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No tientes al diablo 16.

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Durante media hora, me siento en el sofá con Ángel, Smith y Stuart a ver la televisión. Ángel está pendiente de mí y yo finjo no darme cuenta, mirando sin mirar la televisión. Si alguien me hubiera preguntado de qué iba el programa, no habría sabio qué responderle.

Harta de esperar a que por fin Ángel se decida a hablar, me oigo decir:

–  Ángel, ¿podemos hablar un momento?

Ángel me escruta con la mirada. Smith y Stuart hacen ademán de levantarse para dejarnos a solas, pero Ángel los detiene haciéndoles un gesto con la mano, se levanta y, tendiéndome la mano, me ayuda a levantarme y me guía hasta su despacho. Es la primera vez que entro en su despacho y lo observo todo, fijándome en todos los detalles. A diferencia del resto de la casa, su despacho dice mucho de él. Está todo ordenado dentro del desorden, lleno de vida.

–  Siéntate y dime de qué quieres hablar. – Me dice señalándome una de las sillas mientras él se sienta en la silla de al lado.

Me siento dónde me indica y, armándome de valor, logro decir:

–  Ángel, agradezco todo lo que estás haciendo pero no creo que sea una buena idea. No quiero ponerte en riesgo, no es justo.

–  Déjame a mí tomar mis propias decisiones, Meg. – Me ruega. – Quiero ayudarte, quiero que estés bien y aquí estás bien, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Confieso. – Hace diez días que nos conocemos, debería desconfiar de ti y sin embargo me siento segura en tu casa.

–  Te sientes segura conmigo. – Me corrige. Nos miramos fijamente a los ojos durante unos segundos y finalmente añade: – Debes descansar, mañana por la mañana volverá el doctor y no quiero que cuando vuelva te encuentre más agotada de lo que ya estás.

–  Y tú, ¿no piensas descansar?

–  Yo también voy a descansar. – Me dice agotado. – Te acompaño a tu habitación, vamos.

Ángel me acompaña hasta la puerta de mi habitación, donde me da las buenas noches y me besa en la mejilla. Me pongo el short de algodón y la camiseta ajustada de tirantes, que es mi habitual pijama, y me meto en la cama. No puedo dormir, no hago más que dar vueltas en la cama y, tras mirar el reloj y ver que han pasado casi tres horas desde que me metí en la cama y sin poder descansar, decido levantarme e ir al salón, allí al menos podré charlar con Smith. Tal y cómo esperaba, Smith y Stuart están en el salón, jugando al póker entre ellos para hacer que el tiempo pase más rápido.

–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Smith preocupado.

–  Sí, no podía dormir y he pensado que no os importaría que os hiciera compañía durante un rato. – Le respondo dejándome caer en uno de los sofás. – No sé cómo podéis aguantar aquí encerrados todo el día, yo creo que estoy empezando a volverme loca.

–  ¿Sabes jugar al póker? – Me pregunta Stuart por primera vez.

Asiento con la cabeza y, sin más, me reparte cartas. Dos horas después, les he ganado a ambos todas sus fichas y los tres nos reímos hasta que Ángel aparece en el salón con cara de muy pocos amigos.

–  ¿Se puede saber qué estáis haciendo? – Pregunta como si hubiéramos cometido el peor de los pecados. Me mira con dureza y me pregunta furioso: – ¿Esta es tu manera de descansar?

–  Solo estábamos echando una partida a las cartas, la chica necesita relajarse y pensar en otra cosa, no va a descansar nada si no deja de darle vueltas a la cabeza. – Sale en mi defensa Smith.

–  Te he contratado para que nos protejas, no para que nos distraigas. – Le acusa Ángel. Tiene los ojos plagados de ira e incluso a mí me da miedo. – Vuelve a la cama Megan. – Me ordena antes de volver a encerrarse en su habitación.

–  Menudo imbécil. – Murmura Smith. – No sé cómo aguantas a ese estirado.

–  No solo lo aguanto, sino que creo que me he enamorado de él. – Confieso abatida. – ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?

–  Ese imbécil te adora, a su manera pero te adora. – Me reconforta Smith. – Quizás tengas que tratar de relajarle a él, ya me entiendes.

–  Lo haría encantada, si se dejara, claro. – Musito provocando las risas de ambos. – Sht. Si nos escucha reírnos otra vez es capaz de echarnos de su casa.

–  ¿Tú crees? – Me pregunta Stuart, que empieza a soltarse a hablar.

–  ¿Acaso no has visto sus ojos? – Le pregunto. – Creo que nunca lo había visto así de furioso, y mira que siempre le veo furioso.

Los tres volvemos a reírnos a carcajadas, a un volumen lo suficientemente alto como para que Ángel nos escuche, pero nos es imposible parar de reír. Cuando por fin lo conseguimos, me despido de ellos y camino por el pasillo mientras trato de decidir si llamar o no a la puerta de la habitación de Ángel. Puede que esté demasiado furioso como para que le agrade mi visita, pero aun así decido arriesgarme. Golpeo suavemente la puerta y, escasos segundos después, me abre la puerta con su habitual cara de furia. Decido pasárselo por alto, al fin y al cabo todos estamos nerviosos y alterados.

–  ¿Qué haces aquí? – Me espeta impasible.

–  Pasaba por aquí y he pensado en hacerte una visita. – Le respondo con naturalidad, como si no me hubiera enterado de que está furioso. – ¿No me vas a invitar a entrar?

–  ¿Qué quieres, Megan? – Me pregunta después de resoplar sonoramente.

–  Para empezar, quiero que cambies esa cara de estar comiendo limones que tienes. – Le reprocho acabando con mi poca paciencia. – Pero me conformo con que me hagas un rato compañía.

–  ¿A qué se debe ese honor? – Me pregunta con sarcasmo. – ¿Acaso no disfrutas con la compañía de tus guardaespaldas en el salón?

–  Si no fueras tan frívolo pensaría que estás furioso. – Le espeto furiosa. – Me levanté de la cama porque no podía dormir y me senté con ellos a jugar al póker, ¿qué tiene eso de malo?

–  Dime una cosa, Megan. Si yo no estoy aquí para hacerte compañía, ¿para qué cojones estoy?

