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Siempre sale el sol 23.

El viernes por la mañana Luna se despertó entre los brazos de Mike, como tantas otras mañanas se había despertado a su lado y sonrió al ver que estaba despierto. Mike la besó en la frente y la estrechó entre sus brazos para después susurrarle al oído:

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en los labios y añadió—: ¿Preparada para desayunar antes de poner rumbo a Armony?

—Estoy nerviosa, Mike —confesó Luna.

—Tranquila, cariño. Yo voy a estar contigo en todo momento —la tranquilizó Mike—. Estamos juntos en esto y estoy seguro de que todos estarán contentos de que lo hayamos arreglado y mucho más contentos se pondrán cuando les digamos que un pequeño bebé viene en camino.

—Mi bebé —pensó en voz alta Luna mientras se acariciaba la tripa.

—Nuestro bebé, cariño —la corrigió Mike con ternura.

Después de ducharse y desayunar, Mike y Luna se dirigieron a Armony con la intención de quedarse un par de días y regresar a la ciudad para empezar a organizar el traslado de Luna.

Nada más aparcar el coche frente a la casa de Clare, todos salieron a la puerta a pesar del frío que hacía en la calle. Estaban nerviosos porque no sabían lo que esos dos habían planeado, pero se relajaron en cuanto vieron que Mike ayudaba a bajar del coche a Luna y después le daba un beso en los labios. Clare sonrió ante aquella escena, igual que Helen y Ryan. La pequeña Amy vio a sus padrinos besarse y exclamó feliz:

—¡Tito, has cumplido tu promesa y la tita vuelve a ser tu novia!

—La tita ha sido demasiado buena con el tito, pero ahora os lo contaremos —murmuró Mike sumamente avergonzado por lo idiota que había sido.

Entraron en la casa y, sin quitarse el abrigo y viendo el mal trago que estaba pasando Mike, decidió no andarse con rodeos:

—Como todos sabéis, Mike y yo discutimos y lo dejamos hace unos meses —resumió sin entrar en detalles—. El caso es que ayer Mike y yo hablamos mucho de lo que sentimos el uno por el otro y de lo mucho que nos echamos de menos. Os he ocultado algo a todos desde hace unos meses y, aunque sé que debí decíroslo antes, lo cierto es que primero necesitaba asimilarlo yo.

Todos sabían lo que había pasado entre aquellos dos, incluida Clare, pero todos asintieron y prestaron atención sin decir nada ya que todos sabían que se habían perdonado y no querían buscar culpables.

—Luna y yo hemos arreglado nuestras diferencias y, tras decidir que queríamos estar juntos el resto de nuestras vidas, Luna me dio una gran noticia que no esperaba pero que me ha hecho el hombre más feliz del mundo —dijo Mike sonriendo. Besó a Luna en los labios apasionadamente y la ayudó a quitarse el abrigo para que todos vieran su ya redonda tripa.

—¿Tú lo sabías y no nos lo habías dicho? —Le reprochó Ryan a Mike.

—Mike no supo nada hasta que me vio ayer —aclaró Luna.

—¿Es que pensabas ocultárnoslo? —Le preguntó Helen bromeando.

—Todo lo que ha pasado últimamente nos ha cogido por sorpresa y los dos hemos necesitado nuestro tiempo para asimilarlo y adaptarnos a la nueva situación —salió Mike en defensa de Luna—. Lo cierto es que yo estoy encantado con mi nueva situación.

Mike abrazó a Luna desde la espalda y la besó en la mejilla mientras acariciaba su vientre. Todos les dieron la enhorabuena a la pareja, les contaron los planes que tenían de vivir en Armony y la felicidad de la familia fue absoluta.

Al día siguiente, Mike y Luna fueron a Comer a casa de los padres de Mike, aprovechando que también estaban allí Alan y Linda, y tuvieron la misma conversación. La familia de Mike reaccionó igual de bien que la familia de Luna.

Luna y Mike aprovecharon el viernes y el sábado para visitar a sus familias y darles las nuevas y muy buenas noticias, pero el domingo decidieron pasarlo a solas en casa de Mike.

—He pensado que la habitación que hay en frente de mi despacho podría ser la habitación del bebé, es grande y entra mucha luz —comentó Mike mientras guiaba a Luna hacia a la habitación en cuestión—. Nuestra habitación está justo al lado. ¿Qué te parece?

—Me parece genial, Mike —le respondió Luna sonriendo más feliz que nunca.

—Y también he pensado que la habitación del otro lado de mi despacho podríamos convertirla en tu despacho —le dijo Mike abrazándola por la espalda—. Pide lo que quieras y será tuyo.

—En ese caso, te pido a ti —le respondió Luna besándole en los labios.

***

Seis meses más tarde, Luna, Mike y el pequeño Mike con tan solo un mes de vida, vivían en la casa de Mike. Habían invitado a toda su familia y todos estaban en el jardín, disfrutando del calorcito del mes de mayo y asando carne en la barbacoa.

Luna se acercó hasta el carrito donde el pequeño Mike estaba y lo cogió en brazos al ver que estaba despierto. Al verla, Mike se acercó hasta a ella y, abrazándola por la espalda, le susurró:

—¿Cómo están mis dos tesoros?

—Hambrientos —le contestó Luna divertida—. Voy a dar de comer al pequeño Mike, vuelvo en seguida.

—Voy contigo, cariño —sentenció Mike, que no había dejado a Luna sola desde que se reconciliaron y mucho menos desde que nació el bebé—. Cariño, ¿te he dicho ya que hoy estás preciosa?

—Sí, como unas cien veces ya —le contestó Luna divertida—. Pero sabes que me encanta oírtelo decir, cariño.

—Estás preciosa, cariño —le susurró Mike a Luna en el oído.

 

FIN

Siempre sale el sol 22.

Daniel llamó a Luna por teléfono antes de ir a buscarla y, cuando supo que lo habían arreglado, Daniel le dijo a Luna que debía ir sola con Mike a la consulta de la doctora Emerson. Luna le dijo a Mike que finalmente Daniel no les acompañaría y él lo agradeció en silencio. Mike aún trataba de asimilar todo lo que había averiguado en las últimas veinticuatro horas, pero se sentía feliz de que Luna le hubiera perdonado y aún más feliz de saber que iba a ser padre, pese a que nunca antes se lo hubiera planteado.

Mike condujo en su coche hasta llegar al hospital. Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y Luna se encontró con el doctor Walsh por los pasillos del hospital.

—Señorita Soler, ¿qué tal se encuentra? —Le preguntó el doctor.

—Mejor, cada vez tengo menos náuseas y no me he vuelto a desmayar, pero sigo durmiéndome por los rincones —le contestó Luna—. Ahora voy a la consulta de la doctora Emerson.

—En cuanto veas la ecografía, dejarás de llamarlo lagarto —bromeó el doctor Walsh.

Luna se dio cuenta de que ambos hombres se miraban esperando una presentación, así que rápidamente hizo las presentaciones oportunas:

—Doctor Walsh, él es Mike, el padre del lagarto —continuó bromeando Luna. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Cariño, el doctor Walsh es el médico que me atendió cuando vine de urgencias y quién tuvo que aguantar al histérico de Richard, además de a mí.

Mike no tenía ni idea de lo que Luna le estaba diciendo, no sabía nada de los últimos meses de la vida de Luna y por supuesto no sabía que se hubiera desmayado, ni tenido náuseas, ni mucho menos que hubiera tenido que venir de urgencias al hospital. Un poco tenso e incómodo, Mike le tendió la mano y saludó al doctor Walsh con un firme pero educado estrechón de mano.

—Encantado de conocerle, Mike —le dijo el doctor—. Si me permite un consejo, trate de mantener lo más alejado posible a Richard cuando el bebé decida venir al mundo o se volverá loco tratando de lidiar con una parturienta y la persona más histérica del planeta.

—Seguiré su consejo, sé de lo que me está hablando —le contestó Mike divertido antes de despedirse del doctor.

Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y la recepcionista les hizo pasar a una pequeña sala de espera hasta que la enfermera los llamara. Nada más quedarse a solas en esa sala de espera, Mike le dijo a Luna con tristeza:

—Debí ser yo en vez de Richard quien estuviera a tu lado cuidando de ti y apoyándote. Ni siquiera sabía que habías venido de urgencias al hospital, ¿qué pasó?

—No pasó nada —le restó importancia Luna con una dulce sonrisa para que dejara de torturarse. Le besó en los labios y añadió—: Estaba de bajón y Richard decidió llevarme de compras, pero me mareé y me desmayé. Tuvo que llamar a una ambulancia, aunque yo me desperté ya en la habitación del hospital, justo cuando el doctor Walsh me examinaba. Él fue quién me dijo que me había desmayado porque estaba embarazada y después me derivó a la consulta de la doctora Emerson, que me hizo la primera ecografía, la que te he enseñado.

—Y, ¿qué me dices de las náuseas? —Preguntó Mike—. Quiero saberlo todo, pequeña. Ahora voy a ser yo quien cuide de ti, te prometo que voy a satisfacer todos tus antojos.

—Te advierto que ésta última semana he tenido tres antojos y todos de madrugada, será mejor que no prometas lo que no vas a cumplir —bromeó Luna.

—Te prometo que lo haré encantado.

—Luna, ¡estás preciosa! —Dijo la doctora Emerson cuando la vio—. El embarazo te está sentando cada vez mejor y, además, veo que vienes muy bien acompañada, ¿el padre del lagarto?

—El mismo —dijo Mike sonriendo y le tendió la mano a la doctora—. Soy Mike Miller.

Tras la presentación y el saludo oportuno, la doctora les hizo pasar dentro de la consulta y le dijo a Luna que se tumbase en la camilla y se levantara el jersey para dejar despejada la tripa. Mike ayudó a Luna a subir a la camilla y después la doctora la ayudó a levantarse el jersey y la cubrió con una sábana que arremangó bajo sus pantalones para evitar que se mancharan. La doctora encendió la máquina de ecografías, puso gel sobre el aparato y sobre el vientre de Luna y buscó al bebé, el cual encontró rápidamente. Tras comprobar que todo estuviera bien, les dijo a los futuros padres:

—Vuestro bebé está perfectamente, pesa 110 gramos y mide 12 centímetros —enfocó el aparato y les señaló en el monitor todas y cada una de las partes del bebé, que ya se definían perfectamente—. Como puedes ver, ya no parece un lagarto.

—Es nuestro bebé, cielo —le susurró Mike a Luna al oído.

—Hasta que le ponga un nombre, será mi querido y adorado lagarto —sentenció Luna—. Es un apodo cariñoso, no sé por qué os parece tan malo.

— ¿Podemos saber si es niño o niña? —Preguntó Mike.

—Todavía no, pero en la próxima visita el mes que viene sí que podremos saberlo, si el bebé se deja ver, claro —comentó divertida la doctora. Se volvió hacia Luna y le preguntó—: – ¿Ya sabes si quieres saber o no el sexo del bebé?

—Aún lo estamos pensando —respondió Luna al ver de nuevo la tristeza en los ojos de Mike.

