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Hasta que el contrato nos separe 41.

Después de entregarse a la pasión y el deseo, Matt y Gisele se instalaron en la que sería su casa durante las siguientes dos semanas. Gisele estaba ansiosa por conocer todas las islas, pero Matt la convenció argumentando que tenían muchos días por delante y debían descansar para reponer energía y combatir el jet-lag. A regañadientes, Gisele optó por no contrariar a Matt, no quería iniciar una guerra por una tontería y tenía que reconocer que estaba agotada de tanto viaje.

Pasaron la tarde en la piscina, refrescándose y relajándose bajo el sol, acariciándose y besándose como los dos recién casados que eran. Matt tan solo deseaba disfrutar con Gisele de aquellas dos semanas de luna de miel sin que nadie les interrumpiese. Había dado órdenes estrictas para que nadie les molestase a menos que hubiera una emergencia, quería dedicar todo su tiempo a Gisele. A esas alturas, Matt ya no se molestaba en intentar engañarse, sabía que lo que sentía por Gisele era especial y estaba decidido a cuidarla para conservarla. Pero con el contrato de por medio, todo resultaba más complicado de lo que parecía. Aquel tema seguía siendo un tabú entre ellos y Matt temía que, llegado el momento, Gisele se marchara de su lado. Llevaban casi nueve meses juntos y Matt ya no podía imaginar su vida sin Gisele.

—No te he visto mirar el teléfono móvil desde que hemos llegado —comentó Gisele sin rastro de reproche en su voz—, ¿va todo bien?

—Estamos de luna de miel, solo estoy disponible para ti.

— ¿Solo para mí?

—Solo para ti, Gisele —le confirmó Matt estrechándola entre sus brazos—. ¿Te apetece salir a dar un paseo por la playa y buscar un restaurante donde cenar o prefieres que nos quedemos aquí y pidamos algo de comida a domicilio?

—Me gustaría salir a pasear, estoy cansada de estar sentada y tumbada.

Una hora más tarde, ambos paseaban por las calles de Kailua, entreteniéndose observando las tiendas y los diversos restaurantes de la zona donde sentarse a cenar.

—Gisele, si no decides dónde cenar, lo haré yo —le advirtió Matt.

—Te vuelves un poco gruñón cuando tienes hambre —le dijo ella divertida y, señalando uno de los restaurantes, añadió—: Quiero cenar allí.

Matt quiso complacerla en todo, pese a que Gisele no demandaba ningún capricho lujoso, ella era una mujer sencilla que disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida.

—Estás tan relajado y complaciente que estás empezando a preocuparme —le confesó Gisele mientras cenaban, ya que él no dejaba de mirarla y sonreír—. ¿Vas a contarme qué te ocurre?

—Estoy disfrutando de unas vacaciones en Hawái con mi esposa, lo único que me ocurre es que estoy feliz.

Las palabras de Matt hicieron que Gisele sonriera, le encantaba que se mostrara tan cariñoso con ella.

Durante los siguientes días, la pareja se dedicó a explorar las islas hawaianas. Primero alquilaron un coche para explorar la isla grande, la isla donde se hospedaban. Contrataron un vuelo turístico en helicóptero para observar las islas desde el aire y, por último, alquilaron un yate con tripulación y navegaron recorriendo toda la costa de las islas.

Las dos semanas de vacaciones se les pasaron volando, ninguno de los dos quería regresar a la rutina, ambos deseaban quedarse allí, lejos de las responsabilidades y las preocupaciones del día a día. La última noche en Hawái, Matt estaba tumbado en la cama con Gisele dormida entre sus brazos y, sorprendiéndose a sí mismo, se escuchó susurrarle a Gisele:  

—Te quiero, Gisele.

El viaje en avión de regreso a casa era largo, pero a ambos estaban tan a gusto abrazados el uno al otro que, en su burbuja de amor, perdieron la noción del tiempo.

Después de aquella luna de miel aplazada, ambos tenían muy claro qué era lo que sentían el uno por el otro. A simple vista, todo parecía como siempre entre ellos, pero algo había cambiado. Los dos se dejaban llevar por la buena sintonía y el cariño que se sentían, habían dejado de fingir que eran un matrimonio para comenzar a serlo. Gisele comenzó las clases del último semestre de carrera y lo compaginó con las prácticas en la Agencia de Matt, a la que acudía todas las tardes de lunes a viernes. Matt seguía insistiendo en llevarla a la universidad todas las mañanas y recogerla a mediodía para llevarla a la agencia, donde pasaban la tarde trabajando para después regresar juntos a casa a la hora de cenar.

