondo devolviéndole la sonrisa. – ¿Has desayunado ya?

–          No, estaba esperando a que te levantaras. ¿Bajamos a desayunar?

Bajamos a desayunar a la cafetería del hotel y una hora más tarde estamos montados en un taxi de camino a la subasta. Cuando llegamos al recinto, vemos carteles anunciando la gala de esta noche y Gonzalo me pregunta:

–          ¿Quieres asistir a la gala de esta noche?

–          Me encantaría, pero no he traído ningún vestido, tendría que ir de compras.

–          Eso no es problema, podemos ir después de la subasta.

–          ¿Quieres acompañarme a ir de compras? – Le pregunto divertida.

–          Por supuesto. – Me contesta sonriendo con picardía.

Vale, está coqueteando conmigo y no son imaginaciones mías. Entramos en la sala de la subasta y nos sentamos en la tercera fila para tener una buena panorámica. Gonzalo me entrega la paleta y me susurra al oído:

–          Si pujas tú nos lo pondrán más fácil.

Asiento con la cabeza y le dedico una sonrisa. Un tipo sube a la pequeña plataforma elevada y, tras presentarse, explica las normas antes de empezar con la subasta. Uno a uno, los objetos empiezan a ser subastados y pronto aparece nuestra fuente. El presentador hace una breve presentación del objeto y abre la subasta por 500€. Subo la paleta y apuesto por 550€. Un hombre sentado en la segunda fila mueve su paleta subiendo a 600€ y yo vuelvo a subir a 650€. El tipo se vuelve a mirarme furioso pero en cuanto me ve su gesto se relaja y me dedica una cómplice sonrisa, ya no va a pujar más. El presentador me adjudica la fuente y anota el número de paleta para después firmar los documentos que lo hagan oficial.

–          Buen trabajo, cariño. – Me susurra Gonzalo al oído burlonamente.

Como todo ha salido según lo previsto, Gonzalo firma los documentos de la compra y también añade un servicio de envío a Barcelona, concretamente a su nueva casa.

El asistente de ayer nos ve, se acerca a saludarnos con una sonrisa en los labios y nos pregunta:

–          ¿Os veré esta noche en la gala?

–          Por supuesto, aquí estaremos. – Le confirma Gonzalo.

–          No sabes cuánto me alegra oír eso, pareja. – Nos dice el asistente alegremente. – Os aseguro que lo pasaréis bien.

Un grupo de hombres se nos acercan y saludan a Gonzalo, son conocidos con los que ha llevado a cabo algún negocio y que le tienen en alta estima. Tras estrecharles la mano, Gonzalo coloca su brazo alrededor de mi cintura y me presenta:

–          Caballeros, les presento a Yasmina Soler.

No hace falta que dé ningún tipo de explicación, su posesivo gesto sobre mí habla por sí solo pero, por si a alguien le ha quedado la menor duda, el asistente les dice al resto de hombres:

–          El señor Cortés y la señorita Soler han venido a buscar algo para su nueva casa y se han llevado la fuente de jardín. Cuando tengan hijos, apuesto a que les encantará verles correr por el jardín alrededor de la fuente.

–          Estoy seguro de ello, ¿verdad, cariño? – Me pregunta Gonzalo sonriendo.

–          Claro, cielo. Me muero de ganas de ver a nuestros cuatro hijos corriendo por el jardín de nuestra nueva casa. – Le respondo siguiéndole la broma.

Todos nos reímos y, tras despedirnos, Gonzalo y yo tomamos un taxi para ir de compras.

–          ¿De verdad quieres tener cuatro hijos? – Me pregunta Gonzalo divertido cuando entramos en el taxi.

–          La verdad es que ni siquiera he pensado en tener uno, pero quería ver tu cara al escucharlo. – Me mofo.

–          Yo tampoco me lo había planteado antes, pero la verdad es que no me importaría tener cuatro hijos. – Comenta Gonzalo encogiéndose de hombros.

–          ¿Tienes hermanos? – Le pregunto.

–          Sí, tengo un hermano y una hermana.

–          ¿Y cómo es tu relación con ellos?

–          Bueno, mi hermano Pablo es dos años más pequeño que yo, así que desde niños nos hemos peleado y esas cosas, pero conforme han ido pasando los años nuestra relación ha mejorado, supongo que ambos hemos madurado. Y luego está mi hermana Claudia, tiene veintisiete años y es la pequeña de los tres. Con ella siempre me he llevado bien, es mi protegida. – Me dice Gonzalo con complicidad. – Estoy seguro de que Claudia y tú os llevaríais bien si os conocierais.

–          Probablemente, somos de la misma edad. – Le confirmo.

El taxi se detiene y Gonzalo me sonríe antes bajar del vehículo y rodearlo para abrir la puerta de mi lado y ayudarme a bajar.

–          Señorita Soler, vamos a comprar. – Me dice sonriente.

Entramos en la lujosa tienda de Armani y rápidamente una dependienta se nos acerca y con un tono de lo más amable, nos dice:

–          Buenos días, ¿les puedo ayudar?

–          Tenemos que acudir a una gala de etiqueta esta misma noche y necesitamos un traje y un vestido. ¿Cree que hay alguna posibilidad de conseguirlo para esta misma noche?

–          Por supuesto, acompáñenme por favor. – Nos dice la dependienta.

Nos guía a una sala con todas las paredes llenas de espejo, un sofá de dos plazas y un enorme vestidor al fondo.

–          Aquí se podrán probar los vestidos y los trajes, pero antes vamos a dar una vuelta y seleccionar algunos vestidos. – Nos explica la dependienta. Se vuelve hacia a mí y me pregunta con una dulce sonrisa en los labios: – ¿Tenía algo pensado?

–          Pues, no tengo nada pensado. – Le confieso.

–          No importa, le enseñaré unos cuantos y podrá escoger. – Me responde la dependienta.

–          Ve con ella, nos vemos aquí en un rato, cariño. – Me susurra Gonzalo.

Le dedico una sonrisa y doy media vuelta para seguir a la dependienta que empieza a mostrarme vestidos. Tras media hora dando vueltas por la tienda, he escogido cinco vestidos, de los cuales dos ya los hubiera descartado si no fuera porque la dependienta ha insistido en que me los pruebe. Cuando por fin llego a la sala para probarme los vestidos, me encuentro a Gonzalo vestido con un traje negro, una camisa gris marengo y una corbata negra. Está muy sexy y me derrite cuando me dedica una sonrisa macarra.

–          ¿Has encontrado algo que te guste? – Me pregunta sin dejar de sonreír.

–          Llevo cinco vestidos, será mejor que te sientes y te pongas cómodo, cariño. – Bromeo.

Gonzalo me devuelve la sonrisa y yo me dirijo al probador, seguida de la dependienta, que me ayudará a ponerme los vestidos. Decido probarme primero el vestido que menos me gusta, un vestido verde botella de cuello de barca y manga larga con forma de tubo y abierto desde el muslo. Salgo del probador y Gonzalo ya está sentado en el sofá, cómodo para ver el improvisado desfile.

–          ¿Qué te parece? – Le pregunto caminando un par de pasos hacia a él y dando una vuelta sobre mí misma. – No me gusta.

–          A mí me gusta, pero tienes cuatro vestidos más por probarte. – Me responde encogiéndose de hombros.

Doy media vuelta y regreso al probador. La dependienta me ayuda a quitarme el vestido y también me ayuda a colocarme el segundo vestido. Esta vez escojo el vestido azul atado al cuello con la espalda al descubierto y caído hasta el suelo. En cuanto salgo del probador, Gonzalo me mira de arriba abajo y me sonríe. Sin duda alguna, este vestido le gusta más que el primero.

–          Este vestido le sienta muy bien, ¿verdad, señor Cortés? – Le pregunta la dependienta a Gonzalo.

–          Le queda perfecto. – Le responde Gonzalo sin dejar de mirarme.

Le sonrío, doy media vuelta y entro de nuevo en el probador. Esta vez decido probarme el vestido rosa con escote palabra de honor y ceñido hasta la cadera y suelto hasta el suelo. Salgo del probador y Gonzalo me sonríe.

–          Esto se está poniendo difícil, cariño. – Me dice con la voz ronca.

–          Aún quedan dos más, espera a verlos todos antes de dar tu opinión no sea que después te arrepientas. – Le aconsejo guiñándole un ojo.

–          ¿Has dejado los mejores para el final? – Me pregunta pícaramente.

Me río y vuelvo a entrar en el vestidor. Ya solo me quedan dos vestidos, el rojo y el blanco. Me decido a probarme primero el rojo y dejo el blanco para el final, que es el que más me gusta. Me miro en el espejo del probador antes de salir, el vestido es precioso, de un color rojo intenso, con dos finos tirantes que se cruzan en la espalda formando una x y dejando la espalda al descubierto, ajustado hasta las rodillas y con cola de sirena. Salgo del probador y la sonrisa que me dedica Gonzalo es mucho más que sugerente. Creo que de los cuatro vestidos que me he probado este es el que más le gusta.

–          Estás preciosa. – Me dice casi en un susurro, mirándome con intensidad.

–          Gracias. – Le respondo ruborizada.

–          Ya solo nos queda un vestido. – Apunta la dependienta.

Regreso al probador y me pongo el último vestido, el vestido blanco al estilo diosa griega. Va sujeto con dos gruesos tirantes que se unen en el hombro con una pedrería dorada, ceñido hasta la cadera donde la misma pedrería forma un cinturón para después dejar caer la tela hasta el suelo. Me miro en espejo y me veo perfecta, este es el vestido que quiero llevar esta noche. Salgo del probador y, en cuanto me ve, Gonzalo se levanta del sofá y me mira con intensidad, pero no dice nada.

–          Parece que al señor Cortés le gusta mucho este vestido. – Comenta la dependienta.

–          El mejor para el final. – Corrobora Gonzalo.

–          Me llevo este. – Le confirmo a la dependienta.

Entro de nuevo el probador, me quito el vestido y se lo doy a la dependienta para que se lo lleve a la caja mientras yo termino de vestirme. Cuando salgo del probador me tropiezo con Gonzalo que me está esperando en la misma puerta.

–          Pagamos, regresamos al hotel, comemos en el restaurante y subimos a la suite a descansar un rato antes de asistir a la gala. – Me dice Gonzalo sonriendo.

Nos dirigimos a la caja para pagar su traje y mi vestido y la dependienta nos entrega las bolsas y le devuelve la tarjeta de crédito a Gonzalo, que parece ser que se me ha adelantado al pagar.

–          Es mi vestido, debería pagarlo yo. – Protesto por enésima vez nada más nos sentamos a comer en el restaurante del hotel.

–          Ya te dije que todos los gastos del viaje correrían a mi cuenta. – Me repite Gonzalo empezando a perder la paciencia.

–          Pero ese vestido no solo me lo voy a poner esta noche, me lo pondré muchas más veces, así que lo justo es que lo pague yo.

–          ¿De verdad quieres que sigamos discutiendo sobre lo mismo? Te advierto que no voy a cambiar de opinión. – Sentencia Gonzalo.

Finalmente, me resigno y dejo de insistir.

Solo tuya 10.

Solo tuya

“El mejor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no puedes hacer.” Walter Bagehot.

Al día siguiente, me despierto cuando, a las dos de la tarde, mi padre me llama por teléfono para decirme que acaba de regresar de Madrid. Medio dormida, le pregunto cómo ha ido el viaje y le digo que iré a su casa a cenar, pero que ahora necesito dormir un poco más, me estoy haciendo mayor para este ritmo de vida. Cuando cuelgo, leo un mensaje de Lorena que dice que más tarde me llamará y, cito textualmente, para narrarme todas las acrobacias sexuales que hizo con Erik anoche. Dejo el móvil de nuevo en la mesita de noche, cierro los ojos y vuelvo a quedarme dormida.

Me despierto a las cinco de la tarde, de nuevo con el sonido incesante de mi móvil que debí desconectar después de hablar con mi padre. Sé que es Lorena quien llama, muerta de ganas de contarme con todo detalle los orgasmos que tuvo anoche. Sin abrir los ojos, estiro el brazo en busca de mi móvil y le digo nada más descolgar:

–          No quiero saber cuántos orgasmos tuviste anoche ni cómo los tuviste.

–          Me alegro, porque no tuve ninguno y no hubiera sabido qué decir. – Me responde la voz de Gonzalo al otro lado del teléfono.

–          No eres Lorena. – Digo deseando que me trague la tierra.

–          Me temo que no. – Me responde divertido y me pregunta riendo: – ¿Eso es de lo que habláis las chicas? ¿De vuestros orgasmos?

–          No puedes preguntarme eso nada más despertarme. – Protesto.

–          Tienes razón, antes debería invitarte a cenar, pero se me han adelantado. – Me dice con tono serio. – Mañana tengo que viajar a Ginebra y voy a estar unos días fuera, pero no se me olvida que tenemos una conversación pendiente.

–          ¿Cuándo regresas? – Le pregunto sin importarme lo que sea que vaya a hacer en Suiza, no quiero que se vaya.

–          Regreso el jueves. – Me responde y me recuerda: – El viernes por la mañana sale nuestro vuelo a Londres.

–          Llámame cuando regreses y quedamos para encontrarnos en el aeropuerto.

–          Te llamaré el jueves cuando regrese y quedaremos para pasar a recogerte a tu casa e ir juntos al aeropuerto. – Me corrige. – Y eso no es discutible.

–          Contigo no hay nada discutible, siempre tienes la última palabra. – Le reprocho con mi habitual mal humor matutino al recordar que anoche rechazó mi invitación a tomarse la última copa en casa.

–          Estás enfadada, pero no sé si es porque te he despertado o por alguna otra razón. – Me dice con tono serio.

–          No estoy enfadada. – Refunfuño.

–          Entonces, tu amiga Lorena va a tener razón. – Me contesta divertido.

–          ¿En qué tiene razón? – Le pregunto desconfiada.

–          Eso mejor ya lo hablaremos cuando nos tomemos esa última copa que tenemos pendiente. – Me responde divertido. De fondo se oye la voz de una mujer que lo llama y Gonzalo se despide: – Tengo que colgar, Yasmina. Te llamaré el jueves y concretamos para ir al aeropuerto.

–          De acuerdo, que tengas un buen viaje. – Le deseo un poco triste.

–          Gracias, Yasmina. Hablamos pronto.

–          Hablamos pronto. – Me despido antes de colgar.

