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Noventa minutos 9.

Una vez que Franco lo tuvo todo bajo control, se despidió de su hija, de Jake y de Arthur y se marchó con Derek. Arthur también se despidió de Gina y Jake hasta la mañana siguiente cuando se verían en la oficina y se marchó con su escolta, dejando a Gina y a Jake a solas por primera vez en toda la mañana.

— ¿No vas a decir nada? —Le preguntó Jake extrañado—. Acabo de convertirme en tu niñera oficial, se supone que deberías estar contenta o enfadada, pero no indiferente.

—Indiferente no es la palabra —le corrigió Gina mirándole con severidad—. Aún estoy tratando de asimilar lo que acabas de hacer y la verdad es que no me gusta. No te lo tomes a mal, pero tenerte en mi vida las veinticuatro horas del día en casa, en la oficina o en casa de mis padres, no es lo que más me apetece en este mundo. Se suponía que íbamos a pasar una noche juntos y que al día siguiente cada uno haría su vida y…

—Solo he tratado de mediar entre vosotros, tú querías reunirte mañana con el equipo de márquetin y eso es lo que te he conseguido —la interrumpió Jake molesto—. Al menos deberías agradecérmelo.

—Y dime, ¿cómo tenías pensado que te lo agradeciera? —Le preguntó Gina furiosa.

Jake fue abrir la boca para responder, pero decidió armarse de paciencia y cogió aire profundamente para tratar de calmarse, discutir con Gina no le traería nada bueno, antes de contestar:

—Gina, podemos hacerlo fácil o difícil. Yo estoy tratando de hacértelo lo más fácil posible, pero no sirve de nada si tú no colaboras —la miró a los ojos y le dijo con total sinceridad—: No estoy haciendo esto porque quiera algo a cambio y, afortunadamente, estoy plenamente satisfecho con mi vida sexual como para pedir favores sexuales. Solo pretendo ayudarte, sin esperar nada a cambio.

—Nadie hace nada sin esperar algo a cambio y menos por alguien como yo a quien acaba de conocer —le replicó Gina con desconfianza.

— ¡Joder Gina! —Protestó Jake perdiendo la poca paciencia que tenía—. Hace unas horas estabas durmiendo plácidamente entre mis brazos y ahora desconfías de mí porque trato de protegerte. ¿Me lo puedes explicar? Creo que me he perdido algo entremedio.

Gina estaba asustada, Jake le gustaba y pasar con él las veinticuatro horas del día durante varios días solo complicaría las cosas. Jake era de los que no se comprometían, él mismo se lo había dejado claro y Gina no quería correr el riesgo de enamorarse de él, desde que lo dejó con Brad, no le había permitido a un hombre pasar más allá de la quinta cita.

—Vamos a hacer una cosa —propuso Jake—. Tengo que acompañarte porque tengo que asegurarme que no te pasa nada, pero no voy a estar encima de ti y no te voy a atosigar. Aunque tendrás que reservarme al menos noventa minutos al día para ponerme al corriente de tus planes, necesitaré organizarme en el trabajo.

— ¿Noventa minutos? ¿Solo me vas a pedir a cambio noventa minutos para hablar de los planes del día siguiente? —Preguntó Gina sorprendida.

—Me lo estás poniendo muy difícil, Gina —le dijo Jake sonriendo con picardía—. En algún momento desearás lo que tanto te empeñas en evitar y seré yo quien te lo ponga difícil.

—A ese juego yo también sé jugar y te aseguro que si decides ponerlo en práctica acabarás perdiendo, señor Hudson —le provocó Gina. Le miró a los ojos, le sonrió y añadió—: Me parece un buen trato por solo noventas minutos al día.

—Supongo que eso significa que pondrás las cosas fáciles —dijo Jake satisfecho por cómo había llevado la negociación con la testaruda de Gina—. Si vamos a estar juntos las veinticuatro horas del día, necesitaremos encontrar un lugar, ¿tu casa o la mía?

—La mía, ya estamos aquí y solo serán un par de noches —contestó Gina.

—Si nos quedamos aquí, necesitaré ir a casa a por mis cosas. Y no serán solo un par de noches aquí, también serán unos días en Castle —puntualizó Jake—. Vamos un momento a mi casa, recojo mis cosas y regresamos, ¿de acuerdo?

Gina aceptó sin rechistar, sabía que nada podía hacer porque Jake no la dejaría sola ni un minuto, tal y cómo le había dicho, sería su sombra. Por otra parte, Gina también sentía curiosidad por ver dónde vivía Jake, la casa de un hombre decía mucho sobre el hombre y ella quería averiguarlo todo sobre él.

Media hora más tarde, Jake aparcaba el coche en el garaje de su casa, situada a pocas manzanas de distancia de la casa de Gina.

—No sabía que vivías en el mismo barrio que yo —comentó Gina.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —le respondió Jake sonriendo con complicidad.

Entraron en casa de Jake y Gina observó todo lo que estaba al alcance de su vista. Jake tenía la casa limpia y recogida, la decoración era de estilo minimalista, todo en blancos y negros y con escasos objetos de decoración. Era una clase moderna, elegante y sofisticada, por lo que a Gina no le costó deducir que a Jake le iban muy bien las cosas, al menos el aspecto económico.

— ¿Cómo entraste en la milicia? —Le preguntó Gina observando una de las fotos en la que se le veía muy sexy vestido con el uniforme de la milicia.

—Mi padre es el General Hudson, el General de la milicia —le respondió Jake.

— ¿Me tomas el pelo? —Preguntó Gina incrédula.

—Ya te he dicho que hay muchas cosas que no sabes de mí —le respondió Jake—. Voy a darme una ducha, haz lo que quieras mientras tanto, estás en tu casa.

Jake desapareció subiendo por las escaleras y Gina decidió sentarse en el sofá del salón, cogió una de las revistas sobre automóviles que había sobre la mesa de café y se distrajo echándole un vistazo.

Quince minutos más tarde, Jake salió del baño y se dirigió al salón tan solo envuelto con una toalla de la cintura hasta las rodillas, se quedó frente a Gina y le preguntó:

— ¿Tienes hambre? Podemos pedir que nos traigan algo de comida mientras preparo mi maleta.

— ¿Te gusta la comida china?

—Me gusta todo, pide lo que quieras —le respondió Jake con una sonrisa que dejaba entrever más de lo que pretendía.

Gina tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de mirar el musculoso abdomen de Jake y él sonrió al percatarse de ello y decidió torturarla un poco más paseándose delante de ella con la excusa de coger un CD y poner un poco de música.

—Creía que querías poner las cosas fáciles —le dijo Gina percatándose de lo que Jake pretendía—. Y creo haberte dicho que a ese juego podemos jugar los dos y que saldrías perdiendo.

—Adoro los retos, no lo puedo evitar —se mofó Jake.

Jake le dedicó una sonrisa antes de volver al baño para vestirse y Gina se tuvo que contener para no caer en la tentación y rogarle sexo a Jake como él pretendía y como él le había dicho que terminaría sucediendo. Se entretuvo de nuevo con la revista e intentó no pensar en lo sexy que estaba Jake vestido únicamente con una blanca toalla de algodón que dejaba a plena vista su musculoso abdomen.

Comieron juntos comida china que encargaron a domicilio y Jake le habló por primera vez de su vida. Le contó que su padre era el General de la milicia y qué, como el único hijo varón que era, tuvo que darle el gusto a su padre de entrar en la milicia, aunque por fortuna su negocio le fue bien y pudo dejar la milicia a un lado para dedicarse a lo que de verdad le fascinaba, su trabajo. Jake también le habló de las relaciones que tenía con las mujeres, todas de carácter sexual pero ninguna de carácter sentimental y Gina y no hizo ningún comentario al respecto, aunque no le pasó por alto que hablaba de aquellas relaciones en pasado, como si nada tuvieran que ver con el presente. Gina era consciente de que Jake era un mujeriego que no buscaba compromiso alguno, el mismo Jake se lo había dicho y también Arthur se lo había advertido, por lo que decidió olvidarse del tema y, lo que era más importante y difícil, tratar de no caer en la tentación con Jake.

Después de comer y de que Gina ayudara a Jake a hacer su maleta, ambos regresaron a casa de Gina donde ella le asignó la habitación de invitados a Jake para que se instalara, cosa que a él no le hizo mucha gracia porque había dado por hecho que dormiría con ella en la misma cama sin tener en cuenta que la casa de Gina tenía una habitación de invitados.

Improvisaron una cena con todo lo que quedaba en la nevera y, tras tener la charla de noventa minutos que habían pactado para ponerse al día de lo que harían al día siguiente, se fueron a dormir cada uno a su habitación, aunque ambos anhelaban y ansiaban las caricias y los besos del otro.

Noventa minutos 8.

Gina regresó a la cocina con la mente más clara después de darse una ducha, pero no lo suficientemente clara como para tomar una decisión respecto a Jake. Se sentó en uno de los taburetes y Arthur le sirvió un café al mismo tiempo que le preguntó:

— ¿Estás bien? No tienes buena cara.

—Podría estar mejor —fue la respuesta de Gina.

Jake no dejó de observarla en ningún momento y advirtió que Gina estaba nerviosa, preocupada e incómoda, aunque no supo descifrar por qué motivo y decidió preguntar:

— ¿Qué es lo que más te preocupa?

—Ahora mismo, mi principal preocupación es que Fermín continúe trabajando en Global, posee demasiada información útil para la competencia y puede generar un sentimiento de desconfianza en nuestros clientes —contestó Gina—. Por otra parte están los Servasky, ellos son los que están haciendo todo esto solo para hundirme antes de matarme. No me gustaría que nadie resultara herido por mi culpa.

— ¿Puedes contarme la historia desde el principio para que pueda enterarme de qué va todo esto? —Le preguntó Jake un tanto molesto.

—Jake, no te ofendas, pero esto no tiene nada que ver contigo, es peligroso y prefiero que estés al margen —le dijo Gina—. Te agradezco todo lo que hiciste anoche cuando esto parecía más un psiquiátrico que una casa, pero no quiero meterte a ti también en esto.

—Creo que vas a tener que aclararme qué me agradeces exactamente —le contestó Jake molesto porque ni siquiera había tenido en cuenta la noche de pasión que habían disfrutado juntos—. Y no me ofendo, pero creo que soy mayorcito para decidir por mí mismo.

—No sé qué habrás entendido cuando he hablado, pero solo trataba de protegerte —le dijo Gina percatándose del tono molesto con el que hablaba Jake.

—Me había parecido entender que eras tú la que necesitaba protección —le replicó Jake.

