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Siempre cuidaré de ti 12.

Siempre cuidaré de ti

Cuando me despierto son las seis de la tarde. Decido darme un baño de espuma mientras trato de armarme de valor para salir de la habitación y enfrentarme a Axel. Cuando por fin aparezco por el salón, son las siete y media de la tarde.

Axel está sentado en el sofá con el portátil sobre la mesa auxiliar y escuchando en la radio la canción “Set fire to the rain” de Adele. En cuanto me ve, Axel apaga la radio y me dice con sarcasmo, devolviendo su mirada al portátil:

–  Espero no haberte despertado.

–  Y, ahora que ya estoy despierta, ¿apagas la música? – Le pregunto molesta.

–  ¿Te han vuelto las ganas de discutir?

–  No, la verdad es que no. – Le contesto sentándome a su lado. – Siento lo de esta mañana, esta situación no es cómoda para ninguno de los dos y yo no te lo estoy poniendo nada fácil. Y precisamente de eso quería hablarte. Te agradezco todo lo que has hecho por mí, pero…

–  No sigas por dónde vas. – Me advierte Axel interrumpiéndome. – Puede que la situación no sea cómoda, cómo tú dices, pero aún lo será menos si los hombres de Wolf te encuentran. Y, precisamente de eso, quiero hablarte. – Me dice repitiendo mis palabras con burla. – Martínez ha visto rondando a los hombres de Wolf cerca de la entrada del edificio, aquí no estamos seguros y lo más sensato sería irnos a alguna otra parte.

–  No me estás escuchando, Axel.

–  Ni pienso hacerlo, princesita. – Me responde sonriendo burlonamente. – Me has dicho que no tienes ganas de discutir, así que deja que yo me encargue de todo y no discutiremos.

–  Estoy dispuesta a escucharte, pero no te prometo nada. – Le contesto acomodándome en el sofá.

–  Tenemos que salir de aquí. Probablemente han seguido el rastro que ha dejado Pablo con tu coche y deben saber que estás en el edificio. Deberíamos salir sobre las seis de la mañana en mi coche, tú irás agachada en la parte de atrás, que tiene los cristales tintados y nadie podrá verte.

–  Y, una vez fuera del edificio, ¿a dónde iríamos?

–  Tengo una pequeña casa en el bosque, junto al lago. – Me dice pensando como un agente. – Allí estaremos seguros y tendremos tiempo para investigar sobre Wolf y lo que pasó con su hija. Dijiste que mi padre te enseñó todas las pruebas, ¿no es así?

–  ¿Me estás proponiendo trabajar juntos en esto? – Le pregunto confusa.

–  Tú estás dispuesta a seguir con tu vida pese a que alguien quiere matarte y yo no quiero pasarme la vida haciendo de niñera, princesita.

–  Axel, no quiero meterte en esto. – Le digo con sinceridad.

–  Princesita, ya estoy metido en esto. – Me dice sonriendo burlonamente. – Además, he cuestionado a mi jefe y he dimitido cuando no quiero hacerlo, mantenerte con vida me asegura poder volver a mi puesto de trabajo.

–  Te debe de gustar mucho tu trabajo para querer hacer de niñera de la hija del jefe. – Bromeo. – Pero investigando por tu cuenta no conseguirás lo que te propones.

–  ¿Tienes una idea mejor?

–  Lo cierto es que no y tampoco tengo nada mejor que hacer. – Le respondo encogiéndome de hombros con indiferencia. – Además, me parece que esto va a ser lo más parecido a unas vacaciones que voy a tener este verano.

–  Creo que deberías coger un diccionario y buscar la palabra “vacaciones”, te aseguro que nada tiene que ver con lo que vamos a hacer a partir de ahora.

–  Puede que no sean vacaciones para ti porque tú trabajas en ello todo el año. – Le respondo riendo y mofándome.

–  Ha llamado Angie mientras dormías y le he contado mis planes. – Me dice con seriedad. – Me ha pedido que tuviera paciencia contigo, que estabas acostumbrada a trabajar sola, pero no sé muy bien a qué se refería. – Me mira fijamente a los ojos y me pregunta: – ¿Quieres contarme qué ha querido decir?

–  Deberías preguntárselo a ella. – Le respondo molesta.

–  Lo hice, pero me dijo que pronto lo descubriría y su tono no me gustó nada. – Me contesta. – Ari, si hay algo que deba saber, será mejor que me lo digas ahora.

–  Hace un año y medio mi padre me pidió que me infiltrara con tres agentes más en una misión. – Le contesto con seriedad, no me gusta hablar de ello. – Tuvimos que infiltrarnos antes de estar preparados y uno de los agentes se vino abajo en el peor momento. Dos agentes murieron y otro se quedó tetrapléjico, yo tuve suerte. Desde entonces, he participado sola en todas las misiones o con agentes en los que confío plenamente. Por eso me negué a infiltrarme contigo en el norte.

–  Yo tampoco estoy acostumbrado a trabajar con princesitas, pero tienes que reconocer que no se me está dando demasiado mal. – Me dice sonriendo con dulzura. Es la primera vez que me sonríe así y no puedo evitar devolverle la sonrisa. – Tendremos que llevarnos ropa de abrigo, en el bosque del norte el clima nada tiene que ver con el de aquí. Supongo que tendremos que ir a tu apartamento otra vez.

–  Supones bien, apenas cogí ropa para tres o cuatro días y toda es de verano. – Le respondo pensando en qué ropa me voy a llevar. – Voy a echar un vistazo, no tardo.

–  Quieta ahí. – Me ordena agarrándome del brazo para evitar que llegue a levantarme del sofá. – Vamos a tener que poner unas normas básicas de convivencia y seguridad. Para empezar, nada de ir sola a ninguna parte, es demasiado peligroso. En cuanto a la convivencia, tendremos que establecer unos horarios para trabajar, comer, hacer las cosas de la casa y dormir. Allí no hay muchas comodidades. No hay calefacción, solo una chimenea. Tenemos luz pero cuando llueve saltan los fusibles y allí llueve doscientos de los trescientos sesenta y cinco días del año.

–  Será mejor que dejes de hablar si no quieres que me arrepienta de querer ir allí. – Le advierto bromeando. – ¿Piensas llevarme a la casa de Pedro Picapiedra?

–  Princesita, no vas a ir a un palacio de vacaciones. – Me advierte. – Vamos a buscar tu ropa antes de que empecemos a discutir otra vez.

Entramos en mi apartamento y cojo toda la ropa que creo que voy a necesitar al mismo tiempo que Axel va haciendo una selección de todo lo que voy cogiendo y guardando en la maleta solo lo que él quiere.

–  Con un par de vestidos tienes más que suficiente, vamos a estar en el bosque y si salimos de allí será para trabajar, no para salir de fiesta. – Me dice burlonamente.

–  La forma más rápida y fácil de conseguir información es hablar con la gente y si vamos vestidos como dos andrajosos nadie se nos acercará. – Le digo poniendo los ojos en blanco. – Aunque, si te soy sincera, casi siempre voy con tejanos.

–  Lo sé, te recuerdo que llevo algunas semanas haciendo de niñera en la sombra. – Me responde divertido. – Estaremos en mitad del bosque, no necesitarás la mitad de las cosas que has cogido.

–  No necesito un personal shopper, pero gracias.

Regresamos al apartamento de Axel y ambos nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones para preparar las maletas para nuestro repentino viaje de mañana.

Ayudo a Axel a preparar la cena y, tras cenar tomando un par de cervezas, recogemos la cocina y el salón y lo dejamos todo listo antes de irnos a dormir, así mañana nos marcharemos en cuanto nos levantemos.

No hemos discutido, al menos no de verdad, sino bromeando, en toda la tarde-noche que hemos estado juntos. Incluso me he sentido cómoda y a gusto con él y nuestras puyas me resultan divertidas. Puede que Angie tenga razón y me esté colgando más de la cuenta con Axel, debería ir a París con Juan, así al menos calmaría un poco la necesidad sexual que siento cada vez que estoy cerca de Axel.

A las doce de la noche, los dos nos vamos a dormir, cada uno a su habitación. Apenas me parece haberme quedado dormida cuando escucho abrirse la puerta de mi habitación y la voz de Axel me susurra cerca del oído:

–  Princesita, es hora de levantarse.

–  No, aún no. – Protesto medio dormida tapándome con la sábana hasta la cabeza. – Déjame dormir un ratito más.

A Axel se le escapa una carcajada y yo gruño en forma de protesta, quiero seguir durmiendo.

–  Venga, Bella Durmiente. – Me dice riendo al mismo tiempo que retira la sábana con la que me estoy tapando y, con un movimiento ágil y veloz, me agarra del brazo y de la cintura y me deja sentada junto al borde de la cama. – Voy a bajar las maletas al coche y cuando vuelva te quiero ver lista para irnos. No comas ni bebas demasiado, no quiero tener que parar cada cinco minutos. Tenemos unas seis horas en coche de camino por delante y no quiero que se alargue aún más.

–  Déjame dormir un ratito más. – Le suplico dejándome caer de espaldas para tumbarme cruzada en la cama. – ¿Se puede saber cuándo duermes tú?

–  Voy a bajar las maletas y cuando vuelva a buscarte te sacaré de aquí estés cómo estés, así que más te vale espabilarte si no quieres salir de casa así vestida. – Me mira sonriendo maliciosamente de arriba a abajo y añade con sorna: – Princesita, estás muy sexy despeinada y sin apenas ropa.

–  Lárgate. – Le espeto arrojándole un cojín.

Axel sale de mi habitación riéndose y yo sonrío divertida como una idiota. Decido levantarme y arreglarme antes de que Axel regrese. Me doy una ducha rápida y entro en la cocina donde me bebo un vaso de zumo y me como una tostada con aceite y sal justo cuando Axel aparece de nuevo.

–  Princesita, ya he avisado a Martínez que nos vamos y he revisado las salidas del edificio, todas están cubiertas por todoterrenos negros de los hombres de Wolf. – Me dice preocupado. – Tendrás que ir escondida en la parte de atrás del coche hasta que salgamos de la ciudad. A mí no me conocen ni saben quién soy, espero que no nos relacionen.

Asiento con la cabeza y obedezco sin rechistar, sé que es lo más sensato y Axel está demasiado serio y preocupado como para bromear con él y yo estoy demasiado dormida como para querer acabar discutiendo.

Bajamos al parking en el ascensor y me tumbo sobre los asientos traseros del coche, echándome una manta de sofá por encima para terminar de ocultarme, aunque las ventanas están tintadas y nadie podría verme aunque no estuviera tumbada. Axel se sienta en el asiento del conductor, me mira por el espejo retrovisor y sonríe antes de arrancar el coche y ponernos en marcha. Yo cierro los ojos y me vuelvo a dormir.

Siempre cuidaré de ti 11.

Siempre cuidaré de ti

Me siento en el sofá-balancín de la terraza del ático de Axel observando cómo anochece en la ciudad mientras espero a que salga de la ducha. Ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí.

Media hora más tarde, Axel viene a buscarme a la terraza vestido con unos tejanos y una camisa blanca que resaltan su bronceada piel y lo hacen aún más atractivo.

–  Te estaba buscando. – Me dice con sequedad. – Será mejor que te des prisa si quieres que lleguemos al pub a las diez como le has asegurado a Gabriel.

–  ¿Va en serio lo de hacer de niñera? – Le pregunto con sorna.

–  ¿Va en serio lo de ir al pub? – Me replica molesto.

–  Creía que habías dimitido y no tenías que seguir haciendo de niñera. – Le digo burlonamente.

–  ¿Prefieres enfrentarte sola a Wolf y sus hombres? – Me pregunta con sarcasmo. – ¿Crees que la próxima vez que vayan a por ti solo serán ocho hombres? Ahora te conocen, saben qué aspecto tienes y cómo te defiendes, te va a resultar más difícil atacarles o esconderte.

–  ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme encerrada para siempre?

–  Hablaremos mañana de lo que vamos a hacer. – Sentencia Axel. – Ahora ve a cambiarte de ropa que nos vamos al pub.

Me gusta que hable en plural sobre lo que vamos a hacer y sobre a dónde vamos, aunque aún no sé muy bien por qué. Puede que sea muy atractivo y que cuide de mí, pero apenas nos conocemos y mucho menos nos soportamos. Entro en mi nueva habitación y me pongo unos shorts tejanos y una blusa ajustada de tirantes de color negro con mis zapatos negros de tacón de aguja, informal pero elegante y muy sexy.

Media hora más tarde, regreso al salón y Axel me espera sentado en uno de los sillones bebiéndose una cerveza y mirándome de arriba a abajo sin decir nada.

–  Ya estoy lista, ¿nos vamos? – Le pregunto al ver que no dice ni hace nada. – ¿Estás bien?

–  He estado mejor, créeme. – Murmura entre dientes poniéndose en pie. – Venga, vámonos.

Bajamos en ascensor al parking y, a pesar de que Pablo ha traído mi coche, Axel monta directamente en su coche y lo pone en marcha, así que yo me siento en el asiento del copiloto sin rechistar, sigo sin tener ganas de discutir, aunque sé que tarde o temprano terminaremos discutiendo, siempre lo hacemos.

Casi a las diez de la noche llegamos al pub, aún cerrado para los clientes, y Gabriel se sorprende al verme entrar con Axel.

–  ¿Qué me he perdido? – Me pregunta Gabriel mirando a Axel y a mí alternativamente.