Me quedo muda. ¿A qué se está refiriendo? Si Colorado me secuestrara, mi único problema sería estar secuestrada. Mientras esto siga así, voy a tener que pensar en la solución para todos mis problemas, sobre todo para afrontar lo que siento por Ángel. Pero antes de afrontarlo, primero tengo que asimilarlo y aceptarlo. Mis ojos se empiezan a llenar de lágrimas y el rostro de Ángel se descompone.

–  Perdóname, nena. – Me dice estrechándome contra su cuerpo. – Estoy un poco nervioso y lo estoy pagando contigo. No pasa nada, no me hagas caso.

No digo nada, no puedo dejar de sollozar. Ángel me abraza con más fuerza al mismo tiempo que me hace pasar dentro de su habitación y cierra la puerta. Se sienta a los pies de la cama y me coloca sobre su regazo sin dejar de abrazarme.

–  Por favor, deja de llorar. – Me suplica. – No me gusta verte así.

–  Lo siento. – Logro balbucear entre sollozo y sollozo.

Ángel coge mi cara entre sus manos con suavidad y me sonríe con ternura, pero harta de la ternura y la compasión, me lanzo a por lo que de verdad deseo y le beso en los labios apasionadamente, con tanto ímpetu que lo tumbo sobre la cama, echándome literalmente encima de él. Ángel me corresponde y me devuelve el beso con la misma pasión. Nuestras manos empiezan a recorrer nuestros cuerpos libremente, sin que nada las obstaculice. Con un rápido y perfecto movimiento, Ángel me hace dar la vuelta y, sin darme cuenta, soy yo la que está tumbada sobre la cama y él está encima de mí. Me besa dulcemente en los labios y me susurra al oído:

–  No podemos continuar, pequeña.

–  ¿Qué? ¿Por qué? – Le pregunto molesta.

Ángel me sonríe divertido y me dice:

–  Por muchas razones, entre ellas las que más peso tienen son la situación en la que estamos, nuestro acuerdo laboral y, aunque no suene muy caballeroso, no tengo condones.

Me echo a reír a carcajadas, esta vez con más ganas que antes, y Ángel en seguida se une a mi risa.

–  Si me lo permites, voy a rebatir todas tus razones.

–  Me olvidaba que eres abogada. – Comenta burlonamente.

–  Para empezar, yo tengo condones y, aunque no los tuviera, tomo la píldora y, por si además te interesa, estoy completamente sana porque siempre uso preservativo con mis relaciones esporádicas y no tengo una relación estable desde hace años. No sé nada de ti porque no me cuentas nada, pero hay quien sí me cuenta cosas sobre ti y sé que no mantienes relaciones sexuales sin protección, chico listo. – Le digo sonriendo. – Con lo cual, el tema de los condones queda solucionado. Respecto al acuerdo laboral, te recuerdo que oficialmente no empiezo a trabajar hasta hoy lunes a las nueve de la mañana, así que, si son las cuatro de la madrugada, todavía nos quedan cinco horas de legalidad. En cuanto a la situación, creo que a ambos nos vendría bien relajarnos un poco, ¿no crees?

–  Te gusta tentar al diablo, ¿verdad?

–  Como ya te he dicho, Óscar Wilde pensaba que la mejor forma de librarse de la tentación es cayendo en ella y yo creo que Óscar Wilde era un tipo muy sabio.

Le miro con picardía, provocándole y tentándole descaradamente y Ángel deja de resistirse y me devora la boca como si en ello le fuera la vida. Sin tiempo que perder, me quita la ropa mientras yo se la quito a él y, cuándo está apunto de penetrarme, le paro y le pregunto burlonamente alzando una ceja:

–  ¿No se te olvida algo? – Al ver que me mira sin entender, le aclaro. – El preservativo.

–  Me has dicho que estás sana y que no mantienes relaciones sexuales sin preservativo, sabes que yo estoy sano y que no mantengo relaciones sexuales sin preservativo. Contigo ya me he saltado todas las reglas, ¿cuál es el problema? – Me pregunta divertido para después besarme en los labios y penetrarme de una estocada. – Oh Dios, ¡cómo te he echado de menos!

Escuchar esas palabras de su boca mientras me penetra una y otra vez, hace que me vuelva loca. Si a eso le sumas las caricias y los besos que me propina y el contacto piel con piel, sin preservativo de por medio, la sensación es apoteósica. Nuestros jadeos empiezan a aumentar al mismo tiempo que Ángel empieza a aumentar el ritmo y la fuerza de sus envestidas hasta que por fin llegamos al clímax y Ángel se derrumba sobre mí con la respiración agitada.

No tientes al diablo 15.

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A las cinco de la tarde, por fin aparece Dylan. Lo saludo como siempre, con un par de besos en la mejilla. Después de tanto tiempo y de vivir situaciones tan difíciles con él, hemos llegado a hacernos buenos amigos. Mi padre también lo saluda con afecto, al fin y al cabo, se trata del agente que salvó la vida de su única hija y sigue dispuesto a seguir haciéndolo. Dylan también saluda a Smith y Stuart con un afectuoso estrechón de manos y después tiende su mano a Ángel a quien le dice:

–  Encantado de conocerlo, señor Ferreira.

–  Lo mismo digo. – Le responde Ángel. – Y, por favor, llámame Ángel.

Pasamos todos al salón, dónde nos sentamos y esperamos que sea Dylan quien empiece a hablar. Ángel se sienta a mi lado y me dedica una tierna sonrisa.

–  Ya conocéis la situación. – Dice Dylan. – Orlando Colorado se fugó de la prisión de Colombia ayer a las doce en punto de la noche, hora española. Tres horas más tarde, Megan recibía un mensaje con su foto en el móvil. Es obvio que te ha tenido vigilada, es mucha coincidencia que alguien te haya visto, te haya reconocido y le haya enviado esa información a Colorado.

–  El mensaje lo enviaron desde un número oculto, ¿podemos estar seguros de que era él? – Pregunta Ángel con un tono de voz demasiado serio y profesional que nunca antes le había escuchado. ¿Estaba en realidad tan preocupado?

–  En el mensaje me llamaba gringa, nadie más me ha llamado nunca gringa. – Contesto mirando al vacío, completamente absorta. – Si me ha tenido vigilada todo esto tiempo, ha podido…

–  No. – Me interrumpe Ángel furioso. – Eso no va a pasar, ¿de acuerdo?

Mi padre me mira alzando una ceja, consciente del motivo de la reacción de Ángel, pero no dice ni pregunta nada y yo se lo agradezco. Ya tendremos ocasión de hablar de eso en otro momento.