—Gina, Jake ha sido agente de la milicia —le dijo Arthur a Gina antes de que esos dos siguieran discutiendo—. De hecho, colabora con ellos siempre que requieren de su habilidad para algunas misiones.

—En ese caso supongo que entonces puedo decirle que Derek trabaja para el Servicio Secreto y que mi padre es el director del Servicio Secreto —dijo Gina de mala gana. Le dio un sorbo a su taza de café y añadió mirando a Jake—: Los Servasky son una mafia de origen ruso que me odian porque les fastidié una importante operación de tráfico de drogas en la que perdieron mucho dinero, la mercancía y la confianza de muchos de sus clientes. ¿Hay algo más que quieras saber?

—Sí, dos cosas más —le contestó Jake con una sonrisa burlona en los labios—. ¿Quién es ese tal Brad?

—Brad Harper es un agente de la DEA con quién estaba cuando le fastidiamos la operación a los Servasky —respondió Gina—. ¿Qué es lo otro que quieres saber?

—Espera Nikita, no corras tanto —dijo Jake divertido—. Cuándo dices que estabas con Brad, ¿a qué te refieres exactamente?

—A que mi vida privada no debería importante en absoluto —le recordó Gina.

—Derek cree que Brad vendrá a buscarte cuando se entere de lo que ocurre con los Servasky, ¿crees que así será?

—Brad y yo somos buenos amigos, hemos seguido viéndonos y hemos mantenido el contacto durante todo este tiempo —dijo Gina encogiéndose de hombros—. Siempre ha estado pendiente de todo lo que me ocurría y en cuanto ha pasado algo él siempre ha sido el primero en llegar, pero también sabe que puedo cuidarme sola.

—La otra cosa que quería saber, aunque puede que suene un poco absurdo preguntarlo, ¿eres la hija de Franco Verona? —Preguntó Jake.

— ¿Conoces a mi padre? —Quiso saber Gina.

—Sí, pero no tenía ni idea de que tuviera hijos, aunque sí sabía que estaba casado —respondió Jake encogiéndose de hombros—. He trabajado con tu padre en alguna operación conjunta que ha realizado la milicia con el Servicio Secreto.

—Genial, ahora va a resultar que son amiguitos —murmuró Gina con sarcasmo.

Alguien llamó a la puerta y Gina fue a abrir, seguida de Jake, cómo no. Gina abrió la puerta y se encontró con Derek.

— ¿No se suponía que debías estar cruzando medio planeta para reunirte con mi padre? —Le preguntó Gina extrañada de verle allí.

—Cambio de planes, tu padre me ha llamado cuando el avión estaba a punto de despegar y me ha ordenado que pegue mi culo al tuyo tanto como pueda —le dijo Derek entrando en el salón para dejar allí su maleta. Se volvió hacia a Jake y le dijo—: No sé de qué te conozco, pero te conozco de algo.

— ¿Cómo se ha enterado? —Quiso saber Gina, ignorando el comentario de Derek sobre de qué podía conocer a Jake.

—Eso es lo más gracioso, cariño —le respondió Derek a Gina y le dio una palmada en el trasero para después dirigirse a la cocina y servirse una taza de café antes de añadir—: Resulta que Brad ha descubierto lo que ocurre pero está infiltrado en una misión perdido en mitad de no sé qué selva y no puede venir, así que ha llamado a tu padre para que sea él quien se ocupe de todo.

— ¡Será cabrón! —Bramó Gina.

—Será todo lo cabrón que quiera, pero se preocupa por ti.

—Derek, ¿dónde está mi padre?

—Viene de camino.

Gina se sentó en el taburete que quedaba libre y suspiró tratando de asimilar lo que eso suponía. Su padre era un maniático del control y la seguridad y, aunque lo adoraba, no podía soportarle cuando trataba de controlar su vida.

Media hora después, Franco Verona llegó a casa de su única hija. Fue la propia Gina quien le abrió la puerta y se alegró de encontrarse allí con Derek y Arthur. Al que no esperaba encontrarse allí era a Jake Hudson, aunque tampoco era de extrañar teniendo en cuenta que Jake y Arthur eran buenos amigos.

—Jake Hudson, me alegro de verte —lo saludó Franco con un apretón de manos y un breve pero cariñoso abrazo que dejó a Gina un poco desconcertada—. No sabía que conocías a mi hija.

—Hasta hace un rato, ni siquiera sabía que tenías una hija —le respondió Jake.

—Gina es mi única hija, pero me da más problemas que todos mis agentes —murmuró Franco entre dientes. Se volvió hacia su hija y le dijo con mofa—: No puedes seguir poniéndote en riesgo de esta manera, no puedes cambiar el mundo tú sola —la abrazó con ternura, la besó en la frente con familiaridad y añadió—: Cielo, tendrás que decirme cómo has conseguido que Jake acceda a participar en todo esto.

—En realidad, casi he tenido que suplicarle a tu hija que me deje quedarme —le respondió Jake—. ¿Es siempre tan testaruda?

—Será mejor que vayas acostumbrándote, Gina ha sacado la belleza de su madre pero también ha sacado mi carácter —bromeó Franco.

—Si lo que pretendéis es criticarme, ya podéis iros por dónde habéis venido —les replicó Gina visiblemente molesta.

—Cariño, nadie osaría criticarte y mucho menos delante de ti —se mofó Derek.

—Cielo, me quedaría más tranquilo si te quedaras en casa durante unos días —le dijo Franco a su única hija—. Estoy seguro que Arthur podrá apañárselas sin tu presencia física y el resto lo podéis solucionar por vídeo conferencia.

—De eso nada, mañana tendré que reorganizar todo el equipo de márquetin y tendré que hablar con todos para darles explicaciones, no puedo hacerlo por vídeo conferencia —se negó Gina.

Padre e hija se desafiaron con la mirada. Durante unos segundos, nadie se atrevió a decir nada, pero finalmente Jake trató de hacerles entrar en razón:

—Gina tiene razón, tiene que hablar con el equipo de márquetin en persona, no puede hacerlo por vídeo conferencia. Pero en ningún otro sitio estará más segura en casa del director del Servicio Secreto. El lunes Gina puede dedicarse a todo lo que tenga que hacer en persona en la oficina y el martes puede viajar a Castle y quedarse allí unos días hasta que todo se aclare.

—Me parece bien, ¿te encargarás tú de llevarla a Castle el martes? —Le preguntó Franco a Jake.

—Papá, estoy segura que Jake tiene otras muchas cosas y más interesantes que hacer y, por si lo has olvidado, sé conducir.

—Hasta que todo esto se solucione quiero que te acompañe alguien de mi más absoluta confianza, no quiero que vayas sola y necesito a Derek en otra parte —le dijo Franco a su hija sin posibilidad de réplica. Se volvió hacia a Jake y le preguntó—: ¿Puedes encargarte o estás muy ocupado?

—Tengo muchas cosas que hacer, pero puedo hacerlas siempre y cuando tenga mi portátil y, para serte sincero, nada de lo que tengo pendiente es tan interesante como lo que me propones —respondió Jake sonriendo divertido a Gina—. Estaré encantado de acompañar a Gina a donde quiera que vaya.

—De eso nada, no necesito ninguna niñera —protestó Gina.

—Jake, Gina es mi única hija así que trata de que no le pase nada o su madre nos matará a los dos —le advirtió Franco ignorando la protesta de su hija.

—Cuidaré de ella, Franco.

Gina alucinaba y si en ese momento la pinchaban no le sacarían sangre. Jake acababa de aceptar hacerle de niñera y su padre parecía estar encantado con la idea.

Tras una larga e intensa charla, Franco y Derek decidieron ponerle un escolta a Arthur y dejar a dos de los agentes vigilando los alrededores de la casa de Gina. Jake se comprometió a ser la sombra de Gina y a llevarla a Castle el martes donde se instalarían en casa de los Verona y él continuaría haciendo de “niñera” hasta que todo se hubiese solucionado.

Noventa minutos 7.

Gina entró en su habitación y Derek la siguió. Había dejado a Jake a solas con Frank y no le hacía mucha gracia, pero debía hablar con Derek a solas.

— ¿Quién es ese? —Le preguntó Derek a Gina en cuanto se quedaron a solas—. Y, ¿por qué está contigo cuando se suponía que esta noche salías con las chicas? Por no mencionar que te lo traes a casa en medio de todo lo que está ocurriendo, ¿te has vuelto loca?

—No puedes interrogarme, te recuerdo que poseo inmunidad diplomática —le recordó Gina con mofa—. Solo quiero pedirte que trates de parecer una persona normal delante de Jake, no tiene por qué enterarse de toda mi vida en una sola noche, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, pero dejaré a dos agentes en la puerta, ni siquiera te darás cuenta que están ahí. Necesito asegurarme de que no te pasa nada o tu padre me matará por ocultarle que los Servasky van a por ti y no haberle avisado —le advirtió Derek.

Gina asintió con la cabeza y ambos regresaron al salón, donde se encontraron a Jake y Frank sentados en el sofá en el más absoluto silencio mientras bebían de sus respectivas copas. Jake se puso en pie cuando vio aparecer a Gina, no le había hecho ninguna gracia que Gina se metiera en una de las habitaciones con ese tipo, que hasta tenía llave de su casa. Gina se acercó a Jake y le susurró:

—Sé que esto es horrible, pero te lo pienso compensar.

Jake le sonrió y volvió a beber de su copa y Gina, tras poner los brazos en jarra, le dijo a Derek:

—Derek, te presento a Jake Hudson, un amigo —se volvió hacia Jake y le dijo—: Él es Derek y es como un hermano mayor, nos conocemos desde que tengo uso de razón —Derek y Jake se estrecharon la mano con educación pero ambos se miraron con desconfianza. Gina decidió pasar por alto aquel comportamiento de ambos y se centró en lo importante—: Los Servasky no se atreverán a entrar en mi propia casa y, en tal caso, creo que estaré protegida. No hay porque alarmarse de momento. Mañana hablaré con Arthur y le pondré al corriente de la situación. Os llamaré si la cosa se complica, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, pero quiero que me mantengas informado de todo —le respondió Derek con una condición—. Tengo que coger un avión mañana para reunirme con tu padre, pero ya sabes lo que te he dicho antes —le dio un beso en la frente, la abrazó con fuerza estrechándola entre sus brazos solo para fastidiar un poco a Jake y, cuando se dio por satisfecho, se separó de Gina y le advirtió—: Aleja a Brad de ti, estoy seguro que vendrá a buscarte en cuanto se entere de lo que pasa y, conociéndolo, no creo que tarde en enterarse.

—Lo intentaré —le dijo Gina encogiéndose de hombros.

