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No tientes al diablo 11.

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Comento con Ryan y con John los puntos en los que lo he bordado y en los que he podido hacerlo mejor, tranquilizo a Judith que se ha asustado temiendo que pudiera tener un accidente y observo a Paula hablar por teléfono a unos metros de distancia.

Ryan tiene que marcharse y se despide de nosotros amablemente, prometiendo que en cuanto pueda regresará y ambos competiremos en una carrera. Cuando Paula termina de hablar por teléfono, se une a la despedida y, cuando estamos los cuatro montados en el coche, nos dice:

–  Tengo un pequeño problema. – Todos la miramos esperando que continúe hablando y ella no se hace de rogar: – Había quedado para cenar con Ángel y acaba de llamarme. Le he dicho dónde estábamos y, no sé cómo, se ha dado cuenta de que había bebido y ha montado un poquito en cólera, sobre todo cuando le he dicho que estaba viendo como Meg conducía un Ferrari y que creía que se iba a matar… – Se vuelve hacia a mí y añade: – Te juro que no lo he hecho queriendo, simplemente no he sabido actuar e inventarme algo para excusarme.

–  No entiendo cuál es tu problema, tú no has hecho nada que tu hermano te pueda reprochar. – Le dice John quitándole importancia al asunto. – En cuanto a lo de cenar con tu hermano, creía que tú y yo teníamos una cita esta noche.

–  Y la tendremos, siempre y cuando Megan se encargue de distraer a mi hermano mientras nosotros nos fugamos. – Le dice Paula divertida.

–  Lo siento, pero no contéis conmigo. – Les advierto.

–  Venga Meg, por los viejos tiempos. – Me anima John. – Recuerda cuantas veces te he cubierto yo, incluso llegué a pasar una noche en el calabozo por ti.

–  Eso es chantaje emocional. – Protesto.

–  Venga Meg, Álvaro y yo estaremos con vosotros, así no estaréis solos. – Termina por convencerme Judith.

–  De acuerdo pero, si acabamos matándonos, solo vosotros seréis los responsables. – Les acuso tratando de que se sientan culpables pero sin éxito alguno.

–  ¿Cuántas veces te has acostado con él? – Me pregunta John de sopetón. – No me mires así, sé de sobra que os habéis acostado juntos, no hay más que observar como os miráis y lo celoso que parecía estar Ángel en el restaurante el pasado lunes. Supongo que él es el tipo con el que has roto todas las reglas que existen, incluso la de no mezclar trabajo y placer. – Se mofa John.

–  No tiene gracia, ya te dije que se suponía que no debía volver a verle. – Le replico.

–  Pues me da a mí que él no está por la labor de dejar de verte. – Me dice con sorna.

–  Creo que es la primera vez que veo a mi hermano interesado de verdad en una chica. – Comenta Paula mientras una descarga eléctrica recorre mi cuerpo.

–  Será mejor que os calléis si no queréis que Meg salga huyendo. – Les advierte Judith. – Creo que la estáis asustando.

–  Como se os ocurra decir alguna gilipollez delante de él o simplemente mencionar el tema, os mataré con mis propias manos, ¿me habéis entendido? – Les amenazo.

Dicho eso, nadie vuelve a mencionar el tema de nuevo en todo el camino. Paula guía a John que conduce siguiendo sus indicaciones hasta llegar al restaurante donde Paula y Ángel habían quedado. Aparcamos frente a un bar situado a las afueras de la ciudad. Es un bar tranquilo y sencillo, nada de lujos ni de cinco tenedores, pero con un encanto especial. Paula camina decidida atravesando el local y dirigiéndose a la terraza trasera mientras todos la seguimos. Cuando salimos a la terraza, nos encontramos a Ángel, Álvaro, Adrián, Rubén y Sofía sentados en una de las mesas y tomando una cerveza. La cara de Ángel es un poema y la de Álvaro tampoco se queda atrás, pero su enfado desaparece en cuanto Judith le besa en los labios. Paula y Ángel intercambian una desafiante mirada y yo decido quitarme de en medio y saludar a Rubén, Sofía y Adrián. Adrián rápidamente me empieza a hablar y yo me animo con tal de evitar mirar y hablar con Ángel, no estoy dispuesta a que se enfade conmigo porque su hermana se vaya a cenar con mi amigo y le deje plantado, tendrá que asumirlo.

–  Quedamos mañana en frente del edificio de Judith y Megan a las siete en punto. – Empieza a decir Paula después de sostenerle la mirada a su hermano durante unos minutos. – Al final somos nueve, así que podemos ir en dos coches.

–  Genial, pues nos vemos mañana frente a mi casa. – Le dice Judith.

–  Buenas noches, chicos. – Se despide Paula. – Megan, te devolveré la ropa en cuanto la lave.

–  No te preocupes por la ropa. – Le respondo sonriendo. – Diviértete.

Paula me abraza a modo de despedida y me susurra al oído:

–  Ten paciencia con mi hermano, si tiene esa cara de póker es porque en el fondo siente algo por ti, pero aún no se ha dado cuenta.

–  Lárgate ya. – La apremio. – Y recuerda que me debes una y de las grandes.

Ángel no pierde detalle de nuestra conversación mientras continua mirándonos con su cara de póker, cómo dice Paula. Ella y John se despiden de todos y desaparecen. Rubén y Sofía se quedan un rato más pero también terminan marchándose. Al final, nos quedamos solo Álvaro, Judith, Adrián, Ángel y yo para cenar. Es un bar de tapeo y me pongo morada. ¡Me encanta poder ir de tapas y a esta hora!

–  ¿Cuánto tiempo llevas sin comer, Meg? – Bromea Adrián al verme comer.

–  Como en todo momento pero siempre tengo hambre, como no me apunte rápido a un gimnasio me voy a poner como un tonel. – Bromeo. – Creo que debo empezar con mi rutina y salir a correr unos kilómetros por las mañanas.

–  ¿Solías salir a correr en Londres? – Me pregunta Adrián.

–  Todos los días, es una buena forma de quemar adrenalina. – Le respondo. Judith me sonríe, buscando el doble sentido de mis palabras.

–  Es una buena forma de quemar adrenalina, pero prefiero otras más placenteras. – Me dice Adrián sonriendo pícaramente.

Judith y Álvaro estallan en carcajadas. ¿Es que estos dos, los que se suponen que son nuestros amigos, se ríen de nosotros? Desde luego, la situación es para echarse a reír o a llorar. Ángel está hecho una furia, está claro que hoy no es su día. Adrián, ajeno a todo, coquetea conmigo constantemente y la recién estrenada pareja se lo pasa en grande mofándose de nosotros.

Tras cenar, Adrián se despide de nosotros ya que mañana tiene que madrugar porque le toca el turno de mañana en el hospital. Judith y Álvaro continúan a lo suyo, besándose e ignorándonos. Ángel, que se ha relajado un poco desde que su hermano se ha ido, me pregunta:

–  ¿Hay algo entre mi hermana y John Black?

–  Eso deberás preguntárselo a ella. – Le respondo con la misma frialdad con la que él me ha estado tratando toda la noche.

–  Puedes estar segura de que se lo preguntaré. – Me responde. – Respecto a mi hermano, prefiero que te mantengas alejada de él.

–  ¿Perdona? – Le pregunto incrédula.

–  ¿Quieres acostarte con mi hermano?

–  ¿Qué? – Estoy tan aturdida y furiosa que no sé si echarme a reír o directamente partirle la cara. – No sé cuál es tu problema, pero con quien me acuesto o me dejo de acostar es asunto mío, ¿de acuerdo?

–  Si te acuestas conmigo, al día siguiente te acuestas con otro que hoy probablemente se acueste con mi hermana y encima coqueteas con mi hermano, ¿qué quieres que piense? – Me espeta furioso. – ¡Solo te falta acostarte con mi padre!

Como si de un acto reflejo se tratara, mi mano sale disparada hasta impactar en su rostro, dejando boquiabiertos a Álvaro y Judith, que estaban ensimismados y solo han reaccionado al escuchar el sonido de la bofetada. Ángel me mira furioso, sus ojos están completamente nublados y, por primera vez desde que lo conozco, siento verdadero terror por su posible reacción.

–  ¡Megan! – Me regaña Judith sorprendida por mi reacción.

–  Me voy a casa, os veo mañana. – Les digo a Judith y Álvaro.

Y, sin despedirme de Ángel, me levanto, dejo un billete de veinte euros sobre la mesa y me dispongo a marcharme del local. Una vez en la calle respiro con más tranquilidad y me acerco a la carretera esperando encontrar un taxi libre cuando alguien me agarra del brazo y me gira ciento ochenta grados.

–  ¿A dónde vas? – Me pregunta Ángel furioso, apretándome el brazo con fuerza. – ¿Crees que puedes darme una bofetada y largarte sin más?

–  Suéltame, gilipollas. – Siseo furiosa. – ¿Quién te has creído que eres tú? ¿A caso crees que tienes algún derecho para opinar sobre mi vida sexual? Creo recordar que habíamos quedado en mantener una relación estrictamente profesional, era la condición que había puesto para continuar trabajando contigo.

–  ¡Joder, Megan! – Protesta. – ¿Qué cojones quieres que piense? Pasaste la noche conmigo y al día siguiente la pasaste con John Black.

–  No tengo que darte ninguna explicación, ni siquiera te la mereces. – Le espeto. – Aun así, te diré que, por si no te has dado cuenta, John y yo somos amigos, nunca nos hemos acostado juntos y ahora mismo está cenando con tu hermana. ¿De verdad crees que dejaría que se fueran juntos a cenar si yo estuviera con John? No me considero una mujer celosa, pero soy hija única y no me gusta compartir.

–  ¿Eso es una advertencia? – Me pregunta socarronamente.

–  ¿Tienes algún trastorno de personalidad o simplemente pretendes volverme loca?

–  Pretendo volverte loca, pero no de la manera que piensas. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me empuja contra la fachada del edificio y deja sus labios a escasos centímetros de los míos. Acerca todavía más mis labios a los suyos, a un milímetro de distancia, y añade con la voz ronca: – Deja de provocarme constantemente o…

–  ¿O qué? – Le pregunto con picardía y, sonriéndole lascivamente, añado: – ¿Vas a castigarme por ser una niña mala? ¿Vas a darme unos azotes?

–  No tientes al diablo, nena. – Me susurra excitado.

Estamos a punto de besarnos cuando Álvaro y Judith salen del local e instintivamente Ángel y yo nos separamos el uno del otro. Judith me mira preocupada, no sabe lo que está pasando y teme que alguno de los dos hagamos una tontería.

–  ¿Va todo bien? – Pregunta Álvaro preocupado.

–  Sí, nos estábamos despidiendo. – Miento. Veo pasar un taxi con la luz verde y le hago una señal para que pare. Antes de montarme en el taxi, me vuelvo hacia a Judith y le digo: – Te veo en casa.

Mientras me alejo en el taxi, puedo ver por el retrovisor como Ángel sonríe y automáticamente se dibuja una sonrisa en mis labios. ¡Parecemos dos adolescentes!

Una vez en casa, me meto en la cama y  pienso en todo lo que me habían dicho Judith y Paula. Ángel no repite con ninguna mujer, no lleva a mujeres a su casa. John también ha dicho que parecía celoso en el restaurante. ¿Realmente estaba furioso o simplemente estaba molesto porque creía que al día siguiente me había tirado a John y había dañado su ego masculino? Pasa de estar furioso a juguetón en cuestión de segundos, nunca sabes por dónde te va a salir. Es un hombre complicado. Y los lazos que tenemos en común nos unen demasiado como para hacer todo esto aún más complicado.

No tientes al diablo 10.

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El jueves mi padre regresa de Madrid y le pongo al día sobre el acuerdo al que han llegado John y Ángel. Cuando le llamé por teléfono para explicarle la curiosa situación en la que me había visto, mi padre no pudo más que reír. Le expliqué que conocí a Ángel la misma noche que llegué a Barcelona y que me encontré con John en el Burger King. Obviamente, omití el pequeño detalle de que me había acostado con Ángel. A mi padre le ha hecho mucha gracia que los tres nos encontráramos en la reunión, pero eso es solo porque no ha visto la tensión que se creó en el despacho de Ángel o más tarde en el restaurante cuando nos encontramos con John.

Trato de convencerlo para que sea él personalmente quien gestione todo lo relacionado con la agencia de Ángel y Álvaro, pero mi padre no está por la labor:

–  Meg, he intentado hacer entrar en razón al testarudo de Ángel y a ti te ha escuchado y, lo más importante, ha seguido tu consejo. Creo que deberías encargarte tú, a menos que él desee lo contrario.

–  De acuerdo, entonces. – Le contesto segura de que Ángel querrá que sea mi padre quien continúe ocupándose de sus asuntos.

Esa noche, mientras estoy con Judith acomodada en el sofá y viendo una de esas comedias románticas que tanto nos gustan, mi móvil empieza a sonar. No reconozco el número, pero aun así decido contestar.

–  ¿Sí?

