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Las reglas del juego 24.

Alec me llevó a la que había sido mi habitación cuando mi padre se marchaba por motivos de trabajo y yo me quedaba en la base. Sonreí al comprobar que todo estaba como la última vez que estuve allí. Me ayudó a tumbarme sobre una de las dos camas dobles y no pude evitar contraer el gesto a causa del dolor en mis costillas, a lo que él respondió maldiciendo entre dientes.

—Odio verte así —me dijo casi con desesperación. Me besó en la frente y me rogó—: Por favor, prométeme que no volverás a ponerte en peligro de esa manera.

—Solo quería asegurarme de que no le pasara nada a Lía —me excusé—. Además, las dos estamos bien, el resto es secundario.

—Al final, conseguirás acabar conmigo —suspiró tumbándose a mi lado y estrechándome entre sus brazos—. Casi me vuelvo loco sin ti, nena.

—Ahora me tienes aquí y, según parece, mi padre tiene previsto tenerte de niñera conmigo.

—Por cierto, ¿qué le parece a tu padre que tú y yo estemos juntos? —Me preguntó tensando los músculos de la mandíbula.

—El hecho de que te haya dejado aquí conmigo dice mucho, ¿no crees? Además, mi padre te tiene en alta estima.

—Ya, pero imagino que la situación habrá cambiado cuando se ha enterado que soy el capullo que está con su hija y, que además, soy mucho mayor que tú.

—Doce años no son tanto y ya te dije que la edad no es un problema para mí —le recordé.

— ¿Quién te ha dicho mi edad?

—Steve me dijo que tenía treinta y siete años y supuse que tendrías su misma edad —le respondí encogiéndome de hombros.

Alguien llamó a la puerta de la habitación y Alec se levantó de la cama antes de que se lo pudiera impedir. Abrió la puerta e invitó a entrar a mi padre, a Jane y a Lía, que se tumbó conmigo en la cama ocupando el mismo lugar donde estaba su padre segundos antes.

— ¡Alice! —Exclamó eufórica.

—Hola preciosa, ¿ya has cenado?

—Sí, me lo he comido todo, ¿verdad abuela?

—Verdad, se lo ha comido todo —confirmó Jane mirando a su nieta con orgullo.

—Y tú, ¿has hecho las paces con papá?

—Sí, papá y yo hemos hecho las paces —le respondí intercambiando una rápida y cómplice mirada con Alec.

—Entonces, ¿voy a tener un hermanito?

Como no era la primera que escuchaba a Lía preguntar por la posibilidad de tener un hermanito, ya no me afectó como a los demás, pero malinterpretaron mi reacción.

— ¿Voy a ser abuelo? —Exigió saber mi padre mientras posaba su mirada de Alec a mí y viceversa.

— ¿Alice? —Me escrutó Alec.

—No estoy embarazada, si es eso lo que se os está pasando por la cabeza —les aclaré horrorizada ante aquella idea.

—La verdad es que la idea de ser abuelo me gusta, espero que no esperéis demasiado —comentó mi padre con naturalidad.

—Yo también estaría encantada —aseguró Jane.

— ¿Voy a tener un hermanito o no? —Insistió Lía con impaciencia.

—Cielo, todavía es muy pronto para hablar de hermanitos, pero te prometo que serás la primera en saberlo cuando venga en camino —le prometí.

Lía se quedó satisfecha con mi respuesta y no volvió a insistir con el tema, pero Alec no volvió a abrir la boca y se perdió en sus propios pensamientos hasta que Jane y mi padre nos dejaron para que pudiéramos descansar. Alec metió a Lía en la otra cama y se durmió antes incluso de que llegara a arroparla. Había sido un día duro y muy largo para una niña de su edad y había caído rendida.

— ¿Estás bien? —Le pregunté cuando se tumbó en la cama conmigo.

—Estoy bien siempre que estoy contigo —me susurró al oído. Deslizó una de sus manos hasta mi vientre para acariciarlo y añadió—: No he podido evitar imaginarte con un bebé en los brazos, un bebé nuestro.

—Alec…

—Lo sé, es pronto para hablar de ello —me interrumpió con pesar—. Duérmete nena, tienes que descansar.

Sospeché que no quería hablar más del tema y no quise insistir, estaba demasiado cansada y estar entre los brazos de Alec era un somnífero para mí.

A la mañana siguiente, cuando me desperté estaba sola en la cama. Miré hacia la otra cama y Lía no estaba. Me incorporé para levantarme justo en el momento en que la puerta se abrió y Alec entraba en la habitación.

—Nena, no debes levantarte —me regañó con dulzura, ayudándome a tumbarme de nuevo en la cama—. ¿Qué tal has dormido?

—He dormido bien. ¿Dónde está Lía?

—Está con mi madre, no queríamos despertarte.

Alguien llamó a la puerta y, tras dar permiso para entrar, la puerta se abrió y apareció mi padre.

— ¿Qué tal estás, cielo? —Me preguntó saludándome con un beso en la mejilla.

—Estaría mejor si me dejarais salir de la cama —protesté.

—Si estás aburrida, te traigo compañía —anunció—. Necesito a Alec en el centro de operaciones un rato, pero Brian se quedará contigo.

—No neces…

—Lo sé, no necesitas ninguna niñera —me interrumpió—, pero estaré más tranquilo si Brian se queda contigo hasta que Alec regrese.

Asentí como una niña buena y obediente, no quería darles más disgustos a ninguno de los dos. Alec se despidió de mí y dudó si besarme o no en los labios delante de mi padre, pero finalmente lo hizo. Nada más salir ellos por la puerta, Brian entró en la habitación.

—Tienes muchas cosas que contarme, pitufa —me saludó riendo divertido.

Charlamos durante más de dos horas, Brian quería saber todos los detalles de mi historia con Alec y se lo conté todo, incluso le hablé de las reglas del juego. Brian no me juzgó, me escuchó atentamente y, cuando terminé de hablar, me dijo que me veía más feliz que nunca.

Ese mismo día, recibí la visita de Álex y Tony. Mi padre había tenido el detalle de llamarles y contarles lo que había pasado y, como no podía ser de otra manera, se empeñaron en venir a visitarme. Ellos también querían saberlo todo y no iban a conformarse con menos. Se quedaron haciéndome compañía hasta que Alec regresó, ninguno de los dos quería marcharse de allí sin ver a mi desconocido y presentarse formalmente.

Alec regresó sonriendo de oreja a oreja, entró en la habitación y fue directo a besarme en los labios sin percatarse de que no estábamos a solas. Tony fingió toser, Alec se volvió para mirarles y, sorprendiéndonos a todos, sonrió y dijo:

—Imagino que vosotros sois Tony y Álex —les estrechó la mano y añadió—: Encantado de conoceros, yo soy Alec.

—Cielo, tu desconocido sigue siendo un hombretón a la luz del día —bromeó Tony.

—Y un santo, no sé cómo puedes seguir vivo teniendo que soportar a semejante rebelde haciendo reposo en cama —se mofó Álex.

— ¡Eh! —Protesté haciéndome la ofendida y le dije burlonamente—. Soy adorable, asúmelo.

—Será mejor que dejemos a los tortolitos a solas —opinó Tony.

Los chicos se despidieron y se marcharon tras hacer que les prometiera que les llamaría todos los días.

—Nena, quiero proponerte algo —me susurró Alec cuando nos quedamos solos.

—Mm… ¿Por qué tengo la sensación de que no me va a gustar?

—La operación ha salido bien, están deteniendo a todos los rebeldes en este momento y tu padre me ha dado unas semanas de vacaciones —. Me miró a los ojos y añadió—: Quiero que pases unos días conmigo y con mi familia en nuestra casa de la playa, después nos iremos solos tú y yo a donde quieras.

— ¿Con tu familia?

—Con Lía y con mi madre —confirmó—. Lía no quiere separarse de ti y me gustaría que os conocierais un poco mejor, quiero normalizar nuestra relación.

— ¿A tu madre le parecerá bien?

—Mi madre está encantada, el que me preocupa es tu padre.

—No te preocupes por mi padre, si le parece bien que le hagamos abuelo no creo que le moleste que nos vayamos juntos de vacaciones.

—Entonces, ¿eso es un sí?

—Es un sí —le aseguré riendo divertida.

 

***

 

Seis meses más tarde…

Había decidido comprar los regalos de Navidad en el último momento para no arriesgarme a que Lía los encontrara. Había comprado los regalos por internet, tan solo tenía que pasar por la tienda para recogerlos, pero el tiempo se me echó encima y llegué tarde a casa. Pude ver los coches de nuestros invitados en la calle, ya habían llegado todos. Aparqué el coche en el garaje y dejé los regalos en el maletero, regresaría a por ellos cuando todos estuvieran durmiendo.

Entré en casa y todos me saludaron alegremente, Lía fue la primera y saltó a mis brazos en cuanto me vio entrar. Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados desde aquel día en que los rebeldes nos secuestraron a Lía y a mí. Ahora vivía con Alec, Lía y Jane en una preciosa casa a las afueras de la ciudad. Alec cuidaba de mí y me mimaba igual que hacía con Lía, claro que ella tenía cinco años y yo era una mujer madura, al menos la mayor parte del tiempo. Mi padre y mis amigos estaban encantados con mi relación con Alec, al igual que la madre y los amigos de Alec. Steve y Kate habían venido con el pequeño Steve, que ya tenía cuatro meses y era un bombón. Lía no dejaba de pedir un hermanito y Alec me miraba de reojo cada vez que salía el tema mientras Jane me sonreía con complicidad. Brian, Alfred, Tony y Álex también estaban allí, todos formábamos una gran familia.

Cenamos todos juntos, brindamos y charlamos un rato antes de irnos a dormir y esperar que llegara la mañana para abrir los regalos de Navidad.

—Nena, ¿estás bien? Te noto un poco distraída desde que has llegado, ¿va todo bien? —Me preguntó Alec estrechándome entre sus brazos.

Alec tenía razón, había estado distraída, pero tenía mis razones. Sabía las ganas que Alec tenía de tener un hijo y que no insistía porque no quería presionarme, así que, tras meditarlo mucho, hace un par de meses decidí dejar de tomar la píldora y darle la sorpresa a Alec por Navidad. Me había informado por internet y la mayoría de mujeres que tomaban la píldora tardaban entre seis meses y un año en quedarse embarazadas una vez que dejaban de tomarla, pero no fue mi caso. A principios de mes, con un retraso de unos días, me hice el test de embarazo y dio positivo. No se lo dije a nadie, primero tenía que asimilarlo yo. Pero hace un par de semanas pedí cita en la clínica con mi ginecólogo y, tras hacerme una revisión y enseñarme la ecografía de mi garbancito, todos mis miedos habían desaparecido. Excepto el miedo a la reacción de Alec cuando le confesara que se lo he ocultado durante un mes.

—Tengo un regalo para ti, y estoy un poco nerviosa —le dije entregándole el sobre que había sacado de mi bolso.

—¿Qué es esto?

—Ábrelo y lo sabrás.

Me miró con curiosidad, pero no hizo más preguntas y abrió el sobre. Sacó la ecografía y se quedó observándola durante varios minutos antes de levantar la vista para mirarme.

—Esto es… ¿Es nuestro? —Me preguntó sin terminar de creérselo.

—Es nuestro bebé —le confirmé sonriendo feliz.

—Nena, no puedo ser más feliz de lo que soy ahora —me susurró antes de besarme y estrecharme entre sus brazos.

 

FIN

 

Las reglas del juego 23.

El doctor me cosió la herida del brazo, la bala no me había atravesado, pero había rasgado parte del músculo. Después hizo un par de radiografías y confirmó que tenía una costilla rota y otra fisurada. Dejó me diera una ducha rápida antes de vendarme la parte inferior del torso como si llevara un corsé. Mi padre esperó pacientemente y sin abrir la boca hasta que el doctor terminó.

—Es muy importante que guarde reposo durante un par de semanas, después haremos nuevas radiografías para confirmar que las costillas han soldado correctamente —dijo el doctor antes de marcharse.

—Voy a informar a mi padre —anunció Brian para quitarse de en medio y dejarme a solas con mi padre.

Me miró sin decir nada y supe que esperaba que yo se lo explicara sin tener que preguntar. Era el momento perfecto para demostrarle que confiaba en él, que ya no era aquella adolescente rebelde y alocada, que había madurado.

— ¿Recuerdas que te dije que estaba conociendo a alguien y que resultó ser un capullo? Pues resulta que no es el capullo que yo había pensado que era y…

—Será mejor que matices un poco si quieres que te entienda.