Ben era el encargado de enseñarle a Gisele el funcionamiento de la Agencia, Matt sabía que ambos se llevaban bien y, pese a que sentía cierta envidia por la complicidad que existía entre ellos, ordenó a Ben ser el supervisor de Gisele durante las prácticas.

Pasados un par de meses, una tarde Matt entró en la sala de operaciones donde Gisele se encontraba con Ben y otros agentes, y le preguntó con tono de voz serio:

—Cariño, ¿podemos hablar un momento?

Gisele asintió y salió de la sala de operaciones seguida de Matt, que la guió hasta su despacho y allí, tras cerrar la puerta, Gisele le preguntó:

— ¿Va todo bien?

—No —le respondió Matt preocupado—. Ha surgido un pequeño problema en una misión que estamos llevando a cabo y voy a tener que personarme allí.

— ¿Cuánto tiempo estarás allí?

—El menor tiempo posible, lo último que quiero es alejarme de ti —le susurró Matt estrechándola con fuerza entre sus brazos—. Hablaré con Ben para que sea tu chófer y vaya contigo a todas partes mientras yo esté fuera, no quiero que corras el más mínimo riesgo.

—No, no quiero tener pegado a Ben todo el día —protestó Gisele—. Puedo conducir hasta la universidad, ir a la Agencia y regresar a casa yo sola, te prometo que llamaré a Ben cada vez que salga para que sepa dónde estoy en todo momento.

—Está bien, no pienso discutir contigo antes de marcharme —cedió Matt sin dejar de abrazarla—. Te llamaré todas las noches mientras esté fuera y estaré deseando regresar contigo cada minuto.

—Mm… No quiero que te vayas…

Matt resopló, él tampoco quería marcharse y dejar sola a Gisele, pero tampoco tenía alternativa.

—Cariño, te aseguro que yo tampoco quiero irme —le susurró Matt besándola dulcemente en los labios.

Esa misma tarde, Matt partió en el avión de la Agencia junto a Jason y Tyler. Ben, consciente de la preocupación de Gisele, se acercó a ella y le dijo para tratar de calmarla:

—No te preocupes, si alguien sabe lo que se hace es Matt. Ya verás cómo volverá antes de que te des cuenta.

— ¿De qué va la misión? ¿Qué es lo que ha ocurrido? —Le preguntó Gisele a Ben cuando la llevaba de regreso a casa.

—Es confidencial, no puedo hablar de ello. Pero no te preocupes, Matt, Jason y Tyler saben cuidarse muy bien.

—Lo sé, pero eso no evita que me preocupe.

Ben la acompañó hasta la misma puerta de casa y, al despedirse, le recordó:

—Llámame mañana por la mañana cuando vayas a salir de casa y de nuevo cuando llegues a la universidad —Gisele le miró alzando una ceja y Ben añadió—: Lo siento, pero son órdenes directas del jefe.

—Genial —musitó Gisele.

—Él siempre cuida de ti y, ahora que él no está, me ha pedido que me ocupe yo de ello.

—Matt es muy protector —constató Gisele.

—Y también un obseso del control, pero si a todo le sumas lo enamorado que está de ti, imagina lo que pasa por su cabeza solo de pensar que te pueda ocurrir algo.

—Imagino que habrá sido así siempre con sus otras parejas —murmuró Gisele, que estaba de bajón por el repentino viaje de Matt.

—Nunca he visto a Matt enamorado, hasta que te conoció. A todos nos llamó la atención sus repentinas ausencias y su interés por protegerte con lo de tu ex, jamás le habíamos visto así y todavía nos sigue sorprendiendo —apuntó Ben divertido—. Será mejor que entres en casa y acuérdate de llamarme mañana si no quieres que tu marido me despida.

—No te preocupes, te llamaré —le aseguró Gisele—. Buenas noches, Ben.

Durante los días siguientes, Gisele se distraía con las clases en la universidad, las prácticas en la Agencia y estudiando en casa para combatir la ausencia de Matt. Él la llamaba todas las noches para interesarse por ella y Gisele, que no quería preocuparle, siempre le decía que estaba bien. Sin embargo, la quinta noche que Matt la llamó por teléfono y le hizo la misma pregunta, Gisele le respondió con un hilo de voz:

—Te echo de menos.

Matt suspiró profundamente, escuchar aquellas palabras de la boca de Gisele y con aquel tono de voz tan solo le hacían desearla más. Él también la echaba de menos, deseaba regresar a casa para poder besarla y estrecharla entre sus brazos.

—Yo también te echo de menos, Gisele. Tengo que colgar, pero te prometo que estaré contigo antes de que te des cuenta —se despidió Matt.