–  ¿Por qué no quieres trabajar conmigo? – Oigo la voz de Ángel al otro lado del teléfono. – Tu padre me ha dicho que preferías que fuese él quien se encargara del asunto.

–  Ángel, creo que…

–  Lo sé, me estoy saltando todas tus malditas normas. – Me interrumpe furioso. – Me pediste que me comportara de manera profesional y espero que tú hagas lo mismo. Quiero que seas tú la que se encargue de los asuntos legales de la agencia. Establece un periodo de prueba y, si pasado un tiempo coherente crees que no me comporto contigo como debo, siempre puedes traspasar la gestión a cualquier otro abogado del bufete. ¿Qué me dices?

–  Con esas condiciones, supongo que no puedo negarme. – Cedo finalmente.

–  ¿Nos vemos mañana para comer y lo hablamos con más calma?

–  Mañana no puedo y, además, no empiezo a trabajar oficialmente hasta el lunes.

–  Entonces, nos vemos el sábado en el concierto. Buenas noches. – Me dice antes de colgar.

Judith, que ha pegado su oreja al teléfono para enterarse de la conversación, se echa a reír a carcajadas y yo me uno a ella.

El viernes a mediodía, Judith y yo quedamos en casa para comer con Paula y hablar de cómo vamos a quedar para el concierto de mañana. Nos bebemos entre las tres una botella y media de vino comiendo y otra de Baileys después de comer, por lo que estamos bastante achispadas siendo tan solo las cinco y media de la tarde.

Paula me estudia con la mirada del mismo modo que lo hace Ángel, aunque su mirada es dulce y no incómoda como la de su hermano.

–  Pregunta lo que sea, pero deja de mirarme así. – La animo.

–  ¿Te has tirado a Ángel? – Me pregunta con naturalidad, como quién pregunta si he comprado pan.

Me atraganto con el Baileys al escucharla y Judith se echa a reír a carcajadas.

–  ¡Qué fuerte! – Exclama Paula entre risas. – Sabía que había algo entre vosotros y, cuando anoche se lo pregunté, me lo negó en rotundo. Me dijo que tú eras solo la abogada de su empresa y que dejara de decir estupideces. ¡No me lo puedo creer! – Ríe con más fuerza. – No sé a qué estáis jugando, pero mi hermano nunca mezcla el placer con los negocios y contigo…

–  No estamos jugando a nada. – La corto. – Nos acostamos la primera noche y ninguno de los dos sabía exactamente quién era el otro y mucho menos que tendríamos que trabajar juntos.

–  ¡No sabes lo mejor! – Le dice Judith a Paula. – ¡Se la llevó a su casa! ¡La primera noche!

–  ¿Qué? – Pregunta Paula sorprendida. Se vuelve hacia a mí y añade dejando de reír: – Esto es más serio de lo que pensaba, Meg. Mi hermano considera su casa como un templo, allí no entran mujeres, salvo mi madre y yo. Si te ha llevado a su casa…

–  Si me llevó a su casa fue porque necesitábamos un poco de intimidad y el coche no era una opción aceptable. – Vuelvo a cortarla. – ¿Podemos dejar de hablar del tema? Solo fue una noche de sexo, nada más. – Les aclaro. – Y no volverá a ocurrir, ¿de acuerdo?

No sé si es por el alcohol o simplemente porque no me toman en serio, el caso es que ambas se miran divertidas y comienzan a reír de nuevo.

Estoy a punto de mandarlas a la mierda cuando mi móvil empieza a sonar y contesto sin mirar siquiera quién llama mientras ellas continúan riendo:

–  ¿Sí?

–  Meg, tengo una sorpresa que te va a encantar. – Me dice John. – Un amigo me ha invitado a pasar la tarde en Montmeló y nos va a dejar conducir su Ferrari en el circuito. ¿Quieres venir?

–  ¡Sí, sí y sí! – Contesto saltando como una niña pequeña. – ¡Sí quiero!

–  Cariño, te estoy ofreciendo pasar la tarde conmigo, no el resto de nuestras vidas. – Bromea John divirtiéndose con mi respuesta. – Ha sonado como si hubieras aceptado casarte conmigo.

–  En este momento, me casaría contigo sin dudarlo. – Le contesto divertida, consiguiendo la atención total de Judith y Paula que me miran enarcando las cejas. Apiadándome de ellas, le digo a John: – John, estoy con Judith y Paula, ¿hay algún problema si vamos las tres?

–  Ninguno, me encanta estar rodeado de bellezas y vosotras sois tres diosas. – Me dice John, tan halagador como siempre. – Paso a buscaros en media hora, ¿estás en casa?

–  Así es, estamos las tres en casa. – Le contesto.

–  Genial, en media hora os espero en la puerta del edificio. – Me dice John antes de colgar.

Cuando les cuento a las chicas el plan de esta tarde, todas nos emocionamos. Las tres nos cambiamos de ropa, nos ponemos unos shorts tejanos y unas camisetas de tirantes con unas zapatillas deportivas. Como Paula y yo tenemos la misma talla y somos de la misma altura, le dejo la ropa necesaria para que vaya cómoda y ella se muestra encantada. Apenas la conozco, pero me cae muy bien y Judith me ha dicho que es siempre así de encantadora y me inspira la misma confianza que tengo con ella.

Media hora más tarde, las tres estamos subiendo al coche alquilado de John, un BMW X6 de color negro, con asientos tapizados en cuero de color crema. John nos saluda alegremente y me percato de cómo se miran él y Paula, entre ellos saltan chispas. Le doy un codazo a Judith para que se dé cuenta ella también y ambas nos reímos mientras John y Paula nos mira sin entender qué nos pasa.

–  ¿Habéis estado bebiendo? – Nos pregunta John cuando nos subimos al coche y las tres empezamos a hablar y a reír como locas.

–  Solo un poquito. – Le contesto poniendo cara de no haber roto un plato en la vida. – Y hemos dejado de beber inmediatamente después de hablar contigo por teléfono.

–  A ver si lo entiendo, te llevo a Montmeló a conducir un Ferrari en el circuito y tú ¿estás borracha?

–  ¡No estamos borrachas! – Protesta Paula ofendida. – Bueno, puede que un poquito. ¡Pero si estamos así es por tu culpa!

–  ¿Por mi culpa? – Le pregunta John divertido mientras Judith y yo disfrutamos de la función. – ¿Tengo yo la culpa de que estéis “un poquito” borrachas?

–  ¡Sí! – Le contesta Paula dignamente. – Si nos hubieras avisado con tiempo, esto no habría pasado.

–  Tienes razón. – Le dice John sonriendo. – Y, para compensarte, quiero invitarte a cenar esta noche, ¿qué te parece?

–  Me parece bien, pero no puedo asegurarte que, para entonces, deje de estar borracha. – Le contesta Paula divertida. – Puede que lo aparente, pero en cuanto me beba una copa volveré a estar igual.

–  Quién avisa, no es traidor. – Sentencia John. – Me gustas, muñeca.

Paula se pone roja como un tomate mientras Judith y yo no podemos dejar de reír.

Cuando llegamos al circuito, todas ya estamos más calmadas, aunque el brillo de nuestros ojos nos delata y John no acaba de convencerse de que habernos traído aquí en nuestro estado es una buena idea.

–  Vosotras dos no corréis. – Les dice John a Judith y Paula. – En vuestro estado y sin estar seguro de cómo reaccionáis al volante, no pienso arriesgarme y llevarme un disgusto.

–  ¿Por qué Meg si puede? – Le pregunta Judith enfurruñada.

–  Porque Meg está acostumbrada a conducir extremadamente bajo los efectos del alcohol y la he visto más borracha conducir por las calles de Londres poniendo en jaque a la policía. – Les informa. – Confío plenamente en su capacidad para conducir.

–  Pues creo que eres el único. – Susurra Judith mofándose.

–  Te he oído. – Le advierto.

De nuevo nos echamos a reír mientras John nos mira ladeando la cabeza, lamentando habernos traído, pero también encantado de divertirse en nuestra compañía.

Ryan, el amigo de John llega a la hora indicada y, tras saludarnos y ordenarnos que nos pusiéramos un mono al más estilo Fórmula 1, nos explica cómo va el volante, las marchas y el resto de botones del Ferrari. John y yo prestamos atención mientras asentimos con la cabeza a todo lo que dice, a pesar de que ambos ya sabemos todo lo que nos está diciendo.

John es el primero en conducir el Ferrari y lo hace bajo nuestra atenta mirada. Desde los controles monitorizados, Ryan y yo vemos todas sus vueltas y comentamos los pequeños errores de conducción que comete y que le hacen perder estabilidad y, en consecuencia, le hacen frenar e ir más lento. Ryan se muestra encantado de poder hablar con alguien sobre la carrera de John, ya que Judith y Paula se han puesto a hablar de hombres y sexo y han decidido desentenderse de la carrera.

Cuando llega mi turno, me subo al coche y me concentro en la carretera, dejando atrás cualquier otro pensamiento que no había dejado de acompañarme desde que llegué. Conducir siempre me ha transmitido libertad, incluso lo utilizo como terapia para relajarme. Pero desde que llegué no he conducido y lo estaba echando mucho de menos.

No sé cuánto rato me he pasado conduciendo el Ferrari cuando aparco frente a John y Ryan. Ambos sonríen y alaban mi manera de conducir mientras Judith y Paula están pálidas de la impresión. Ellas no están acostumbradas a que la gente conduzca así y se han preocupado más de lo que han disfrutado.

No tientes al diablo 9.

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Recojo los documentos y los guardo en mi maletín, decidida a echarles un vistazo más tarde y estudiar el caso en profundidad. Ángel sigue mirándome furioso, esperando algún tipo de explicación (aunque no sé sobre qué, la verdad) y yo sigo fingiendo no enterarme de nada. Saber hacerse la tonta puede venir muy bien en determinados momentos.

Me pongo en pie dispuesta a marcharme cuando alguien llama de nuevo a la puerta del despacho y entran Paula y Judith riendo a carcajadas seguidas por Álvaro, que pone los ojos en blanco, aburrido.

–  ¡Megan! – Grita Paula cuando me ve y corre a abrazarme. – Dios, acabo de conocer a tu amigo John, no me extraña que el domingo tuvieras esas ojeras, si yo hubiera pasado la noche con él te aseguro que no la hubiera desperdiciado durmiendo.

–  Si llego a saber que John está así de cañón, hubiera salido contigo. – Me confiesa Judith, aunque la escuchamos todos.

–  Ejem, ejem. – Finge toser Álvaro para llamar nuestra atención y añade ruborizándonos: – Joder, ¡y luego dicen que los hombres somos mujeriegos e infieles!

–  Cariño, solo bromeábamos. – Se defiende Judith y, tras mirarnos a Paula y a mí, nos pregunta guiñándonos un ojo con complicidad: – ¿Verdad, chicas?

–  Puede que tú bromearas, pero yo me acabo de enamorar. – Confiesa Paula. – Lástima que esté con Meg, de lo contrario no le dejaba escapar.

–  ¿A qué habéis venido? – Sisea Ángel visiblemente furioso.

–  Chico, ¡qué carácter! – Se mofa Paula de su hermano. – Siento decepcionarte, pero no hemos venido a verte a ti, hemos venido a ver a Megan. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Tenemos que hablar de lo del concierto y, al comentarlo con Judith y decirme que estabas aquí, hemos pensado en venir a buscarte y salir a comer juntas, ¿te apetece?

–  No puede. – Contesta Ángel por mí y todos nos quedamos mirándole sorprendidos. Le desafío con la mirada, retándole. Finalmente, Ángel añade con un tono más suave pero igualmente furioso: – Megan y yo tenemos que arreglar unos asuntos del contrato.

–  ¿Tiene que ser ahora? – Le pregunta Paula.

–  Creo que lo mejor es que vayamos todos juntos a comer y continuéis con vuestros asuntos por la tarde, cuando tengáis el estómago lleno. – Media entre nosotros Álvaro.

Los cinco salimos de la oficina y nos dirigimos a un restaurante que hay a un par de manzanas de distancia de la oficina de Ángel y Álvaro. Judith y Álvaro caminan abrazados, sonriéndose y besándose constantemente. Detrás de ellos vamos Paula y yo, ella hablando de lo guapo que es John y de lo bien que nos lo vamos a pasar en el concierto y yo la escucho sin poder dejar de pensar en el hombre que camina detrás de mí, sintiendo su furiosa mirada en la nuca y deseando que me acorrale contra la pared, me bese y me haga el amor como me lo hizo en su casa.

Comiendo en el restaurante, Ángel continua con la misma cara de pocos amigos mientras el resto nos divertimos y bromeamos. Paula continua hablando sobre el concierto:

–  Al final me van a sobrar un montón de entradas porque nadie puede venir.

–  ¿A quién has invitado? – Le pregunta Judith.

–  De momento, vamos tú, Meg, mi hermano Adrián y yo.

–  ¿Adrián también va? – Pregunta Ángel.

–  En cuanto se enteró de que Meg iba a venir, se apuntó. – Le contesta Paula encogiéndose de hombros. – ¿Por qué no venís con nosotras?