— ¿Quieres crear otro conflicto de intereses? —Le reprochó Derek—. Se buena, te estaré vigilando aunque esté a miles de kilómetros de distancia.

Gina se despidió de Derek y de Frank y les acompañó a la puerta, donde ambos volvieron a recordar que debía ser precavida y que dos agentes estarían vigilando la casa. Regresó al salón y se alegró de quedarse a solas con Jake. Le miró a los ojos y le sonrió con esa sonrisa traviesa que a él tanto le había gustado cuando iban en el coche.

—Esa sonrisa… —susurró Jake con la voz ronca—. Gina, esa sonrisa me excita y lo sabes, ¿qué pretendes?

—Creo que es bastante obvio —le respondió sin dejar de sonreír mientras se acercaba lentamente a Jake y colocaba los brazos alrededor de su cuello antes de añadir—: Es obvio lo que ambos deseamos en este momento. Y tranquilo, no me interesa una relación estable.

Jake la besó en los labios y le susurró:

—Haces bien en no estar interesada en una relación estable, yo no podría ofrecértela —lamió su cuello y añadió—: Pero puedo ofrecerte la noche más placentera que jamás hayas tenido.

—Es una oferta muy tentadora —reconoció Gina divertida.

Jake no le dio tiempo a decir nada más, se apoderó de su boca, la cogió en brazos agarrándola de los muslos y colocando las piernas de ella alrededor de su cintura. La besó apasionadamente mientras deslizaba sus manos por los suaves y tentadores muslos de Gina mientras ella le iba desabrochando los botones de la camisa y acariciaba su musculoso pecho y abdomen.

— ¿Dónde está tu habitación? —Preguntó Jake con la voz ronca por la excitación.

—Al final del pasillo, la última puerta de la izquierda —respondió Gina igual de excitada.

Dejó caer al suelo la camisa de Jake mientras él caminaba llevándola en brazos hasta llegar a la habitación, donde la dejó con cuidado cerca de los pies de la cama de king size, la besó de nuevo en los labios y comenzó a deslizar el vestido hacia arriba, pasando por sus muslos, su cintura y, por último, deslizándolo por sus brazos para deshacerse completamente del vestido, arrojarlo al suelo y poder observar a Gina vestida tan solo con la ropa interior, un conjunto de sujetador y tanga de color rosa intenso que resaltaba con el dorado tono de su piel.

—Eres preciosa —le susurró Jake al oído mientras deslizaba sus manos por la cintura de Gina y la atraía hacia a él para poder estrecharla entre sus brazos.

Esta vez fue Gina la que le besó a él mientras le desabrochaba el pantalón hasta que cayó al suelo y Jake escogió ese mismo momento para deshacerse de una patada de los pantalones y coger a Gina en brazos para posarla con delicadeza sobre la cama. Gina se fijó en el bóxer de Jake, que marcaban su enorme erección, y Jake se percató de ello y se los quitó, liberando su erecto miembro y aumentando la excitación de Gina. Jake se sentó en la cama frente a Gina y comenzó a besarla por el cuello mientras deslizaba sus manos por la espalda de ella hasta llegar al broche del sujetador que le quitó como si de un experto en quitar sujetadores se tratara, observación que no le pasó por alto a Gina. Jake acarició los pechos de Gina y la tumbó en la cama para que estuviera cómoda mientras la deleitaba con caricias, besos, lametones y pequeños mordiscos en las zonas más sensibles de su cuerpo. Gina se dejó hacer y Jake terminó de desnudarla por completo. Gina gruñó haciéndole saber a Jake que lo quería dentro y él, que la había entendido perfectamente, comprobó con sus dedos lo húmeda y preparada que estaba para recibirle antes de susurrarle al oído:

—Solo tienes que pedirme lo que deseas, ¿qué deseas, Gina?

—Te quiero dentro —le respondió Gina alzando las caderas para facilitarle el acceso.

Jake le sonrió con picardía y le dijo con voz ronca:

—Tus deseos son órdenes para mí.

Jake se puso un preservativo y la penetró de una sola estocada. Gina gimió y alzó las caderas para recibirle con toda la profundidad y Jake entraba y salía de ella con rapidez mientras acariciaba con sus dedos el clítoris de Gina hasta que ambos llegaron al clímax.

Jake se dejó caer a un lado de Gina para no aplastarla, pero sentía la necesidad de seguir estrechándola entre sus brazos, de sentir que era suya y le pertenecía, así que la abrazó y le dio un inocente beso en la frente. Gina se sorprendió al descubrir la ternura y la dulzura con la que Jake le había hecho el amor, especialmente porque sabía que era un mujeriego ya que el mismo Arthur se lo había dicho, pero no dijo nada y dejó que Jake la envolviera con sus brazos porque se sentía a gusto y así se quedaron dormidos.

Gina y Jake se despertaron a las once de la mañana cuando el timbre de la puerta empezó a sonar sin cesar y Gina tuvo que hacer un esfuerzo para conseguir levantarse e ir a abrir la puerta.

— ¿Esperas a alguien? —Le preguntó Jake incorporándose.

—No que recuerde, pero si insisten tanto llamando al timbre, tendré que ir a ver quién es —le respondió Gina poniéndose una bata de seda para cubrir su desnudez.

—Espera un segundo, voy contigo —le dijo Jake mientras se afanaba en ponerse el bóxer y los tejanos que anoche tanta prisa tuvo en quitarse—. No tengo ni idea de quienes son los Servasky esos, pero tus amigos parecían preocupados, deberías tener cuidado.

Jake se puso los pantalones y acompañó a Gina hasta la entrada a abrir la puerta. Gina miró por la mirilla de la puerta, vio que era Arthur y abrió.

— ¿Estás bien? Derek me ha llamado esta mañana —le dijo Arthur abrazándola—. Joder Gina, tendrías que habérmelo dicho antes —entonces Arthur se percató de la presencia de Jake y añadió—: Tendría que haberte llamado antes de venir.

—No te preocupes, pasa —le dijo Gina con naturalidad. Se dirigieron a la cocina donde Gina puso la cafetera e hizo unas tostadas para desayunar—. ¿Qué es lo que te ha dicho Derek?

—Todo, me lo ha dicho todo —le respondió Arthur—. Y no entiendo por qué no me lo has dicho antes, Gina. ¿Le has dicho algo a Brad?

—No, pero no hace falte que le diga nada para que él se entere —le dijo Gina encogiéndose de hombros, sabiendo que Brad, su ex novio y agente especial de la DEA, se acabaría enterando y aparecería en cualquier momento.

—Derek ha dejado a dos agentes vigilando la casa, pero me ha dicho que no habías consentido que te pusiera un escolta —comentó Arthur—. Ya sé que sabes defenderte muy bien sola, pero prefiero que alguien te acompañe.

—Voy a darme una ducha, vuelvo en cinco minutos —les dijo Gina antes de salir de la cocina.

Arthur aprovechó que se había quedado a solas con Jake para hablar de Gina y aclararle algunas cosas que estaban ocurriendo. También le advirtió que Gina no era como el resto de chicas que conocía y que su padre era un hombre importante, aunque no le concretó qué le hacía ser tan importante. Jake le dijo a Arthur que había sido sincero con Gina y que habían pasado la noche juntos sabiendo que solo se trataba de sexo y ambos estuvieron de acuerdo en ello, pero Arthur le advirtió que, cuando uno se topa con alguien tan especial, siempre termina queriendo más, lo mismo que le había ocurrido a él con Emily.

Noventa minutos 6.

Jake salió del local agarrando a Gina por la cintura para sentirla más cerca con la excusa de que hacía frío. La guió hasta a donde tenía aparcado el coche mientras ella caminaba a su lado fingiendo estar distraída. Él abrió la puerta del copiloto de su BMW M6 de color negro y ayudó a Gina a sentarse antes de rodear el coche y sentarse en el asiento del conductor.

—Ponte el cinturón de seguridad —le ordenó Jake.

— ¿Tan mal conduces? —Bromeó Gina con una sonrisa traviesa.

—Será mejor que no me sonrías así —le advirtió Jake divertido.

— ¿Así, cómo? —Exigió saber Gina, provocándolo.

—Con esa sonrisa traviesa, tan provocadora que puede resultar incluso perversa —musitó Jake con la voz ronca—. Debería ser ilegal sonreír así.

— ¿Qué tiene de malo mi sonrisa? —Protestó Gina.

Jake apartó la vista de la carretera por un instante para mirar con picardía a Gina, volvió de nuevo la vista a la carretera y le contestó divertido:

—Yo no he dicho que tu sonrisa tuviera algo malo —Gina le miró con el ceño fruncido y ese gesto hizo que Jake riera divertido pero, ante la cara de pocos amigos de Gina, añadió—: Me gusta demasiado que me sonrías así, por eso es mejor que no lo hagas.

— ¿De qué se supone que tratas de advertirme? —Le preguntó Gina entendiendo perfectamente lo que Jake pretendía decir.

—No te voy a engañar, no soy de los que buscan una buena chica con la que formar una familia.

— ¿Las prefieres malas? —Se mofó Gina. Jake fue a replicar cuando el teléfono móvil de Gina empezó a sonar y ella, al ver que era Frank Grey quien la llamaba, el investigador privado que había contratado para investigar a Fermín, le dijo a Jake—: Disculpa, pero tengo que contestar al teléfono —descolgó la llamada y contestó—: ¿Qué ocurre, Frank?

—Gina, tenemos problemas —le advirtió Frank—. Fermín Cano es una simple marioneta y hay gente peligrosa detrás de él. No sé qué es lo que ha pasado, pero estás en el punto de mira de gente muy peligrosa. ¿Dónde estás? Estoy en la puerta de tu casa y no hay nadie.

—No estoy en casa, he salido a tomar unas copas —le explicó Gina.

—Pues ven hacia aquí inmediatamente, tenemos que hablar y no puede ser por teléfono —le ordenó Frank sin opción a réplica.

—De acuerdo, estaré allí en quince minutos —le confirmó Gina antes de colgar. Se volvió hacia a Jake, que la miraba con preocupación, y le dijo—: Tengo que ir a casa, ha surgido un imprevisto y…

— ¿Va todo bien? —La interrumpió Jake preocupado.

—Más o menos —contestó Gina tratando de restarle importancia al asunto—. Sé que no es lo que teníamos previsto pero, ¿te importaría llevarme a casa?

—Claro y si hay algo más que pueda hacer…

— ¿Crees que Emily pasará la noche con Arthur? —Le preguntó de pronto Gina.

—Pues no lo sé y la verdad es que prefiero no saberlo —respondió Jake con un tono de voz que delataba su incomodidad—. Gina, ¿quieres contarme qué te pasa?