Tras darme una ducha y recoger un poco el piso, voy a cenar a casa de mi padre. Lo saludo con un abrazo y ambos nos dirigimos a la cocina donde juntos preparamos la cena mientras él me cuenta cómo le ha ido por Madrid. Cuando nos sentamos a cenar, mi padre, que me conoce muy bien, me mira a los ojos y me pregunta:

–          ¿Quieres decir ya lo que tengas que decir? Estoy empezando a ponerme nervioso.

–          No es nada malo, tan solo algo diferente. – Le adelanto para allanar el terreno. – Gonzalo Cortés me ha pedido que le acompañe a Londres el próximo fin de semana para acudir a una exposición y subasta de mobiliario y objetos de decoración para el hogar.

–          Ir o no es decisión tuya. – Me dice mi padre. – Por contrato no estás obligada a acompañarle, pero si quieres ir a mí me parece bien. Solo te pido una cosa, no sé qué os traéis tú y Cortés, ni si os conocíais antes de que nos contratara, y la verdad es que prefiero no saberlo, pero sí te pido que recuerdes que, hasta que finalice la obra, Cortés sigue siendo nuestro cliente.

–          No conocía a Gonzalo hasta que tuve que hacerme cargo de la reunión con él de la que te escaqueaste. – Le reprocho. – Y tampoco me traigo nada con él, al menos de momento.

–          Cielo, sabes que yo no me meto en tu vida, pero se dice que Gonzalo Cortés no es uno de esos hombres que quieren casarse y formar una familia, aunque yo también tenía esa reputación hasta que conocí a tu madre. – Me mira a los ojos y pregunta: – ¿Te gusta ese hombre? Es algo mayor que tú.

–          Concretamente, ocho años mayor que yo. – Le confirmo. – Tengo que confesar que lo he visto fuera del trabajo, aunque solo para tomar una copa con Lorena y uno de sus amigos, no ha pasado nada entre nosotros.

–          ¿Quieres que pase algo entre vosotros?

–          No lo sé. – Respondo encogiéndome de hombros. – Me siento cómoda hablando con él, nos hemos hecho amigos en este mes y medio y se porta muy bien conmigo.

–          Tengo que advertirte que a Rubén no le gusta nada. – Comenta mi padre.

–          A Rubén últimamente no le gusta nada de lo que yo hago. – Le respondo rodando los ojos cómicamente. – Discutimos cada vez que nos vemos y parece que la única forma de trabajar juntos es no viéndonos y hablando por e-mail.

–          Cielo, que Rubén esté así, ¿no te dice nada?

–          ¿A qué te refieres?

–          Hija, hasta yo me he dado cuenta. – Me dice mi padre riendo. – A Rubén le gustas desde siempre. La verdad es que incluso llegué a pensar que acabaríais juntos, siempre os habéis llevado muy bien.

–          Papá, Rubén y yo solo hemos sido amigos, casi hermanos. – Le aclaro. – Aunque estos últimos meses parecemos dos desconocidos, es como si él ya no fuera la misma persona de antes.

–          Ahí tengo que darte la razón, últimamente está muy raro, incluso me atrevería a decir que está bastante distante, pero como paso más tiempo en Madrid que en Barcelona no le había dado tanta importancia.

–          A ver si cuándo acabe la obra de Cortés se le pasa el cabreo y vuelve a ser el de antes.

–          ¿Le has mencionado a Rubén el viaje a Londres con Cortés?

–          No, ¿debería hacerlo?

–          Se va a enterar de todas formas, Yas. – Opina mi padre.

–          Está bien, le mandaré un e-mail. – Le respondo con sorna.

Con mi padre puedo hablar de cualquier cosa, aunque no con las mismas palabras con las que hablo con Lorena. Él nunca me juzga ni trata de decirme lo que tengo que hacer a menos que yo le pida consejo.

El lunes por la mañana cuando entro en mi despacho me encuentro con un nuevo ramo de orquídeas. Cojo la tarjeta y la leo: “No te conviene.” Me dejo caer en el sillón y resoplo frustrada. ¿Qué es lo que no me conviene? ¿Quién me manda las malditas flores? Todo esto ya me está empezando a mosquear.

–          Bonitas flores. – Me dice mi padre asomando la cabeza por mi despacho. – ¿Quién te las envía?

–          No lo sé. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Papá, ¿sabes si Rubén va a aparecer por la oficina hoy?

–          Eso espero, he quedado con él en media hora.

Mi padre regresa a su despacho y yo me quedo pensando en el mío. Ya que voy a ver a Rubén y que la situación entre nosotros es bastante tensa, lo más lógico sería quedarme en la oficina y hablar con él para solucionarlo, a pesar de que lo que más desearía hacer sería de aquí y esconderme para no tener que ver ni hablar con Rubén, a poder ser en Ginebra.

Me reprendo mentalmente por acordarme de Gonzalo. Ese es otro frente abierto que tengo que tratar, pero ya pensaré en ello más adelante, ahora se me acumulan las tareas pendientes.

Media hora más tarde, tal y como mi padre me había dicho, Rubén aparece por la oficina, pero entra en el despacho de mi padre sin pasar a saludarme. No sale de allí hasta pasadas casi tres horas y no parece muy contento. A pesar de todo, salgo detrás de él y le digo:

–          Rubén, ¿tienes un minuto?

Su cara es un poema, no parece tener muchas ganas de verme y menos aún de hablar conmigo, pero se acerca lentamente y me responde:

–          Siempre tengo tiempo para la subdirectora de la empresa.

Entramos en mi despacho mientras me muerdo la lengua para no replicar su comentario, es mejor que trate de relajarme o terminaremos de romper la escasa relación que tenemos. Rubén echa un rápido vistazo al ramo de orquídeas y me dice con frialdad:

–          Tú dirás.

–          Tenemos que arreglar esto, Rubén. – Le suelto de golpe. Ala, ya lo he dicho. – No podemos comportarnos como dos extraños cuando no lo somos. ¡Joder, te considero como a un hermano!

–          Ese es el problema, Yas. – Me suelta él. – Soy como un puñetero hermano y tú no te das cuenta de que quiero ser algo más.

Joder, esto no me lo esperaba. Me quedo callada, con la mirada perdida mientras mi mente va a mil por hora recordando que intentó besarme una noche tras cenar en casa de mi padre, que después de eso desapareció unas semanas y cuando regresó lo hablamos y lo solucionamos. Se volvió a complicar cuando salimos a cenar juntos y hablamos de Gonzalo. Su opinión discrepó con la mía y él trató de convencerme de lo malo malísimo que era Gonzalo. Desde entonces, apenas hemos hablado y siempre por e-mail.

–          ¿No piensas decir nada? – Me pregunta con sarcasmo.

–          ¿Eres tú quién me envía las orquídeas? – Le pregunto sin entender nada.

–          No. ¿No sabes quién te las envía? – Su cara delata que, efectivamente, Rubén no tiene nada que ver con las flores. – Pregúntale a Cortés, estoy seguro de que él tiene mucho que ver con eso.

–          Gonzalo Cortés no tiene nada que ver con las flores. – Le aclaro.

–          ¿Tampoco tiene nada que ver con que te vayas este fin de semana a Londres? – Me pregunta con tono de reproche. – Borja me lo ha contado.

–          Entonces, supongo que también te habrá contado el motivo por el cuál vamos juntos a Londres.

–          En menos de una semana la casa de Cortés estará acabada, de los detalles de la decoración se encargará Borja, así que ya no me necesitaréis. – Me dice nervioso y, mirándome a los ojos, añade – Le he pedido una excedencia a tu padre y me iré unos meses fuera, necesito cambiar de aires. Quizás cuando regrese podamos hablar y normalizar todo esto, pero me temo que ahora no es un buen momento.

–          Rubén, yo…

–          No digas nada, Yas. No es necesario. – Me interrumpe. – Ya me ha quedado claro que no sientes lo mismo que yo y lo último que deseo es que te compadezcas de mí. – Se levanta del sillón, se acerca para darme un abrazo y añade: – Cuídate, Yas.

–          Tú también, Rubén.

Me siento un poco incómoda al despedirme de Rubén, pero sé que tiene razón y que ahora mismo no podríamos ser capaces de hablar más de diez minutos como dos personas civilizadas. Lo mejor es que el tiempo calme las cosas, quizás dentro de unos meses podamos reírnos de todo esto y volver a ser los amigos que hemos sido hasta hace pocas semanas.

El martes por la tarde recibo la inesperada visita de Paula en mi oficina. Cuando Susana me avisa que Paula ha venido a verme, no puedo menos que sorprenderme.

–          Siento venir sin avisar, estaba aquí cerca y necesitaba hablar con alguien. – Me saluda nerviosa Paula dándome dos besos.

–          Ven, siéntate y cuéntamelo todo. – Le digo cuando los ojos se le empiezan a llenar de lágrimas.

–          No sé por dónde empezar. – Me dice secándose las lágrimas de la cara. – Al principio no dije nada porque pensaba que no había nada que contar y ahora no sé cómo decirlo. Sé que tú me vas a entender y sé que puedo confiar en ti.

–          Estás empezando a ponerme nerviosa, ¿has matado a alguien o qué?

–          No he matado a nadie. – Me replica Paula. – Pero he hecho algo que no sé si os va a gustar ni cómo os lo vais a tomar, sobretodo Lorena.

–          Vale, ahora me estás asustando. – Confieso.

–          De acuerdo, iré al grano: me estoy viendo con Mario.

–          Mario, ¿nuestro Mario? ¿El hermano de Lorena?

–          El mismo. – Me confirma Paula.

–          Y cuándo dices que te estás viendo con él…

–          Exacto, me refiero a que hemos iniciado una relación romántica.

–          Vamos, que ya lo has metido en tu cama. – Comento. Miro a Paula, que me observa esperando una reacción, tal vez un reproche, pero no tengo nada que reprocharle, más bien todo lo contrario. – Y, ¿cuál es el problema? Hasta donde yo sé, Mario siempre te ha gustado y eso todas lo sabemos.

–          El problema es que empecé a verme con él en San Valentín, cuando salimos a cenar Lorena, tú y yo y después fuimos al Dublín para celebrar nuestra soltería. – Me confiesa.

–          ¡De eso hace ya casi cinco meses! – Protesto. – ¿Por qué no has dicho nada hasta ahora?

–          No sé, todo empezó de improviso, hace muchos años que me resigné al amor de Mario, siempre nos ha visto como a las amigas de su hermana pequeña. Aquella noche tú y Lorena decidisteis seguir la fiesta y yo ya no podía ni con mi alma. Le dije a Lolo que iba a pedir un taxi para regresar a casa, Mario se ofreció a llevarme y yo no supe decirle que no. – Me empieza a contar. – Estaba tan borracha que me puse malísima, pero Mario me llevó a casa, me cuidó y se portó como todo un caballero. Al día siguiente me llamó por teléfono para preocuparse por mí y por la noche se presentó en mi casa con unas hamburguesas para cenar. Empezó a llamarme todos los días de la semana y el viernes siguiente acepté su invitación a cenar. Fue como una primera cita: cena en un buen restaurante, una copa en un pub elegante, me acompaña a casa y se despide de mí dándome un leve pero intenso beso en los labios. Después de esa primera cita vinieron muchas más, pero todo era tan perfecto que ni yo me lo creía. Esperaba que en algún momento todo se acabara, todas conocemos la fama de Mario. El caso es que no ha sido así y nuestra relación ha seguido avanzando, tanto que Mario se ha cansado de que nos veamos a escondidas como si estuviéramos haciendo algo malo y quiere hacerlo público ya.

–          No estáis haciendo nada malo, Paula. – Le aseguro.

–          Lo sé, pero lo he ocultado tanto tiempo que me siento culpable. Además, también me preocupa la reacción de Lorena, Mario es su hermano.

–          Ya conoces a Lorena, a ella le parecerá genial. – Le digo sabiendo que Lorena se alegrará. – Pero, si quieres un consejo, díselo ya y no le digas que me lo has dicho a mí primero, eso le sentará fatal teniendo en cuenta que Mario es su hermano.

–          Voy a llamarla y a quedar con ella, no puedo vivir más con esta angustia. – Decide Paula. – Gracias por hacerme verlo todo tan claro, eres un sol. – Paula me abraza y se despide: – Ten el móvil a mano, te llamaré si Lorena se vuelve aún más loca y no puedo con ella.

Poco después yo también me marcho a casa y me doy un baño para relajarme. Está semana está siendo especialmente dura y, aunque no lo reconoceré en voz alta, echo de menos a Gonzalo, mucho más de lo que debería. Dentro de la bañera rodeada de agua caliente y espuma con olor a vainilla, cierro los ojos y trato de dejar la mente en blanco cuando el estridente sonido de mi móvil me saca de mi efímero estado de relajación. Hoy no es mi día. Estoy a punto de lanzar el móvil contra el suelo del baño cuando veo que es Gonzalo quien me llama y una sonrisa se dibuja en mis labios. Descuelgo la llamada y me relajo al oír su voz:

–          Buenas noches, Yasmina. ¿Te pillo en mal momento?

–          Eh, supongo que no. – Balbuceo nerviosa.

–          ¿Supones que no? ¿Qué estás haciendo? – Me pregunta divertido.

–          Bueno, estaba tratando de relajarme dándome un baño con espuma mientras me bebo una copa de vino pero soy incapaz de dejar la mente en blanco.

–          Un baño de espuma con una copa de vino, suena muy apetecible.

–          Suena mejor de lo que resulta, créeme.

–          ¿Va todo bien?

–          Sí, Rubén me ha confirmado que esta semana acabará los últimos retoques de la obra y el lunes Borja empezará a encargarse de la decoración, en tres semanas como mucho podrás mudarte. – Le contesto.

–          No me refería a eso, te preguntaba si tú estás bien.

–          Sí. – Miento. – Todo genial.

–          No se te da bien mentir. – Bromea Gonzalo. – ¿Sigues estando en la bañera?

–          Sí, me estoy empezando a arrugar como una pasa. – Confieso.

–          Te dejo que termines de… relajarte. – Me dice con la voz ronca. – Buenas noches, Yasmina.

–          Buenas noches, Gonzalo. – Me despido antes de colgar.