–  Es una larga historia, pero no es lo que estás imaginando. – Le respondo antes de que suelte algo que pueda incomodar a Axel. – Axel, él es Gabriel, el dueño del pub. – Me vuelvo hacia Gabriel y termino de hacer las presentaciones. – Él es Axel.

–  Encantado de conocerte, Axel. – Dice Gabriel estrechándole la mano. – Supongo que no estás aquí para echarnos una mano, ¿verdad?

–  No. – Contesto antes de que Axel pueda siquiera abrir la boca. – Axel solo está aquí para hacerme un favor, pero no para trabajar de camarero.

–  Si voy a tener que pasar la noche aquí, no me importa echaros una mano, así tendré algo qué hacer y el tiempo se me pasará más rápido. – Dice Axel con un carisma que nunca le he visto utilizar conmigo ni con nadie. – Si te parece bien, Gabriel.

–  Me parece estupendo. – Le responde Gabriel.

Un par de horas más tarde, el pub está lleno de gente y Gabriel, Axel y yo nos movemos detrás de la barra continuamente para servir copas a todos los clientes. Eduardo, el hermano de Gabriel, aún no ha aparecido y Gabriel se está empezando a enfadar. Cómo no aparezca después de haber hecho organizar todo esto a su hermano, Gabriel lo matará.

–  Casi se me olvida, Ari. – Me dice Gabriel entregándome un sobre. – Juan ha pasado por aquí porque no te ha localizo ni por teléfono ni en casa y me ha pedido que te diera esto. Le he dicho que esta noche estarías aquí y podía dártelo él mismo, pero tenía que coger un avión a no sé dónde. Me ha dicho que era importante que te lo diera y casi se me olvida.

–  Gracias, Gabriel. – Le contesto confundida.

¿Qué me habrá mandado Juan? Abro el sobre y saco una carta y un billete de avión de solo ida a París. ¿Me está invitando a París? Decido leer la carta y salir de dudas:

“No pensaba decirte esto por escrito, pero no he podido localizarte en todo el día y tengo que salir del país esta misma tarde. Gabriel me ha dicho que esta noche irás al pub, así que confío en que te dé esta carta. Si te la ha dado y estás leyendo esto ahora, probablemente ya hayas visto el billete de avión a París. Lo sé, odias todo lo que tenga que ver con el romanticismo y una invitación a pasar un fin de semana conmigo en París, la ciudad del amor, quizás es demasiado romántico como para conseguir que aceptes, sobre todo teniendo en cuenta que has cancelado las tres últimas citas conmigo. De hecho, la última cita ni siquiera llamaste para cancelarla, pero he escuchado tu mensaje en el que me decías que había una explicación y te creo porque no eres de las que mienten y eso es lo que me gusta de ti. Sí, me gustas. Acordamos que nuestra relación únicamente estaría basada en el sexo y en una amistad superficial, pero es difícil pasar un rato contigo y no terminar enamorándome de ti. Este es el plan: Voy a estar toda la semana en Tokio por trabajo, pero el viernes volaré a París y te esperaré en la suite del Hotel Castille París, aunque si no vienes lo entenderé. Sé que esto no es lo que habíamos acordado, pero me encantaría que nos dieras una oportunidad. Como te he dicho, si no vienes lo entenderé y no te molestaré más.”

No me lo puedo creer, Juan se me acaba de declarar por carta y me ha invitado a pasar un fin de semana a París. ¿Por qué me hace esto? Se suponía que solo éramos amigos en la cama y que fuera de ella cada uno tenía su vida. Se trataba de una relación esporádica, sin compromiso, basada en el sexo. Ambos estábamos de acuerdo en eso, ¿por qué tiene que cambiar ahora de opinión?

–  Definitivamente, el universo está conspirando contra mí. – Digo en voz alta resignándome a mi desbaratado destino.

–  ¿Un billete de avión a París? – Me pregunta Axel nada contento, cogiendo el billete de avión que he dejado sobre la encimera mientras leía la carta. – No estarás pensando en ir, ¿verdad?

–  No es asunto tuyo. – Le respondo bruscamente arrebatándole el billete de las manos para guardarlo en el sobre junto a la carta de Juan y meterlo todo en mi bolso.

–  Desde luego que no es asunto mío, princesita. – Me contesta visiblemente molesto. – No pienses que voy a ir detrás de ti por todo el mudo para protegerte.

Acto seguido y furioso como nunca lo había visto, y mira que siempre lo veo furioso, vuelve a servir copas y no me dirige la palabra en toda la noche. De hecho actúa como si yo no estuviera y hubiera venido él solo al pub para trabajar de camarero y ganarse algo de dinero.

Cuando por fin es la hora de cerrar, Gabriel echa a todos los clientes, la mayoría borrachos de tanto alcohol  probablemente también drogas, y cuando nos quedamos los tres a solas, nos dice:

–  Al final el gilipollas de mi hermano ni siquiera se ha presentado. – Ladea la cabeza con gesto desaprobador y añade: – Marchaos a casa, yo me encargaré de terminar de recoger esto.

Gabriel nos agradece a Axel y a mí el esfuerzo por el trabajo realizado y trata de compensárnoslo económicamente, pero ni Axel ni yo se lo permitimos.

Durante el camino de regreso a casa ninguno de los dos abre la boca. Axel porque parece estar, más que enfadado, iracundo conmigo. Y yo no hablo porque aún estoy tratando de asimilar la carta de Juan, el enfado de Axel y mis sentimientos hacia él. Me siento tan perdida y vulnerable como una niña en mitad de la selva buscando desesperadamente a sus padres.

Cuando entramos en el apartamento de Axel son las cinco de la mañana y él se dirige directamente a su habitación sin decirme nada. Yo estoy demasiado nerviosa y preocupada como para dormir, así que decido salir a la terraza y fumarme un cigarrillo de hierba mientras leo una y otra vez la carta de Juan y me planteo la posibilidad de ir a París sin terminar de convencerme ya que, aunque no lo diga claro, me está dando un ultimátum, o todo o nada.

–  Debe de ser muy importante lo que hay escrito en esa carta para que te hayas quedado todo este tiempo leyendo aquí. – Oigo la voz de Axel a mi espalda con tono altanero.

Es de día, miro mi reloj y veo que son las diez de la mañana pero, como el día está nublado y a punto de llover, el sol no se ha dejado ver.

–  No estoy de humor. – Le advierto.

–  ¿Y cuándo lo estás? – Le oigo murmurar entre dientes regresando al salón.

Decido llamar a Angie, a ella siempre se le ocurren las mejores ideas y las más sensatas.

–  Por favor, dime que estáis bien. – Me dice Angie nada más descolgar.

–  Estamos bien. – Le respondo. – Necesito ayuda, Angie. Estoy confundida y no sé qué hacer. ¿Estás sola para poder hablar?

–  Me has despertado y sí, desgraciadamente estoy sola en una cama enorme.

Le cuento lo de la carta de Juan y su invitación, le explico las dudas que tengo en cuanto a ir o no ir a París, aunque tengo muy claro que si voy a París será para despedirme definitivamente de Juan. También le hablo a Angie de la extraña sensación de atracción y odio que siento por Axel y ella me dice:

–  No creo que sea una buena idea que vayas a París por tres motivos: el primero es que no buscas una relación romántica con Juan; el segundo porque Wolf y sus hombres te están buscando para matarte; y el tercero y puede que el más importante, creo que te estás enamorando de Axel.

–  Estoy segura de que si voy a París con Juan toda esta idiotez se me pasará.

–  Con eso lo único que conseguirías es hacerle más daño a Juan. – Me advierte Angie.

–  Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Por el momento, evitar que alguien te mate, que es lo primordial. De lo contrario no tendría sentido preocuparse por lo demás. – Me responde Angie divertida, tratando de animarme. – En tu lugar, trataría de aclarar mis sentimientos respecto a Axel y, si quieres un consejo, trátale bien. Puede que os paséis el día discutiendo, pero se le nota que le gustas, de lo contrario, ¿por qué te mete en su casa y se ofrece a hacer de niñera contigo si ya no tiene ninguna obligación?

–  ¿Para desbaratar aún más mi mundo? – Sugiero lamentándome. – Ahora mismo lo único que quiero es desaparecer, ese viaje a París me vendría muy bien.

–  ¿De verdad te suena tentador ir a la ciudad del amor con Juan? – Me pregunta Angie burlonamente.

–  Tienes razón, creo que necesito dormir y pensar en ello cuando haya descansado.

Me despido de Angie y cuelgo la llamada. Me doy media vuelta para entrar en el salón y veo a Axel observándome de pie, apoyado en el marco de la puerta acristalada de la terraza.

–  Tenemos que hablar. – Me dice con voz grave y gesto serio. Ni siquiera me ha llamado “princesita”.

Entro en el salón y me siento en uno de los sofás sin decir nada, dispuesta a escuchar todo lo que me tenga que decir. Axel se sienta a mi lado en el mismo sofá, pese a que tiene dos sofás y tres sillones más donde sentarse cómodamente y a una distancia prudencial y considerable.

–  Tú dirás. – Le digo impaciente.

–  Ari, no puedes ir a París. – Me contesta mirándome fijamente a los ojos. – No es seguro, a menos que quieras de verdad que Wolf te mate.

–  Tienes razón, no puedo ir a París. – Le contesto dejándole sorprendido. Está claro que esperaba que montara en cólera o algo parecido.

–  ¿Ya está? ¿Eso es todo? – Me pregunta incrédulo. – ¿No vas a discutir conmigo?

–  No estoy de humor, Axel. – Le respondo con un hilo de voz. – Me voy a dormir.

Me levanto del sofá y me dirijo a mi habitación, dejando a Axel sorprendido y confuso. De hecho, creo que está pensando en la posibilidad de que me haya vuelto loca.

Me meto en la cama y doy vueltas hasta que por fin consigo quedarme dormida.

Siempre cuidaré de ti 10.

Siempre cuidaré de ti

Durante todo el camino permanezco en silencio, mirando fijamente a la carretera pero sin prestar atención mientras notaba como Axel posaba su mirada de la carretera a mí constantemente.

Mi cabeza no deja de darle vueltas a cómo mi padre me ha podido ocultar una cosa así mientras trato de asimilar que Wolf, un tipo sin escrúpulos y sanguinario, me está buscando para matarme y vengar la muerte de su hija. Tengo que averiguar qué es lo que le ocurrió a esa niña, quiénes la secuestraron y la mataron y por qué Wolf culpa a mi padre de la muerte de su hija. Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el respaldo para intentar relajarme mientras el corazón me va a mil por hora debido a que la situación está empezando a superarme.

–  Ya hemos llegado, princesita. – Me susurra Axel al oído.

Abro los ojos y compruebo que estamos en el parking de nuestro edificio. Lanzo un suspiro de resignación y salgo del coche. Axel coge nuestras maletas y me hace un gesto para que camine delante de él hacia el ascensor. Llegamos al ático en el más absoluto de los silencios y, cuando salimos del ascensor, Axel me mira a los ojos y me dice:

–  Cogeremos todo lo que necesites de tu apartamento y volveremos al mío. – Abro la boca para protestar pero Axel se me adelanta: – Me da igual lo que digas, princesita. No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando. – Me coge suavemente del brazo para examinar mi vendaje, que está completamente ensangrentado, y añade: – Joder, se ha abierto la herida. – Abre la puerta de su apartamento y me arrastra a mí y a las maletas de ambos dentro. – Ven a la cocina, voy a curarte esa herida.

Axel me acompaña hasta la puerta de la cocina y desaparece por el pasillo para regresar segundos después con un pequeño botiquín. Con delicadeza y paciencia, me cura la herida procurando no hacerme daño mientras yo siento un ligero cosquilleo en el estómago cada vez que su piel roza mi piel.

–  Estás pálida, deberías descansar. – Me dice cuando acaba de cambiarme el vendaje.

–  Siento que a ti también te hayan metido en esto, Axel. – Le digo con sinceridad. – Gracias por traerme, pero no quiero meterte en más líos y prefiero irme a mi apartamento.

–  No me escuchas cuando hablo, princesita. – Me responde sonriendo. – Te vas a quedar aquí, es una orden. Y, si sigues pensando en ir al pub esta noche, pienso ir contigo.

–  No tengo ganas de discutir, Axel. – Le respondo.

–  Precisamente por eso me vas a hacer caso aunque sea una puñetera vez en tu vida. – Me dice empezando a impacientarse. – Si Wolf te está buscando no parará hasta que te encuentre y te mate y, por alguna extraña razón, quiero evitarlo.

–  Acabarás reconociendo que soy un encanto. – Me mofo. – Pero ahora mismo estoy demasiado cansada como para llevarte la contraria. Voy a mi apartamento, me ducho, cojo algunas cosas y vuelvo.

–  Vamos a tu apartamento, coges lo que necesites, volvemos y te duchas aquí. – Me corrige Axel sin opción a réplica.

Axel me acompaña a mi apartamento, me ayuda a meter en una maleta toda la ropa, zapatos y objetos de higiene básica que necesito y regresamos a su apartamento. Me instalo en la habitación de invitados y me doy un baño mientras él prepara algo de comer. Me encantan los hombres que saben cocinar.

–  Mmm. ¡Qué bien huele! – Exclamo al entrar en la cocina.

–  ¿Eso es un halago? – Me dice fingiendo estar sorprendido.

–  Te lo confirmaré cuando lo haya probado. – Le respondo.