—Tenéis un mes para seguir pensándolo, pero deberéis tenerlo decidido cuando volvamos a vernos —concluyó la doctora—. Ahora vamos a sacar un par de fotos de vuestro pequeño lagarto para que os las podáis llevar a casa.

La doctora le dio las ecografías impresas a Luna y después le dio cita para hacerse unos análisis una semana antes de la cita con ella, para poder tener los resultados. Mike le hizo miles de preguntas a la doctora y se informó de las clases preparto.

Cuando salieron de la consulta, Mike y Luna decidieron ir a comer a un restaurante íntimo dónde poder seguir hablando de las miles de cosas que tenían pendientes.

— ¿No quieres saber el sexo del bebé hasta que nazca? —Le preguntó Mike tratando de parecer más paciente de lo que pareció.

—No sé, la verdad es que me da igual saber si va mi lagarto va a ser niño o niña, solo quiero que esté bien —le respondió Luna encogiéndose de hombros.

—Si sabemos que va a ser niño o niña, podremos comprar muchas más cosas y estar más preparados. ¿De qué nos sirve comprar un vestido si luego es un niño?

—Supongo que tienes razón —le respondió Luna y concluyó—: En la próxima visita a la consulta de la doctora Emerson lo descubriremos. ¿Tienes alguna preferencia?

—Me da igual, solo quiero que esté sano —le respondió Mike con sinceridad—. Por cierto, si piensas en que nos quedemos en la ciudad, tendremos que comprar una casa, en tu apartamento no tendremos suficiente espacio.

— ¿Estás dispuesto a mudarte a la ciudad con nosotros? —Le preguntó Luna tocándose el vientre con un gesto protector.

—Cariño, estaba dispuesto a mudarme a la ciudad antes de que tus vacaciones terminaran y tuvieras que volver, no quería separarme de ti —le confesó Mike—. Ahora que sé que vamos a tener un bebé, iría hasta el fin del mundo si fuera necesario.

—Ya había pensado en mudarme y he estado echando un vistazo a las casas que se venden en mi barrio, pero no termina de convencerme ninguna —le dijo Luna—. Pero hoy la situación es totalmente distinta a la de ayer y bueno, sé que acabas de construir la casa de tus sueños en Armony y que además tienes allí tu trabajo así que, si no te importa hacernos un hueco en tu casa, al lagarto y a mí nos gustaría quedarnos contigo.

— ¿De verdad quieres vivir en Armony? ¿Qué hay de tu trabajo? —Preguntó Mike—. Nada me gustaría más que te quedaras en casa, pero quiero que estés segura de ello. No tienes por qué tomar una decisión ahora, tómate tu tiempo para pensarlo.

—Ya lo he pensado, quiero vivir contigo en Armony —le aseguró Luna con una amplia sonrisa en los labios que volvió loco a Mike—. Aunque tendrás que hacer sitio en tu armario para mi ropa y hacer reformas en una de las habitaciones para preparar la habitación del bebé.

—Cariño, puedes hacer lo que quieras con la casa —le respondió Mike alegre—. Y, ¿cuándo tienes pensado hablar con tu familia?

—Le prometí a mi abuela que mañana iría a Armony y le contaría lo que estaba pasando, así que mañana tendré que hablar con ella.

—Si te parece bien, podemos reunir también a Helen y Ryan y les damos la noticia a todos —le propuso Mike—. Y también tendremos que hablar con mis padres.

—De momento, solo quiero irme a casa y dormir un rato contigo después de hacer el amor, si es que te sigo gustando así de gorda.

—Me encantas así, estás extremadamente sexy —le susurró al oído.

Ambos se besaron y Mike le pidió la cuenta al camarero, cumpliendo los deseos de Luna y llevándola al apartamento donde, después de hacer apasionadamente el amor, ambos se quedaron dormidos.

Siempre sale el sol 21.

Después de tener la última conversación, por llamarlo de alguna forma, con Mike, Luna decidió irse fuera de la ciudad una temporada para desconectar de todo lo que la rodeaba y pensar en su futuro y en el futuro de su lagarto. Para empezar, debería empezar a buscar una casa, su apartamento se quedaba pequeño para que un niño corriera y se divirtiera. Luna siempre había soñado con tener una casa en la montaña, con piscina y un enorme jardín. Siempre se había imaginado con su marido y sus hijos viviendo allí. A pesar de que Richard la llamaba Reina de Hielo, Luna era una romántica empedernida.

Durante todo un mes, Luna no tuvo contacto alguno con nadie de su familia ni de sus amigos, y había asimilado su nueva situación. El lagarto se había vuelto lo más importante para ella, se pasaba los días sentada en el porche de la pequeña casa en el lago que había alquilado, se dedicaba a navegar por internet con su portátil para informarse sobre el embarazo y sobre los cambios de su cuerpo. Su vientre había crecido considerablemente en el último mes y ya se le notaba que estaba embarazada si no trataba de ocultarlo vistiendo con ropa ancha. El próximo jueves, Luna tenía cita con la doctora Emerson y vería cuánto había crecido su lagarto. Ya estaba en la semana dieciséis de embarazo y dentro de poco podría saber si el lagarto sería un niño o una niña, aunque aún no había decidido si lo quería saber.

Luna regresó a su apartamento en la ciudad a principios de noviembre y llamó a su abuela para decirle que ya estaba de vuelta y que el próximo fin de semana iría a Armony para hablar con ella.

Clare llamó a Helen para ponerla al corriente de la llamada de Luna con la esperanza de que se lo dijera a Ryan y él a Mike, esos dos tenían que arreglar sus problemas, sobre todo ahora que sabía el motivo por el cual lo habían dejado y a ella le parecía la tontería más absurda.

Y, como era de esperar, Mike se acabó enterando de que Luna había regresado a su apartamento. Pensó en llamarla por teléfono, pero no quería correr el riesgo de que tuviera opción de evitarle o volver a marcharse, así que decidió presentarse en su casa sin más.

—Mike, creo que deberías consultarlo con Richard y, si le parece una buena idea, puede que incluso te ayude —le sugirió Helen.

—Y, ¿si no le parece buena idea y alerta a Luna para que hulla de mí? —Protestó Mike.

—Si a Richard no le parece buena idea ya buscaremos otra solución, pero de momento le vamos a llamar —sentenció Helen.

Helen llamó a Richard, quién le dijo que se encargara de hacer que Mike estuviera en la puerta del apartamento de Luna a las diez de la mañana y él se encargaría de todo lo demás.

Mike se fue a su casa y se metió en la cama tratando de dormir, aunque los nervios poco le iban a dejar, ya que tendría que levantarse a las seis de la mañana para llegar al apartamento de Luna a las diez en punto.

Al día siguiente, Luna se despertó a las nueve y media, cuando Richard entró en su casa y la obligó a levantarse, aunque eso le llevó veinte minutos.

Luna se puso la bata sobre el camisón y se sentó a la mesa mientras Richard preparaba el desayuno que había comprado cuando sonó el timbre de la puerta.

—No te muevas de ahí, abro yo —le dijo Richard a Luna, ya que desde donde estaba sentada y con la bata puesta no se podía notar lo más mínimo que estaba embarazada.

Luna cogió uno de los vasos de zumo de naranja recién exprimido y bebió sin darle importancia a la visita, dando por sentado que se trataría de Daniel.

—Tienes visita, cielo —le anunció Richard.

— ¿Es Daniel? —Preguntó Luna sin demasiado interés.

—No, me temo que no es Daniel —le contestó Richard—. Llámame si necesitas algo y recuerda que Daniel vendrá a buscarte en un par de horas para acompañarte al médico.

—Pero, ¿a dónde vas? —Le preguntó sin entender nada, pero lo entendió todo cuando vio aparecer a Mike, más guapo que nunca—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenemos que hablar, Luna —le dijo Mike con un hilo de voz y un brillo en los ojos que denotaba el cansancio y la angustia que sentía—. Soy un imbécil, me he comportado como un idiota y he venido a arrastrarme si hace falta para que me des una oportunidad —Luna le miró sin decir nada y Mike añadió—: Amy vio la foto y nos contó lo que vio ese día desde la ventana de su habitación. Sé que he sido injusto contigo y que probablemente me odies desde entonces, pero te necesito, Luna. No como, no duermo y no me concentro porque no puedo dejar de pensar en ti.

—Me echaste de tu vida sin dejar que te diera mi versión de los hechos, no confiaste en mí cuando te dije que no era lo que parecía —le recordó Luna dolida—. Me han pasado muchas cosas desde entonces y mis prioridades han cambiado, mi situación en general ha cambiado.

—Quiero estar contigo, Luna —insistió Mike—. Me da igual cuál sea tu situación, estoy dispuesto a adaptarme a ella. ¿Quieres que me mude a la ciudad? Haré lo que quieras, Luna. Solo te pido que me des otra oportunidad.

—Siéntate Mike, tengo que decirte algo —le dijo Luna señalando la silla que había frente a ella para que él se sentara. Mike obedeció de inmediato y Luna continuó hablando—: La última vez que estuve en Armony quería hablar contigo de algo importante pero, como no quisiste escucharme y me dijiste que no querías saber nada de mí, tomé algunas decisiones sin tener en cuenta tu opinión y ya nada puede ser como antes.

— ¿Qué es lo que ocurre, Luna? ¿Por qué tienes que ir al médico? —Insistió Mike sin darse por vencido—. Me da igual lo que pase, quiero estar contigo. No habrás aceptado un traslado en la otra parte del mundo, ¿verdad?

—No, en realidad se trata de algo mucho más importante, de lo más importante que tengo en mi vida para ser más concreta —le contestó Luna—. No sé muy bien cómo decírtelo, así que mejor dejaré que lo veas.

Luna se levantó y se puso en pie frente a él. Le miró a los ojos y se desabrochó la bata, abriéndola para enseñar su hermosa silueta cubierta por un fino y ceñido camisón de seda que marcaba su abultado vientre.

Mike la miró incrédulo, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar porque se quedó sin palabras. Se puso en pie y se acercó a ella despacio. Alargó su mano hacia el abultado vientre y, antes de acariciarlo, la miró pidiéndole permiso. Luna asintió y Mike puso la mano sobre el vientre de Luna y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Viniste a decirme que estabas embarazada y te eché sin dejar que hablaras, vamos a ser padres y por mi estupidez casi ni me entero —se lamentó Mike. Abrazó a Luna con ternura y le susurró al oído con dulzura—: Te prometo que a partir de ahora voy a confiar en ti y voy a vivir solo por y para ti y ese bebé. Te quiero, pequeña vaquera. Quiero que tú y todo lo que tenga que ver contigo me rodee siempre, quiero despertarme y ver que aún sigues dormida entre mis brazos, quiero hacerte el amor en la ducha todas las mañanas. Te voy a cuidar y a mimar como a una reina, solo tienes que dejar que lo haga, mi amor.

—Si me dices todo esto luego no puedes echarte atrás a la primera de cambio, y ya no podrás echarme de tu vida nunca más, como mucho me echarás de tu casa —le medio reprochó Luna emocionada por su declaración.

