CategoríaNoventa Minutos

Noventa minutos 19.

A las ocho de la tarde, Gina y Jake llegaron a casa de Henry y Grace. Jake aparcó el coche en el garaje y aprovechó esa intimidad para besar a Gina, que estaba muy nerviosa. Jake también estaba nervioso, pero lo disimulaba muy bien. Uno de los miembros del equipo de seguridad de los Hudson les abrió la puerta y Jake y Gina entraron en la casa y se dirigieron al salón cogidos de la mano.

Grace, Paulina y Franco sonrieron cuando vieron entrar a Gina y Jake cogidos de la mano, pero a Henry le preocupaba que aquella historia no acabara bien y, pese a que lo intentó, no pudo sonreír. Jake conocía a su padre y sabía que se le pasaría con el tiempo, cuando viera que lo suyo con Gina iba en serio.

—Estáis guapísimos, chicos —les saludó Grace emocionada—. Y hacéis una pareja estupenda.

Jake sonrió y Gina se ruborizó. Franco y Paulina también les saludaron con una sonrisa y Henry, haciendo un esfuerzo por disimular todas las dudas y la preocupación que aquella relación le provocaba, también les saludó amablemente:

—Me alegro de que hayáis venido a cenar.

Jake colocó su brazo alrededor de la cintura de Gina y la guió hasta uno de los sofás de dos plazas que quedaba libre, donde se sentó junto a ella.

Charlaron durante un buen rato en el salón antes de pasar a cenar al comedor. Durante la cena, la conversación se fue animando y todos parecían estar de buen humor. Jake estaba pendiente de Gina en todo momento, quería que se encontrara cómoda y lo consiguió.

—Y, ¿desde cuándo se supone que estáis juntos? —Preguntó Grace sonriendo feliz.

—Bueno, supongo que desde antes de saber quiénes éramos realmente —confesó Jake—. Ya han pasado casi tres meses.

—Puede que parezca poco tiempo, pero teniendo en cuenta que durante esos tres meses han estado las veinticuatro horas del día juntos, creo que es un tiempo más que considerable para que sepan qué es lo que quieren —apuntó Franco queriendo echar una mano a la pareja y añadió—: Vuestra relación cuenta totalmente con mi apoyo.

—Y con el mío también, me alegro de tener un yerno que me caiga tan bien —le secundó Paulina.

—Es la primera vez que veo a mi hijo realmente feliz y adorando a una chica —comentó Grace emocionada. Se volvió hacia a Gina y añadió—: Debes de ser muy especial para que mi hijo esté así de feliz, Gina. Ambos tenéis también nuestra bendición.

Henry sonrió y asintió con la cabeza para dejar claro que él también estaba de acuerdo con lo que su esposa acababa de decir. Todos brindaron por la recién estrenada pareja y Gina y Jake se besaron frente a todos para sellar su amor.

Regresaron a casa pasada la medianoche y, nada más bajar del coche, Jake cogió en brazos a Gina y la llevó directamente a la habitación.

—Jake, ¿qué pretendes hacer conmigo? —Le preguntó Gina sonriendo con picardía.

—Cariño, pretendo pasarme toda la noche dándote placer —le contestó Jake divertido y la besó.

 

***

 

Cinco meses más tarde, en pleno mes de agosto, Jake quiso irse de vacaciones con Gina a una isla paradisiaca para desconectar del estrés de la ciudad, relajarse y divertirse juntos. Se alojaron en una lujosa cabaña en la playa, desde donde podían contemplar el amanecer y la puesta de sol.

Gina tomaba el sol en la orilla del mar mientras leía para pasar el rato y Jake pescaba a su lado cuando sonó el aviso de la llegada de un mensaje en el móvil de Gina.

—Cariño, creía que habíamos acordado apagar el móvil mientras estuviéramos de vacaciones —le dijo Jake divertido, pues su chica no era de las que cumplía las normas.

—Te he dicho millones de veces que los acuerdos a los que llegamos mediante tu persuasión sexual no tienen ningún tipo de validez —le replicó Gina sonriendo—. Además, anoche me levanté a beber agua y te vi pegado al portátil, pero como soy una niña buena no dije nada.

— ¿Y desde cuándo eres una niña buena? —Se mofó Jake.

— ¿Quieres que te demuestre cómo no soy una niña buena? —Le preguntó Gina con una sonrisa traviesa en los labios.

Jake alzó las cejas, dejó la caña sobre la arena y cogió en brazos a Gina dispuesto a llevarla a la cabaña y hacerle el amor.

—Jake, ¿a dónde me llevas? —Le preguntó entre risas.

—Cariño, te tengo dicho que esa sonrisa traviesa hace que no pueda controlar mis impulsos —le respondió Jake con la voz ronca—. Te voy a llevar a la cabaña y te voy a hacer el amor.

A Gina aquello le sonó a gloria y le dejó hacer lo que se proponía porque lo deseaba tanto como él. Jake la tumbó en la cama, la besó y la acarició excitándola como el primer día, guiándola por el camino del placer. Pero Jake se traía algo entre manos y, cuando la tuvo al borde del orgasmo, se paró y le susurró al oído:

—Cariño, cásate conmigo —y añadió rápidamente—: Si aceptas, el acuerdo tendrá validez legal.

—Acepto —le confirmó Gina con la voz ronca.

Jake no se hizo de rogar y la penetró de una sola estocada para proseguir con un va y ven de placenteras embestidas que hicieron que ambos alcanzaran el clímax al mismo tiempo. Agotados por aquella sensación tan intensa, se quedaron abrazados en la cama. Cuando las respiraciones de ambos se normalizaron, Jake le susurró a Gina en el oído:

—Te quiero, cariño. Tenía planeado pedirte que te casaras conmigo esta noche, tras una romántica cena en la playa y bajo la luz de la luna llena, pero ya sabes que contigo no corro riesgos.

— ¿Eso significa que me quedo sin cena romántica en la playa bajo la luz de la luna llena? —Le preguntó Gina divertida.

—Claro que disfrutaremos de una noche romántica —le respondió Jake sonriendo y la besó en los labios antes de añadir—: Ya te he dicho que solo quería asegurarme de que no puedas decirme que no.

Ambos se besaron y volvieron a hacer el amor.

Aquella noche, disfrutaron de una romántica cena en la playa bajo la luz de la luna llena y Jake le regaló un precioso anillo de compromiso de oro blanco con diamantes y zafiros. Brindaron por su amor y por su futura boda y terminaron bañándose en el mar y haciendo el amor en la orilla.

 

FIN

Noventa minutos 18.

Jake despertó a Gina a las siete de la mañana, se ducharon, desayunaron y la llevó a la oficina. Jake tenía que ir también a su oficina, así que habló con el escolta de Arthur para que aumentara la seguridad en Global, se despidió de Gina y se marchó a las oficinas de su empresa. Regresó a buscar a Gina a la hora de la comida para llevarla a comer y se volvía a marchar para regresar a las seis de la tarde y llevar a Gina a casa y pasar el resto del día juntos como una pareja.

Mantuvieron la misma rutina durante las dos semanas siguientes, hasta que un viernes que Arthur le dio fiesta a Gina en la oficina, mientras preparaban la comida en casa entre bromas, Franco y Paulina llamaron al timbre de la puerta de la casa de su única hija.

—Papá, mamá, ¿qué hacéis aquí? —Les preguntó Gina preocupada al ver a sus padres allí—. ¿Ha pasado algo?

—No ha pasado nada malo, ¿nos invitas a entrar? —Le contestó Franco.

—Claro, pasad —les dijo Gina saludando a sus padres con un beso en la mejilla. Entraron al salón y dijo alzando un poco la voz para que Jake, que estaba en la cocina, le escuchara—: Jake, tenemos visita.

— ¿Quién es, cariño? —Preguntó Jake antes de salir de la cocina y toparse con sus futuros suegros en el comedor—. Franco, Paulina, ¿ha ocurrido algo?

—Creo que eso deberíamos preguntarlo nosotros —comentó Franco divertido posando su mirada de su hija a Jake.

—Papá —le advirtió Gina—. ¿A qué habéis venido?

—Brad me ha enviado esto y he preferido enseñártelo en persona, así aprovechábamos para haceros una visita —respondió Franco y le entregó el sobre que Brad le había enviado.

Gina cogió el sobre y lo abrió. Del sobre sacó cinco fotografías y un papel con un pequeño escrito que en seguida reconoció como la letra de Brad. Gina miró las fotografías con detenimiento y reconoció en cada una de ellas a cada uno de los cinco miembros de los Servasky, todos muertos de un tiro en la frente. Gina no necesitaba leer el pequeño escrito de Brad para hacerse una idea de lo que había pasado, pero aun así decidió leerlo: “Problema resuelto, ya no tenéis que preocuparos por los Servasky. Los cinco miembros están muertos y te adjunto cinco fotografías como prueba. Si quieres, puedes pedir el informe a la DEA para comprobar que lo que digo es cierto. Solo quiero lo mejor para Gina.”

Gina le entregó el sobre a Jake para que él mismo pudiera ver con sus propios ojos lo que ella misma también había visto y después se volvió, miró a su padre y le preguntó:

— ¿Lo has confirmado con la DEA?

—Sí, lo he confirmado —respondió Franco—. Les he pedido una copia del informe de la operación, te la haré llegar en cuanto la reciba.

—Creía que queríais a los Servasky vivos —comentó Jake.

—Y así era, pero la DEA también iba detrás de ellos y, conociendo a Brad, no iba a dejarlos escapar si tenía la más mínima oportunidad de liquidarles —contestó Franco—. Hay muchas cosas que los Servasky se han llevado a la tumba, pero tengo que reconocer que también es un alivio saber que no vamos a tener que volver a preocuparnos por ellos.