Cierro los ojos, cojo aire y sumerjo mi cabeza en la bañera antes de ponerme en pie y secarme. Me siento anestesiada, como siempre que hablo o me encuentro con Gonzalo, él tiene ese efecto en mí. Lo peor es que no dejo de preguntarme qué pasará cuando el proyecto termine y ya no tenga ninguna razón para llamar a Gonzalo o reunirme con él. Y tampoco puedo evitar ponerme nerviosa y sentir un nudo en el estómago cuando lo pienso.

Decido llamar a Lorena y desahogarme, puede que ella también necesite desahogarse si ha hablado con Paula. Me responde al segundo tono:

–          Estaba a punto de llamarte.

–          Tú primera. – Le digo.

–          He quedado con Paula esta tarde, está saliendo con mi hermano.

–          Y, ¿qué te parece? – Le pregunto con cautela.

–          Pues me parece bien, lo que no me parece tan bien es que no me lo hayan dicho hasta ahora. – Protesta. – ¿Soy un puto ogro que todo se lo toma a mal como para que me oculten estas cosas?

–          No eres ningún ogro. – Le digo tratando de contener la risa. – Además, puede que ni ellos supiesen lo que estaban haciendo o hasta a dónde iban a llegar.

–          Sí, eso es lo que me ha dicho Paula. – Comenta Lorena. – En cualquier caso, me alegro por ellos. Y tú, ¿qué?

–          Yo tengo un problema y creo que bastante gordo.

–          Deja que adivine, ¿Gonzalo Cortés tiene algo que ver?

–          Acaba de llamarme y me acabo de dar cuenta de que lo deseo y lo echo de menos más de lo que la lógica y la sensatez pueden dictarme. – Suspiro sonoramente y confieso: – No quiero acabar el proyecto porque eso significará dejar de verle.

–          Tienes todo un fin de semana para hacer que Gonzalo no se olvide de ti jamás, cómprate un conjunto de lencería sexy pero casual y escoge el mismo estilo de ropa para el viaje, tienes que estar muy sexy pero sin pretender querer estarlo, ya me entiendes. – Me aconseja Lorena. – Coquetea con él inocentemente, es un hombre dominante y eso les pone mogollón. Lo tendrás comiendo de tu mano antes de que caiga la noche, el resto depende de ti, no me decepciones.

–          ¿Me estás aconsejando que aproveche este viaje para tirármelo?

–          Yo en tu lugar lo haría, pero que conste que solo te estaba aconsejando que lo seduzcas sin tener que meterlo en tu cama. Gonzalo es de esa clase de hombres de los que pierden el interés cuando consiguen lo que tanto ansiaban. – Me dice Lorena.

–          Entonces, ¿no deberías aconsejarme que me aleje de él? – Le reprocho.

–          Si te gusta de verdad, y así lo creo, harás lo que te dé la gana y no me escucharás. – Me dice segura de sus palabras. – Siempre has conseguido todo lo que te has propuesto, sé que tarde o temprano acabarás metiéndote en la cama con Gonzalo, solo tienes que hacer que su interés por ti aumente antes de llevártelo a la cama para que después persista.

–          Prometí que me iba a dejar llevar cuando conociera a alguien que de verdad me gustara y eso pienso hacer, después ya veremos cómo acaba…

–          Pase lo que pase, yo estaré a tu lado. – Me asegura Lorena.

–          Por cierto, ¿no vas a contarme nada de Erik?

–          Está siendo una tortura estar con él en la oficina y fingir que no quiero lanzarme a sus brazos. – Me confiesa. – Me provoca constantemente mientras él aguanta el tipo, no sé cómo es capaz de comportarse con tanta naturalidad, yo en cualquier momento voy a entrar en combustión espontánea.

Durante la siguiente media hora, Lorena me habla de su relación con Erik y me cuenta divertidas anécdotas con las que ambas no podemos parar de reír.

El miércoles por la tarde decido hacerle caso a Lorena y me voy de compras. En un arrebato de locura, me compro un par de vaqueros pitillo, unos botines marrones de tacón de aguja, unos zapatos letizios de color negro, tres jerséis finos de entretiempo, una americana entallada y ceñida de color negro, unas botas planas de media caña de color negro, una camisa blanca, otra rosa y otra de color azul. Cargada de bolsas, he decidido darme un capricho y he pasado por La Perla, donde me he comprado tres conjuntos de lencería fina y muy sexy que pienso llevarme a Londres. No sé qué es lo que puede pasar allí este fin de semana, pero pienso ir preparada para cualquier cosa.

El jueves repito la misma rutina del miércoles, me voy de compras otra vez y tengo que confesar que me he gastado mucho más de lo que había previsto, pero hacía tanto tiempo que no iba de compras que no me he parado ni a pensarlo. Y me ha sentado muy bien, casi como una terapia.

Cuando llego a casa saco mi móvil del bolso y veo una llamada perdida de Gonzalo, ha debido llamarme mientras iba conduciendo y no me he dado cuenta. Estoy a punto de llamarle cuando la pantalla de mi teléfono se ilumina y aparece su nombre. Sonrío involuntariamente antes de descolgar y saludarle:

–          Buenas noches, Gonzalo. ¿Ya estás en casa?

–          Buenas noches, Yasmina. – Me saluda con voz cansada. – La verdad es que he venido a la oficina directamente del aeropuerto. ¿Ya tienes preparada la maleta?

–          Acabo de llegar a casa, iba a ponerme a ello ahora mismo.

–          ¿Ahora llegas de la oficina? – Me pregunta muy serio.

–          No, me ha dado un ataque consumista y me he pasado la tarde de compras.

–          ¿Se trata de otro método tuyo para tratar de relajarte? – Me pregunta divertido.

–          Pues no lo era, pero la verdad es que como terapia no ha estado mal. – Bromeo.

–          ¿Qué has comprado?

–          Ropa y zapatos. – Le contesto riendo. – Mis conversaciones con Lorena pueden parecerte extrañas, pero te aseguro que las tuyas lo son aún más.

–          A mí me gustan nuestras conversaciones y siempre me hacen sonreír. – Opina Gonzalo con la voz ronca. – En fin, te llamaba para decirte que nuestro vuelo sale mañana a las nueve de la mañana, pasaré a recogerte por casa a las siete de la mañana. Mete en la maleta algo de abrigo, allí no hace tanto calor como aquí.

–          Debes estar cansado, deberías irte a casa. – Le digo preocupada.

–          Estoy bien, termino de revisar un par de informes y me voy a casa. – Me asegura. – Te veo mañana, buenas noches, Yasmina.

–          Buenas noches. – Susurro antes de colgar con el corazón a mil por hora.

Solo tuya 9.

Solo tuya

“No aceptes invitaciones de un hombre desconocido y recuerda que todos los hombres son desconocidos.” Robin Morgan.

Los días pasan y yo sigo sin saber quién me envía los ramos de orquídeas. Sí, he dicho ramos en plural. El pasado viernes por la mañana cuando llegué a mi despacho me encontré con un ramo de orquídeas idéntico al primero y con la misma tarjeta, salvo que esta vez había algo distinto escrito: “Me gusta verte sonreír.” Y esta semana he recibido otros dos ramos de orquídeas más, uno el lunes y otro ayer viernes, con otros dos mensajes distintos: “Me gusta verte rodar los ojos cuando no estás conforme con algo” y “Me encanta cuando te ruborizas.” Rubén no es, eso lo tengo muy claro. Durante las últimas dos semanas hemos seguido sin hablarnos y tampoco nos hemos visto, tan solo hemos mantenido el contacto por correo electrónico y porque tiene que entregarme los informes sobre los avances de la obra de la casa de Gonzalo. No le he preguntado por qué me buscaba el otro día, cuando Susana me dijo que parecía que no estaba muy contento al ver el primer ramo de orquídeas que me enviaron, y él tampoco ha vuelto a buscarme ni lo ha mencionado en ninguno de sus correos. También he descartado que las flores sean de Isaac, además de que no creo que le haya enviado a nadie unas flores en su vida, me prometió que me dejaría estos dos meses para que meditara y no se ha puesto en contacto conmigo, así que dudo que se entretenga enviándome flores en plan anónimo sobretodo estando en China. Así que sigo igual de perdida que antes pero con más curiosidad. En eso estoy pensando cuando Lorena llega a mi casa. Hemos quedado antes de ir a casa de Rocío a cenar y celebrar la inauguración de su nuevo piso.

–          Si sigues frunciendo el ceño de esa manera tendrás miles de arrugas antes de cumplir los treinta. – Me saluda Lorena.

–          Gracias, yo también me alegro de verte. – Le devuelvo el saludo.

–          Será mejor que vomites todo lo que te estás callando o explotarás. – Me aconseja Lorena dejando su bolso sobre la mesa del salón y dirigiéndose a la cocina para servir dos copas de una de las botellas que ha traído. – ¿Se trata de Isaac, Rubén o Gonzalo Cortés?

–          Si te refieres a las arrugas, creo que los tres tienen mucho que ver en eso. – Protesto cogiendo mi copa de vino y regresando al salón para sentarme en el sofá.

Lorena me sigue y se sienta a mi lado, esperando que continúe hablando y, como no lo hago, ella lo hace por mí:

–          Vale, cuéntamelo todo y empieza por lo de las orquídeas.

Sabiendo que es inútil discutir con ella, se lo cuento todo. Incluso le enseño las cuatro tarjetas de los cuatro ramos que he recibido.

–          Vale, no es ni Isaac ni Rubén. – Me secunda Lorena después de analizar los últimos acontecimientos. – Y, ¿qué me dices de Gonzalo Cortés?

–          ¿Él? – Pregunto sorprendida. – La verdad es que fue en uno de los que pensé nada más ver el ramo, pero él no tenía forma de saber cuáles son mis flores favoritas. Además, me preguntó si era mi cumpleaños cuando vio el ramo en mi despacho, así que también queda descartado.

–          Tienes un admirador secreto. – Concluye Lorena. – Piensa si alguien te tira los tejos últimamente. Tiene que ser alguien lo bastante cercano a ti, el primer y el último mensaje lo dejan claro.

–          Mejor cuéntame cómo fue tu segunda cita con el alemán. – Le sugiero cambiando de tema.

–          Fue adorable, Yas. Creo que me ha idiotizado. – Me confiesa Lorena. – Me llevó a una pequeña casa de campo en el Pirineo de Lleida, montamos a caballo, hicimos senderismo por el bosque y mi cuerpo se rindió a su voluntad. Joder, me pone cachonda con tan solo mirarme.

Me atraganto con el vino al escuchar las palabras de Lorena, ella es así de clara y directa.

–          Lo había entendido, no necesitaba más detalles. – Protesto.

–          Estás demasiado sensible con el tema, necesitas sexo. – Se mofa Lorena. – Resumiendo, con el alemán muy bien. Quiere que nos sigamos viendo pero en el trabajo seguimos tratándonos con normalidad, bueno, con toda la normalidad que las hormonas nos permiten tener. Es muy morboso trabajar con tu jefe y coquetear sutilmente con él sin que el resto de compañeros se percate.

–          No tienes remedio. – Le reprocho entre risas.

–          Tú sí que no tienes remedio. – Me reprocha ella. – Por cierto, ¿qué es lo que me habías dicho de que te vas el próximo fin de semana a Londres?

–          Hay una exposición y posterior subasta de mobiliario y demás objetos de decoración para el hogar, ya sabes, cuadros, esculturas y esas cosas. – Empiezo a decir. – Todos los años la celebran en Nueva York y en Londres y alguien le ha hablado de ello a Gonzalo y quiere que le acompañe.

–          ¿Y qué le parece eso a tu padre y a Rubén?

–          Aún no se lo he dicho a ninguno de los dos. – Le respondo. – Mi padre no será un problema, pero no estoy segura de cómo se lo tomará Rubén, últimamente todo lo que hago le parece mal y si tiene que ver con Gonzalo le parece aún peor.

–          Ya sabes lo que he opinado siempre de él, está coladito por ti y trata de ocultarlo hasta que finalmente estalle. – Me recuerda Lorena.

–          Mi padre regresa mañana a Barcelona, hablaré con él y se lo diré, será cuestión de tiempo que Rubén se entere y ya averiguaremos entonces su reacción. – Le digo encogiéndome de hombros.

–          Te apetece mucho pasar el fin de semana en Londres con Gonzalo, ¿verdad?

–          Sí, aunque no puedo darte ningún argumento razonable. – Le confieso. – Me gusta estar con él, aunque también me confunde y me impone. Me atrae y mucho, pero no puedo olvidar que se trata de un cliente.

–          ¿Cuándo acabaréis la obra?

–          Está bastante avanzada, pero todavía quedan tres o cuatro semanas para que Gonzalo pueda tenerlo todo listo, Borja ha prometido darnos absoluta prioridad, así que de momento todo depende de Rubén.

Lorena y yo continuamos hablando y bebiendo vino hasta que a las ocho de la tarde nos dirigimos al nuevo piso de Rocío. Cuando llegamos Paula ya está allí y ambas nos saludan. Llevábamos muchos días sin reunirnos las cuatro y rápidamente montamos un alboroto. Nos ponemos al día, pero todas nos guardamos algo. Paula y Rocío están un poco raras, sé que ocultan algo pero, igual que Lorena y yo, hay veces que necesitas sentir y hacer cosas sin pensarlas y sin que nadie te lo reproche ni te juzgue. Yo también les estoy ocultando lo de los ramos de flores, el fin de semana en Londres con Gonzalo y todo lo que estoy empezando a sentir por él, bueno, a Lorena no se lo he ocultado todo, pero ella nunca me juzga.

Tras enseñarnos el piso y los retoques que le ha dado, Rocío nos hace pasar a la cocina donde ha preparado una magnífica mesa y una cena deliciosa. Cenamos entre risas y disfrutamos como siempre que nos juntamos las cuatro. Las tres botellas de vino que nos hemos bebido junto con los chupitos y la copa de después, nos han dejado bastante achispadas y con ganas de salir a bailar.

Estamos entrando por la puerta del Dublín cuando me llega un mensaje al móvil, es de Gonzalo. Miro mi reloj, son más de las doce de la noche. Me echo a un lado, apartándome de las chicas, y lo leo a hurtadillas: “Has hecho bien en rechazar mi invitación, esto está siendo de lo más aburrido. Espero que al menos tú sí que te estés divirtiendo.” No me lo pienso dos veces y, animada por el alcohol, le respondo: “Eres el jefe, no tienes que darle explicaciones a nadie, puedes irte de allí e ir a bailar, yo es lo que estoy haciendo.” Añado un emoticono haciendo un guiño y le doy a enviar. Beber me vuelve descarada. Me uno a las chicas en la barra y saludo a Mario y a Lolo. Lorena ya me ha pedido una copa y estoy dándole un trago cuando el móvil vibra anunciando que tengo un mensaje. “¿Es una invitación?” Joder, ¿qué le digo?