—No sabía que Alec trabajaba en la base, ni que tenía una hija. Me mintió, en lugar de decirme que tenía una hija me dijo que era su sobrina. Pero le vi por casualidad en la calle, iba con la esposa del Teniente Wolf y escuché a Lía que le llamaba papá, así que deduje que estaba casado, tenía una hija y esperaba otra que venía en camino. Y me fui sin pedirle explicaciones.

—No te mintió, Lía no es su hija, es su sobrina —me aclaró mi padre dejándome totalmente confundida—. La hermana de Alec se suicidó pocos meses después de nacer Lía y Alec la adoptó y se hizo cargo de su custodia.

—He sido una idiota —reconocí tras un suspiro.

—Entonces, ¿tengo que hacerme a la idea de que el Capitán Benson va a ser mi yerno?

—No lo sé, papá —le confesé—. Después de todo lo que ha pasado, supongo que todavía tenemos mucho de lo que hablar antes de saber qué es lo que va a pasar con nosotros.

—Alec es un buen hombre, quizás un poco mayor para ti, pero me gusta, sería un buen marido y un buen yerno —me dijo sonriendo satisfecho—. Será mejor que vaya a buscarle, estaba bastante impaciente e imagino que no querrás hacerle esperar más.

Me besó en la frente antes de marcharse, supuse que en busca de mi desconocido. Me senté en el sofá obedeciendo las órdenes del doctor y esperé a que apareciera, sintiéndome como una niña la noche antes de Navidad.

La puerta se abrió y a la primera persona que vi fue a Lía, que se abalanzaba sobre mí. Mi desconocido la agarró justo antes de que se me echara encima y la regañó:

—Lía, Alice está herida y tienes que tener mucho cuidado con ella para no hacerle daño, ¿de acuerdo?

Lía asintió y yo le sonreí para hacerle saber que todo estaba bien. Steve asomó la cabeza y, tras comprobar que todo estaba en su sitio, entró en la habitación seguido de su esposa embarazada y de una señora más mayor, de unos sesenta y cinco y setenta años.

—Ya conoces a Steve, ella es su esposa Kate y ella es Jane, mi madre —me anunció Alec.

—No queremos molestar, solo queríamos saludarte y darte las gracias por traer a Lía sana y salva —me dijo Jane con un tono de voz dulce que me enterneció.

—Yo quería conocerte, la última vez que nos vimos no tuvimos ocasión de presentarnos —me dijo Kate guiñándome un ojo con complicidad.

—Bueno, ya la habéis visto y os podéis marchar —sentenció Alec con impaciencia.

— ¡Pero yo me quiero quedar con Alice! —Protestó Lía haciendo un puchero.

Me percaté del gesto de enfado de Alec y, cuando abrió la boca, supe que iniciaría una discusión con Lía. Pero yo no quería discusiones después de un día como aquel, así que intervine antes de que lo hiciera él:

—Cielo, papá y yo tenemos que hablar para hacer las paces, pero necesitamos que nos dejéis un ratito a solas. Lo entiendes, ¿verdad? —Lía asintió con un leve gesto de cabeza y añadí dedicándole una amplia sonrisa—: ¿Qué te parece si me dejas un ratito con papá mientras cenas y cuando termines regresas?

— ¿Podré quedarme a dormir contigo?

—Claro que sí, cielo.

— ¿Y papá también puede quedarse? —Insistió Lía.

—Papá se quedaré donde estéis vosotras dos —le aseguró Alec. Se volvió hacia a su madre y le pidió—: Mamá, ¿puedes…?

—Por supuesto —afirmó Jane antes de que Alec pudiera terminar la frase—. Lía, deja a papá con Alice y vamos a cenar, en un rato regresaremos.

Lía se subió al sofá y me dio un beso en la mejilla antes de marcharse con su abuela, Steve y Kate. Cuando la puerta se cerró y me quedé a solas con Alec no supe qué decir. Solo quería que me besara, que me abrazara y que me dijera que nunca más volvería a separarse de mí, pero no hizo nada. Se quedó de pie frente al sofá en el que estaba sentada, escrutándome con la mirada.

— ¿No vas a decir nada? —Le tanteé con cautela.

—La verdad, no sé por dónde empezar —me confesó sentándose a mi lado en el sofá—. Nena, tenemos que acabar con ese maldito trato, no lo soporto más. Te necesito sin condiciones de por medio, se acabó jugar a lo que sea que hayamos estado jugando.

— ¿Qué me propones?

—Creo que lo primero es aclarar ciertos temas.

—Lo sé todo, Lía me puso al corriente durante… el secuestro y mi padre me aclaró el resto —terminé la frase sin haber asimilado lo ocurrido—. Fui una estúpida al huir sin escuchar tu explicación, pero en ese momento me sentí la peor persona del mundo y la más estúpida.

—La culpa es mía, no debí haber permitido que llegáramos tan lejos con ese trato, no debí conformarme solo con la A de Alice.

— ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Cuando me viste con Kate y Lía, estábamos de compras, Kate me estaba ayudando a preparar una noche especial para nosotros. Tenía pensado contarte la verdad, decirte que estaba harto de ese trato, que quería saber tu nombre, lo quería saber todo de ti. Le había hablado de ti a Lía y a mi madre, quería presentártelas.

—Pero te vi, me monté mi película y salí huyendo sin dejar que te explicaras —me lamenté dándome cuenta de lo estúpida que había sido.

—Nena, ¿cuándo supiste que trabajaba en el ejército? —Me preguntó de repente.

—No lo supe hasta que los rebeldes nos acorralaron cuando estaba con Steve y vi que tenían a Lía. La reconocí en seguida y Steve me dijo que era la hija del Capitán Benson y también su ahijada.

—Steve me ha dicho que no dudaste ni un segundo en entregarte para proteger a Lía, pese a que sabías que era mi hija y en ese momento pensabas que yo era un capullo —añadió con cierto tono burlón, pero también con orgullo—. Quiero saberlo todo, Alice. Quiero conocerte, que me lo cuentes todo.

— ¿Hablas del secuestro?

—Tu padre me ha pedido que te pregunte cómo habéis escapado, pero antes quiero besarte, nena.

—Hazlo, han pasado demasiados días desde la última vez que me besaste.

—Prométeme que no vas a salir huyendo nunca más, pase lo que pase y creas lo que creas, sin hablar antes conmigo —me pidió dejando sus labios a escasos milímetros de los míos.

—Te lo prometo, pero bésame.

Alec me besó suavemente, con una ternura y una dulzura que me derritió. Me dejé llevar y comencé a desabrochar uno de los botones de su camisa, pero él se percató y me detuvo, apartándose rápidamente de mí.

—Nena, ahora mismo no tengo voluntad para contenerme, tú no estás en condiciones y cualquiera, incluido tu padre, puede entrar por esa puerta.

—Vamos a la habitación —le propuse.

—No —sentenció sin opción a réplica—. He hablado con el doctor y me ha dicho que necesitas guardar reposo —me dio un inocente beso en la frente y añadió divertido—: Lía va a querer que le confirmemos si seguimos siendo novios, ¿qué le vamos a decir?

—Creo que no deberíamos decepcionarla, está muy ilusionada con todo este asunto. De hecho, me ha puesto en algún que otro aprieto, tú mismo has sido testigo de ello. Esa niña sabe demasiado.

—Y por eso te adora —me aseguró abrazándome con cuidado de no lastimarme—. Es una niña maravillosa, estoy seguro de que os llevaréis genial.

—Alec, no sé si estaré a la altura de las circunstancias, apenas sé cuidar de mí misma y todo esto es nuevo para mí, tendrás que tener paciencia conmigo.

—Nena, no tienes nada de lo que preocuparte, yo me encargaré de todo.

Alguien llamó a la puerta y Alec trató de apartarse de mí, pero yo me resistí y seguí acurrucada entre sus brazos. La puerta se abrió y tras ella apareció mi padre junto a Alfred y Brian.

—Bueno, parece que la parejita por fin se ha reconciliado —se mofó Brian.

—Alice, los agentes acaban de regresar de la cabaña y no dan crédito a lo que han visto, ¿te importaría explicarnos qué pasó allí? —Inquirió mi padre con cara de pocos amigos.

—Lía no vio nada, estaba encerrada en una habitación, escondida bajo la cama —me apresuré a contestar—. Tuve que hacerlo, les habían ordenado matarnos en veinte minutos.

—Han encontrado cinco cuerpos, dos en el interior de la cabaña y tres en el exterior —me informó Alfred.

—En esta carpeta están las fotografías, échales un vistazo y explícanos qué pasó —insistió mi padre entregándome la carpeta.

Alec interceptó la carpeta, la dejó sobre la mesa de café y gruñó:

—No creo que sea oportuno enseñarle las fotos.

—Alice no es una agente, pero su entrenamiento ha sido más extenso que el de cualquier sargento —replicó mi padre.

—Necesita descansar, ya ha tenido suficiente por hoy —insistió Alec.,

—Puedo ver las fotos, estoy bien —decidí poniendo fin a aquella absurda discusión.

A regañadientes, Alec me entregó la carpeta que contenía las fotografías y comencé a ordenarlas cronológicamente al mismo tiempo que les explicaba lo que había ocurrido. Noté la tensión en los músculos de Alec, sorprendido por mis actos y a la vez frustrado por no haber estado allí para ayudarme.

Tras la explicación, todos quedaron satisfechos y mi padre por fin dejó de ser el General Keller para ser simplemente Frank, mi padre.

—Tengo entendido que Lía se va a quedar a dormir contigo —me dijo.

—Así es —le confirmé.

—Hasta que nos hayamos ocupado de todos los rebeldes, Lía y tú os quedaréis aquí junto a Kate y Jane —decidió mi padre—. Alec, Steve y Brian se quedarán las veinticuatro horas con vosotras, no quiero correr más riesgos—. Se volvió hacia a Alec y le dijo—: Llévala a la cama y asegúrate de que no se mueve de allí, Jane os llevará a Lía en un rato —y añadió dirigiéndose a mí—: Por favor, guarda reposo.

—No te preocupes, yo me encargaré de que así sea —intervino Alec.

Mi padre asintió, me besó en la mejilla y le estrechó la mano a Alec antes de marcharse seguido por Alfred y Brian.

Las reglas del juego 22.

Efectivamente, el coche que se detuvo frente a nosotras era uno de los coches a prueba de balas de la base. Vi bajar del coche a Steve, a Brian y otro agente más que no conocía. Consciente de que las lunas del vehículo en el que estábamos eran tintadas, saqué las manos por la ventanilla izquierda y alcé la voz para que me escucharan:

—Soy Alice, no disparéis.

En ese mismo momento, guardaron sus armas y corrieron hasta llegar a nosotras. Steve fue directamente a coger a Lía y, tras comprobar que no tenía ni un rasguño, me susurró:

—Gracias.

Le sonreí a modo de respuesta y bajé del vehículo con la ayuda de Brian, que me inspeccionaba de arriba abajo para comprobar si estaba bien. La venda de mi brazo y mi mano presionando sobre la zona de las costillas le facilitaron el resultado. Sacó su teléfono móvil y, cuando el interlocutor descolgó la llamada, dijo:

—Alice está herida, avisa al doctor que esté preparado —hizo una pausa para escuchar lo que le decían al otro lado del teléfono y añadió—: Daños por herida de bala en el brazo y es posible que tenga un par de costillas rotas. Tardaremos una hora aproximadamente en llegar a la base, asegúrate de que esté todo preparado.

— ¿Desde cuándo te has convertido en uno de ellos? —Me mofé de Brian, refiriéndome a nuestros respectivos padres.

—Tiene gracia, yo iba a preguntarte lo mismo —me reprochó enfadado—. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?

Miré a Lía y, convencida de que había hecho lo correcto, le respondí:

—Tú hubieras hecho lo mismo en mi lugar.

—Eso díselo a tu padre cuando llegues a la base, se ha contenido porque temía por tu vida pero, en cuanto te vea y compruebe que sigues respirando, te va a caer una buena —bromeó para sacarme una sonrisa.

Nos subimos en el coche en el que ellos habían venido y nos dirigimos a la base. El agente al que no conocía se encargó de conducir; Steve colocó a Lía en su regazo y la abrazó; y Brian me quitó el vendaje que me había puesto para examinar la herida y también palpó mis costillas para comprobar si había alguna fractura.

—La bala solo me ha rozado el brazo, necesitaré un par de puntos y nada más. En cuanto a las costillas, al menos una está rota, puede que dos, nada que no se pueda curar con unos días de reposo —le aseguré.

—Eso ya lo decidirá el médico —me replicó Brian.

Rodé los ojos con exasperación. Brian y yo nos habíamos pasado la adolescencia jurando y perjurando que jamás seríamos como nuestros padres y, aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocerlo, nos habíamos convertido en sus respectivos clones.