— ¿Os quedáis a comer? —Preguntó Jake a sus futuros suegros—. Estamos preparando tallarines al pesto, aunque no nos saldrán igual de buenos que a Paulina.

—Os agradecemos la invitación, pero ya hemos quedado con Henry y Grace para comer —les dijo Paulina agradecida—. Podríamos ir a cenar todos juntos, ¿qué os parece?

—Paulina, a lo mejor los chicos ya tienen planes para esta noche —le dijo Franco a su esposa.

—Creo que es una buena idea que salgamos a cenar todos juntos —opinó Jake. Gina le apretó el brazo para mostrar su desacuerdo, pero Jake le acarició la mano y le susurró—: Tarde o temprano tendremos que hacerlo, ¿por qué no esta noche?

— ¿Qué dices, Gina? —Insistió Paulina—. ¿Salimos a cenar todos juntos?

—Eh, creo que eso parece —respondió Gina nerviosa.

Franco y Paulina les dijeron que les llamarían por la tarde para quedar y salir a cenar, se despidieron de ellos y se marcharon a casa de los Hudson contentos por haber podido comprobar con sus propios ojos la relación que existe entre Gina y Jake.

En cuanto Paulina y Franco salieron de casa de Gina, Gina se volvió hacia Jake y le preguntó:

— ¿De verdad crees que es una buena idea?

—Cariño, si vamos a tener una relación de pareja, lo lógico es que nuestras familias lo sepan y cuanto antes mejor —le respondió Jake—. Además, tanto tus padres como los míos saben que hay algo entre nosotros y solo esperan que lo hagamos oficial —la estrechó entre sus brazos, la besó en los labios y le susurró al oído—: No tienes de qué preocuparte, es imposible no adorarte, cariño.

—Me encanta que me llames cariño —le confesó Gina entre risas y bromeó—: Incluso hasta cuando lo haces delante de mis padres.

–  No sabía que eran tus padres, pero me alegro de que lo hayan oído porque nos ahorrará muchas explicaciones esta noche. – Le dijo Jake sonriendo. – No te preocupes, te prometo que todo saldrá bien y que incluso te divertirás. Ahora, vamos a comer.

Jake y Gina comieron, recogieron y estaban a punto de empezar a ver una película cuando llamaron a Jake del trabajo, se retiró a la cocina para hablar y, tras casi media hora de conversación, regresó al salón y le dijo a Gina:

—Cariño, tengo que ir a la oficina —le dio un beso en los labios y añadió—: Me gustaría que vinieses conmigo, así te puedo enseñar las oficinas.

Media hora más tarde, Gina entraba en las oficinas de la empresa de Jake. Jake le colocó un brazo alrededor de la cintura con posesión, para que todo el mundo supiera lo que ella significaba para él. Jake nunca había llevado a ninguna de sus amantes a su empresa al igual que tampoco las llevaba a su casa, así que en cuanto les vieron aparecer, todo el mundo supo que aquella relación iba en serio. Subieron es ascensor a la planta superior del edificio, donde les esperaba Samuel, la mano derecha de Jake.

—Hola Sam —saludó Jake—. Te presento a Gina Verona, mi novia —se volvió hacia a Gina y le dijo sonriendo—: Cariño, él es Samuel, mi mano derecha. Sin él estaría perdido.

—Encantado de conocerla, señorita Verona —la saludó Samuel sonriendo y estrechándole la mano.

Gina le devolvió la sonrisa mientras estrechaba la mano de Samuel y los tres se dirigieron al despacho de Jake donde Samuel les puso al corriente de la situación. Tom Taker, uno de los principales inversores de la empresa, estaba furioso porque Jake llevaba desaparecido del mapa casi dos meses. Hacía dos semanas que Jake había vuelto a la oficina, pero aún tenía mucho trabajo retrasado por haber pasado dos meses en Castle. Tom Taker era su principal inversor y lo había descuidado, aquello no era propio de Jake.

—Tom Taker está de camino, de hecho, ya debería estar aquí —le informó Samuel—. ¿Has pensado en algo para calmarlo o improvisarás sobre la marcha?

— ¿Puedo estar presente en la reunión? —Preguntó Gina. Jake y Samuel la miraron sorprendidos, no entendían por qué quería estar presente en una reunión que iba a ser desagradable, así que Gina les dijo para tranquilizarles—: Conozco a Tom y estoy segura que mi presencia suavizará las cosas.

Jake aceptó la propuesta de Gina, pero solo porque así no tendría que separarse de ella. Tom Taker era de los que necesitaba llamar la atención y por eso montaba ese circo, pero en cinco minutos se le habría pasado. En cuanto llegó Tom Taker, le hicieron pasar al despacho y su rostro enfurruñado cambió nada más ver a Gina, a quién saludó con familiaridad:

— ¡Querida, qué alegría verte! —La besó en ambas mejillas y le preguntó—: ¿Qué haces por aquí?

—He venido con Jake —respondió Gina cogiendo la mano de Jake.

— ¡Oh! De haber sabido que estabas con él no se me hubiera ocurrido interrumpiros y, si tenéis algo qué hacer, podemos dejar la reunión para otro momento…

—Ya que estamos aquí, hagamos lo que hemos venido a hacer —le interrumpió Jake.

La reunión apenas duró media hora en la que Gina decidió no intervenir, pero disfrutó escuchando a Jake cómo se manejaba en sus negocios y eso le gustó.

Jake y Gina se despidieron de Tom Taker y, tras tener otra charla con Samuel, también se despidieron de él y regresaron a casa de Gina con el tiempo justo para cambiarse de ropa y dirigirse a casa de los padres de Jake para cenar con sus respectivas familias.

Noventa minutos 17.

Gina y Jake llegaron a la ciudad por la tarde, ya que decidieron parar a comer en el camino. Nada más entrar en casa, Gina desconectó la alarma y le dijo a Jake:

—No hay nada para comer, deberíamos ir a comprar.

—Iremos a comprar mañana, esta noche quiero que salgamos a cenar —le dijo Jake sonriendo—. Creo que podríamos ir a cenar al Dunkan, ¿te apetece?

—No podemos ir sin reserva y el Dunkan tiene una lista de espera de más de seis meses —le respondió Gina.

—Conozco al propietario, nos darán mesa si hago una llamada —informó Jake—. ¿Te apetece salir conmigo a cenar o estás tratando de darme una excusa?

—Me confundes, Jake —le dijo Gina encogiéndose de hombros—. Desde el primer momento me dejaste claro que lo nuestro solo se trataba de sexo y yo lo acepté, pero ahora pides más y no entiendo por qué. ¿Me he perdido algo?

—He cambiado de opinión, por eso he querido cambiar el acuerdo y creía que tú también querías cambiarlo —alegó Jake—. ¿De qué tienes miedo? Ambos nos lo pasamos bien juntos, hemos estado un mes y medio encerrados en la misma casa durante veinticuatro horas al día y no hemos acabado matándonos como todo el mundo esperaba. ¿Qué problema hay en que salgamos a cenar, cariño?

—No lo sé, Jake —le respondió Gina frustrada por no saber explicarse y por no querer confesar lo que de verdad sentía—. Es solo que todo está yendo demasiado rápido y el hecho que estés tan pendiente de mí o me llames “cariño” no me ayuda para aclararme. Igual que tampoco lo hace que juegues con mis orgasmos para que acepte acuerdos en los que no soy capaz de pensar en ese momento.

—De acuerdo, vamos a hacer una cosa —propuso Jake—. Esta noche te invito a cenar y hablamos tranquilamente de todo esto. Prometo no besarte ni hacer ninguna insinuación sobre sexo hasta que hayamos hablado. ¿Te parece bien?

—Me parece bien —contestó Gina—. Voy a ducharme y ponerme algo decente.

—Tenemos que ir de etiqueta, ¿tienes algún vestido de noche? —Preguntó Jake.

—Algo encontraré, no te preocupes —le respondió Gina antes de desaparecer por el pasillo.

Jake llamó a su amigo e hizo una reserva para dos personas en el Duncan, pero no sin que antes su buen amigo le asegurara de que le daría una mesa íntima y alejada del resto de mesas, quería intimidad con Gina. A las ocho y media, cuando Jake ya había reservado en el restaurante, se había duchado, vestido y deshecho la maleta, Gina salió de su habitación con un vestido rosa pálido de escote en palabra de honor y unos zapatos plateados a juego con su bolso de mano. Se había dejado su larga melena rubia suelta que le caía sobre los hombros como si de un ángel se tratara.

—Estás preciosa, Gina —balbuceó Jake cuando la vio entrar en el salón.

La ayudó a ponerse su chaqueta plateada y ambos salieron de casa de Gina mientras Jake rodeaba la cintura de ella con su brazo. Se montaron en el coche y se dirigieron al Dunkan, dónde un aparcacoches vestido de etiqueta se ocupó de aparcar el coche.

Gina agarró del brazo a Jake y a él le encantó ese gesto. El maître les recibió y les acompañó a su mesa, una romántica mesa para dos, iluminada por un par de velas y bastante alejada del resto de mesas. Jake pidió vino tinto para beber mientras decidían qué pedir para cenar:

—Este lugar es fantástico, me alegro de que me hayas traído —le confesó Gina.

—Y yo me alegro de que hayas aceptado venir —le respondió Jake alzando su copa para brindar con Gina—. Por nosotros.