—No pienso echarte de ninguna parte —le aseguró Mike en un susurro mientras estrechaba a Luna entre sus brazos y dejaba sus labios a escasos centímetros de los labios de ella—. Cariño, quiero besarte pero no quiero arriesgarme a que me des una bofetada.

—Bésame —le regó Luna.

Mike obedeció y besó a Luna en los labios, un beso que ambos disfrutaron y con el que sellaron un nuevo comienzo, un nuevo compromiso. Tras ese beso, Luna se apartó ligeramente de Mike y, sentándose de nuevo en la silla para continuar desayunando, le dijo a Mike:

—No tenemos mucho tiempo, tengo que desayunar, ducharme y vestirme antes de que venga Daniel a buscarnos.

— ¿A dónde nos va a llevar? —Preguntó Mike sentándose a la mesa junto a ella.

—Tengo cita con la ginecóloga, me hará una ecografía y podremos ver al lagarto —le contestó Luna sonriendo.

— ¿El lagarto? —Preguntó Mike sorprendido por cómo Luna llamaba a su bebé—. ¿Le llamas lagarto?

Luna se echó a reír y le enseñó la ecografía que le había hecho la doctora Emerson cuando fue de urgencias al hospital en la que el bebé tenía forma de lagarto. Mike también se echó a reír al ver la ecografía y se quedó observándola con detenimiento.

—Estoy deseando ver a nuestro lagarto —confirmó Mike sonriendo—. Por cierto, Daniel y tú… No es que diga que… Solo que…

—Daniel es el hermano de Richard, un buen amigo pero nada más —le interrumpió Luna—. Él y Richard me han estado apoyando mucho últimamente, son los únicos que saben que estoy embarazada. Por cierto, aún no le he dicho nada a Helen ni a mi abuela, pensaba hacerlo este fin de semana porque ya es bastante evidente.

—No pienso dejarte sola ni un minuto, voy a estar pegado a ti en todo momento —le dijo Mike con una sonrisa—. Mis padres se alegrarán muchísimo cuando les demos la noticia.

Luna terminó de desayunar y se metió en la ducha mientras Mike recogía la mesa y la cocina. A las doce en punto, Daniel pasó a recogerlos para llevarlos al hospital.

Siempre sale el sol 20.

Durante la siguiente semana, Richard y su hermano Daniel se organizaron para no dejar ni un rato sola a Luna. Richard cenaba con ella antes de marcharse a trabajar al pub y regresaba a buscarla cuando salía del pub para acompañarla al trabajo. Daniel pasaba a recogerla por la oficina para comer con ella y regresaba por la tarde para llevarla a casa. Luna estaba demasiado agotada física y psicológicamente como para discutir con ellos y simplemente se dejaba hacer.

La noche del viernes, Richard no tuvo que trabajar y organizó una cena con su hermano Daniel en casa de Luna.

—Luna, ¿has pensado en hablar con Mike del lagarto? —Le preguntó Richard después de cenar, ese era el motivo de aquella reunión—. Él es el padre, quizás deberías decírselo.

—Ha pasado casi un mes y medio y no me ha devuelto ni una sola llamada ni un solo mensaje, ¿qué se supone que debo hacer? —Le replicó Luna—. ¿Me presento en su casa y le suelto que espero un hijo suyo? Te recuerdo que me echó de su casa, no quiere saber nada de mí.

—Luna, todo esto no tiene sentido, todo fue un malentendido que tú no has querido aclarar por tu orgullo o por tu fobia al compromiso —le dijo Daniel—. Si Mike no te escucha, puedes utilizar intermediarios.

— ¿Estás insinuando que le diga a Ryan que estoy embarazada para que se lo diga a Mike? No creo que sea una buena idea —le dijo Luna descartando la idea.

—Tienes que ir a Armony y hablar con Mike, aclararle lo de la fotografía y contarle que estás embarazada, él es el padre de tu lagarto —le dijo Daniel—. Tiene derecho a saberlo, Luna. Yo nunca te perdonaría si me ocultaras algo así.

Tras pensarlo mucho, Luna decidió ir el lunes a Armony para intentar de hablar con Mike y Daniel le prometió que la acompañaría, pues Luna se pasaba el día medio dormida a causa del embarazo y no quería que condujera durante tres horas.

El lunes por la mañana, Daniel llevó a Luna a Armony. Se dirigieron directamente al club de campo donde se suponía que Mike estaría trabajando. Daniel se quedó en el coche, Luna entró en el club de campo y se dirigió directamente al despacho de Mike, evitando encontrarse con alguien que la detuviera. La puerta del despacho de Mike estaba abierta y llamó suavemente con los nudillos al mismo tiempo que entraba en el despacho y se encontraba con Mike sentado frente a la mesa llena de papeles, con ojeras y barba de un par de días.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Le espetó Mike al verla—. No quiero saber nada de ti, creí que ya te lo había dejado claro.

—Tengo que hablar contigo, Mike. Es importante —dijo Luna con un hilo de voz.

—No quiero escucharte, Luna. Solo quiero que te largues y me dejes en paz, que me evites cómo has estado haciendo siempre —le dijo Mike furioso.

—Mike, tienes que escucharme.

— ¡No! —Sentenció Mike más furioso que nunca—. No quiero saber nada de ti ni nada de lo que tenga que ver contigo. Ahora vete, por favor.

—De acuerdo, me marcho y no te molestaré más —se resignó Luna. Caminó hacia a la puerta y, volviéndose hacia Mike por última vez, le dijo antes de marcharse—: Pero recuerda que eres tú el que me echas, a mí y a todo lo que tiene que ver conmigo, de tu vida.

Luna salió del club de campo y caminó hacia a Daniel, quien supo que no había ido nada bien al ver la cara de Luna. Daniel la abrazó, le dio un beso en la mejilla y la ayudó a meterse en el coche para regresar a la ciudad.

En su despacho, Mike miraba por la ventana y contemplaba la escena, poniéndose todavía más furioso de lo que estaba. No había conseguido estar más de cinco minutos sin pensar en ella, no quería salir, se refugiaba en el trabajo. Necesitaba hablar con alguien y le había prometido a Ryan que le contaría lo que había pasado cuando se sintiera preparado. Había llegado el momento, tenía que hablar con él o acabaría volviéndose loco.

Mike fue a cenar a casa de Ryan y Helen y, sin que Amy se diera cuenta, les contó a sus amigos lo que había provocado la ruptura. Les enseñó la foto en la que Luna y Erik aparecían besándose y esperó sus opiniones.

—Está claro que se están besando, pero estoy segura de que hay una buena explicación —dijo Helen tras ver la foto—. Luna no tenía ningún interés más que el sexual en Erik, está enamorada de ti, o al menos lo estaba.

—Quizás deberías dejar que te diera su versión, a veces las apariencias engañan —convino Ryan sin poder creer que Luna jugara a dos bandas.

Amy, que hasta entonces había estado entretenida viendo los dibujos animados en la televisión, se acercó a la mesa, cogió la foto sin que nadie la viera y, tras observarla, dijo para sorpresa de todos:

—Yo conozco a este hombre, vino a casa de la bisa este verano.

— ¿Lo viste, cielo? —Le preguntó Helen a su hija.

—Sí, era un hombre malo. Besó a la tita por la fuerza y ella le dio una bofetada y lo echó —les dijo Amy encogiéndose de hombros—. Ese día la tita se enfadó mucho, pero luego me leyó un cuento y se le pasó.

Mike cruzó su mirada con la de Helen y Ryan, si Amy tenía razón en lo que decía, había metido la pata hasta el fondo.

—Amy, ¿estás segura de lo que dices? —Le preguntó Ryan a su hija.

—Sí, la tita me mandó a buscar un libro a mi habitación, pero yo los vi desde la ventana—. Le respondió Amy. Se volvió hacia a Mike y le preguntó—: Tito, ¿la tita y tú ya no sois novios?

Mike miró a Ryan y Helen antes de contestarle a la pequeña:

—Princesa, el tito ha sido un idiota con la tita Luna, pero te prometo que voy a ir a buscarla, le voy a pedir perdón y la voy a traer de vuelta.

— ¿Y seréis novios para siempre? —Preguntó Amy encantada.

—Eso espero, princesa —le contestó Mike dándole un beso en la frente. Se volvió hacia a Ryan y Helen y añadió—: Voy a llamarla, con un poco de suerte me cogerá el teléfono.

Mike salió al jardín y llamó a Luna, pero su teléfono estaba apagado. Se habían visto a las doce del mediodía y eran las nueve de la noche, Luna podría estar en cualquier parte desde que se marchó del club de campo. Y tampoco sabía quién era el hombre que la acompañaba. Entró de nuevo en la casa y le dijo a Helen:

—Tiene el teléfono desconectado.

—Deja que llame a Richard, estoy segura de que él sabrá donde está Luna —le dijo Helen cogiendo su móvil para llamar a Richard y, en cuanto descolgó, le dijo—: Hola Richard, soy Helen, la prima de Luna. ¿Está Luna por ahí?

—Hola Helen —saludó Richard al otro lado del teléfono—. Luna está fuera de la ciudad, no ha estado pasando por un buen momento últimamente, cómo imagino que debes saber, y ha decidido irse unas semanas de la ciudad. Ha desconectado el teléfono, pero antes ha llamado a Clare para avisarla que no estará localizable, no ha querido decirnos a dónde iba, aunque se lo puedes agradecer al amigo de tu marido, no sé qué le habrá dicho pero Luna lo ha dejado todo y se ha largado.

—Ya se ha dado cuenta de que es un idiota, pero ahora necesita hablar con Luna. ¿Nadie sabe dónde está ella? —Insistió Helen.

—El único que puede localizarla es Daniel, le dejó el teléfono del lugar donde iba a estar pero solo lo puede utilizar en casos de extrema urgencia, como si se muere alguien o algo parecido a eso —le dijo Richard—. Mi hermano nunca nos dará el número de teléfono si no es una urgencia extrema.

—Mike quiere hablar con Luna, sabe que ella no besó a ese tipo y que además le dio una bofetada y lo echó en cuanto lo hizo —dijo Helen.

—Helen, lo de esa fotografía es lo de menos. Luna necesita tiempo para asimilar todo lo que le ha estado pasando desde los últimos meses y debemos respetar su decisión —sentenció Richard—. Me prometió que no estaría fuera más de un mes, así que Mike tendrá que esperar para hablar con ella, suponiendo que ella quiera, claro.

— ¿Tan mal está la cosa? —Preguntó Helen.

—Pregúntale a Mike qué fue lo que le dijo a Luna hoy en su despacho, según ella, es lo mejor para todos porque así se lo ha dicho Mike —replicó Richard molesto.

—Te aseguro que lo voy a hacer, ya iremos hablando —le dijo Helen a Richard antes de colgar, se volvió hacia Mike y le preguntó con el ceño fruncido—: ¿Me puedes decir qué coño le dijiste a mi prima esta mañana cuando la viste? Richard me ha dicho que se ha ido unas semanas fuera de la ciudad para alejarse de todo y desconectar y lo único que les ha dicho es que lo hace porque cree que, como tú piensas, es lo mejor para todos.