–  Sabes que podemos hacer que entres en el programa de protección de testigos. – Me sugiere Dylan.

–  Y también sabes que paso de hacerlo. – Le contesto furiosa. – Si me va a encontrar igualmente, no pienso dejar mi vida.

–  Lo suponía, por eso hemos creído conveniente que…

–  ¿Hemos creído? – Le interrumpo. – ¿Desde cuándo no trabajas solo?

–  Megan, Ángel y yo hemos estado hablando con Dylan y creemos que lo más sensato en este momento es que te ocultes por unos días. – Empieza a decir mi padre. – Sabemos que no quieres dejar tu vida y lo respetamos, pero hasta que todo esto se aclare es lo único que puedes hacer.

–  ¿Lo único que puedo hacer? ¡Joder, tengo a la puta mafia colombiana poniendo precio a mi cabeza y solo puedo esconderme! – Les espeto furiosa. – Dylan, si algo he aprendido de ti en todo este tiempo es que la mejor defensa es un buen ataque. Si no puedo atacar a Colorado porque no sé dónde está, al menos deja que pueda defenderme atacando cuando venga a por mí.

–  No, ya hemos hablado de eso. – Me dice con rotundidad Dylan. – Para eso están aquí Smith y Stuart, ellos os protegerán.

–  ¿Nos protegerán? ¿Crees que pueden proteger a todo el que me rodee? – Protesto. – Sabes tan bien como yo lo que va a pasar, ambos conocemos la manera de actuar de Colorado y, teniendo en cuenta todo lo que he hecho, te aseguro que no va a dejar que me vaya de rositas. – Le miro a los ojos y, desafiante, le digo: – Eres un agente especial de la DEA, puedes conseguirme una licencia de armas y una pistola.

–  Puede que seas mejor con una pistola que la mayoría de mis hombres, pero sabes que no puedo hacerlo, Meg. – Me dice Dylan. – No puedo proporcionarte un arma ni tampoco quiero hacerlo, no quiero que te manches las manos de sangre.

–  Creo que ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? – Le replico y todos enmudecen.

Cuando Jeff ayudado por Dylan me rescató de la casa donde Colorado me tenía secuestrada, uno de los hombres de Colorado intentaba violarme y, aprovechando su cercanía, le quité la pistola y le disparé. El tipo cayó sobre mí muerto y noté como su sangre aún caliente recorría todo mi cuerpo. Entré en estado de shock pero por suerte en ese momento llegó Jeff y me sacó de allí. Desde entonces, nunca volví a ser la misma y mi relación con Jeff tampoco volvió a ser la misma jamás.

–  Tuviste que hacerlo, Meg. – Me reconforta mi padre. – Eras tú o él.

–  Dylan, ¿sabes algo de Jeff? – Le pregunto.

–  Nadie ha visto a Jeff desde esta madrugada. – Me responde Dylan.

–  ¿Crees que…? – No puedo terminar la pregunta.

–  Si te soy sincero, no lo sé. – Me responde Dylan. – Pero no tiene buena pinta, Meg.

Asiento con la cabeza y me quedo callada. Puede que ya no esté enamorada de Jeff, pero sigo queriéndolo a pesar de que nuestra historia estaba destinada a acabar como la historia de Romeo y Julieta. Él siempre fue bueno conmigo, pero vivíamos en mundos distintos y ninguno estaba dispuesto a cambiar. Nuestro amor acabó, pero se quedó una gran amistad y un enorme cariño, es como uno de esos amores platónicos que sabes que no pueden ser pero que de igual modo lo anhelas. Nunca había vuelto a sentir lo mismo que sentí por él con nadie hasta ahora, que ha aparecido Ángel en mi vida. Un tipo mujeriego, con pánico al compromiso y que nunca trae a ninguna chica a su casa y, sin embargo, aquí me tiene con él. Está claro que está preocupado y me está ayudando mucho pero, a diferencia de Paula y Judith, yo no creo que alguien así cambie de la noche a la mañana y se enamore. Mucho menos iba a tener yo la suerte de ser la afortunada.

–  Disculpadme pero no me encuentro bien y, si no os importa, me gustaría tumbarme un rato. – Les digo poniéndome en pie a duras penas, totalmente mareada.

–  Te acompaño, estás pálida. – Me dice Ángel con el ceño fruncido. – Creo que deberíamos llamar al doctor, no tienes buen aspecto.

–  Un mafioso colombiano que acaba de fugarse de la cárcel quiere matarme, ¿qué aspecto quieres que tenga? – Le replico malhumorada. En el mismo instante que mis palabras salen de mi boca me arrepiento de haberlas dicho. Pero Ángel actúa como si no me hubiera escuchado y me acompaña a mi habitación, me ayuda a meterme en la cama y me sonríe. Me siento fatal por haber sido tan borde después de todo lo que él está haciendo por mí: – Perdóname, soy lo peor.

–  Todo está bien, nena. – Me susurra y me da un beso en la frente. – Voy a llamar al doctor para que te haga un chequeo, quiero asegurarme de que estás bien, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza, no puedo negarle nada si me lo pide de esa manera. – Buena chica. Estaré en el salón si necesitas algo.

Vuelve a besarme, esta vez brevemente en los labios, y sale de mi habitación con el mismo rostro de preocupación con el que ha entrado.

No necesito ningún médico, simplemente estoy agotada por no descansar y hecha un manojo de nervios porque alguien quiere matarme pero, por lo demás, sé que estoy bien. Aun así, dos horas más tarde, accedo a que el doctor me ausculte, me tome las constantes y me saque sangre para hacerme un análisis, todo por hacer lo único que Ángel me ha pedido después de todo lo que él está haciendo por mí.

–  Muestra signos de agotamiento, pero parece estar bien. – Les dice el doctor. – De todas formas, enviaré las muestras de sangre al laboratorio y en cuanto mañana me den los resultados vendré para hacerle otra visita. – El doctor me mira y añade: – Lo único que puedo recetarte por ahora son horas de sueño para que te recuperes. Te recetaré unas pastillas que te ayudarán a dormir si no puedes.

El doctor se despide de todos y se marcha prometiendo regresar mañana por la mañana. Cuando el doctor se marcha, Ángel me obliga a ir a la cocina y cenar un poco mientras mi padre nos observa sonriendo y, finalmente, le dice a Ángel:

–  Algún día tendrás que explicarme cómo has conseguido amansar a la fiera de mi hija.