–          ¿Se puede saber con quién te estás escribiendo? – Me pregunta Lorena asomándose desde mi espalda. – El señor Cortés te pone muy cerda, reconócelo.

–          Sht. – La reprendo. – Baja la voz, Lore. Le enseño la conversación y, sabiendo qué me va a contestar, igualmente le pregunto: – ¿Qué le respondo?

–          Si fuera tú, yo le enseñaría lo que es divertirse.

–          Lore, quiero verlo. – Le confieso. – Voy a decirle que venga.

–          Haces bien, Paula y Rocío acaban de decir que se toman una copa y se marchan a casa, están hechas unas abuelas. – Me dice Lorena.

–          ¿Y tú?

–          Yo creo que voy a llamar a mi alemán, con un poco de suerte me terminará de alegrar la noche. – Me contesta sonriendo maliciosamente.

Decido esperar a que Lorena termine de hablar con su alemán antes de responder a Gonzalo, si ella no tiene plan, no la voy a dejar sola.

Me uno a Rocío y a Paula, que charlan tranquilamente. Evito hablar de Gonzalo como he hecho durante los últimos días, cómo he dicho antes, hay cosas que es mejor sentirlas y dejarse llevar sin prejuicios. Bailamos juntas un par de canciones hasta que Lorena regresa y me guiña un ojo, eso significa que tiene plan. Un rato más tarde, Paula y Rocío terminan de beberse la copa y deciden marcharse. Dos minutos después, Mario se nos acerca y también se despide alegando que tiene una cita. Me resulta curioso que Mario abandone el pub un sábado por la noche y también que lo haya hecho justo después de haberse ido Paula. La última vez que los vi estaban hablándose al oído y a Paula siempre le ha gustado Mario. Lorena no parece haberse dado cuenta y yo tampoco se lo voy a decir, eso le corresponde a Paula, en el caso de que haya algo que decir, claro.

–          ¿Qué te ha dicho el alemán? – Le pregunto.

–          Le he dicho que pase por aquí en una hora, así pasamos un rato más juntas y bailamos un poco. – Me contesta guiñándome un ojo. – Venga, mándale un mensaje ya, debe de estar esperando.

Sin pensarlo demasiado, me dejo llevar y le escribo a Gonzalo: “Sí, es una invitación. Si quieres ir a bailar, te espero en esta dirección dentro de una hora.” Añado la ubicación del Dublín y le envío el mensaje. Un instante después obtengo su respuesta: “Yo no bailo, pero me encantará verte bailar igual que me encanta verte sonreír. Estaré allí en una hora.” Leo y releo el mensaje más de diez veces. Uno de las tarjetas de las orquídeas también decía que le encantaba verme sonreír, ¿tiene Gonzalo algo que ver o es solo una coincidencia?

–          En una hora estará aquí. – Le confirmo a Lorena.

–          Genial, vamos a avisar a Lolo para que los deje pasar, que es capaz de dejarlos en la puerta y jodernos el plan. – Planifica Lorena. La sigo hasta la puerta principal del pub donde Lolo está vigilando quién entra y quién sale y le dice: – Lolo, tenemos que hablar muy seriamente contigo. – Lolo nos mira alzando las cejas y sonríe divertido. – Estamos esperando a dos personas, dos hombres concretamente, que vendrán por separado. Uno de ellos siempre viste con traje de Armani, es alemán y tiene cara de alemán enfadado y el otro… – Me da un codazo y me pregunta: – Yas, ¿cómo es el otro?

–          El otro no es alemán, pero también suele tener cara de alemán enfadado. – Les digo riendo. – Viene de no sé qué evento, por lo que vendrá con traje. Es muy guapo, tiene los ojos grises y una intensa mirada que…

–          Vale, he pillado la idea, no hace falta que me deis más detalles. – Me interrumpe Lolo sonriendo. – Los acompañaré hasta a vosotras cuando lleguen.

–          ¡Gracias, Lolo! – Exclamamos las dos a coro mientras le damos un abrazo. Antes de dar media vuelta, Lorena le advierte a Lolo – Esto no ha pasado, es un secreto de tres.

Lolo asiente con la cabeza y después se ríe a carcajadas moviendo la cabeza de un lado a otro y nosotras regresamos al interior del Dublín riéndonos como dos adolescentes. Le pedimos un par de copas a la camarera y nos dirigimos al centro de la pista a bailar, hasta que nuestras copas se vacían y regresamos a la barra donde le pedimos dos copas más a la camarera. Estamos pasándolo tan bien bailando y bebiendo que ni Lorena ni yo reparamos en la hora hasta que Lolo se nos planta delante y, echándose a un lado para señalar a Gonzalo y a otro tipo (sin duda alguna el alemán de Lore), nos pregunta:

–          Yas, Lore, ¿son estos dos?

–          ¡Sí! – Exclama Lorena arrojándose a los brazos de su alemán.

Lolo me mira esperando mi respuesta y le digo:

–          Sí, son ellos. Gracias, Lolo.

–          Para servir. – Me responde él guiñándome un ojo con complicidad antes de regresar a la puerta del pub y seguir trabajando.

Me acerco despacio a Gonzalo, que me observa con el ceño fruncido, probablemente está evaluando mi estado de embriaguez. Le sonrío con dulzura y le beso en la mejilla para después decirle:

–          Tengo que confesar que he tenido mis dudas de si vendrías, no te veía yo en un sitio como este.

–          Sí, algo he oído sobre un alemán con cara de enfadado y otro tipo que no es alemán pero que igualmente tiene cara de alemán enfadado. – Me reprocha burlonamente Gonzalo.

No puedo evitarlo y estallo en carcajadas. Gonzalo ladea la cabeza con gesto divertido y, cuando logro dejar de reír, lo cojo de la mano y lo arrastro un par de metros para presentárselo a Lorena.

–          Lore, te presento a Gonzalo. – Le digo suplicándole con la mirada que no diga nada que lo pueda incomodar, aunque sé que no va a ser posible que Lorena mantenga su boca cerrada, va en contra de su naturaleza.

–          Encantada, Gonzalo. – Le saluda Lorena dándole dos besos en la mejilla.

Para mi sorpresa, Gonzalo le sonríe y se muestra amable y simpático con ella:

–          Lo mismo digo, Lorena.

Lorena se ruboriza (creo que es la primera vez que la veo ruborizarse) y yo la miro incrédula, alzando una ceja. Como ella no reacciona, decido presentarme a su alemán:

–          Tú debes de ser Erik, ¿verdad?

–          Así es, aunque creo que también soy el alemán con cara de enfadado. – Me responde Erik mirando de soslayo a Lorena. Me da dos besos en las mejillas y añade: – Y tú debes de ser Yas, la mejor amiga de Lorena.

Asiento con la cabeza y cuando noto la mano de Gonzalo en mi cintura, lo miro y hago la presentación que falta por formalizar, ya que Lorena sigue en babia:

–          Gonzalo, él es Erik, un amigo de Lorena.

Cuando digo “un amigo de Lorena” llamo la atención de mi amiga que me dedica una sonrisa de complicidad y vuelve a repasar a Gonzalo de arriba abajo, pero acto seguido se pega a su alemán y se lo come a besos.

–          Parecen algo más que amigos. – Me susurra Gonzalo al oído.

–          Es una larga historia y bastante complicada. – Le respondo encogiéndome de hombros y le dedico una sonrisa, hoy está especialmente guapo.

Erik propone ir a la barra a pedir unas copas y allí nos acomodamos, ni él ni Gonzalo son hombres a los que les guste bailar, pero a Lorena y a mí nos encanta y en cuanto suena una canción que nos gusta les abandonamos y nos dirigimos a la pista de baile para, una vez acabada la canción, regresar de nuevo junto a ellos.

–          Toma, bebe un poco de agua. – Me dice Gonzalo entregándome una botella pequeña de agua. Le miro frunciendo el ceño y añade. – Mañana me lo agradecerás, créeme.

–          ¿Es una manera educada de decirme que ya he bebido bastante?

–          No, es una manera educada de decirte que el alcohol deshidrata y que, si bebes agua ahora, tu resaca será menos horrible mañana. – Me replica con tono burlón.

–          Eres un mandón. – Protesto bebiéndome la mitad de la botella de agua de un trago. – Ya está, ¿contento?

–          Sí, contento. – Me contesta sonriendo satisfecho.

Erik se va hacia los servicios y Lorena se acerca a nosotros sonriendo de oreja a oreja y me dice:

–          Nosotros nos vamos, nos espera una noche movidita. – Me guiña un ojo y añade recorriendo con la mirada el cuerpo de Gonzalo de arriba abajo: – No me habías dicho que Gonzalo era tan guapo. – Se acerca a Gonzalo y le dice pretendiendo susurrar pero sin conseguirlo: – Haríais muy buena pareja, es una pena que seas un cliente.

–          Lorena. – Le regaño fulminándola con la mirada. Me vuelvo hacia Gonzalo, que trata sin éxito de ocultar la risa, y le digo encogiéndome de hombros: – Lo siento, pero ella es así y es inútil intentar cambiarla.

–          No le hagas ni caso. – Le replica Lorena a Gonzalo. – Últimamente Yas está un poco estresada, necesita quemar adrenalina y relajarse, quizás tú puedas ayudarla.

–          ¡Lorena! – Le grito reprendiéndola.

–          ¿Lo ves? Está muy irascible. – Le argumenta Lorena.

–          Lorena te voy a matar. – La amenazo.

–          Vale, vale. – Me dice alzando las manos en señal de rendición. – Por ahí viene mi alemán. – Me abraza y me besa a modo de despedida y añade – Necesitas trabajar menos y divertirte más.

Acto seguido también se despide de Gonzalo y le susurra algo al oído que no soy capaz de escuchar, pero confío en que más tarde me lo cuente Gonzalo. Erik también se despide de nosotros y ambos se marchan muy acaramelados, dejándonos solos a Gonzalo y a mí.

–          ¿Te apetece que vayamos a algún sitio un poco más tranquilo? – Me propone Gonzalo y yo asiento con la cabeza, aunque quisiese no sabría decirle que no.

Salimos del Dublín pocos minutos después de que Lorena y Erik se hayan marchado y me despido de Lolo con abrazo de oso. Lolo mira de arriba abajo a Gonzalo y me pregunta:

–          ¿Te vas con él?

–          Sí, pero no tienes de qué preocuparte, es un amigo.

Lolo asiente con la cabeza, se vuelve para mirar a Gonzalo y le dice entregándole una de sus tarjetas:

–          Espero que no pienses dejarla sola por ahí tal y como está, pero si lo piensas, llámame y pasaré a recogerla.

–          Lolo, por favor. – Le replico rodando los ojos.

–          Lo siento, pero no quiero que Mario me saque los ojos si te pasa algo. – Se excusa Lolo.

–          No te preocupes, me encargaré de dejarla en su casa sana y a salvo. – Le contesta Gonzalo en un tono nada amistoso.

Lolo me mira y sé que se está mordiendo la lengua y, para aliviar la tensión del momento, le digo bromeando:

–          Ya te dije que no era alemán pero que igualmente parecía un alemán enfadado.

Lolo sonríe y yo me alegro, pero a Gonzalo no parece haberle hecho demasiada gracia mi comentario y muestra su gesto impasible e indescifrable.

–          Vámonos. – Me dice agarrándome por la cintura y guiándome hacia a su coche, aparcado a escasos metros de la entrada del pub.

–          ¿Este es tu coche? – Le pregunto incrédula. – ¡Es un Audi R8 Spyder! – Exclamo eufórica.

Gonzalo me fulmina con la mirada y me dice con tono nada conciliador:

–          Sube al coche.

Hago lo que me ordena, consciente de que no es un buen momento para pedirle que me deje conducir. Gonzalo se sienta tras el volante y se pone el cinturón de seguridad, yo hago lo mismo antes de que me lo ordene. En el más absoluto de los silencios, Gonzalo se incorpora a la carretera y conduce por el Paseo de Gracia hasta llegar a Diagonal. Por un momento pienso que va a llevarme a su casa, pero entonces veo que continúa por la Avenida Diagonal y recuerdo lo que me dijo Rubén: él no es de los que llevan a las chicas a su casa, prefiere llevarlas a un hotel. Aunque tampoco tiene pinta de querer llevarme a un hotel, a menos que sea para matarme allí. No sé a dónde me lleva, pero tampoco me atrevo a preguntar, está tan concentrado en la carretera que creo que se ha olvidado de que yo sigo aquí, sentada a su lado.

Cuando se desvía de la Diagonal a la altura de Esplugues y se dirige hacia la montaña de la emisora, me armo de valor y le pregunto:

–          ¿A dónde vamos?

–          Ahora lo verás. – Me contesta sin apartar la vista de la carretera.

Gonzalo continua subiendo la montaña por la carretera hasta que llegamos a casi la cima y una pequeña explanada hace de mirador de toda la ciudad. Apenas espero a que Gonzalo pare el motor para salir del coche y asomarme por el mirador. Las vistas de la ciudad por la noche son increíbles y yo estoy fascinada e hipnotizada mirándolas, tanto que ni siquiera me doy cuenta de que Gonzalo está mirándome apoyado en el capó de su coche hasta que me pregunta:

–          ¿Nunca habías estado aquí?

–          No, es la primera vez que vengo. – Le respondo feliz como una niña pequeña. Me acerco a él sonriendo y le doy un abrazo al mismo tiempo que le susurro al oído: – Gracias por traerme aquí, a pesar de que sé que estás enfadado conmigo.

–          No estoy enfadado contigo, solo estoy acostumbrándome a ti. – Me responde devolviéndome el abrazo con fuerza y volviendo a sonreír. – Aunque tengo que reconocer que estoy un poco molesto porque no recuerdas nada de lo que me dijiste la otra noche.

–          ¿Te dije algo de lo que deba arrepentirme o por lo que deba pedirte disculpas? – Le pregunto horrorizada.

–          No, pero ya hablaremos de eso en otro momento, no quiero que mañana cuando te despiertes lo hayas olvidado. – Me dice burlonamente.