—Tío Steve, Alice es la novia de papá —anunció Lía dejándonos a todos con la boca abierta.

Noté cómo el rubor se instauraba en mis mejillas. Steve y Brian miraron a la niña y acto seguido sus ojos se posaron en mí.

— ¿Quieres decir algo al respecto, Alice? —Me preguntó Brian con tono burlón.

—Esas conclusiones las ha sacado de su padre, mejor que os lo explique él —respondí encogiéndome de hombros.

—No entiendo nada —confesó Steve.

—Alice ya no está enfadada con papá —le respondió Lía como si aquello fuera de lo más obvio.

— ¿Por qué dices que Alice es la novia de papá? —Insistió Steve.

—Porque él me lo ha dicho y tiene su foto en la habitación —respondió la pequeña rodando los ojos.

— ¿Alice? —Me interrogó Steve.

— ¿El capullo del que me ha hablado tu padre? —Se carcajeó Brian.

—El capullo y la chica misteriosa —se guaseó Steve—. ¿Sabe ya que eres la hija del General?

—Cuando hemos llamado por teléfono, Lía lo ha confundido tanto como a vosotros y me ha pedido explicaciones, ha reconocido mi voz —confesé.

— ¿Con un Capitán del ejército? ¿Cómo se te ocurre? —Se burló Brian.

—No tenía ni idea, hasta que he visto a Lía con los rebeldes y Steve me ha dicho que era la hija del Capitán Benson.

—Por eso te entregaste a los rebeldes —ató cabos Steve—. Por cierto, la mujer embarazada que iba con él cuando lo viste, era mi mujer.

Aquello era un alivio, un problema menos por el que preocuparme.

—Puede que creyese que él era un capullo, pero jamás me hubiera perdonado que le pasara algo a Lía por mi culpa —les confesé.

—Has madurado, hace unos años le hubieras arrancado los ojos al capitán antes de pedirle explicaciones —se mofó Brian.

—Si a madurar lo llamas huir y esconderte bajo tierra… —musitó Steve. Le miré sin comprender a qué venía ese comentario y añadió—: Estas dos semanas no han sido fáciles para ti, pero para él tampoco. No sé qué pasará a partir de ahora, pero te aseguro que no te va a resultar tan fácil escapar de Alec, ahora ya sabe quién eres.

—Mi padre se va a llevar un disgusto cuando se enteres que no te casarás conmigo —bromeó de nuevo Brian, él siempre estaba de buen humor y se reía hasta en los entierros.

—Eh… ¿Vosotros…?

— ¡No! —Exclamamos Brian y yo al unísono y nos echamos a reír.

—Adoro a esta loca, rebelde y cabezota, la quiero como a una hermana pequeña.

—Y él es igual de fastidioso que un hermano mayor —añadí encogiéndome de hombros.

—Yo quiero muchos hermanitos —soltó de pronto Lía, haciéndoles reír a todos excepto a mí, que me puse pálida.

—Princesa, será mejor que de momento no menciones el tema de los hermanitos, creo que Alice puede asustarse y salir corriendo —se mofó Steve al ver la expresión de mi cara.

—Estáis dando muchas cosas por hecho y yo todavía estoy tratando de asimilar lo que he descubierto —les advertí.

Me preocupaban muchas cosas, pero una de ellas era la reacción de mi padre cuando descubriera que el supuesto capullo era el Capitán Benson.

El camino de regreso a la base se me hizo más corto de lo que esperaba y respiré profundamente cuando el coche se detuvo frente a la puerta del edificio principal de la base. Mi corazón se detuvo durante un instante cuando vi a mi desconocido de pie junto a mi padre, con evidentes signos de no haber descansado bien en varios días. Steve y Lía saltaron del coche y Lía corrió a los brazos de su padre mientras yo me quedé inmóvil en el asiento.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó Brian preocupado.

—Estoy un poco mareada, supongo que son demasiadas emociones en pocas horas, difícil de asimilar.

—Un día complicado en la oficina —bromeó haciéndome reír—. Será mejor que salgamos, tu padre está empezando a impacientarse.

Brian me ayudó a bajar del coche con cuidado de no lastimarme el brazo ni las costillas, pero fue en vano. Me echó el brazo alrededor de mis caderas para sostenerme, temiendo que perdiera el equilibrio y me diera de bruces contra el suelo. Mi mirada se encontró con la mirada de mi desconocido y el estómago me dio un vuelco.

—Cielo, ¿estás bien? No me habías dicho que estabas herida, ¿qué te pasa? —Mi padre casi me zarandeó para que le mirara.

—Estoy bien, solo un poco mareada.

—Vamos, te llevaré con el doctor.

Me volví hacia mi desconocido, no podía dejar de mirarle. Pero mi padre insistía en que me viera el doctor y yo necesitaba unos minutos para asimilar la inminente conversación que se avecinaba con mi desconocido.

—Espera, tenemos que hablar —me ordenó agarrándome por la muñeca para impedir que me fuera.

Mi padre nos escrutó con la mirada, puso su sexto sentido a funcionar y, de repente, lo entendió todo. Miró a mi desconocido y le dijo:

—Supongo que tú eres el capullo.

—Papá —le advertí.

—Lo sé, no es asunto mío —refunfuñó—. De todas formas, primero vas a ver al doctor.

—Yo la acompaño —se ofreció Brian.

—Yo quiero ir con Alice —protestó Lía abrazándome las piernas.

—Cielo, tengo que ir a que me cure el doctor, pero te prometo que luego nos veremos, ¿de acuerdo?

—Pero yo quiero quedarme contigo —protestó sin darse por vencida.

—Princesa, vamos a darte un baño y venimos de nuevo a ver a Alice, así hacemos tiempo para que el doctor la cure —la convenció mi desconocido. Me miró de nuevo a los ojos y me susurró al oído—: Ni se te ocurra irte.

—Tranquilo, no se va a ir a ninguna parte —le aseguró mi padre.

Brian y mi padre me acompañaron a ver al doctor para que me examinara. Todo el mundo me miraba, sabían lo que había ocurrido y sentían curiosidad por conocer a la hija del General, pero sobre todo por saber qué me traía entre manos con el Capitán Benson y qué haría mi padre al respecto.

Las reglas del juego 21.

Tenía que pensar en algo y rápido. Veinte minutos no me dejaban mucho margen y dudaba que los hombres que mi padre había enviado llegaran a tiempo. Que Lía estuviera allí limitaba mi capacidad de actuación, tendría que atacar y defendernos, pero la reacción de una niña de cinco años era impredecible, sobre todo en una situación tan crítica y peligrosa como aquella.

Me quité el colgante y se lo puse a Lía, que seguía dormida sobre la cama. Quería asegurarme de que, si a mí me pasaba algo, pudieran encontrarla a ella. Se despertó y me miró asustada, la abracé con fuerza y le dije:

—Escúchame con atención Lía, necesito que te escondas bajo la cama, quiero que cierres los ojos y te tapes los oídos, ¿de acuerdo? —La niña, a pesar de que no entendía mis razones para pedirle algo así, asintió—. Pase lo que pase y escuches lo que escuches, no debes moverte de debajo de la cama, ¿vale? —Lía asintió de nuevo y añadí—: Prométemelo, cielo.

—Te lo prometo.

Respiré profundamente y, tras esperar que Lía se metiera bajo la cama y mirarla por última vez, abrí la puerta de la habitación y salí de allí. En cuanto puse un pie en el salón de aquella cabaña de cazadores, uno de los rebeldes me apuntó a la cabeza con su pistola.

—Necesito ir al baño —bufé.

—Tienes tres minutos, si para entonces no has salido, entraré a buscarte —me advirtió.

Pasé por su lado y me encerré en el cuarto de baño. Con mucho sigilo, rebusqué entre los cajones del armario hasta que encontré una antigua navaja de afeitar con empuñadura. No era una pistola, pero tendría que conformarme con eso. Además, tenía que ocuparme de los dos rebeldes que había en la cabaña tratando de hacer el menor ruido posible para que los otros tres rebeldes que estaban fuera no sospecharan nada. Un solo disparo echaría por tierra mi plan y la posibilidad de escapar de allí.

Salí del cuarto de baño, comprobé que uno de los rebeldes se había quedado en la puerta para vigilarme, pero el otro estaba distraído hablando por teléfono y mirando por la ventana, de espaldas a donde yo me encontraba. Con disimulo, miré de arriba abajo al rebelde que tenía al lado y me percaté que llevaba un cuchillo en la cintura. Solo tenía una oportunidad y pocas posibilidades de que saliera bien, pero confié en mi preparación. Era la primera vez que me alegraba de ser la hija de un General del ejército.

Pasé por el lado del rebelde y, con un movimiento suave y sigiloso, me coloqué detrás de él, le tapé la boca con la mano para que no gritara y le rajé el cuello con la navaja de afeitar. Sostuve su cuerpo y lo dejé lentamente en el suelo, detrás del sofá, tratando de no hacer ruido. Cogí el cuchillo y el arma que el rebelde llevaba en la cintura y lo escondí bajo mi camisa. Miré al otro rebelde, seguía hablando por teléfono, pero ya se estaba despidiendo de su interlocutor. Colgó la llamada y, mientras se daba media vuelta me acerqué a él. Echó un rápido vistazo a su alrededor y, en cuanto se percató de la ausencia de su compañero, se llevó la mano a la cintura para coger su pistola. No podía permitir que disparara, un disparo alertaría a los tres hombres que había fuera, así que lancé el cuchillo contra él y se lo clavé en el cuello.

Necesité un par de minutos para recomponerme, yo no era un soldado del ejército, no estaba acostumbrada a matar. Con las piernas todavía temblando, arrastré el cuerpo sin vida del segundo rebelde junto al otro, detrás del sofá. Cogí su pistola y la empuñé, tenía que ocuparme de tres rebeldes y no iba a ser fácil.

La puerta de la habitación donde Lía se escondía seguía cerrada y no se escuchaba ningún ruido procedente de allí, era una buena señal, Lía cumplía su promesa y seguía escondida bajo la cama.

Miré por una de las ventanas delanteras de la cabaña y vi a dos rebeldes, me asomé por una de las ventanas traseras y vi al otro que faltaba. Respiré profundamente y pensé un plan. La mejor opción era deshacerme del tipo que estaba solo en la parte trasera y después ocuparme de los otros dos que estaban en la parte delantera. Me arrepentí de haberme negado a ir a los entrenamientos de verano de la base, mi padre había insistido en que necesitaba estar preparada para situaciones como aquella y yo me había excusado alegando que tenía demasiado trabajo para eso. Debí haberle hecho caso, todo hubiera sido más fácil.

—Todo va a salir bien —repetí una y otra vez entre murmullos.

Miré por la ventana trasera de nuevo, conté mentalmente hasta tres y salté al exterior, justo encima del rebelde que custodiaba la parte trasera de la cabaña. Le tapé la boca para que no gritara y le estrangulé hasta que dejó de respirar, pero el tipo se resistió y me golpeó con fuerza en las costillas. Necesité un par de minutos para recuperarme, me había dado un buen golpe y estaba segura de que me había roto alguna costilla, pero todavía tenía que ocuparme de dos rebeldes más y Lía seguía en la cabaña, ella era mi prioridad. Cogí el arma del cuerpo sin vida de aquel rebelde y la empuñé tras comprobar que las otras dos armas seguían en mi cintura.

—Eh, ¿dónde estás? Ya han pasado los veinte minutos y no tenemos noticias, tenemos que deshacernos de esas dos —escuché a uno de los rebeldes que se acercaba—. Tío, ¿se puede saber dónde estás?

Me pequé a la pared de la cabaña y esperé a que tomara la esquina antes de abalanzarme sobre él y derribarlo. El tipo era mucho más grande y fuerte que los otros, mucho más fuerte y grande que yo. Sabía que si le disparaba alertaría al otro rebelde y las cosas se complicarían, pero no tenía elección. Disparé antes de que él lo hiciera y, dos segundos más tarde, el otro rebelde apareció frente a mí apuntándome con su pistola. Ni siquiera tuve un instante para pensar, disparé al mismo tiempo que él disparaba su pistola. Una quemazón se extendió por mi brazo y el dolor me hizo gritar, pero traté de ahogar mi grito desgarrador para no asustar a Lía. Miré al tercer rebelde tendido en el suelo, él no había tenido tanta suerte como yo, la bala le había dado entre ceja y ceja. Suspiré aliviada, por fin éramos libres y podría salir de allí con Lía. Le quité la pistola y la guardé en mi cintura antes de entrar en la cabaña para buscar a Lía.