–  ¡Papá! – Le regaño. – ¡Estás hablando de tu hija!

–  Por eso habla con conocimiento de causa. – Se mofa Dylan. – Smith ha estado refunfuñando porque tenía que proteger a una princesita y, cuando te ha conocido, ha cambiado de opinión.

Todos se echan a reír, incluido Ángel. Los fulmino con la mirada a todos para después decirle a Dylan:

–  Al final vas a tener razón, no es una buena idea eso de que tenga una pistola.

En ese mismo instante todos dejan de reír y yo le dedico una maliciosa sonrisa que les pone la piel de gallina. Estos no saben lo que es una mujer enfurecida.

–  Megan, mientras descansabas hemos decidido que por el momento lo mejor es que te quedes unos días aquí, hasta que sepamos a qué atenernos. – Me dice mi padre recobrando la seriedad. – Ángel está dispuesto a tenerte en su casa y Smith y Stuart os protegerán.

–  ¿Qué? ¿Cómo voy a quedarme aquí? – Les espeto furiosa. – ¿Os habéis vuelto locos? ¿Qué pasa si Colorado me encuentra? Porque, tarde o temprano, me va encontrar.

–  Tengo a diez de mis mejores hombres vigilando el edificio y a dos de los mejores marines que han existido protegiendo el apartamento, nadie puede entrar ni salir sin que nosotros lo sepamos. – Me dice Dylan para tranquilizarme.

–  Tú mismo has dicho que soy mejor con la pistola que la mayoría de tus hombres, ¿qué clase de garantía nos da eso? – Le reprocho.

–  Tranquila, no va a pasar nada. – Me dice Ángel sosteniéndome la mirada. – Aquí estarás bien, solo serán unos días.

–  Estás poniendo tu vida en peligro innecesariamente. – Le digo como si no entendiera la gravedad del asunto. – ¿Es que no te das cuenta?

–  Si quieres podemos discutir, pero no me vas a hacer cambiar de opinión. – Me espeta furioso.

¡Será idiota! ¡No se da cuenta de nada! Si le pasa algo por mi culpa yo… Oh, Dios. ¡La idiota soy yo! ¡Me he enamorado de un mujeriego que nunca se ha acostado dos veces con la misma mujer y que le tiene pánico al compromiso! ¿Se puede ser más idiota que yo?

–  ¡Megan! – Me grita mi padre zarandeándome del brazo. – Estás empezando a asustarme, ¿qué cojones te pasa?

–  ¿Qué? – Digo distraída. – Eh, perdona papá, creo que…

–  ¿Tomaste drogas anoche? – Me pregunta mi padre.

–  Papá, creo que hacerme esa pregunta delante de un agente de la DEA no es una buena idea. – Le contesto a modo de respuesta.

–  Por supuesto que no tomó drogas anoche, pero sí bebimos algo más de la cuenta y apenas ha dormido ni comido, necesita descansar. – Sale en mi defensa Ángel.

Por algún extraño motivo, eso hace sonreír a mi padre.

–  Nos mantendremos en contacto telefónico toda la semana, pero no pueden haber visitas. – Me dice Dylan. – Ángel, si no puedes con ella llámame.

Mi padre y Dylan se despiden de nosotros y se marchan. Smith y Stuart están en el salón montando guardia y yo necesito hablar con Ángel a solas.

No tientes al diablo 14.

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Nada más despertarme, recuerdo todo lo que ha pasado y maldigo en voz baja. Me levanto de la cama de un salto y me dirijo a la cocina, que también es comedor y salón. Apenas camino un par de pasos al salir de la habitación cuando me topo con un tipo con cara de sicario y, tal y cómo Jeff me enseñó, me defiendo atacando. Las clases de artes marciales tenían que servir para algo. El tipo es más grande que yo y apenas consigo darle un par de golpes antes de que me agarre de las manos y bloquee todos mis movimientos.

–  Relájese, estamos aquí para protegerla. – Me dice el tipo con pinta de sicario.

–  ¿Qué cojones estás haciendo? – Le pregunta Ángel furioso, rescatándome del sicario.

–  La gatita ha sacado sus uñas, solo intentaba que no me arañara antes de explicarle que estamos aquí para protegerla y no para agredirla. – Se excusa el sicario.

–  ¿Quiénes son esta gente? – Le pregunto al ver que otro tipo con pinta de sicario se une a su compañero. – ¿Qué están haciendo aquí?

–  Regresemos a la habitación, hablaremos allí. – Me dice encaminándome de vuelta a mi habitación, colocándose a mi espalda. Una vez en la habitación, me dice sonriendo: – Acabas de alegrarle el día a esos dos saliendo así vestida.

–  Tendrías que haberme dicho que no estábamos solos. – Le reprocho.

–  Esos dos tipos son Smith y Stuart, dos ex marines de EEUU que ahora trabajan en el sector privado y, como podrás intuir, acabo de contratar. – Me explica. – Me los ha recomendado Dylan y te van a acompañar a donde quiera que vayas. Por cierto, Dylan estará aquí a última hora de la tarde, su vuelo se ha retrasado a consecuencia de una tormenta en no sé dónde.

–  ¿Has hablado con Dylan?

–  Llamó a tu móvil un rato después de que te durmieras y cogí yo la llamada. – Me mira fijamente a los ojos y añade: – Te dije que no voy a dejar que te hagan daño y lo voy a cumplir, Megan.

–  ¿Por qué lo haces? – Le pregunto. – Apenas me conoces, para ti soy un problema y sin embargo me traes a tu casa y te metes en medio de todo este percal cuando lo que deberías estar haciendo es mantenerte alejado de mí.

–  Tienes una manera bastante peculiar para agradecer las cosas, ¿no crees?

–  Lo siento. – Me disculpo. – Tienes razón, tú haces todo esto y yo te lo agradezco con reproches.

–  No pasa nada, estás nerviosa y asustada. – Me dice quitándole importancia. – Pero tienes que saber que yo estoy aquí para ayudar, ¿de acuerdo?

–  Te lo agradezco, pero sigo sin entender por qué te complicas la vida conmigo.