–          Eso es un golpe bajo. – Protesto haciendo un mohín. Gonzalo no me suelta y yo me acomodo entre sus brazos.

Nos quedamos así durante unos minutos, hasta que empiezo a bostezar y Gonzalo decide que es hora de llevarme a casa.

Diez minutos más tarde, Gonzalo está aparcando frente al portal de mi edificio y, volviéndose hacia a mí y sonriéndome, anuncia:

–          Ya hemos llegado a su destino, señorita Soler.

–          ¿Ya? – Pregunto algo decepcionada.

–          Si quieres, podemos dar otra vuelta en coche. – Me dice sonriendo.

–          No, creo que por hoy ya he abusado suficiente de ti. – Le respondo. – Pero antes debo decirte algo: la próxima vez que quedemos, tiene que ser con antelación, no quiero que pienses que tengo problemas con la bebida.

–          Sé que no siempre estás… ¿achispada? – Bromea. – También refunfuñas, me regañas y olvidas que me cuentas muchas cosas.

Su tono de medio reproche y su empeño en recordarme que he olvidado lo que le dije la otra noche me hacen sospechar que quizás esté tratando de reprocharme algo que no recuerdo, como haberle dicho que mis flores favoritas son las orquídeas. ¿Es él? ¿Él me envía las flores? No puede ser, pero si…

–          ¿Eres tú? – Le pregunto de repente.

–          ¿Soy yo quién?

–          Nada, es una tontería. – Le respondo zanjando el tema. No tiene ningún sentido, ¿por qué me va a enviar flores y ocultármelo? No tiene ningún sentido.

–          No sé si quiero saber lo que estás pensando. – Me dice Gonzalo mirándome con el ceño fruncido.

Gonzalo sale del coche y lo rodea para abrir la puerta del copiloto y ayudarme a salir. Una vez logro estabilizarme sobre mis tacones, Gonzalo cierra el coche con el mando a distancia, me agarra de la cintura y me acompaña hasta el portal del edificio. Saco las llaves del bolso y me las quita de las manos para abrir la puerta. Ambos entramos y cruzamos el portal hasta llegar al ascensor, que está en la planta baja. Las puertas del ascensor se abren y Gonzalo entra conmigo. Pulso el botón del ático y el ascensor empieza a ascender mientras nosotros nos quedamos en silencio. Las puertas del ascensor se abren y salimos al rellano. Gonzalo, que todavía tiene mis llaves en su mano, echa un vistazo al rellano y se dirige hacia a la única puerta que hay, la puerta de mi ático. Introduce la llave en la cerradura y abre la puerta, haciéndome un gesto para que entre yo primero. Entro en el hall y enciendo la luz, pero Gonzalo se queda en la puerta y no entra.

–          ¿Quieres pasar y tomar la última copa? – Le propongo.

–          Me encantaría, pero es mejor que me vaya. – Me responde con gesto indescifrable. Sé que está pensando si decirme o no algo pero no se decide. – Bebe un poco de agua antes de ir a dormir, lo agradecerás cuando te despiertes.

–          Sí, papá. – Le replico molesta.

No entiendo por qué no quiere pasar y tomarse una última copa conmigo. ¿Es que no le intereso ni un poquito? ¿O de verdad cree que voy a olvidar todo lo que diga? Quizás me estoy obsesionando demasiado con alguien a quién no le intereso y que además es un cliente.

–          Vete a dormir, te llamaré mañana para preguntar cómo va la resaca. – Me contesta tratando de hacerme sonreír y lo consigue. Me abraza, me estrecha con fuerza entre sus brazos y me besa en la mejilla antes de susurrar en mi oído: – Buenas noches, Yasmina.

–          Buenas noches, Gonzalo. – Le respondo forzando una sonrisa tratando de ocultar la decepción que siento.

Espero a ver cómo desaparece dentro del ascensor antes de cerrar la puerta y, apoyándome contra ella, suspiro sonoramente.

Cinco minutos más tarde, ya estoy en la cama con el pijama puesto y la luz apagada, cuando escucho vibrar mi teléfono móvil en la mesilla de noche. Estiro el brazo hasta alcanzarlo y sonrío automáticamente cuando averiguo que me ha llegado un mensaje de Gonzalo. Nerviosa como una adolescente, lo leo: “Créeme si te digo que me apetecía más que a ti esa última copa, Yasmina. Descansa y mañana hablamos.” Resoplo. ¿Cómo puede haberse largado cuando le he invitado a entrar en casa y cinco minutos después mandarme este mensaje? Si tanto le apetecía tomarse una última copa conmigo, ¿por qué no se ha quedado? Sin pensarlo dos veces, respondo a su mensaje: “Sueña con los angelitos.” Dejo el móvil sobre la mesita de noche y cierro los ojos para quedarme dormida instantes después.

Solo tuya 8.

Solo tuya

“Una buena chica conoce sus límites, una mujer inteligente sabe que no tiene ninguno.” Marilyn Monroe.

El lunes me levanto temprano, me doy una ducha y me paso una hora frente al armario para decidir qué ropa ponerme. Quiero estar guapa porque voy a ver a Gonzalo, pero tampoco quiero que piense que me he puesto guapa para él, así que busco algo elegante y sexy pero a la vez que parezca un atuendo casual. Finalmente, me decido por unos pantalones pitillo de color negro, una blusa blanca y unos zapatos letizios negros. Me recojo el pelo en una coleta y me maquillo lo justo para que mi cara parezca natural y no un Picasso.

Llego a la oficina a las nueve en punto de la mañana y Susana me saluda muy sonriente y con un tono de voz cómplice y burlón que me deja descolocada:

–          Buenos días, Yas. Al parecer has tenido un estupendo fin de semana.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunto sin entender nada.

–          Ve a tu despacho y luego me cuentas. – Me dice suspirando y mirándome con ojitos.

En fin, me encojo de hombros y decido ir a mi despacho. Nada más abrir la puerta, me encuentro un ramo de orquídeas blancas sobre mi mesa. Sorprendida, me acerco temerosa y cojo la tarjeta. Las manos me tiemblan y decido dejar mi bolso y sentarme antes de leer la tarjeta. La única persona que puede haberme enviado flores es Isaac, pero no estoy segura de que me vaya a gustar lo que pone en la tarjeta… De todas formas, me armo de valor y la leo: “Creo recordar que las orquídeas blancas son tus favoritas, espero haber acertado y haberte hecho sonreír.” No tengo la menor idea de quién puede habérmelas enviado. Isaac queda totalmente descartado, dudo que sepa cuáles son mis flores favoritas cuando ni siquiera se lo he dicho y además no es uno de esos hombres que envían flores, o al menos no lo había sido hasta el momento. Rubén ni de coña, está molesto conmigo (aunque sigo sin saber por qué) y tampoco es de los que envían flores. Y Gonzalo… No sé si Gonzalo es de los que envían flores, pero no tiene pinta de serlo y, a menos que tenga una bola de cristal, dudo que sepa que las orquídeas son mis flores favoritas.

La puerta de mi despacho se abre y Susana me saca de mis cavilaciones:

–          ¿No piensas contarme quién te envía flores?

–          Pues no, porque ni siquiera yo sé quién me las envía y no tengo tiempo para quedarme a averiguarlo. – Le respondo sacándole la lengua. – Tengo una reunión con Gonzalo Cortés en su oficina y como no me dé prisa llegaré tarde.

–          ¡No sabes cuánto te envidio! – Exclama Susana haciendo un mohín. – ¡No sabes lo que me gustaría a mí poder encerrarme en un despacho con el señor Cortés!

Cojo mi bolso y la carpeta con los informes y salgo del despacho riendo por el comentario de Susana, que por un momento me ha recordado a Lorena.

Camino un par de manzanas hasta llegar a la oficina de Gonzalo. He quedado aquí con Borja, el decorador que quiero presentarle a Gonzalo. Espero que Gonzalo sea una persona abierta de mente, Borja tiene un carácter bastante especial y, aunque a mí me encanta, no todo el mundo se siente cómodo estando con él.

Entro en el edificio y le pregunto a la recepcionista por el señor Cortés y ella, tras mirarme de arriba abajo, me dice con desgana:

–          Si no ha concertado cita con él, me temo que no podrá atenderla.

–          El señor Cortés me está esperando, puede llamarlo y él mismo se lo confirmará. – Le respondo fulminándola con la mirada.

La muy gilipollas coge el teléfono y llama a alguien. Tras preguntar si el señor Cortés estaba esperando a alguien y, cuando cuelga, me dice:

–          Por favor, espere aquí un momento.

No me lo puedo creer, ¿tengo que esperar aquí? Menuda amargada. El móvil empieza a sonar, lo saco del bolso y respondo al ver que es Borja:

–          ¿Se puede saber dónde estás? Faltan dos minutos para las diez y aún no has aparecido. – Le reprocho descargando mi furia contra él, pobre.

–          Cielo, ¿desde cuándo no echas un polvo?

–          Hace tanto que ya ni me acuerdo. – Le confieso.

–          Eso tenemos que arreglarlo, odio cuando estás de mal humor, lo pagas con todo el mundo. – Me suelta. – Por cierto, estoy en un atasco. Ha habido un accidente  y llegaré tarde, te llamaré cuando llegue.

–          ¿Estás de coña?

–          ¿Cuándo bromeo yo con el trabajo? – Me pregunta haciéndose el ofendido.

–          Vale, date prisa y llámame. – Le digo antes de colgar.

Guardo el móvil en el bolso y entonces veo salir a Gonzalo del ascensor y camina hacia a mí con una sonrisa en los labios. No puedo evitar devolver la sonrisa y volverme a mirar a la recepcionista con descaro. Gonzalo llega hasta a mí y me saluda mientras me da un beso en la mejilla:

–          Buenos días, Yasmina. Te estaba esperando. – Me pasa la mano alrededor de la cintura y me guía hacia el ascensor. – Creía que ibas a venir con el decorador.

–          Acaba de llamarme, está en un atasco y va a llegar un poco tarde. – Le anuncio. – Sé que tienes mucho trabajo y, si quieres, podemos dejarlo para otro día.

–          No, no te preocupes. – Me dice mientras las puertas del ascensor se cierran con nosotros dentro. – Quería hablar contigo y así tenemos tiempo.

Las puertas del ascenso se abren y Gonzalo vuelve a colocar su mano sobre mi espalda, acompañándome y guiándome por los pasillos de su oficina donde todo el mundo deja de hacer lo que sea que estuviera haciendo para mirarnos. Cuando llegamos al final del pasillo, Gonzalo se vuelve hacia una mujer de unos treinta y cinco años, de tez morena, cabello oscuro y mirada penetrante, una mujer guapísima, que está sentada tras una mesa sobre la que hay un cartel que reza “secretaria de dirección”, y le dice:

–          Esther, no me pases llamadas y solo acepta la visita del decorador… – Me mira y me pregunta: – ¿Cómo se llama?

–          Borja Miró. – Le respondo.

–          Avísame cuando llegue Borja Miró y aplaza la reunión de esta tarde para mañana por la mañana. – Le dice Gonzalo a Esther, la secretaria de dirección.

–          Entendido. – Le responde la secretaria sonriéndole con complicidad.

Gonzalo me hace pasar a su despacho y me hace un gesto para que tome asiento mientras cierra la puerta y después se sienta frente a mí.

–          ¿Te apetece un café? ¿Has desayunado? – Me pregunta amablemente y de buen humor, lo que significa que no está enfadado conmigo.

–          No, gracias. – Le respondo con timidez. – Por la mañana no me entra nada más que medio vaso de zumo.

–          Eso no es sano. – Me dice con tono severo. Descuelga el teléfono, pulsa un par de teclas y dice: – Esther por favor, ¿puedes pedir que nos traigan una macedonia? – Me lo quedo mirando con la boca abierta y él, como si fuera mi padre, añade: – No puedes ir por ahí sin desayunar, puedes desmayarte en cualquier parte. – Hago rodar los ojos y me fulmina con la mirada.

–          No me mires así, sé cuidarme sola. – Le reprocho de morros.

Gonzalo me mira con intensidad a los ojos, le mantengo la mirada desafiándolo hasta que al final me dice con tono serio:

–          No dudo que sepas cuidar de ti misma. – Me sonríe con ternura, una sonrisa tan dulce que nunca antes le había visto y que me derrite, y añade: – Compláceme y come algo de fruta, por favor.

–          De acuerdo, papá. – Le contesto burlonamente.

Estoy a punto de sacarle la lengua, pero entonces me acuerdo que Gonzalo es un cliente y me contengo. Gonzalo me fulmina de nuevo con la mirada, pero alguien llama a la puerta y despega sus ojos de mí para volverse y decir:

–          Adelante.

Esther, la secretaria de Gonzalo, entra en el despacho y nos deja sobre la mesa un gran plato de fruta del tiempo cortada en pedacitos. La verdad es que tiene muy buena pinta.

–          Está riquísima. – Me dice Esther amablemente. Nos dedica una sonrisa y añade antes de marcharse: – Bon apetit.

–          Gracias. – Le respondemos Gonzalo y yo al unísono.

No puedo evitar preguntarme si Gonzalo y Esther alguna vez han tenido contacto sexual, entre ellos me ha parecido observar un intercambio de miradas cómplices y la verdad es que teniendo en cuenta el historial de Gonzalo…

–          Yasmina, ¿me estás escuchando? – Me pregunta Gonzalo devolviéndome a la realidad.

–          Perdona, estaba… pensando. – Le respondo ruborizada. – ¿Qué me decías?

–          Desayuna antes de que tu mente vuelva a separarse de tu cuerpo, anda. – Me contesta señalándome el plato.

Gonzalo me mira fijamente, con intensidad, y a mí se me cierra la boca del estómago pero me entra un hambre voraz y no de fruta precisamente.

–          No puedo comer mientras me miras fijamente, resulta un poco violento. – Protesto.

–          No puedo no mirarte. – Me dice divertido.

–          Pues entonces hazme compañía y ayúdame a comer todo esto. – Le ordeno sin demasiada convicción. – Creo que es la reunión más surrealista que he tenido jamás.

–          Siempre hay una primera vez para todo. – Me contesta alegremente mientras pincha con el tenedor un trozo de melón y se lo lleva a la boca. – Está buenísimo, cómetelo todo.

Le miro arqueando las cejas, esto no puede estar pasando de verdad. Pero Gonzalo me sostiene la mirada y, cuando frunce el ceño, me digo que es mejor hacerle caso, sigue siendo un cliente y no debo olvidarlo.