— ¡Maldita sea! —Maldijo Mike con desesperación—. No quise escucharla y la eché, estaba enfadado —se excusó Mike sin demasiada convicción—. Pero lo peor es que antes de irse me dijo que recordara que había sido yo quien la había echado de mi vida a ella y a todo lo que tenía que ver con ella.

— ¿A todo lo que tenía que ver con ella? ¿A qué se refería? —Preguntó Helen.

—No lo sé, Helen. A nuestra relación, supongo —musitó Mike—. ¿No te ha dicho dónde podemos encontrarla?

—Ilocalizable —repitió Helen—. Richard me ha dicho que Luna le ha prometido que no estará fuera más de un mes.

— ¡Joder, es demasiado tiempo! —Protestó Mike.

—Ha pasado un mes y medio desde que ella se marchó de Armony, el mismo tiempo que ella lleva intentando hablar contigo —le recordó Ryan—. Si ella no se ha muerto por esperar, tú tampoco te morirás.

Siempre sale el sol 19.

Luna regresó a su apartamento de Ciudad Capital pero no avisó a nadie que había vuelto a la ciudad, no quería ver ni hablar con nadie excepto con Mike. Le llamó y le envió mensajes durante dos semanas sin que Mike le devolviera una sola llamada o un solo mensaje.

Harta de llorar y de deprimirse cada vez más, decidió llamar a Richard, él seguro que la animaría. Luna se desahogó con su mejor amigo y le contó todo, absolutamente todo lo que había ocurrido, sin omitir detalle alguno. Su amigo no se lo podía creer, pero consoló, apoyó y animó a su amiga para que empezara a salir de casa.

Después de dos semanas haciendo de niñera y de paño de lágrimas, Richard decidió que lo mejor era irse de compras y eso fue lo que hicieron.

Luna estaba agotada de tanto caminar y comprar con el horrible calor que hacía y, cuando empezó a marearse, le dijo a Richard:

—Richard, necesito sentarme. Creo que me estoy…

A Luna no le dio tiempo ni de acabar la frase, se desmayó. Por suerte, Richard era un hombre fuerte y corpulento y la cogió en brazos antes de que se diera de bruces contra el suelo.

Cuando Luna volvió a abrir los ojos, estaba en una cama ajena a la suya y un tipo le alumbraba los ojos con una linterna. Luna volvió a cerrar los ojos y balbuceó algo indescifrable para dejar claro que aquella luz no le gustaba.

—Señorita Soler, ¿puede decirme cuántos dedos ve? —Le preguntó una voz de hombre que no conocía.

Luna se esforzó en mirar la mano de aquel tipo y respondió:

—Dos. ¿Dónde estoy?

—Está en el hospital, su amigo Richard la ha traído porque se ha desmayado. En seguida podrá estar con él, pero antes quería hablar con usted —le dijo el tipo desconocido con bata blanca que dedujo era un doctor—. Soy el doctor Walsh y la he atendido desde que su amigo la ha traído al hospital. Le he pedido a Richard que esperase fuera porque quiero hablar con usted sobre los resultados de los análisis que le hemos hecho, hemos descubierto la causa del desmayo.

— ¿Es grave? —Preguntó Luna asustada.

—Está embarazada, ¿lo sabía?

— ¿Qué? —Dijo Luna pese que había escuchado con claridad lo que el doctor Walsh acababa de decirle—. ¿Está seguro?

—Sí, pero la doctora Emerson está esperándola para hacerle una ecografía y podrá confirmar el tiempo exacto de gestación.

—Voy a ser mamá —murmuró Luna en una nube—. Creo que necesito unos minutos para asimilarlo o corro el riesgo de volver a desmayarme.

El doctor Walsh le sonrió con comprensión y le dijo antes de marcharse:

—Le diré a su amigo Richard que le haga compañía mientras lo asimila.

Luna no sabía si llorar o reír. ¿Por qué le pasaba eso precisamente ahora? ¿Es que la vida iba a continuar riéndose de ella? Intentó sonreír cuando vio a Richard entrar en la inmaculada habitación del hospital donde se encontraba y trató de pensar en positivo dando gracias por tener una habitación individual.

— ¿Va todo bien? El doctor me ha dicho que primero quería hablar contigo a solas y…

Luna se derrumbó y se echó a llorar. Richard la abrazó y, tratando de calmarla, le susurró:

—Tranquila, honey. Sea lo que sea, seguro que no es tan malo como parece.

—Estoy embarazada —le soltó Luna como si dejara caer una bomba.

— ¡Joder! —Exclamó Richard—. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir?

— ¿De verdad necesitas que te lo explique? —Le recriminó Luna.

—La verdad es que no me lo estás poniendo fácil, honey —le replicó Richard—. Vamos a ver, ¿qué te ha dicho el doctor? Por cierto, ¡menudo bombón!

— ¡Richard! ¿Cómo puedes pensar en eso en un momento así?

A Richard no le dio tiempo a contestar porque el doctor Walsh entró en la habitación, acompañado por otra doctora.

—Señorita Soler, le presento a la doctora Emerson.

—Hola Luna, el doctor Walsh me ha enseñado los análisis y queremos hacerte unas pruebas aprovechando que estás aquí —la saludó la doctora, pero cuando vio que tanto Luna como Richard se preocupaban, añadió—: Es solo algo rutinario, queremos hacerte una ecografía para confirmar de cuánto tiempo estás embarazada y verificar que todo esté bien, aunque no hay ningún indicio que indique lo contrario.

— ¿Podremos ver al bebé? —Preguntó Luna tocándose el vientre con una sensación extraña pero para nada desagradable.

—Por el resultado de los análisis, creemos que debes estar de unos dos meses, ¿recuerdas la última vez que tuviste la menstruación? —Preguntó la doctora Emerson.

Luna hizo memoria y no recordaba haber tenido la regla durante el mes que había pasado en Armony ni tampoco durante el mes que hacía que había vuelto. Creía que tuvo la regla un par de semanas antes de irse de vacaciones y de aquello hacía…

— ¿Cómo no me he dado cuenta antes? —Se reprochó Luna—. ¡Fue dos semanas antes de irme de vacaciones y de eso hace dos meses y medio!

La doctora Emerson le pidió a un celador que trajera una silla de ruedas para llevar a Luna a la sala de ecografías. Richard acompañó a su mejor amiga y juntos vieron la primera imagen de la vida que crecía en el vientre de Luna. La doctora encendió el audio cuando centro la imagen donde ella quiso y escucharon los latidos del corazón del pequeño bebé que se estaba gestando.

—Lo que estáis escuchando son sus latidos —les anunció la doctora Emerson con una amplia sonrisa.

— ¿Es normal que vaya tan rápido? —Preguntó Luna asustada.

—Sí, los latidos de los bebés van el doble de rápido que el de los adultos —la tranquilizó la doctora con una dulce sonrisa—. ¿Quieres ver ahora a tu bebé? —Luna asintió y la doctora volvió a pasarle la máquina por el vientre tras volver a untar gel en ella hasta que encontró lo que buscaba—: Ahí lo tienes, tu bebé —la doctora les señaló la silueta del embrión de nueve semanas—. Esta es la cabeza y el resto del cuerpo. Y estos son sus brazos y sus piernas.

— ¿Te refieres a esa mancha gris que parece un lagarto? —Preguntó Luna escudriñando la mirada tratando de ver lo que la doctora le decía, pero ella solo veía la silueta de un lagarto.

—Sí, me refiero al lagarto —bromeó la doctora—. Estás en la novena semana de gestación y el bebé está perfectamente. Mide cuatro centímetros y pesa cinco gramos. Vamos a sacar una foto para que te la puedas llevar a casa y tendrás que venir a verme dentro de un mes.

Luna limpió el frío gel de su vientre con una toalla y se lo acarició mientras musitó con una sonrisa en los labios:

—Mi lagarto.

Richard anotó todas las indicaciones que la doctora les daba porque Luna estaba sumida en una nube, muy lejos de donde estaba su cuerpo. Después llevó a casa a Luna y decidió quedarse con ella. Luna estaba confundida, todo estaba pasando demasiado rápido, sabía que no era un buen momento para lo que estaba ocurriendo pero no podía evitar sonreír cada vez que pensaba en su lagarto. Luna nunca había estado en contra del aborto, pero en ningún momento se lo planteó como una opción y mucho menos después de haber visto a su lagarto.

Siempre sale el sol 18.

Los días pasaban y Mike y Luna cada vez estaban más unidos y su relación se afianzaba. Clare, Helen y Ryan estaban felices y la pequeña Amy también resultó estar encantada con aquello de que sus titos fueran novios. Luna no podía evitar sonreír cada vez que su ahijada pronunciaba la palabra “novios” y Mike, que se percataba, también sonreía.

Una tarde en la que Mike y Ryan tuvieron una reunión importante en el club de campo, Helen fue a una reunión del colegio de Amy y su abuela había salido de excursión con sus amigas al río, Luna se quedó en casa de Clare con Amy.

Eran las cinco de la tarde cuando alguien llamó al timbre y Luna abrió la puerta sin mirar, creyendo que solo podía ser Mike o Helen, pero se encontró de frente a Erik, su ex amante que le había pedido matrimonio y a quien había dejado por ello.

—Erik, ¿qué estás haciendo aquí? —Le preguntó Luna nada amable.

—Yo también me alegro de verte, muñeca —le contestó Erik con una sonrisa maliciosa en los labios—. Estoy seguro de que me has estado echando de menos y, por lo orgullosa que eres, no has sido capaz de venir a buscarme, ni siquiera llamarme.

—Lárgate Erik, ya te dejé claro que no quiero estar contigo —le espetó Luna.

— ¿Quién es, tita? —Preguntó la pequeña.

Luna se volvió hacia su ahijada, se agachó para quedarse a su altura y le susurró:

—Princesa, quiero que subas a tu habitación y cojas el cuento más bonito que tengas para que podamos leerlo, ¿de acuerdo? —La niña obedeció en el momento y Luna se volvió hacia a Erik para repetirle—: Lárgate, no tienes nada que hacer aquí.

Pero Erik no aceptó un no por respuesta, la agarró por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó a bocajarro. Erik la retuvo con fuerza mientras ella luchaba por liberarse y, cuando por fin lo consiguió, le dio una fuerte bofetada.

—Si vuelves a ponerme una mano encima te denunciaré por acoso, imbécil —le espetó Luna furiosa.

—Está bien, ya me voy —le respondió Erik con esa sonrisa que no decía nada bueno—. Ya he conseguido lo que he venido a buscar.

Erik se marchó y Luna respiró aliviada. No quería ni pensar lo que hubiera ocurrido si en ese momento hubiera aparecido Mike y la hubiese visto con Erik. Puso su sonrisa pintada en la cara y fue en busca de su ahijada.

—Princesa, ¿has encontrado ya el cuento que quieres que leamos? —Le dijo cuando vio a Amy sentada en el alféizar de la ventana un poco triste.

— ¿Quién era ese hombre? —Preguntó la niña.