–  Eres mi abogada, tengo que cuidar de ti para que tú puedas cuidar de mis negocios. – Me dice sonriendo. – Ahora date una ducha, ponte algo de ropa para que tus guardaespaldas no vayan babeando detrás de ti y ven a la cocina a desayunar. Mientras tanto, yo me encargo de hablar con tu padre y con Judith, ¿de acuerdo?

–  Gracias por todo, Ángel. – Le digo con un hilo de voz.

–  No tienes que agradecerme nada. – Me responde. – Mi hermana y John vienen de camino, Paula te trae algo de ropa, le diré que venga a tu habitación en cuanto llegue.

Asiento con la cabeza y Ángel, tras sonreírme con dulzura, se marcha cerrando la puerta detrás de sí. Me doy una rápida ducha y, cuando salgo del baño envuelta en una toalla, me encuentro a Paula y Judith sentadas a los pies de la cama. Ambas me miran con cara de preocupación, pero es Judith la que, abrazándome con los ojos llenos de lágrimas, me pregunta:

–  ¿Estás bien?

–  Todo lo bien que puedo estar. – Le contesto forzando una sonrisa para tranquilizarla. – Dylan está de camino y Ángel ha contratado a dos tipos para estar seguros hasta que sepamos qué hacer.

–  Ya nos hemos enterado que le has roto el labio a uno de ellos. – Se mofa Paula. – Tienes a mi hermano Ángel como loco.

–  Os juro que no lo he hecho queriendo, bueno sí, pero solo porque creía que venían de parte de Colorado y me he asustado. – Me defiendo.

–  Me refiero a que lo tienes como loco en el buen sentido, Meg. – Me dice Paula sonriéndome con ternura. – Nunca he visto a Ángel preocuparse así por una chica, nunca se ha interesado por nadie hasta el punto de arriesgar su vida por ella.

–  Si te soy sincera Paula, eso no me ayuda a tranquilizarme. – Le confieso. – Creo que lo mejor será solucionar los problemas uno a uno y, de momento, ya tengo bastante con Colorado.

–  Te hemos traído algo de ropa, vístete y ven a la cocina a desayunar. – Me dice Judith dándome un beso en la mejilla.

Asiento con la cabeza a pesar de que lo único que quiero es meterme en la cama, que Ángel me abrace y olvidarme de todo lo que está pasando. En vez de eso, decido ponerme una minifalda tejana y una camiseta blanca de tirantes con unas sandalias planas para ir a la cocina y desayunar, tal y como Judith me ha pedido que hiciera. Allí me encuentro con los dos supuestos guardaespaldas, con Judith y Álvaro, John y Paula y, por supuesto, con Ángel.

Nada más verme, Ángel se acerca a mí y, rodeándome la cintura con su brazo derecho, me dice señalando a los dos tipos que se suponen que son mis guardaespaldas:

–  Meg, ellos son Smith y Stuart y los he contratado para que te protejan.

–  Es importante que lo entienda, señorita Moore. – Me dice Smith, el tipo al que le he partido el labio sin saber quién era. – Estamos aquí para protegerla, aunque por lo que he podido comprobar usted se protege muy bien sola.

–  Lo siento, no quería hacerle daño… – Me disculpo. – No sabía quién era usted y…

–  No se preocupe, no pasa nada. – Me responde Smith. – De hecho debo de reconocer que incluso estaría encantado de que trabajara para mí como guardaespaldas. – Bromea.

Todos se ríen, pero yo no logro ni esbozar una sonrisa. Estoy demasiado nerviosa y preocupada como para que un chiste me distraiga de mis problemas.

–  ¿Has podido hablar con mi padre? – Le pregunto a Ángel.

–  Está de camino. – Me contesta. Y, dirigiéndose a todos, añade: – Chicos, os agradecemos vuestra preocupación, pero creo que es mejor que os vayáis a casa. Este no es el mejor lugar para quedarse.

De inmediato, todos le obedecen, dejándonos a solas a Ángel y a mí con los dos guardaespaldas. Para intentar distraerme y no darle vueltas a la cabeza, me pongo a mirar por la ventana. Estamos en la última planta de un edificio enorme y las vistas de la ciudad son espectaculares. Me agarro a la barandilla de hierro forjado y cierro los ojos dejando que la brisa de septiembre me envuelva y, un segundo después, unas manos me rodean la cintura. No me hace falta abrir los ojos para saber a quién pertenecen esas manos, las conozco muy bien.

–  Todo va a salir bien, nena. – Me susurra la voz de Ángel al oído. Dejo escapar un sonoro suspiro de resignación y Ángel me abraza con más fuerza. Estoy tan pegada a él que incluso puedo notar al final de mi espalda como su erección empieza a crecer. Me aprieto más contra él y me susurra al oído con la voz ronca por la excitación: – No tientes al diablo, no es capaz de controlarse y no creo que sea el mejor momento teniendo en cuenta que tu padre está viniendo hacia aquí, nena.

–  Óscar Wilde decía “la única forma de vencer a la tentación es dejarse arrastrar por ella.

–  Ejem, ejem. – Finge toser Stuart detrás de nosotros. Cuando consigue captar nuestra atención, nos dice sin apenas mover los labios: – El señor Moore acaba de llegar.

Ángel asiente con la cabeza y acto seguido me coge de la mano y me guía de vuelta al salón, donde mi padre está de pie esperándonos y me abraza nada más verme, pero no sin antes percatarse que Ángel y yo entrábamos cogidos de la mano.

–  Cariño, ¿estás bien? – Me pregunta preocupado. En ese momento Smith sale del cuarto de baño y mi padre, al ver que tiene una herida en el labio y el mentón un poco inflamado, pregunta: – Pero, ¿qué le ha pasado? ¿Os han atacado?

–  Ha sido su hija, señor Moore. – Le contesta Smith divertido.

–  ¡Megan! – Me regaña mi padre.

–  Papá, fue sin querer. – Me excuso. – Y ya le he pedido disculpas.

–  Frank, ¿quieres tomar algo? – Le ofrece Ángel.

Como si tuvieran telepatía y se comunicaran sin hablar, ambos se levantan y se dirigen hacia a la cocina, dejándome sentada en el sofá junto a Smith y Stuart.

–  Tiene gracia, yo soy la implicada en el asunto y a nadie le interesa contarme cómo están las cosas en realidad. – Murmuro molesta.