¡Dios mío! ¿Estoy coqueteando con él? Se me está empezando a ir la olla, necesito descansar. Pero antes pienso probar esos tallarines al pesto que huelen de fábula.

Preparo la mesa mientras Axel termina de cocinar y ambos nos sentamos a la mesa y nos servimos un buen plato de los tallarines al pesto que saben igual de bien que huelen.

–  Te lo confirmo, están de muerte. – Le digo tras probarlos.

–  Me alegro de que te gusten. – Me responde educadamente pero con el rostro serio, cómo cuando lo conocí sin saber quién era.

Está claro que la tregua y el buen rollo ya se han acabado, vuelve a ser Don Amargado. Terminamos de comer en silencio y cuando me dispongo a ayudar a recoger a Axel me dice que me vaya a la habitación a descansar. Me siento mal dejando que recoja cuando también ha preparado la comida, pero no tengo la más mínima intención de discutir con él en este momento, estoy demasiado cansada. Entro en mi nueva habitación y me meto en la cama dispuesta a echarme una buena siesta.

Cuando me despierto son las siete de la tarde y oigo bastante jaleo procedente del salón, incluso me parece reconocer las voces de Debby, Angie y Pablo, así que me levanto y camino hacia el salón con cuidado de no hacer ruido y durante un par de minutos me dedico a escuchar a hurtadillas detrás de la puerta.

–  No puedo creer que Adolfo le haya ocultado a Ari algo así. – Escucho decir a Angie. – No quiero ni imaginar cómo debe estar Ari.

–  Lo que no entiendo es cómo la has convencido para que se quede en tu casa. – Se mofa Pablo. – No quiero ni pensar qué humor debe tener Ari en este momento.

–  Por favor, dime que el sábado llegó a quedar con Juan o yo me largo de aquí antes de que se despierte y nos mate a todos. – Dice Debby fingiendo estar aterrorizada.

–  El sábado Ari no fue a ninguna parte y te agradecería que no se lo recordaras, no quiero tener más problemas de los que ya tengo con ella. – Le advierte Axel.

–  Adolfo me ha dicho que Ari va a ir al pub esta noche, ¿piensas dejar que vaya? – Le pregunta Pablo.

–  Cómo si pudiera evitarlo. – Le contesta Axel. – Vosotras dos y Pablo deberíais regresar con vuestros padres, vuestro apartamento no es seguro y aquí no cabemos todos.

–  No pienso ir a ninguna parte hasta que Ari me confirme que está bien y que no la tienes retenida contra su voluntad. – Le espeta Debby. – A Ari no le caías bien antes de conocerte y dudo mucho que le caigas bien ahora que sabe quién eres de verdad.

Axel resopla para armarse de paciencia logra retener su respuesta que, por su gesto, estoy segura de que no iba a ser nada buena. La he tomado con él desde el principio y solo es otra víctima más de la omisión de información a la que nos ha sometido mi padre. Puede que no nos soportemos, pero aun así sigue preocupándose por mí y quiere protegerme pese a estar poniendo su vida en peligro.

Abro la puerta y entro en el salón, todos se me quedan mirando en silencio.

–  ¿Has organizado una fiesta mientras dormía? – Le pregunto burlonamente a Axel.

–  ¿Es la primera vez que no te invitan a una fiesta, princesita? – Me responde con sorna.

–  Veo que os lleváis igual de bien. – Opina Pablo divertido.

–  ¡Cielo santo! – Exclama Angie al ver mi labio hinchado y mi brazo vendado. – ¿Qué te ha pasado?

–  Estoy bien, no ha sido nada. – Le respondo quitándole importancia. – ¿Qué hacéis todos aquí?

–  Tu padre está preocupado, todos lo estamos. – Me dice Debby. – Nos ha dicho que planeabas ir a trabajar al pub, ¿es que te has vuelto loca? Un psicópata intenta matarte, por no mencionar que estás viviendo en casa del vecino psicópata, por muy hijo de Manuel que sea.

Axel me mira alzando una ceja y yo me encojo de hombros, es mejor que confirmarle que entre nosotras le llamamos vecino psicópata, chiflado de al lado o el vecino imbécil.

–  Podemos ir a cualquier parte del mundo y disfrutar de unas vacaciones mientras se encargan de arreglar todo esto. – Me propone Angie. – No entiendo por qué te empeñas en involucrarte tanto en esto si no quieres saber nada del Servicio Secreto.

–  Chicas, Ari ya ha tomado una decisión y no la vamos a hacer cambiar de opinión. – Sale en mi ayuda Pablo. – Como ha dicho Axel, lo mejor que podemos hacer es regresar y no interferir. Aquí solo seríamos un estorbo.

–  Te conozco muy bien y sé que ni te lo has tirado ni piensas siquiera en hacerlo. – Me dice Debby refiriéndose a Axel. – Te aconsejo que te lo replantees, el chico no está nada mal.

–  Por favor, largaos. – Les ruego sonrojándome. – Y decidle a mi padre que si no contesto a sus llamadas es porque no quiero hablar con él.

Me despido de las chicas y de Pablo con un fuerte abrazo mientras Axel nos observa para posteriormente despedirse con un leve gesto de cabeza. Antes de salir, Angie se acerca a Axel y le susurra algo al oído que hace sonreír a Axel. Cuando todos se marchan, siento curiosidad por saber qué le ha dicho Angie, pero no quiero preguntárselo. Si hubiese sido Debby, sabría que le ha tirado los tejos, pero Angie nunca haría algo así, ella es la dulce Angie.

–  Voy a darme una ducha. – Me dice Axel evitando mirarme. – Si quieres algo de comer o de beber, puedes servirte tú misma.

Está muy serio y parece molesto. Supongo que no le ha gustado recibir visitas inesperadas  mucho menos le habrán gustado los comentarios de Debby, tomo nota mental para hablar sobre esto con ella más adelante. Cojo una Coca-Cola de la nevera y me siento en el sofá del salón a ver la televisión para hacer tiempo mientras espero que Axel salga de la ducha. El corazón se me acelera al imaginármelo desnudo bajo el chorro de agua, y decido salir a la terraza para que me dé el aire o la que necesitará una ducha seré yo y de agua fría. Aunque me cueste reconocerlo, Debby tiene razón, necesito sexo.

Siempre cuidaré de ti 9.

Siempre cuidaré de ti

A la mañana siguiente me despierto en la cama de mi habitación en casa de mi padre. No recuerdo cómo llegué hasta aquí, pero estoy completamente segura de que no lo hice por mi propio pie. Lo último que recuerdo es estar hablando/discutiendo con Axel en el jardín y aún llevo puesta la ropa de ayer. Me levanto y me doy una ducha antes de bajar a la cocina a desayunar.

Cuando entro en la cocina me encuentro a Manuel, Axel y mi padre desayunando juntos y charlando animadamente. Con mi mal humor de primera hora de la mañana, cruzo la estancia sin decir nada y abro la nevera para servirme un vaso de zumo antes de sentarme junto a mi padre.

–  Buenos días a ti también, princesita. – Me dice Axel sonriendo burlonamente.

–  Vete a la mierda. – Le contesto sin molestarme en mirarle.

Axel y Manuel me miran con la boca abierta, esperaban cualquier cosa menos esa contestación. Mi padre, lejos de sorprenderse por mi carácter y entendiendo que me acabo de levantar y no estoy de humor, les dice a Axel y Manuel:

–  Es mejor no dirigirle la palabra hasta después de un par de horas que se haya levantado, tiene muy mal humor por las mañanas.

–  ¿Solo por las mañanas? – Se mofa Axel.

Alargo el brazo para coger el servilletero y arrojárselo a la cabeza, pero mi padre es más rápido que yo, o simplemente ya sabía cuál iba a ser mi reacción, y me detiene a tiempo mientras me dice:

–  Ariadna, por favor.

–  Esto va a ser una tortura. – Se lamenta Manuel.

–  No te quejes, tú te vas a deshacer de tu hijo, pero yo lo voy a seguir aguantando. – Le respondo a Manuel.

–  ¿Recuerdas qué hacíais Pablo y tú cuando os enfadabais? – Me pregunta mi padre sin ningún atisbo de estar bromeando.

Claro que lo recuerdo, Pablo y yo lo solucionábamos todo luchando en un tatami. Daba igual quién tuviera razón, el ganador del combate gozaba de ser la voz de ordeno y mano. No sé a dónde quiere llegar mi padre con todo esto, pero decido seguirle la corriente:

–  Claro que lo recuerdo, seguimos haciendo lo mismo.

–  Pues quizás deberías hacer lo mismo con Axel. – Me sugiere. – Creo que a ambos os vendría bien para aliviar tensiones.

–  No es una buena idea, papá. – Le aseguro. – Con Pablo es distinto, nos conocemos bien y nos compenetramos aún mejor.

–  Lo siento, pero antes de montarme mi propia película me gustaría aclarar de lo que estáis hablando exactamente. – Nos dice Manuel preocupado.

–  ¿Qué clase de padre te crees que soy, viejo verde? – Le contesta mi padre que sabe muy bien en lo que Manuel estaba pensando.

–  Lo siento, pero tienes que reconocer que ha sonado así. – Se disculpa Manuel.

–  Por favor, ¿podemos volver al tema en cuestión? – Les inquiere Axel, tan harto cómo yo de oír las ocurrencias de nuestros padres. Se vuelve hacia a mí y me pregunta: – ¿Qué hacías con Pablo?

–  Luchábamos. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Qué? – Me pregunta confuso. Se gira hacia mi padre y le dice: – No pienso luchar contra ella y menos aun estando lesionada.

–  ¿Tienes miedo, sapo? – Le pregunto burlonamente.

–  Princesita, podrías darme cualquier cosa menos miedo. – Me responde divertido.

–  He cambiado de opinión, creo que será una buena idea. – Le digo a mi padre. – Axel necesita que alguien le dé una paliza y yo estaré encantada de hacerlo.

–  Ya ha dejado de parecerme buena idea. – Murmura mi padre. – Sois dos personas adultas y quiero que os comportéis como tal, ¿de acuerdo?

Axel y yo asentimos con la cabeza, pero ambos somos conscientes de que ninguno de los dos se comportará como un adulto, cuando estamos juntos somos como dos críos enrabietados.

–  La forma más fácil de infiltraros es haceros pasar por una pareja de vacaciones, pero si no sois capaces de llevaros bien, no es una opción. – Nos dice Manuel.

–  No es una opción. – Decimos Axel y yo al unísono.

–  Para una vez que se ponen de acuerdo y es para ponerse en mi contra. – Se lamenta Manuel.

–  Quiero que lo penséis bien, quiero que lo penséis como agentes. – Nos dice mi padre. – ¿Qué pensáis decir sino? ¿Que sois hermanos? ¿Amigos?

–  Podemos decir que somos amigos, Axel podría pasar por un amigo gay y no llamaríamos en absoluto la atención de nadie. – Me mofo.

–  Ari, colabora un poco. – Me reprende mi padre.

–  Puede que a ninguno de los dos nos guste la idea, pero es la más sensata. – Dice Axel con gesto serio, pensando como el agente que es. – La gente no suele sospechar cuando hay una mujer de por medio, mucho menos una como Ari. – ¿Eso ha sido un cumplido o una insinuación de insulto? De momento, decido seguir escuchando antes de abrir la boca. – Es obvio que llamaremos la atención, pero no de una forma sospechosa, sino todo lo contrario. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Necesito saber hasta dónde estás dispuesta a llegar con la misión, una vez que nos infiltremos seremos dos personas distintas, lo entiendes, ¿verdad?

–  Ari ya ha estado infiltrada antes, sabe cómo funciona. – Le contesta mi padre dando el tema por zanjado y yo se lo agradezco.

Hace poco más de un año, mi padre insistió en que me infiltrara con tres de sus agentes en una misión confidencial. Lo hice porque sabía que si mi padre me lo pedía era porque no había nadie más que pudiera hacerlo, necesitaban una chica joven y en el Servicio Secreto escasean las mujeres y las pocas que hay se dedican al trabajo de oficina, que es menos arriesgado si planeas tener familia. Era una misión peligrosa y mi padre no estaba del todo seguro de enviarme allí, pero finalmente lo hizo convencido por mí. Había intervenido en varias misiones con anterioridad, pero nunca me había infiltrado. Durante dos meses, viví bajo otra identidad. Al principio, todo fue bien. Los dos primeros meses nadie sospechó de nosotros hasta que pasado ese tiempo lo hicieron y nos descubrieron por un error de uno de los agentes con los que estaba. Dos de los agentes con los que me infiltré murieron y el otro  pasó dos semanas en coma y despertó, pero se quedó tetrapléjico. Yo fui la que más suerte tuvo, por llamarlo de alguna manera, me dispararon en el hombro y me rompí una costilla, perdí mucha sangre y estuve tres días inconscientes y dos semanas ingresada en una planta de la clínica  privada donde mi padre es el accionista mayoritario. Mi padre no se perdonó haberme enviado allí, pese a que nunca le he reprochado nada, al fin y al cabo yo quería ir. Supongo que por eso se ha vuelto todavía más sobreprotector. Una vez me recuperé de mis lesiones, nunca más lo ha vuelto a mencionar y yo se lo agradezco, no me gusta hablar del tema.

–  En ese caso, ¿qué dices, Ari? – Me pregunta Axel.

–  No somos capaces de hablar más de cinco minutos como personas civilizadas, mucho menos aparentar que somos una pareja. – Opino masajeándome la sien para calmar la tensión acumulada. – Lo siento, pero estoy segura de que va a salir mal y no puedo prestarme a algo así.