—Cielo, ya puedes salir —le susurré con voz dulce mientras asomaba la cabeza por debajo de la cama para comprobar que se encontraba bien.

— ¿Se han ido los hombres malos? —Me preguntó con un hilo de voz y los ojos vidriosos.

—Sí, ya se han ido —le confirmé—, pero debemos marcharnos antes de que decidan regresar.

La niña asintió con firmeza y salió de debajo de la cama con una entereza y una valentía asombrosa. Sonreí al pensar lo mucho que esa niña se parecía a mí cuando era pequeña, pero la sonrisa se borró de mis labios al recordar que era la hija que mi desconocido había tenido con otra mujer.

—Tienes mucha sangre —dijo señalando mi brazo.

—No es nada —le resté importancia, me preocupaba más el dolor que sentía en las costillas.

—Tenemos que curártelo, mi papá dice que si se infecta es peor.

Su dulce vocecita podía confundir a cualquiera, pero aquello no era un simple comentario, era una orden. Aquella niña era igual de mandona que su padre. No tenía ni ganas ni fuerzas de discutir. Además, ella tenía razón. Abrí el armario del botiquín, saqué un par de gasas, una venda, un rollo de esparadrapo y el betadine. Me curé la herida del brazo, por suerte la bala solo lo había rozado y no atravesado como me había temido, vendé la herida y salimos rápidamente de la cabaña. El simple hecho de pensar que más rebeldes pudieran venir en busca de sus compañeros me ponía la carne de gallina.

Ayudé a Lía a subir a uno de los coches de los rebeldes cuando me acordé de algo. Tenía que avisar a mi padre, decirle que estábamos bien y que íbamos de camino a la base.

—Cielo, no te muevas de aquí —le pedí a Lía—. Voy a la cabaña a buscar un teléfono para llamar a papá y decirle que estamos bien, ¿de acuerdo? —La niña asintió, pese a que el miedo era visible en sus ojos—. Tardo cinco segundos, te lo prometo.

Intenté ir corriendo, pero el dolor en las costillas era tan fuerte que apenas podía respirar. Me temí que una de mis costillas se hubiera astillado dañando el pulmón, así que palpé la zona cautelosamente. Una de las costillas estaba rota, pero no parecía que el daño fuera más grave que ese. Me apresuré en quitarle el teléfono móvil a uno de los rebeldes que había escondido detrás del sofá y regresé junto a Lía de inmediato.

—Ya estoy aquí, cielo —anuncié sentándome tras el volante—. Abróchate el cinturón, nos vamos a casa.

Arranqué el motor del coche y me dirigí hacia el único camino de tierra que había, el camino que nos sacaría de allí. Estaba oscureciendo y no quedaba mucho tiempo antes de que se hiciera totalmente de noche, teníamos que salir de aquel bosque ya.

Cogí el teléfono y lo desbloqueé deslizando la pantalla, por suerte no había ningún código ni patrón de seguridad que restringiera el acceso. Marqué el número de teléfono de mi padre y pulsé la tecla del altavoz, la carretera era bastante intransitable para permitirme el lujo de distraerme. Al segundo tono, mi padre descolgó la llamada:

—General Keller al habla.

—Papá, soy A…

—Cielo, ¿estás bien? ¿Y Lía? Dime que las dos estáis bien.

—Las dos estamos bien —le confirmé—. Escucha papá, estoy con el manos libres, Lía nos está escuchando, ¿de acuerdo? —Le advertí para que se abstuviera de comentar o decir algo inoportuno y que Lía lo escuchara—. Hemos escapado de la cabaña donde nos tenían retenidas, he cogido prestado uno de los coches de los rebeldes para huir y voy conduciendo por un camino de tierra, pero no tengo ni idea de dónde estoy ni hacia a dónde me dirijo. Lía lleva puesto mi colgante, ¿puedes decirle a alguien que rastree el localizador y nos guie para salir de aquí?

—Ya os tenemos localizadas, el Teniente Wolf, Brian y otros dos agentes se dirigen hacia vosotras, deberías toparte con ellos de frente en unos diez minutos.

— ¿Brian? —Pregunté sorprendida.

—Así es, Brian —me confirmó y añadió bromeando—: Alfred está un poco molesto, su hijo le pone excusas para venir a verle pero, cuando se trata de ti, aparece en un par de horas.

—Papá —reí divertida.

—Cielo, el Capitán Benson está aquí, quiere hablar con su hija.

—Puede hablar, Lía está escuchando —le dije con un hilo de voz.

—Princesa, ¿estás ahí? —Escuchar su vos después de tantos días me hizo derramar un par de lágrimas silenciosas.

— ¡Papá! —Exclamó Lía eufórica—. Alice me está llevando a casa y me ha dicho que ya no está enfadada contigo, ahora todo irá bien, ya no estarás triste.

Escuchar aquellas palabras de la boca de esa niña de cinco años casi me rompe el corazón, su papá estaba triste porque yo me había enfadado.

—No te entiendo, princesa. ¿Por qué se ha enfadado Alice conmigo?

Él todavía no sabía quién era yo. Ni siquiera había averiguado mi nombre. Tenía una foto mía en su habitación, si la hubiera pasado por un programa de reconocimiento facial hubiera descubierto todo sobre mí, pero no lo había hecho. ¿No le importaba lo suficiente?

—Me dijiste que se había enfadado porque no le habías dicho la verdad, pero la abuela me dijo que se había enfadado porque eras tonto —le reprochó Lía y añadió con una malicia excesiva para una niña de su edad—: Alice tendría que seguir enfadada contigo hasta que aprendas la lección.

Tuve que hacer un gran esfuerzo por contener la risa, sobre todo porque el dolor de mis costillas se agudizaba.

—Alice, ¿te importaría aclararme de qué está hablando mi hija? —Su tono de voz grave y dominante me pilló desprevenida, pero era mi desconocido y yo me derretía siempre con sus palabras.

—Tu hija me ha hecho prometerle que te perdonaría, quizás deberías haber escondido mejor mi foto —le repliqué.

El silencio reinó durante unos segundos, aquello era una buena señal, había reconocido mi voz.

—Nena, ¿eres tú? Te juro que todo tiene una explicación, que no te mentí, que…

—No creo que sea el momento —le interrumpí—, pero tranquilo, Lía ya me ha aclarado parte de la historia —. Reconocí los faros del coche oficial de los agentes del ejército y les hice luces para que se detuvieran. Miré el teléfono y añadí antes de colgar—: El equipo de extracción nos ha encontrado, nos vemos en la base dentro de un rato.

Lía me estudió con la mirada durante un par de segundos, después sonrió y me abrazó. La besé en la coronilla y le devolví la sonrisa. Aquella niña me había robado el corazón igual que lo había hecho su padre.

Las reglas del juego 20.

Apenas había transcurrido media hora desde que había hablado por teléfono con mi padre cuando los rebeldes nos localizaron. Steve y yo nos escondimos entre los árboles, pero ya nos habían visto y era demasiado tarde. Nos refugiamos detrás de una roca gigante e hicimos recuento de balas, seis balas por pistola, menos una que ya había utilizado formaban un total de diecisiete balas. Teniendo en cuenta que al menos había veinte rebeldes acechándonos y que los refuerzos todavía tardarían más de media hora en llegar, teníamos pocas posibilidades de salir airosos de aquella situación.

—Si nos separamos tendremos más tiempo, quizás podamos aguantarles hasta que lleguen los refuerzos —opiné.

—De eso nada, le he prometido al General que no me separaría de ti —contestó sin opción a réplica.

—No tenemos ninguna posibilidad, son demasiados y están comenzando a rodearnos.

Entonces, el que parecía el líder de los rebeldes, caminó hasta el centro del claro y, tras hacerle una señal a otro de los rebeldes para que se acercara a él, comenzó a hablar alzando la voz para que le escucháramos:

—No queremos hacerte daño, princesa. Solo queremos hablar.

—Sí, claro —musitó Steve entre dientes.

El líder de los rebeldes hizo una pausa para esperar mi reacción pero como no hubo ninguna reacción por mi parte, continuó hablando:

—Creía que quizás querrías hacerle compañía a esta niñita pero, si no vienes, pagaremos con ella nuestra frustración.

Miré a Steve sin entender nada. ¿De qué niñita estaba hablando? Steve se encogió de hombros para hacerme saber que no tenía ni idea de a quién se refería. Ambos nos asomas con cautela para mirar de nuevo hacia el claro y entonces lo entendimos.

— ¡Maldita sea, es Lía! —Blasfemó Steve.

Yo también conocía a esa niña, era la hija de mi desconocido. Necesité unos segundos para convencerme de lo que veían mis ojos, pero no había ninguna duda, era ella.

— ¿Conoces a esa niña? —Le pregunté con un hilo de voz, las palabras se me quedaban atascadas en la garganta.

—Es Lía, la hija del Capitán Benson y también mi ahijada.

Me mareé. Aquello no podía estar pasándome a mí. Estaba en el bosque, con veinte rebeldes acechándome, chantajeándome para que me fuera con ellos o le harían daño a esa niña. Una niña que era la hija de mi desconocido, que al parecer resultó que era Capitán en la misma base en la que mi padre era General. ¿Qué más me podía pasar?

Respiré profundamente y traté de centrarme. Mi prioridad era esa niña. Puede que su padre fuera un capullo, pero esa niña no tenía ninguna culpa. Además, por mucho que quisiera odiar a mi desconocido, lo cierto era que lo amaba y no podía permitir que le pasara algo a su hija.

—Voy a salir —decidí.

— ¿Te has vuelto loca?

—Me quieren a mí.

—Aunque te entregues, no liberarán a Lía —aseveró.

—Al menos no estará sola y te prometo que no dejaré que nadie le toque ni un solo pelo.

—Alice, yo también quiero rescatar a Lía, pero no así.

—No hay tiempo para discutirlo —sentencié—. No dejes que te vean, espera a que nos hayamos marchado y llama a mi padre. Dile que busque a Brian, él sabrá cómo localizarme.

— ¿Quién es Brian?

—Brian Sanders, el hijo del Comandante Brian Sanders —le repetí.

—Os rescataremos, te lo prometo —me aseguró.

Pude ver la indecisión en sus ojos pero mi plan, aunque no nos gustara, era el único plan que podía salir bien. Muy a su pesar, Steve accedió a seguir con mi plan y dejó que me entregara.

Me dirigí hacia el claro con las manos en alto y caminando lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco que les hiciera reaccionar inesperadamente. Con la pequeña Lía allí, tenía que ser prudente.

—Comprobad que no vaya armada —ordenó el líder de los rebeldes a sus hombres.

Dos tipos se me acercaron y me cachearon, comprobando que no llevaba un arma oculta en los brazos, las piernas ni la cintura.

—Está limpia —anunció uno de ellos.

Me acerqué a la pequeña que parecía muy asustada, me agache junto a ella para ponerme a su altura y le pregunté:

— ¿Estás bien, cielo?

La niña me miró y me sorprendió el gran parecido con mi desconocido, nadie podía negar que aquella niña era hija suya. Tenía sus mismos ojos, la misma intensidad en la mirada. Sacudí la cabeza para quitarme de los pensamientos a mi desconocido, tenía que centrarme en lo que importaba y era salvar a esa niña de los rebeldes, aunque aquello me costara la vida.

Nos hicieron subir a los asientos traseros de un todoterreno negro, acompañadas por dos rebeldes más el conductor, y nos pusimos en marcha. El resto de rebeldes se subió en los otros seis coches y nos siguieron. Lía estaba nerviosa y comenzó a llorar. Uno de los rebeldes me miró con fastidio y me dijo entre dientes:

—Hazla callar.

Me entraron ganas de patearle allí mismo. Lía solo era una niña de cinco años que estaba asustada, era normal que llorara.

—No pasa nada, Lía —le aseguré. Me acerqué más a ella y le susurré al oído—: Me llamo Alice y cuidaré de ti hasta que papá venga a buscarte.

— ¿Conoces a mi papá?

No supe qué contestar a su pregunta. Sí, sabía quién era. Pero no, apenas le conocía. ¿Cómo podía explicar aquella extraña relación a una niña de cinco años?

—Es complicado, cielo —opté por decir y recé para que no hiciera más preguntas.

— ¿Eres la novia de mi papá?

— ¿Cómo dices? —Le pregunté creyendo que no la había oído bien.

—Mi papá me dijo que me iba a presentar a su novia, pero todavía no la he conocido y, cuando le pregunto, me responde que es complicado. La abuela dice que papá se ha portado mal y su novia se ha enfadado, pero el tío Steve me ha dicho que papá lo arreglará.

No entendía nada. ¿Dónde estaba la madre de esa niña? ¿Mi desconocido era viudo? ¿Se había divorciado? No era la mejor situación para hacer preguntas y menos a una niña de cinco años, pero tenía que hacerlo.