–  Yo me apunto. – Asiente Álvaro y Judith le besa en los labios.

–  Ya somos cinco. – Cuenta Paula. – ¿Tú qué dices, Ángel?

–  Claro, ya sabes que me encanta hacer de niñera. – Responde Ángel con sarcasmo.

Me contengo para no mandarlo a la mierda, pero Paula se me adelanta:

–  ¿Se puede saber qué te pasa? Parece que te hayan metido un palo por el culo. ¿Desde cuándo no follas? Creo que deberías llamar a alguna de tus muchas amiguitas para que intente quitarte la cara de amargado que tienes.

Todos nos quedamos en absoluto silencio mientras los dos hermanos se retan con la mirada, sin que ninguno dé su brazo a torcer. Por suerte, John aparece a mi lado como por arte de magia y dice alegremente:

–  El destino se empeña en cruzar nuestros caminos.

–  ¡John! – Exclamo divertida. – ¿Debo empezar a sospechar que me estás espiando?

–  Regreso a Londres el lunes a primera hora, ¿te apetece que quedemos el sábado? – Me propone.

–  El sábado voy a un concierto de Pablo Alborán pero, si te gusta y estás dispuesto, nos encantaría que vinieses. – Le propongo divertida al pensar en la cara que se le ha puesto a Paula. – ¿Tienes una entrada de sobra, verdad Paula?

–  Por supuesto, incluso puedes traer un amigo. – Le propone Paula. Y, coquetamente, añade: – Eso sí, no puedes traer a una chica porque solo dejan entrar a tres chicas por grupo y ya somos tres.

Increíble el descaro de Paula coqueteando con John delante de todos. No puedo evitar reírme y John me mira sorprendido, no está acostumbrado a que las chicas coqueteen con él con tanto descaro, en Londres las mujeres son demasiado educadas para proponer algo así. Le sonrío a John con complicidad para que se relaje y parece causar efecto.

–  Es imposible negarme a la proposición de dos bellezas como vosotras, por supuesto que iré. – Nos contesta John con galantería y todos nos reímos.

Todos excepto Ángel. ¡Este hombre nació con sesenta años! Solo lo he visto relajarse y divertirse haciendo el amor y… Oh, no. ¡Mierda! Tengo que borrar ese recuerdo de mi mente, o al menos bloquearlo para que solo emerja cuando esté en la soledad de mi habitación. ¡Dios, me estoy ruborizando!

–  ¿Estás bien? Te estás ruborizando. – Me susurra John al oído devolviéndome a la realidad. Le miro a los ojos y le sonrío, haciéndole entender que se trata de una larga historia y él me comprende pero, aun así, me dice divertido: – Señorita Moore, tenemos una conversación pendiente.

–  Y la tendremos, pero solo en presencia de mi abogado. – Bromeo siguiéndole el juego.

Ángel deja caer su mano sobre la mesa haciendo más ruido del necesario y todos nos percatamos, incluido John que me mira divertido ante tal descubrimiento, pero ninguno comentamos nada al respecto. John se despide educadamente de todos y se marcha a su mesa con su acompañante.

Después de comer, Paula se va a casa a estudiar, Álvaro y Judith se van a casa de Álvaro a hacer lo que hacen las parejas sobre todo cuando empiezan a salir, y Ángel y yo regresamos a su oficina para continuar con el contrato, aunque no entiendo por qué quiere que lo hagamos juntos cuando se supone que debo hacerlo yo sola. ¿Es que no se fía que respete sus instrucciones o se cree que soy demasiado tonta para poder redactar un puñetero contrato?

Entramos en su oficina y la pelirroja gilipollas de recepción dibuja una sonrisa de oreja a oreja en su rostro para saludar a Ángel mientras que a mí me dedica una mirada de odio. No puedo evitar devolverle una encantadora y falsa sonrisa, consiguiendo que ella me mire con más odio.

Camino detrás de Ángel hasta llegar a su despacho, donde él cierra la puerta una vez estamos dentro y, con una mirada furiosa y un tono de voz que da miedo, me espeta:

–  ¿A qué coño estás jugando, Megan?

–  Tendrás que decirme cuál se supone que es mi juego para poder saber a qué te refieres. – Le contesto empezando a agotar mi paciencia.

–  ¿Te has acostado con John?

–  ¿Qué clase de pregunta es esa? – Le reprocho. – ¿Acaso yo te he preguntado si te has acostado con la pelirroja de recepción o con alguna otra?

–  No me he acostado con Vanesa, la pelirroja de recepción, como tú la llamas. – Me contesta curvando un poco la comisura de sus labios, intentando ocultar una sonrisa. – Aunque es obvio que sí he estado con muchas otras.

–  Me alegro de que tu vida sexual sea tan activa, pero no creo que sea algo de lo que debamos hablar ni preguntarnos. – Le recuerdo. – No puedes poner unas condiciones y luego romperlas.

–  Si John Black nos ha dado tiempo para presentarle otra propuesta es por ti, solo trato de averiguar qué clase de relación tienes con él para saber a qué atenerme.

–  No sé qué te estás imaginando, pero te aseguro que ni John es de los que se deja convencer por echar un polvo ni yo pienso acostarme con él para que tu empresa se lleve la cuenta. – Le aclaro ofendida y, hecha una furia, añado antes de marcharme: – Hablaré con mi padre para que él se encargue de todo cuando regrese de Madrid.

Salgo del despacho sin despedirme, dejándolo allí mirándome aturdido y con la boca abierta. ¿Quién se ha creído que soy?

Regreso a casa echando humo por las orejas. Es increíble cómo puede llegar a sacarme de quicio este hombre y a la vez excitarme tanto. ¿Me estaré volviendo loca?

Estoy demasiado nerviosa y frustrada, así que decido llenar la bañera, poner unas velas aromáticas y relajarme dándome un largo baño de espuma.

No tientes al diablo 8.

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Odio madrugar. Tengo muy mal humor por las mañanas, sobre todo cuando no son ni las ocho. Y aquí estoy, en el ascensor del edificio donde en la última planta se encuentra la empresa de publicidad del hijo de los Ferreira, vestida con un vestido rosa palo ceñido al cuerpo y una chaqueta torera de manga 3/4 del mismo color del vestido, combinado con unos zapatos negros con tacón de aguja. Al salir del ascensor, echo un rápido vistazo a la planta donde está situada la oficina. Tiene un amplio hall, una bonita pero profesional decoración y todo tiene aspecto de ser muy caro. No le debe ir nada mal porque el alquiler de una oficina en un edificio céntrico y lujoso como éste debe costar bastante.

Me acerco a la chica de recepción y le digo:

–  Soy Megan Moore, el señor Ferreira me está esperando.

La pelirroja me mira de arriba abajo y, sin decirme nada, coge el teléfono y anuncia mi llegada. Tras escuchar indicaciones por el auricular, cuelga el teléfono y, sin mirarme a la cara, me dice:

–  El señor Ferreira la recibirá en su despacho, puede pasar.

Estoy a punto de preguntarle dónde está su maldito despacho a la gilipollas de la pelirroja cuando oigo la voz de Álvaro a mi espalda:

–  Megan, ¿qué estás haciendo aquí?

–  Álvaro. – Murmuro sorprendida de encontrarlo aquí. – Oh no.

–  ¿Qué ocurre? – Me pregunta preocupado al ver mi cara.

–  Dime que esta no es tu agencia.

–  Pues claro que es mi agencia, ¿por qué? – Me pregunta Álvaro sin entender nada. – Megan, ¿has venido a ver a Ángel?

–  No, bueno sí.

–  ¿En qué quedamos?

–  Joder, mi padre no ha podido venir a una reunión y me ha mandado a mí, pero no sabía que esta era vuestra empresa y, de haberlo sabido, te aseguro que no estaría aquí. – Al ver que Álvaro tuerce el gesto ante mis palabras, le aclaro: – No te ofendas, no es nada personal. Es… Es complicado.

–  Un momento, ¿eres la hija de Frank Moore? – Me pregunta Álvaro divertido.

–  Así es. – Le respondo.

–  ¡Qué fuerte! Te acompaño al despacho de Ángel, no me perdería su cara al verte ni por todo el oro del mundo. – Se mofa. – Por cierto, el hermano de Ángel no deja de hablar de ti y Gloria está convencida de que serías la nuera perfecta. Ya verás que cara pone cuándo te vea entrar en el despacho…

–  Basta ya. – Le interrumpo furiosa. – Si no quieres que tu socio acuda a esa reunión sin abogado, te aconsejo que mantengas esa bocaza cerrada.

–  Vale, cierro la boca. – Me dice intentando ocultar sin éxito una sonrisa. – Te acompaño a su despacho y, después de ver la cara que pone, desaparezco.

Atravesamos un largo pasillo hasta llegar al otro extremo de la oficina, donde Álvaro golpea suavemente con el puño la puerta del despacho de Ángel para abrirla segundos después sin esperar respuesta. Con la sonrisa en los labios, Álvaro entra en el despacho y tira de mí para que Ángel me vea al mismo tiempo que anuncia:

–  Ángel, mira quién está aquí.

El pobre se pone blanco en cuanto me ve, pero rápidamente se pone la máscara y vuelve a ser el hombre inescrutable que conozco. Me estudia con la mirada y, finalmente, me pregunta con frialdad:

–  ¿Qué estás haciendo aquí?

–  Eso mismo me estoy preguntando yo. – Refunfuño. ¿Es que nada me puede salir bien?

–  Ambos conocíamos a Megan, pero al parecer, desconocíamos que Megan es la hija de Frank Moore y, en su defecto, nuestra abogada. – Le aclara Álvaro y, con una fingida sonrisa, añade: – Os dejo para que podáis trabajar.

En cuanto Álvaro desaparece, Ángel y yo nos retamos con la mirada, ninguno de los dos se fía de las intenciones del otro y se supone que tiene que haber confianza entre un abogado y su cliente, pero me temo que este no va a ser el caso.

–  ¿Estuviste comiendo en casa de mis padres ayer? – Me pregunta sin apenas mover los labios.

–  No tenía ni idea de que era tu familia, como tampoco sabía que esta era tu empresa y la de Álvaro.

–  Esto no es lo que había planeado. – Me dice molesto.

–  Ni yo tampoco, pero creo que no te queda elección, a menos que quieras llegar a un acuerdo con tu posible cliente sin abogado. – Le digo mostrándome lo más profesional posible. Debo centrarme en mi trabajo, para eso he venido. – Lo más sensato es que tratemos el asunto con profesionalidad y, para serte sincera, trabajaría mejor si dejas de mirarme de esa manera.

–  ¿Con quién saliste el sábado por la noche? – Me interroga.

–  Eso no es ser profesional. – Le corto de inmediato. – He estudiado el contrato que tenéis previsto presentar y no es bueno. De hecho, dudo mucho que consigas que alguien lo firme. Creo que deberíamos reescribir las cláusulas.

–  Necesito blindar ese contrato, no puedo prescindir de esas cláusulas.

–  Me he tomado la libertad de redactar otro contrato que engloba todas tus cláusulas sin especificarlas tan abiertamente, más práctico de presentar y, sobretodo, más confiado que este  otro. – Le digo sacando una copia del nuevo contrato. – Échale un vistazo antes de negarte en rotundo.

Por extraño que parezca, Ángel hace lo que le pido y punto por punto le voy aclarando las distintas salidas legales que pueden llegar a tener las escasas cláusulas. Finalmente, Ángel accede a cambiar el contrato. Tras dos horas encerrados en su despacho trabajando, Álvaro llama a la puerta y, con el semblante serio, nos dice:

–  El señor Black acaba de llegar.

Y entonces entra en el despacho John. ¿Se trata de una cámara oculta?

–  John. – Susurro al verlo.

–  ¡Meg! ¿Eres su abogada? – Me pregunta mirando a Ángel. – Has jugado sucio, pequeña. Juegas con ventaja.

–  No tenía ni idea que hoy iba a estar aquí y mucho menos sabía que me iba a reunir contigo, parece que hoy es el día de las sorpresas. – Le digo a John besándolo en la mejilla.

–  ¿Os conocéis? – Me pregunta Álvaro.

–  Meg y yo somos buenos amigos. – Comenta John. – Os habéis buscado a la mejor de las abogadas, me temo que esas no son buenas noticias para mí.

Ángel y John se dan la mano y puedo notar la tensión en los músculos de Ángel. Los cuatro tomamos asiento y Álvaro empieza a exponer la parte creativa mientras Ángel y yo los observamos y escuchamos en silencio. En cuanto empezamos a hablar de la parte legal, expongo las condiciones del contrato y John, que me conoce muy bien, me dice:

–  Puede que seamos amigos, que hayas redactado un contrato asombrosamente aceptable para ambas partes y seas la mejor abogada de Londres, pero la visión de publicidad con la que representáis a mi empresa no me acaba de convencer.

–  Creo que, si como tú dices, las condiciones son aceptables para ambas partes, también podríamos llegar a un acuerdo en cuanto a eso. – Interviene Ángel.

–  ¿Qué propones? – Pregunta John.