–  No volverá a repetirse, Ari. – Me dice mi padre y yo empalidezco. No puedo hablar de esto precisamente ahora. – Axel es el mejor de mis agentes y confío en él plenamente.

–  Puede que tú lo hagas, pero yo no. – Le espeto furiosa. – No puedes pedirme esto, papá.

–  Entiendo que no confíes en mí, yo tampoco confiaría en ti si no te hubiera visto en el video y si no hubiera escuchado las palabras que he escuchado sobre ti de boca de mi padre. – Me dice Axel. – No  vamos a infiltrarnos de un día para otro, vamos a elaborar una estrategia, no dejaremos ni un cabo suelto y, durante ese tiempo, te demostraré que puedes confiar en mí.

Le sostengo la mirada sin decir nada porque no sé qué decir. Por suerte, mi móvil empieza a sonar y decido contestar al ver que es Gabriel, evitando dar una respuesta a Axel.

–  Hola Gabriel. – Respondo al descolgar bajo la atenta mirada de mi padre, Axel y Manuel.

–  ¿Qué te pasa? Pareces triste. – Me pregunta Gabriel en su tono paternal de siempre.

–  No quieras saber. – Le respondo. – ¿Qué ocurre? ¿Es que ya me echas de menos?

–  Sí, te necesito en el pub esta noche. – Me suelta de pronto. – Mi hermano acaba de decirme que va a celebrar su cumpleaños esta noche en mi pub, tiene una lista de invitados de más de cien personas y la camarera nueva que había contratado rompía más copas de las que servía y la despedí precisamente ayer, ¿te lo puedes creer?

–  Me debes una y de las grandes. – Le digo sin poder negarme. – Llegaré sobre las diez.

–  Acabas de salvarme el culo, a partir de ahora soy tu genio de los deseos, muñeca. – Me dice riendo.

–  Nos vemos luego, genio de los deseos. – Me despido bromeando antes de colgar.

Guardo el teléfono móvil en el bolsillo trasero de mi pantalón tejano y mi padre, con cara de pocos amigos, me dice:

–  Espero que no estés pensando en ir al pub esta noche, es demasiado peligroso.

–  No voy a dejar de hacer mi vida, papá. – Le digo sin opción a réplica. – Además, Gabriel me ha pedido el favor y no lo voy a dejar en la estacada.

–  ¡No vas a ir a ninguna parte! – Me espeta mi padre furioso. – ¿Es que quieres que te maten?

–  Puede salir acompañada de un par de agentes, Axel y Pablo podrían acompañarla. – Interviene Manuel tratando de mediar entre nosotros.

–  No pienso poner en riesgo a más agentes, mira lo que pasó ayer. – Le responde mi padre.

–  Confías en mí para mandarme con Axel al norte del país con las guerrillas pero no confías en mí para dejar que vaya al pub del campus. – Le digo a mi padre con sarcasmo. – ¿Por qué temes tanto a Wolf, papá? ¿Qué me ocultas sobre él?

–  No te oculto nada y Wolf no es como los demás enemigos, es el peor de todos ellos. – Me responde mi padre furioso. – Es despiadado y no tiene escrúpulos.

–  Es el padre de esa niña, ¿verdad? – Le pregunto. – Me busca para matarme y poder vengarse de ti por no salvar a su hija y no me has dicho nada, me lo has ocultado.

–  No puede ser, ¿cómo lo has averiguado? – Me pregunta Manuel.

–  Tú me lo acabas de confirmar. – Le contesto furiosa.

–  No puede ser verdad. – Les espeta Axel. – Llevo semanas creyendo que estoy haciendo de niñera cuando Wolf la está buscando para matarla, vosotros lo sabéis y no me decís nada. Si queréis, os doy una pistola y nos matáis directamente, seguro que será más rápido y menos doloroso que si lo hace Wolf.

–  No queríamos alertaros, no creíamos que la amenaza fuera tan grande hasta que ayer por la tarde…

–  Casi nos matan. – Termino la frase de Manuel.

–  Desde niño me habéis educado para que confíe en la familia carnal y la gran familia que forman los agentes del Servicio Secreto y hoy no confío en ninguna de las dos familias. – Les dice Axel visiblemente furioso pero sin perder el control. – Me largo, no quiero saber nada de todo esto si solo se me va a contar la verdad a medias.

–  Axel espera, me voy contigo. – Me oigo decir.

Por un momento, pienso que Axel me va a mandar a paseo, pero en lugar de eso, me hace un gesto con la mano para que pase delante de él. Cuando llegamos al hall, me dice:

–  Coge tus cosas, te espero fuera.

–  No tengo mi coche, siempre que vengo Pablo se lo lleva para hacerle una revisión y cambiarle el aceite, las ruedas y esas cosas. – Le explico. – Sé que no te va a hacer mucha gracia lo que te voy a pedir, pero necesito que me saques de aquí y me lleves a casa. Te prometo que estaré callada todo el camino, ni te enterarás de que voy contigo, de verdad.

–  Ve a por tus cosas y no tardes, no vaya a ser que me arrepienta. – Me contesta con un intento de sonrisa y que termina siendo una mueca.

Sin tiempo que perder, subo a mi habitación y recojo mis cosas. Cuando salgo al porche cargada con mi maleta, me encuentro a mi padre y Manuel tratando de razonar con Axel, pero él los ignora y viene hacia a mí para coger mi maleta y guardarla en el maletero de su coche. Me despido de mi padre simplemente con una mirada de decepción y subo al coche de Axel. Dos segundos más tarde, Axel se sienta en el asiento del conductor y pone en marcha el coche para dirigirnos de vuelta a casa.

Siempre cuidaré de ti 8.

Siempre cuidaré de ti

Vemos el vídeo los cuatro sentados en los sofás del salón. Puedo ver cómo mi padre y Axel sonríen cuando me escuchan hablar del pene de uno de los hombres de Wolf, ambos entienden alemán. Manuel me coge de la mano cuando vemos las imágenes donde le tiro al suelo para evitar que le disparen y observo cómo Axel aprieta sus puños y tensa su cuerpo. Cuando por fin mi padre para el vídeo, me dice:

–  Las imágenes hablan por sí solas. Dominaste la situación llevándotela a tu terreno, mataste a cuatro de los hombres de Wolf, otros dos los mataron los escoltas de Manuel y Wolf y otro de sus hombres escaparon, pero salvaste tu vida y la de todos los que iban contigo. Actuaste con la mente fría aun estando bajo presión, no todo el mundo posee esa virtud.

–  Puede que sea una buena agente, pero aun así sigo pensando que no es una buena que trabajemos juntos, apenas nos soportamos. – Opina Axel.

–  Apenas os conocéis. – Le replica Manuel a su hijo. – Es cierto que os hemos puesto en una posición un tanto incómoda, pero ni tú querías hacer de niñera ni ella quería tener un vecino psicópata que la sigue a todas partes. ¿Podéis olvidar lo ocurrido y empezar desde cero o pensáis continuar comportándoos como dos niños malcriados?

–  Creo que antes de aceptar, tendremos que saber de qué se trata. – Le digo a Manuel. – ¿En qué estáis pensando exactamente? Wolf me ha visto de cerca, no puedo pasar desapercibida delante de él, me reconocerá.

–  Dudo que puedas pasar desapercibida donde quiera que vayas. – Murmura entre dientes Axel.

–  ¿Qué insinúas? – Le pregunto molesta.

–  Ya empezamos otra vez. – Se lamenta Manuel.

–  Lo que queremos es que investiguéis juntos un caso que nada tiene que ver con Wolf pero que no es menos importante. – Interviene mi padre.

–  A ver si lo he entendido, quieres quitarnos del medio para ocuparte de Wolf. – Le digo molesta y ofendida. – Dame una buena razón y lo haré.

–  Sí, quiero quitarte de en medio para mantener a Wolf alejado de ti. – Me confirma mi padre. – Pero al ver tus tremendas cualidades he pensado que tú y Axel formaríais un buen equipo juntos. Manuel, Arturo y yo teníamos planeado un viaje al norte del país, dónde se rumorea que varios agentes del Servicio de Operaciones Especiales se están volviendo corruptos y están intercambiando información con las guerrillas locales a cambio de dinero y droga.

–  ¿Qué jurisdicción tendríamos? – Pregunto.

–  Tienes inmunidad diplomática, Ari. – Me dice mi padre sonriendo. – ¿Para qué quieres tener jurisdicción?

–  La inmunidad diplomática solo sirve para meterte en líos y que no te pase nada. – Le respondo poniendo los ojos en blanco. – Si quieres que investigue y me cortan en el paso, solo hay dos maneras de seguir: por las buenas o por las malas. Si tenemos jurisdicción lo haremos por las buenas, si no la tenemos no nos quedará más remedio que hacerlo por las malas y eso llamaría mucho la atención, ya que solo quieres que vayamos a investigar.

–  Axel, te voy a dar un consejo vital de supervivencia. – Le dice mi padre a Axel con gesto divertido y sonriendo burlonamente. – Si mi hija tiene una pistola en las manos, será mejor que no la cabrees.

–  Doy fe, hijo. – Lo secunda Manuel riendo. – Cuando tenía siete años, Ari se enfadó con la niñera y ésta la amenazó con tirarle una muñeca a la basura si no se portaba bien, así que Ari sacó una pistola del despacho de su padre mientras él y yo charlábamos en el salón y salió en busca de su niñera. Le dijo que le devolviera su muñeca y cuando la niñera le dijo que no se la iba a devolver, Ari disparó. Por suerte, solo le dio en el brazo y todo quedó en un susto.

–  ¡Oh, vamos! – Protesto. – En mi defensa diré que yo era una niña, ella me había quitado mi muñeca y yo le había dado la oportunidad de que me la diera por las buenas. – Todos nos echamos a reír, incluido Axel y añado burlonamente: – Vaya, Don Amargado sabe sonreír.

–  No lo estropees, princesita. – Me contesta sonriendo. Se vuelve hacia a mi padre y le pregunta: – ¿En quiénes nos tenemos que convertir para estar allí? Porque dudo que queráis que vayamos pregonando que somos agentes del Servicio Secreto.

–  Bueno, eso os lo dejamos discutir a vosotros. – Le responde mi padre divertido. – Podéis infiltraros como amigos, hermanos o novios. Personalmente, os recomiendo que lo hagáis como matrimonio, se os da muy bien ese papel.

–  Muy gracioso, papá. – Le replico. – Ahora en serio, no es buena idea. Estamos hablando de convivir juntos, probablemente acabaremos matándonos entre nosotros.

–  ¿Tienes miedo, princesita? – Me pregunta burlonamente Axel.

–  Tengo miedo de respirar el mismo aire que tú por si me vuelvo igual de imbécil. – Le espeto furiosa.

–  Tranquila, fiera. – Dice mi padre poniéndose en pie para interponerse entre nosotros. – Creo que antes de seguir hablando, deberíamos instaurar unas normas básicas de educación y respeto.

–  Deja que los chicos se desahoguen, en el fondo se lo pasan en grande. – Le dice Manuel a mi padre.

La puerta del salón se abre y aparecen Arturo y Pablo, que se han enterado de lo ocurrido y han venido a ver cómo estábamos. Pablo y Axel se saludan y, según he entendido, se han conocido esta misma mañana.

Probablemente Pablo sabe desde esta mañana que Axel es mi niñera y el muy cabrón no me ha dicho nada. Pablo se acerca sonriendo y, tras echarme un rápido vistazo para evaluar mis heridas de guerra, me dice:

–  ¿Cómo estás, Nikita?

–  Dímelo tú, traidor.

–  Te juro que no sabía nada hasta que mi padre me ha llamado por teléfono para contarme lo que había ocurrido. – Se excusa Pablo. – A tu adorable vecino lo he conocido esta mañana y solo sabía que era el hijo de Manuel.

–  Tiene razón, Ari. – Me confirma mi padre. – Si le hubiéramos dicho algo, hubiera salido corriendo a contártelo. No sé por qué no estáis juntos, hacéis una buena pareja.

–  Puaj. – Decimos Pablo y yo a la vez y todos nos echamos a reír, todos excepto Axel, que nos mira como si tuviéramos tres ojos y le pregunto en un susurro: – ¿Me ha salido otro ojo en la cara o pones esa cara de susto por hobby?

Contra todo pronóstico, Axel me sonríe y me susurra al oído:

–  Me ha sorprendido vuestra reacción, cualquiera que os vea pensaría que sois pareja.

–  Pablo y yo nos conocemos desde que tenemos uso de razón, nos hemos criado juntos en el internado, somos como hermanos. – Le explico. – Pensar en ser la novia de Pablo es como pensar en ser la novia de mi padre, algo absurdo. Pero mi padre no pierde la esperanza en que algún día cambiemos de opinión, por eso siempre hacemos la misma broma. – Axel me mira sin dejar de sonreír y por una vez me siento cómoda con él, hablando como dos personas normales, o casi normales. – Pablo es el hermano que nunca tuve.

–  Oye, te debo una disculpa. – Me dice sorprendiéndome. Me sonríe y añade: – He sido injusto contigo, puede que seas algo más que una princesita.

–  Y yo supongo que eres algo más que un vecino imbécil. – Le respondo bromeando.

–  Te he traído un regalo. – Me dice Pablo apareciendo entre nosotros y entregándome una bolsa de marihuana. – Pensé que te vendría bien después de toda esta movida.