Empiezo a comer y Gonzalo me observa satisfecho, hasta que empieza a incomodarme su mirada y dejo de comer, odio que me miren mientras estoy comiendo.

–          ¿No quieres más? Aún te queda un poco en el plato. – Me señala con el dedo acusador. Le fulmino con la mirada a modo de respuesta y añade sonriendo: – Está bien, tendré que conformarme con eso. – Retira el plato a un lado de la mesa y, mirándome de nuevo a los ojos, me dice: – Yasmina, quería hablar contigo de algo que me dijiste la noche del sábado.

–          ¿Vas a regañarme? – Le pregunto haciendo un mohín.

Gonzalo se ríe y ladea divertido la cabeza, como si no pudiese creer lo que le acabo de preguntar. ¿Es eso algo bueno o algo malo?

–          No, no voy a regañarte. – Me contesta tratando de contener la risa. – Escúchame, Yasmina, es algo serio. – Me pongo seria de golpe al ver su gesto. Tiene pinta de que me va a decir algo malo, pero entonces, me suelta: – Quiero pedirte disculpas si en algún momento te hice sentir incómoda o molesta al hablar con tu padre y pedirle que te pusiera al mando del proyecto sin antes haber hablado contigo. Quiero que sepas que no fue mi intención ocultártelo, tan solo lo pensé y lo hice.

–          ¿Puedo preguntar por qué? Podrías haber escogido a cualquier otra persona muchísimo más cualificada que yo para que se encargara de tu proyecto.

–          Me gustó la casa que me describiste y quiero tener una exactamente igual. – Me contesta encogiéndose de hombros. – ¿No quieres construir esa casa para mí?

–          No es eso, es que resulta todo bastante extraño. – Le confieso. – Estoy construyendo la casa de mis sueños para otra persona, es como beber agua del mar cuando tienes sed.

Gonzalo me mira pensativo durante unos instantes y finalmente me dice:

–          A veces el destino cumple nuestros sueños pero tomando otro camino distinto al que nosotros hubiésemos escogido. – Me dedica una sonrisa y añade: – Por cierto, ¿has pasado por tu oficina esta mañana?

–          Sí, antes de venir aquí. – Le respondo.

–          Y, ¿qué tal por allí?

–          Pues no sé, un caos supongo. – Le contesto encogiéndome de hombros y sin saber a dónde quiere llegar con tanta preguntita. – Mi padre sigue en Madrid, Rubén en el solar supervisando la obra y yo estoy metida de lleno en tu proyecto, así que supongo que ahora mismo en la oficina estarán haciendo una fiesta. – Mi móvil empieza a sonar y al ver que es Borja, le dijo a Gonzalo: – Es Borja, creo que ya ha llegado. – Me llevo el teléfono a la oreja y respondo tras descolgar: – Hola Borja, ¿has conseguido llegar?

–          Hola cielo, estoy a punto de subir al ascensor en este mismo momento, ya estoy en el edificio. – Me responde. – Por cierto, vas a tener que explicarme por qué la recepcionista me ha matado con la mirada cuando he pronunciado tu nombre.

–          Lo lamento, pero no tengo ninguna explicación para eso, creo que su carácter es así de amargo. – Le contesto y añado antes de colgar – No te entretengas por el camino, te estamos esperando.

Gonzalo, que me ha observado en silencio durante todo el tiempo que ha durado mi conversación con Borja, me sonríe y me comenta divertido:

–          Tus conversaciones telefónicas son de lo más entretenidas. Y espero no ser yo la persona con carácter amargo…

No puedo evitar reírme, con él me siento tan cómoda y relajada que es como si estuviera con un amigo de toda la vida.

–          No, pero casi aciertas. – Bromeo.

–          ¿Casi? ¿Hablabas de Roberto?

–          No, hablaba de la recepcionista que hay en el hall, a Borja también le ha parecido horrible.

–          Eso significa que a ti también te ha parecido horrible. – Constata un hecho. – ¿Puedo preguntarte por qué?

–          Es descarada, vulgar y arrogante. – Le digo sin pensármelo dos veces. – Puede que finja ser una persona maravillosa cuando tú estás delante, pero no lo es.

–          Es horrible. – Repite mis palabras divertido. Alguien llama a la puerta, probablemente Borja, y me dice en un susurro: – Nuestra conversación aún no ha terminado, ¿tienes tiempo para comer conmigo después?

–          Solo si me prometes que no vamos a hablar de nada de lo que me avergüence de haber hecho o dicho el sábado. – Le ruego.

–          Hecho. – Me responde sonriendo y, volviéndose hacia a la puerta, añade alzando un poco la voz: – Adelante.

La puerta se abre y veo aparecer a Borja, que está sonriente como siempre y entra como un torbellino en el despacho.

–          Disculpen el retraso, el tráfico de Barcelona es caótico. – Nos dice acercándose a saludarnos. Me da un beso en la mejilla y me susurra al oído: – Si lo sé, hubiera llegado mucho antes, cielo. – Y acto seguido se vuelve hacia a Gonzalo y, tendiéndole la mano, lo saluda y se presenta: – Soy Borja Miró, encantado de conocerlo señor Cortés.

–          Lo mismo digo. – Lo saluda Gonzalo con semblante serio e implacable.

Los tres tomamos asiento y le enseño a Borja los planos de la casa y le resumo brevemente lo que teníamos pensado hacer con la decoración, mientras Gonzalo nos escucha y nos observa con su gesto indescifrable. Borja, que ha venido con los deberos hechos de casa, le muestra varios diseños a Gonzalo y él los mira con interés, pero después me mira a mí y me pregunta:

–          ¿Qué opinas, Yasmina?

–          Me gustan todos, pero si te soy sincera yo había pensado en algo menos moderno. – Le contesto encogiéndome de hombros. Me vuelvo hacia Borja y le digo: – Son unos diseños un poco fríos.

–          Cielo, esto es moda. Estamos en el siglo XXI, todo tiene que ser moderno. Y ya sabes lo que dicen, renovarse o morir. – Me contesta Borja. Se vuelve hacia Gonzalo y le pregunta: – ¿Qué estilo prefiere, señor Cortés? Al fin y al cabo, es usted quien debe decidir.

–          Los diseños me gustan, pero Yasmina tiene razón, son un poco fríos e impersonales. – Le contesta Gonzalo con seriedad. – No quiero una casa de muñecas, pero tampoco quiero una casa que parezca un hotel.

–          ¿La casa es para usted o la está construyendo para alguien en concreto? – Le pregunta Borja mirándome de soslayo, él sabe perfectamente que los planos de la casa que le estamos enseñando y el estilo con la que la queremos decorar son elección mía, me conoce lo suficiente como para haberse dado cuenta.

–          La casa es para mí. – Le aclara Gonzalo un poco irritado. – La señorita Soler sabe exactamente lo que quiero y creo que se lo ha hecho saber.

Vaya con Gonzalo, menudo carácter. Borja me mira incrédulo y, poniéndose en pie muy dignamente, le ofrece la mano a Gonzalo y se despide:

–          De acuerdo, señor Cortés. La señorita Soler se encargará de hacerme saber todo lo que necesite en cuanto al estilo y la decoración. – Gonzalo le estrecha la mano con firmeza y Borja se vuelve hacia a mí y, besándome en la mejilla, me dice: – Que tengas suerte, cielo, la vas a necesitar.

Acto seguido, Borja se dirige hacia a la puerta y se marcha. No puedo evitar mirar con reproche a Gonzalo, no ha sido para nada educado con Borja y Borja ha venido por hacerme un favor, a él le sobran los clientes, es uno de los mejores en su campo.

–          ¿Por qué me miras así? – Me pregunta Gonzalo como si no lo supiese.

–          Has sido un borde con Borja. – Le acuso molesta, olvidándome de que estoy hablando con un cliente que va a desembolsar diez millones de euros. – Borja es uno de los mejores en su trabajo, le sale el trabajo por las orejas y me ha hecho un favor viniendo aquí para atenderte y aceptar el encargo solo porque somos buenos amigos. Y tú no has sido para nada amable con él, más bien todo lo contrario.

–          Tienes razón, lo siento. – Me dice dejándome completamente confusa. Y añade mostrándome su sonrisa macarra: – La próxima vez que le vea le pediré disculpas si eso te hace sentir mejor, pero no te enfades conmigo.

–          Usted mismo, señor Cortés. – Le digo poniéndome en pie.

–          Un momento. – Me dice poniéndose en pie y mirándome con el ceño fruncido. – Creía que teníamos una conversación pendiente y, ¿por qué ahora me llamas de usted?

–          ¿Qué es lo que quieres de mí, Gonzalo?

–          Solo un poco de tiempo, ¿aceptas mi invitación a comer? – Me pregunta con cara de no haber roto un plato en su vida. – Solo serán un par de horas y después te llevo a la oficina, ¿qué me dices?

–          Que acabaré arrepintiéndome. – Le respondo.

–          Lo tomaré como un sí. – Me sonríe con picardía.

Recojo mi bolso y ambos salimos del despacho. Al pasar frente a la mesa de Esther, Gonzalo le dice:

–          Estaré fuera el resto del día, llámame si surge algo importante.

–          No te preocupes, por aquí todo estará contralado. – Le responde Esther. Se vuelve hacia a mí y, sonriendo, me dice con simpatía – Ha sido un placer conocerla, señorita Soler, espero verla pronto de nuevo.

–          Muchas gracias, Esther y, por favor, llámame Yasmina. – Le respondo amablemente.

Gonzalo coloca su mano sobre mi espalda y me guía hacia el ascensor. No es que no conozca el camino, tan solo tengo que recorrer el pasillo hasta el final para llegar a los ascensores, pero es su ritual y yo lo respeto, aunque solo sea porque me gusta que Gonzalo mantenga el contacto conmigo.

Cuando salimos del edificio, veo a Bruce apoyado en el BMW esperando en la calle. No sé cómo lo habrá hecho, pero Gonzalo no lo ha avisado y él ya está esperándonos.

–          Hola, Bruce. – Lo saluda Gonzalo. – Llévanos al Future.

Bruce asiente con la cabeza y abre la puerta trasera del vehículo para que Gonzalo y yo entremos y nos sentemos. Bruce ni siquiera se molesta en mirarme, creo que le caigo mal. En el coche hay tanta tensión que creo que si alguien encendiera un mechero explotaríamos, pero por suerte el Future está bastante cerca y llegamos en escasos minutos. Bajo del coche y Gonzalo le dice algo a Bruce antes de colocarse a mi lado y colocar su mano sobre mi espalda. Entramos en el restaurante y uno de los camareros nos guía al mismo salón donde comimos el viernes pasado.

–          ¿Vas a seguir estando de morros conmigo? – Me pregunta Gonzalo en cuanto el camarero nos deja a solas. Le desafío con la mirada y él me sonríe divertido para después decir: – Me gustas más cuándo sonríes.

–          Tú a mí también me gustas más cuándo eres educado y amable. – Le replico con indiferencia, intentando ocultar el tembleque de mis piernas.

–          Vale, hagamos un trato. – Me dice Gonzalo. – Tú dejas de estar de morros conmigo y yo me disculparé con Borja y seré más amable con él en el futuro. ¿Qué te parece?

–          Me parece bien. – Le digo sin estar del todo segura, pero la intensidad de su mirada me somete a su voluntad sin que yo pueda evitarlo.

Le echamos un vistazo a la carta y cuando el camarero regresa le pedimos exactamente lo mismo que pedimos el viernes. Tras servirnos dos copas de vino, el camarero anota nuestro pedido y se retira.

–          Entonces, ¿ya no estás de morros conmigo? – Me pregunta sonriendo divertido. Le devuelvo la sonrisa y añade: – Me alegro, porque quería proponerte algo.

Esa frase llama por completo mi atención. Lo miro esperando que continúe hablando y, cuando no lo hace, le digo animándolo:

–          Soy toda oídos.

Gonzalo me sonríe, sabe que estoy impaciente por saber qué es lo que tiene que proponerme y eso le gusta y no se molesta en disimularlo.

–          Eres bastante impaciente. – Me dice con tono burlón.

–          ¿Es una crítica?

–          Tan solo es una observación. – Me responde encogiéndose de hombros.

–          Deja de andarte por las ramas y dime qué quieres proponerme. – Le ruego haciendo un mohín.

–          Dentro de tres semanas hay una exposición de decoración para el hogar en Londres, donde diversos diseñadores exponen sus creaciones y las subastan. – Me empieza a decir. – Un amigo ha estado en la exposición que han organizado en Nueva York y me ha hablado muy bien de ella, tanto que he pensado en ir y quiero que me acompañes.

–          ¿A Londres? – Le pregunto confusa.

–          Sí, dentro de tres semanas. – Me confirma. – El último fin de semana del mes para ser más exactos. – Mi cara debe ser un poema porque Gonzalo frunce el ceño y me dice con voz suave y calmada: – Solo quiero echar un vistazo y, si hay algo que nos guste para la casa, pues lo compramos. Por supuesto, el trabajo extra será gratamente remunerado y también me haré cargo de todos los gastos.

Gonzalo me mira esperando una respuesta y la verdad es que yo no sé qué decirle. ¿Un fin de semana en Londres con él? No creo que sea muy buena idea… Por no mencionar que Rubén probablemente pondría el grito en el cielo y mi padre… ¿Qué dirá mi padre? Él nunca se ha metido en mi vida privada, pero esto afecta directamente a la empresa. Por otra parte, es solo un viaje de trabajo, en fin de semana y en Londres. Me imagino lo que dirá Lorena cuando se lo cuente.

–          Yasmina, estoy esperando una respuesta. – Me dice Gonzalo mirándome con intensidad, devolviéndome a la realidad.

–          No sé qué decir, Gonzalo. – Le digo con sinceridad.

–          Di que sí. – Me contesta sonriendo.

–          De acuerdo, ¿te encargas tú de organizarlo?

–          Yo me encargo de todo. – Me confirma satisfecho.

Mientras comemos, Gonzalo me cuenta todo lo que sabe acerca de la exposición y la subasta y me promete tener todo zanjado en una semana, creo que piensa que puedo echarme atrás. La sobremesa se nos alarga más de la cuenta y, cuándo nos damos cuenta, son las seis de la tarde.