— ¿Por qué crees que yo soy la novia de tu papá?

—He visto una foto tuya en la habitación de papá.

Una vez más, Lía me dejó sin saber qué decir. Mi desconocido tenía una foto mía en su habitación, ¿cómo era eso posible? ¿De dónde la había sacado? ¿Les había hablado de mí a su hija y a su madre? Deseaba hacerle miles de preguntas, pero me contuve ya que no era el momento ni el lugar ni la persona adecuada. Y sonreí. Pese a estar en aquella situación, me sentí feliz. Mi desconocido tenía una foto mía, aunque tampoco se me olvida que me había mentido con respecto a su hija ni quien era la mujer embarazada que les acompañaba cuando les vi.

—Ya hemos llegado —anunció uno de los rebeldes sacándome de mis pensamientos.

Bajamos del coche y Lía me agarró de la mano. Yo la miré y forcé una sonrisa para tratar de tranquilizarla, estaba muy asustada. Eché un vistazo a nuestro alrededor, estábamos en mitad del bosque, a la vista tan solo había una pequeña cabaña de madera que servía de refugio a los cazadores. Afortunadamente, no era temporada de caza.

Nos hicieron pasar al interior de la cabaña y nos encerraron a Lía y a mí en una de las habitaciones. Pegué la oreja a la puerta y escuché al líder de los rebeldes ordenar que dos de sus hombres se quedaran dentro de la cabaña para custodiarnos y a otros tres que vigilaran el exterior. Después de dar aquellas órdenes, el líder y el resto de los rebeldes se marcharon. Ahora solo quedaban cinco hombres y había dos coches fuera, era la mejor oportunidad que tendría para escapar de allí con Lía, el problema es que no iba armada y, aunque lograra arrebatarles una de sus armas, tampoco me veía capaz de usarla delante de Lía.

Me llevé las manos al colgante de mi cuello, un rubí con forma de corazón que llevaba un localizador oculto, un capricho que Brian me quiso regalar cuando lo vimos en una joyería pero con la condición de añadirle un localizador. Era un secreto entre los dos, producto mi época más rebelde.

—Alice, ¿cuándo va a venir papá a buscarnos?

—Pronto, cielo —le aseguré sin dejar de tocar el colgante.

— ¿Tienes mamá?

Me senté en la cama junto a Lía, le dediqué una tierna sonrisa y ella me abrazó.

—Mi mamá está en el cielo.

—Mi mamá también se fue al cielo cuando yo era muy pequeñita, pero mi papá cuidaba bien de mí, igual que tu papá cuida de ti.

—Pero yo quiero una mamá.

—Cielo, tú ya tienes una mamá y, aunque no la veas, ella siempre estará aquí —le dije colocando mi mano sobre su corazón.

Lía me dedicó una amplia sonrisa que me contagió rápidamente, tenía la misma mirada y la misma sonrisa que mi desconocido. Charlé con ella durante un buen rato, hasta que finalmente se durmió. Con cuidado para no despertarla, me levanté y pegué de nuevo la oreja en la puerta. Alguien había llamado por teléfono y traté de escuchar la conversación. No logré escuchar mucho, pero fue suficiente para que el pánico se apoderara de mí:

—Si en veinte minutos no tenemos noticias, nos deshacemos de ellas y regresamos al campamento.

Las reglas del juego 19.

Apenas nos quedaba poco más de una hora de camino para llegar a la base cuando el Teniente Wolf miró por el retrovisor y me informó que teníamos compañía. Pisó el pedal del acelerador a fondo, pero los dos coches que nos seguían también aumentaron la velocidad y nos rodearon colocándose uno a cada lado, tratando de que nos detuviéramos.

Mientras el Teniente Wolf intentaba esquivar las maniobras que hacían para continuar nuestro camino, miré por la ventanilla al coche de mi lado y pude contar un total de cuatro de hombres, cuatro rebeldes armados y con cara de pocos amigos. Steve seguía concentrado en la carretera, así que eché un rápido vistazo a los ocupantes del coche de la izquierda, otros cuatro rebeldes armados.

—Dos coches, uno a la izquierda y otro a la derecha. En cada coche hay cuatro hombres armados, ¿algún plan? —Le pregunté tratando de mantener la calma.

—El plan es llegar a la base vivos y, a poder ser, sin un solo rasguño —musitó entre dientes.

—Intenta mantenerte en la carretera, yo trataré de quitárnoslos de encima. ¿Dónde tienes las armas?

— ¿Sabes usar un arma?

—Soy la única hija del General y me criado en la base, ¿tú que crees?

No contestó, metió la mano bajo su asiento, sacó una pistola y me la entregó. Comprobé que estaba cargada y me deslicé hacia a los asientos traseros. Las lunas traseras estaban tintadas e impedían que me vieran, lo cual era una baza a nuestro favor.

—Necesito que vayas un poco más rápido —le pedí.

— ¿Y qué crees que estoy haciendo?

—Estás protestando y eso no me ayuda en absoluto —le reproché molesta.

Traté de apañármelas cómo pude, encajonándome en el suelo de los asientos traseros mientras intentaba mantener el equilibrio de los volantazos que daba al conducir para esquivar a los rebeldes. Le quité el seguro al arma, apunté a una de las ruedas traseras del coche que nos golpeaba por la izquierda y disparé. La rueda estalló y perdieron el control del coche, que dio varias vueltas de campana.

— ¡Bien hecho, Alice! —Me animó Steve.

El otro coche nos dio un golpe por el lado derecho y esta vez fuimos nosotros quienes perdimos el control del coche y dimos varias vueltas de campana. No llegué a perder el conocimiento, pero tampoco me sentía consciente del todo.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó preocupado mientras me ayudaba a incorporarme para salir del coche.

—Me han roto el corazón, han interrumpido mi retiro espiritual y acaban de intentar matarme, supongo que he estado mejor —respondí medio aturdida.

—Tenemos que salir aquí —decidió.

Me sacó del coche, cogió el arma que me había prestado y un par de armas que guardaba en la guantera. No cogimos nada más, nos esperaba una huida a pie y era mejor ir ligeros de peso.

—Vamos, están regresando para comprobar cómo estamos —me apresuró Steve.

Me agarró del brazo y tiró de mí para escondernos entre los árboles que bordeaban la carretera y nos adentramos en el frondoso bosque. Hice un balance mental de la situación: estábamos perdidos en el bosque, no teníamos agua ni comida, no había cobertura para utilizar nuestros teléfonos móviles, estaba anocheciendo y al menos había cuatro rebeldes armados hasta los dientes buscándonos.

— ¿Cuál es el plan? —Le pregunté parándome de repente, ni siquiera sabíamos hacia a dónde nos dirigíamos.

—La base está hacia el norte, pero en lugar de ir en línea recta daremos un pequeño rodeo para despistarles.

—Estamos a casi cien kilómetros de la base, tardaremos más de diez horas en llegar, si es que logramos llegar sin agua y sin comida.

— ¿Tienes un plan mejor? —Replicó molesto.

—Si bajamos por el río bordeando aquella montaña llegaremos a un pequeño valle, es posible que allí tengamos cobertura para poder llamar por teléfono —comenté—. Es una zona de casa, probablemente encontremos alguna cabaña por el camino y, con un poco de suerte, quizás hasta tengan teléfono o alguna radio.

—Vale, ese parece un plan mejor —reconoció.

Nos pusimos en marcha y bajamos siguiendo el curso del río. Caminábamos en silencio, pero Steve no se sentía demasiado cómodo y comenzó a hablar. O, mejor dicho, a preguntar:

— ¿Qué es eso de que te han roto el corazón?

—Supongo que, como dice mi padre, no me fijo en los hombres adecuados.

—No creo que sea para tanto —opinó divertido.

—Siempre he sido una rebelde, no se lo he puesto fácil a mi padre —reconocí—. El caso es que he madurado, me he convertido en una mujer responsable y sensata. No quería hombres en mi vida, solo me habían traído problemas, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar al sexo y, como por arte de magia, encontré al hombre perfecto, o al menos eso era lo que yo creía, pero mi príncipe azul se convirtió en rana.

—Creía que eran las ranas las que se convertían en príncipes —comentó divertido.

—Se me dan tan mal los hombres que hasta convierto a los príncipes en ranas —bromeé.

— ¿Qué fue lo que pasó?

—Acabé enamorándome de él y descubrí que yo no le importaba lo más mínimo, solo era uno de sus pasatiempos.

— ¿Por eso te habías ido de la ciudad?

—Necesitaba desconectar, intentar quitármelo de la cabeza, y me pareció una buena idea distraerme con unas vacaciones en la playa. Aunque creo que me he distraído más en las últimas dos horas que en las dos semanas que llevaba en la playa.

—Si salimos vivos de aquí, recuérdame que le dé una paliza al idiota que te ha dejado escapar, no te merece.

Le sonreí con complicidad, Steve era un encanto de hombre. Me recordaba a mi desconocido en algunos gestos y en la forma de hablar. Calculé que debían ser más o menos de la misma edad y, sin darme cuenta, me oí preguntar:

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Vas a decirme que soy muy viejo para este trabajo? —Me replicó a la defensiva.

—No, solo sentía curiosidad. ¿Qué os pasa a los hombres con la edad? Creía que era a las mujeres a las que nunca se les debía preguntar por su edad —me mofé.

—No tengo ningún problema con mi edad, me siento joven, estoy en forma y tengo muy buena salud —me aseguró.

—Entonces, ¿por qué no me dices cuántos años tienes? —Insistí ya más por diversión antes su reacción que por la curiosidad que había sentido al principio.

—Tengo treinta y siete años.

—Eres joven, ya no eres un crío, pero tampoco eres viejo —opiné con sinceridad—. La verdad es que te echaba treinta y cinco años como mucho, así que supongo que estás muy bien.

— ¿Supones que estoy muy bien? —Ahora fue él quien se mofó.

—Acaban de romperme el corazón, no puedo mirarte como a un hombre —me excusé bromeando de nuevo—. Además, jamás me fijaría en alguien que trabaje en la base.

— ¿Y eso por qué?

—Mi padre es el General, ¿crees que alguno de sus soldados se fijaría en mí?

—Eres una chica guapa, inteligente, divertida y sorprendente, no hay muchas chicas capaces de coger un arma y disparar en una situación tan complicada como en la que estamos.

—Una vez un soldado trató de ligar conmigo sin saber quién era, cuando mi padre se enteró lo trasladó de base.

— ¿Cuántos años tenías?

—Tenía veinte años.

—Supongo que no debe ser fácil ser la única hija del General pero, ¿esa es la única razón por la que no te fijarías en un soldado?

—Respeto y admiro lo que hacéis, pero es difícil que no te afecte a nivel personal. Me he criado en la base, he sido testigo de los terrores nocturnos de los soldados, de las bajas, de la preocupación de sus familias y de cómo hace que cambien las relaciones. Mi ya es bastante complicada para añadir un problema más.

—Es una lástima, había pensado en presentarte a un amigo de la base, a él también le han roto el corazón y creo que os caeríais bien.

—No te ofendas, pero paso de las citas a ciegas.

—Eso exactamente es lo que respondería él si se lo dijese —se echó a reír Steve.

Con aquella conversación llegamos al claro del valle y por fin conseguimos algo de cobertura para nuestros teléfonos móviles. Steve llamó a mi padre y, tras explicarle la situación y escuchar las órdenes, me tendió el teléfono y me dijo con una sonrisa maliciosa en los labios:

—Quiere hablar contigo.

Rodé los ojos, lo último que me apetecía era tener que escuchar un largo sermón de mi padre. Cogí el teléfono, me lo llevé a la oreja y le saludé con toda la naturalidad de la que fui capaz:

—Hola, papá.

—Alice, ¿estás bien?

—Estoy bien, papá —mentí.

Steve me miró alzando una ceja y yo me encogí de hombros. Sí, no estaba bien. Igual que Steve, tenía algunas magulladuras y algunos cortes debido al accidente, pero no era nada grave y no quería preocupar a mi padre.

—Cielo, haz caso de todo lo que te diga el Teniente Wolf, es un buen hombre y sabe lo que se hace. No hagas ninguna tontería, por favor.

Su tono casi de súplica me hizo sentir culpable. ¿Qué clase de hija había sido para que mi padre casi me implorara que “me portara bien”?

—No te preocupes, haré todo lo que me diga el Teniente Wolf —le aseguré.

—Bien. Alfred ha enviado a un par de hombres a buscaros, tardarán como mucho una hora en llegar.