–  Necesitamos saber exactamente cómo queréis enfocar vuestra empresa desde un punto de vista publicitario para poder presentar la mejor publicidad y la que vosotros deseáis. – Le dice Ángel. – Es la campaña del año que viene, si no te gusta nuestra propuesta final siempre tendrás el tiempo suficiente para buscar otra agencia de publicidad.

–  Me voy a saltar todo el protocolo de actuación, pero acepto el trato. – Accede John. – Tenéis un mes para presentar la propuesta final. A lo largo de esta semana os enviaremos toda la información necesaria para que podáis comenzar con el proyecto. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Ahora tengo que irme para organizarlo todo, pero más tarde te llamo y hablamos.

John se despide y Álvaro lo acompaña a la salida de la oficina, dejándonos a solas a Ángel y a mí. No habla, pero su mirada de reproche lo dice todo: Está furioso, furioso conmigo.

Con fingida inocencia, me siento de nuevo en el sillón que había estado ocupando y ordeno todos los documentos, clasificándolos en distintas carpetas, mientras Ángel continua mirándome furioso.

No tientes al diablo 7.

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A la mañana siguiente, mi padre viene a buscarme para ir a comer con sus amigos. Tras darme una ducha, desayunar y vestirme con una falda de tubo color crudo, una blusa sin mangas de color blanco y unos zapatos con tacón de aguja, cojo mi bolso y salgo del edificio para entrar en el 4×4 de mi padre.

–  Hola Henry. – Saludo al chófer de mi padre al que conozco desde que tengo uso de razón.

–  Hola Megan, estás tan preciosa como siempre. – Me responde Henry.

Le dedico una sonrisa y después saludo a mi padre con un gran abrazo.

–  ¿Estás contenta? – Me pregunta mi padre.

–  No especialmente. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Simplemente me siento bien.

–  Pues tus ojeras no dicen lo mismo.

–  He dormido poco. – Le confieso. – Ayer me encontré con John y salí a cenar con él, pero se nos hizo tarde sin darnos cuenta.

–  ¿John Black? – Me pregunta mi padre sonriendo. – ¡Hace años que no veo a ese granuja! ¿Cómo le va?

Mis padres y los padres de John se conocen, ya que mi padre y el suyo se criaron en un pequeño pueblo al sur de Londres donde todo el mundo se conoce. Tras veinte minutos explicándole a mi padre cosas sobre John, solo las que se le pueden contar a un padre, llegamos a nuestro destino. Bajamos del 4×4 y ante nosotros aparece una descomunal mansión que nada tiene que envidiar a la Casa Blanca de los EEUU. Una pareja de mediana edad se acerca a nosotros con una tierna sonrisa para recibirnos.

–  Megan, te presento al señor y la señora Ferreira. – Me dice mi padre. Se vuelve hacia los Ferreira y, con orgullo, les anuncia: – Os presento a mi hija Megan.

–  Encantada de conocerles, señores Ferreira. – Les digo amablemente mientras les estrecho la mano.

–  Por favor, llámanos Gloria y Andrés, que hay confianza. – Me dice Gloria guiñándome un ojo. – Ven, tomaremos algo de beber mientras esperamos que lleguen mis hijos.

Gloria me coge del brazo y me guía hasta el jardín trasero, donde ha dispuesto una preciosa mesa a la sombra de las moreras. Mi padre y Andrés nos siguen mientras hablan de sus cosas. Gloria es una mujer encantadora y se me hace muy fácil hablar con ella de cualquier cosa, hasta que terminamos hablando de sus hijos.

–  Tengo tres hijos. – Me dice orgullosa. – Aunque ninguno de ellos está por la labor de hacerme abuela, ¡con las ganas que tengo de tener un nieto! – Se lamenta. – El mayor tiene veintiséis años y no ha sentado la cabeza en cuanto a mujeres se refiere, se pone pálido cada vez que le digo que quiero ser abuela. – Me dice divertida. – El mediano tiene veinticuatro años, está haciendo la residencia en el hospital público y no deja de doblar turnos. Si no tiene tiempo de dormir, mucho menos de tener hijos. Y luego está mi pequeña, tiene veintidós años y estudia psicología en la universidad. Tampoco está por la labor de hacerme abuela y lo cierto es que prefiero que ella siga como está, ya tendrá tiempo.

–  Me temo que vas a tener que esperar un poco más, Gloria. – Le digo divertida. – Eres una mujer joven para ser abuela, ya tendrás tiempo de tener nietos.

–  Eres adorable, Megan. – Me dice y añade sonriendo peligrosamente: – Serías una nuera estupenda, estoy segura de que mis hijos te encantarán.

–  Gloria, vas a conseguir que Megan salga corriendo y regrese a Londres. – Se mofa Andrés. – No le hagas caso, Megan. Esta mujer es capaz de organizarte una boda como te descuides.

–  ¿Cuándo dices que salía el primer avión a Londres? – Bromeo.

Todos nos reímos y seguimos bromeando hasta que llega Paula, la hija pequeña de los Ferreira. Al igual que su madre, Paula es una joven encantadora y simpática. Sonríe todo el tiempo y es muy guapa, lo que la hace aún más atractiva. Con tan solo un año de edad de diferencia, Paula y yo congeniamos rápidamente y ambas comenzamos a hablar de la universidad, de las vacaciones, de películas y de música. En cuanto Paula me dice que ha conseguido diez entradas para el concierto de Pablo Alborán y me pide que vaya con ella, ambas empezamos a gritar y a saltar hasta que una voz nos interrumpe:

–  ¿Qué estáis celebrando?

–  ¡Tengo diez entradas para el concierto de Pablo Alborán! – Le dice Paula. – ¿Quieres venir?

–  No me hace mucha ilusión pero, para quedarme más tranquilo, acompañaré a mi hermana y a su preciosa amiga y me aseguraré de que no les pasa nada. – Contesta el chico, que supongo que será uno de los hijos de Gloria y Andrés.

–  Megan, te presento al adulador de mi hermano Adrián. Es el mediano. – Me dice Paula.

Ni corto ni perezoso, Adrián me planta dos besos en la mejilla y me sonríe pícaramente. ¡Menudo descarado!

–  ¿Dónde está tu primogénito? – Le pregunta mi padre a Andrés.

–  El primogénito no puede venir, al parecer tenía cosas más importantes que hacer. – Le contesta Adrián a mi padre. – Pero estoy seguro que se arrepentirá como nunca de no haber estado aquí y haber conocido a tu preciosa hija.

–  Este chico siempre hace lo mismo, solo piensa en trabajar y en chicas, no se acuerda ni de su propia familia. – Se lamenta Andrés.

–  Ya lo conoces, papá. – Le dice Paula excusando a su hermano mayor. – Él es más reservado para estas cosas, es más a su rollo.

–  ¿Más a su rollo? Los jóvenes de hoy en día no sabéis ni lo que queréis. – Sentencia Andrés.

Los tres jóvenes nos damos por aludidos pero ninguno le rebate, nos limitamos a mirarnos entre nosotros y sonreírnos. Paula y yo intercambiamos teléfonos y prometemos llamarnos la próxima semana para cenar y hablar del concierto. Me ha dicho que puedo invitar a una persona, pero que el resto de entradas ya están cogidas. Así que le hablo de Judith y, como ya se conocen y además se llevan muy bien, me siento el doble de feliz sabiendo que iremos juntas al concierto.

Después de comer en casa de los Ferreira y de charlar animadamente con ellos, nos despedimos y voy con mi padre a su casa. Hablamos sobre mi integración en la ciudad, la convivencia con Judith y sobre mi futuro trabajo en el bufete hasta que mi padre recibe una llamada urgente de trabajo y nos informa que debe viajar a Madrid al día siguiente pero, como tiene asuntos pendientes para mañana, decide dejarme a mí al cargo.

–  Ya sé que no tenías que empezar a trabajar hasta la semana que viene, pero mañana tenía una reunión con el hijo mayor de los Ferreira y es un tema delicado, pidieron expresamente que yo llevara el caso porque querían a alguien de confianza, así que les llamaré y les diré que tú irás en mi nombre, estoy seguro que lo comprenderán. – Me dice seguro de sí mismo.

–  Papá, que conste que estoy dispuesta a ayudarte en todo lo que me pidas pero, ¿de verdad crees que es una buena idea? – Le pregunto. – Si quieren a alguien de confianza, está claro que no soy la candidata perfecta, puesto que ni siquiera me conocen.

–  Pero a mí sí me conocen y saben que jamás pondría en peligro una reunión tan importante como la de hoy dejándolo todo en tus manos si no creyese que fueses capaz de hacerlo, Meg. – Me dice mi padre convencido de mi capacidad como abogada. – Necesitan conseguir a un cliente para tener la inversión que necesitan para ampliar la empresa. Son jóvenes pero muy buenos en su trabajo, al igual que tú en el tuyo. Estoy seguro de que hallarás la forma de ayudarles para conseguir su objetivo.

Dicho eso, se ha puesto a llamar por teléfono a todo el mundo hasta que lo ha dejado todo bien atado. Tras despedirnos de la familia Ferreira, nos acercamos a la oficina, donde mi padre me entrega el expediente de la empresa del hijo de los Ferreira y, al ver que se trata de una agencia de publicidad, en mi mente tan solo aparece una imagen, la de Ángel. Él también tiene una empresa de publicidad. Aparto a Ángel de mi mente, no es momento ni lugar, y le echo un rápido vistazo al posible contrato. Demasiadas cláusulas y demasiado rebuscadas para mi gusto, la verdad.

–  ¿Quién se ha encargado de redactar las cláusulas del contrato? – Le pregunto a mi padre.

–  Lo sé, son demasiadas y demasiado rebuscadas. – Se defiende mi padre utilizando mis propias palabras sin haberlas oído. – De los errores se aprende y ellos tratan de que sus malas experiencias pasadas no se repitan.

–  Con este contrato no conseguirán ningún cliente. – Opino sorprendida.

–  Me da igual lo que modifiques siempre y cuando consigan ese cliente y estoy seguro de que ellos opinan lo mismo que yo. – Termina diciéndome mi padre.

Cuando por fin llego a casa, son las diez de la noche. Judith no está, me ha dejado una nota en la nevera diciéndome que ha salido a cenar con Álvaro. Decido caer en mi propia debilidad y llamo al restaurante chino para pedir comida a domicilio.

Media hora más tarde, estoy cenando sola, sentada en el sofá y viendo la televisión. Están dando “la cosa más duce”, una película de Cameron Díaz que me encanta y que he visto más de mil veces, así que me acomodo en el sofá y disfruto de la película.

A las doce de la noche, cansada y sabiendo que mañana tengo que madrugar, decido escribirle una nota a Judith explicándole que mañana madrugo porque tengo que encargarme de un asunto del bufete y me meto en la cama para caer rendida minutos después.

No tientes al diablo 6.

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Espero la llamada de Ángel durante toda la mañana y, mientras tanto, me dedico a limpiar. A esta casa le hace falta un buen repaso y limpiar me tranquiliza, aunque no es algo que me guste hacer, es un buen pasatiempo cuando no tienes nada mejor que hacer y quieres que las horas pasen rápido.

A las tres de la tarde, muerta de hambre y de cansancio, decido salir a dar una vuelta y comerme una hamburguesa del primer Burger King que encuentre. Por suerte, hay uno a un par de manzanas de distancia y decido ir dando un paseo.

Pese a estar a mediados de septiembre, el calor húmedo de Barcelona se hace bastante insoportable y agradezco en silencio el fresquito del aire acondicionado de la hamburguesería. Tengo demasiada hambre como para esperar a llegar a casa para comer, así que decido sentarme en una de las pocas mesas libres y apartadas de tanto niño, que me estresan una barbaridad con sus gritos.

Estoy concentrada engullendo mi hamburguesa cuando oigo una voz familiar, alguien me habla en inglés justo a mi espalda:

–  ¡No me lo puedo creer! ¡Megan!

Me vuelvo hacia el propietario de esa voz y grito de alegría al ver que se trata de John Black, un buen amigo de Londres. Le doy un fuerte abrazo y le pregunto:

–  ¿Qué estás haciendo en Barcelona?

–  Estoy aquí por trabajo, mi empresa quiere contratar a una agencia de publicidad española y he concertado un par de reuniones con algunas agencias para tomar una decisión. Estaré aquí toda la semana, me marcho el sábado a primera hora de la mañana. – Me responde sonriendo. – Y tú, además de ponerte morada a hamburguesas, ¿qué estás haciendo por aquí?

–  Llegué ayer y he venido para quedarme. – Le contesto con orgullo. – Voy a trabajar en el bufete de mi padre en Barcelona.

–  Entonces los rumores de que has rechazado la oferta del mejor bufete de abogados de Londres son ciertos. – Me dice divertido. – Me alegro de que por fin te hayas decidido a volver a tu ciudad. Por cierto, podríamos quedar y me enseñas la ciudad.

–  Me parece una idea estupenda.

En menos de cinco minutos, John y yo organizamos una salida para ir a cenar esta misma noche, aprovechando que es sábado y que mañana no tenemos que madrugar, aunque yo no empiezo a trabajar hasta el lunes de la próxima semana.