–  Pensaste bien, como siempre. – Le digo dándole un abrazo. – ¿Salimos al jardín? – Les propongo a Pablo y Axel.

Ambos asienten y los tres salimos al jardín, dejando a nuestros padres hablando en el salón, probablemente de nosotros. Nos sentamos sobre el césped en el mismo sitio donde Pablo y yo nos sentamos la noche anterior y nos liamos un cigarrillo cada uno, está claro que después de todo lo que ha pasado los tres lo necesitamos.

Ahora que Axel está más relajado y no se muestra a la defensiva conmigo, puedo observarle y me gusta lo que veo. Es guapo, fuerte y hay algo en él que me atrae desde la primera vez que le vi en el pub.

–  Princesita, tengo que reconocer que me estás sorprendiendo. – Me dice Axel sonriendo.

–  Terminarás reconociendo que soy adorable, vecinito. – Le respondo riendo.

–  No vais a dejar de provocaros nunca, ¿verdad? – Nos dice Pablo divertido. – Yo os recomiendo que echéis un polvo, creo que ambos lo necesitáis. – Añade antes de levantarse y decir: – Buenas noches, pareja.

–  Puaj. – Le respondo a la espalda de Pablo que se marcha sonriendo.

–  ¿Puaj? – Me pregunta Axel. – ¿Qué tengo yo de puaj?

–  ¿De verdad quieres discutir? – Le pregunto rodando los ojos.

–  ¿Prefieres que echemos un polvo? – Me pregunta burlonamente.

–  Ni aunque fueras el último hombre en la faz de la Tierra. – Le respondo riendo. – Por cierto, siento lo de tu amiga la morena, estaba un poco furiosa y no jugué limpio. Aunque la próxima vez que quieras impedir que vaya a alguna parte prefiero que te saltes la parte de dejarme encerrada en el ascensor.

–  No te quejes, me encerré contigo. – Me contesta divertido. – Y no fue tan mal, ambos salimos vivos y sin ningún rasguño, a pesar de que pretendías salir por el techo del ascensor.

–  Normalmente no suelo coger el ascensor, voy por las escaleras.

–  Te pusiste histérica, princesita. – Me responde burlonamente al mismo tiempo que se tumba sobre el césped. – Lo que no entiendo es cómo puedes ponerte así por quedarte encerrada en un ascensor y no te inmutas a la hora de enfrentarte a ocho tipos armados.

–  Deja de llamarme princesita y, para que lo sepas, yo nunca me pongo histérica. – Le advierto molesta de que me llame así constantemente.

–  ¿Por qué no, princesita? A mí me gusta. – Me contesta con sorna.

Me dejo caer hacia atrás para quedarme completamente tumbada a su lado, pero con una distancia prudencial de seguridad. Le doy el último par de caladas a mi cigarrillo de la risa y cierro los ojos tratando de relajarme y asimilar todo lo que ha pasado y lo que he descubierto en las últimas horas.

No sé muy bien cómo ni cuándo, pero me quedo dormida sin darme cuenta.

Siempre cuidaré de ti 7.

Siempre cuidaré de ti

Sentada en el suelo junto a Manuel, observo como el coche de mi padre se acerca a toda velocidad y frena derrapando junto a nosotros. Si fuera un camino sin asfaltar, estaríamos llenos de tierra. Mi padre sale del asiento del copiloto seguido de Ben, el escolta personal de mi padre que también conduce el coche.

–  ¿Qué cojones ha pasado? ¿No se suponía que era seguro? – Le espeta mi padre a Manuel. Pero repara en mi labio hinchado y sangriento y en mi brazo vendado y todavía más sangriento y, furioso como nunca lo había visto, empieza a maldecir: – ¡Malditos bastardos alemanes! ¿Cómo se atreven? – Inspira profundamente para calmarse y se agacha a mi lado para revisarme el labio y el brazo y me dice: – ¿Estás bien? Vamos a llevarte a casa ahora mismo, el doctor ya está de camino.

Por primera vez en la vida, veo a mi padre como el ser vulnerable que es y no como el gran director todopoderoso al que todos temen.

–  Estoy bien, papá. – Le respondo tratando de quitarle importancia a mis heridas. – Aunque vas a tener que explicarme por qué intentan secuestrarme esos tipos. Wolf y uno de sus hombres se han escapado, el resto están ahí. – Le respondo señalando los cinco cadáveres que hay en el suelo a escasos metros de nosotros.

–  Lo siento, Adolfo. – Se disculpa Manuel. – No entiendo cómo ha podido ocurrir y, si no llega a ser por Ari ahora estaríamos todos muertos. – Me mira con dulzura y añade señalando mi brazo herido: – De hecho, esa bala iba dirigida a mí y si ella no se llega a interponer…

–  Manuel, si vosotros no hubieseis estado conmigo yo tampoco hubiera podido hacer nada, hemos  trabajado en equipo y nos ha salido bien. – Le interrumpo.

–  Tu hijo también se ha enterado del altercado que habéis tenido y está de camino a mi casa. – Le dice mi padre a Manuel. – Voy a tener que dar muchas explicaciones y me gustaría que estuvieses presente.

–  Cuenta con ello, Adolfo. – Le responde Manuel a mi padre.

Mi padre les da el día libre a los dos escoltas de Manuel y les pide que mañana a primera hora presenten un informe de lo ocurrido, solo espero que no sepan alemán. Ambos escoltas se llevan el Hummer de Manuel mientras mi padre da órdenes al resto de los agentes que van llegando para que se encarguen de limpiar toda la escena y Manuel y yo nos subimos en la parte trasera del coche de mi padre mientras esperamos para regresar a casa.

Media hora más tarde, llegamos a casa y el doctor Petersen nos espera en el porche de la casa de mi padre, con su bata blanca y el maletín en la mano. Al verlo, me entran ganas de reír y mi padre me pregunta furioso:

–  ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia?

–  Lo exagerado que eres, papá. – Le contesto divertida. – Apuesto lo que quieras a que todos esperan verme llegar con las tripas colgando cuando solo tengo un rasguño.

–  Un rasguño se lo hace uno con una rama, cuando te disparan, aunque la bala solo te roce, te produce una herida grave, con una considerable pérdida de sangre y posibles lesiones en el sistema nervioso que pueden reducir tu movilidad o incluso anularla. – Me replica mi padre molesto.

Cuando bajo del coche, veo a un montón de gente además del doctor Peterson. Veo a Pablo y a… Un momento, ¿qué hace aquí el imbécil de mi vecino?

–  Papá, ¿estás bien? – Veo que le pregunta Axel a Manuel.

Los observo incrédula, sintiéndome molesta y traicionada y Manuel, al verme e imaginar lo que me está pasando por la cabeza, me dice:

–  Sí, el imbécil de tu vecino también es mi hijo.

–  ¿El imbécil de su vecino? – Me pregunta Axel molesto. – ¿Es así cómo me llamas, princesita?

–  Lo cierto es que utilizo otro término para referirme a ti, pero no me pareció correcto utilizarlo delante de tu padre. – Le respondo furiosa. Fulmino a mi padre con la mirada y le digo: – Soy toda oídos, empieza a explicarme toda esta mierda.

–  Ve con el doctor Petersen a que te cure el brazo y el labio, hablaremos en cuanto termines. – Me ordena mi padre. Se vuelve hacia Manuel y le dice: – Ve con ella y que el doctor te revise la herida de la frente, Axel y yo os esperaremos en el salón bebiendo una copa, creo que ambos la necesitamos.

Me doy media vuelta y entro en casa seguida por Manuel y el doctor. Mientras el doctor me cura el labio y el brazo me quedo en absoluto silencio, sintiéndome traicionada por mi propio padre. Me negué a que me pusiera un escolta y aun así lo hizo, de otra manera no me explico por qué me encontraba a Axel en todas partes, las coincidencias no existen, al menos no en mi vida. Por eso Axel debe de odiarme tanto, un agente de su prestigio es sacado de una misión importante en Colombia para hacer de guardaespaldas de la hija del jefe, una princesita, cómo él me ha llamado.

El doctor termina de curarme y, mientras cura a Manuel, decido subir a mi habitación y darme un buen baño de agua caliente y burbujas. Con un poco de suerte, cuando baje al salón ya estarán relajados y no tendré que soportar la charla de mi padre, aunque dudo que corra esa suerte.

Cuando por fin regreso al salón, me encuentro a mi padre, Manuel y Axel hablando sobre lo ocurrido, Manuel les ha debido de poner al corriente mientras yo estaba en mi habitación porque tanto mi padre como Axel parecen más relajados conmigo.

–  ¿Interrumpo? – Les pregunto al ver que todos se me quedan mirando en cuanto entro en el salón y se quedan callados.

–  No, pasa. – Me dice mi padre con una media sonrisa. – Manuel nos ha explicado con todos los detalles todo lo que ha ocurrido y tengo que decirte que…

–  Papá, no estoy para sermones. – Le interrumpo. – Desde que tengo uso de razón sigo la disciplina de cualquiera de tus agentes, pese a que yo solo era una niña. Soy tan buena o mejor que cualquiera de ellos y lo único que he hecho es salvar mi vida y la de los que estaban conmigo. – Entonces me acuerdo de los dos escoltas, fijo que saben alemán. – Ah, ya lo entiendo. – Le digo dejándome caer en uno de los sillones libres. – Los escoltas de Manuel saben alemán, ¿verdad?

Mi padre y Axel se me quedan mirando como si la que hablara otro idioma fuera yo, pero Manuel debe entenderme porque él se echa a reír a carcajadas. Todos miramos a Manuel como ríe y, cuando consigue parar de reír, me dice divertido:

–  Sí querida, mis escoltas saben alemán y me han dicho exactamente todo lo que les has dicho a Wolf y al pobre tipo que te ha sacado del coche. – Me guiña un ojo y añade: – Y tengo que reconocer que si me lo hubieras dicho a mí en vez de abofetearte te hubiera estrangulado con mis propias manos.

–  ¿Nos vais a explicar de qué va esto? – Nos espeta mi padre perdiendo la poca paciencia que tiene.

–  Tu hija tiene el don de sacar a cualquier hombre de quicio. – Le responde Manuel divertido. – Pero, aun así, es un encanto.

–  Sí, un encanto. – Murmura Axel con ironía.

–  ¿Siempre está así de amargado? – Le pregunto a Manuel.

–  Solo tú haces que me sienta amargado. – Me responde Axel furioso.

–  Me alegro de que os llevéis tan bien porque vais a pasar juntos mucho tiempo. – Nos dice mi padre disfrutando con cada una de sus palabras.

–  ¿Qué? – Exclamamos Axel y yo a la vez.

–  Adolfo, no creo que sea una buena idea. – Le dice Axel a mi padre.

–  Es una orden, agente Romero. – Le contesta mi padre.

–  Yo no soy una de tus agentes, no puedes ordenarme nada y mucho menos que me pase el día con Don Amargado pegado a mi espalda. – Le replico. – Sinceramente, prefiero que Wolf me secuestre y me mate, será menos doloroso.

–  ¡Queréis dejar de comportaros cómo dos críos! – Nos espeta mi padre furioso.

–  ¡Cuándo tú dejes de tratarme como a una cría! – Le contesto furiosa yo también. – Soy una cría para defenderme como una agente pero no lo soy para que me entrenes como un agente. Estoy harta, papá. No soy una niña inocente e indefensa como tú te empeñas en seguir creyendo. He crecido y me he convertido en una mujer. Salgo con mis amigas, me emborracho y me acuesto con hombres, siempre y cuando el amargado de mi vecino no boicotea el ascensor para dejarme encerrada. Soy responsable, me he sacado una carrera con honores al mismo tiempo que trabajaba por las noches y seguía con tus malditos entrenamientos. Me fui de aquí con dieciocho años y no te he pedido un solo euro desde entonces y he sobrevivido, papá. Creo que ya es hora de que empieces a confiar en mí y en mi capacidad de supervivencia, te aseguro que no se me da nada mal.

–  No me has dejado terminar, Ari. – Me dice mi padre con una tierna sonrisa en los labios. – Iba a decirte que Manuel nos ha contado lo que ha pasado y estoy orgulloso de ti.

–  ¿Estás borracho? – Le pregunto con desconfianza. – ¿No hay charla ni nada?

–  Adorable, sí señor. – Murmura entre dientes Axel.

–  Axel, así no ayudas. – Le recrimina Manuel.

–  Yo también me lo he currado mucho como para tener que hacer de niñera de esta princesita que se cree el ombligo del mundo. – Le contesta Axel furioso.

–  En realidad, queremos que trabajéis juntos y que cuidéis el uno del otro. – Le dice mi padre a Axel.

–  ¿Trabajar juntos? – Pregunta Axel incrédulo. – Puede que haya recibido entrenamiento como agente, pero está verde en experiencia y más que una compañera sería un lastre.

Levanto una ceja y abro la boca para decir algo, pero Manuel me coge de la mano y me la aprieta para que me calle y le deje hablar y yo obedezco.

–  Ari me ha salvado la vida esta tarde. Si no hubiese sido por ella ahora mismo estaría muerto. – Le dice Manuel a su hijo. – Habían dos agentes conmigo que son ex marines y los dos tenían cara de niños vulnerables y completamente desamparados cuando Wolf y sus hombres nos han acorralado. Sin embargo, Ari parecía estar en su salsa. No se ha acobardado, les ha desafiado, ha tenido la sangre fría de ofrecerse como cebo y distraerles para poder atacarles y, además, protegerme. Ojalá todos nuestros agentes fueran la mitad de competentes que ella, seríamos indestructibles.