—Nadie importante, princesa —le respondió Luna cogiendo en brazos a su ahijada para llevarla frente a la estantería y escoger uno de los miles de cuentos que su abuela guardaba desde cuando Helen y Luna eran pequeñas—. Vamos a leer el cuento de Ricitos de Oro.

Durante los días siguientes, Luna siguió durmiendo en casa de Mike. Faltaban un par de días para que Luna acabara su mes de vacaciones y no habían vuelto a hablar de su futuro después de las vacaciones.

Mike se levantó antes que Luna y salió al jardín para recoger el correo del buzón, aprovechando que Luna aún seguía dormida. Tras separar la propaganda de las facturas, se quedó con un sobre en la mano que iba dirigido a él pero sin remitente. No reconoció la letra, pero lo abrió de todos modos. Había una pequeña nota en la que ponía: “He pensado que te interesaría saberlo.” Sin firma ni ninguna otra identificación. Miró de nuevo en el sobre y sacó una fotografía. Mike se quedó helado cuando vio la foto en la que aparecía Luna besándose con un tipo que él no conocía y frente a la casa de su abuela. Por la ropa de ella, supo que la foto era reciente, de quizás tan solo unos días. La ira se apoderó de él, subió las escaleras furioso e irrumpió en la habitación gritando y despertando de un sobresalto a Luna:

— ¿Me puedes explicar qué significa esto?

Luna abrió los ojos. Estaba asustada, confusa y todavía dormida. No sabía qué le estaba diciendo Mike y tan solo lo veía mover lo que parecía una fotografía que tenía en la mano. Luna prestó atención al rostro de Mike y supo que estaba enfadado.

— ¿Qué ocurre, Mike? —Le preguntó Luna con un hilo de voz.

—Esto es lo que ocurre —le espetó Mike arrojando la fotografía sobre el regazo de Luna. Luna cogió la foto y maldijo cuando vio qué era lo que pasaba. Abrió la boca para aclararle aquello, pero Mike no la dejó hablar—: ¿Te has divertido ya lo suficiente? Esta foto es reciente y estás besando a otro.

—Mike, no es lo que parece.

— ¿Me vas a negar que no es lo que parece? ¿No os besasteis? —Le espetó Mike furioso, sin querer escuchar nada de lo que ella dijera—. Una imagen dice más que mil palabras y, ésta en concreto, lo dice todo.

—Las apariencias engañan, Mike —le recordó Luna—. Puedo explicarte lo que pasó y te aseguro que no es lo que parece.

—No quiero oír nada, Luna —bramó Mike—. Voy a estar fuera un par de días, cuando vuelva no quiero que estés en mi casa y, si te soy sincero, preferiría que ni siquiera estuvieses en Armony.

Dicho eso, Mike cogió una bolsa de deporte del armario, la lleno con un par de pantalones, un par de camisas y su neceser y se marchó de allí dejando a Luna desconcertada y totalmente sumida en la soledad de aquella cama, de aquella habitación y de aquella casa. Luna no podía creer lo que acaba de suceder. Se quedó unos minutos, puede que incluso un par de horas, sentada sobre la cama mirando hacia la puerta de la habitación tratando de comprender qué había pasado. ¿De dónde había salido esa foto? Y entonces lo supo. Las palabras “ya tengo lo que he venido a buscar” aparecieron por su mente y ató cabos. Erik lo había planeado, pero ¿cómo podía saberlo y quién hizo la foto? Luna solo conocía a una persona que la odiara tanto como para prestarse a ese juego, Brenda. Le entraron ganas de ir en busca de Brenda y matarla, pero decidió que antes de nada tenía prioridad arreglar las cosas con Mike.

Luna llamó a Mike por teléfono durante toda la mañana, pero su teléfono móvil estaba apagado y por lo visto no tenía pensado encenderlo. No sabía dónde buscarlo porque no sabía a dónde se había ido, así que optó por recoger sus cosas e ir a casa de su abuela.

Clare, nada más ver la cara de su nieta supo que algo no iba bien, pero esperó a que fuera ella quién le contara lo que le había pasado. Nada más cruzar una mirada con su abuela, Luna se arrojó a sus brazos y empezó a llorar. Clare no entendía nada de lo que Luna sollozaba, pero la abrazó y trató de consolarla hasta que Luna se recompuso un poco y le dijo:

—Abuela, tengo que marcharme pero te prometo que vendré pronto a verte.

—Pero cielo, ¿a dónde vas? ¿Qué pasa con Mike?

—Mike se ha enfadado y no quiere saber nada de mí —le confesó Luna con lágrimas en los ojos para que su abuela entendiera por qué lloraba—. Se ha marchado y estará fuera un par de días, me ha pedido que me vaya antes de que él regrese.

—Cielo, creo que deberías llamarle y arreglar lo que sea que haya pasado, estoy segura de que, sea lo que sea, tiene arreglo —trató de animarla Clare.

—Ya lo he intentado, pero tiene el teléfono móvil apagado y no sé a dónde puede haber ido y, aunque lo supiera, creo que no sería una buena idea —Luna se calló cuando su abuela la miró con un ligero reproche en los ojos y le dijo—: Te juro por mamá que se trata de un malentendido y que, si estamos en esta situación es porque él se ha negado a escuchar mi versión, abuela. Ya ves, para una vez que me enamoro y decido tragarme mis miedos, mira cómo acabo.

—No digas eso, mi niña —le dijo su abuela abrazándola—. Estoy segura de que ese cabezota te echará de menos e irá a buscarte.

—Desafortunadamente, hace mucho que dejé de creer en los cuentos de hadas —musitó Luna con resignación.

Tras despedirse de su abuela, Luna se dio una ducha y pasó por casa de su prima Helen para despedirse del matrimonio y de su ahijada. Cuando llegó, Ryan no estaba en casa y Luna se alegró, aunque adoraba al marido de su prima, no dejaba de ser el mejor amigo y casi un hermano de Mike, así que no dudó en que se pondría de su parte.

Luna le resumió brevemente lo ocurrido a Helen pero sin entrar en detalles, le dijo que habían discutido y que lo habían dejado, pero cuando Helen empezó a preguntarle por los detalles, Luna se apresuró en despedirse de su prima y de su ahijada y regresó a la ciudad conduciendo su coche mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y resbalaban por sus mejillas.

Siempre sale el sol 17.

Luna había visto el coche de Mike aparcado a escasos metros de la puerta, por lo que dedujo que ya había llegado y sonrió. Helen y Luna entraron en la casa y se encontraron con que los chicos ya habían preparado la mesa y estaban haciendo la cena.

Ryan besó a Helen en los labios y la estrechó entre sus brazos. A Mike le hubiera gustado hacer lo mismo con Luna, pero sabía que ella prefería no hacer pública su relación por el momento, así que se acercó a ella, la besó en la mejilla con sensualidad y le susurró al oído con la voz ronca:

—Estás preciosa.

—Al parecer, no lo suficiente —le respondió Luna en un susurro señalando la mejilla dónde Mike la había besado.

Helen, que sabía que aquellos dos se morían por devorarse pero que no lo harían delante de ellos, cogió a su marido del brazo y lo arrastró hacia a la cocina mientras le decía:

—Cariño, enséñame qué has hecho de cenar, estoy hambrienta.

Ryan y Helen desaparecieron por la puerta de la cocina y Mike aprovechó el momento para coger a Luna por la cintura, estrecharla entre sus brazos y besarla en los labios con urgencia.

Luna le agradeció ese beso con una amplia sonrisa, sintiéndose feliz por haberle besado.

Los cuatro cenaron mientras charlaban, bromeaban y bebían vino. Mike moderó su ingesta de alcohol porque tenía que conducir de regreso a casa, pero Ryan, Helen y Luna no se moderaron lo más mínimo y después de la cena ya estaban achispados. Mike disfrutó viendo como el alcohol hacía que Luna se relajara y bajara la guardia y él notó esa sencillez y acarició su espalda desnuda con la yema de sus dedos. Luna sintió el calor de la mano de Mike en su espalda y, sorprendiendo a todos, besó a Mike en los labios apasionadamente. Mike le devolvió el beso voraz, sintiéndose feliz de que hubiese sido ella quien hubiese dado el paso.

—Me alegro de que por fin hayáis entrado en razón —comentó Ryan cuando la pareja dejó de besarse.

—Supongo que no hay motivo para seguir con esta tortura cuando todos intuís lo que está pasando y yo ya no lo aguanto más —dijo Luna mirando a Mike.

—Me alegro de que lo hayas hecho, preciosa —le respondió Mike en un susurro.

Se tomaron un par de copas más después de cenar hasta que Mike y Luna decidieron marcharse para estar a solas en casa de Mike.

Helen y Ryan no insistieron en que se quedaran, pues pocas veces tenían la oportunidad de tener una noche a solas sin Amy y pensaban aprovecharla.

Mike llevó a Luna a su casa y, nada más traspasar la puerta, Mike la agarró del trasero, la alzó entre sus brazos y la abrazó mientras la besaba con pasión.

— ¿Le has dicho a Clare que no irás a dormir esta noche? —Le preguntó Mike en cuanto sus labios se separaron.

—Mi abuela lo sabe —murmuró Luna antes de volver a besarle.

—Espera, ¿qué has dicho? —Preguntó interrumpiendo el beso que Luna le daba.

— ¿Tenemos que hablar de esto ahora?

—Luna, quiero saber qué le has dicho exactamente a tu abuela —le contestó Mike con el semblante serio.

—Me preguntó si iba a dormir fuera y le dije que sí. Quiso saber si iba a quedarme contigo y le volví a decir que sí —le contestó Luna—. Mi abuela nos ha visto besarnos esta tarde en el coche cuando me has traído a casa, era inútil negar lo evidente.

Mike la besó e hicieron el amor.

Desde esa noche, Luna durmió todas las noches en casa de Mike y se despertaba todas las mañanas entre sus brazos.

Dos semanas más tarde, Mike y Luna fueron a cenar a la masía de Alan y Linda, para conocer las nuevas instalaciones y ambos quedaron encantados. Alan y Linda insistieron en que se quedaran a dormir después de cenar y ellos aceptaron después de ver las preciosas habitaciones de la masía.

—Es un lugar maravilloso, Linda —elogió Luna—. Deberías darle buena publicidad y la masía se llenará de gente. De hecho, si te parece bien, la revista en la que trabajo podría publicar un reportaje sobre la masía, eso os daría publicidad y clientela.

— ¡Eso sería estupendo! —Exclamó Linda.

Mike besó a Luna por el amable gesto que había tenido con su cuñada y su hermano. Siempre había pensado que su relación con ella sería de lo más difícil, pero lo cierto era que resultaba de lo más fácil y adictivo. Faltaban dos semanas para que ella terminara sus vacaciones y regresara a la ciudad y ninguno de los dos había sacado el tema. Mike tenía miedo de preguntarle y que se sintiera presionada y Luna prefería disfrutar del presente en vez de pensar en el futuro.

Se sentaron en una mesa apartada para gozar de mayor intimidad y esta vez Linda y Alan les dejaron a solas y no interrumpieron aquella velada romántica de pareja.