Me despido de John y regreso a casa. Lo primero que hago es mirar el contestador, hay dos mensajes. Le doy al play y escucho el primer mensaje:

–  “Hija, soy yo. Tienes el móvil apagado y no he podido localizarte. Solo quería saber qué tal te había ido la primera noche en Barcelona. Supongo que si sigues durmiendo, debiste pasártelo bien. Unos amigos me han invitado a comer mañana a mediodía y quieren conocerte. ¿Crees que podrás hacerle un hueco en la agenda a tu padre para comer con él? Llámame cuando oigas el mensaje, ya sabes que detesto hablar con estos trastos.”

Mi padre. Pobre hombre, debe de estar preocupado. Lo llamaré en cuanto oiga el segundo mensaje.

–  “¡Maldita sea, Megan! Sé que estás en casa, cógeme el teléfono.”

Es él. Ángel. Ha dejado el mensaje hace una hora. Sé que debo llamarle pero no me atrevo, no me siento con fuerzas de enfrentarme a él. Pero prefiero hacerlo ahora por teléfono que no encontrármelo por ahí rodeado de gente y sentirme incómoda.

Enciendo mi móvil y marco el número que Judith me ha dejado anotado en un papel sobre la mesa auxiliar del teléfono. Ángel contesta al segundo tono:

–  ¿Sí?

–  Hola. – Le digo con voz temblorosa. – Soy Megan.

–  ¿Estás bien?

–  ¿Hay algún motivo por el que no deba estarlo?

–  Te largaste de mi casa sin decir nada, no sé qué pensar. – Me reprocha.

–  Ambos dejamos claro lo que queríamos, ¿acaso querías que me quedara a desayunar? -Le pregunto con tono burlón, pero Ángel se queda callado. – Supongo que eso es un no.

–  Solo quería asegurarme de que todo estaba bien. – Me responde resoplando. – Tengo que colgar, supongo que ya nos veremos.

Y, dicho esto, me cuelga. ¿Se puede ser más arrogante?

A las nueve en punto quedo con John en un restaurante cerca de casa, si mañana tengo que ir a comer con mi padre a casa de uno de sus amigos prefiero no acostarme muy tarde. Judith no ha querido acompañarnos porque ha quedado con Álvaro, ya sabía yo que había mucha tensión sexual entre ellos. Cuando le he contado a Judith que he llamado a Ángel y le he detallado la conversación que hemos tenido, se ha echado a reír. Le he hecho prometer que no le dirá nada a nadie de lo mío con Ángel, lo último que me apetece es soportar las bromas de Rubén. Y, por si fuera poco, estoy segura de que me lo voy a tener que cruzar más de una vez porque Judith sale con uno de sus mejores amigos y su socio. Puede que no haya sido tan buena idea que Judith y Álvaro hayan acabado juntos.

–  Estás muy callada, ¿te ocurre algo? – Me pregunta John cuando el camarero termina de servir vino en nuestras copas y se marcha.

–  ¿Alguna vez has deseado tanto algo que te has saltado todas las normas para conseguirlo?

–  ¿Hablamos de algo material, carnal o espiritual? – Me pregunta divertido.

–  Carnal, más concretamente sexual. – Le especifico. Al fin y al cabo, entre John y yo siempre ha habido una buena amistad y hemos podido hablar de todo.

–  Cuéntamelo sin rodeos, así nos entenderemos mejor.

–  Ayer conocí a un tipo que me atrae sexualmente como nunca nadie antes me había atraído. – Le empiezo a contar. – El caso es que lo deseaba tanto que me acosté con él la misma noche que le conocí, rompiendo mi norma número uno: Nunca duermas con extraños.

–  ¿Dormiste con él en un hotel, en tu casa o en la suya? – Me pregunta.

–  En su casa. – Le digo suspirando. – Al menos no lo llevé a mi casa, aunque sabe dónde vivo porque es uno de los mejores amigos del hermano de mi compañera de piso. La que, por cierto, ayer empezó a salir con otro de sus mejores amigos y a la vez su socio. Me acosté con él porque lo deseaba y creía que, aunque rompiera las normas, solo lo haría una vez porque no iba a volver a verle. Pero está claro que me lo voy a tener que encontrar por todas partes y, aunque no me arrepiento de la noche que he pasado, no me hace gracia la idea de tener que encontrármelo por ahí.

–  Cada vez que le veas querrás acostarte con él y eso no formaba parte del plan inicial. – Resume con gran habilidad. – Pero, si él también quiere acostarse contigo, ¿cuál es el problema?

–  Tiene fama de no acostarse dos veces con la misma mujer, por eso era perfecto. Estaba tan excitada que solo pensé en eso pero esta mañana he pensado en todo lo demás y creo que me estoy volviendo loca.

–  ¿Quieres un consejo? – Me pregunta y, sin esperar respuesta alguna, añade: – Tíratelo hasta que se te pase el capricho o, en su defecto, tírate a otro que haga que te olvides de él.

–  Me gustan tus consejos. – Le contesto divertida alzando mi copa de vino para brindar con él.

Entre bromas y cachondeo, John y yo nos ponemos al día sobre nuestras vidas mientras recordamos viejas anécdotas. Las horas pasan volando y llego a casa a las tres de la mañana.

Me sorprendo al abrir la puerta y encontrar todas las luces encendidas. En el salón, Judith y Álvaro están sentados en el sofá y, al verme, Judith me espeta:

–  ¿Has visto qué hora es? ¿Dónde coño tienes el móvil? O mejor aún, ¿por qué lo tienes apagado?

–  Perdona mamá, ¿has visto a mi compañera de piso por algún sitio? – Le contesto molesta.

–  ¡Joder Meg, estaba preocupada! – Me dice molesta. – Te vas a cenar con un tío al que no conozco de nada, apagas el móvil, no tengo manera de localizarte y mira la hora que es.

–  Lo siento, me quedé sin batería. – Le respondo sintiéndome culpable. Judith tiene ese don, siempre se sale con la suya haciéndome sentir culpable.

–  No pasa nada. – Me dice más relajada. Y, cambiando de tema como sólo ella sabe hacer, me pregunta sonriendo: – ¿Qué tal tu cita?

–  No era una cita. – Le aclaro mientras me dejo caer en el sillón y me quito los zapatos.

–  Pues ya me dirás que es, porque has salido a cenar a solas con un chico con el que te llevas muy bien y has vuelto a casa a las tres de la mañana. – Se burla Judith. – ¿Estás segura de que no ha habido ni un poquito de sexo, Meg?

–  ¿Desde cuándo te interesa tanto mi vida sexual? ¿Te he preguntado cuántas veces lo habéis hecho vosotros dos? – Le pregunto molesta. – Por cierto, aprovecho la ocasión para advertiros que en mi habitación la única que practica sexo soy yo.

–  Creía que una de tus reglas de oro es no meter un hombre en tu cama, que para eso existen los hoteles y los coches. – Me dice Judith burlonamente.

–  Nada de sexo en mi habitación, ¿de acuerdo? – Les amenazo. – Y ahora me voy a dormir que mañana he quedado con mi padre para ir a comer a casa de no sé quién.

–  Buenas noches. – Me responden ambos al unísono.

Me desnudo y me meto en la cama completamente agotada. He bebido algo más de lo que debería y sé que mañana voy a tener un aspecto horrible por no descansar lo que mi cuerpo necesita, pero estoy tan eufórica por mi nueva vida en Barcelona que me quedo dormida con una sonrisa en los labios.

No tientes al diablo 5.

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Ángel detiene el coche en una calle estrecha y poco transitada. Me observa sin decir nada durante un par de segundos que se me hacen eternos y finalmente me dice con la voz ronca:

–  Necesito que me digas dónde vives si quieres que te lleve a tu casa.

–  Vivo con Judith. – Le respondo.

Asiente con la cabeza y arranca de nuevo el coche para ponerse en camino, pero pasados diez minutos me doy cuenta de que no está yendo por el camino correcto y le digo:

–  Si piensas cobrarme por llevarme a casa, no pienso pagarte el rodeo que estás dando.

–  ¿Te apetece tomar una última copa antes de ir a casa?

–  Aún es pronto. – Le contesto encogiéndome de hombros tras mirar el reloj. – ¿Dónde me llevas?

–  A mi casa. – Me responde sin apartar la vista de la carretera.

Con cualquier otro hombre me habría negado en rotundo, pero hay algo que me atrae de él y que no puedo controlar.

Entramos en el parking de un lujoso edificio donde Ángel deja su coche aparcado y rápidamente sale para ayudarme a bajar. Nos dirigimos al ascensor y, tras introducir una llave y marcar un código, se eleva hasta llegar a la última planta. Entramos al apartamento de Ángel y no me sorprendo al verlo todo inmaculadamente impoluto y ordenado. La decoración, para mi gusto, es demasiado masculina e impersonal, pero no está nada mal. Pasamos a la cocina que está en una estancia amplia y abierta junto al comedor y el salón, y Ángel sirve dos copas de whisky con hielo.

–  ¿Salimos a la terraza? – Me propone.

Asiento con la cabeza y le sigo hasta a la terraza, donde ambos nos quedamos durante unos minutos en silencio, totalmente concentrados en las maravillosas luces de la ciudad. Desde aquí se puede ver muy bien la Sagrada Familia, el mar y la montaña de Collserola.

–  Es increíble que estemos en el centro de la ciudad y que haya tanta paz y tranquilidad. – Le digo sin dejar de mirar hacia el horizonte. – Si viviera aquí, me pasaría el día en la terraza.

–  Preferiría que esta noche la pasáramos en mi habitación. – Me susurra al oído, colocándose detrás de mí, apretándome las caderas con sus grandes manos y estrechando mi espalda contra su pecho.

Comienza a lamerme el lóbulo de la oreja con su lengua y sus manos me acarician los muslos con sensualidad. Suavemente, me gira para colocarme frente a él y, tras mirarme a los ojos, me besa en los labios apasionadamente. A partir de entonces, ambos nos dejamos llevar por la pasión, nuestras manos recorren nuestros cuerpos sin pudor, Ángel me coge en brazos agarrándome del trasero y coloca mis piernas alrededor de su cintura. Sin dejar de besarme y cargando conmigo, se dirige hacia el dormitorio.

Estoy muy excitada, tanto que estoy a punto de meterme en la cama con un tío al que acabo de conocer hace tan solo unas horas.

–  Antes de que sigamos, quiero decirte que no quiero nada serio. – Me dice escrutándome con la mirada. – Solo será una noche de sexo que quedará entre nosotros.

–  Si buscara algo serio contigo, no estaría dispuesta a meterme en tu cama en este momento. – Le contesto con la voz ronca de excitación.

Ángel no me hace esperar, me aprisiona entre su pecho y la pared, sujetándome con una mano y con la otra me quita el vestido con gran habilidad. Mientras tanto, yo le quito la americana y la camisa, le desabrocho el cinturón y el botón del pantalón al mismo tiempo que mi vestido cae al suelo, seguido de mi sujetador y mi diminuto tanga. Sin soltarme, Ángel se termina de quitar los pantalones y los bóxer negros ajustados, dejando libre su enorme erección. Mi cuerpo se estremece anticipándose a lo que vendrá a continuación mientras él desliza su mano entre mis piernas, atormentando mi clítoris con caricias certeras, esparciendo la humedad por la hendidura de mi vagina antes de introducir uno de sus dedos por ella, haciéndome gemir.

–  Dime qué es lo que quieres, Megan. – Me ordena con voz grave y ronca por la excitación.

–  Quiero tenerte dentro, ahora. – Le contesto totalmente desinhibida.

–  ¿Aquí mismo? ¿Tal y como estamos?

–  Aquí mismo, contra la pared. – Ahora soy yo la que ordena.

Rápidamente, Ángel se encarga de obedecerme y, sujetándome contra la pared, me penetra de una sola estocada, produciéndome olas de placer. De la pared al suelo, del suelo a la ducha y de la ducha a la cama. Lo hacemos en cualquier parte de la habitación hasta que, agotados y extasiados, caemos rendidos y desfallecidos en los brazos de Morfeo.

Cuando me despierto, estoy completamente desnuda, atrapada entre los brazos de Ángel y en una habitación extraña, el dormitorio de Ángel.

La primera noche en Barcelona y la he pasado en el apartamento de un completo desconocido, aunque debo reconocer que ha sido una de las mejores noches de mi vida.

Con cuidado de no despertarle, me deshago de su abrazo para levantarme de la cama, recojo mi ropa y entro en el baño. Me lavo la cara, me visto y salgo de la habitación dispuesta a marcharme sin que nadie me vea pero, para mi desgracia, me topo con una mujer de unos cincuenta años que me mira como si estuviera viendo un fantasma.

–  Buenos días. – La saludo ruborizada.

–  Buenos días, señorita. – Me dice la mujer con una dulce sonrisa. – ¿Le apetece desayunar?

–  Oh, no, gracias. – Le respondo. – Ya me marchaba.

–  ¿Piensa irse sin despedirse del señor Ferreira? – Me pregunta divertida. – No creo que eso le agrade.