–  Tengo el vídeo de la cámara de seguridad de tu coche, ¿os apetece que lo veamos juntos? – Nos propone mi padre y todos asentimos.

Me levanto del sillón y me sirvo una copa de vodka con hielo bajo la mirada desaprobadora de mi padre, pero le sostengo la mirada desafiante y finalmente se resigna, sabe que terminaré haciendo lo que me dé la gana y si no dice nada se ahorra la discusión.

Siempre cuidaré de ti 6.

Siempre cuidaré de ti

Manuel y yo recogemos la sala del laboratorio antes de salir y montarnos de nuevo en su Hummer, con sus dos escoltas.

A pesar de que llevaba un par de años sin verle, tengo que reconocer que me siento igual de cómoda con él que antes. Es uno de los mejores amigos de mi padre y lo conozco desde que tengo uso de razón, es cómo uno de los tíos biológicos que nunca tuve, pero para compensar, los mejores amigos de mi padre siempre han sido como tíos para mí, son como de mi propia familia.

Manuel y yo vamos sentados en la parte de atrás del Hummer cuando de pronto nos paramos. Manuel y yo cruzamos una mirada de confusión y acto seguido Manuel les pregunta a sus escoltas:

–  ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos hemos parado?

–  Problemas, jefe. – Le responde uno de los escoltas en un murmullo. – Dos todoterreno nos cortan el paso por delante y vienen dos todoterrenos más por detrás.

–  Pide refuerzos. – Le ordena Manuel.

–  En ello estoy, jefe. – Le contesta el otro escolta.

–  Mierda, se suponía que traer a Ariadna aquí era seguro. – Se lamenta Manuel. – Ari, ¿sabes cómo usar una pistola?

–  ¿Con quién te crees que estás hablando? – Le respondo con sarcasmo. Manuel me mira con reproche, no es momento de sarcasmos. – Se me da bastante bien. – Le respondo sacándome mi pistola del calibre 38 del tobillo.

–  El coche está blindado y los cristales son antibalas. – Me informa Manuel. – No quiero que salgas del coche hasta que regresemos, pero si alguien llega antes que nosotros espero que realmente sepas utilizar esa pistola. Son demasiados y nosotros solo somos tres, si uno se queda contigo no tendremos opción a sobrevivir, ¿entiendes lo que digo?

–  ¿Eres consciente de que mi padre me ha entrenado como agente desde que nací? – Le pregunto molesta. – No pienso quedarme a esperar en el coche, yo también voy con vosotros.

–  Ni de broma, si te pasa algo tu padre me mata. – Sentencia Manuel antes de salir del Hummer junto a sus escoltas y dejarme sola.

¡Maldito cabezón! Y luego dicen que es conmigo con la que no se puede hablar. ¡Pero si ni siquiera me escuchan!

Miro por la ventanilla del coche a hurtadillas para que nadie me vea y desde mi posición puedo ver cómo cuatro hombres se bajan de los dos todoterrenos que tenemos delante, los cuatro armados hasta los dientes. Con cautela, miro por el retrovisor y veo que los otros dos todoterrenos que nos perseguían han aparcado detrás de nosotros y de ellos se bajan otros cuatro hombres armados hasta los dientes. En total son ocho hombres y nosotros somos cuatro. Esto no pinta bien.

Entonces, uno de ellos apunta a la cabeza de Manuel y le pregunta con acento alemán:

–  ¿Dónde está la chica?

–  No sé de qué chica me hablas. – Le contesta Manuel ganándose un puñetazo del tipo que le apunta con la pistola.

Otro tipo, el que parece el jefe de los otros siete, le hace un gesto al que apunta a Manuel con la pistola para que se tranquilice y después le dice en alemán a otro de sus hombres:

–  La chica está dentro del coche, sácala de ahí y llévala al todoterreno.

El tipo obedece a su jefe y abre la puerta trasera del Hummer para venir en mi busca al mismo tiempo que yo me escondo la pistola en la cadera, bajo el pantalón y la camiseta. Por suerte, me he puesto una chaqueta tejana con solapa que se estrecha en la cintura pero se ensancha en la cadera, perfecta para ocultar el bulto de la pistola.

–  ¿Qué tenemos aquí? – Me dice el tipo en alemán sacándome del Hummer dándome un fuerte tirón del brazo. – Si es una preciosidad, estoy seguro de que nos vamos a divertir mucho juntos.

–  Espero que tu pene sea más grande que tu cerebro, de lo contrario no lograrás satisfacer ni a una ninfómana. – Le respondo con repulsión en alemán.

El tipo se enfurece con mi comentario y, sin poder contener el impulso, me da un bofetón con todas sus fuerzas, haciéndome tambalear, pero recupero el equilibrio al mismo tiempo que siento como me cae sangre del labio. Me limpio la sangre del labio con la lengua y, con gesto burlón, le pregunto al mismo tipo en su idioma:

–  ¿Únicamente así consigues que una mujer acceda a acostarse contigo?

El tipo levanta la mano para volver a abofetearme, pero su jefe alza la mano y lo detiene antes de que estampe su huella contra mi cara de nuevo. Manuel y sus dos hombres me miran incrédulos, pero yo les guiño un ojo para hacerles saber que todo va bien.

–  Eres tan hermosa como impertinente. – Me dice el jefe alemán.

–  Suelen decírmelo a menudo. – Le contesto con indiferencia.

El tipo, cansado de mis contestaciones, saca su pistola y me la pone en la frente antes de decirme:

–  Si quieres seguir con vida, será mejor que te estés calladita.

–  Dime una cosa, ¿qué ganas si me matas? – Le pregunto divertida. – Me quieres a mí para conseguir algo de mi padre. Si no te lo da, me matarás. Pero, si te lo da, me matarás igualmente en cuanto tengas lo que buscas. Mátame ahora y no tendrás nada. A mí me da igual, sé que acabarás matándome igualmente, si no consigo matarme yo antes.

–  ¿Qué quieres? – Me pregunta el alemán, hombre listo.

–  Déjalos marchar, a los tres. – Le respondo con seguridad en mis palabras. – Si les dejas marchar, yo iré voluntariamente contigo.

Los cuatro hombres alemanes se echan a reír mientras que Manuel se lleva las manos a la cabeza desesperado y los dos escoltas me miran como si fuese idiota.

Me quedo esperando una respuesta por parte del jefe alemán, pero no deja de reírse junto a sus hombres, así que, aprovechando ese momento de distracción, saco mi pistola de la cadera, disparando al tipo que me ha abofeteado en la cabeza, seguida de otros dos tipos más que están a su lado. Cuando me dispongo a disparar al cuarto, veo que uno de ellos apunta a Manuel y lo empujo hacia el suelo, donde ambos caemos tras el Hummer. Los dos escoltas se unen a nosotros rápidamente y uno de ellos me dice:

–  Te has cargado a tres y nosotros a otros dos. Ya solo quedan otros tres, entre ellos Wolf, el jefe del clan.

–  Cúbreme. – Le ordeno antes de desaparecer para disparar a otro de los hombres de Wolf. Camino en cuclillas hasta llegar a uno de los todoterrenos aparcados delante de nosotros y veo a otro de los hombres que cubre a Wolf mientras se dirigen a uno de los todoterrenos traseros. Disparo una y otra vez mientras ellos pasan por delante y se largan. – ¡Mierda, se han escapado! – Grito. – Corred al coche, vamos a seguirlos.

Pero Manuel me agarra del brazo para detenerme y veo las estrellas.

– ¡Ah! ¿Qué cojones…? – Me miro el brazo y lo veo totalmente ensangrentado. Desgarro parte de mi camiseta y limpio la herida. – Solo es un arañazo, la bala me ha rozado. – Me vuelvo hacia a ellos, que me miran como si acabaran de ver a un fantasma y les pregunto: – ¿Estáis bien?

–  Sí… – Me contestan al unísono los escoltas.

–  ¿Te has vuelto loca? – Me espeta Manuel. – ¿Es que querías que te mataran aquí mismo? ¿Qué cojones les has dicho para que hayan pasado de querer divertirse contigo a matarte directamente?

–  Soy yo la que va a hacer las preguntas y, por vuestro propio bien, me vais a decir qué está pasando aquí ahora mismo. – Les advierto con tono amenazador con la pistola en la mano, pero sin apuntarles directamente. – ¿Qué quieren de mi padre que tratan de secuestrarme a mí?

–  Será mejor que eso se lo preguntes a tu padre, yo ya he metido bastante la pata contigo. – Me dice Manuel. – No debí traerte aquí, le dije a tu padre que era un exagerado y que no iba a pasar nada y mira…

–  Casi nos matan a todos. – Dice uno de los escoltas pero se calla y agacha la cabeza en cuanto le fulmino con la mirada.

–  Manuel, nada de esto ha sido culpa tuya. – Le digo sintiéndome culpable. – No ha pasado nada, por suerte todos estamos bien. – Uno de los escoltas señala mi labio y mi brazo con gesto de preocupación y, armándome de paciencia, les repito: – Estoy bien, pero necesitaré algunos puntos. De momento, ayudadme a atarme el trozo de tela de mi camiseta alrededor de la herida haciendo presión para evitar que pierda más sangre si no queréis que me desmaye aquí mismo.

Los dos escoltas me obedecen sin tiempo que perder y Manuel me mira con indicios de lágrimas en sus ojos y me dice con un hilo de voz:

– Esa bala iba directa a mi cabeza, tú me has apartado  por eso te han dado en el hombro, me has salvado la vida.

–  Estamos en paz si no le cuentas nada de esto a mi padre, se va a poner histérico. – Le contesto bromeando pero consciente de la que me va a liar mi padre por no hacerle caso y permitir que me ponga un escolta.

–  Demasiado tarde, por ahí viene. – Me dice Manuel divertido. – Tranquila, no puede ser para tanto.

Pero él está igual de nervioso que yo. Lo cierto es que me da más terror escuchar una de las charlas de mi padre de “ya te lo advertí” que enfrentarme a ocho alemanes armados.

Resignada por lo que vendrá a continuación, me siento en el suelo junto a Manuel, con la espalda apoyada en el lateral del Hummer, como si estuviéramos esperando nuestra particular ejecución, y espero a que el coche de mi padre llegue hasta dónde estamos y nos eche su charla.

Siempre cuidaré de ti 5.

Siempre cuidaré de ti

A la mañana siguiente mi padre me despierta y me dice que Manuel quiere que le eche una mano con un caso y, cómo no puedo negarme, me levanto, me doy una ducha y bajo a la cocina a desayunar, donde Manuel ya me está esperando.

–  Buenos días, Ariadna. – Me saluda Manuel.

–  Buenos días, Manuel. – Murmuro medio dormida.

Manuel, consciente de mi humor recién levantada, probablemente alertado por mi padre, deja que desayune tranquilamente mientras lee su periódico en silencio.

Media hora más tarde, cuando el desayuno ya ha calmado mi mal humor, le pregunto:

–  Mi padre dice que quieres que te ayude en un caso, ¿de qué se trata?

Manuel baja su periódico para mirarme a los ojos, lo dobla y lo deja sobre la mesa antes de responder:

–  Se trata de un caso antiguo y, como criminalista, me gustaría que me dieras tu opinión. He oído que te has licenciado con honores y no te faltan ofertas de trabajo, sin embargo has decidido tomarte un año sabático, ¿puedo preguntar por qué?

–  He estudiado la carrera de criminología porque me gusta, pero aún no he decidido si quiero entrar en el Servicio Secreto o trabajar en un laboratorio forense privado. – Le respondo con sinceridad. – He recibido una muy buena oferta en la que me harían jefa del departamento y no tendría que rendirle cuentas a nadie.

–  Suena bien, pero eso también lo podrías conseguir en el Servicio Secreto e incluso podrías desarrollarte mejor como profesional. – Me dice Manuel.

–  ¿Te ha pedido mi padre que me des la charla? – Le pregunto molesta.

Manuel suelta una carcajada y me dice:

–  No, pero ya me advirtió que tuviera cuidado al mencionar ciertos temas. – Se levanta de su silla y, mirándome con seriedad, me dice: – Hace diez años tratábamos de rescatar a la hija de alguien muy importante, pero algo salió mal y nunca más se supo de esa niña. Dos años más tarde encontraron un cuerpo de una niña y todo parecía indicar que era ella, pero hace unas semanas el ADN de esa niña apareció en la escena de un crimen. Nuestro criminólogo ha determinado que el ADN y el resto de pruebas señalan a esa niña, pero queremos una segunda opinión y el mejor criminólogo del país, tu profesor Tom Wilson, nos ha mencionado tu nombre. Cree que eres su digna sucesora y nos ha dicho que eres incluso mejor que él, así que me gustaría que le echaras un vistazo al caso y me dieras tu opinión.

–  De acuerdo, así tendré algo que hacer mientras mi padre está en la oficina. – Le respondo con una sonrisa.

Manuel y yo salimos de la casa y un Hummer custodiado por dos enormes agentes nos espera para llevarnos al laboratorio que hay oculto entre las montañas donde Manuel guarda todas las pruebas del caso. Mientras me enseña todas las pruebas, me explica que sospecha de que esa niña pequeña que secuestraron la hayan podido convertir en un arma para matar, puede que ahora nadie la controle y busque vengarse de los que no la devolvieron a los brazos de su padre. O puede que no esté sola y la estén manipulando. Son demasiadas hipótesis que no se pueden resolver solo con estas pruebas.