–  Tienes suerte de tener a tanta gente que te quiere y se preocupa por ti. – Me dice Smith. – Tu novio apenas ha dormido organizando todo esto, tus amigos se han volcado en el asunto a pesar de que están poniendo sus vidas en riesgo y tu padre también está aquí dispuesto a lo que haga falta.

–  No sé qué significa tener suerte en tu país, pero en el mío tener suerte significa no tener que pasar por esto. – Replico. – Si tuviera suerte, nada de esto estaría pasando.

A pesar de haber golpeado a Smith en nuestro primer encuentro, tengo que reconocer que es un tipo muy agradable y simpático, además de muy atractivo. Durante el rato que mi padre pasa con Ángel en la cocina, yo hablo con Smith y escucho sus sabias y confortables palabras. Stuart, por el contrario, es un tipo más serio y poco hablador, por lo que se limita a sentarse en uno de los sillones y escucha nuestra conversación sin intervenir ni una sola vez en ella.

No tientes al diablo 13.

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Tras despedirme de todos, me subo al coche de Ángel con John y Paula. Por suerte, Paula se sienta en el asiento del copiloto y yo me siento detrás con John, lejos de Ángel que va conduciendo.

John me mira de reojo y, sin que nadie lo note, me estrecha la mano para darme ánimos. Le agradezco el gesto dedicándole una sonrisa. John y yo siempre nos hemos entendido sin tener la necesidad de hablar. Es como si entre nosotros tuviéramos telepatía, sabemos lo que el otro piensa con solo mirarnos.

Suena un mensaje en mi móvil y lo saco del bolso para mirarlo. Es un mensaje con una foto de un número oculto. Abro el archivo y al descargar la foto veo que se trata de una foto mía, concretamente de esta noche, cantando en el karaoke. Leo el texto y empalidezco: “Te he echado de menos, gringa.”

–  ¿Qué te ocurre? ¿Quién es? – Me pregunta John preocupado al ver mi cara. Como no le contesto, me quita el móvil de las manos para obtener su respuesta y, cuando la obtiene, me espeta furioso: – ¡Maldita sea, Meg! ¿Cómo te ha encontrado?

–  ¡No lo sé! No le he dicho a nadie que me he mudado a Barcelona, ni siquiera te lo dije a ti. – Le contesto poniéndome a la defensiva. – ¡Joder, esto no me puede estar pasando!

–  Tienes que llamar a Dylan, explicárselo y que te ponga protección las veinticuatro horas del día. – Me ordena John. – Llama a Judith y dile que no vaya a casa, ahora mismo no es un lugar seguro.

–  ¿Qué cojones está pasando? – Pregunta Ángel que, al igual que Paula, han oído toda la conversación que John y yo hemos tenido.

–  Es una larga historia. – Le contesta John. – ¿Podrías dejarnos en mi hotel, por favor?

–  No, no es una buena idea. – Opino.

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Murmura Ángel. – ¿Qué os parece si vamos a mi casa todos y nos explicáis qué cojones está pasando?

–  Creo que, en este momento, esa es la mejor opción. – Sentencia John.

Durante el resto del trayecto todos nos mantenemos en silencio, a excepción de Ángel que maldice entre dientes y no consigo entender qué dice exactamente.

Cuando llegamos a casa de Ángel, lo primero que hago es llamar a Dylan. Hace unos años, mientras estudiaba en la universidad, salí con Jeff un tipo que se dedicaba al narcotráfico. Un día, Orlando Colorado, uno de los mafiosos colombianos más temidos, vino con sus hombres a por Jeff por un ajuste de cuentas, con la mala suerte de que en ese momento yo estaba con Jeff y, después de verme envuelta en un tiroteo, acabé siendo secuestrada por Orlando Colorado. Me retuvo tres días en una habitación sin ventanas, amueblada tan solo por un colchón en el suelo y un inodoro semi oculto por un muro de media altura. Después de tres días en esas condiciones, Jeff me rescató y Dylan, un agente de la DEA que andaba detrás de Colorado, lo detuvo y lo arrestó. Después de aquello, Dylan quiso que entrara en un programa de protección de testigos, aunque fue muy sincero y me confesó que entrar en un programa de protección de testigos tan solo retrasaría que me encontraran en el caso de que quisieran buscarme. Así que, tras meditarlo con mis padres, decidí no entrar en el programa de protección de testigos. Desde entonces, Dylan se mantiene en contacto conmigo constantemente y me mantiene informada respecto a Colorado.

–  Son las cinco de la mañana en Barcelona, ¿qué ocurre para que me llames a estas horas? – Me pregunta Dylan nada más descolgar. Le cuento todo lo que ha ocurrido y me responde: – No quiero que vuelvas a ir a ese karaoke, ni tampoco a tu casa. Saca a tu compañera de piso de allí y, hasta que yo llegue a Barcelona, no quiero que te muevas de donde estás.

–  No creo que sea una buena idea…

–  ¡Me importa una mierda lo que tú creas! – Me interrumpe Dylan. – Orlando Colorado se ha escapado de la cárcel hace tres horas, quiero que hagas todo lo que te diga, ¿de acuerdo?

–  ¿Hace tres horas? ¿Y cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuándo ese demente ya me hubiera encontrado y asesinado? – Le espeto furiosa. – ¡Joder, lleva tres horas fuera y ya me ha encontrado! ¿Qué te hace pensar que voy a seguir viva para cuándo tú llegues?

–  Megan, pásame con tu amigo John. – Me dice Dylan para no empezar a discutir conmigo.

Hago caso de lo que me dice y le entrego el teléfono a John a la vez que le explico poniendo los ojos en blanco:

–  Prefiere hablar de esto contigo. – Me siento en el sofá y Ángel se sienta a mi lado y me aprieta la mano en señal de apoyo y le digo forzando una sonrisa: – Siento todo esto, te prometo que nos marcharemos en cuanto John cuelgue y no te molestaremos más.

–  No es ninguna molestia, Meg. Judith se quedará esta noche con Álvaro, aunque me temo que mañana tendrás que explicarles el motivo. Cuando les he dicho que no podían ir a casa de Judith, creo que han malinterpretado mis intenciones, pero no he querido contarles nada de lo que está pasando, básicamente porque no lo sé. – Me responde. – Pero para serte sincero, me gustaría saber exactamente dónde me estoy metiendo. ¿De qué va todo esto?