Ambos entrechocaron sus copas, se sonrieron y le dieron un trago a su copa de vino. Leyeron la carta y decidieron qué pedir y, mientras esperaban que el camarero les sirviera la cena, Jake comenzó a hablar:

—Estamos aquí porque yo he insistido en hablar sobre nuestra relación, así que, si no te importa, empezaré yo —bebió un trago de su copa y continuó—: Me gustas, me gustas desde el primer momento en que te vi. Pero después de pasar todos estos días contigo, mis sentimientos por ti son más fuertes. No sé si es amor porque nunca antes me había enamorado, pero nunca antes lo había sentido por nadie. Jamás había pensado en pasar el resto de mi vida con una mujer hasta ahora. Sé que al principio ambos dejamos claro que ninguno de los dos quería una relación estable pero, si te soy sincero, tengo la esperanza de que, al igual que yo, tú también hayas cambiado de opinión.

— ¿Me estás proponiendo tener una relación estable? —Le preguntó Gina un tanto sorprendida.

—Prácticamente, ya tenemos una relación estable —le contestó Jake—. Tan solo nos hace falta hacerlo oficial.

—Cuando dices que solo nos falta hacerlo oficial, ¿a qué te refieres exactamente?

—Me refiero a que hacemos vida de pareja —le contestó Jake empezando a perder la paciencia—. Me gustaría saber qué sientes, Gina. ¿Qué esperas de nosotros?

—Me gustas —le contestó Gina—. Me lo paso bien contigo y no solo en la cama. Si te soy sincera, quiero seguir estando contigo en todos los sentidos. Me encanta despertarme y tenerte a mi lado, me encana hacer el amor contigo y me pongo hasta nerviosa cuando recibo uno de tus mensajes. Pero también tengo miedo a acostumbrarme a todo lo que me estás dando, porque puede que un día te canses de mí.

—Te quiero, Gina. Si por mí fuera me casaba ahora mismo contigo y así me aseguraba que vamos a estar juntos siempre —le susurró Jake abriendo su corazón—. El sexo es genial entre nosotros, pero no es lo único genial que tenemos. Dame una oportunidad para demostrarte lo que te estoy diciendo y te aseguro que no te arrepentirás.

—Espero que tú tampoco te arrepientas —bromeó Gina—. Entonces, ¿ya podemos besarnos o todavía no? Apenas han pasado un par de horas y ya echo de menos tus besos y que me llames “cariño”.

—Ven aquí, cariño —le dijo Jake acercándose a ella para besarla en los labios—. Solo tienes que pedir por esa boca lo que desees y yo lo haré realidad.

—Entonces te diré que, aunque sé que estás empeñado en salir juntos esta noche, me gustaría que después de cenar nos vayamos a casa —le confesó Gina con una sonrisa traviesa—. Te aseguro que no te arrepentirás.

—Cómo tú quieras, cariño —le contestó Jake divertido y excitado por la sugerencia de Gina—. Si todos los deseos son como ese, estaré encantado de hacerlos realidad.

El camarero llegó con los platos que habían pedido y ambos cenaron felices por la decisión que acababan de tomar.

Después de cenar, se dirigieron a casa de Gina y allí hicieron el amor una y otra vez hasta que quedaron agotados y se durmieron uno en brazos del otro.

Noventa minutos 16.

A la mañana siguiente, todos regresaron a la ciudad excepto Jake y Gina, que se quedaron en la mansión junto a los padres de Gina, Derek, Seb y el resto de los agentes de seguridad de la mansión.

Los días iban pasando y Gina y Jake cada vez estaban más unidos. Jake se quedaba todas las noches con Gina en su habitación y no se marchaba de allí hasta la mañana siguiente cuando ella se despertaba. Pero no se conformaban en verse a solas por las noches, también aprovechaban cada momento del día en el que nadie les veía para besarse, acariciarse, dedicarse un gesto o una mirada que indicara el deseo que ambos sentían. Franco y Paulina observaban en silencio como la relación de su hija y Jake cada vez se hacía más evidente ante los ojos de los demás y ante ellos mismos y se alegraron de que por fin Gina le diera una oportunidad al amor después de cómo terminó su relación con Brad. Henry llamaba a Franco a diario para asegurarse de que todo iba bien entre sus hijos y se alegraba cuando Franco le contaba que todo iba muy bien.

Llevaban ya un mes y medio en la mansión de los Verona cuando Gina se despertó entre los brazos de Jake mientras él la besaba en el cuello y le susurraba al oído:

—Cariño, estás preciosa mientras duermes.

— ¿Eso significa que cuando estoy despierta no lo estoy? —Preguntó Gina bromeando aún medio dormida.

—Siempre estás preciosa, pero cuando duermes pareces tan frágil y vulnerable que hace que resultes todavía más hermosa —le dijo Jake deslizando sus manos por la suave piel de Gina—. Me tienes hechizado y nunca me quedo saciado de ti.

—Me tienes totalmente desnuda entre tus brazos y en una cama, creo que no hace falta que trates de convencerme con palabras que crees que quiero escuchar —le dijo Gina burlonamente.

Ambos se enredaron en una trama de besos y caricias hasta que terminaron haciendo el amor con más pasión y entrega que otras veces. Se quedaron tumbados sobre la cama, totalmente exhaustos pero muy satisfechos. Jake la estrechó entre sus brazos y le dijo:

—Cariño, creo que necesitamos negociar de nuevo nuestro acuerdo de noventa minutos.

—Te escucho —le dijo Gina con curiosidad por lo que le iba a proponer.

—Para empezar, tenemos que quitar el límite de tiempo. Estamos juntos las veinticuatro horas del día y ya me cuesta contenerme delante de tus padres como para contenerme cuando estamos a solas —le planteó Jake.

—Estoy de acuerdo, al fin y al cabo ninguno de los dos estamos respetando los noventa minutos —opinó Gina.

—Genial, pero aún hay más cosas que quiero negociar contigo.

—Soy todo oído —le respondió Gina divertida.

—Quiero exclusividad —apuntó Jake y añadió para dejarlo claro—: – Mientras tengamos este acuerdo, no puedes irte con ningún otro hombre y, por supuesto, yo tampoco me iré con ninguna otra mujer.

—Me parece bien, no soy muy dada a compartir —aceptó Gina sonriendo con picardía.

—Pensaba que no me lo ibas a poner tan fácil, pequeña —le susurró Jake mientras poseía el centro de su placer con los dedos.

—No soy capaz de discutir nada en este estado y no es un reproche, tan solo estoy constatando un hecho.

—Entonces, aprovecharé para pedirte algo más —le susurró Jake mientras deslizaba su pulgar hasta el clítoris de ella para aumentar su placer—. También quiero que salgamos a cenar, a ver una película en el cine o cualquier otra cosa que nos apetezca.

—Eso lo discutimos luego —dijo Gina entre gemidos—. Ahora no puedo pensar.

—Solo tienes que aceptar y te daré lo que tanto deseas —le dijo Jake dejándola al borde del orgasmo pero sin dárselo—. ¿Qué me dices, pequeña?

—Está bien, lo que quieras, pero no pares —le rogó Gina.

Satisfecho por lo que había conseguido, Jake le hizo el amor a Gina con dulzura, con posesión y con rendición absoluta. Tenía claro que quería avanzar en su relación con ella y pensaba conseguirlo.

—Has jugado sucio —le dijo Gina bromeando cuando su respiración se normalizó.

—No quería arriesgarme a que me dieras un no por respuesta —le respondió Jake divertido.

—Estamos encerrados, no podemos hacer nada de lo que dices.

—Hoy espero que me confirmen una buena noticia y, si me lo confirman, podremos ir a dónde queramos, pequeña —le anunció Jake—. Puede que esta misma noche podamos salir a cenar.

— ¿Has esperado a que aceptara el trato para decírmelo? —Le preguntó Gina fingiendo ofenderse.

—Ya te he dicho que no quería arriesgarme a una negativa —se defendió Jake sonriendo—. Duerme un poco más y quizás cuando te despiertes pueda decirte que regresamos a casa.

— ¿Regresamos a casa? —Preguntó Gina sabiendo que le ocultaba algo—. ¿Qué quieres decir con eso exactamente?

—Cariño, es posible que puedas regresar a casa y seguir con tu vida, pero seguiré siendo tu sombra —le susurró Jake al oído. Le dio un beso en los labios y añadió—: Es temprano, quédate durmiendo un rato más.

Gina le obedeció y Jake se levantó de la cama, se fue a su habitación se dio una ducha y al salir de su habitación para bajar a la cocina se encontró con Franco en pasillo.

—Buenos días, Jake —lo saludó Franco extrañado de verlo salir solo de su habitación tras haberse esperado que su hija estuviera con él—. ¿Gina sigue durmiendo?

—Creo que sí —dijo Jake señalando la puerta cerrada de la habitación de Gina—. ¿Sabemos algo de los Servasky?

—Está confirmado, están en Rusia —le informó Franco—. Aun así, quiero que Gina siga teniendo un guardaespaldas y me gustaría que fueras tú, si estás de acuerdo.

—Por supuesto, Franco —le respondió Jake—. Puedes contar conmigo.

Franco respiró tranquilo al escuchar la respuesta de Jake, su hija era demasiado testaruda y el único que podía ser capaz de hacerla entrar en razón era Jake.

Tras desayunar juntos en la cocina y después pasar al despacho de Franco para continuar hablando de los Servasky y del seguimiento que les estaban haciendo para garantizar la seguridad de Gina. A las once de la mañana, Franco miró su reloj y le dijo a Jake:

—Ves a darle la noticia a Gina, estoy seguro de que se alegrará —Jake sonrió y se levantó dispuesto a ir a buscar a Gina, pero Franco le llamó antes de salir del despacho y le dijo—: Es mi única hija, Jake. A veces es un poco cabezona y tiene muy mal genio, pero es lo que más quiero en mi vida junto a mi esposa. Cuida de ella, muchacho.