—No pasa nada, no quiero aburrirte.

—Gina, estás temblando —señaló Jake—. Te voy a llevar a casa, pero me vas a contar qué está pasando, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, pero solo porque estoy nerviosa y no quiero interrumpir lo que quiera que estén haciendo Arthur y Emily —apuntó Gina.

—Joder Gina, que estás hablando de mi hermana pequeña.

—Tu hermana pequeña tiene veintisiete años, hace muchos años que dejó de ser virgen, asúmelo —le contestó Gina rodando los ojos.

—Cuéntame qué está pasando, Gina —insistió Jake.

—Fermín Cano es mi problema. Tenía sospechas de que podía estar filtrando información a la competencia y contraté a un detective privado de confianza para que lo investigara —empezó a explicarle Gina—. Hemos confirmado que sí que está filtrando información confidencial, pero no teníamos una prueba firme que se sostuviera en un juicio. Acaba de llamarme Frank y me ha dicho que Fermín es tan solo una marioneta en manos de gente peligrosa y que era urgente que nos viéramos, tiene que decirme algo y no quiere hacerlo por teléfono.

— ¿Arthur sabe algo de esto? —Preguntó Jake.

—No, no quería decirle nada hasta tener pruebas —dijo Gina encogiéndose de hombros.

—A ver si te he entendido, ¿te has metido en todo este follón tú solita y sin contar con nadie más que un investigador privado de confianza? Por cierto, tienes que aclararme que significa exactamente eso de “confianza”.

—Me has entendido bien —le confirmó Gina y después le aclaró—: Y de confianza significa que puedo confiar en él porque le conozco lo suficiente como para saber si puedo o no fiarme de él.

Jake aparcó frente a la casa de Gina y vio un todoterreno negro aparcado pocos metros más adelante. Gina se percató de cómo Jake miraba el coche de Frank y le dijo:

—Es Frank.

Jake y Gina salieron del coche y Frank hizo lo mismo para reunirse con ellos. Saludó a Gina con un beso en la mejilla y a Jake con un apretón de manos mientras Gina hacía las presentaciones oportunas:

—Frank Grey, Jake Hudson. Entremos en casa.

Ambos hicieron un gesto a Gina para que pasara delante pero fue Jake quien la acompañó rodeando su cintura con su brazo, un gesto que a Gina le gustó. Pasaron directamente al salón y se sentaron en el sofá, donde Gina le dijo a Frank:

—Adelante, di lo que tengas que decir.

— ¿Confías en él? —Quiso asegurarse Frank.

—Es un amigo de Arthur y está al corriente de mis sospechas —le confirmó Gina.

—Fermín Cano trabaja para los Servasky —dijo Frank y añadió sin andarse por las ramas—: Y tú eres uno de los objetivos.

—Hijo de puta, tendría que haberle echado —se lamentó Gina—. ¿Le has dicho algo de esto a mi padre o a Derek?

—Acabo de decírselo a Derek, viene de camino —confirmó Frank.

— ¡Joder, Frank!

—Ya me ha dicho que la idea de llevar un escolta las veinticuatro horas no te iba a gustar.

Justo en ese momento sonó el timbre de la puerta y alguien abrió con la llave. Frank sacó su pistola pero Gina le detuvo y dijo:

—Es Derek.

En ese momento apareció Derek en el salón y la miró con gesto reprobador. Después miró a Jake sorprendido y finalmente le dijo a Gina:

—Creía que hoy era noche de chicas.

—Y yo también —respondió Gina de mala gana. Se volvió hacia a Jake y le dijo: – Jake, sírvete una copa o lo que te apetezca beber, vuelvo en un minuto —se volvió hacia a Derek y le ordenó—: Acompáñame un momento.

Jake optó por servirse una copa, estaba empezando a ponerse nervioso y necesitaba relajarse. Le ofreció otra copa a Frank y éste acepto encantado.

Noventa minutos 5.

Una hora más tarde de la reunión en el despacho de su jefe en presencia de Jake, Gina seguía encerrada en su despacho hablando con Hannah mientras ambas trataban de decidir quiénes eran los candidatos más idóneos para formar el equipo de márquetin de repuesto. Querían escoger a los más creativos y a los más versátiles para que pudieran dar a sus clientes la mejor publicidad. Ambas estaban tan enfrascadas en la conversación, que no oyeron llamar a la puerta y no se dieron cuenta hasta que la puerta se abrió y vieron aparecer a Jake con su media sonrisa que derretía a todo el que le miraba.

—Lamento interrumpir de nuevo —se disculpó Jake—. Gina, ¿podríamos hablar un minuto?

Gina miró a Hannah y Hannah entendió lo que su amiga le quería decir, así que se levantó discretamente y desapareció cerrando la puerta tras salir. Gina le hizo un gesto a Jake para que se sentara y le dijo:

—Usted dirá, señor Hudson.

—Por favor, llámame Jake —le rogó Jake—. Ya que pasaba por aquí, he pensado en pasar a saludarte y traerte esto —le tendió un CD y añadió—: Es de Lucie Silvas, en él sale la canción que bailamos en la gala benéfica, pensé que te gustaría tenerlo.

Gina se lo quedó mirando arrugando el ceño y Jake supo que no había sido el mejor momento para tratar de seducirla, estaba enfadada y, cómo su buen amigo Arthur le había dicho, Gina no era como las demás chicas y mucho menos como las que ellos acostumbraban a tratar.

—Te agradezco el detalle, pero no era necesario…

—No espero nada a cambio, simplemente quería que lo tuvieras —le contestó Jake interrumpiéndola con una amplia sonrisa.

Gina se dio cuenta del tono que había utilizado con el pobre Jake, que se había tomado la molestia de comprarle el CD de Lucie Silvas y se sintió fatal.

—Perdona, estoy un poco… En fin, hoy me parezco más a un ogro que a una persona.

—Estás perdonada —le dijo Jake con su sonrisa permanente. Se levantó del sillón  y le dijo antes de despedirse—: Escucha el CD y, si te apetece, cuéntame qué te ha parecido.

—Jake, espera —le dijo Gina respirando con profundidad como si fuera a saltar de un acantilado, le miró a los ojos y añadió—: Si no me dices cómo localizarte, no podré contarte qué me ha parecido.

—Dame tu número, yo te llamaré —le dijo Jake divertido.

A Gina le hizo gracia que le pidiera su número de teléfono porque solo podía hacerlo por dos razones: para asegurarse de que no le atosigara o para asegurarse de que volvieran a hablar. De cualquier modo, ella aceptó su petición y anotó su número de móvil personal en una tarjeta de la empresa que le entregó a Jake. Él cogió la tarjeta y se la guardó en el bolsillo delantero de la chaqueta de traje que llevaba, le dedicó una sonrisa a Gina y le dijo con picardía:

—La verdad es que las conversaciones por teléfono no me van mucho, pero puedo llamarte y quedar para cenar mientras me cuentas qué te ha parecido Lucie Silvas —la miró a los ojos y le propuso—: ¿Qué tal si te invito a cenar el sábado?

—El sábado no puedo, tengo planes —le respondió Gina—. Y el próximo fin de semana estaré fuera de la ciudad. Quizás para el siguiente… —añadió Gina disimulando con éxito su interés por salir con Jake.

— ¿Hay alguna posibilidad de que canceles tus planes del sábado? —Preguntó Jake tanteando el terreno, sabiendo qué planes tenía Gina porque su amigo Arthur le acababa de poner al corriente.

—Imposible, el sábado es una noche de chicas —le respondió Gina divertida—. Por cierto, Emily también se ha apuntado con nosotras.

—Y, ¿qué hacéis exactamente en una noche de chicas? —Quiso saber Jake.

—Nada especial, salimos a cenar y a tomar unas copas.

La sonrisa traviesa de Gina le dejó claro a Jake que había algo más que eso, pero no dijo nada. Arthur sabía a dónde irían las chicas y tenían pensado ir al mismo pub donde ellas estarían y fingir un encuentro casual.

—De acuerdo, tendremos que dejarlo para otro día —le dijo Jake a Gina mientras se despedía con un beso en la mejilla—. Te llamaré, tendré que conformarme con eso.

Gina le sonrió divertida y Jake le devolvió la sonrisa antes de marcharse.

El sábado por la noche, Gina, Emily, Amanda, Paula y Ainhoa cenaban en un restaurante mexicano mientras charlaban y bromeaban. Emily había encajado estupendamente con las chicas y se sentía cómoda estando con ellas a pesar de que acababa de conocerlas.

— ¿Tú también conoces al bombón del jefe de Gina? —Le preguntó Amanda a Emily—. Oh, no me digas que tú tampoco piensas tirártelo —Emily se quedó callada y, por su gesto, Amanda dedujo lo evidente y se lo hizo saber a todas—: Una mujer con criterio.

—No te asustes, Amanda siempre es así —le dijo Gina a Emily para que quitara la cara de susto—. Y lo que Amanda quiere decir es que no entiende por qué no tengo ningún interés en acostarme con mi jefe, a pesar de que le he repetido una y mil veces que Arthur y yo solo somos amigos y que además es mi jefe.

—Pues yo sí que me lo tiraba —confesó Emily y todas estallaron en carcajadas—. En serio, lo conozco desde hace diez años y siempre ha sido como un amor platónico, pero cuando el sábado lo volví a ver…

— ¡Pues lánzate! —Exclamaron Amanda y Ainhoa al unísono, provocando otra oleada de carcajadas.

—No es tan fácil —dijo Emily cuando logró dejar de reír—. Para él soy la hermana pequeña de su amigo, creo que ni siquiera me ve como a una mujer. El año pasado nos besamos en la fiesta de primavera que organizan mis padres todos los años, pues no lo había vuelto a ver desde entonces, me rehuía. Pero el sábado estaba tan guapo y tan dulce que… —Emily suspiró y comentó—: Creo que he bebido demasiado.

—Todas estamos bebiendo demasiado —confirmó Paula, la más responsable.

Después de cenar, las chicas fueron al Aloha, tal y cómo habían planeado. Pidieron las copas en la barra pero después decidieron dirigirse a una de las mesas altas con taburetes, donde se acomodaron y de vez en cuando se levantaban para ir a bailar a un par de metros de distancia del resto de las chicas.