Después de cenar, Luna y Mike se tomaron una copa en el bar de la masía, Mike la sacó a bailar cuando empezó a sonar la canción “sale el sol” de Shakira y Luna bailó con él encantada.

—Recuerda que siempre sale el sol —le susurró Mike al oído mientras bailaban.

Poco después de medianoche, decidieron subir a la habitación que Alan y Linda les habían asignado en su preciosa masía y ambos se quedaron a solas.

Luna observó que Mike estaba raro. Por momentos parecía estar en otra parte y se tensaba, pero cuando sus ojos se cruzaban con los de ella él volvía en sí y actuaba como si no pasara nada. Luna quiso preguntarle al respecto mientras cenaban, pero se resistió al pensar que si él no se le había dicho nada quizás era mejor no preguntar. Pero ya no pudo más y preguntó:

— ¿Quieres contarme qué te pasa o prefieras que siga fingiendo que no me entero de nada?

Mike la miró sorprendido, no se esperaba aquella pregunta de Luna que le había pillado con la guardia baja y no sabía muy bien qué responder.

—No pasa nada, no quiero aburrirte —le contestó Mike después de pensar su respuesta durante un rato considerable—. ¿Te he dicho ya que estás preciosa esta noche?

—Me lo has dicho unas cien veces, pero me gusta oírlo, gracias —le contestó Luna divertida con una sonrisa en los labios—. Sé que algo te preocupa, cuéntamelo y a lo mejor puedo ayudarte. Ya sabes lo que dicen, dos cabezas piensan más que una —añadió bromeando.

— ¿De verdad quieres saber qué me preocupa? —Le preguntó Mike y, sin dejar que ella contestara, añadió—: Me preocupas tú, Luna. Tus vacaciones terminan en dos semanas, tú regresarás a la ciudad y no sé qué va a pasar con lo nuestro —Mike la miró a los ojos y la vio sonreír. Arqueó una ceja y preguntó—: ¿Podrías decirme qué te parece tan gracioso?

— ¿Quieres que hablemos de “nuestro futuro”? —Quiso saber Luna—. Hace dos semanas no podía imaginarme que estaríamos así, como tampoco puedo imaginarme cómo estaremos de aquí a dos semanas. Pero sí puedo decirte que, a día de hoy, quiero seguir viéndote y que, llegado el momento, si ambos seguimos queriendo lo mismo, lograremos encontrar la forma de que funcione.

—Puedo conformarme con eso, por ahora —le contestó Mike ya más relajado—. Ven aquí que te voy a devorar, princesa.

Mike la cogió en brazos y la llevó a la cama entre risas para acabar haciendo el amor, como hacían todas las noches desde que ella llegó a Armony de vacaciones.

A la mañana siguiente, Luna volvió a despertarse entre los brazos de Mike, que la observaba despertarse como todas las mañanas.

—Buenos días, preciosa —la saludó Mike en cuanto los ojos de Luna se abrieron—. Hay que levantarse y salir rápido si queremos estar en Armony a la hora de comer.

—Mm… Un ratito más, cariño —le respondió Luna medio dormida escondiendo su rostro entre la almohada y el cuello de Mike.

— ¿Cariño? Me gusta cómo suena —comentó Mike divertido—. Venga dormilona, vamos a la ducha.

Mike la cogió en brazos y la llevó a la ducha donde, siguiendo el ritual de todas las mañanas, le hizo el amor antes de desayunar y regresar a Armony.

Siempre sale el sol 16.

Luna se despertó y, cuando abrió los ojos, se encontró entre los brazos de Mike. Mike ya estaba despierto y la observaba sonriendo mientras ella se despertaba. La abrazó, la besó en los labios y le susurró al oído con ternura:

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días —le respondió Luna sonriendo y añadió divertida—: ¿Preparado para ir a casa de mi abuela Clare?

— ¿Qué le vamos a decir a Clare? Obviamente sabrá que hemos pasado la noche juntos.

—Mi abuela no es tonta, Mike —fue la respuesta de Luna—. Tranquilo, siempre anda diciendo que hacemos una bonita pareja y deberíamos acabar juntos como Helen y Ryan, así que no tienes de qué preocuparte.

Mike y Luna se levantaron de la cama, se dieron junto una ducha y acabaron haciendo el amor de nuevo. Mike llevó a Luna a casa de su abuela y mientras Luna se ponía un bikini y se cambiaba de ropa para ir al río, Clare invitaba a Mike a desayunar en la cocina. Mike esperaba que Clare les preguntara por qué no había vuelto a dormir a casa Luna y dónde habían pasado la noche, pero Clare no mencionó nada al respecto porque sabía perfectamente lo que ocurría entre esos dos, aunque no acabara de entender por qué habían esperado cinco largos años para decidirse.

—Mm… ¡Has hecho tortitas de chocolate, abuela! —Exclamó Luna al entrar en la cocina y oler las deliciosas tortitas de chocolate de su abuela—. Gracias abuela, estoy hambrienta.

—He supuesto que necesitaríais recargar energía, sobre todo si pensáis pasar el día con la pequeña Amy —comentó Clare dedicando una mirada de guasa a su nieta.

—Clare, ¿no quieres venir al río con nosotros? —La invitó Mike.

—Gracias Mike, pero le dije a Helen que esta noche me quedaría con Amy, así los cuatro podréis salir a divertiros un poco —le contestó Clare.

Luna y Mike desayunaron las riquísimas tortitas de Clare y después se dirigieron al club de campo, dónde Ryan, Helen y Amy ya llevaban un rato esperándoles.

Subieron a los caballos y se dirigieron al río. Amy se había empeñado en ir a caballo con Luna y Luna, tras asegurarle a Ryan una y mil veces que no pasaría nada, subió a la pequeña con ella en el caballo. Por suerte, Helen no era tan protectora con Amy como lo era Ryan y se puso del lado de su prima, pero Mike no se pronunció. A Mike ya le costaba bastante ver a Luna sobre el arisco caballo de Helen, que llevara con ella a Amy le preocupaba todavía más pero Mike prefirió no decir nada y confiar en Luna, tal y cómo le había prometido que haría.

Pasaron el día en el río, Helen había preparado un delicioso picnic que todos comieron bajo la sombra de los árboles. Se bañaron en las frías aguas del río y Mike tuvo que contenerse una infinidad de veces para no abalanzarse sobre Luna y comérsela a besos como deseaba. Pero una de las veces en las que Mike se metió en las frías aguas del río, Luna decidió acompañarlo aprovechando que Helen y Ryan estaban entretenidos con Amy.

—Espera, voy contigo —le dijo Luna caminando rápido para llegar hasta Mike. Cuando lo tuvo lo suficientemente cerca como para hablar sin que nadie más la escuchara, añadió—: Pequeño vaquero, tengo la ligera impresión de que tratas de evitarme.

—Lamento tener que admitirlo, pero es cierto —le contestó Mike divertido. Se acercó más a ella y le susurró al oído—: Ya es bastante difícil contenerme con solo mirarte, no quiero pensar qué pasaría si me pidieras que te pusiera crema.

—Mm… No se me había ocurrido, pero no es una buena con Amy delante —se mofó Luna—. Si estuviéramos solos, pequeño vaquero…

—No termines esa frase o no respondo de mis actos —le interrumpió Mike poniéndose serio y añadió mirándola a los ojos—: Repítemelo más tarde, cuando estemos a solas.

—Es que no puedo evitarlo, estás tan sexy sin camiseta —le provocó Luna con una sonrisa maliciosa en los labios. Nadó hasta quedar a un centímetro de distancia frente a él y le susurró con voz ronca—: Se me ocurren muchas cosas que podríamos hacer —Mike contenía la respiración y la observaba en silencio, tratando de no caer en la tentación. Luna pegó su cuerpo al de Mike para comprobar su excitación y, tratando de llevarlo al límite, acarició su duro y erecto miembro bajo el agua antes añadir burlonamente—: Me parece que meterte en el río para bañarte en el agua fría no es la solución para tu problema.

—Será mejor que dejes de provocarme si no quieres que te haga el amor delante de tu ahijada —le advirtió Mike. Cogió la mano de Luna que ocultaba bajo el agua, la sacó a la superficie y, antes de besarle la mano, añadió—: Te voy a hacer pagar lo que me estás haciendo.

—Yo no hecho nada malo —se excusó Luna poniendo cara de no haber roto un plato en su vida—. Además, no puedes negarme que te gusta.

Mike la salpicó con agua y ambos se enzarzaron en una pequeña batalla de salpicaduras que acabó cuando Mike la cogió de la cintura, la estrechó entre sus brazos y dejó sus labios a escasos centímetros de los labios de Luna, pero no la besó, en lugar de eso le susurró:

—Esta noche duermes en mi casa, no acepto una negativa por respuesta.

—Mm… Un plan tentador.

Mike obligó a Luna a salir del río y él se quedó un rato más nadando en las frías aguas para tratar de bajar su tremenda erección.

Poco rato después, decidieron regresar al club de campo para dejar los caballos y Mike se ofreció a llevar a Luna a casa de su abuela. Se despidió de ella con un leve beso en los labios o acabaría llevándosela a su casa para no dejarla salir de allí nunca más.

Luna se volvió hacia a Mike para sonreírle antes de entrar en casa de su abuela, quien la esperaba sentada en el sofá del salón tomando una taza de té.

—Hola abuela, ya estoy en casa —saludó Luna a Clare besándola en la mejilla.

—Hola cielo, ¿todo bien? —Le preguntó su abuela, quién había visto desde la ventana de la cocina el beso de despedida que Mike y su nieta se habían dado en el coche.

—Todo genial, abuela —le respondió Luna sonriendo—. Helen vendrá a las ocho para traer a Amy y recogerme, cenaremos en casa de Helen y Ryan.

— ¿Vendrás a dormir a casa? —Quiso saber Clare.

—Abuela, ¿hay algún problema si no lo hago?

—Eres mayorcita para tomar tus propias decisiones, pero si avisas a esta anciana de que no vas a venir a dormir, no me pasaré la noche en vela esperándote —le dijo Clare a su nieta. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano y añadió divertida—: Si me dices que vas a estar con Mike, la verdad es que me quedo más tranquila. Parece que últimamente os lleváis muy bien, ¿no?

—Es complicado, abuela. Pero ambos estamos poniendo de nuestra parte.

—Luna, he visto la chispa y el brillo que se os pone en los ojos cuándo os miráis, os acabo de ver besaros en su coche y tendrías que ver la cara de enamorada que tienes, no me trates como a una vieja chiflada que no se entera de nada —le reprochó su abuela—. Entiendo que no quieras hablar del tema, tú nunca quieres hablar de nada que implique mostrar tus sentimientos.

— ¿Quieres saber lo que siento? —Le espetó Luna—. Siento miedo, abuela. Es la primera vez en mi vida que se me pasa por la cabeza compartir el resto de mi vida con un hombre y estoy asustada. Mike se ha empeñado en ir despacio porque teme que me sienta presionada y salga huyendo y la verdad es que, aunque le he prometido que no lo haría, no estoy muy segura de poder cumplirlo.