Ángel y Paula me miran con expectación, Paula deseando saber lo que está ocurriendo y Ángel con gesto bastante preocupado. Les resumo brevemente la historia y ambos se quedan boquiabiertos. Justo cuando termino de hablar, John aparece en el salón y me dice:

–  Dylan no quiere que te muevas de aquí hasta que él llegue. Tampoco quiere que haya tanta gente aquí, por si la cosa se complica. – Añade mirando a Paula.

–  John, ¿puedes acompañar a mi hermana a casa? Puedes llevarte uno de los coches, yo me quedaré aquí con Megan. – Le dice Ángel a John.

–  No te preocupes, yo me encargo. – Responde John.

–  No, no pienso irme a casa. – Se niega Paula. – Mis padres están fuera de la ciudad y Adrián está doblando turno en el hospital, no pienso quedarme sola en casa.

–  Si no os parece mal, yo puedo quedarme con Paula esta noche. – Se ofrece John y, al ver el gesto de Ángel, añade rápidamente: – Te doy mi palabra de que no le pondré un dedo encima ni aunque me lo suplique, la trataré como si fuera mi propia hermana.

–  Paula, ¿te parece bien? – Le pregunta Ángel a su hermana.

–  Me parece bien que se quede en casa conmigo. – Le contesta Paula molesta. – En cuanto al resto, ambos somos lo suficientemente adultos, maduros y responsables como para tomar nuestras propias decisiones.

Dicho esto, Paula se levanta del sofá, me abraza y me dice antes de salir por la puerta:

–  Suerte y paciencia, Meg. Vas a necesitarlo para soportar al insoportable de mi hermano.

John se despide de Ángel y de mí y se marcha detrás de Paula, dejándonos a solas a Ángel y a mí.

–  Tengo una habitación de invitados, puedes dormir allí. – Me propone Ángel. – ¿Quieres algo para beber o comer? ¿Te apetece algo?

–  ¿Puedes dejarme una camiseta grande? Para dormir, digo.

–  Claro. – Me responde. – ¿Quieres ir a dormir ya?

–  No, si no te importa me gustaría quedarme un rato aquí, contigo. – Le respondo sin mirarle, notando como el rubor acude a mis mejillas.

–  Estás temblando, ¿tienes frío?

–  No, estoy asustada. – Le confieso. – Ese tipo se ha escapado de la cárcel hace tres horas y ya ha sabido dónde encontrarme. Tengo miedo, Ángel.

–  Ven aquí, no voy a dejar que nadie te haga daño. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me coloca sobre su regazo y me envuelve con sus brazos. Y, para tratar de hacerme sonreír, bromea: – ¿Tan insoportable soy que mi hermana te compadece?

–  Sí, un poquito. – Le digo sonriendo. – A Paula le gusta John y John también está loco por tu hermana, como habrás podido observar. John es un buen hombre y te aseguro que sus intenciones con tu hermana son de lo más respetuosas, es todo un caballero con las mujeres.

–  Y, ¿eso lo sabes por experiencia propia?

–  Ya te dije que entre John y yo nunca ha habido nada, siempre hemos sido amigos, nada más. – Le repito. – ¿Estás celoso?

–  No tengo ninguna razón para estarlo. – Me contesta con seriedad. – Es tarde, deberías dormir un poco y descansar.

Me lleva en brazos hasta la habitación de invitados y me deposita suavemente con los pies en el suelo, a un par de metros de la cama. Desaparece unos instantes y regresa con una camiseta de algodón bastante grande que me entrega para después añadir:

–  Espero que esto te sirva para dormir. Llámame si necesitas algo. Buenas noches.

–  Buenas noches, Ángel. – Le respondo con un hilo de voz.

Ángel se marcha cerrando la puerta detrás de sí, dejándome sola en la habitación de invitados tan fría e impersonal que me hace sentir peor de lo que ya me siento.

Olvidándome de todo, decido meterme en la cama y dormir. Puede que mañana cuando me despierte nada de esto haya pasado, puede que solo sea una pesadilla.

No tientes al diablo 12.

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El sábado por la tarde todos nos reunimos frente a nuestro edificio a las siete en punto, excepto Adrián, que ha tenido que doblar turno de nuevo en el hospital y no va a poder venir.

Por primera vez desde que lo conozco, veo a Ángel vestido con unos tejanos y una camisa negra en vez de con su caro traje de Armani. Tras saludarnos alegremente, nos dividimos en el coche de Ángel y en el de Álvaro. Álvaro se monta en su coche con Judith, Rubén y Sofía, Mientras que Paula, John y yo nos montamos con Ángel en su coche. Durante todo el camino, Paula habla animadamente, John y yo también participamos en la conversación, pero Ángel conduce en silencio.

Nada más llegar, nos dirigimos al improvisado bar del concierto donde pedimos unas cervezas. Cuando el concierto empieza, todos empezamos a bailar. Al principio, lo hacemos individualmente, pero cuando Pablo Alborán canta la canción “solamente tú” las parejas empiezan a formarse y todo el mundo baila muy agarrado a su pareja. Unas manos me rodean la cintura y, con un suave tirón, me colocan contra el resto del cuerpo. El propietario de esas manos y ese cuerpo es Ángel, que ahora sonríe.

–  Pero bueno, ¡si sabes sonreír! – Bromeo devolviéndole la sonrisa.

–  Sé hacer muchas otras cosas que te harán sonreír a ti. – Me susurra al oído.

–  Señor Ferreira, ¿se me está insinuando? – Le pregunto divertida. A veces, unas cuantas cervezas pueden resultar de lo más efectivas para desinhibirte y relajarte. – Como su abogada, debería advertirle que está pisando terreno peligroso.

–  Eso suena todavía más tentador. – Me susurra con voz ronca.

Bailamos al ritmo de la música, con la suave y dulce voz de Pablo Alborán en directo. Empiezo a cantar en susurros y Ángel me estrecha más contra su cuerpo, me abraza con más fuerza. Si no fuera porque sé cuál es su reputación, pensaría que está siendo romántico.

Cuando la canción termina, Pablo Alborán se despide y el concierto se acaba. Ángel y yo nos separamos prudentemente y yo evito mirarle a la cara. Me atrae demasiado como para poder pensar con sensatez cuando estoy con él, mucho menos si le tengo pegado a mí.