Tras prometerle a mi padre una vez más que no haría nada insensato y esperaría que vinieran a buscarnos, por fin colgó. Steve trató de ocultar la risa, pero no tuvo demasiado éxito y le fulminé con la mirada. Nos sentamos en un par de piedras lisas mientras esperábamos que nos vinieran a buscar y Steve insistió en que le contara qué había hecho en el pasado para que mi padre temiera tanto mi comportamiento y se temiera lo peor.

Las reglas del juego 18.

El viernes por la mañana me desperté contenta y cargada de energía, por fin iba a volver a ver a mi desconocido. Habían sido unos días duros sin él, pero después de la llamada de la noche anterior, todas mis dudas se habían disipado. Tenía claro lo que quería y estaba dispuesta a luchar por ello, no tenía nada que perder.

Me levanté temprano, limpié mi apartamento y me di un largo baño antes de bajar a la cafetería de la esquina para desayunar. Había estado trabajando tanto durante los días que mi desconocido había estado fuera que podía permitirme el lujo de tomarme el mes de julio y agosto de vacaciones. Tan solo tenía que escoger las fotografías que expondría en la galería, pero la exposición no se inauguraría hasta mediados de septiembre, tenía tiempo de sobra para decidirlo. Había cumplido con todos mis compromisos y me sentía liberada, quería pasar todo el tiempo posible con mi desconocido.

Después de desayunar me animé y me fui de compras. Quería que aquella noche con mi desconocido fuera especial y quería estar perfecta para la ocasión. Me compré un vestido elegante, de color rosa pálido y con escote de palabra de honor que pensaba conjuntar con unas sandalias romanas con tacón de aguja y una fina americana blanca con manga de tres cuartos.

Salí de la tienda feliz, deseando que llegara la noche para reunirme con él, pero recibí una dosis de realidad. A pocos metros de donde yo me encontraba, mi desconocido sonreía junto a una mujer embarazada y una niña de unos cinco años se le arrojaba a los brazos mientras le llamaba papá. Me quedé paralizada en medio de la calle, sin poder dejar de mirar aquella escena de familia feliz en la que mi desconocido era el protagonista. Nuestras miradas se cruzaron y vi la culpabilidad en sus ojos. Reaccioné y, fingiendo una serenidad que no sentía, recorrí los escasos metros que me separaban de mi coche y me monté en él.

Respiré profundamente un par de veces antes de arrancar el motor del coche e incorporarme a la circulación. Las piernas me temblaban, el corazón me latía con tanta fuerza que parecía que quisiera salir del pecho y las lágrimas se derramaban de mis ojos como cataratas. No podía creer lo que acababa de ver, no quería creer que mi desconocido era en realidad un hombre casado, que tenía una hija y esperaba un bebé. Me sentí sucia, humillada y tonta por no haberme dado cuenta antes.

Ni siquiera quise pedirle explicaciones, estaba demasiado dolida y ya era demasiado tarde para escuchar la verdad de sus labios. Mi antigua yo hubiera ido al apartamento y lo hubiera roto todo o incluso le hubiera prendido fuego, pero ya no era aquella rebelde impulsiva. Actué como la mujer sensata en la que me había convertido y decidí dirigirme a su apartamento para recoger todas mis cosas y dejar allí las llaves y el teléfono móvil que él me había dado. No quería saber nada de él, nada de lo que pudiera decir lo arreglaría.

Después regresé a mi apartamento, cogí una botella de vino y una copa, entré en el cuarto de baño con la intención de darme un largo baño mientras lloraba desconsoladamente.

No salí del ático en todo el fin de semana, necesitaba pasar por aquel duelo en soledad. Pero, después de llorar como nunca antes lo había hecho, convoqué un gabinete de crisis con Tony y Álex. Nos reunimos en mi apartamento y, tras escuchar de mis labios todo lo que había ocurrido con mi desconocido, ambos me aconsejaron que me tomase unos días lejos de la ciudad para pensar, para recomponerme y regresar a mi vida normal.

—Ve a la playa, disfruta del sol, carga a tope tu energía y regresa cuando estés preparada para afrontar todo lo que se te ponga por delante —me aconsejó Tony.

—La verdad es que me vendría bien cambiar de aires durante unos días, en la ciudad todo me recuerda a él.

A la mañana siguiente, preparé un par de maletas y las guardé en el coche. Llamé por teléfono a mi padre y, cuando me confirmó que estaba en la base, me dirigí hacia allí. No podía salir de la ciudad sin decírselo a mi padre. En cuanto puse un pie en su despacho supe que me iba a someter a uno de sus interrogatorios.

—No entiendo nada, acabas de regresar de una escapada de cinco días, ¿por qué tienes que irte de nuevo? ¿Va todo bien con ese amigo que estabas conociendo? —Al General Frank Keller no se le escapaba una.

—No va bien, he descubierto que es un capullo —bufé.

—Te vas de la ciudad por él —concluyó mi padre—. Cielo, ¿hay algo que deba saber?

—Había puesto demasiadas esperanzas en esa relación y no ha salido cómo esperaba, he cumplido con todos los compromisos que tenía programados y tengo el verano libre, tan solo quiero desconectar unos días y recargarme de energía.

— ¿Te vas sola?

—Sí.

—Necesitaré saber dónde vas a estar y tendrás que estar localizable.

— ¿Va todo bien?

Puede que mi padre siempre le gustara tenerlo todo bajo control, pero aquello era excesivo hasta para él, era evidente que ocurría algo.

—Hemos recibido algunas amenazas de los rebeldes, estamos trabajando en ello pero prefiero tenerte localizada.

—No te preocupes, te llamaré todas las noches —le prometí para que se quedara más tranquilo.

Me despedí de él con un fuerte abrazo y me subí de nuevo al coche para dirigirme hacia el sur, unos días en la playa eran todo lo que necesitaba en ese momento.

Las siguientes dos semanas me alojé en un pequeño y pintoresco hotel en primera línea de mar. Pasaba las mañanas en la playa, comía en algún restaurante y paseaba por las turísticas calles repletas de tiendas de suvenires. Recorrí la costa a pie con mi cámara en busca de inspiración para tomar fotografías, pero las musas me habían abandonado y ninguna de las fotos que hacía me resultaba mínimamente buena. Cenaba en el hotel y después me retiraba a mi habitación, llamaba por teléfono a mi padre y me metía en la cama para tratar de dormir. Pensaba en mi desconocido a todas horas, trataba de distraerme pero él siempre acudía a mi mente, todo me recordaba a él. Me preguntaba qué estaría haciendo, cómo se sentiría después de que yo descubriera la verdad y si me echaba de menos. Pese al dolor que sentía, yo sí que le echaba de menos. Nuestra relación solo había sido una mentira, él tenía su propia familia y yo solo era un capricho pasajero, una muesca más en el cabezal de su cama.

Tenía intención de quedarme allí por lo menos un par de semanas más, pero una llamada de mi padre alertándome de un posible ataque de los rebeldes cambió mis planes.

—No salgas del hotel, he enviado al Capitán Benson y al Teniente Wolf a buscarte, ellos te traerán a la base —me ordenó.

No conocía personalmente al Capitán Benson ni al Teniente Wolf, pero había oído hablar a mi padre y al Comandante Sanders de sus habilidades como soldados.

—Les esperaré en el hotel —le confirmé.

—Por favor Alice, se trata de una amenaza seria, no se lo pongas difícil y regresa a la base con ellos cuanto antes, ¿de acuerdo?

—No te preocupes, les esperaré en el hotel y en unas horas estaremos en la base —le aseguré para que se calmara, aquel asunto era más peligroso de lo que pensaba.

—Nos vemos en unas horas, cielo —se despidió antes de colgar.

Mientras esperaba que vinieran a buscarme, recogí todas mis cosas, las guardé en la maleta y pagué en la cuenta en recepción. Me senté en la cafetería del hotel a tomar un refresco para hacer tiempo y, una vez más, pensé en mi desconocido. Evitaba imaginarlo en su papel de esposo y padre perfecto, preferí recordar solo los buenos momentos.

— ¿Alice Keller?

Levanté la vista para mirar al hombre que se dirigía a mí y estuve a punto de decirle que se equivocaba, pero me enseñó su identificación y descubrí que se trataba del Teniente Wolf.

—Sí, soy yo.

—Soy el teniente Wolf, el General Keller me envía a buscarla para llevarla a la base.

— ¿Has venido solo? —Pregunté al recordar que mi padre había mencionado que el capitán Benson también vendría.

—Sí, el capitán Benson ha tenido que ocuparse de un asunto personal —me respondió al mismo tiempo que cargaba con mis maletas y me guiaba hasta a su coche.

— ¿Qué voy a hacer con mi coche?

—Lo dejaremos aquí, ya enviaremos a alguien a buscarlo cuando todo se calme.

Resoplé con fastidio, no solo tenía que interrumpir mi retiro de desconexión, también tenía que abandonar allí mi coche y regresar a la base.

Me esperaban cinco horas de viaje en coche con el Teniente Wolf al que acababa de conocer y al parecer no estaba de muy buen humor.

— ¿Cómo de grave es la situación? —Le pregunté tras un rato en silencio.

—Estamos trasladando a todos los familiares a la base, no queremos correr ningún riesgo.

— ¿Tu familia está ya en la base?

—Sí, mi mujer ya está allí. Está embarazada, todavía no sabemos si será un niño o una niña, pero nos da igual, solo queremos que el bebé nazca sano —me respondió con orgullo.

— ¿Es vuestro primer hijo?

—Sí, el primero.

—Sea un niño o una niña, estoy segura que será un bebé muy feliz, solo hay que escucharte hablar de tu mujer y de él para saberlo.

Continuamos charlando de camino a la base y el Teniente Wolf o Steve, como me había pedido que le llamara, me pareció un tipo de lo más divertido. Me habló de lo nervioso que se sentía por ser padre y de su miedo a no hacerlo bien. Los ojos le brillaban cuando hablaba de su esposa Kate, la idolatraba. No pude evitar desear que mi desconocido hubiera sentido algo así por mí.

Las reglas del juego 17.

El sábado por la mañana amaneció lloviendo, así que decidimos quedarnos en la cabaña y le dimos rienda suelta a la pasión. El jacuzzi se convirtió en nuestro rincón preferido expresar con nuestros cuerpos lo que ninguno de los dos se atrevía a decir con palabras.

Los días fueron pasando y nuestra complicidad fue en aumento, nos entendíamos con tan solo una mirada y nos encontrábamos de lo más cómodo acompañados por el otro. Incluso las tareas más anodinas y rutinarias como cocinar, fregar los platos o hacer la cama me parecían de lo más divertidas si las hacía con él.

Continué almacenando pequeños detalles de su conducta que no decían nada por sí solos, pero en conjunto denotaban el hombre que era. Recibió y realizó algunas llamadas de teléfono y, como no podía preguntar para no romper las reglas, me limité a escuchar para tratar de adivinar con quién hablaba. En varias ocasiones habló con su madre y siempre le preguntaba lo mismo: si estaban bien y si iba todo bien por allí, en plural. Imaginé que, si hablaba con su madre, lo lógico sería que se refiriese a ella y a su padre. Habló con una niña pequeña que se llamaba Lía, supuse que debía tratarse de su sobrina y tengo que reconocer que se me cayó la baba cuando le escuché hablar con ella con tanta dulzura. También le oí hablar con alguien llamado Steve, pero no pude averiguar si se trataba de su hermano, de un amigo o de un compañero de trabajo. Era obvio que se sentía incómodo cuando hablaba por teléfono y yo estaba delante, así que miraba para otro lado y fingía que no le prestaba atención, pero era evidente que él seguía cohibido con mi presencia y sus conversaciones no eran fluidas salvo cuando hablaba con la niña.

—Nena, no has llamado por teléfono ni una sola vez desde que salimos de la ciudad, ¿no hay nadie a quién debas llamar para no preocupar? —Me preguntó con mucho tacto.

—No temas, nadie te va a acusar de haberme secuestrado —bromeé—. Mi círculo más cercano sabe que me estoy tomando unos días libres para desconectar, tengo el teléfono móvil apagado.

— ¿Creen que estás sola? —Me preguntó alzando una ceja.

No supe descifrar si estaba molesto por no haber mencionado que me iba de escapada rural acompañada o si bromeaba insinuando que podría hacer conmigo lo que quisiera y nadie se enteraría.

—Si sigues mirándome así, tal vez deje que me secuestres —ronroneé.

—Nena, no me tientes…

Nos encendíamos con el mínimo roce de nuestra piel, con el susurro de nuestras voces o con tan solo una significativa mirada. La atracción entre nosotros era tan fuerte que se convertía en una adicción. Fueron los cinco días más intensos de toda mi vida y no solo por el sexo. Pero nuestra idílica escapada llegó a su fin y tuvimos que regresar a la ciudad.