Gina ya iba por la tercera copa cuando le llegó un mensaje al móvil de un número de teléfono que no tenía guardado en la agenda: “Esta noche estás preciosa, aunque tengo que confesar que no puedo dejar de mirar tus largas piernas. Lástima que sea una noche de chicas. “Gina tuvo que leerlo dos veces para terminar de creerse lo que sus ojos veían, pero supo de inmediato de quién era ese mensaje y, tras echar un vistazo a la muchedumbre del local y no verle, le contestó: “Si te acercas y me saludas, podrás ver más de cerca mis largas piernas. Pero os advierto que si os acercáis la noche de chicas queda anulada y tendremos que repetirla. Y hablo en plural porque sé que todo esto ha sido idea de Arthur.”

Apenas unos segundos después de enviar el mensaje, una mano se posó al final de la espalda de Gina y ella, nada más oler ese aroma, supo que era Jake. Se volvió despacio y con tranquilidad y, cuando lo tuvo de frente, Jake le dijo con una sonrisa en los labios:

—Tus piernas parecen aún más largas de cerca, reconozco que ha merecido la pena dar por anulada la noche de chicas —Jake la saludó con un beso en la comisura de los labios—. A riesgo de parecer repetitivo, estás preciosa esta noche.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —le contestó Gina divertida. Arthur la saludó en ese mismo momento y Gina aprovechó para decirle—: Ya hablaremos tú y yo.

Arthur le guiñó un ojo y, tras saludar a Amanda, Paula y Ainhoa, toda su atención fue a parar a Emily. Amanda, que ya había puesto sus ojos en Jake, se acercó a Gina y le preguntó:

— ¿No vas a presentarnos a este bombón?

Gina sonrió ante el gesto de Amanda y la reacción de Jake, que la había cogido por la cintura con más fuerza.

—Chicas, os presento a Jake Hudson, el hermano de Emily y también amigo de Arthur —dijo Gina. Se volvió hacia Jake y le dijo—: Ellas son mis amigas, Amanda, Ainhoa y Paula.

—Encantado de conoceros —las saludó Jake educadamente mientras las besaba en la mejilla.

—Gina, ¿por qué no nos has hablado de este bombón? —Preguntó Amanda lo suficientemente alto como para que Jake la escuchara.

—Amanda —le advirtió Gina.

Jake se acercó a Gina y le susurró al oído:

—Es una pregunta interesante, a mí también me gustaría saber la respuesta —se volvió hacia al resto de las chicas y les dijo con una sonrisa arrebatadora—: ¿Qué os parece si dejáis que Gina venga conmigo esta noche y ella mañana os cuenta todo lo que queráis saber?

—Trato hecho —dijeron las tres amigas divertidas.

—Pero si ni siquiera le conocéis —protestó Gina—. ¿Qué pasa si es un psicópata?

—Creo que merece la pena que corras el riesgo —bromeó Amanda.

Jake sonrió satisfecho y Gina resopló resignada. Se despidió de las chicas y de Arthur, que se fue con Emily pocos minutos después de que ella se fuera con Jake.

Noventa minutos 4.

El lunes siguiente por la mañana, Gina se encerró con su jefe en su despacho y no salió de allí hasta que obtuvo toda la información que quería saber sobre su relación con Emily, aunque se cuidó mucho de nombrar a su hermano Jake.

—He visto cómo os miráis, la rabia y la pasión con la que os tratáis, no me puedes decir que no hay ni ha habido nada entre vosotros porque sé que miente —le dijo Gina a Arthur.

Arthur suspiró, se acomodó en su sillón de director general y dijo con sinceridad:

—Conocí a Emily la primera vez que fui a casa de los padres de Jake. Jake y yo nos conocimos en la universidad y nos hicimos buenos amigos. Un fin de semana me invitó a su casa, por aquel entonces aún vivía con sus padres, y fui a su casa, donde conocí a su hermana —cerró los ojos, suspiró y continuó hablando—: Fue como un flechazo, pero era la hermana pequeña de mi amigo Jake, así que descarté cualquier acercamiento, pero ella no paraba de revolotear por mi alrededor. Fuera a donde fuera, allí me la encontraba. Los Hudson celebran una fiesta anual cada primavera en su casa y el año pasado nos besamos mientras todos estaban distraídos mirando los fuegos artificiales. No la he vuelto a ver desde entonces y el sábado la encontré más atractiva que nunca.

—Y yo que creía que solo te interesaban las pijas sin cerebro y resulta que estás enamorado de Emily y sales huyendo cuando la besas —se mofó Gina.

—Emily ha sido la única que me ha hecho pensar en una tener una relación estable, pero no estoy seguro de que vaya a salir bien y es la hermana de uno de mis mejores amigos, es demasiado arriesgado cuando ni siquiera sé lo que quiero —confesó Arthur.

—Si no te arriesgas, no lo sabrás —le advirtió Gina—. Por cierto, espero que no te importe que haya invitado a Emily el próximo sábado a salir con las chicas. Tenemos pensado salir a cenar y tomar unas copas en el Stars, un pub que hay en el barrio, por si quieres presentarte por allí y saludar a Emily.

—Iré, aunque solo sea para asegurarme de que no me despertáis a las cinco de la mañana para que vaya a sacaros del calabozo —se mofó Arthur.

—Habíamos quedado en que esa noche no volvería a mencionarse —le recordó Gina.

—Lo sé, lo siento —se disculpó Arthur tratando de ocultar la risa sin éxito—. Por cierto, me pareció que te lo pasabas muy bien con Jake la otra noche.

—No sé a qué te refieres, solo bailamos y salimos a tomar una copa —se defendió Gina—. Tú estabas con nosotros y pudiste comprobar que no pasó nada.

—Conozco a Jake y nunca le he visto tan interesado en una chica como lo estuvo contigo anoche y, además, ayer me llamó para pedirme tu teléfono.

— ¿Se lo diste? —Quiso saber Gina.

— ¿Querías que se lo diera?

—Arthur, no juegues con fuego que te quemas.

—De acuerdo, mujer. No hace falta que te pongas así —bromeó Arthur—. Me llamó y tras dar unos cuantos rodeos, me pidió tu número de teléfono. Me dijo que habíais estado sobre música y quería darte un CD, así que le dije que se pasara a la hora de comer por la oficina y te diera el CD en persona y te pidiera él mismo tu teléfono.

— ¿Y va a venir?

—Te noto sumamente interesada, ¿me equivoco? —Se mofó Arthur.

—Me pareció un tipo interesante, nada más —le dijo Gina divertida—. Tengo que irme, tengo una reunión con el equipo de márquetin que a este paso va a volverme loca. Nos vemos luego.

—Luego nos vemos —se despidió Arthur.

Gina se dirigió a su despacho y después a la sala de juntas, donde estuvo reunida con el equipo de márquetin durante toda la mañana tratando de solucionar un problema de última hora que se habría podido solucionar antes si el director de márquetin hiciera su trabajo como es debido.

—No podemos presentar esa campaña, no cumple ninguno de los requisitos que el cliente nos ha pedido y no nos sirve para nada —repitió Gina cuando Fermín Cano, el director de márquetin de Global, volvía a insistir en que podría modificar un poco la campaña para adaptarla a las necesidades del cliente—. Lo único que el cliente ha exigido que hiciéramos una campaña sin polémica, nada de política, sexo, alcohol ni nada por el estilo y tú has hecho exactamente todo lo contrario.

—Llevamos un mes trabajando en esta campaña, no podemos empezar de cero ahora y presentar la nueva campaña en una semana —volvió a excusarse Fermín.

Gina se enfureció, no podía creer que el puñetero director de márquetin la hubiera cagado de esa manera y estuviera tan tranquilo sentado en su silla como si la cosa no fuera con él y, en vez de aportar ideas o soluciones, tan solo trataba de complicarlo todo más. Gina explotó y, utilizando un tono amenazador y de ordeno y mando que nunca había utilizado para ningún empleado de Global, le dijo más alto de lo que pretendía:

—No quiero escuchar ni una puñetera excusa más, ¿me habéis entendido? —Miró al resto del equipo, se volvió hacia Fermín y añadió—: Me da igual cómo lo hagas, pero el lunes quiero ver la presentación de una campaña digna de Global y a la altura de las exigencias de nuestro cliente —Fermín abrió la boca para continuar con su retahíla de excusas pero Gina le ordenó callar con un gesto e hizo salir al resto del equipo de márquetin excepto al director. Esperó a que todos salieran y, cuando se quedó a solas con Fermín, se volvió hacia a él, le sostuvo la mirada y le advirtió—: Demuestra que estás capacitado para ser el director de márquetin de Global o me veré obligada a prescindir de ti.

Fermín abrió la boca pero la volvió a cerrar de inmediato y agachó la cabeza antes de salir de la sala de reuniones. Gina recogió su portátil y, cuando estaba a punto de salir de la sala de reuniones, Arthur entró y ambos se quedaron mirando frente a frente hasta que Arthur le preguntó:

— ¿Qué ha pasado aquí? Han salido todos como si salieran de un campo de concentración.

—Tenemos que hablar, Arthur —le dijo Gina sin opción a réplica—. – Vamos a mi despacho.

— ¿Tiene que ser ahora? —La interrumpió Arthur sonriendo.

—Sí, tiene que ser ahora —le contestó Gina malhumorada—. Mira la mierda de presentación que tenemos para la campaña de Hoffman. ¿Crees que podemos presentarle esto el lunes?

Gina le tendió los informes a su jefe y entonces se percató de que había alguien más en la puerta, Jake Hudson había estado observándola mientras ella hablaba con su jefe.

—Me temo que no es un buen momento —saludó Jake con naturalidad y esa media sonrisa que le hacía tan interesante y atractivo.

—Llegas en el mejor momento para ver a Gina en plena etapa de ira, aunque te recomiendo que te mantengas como espectador, participar en el espectáculo te puede traer consecuencias desagradables —se mofó Arthur—. Vamos a mi despacho —los tres se dirigieron al despacho de Arthur, cerraron la puerta y se sentaron en los sillones. Arthur puso sobre la mesa los informes que Gina le había entregado sobre la presentación de la campaña de Hoffman, uno de los mejores clientes de Global, y dijo:

— ¿Qué ocurre con la presentación de la campaña del equipo de márquetin? ¿No te ha gustado?

—No se trata de lo que a mí me guste, y ya que lo mencionas me parece un horror —le contestó Gina todavía furiosa—. Se trata de lo que quiere y exige nuestro cliente y Fermín ha vuelto a hacer lo que le da gana. Tenemos que presentar la campaña el próximo lunes y no tenemos nada a excepción de lo que tienes ahí. Fermín no tiene excusa, trabaja en Global desde que fundaste la empresa y Hoffman es nuestro principal cliente, no entiendo qué busca con todo esto.

— ¿Lo has echado? —Quiso saber Arthur—. Cómo tú has dicho, Fermín lleva trabajando para Global desde que se fundó.