Decidimos ir a tomar algo y guiados por Paula acabamos en un karaoke. La cara de los chicos lo dice todo, ellos no tienen pensado cantar ni por todo el oro del mundo y yo estoy de su lado. Las únicas que parecen estar contentas de estar en un karaoke son Paula, Sofía y Judith. Judith, al verme la cara, me dice con su voz de niña buena:

–  Oh, Meg. Por favor, por los buenos tiempos. – Me guiña un ojo y añade riendo: – Tienes que cantar la misma canción, solo nos falta encontrar a Héctor.

Héctor es un novio que tuve poco antes de marcharme a Londres. Íbamos juntos al instituto y yo lo adoraba pero él ni siquiera sabía que existía. Un día coincidimos en un karaoke y salí a cantar “can’t fight the moonlight”, más conocida como la banda sonora de la película “El Bar Coyote”. En cuanto Héctor me vio subida al escenario cantando como si estuviera bajo la ducha de casa, con la seguridad que unas copas de más te dan, no pudo dejar de mirarme en toda la noche. Por desgracia, dos semanas después de aquel encuentro me fui a Londres y tal y como empezó nuestra relación, se acabó.

–  No pienso volver a subir a un escenario. – Sentencio.

–  ¿Tienes miedo de hacer el ridículo? – Bromea Rubén.

–  Si la estoy animando es porque sé muy bien que no va a hacer el ridículo. Aquella noche en el karaoke, además de ligarse al más buenorro del instituto, tres cazatalentos pretendían contratarla. – Me defiende Judith. – Meg canta muy bien, pero no le gusta cantar en público.

–  No puedes privarme de oírte cantar. – Se mofa John.

–  No pienso cantar, ¿me habéis escuchado? – Les repito molesta.

–  Deja que se beba un par de copas más y la haremos cambiar de opinión. – Le dice Judith a Paula provocando una risotada de John.

Paso de ellos y le pido una copa al camarero. Todos se ríen y piden sus copas convencidos de que acabaré cantando y yo me resigno porque sé que tienen razón. Con nuestras copas en la mano, nos sentamos en los sofás que hay cerca del escenario. Sin tiempo que perder, Sofía, Paula y Judith se apuntan en la lista para subir al escenario y cantar. Mientras nos bebemos nuestras respectivas copas, pedimos más mientras vemos y oímos cantar a Sofía, Paula y Judith. Cantan bastante bien y las tres se llevan un efusivo aplauso del público.

Todos vuelven a insistir en que cante, todos menos Ángel que está más interesado en otra cosa y le pregunta a Judith:

–  ¿Quién es ese tal Héctor?

–  Era un Dios en nuestro instituto. Una noche, Meg subió al escenario de un karaoke a cantar y él en cuanto la vio se enamoró de ella. – Le dice Judith mirándome burlonamente. – Fue una lástima que Meg se marchara a Londres dos semanas después. – Se vuelve hacia a mí y añade: – De vez en cuando coincido con Héctor en algún acto social y siempre me pregunta por ti, se llevará una sorpresa cuando se entere de que has vuelto para quedarte.

Le lanzo una mirada de advertencia a Judith, no me gusta que esté intentando poner celoso a Ángel y mucho menos que le cuente mi vida, aunque a él no parece importarle en absoluto. Incluso parece divertido al escuchar las anécdotas que Judith cuenta sobre mí.

–  Parece que tienes admiradores por todas partes. – Me susurra Ángel al oído.

–  No creas todo lo que te dicen, la gente tiende a exagerar. – Le contesto sonriendo.

–  Te he oído cantar en el concierto mientras bailábamos, no lo haces nada mal. – Comenta Ángel sin dejar de sonreír. – ¿Por qué no quieres cantar?

–  Necesito estar un poco más borracha, creo que tengo miedo escénico. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Algún día cantarás para mí?

–  El mismo día que tú cantes para mí. – Bromeo sabiendo que él jamás cantará.

–  ¿Me estás retando? – Me pregunta divertido.

–  Ya sabes que me encanta tentar al diablo, nene. – Le respondo sonriendo utilizando sus propias palabras. Si quería guerra, la iba a tener.

Diez minutos más tarde, escucho mi nombre por megafonía, alzo la  vista y un tipo que hay sobre el escenario me dice:

–  Megan, no te hagas la remolona y ven a cantar.

Consciente de que no tengo escapatoria, decido levantarme y encaminarme hacia el escenario, pero antes le susurro a Ángel en el oído:

–  Disfruta de la actuación, nene. Será la primera y la última que me veas subida a un escenario.

Subo al escenario y empiezo a cantar la canción del Bar Coyote, lo que no me deja ninguna duda de que ha sido Judith la que ha apuntado mi nombre en la lista del karaoke.

Canto y bailo segura de mí misma, a pesar de que hacía años que no cantaba con tanto público y mucho menos en un karaoke. Ángel no me quita ojo de encima y, cuando un par de borrachos tratan de alcanzarme, Ángel se coloca a mi lado y me rodea por la cintura, bailando conmigo al ritmo de la música mientras yo continúo cantando.

Cuando la canción termina, todos los que están en el local nos aplauden y vitorean, pidiendo que cantemos un dueto, pero Ángel me coge del brazo y me saca del escenario tirando de mí hasta llegar a donde habíamos estado sentados antes. Rubén, que como el resto se han percatado de lo ocurrido, es el único que se atreve a hablar y le dice a Ángel:

–  Colega, creo que es la primera vez que te veo bailar. ¿Desde cuándo bailas?

Ángel se encoge de hombros y sonríe tímidamente. Creo que incluso se ruboriza un poco, pero rápidamente les distrae a todos cambiando de tema:

–  No ha estado mal el concierto, pese a que mi idea de ir a un concierto es totalmente distinta a lo que hoy he vivido. No es que no me haya gustado, pero estoy acostumbrado a que los conciertos sean algo más animados.

–  ¿A caso insinúas que no te lo has pasado bien? – Le pregunta Paula con sorna.

–  A mí me ha parecido que se divertía bastante hace un momento. – Apunta Judith.

–  ¡Menudo carácter tienen las españolas! – Exclama John sacando del atolladero a Ángel y relajando un poco el ambiente.

Cambian de tema y todos continúan hablando. Todos excepto Ángel, que ha vuelto a poner su cara de tipo serio y aburrido y se ha olvidado por completo de que existo.

Finalmente, decidimos regresar a casa tal y como hemos venido, repartidos en dos coches. John, Paula y yo nos montamos con Ángel en su coche.