–  No creo que despertarle sea una buena idea, pero gracias por el consejo.

–  Por favor, llámeme Rosa. – Me dice la mujer con dulzura. – ¿Está segura de que no quiere desayunar un poquito? No puede ir por ahí sin nada en el estómago.

–  Eres muy amable, Rosa. – Le respondo. – Pero tengo que irme ya y no quiero molestarte.

Cojo mi bolso de la encimera de la cocina y salgo del apartamento rogando en silencio para que Ángel siga durmiendo y no se despierte hasta que yo haya salido de allí.

Bajo en ascensor hasta la planta baja y allí el portero me saluda al mismo tiempo que abre el portal para dejarme pasar.

Si llevas un vestido de noche de color rojo a las once de la mañana, no puedes evitar que la gente te mire, así que busco un taxi libre y me voy directa a casa.

Cuando por fin llego a casa, me alegra descubrir que Judith aún no ha regresado, así no tendré que darle explicaciones de dónde y con quién he pasado la noche, aunque tampoco hubiera sido difícil descubrirlo.

Me quito el vestido y me meto en la cama, estoy demasiado cansada y no quiero pensar en lo que hice anoche. De hecho, espero no tener que volver a ver a Ángel porque me muero de la vergüenza solo de pensar en todo lo que hice y dije anoche, con un completo desconocido y completamente desnuda.

Bueno, al menos puedo decir que la primera noche en Barcelona va a ser digna de recordar, aunque no será algo que comparta con mis hijos si algún día los llego a tener.

Me cuesta un poco, pero finalmente consigo volver a dormirme, esta vez en mi nueva cama.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando la puerta de mi habitación se abre y entra Judith con los brazos en jarras y, mirándome fijamente a los ojos, me espeta:

–  ¡Ya puedes levantarte y contarme qué cojones pasó anoche!

–  ¿Qué? – Pregunto aturdida.

–  No te hagas la tonta, que ya sabes de qué te estoy hablando. – Me replica. – Explícame por qué me ha llamado Ángel para preguntarme si estabas en casa y si estabas bien.

–  Este tío es idiota. – Murmuro.

–  ¿Discutiste con él? La culpa es mía, no tendría que haberte dejado con él en el Heaven. – Me dice Judith con los ojos llenos de culpabilidad. – Con la fama de mujeriego que tiene, seguro que intentó algo contigo, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Le respondo. – Pero creo que la historia no ha sido como tú crees.

–  Desembucha. – Me ordena.

–  Cuando os fuisteis me llevó a su casa, nos tomamos una copa y una cosa llevó a la otra… Ya me entiendes. – Le digo encogiéndome de hombros. – Cuando me desperté él seguía durmiendo y yo me fui de su casa sin hacer ruido, aunque no pude evitar que su asistenta me viera.

–  ¿Me estás diciendo que Ángel te llevó a su casa y te acostaste con él allí?

–  Joder, tampoco es para que alarmes tanto. – Protesto. – No soy una niña y mucho menos una santa, una noche de sexo esporádica entre dos personas no es nada raro, ¿es que tú no lo has hecho nunca?

–  Meg, no me refiero a lo de la noche de sexo. – Me responde Judith confundida. – Me refiero a la noche de sexo en su casa. Todo el mundo sabe que Ángel no lleva a ninguna chica a su casa, las lleva a todas al Hotel BCN, donde tiene una habitación reservada exclusivamente para sus aventuras nocturnas.

–  Pues me alegro de que no me haya llevado allí. – Le contesto medio dormida.

–  No me puedo creer que te lo hayas tirado y ¡en su casa! – Grita Judith. – Cuéntame, ¿cómo es en la cama? ¿Es la bomba sexual que yo me imagino que es?

–  No pienso darte detalles, pero te diré que es insaciable y que me encantó.

–  Genial, porque me ha pedido que te diga que le llames cuando te despiertes. – Me contesta burlonamente. – No sé qué le habrás hecho esta noche, pero si has conseguido montártelo en su casa y que te llame escasas horas después, creo que vas a tener que darme algunas clases, profesora.

–  Siempre que sean teóricas y no prácticas, estaré encantada. – Bromeo.

Me levanto y me doy una ducha antes de ir a la cocina a desayunar, aunque sea la hora de la merienda. Judith ha ido a casa de sus padres pero me ha dejado anotado el teléfono de Ángel junto a una nota que reza: “Llámalo”. Medito sobre llamarlo o no llamarlo y finalmente decido esperar a que él vuelva a llamar. Al fin y al cabo, fue él quien dejó claro que lo de anoche solo se trataba de sexo.

No tientes al diablo 4.

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Ángel y yo nos pasamos unos minutos en absoluto silencio, mirando las increíbles vistas de la ciudad desde la terraza del Heaven. El efecto del alcohol, debido a las copas que me estoy bebiendo, empieza a hacer efecto y me siento más relajada. Mi cuerpo se empieza a dejar llevar por el ritmo de la música, a pesar de que sigo sentada en el sillón. No puedo verlo pero noto la mirada de Ángel en mi nuca. No sé por qué extraño motivo me excita su forma de mirarme incluso cuando no puedo verlo.

–  ¿Quieres otra copa? – Me pregunta de repente.

Me giro para mirarlo y sigue estando serio, como si le hubieran metido un palo por el culo. Lo que más me fastidia es que solo muestra esa actitud conmigo, con el resto del mundo saca a relucir su sonrisa y su carisma.

–  Sí, pero no te molestes, ya la pido yo. – Le digo levantándome del sillón.

–  Quédate ahí, yo iré a por las copas. – Me ordena. – Tardo dos minutos, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza. No sé cómo lo ha hecho pero creo que acaba de ordenarme que no me mueva de aquí mientras él va a por las copas y yo he accedido a hacerle caso. Creo que estoy bebiendo más de la cuenta.

Ángel desaparece entre la multitud y yo vuelvo a girarme para contemplar la vista nocturna de la ciudad mientras sigo bebiendo de lo que queda de mi copa.

–  ¿Qué hace sola una chica tan guapa cómo tú en una magnífica noche como esta? – Me pregunta un tipo mirándome lascivamente. – ¿Te importa si me siento?

–  Prefiero que no lo hagas, gracias. – Le contesto con desdén.

–  Oh, vamos rubia. ¿Sabes que puedo darte todo lo que me pidas? – Insiste el tío pesado. – Solo tienes que pedir por esa boca lo que desees y yo lo convertiré en realidad.

–  ¿Estás seguro de que puedes hacerlo? – Le pregunto divertida. Al final me lo voy a pasar hasta bien.

–  Por supuesto, haz la prueba y pide lo que desees.

–  De acuerdo. – Le respondo mirándole a los ojos. – Deseo que desaparezcas de mi vista y no vuelvas a molestarme.

–  Eso son dos deseos, preciosa. – Me contesta divertido. Lejos de tomárselo mal, el tipo parece encantado con mi respuesta. – Soy Pablo Rivera y acabas de dejarme sin recursos para intentar ligar contigo. – Me dice tendiéndome la mano.

–  Soy Megan y estás acabando con mi paciencia. – Le respondo sin estrecharle la mano. – Creo que es mejor que no sigas perdiendo el tiempo y te marches.

–  Me van los retos, preciosa. No lo puedo evitar. – Me dice sentándose en el lugar donde Ángel estaba sentado. – ¿Estás aquí con tus amigas?

–  Con mi novio. – Miento. – Al que no le va a hacer ninguna gracia encontrarte aquí cuando regrese con las copas que ha ido a buscar. – Justo en ese momento aparece Ángel y, antes de que pueda decir nada que lo fastidie, le digo a Ángel con una enorme sonrisa en los labios: – Cariño, ¡has tardado una eternidad!

Ángel se da cuenta al instante de lo que ocurre. El tal Pablo se levanta de inmediato y ambos intercambian una mirada de odio que deduzco que nada tiene que ver conmigo. Estos dos se odiaban desde antes de encontrarse aquí. Ángel, con un gesto frío y furioso que da miedo, le sisea:

–  Lárgate, está conmigo.

Pablo lo ignora, me dirige una seductora sonrisa y, antes de marcharse, me dice:

–  Ha sido un placer conocerte, preciosa. Búscame si cambias de opinión, estaré por aquí cerca.

–  No va a cambiar de opinión, lárgate. – Le dice Ángel con tono amenazador.

El tipo me vuelve a sonreír y después se marcha. Ángel me escruta con la mirada y finalmente me pregunta con voz más suave:

–  ¿Estás bien?

–  Sí, gracias. – Le respondo aturdida. – Y siento haberte metido en este lío.

–  No te preocupes, conozco a ese idiota y hubiera seguido molestándote si no le paramos lo pies. – Me responde con naturalidad. – Ese tipo no te conviene, ándate con ojo.

–  Has pasado de ser un ogro gruñón a un tipo encantador para después convertirte en mi padre. – Le digo divertida. – Eres un tipo raro, tienes que reconocerlo.

Para mi sorpresa, Ángel sonríe. Me mira divertido y me dice:

–  Tú también eres bastante peculiar, conductora temeraria. – Bromea. – Un día tendrás que explicarme qué fue lo que hiciste exactamente.

–  No creo que llegue ese día. – Murmuro.

Judith se acerca seguida de Álvaro y me pregunta preocupada:

–  ¿Qué quería el idiota de Pablo? No te acerques a él. – Me ordena. – No es un buen tipo, Meg.

–  Haces que me sienta como si tuviera quince años. – Protesto. – Creo que tendría más libertad si me hubiera instalado en casa de mi padre.

–  Y encima te hubiera salido gratis. – Bromea Rubén apareciendo con Sofía cogida de la mano. – Aún no llevas ni doce horas en Barcelona y ya estáis discutiendo.

–  Tú te callas. – Siseaos las dos a la vez provocando la risa de Sofía y de Álvaro.

–  Pablo se ha acercado y Megan le ha rechazado, fin de la historia. – Termina con la conversación Ángel, quien parece de nuevo furioso. Todos lo miramos sorprendidos por su arranque de impaciencia y él, ignorándolos a todos, se pone en pie, me tiende la mano y me pregunta: – ¿Quieres bailar?

Estoy a punto de decirle que no, pero me doy cuenta que me está utilizando para escabullirse de responder a lo que sea que quieran preguntarle y acepto bailar con él. Todos se quedan aún más sorprendidos cuando os ven dirigirnos a la pista de baile. Ángel me rodea la cintura con su brazo y me guía hasta el centro de la pista. Tras coger mis manos dejándolas alrededor de su cuello y llevar las suyas alrededor de mi cintura, comenzamos a movernos al suave ritmo de la canción Homeless de Leona Lewis. Estoy tan a gusto entre sus brazos que temo hablar y romper el momento, pero aun así no puedo contener mi curiosidad y finalmente le pregunto:

–  ¿Por qué has huido de tus amigos? ¿Me he perdido algo?

–  ¿Qué te hace pensar que he huido de ellos? – Me responde sonriendo. – Puede que tan solo me apetezca bailar contigo.

–  Puede que eso funcione con las chicas con las que sueles salir, pero siento decirte que eso no te va a funcionar conmigo. – Le digo burlonamente. – Aunque, si me dices que no quieres hablar de ello, lo entenderé y no volveré a preguntarte.

–  ¿En serio? – Me pregunta sorprendido. Asiento con la cabeza y, con una sonrisa maliciosa en los labios, me dice: – En ese caso, no quiero hablar de ello.

–  De acuerdo. – Contesto muriéndome de la curiosidad. – ¿Hay algo de lo que quieras hablar o prefieres que nos quedemos en silencio?

–  Háblame de ti, si tantas ganas de hablar tienes. – Me responde divertido. ¿Ahora resulta que se hace el simpático conmigo? – He oído que vivías en Londres, ¿no es así? ¿Naciste allí?

–  Mis padre son ingleses, pero yo nací en Barcelona y viví aquí hasta los quince años. – Le explico resumidamente. – Mi madre decidió regresar a Londres y me llevó con ella. Y ahora estoy aquí. No hay mucho más que contar.

–  Yo creo que sí. ¿Qué me dices de tus antecedentes?

–  No fue fácil asimilar el divorcio de mis padres y, si a eso le sumas que tuve que dejar atrás a mis amigos, mi casa, mi ciudad y mi país, puedo asegurarte que no fue la mejor época de mi vida. – Le respondo. – He sido un poco rebelde, pero tampoco he hecho daño a nadie.

–  ¿No vas a contarme qué hiciste para que te arrestaran por conducción temeraria cuatro veces? – Insiste persuadiéndome con su perfecta y carismática sonrisa.

–  Carreras de motos y coches. – Confieso. – Ilegales y en el centro de Londres. Mi madre tiene buenos contactos en la policía y, siendo menor de edad, consiguieron eliminar todo eso de mi expediente.

–  ¿Carreras? ¿Corrías con motos y coches? ¿Siendo menor de edad?

–  Si reaccionas así, no debería sorprenderte que no vuelva a confiar en ti.

–  ¿Confías en mí?