—No lo he echado de momento, pero pienso hacerlo cómo esto nos perjudique —le recalcó Gina mientras Arthur la miraba duramente—. No me mires así, me pagas para que haga un trabajo y es exactamente lo que estoy haciendo. Llevo dos semanas poniendo excusas ante Hoffman y dando la cara por Fermín y, a una semana del plazo de presentación, no tenemos nada. ¿Tienes idea de qué pasaría si Hoffman decide dejarnos? Y te aseguró que si le enseñamos eso se lo replanteará.

Arthur echó un vistazo al informe y su rostro empezó a cambiar de color de un rosa sano a un pálido que daba miedo. Se aclaró la voz carraspeando la garganta y le preguntó a Gina:

— ¿Qué mierda es esta?

—Eso es lo mismo que he preguntado yo —le respondió Gina encogiéndose de hombros con resignación—. Entiendo que Fermín lleva mucho tiempo en Global y que le hayas cogido cariño, pero esto no nos lo podemos permitir, sobre todo cuando no es la primera vez que ocurre. No confío en él y, si por mi fuera, te aseguro que ya no trabajaría aquí.

— ¿Hay algo personal en todo esto? —Preguntó Arthur al notar el tono furioso muy poco habitual en Gina y que contenía por la presencia de Jake.

— ¿Qué me estás preguntando exactamente, Arthur?

—Tú siempre dices que todos tenemos derecho a equivocarnos, sin embargo tienes claro desde el primer momento que quieres a Fermín fuera de Global.

—Tengo mis motivos para desconfiar de él y por supuesto que no es nada personal, me conoces demasiado bien como para tener que preguntarme algo así.

—Sé que probablemente Fermín será el último hombre del mundo con quien te lo montarías, pero sé que sabes algo que no quieres decir y sé que es algo gordo —le dijo Arthur—. Cómo tú has dicho, te conozco demasiado bien.

—Todavía no tengo pruebas, pero estoy en ello —le contestó Gina—. Mientras tanto, voy a ocuparme de tener una presentación de repuesto, como he dicho, no me fío de él —se volvió hacia a Jake y le dijo forzando una sonrisa—: Lamento la intrusión, señor Hudson. Les dejo para que puedan seguir con sus cosas.

Gina le guiñó un ojo a su jefe sin que Jake la viera y se marchó a su despacho, donde se reunió con Hannah para decidir con quién contar para formar el equipo de repuesto del departamento de márquetin aunque no pudo dejar de pensar en la persona que había en el despacho continuo sentado con su jefe.

Noventa minutos 3.

Gina estaba nerviosa por la subasta, no podía dejar de pensar que acabaría bailando con algún viejo verde ricachón pegado a ella. Emily, que no había dejado de observarla desde que se habían visto por primera vez, le dijo para tranquilizarla:

—Puedes estar segura de que esta noche no ganará la puja por ti ningún viejo.

— ¿Cómo puedes estar tan segura? —Pregunto Gina y añadió—: Si estás pensando en Arthur, te estás equivocando. Arthur y yo solo somos amigos y compañeros de trabajo, nunca ha habido ni habrá nada más que amistad entre nosotros.

Emily asintió y le sonrió, sabiendo que todo lo que Gina le decía era cierto. Uno de los organizadores del evento les explicó brevemente el orden de las candidatas y Emily y Gina salían una detrás de la otra. Todas las chicas que participaban en la subasta esperaban detrás del escenario a que el presentador de la gala las fuera llamando una a una para presentarlas y subastarlas.

Al otro lado del escenario, Arthur y Jake esperaban a que las chicas salieran con un objetivo en mente, Arthur quería conseguir un baile con la descarada de Emily que tanto le gustaba y que tan loco lo volvía. Jake, por su parte, también tenía claro que tenía que conseguir ese baile con la misteriosa Gina que tanto la había atraído desde que la había visto entrar en el salón y a quién pretendía conocer un poco más.

La primera de las dos chicas en salir fue Emily y, tras una dura puja entre Arthur y un tipo siniestro con bigote, finalmente fue Arthur quién ganó la puja por 25,000€ y ese baile con Emily, que estaba encantada con Arthur por mucho que ella se empeñara en negarlo y disimularlo.

La siguiente fue Gina, que caminó con firmeza y seguridad sobre el escenario aunque en realidad temblaba como un flan, pero nadie se percató. El presentador comenzó la puja en 1,000€ y diversos invitados empezaron a pujar, entre ellos Jake. La puja subió hasta los 30,000€ y ya tan solo pujaban tres hombres por ella: Jake, Robert Gates y el mismo hombre siniestro con bigote que había pujado por Emily. Gina se estremeció, le daba igual bailar con el señor Gates pero no quería bailar con el tipo del bigote que la miraba como si estuviera desnuda y quisiera…

—Cien mil euros —dijo Jake alzando la voz y sacando a Gina de sus pensamientos.

El presentador de la gala miró a los otros dos hombres y éstos le hicieron un gesto en señal de que se retiraban de la puja, y sentenció:

—El primer baile de la noche de la señorita Gina Verona queda adjudicado al señor Jake Hudson por la generosa cifra de 100,000€.

Todo el mundo estalló en aplausos y Jake ayudó a Gina a bajar las escaleras tendiéndole la mano mientras sonreía satisfecho.

—Creo que estás loco, pero me alegro por ello —bromeó Gina.

—No estoy loco, lo he hecho por tres buenas razones —le respondió Jake susurrándole al oído.

— ¿Tres buenas razones?

—La primera es que todo lo recaudado en la subasta de bailes será donado íntegramente a la reconstrucción del orfanato, la segunda es que quería bailar contigo y pujar por ti era una buena forma de conseguirlo. Y la tercera, bueno, te he visto mirar a ese tipo del bigote y tu expresión me lo ha dicho todo.

—Supongo que hemos salido ganando todos —bromeó Gina—. Los huérfanos que tendrán dinero suficiente para reconstruir el orfanato, tú que querías bailar conmigo a pesar que he de confesarte que soy una pésima bailarina y yo me ahorro tener que acercarme a ese tipo que me da grima.

Gina y Jake se reunieron con Emily y Arthur en la mesa que compartían para terminar de ver las subastas de los primeros bailes de las chicas que aún quedaban por salir al escenario.

Cuando la subasta finalizó, el presentador les pidió a las chicas que habían participado en la subasta que se dirigieran a la pista de baile con sus pujadores para que el primer baile se pudiera llevar a cabo.

Jake agarró de la mano a Gina y la guió hasta el centro de la pista, donde puso las manos alrededor de la cintura de ella y le susurró al oído:

—Gina Verona, ¿Verona cómo la ciudad italiana donde se desarrolla Romeo y Julieta?

—Se escribe igual y su procedencia también es italiana, mis abuelos por parte de padre son italianos, aunque no de Verona, sino de Milán —le respondió Gina divertida por la ocurrencia de Jake—. Pero he estado en Verona muchas veces y es una de las ciudades más hermosas que he visto nunca, con mucha cultura y paisajes preciosos.

—Creo que eres la primera chica que oigo hablar de Verona y no menciona el balcón de Romeo y Julieta ni su romance —bromeó Jake.

—Verona es mucho más que la ciudad donde ocurre el fatídico romance de Romeo y Julieta de Shakespeare —opinó Gina.

—No he estado en Verona, pero me encantaría conocerlo solo por la pasión con la que describes esa ciudad —le susurró Jake al oído mientras bailaban una balada de que Gina desconocía pero que le encantaba—. ¿Vas mucho a Italia?

—Menos de lo que me gustaría, pero intento ir al menos una semana todos los veranos para ver a mis abuelos y ellos vienen a vernos en Navidad —le contestó Gina dando más detalles de los que le habría gustado—. Pero no quiero aburrirte…

—No me aburres —la interrumpió Jake—. Es agradable poder tener una conversación interesante que no tenga que ver con negocios.

— ¿Conoces la canción que suena? —Preguntó Gina fascinada por la melodía y la dulce voz que formaban la balada que ambos bailaban—. No la había oído antes, pero es preciosa.

—La canción se titula “Nothing else matters” y es de Lucie Silvas —le contestó Jake con una sonrisa en los labios hipnotizado por la naturalidad de Gina.

La canción terminó y ambos se resistieron a separarse, pero tuvieron que hacerlo cuando Emily y Arthur se les acercaron. Jake se tensó, quería saber más cosas de Gina y buscar una excusa para volver a verla sin que Arthur se le echara encima, pues ya le había dejado claro que Gina era como una hermana pequeña para él y Arthur solo decía las cosas una vez.

—Estábamos pensando en ir a tomar una copa, ¿qué os parece? —Propuso Emily agarrada del brazo de Arthur.

Gina y Jake se miraron y después miraron a Emily y Arthur sin comprender muy bien lo que pasaba entre aquellos dos, que por momentos se odiaban y por momentos bailaban y se mostraban encantados de salir a tomar una copa.

—Gina, si no te apetece ir puedo llevarte a casa —le susurró Arthur al ver a su amiga tan dubitativa.

—Me apunto siempre y cuando no decidáis ir al Red —dijo Gina sonriendo.

—Dudo mucho que te dejen entrar —comentó Arthur burlonamente.

— ¿Por qué no la iban a dejar entrar? —Preguntó Emily.

—Digamos que no admiten la entrada a personas… conflictivas —se mofó Arthur.

—Eso es totalmente injusto, si ellos hubieran hecho su trabajo yo no hubiera tenido que intervenir —le contestó Gina molesta—. Y no quiero oír hablar más de ese tema.

—Menudo carácter —murmuró Jake sonriendo para sus adentros.

Decidieron ir a tomar una copa al Aloha, un bar de copas tranquilo al que solo te dejaban entrar si eras socio o ibas acompañado por un socio. Es decir, un lugar exclusivo para los ricos y sus amigos.

Los porteros del pub, nada más ver a Jake y Arthur, habituales del lugar, les dejó pasar sin pedir acreditación y sin tener que hacer la larga e inmensa cola que había formada para entrar en el local. Entraron y se dirigieron a un reservado para cuatro personas donde una camera anotó la comanda y regresó minutos después con las bebidas.

Jake apenas hablaba, pero observaba y escuchaba cada cosa que Gina hacía o decía sin disimulo alguno y eso a Gina empezaba a incomodarla, así que le dio conversación a Emily, que parecía encantada de poder hablar con alguien tras el silencio que se había formado. Era una situación curiosa, los cuatro querían estar dónde y con quiénes estaban, pero los cuatro se sentían un tanto incómodos y nerviosos.