—Me alegro de que por fin os hayáis decidido a dar el paso, los dos hacéis muy buena pareja y Mike es un gran chico —concluyó Clare satisfecha.

Tras hablar con su abuela durante un buen rato sobre Mike, Luna subió a su habitación para ducharse y cambiarse de ropa. Estuvo más de media hora frente al armario tratando de decidir qué ropa se ponía. Mike le había dicho la noche anterior que le gustaba verla vestida como a una chica sencilla, así que optó por descartar toda la ropa de marca que utilizaba en la ciudad para ir a la oficina, a reuniones o salir de fiesta. Justo en ese momento Luna encontró un vestido azul de tirantes cogido al cuello, ajustado hasta la cadera y con vuelo. Se puso las sandalias blancas con tacón de cuña, se maquilló y se peinó rápidamente cuando oyó llegar a su prima Helen y a su ahijada. Las nietas se despidieron de la abuela una vez que Helen le recordó innecesariamente a Clare todo lo que debía de hacer antes de acostar a Amy.

Cuando Helen y Amy se quedaron a solas en el coche, mientras se dirigían a casa de Helen y Ryan, Luna le contó a su prima todo lo que había pasado con Mike desde el principio hasta ahora y le confesó lo que sentía por él.

—Luna, Mike se muere por ti desde siempre, no hace falta más que ver cómo te mira para saberlo —le dijo Helen—. Pero esta vez tendrás que ser tú la que dé el primer paso, él ya te ha enseñado sus cartas y eres tú la que tiene que tomar la decisión.

—Y, ¿si me equivoco?

—Si no te arriesgas, nunca sabrás si te equivocaste —le recordó Helen.

Helen aparcó frente a la puerta de su casa y ambas se sonrieron antes de bajar del coche y entrar en la casa.

Siempre sale el sol 15.

Apenas habían pasado un par de minutos desde que Paulina y Linda se llevaran a Luna a la cocina cuando Mike fue en su busca. Le había dicho que no la dejaría sola en ningún momento y lo pensaba cumplir aunque su familia se lo pusiera difícil.

Paulina se percató cómo su hijo pequeño se preocupaba de aquella chica y cómo ella le sonreía y asentía con la cabeza para hacerle saber que estaba bien. Paulina sabía que se habían conocido en la boda de Ryan, pues Helen era la prima de Luna, pero Ryan siempre había bromeado diciendo que los padrinos de su hija tenían una relación peculiar y que era mejor mantenerlos alejados, aunque Paulina no entendía por qué lo decía, pues se les veía muy sonrientes y felices juntos.

—Tranquilo, ya nos ha quedado claro que no debemos hacer preguntas incómodas ni fuera de lugar a Luna, no hace falta que vengas a vigilarnos —le dijo Linda a Mike poniendo los brazos en jarras.

Mike ignoró a su cuñada y a su madre y se volvió hacia a Luna para mirarla a los ojos y tratar de descubrir lo que pensaba, pero no hizo falta porque Luna le aseguró con una amplia sonrisa:

—Estoy bien, ve con tu padre y tu hermano.

— ¿Estás segura? —Preguntó Mike. Ella asintió, él le dio un beso en la mejilla y aprovechó para susurrarle al oído pícaramente—: Te lo compensaré.

Mike salió de la cocina y Luna se volvió hacia Paulina y Linda, que la miraban con los ojos brillantes y una amplia sonrisa en los labios. Luna les devolvió la sonrisa, sabiendo que aquellas dos mujeres se morían de ganas por hacerle mil preguntas pero se contenían para no decepcionar a Mike, o tal vez por no hacerlo enfadar.

—Mike nos ha dicho que eres la madrina de Amy, ¿verdad? —Rompió el hielo Paulina.

—Sí, la esposa de Ryan es mi prima Helen, aunque prácticamente nos hemos criado como hermanas —respondió Luna con cordialidad.

—Entonces, Mike y tú os conocéis desde hace tiempo —confirmó Paulina.

Luna asintió y Paulina cambió de tema rápidamente, pidiendo ayuda a los hombres para que pusieran la mesa y a Linda y Luna que les ayudara en la cocina a servir los platos.

Se sentaron a la mesa y Luna disfrutó de las anécdotas que le contaban los padres de Mike de cuando sus hijos eran pequeños mientras cenaban y reían, haciendo sentir a Luna parte de la familia.

Después de cenar, tomar café e incluso una copa, Paulina y Taylor insistieron en que su hijo pequeño y su novia se quedaran un rato más, pues era la primera vez que veían a su hijo tan interesado en una chica, pero Mike insistió en que ya era tarde y al día siguiente le habían prometido a Amy que la llevarían al río.

—Gracias por venir Luna, esperamos que vuelvas pronto —le dijo Paulina a Luna lanzándole una mirada a Mike que dejaba muy claro lo que pensaba.

—Mamá —le advirtió Mike.

—Hijo, si es una chica estupenda —le replicó su madre —. He visto cómo miras a Luna, cómo la tratas y cómo le sonríes, no entiendo por qué te cuesta tanto llamar a las cosas por su nombre.

Mike abrió la boca para protestar y Luna se percató de que su gesto era duro y desafiante, así que decidió intervenir antes de que Mike estropeara la noche por una tontería. Luna le cogió la mano a Mike, se la apretó y les dijo a las cuatro personas que esperaban la reacción de Mike ante las palabras de su madre:

—Gracias por invitarme a cenar, ha sido placer conoceros —se volvió hacia Alan y Linda y les dijo con una dulce sonrisa—: Nos vemos en un par de semanas, estoy deseando ver cómo ha quedado la masía reformada.

—Hija, aquí tienes tu casa, ven cuando quieras —se despidió Taylor de Luna.

—Ten paciencia con él, cielo —le dijo Paulina a Luna—. Siempre ha sido muy gruñón, aunque ya sabes lo que dicen: perro ladrador, poco mordedor.

Luna trató de evitar que se le escapara una pequeña risa pero no tuvo éxito y Mike, sorprendido por la reacción de ella, sonrió y dijo bromeando:

—Genial, ponerla en mi contra también.

—Te conoce desde hace cinco años, si tú solito no has hecho que se ponga en tu contra en todo este tiempo, no creo que nosotros lo consigamos en una noche —se mofó Alan.

—Recuerda que tienes derecho a guardar silencio, todo lo que digas será utilizado en tu contra o, más probablemente, en la mía —le dijo Mike a Luna divertido.

Entre bromas y risas se despidieron y Mike y Luna se subieron al coche para regresar a Armony y, en cuanto se quedaron a solas en la intimidad de un coche circulando por la autopista en la oscuridad de la noche, Mike se atrevió a decir:

—Dime qué tal ha ido, pero dime la verdad.

—Ha ido genial, tienes una familia encantadora —le contestó Luna.

— ¿Encantadora? —Bromeó Mike—. Solo les pedí que no te incomodaran, que no te sometieran a un tercer grado y que no pusieran nombre a nuestra relación, pero no me han hecho ningún caso, como has podido comprobar.

—Créeme si te digo que lo han intentado, pero no han podido contenerse —le respondió Luna divertida—. Me he divertido mucho y, si tienes ganas de repetir, me encantaría regresar contigo cuando quieras.

—Tenemos una conversación pendiente, pero es tarde, le hemos prometido a Amy que mañana la llevaríamos al río y quiero tener esa conversación sin prisas —le dijo Mike—. Pero tienes que prometerme que no me darás esquinazo, princesita de la ciudad.

—Para el coche —le ordenó Luna.

— ¿Qué pasa? —Preguntó Mike mientras analizaba mentalmente si había podido meter la pata diciendo algo fuera de lugar pero sin encontrar nada.

—Quiero besarte pero no quiero que nos matemos —le contestó Luna con una sonrisa pícara.

—No es buena idea —contestó Mike con la voz ronca—. Ya casi estamos en Armony, te llevaré a casa de tu abuela.

Luna no entendía nada, ¿acababa de rechazarla? Se volvió hacia a él y le dijo sin andarse por las ramas:

— ¿Qué quieres de mí?

— ¿Qué quiero de ti? —Repitió Mike incapaz de entender que Luna se hubiera dado cuenta de todo lo que estaba haciendo para que esa relación saliera adelante—. Luna, creo que es bastante obvio. Me importas mucho, pero no quiero asustarte y que salgas huyendo otra vez, solo intento ir despacio y, créeme, no es nada fácil teniéndote tan cerca.

—Mike, te he prometido que no voy salir huyendo —le dijo Luna con rotundidad—. Aunque puede que termine haciéndolo para darte un escarmiento. No necesito ponerle un nombre a nuestra relación y tampoco puedo prometerte que esto vaya a salir bien, pero sé que estoy haciendo lo que en este momento quiero hacer. Si vamos a seguir con lo que sea que estemos haciendo, vas a tener que confiar en mí.

Mike paró el coche y fue entonces cuando Luna se dio cuenta que estaban frente a la casa de Mike, no la había llevado a casa de su abuela. Mike la ayudó a salir del coche y le colocó el brazo alrededor de la cintura mientras entraban en la casa. Una vez llegaron al salón, Mike la atrajo hacia sí, colocó ambas manos alrededor de su rostro para enmarcarlo y le susurró:

—Confío en ti, Luna —le dio un leve beso en los labios y añadió—: Me da igual el nombre con el que te refieras a nuestra relación, lo único que me importa es que quieras seguir adelante con ello.

—No tiene por qué cambiar nada, al menos no hasta que pase un poco de tiempo y veamos cómo van las cosas —comentó Luna con una sonrisa picarona en los labios. Colocó las manos alrededor del cuello de Mike y estrechó su cuerpo contra el de él antes de añadir—: Estás muy sexy esta noche, pequeño vaquero.

Luna lo besó apasionadamente y comenzó a desabrocharle la camisa hasta que se la quitó y la dejó caer al suelo mientras se deleitaba con el increíble y musculoso abdomen de Mike. Luna le acarició el pecho fornido y le sonrió de una manera que encendió el fuego en el cuerpo de Mike. Mike no pudo contenerse más, la estrechó contra su cuerpo y comenzó a deshacerse de la ropa de ella y ella se deshizo de la ropa de él. Ambos se quedaron en ropa interior y Mike, tras darle un dulce y leve beso en los labios, le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estás segura?

—Completamente.

Mike la cogió a Luna en brazos y la llevó a su habitación, donde la tumbó en la cama, la terminó de desnudar y besó y acarició cada centímetro de su piel. Luna le dejó hacer hasta que ya no pudo contener más su deseo y lo atrajo hacia ella, lo besó vorazmente y se puso a horcajadas sobre él para ir descendiendo lentamente mientras el duro y erecto miembro de Mike se introducía en ella. Mike la estrechó entre sus brazos con fuerza, no podía creer lo que estaba sintiendo al hacer el amor con Luna. Bombeó dentro de ella con suavidad, disfrutando y alargando el momento al máximo, acariciaba sus pechos, besaba sus labios y cuello y se sentía como si estuviese en el paraíso, donde ambos llegaron juntos.