Gonzalo se ofrece a llevarme a casa y cuando le digo que tengo que pasar por la oficina insiste en acompañarme. Por supuesto, nada más salir del restaurante nos encontramos a Bruce esperando apoyado en el coche que ha dejado en doble fila frente al restaurante. Gonzalo y Bruce se saludan e intercambian una mirada significativa, algo no va bien.

–          Acompañaremos a la señorita Soler a su oficina y después la llevaremos a su casa. – Le dice Gonzalo a Bruce mientras abre la puerta trasera del coche y me invita a subir para después él hacer lo mismo.

–          ¿Va todo bien? – Le pregunto a Gonzalo con prudencia.

–          Sí. – Me responde forzando una sonrisa.

–          No hace falta que me lleves a casa, no quiero molestarte. Tienes asuntos de los que ocuparte y hoy ya te he quitado demasiado tiempo. – Le digo consciente de que parece estar bastante cansado.

–          No es ninguna molestia y ya hemos hablado de eso, te llevamos a casa. – Sentencia.

Pasados unos minutos de incómodo silencio, Bruce detiene el vehículo frente a la puerta de mi oficina y Gonzalo le dice que espere en el coche antes de bajar del coche y acompañarme dentro de la oficina. En la recepción nos encontramos a Susana, que está recogiendo sus cosas para marcharse a casa.

–          ¡Yas, qué susto! – Exclama cuándo se percata de mi presencia y se ruboriza al ver a Gonzalo.

–          ¿Tan fea soy? – Bromeo.

Susana me saca la lengua y, volviéndose a ruborizar por haberse olvidado de la presencia de Gonzalo, aunque haya sido por un segundo, me dice en voz baja:

–          Rubén estaba tratando de localizarte, tienes el móvil desconectado y esperaba encontrarte en tu despacho, pero solo se ha encontrado con el ramo de orquídeas y me temo que no le ha gustado nada.

–          ¿Está aquí? – Pregunto.

–          No, se ha ido hace media hora y yo también me voy ya. – Me responde Susana. – ¿Te encargas tú de cerrar?

–          Sí, cierro yo. – Le confirmo. – Hasta mañana, Susana.

–          Hasta mañana, Yas. – Se despide Susana. Se vuelve hacia Gonzalo y añade: – Buenas tardes, señor Cortés.

Gonzalo le dedica una sonrisa forzada y Susana se marcha ruborizada. Entramos en mi despacho y lo primero que Gonzalo mira son las orquídeas.

–          ¿Es tu cumpleaños? – Me pregunta sonriendo, está vez sonriendo de verdad.

–          No. – Contesto evitando su mirada, pues no sé qué más decirle, ni siquiera sé quién me ha enviado las flores.

–          No parece que te haya alegrado recibirlas. – Comenta Gonzalo frunciendo el cejo.

–          No sé quién me las ha enviado. – Confieso resoplando.

–          ¿No traían tarjeta?

–          Sí, pero lo que hay escrito en la tarjeta no me ha ayudado mucho. – Protesto haciendo un mohín. – Léela tú mismo. – Le digo entregándole la tarjeta mientras busco los informes que he venido a buscar para llevármelos a casa.

–          Es alguien que cree recordar que las orquídeas son tus flores favoritas. – Me dice sonriendo. – Espero que al menos haya acertado en lo de las flores.

–          Pues sí, ha acertado. – Le confirmo.

–          Entonces, solo tienes que pensar en quién sabe que las orquídeas son tus flores favoritas y yo me decantaría por un hombre.

–          Puede que muchas personas sepan que me gustan las orquídeas, pero no se me ocurre ninguna que me las haya podido enviar. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–          ¿No recuerdas haberle contado a nadie últimamente que las orquídeas son tus flores favoritas? – Se mofa Gonzalo.

–          Pues no, no lo recuerdo. – Le replico un poco molesta.

–          ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

–          ¿Acaso has hecho alguna pregunta que no le fuera? – Le replico de nuevo.

–          Me lo tomaré como un sí. – Me responde mirándome con dureza. Frunce el ceño y me pregunta: – ¿Hay algo entre tú y Rubén Vázquez?

–          ¿Por qué me preguntas eso? – Le pregunto extrañada.

–          Escuché lo que te decía Susana. – Me dice encogiéndose de hombros. – No entiendo por qué no le ha sentado bien que recibieras flores.

–          No tengo ni he tenido nada con Rubén y, si sigues queriendo hacer más preguntas de ese tipo tendrás que emborracharme para que te conteste. – Le digo zanjando el tema.

–          ¿Tienes algo que hacer el sábado por la noche de la semana que viene?

–          ¿En serio estás pensando en emborracharme para sacarme información personal? – Le pregunto sin dar crédito a mis oídos.

Gonzalo se echa a reír aunque yo no pillo el chiste. No entiendo a este hombre, me confunde y me aturde pero consigue de mí todo lo que quiere. Al ver mi gesto de incomprensión, Gonzalo me dice tratando sin éxito de ocultar su sonrisa macarra:

–          En realidad, estaba pensando en pedirte que me acompañaras a un pequeño evento que ha organizado mi empresa, aunque lo de emborracharte para sacarte información personal también suela muy tentador. – Bromea.

–          Oh, vaya. – Balbuceo sorprendida.

¿Me acaba de pedir que le acompañe a un evento público de su empresa? De todas formas, no puedo ir, ya he quedado con las chicas para celebrar la inauguración del nuevo piso de Rocío, que lo hemos pospuesto para el sábado que viene porque este sábado Lorena iba a estar fuera de la ciudad (oficialmente por trabajo, aunque la verdad es que a quien se va a trabajar el fin de semana es a su jefe).

–          Lo siento, el próximo sábado tengo un compromiso y no lo puedo cancelar. – Le respondo.

Gonzalo me mira un poco decepcionado, supongo que esperaba que le dijera que sí. Respira profundamente y me dice:

–          Tendré que aburrirme en solitario, entonces.

Le dedico una sonrisa evitando mirarle directamente a los ojos para no correr el riesgo de hipnotizarme y de decirle que sí, de lo contrario Rocío me matará. Cierro la oficina y regresamos al coche dónde Bruce nos espera y, sin necesidad de decirle nada, arranca el coche y conduce hasta llegar a mi casa, a pocos metros de distancia. Gonzalo se baja del coche detrás de mí y me acompaña hasta el mismo portal donde se despide:

–          Gracias por todo y nos vemos el viernes. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Pasaré a recogerte por la oficina a la una, ¿te va bien?

–          Me va perfecto. – Le confirmo sonriendo tontamente. – Nos vemos el viernes.

Entro en portal del edificio y recorro el hall hasta llegar al ascensor y entro sin volver la vista atrás. No quiero mirarle, este hombre puede someterme a su voluntad sin esfuerzo y estoy empezando a preocuparme.

Solo tuya 7.

Solo tuya

“Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano.” Jorge Santayana.

El ruido incesante de mi teléfono móvil me despierta a las tres de la tarde. Alargo el brazo hasta llegar a la mesita de noche donde rebusco hasta encontrar mi móvil, arrasando con lo pudiera haber por allí y tirando al suelo algún objeto que no me molesto en mirar para averiguar de qué se trata y mucho menos en recogerlo. Pulso la tecla “responder” sin mirar siquiera quién me llama y me llevo el teléfono a la oreja.

–          ¿Mm?

–          ¿Yasmina? – Me pregunta la voz de Lorena desde el otro lado del teléfono.

–          Lo que queda de ella. – Le respondo carraspeando para aclararme la voz. – ¿Me llamas para contarme cómo ha ido tu cita con tu jefe?

–          Sí, necesito hablar con alguien que no me juzgue. ¿Te pillo muy mal?

–          Dame media hora que me duche y me vista y nos vemos en el Tapas.

–          Te espero en media hora, no tardes. – Me dice antes de colgar.

Me levanto y me dirijo a la cocina. Rocío me ha dejado un post-it pegado en la puerta de la nevera para avisarme que se ha ido a su antiguo piso para terminar de empaquetar sus cosas, el próximo viernes se muda al nuevo piso que Paloma le ha conseguido a muy buen precio.

Me tomo medio vaso de zumo de naranja con un ibuprofeno, me doy una ducha rápida, me pongo unos vaqueros pitillo, una camiseta de tirantes blanca y un jersey calado ancho, también de color blanco, que deja ver la camiseta que llevo debajo, junto con unos botines de color beige.

Media hora más tarde y caminando a toda prisa, llego al Tapas donde Lorena ya me está esperando sentada en nuestra mesa.

–          Te daría los buenos días o las buenas tardes, pero por tu cara hoy no parece ser un buen día. – Se mofa Lorena. – ¿No follaste anoche?

–          Mejor te lo cuento luego, lo tuyo parece más importante.

Lorena asiente con la cabeza y, mientras yo tomo asiento, ella le pide un par de Coca-Colas al camarero, que nos mira con cara de no haber entendido bien.

–          Sí, has escuchado bien. – Le dice Lorena al camarero ante la vacilación de él. Y añade guiñándole un ojo: – Nos estamos haciendo mayores.

Pongo los ojos en blanco, solo Lorena es capaz de tener ganas de ligar estando con resaca y habiendo pasado una noche de maratón sexual porque, aunque todavía no me lo haya dicho, se lo noto en la cara.

–          ¿Qué tal fue tu cita de anoche? – Le pregunto cuando deja de mirar lascivamente al camarero.

–          Ese camarero siempre me ha puesto cachonda, pero vamos a lo que hemos venido. – Me dice frotándose las manos. – Creo que jamás lo había pasado tan bien en una cita. Me vino a buscar a casa y me llevó al restaurante del hotel Torre Hesperia, donde la comida estaba buenísima pero nos quedamos con hambre. Estuvimos más de tres horas en el restaurante, hasta que la temperatura empezó a subir estrepitosamente y decidimos ir a una habitación del hotel. Me sorprendió descubrir que Erik no lo tenía previsto, tuvimos que bajar a recepción donde se encargó de dar una generosa propina al recepcionista para que nos diera una de las suites, que al parecer estaban reservadas por no sé qué evento deportivo. Follamos durante toda la noche, hasta que a las cinco de la mañana nos quedamos dormidos de agotamiento. – Me atraganto con el humo de mi cigarrillo al escuchar las palabras de Lorena, ella es siempre así de directa y concisa, pero en estos temas sigue pillándome desprevenida. – Esta mañana cuando me he despertado, Erik ya se había levantado, se había dado una ducha y había pedido que nos trajeran el desayuno a la habitación. Todo ha sido tan romántico que he estado a punto de llorar purpurina y vomitar arcoíris…

Ambas estallamos en carcajadas. Lorena es todo lo contrario a una persona romántica, es de las que después de pasar la noche con un hombre se escapa a hurtadillas y desaparece sin dejar rastro. En fin, es como un hombre pero con tetas.

–          Después de desayunar en la cama, me di una ducha y me trajo a casa. – Continúa diciéndome Lorena cuando logramos parar de reír. – Me dijo que lo había pasado genial conmigo y que quería una segunda cita.

–          ¿Y tú qué le has dicho?

–          Que me lo tenía que pensar. – Me contesta encogiéndose de hombros como si la historia no fuera con ella.

–          Lore, tendrás que darle una respuesta tarde o temprano y, teniendo en cuenta que trabajáis juntos, me temo que será más temprano que tarde.

–          Lo sé pero es que no sé qué hacer. – Me confiesa. – En fin, sé que es mi jefe, que no debería enrollarme con él y todo eso, pero tampoco quiero dejar de verle, y ya sabes a lo que me refiero.

–          Sé perfectamente a lo que te refieres, no hace falta que entres en detalles. – Le contesto sonriendo con complicidad.

–          Pues eso, que no quiero dejar de verle.

–          Pues ya tienes una decisión.

–          Pero es una muy mala decisión.

–          Tú siempre has dicho que prefieres arrepentirte de haber hecho algo que en el momento querías a tener que preguntarte el resto de tu vida qué hubiera pasado si lo hubieras hecho. – Le respondo. – Joder, eso ha parecido un trabalenguas.

Ambas nos volvemos a echar a reír y el camarero, que en este momento llega para servirnos nuestras Coca-Colas, se nos queda mirando como si estuviésemos locas y no le culpo.

–          Muchas gracias, guapo. – Le dice Lorena guiñándole un ojo al camarero y dedicándole una sonrisa coqueta. – Este chico cada día está más buenorro. – Me dice cuando por fin logra apartar la vista del culo del camarero. – ¿Por dónde íbamos?

–          Me estabas diciendo que quieres seguir “viéndote” con tu jefe.

–          Pues eso, tenemos una segunda cita este fin de semana.

–          ¿Todo el fin de semana? – Le pregunto sorprendida.

–          Lo sé, el lunes no voy a poder andar. – Me dice socarrona.

Con Lorena es imposible no reírte, aunque no tengas ganas porque estés de resaca y con tres problemas con nombre propio: Isaac, Rubén y Gonzalo.

–          Bueno, cuéntame qué te ha hecho poner esa cara de amargada y por qué no follaste anoche. – Me suelta Lorena. – Porque está claro que no follaste y eso que tenías a todos los astros a tu favor.

–          Anoche salí con Isaac, fuimos a la gala benéfica, nos quedamos un par de horas por allí y después fuimos a su casa. – Le empiezo a explicar. – Creía que gozaríamos de una increíble noche de sexo pero Isaac lo fastidió todo.

–          ¿Qué hizo? – Me pregunta Lorena con los ojos muy abiertos. – Por favor, dime que no te propuso hacer un trío y saliste corriendo. – Me espeta horrorizada.

–          Hubiera preferido hacer un trío, créeme. – Le digo muy en serio. – Me dijo que me echaba mucho de menos y que quería algo más que sexo conmigo, quiere una relación seria y estable.

–          Teniendo en cuenta que no follaste anoche, no tiene mucho sentido preguntarlo pero lo preguntaré de todos modos: ¿Cuál fue tu respuesta?

–          Al principio intenté decirle que yo no quería una relación estable, pero él me impidió hablar, me dijo que no tenía que darle una respuesta ahora, que lo pensara y que le diera mi respuesta cuando regrese de Shanghái, dentro de dos meses. – Le contesto y resoplo al recordar la escena. – Me agobié y le dije que me marchaba a casa, que no podía quedarme allí con él como si no hubiéramos tenido esa conversación y me fui.

–          Viene desde Shanghái y, ¿le dejas tirado? – Se mofa Lorena partiéndose de risa. – Debe de quererte mucho si ha seguido manteniendo su propuesta después de eso.