–  Con lo que tienes aquí lo único que pudo hacer es confirmar de quién es el ADN y cómo murieron las víctimas, según puedo interpretar de las fotos de la escena del crimen. – Le respondo. – Me gustaría ver el informe de la autopsia del cadáver que encontraron. También puede darse el caso de que alguien haya puesto ese ADN ahí para despistar o para vengar la muerte de esa niña.

–  ¿Crees que ha podido ser un montaje?

–  Eso te lo responderé cuando haya revisado todas las pruebas. – Le contesto. – Pero yo investigaría a la familia de la víctima, si sigue viva ella acudirá a ellos y si está muerta y alguien quiere vengar su muerte lo más fácil es empezar por la familia.

–  Veo que el profesor Tom Wilson no se equivocaba contigo. – Me dice Manuel con admiración. – En esta sala encontrarás todo lo que necesites para revisar las pruebas. Soy consciente de lo poco que os gusta que os observen mientras revisáis las pruebas, pero debo estar presente durante todo el proceso para certificar tu comprobación.

–  Tranquilo, estoy acostumbrada a trabajar con cientos de ojos pendientes de lo que hago. – Le contesto poniéndome la bata blanca.

Durante el resto del día, reviso una por una las pruebas del caso bajo la atenta mirada de Manuel, que me observa en el más absoluto silencio. Solo hacemos un parón de una hora a las dos de la tarde para comer, porque Manuel me obliga a descansar un rato y reponer fuerzas para seguir trabajando. Cuando me centro en mi trabajo me olvido de comer y de dormir, no puedo dejarlo a medias porque no me concentro en otra cosa que no sea acabarlo.

A las siete de la tarde termino de revisar todas las pruebas y Manuel me pregunta:

–  Y bien, ¿qué te parece?

–  Según la autopsia, el cadáver corresponde al de esa niña. He revisado las muestras de ADN que el forense guardó y no me cabe ninguna duda de que la niña está muerta. – Le respondo. – El ADN que apareció en la escena del crimen, tal y como figura en el informe y según las fotos de la escena del crimen, hacen sospechar que se trata del ADN del asesino, así que, si la niña está muerta, alguien está matando escondiéndose bajo su identidad. Ahora te toca a ti descubrir quién es y te aconsejo que empieces por el por qué lo hace.

–  ¿Por qué crees tú que alguien puede hacer algo así?

–  Solo son conjeturas, pero supongo que alguien que quiera vengar su muerte o alguien que quiere que creamos que sigue viva y matando gente. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Investiga a la familia, averigua si tienen enemigos.

–  El padre de esa niña desapareció tres días después de que le confirmaran que el cadáver encontrado era el de su hija. – Me dice Manuel. – La madre murió cuando la niña era un bebé, no tenían más familia.

–  Entonces, alguien quiere que vosotros creáis que esa niña está viva y matando gente y, aunque suene extraño, el parece ser el candidato perfecto. – Me reafirmo en mi postura inicial. – ¿Quién ha podido tener acceso al ADN de esa niña? Desapareció hace diez años y encontraron su cadáver hace ocho años. Los únicos restos de ADN de esa niña son los que tú tienes, así que solo puede ser alguien que haya podido tener acceso a la sangre de la niña mientras estuviera viva.

–  Como los tipos que la secuestraron.

–  O como el doctor que le hacía análisis de sangre antes de que la secuestraran. – Le digo ofreciéndole otra alternativa.

–  Nuestro criminólogo ha revisado todas las pruebas y nos ha confirmado que el cadáver encontrado ocho años atrás corresponde a la niña, igual que ha confirmado que el ADN encontrado en la escena del crimen de hace unas semanas es de la misma niña, pero no ha llegado a sacar unas conclusiones tan buenas como las tuyas. – Me felicita Manuel. – Eres realmente buena.

–  Te agradezco tus halagos, pero no son conclusiones, son conjeturas. – Matizo. – Ninguna de las teorías que hemos mencionado tendrían validez ante un tribunal, no hay pruebas suficientes.

–  Así que además de ser preciosa, inteligente y excepcional en tu trabajo también eres humilde. – Me dice Manuel con una sonrisa divertida. – No me importaría que te convirtieras en mi nuera.

–  Y a mí no me importaría que fueras mi suegro, si no fuera porque no tengo la más mínima intención de casarme. – Le respondo bromeando.

–  ¿Aún no has encontrado a tu príncipe azul?

–  Hace mucho que dejé de creer en los príncipes azules. – Le contesto con sinceridad.

–  ¿No crees en el amor? – Me pregunta sorprendido.

–  No. – Le respondo con rotundidad. – Creo en la atracción que se puede sentir por alguien en concreto pero que con el tiempo desaparece. Una amiga siempre dice que el amor no es más que la insensatez de practicar sexo con un buen amigo y que, tarde o temprano, acabas quedándote sin sexo y sin amigo.

Ambos nos echamos a reír a carcajadas, esa frase es de Debby y estoy segura de que Manuel sabe perfectamente quién es la amiga que ha pronunciado esas palabras.

Entre bromas y preguntas un tanto indiscretas, Manuel y yo recogemos y ordenamos todas las pruebas del caso antes de salir del laboratorio.

Siempre cuidaré de ti 4.

Siempre cuidaré de ti

Después de dormir durante toda la mañana, me levanto y decido ir a visitar a mi padre durante un par de días, cualquier cosa es mejor que volver a encontrarme con el vecino, sobre todo después de lo que insinué delante de su amiga. Llamo a mi padre y le pongo al corriente de mis planes, al fin y al cabo me voy a instalar en su casa.

Cuando llego a casa de mi padre son las ocho de la tarde, así que lo saludo y subo a mi habitación para acomodarme antes de bajar al salón a cenar. Como siempre que voy a visitar a mi padre, Pablo se acerca a hacerme una visita y esta noche mi padre lo ha invitado a cenar con nosotros, aún sigue teniendo la esperanza de que entre Pablo y yo pueda haber algo, pero lo cierto es que ambos nos llevamos tan bien y nos conocemos desde hace tanto tiempo que somos como hermanos. El señor Méndez, el padre de Pablo, es uno de los mejores amigos de mi padre, junto con el señor Romero. Pablo, al igual que las chicas y yo, fuimos al colegio interno para los hijos de agentes, pero el hijo del señor Romero es siete años mayor que nosotros y cuando mi padre me metió en el internado él entró en la universidad y nunca lo he llegado a conocer.

Bajo al comedor y allí me encuentro a Pablo con mi padre, que me saluda con un efusivo abrazo en cuanto me ve. Mi padre nos mira alegremente, le gusta que nos llevemos tan bien y disfruta viendo cómo bromeamos. Entonces, la puerta del comedor se abre y aparecen el señor Méndez y el señor Romero.

–  ¡Querida Ari, qué gusto volver a verte! – Me saluda el señor Romero, besándome la mano al más puro estilo de un caballero.

–  En cuanto supimos que venías de visita, no hemos podido contener las ganas de pasar a saludarte y tu padre nos ha invitado a cenar. – Me dice el señor Méndez, saludándome del mismo modo que el señor Romero.

–  Yo también me alegro de verles, caballeros. – Les respondo con una amplia sonrisa.

Pasamos al comedor donde nos tomamos un par de cervezas mientras charlamos antes de que empiecen a servirnos la cena. Me siento entre mi padre y Pablo y el señor Romero me pregunta:

–  ¿A qué se debe esta repentina visita? ¿Va todo bien en tu nuevo hogar?

–  Sí, espero que sí. – Le respondo forzando una sonrisa. – Señor Romero, no ocurre nada, solo me apetecía venir de visita.

–  Por favor, llámame Manuel, señor Romero me recuerda lo viejo que me estoy haciendo. – Bromea el señor Romero, o mejor dicho Manuel.

–  Si no fuera por lo bien que te conozco, te creería. – Se mofa Pablo. – ¿Desde cuándo te apetece venir de visita por aquí? Que yo recuerde, siempre lo has detestado.

–  Tengo un vecino imbécil con el que me encuentro constantemente, solo tenía ganas de perderlo de vista un par de días y, de paso, le hago una visita a mi padre. – Le respondo sonriendo.

–  ¿Un vecino imbécil? – Me pregunta mi padre divertido. – Cuéntanos qué ha pasado.

–  No ha pasado nada. – Le digo quitándole importancia al asunto. – Nos encontramos cada dos por tres en todas partes y siempre es muy seco y antipático conmigo, creo que me culpa del mal en el mundo o algo parecido, no le caigo nada bien y lo cierto es que él a mí tampoco. Al principio creía que podría ser un psicópata que me estaba siguiendo a todas partes, pues la primera vez que lo vi fue la noche de mi graduación en el pub y luego descubro que es mi nuevo vecino, era un poco sospechoso. Pero el señor Martínez y su esposa me confirmaron que llevaba viviendo allí cinco años, nunca había dado un solo problema y siempre salía a correr a la misma hora. – Me vuelvo hacia a mi padre y le digo: – Me dijiste que podía confiar en el señor Martínez, así que le he creído ciegamente y más le vale que me haya dicho la verdad.

–  El señor Martínez te ha contestado la verdad a todo lo que le has preguntado. – Me asegura mi padre severamente. – Ni a él ni a su mujer les gusta mentir, pero son muy discretos y no te contarán nada que no preguntes directamente. Te recuerdo que el señor Martínez fue un antiguo agente del Servicio Secreto, ahora retirado para disfrutar de la vida.

–  Precisamente eso es lo que me hace dudar de él. – Le contesto.

–  ¡Está claro que Ari ha sacado tu carácter! – Le dice Manuel a mi padre mofándose. Se vuelve hacia a mí y añade: – Físicamente eres igual que tu madre, dulce, bella y encantadora. Pero ese carácter seguro, desconfiado y desafiador es el carácter de tu padre.

–  Entonces, cuando dice que no me soporta, ¿está diciendo que tampoco se soporta a sí mismo? – Me mofo riendo y produciendo la risa de todos los presentes, incluido mi padre. Me vuelvo hacia Manuel y, con un tono más serio, le pregunto: – Por cierto, ¿cuándo vas a presentarme a tu misterioso hijo? Al final, pensaré que solo es fruto de tu imaginación.

–  No es el mejor momento, créeme. – Me responde divertido y todos miran para otro lado.

–  ¿Qué pasa aquí? – Les pregunto. – ¿A qué ha venido disimular de esa manera cuando he hablado de su hijo? ¿Hay algo que deba saber?

–  Te presentaremos al hijo de Manuel cuando ambos estéis preparados para conoceros. – Sentencia mi padre y añade para cambiar de tema: – ¿Solo te quieres quedar un par de días por aquí?

–  Sí, solo he venido un par de días de visita. – Le recuerdo. – Las chicas y yo tenemos pensado irnos de vacaciones a la playa en agosto.

Mi padre me mira con gesto desaprobador y yo le mantengo la mirada con firmeza, sé que no quiere que salga mucho hasta que se solucione lo que quiera que sea que se tenga que solucionar, pero si la situación fuera tan grave, mi padre hubiera sido capaz de meterme en un búnker, es demasiado sobreprotector.

Después de cenar y de tomarnos unas copas todos juntos, Manuel, Arturo y mi padre pasan al salón para hablar de sus cosas y Pablo y yo salimos al jardín, como en los viejos tiempos.

–  Oye, ¿desde cuándo sales huyendo por un vecino imbécil? – Me pregunta Pablo cuando nos sentamos sobre el césped del jardín para fumarnos un cigarrillo de marihuana que tanto nos gustan.

–  Me conoces demasiado bien. – Le reprocho. – Lo que he dicho es verdad, pero he omitido el pequeño detalle de que ayer por la noche me quedé encerrada con él en el ascensor y no pudimos salir hasta las siete de la mañana. Le di plantón a Juan y era la tercera vez consecutiva en menos de un mes que no aparecía en una cita, y esta vez ni siquiera podía avisarle. Tuve que pasar la noche encerrada en el ascensor con ese idiota y, cuando por fin conseguimos salir, nos encontramos con una loca amiga de él que, en cuanto nos vio las pintas que teníamos, pensó lo que no era y montó un numerito, así que la puse en su lugar, pero creo que eso le va a salir caro a mi vecino. Así que, teniendo en cuenta el odio que ya me tiene de por sí, he preferido no encontrármelo durante los próximos días por lo que he venido a dar una vuelta por aquí y así mato dos pájaros de un tiro.

–   Cuéntamelo todo desde el principio sin escatimar en detalles, estoy seguro de que hay algo ente medias que se nos ha pasado inadvertido para entender el misterio de tu vecino. – Me dice Pablo.

Le cuento toda la historia, esta vez desde el principio, cuando lo vi por primera vez en el pub de Gabriel la noche de mi graduación, hasta cuando me despedí de él esta mañana después de salir del ascensor.

–  Tengo que decirte que, si le has jodido el rollo con la morena, estará furioso. – Opina Pablo.

–  Lo supongo, pero en el fondo estoy segura de que le he hecho un favor. – Le digo divertida. – Y, si tienes en cuenta mi frustración por no poder quedar con Pablo, estuve de lo más modosita

–  Si tan necesitada estás, estoy dispuesto a hacer un esfuerzo y satisfacerte sexualmente, aunque tengo que reconocer que solo de pensarlo me incomoda.

–  Sí, es como si fuera incesto o algo parecido. – Le secundo. – Te lo agradezco, pero de momento no me siento tan necesitada. – Le contesto riendo.