—Lo haré, Franco —le aseguró—. Tu hija también es lo que yo más quiero en mi vida.

Franco se quedó satisfecho y tranquilo con las palabras de Jake. Jake se dirigió a la habitación de Gina tratando de asimilar que había dicho en voz alta lo que ni siquiera se había atrevido a pensar, pero se sentía feliz de sentir lo que sentía, pese a que era la primera vez que lo sentía. Se había enamorado de Gina y quería pasar el resto de su vida con ella, ahora solo faltaba que Gina deseara lo mismo y él iba a poner todo de su parte para que así fuera.

—Cariño, despierta —le susurró Jake al oído.

—Mm… Un ratito más —le suplicó Gina para que le dejara dormir un poco más.

—Ya podemos regresar a casa, creía que te gustaría saberlo —volvió a susurrarle Jake.

Gina se incorporó en la cama y abrazó a Jake sin que él se lo esperara y ambos acabaron tumbados sobre la cama, justo en el momento que Derek también entraba en la habitación.

—Veo que ya te han dado la noticia —saludó Derek. Gina y Jake se sentaron en la cama sin poder contener las risas y Derek añadió—: Franco quiere que, cuando terminéis de celebrar la vuelta a casa, bajéis a la cocina para que Gina desayune y él os pueda dar la charla sobre el protocolo de seguridad.

Derek les dejó a solas y Gina aprovechó el momento para lanzarse a los brazos de Jake y besarle en los labios apasionadamente, feliz por saber que podía volver a casa y, lo que era mejor, que Jake seguiría estando con ella las veinticuatro horas del día. Como cada vez que se besaban estando en la cama, acabaron haciendo el amor.

Esa misma mañana Jake y Gina recogieron sus cosas, hicieron las maletas, se despidieron de Franco y Paulina y regresaron a la ciudad.

Noventa minutos 15.

Gina se despertó a las diez de la mañana y, cómo se temía, Jake ya se había ido de su habitación. Alargó el brazo para alcanzar su teléfono móvil que estaba sobre la mesita y comprobó que tenía un mensaje de Jake. Se había acostumbrado a aquellos mensajes y sonrió feliz mientras leía: “Buenos días, dormilona. ¿Hoy también has dormido bien? Por cierto, tu padre me ha preguntado si me has llevado al manantial y se ha sorprendido cuando le he dicho que no. Un manantial de agua caliente en mitad de un frondoso bosque, estando tú y yo a solas… Se me ocurren muchas cosas qué hacer, ¿se te ocurre a ti alguna?” Gina se excitó al leer aquel mensaje y decidió enviarle un mensaje y pagarle con la misma moneda: “Mm… Se me están ocurriendo miles de cosas que hacer en ese manantial pero, aunque su agua sea caliente, el frío de invierno nos helará.” Gina se desnudó y, antes de meterse en la ducha, recibió otro mensaje de Jake: “No te preocupes por el frío, yo me encargaré de darte calor.”

Tras darse una ducha y vestirse, Gina bajó a la cocina donde se encontró con sus padres, Derek, Arthur, Jake y Seb. Gina les saludó a todos y sentó a la mesa entre su madre y Jake para unirse a desayunar con todos los demás.

A las once y media llegaron los padres de Jake y Emily. Franco y Paulina les recibieron en el hall y les hicieron pasar al salón para reunirse con todos los que allí habían. Emily fue la primera en entrar y saludar a todos, dejando en último lugar a Arthur, a quien saludó con cierta tensión y nerviosismo.

Franco se volvió hacia su hija y le dijo:

—Gina, ya conoces a Henry, pero creo que no conoces a su esposa Grace.

—No, no conocía a Grace —respondió Gina saludando a la mujer en cuestión.

—Me alegro de conocerte, Gina —le dijo Grace con una sonrisa en los labios. – Últimamente he oído hablar mucho de ti.

—No te creas todo lo que dicen, la gente tiende a exagerar —bromeó Gina.

—¡Gina, me alegro de verte! —La saludó Henry con un afectuoso abrazo—. ¿Cómo te trata mi hijo? Si te da algún problema me llamas y yo me encargo de ponerlo en su sitio.

—Lo tendré en cuenta, Henry —bromeó Gina.

—La trato como a una princesa, no puede quejarse —se defendió Jake.

—Creo que más bien es tu hijo el que debe tener una larga lista de quejas —bromeó Franco.

Pasaron la mañana y la tarde charlando en el salón, haciendo un paréntesis a la hora de la comida para comer un poco.

Por la noche, los jóvenes decidieron cenar en el sótano y pasar allí un buen rato ya que todos se habían compinchado para que Gina no saliera de la villa y pusiera en riesgo su vida.

Jake había pasado todo el día tratando de quedarse a solas con Gina aunque fuesen cinco minutos tan solo, pero le fue imposible y después de cenar, cuando la vio reír y bailar, se puso de malhumor por no poderse acercar a ella como le gustaría.

—Estás muy serio, hermanito —le dijo Emily sentándose a su lado—. Y no le quitas los ojos de encima a Gina, la vas a desgastar.

—¿Qué te parece cómo cuñada? —Le preguntó Jake a Emily.

—Lo único que puedo decirte es que apenas la conozco y no me la puedo quitar de la cabeza desde el primer momento en que la vi —le confesó Jake—. Tiene gracia, la única chica que quiero que se enamore de mí y es la única que no se enamora.

—Así es la vida, ¡qué me vas a contar! —Se lamentó Emily.

—A Arthur le gustas, pero no se atreve a dar el paso —le dijo Jake tratando de echar una mano a su hermana—. Quizás deberías darle un pequeño empujón y ahora sería un buen momento.

Emily asintió con la cabeza, le dio un beso en la mejilla a su hermano y se levantó para dirigirse hacia a Arthur y besarle sin importarle que todos estuvieran presentes.

Gina vio que Emily dejaba solo a Jake y decidió acercarse y sentarse junto a él.

—No pareces divertirte demasiado —comentó Gina con una sonrisa en los labios.

—Es difícil verte, desearte y no poder tenerte —le susurró Jake con la voz ronca.

—La puerta de mi habitación estará abierta para ti esta noche y podrás tenerme de todas las formas que quieras, pero ahora sonríe un poco y baila conmigo —le dijo Gina con picardía mientras tiraba del brazo de Jake para que se levantara y bailara con ella.

Esa noche todos durmieron en la mansión de la familia Verona y, a pesar de que habían habitaciones de sobra, nadie durmió solo. Arthur y Emily durmieron en la habitación de Arthur, Derek y Ainhoa en la habitación de Derek, Seb y Paula en la habitación de Seb, Amanda se fue a la cama con uno de los agentes de seguridad que esa noche libraba y, por último, Gina y Jake, que pasaron la noche en la habitación de Gina.

Gina y Jake hicieron el amor como cada noche y Jake estrechó a Gina entre sus brazos, dispuesto a esperar a que ella se durmiera para regresar a su habitación, pero esta vez Gina le susurró antes de dormirse:

—Quédate conmigo esta noche, no te vayas.

—Pequeña, si nos quedamos dormidos nos descubrirán —le susurró Jake al oído.

—Me arriesgaré —murmuró Gina medio dormida.

—Está bien, me quedaré —aceptó Jake tras darle un leve beso en los labios—. Pero vamos a ponernos el pijama, si nos descubren al menos estaremos vestidos.

Con la ayuda de Jake, Gina se puso su pijama, unos shorts de algodón y una camiseta blanca de tirantes, y ambos volvieron a meterse en la cama. Jake la rodeó con sus brazos y la estrechó contra su cuerpo, disfrutando del simple hecho de poder dormir con ella.

A las once de la mañana todos estaban levantados y desayunando en la cocina, todos excepto Gina y Jake que seguían durmiendo plácidamente uno en brazos del otro. Todos se dieron cuenta de aquella ausencia y del motivo de la misma, pero el único que dijo algo al respecto fue Franco, que le dijo a su buen amigo Henry en la intimidad de su despacho:

—Parece que a tu hijo y mi hija se le han pegado las sábanas.

—Te dije que no era una buena idea, Franco —le recordó Henry a Franco, bastante preocupado por aquella situación—. Nuestros hijos tienen demasiado carácter y ambos sabíamos que acabarían matándose o pasando la noche juntos. Y esto es solo el principio, Grace está segura que Jake está enamorado de tu hija, dice que nunca le había visto mirar así a ninguna chica y que está pendiente de ella todo el tiempo.

—Es increíble la compenetración que hay entre ambos y cómo se manejan entre ellos —le reconoció Franco—. Es cierto que no hay ni un solo día que no hayan discutido por cualquier cosa, pero también lo es que han sabido solucionarlo sin altercados, ambos se apoyan bajo cualquier circunstancia. Tu hijo aceptó ser el guardaespaldas de Gina solo para que ella pudiera ir a trabajar el lunes a la oficina. Quién sabe, puede que hasta terminemos siendo consuegros.

—¿Sabes cómo acabará todo esto si no sale bien? —Le preguntó Henry viendo el aspecto negativo de la situación.

—Son mayorcitos y mi hija no acepta ninguna objeción sobre su vida privada, así que ellos mismos tendrán que descubrirlo, Henry —apuntó Franco—. Ni siquiera sabemos si lo suyo va en serio o simplemente se limitan a pasar juntos un buen rato ya que aquí poco más se puede hacer para divertirse. En cualquier caso, no me voy a meter. Le prometí a mi hija inmunidad absoluta sobre su vida privada.