En cuanto sus respiraciones se normalizaron, Mike atrajo hacia a él a Luna, la abrazó y le susurró al oído con voz dulce:

—Quédate a dormir, mañana por la mañana te llevaré a casa de tu abuela antes de ir al club de campo y podrás cambiarte de ropa para ir al río.

Luna se acomodó en los brazos de Mike a modo de respuesta y Mike la besó en la frente. Así se quedaron hasta que se durmieron.

Siempre sale el sol 14.

Después de comer, a Amy le entró sueño y Helen y Ryan se marcharon a su casa para que la pequeña se echara la siesta. Clare aprovechó para retirarse a su habitación y dejar a Mike y a su nieta a solas, pues ambos se miraban con ganas de hablar pero sin abrir la boca. Clare cada vez entendía menos la extraña relación que ambos habían tenido desde que se conocieron antes de la boda de Helen y Ryan, pero podía sentir la atracción que existía entre ambos y Mike le parecía un buen marido para su nieta.

—Así que andas como una loca montando a caballo y haciendo carreras con Joe, ¿el capitán de la policía? —Le dijo Mike a Luna en cuanto se quedaron a solas.

—Esa niña tiene la boca muy grande —bromeó Luna—. Joe me animó a montar el caballo de Helen y me ayudó a domarlo, aunque eso no me evitó salir volando unas cuantas veces. Cuando se dejó montar, me entró la nostalgia y me di una vuelta por la hípica para dar unos cuantos saltos, Amy me vio y para hacerla reír me puse de pie sobre el lomo del caballo.

—Y, ¿qué hay entre Joe y tú? —Preguntó Mike sin poder evitarlo.

— ¿Recuerdas que te dije que Brenda me odiaba por, según ella, robarle al amor de su vida? Pues es Joe, el capitán de la policía —le contestó Luna—. -Somos amigos, nunca acabamos mal ni nada por el estilo.

— ¿Puedo preguntar qué clase de amigos? —Insistió Mike.

—Acabas de hacerlo —le respondió Luna frunciendo el ceño—. Mike, ¿qué quieres saber?

—Creo que es bastante obvio, Luna —le respondió Mike mirándola a los ojos.

—Solo somos amigos, ni siquiera recuerdo la última vez que… —Luna se interrumpió al darse cuenta de lo que estaba a punto de decir, pero se recompuso y añadió—: Creo que ya me has entendido, ¿no?

—Te he entendido perfectamente y créeme que me alegro —le contestó Mike sonriendo. Se puso serio durante un instante y le dijo—: Luna, esta noche tengo que ir a cenar a casa de mis padres, mi madre se ha empeñado en reunirnos a todos y no he podido decirle que no.

—Nos veremos mañana para pasar el día en el río —concluyó Luna con una sonrisa a pesar de que se sentía un poco decepcionada por no poder estar con él esta noche.

—No me he explicado bien —dijo Mike y lo volvió a intentar—: Mi hermano y Linda le han hablado de ti a mis padres y quieren que vengas a cenar con nosotros esta noche —Luna se lo quedó mirando sin expresión alguna en su rostro y sin pronunciar palabra y Mike añadió—: No te preocupes, les diré que estás cansada del viaje, ni siquiera debí decírtelo.

—Espera, no me has dejado hablar —le contestó Luna colocando su mano sobre la de Mike para que se tranquilizara—. Quiero ir contigo a cenar con tu familia. Solo es una cena entre familia, tú comes muchas veces con mi familia, yo puedo hacer lo mismo.

— ¿De verdad quieres venir? —Preguntó Mike sorprendido.

—Sí, pero ten por seguro que te pediré algo a cambio —le aseguró Luna. Mike se tensó, esa mujer era capaz de hacerle ponerse de pie sobre un caballo o cualquiera de sus otras locuras, pero ella le sonrió al notar su tensión y añadió—: Tranquilo, no pretendo arrojarte a los leones ni nada parecido, creo que tienes un muy mal concepto de mí, aunque supongo que tampoco puedo culparte…

—Podrás pedirme lo que quieras, pero después de la cena —le dijo Mike—. Será mejor que descanses un rato, pasaré a buscarte a las siete y media de la tarde —le dio un beso en la mejilla y añadió susurrándole al oído antes de marcharse—: Te he echado de menos, princesita de la ciudad.

—Y yo a ti, pequeño vaquero —le contestó Luna divertida.

Ambos se despidieron y Luna se quedó sola, por lo que decidió echarse una pequeña siesta antes de ducharse para ir a cenar con los padres de Mike. Aún no entendía por qué había aceptado esa invitación, pero lo cierto era que se sentía feliz por ir a cenar a con Mike a casa de sus padres.

A las siete y media de la tarde, Mike se presentó en la puerta de casa de Clare como un reloj suizo y Clare le invitó a pasar mientras su nieta salía de su habitación. Dos minutos más tarde, Luna se reunía con ellos y Mike sonrió al ver lo guapa que estaba con tan solo unos tejanos y una blusa blanca de tirantes finos. Luna tampoco se había puesto tacón, prefirió ponerse sus manoletinas, sabía que la familia de Mike era gente humilde y sencilla, por lo que no quiso arreglarse demasiado. A Mike le encantaba verla con tanta sencillez y no tan fría y superficial como le había hecho creer que era.

— ¿Así voy bien vestida? —Le preguntó Luna a Mike al ver que no dejaba de mirarla de arriba abajo—. Puedo subir a cambiarme si no…

—Así estás perfecta —la interrumpió Mike. Se puso a su lado y comparó sus ropas, él también iba vestido con unos tejanos y una camisa blanca—. Parece que nos hayamos puesto de acuerdo para ir a conjunto —añadió bromeando.

Clare sonrió al ver la confianza y la cercanía con la que se trataban aquellos dos que hasta hacía un par de meses se habían dedicado a rehuirse el uno al otro, aunque tenía claro que el motivo de aquel distanciamiento era su nieta. Los dos jóvenes se despidieron de Clare y se montaron en el Audi A5 de Mike para dirigirse a Clarson, un pueblo situado a 50km de Armony donde vivían los padres de Mike. Luna estaba nerviosa, quería causar una buena impresión a sus posibles futuros suegros, pero pensar en el futuro con Mike todavía la ponía más nerviosa y Mike se dio cuenta.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Mike colocando su mano sobre la rodilla de Luna—. Te prometo que les he aclarado que solo somos amigos y les he advertido que no quiero oír ningún comentario que pueda incomodarte, solo es una cena con mi familia, tú misma dijiste que yo ceno constantemente con la tuya y no pasa nada, ¿verdad? —Luna sonrió y Mike cogió su mano y se la llevó a los labios para besarla—. ¿Has pensado ya cuál será tu compensación?

—Por supuesto, pero no sé si podré esperar a después de la cena.

—Estás empezando a asustarme, no pienso subirme de pie a ningún caballo, te lo advierto —le dijo Mike sonriendo divertido. Mike cogió una salida de la autopista y entraron en un pequeño pueblo situado en un valle rodeado de montañas. Aparcó frente a una casa de dos plantas con jardín y garaje y le dijo a Luna—: Ya hemos llegado.

Mike bajó del coche y se apresuró para abrirle la puerta a Luna antes de que ella lo hiciera, le tendió la mano para ayudarla a salir del coche y ambos quedaron frente a frente, momento en el que Luna no se lo pensó dos veces y besó a Mike en los labios. Él ni siquiera lo vio venir y, apenas pudo empezar a disfrutarlo, Luna se apartó lentamente de él, le miró a los ojos y le dijo sonriendo:

—Te dije que no podría esperar a después de la cena.

—Si llego a saber que me ibas a pedir, bueno a robar, un beso a cambio de venir a cenar con mis padres, te hubiera traído antes —bromeó Mike cogiéndola de la cintura para atraerla hacia a él, estrechándola entre sus brazos, y le dijo antes de volver a besarla—: Pero creo que hay que repetirlo, apenas me ha dado tiempo a darme cuenta, pequeña vaquera.

Mike la besó con pasión y Luna se dejó llevar por ese torbellino de emociones que ambos disfrutaron olvidándose de todo lo demás hasta que escucharon la voz de Alan detrás de ellos:

—Interesante escena, ¿pensáis entrar o preferís marcharos a casa? —Se mofó Alan. Luna se sobresaltó pero Mike la mantuvo entre sus brazos mientras Alan les miraba divertido—. No pasa nada, tranquilos. Me apiadaré de Luna y no le diré a mamá lo que acabo de ver —añadió con tono burlón—. Si se lo cuento, os organiza la boda.

—Alan —le advirtió Mike con severidad.

—De acuerdo, seré una tumba —le aseguró Alan a su hermano pequeño al ver lo irritado que se había puesto. Se volvió hacia Luna y la saludó—: Me alegro de volver a verte, Luna.

—Lo mismo digo, Alan —le respondió Luna tímidamente.

Los tres cruzaron el jardín hasta llegar a la puerta principal de la casa y Mike no soltó a Luna en ningún momento, la agarraba por la cintura y Luna se volvió hacia a él y le susurró:

— ¿Acaso crees que voy a salir huyendo?

—No huirás, ya me encargo yo de eso —le respondió Mike sonriendo, la estrechó contra su cuerpo y la besó en la mejilla—. Te va a resultar difícil escapar si te tengo prisionera entre mis brazos.

—Creo que vamos a tener que posponer esta conversación para después de la cena —le susurró Luna a Mike cuando la puerta se abrió y aparecieron los padres de Mike y Linda.

—Hola a todos —saludó Mike a su familia—. Os presento a Luna —se volvió hacia Luna y le dijo acariciando levemente su espalda—: Luna, ya conoces a Linda. Ellos son mis padres, Paulina y Taylor.

—Encantada de conocerles —les saludó Luna con una tímida sonrisa.

Paulina le sonrió, la abrazó y le dijo:

—Lo mismo digo, Luna. Y por favor, trátanos de tú.

Taylor se hizo un hueco al lado de su mujer y también saludó a Luna:

—Sin duda alguna, mis dos hijos tienen un buen ojo para las mujeres —le dio un beso en la mejilla a Luna y añadió—: Encantado de conocerte, Luna.

—Lo mismo digo, Taylor —le respondió Luna con una amplia sonrisa que encandiló a todos los presentes.

—Luna, me alegro de verte —la saludó Linda.

—Hola Linda, te debo una visita.

—Lo sé, no creas que me he olvidado. Me lo prometisteis.

— ¿Os han dado los permisos para convertir la masía en hostal? —Quiso saber Mike.

—En un par de semanas todo estará listo. – Le contestó Alan. – Pasaros a cenar en un par de semanas y os enseñaremos como ha quedado la reforma.

Mike asintió con la cabeza pero no dijo nada, no quería confirmar nada que hiciera que Luna se sintiera presionada. Pero Paulina y Linda tenían otros planes para Luna y, en cuanto Taylor, Mike y Alan se enfrascaron en una conversación, Paulina y Linda se llevaron a Luna a la cocina.