Con Pablo siempre he podido hablar de todo, igual que con las chicas, pero con él puedo tener la opinión de un miembro del sexo masculino. La teoría de Pablo sobre las mujeres es que somos tan desconfiadas que cuando vemos algo simple, como por ejemplo un hombre, tendemos a creer que son seres complejos que quieren ocultarnos algo porque no queremos creer que son así de simples. A mí siempre me ha parecido que los hombres son seres simples y funcionales, las mujeres somos más complejas y calculadoras que ellos. Si hubiera podido escoger, me hubiera  gustado ser simple y funcional, pero tengo que reconocer que me encanta poder echarle la culpa a mis hormonas por todas las cosas que digo o hago cuando estoy de mal humor y luego me arrepiento, que suele ser bastante a menudo.

–  Oye, ¿tú sabes algo del hijo de Romero? – Le pregunto a Pablo tras no poder dejar de darle vueltas a la cabeza a lo que ha ocurrido durante la cena. – Todos han actuado como si quisieran ocultar algo, ¿crees que es posible que no exista?

–  No lo he visto nunca, pero sé que existe. – Me responde Pablo. – Hace unas semanas lo trasladaron a una misión secreta y nos enviaron a dos agentes y a mí a ocupar su lugar en Colombia, donde terminamos la misión hace un par de días. El hecho de que manden a tres agentes en su lugar ya te hace pensar que es uno de los mejores agentes del Servicio Secreto, pero todos los agentes que había allí y le conocían le respetaban y le admiraban. – Me mira a los ojos y añade: – Pero sí, creo que nos están ocultando algo. Tu padre ha dicho que lo conocerás cuando ambos estéis preparados, ¿acaso crees que tu padre es capaz de organizar una boda pactada? A lo mejor te ha cambiado por un par de camellos y una lavadora. – Me dice Pablo mofándose.

–  Con mi carácter, dudo que mi padre se arriesgara a organizarme una boda con un completo desconocido, regresaría para vengarme al estilo “Kill Bill”. – Le digo riendo. – ¿Solo dos camellos y una lavadora? Creo que valgo algo más que eso. – Protesto.

–  Ari, tú no tienes precio. Tu valor es incalculable. – Me dice Pablo riéndose.

–  Muy gracioso, pero te recuerdo que eres tú el que insistes en verme cada vez que vengo de visita.

–  Touchée. – Me responde.

Nos quedamos sentados en el suelo del jardín fumando cigarrillos de marihuana y bebiendo cerveza hasta las tres de la madrugada, cuando Manuel y Arturo salen al jardín a buscarnos para despedirse. Pablo se marcha con su padre y yo me voy a la cama de mi antigua habitación.

Siempre cuidaré de ti 3.

Siempre cuidaré de ti

Dos semanas después de mudarnos al apartamento, las chicas se van de vacaciones con sus respectivas familias y yo me quedo sola en casa. A pesar de que mi padre y yo ya hemos resuelto nuestras diferencias, tampoco me ha apetecido irme con él para pasarme el día sola en su casa mientras él trabaja o, peor aún, ir con él a la oficina, dónde nadie mantiene conmigo una conversación normal, todos se empeñan en tratarme como a la hija del jefe en vez de una persona normal. Supongo que ser la hija del director del Servicio Secreto es lo que tiene.

Durante estas dos semanas me he encontrado a Axel en todas partes. Todas las mañanas salgo a correr por el parque y me lo encuentro, si voy al supermercado él también está allí comprando y cuando he salido con las chicas también me lo he encontrado varias veces. Incluso he llegado a sospechar que se trata de un psicópata que me persigue, pero a través del señor Martínez me he enterado de que el vecino misterioso lleva viviendo en su apartamento desde hace cinco años y sale a correr todas las mañanas a la misma hora, así que supongo que simplemente se trata de una inquietante coincidencia. Y digo inquietante porque, a pesar de nuestros continuos encuentros, Axel está serio y poco agradable, de hecho es como si me odiara, creo que me detesta aunque no entiendo por qué.

He quedado con Juan, un amigo de la universidad, para ir a cenar a su casa y lo que surja, cómo llevamos haciendo desde que nos conocimos hace cinco años. Aunque he tenido que anular las dos últimas citas en el último momento y se ha molestado un poco, pero esta cita es nuestra pipa de la paz y pienso pasármelo en grande esta noche. Juan es un buen tipo, lo pasamos bien juntos y busca lo mismo que yo: diversión sin compromiso. No es uno de esos amigos con los que se queda para hablar de lo bien que te va la vida o de los problemas que tienes, como diría Debby, es un follamigo. Creo que con eso ya dejo bastante claro el tipo de relación que mantengo con él.

Me pongo un vestido blanco a lo Marilyn Monroe con unos zapatos plateados de tacón de aguja a juego con un bolso de mano. Cojo la botella de vino tinto que he comprado para la ocasión y salgo de mi apartamento dispuesta a ir al ascensor, no se me ocurriría bajar todas esas escaleras con los tacones para llegar al parking. Pero en el rellano me encuentro con Axel, vestido con un traje negro y una camisa gris a juego con la corbata, tan atractivo como siempre, esperando el ascensor para bajar. Nuestras miradas se cruzan y Axel me saluda con un leve movimiento de cabeza y yo le saludo del mismo modo. Las puertas del ascensor se abren y Axel me hace un gesto para que pase yo primero. Le obedezco sin dignarme a mirarle, al fin y al cabo él tampoco es que parezca contento de verme, más bien todo lo contrario. Cuando ambos estamos dentro, las puertas del ascensor se cierran y empezamos a descender hasta que de repente el ascensor se para de golpe y las luces se apagan.

–  ¡Mierda! – Murmuro entre dientes. – ¿Qué ha pasado?

–  Se habrá ido la luz. – Me responde con la voz serena mientras aprieta el botón de la campana en el panel del ascensor, sin obtener ningún resultado. – Me parece que no funciona, probablemente haya habido un fallo en el suministro eléctrico y en breve se reestablecerá.

–  No hay ningún fallo eléctrico, el aire acondicionado sigue funcionando. – Comento al mismo tiempo que aprieto el botón de la campana que segundos antes apretaba Axel.

Miro hacia el techo tratando de encontrar una escapatoria, pero este ascensor es una caja metálica con una única puerta.

–  ¿A caso pensabas salir por el techo? Has visto demasiadas películas. – Se mofa al mismo tiempo que se quita la americana, la corbata y se desabrocha un par de botones de la camisa para acto seguido sentarse en el suelo y decirme: – Será mejor que te pongas cómoda.

–  Puede que tú no tengas nada mejor que hacer, pero yo sí. – Le respondo molesta. Saco mi móvil del bolso con la intención de llamar al señor Martínez, pero no tengo cobertura. – Mira si tu móvil tiene cobertura, el mío está fuera de servicio.

Axel se saca el móvil del bolsillo y, tras comprobarlo, niega con la cabeza. Empiezo a dar golpes contra la puerta del ascensor y grito:

–  ¡Hola! ¿Alguien puede oírme?

–  No te molestes, la mayoría de los vecinos están de vacaciones y el hueco del ascensor está insonorizado, nadie podrá oírte.

–  ¿Puedes tratar de pensar en una solución en vez de criticar todo lo que hago? – Le espeto furiosa.

–  Créeme, tengo más ganas de poder salir de aquí que tú. – Me contesta con indiferencia. – Pasar la noche de un sábado encerrado en el ascensor con una niña consentida es lo último que me apetece hacer, sin embargo me resigno y me comporto como un adulto.

–  Si comportarte como un adulto es ser un gilipollas, me alegro de ser una niña consentida. – Le respondo fulminándole con la mirada. – Además, ¿qué sabrás tú de mí?

–  No sé nada ni quiero saberlo. – Me contesta furioso.

Decido que es mejor no enfadarlo, el tipo está cachas y estamos solos y encerrados en un ascensor insonorizado, mejor no tentar mi suerte. Me siento al lado de Axel, separados por escaso medio metro, y resoplo al comprobar la hora en mi móvil, ahora mismo debería estar en casa de Juan.

Pasamos dos horas en absoluto silencio y seguimos encerrados en el ascensor, con la tenue luz de emergencia y el aire acondicionado a toda marcha, tanto que la piel se me ha puesto de gallina y empiezo a frotarme los brazos para tratar de entrar en calor.

–  Toma, póntela. – Me dice Axel dándome su americana. La cojo y me la pongo sin dignarme a mirarle, él lleva dos horas ignorándome, y añade: – De nada, simpática.

–  ¿Ahora te apetece hablar? – Le reprocho furiosa.

–  Vaya, lamento que no hayas podido asistir a tu cita. – Me dice con sorna. – Está claro que te hace mucha falta desestresarte un poco. ¿Siempre eres así de simpática con todo el mundo o solo me deleitas a mí con tu adorable personalidad?

–  El único que necesita echar un polvo aquí, eres tú. Siempre estás con esa cara de amargado, como si te hubieras comido un limón. – Le reprocho furiosa. – ¿Se puede saber qué te he hecho yo para que seas tan borde? ¿O es que solo me deleitas a mí con esa adorable personalidad tuya?

Contra todo pronóstico, Axel sonríe. No tengo la menor idea de por qué lo hace, pero verlo sonreír le hace aún más atractivo y yo me pongo más furiosa. ¿Se puede saber qué se ha creído éste imbécil? Y, por si fuera poco, mi cuerpo ha desafiado a mi mente y goza de libre albedrío para reaccionar ante mi vecino, ahora mismo no soy capaz de controlarlo.

Volvemos a quedarnos en silencio y cada vez hace más frío. Axel me abraza y me coloca entre sus piernas cuando me oye tiritar y yo apoyo mi espalda sobre su pecho duro como una roca. Noto que está ligeramente ladeado y al mirar en el espejo de enfrente veo reflejado algo metálico a través de su camisa, una pistola sin lugar a dudas.

–  ¿Por qué llevas una pistola? – Le pregunto en un susurro y noto como se tensa.

–  ¿Cómo lo has sabido? – Me pregunta tras asegurarse de que la pistola sigue en su sitio.

–  Por tu postura y por el reflejo en el espejo de algo metálico en el costado de tu cintura bajo la tela de tu camisa. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Eres muy observadora. – Me responde susurrando. – ¿No te asusta estar entre los brazos de un desconocido que va armado?

–  Si me matas, me harías un favor. – Le respondo despreocupadamente.

–  Explícamelo. – me susurra al oído con la voz ronca y yo me estremezco.

–  No me gusta hablar de mi vida privada, mucho menos con desconocidos.

–  Si es por tu cita, estoy seguro que si le explicas que te has quedado encerrada en el ascensor lo entenderá y se arreglará. – Me dice divertido.

–  ¿Quién se va a creer que me he quedado encerrada en el ascensor de un edificio inteligente? Esto es surrealista. – Le digo resignada. – Tengo una botella de vino tinto carísima y que pienso beberme. No tengo copas, pero podemos compartir la botella.

–  No tengo un plan mejor así que, ¿por qué no? – Me dice encogiéndose de hombros.

Nos bebemos la botella de vino entre pullas, pero lo cierto es que tengo que reconocer que incluso me divierto con él. En algún momento, vencida por el cansancio y el alcohol, me quedo dormida entre sus brazos.

A la mañana siguiente me despierto abrazada a Axel cuando el ascensor se pone en marcha y las luces se encienden. Miro el reloj, las siete de la mañana. Axel y yo nos levantamos evitando mirarnos el uno al otro, un tanto incómodos. Axel pulsa el botón del ático y el ascensor asciende y abre sus puertas segundos después. Con los zapatos en la mano y la americana de Axel aún puesta, salgo del ascensor seguida de él, que lleva en su mano la botella de vino completamente vacía, y nos encontramos con una morena de ojos oscuros, vestida con traje de chaqueta y pantalón de color gris perla, que pone los brazos en jarras en cuanto nos ve salir del ascensor, a la par que me fulmina con la mirada.

–  Zaida, ¿qué haces aquí? – Le pregunta Axel visiblemente molesto.

–  Anoche habíamos quedado y no te presentaste. – Le responde la morena con fuego en los ojos. – Te llamé pero tenías el móvil apagado, así que esperé y esperé hasta que a las seis de la mañana me dije que si no estabas en casa estarías a punto de regresar y no me he equivocado. – Me mira con desprecio y añade con odio: – ¿Me has dejado tirada para estar con esta Barbie?

–  Si estos eran tus planes de anoche, entiendo perfectamente que no quisieras salir del ascensor. – Le digo a Axel en voz alta para que la morena me escuche. Me quito su americana y, a modo de despedida, le digo devolviéndole la chaqueta: – Buenas noches, Ken. O buenos días.

Sonrío burlonamente a la morena que me mira con ganas de asesinarme y entro en mi piso. Lo siento por Axel que lo he metido en un lío todavía mayor del que ya estaba, pero en el fondo le he hecho un favor, esa mujer es una bruja.

Me quito la ropa y me meto en la cama, no quiero pensar en nada de lo que ha ocurrido esta noche ni en lo que me dirá Axel la próxima vez que me vea después de lo que he insinuado delante de la bruja de su amiga, o quizás sea su novia. De hecho, creo que debería considerar la opción de mudarme. Si antes me odiaba, ahora será mucho peor y, por si fuera poco, lleva una pistola. Tendré que sondear al señor Martínez para averiguar cómo se gana la vida mi vecino misterioso.