Para mi sorpresa, se dirigió directamente al apartamento y, tras aparcar el coche en el parking del edificio, argumentó:

—Es tarde, lo mejor es que pasemos la noche aquí.

No se lo discutí, la idea de dormir sola en mi apartamento no me atraía en absoluto. Nada más entrar, dejó las maletas en un rincón y comenzó a desnudarme. Cuando me tuvo completamente desnuda, me besó en los labios, me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se desnudó en un par de segundos y se metió en la cama conmigo.

—Ven aquí, nena —susurró con la voz ronca al mismo tiempo que me colocaba sobre él y me envolvía con sus brazos—. ¿Te apetece un poco de sexo soñoliento?

—Mm… Lo estoy deseando.

Se hundió en mí con una lentitud y suavidad que casi me hizo desfallecer. Tenía la habilidad de llevarme a las puertas del orgasmo con una facilidad devastadora.

—Nena, dime tu nombre —me susurró.

No había insistido en saber mi nombre durante la escapada, pero volvió a hacerlo la misma noche que regresamos a la ciudad. Sin embargo, no exigió una respuesta, aceptó mi silencio y  continuó con el suave vaivén de nuestros cuerpos hasta que alcanzamos el clímax. Me quedé tendida sobre él, completamente agotada.

—Empieza por A —logré balbucear casi dormida.

— ¿Cómo dices?

—Mi nombre. Empieza por A.

Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de quedarme dormida.

A la mañana siguiente, él recibió una llamada de teléfono y tuvo que marcharse. Él no me dio más explicaciones y yo no quise preguntar.

La primera noche que dormí sola en mi cama del ático me sentí extraña, le echaba de menos y apenas hacía unas horas que había estado con él.

Un par de días más tarde, él tuvo que viajar fuera del país por trabajo. Aproveché para recuperar la rutina de mi vida diaria, continué realizando reportajes, fotografié a las modelos con los diseños de Álex y Tony y dediqué el escaso tiempo libre que me quedaba en tomar algunas fotos para mi próxima exposición en septiembre. Trataba de mantenerme lo más ocupada posible para no pensar en él. Tras nuestra pequeña escapada, lo que sentía por él y no podía evitar sentirme un poco celosa por no saber qué estaría haciendo y, lo peor de todo, con quién.

Sí, los celos me acechaban. Las preguntas que había estado enterrando en el fondo de mi mente comenzaban a resurgir y las dudas me consumían. ¿Estaba realmente fuera del país? ¿Se ausentaba por trabajo o por algún otro motivo? Era mejor no pensar en ello.

Durante esos días, intercambiábamos mensajes de texto a través del móvil, me preguntaba cómo me había ido el día y me decía que me echaba de menos. Ya no solo nos enviábamos mensajes subidos de tono, sino que también nos preocupábamos el uno del otro y nos interesábamos por lo que hacíamos.

—Cielo, él está igual de coladito por ti que tú por él —opinó Tony tras leer los mensajes que me había enviado mi desconocido.

—Si ambos queréis lo mismo, ¿por qué no anuláis ese estúpido trato y os dejáis de tanta tontería? —Preguntó Álex rodando los ojos—. Cada día te entiendo menos.

—Eso es porque te estás volviendo un ogro gruñón —le repliqué sacándole la lengua.

—Esta vez, tengo que darle la razón a Álex —le apoyó Tony—. El trato ya no tiene ningún sentido, si seguís así al final acabará mal.

— ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Voy y le suelto que estoy enamorada de él? ¿Qué pasa si lo asusto, si no quiere lo mismo que quiero yo?

—Cielo, no hace falta que le confieses todos tus secretos, tan solo que le abras la puerta para iniciar una relación sin tratos de por medio —comentó Tony—. Él te ha pedido que le digas tu nombre y te ha llevado al lago de escapada romántica, ya ha dado el primer paso y solo está esperando a que tú hagas lo mismo.

Esa misma noche, mi desconocido me llamó por teléfono. Estaba a punto de meterme en la cama cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Sonreí como una boba y descolgué la llamada antes de llevarme el teléfono a la oreja.

—Nena, te echo de menos —me dijo nada más descolgar.

Su voz era casi un lejano susurro y denotaba su cansancio, pero sus palabras reflejaban la necesidad que sentía de volver a verme. Me echaba de menos.

— ¿Has regresado a la ciudad? —Le pregunté.

—Regresaré mañana a mediodía. Había pensado que podríamos ir a cenar esta noche, si no tienes otros planes.

¿Estaba dando otro paso como decía Tony? Me estaba invitando a cenar, ¿quería salir conmigo como si fuésemos una pareja?

—Me parece una idea estupenda, yo también te he echado de menos —le respondí con un hilo de voz.

—Nena, no sabes cuánto me alegra oírte decir eso.

—Entonces, ¿nos vemos mañana por la noche en el apartamento?

—Te estaré esperando a las nueve en el parking, si subo contigo al apartamento no creo que lleguemos al restaurante —susurró con la voz ronca.

—Mm… Demasiados días… —murmuré pensando que llevábamos más de una semana sin vernos y sin tocarnos.

—Demasiados —me secundó—. Voy a tener que secuestrarte todo el fin de semana para compensarlo.

— ¿Todo el fin de semana? —Quise asegurarme de haber escuchado bien.

—Todo el fin de semana, nena —me confirmó—. ¿Tienes otros planes?

—Ninguno mejor que el que me propones.

—Cuéntame qué has estado haciendo estos días, háblame —me pidió casi en un ruego.

Supe que solo quería escuchar el sonido de mi voz, fuera cual fuera su trabajo, le dejaba agotado física y mentalmente.

—He estado trabajando mucho estos días, he salido un par de veces a tomar unas copas con mis amigos y…

— ¿Con tus amigos? ¿Los mismos amigos con los que te vi en el pub?

—Con los mismos amigos con los que me viste en el pub, pero tengo más amigos con los que salgo de copas —le respondí solo para provocarle.

—Y, cuando dices que son amigos, ¿te refieres a que son amigos…? —Dejó la pregunta en el aire para que yo respondiera.

—Mm… ¿Alguien está celoso?

—Nena, te recuerdo que acordamos exclusividad.

—Son amigos en el más estricto sentido de la palabra —le dije divertida por su reacción.

—Bien, porque te quiero solo para mí.

Celoso y posesivo, dos facetas de mi desconocido que acababa de averiguar. Si bien no era más que un juego de palabras para provocarnos mutuamente, me había dejado claro que no estaba dispuesto a compartirme con nadie.

Me recordó nuestra cita para la noche siguiente y me deseó buenas noches antes de colgar. Esa noche, me dormí con una sonrisa en los labios sabiendo que en menos de veinticuatro horas volvería a estar entre sus brazos.

Las reglas del juego 16.

Nos subimos al coche y le observé mientras conducía. Era un hombre muy atractivo y resultaba de lo más sexy tan concentrado en la carretera. Los músculos de su brazo se marcaban cada vez que lo movía para cambiar de marcha y sus facciones se acentuaban debido a la atención que prestaba a la carretera.

No tenía ninguna duda de que mi desconocido era misterioso, interesante y un tipo encantador incluso cuando se enfurruñaba. Me pregunté cómo serían sus padres y deduje que serían igual de educados y amables que él, estaba segura de que su educación era producto de una buena mujer. Lo imaginé jugando con su sobrina y tuve que contener mis ganas de abalanzarme sobre él mientras conducía. Por alguna extraña razón, la imagen de él con un bebé en los brazos se me antojó de lo más irresistible.

—Deja de mirarme así, me estás poniendo nervioso.

—Estás muy sexy cuando conduces —le dije ignorando su comentario.

—Nena, creía que teníamos una tregua.

—Y la tenemos, estoy siendo buena —me encogí de hombros con fingida inocencia.

—No quiero pensar qué harás cuando decidas ser mala —murmuró entre dientes.

Tras una hora conduciendo por una carretera plagada de curvas, por fin llegamos a un pequeño y pintoresco pueblo rodeado por una muralla de piedra y presidido por un elegante castillo de la Edad Media. Me arrepentí de no haber traído conmigo la cámara de fotos, hubiera podido hacer un magnífico reportaje del castillo, del pueblo y de los alrededores. El paisaje parecía mágico, te hechizaba con su belleza.

Tuvimos que dejar el coche en el aparcamiento que había justo antes de las puertas de la muralla, ya que por el interior del pueblo tan solo podían circular con vehículos los residentes de la zona. Entramos por el portón de madera de la muralla caminando agarrados de la mano, como cualquier otra pareja que paseaba por allí. Mis ojos no dejaban de visualizar todo lo que podía fotografiar para transmitir la belleza y la serenidad de aquel lugar idílico. Me prometí a mí misma que regresaría a ese pueblo solo para tomar las fotos que no podía hacer en ese momento.

— ¿Te parece bien si paramos a comer aquí? —Me preguntó señalando la terraza de uno de los restaurantes de la plaza principal del pueblo, frente a la entrada al castillo. Asentí con un leve gesto de cabeza y, con una amplia sonrisa que denotaba mi felicidad, le besé en los labios con sensualidad y, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo, también con amor—. Mm… ¿A qué ha venido ese beso? Y que conste que no es ninguna queja.

—Me apetecía —respondí encogiéndome de hombros para quitarle importancia.

Me estrechó entre sus brazos sin importarle que estuviéramos rodeados de gente en aquella plaza y, mirándome a los ojos con intensidad y deseo, me pidió:

—Dame otro beso de esos, nena.

No tuvo que decirlo dos veces, acuné su rostro con mis manos y le besé de nuevo, sin prisa, disfrutando del placer que me producía el roce de sus labios con los míos.

Nos sentamos en la terraza de aquel restaurante y me propuse aprovechar esa escapada para conocer un poco más a mi desconocido. No podía hacer preguntas, pero me fijaría en los pequeños detalles para averiguar más cosas sobre él. Me había llevado al lago, eso significaba que le gustaba la naturaleza. Fue a buscar leña para encender la chimenea y no tuvo ningún problema, lo que significaba que ya lo había hecho antes. Con esa información podía deducir que era un hombre sencillo, que le gustaba el campo y no le preocupaba ensuciarse las manos. Además, había descubierto que era muy detallista y, aunque quizás él no se había dado cuenta todavía, también era un romántico.

— ¿Qué te parece tan divertido? —Me preguntó sonriendo al verme sonreír, contagiado de mi buen humor.

—Tú me pareces divertido —le respondí con una verdad a medias—. He sido una maleducada, ni siquiera te he dado las gracias por planear y llevar a cabo esta escapada.

—Me doy por satisfecho solo con verte sonreír, nena —le restó importancia—. ¿Quieres que visitemos el castillo después de comer?

Dicho y hecho. Después de comer, compramos una entrada guiada para visitar en el majestuoso castillo de la Edad Media. El castillo era una auténtica fortaleza y no costaba imaginar cómo vivían los habitantes de la aldea en aquella época. Una vez más, eché de menos mi cámara de fotos, hubiera tomado cientos de fotos, sobre todo de mi desconocido.

— ¿Qué ocurre? ¿No te gusta el castillo?

— ¿Cómo no me va a gustar el castillo? —Le repliqué confusa por su pregunta—. Es una obra arquitectónica increíble y tiene una belleza embriagadora, no creo que haya alguien sobre la faz de la tierra a quien no le guste.

—Entonces, ¿a qué ha venido esa cara triste?

Entonces le comprendí, se refería a la cara que había puesto al recordar que no llevaba conmigo la cámara de fotos.

—Me hubiera gustado traer la cámara de fotos, este lugar es precioso —le respondí abriendo los brazos mientras daba una vuelta sobre mí misma para señalar todo lo que nos rodeaba.

—Podemos ir a comprar una cámara de fotos, seguro que hay alguna tienda que las venda, es un pueblo muy turístico.

—No es necesario —le agradecí con una amplia sonrisa, mi cámara de fotos era una cámara profesional, no una cámara para turistas o aficionados—. Además, así tendré una razón para regresar.

—Podríamos escaparnos unos días a finales de agosto, celebran una fiesta medieval en la que todo el mundo se viste de la época y creo que incluso lanzan fuegos artificiales.

Una vez más, su propuesta me sorprendió. Quedaban tres meses para finales de agosto, era una propuesta a largo plazo.

—Recuérdamelo más adelante, tengo mala memoria y no me gustaría perdérmelo.

Dejé la piedra en su tejado. Si realmente quería regresar conmigo cuando llegara la fecha, se encargaría de recordármelo. Reconozco que me gustó saber que me incluía en sus planes para los siguientes tres meses.