—Si esa relación no va en serio, lo mejor será que se termine cuanto antes para que ninguno de los dos acabe sufriendo y nosotros asumamos las consecuencias.

—Dejemos que ellos decidan su futuro —sentenció Franco.

Jake y Gina se despertaron y, tras comprobar la hora que era, ambos dieron un salto de la cama. Se dieron una ducha por separado y después bajaron a desayunar. Todo el mundo les miró pero nadie les dijo nada y les saludaron con naturalidad, como si lo que había pasado fuera algo a lo que ya estaban acostumbrados.

A Jake le sorprendió que Franco no hiciera ningún comentario al respecto, pero más le sorprendió que su padre no le reprochara nada, incluso forzó una sonrisa y le dio los buenos días.

Noventa minutos 14.

A la mañana siguiente Gina se despertó sola en la cama. Se volvió para mirar por la ventana y los rayos de luz que filtraban por la persiana le dejaron claro que era de día y bastante tarde, al parecer. Estiró el brazo para coger su teléfono móvil de la mesita de noche y vio que eran las once y media de la mañana y que tenía un mensaje de Jake que le había enviado a las ocho de la mañana: “Buenos días, pequeña. Espero que hayas dormido igual de bien que yo, pero cuando te despiertes baja a desayunar. Por cierto, tu padre se ha empeñado en que me enseñes la villa a caballo, ponte ropa cómoda si te apetece montar conmigo, yo lo estoy deseando.”

Gina sonrió tras leer el mensaje y decidió contestarle: “Mm… Hubiera preferido quedarme en la cama, pero salir a pasear a caballo contigo suena bastante bien. Me ducho y bajo a desayunar, a menos que prefieras subir a frotarme la espalda…” Gina le dio al botón de enviar mientras sonreía y se levantó de la cama dispuesta a darse una ducha.

Mientras tanto, Jake recibía el mensaje de Gina estando en el salón con Franco y Paulina y tuvo que contener las ganas de reír y la incipiente erección que el mensaje le había provocado. Pensó en poner una excusa para subir a la habitación de Gina, pero decidió descartar esa idea puesto que estaba con sus padres sentado en el salón de su casa.

— ¿Ocurre algo, Jake? —Le preguntó Franco al ver que se había quedado con la vista fija en su teléfono móvil—. ¿Va todo bien?

— ¿Eh? Sí, todo va bien —respondió Jake medio despistado.

Apenas media hora más tarde, Gina entró en el salón con una sonrisa en los labios y saludó:

—Buenos días a todos. ¿Hay algo para desayunar? Estoy hambrienta.

— ¿Desde cuándo te despiertas de buen humor? —Le preguntó Franco a su hija sorprendido, puesto que estaba acostumbrado a lidiar con el malhumor matutino de su hija—. En veinticinco años nunca te había visto tan contenta nada más despertarte.

—He dormido muy bien respondió Gina con naturalidad.

Gina fue a la cocina a desayunar y su madre la acompañó.

—Parece que Jake y tú habéis hecho las paces —comentó Paulina.

—Mamá, tengo problemas —le confesó Gina a su madre tras dar un sorbo a su taza de café—. Es demasiado perfecto y, a pesar que a veces me comporto como una adolescente, él tiene paciencia conmigo y me soporta.

— ¿Qué es lo que temes, cielo? —Quiso saber su madre—. ¿Enamorarte de él?

—Sí, mamá —le confirmó Gina—. Si no hubiera pasado nada de esto probablemente yo no lo habría vuelto a ver y no tendría ningún riesgo, pero teniéndole veinticuatro horas al día pegado a mí es más de lo que puedo soportar.

—No siempre se sufre en el amor, a veces encuentras a tu alma gemela y eres feliz el resto de tu vida junto a ella, pero para descubrirlo tienes que arriesgarte y dejarte llevar —Paulina le dio un beso en la frente a su hija y añadió bromeando—: Y sinceramente, cariño, no sé cómo Jake consigue soportarte cuando te dan esos arrebatos de adolescente.

Ambas se echaron a reír justo en el momento en que Jake y Franco entraban en la cocina. Franco miró con ternura a su hija y a su esposa y dijo bromeando:

—La verdad es que yo tampoco comprendo cómo te soporta Jake.

—En realidad, nos soportamos mutuamente —dijo Jake para echarle una mano a Gina.

—Hemos pensado que podías enseñarle la villa a Jake, así no os aburriréis aquí encerrados —dijo Paulina antes que Gina le replicara a su padre—. Os he preparado una cesta de picnic con varios tuppers de comida y algo de bebida. Podéis hacer una parada en la cabaña del río para comer, hace frío para que comáis a la intemperie.

—Supongo que no hace falta que te diga que está totalmente prohibido hacer carreras a caballo, la última vez casi matas a uno de mis agentes —le recordó Franco a su hija.

—Casi se mata él solito —le corrigió Gina. Se volvió hacia a Jake y le dijo—: Dame un minuto y nos vamos.

Jake asintió con la cabeza y le dedicó una sonrisa pícara sin que Franco ni Paulina se dieran cuenta y Gina tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la compostura frente a sus padres.

Gina y Jake se montaron cada uno en un caballo y Gina le enseñó la villa a Jake. Después pararon en la pequeña cabaña que había junto al río para comer y descansar un poco. Ambos tenían intención de mantener las distancias sexualmente hablando, pero ninguno de los dos fue capaz de mantenerse firme en su decisión y terminaron haciendo el amor y quedándose dormidos. Cuando se despertaron, ya casi era de noche y ambos se apresuraron en recoger sus cosas para regresar a la mansión.

—No sé cómo he podido quedarme dormido —murmuró Jake en el camino.

—Pues a mí no me extraña nada, no duermes nunca —le dijo a Jake—. Además, te recuerdo que yo también me he quedado dormida.

—No te ofendas preciosa, pero tú te quedas dormida con mucha rapidez —le dijo Jake bromeando con una sonrisa pícara en los labios.

Llegaron a la mansión entre risas y Paulina y Franco, que les vieron llegar, se miraron y se sonrieron con complicidad, contentos de que su hija y Jake se llevaran tan bien.

Esa noche después de cenar, Gina se retiró a su habitación alegando estar cansada, pero antes le susurró a Jake, sin que sus padres se percataran, que le esperaría despierta y Jake aceptó ansioso aquella invitación. El miércoles y el jueves también salieron a montar a caballo, haciendo alguna parada en la cabaña del río para dar rienda suelta a su pasión. Por la noche, Jake entraba en la habitación de Gina y la acompañaba hasta que ella se quedaba dormida y él regresaba a su habitación, pero le enviaba un mensaje al móvil para poder darle los buenos días nada más se despertara.

El viernes por la tarde llegaron las chicas y con ellas Arthur y Derek. Cenaron todos juntos en la mansión de la familia Verona y Franco aprovechó para anunciar que al día siguiente vendrían los padres y la hermana de Jake, algo que puso nerviosos a Jake y Arthur. Después bajaron al sótano, donde se les unió Seb, tomaron una copa, jugaron al billar y a los dardos mientras escuchaban música y bailaban.

Jake aprovechó que Gina se distanció un poco del resto para servirse una copa. Se acercó a ella con discreción y le dijo sonriendo con picardía:

—Si sigues bebiendo así, tendré que llevarte en brazos a la cama.

—Creo que podré llegar sola a la habitación, pero quizás necesite ayuda para meterme en la cama —le contestó Gina sonriendo.

Jake le quitó la copa que Gina sostenía entre las manos y la dejó sobre la barra para después coger a Gina de la cintura y bailar con ella una balada romántica que ninguno de los dos había escuchado antes. Seb hizo lo mismo con Paula y Derek con Ainhoa mientras Amanda y Arthur se quedaron charlando. Amanda le aconsejaba que fuera claro y directo con Emily y se dejaran de tanta tontería.

Esa noche, como todas las demás, Jake volvió a visitar a Gina en su habitación, hizo el amor con ella y se quedó allí hasta que Gina se quedó dormida entre sus brazos sobre las cuatro de la mañana, que regresó a su habitación y durmió un par de horas antes de levantarse, darse una ducha y sentarse frente a su ordenador portátil para trabajar.

Noventa minutos 13.

Gina bajó al salón después de darse un baño y mantener una conversación telefónica a cuatro bandas con sus amigas y allí se encontró con sus padres y con Jake, que apenas le dedicó una fugaz mirada cuando la vio aparecer. Gina cruzó una mirada con su padre y Franco decidió decirle a su hija lo que sabían, ya que a Jake no le había hecho ninguna gracia descubrir que Brad había estado en la villa y que Gina había salido de la mansión a hurtadillas para reunirse con él:

—Hemos visto a varios hombres de Brad, sabemos que te has reunido con él.

—Ya os he dicho que no he salido de la villa y sí, he estado con Brad —respondió Gina.

Franco fue consciente de cómo Jake se tensaba y apretaba los puños, pero Gina no parecía darse cuenta de nada porque estaba molesta, así que decidió cambiar de tema:

—Vamos a cenar, tu madre ha preparado tallarines al pesto, tu plato favorito.

—Mm… ¡Qué buenos! —Exclamó Gina abrazando a su madre. Aprovechó esa cercanía para preguntarle a Paulina sin que su padre ni Jake la escucharan—: ¿Jake está tan enfadado cómo parece?