Tras beberse la primera copa, todos se relajaron y comenzaron a charlar y bromear como un grupo de amigos que salían de copas y se divertían.

Pasadas las tres de la mañana, los chicos decidieron llevar a las chicas a casa y Emily y Gina descubrieron que eran vecinas y que vivían la una en frente de la otra, a pesar de que nunca se habían visto por el barrio. Las chicas se despidieron prometiendo quedar un día para tomar un café o unas copas. Arthur se despidió de Gina hasta el lunes que volverían a verse en la oficina mientras Jake se despedía de su hermana para después despedirse de Gina mientras Arthur se despedía de Emily.

—Buenas noches, señorita Verona —le dijo Jake a Gina besándola en la mejilla—. Espero volver a verla pronto.

—Buenas noches, señor Hudson —le respondió Gina siguiendo la broma aunque en realidad tuviera ganas de invitarle a entrar en su casa y lo que surgiera, pero eso no lo podía hacer, se suponía que ella era una señorita y no pensaba ser el plato fácil de nadie, por muy guapo y seductor que fuera—. Y gracias por librarme de las garras de “Don Bigotes”, creo que no lo habría podido resistir.

Ambos se sonrieron y volvieron a darse las buenas noches antes de que Gina entrara en casa.

Noventa minutos 2.

El sábado a las siete de la tarde, tal y cómo habían acordado, Arthur se presentó en casa de Gina y salió de la limusina que les llevaría a la gala. En cuanto la vio salir de casa supo que su acompañante iba a atraer las miradas de todo el mundo, hombres y mujeres.

—Estás preciosa, ha faltado poco para que me enamore de ti —la saludó Arthur bromeando.

—Gracias, tú tampoco estás nada mal —le saludó Gina entrando en la limusina—. Por cierto, ¿no es un poco ostentoso ir a una gala benéfica en limusina y vestidos con una ropa tan cara?

—Vas a estar rodeada de la alta sociedad de la ciudad, pero deberías estar más preocupada por escapar de las garras de todos los niños de alta cuna que caerán rendidos a tus pies en cuanto te vean aparecer —le dijo Arthur, tan galán como siempre.

Cruzaron la ciudad ajenos al tráfico que había a esas horas de la tarde de un sábado, Gina y Arthur se distraían bebiendo champagne y charlando sobre la clase de invitados que acudían a las galas benéficas. Después de aquella conversación, Gina sacó la conclusión de que estaría rodeada de estirados, snobs y probablemente también de viejos verdes, pero tenía la esperanza de cruzarse con alguien interesante con quien poder mantener una conversación medianamente normal porque estaba segura que su jefe la dejaría sola en cuanto se le cruzara un escote por delante y, por si fuera poco, probablemente la gala estaría llena de chicas sin cerebro y siliconadas como las amigas de Arthur.

Entraron en el Palacio Real donde se celebraba la gala y ambos se quedaron en silencio al contemplar la impresionante entrada del Palacio. Caminaron hasta llegar a la gran puerta del salón donde se iba a celebrar la gala y los fotógrafos del evento y los periodistas que cubrían la noticia les hicieron miles de fotos, deslumbrándoles con los flashes de las cámaras.

—No te preocupes, en cuanto fotografíen a todos los invitados se largan y solo permiten grabar y hacer fotos al estudio de fotografía que ha contratado la organización del evento —le susurró Arthur a Gina para tranquilizarla porque sabía que su mano derecha odiaba salir en los medios de comunicación porque apreciaba demasiado la vida privada y la intimidad del anonimato y él la entendía perfectamente porque compartía ese mismo sentimiento.

—Me debes una y de las gordas, no lo olvides —le susurró Gina a su jefe mientras los flashes continuaban deslumbrándoles.

El presidente y la embajadora de la organización benéfica recibieron a Arthur y Gina como al resto de los invitados, dándoles las gracias por venir y deseándoles que pasen una buena noche tras recordarles que la recaudación de esta noche se destinará íntegramente a la reconstrucción del orfanato de la ciudad, un edificio medio en ruinas donde apenas malvivían los niños.

Entraron al salón principal y rápidamente dos camareros se acercaron a ellos para recoger sus abrigos y ofrecerles una copa de champagne. Gina, que no había asistido nunca a una gala benéfica, observaba fascinada todos y cada uno de los detalles de aquel salón hasta que dos hombres se acercaron a saludar a Arthur y él hizo las presentaciones oportunas:

—Les presento a mi mano derecha, Gina Verona, la directora ejecutiva de Global y la responsable de que mi empresa siga en pie —Arthur se volvió hacia a Gina y añadió—: Gina, te presento a Robert Gates y Nate Brenan, presidentes de Style y Fashion, respectivamente.

—Encantada de conocerles —les saludó Gina tendiéndoles la mano.

Se sumergieron en una conversación sobre publicidad, moda y celebridades mientras Gina continuaba observando el elegante salón y a todos los invitados que iban llegando hasta que su mirada se cruzó con la mirada penetrante de un tipo que la observaba apoyado en una de las paredes del salón, vestido con un traje de Armani de color gris marengo y una camisa negra sin corbata y bebiendo de una copa de champagne tranquilamente. Gina le sostuvo la mirada hasta que Arthur se dio cuenta de que estaba distraída y la cogió por la cintura para guiarla junto al resto de invitados que comenzaban a pasar al comedor.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Arthur a Gina mientras pasaban al comedor.

—Sí, solo estoy un poco distraída —respondió Gina buscando con la mirada al tipo que con el que había intercambiado aquella extraña y provocadora mirada.

Arthur rodó los ojos y caminó seguido de Gina hacia el tablón donde se asignaban las mesas para averiguar dónde se tenían que sentar. Mientras Arthur buscaba sus nombres en el tablón, Gina seguía observando el gran salón y tratando de localizar a aquel tipo que tan solo con una mirada le había producido miles de descargas en su interior, todas ellas placenteras.

—Arthur Muller, parece que estamos en la misma —dijo un hombre con una voz tan masculina y atractiva que hizo volverse a Gina—. Has venido muy bien acompañado.

Gina se quedó de piedra cuando se volvió y reconoció a ese hombre como el mismo hombre a quien trataba de localizar.

—Jake Hudson, ¡qué sorpresa! —Lo saludó Arthur con un buen apretón de manos y un efusivo abrazo para después preguntar—: -¿Qué te trae por aquí? Tú no eres de los que vienen a estas galas y que conste que no te reprocho nada, yo soy igual que tú —se volvió hacia Gina y añadió—: Te presento a la señorita Verona, la directora ejecutiva de Global y mi mano derecha.

—Además de una auténtica belleza —sentenció Jake sonriendo con picardía a Gina. Cogió su mano para besarla y susurró con voz ronca—: Un placer conocerla, señorita Verona.

—Lo mismo digo, señor Hudson —respondió Gina amablemente mientras intentaba no perderse en la profundidad de esa mirada que la estaba volviendo loca.

—Por favor, llámame Jake —le pidió Jake.

Por suerte para Gina, uno de los camareros apareció y les acompañó hasta su mesa. Todo el salón estaba llena de pequeñas mesas redondas para cuatro personas y ellos tuvieron la suerte de estar sentados en una de las más apartadas.

Una chica morena, de ojos castaños y una amplia sonrisa se unió a ellos y se sentó a la mesa junto a Jake tras disculparse con él por el retraso:

—Perdona el retraso, me he encontrado con el vecino de la abuela y me ha entretenido —se volvió hacia a Jake, a quién ya conocía, y añadió mirando de reojo a Gina—: Arthur, me alegro de volver a verte.

—Lo mismo digo, Em —la saludó Arthur poniéndose tenso.

—Emily, te presento a Gina Verona, la directora ejecutiva de Global y una gran amiga de Arthur —se volvió hacia Gina y añadió—: Emily es mi hermana pequeña y la responsable de que esté aquí esta noche.

—Ya tenéis algo en común, ambos habéis sido arrastrados a la gala esta noche en vuestra contra —se mofó Arthur dirigiendo una mirada pícara a Emily.

—Encantada de conocerte, Gina —saludó Emily a Gina dándole un beso en la mejilla—. No sé cómo aguantas trabajar con el gruñón de Arthur, aunque me alegra saber que no eres otra de las cabezas huecas a las que se tira, y no me lo tomes a mal.

Gina sonrió, ella misma había llamado así a las amigas de Arthur y agradecía que Emily dejara claro delante de Jake que ella no era una de esas chicas.

Emily se sentó entre Gina y su hermano y Jake la maldijo en silencio por ello, pues se sentía extrañamente atraído por aquella chica rubia de ojos grises y mirada desafiante. Las chicas cenaron entre risas y bromas mientras los chicos se divertían escuchando las locas ocurrencias de ellas y las observaban realmente cautivados hasta que uno de los camareros las interrumpió para preguntarles:

—Señoritas, ¿van a participar en la subasta del baile?

— ¿Qué subasta? —Quiso saber Gina.

—La subasta del baile —le repitió Emily a Gina—. Los hombres pujan por bailar una canción con las chicas que participan y el dinero es donado íntegramente a la causa. Suelen participar muchas mujeres, sobre todo las jóvenes y solteras —añadió Emily apuntando su nombre en la lista que el camarero le entregaba. ¿Te apunto?

Gina asintió encantada, era una buena forma de colaborar si alguien pujaba por bailar con ella, solo esperaba que ninguno de los muchos viejos verdes que allí estaban consiguiera ganar la subasta y tuviera que bailar con ellos, pero se armó de valor cuando oyó la voz de Arthur que le susurró:

—Solo tendrás que sufrir lo que dure la canción, siempre y cuando no te guste el hombre que puje por ti, en ese caso espero que lo disfrutes.

Las chicas se marcharon a prepararse para la subasta y los chicos que tenían pensando pujar, entre ellos Arthur y Jake, se acercaron al escenario para observar a las chicas desde primera fila.

Mientras esperaban a que las chicas empezaran a desfilar sobre el escenario, Jake aprovechó que su hermana no estaba presente para decirle a Arthur:

—Ambos queremos bailar con la acompañante del otro y ninguno de los dos estamos dispuestos a que nuestras acompañantes caigan en manos indeseables —apuntó Jake—. ¿Qué te parece si tú pujas por Em y yo por Gina? Por supuesto, sin otro fin que no sea donar dinero a una organización benéfica por un baile.

—Ten cuidado con Gina, aunque parezca dócil es toda una leona —le advirtió Arthur—. Y, por si fuera poco, la quiero como si fuera mi propia hermana.

—Tranquilo amigo, te recuerdo que Em también es mi hermana —se mofó Jake.

Noventa minutos 1.