–  No, apenas te conozco. – Le respondo. – Pero tampoco voy contándole mi vida a todo el mundo y a ti te la he contado así que, en cierto modo, he confiado en ti.

–  Aunque sea en cierto modo, me gusta que hayas confiado en mí. – Me susurra al oído con voz ronca.

La canción termina y empieza a sonar otra canción, Si tú no estás aquí, de Rosana. Ángel no me suelta y continuamos bailando. Empiezo a ponerme nerviosa cuando me doy cuenta de que todo el mundo que hay en el pub nos mira y murmuran entre ellos.

–  ¿Por qué nos miran? ¿Tan mal bailamos? – Le pregunto.

–  No creo que bailemos mal. – Me responde.

–  Entonces, ¿cuál es el problema?

–  Eres la novedad, una cara nueva. Todo el mundo debe estar preguntándose quién eres.

–  Se te da fatal mentir. – Le respondo. – Si no quieres decirme porque nos miran no me lo digas, pero deja de mentirme porque no sabes.

–  Tienes razón, no te puedo engañar. – Me dice encogiéndose de hombros. – Creo que nos miran porque, aparte de que eres la novedad y una novedad muy agradable de mirar, yo no bailo nunca y, sin embargo, ya llevo dos canciones seguidas bailando contigo.

–  ¿No bailas nunca? Pues se te da muy bien, deberías bailar más.

Ángel se echa a reír. ¿He dicho algo gracioso? En fin, a los hombres no hay quien los entienda y menos a éste que parece bipolar.

–  Puede que lo haga, pero necesitaré una pareja de baile.

–  Eso no debe preocuparte. – Le contesto. – Mira a tu alrededor, siento las miradas asesinas de todas y cada una de las mujeres del local. Estoy segura que cualquiera de ellas estaría encantada de bailar contigo.

–  Es posible, pero yo ya tengo una pareja de baile. – Me dice sonriendo seductoramente.

–  ¿Estás tratando de ligar conmigo?

–  ¿Pasaría algo si así fuera? – Me pregunta con un tono de lo más sugerente.

No me da tiempo a contestar porque empieza a sonar Tonight (I’m loving you) de Enrique Iglesias y a mi lado aparecen Judith y Sofía gritando como dos locas. Ángel me hace un gesto para que me una a ellas mientras él se acerca a la barra con Rubén y Álvaro a pedir unas copas y desde allí nos observan. Las tres cantamos y bailamos al ritmo de la canción bastante provocadoramente, hasta el punto que se forma un gran corrillo a nuestro alrededor. Rápidamente, Rubén coge a Sofía del brazo y baila con ella. Álvaro hace lo mismo con Judith y Ángel, tras mirarme con verdadera lujuria en los ojos, se me acerca y me dice:

–  Supongo que, habiendo vivido ocho años en Londres, sabrás qué dice la letra de esta canción.

–  Por supuesto. – Le contesto sonriendo con picardía. – ¿No te excita?

–  Me excitas tú, bailando de esa manera. – Me contesta sin dejar de mirarme de arriba abajo como si estuviera hambriento y yo fuera un manjar. – Me excitas a mí y a todos los hombres del local. Creo que incluso excitas a algunas mujeres.

Le rodeo el cuello con mis brazos y me contoneo pegando mi cuerpo al suyo, incluso puedo notar su tremenda erección contra mi abdomen.

–  Será mejor que no tientes al diablo, nena. – Me susurra al oído.

Suelto una carcajada y al ver que me mira con gesto confuso le aclaro:

–  Menuda ironía, te llamas Ángel, estás en el Heaven y eres el diablo.

Ángel me sonríe con complicidad y me susurra al oído de nuevo:

–  Las apariencias engañan, ya sabes.

La canción se acaba y nuestros labios se quedan a escasos centímetros del otro, pero no llegan a tocarse. Rubén se despide y se marcha con Sofía. Dos minutos después, Judith decide marcharse con Álvaro, ya que por fin se han enrollado.

–  No me esperes despierta. – Se despide de mí Judith. – Ángel te llevará a casa, ¿verdad que sí, Ángel?

–  Claro, no te preocupes. – Le responde Ángel encantado de la vida. Cuando todos se marchan, Ángel me susurra al oído: – Tenemos una conversación pendiente.

–  ¿Qué te parece si vamos a un lugar más tranquilo donde podamos seguir con esa conversación? – Le pregunto descaradamente.

Ángel me sonríe, me agarra con firmeza de la mano y me saca del pub como alma que lleva el diablo, y nunca mejor dicho. Caminamos por el parking del pub hasta llegar al coche de Ángel, un BMW M8 de color rojo. Me quedo fascinada al ver el coche, pero Ángel no parece ni inmutarse. Abre la puerta del copiloto y me ayuda a subir para después hacer él lo propio en el asiento del conductor. Arranca el coche y conduce por el centro de la ciudad en absoluto silencio hasta llegar a su destino.

No tientes al diablo 3.

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La cara de Judith es un poema cuando ve a Álvaro sentarse en nuestra mesa. Ella parece estar furiosa mientras él la provoca constantemente.

Entonces, un tipo moreno, de ojos verdes y que está como un tren, llega a nuestra mesa y saluda educadamente:

–  Rubén, ¿cómo te va? No te veía desde hace una semana. – Le dice a Rubén. Se vuelve hacia a Álvaro y le dice bromeando: – Tío, a ti te tengo muy visto. Te veo todos los días en la oficina y más horas de las que me gustaría. – Sonríe con carisma y saluda a Judith: – Judith, cada día estás más guapa. Si necesitas ayuda para espantar moscones, no dudes en llamarme.

–  Lo haré, no lo dudes. – Le dice Judith tras echar una rápida mirada a Álvaro. – Ángel, te presento a mi mejor amiga Megan. Megan, él es Ángel, el socio del payaso.

–  Encantada de conocerte. – Le digo tendiéndole la mano.

Ángel asiente con la cabeza y me estrecha la mano intentando sonreír, aunque sin demasiado éxito. ¿Dónde ha dejado su carisma?

Rubén, Álvaro y Judith intercambian una mirada de asombro mientras yo estoy a punto de perder la paciencia por la falta de educación del recién llegado cuando, por fin, Rubén le dice a Ángel bromeando:

–  Perdona pero, ¿quién eres y qué has hecho con mi amigo?

–  No sé a qué te refieres. – Le contesta Ángel con indiferencia. Se sienta en la silla que queda libre, curiosamente a mi lado y, cambiando de tema, pregunta: – ¿Queréis tomar vino tinto o vino blanco?

Veo como todos intentan contener la risa mientras Ángel continua serio, como si todo fuera de lo más normal. Y yo, que realmente no me doy cuenta de nada, murmuro:

–  Pide lo que sea, a mi me sirve cualquier cosa que tenga alcohol.

–  Te prometo que te saco de aquí en cuanto acabemos de cenar y nos vamos de fiesta. – Me dice Judith para darme ánimos. – Tenemos mucho que celebrar.

–  ¿Os vais de fiesta después? – Pregunta Álvaro.

–  No es asunto tuyo. – Le contesta Judith con toda su bordería y yo me quedo alucinada. Le lanzo una mirada de reproche para que no sea tan desagradable y me dice: – No me mires así, él es igual de borde conmigo.

–  Pocahontas, yo no soy borde contigo, a menos que tú lo seas, lo que suele ocurrir con bastante frecuencia. – Le dice Álvaro.

–  ¡No me llames así! – Le espeta furiosa Judith.

–  Podemos ir a tomar un par de copas después de cenar, creo que a todos nos vendrá bien relajarnos. – Propone Rubén. – Además, tenemos que celebrar la llegada de Megan que, tras ocho años en Inglaterra, ha decidido volver a Barcelona.

Noto como Ángel me mira de reojo, pero no dice nada. Es como si me estudiara con la mirada, como si desconfiara de mí. Si no acabara de conocerlo, pensaría que está enfadado conmigo. Cuando ha saludado a todos parecía un tipo divertido, pero cuando me ha saludado a mí se ha convertido en el tipo más frío y distante que pueda haber. A todos les ha llamado la atención su reacción, lo he podido comprobar en sus caras de asombro. Cuando me quede con Judith a solas le preguntaré.

Durante toda la cena, charlamos alegremente mientras bebemos un vino tinto delicioso que ha pedido Ángel y que a todos nos ha encantado, pues nos hemos bebido ya tres botellas. Ángel no me dirige la palabra directamente. Participa en la conversación pero no se dirige a mí y evita mirarme. Yo hago lo mismo, si él quiere ignorarme, ¿por qué me voy a molestar en mirarle o hablarle?

Cuando por fin la cena termina, los cinco decidimos salir de allí huyendo. En el parking del hotel, Rubén mira a Judith y, tras estudiarla durante un instante, sentencia:

–  Judith, deja el coche aquí. No creo que estés en condiciones de conducir.

–  Yo conduciré. – Les digo.

–  ¡Ni de coña! – Exclaman Judith y Rubén al unísono.

–  ¿Tan mal conduces? – Me pregunta Álvaro mofándose.

–  ¡Venga, hombre! ¡Soy una excelente conductora! – Protesto.

–  Sí, por eso te han detenido cuatro veces en Londres por conducción temeraria. – Me replica Rubén quitándole las llaves del coche a su hermana. – Tu padre nos ha dado un sabio consejo: Si amáis vuestra vida, no os montéis en un coche que conduzca mi hija. Y yo amo demasiado mi vida.

–  ¿Detenida cuatro veces por conducción temeraria? – Pregunta Álvaro incrédulo. – ¿Qué hiciste? ¿Es que creías que te daban puntos por atropellar a los peatones?

–  Esos antecedentes ni siquiera constan en mi expediente. – Me defiendo.

–  Porque eras menor de edad, lo cual no dice nada bueno en tu favor. – Se mofa Rubén.

–  En mi defensa alegaré que en Londres todos son muy tiquismiquis. – Me defiendo. – Estoy segura de que si lo hubiera hecho en Barcelona, no habría pasado nada.

–  ¿Qué hace una niña menor de edad conduciendo un coche en Londres? – Me pregunta Álvaro divertido. – Eres toda una caja de sorpresas, Megan.

–  No creas ni la mitad de lo que te dicen éstos dos, son unos exagerados. – Le contesto poniendo los ojos en blanco. – Puede que hiciera alguna travesura de adolescente, pero ha pasado mucho tiempo desde entonces y soy una mujer madura, al menos a ratos.

Todos estallan en carcajadas. Todos excepto Ángel, quien apenas curva un poco la comisura de los labios. Pero, ¿qué le he hecho yo a este hombre?

En fin, finalmente Judith y yo nos vamos con Rubén en su coche y Álvaro y Ángel se van en el coche de Álvaro, pero quedamos en encontrarnos en un pub que se supone que es el mejor de la ciudad.

Veinte minutos más tarde, entramos en el pub “Heaven”, un local situado en pleno centro de la ciudad y con una clientela muy selecta. Rubén nos guía hasta un pequeño reservado situado en la terraza del local, el cual está protegido de las miradas del resto de clientes por unos biombos de madera blanca, a juego con el mobiliario y la decoración minimalista del local. Rubén se dirige a la barra a por unas copas y aprovecho para preguntarle a Judith lo que desde hace rato me ronda la cabeza:

–  Judith, cuándo me habéis presentado a Ángel, ¿qué ha pasado? Me ha saludado muy serio y todos os habéis echado a reír, ¿qué le pasa?

–  Ángel es un mujeriego, si ve a una mujer bonita la piropea hasta que consigue acostarse con ella para después no volver a verla. – Me dice Judith sonriendo. – En cuanto lo hemos visto aparecer, todos esperábamos que te dijera algún piropo, pero en lugar de eso se ha comportado de una manera muy rara, incluso Rubén le ha dicho que no parecía el mismo.

–  A lo mejor no me considera una mujer bonita. – Opino utilizando sus palabras.

–  Megan, le has gustado y de eso estoy segura. – Me dice divertida. – No ha dejado de mirarte de reojo en todo momento y prestaba atención a todo lo que decías, aunque disimula muy bien. No sé qué le has hecho al pobre Ángel, pero nunca lo había visto reaccionar así.

–  ¡Yo no le he hecho nada! – Protesto. – Es un borde.

–  Sí, pero está muy bueno. – Sentencia Judith entre risas. – Si lo que quieres es un polvo de una noche, Ángel es tu hombre, pero no esperes nada más de él.

–  No me interesa, creo que no lo soporto. – Le contesto.

–  Aquí traigo las copas. – Dice Rubén sonriendo. – Vamos a brindar por la que puede ser una noche maravillosa.

–  ¿A qué viene ese buen humor? – Le pregunta Judith.

–  Acabo de encontrarme con Sofía y la he invitado a unirse a nosotros. – Nos dice Rubén. – Está despidiéndose de su amiga y ahora vendrá hacia aquí. Espero que seáis buenas, las dos sabéis lo que ella significa para mí.

Cinco minutos después, Ángel y Álvaro aparecen en el reservado con una copa cada uno. Álvaro se sienta inmediatamente al lado de Judith, quien le dedica una mirada de fingido desprecio que a él le hace sonreír. Ángel se sienta a mi lado, en el único sillón que queda libre.