—Creo que mucho más de lo que nos parece —le confirmó Paulina susurrando—. Será mejor que te disculpes con él, es un buen chico y parece que te ha cogido cariño.

—Lo haré, pero ahora vamos a cenar —le dijo Gina a su madre tras darle un beso en la mejilla.

Los cuatro pasaron al comedor donde Paulina se encargó de servir los tallarines al pesto que había preparado porque sabía que era el plato preferido de su hija.

Gina se sentó junto a Jake en la mesa, pero él se mostró frío y distante con ella durante toda la cena, haciendo que Gina se sintiera cada vez peor.

Después de cenar, Franco insistió en que se tomaran con él una copa en el salón y ambos aceptaron la invitación de Franco, aunque ninguno de los dos estaba prestando demasiada atención a la conversación, estaban concentrados en sus propios pensamientos. Paulina llamó a su marido para que la ayudara en la cocina, aunque tan solo era una excusa para que Gina y Jake se quedaran a solas.

— ¿Sigues estando enfadado conmigo? —Le preguntó Gina con voz de niña buena en cuanto su padre salió por la puerta del salón.

Jake la miró con cara de pocos amigos y le contestó con frialdad:

—Sigo estando muy enfadado, furioso, diría yo —se levantó del sillón y añadió—: Me voy a dormir, así que tienes una buena oportunidad para volver a salir a hurtadillas, pero no cuentes con que siga aquí cuando regreses.

—Jake, espera —le pidió Gina con voz dulce—. No tengo pensado salir a hurtadillas a ninguna parte, al menos no de momento —Jake la miró con reproche y Gina le dedicó una de esas sonrisas traviesas que a él tanto le gustaban antes de añadir—: Había pensado que quizás podíamos tomarnos una copa en el sótano mientras trato de convencerte de que me voy a portar bien y no voy a hacer nada sin decírtelo antes si eso es lo que quieres.

—Solo me quedaré si tú quieres que me quede, Gina —le dijo Jake suavizando el tono de voz—. Y siempre que me prometas que seguirás las normas y cumplas tu promesa.

—Te prometo que no volveré a salir a hurtadillas y, si es absolutamente necesario, te avisaré para que salgas a hurtadillas conmigo —le prometió Gina con una sonrisa en los labios—. Vamos abajo a tomar una copa y seguimos hablando.

Bajaron al sótano donde Gina sirvió un par de copas y le propuso a Jake jugar una partida al billar.

—Luego echamos una partida, ahora quiero hablar contigo —le dijo Jake cogiéndola de la mano para guiarla al sofá donde ambos se sentaron—. Quiero que me cuentes qué te pasa para que pueda entenderte, Gina. Tu padre acababa de decirte que Brad quería hablar contigo y tenías su consentimiento para hacerlo, no tenías necesidad de verle a escondidas y mucho menos de ponerte en riesgo.

—No lo había planeado, simplemente ocurrió —le contestó Gina—. Tenía que hablar con Brad y cuando esta tarde se me ha presentado la oportunidad la he aprovechado. No he salido de la villa y Seb sabía dónde y con quién estaba, no había ningún peligro, Jake.

— ¿Qué relación tienes con Brad?

— ¿Qué importa la relación que tenga con él?

—Si cada vez que aparezca vas a escaparte como una quinceañera, a mí me importa y mucho —le contestó Jake con el ceño fruncido y volvió a preguntar—: ¿Qué relación tienes con Brad Harper?

—Somos amigos.

— ¿Qué clase de amigos?

— ¿A qué viene todo esto? —Protestó Gina—. ¿Acaso yo te pregunto sobre tu vida sentimental?

—Tu vida sentimental es el motivo por el que ahora estamos aquí, por si lo has olvidado.

—De acuerdo, Brad y yo solo somos amigos y punto.

—Te lo preguntaré de otra manera, ¿mantienes relaciones sexuales con él? —Insistió Jake.

—No voy a mantener más relaciones sexuales con él, si es eso lo que me estás preguntando —le respondió Gina molesta—. ¿Quieres saber algo más?

—Sí, tus planes para mañana. ¿Qué tienes pensado hacer?

— ¿Me vais a dejar salir de la villa? —Preguntó Gina con sarcasmo.

—Solo si yo voy contigo, a menos que prefieras que otro ocupe mi lugar.

—Para eso primero tendrás que decirme cuál es tu lugar exactamente —inquirió Gina.

Ambos se desafiaron con la mirada pero Gina, que pretendía hacer desaparecer el enfado de Jake, le dedicó otra de sus sonrisas traviesas que derritió a Jake.

—Si sigues sonriendo así, no me hago responsable de mis actos —le advirtió Jake sonriendo.

— ¿Qué clase de actos? —Le preguntó Gina con picardía.

Jake la agarró de la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios con urgencia. Se besaron apasionadamente y, cuando Gina comenzó a desabrocharle los botones de la camisa, la detuvo cogiéndole las manos y le susurró al oído con la voz ronca por la excitación:

—Te aseguro tengo más ganas que tú de acabar con lo que hemos empezado, pero no podemos hacerlo aquí.

—Tienes razón, vamos a mi habitación —sentenció Gina.

—Espera un momento, fiera —le dijo Jake sujetándola por el brazo—. Estamos en casa de tus padres, ¿lo recuerdas?

—Lo recuerdo perfectamente, igual que recuerdo que vamos a permanecer aquí hasta que todo este asunto se solucione —le dijo Gina sonriendo burlonamente—. Lo mismo solo son un par de días como un par de semanas, ¿estás dispuesto a esperar tanto?

—Vamos a tu habitación —sentenció Jake besando a Gina con urgencia y dándole una palmadita en el trasero antes de hacerle un gesto para que subiera las escaleras delante de él.

Ambos se dirigieron a la segunda planta de la mansión disimulando la urgencia que sentían por llegar a la habitación de Gina y desatar allí su pasión y la necesidad que tenían el uno del otro.

Noventa minutos 12.

Gina entró en el establo y se metió en la caballeriza de Black, su caballo, donde sabía que la esperaría Seb como años atrás cuando tramaba alguna de las suyas y Seb la ayudaba, salvo que esta vez era él quien la llamaba a ella.

— ¿Qué ocurre, Seb? —Le preguntó Gina con curiosidad.

—Brad ha insistido mucho en que te diga que te está esperando donde el río se bifurca, justo en el otro extremo de la villa —le contestó Seb—. Está preocupado, deberías hablar con él.

—Intenta cubrirme, no estaré fuera más de una hora —le dijo Gina subiéndose a su caballo.

— ¿Llevas el teléfono móvil encima? —Quiso asegurarse Seb.

—Sí, aunque no tienes de qué preocuparte porque no voy a salir de la villa —le tranquilizó Gina—. Una hora como mucho, no tardaré más.

Gina se marchó galopando a lomos de Black. Diez minutos más tarde, estaba dónde Seb le había indicado que la esperaba Brad, justo dónde se veían a escondidas de su padre años atrás.

—Siempre me ha parecido muy sexy verte a lomos de tu caballo —le dijo Brad saliendo de entre los árboles.

—Creía que el hecho de no contestar a tus millones de llamadas ya serviría para que entendieras que no quiero hablar contigo—. Fue el saludo que le dio Gina.

—Pero sin embargo, aquí estás —puntualizó Brad—. Sabía que te enfadarías por decírselo a tu padre, pero en mi defensa alegaré que lo hice por tu bien, aunque créeme que me arrepiento, el guardaespaldas que te han asignado no se despega de ti ni un segundo.

— ¿Qué es lo que quieres, Brad?

—Solo quería asegurarme que estás bien y comprobar con mis propios ojos que lo que antes sentías por mí ahora lo sientes por otro —le respondió Brad—. He visto cómo lo miras, cómo le sonríes, exactamente cómo me mirabas y me sonreías a mí y ya no lo haces.

—Brad, lo nuestro acabó hace mucho tiempo —le recordó Gina.

—Puede que nuestra relación acabara hace mucho tiempo, pero tu corazón me seguía perteneciendo a mí, al menos hasta que el hijo del General Hudson se cruzara en tu vida.

—Brad, ¿de verdad quieres que hablemos de esto?

—No, creo que aún necesito algo de tiempo para asimilarlo. De todos modos, me alegro de haberte visto y, si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. Espero que sigamos en contacto como buenos amigos que hemos sido.

—Por supuesto que sí —le dijo Gina dándole un amistoso abrazo—. Te quiero, aunque no de la misma forma que tiempo atrás. Quiero que seamos amigos, pero entre nosotros ya no podrá haber nada más que una buena amistad —Gina lo volvió a abrazar y añadió—: Cuídate, Brad.

—Lo mismo digo, preciosa —le dijo Brad antes de darle un beso en la mejilla y desaparecer entre los árboles igual que había aparecido.

Gina volvió a subir a lomos de su caballo y regresó al establo galopando, donde se encontró con su padre, su madre, Jake y Seb. Gina supo al instante que la habían descubierto, pero también supo que Seb jamás les diría que se había ido para reunirse con Brad.

—Gina, te he dicho miles de veces que no me gusta que montes a caballo de noche y mucho menos que lo hagas sola —la regañó Franco—. ¿Se puede saber a dónde has ido?

—A dar una vuelta, necesitaba que me diera el aire —respondió Gina bajándose de su caballo de un salto—. No he salido de la villa, no tenéis de qué preocuparos —se volvió hacia Seb y le dijo—: Por favor, dale de beber a Black y mételo en su caballeriza.

Seb asintió e hizo lo que Gina le había pedido. Gina y su padre se desafiaron con la mirada pero Paulina intervino antes de que empezaran a discutir:

—Gina, ves a darte una ducha que en breve vamos a cenar.