A pesar de sus tan solo veinticinco años, Gina Verona es una chica responsable, aunque no por ello deja de ser un poco alocada, como todas las chicas de su edad. Había nacido y crecido en Castle, un pequeño pueblo situado a unas dos horas en coche al sur de Calenda, la ciudad donde vive desde los dieciocho años, cuando decidió mudarse con sus tres mejores amigas para estudiar en la universidad.

Gina y sus tres amigas compartieron apartamento durante los cuatro años que estuvieron en la universidad y los otros dos años que le siguieron, hasta que todas ellas lograron encontrar un trabajo estable y lo suficientemente bien remunerado como para que cada una de ellas pudiera permitirse mantener una casa en el mejor barrio de la ciudad.

Gina trabajaba como directora ejecutiva en Global, una agencia de publicidad de éxito y prestigio cuyo jefe, Arthur Muller, también era un buen amigo. Gina y Arthur, que tiene treinta y dos años, tan solo se llevan siete años de diferencia y, tras tres años trabajando juntos y pasando por duras negociaciones, han llegado a hacerse grandes amigos.

Arthur salió de su despacho situado en la planta más alta del lujoso edificio de la sede de Global y se dirigió al despacho continuo, el despacho de Gina.

—Gina, tengo que pedirte un favor —anunció Arthur entrando en el despacho de Gina tras golpear la puerta suavemente con los nudillos—. ¿Tienes planes para el próximo sábado por la noche?

—Si pretendes utilizarme para librarte de alguna de tus amigas sin cerebro, estoy ocupada —le respondió Gina sin apartar la mirada de la pantalla de su ordenador.

—Ya te dije que no volvería a pedirte algo así y creo recordar que acordamos no volver a mencionar ese asunto —le replicó Arthur—. Me ha llegado una invitación para una gala benéfica el sábado por la noche y quiero asistir, pero no quiero hacerlo solo y no puedo llevar a una de mis amigas sin cerebro, ¿te gustaría acompañarme?

— ¿Una gala benéfica? —Preguntó Gina burlonamente—. Tú siempre dices que donas suficiente dinero a organizaciones benéficas como para poder tomarte el lujo de no tener que aguantar esas galas. ¿Qué se te ha perdido en esa gala benéfica, Arthur?

—Me conoces demasiado bien, no es justo —Protestó Arthur pero finalmente añadió—: Max Edison estará en esa gala y quiero aprovechar mi asistencia para hacer negocios.

— ¿Max Edison? ¿El presidente de la Editorial Edison? —Quiso confirmar Gina.

—El mismo —le confirmó Arthur ganándose toda la atención de Gina—. He oído que ha tenido algún problema con su actual agencia de publicidad y quiero tantear el terreno.

—Sería una gran cifra si lográramos conseguir un contrato con Edison, la publicidad de todos sus libros, revistas y colecciones supondrían una gran inversión para abrir las oficinas de Global en el extranjero —le animó Gina—. Iré contigo a esa gala, pero seguirás debiéndome una.

—Acabo de darte la excusa perfecta para irte de compras y, cómo se trata de trabajo, utiliza la tarjeta de empresa para pagar el vestido, los zapatos y lo que sea que necesites para ir divina a esa gala —le respondió Arthur de buen humor.

—Arthur, ¿tienes idea de lo que cuestan unos zapatos y un vestido para ese tipo de eventos? Por no mencionar que estará la alta sociedad de la ciudad, no puedo ir de cualquier manera.

—Gasta lo que quieras, no me importa —le aseguró Arthur.

—No me parece justo, al fin y al cabo el vestido y los zapatos serán para mí.

—Gina, utiliza la maldita tarjeta de empresa —le ordenó Arthur con severidad. Se levantó del sillón donde se había sentado para charlar con Gina y añadió—: Vete de compras, mañana ya es viernes y no quiero que lo dejes para el último momento. Mañana nos vemos y me cuentas cómo te ha ido.

Arthur salió del despachó de Gina y volvió a encerrarse en el suyo.

Gina, animada por irse de compras, recogió sus cosas y envió un mensaje en el grupo de WhatsApp que compartían ella y sus tres amigas y por el que hablaban a todas horas: “Mi jefe me ha dado la tarde para irme de compras, el sábado por la noche tengo que ir a una gala benéfica con él y necesito comprar un vestido, zapatos y alguna otra cosa. ¿Alguien se apunta?”

Rápidamente, sus amigas contestaron. Amanda fue la primera en responder: “Quedamos en el restaurante que hay frente al ayuntamiento en media hora, ¡yo siempre estoy dispuesta a ir de compras!” Después fueron Paula y Ainhoa las que contestaron: “Allí estaré.”

Media hora más tarde, las cuatro amigas se reunían en el restaurante y, sentadas a una mesa, comían mientras trataban de ponerse de acuerdo sobre a qué tiendas deberían ir.

—Gina, no entiendo por qué aún no te has tirado a tu jefe, ¡es un bombón! —Comentó Amanda, la más desinhibida del grupo—. Si fuera mi jefe…

— ¡Amanda! —La regañó Gina—. Arthur es mi jefe, no puedo acostarme con él. Además, nos hemos convertido en buenos amigos.

—Si fueras un hombre te diría que dónde tienes la olla no metas la polla —bromeó Ainhoa entre risas—. Además, cuando un amigo se mete en tu cama deja de ser amigo para convertirse en amante.

—Estoy de acuerdo contigo, no creo en la amistad con sexo —opinó Gina.

—Pues yo no, la amistad con sexo tiene un nombre y ese nombre es “amor” —replicó Paula y todas rodaron los ojos—. Algún día encontraré a mi príncipe azul y os lo restregaré a todas en los morros.

Todas rompieron a reír a carcajadas y todos los que estaban comiendo en aquel restaurante se volvieron a mirarlas, algunos divertidos y otros molestos, pero las chicas no se percataron.

Después de comer, se pusieron manos a la obra y se fueron de compras. Gina acabó comprándose un vestido de noche de color magenta con escote palabra de honor y ceñido hasta las rodillas, con forma de sirena. El vestido tenía unos pequeños adornos plateados en el escote, por lo que optó por comprar una elegante chaqueta acampanada, unos zapatos y un bolso de mano del mismo tono plateado. El conjunto completo tuvo la aprobación de las cuatro amigas y, con la misión cumplida, decidieron regresar a casa.

Gina llegó a su casa pasadas las nueve de la noche, se preparó una ensalada para cenar y se puso el pijama de invierno para combatir el frío de finales del mes de enero.

A la mañana siguiente, Gina se levantó a las siete en punto, se dio una ducha y se vistió para ir a la oficina a trabajar. Nada más entrar en su despacho, Hannah, la secretaria de Gina, la siguió y le trajo un café bien cargado como le gustaba a Gina.

—Buenos días, Gina —la saludó Hannah dejando el café sobre la mesa—. El jefe quiere verte, me ha pedido que te diga que vayas a su despacho en cuanto llegues, aunque parecía contento.

—Buenos días, Hannah —saludó Gina—. Gracias por el café —Gina cogió el vaso de café y añadió—: Voy a ver a Arthur, pero si me entretengo y a las diez no he vuelto ven a buscarme, a las diez y media tengo una reunión con el equipo de márquetin.

—A las diez te aviso, vete tranquila —le respondió Hannah con una sonrisa.

Gina le dio un abrazo y un beso en la mejilla a su secretaria antes de marcharse hacia el despacho de su jefe, totalmente feliz por haber contratado a Hannah como secretaria un año y medio atrás, cuando la ascendieron a directora ejecutiva. Sin duda alguna, contratar a Hannah había sido su mejor decisión como directora ejecutiva.

Llamó al despacho de Arthur y entró sin esperar a obtener permiso, era lo que hacía la confianza.

—Buenos días, jefe —saludó Gina. Le dio un sorbo a su café y añadió—: Hannah me ha dicho que querías verme.

—Quiero saber si tu tarde libre fue productiva.

—Bastante productiva, tanto que corres el riesgo de enamorarte de mí cuando me veas con el increíble vestido que me he comprado —bromeó Gina—. Por cierto, le he pegado un buen viaje a la tarjeta, pero sigo estando dispuesta a pagarlo y te lo digo antes de que te llegue la factura para que no te asustes.

—Estoy seguro de que será una buena inversión, pero si me enamoró de ti tendré que echarte y te quedarás sin trabajo —se mofó Arthur quien, a pesar de que Gina era muy atractiva, siempre la había visto como a una hermana y sabía que ella veía lo mismo en él—. Me conformaré con que llames la atención de Max Edison lo suficiente como para que permita que nos acerquemos a saludarle.

—Genial, ahora soy una mujer florero —dijo Gina con sarcasmo—. Espero que por lo menos sirvan un buen vino durante la cena y copas de importación después.

—Las mujeres floreros no se emborrachan —comentó Arthur burlonamente.

—Yo no he dicho que me vaya a emborrachar, pero sí pienso coger el puntillo —le advirtió Gina a su jefe—. A esos eventos solo van los ricachones estirados que quieren presumir de generosidad acudiendo a la gala benéfica una vez al año.

Gina y Arthur continuaron hablando durante un buen rato hasta que Gina se marchó para preparar la reunión con el equipo de márquetin.

Esa misma tarde, antes de marcharse, Gina pasó por el despacho de Arthur para despedirse y quedar para acudir juntos a la gala benéfica al día siguiente.

Noventa minutos.

Cuando Arthur le pide a Gina que le acompañe a una gala benéfica, ella no es capaz de negarse y no porque sea su jefe, si no porque también es un buen amigo. En la gala benéfica conoce a Jake, un amigo de Arthur al que no puede dejar de mirar en toda la noche.

Tras una más que interesante puja, en la que Jake logra conseguir un baile con Gina y Arthur un baile con Emily, deciden ir a tomar unas copas y, a pesar de algunos imprevistos, pasan la noche juntos.

Él no quiere una relación estable y se lo hace saber a Gina desde el principio. Ella tampoco quiere enamorarse, todavía recuerda todo lo que sufrió al enamorarse de Brad y teme que la historia se repita.

Sin embargo, su acuerdo de pasar juntos una única noche se va al traste cuando una amenaza del pasado regresa para acechar a Gina y Jake se convierte en su escolta. Pasar las veinticuatro horas del día juntos no les resultará fácil, por eso acuerdan una puesta al día de noventa minutos para coordinarse. Pero, cuando el peligro acecha, la familia interviene y la tensión sexual es cada vez más incontrolable, las cosas solo pueden acabar de una manera…

¿Quieres saber más sobre la historia de Jake y Gina? No te pierdas esta novela y síguela capítulo a capítulo:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19