Sofía llega al reservado y saluda a todos, pues ya los conoce. Rubén nos presenta y ella me dedica una sonrisa con simpatía. Como me había dicho Rubén, Sofía es una chica sencilla pero con una sencillez exquisita que la hace muy atractiva. Rubén y Sofía hacen una buena pareja.

Charlamos animadamente hasta que empezamos a achisparnos todavía más y Rubén y Sofía, bastante acaramelados, deciden ir a la pista a bailar. Judith se levanta para ir a por unas copas y Álvaro decide acompañarla, solo para no tener que separarse de ella. Y aquí estamos Ángel y yo, ambos callados y evitando cruzar nuestras miradas. Es como ir en el bus y tener a un desconocido al lado.

–  ¿Siempre eres así de hablador o directamente no te caigo bien? – Me oigo preguntar, sorprendiéndome a mí misma.

Ángel me mira con el rostro indescifrable tratando de incomodarme, pero sin conseguirlo. He bebido demasiado como para que una mirada suya pueda perturbarme. Finalmente, me dice mirándome a los ojos:

–  Lo siento, no estoy acostumbrado a estar con desconocidos.

Pues para tirarse a una mujer distinta cada noche, entonces debe conocer a las mujeres de medio mundo, pero prefiero no decirle nada al respecto, al fin y al cabo, soy una desconocida.

–  Eso ha sonado a todo menos a una disculpa. – Le respondo con indiferencia. – Pero no te preocupes, no te molestaré más.

Ahora es él quien me mira desconcertado. Pero en ese momento llegan Judith y Álvaro discutiendo, cómo no, y nuestra conversación, por llamarla de alguna manera, es interrumpida.

–  Pocahontas, no te pongas así, solo te he pedido que bailes una canción conmigo. – Le dice Álvaro a Judith que está empezando a echar humo por las orejas.

–  Baila una canción con Álvaro y hazlo feliz, Jud. – Le insiste Ángel. – Yo ya lo aguanto bastante entre semana, es justo que durante el fin de semana yo pueda descansar de él.

–  Si bailo con Álvaro, tú tendrás que bailar con Meg. – Le dice Judith con malicia. – Ha venido conmigo y no puedo dejarla sola.

–  No te preocupes por mí, vete y diviértete. – Le digo zanjando el tema.

Pero Judith solo espera la respuesta de Ángel y éste, finalmente, le dice:

–  Ve a bailar, seré la sombra de Megan mientras que tú no estés.

Abro la boca para decir algo pero Judith me mira con gesto amenazador y yo decido cerrar mi boca de nuevo. Mi amiga tiene muy mal genio. Álvaro agarra del brazo a Judith y la arrastra hasta la pista de baile, dejándonos de nuevo a solas a Ángel y a mí.

Para no tener que hablar, decido llevarme la copa a la boca y observar las preciosas vistas de la ciudad que ofrece la terraza del Heaven.

 

No tientes al diablo 2.

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A las ocho en punto de la tarde, salgo de mi nueva habitación con un precioso vestido rojo, de escote en palabra de honor y ceñido hasta la cadera, donde empieza a caer más vaporosamente. Lo complemento con unos zapatos rojos con tacón de aguja y un bolso de mano del mismo color. Me he ondulado el pelo y he dejado mi larga melena rubia suelta, al más puro estilo salvaje. Para rematar el atuendo, me he puesto una gargantilla de oro blanco con un pequeño colgante de rubí en forma de lágrima.

–  Joder Megan, estás buenísima. – Me dice Judith divertida. – Si no me gustaran tanto los hombres, esta noche te seducía.

–  Tranquila, creo que esta noche vas a seducir a muchos hombres con ese vestido. – Le respondo al verla guapísima con un precioso vestido turquesa que resalta su tono de piel dorado, a juego con sus zapatos y su bolso de mano. Se ha hecho un semi recogido dejando su cara completamente al descubierto y su melena oscura y rizada cayendo a su espalda. – Si esta noche ninguna de las dos liga, estoy dispuesta a enrollarme contigo solo por no echar a perder nuestro modelito. – Bromeo siguiéndole el juego.

–  Calla y no me tientes, que ya no me acuerdo ni de lo que se siente al practicar sexo. – Me dice Judith cuando entramos en el ascensor. – Hace tanto tiempo que no lo practico que creo que vuelvo a ser virgen.

–  No te creo. – Le contesto entre risas.

–  Créeme. Entre las interminables jornadas de trabajo y el poco tiempo que tengo libre para dormir, limpiar y comer, mi vida sexual se ha convertido en una meta inalcanzable.

–  ¡Oh, vamos! ¿Es que no tienes algún amigo especial al que recurrir cuando tienes ciertas necesidades sexuales? Ya sabes, un amigo con derecho a roce.

–  No, desde que lo dejé con mi ex porque apenas nos veíamos debido a mi trabajo, mi vida sexual es nula. – Se lamenta Judith. – Pero ahora que tú me vas a ayudar a pagar el alquiler y a limpiar la casa, no voy a tener que hacer más horas extra en el trabajo ni malgastar mi tiempo limpiando, así que espero recuperar mi vida social y sexual.

–  Así que soy tu salvavidas. – Bromeo.

–  Sí, económicamente, socialmente y sexualmente. – Bromea.

Ambas bromeamos y nos reímos de camino a la gala benéfica en su Mercedes CLK de color plateado. Me alegro de haber venido con Judith, echaba de menos su buen humor y su peculiar forma de ver la vida.

A las ocho y media llegamos al hotel donde se celebra la gala y nos guían hasta el salón principal donde nos hacen tomar una copa de champagne mientras esperamos al resto de invitados antes de pasar al gran comedor. Sé que mi padre, los padres de Judith y también Rubén asistirán a la gala, pero no los vemos por ningún lado. Por una parte, mejor. Sé que mi padre no me dejará en paz hasta haberme presentado a todos y cada uno de sus amigos y clientes. Si voy a trabajar en el bufete, voy a tener que prestar atención a sus nombres y a todo lo que me digan. Tener información y estar al día de lo que ocurre en la sociedad siempre es una buena baza.

A Judith la interrumpen constantemente para saludarla, debido a su trabajo como periodista, conoce a casi toda la alta sociedad de la ciudad y se siente como pez en el agua. Sé que tiene que trabajar, así que decido dar una vuelta por el salón a ver si encuentro a mi padre.

–  Meg, ¿te estás divirtiendo? – Oigo la voz de Rubén a mi espalda.

–  Por el momento, no mucho. – Le confieso. – Había olvidado lo aburridas que son estas fiestas, sobre todo si no conoces a nadie.

–  Acabo de ver a tu padre, ¿quieres que te acompañe a saludarlo?

Asiento y Rubén, como el perfecto caballero que es, me acompaña hasta dónde está mi padre hablando con un hombre de mediana edad y con la que supongo que será su esposa.

–  ¡Hija, llegas justo a tiempo! – Me dice sonriendo en cuanto me ve. Me saluda con un leve beso en la mejilla y añade: – Quiero presentarte al señor y la señora McQueen. Son propietarios del club de campo más lujoso del país, y el cual tenemos el honor de gestionar.

–  Soy Megan Moore, encantada de conocerles. – Me presento hablando inglés.

–  Igualmente, señorita Moore. – Me dice el señor McQueen estrechándome la mano. – Tu padre nos estaba diciendo que vas a formar parte del gabinete de abogados de su bufete, debes de ser muy buena abogada.

–  Lo es. – Sentencia mi padre orgulloso. Se ha licenciado con honores en la universidad de Oxford y ha rechazo una oferta del bufete más importante de Londres para venir a trabajar aquí.

–  Creo que prefiero que a partir de ahora sea tu hija la que venga al club de campo para encargarse de los asuntos legales. – Bromea el señor McQueen.

Acto seguido, saludan a Rubén, al cual conocen ya que él y su familia son socios del club de campo de los McQueen, al igual que el resto de invitados.

Entonces aparecen Catalina y Rafael y la charla se empieza a animar. En cuanto podemos, Rubén y yo nos descartamos para dirigirnos a un lugar más tranquilo de la estancia donde poder hablar.

–  ¿Has venido solo? – Le pregunto.

–  He venido con mis padres. – Me dice sonriendo. – En cuanto se han enterado de que venías con Judith me han obligado a venir para que no estuvieras sola mientras mi hermana trabaja.

–  ¿Me estás diciendo que te he arruinado la noche? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  En todo caso, me han dado la excusa perfecta para estar contigo. – Me dice sonriendo.

–  Eres muy guapo, simpático y tienes dinero, ¿cómo es que no tienes un séquito de mujeres deseosas de obtener tu compañía?

–  La única chica que me interesa ni siquiera sabe que existo. – Se lamenta. – ¿Por qué sois tan complicadas las mujeres?

–  Define complicada, por favor. – Le pido entre risas. – En cuanto a lo de tu chica, cuéntame todo con pelos y señales y te daré mi sincera opinión y, si lo deseas, incluso un consejo.

Rubén me cuenta que está enamorado de una chica que trabaja en su oficina y se llama Sofía Casanovas. Al parecer, es una chica sencilla pero muy inteligente y, cuando él intenta hablar con ella, ella se ciñe únicamente al tema laboral, comportándose como una verdadera profesional pero que a Rubén le saca de quicio.

–  Nunca he tenido una relación más allá de lo profesional con alguien del trabajo, así que no puede pensar que trato de seducirla. – Me dice Rubén. – Lo cierto es que he sido muy sutil para no asustarla, quizás ni se haya dado cuenta de lo que siento.

–  Díselo claramente y sal de dudas. – Le animo. – Invítala a cenar, llévala a tomar un par de copas, baila con ella y, si la cosa va bien y ves que sonríe constantemente, bésala.

–  ¿Y si me rechaza?

–  Si te rechaza te disculpas, le aseguras que no volverá a ocurrir y que en el trabajo todo seguirá igual que hasta ese momento. Y te la quitarás de la cabeza. Pero eso no va a ocurrir, no hay mujer que se pueda resistir a tus encantos.

–  Pues tú lo haces.

–  Eso es porque eres como un hermano para mí, pero aun así soy consciente de tu atractivo. – Le contesto divertida.

Judith consigue escabullirse de todo el que quiere saludarla y logra llegar hasta a nosotros con una sonrisa en los labios.

–  Acabo de obtener todo el material que necesito sobre los invitados, en cuanto cenemos y den el discurso, podremos marcharnos. – Nos dice Judith. – Mis padres ya me informarán de lo que pase después.

–  Eso es vocación, Pocahontas. – Le dice sonriendo un tipo muy atractivo.

–  Genial, ya han llegado los payasos a la fiesta. – Le contesta Judith con sorna.

Entre estos dos hay química además de una tensión sexual no resuelta. Ambos se retan con la mirada y, finalmente, el tipo saluda a Rubén amistosamente y después detiene sus ojos en mí.

–  No sabía que te habías reformado. – Le dice a Rubén.

–  Megan es una buena amiga, como de la familia. – Le contesta Rubén. Se vuelve hacia a mí y añade con una sonría: – Megan, te presento a Álvaro Martínez, un buen amigo. Íbamos juntos al instituto.

–  Sí, toda una joya. – Murmura Judith.

–  Encantado de conocerte, Megan. – Me dice Álvaro. – ¿Eres inglesa?

–  No, nací en Barcelona. – Contesto. – Pero mis padres son ingleses y he vivido en Londres los últimos ocho años, así que no ibas desencaminado.

–  Da gusto hablar con una mujer tan cordial. – Me dice dirigiendo una rápida mirada a Judith. – Ha sido un placer conocerte.

–  Igualmente. – Respondo.

Álvaro se despide de Rubén e ignora con descaro a Judith. En cuanto ya no puede oírnos, le digo a Judith:

–  Desembucha. ¿Qué te traes con ese tipo?

–  Básicamente, se hacen la vida imposible desde hace años. – Me contesta Rubén. – Aunque yo creo que en el fondo están enamorados.

–  No sé si será amor, pero está claro que entre ellos hay una tensión sexual más que evidente. – Opino guiñándole el ojo a Judith con gesto burlón.

–  Mi hermano y mi mejor amiga riéndose de mí, ¡qué bonito! – Protesta Judith. – Ese tipo es un idiota, un hijo de papá mimado y prepotente.

–  Y a ti te vuelve loca. – Opino.

–  ¡Pues sí! – Grita Judith. – Y no lo entiendo, la verdad. ¡Si lo odio!

–  ¿Has escuchado eso de que del odio al amor hay solo un paso? – Le pregunto sonriendo.

–  Me alegra saber que mi desgracia hace feliz a alguien. – Dice Judith haciéndose la ofendida.

Nos hacen pasar al comedor y nuestra charla se ve interrumpida.

El comedor es todavía más lujoso que el salón y las mesas están abarrotadas de invitados. Rubén, Judith y yo nos sentamos en una de las mesas donde aparecen nuestros nombres y donde también está el nombre de Álvaro, a Judith le va a dar algo cuando lo vea.