—Nena, estás muy pensativa, ¿va todo bien? —Me preguntó escrutándome con la mirada.

—Estaba pensando en el jacuzzi de la cabaña —le dije con voz seductora.

—Nena… —Me advirtió con un suave ronroneó mientras me acariciaba el cuello con la punta de su nariz.

—Has sido tú quien ha preguntado —me defendí entre risas.

Me estrechó entre sus brazos y me abrazó con fuerza. Me dio un leve beso en los labios y, dedicándome la mejor de sus sonrisas, me dijo:

—He visto un supermercado a un par de calles, pararemos a comprar comida y regresaremos a la cabaña para estrenar ese jacuzzi, caprichosa.

Entonces fui yo la que le besé con tanta fuerza y empeño que casi nos caemos al suelo al perder el equilibrio. Entre risas, besos y abrazos, hicimos la compra en aquel supermercado antes de regresar a la cabaña.

Guardamos la comida que habíamos comprado en la nevera y los armarios que componían la cocina y me regañé mentalmente por imaginarme de nuevo compartiendo una vida familiar con él. Cada día me resultaba más tentadora la idea de romper las reglas del juego.

— ¿Cenamos antes de meternos en el jacuzzi? —Le pregunté—. Si lo hacemos al revés, sabes que no cenaremos.

—Tienes razón —afirmó con una sonrisa traviesa en los labios—. Ve a ponerte cómoda, yo me encargo de la cena.

—No te lo voy a discutir, no se me da muy bien cocinar —le advertí—. Pero soy una buena ayudante, no tendrás ni una sola queja de mí.

Le ayudé a preparar la cena y descubrí que tenía grandes habilidades como cocinero, se notaba que le gustaba estar entre fogones, la cocina era otra de sus virtudes. Suspiré con resignación, esos días en el lago tan solo provocarían que acabara totalmente enamorada de mi desconocido.

Cenamos tranquilamente y después recogimos la mesa y la cocina sin ninguna prisa. Pese a que ambos deseábamos estrenar el jacuzzi de la cabaña, nos encontrábamos muy a gusto charlando y queríamos alargar un poco más la sobre mesa antes de pasar a la acción.

— ¿Te sigue apeteciendo meterte en el jacuzzi conmigo? —Me tanteó cuando se le acabaron los temas de conversación.

—Por supuesto, nene —le confirmé.

Mientras el jacuzzi se llenaba de agua caliente, nos desnudamos mutuamente. La paz y la calma con la que nos acariciábamos y nos besábamos, me embriagó con un dulce placer que cada día se acentuaba más, el dulce placer del amor.

Nos metimos en el jacuzzi y me sentó entre sus piernas, con mi espalda pegada a su pecho y me rodeó con sus brazos, estrechándome contra su cuerpo. Estar entre sus brazos era como estar en el paraíso.

No tuvo ninguna prisa, se demoró acariciando mi cuerpo, besándome y dándome placer sin exigir nada a cambio, era un amante generoso y desinteresado. Cuando ya no pude contener más mi deseo, me di media vuelta quedando sentada a horcadas sobre él.

—Mm… Nena, bésame como tú sabes.

Quería que le besara, pero que le besara como lo había hecho la otra vez, con amor. Me pregunté si él era consciente de ello o si simplemente le gustaba que le besara de aquella manera. La pregunta se perdió en el fondo de mi mente cuando mis labios se fundieron con los suyos. Alcé un poco las caderas y le invité a entrar en mí, una invitación que aceptó al instante. El placer ya no era la única razón por la que uníamos nuestros cuerpos, ahora lo hacíamos por necesidad, éramos dos adictos que necesitaban mantenerse en continuo contacto.

 

Las reglas del juego 15.

Cuando la primera luz de la mañana comenzó a filtrarse por la persiana del dormitorio, mi desconocido me despertó. Él ya estaba vestido y listo para salir, incluso se había duchado. Me hubiese gustado tener un poco de sexo soñoliento, pero él apenas rozó levemente sus labios con los míos para darme los buenos días y me ordenó que me diera una ducha rápida mientras él preparaba el desayuno.

Le noté un poco tenso, quizás también un poco distante, así que me desperecé, me levanté de la cama y me encerré en el cuarto de baño. No pude evitar sentirme molesta por su actitud tan diferente, su repentino cambio de humor me había dejado descolocada.

Cuando salí del cuarto de baño, ya vestida y arreglada para salir, él estaba sentado a la mesa y leyendo el periódico. Reconocí la bolsa de la panadería que había a la vuelta de la esquina y supe que había bajado a comprar un par de bollos para desayunar además de preparar café. Me senté a su lado y desayunamos en silencio. De vez en cuando, me miraba con disimulo para comprobar que comía y seguía leyendo el periódico.

— ¿Has terminado ya? —Me preguntó cuando terminé de beber el último trago de mi taza de café. Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió poniéndose en pie—: Entonces, es hora de ponernos en marcha.

Bajamos en el ascensor sin pronunciar palabra, pero cuando llegamos al coche, se dispuso a abrir la puerta del lado del copiloto y me ayudó a subir. Nuestras miradas se cruzaron y no pude ocultar lo molesta que me sentía.

—Nena, ¿estás bien?

—He estado mejor —le respondí con tono de reproche.

—Nena, tenemos cinco días por delante, tendremos tiempo de sobra para hacer lo que quieras, no seas impaciente —me reprendió al mismo tiempo que me abrochaba el cinturón de seguridad.

Me enfurruñé como una niña pequeña y me puse de morros, pero a él le pareció divertido y rio, ignorando por completo mi enfado. Se sentó tras el volante, arrancó el motor del coche y salimos del parking del edificio para incorporarnos al escaso tráfico de la ciudad un viernes a las seis de la mañana. No estaba acostumbrada a levantarme tan temprano y los ojos se me cerraban.

—Inclina el asiento hacia atrás y duerme un poco —me aconsejó sin apartar la vista de la carretera.

Incliné el asiento y me tumbé de lado, dándole la espalda. Le escuché reír y me entraron ganas de abofetearle, se lo pasaba en grande torturándome. Sí, torturándome. No había que ser muy lista para adivinar sus intenciones después del episodio de la noche anterior. Pero a ese juego también podía jugar yo y, tal y como él había dicho, teníamos cinco días por delante.

Cerré los ojos y traté de dormir, el viaje era largo y mi desconocido no estaba de buen humor para hablar, así que no tenía nada mejor que hacer.

—Nena despierta, ya hemos llegado —escuché el susurro de su voz en mi oído. Ronroneé con fingida inocencia y murmuró—: Mm… Hasta dormida eres tentadoramente irresistible.

—Al parecer, no lo suficiente —le repliqué.

—Solo tienes que decirme tu nombre, no pido tanto.

—Yo solo quiero saber tu edad, tampoco pido tanto.

Bajó del coche y un segundo después abría la puerta de mi lado y me cogía en brazos para sacarme del coche. Dejó que mis pies tocaran el suelo, pero sostuvo agarrándome por la cintura hasta comprobar que me mantenía de pie sin perder el equilibrio. Eché un vistazo a nuestro alrededor, sentía curiosidad por saber dónde nos encontrábamos y sonreí al reconocer el lugar. Estábamos en el lago, frente a una de las lujosas cabañas que alquilaban para escapadas románticas. Había estado allí antes para hacer un reportaje sobre las diez mejores escapadas románticas cerca de la ciudad. Era el lugar perfecto para desconectar, rodeado de naturaleza y lejos de la civilización. El pueblo más cercano se encontraba a más de treinta kilómetros y las otras cabañas estaban a más de diez kilómetros de distancia entre sí, rodeando la orilla del lago. Además, los inquilinos de las cabañas estaban demasiado entretenidos dando rienda a su pasión como para salir de sus respectivas que cabañas. Se tardaba casi cuatro horas en llegar desde la ciudad, pero nosotros habíamos llegado en poco más de tres horas, mi desconocido había conducido deprisa.

—Y bien, ¿qué te parece? —Me preguntó mirándome a los ojos para comprobar si le decía la verdad.

—Es perfecto —reconocí.

Me sonrió de oreja a oreja, feliz de mi reacción, y me besó en los labios en un impulso que no fue capaz de contener.

—Dame un segundo que coja las maletas del coche y entramos en la cabaña, me han enviado las fotos por correo electrónico y creo que aquí estaremos genial.

De nuevo volvía a estar alegre y entusiasmado. Se apresuró en coger nuestro equipaje del maletero del coche y, tras cogerme de la mano, me guio a la cabaña por el estrecho camino de adoquines que llegaba hasta el porche. Sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta. Me hizo un gesto con la mano para que entrara primero y me dedicó una sonrisa nerviosa que yo traté de calmar dándole un leve beso en los labios. No pude evitar sonreír al pensar que ambos nos comportábamos como dos adolescentes.

— ¿Te gusta? —Me preguntó impaciente por saber mi respuesta.

Ya había visto esas cabañas, pero no quise fastidiar el momento. Eché un rápido vistazo a la cabaña para comprobar que todo estaba exactamente igual: una única estancia abierta formada por la cocina, el comedor, el salón y un dormitorio separado por un semi muro. Tan solo había una puerta, la del cuarto de baño. El cuarto de baño era la guinda de la cabaña o, mejor dicho, el enorme jacuzzi. No había nada mejor que meterse en el jacuzzi con una copa de vino después de un duro día de trabajo.

—No me gusta, me encanta —le respondí besándole de nuevo.

— ¿Lo suficiente para quedarte conmigo cinco días?

—Lo suficiente como para quedarme todo un mes —reí divertida.

—Pues todavía no has visto lo mejor —anunció dejando las maletas en el suelo para llevarme al cuarto de baño. Abrió la puerta y añadió señalando el jacuzzi—: ¿Qué me dices ahora?

—Mm… Creo que cinco días no van a ser suficientes, nene —bromeé haciéndole reír.

Se olvidó de su enfado por no decirle mi nombre y me hizo el amor con dulzura, sin exigir ninguna respuesta.

—Duerme un poco, yo iré a por leña para encender la chimenea, me han dicho que las noches son bastante frías aquí —me dijo en cuanto recobró la respiración.

Obedecí sin rechistar, estaba cansada y era consciente de lo frías que podían llegar a ser las noches en el lago, así que me quedé dormida bajo las sábanas de aquella cama mientras él se encargaba de todo. Me sentí extraña al tener a alguien que se encargara de realizar esas tareas por mí, pero era agradable saber que mi desconocido se esforzaba por cuidar de mí.

Me desperté a mediodía y vi a mi desconocido saliendo del cuarto de baño envuelto en una toalla, recién salido de la ducha. Se volvió hacia a mí y sonrió al comprobar que estaba observándole.

—Hace muy buen día, ¿te apetece dar un paseo? —Me propuso.

Una vez más, consiguió sorprenderme con su propuesta. Me tenía completamente desnuda en la cama y me proponía ir a dar un paseo.

— ¿No prefieres meterte en la cama conmigo? —Le tenté.

—Nena, yo siempre preferiré meterme contigo en la cama —me aseguró acercándose a mí para besarme en los labios.

—Entonces, ¿por qué no te metes en la cama conmigo?

—Dame un capricho y deja que te invite a comer —me pidió con voz melosa—. Además, tenemos que comprar comida si quieres que sobrevivamos en la cabaña.

—De acuerdo, caprichoso  —acepté dándole el capricho.

Me dio un leve beso en los labios y se apartó de mí como si el contacto con mi cuerpo le quemara. Rodé los ojos al entender que mantenía las distancias conmigo para evitar caer en la tentación. Decidí no ponérselo difícil y me vestí rápidamente para no provocarle. El sol brillaba con fuerza y me puse un vestido veraniego de tirantes y con falda de vuelo. Me lavé la cara, me peiné y cogí mi bolso.

—Ya estoy lista —anuncié.

Me miró de arriba abajo, frunció el ceño y me dijo:

—Coge una chaqueta, más tarde tendrás frío.

—De acuerdo, papá —me mofé.

Sin embargo, mi broma no le gustó en absoluto. Me fulminó con la mirada y bufó ofendido:

—Quizás deberías buscar a algún crío de tu edad.

—Lo haría si eso fuese lo que quiero —le repliqué harta de que ocultara su edad como si fuera lo peor del mundo—. No sé qué problema tienes con tu edad, pero ya te he dicho que a mí no me supone ninguno.

—Olvidemos el tema, no hemos venido hasta aquí para discutir —zanjó el asunto—. Coge una chaqueta y nos vamos.

Lo último que quería era acabar discutiendo con él, cogí una chaqueta de la maleta que aún no había deshecho y le dediqué la mejor de mis sonrisas cuando pasé por su lado para salir de la cabaña.

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