Gina obedeció a su madre porque no tenía ganas de discutir, las palabras que Brad le había dicho la habían afectado más a ella que a él. Gina entró en la mansión y subió las escaleras dispuesta a darse una ducha cuando Jake, que la había estado siguiendo, la agarró del brazo y la detuvo antes de que entrase en su habitación y le espetó:

— ¿Se puede saber a qué juegas?

— ¿Se puede saber a qué te refieres? —Le contestó Gina en el mismo tono hostil.

— ¡Joder, se suponía que querías hacer las cosas fáciles! —Protestó Jake furioso—. Sin embargo, ¡la niña se monta en su caballo y en plena noche se va! ¡Sola! ¿Es que te has vuelto loca?

Gina no dijo nada, pero lo desafió con la mirada y eso puso todavía más furioso a Jake, que apretó los puños por no darle un puñetazo a la pared y se metió en su habitación para tratar de calmarse, dejando a Gina en el pasillo furiosa y confusa.

Gina decidió darse un baño de espuma para relajarse, tenía mucho en qué pensar y ni siquiera sabía por dónde empezar. Era obvio que había sentido algo por Jake desde el primer momento en que lo vio en aquella gala benéfica cuando sus miradas se cruzaron, el problema era que ese “algo” había estado creciendo desde ese momento y ahora no sabía hasta qué punto esa atracción existente entre ambos había pasado a ser un sentimiento que Gina solo había experimentado en una ocasión, cuando se enamoró de Brad. Era cierto que desde hacía algún tiempo sus sentimientos hacia a Brad habían cambiado, ya no sentía lo mismo que tiempo atrás y, desde que hacía diez días Jake había entrado en su vida, ni siquiera había pensado en él de otra forma que no fuera la de un amigo al que estimaba y apreciaba como tal.

Gina tenía claro que Jake le atraía y mucho, igual que tenía claro que Jake era un mujeriego que no buscaba ninguna relación estable, pues él mismo se lo había advertido. Gina sabía que si seguía estando tan cerca de él acabaría enamorándose y sufriendo, pero dado a que no le quedaba alternativa puesto que su padre le había asignado a Jake que fuese su sombra, Gina iba a tener que pasar las veinticuatro horas del día con él hasta que todo el asunto con los Servasky se aclarara.

De perdidos al río, pensó Gina. Si iba a tener que convivir con Jake y él quería que le pusiese las cosas fáciles, eso pensaba hacer. No iba a sufrir tratando de contener la atracción que sentía por él y pensaba disfrutar del momento si se daba la ocasión. Iba a disfrutar del presente sin pensar en el futuro. Si tenía que lamentarse, ya se lamentaría cuando llegara el momento. Mientras tanto, pensaba seguir la filosofía de vida de Amanda y prefería arrepentirse de lo hecho a arrepentirse de lo que no había hecho.

Aunque, para ello, primero tenía que arreglar las cosas con Jake, que estaba furioso con ella y no sabía muy bien qué hacer para solucionarlo.

Decidió llamar a sus amigas y ponerlas al corriente de la situación en una llamada a cuatro que duraron casi una hora y, finalmente, todas apoyaron la decisión de Gina de dejarse llevar y disfrutar el presente y, si la cosa se complicaba en el futuro, ya buscarían una solución entonces.

Noventa minutos 11.

El martes por la mañana, Gina se levantó temprano con la intención de preparar el desayuno antes de que Jake se despertará, pero cuando entró en la cocina se lo encontró allí, preparando el desayuno.

— ¿Eres un vampiro que no necesita dormir? —Lo saludó Gina dedicándole una dulce sonrisa.

—Acostumbro a dormir poco —le contestó Jake mientras servía las tortitas en dos platos—. ¿Te has despertado con hambre?

—Con un hambre atroz, como siempre —le respondió Gina.

Se sentaron a la mesa de la cocina para desayunar y, tras recoger todas sus cosas, Jake se encargó de meter las maletas de ambos en el maletero de su coche mientras Gina conectaba la alarma de la casa.

Pocos minutos después, ambos estaban subidos en el BMW M6 de Jake en dirección a Castle. Gina estaba nerviosa, ir a casa de sus padres siempre la ponía nerviosa y a lo que ya estaba acostumbrada, pero ir acompañada de Jake era harina de otro costal.

— ¿Qué es lo que te preocupa? Le preguntó Jake al ver que ella estaba nerviosa.

—Nada, estoy bien —mintió Gina.

—Vale, creo que tenemos que poner algunas normas —le dijo Jake con tono autoritario y sin quitar la vista de la carretera—. Es obvio que algo te preocupa y, por si lo has olvidado, soy hijo del General de la milicia, sé interpretar el lenguaje corporal. Si no quieres contármelo, lo entenderé, pero no puedo entender que me mientas en algo tan obvio.

—De acuerdo, me preocupa algo pero no quiero hablar de ello.

—De acuerdo, cómo quieras —dijo Jake encogiéndose de hombros.

Durante las dos horas que duró el camino hasta llegar a Castle, permanecieron en el más absoluto de los silencios. Cada uno estaba concentrado en sus cosas y perdidos en sus pensamientos cuando Jake entró en la villa de los Verona.

—Supongo que ya debes haberlo averiguado si tan buen observador eres, pero aun así me veo en la obligación de advertirte que discuto con mi padre muy a menudo —le dijo Gina.

—Me lo temía —le dijo Jake burlonamente—. No te preocupes, en ese campo soy neutral.

Jake aparcó en la misma puerta de la majestuosa casa, justo dónde le dijo Gina. Gina abrió la puerta del copiloto y bajó del coche, saludó efusivamente a uno de los tipos de seguridad de la villa y, cuando Jake llegó a su lado, le dijo a Jake con un tono distante:

—Dale las llaves del coche a Seb, él se encargará de aparcar y de traer las maletas.

Jake obedeció y le entregó las llaves del coche a Seb, aunque con un gesto que dejaba claro que estaba molesto. Gina se sintió un poco mal por ello, al fin y al cabo Jake se estaba portando bien con ella y trataba de hacerle las cosas más fáciles. Gina se agarró del brazo de Jake y le susurró mientras subían los escalones que les llevaban al gran porche delantero de la mansión:

—Lo siento, me pongo nerviosa y de mal humor cuando vengo a Castle. Intenta no tener en cuenta cualquier cosa que diga o haga, no es nada personal —le dedicó una dulce sonrisa que a Jake se le contagió y Gina continuó hablando—: Dudo mucho que nos dejen salir al pueblo a tomar una copa, a menos que vayamos con cinco agentes y entonces no tendría gracia, pero sí que podemos tomarnos una copa después de cenar en el sótano, que es como un pub pero sin desconocidos —Gina se encogió de hombros y añadió bromeando—: Estando aquí, es lo único que puedo ofrecerte.

—Suena bien pero, ¿qué hay de los noventa minutos? —Preguntó Jake—. ¿Esa invitación a una copa sería durante esos noventa minutos?

—No necesariamente —le respondió Gina—. A menos que tú así lo quieras.

—Acepto, pero ese tiempo no se restará a los noventa minutos —convino Jake.

—Trato hecho, entonces —le dijo Gina desafiándole coquetamente con la mirada.

Paulina y Franco, los padres de Gina, les esperaban junto a la puerta principal de la casa y les vieron llegar agarrados del brazo y sonriendo, algo que a ambos les encantó.

— ¿Qué tal ha ido el viaje, chicos? —Les preguntó Franco mientras se saludaba a su hija con un fuerte abrazo y después a Jake con un apretón de manos y un leve abrazo pero igual de cariñoso que el que le había dado a su hija—. ¿Cómo va la convivencia entre vosotros?

—De momento la sangre no ha llegado al río, si es eso lo que preguntas —le respondió Gina antes de abrazar efusivamente a su madre, a la que adoraba y echaba tanto de menos—. ¿Cómo estás, mamá?

—Yo estoy bien, cómo siempre —le respondió Paulina abrazando a su hija con ternura—. Y tú, ¿estás siendo buena con Jake?

—Eso deberás preguntárselo a él —le contestó Gina a su madre con una sonrisa traviesa.

Paulina saludó a Jake con un par de besos en la mejilla y después le preguntó:

— ¿Cómo se porta contigo mi hija, Jake?

—De momento no está poniendo demasiados problemas, así que supongo que se está portando bien y está siendo buena —respondió Jake mirando burlonamente a Gina.

Franco y Paulina intercambiaron una mirada de complicidad que no pasó inadvertida para Gina ni para Jake y después Franco le dijo a su esposa:

—Solo han pasado un par de días, dales un par de días más y ya me contarás.

— ¡No me lo puedo creer! —Exclamó Gina indignada y añadió mirando a sus padres con reproche—: ¿Habéis apostado sobre algo así?

—Cielo, no te enfades —le dijo Paulina.

— ¿Qué es lo que han apostado exactamente? —Quiso saber Jake ya que intuía que la apuesta tenía que ver con él.

—Conociéndolos, probablemente habrán apostado cuánto tiempo aguantas haciendo de niñera conmigo, ¿o me equivoco, papá? —Dijo Gina enfadada.

—Cielo, no te enfades —repitió Paulina a su hija.

—Hija, entiéndelo —se excusó Franco encogiéndose de hombros—. Ambos tenéis un carácter fuerte y estáis acostumbrados a vivir solos, tan solo bromeamos sobre cuánto tiempo aguantaríais juntos.

—Te presento a mi maravillosa familia —le dijo Gina a Jake con sarcasmo, rodando los ojos.