–          Gracias Lore, eso es lo que necesitaba escuchar. – Le reprocho.

–          No te enfades, pero es que es muy fuerte.

–          Pues aún no he acabado. – Le digo evitando mirarla a los ojos.

–          Oh Dios, dime qué hiciste después. – Me ordena. – ¿Te has tirado a Rubén?

–          ¡Qué no, pesada! – Le espeto cansada de su insistencia porque me acueste con él. – Me fui de casa de Isaac sola, en ese momento me sentía incómoda con él y necesitaba que me diera el aire, así que decidí regresar caminando a casa. El lunes tengo una reunión con Gonzalo Cortés, el nuevo cliente del que te hablé, en su oficina, así que decidí subir caminando por la calle Balmes y ver dónde estaba su oficina para no perder tiempo el lunes y llegar tarde. Eran las once de la noche de un sábado, lo que menos podía imaginar era que me lo iba a encontrar saliendo de la oficina.

–          ¿Trabajando un sábado por la noche? Ese tipo está pirado. – Opina Lorena.

–          Habían tenido un contratiempo de última hora con una negociación y tenían que arreglarlo cuanto antes, pero eso es lo de menos. – Le digo haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia. – Me lo encontré de frente y me vio. Nos saludamos y, al verme con un vestido de gala, me preguntó de dónde venía y por qué regresaba sola y tan pronto a casa. Le dije que era una larga historia y me dijo que me invitaba a una copa mientras se lo contaba. Yo ya había bebido algo más de la cuenta y no tuve ningún reparo en ir con él a un pub cercano y contarle toda la historia. – Me tapo la cara con ambas manos, muerta de vergüenza. – Joder, no sé cómo le voy a mirar a la cara mañana.

–          Aparte de contarle tu vida con Isaac, ¿pasó algo más?

–          No pasó nada, hablamos de Isaac, de sexo, de música y de alguna otra cosa más, pero no pasó nada entre nosotros. – Le aseguro. – A las cuatro de la madrugada el pub cerró sus puertas y él me acompañó a casa dando un paseo, comportándose como todo un caballero. Incluso me prestó su americana de camino a casa. – Le doy un trago a mi Coca-Cola y añado: – Me dio un beso en la mejilla a modo de despedida y me deseó buenas noches, pero tengo que confesar que en ese momento deseaba que me besara en los labios, aunque ahora me alegro de que no lo haya hecho.

–          ¿Se lo has contado a Rocío?

–          No, cuando llegué estaba dormida y cuando me he despertado esta mañana me había dejado un post-it en la nevera avisándome que se había ido al piso a terminar de empaquetar las cosas. – Le contesto. – Pero tampoco voy a contarle nada porque no hay nada que contar y ella ya tiene bastantes cosas en las que pensar.

–          Si se lo quieres ocultar es porque algo hay. – Me pincha Lorena. – Vamos, reconócelo, ese tío te pone mogollón y no quieres decírselo a Rocío ni a Paula porque sabes que te van a soltar el sermón. – Se mofa Lorena. – A mí me pasa lo mismo, por eso ambas acabamos llamándonos para contarnos estas cosas y por eso has salido de la cama para venir a verme pese a estar con resaca.

–          Touchée.

–          Pues empieza a largar por esa boquita.

–          Es muy atractivo y cuando estoy con él me vuelvo idiota. Las piernas me tiemblan, las palabras no salen y la intensidad de su mirada me paraliza, pero no puedo evitar sonreír cuando lo veo aparecer por mi despacho. – Le confieso sonrojada. – Lo peor es que creo que si no hubiera conocido a Gonzalo probablemente hubiera aceptado la propuesta de Isaac.

–          Entonces, la pregunta es ¿qué vas a hacer con Gonzalo?

–          No voy a hacer nada. – Le contesto. – Es un cliente y voy a tener que tratar con él por lo menos durante dos meses, no quiero complicar las cosas. Además, él ni siquiera se me ha insinuado, de hecho si me convenció para que le soltara todo el rollo sobre Isaac fue porque propuso una especie de trato en el que por una noche éramos amigos de toda la vida. Y se portó como un auténtico amigo, para mi mala suerte.

–          Dos meses para volver a ver a Isaac y dos meses para que acabe la construcción de la casa de tu cliente buenorro, es demasiado tiempo. – Apunta Lorena. – O te arriesgas con el cliente buenorro, o te vas a Shanghái de visita un par de veces al mes o te buscas un sustituto en la ciudad, pero así no puedes seguir.

Mi teléfono móvil empieza a sonar. Lo saco del bolso y estoy a punto de apagarlo cuando veo que es Gonzalo quién me llama.

–          Es él. – Le digo aterrada a Lorena.

–          ¿Él, quién? ¿El cliente buenorro? – Me pregunta. Asiento con la cabeza y me dice muy segura de sus palabras: – Eso es una señal, él es el camino correcto. Cógelo, a ver qué quiere.

Con las manos echas un flan, descuelgo la llamada y llevo mi teléfono a la oreja para responder lo más natural que puedo:

–          ¿Sí?

–          Vaya, pensaba que aún estarías durmiendo. – Se mofa Gonzalo.

–          ¿Y llamabas para despertarme? – Bromeo.

–          Solo llamaba para preocuparme por tu estado de salud después de que anoche te bebieras la mitad de las reservas de alcohol de la ciudad. – Bromea. – Supongo que nuestra reunión de mañana sigue en pie. ¿Sabrás llegar a mi oficina o prefieres que le diga a Bruce que pase a recogerte?

–          No te preocupes, recuerdo el camino y está muy cerca de mi oficina, así que iré caminando. – Le respondo.

–          Al menos esta vez será de día. – Comenta con un leve tono de reproche.

–          Quizás tenga la suerte de encontrar a alguien por el camino que se ofrezca a acompañarme. – Le digo coqueteando. Sí, coqueteando.

–          Quizás tengas suerte. – Me contesta Gonzalo y, a pesar de no poder verle sé que está sonriendo.

El camarero se acerca con un par de tapas que ha pedido Lorena y, en cuanto deja los platos sobre la mesa, Lorena le entrega un papelito con su número de teléfono y oigo que le dice:

–          Llámame guapo, estoy segura que podemos divertirnos mucho juntos.

El camarero le dedica una amplia sonrisa y le guiña un ojo mientras se guarda el papelito en el bolsillo de su pantalón. Espero a que el camarero se haya alejado lo suficiente y le digo a Lorena:

–          Desde luego, lo tuyo no tiene nombre.

–          ¿Cómo dices? – Me pregunta Gonzalo al otro lado del teléfono.

–          Disculpa, se lo decía a mi amiga que… En fin, si la conocieras me entenderías. – Me disculpo algo avergonzada.

–          ¿La misma amiga que te dice que acabarás vieja, sola, loca y viviendo con cientos de gatos? – Me pregunta burlonamente.

–          La misma. – Le confirmo.

–          Tenemos una conversación pendiente, Yasmina. – Me dice con un tono mucho más serio del que estaba utilizando. – ¿Comemos juntos mañana después de la reunión con el decorador?

–          ¿Ocurre algo? – Pregunto preocupada.

–          Todo va bien, solo quiero hablar sobre algo que dijiste anoche. ¿Comemos juntos mañana?

–          Sí, claro. – Le respondo entre temerosa y curiosa.

–          Perfecto, nos vemos mañana entonces. – Sentencia. – Tengo que colgar, tengo una reunión urgente en media hora.

–          Trabajas demasiado. – Me oigo decir. ¿Qué soy, su madre?

–          No me quejo, gracias a lo mucho que trabajo anoche me encontré contigo. – Me contesta con voz ronca. – Nos vemos mañana, Yasmina.

–          Hasta mañana. – Me despido antes de colgar.

Guardo el teléfono móvil en el bolso y Lorena, que ha escuchado solo parte de la conversación, me mira y me pregunta:

–          ¿Qué te ha dicho?

–          Quiere que mañana comamos juntos después de la reunión con el decorador para hablar sobre algo que dije anoche. – Le respondo. – Espero que no dijera ninguna barbaridad.

–          ¿Le hablaste de Rubén?

–          No, no hablamos de Rubén. – Le contesto segura de no haberlo hecho. – No sé, quizás es de algo referente a la obra, también hablamos de ello.

–          Mañana lo averiguarás. – Zanja la cuestión Lorena. Y cambiando de tema, me pregunta mirándome fijamente a los ojos: – ¿Qué me cuentas de Rubén? ¿Lo has visto?

–          No he hablado con él ni lo he visto. Nos hemos enviado algunos mails pero todos ellos hablando de trabajo y bastante distantes. Ni siquiera ha pasado por la oficina en toda la semana y por supuesto yo tampoco me he molestado en llamarle ni en ir a verle.

–          Ese rollo que os traéis los dos es demasiado raro y complicado para mí. – Opina Lorena encogiéndose de hombros. – Yo me lo habría tirado ya, está muy bueno, pero solo tiene ojos para ti, aunque tú te empeñes en creer lo contrario.

–          Entre Rubén y yo no hay nada. – Le digo por enésima vez, siempre que hablamos de Rubén acabo repitiéndole lo mismo.

–          Eso es solo porque tú no quieres y dudo que él opine lo mismo, pero al pobre no le queda otra opción que callarse y aguantarse, al fin y al cabo tiene que verte todos los días en la oficina y tu padre es su jefe, si se arriesga y pierde, puede perder mucho más que tu amistad. – Argumenta Lorena. – Aunque también te diré que todo el mundo tiene un límite y, cuando se callan tantas cosas, finalmente uno acaba por explotar arrasando con todo lo que haya a su alrededor y Rubén está dando señales de explotar en breve.

–          Te diría que deliras, pero la verdad es que ya no sé qué pensar cuando se trata de Rubén, últimamente parece una persona totalmente distinta a la que yo conocía. – Le respondo con resignación.

–          Creo que deberías dejarle claro que no te interesa. – Me aconseja.

–          ¿Qué le voy a decir? Tan solo son suposiciones tuyas, él no me ha dado ningún indicio para pensar que quiere algo conmigo, a lo mejor tan solo está pasando por una mala racha y yo le estoy complicando la vida en el trabajo con el proyecto de Gonzalo, quizás por eso me habló así de él. – Trato de buscar otra opción posible.

–          Puedes engañarte a ti misma si quieres, pero eso no solucionará el problema. – Me contesta segura de sus palabras. – No hace falta que le digas que no quieres nada con él, tan solo hazle ver que estás interesada en otro.

–          No sé, Lore. – Le digo haciendo un mohín. – De momento prefiero dejar las cosas como están, no quiero complicarlo todo y que termine afectando a nuestro trabajo.

–          Cuando dices trabajo, ¿te refieres al proyecto de Gonzalo Cortés? – Me pregunta alzando una ceja.

–          Sí, supongo que sí. – Reconozco.

–          ¿No crees que eso quiere decir algo?

–          ¿Qué quieres decirme, Lorena? – Le pregunto irritada, odio cuando se pone así.

–          No te pongas así, tan solo trato de hacerte ver lo que a ti tanto te cuesta. – Me replica molesta. – Ahora mismo, tu prioridad absoluta es Gonzalo y su proyecto. Puede que sea inconscientemente, pero esa es la realidad. Y no es nada malo, créeme. ¿Te acuerdas cuando la otra noche te dijimos que debías soltarte un poco y echarte un novio? No nos referíamos a algo como la propuesta de Isaac, lo que queríamos decirte era que te arriesgaras con alguien que te gustase de verdad. Y Gonzalo, aunque te pese, te gusta de verdad. – Le da un trago a su Coca-Cola y, como yo no digo nada, ella decide seguir hablando – Las pocas veces que has conocido a alguien con el que podría surgir algo más que una relación sexual lo has evitado e ignorado. Está bien que no te apetezca tener una relación estable, a mí tampoco me apetece, pero no puedes cerrarle las puertas a lo que sea que esté por llegar.

–          ¿Lorena, me estás hablando de amor? – Le pregunto estupefacta. – ¡Joder, cómo no me he dado cuenta antes! ¿Te has enamorado de tu jefe?

–          Sht. ¡Baja la voz! – Me regaña Lorena ruborizándose.

–          Se acaba de caer un mito. – Me mofo sin poder contener la risa.

–          No tiene gracia, joder. – Protesta.

–          Hay una cosa que no entiendo, ¿por qué le has dado tu número al camarero?

–          Eso es parte del plan. – Me contesta encogiéndose de hombros.

–          ¿Qué plan?

–          No sé, esto es nuevo para mí. – Me dice nerviosa. – Empiezo a sentir cosas y he pensado que quizás, si estoy con otro hombre, se me pasa. Tengo que comprobar hasta qué punto me gusta Erik y quiero estar segura de saber dónde me estoy metiendo, Yas.

–          ¿Y no tienes otra manera mejor de comprobarlo?

–          ¿La tienes tú?

–          Pues no sé, déjate llevar como me dices tú a mí. – Le respondo. – Si no tienes ganas de estar con otros hombres porque prefieres estar con Erik, no tientes por qué hacerlo. Te ha invitado a una segunda cita, ve y diviértete. – Le aconsejo. – Si mañana sigues queriendo estar con otros hombres, solo tienes que dejarlo.

–          Te recuerdo que es mi jefe.

–          Sí, pero no creo que te vaya a echar alegando que ya no quieres follar con él y, teniendo en cuenta que lo hicisteis sobre la mesa de su despacho, a él no le deja en buena posición para defenderse frente al comité de la empresa, que ante un caso así cortarían por lo sano para lavarse las manos y os despedirían a ambos.

–          Me arriesgo si tú te arriesgas con Gonzalo Cortés. – Me chantajea Lorena.

–          A Gonzalo no le intereso, anoche recalcó varias veces la palabra “amigo” y te recuerdo que se despidió de mí dándome un beso en la mejilla.

–          Solo déjate llevar. – Me sugiere Lorena. – A ver dónde acabamos.

–          Estás como una cabra.

–          Sí, pero me adoras. – Me responde poniéndome ojitos.

Sí, la adoro. Lorena es una persona capaz de ver siempre el lado positivo de las cosas, es de las que cuando la vida le da la espalda ella le toca el culo, y en su caso se podría decir que esa frase a menudo es literal.

Entre risas y confidencias, nos comemos las tapas que nos ha servido el camarero y después cada una regresa a su casa, tenemos muchas cosas en las que pensar.

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