—Espera a conocer a la mía —le susurró Jake a Gina al oído con complicidad.

Franco y Paulina hicieron pasar a Gina y Jake al salón, donde les ofrecieron algo de beber y comer mientras Jake y Franco hablaban de alguna operación que habían realizado en el pasado y Gina y su madre hablaban de sus cosas, hasta que Paulina llamó la atención de los dos hombres cuando le preguntó a su hija:

— ¿Qué tal con Brad?

—No he hablado con él —respondió Gina sin decir toda la verdad.

—No será porque no haya tratado de ponerse en contacto contigo —puntualizó su padre—. Ha llamado un par de veces para preguntar por ti, debe de estar bastante preocupado si tiene la necesidad de llamarnos a nosotros.

—Hace mucho que dejamos claro que mi relación con Brad no es asunto vuestro —les recordó  Gina levantándose del sofá de muy mal humor.

Justo en ese momento apareció Seb en el salón y anunció:

—He dejado las maletas de Gina y del señor Hudson en sus respectivas habitaciones.

—Gracias Seb —le agradeció Franco.

Seb se acercó a Gina, que estaba a punto de marcharse del salón, y le susurró:

—Tengo que hablar contigo, nos vemos en el establo en media hora.

Gina asintió con la cabeza y subió a su habitación, se puso unos pantalones tejanos, un jersey de cuello alto y sus botas de montar. Se hizo una coleta alta y se echó un poncho de lana negra sobre los hombros antes de salir de la mansión a hurtadillas y dirigirse al establo sin ser vista.

Noventa minutos 10.

El lunes por la mañana Gina se despertó algo aturdida. No sabía si lo que había ocurrido el día anterior había pasado de verdad o se trataba únicamente de un sueño, pero dedujo que había ocurrido de verdad cuando Jake entró en su habitación y le dijo con voz dulce:

—Es hora de levantarse, dormilona. ¿O has cambiado de opinión y no quieres ir a trabajar?

Eso fue suficiente para que Gina se levantara de inmediato y se metiera en el baño para darse una ducha. No tenía ni idea de lo que ocurriría en las próximas veinticuatro horas, pero se sentía tranquila y segura solo porque Jake estaría con ella a cada momento.

—Buenos días —saludó Gina cuando entró en la cocina ya duchada y vestida. Se percató que Jake había preparado el desayuno y decidió agradecérselo dándole un beso en la mejilla, tratando de provocarlo de la manera más inocente posible—: Gracias por preparar el desayuno, me muero de hambre.

Jake se limitó a contestarle con una amplia sonrisa. Cualquiera de las chicas con las que él estaba acostumbrado a despertarse apenas se hubieran limitado a beber un sorbo de la taza de café y decir que estaban llenas, pero Gina comía con ganas, sin pararse a contar las calorías que contenían cada uno de los alimentos que tomaba y, a pesar de ello, la figura de Gina era perfecta, pues él mismo lo había podido comprobar.

—Tengo que confesarte que es la primera vez que le he preparado el desayuno a alguien, aparte de a mí mismo, claro —le confesó Jake—. Así que, si no está al nivel que esperas, espero que por lo menos tengas en cuenta el detalle. Al fin y al cabo, la intención es lo que cuenta.

—Estoy hambrienta, me comeré cualquier cosa que sea mínimamente comestible —se mofó Gina con una sonrisa burlona en los labios, pero vio el esfuerzo que Jake había hecho, se llevó una tostada a la boca y le dijo—: Todo tiene una pinta estupenda, yo te contrato de cocinero de desayunos si algún día te quedas sin trabajo.

—Gracias, lo tendré en cuenta si me quedo sin trabajo —le respondió Jake divertido.

Después de desayunar, Jake llevó a Gina a las oficinas de Global y quiso estar presente en la reunión de despido de Fermín Cano. Ese tipo no le daba buena espina y no iba a dejar que Gina estuviera en la misma estancia que el tal Fermín ese sin estar él presente. Por suerte para Gina, Arthur se encargó de darle todos los motivos pertinentes y de advertirle que le iban a denunciar por romper la cláusula de confidencialidad, por lo que Gina se mantuvo al margen para no agravar la situación, aunque tuvo que morderse la lengua en más de una ocasión. El escolta que Franco le había puesto a Arthur se encargó de acompañar a Fermín a recoger sus cosas y después le acompañó hasta la puerta principal del edificio, donde advirtió al equipo seguridad que no le permitiesen la entada de nuevo.

Una vez que Fermín estuvo fuera, Gina reunió al equipo de márquetin y les informó de los nuevos cambios que se iban a producir ipso facto. Nombró a una de las mejores publicistas del equipo como nueva directora de márquetin y posteriormente mantuvo una reunión con ella para dejar claro qué era lo que se esperaba que ella aportara a Global.

Gina consiguió un aplazamiento para la presentación de la campaña de Hoffman, pero se trataba de un aplazamiento de tres semanas, por lo que no podían permitirse ni un solo contratiempo.

Tras una larga mañana de reuniones, Gina se quedó sola en su despacho y Jake decidió entrar para asegurarse de que ella se encontraba bien:

— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?

—Estoy bien, gracias —le respondió Gina forzando una sonrisa.

—Eso no ha sonado muy sincero —advirtió Jake. Cerró la puerta del despacho y se sentó en una de las sillas frente a Gina antes de decirle—: Empecemos de nuevo, ¿estás bien?

—No —contestó Gina agotada—. No sé cómo nos las vamos a apañar con todo esto, ni siquiera sabemos hasta donde ha llegado Fermín y qué sabe la competencia de nuestra campaña. Lo único que me consuela es que la campaña que teníamos era una mierda y la vamos a tener que empezar desde cero, pero igualmente estoy preocupada.

—Todo saldrá bien, ya lo verás —trató de animarla Jake.

—No sé por qué haces esto, pero te agradezco que estés aquí —le agradeció Gina.

Jake sonrió y, si no hubiera estado sentado frente a ella con un escritorio de por medio, probablemente la hubiera abrazado y besado. Jake no podía entender por qué sentía esos impulsos cuando nunca antes los había sentido por ninguna chica y mucho menos después de acostarse con ellas, pero con Gina era diferente. Con Gina tenía la necesidad de tenerla cerca, de saber de ella y, aunque no sabía cómo acabaría todo aquello, estaba dispuesto a averiguarlo.

Pasaron un largo e intenso día en las oficinas de Global hasta que, a las seis de la tarde, Jake decidió que era hora de marcharse pese a que, si hubiese sido por si Gina, se hubieran quedado allí diez horas más.

Llegaron a casa de Gina a las seis y media de la tarde y, mientras Gina preparaba su maleta para ir al día siguiente a Castle, Jake decidió preparar la cena.

—Llegas justo a tiempo —le dijo Jake a Gina cuando la vio aparecer en la cocina—. La cena ya casi está lista, ¿te apetece una copa de vino mientras se termina de hacer la comida en el horno?

—Vaya, al final harás que te eche de menos cuando me quede de nuevo sola en casa —le dijo bromeando aunque sus palabras eran sinceras. Cogió un par de copas del armario, se las entregó para que sirviera vino y añadió divertida—: Te contrataré como cocinero a tiempo completo si algún día te quedas sin trabajo.

—Es una oferta tentadora, puede que incluso piense dejar mi actual trabajo para hacer de cocinero —le respondió Jake bromeando.

Se tomaron la copa de vino charlando y bromeando mientras la cena se terminaba de hacer en el horno. Era una escena de lo más familiar y cualquiera que les hubiera visto en ese momento hubiese dado por hecho que se trataba de una pareja preparando la cena en su casa. Jake sonrió ante tal ocurrencia, si un mes atrás le hubiesen dicho que andaría detrás de una chica como un loco no se lo hubiera creído. Sin embargo, allí estaba, haciendo todo lo posible por complacer a Gina solo para poder permanecer a su lado más tiempo, incluso había aceptado viajar con ella a casa de sus padres y agradecía que Franco se lo hubiera puesto en bandeja, aunque a Gina no le hubiera hecho ninguna gracia como después ella misma le confirmó.

Jake había aprovechado las constantes reuniones que Gina había tenido durante toda la mañana para llamar a su padre y ponerle al corriente de la situación. Como era de esperar, su padre le había advertido que Gina no era como las chicas con las que él salía y le había pedido que fuera prudente, pues Franco, que era el padre de ella, también era un buen amigo del padre de Jake y no quería que su hijo causara ningún incidente.

El General Hudson, que era consciente de la fama que su hijo tenía con las mujeres al igual que lo era Franco Verona, no entendía como habían permitido esa locura. Tras discutir con su hijo Jake por teléfono, decidió llamar a su amigo Franco, quien le tranquilizó y le invitó a él, a su esposa y a su hija a ir el sábado de visita a Castle para que pudiera comprobar con sus propios ojos la compenetración que había entre sus hijos, aunque también le advirtió que entre ellos también existía cierta tensión sexual.

Después de cenar, recoger la mesa y la cocina, Jake y Gina se sentaron en el sofá del salón y Jake, sonriendo ampliamente a Gina, le dijo:

—Ha llegado el momento de nuestros noventa minutos. ¿Cómo organizamos el día de mañana?

Durante noventa minutos, Jake y Gina estuvieron hablando y decidiendo cómo se organizarían al día siguiente, puesto que tenían que viajar a Castle. Cuando lo tuvieron todo decidido, se dieron las buenas noches y se fueron a dormir, cada uno a su respectiva habitación, aunque a ninguno de los dos les hubiera importado tener que compartir cama.

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