A Gisele no le pasó por alto la rápida despedida de Matt, ni tampoco las prisas por colgar, incluso le pareció que pretendía deshacerse de ella y no pudo evitar pensar que sus palabras habían sido las causantes. Pero Matt tenía una muy buena razón para comportarse así: estaba subido en el avión para regresar a casa y no podían despegar mientras él hablara por teléfono. No llegaría a casa hasta pasadas las cuatro de la mañana, por eso prefirió no decirle nada a Gisele para que no le esperara despierta.

Matt llegó a casa bien entrada la madrugada, pero casi un par de horas antes de lo previsto. Entró en el dormitorio principal sin hacer ruido y sonrió al ver a Gisele durmiendo con su pijama. Recordó sus palabras e imaginó que Gisele se había puesto su pijama para combatir su ausencia, igual que él miraba su alianza cada vez que se acordaba de ella. Tratando de no despertarla, se tumbó junto a ella en la cama y la observó dormir.

Gisele se despertó cuando los primeros rayos de sol se filtraron por la ventana del dormitorio, pero no abrió los ojos. Era sábado, Matt no estaba y no tenía nada qué hacer, así que pensaba pasar gran parte de la mañana en la cama. Matt adivinó que Gisele estaba despierta pero que todavía no se había percatado de su presencia, así que se acercó y le susurró al oído:

—Buenos días, dormilona.

— ¡Matt! —Gritó Gisele eufórica al abrir los ojos y comprobar que Matt estaba allí de verdad y no era una imaginación suya. Se colocó a horcajadas sobre él y, mirándole a los ojos con deseo, le preguntó—: ¿Cuándo has llegado?

—Hace cuatro horas —le respondió agarrándola por la cintura.

— ¡¿Cuatro horas?! ¿Por qué no me has despertado?

—Me encanta observarte mientras duermes, me relaja —le confesó Matt con toda naturalidad. Se incorporó con ella a horcajadas, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente en los labios antes de preguntarle con picardía—: ¿Por qué llevas puesto mi pijama?

—Te echaba de menos y tu pijama huele a ti —le confesó Gisele—. Pero, como ahora estás aquí, ya no necesito este pijama.

Gisele se deshizo del pijama y se quedó completamente desnuda frente a Matt, que estaba haciendo un gran esfuerzo por contener sus ansias de acariciar cada recoveco de su cuerpo.

— ¿Me has echado mucho de menos? —Le preguntó Matt siguiéndole el juego, depositando un reguero de besos por el cuello y la espalda de ella.

—Muchísimo —jadeó Gisele.

Matt la colocó entre sus piernas, haciendo que Gisele apoyara la espalda sobre su pecho, y comenzó a acariciarla hasta llevarla al borde del orgasmo.

—Matt, te necesito dentro —le rogó.

Y no tuvo que repetírselo dos veces para que Matt la obedeciera. Hicieron el amor lentamente, demorándose en cada caricia, en cada beso y en cada placentero roce de sus cuerpos. Una vez más, aquello no era simplemente sexo; aquello era amor en estado puro.

Hasta que el contrato nos separe 40.

Hasta que el contrato nos separe

Después de cenar, Matt complació a Gisele y ambos se dieron un largo baño. A Gisele le sorprendió la ternura y la delicadeza con la que Matt la trataba, una vez más la hacía sentir como una princesa viviendo un cuento de hadas. Matt cada día era más cariñoso y más detallista con ella, pero no podía olvidar que aquel, precisamente, era su papel.

Por su parte, Matt se encontraba más a gusto con Gisele conforme pasaban los días. Deseaba que Gisele se quedara junto a él el resto de su vida, pero sabía que no sería fácil convencerla de ello con un contrato de por medio. No podía romper el contrato porque necesitaba esa herencia para que no le quitaran la casa familiar a su madre, pero había trazado un plan para demostrarle a Gisele que de verdad le gustaba, de verdad la deseaba, de verdad la quería y, aunque todavía no estaba dispuesto a reconocerlo, de verdad la amaba. Se propuso dejar el sexo en un segundo plano, necesitaba que ella se diera cuenta que por encima de todo él deseaba su compañía, pero Gisele no estaba dispuesta a ponérselo fácil.

Lo cierto es que a Gisele no le pasó por alto que Matt, pese a que estaba muy cariñoso con ella, no dio ningún paso para que los besos y las caricias le llevaran a algo más y, cuando ella lo intentó dar, él se excusó alegando que les esperaba un día muy largo y debían ponerse en marcha. Gisele fue a protestar, pero dada la postura distante que Matt había adaptado, prefirió no insistir y tratar de adivinar qué era lo que se le estaba pasando por la cabeza.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Gisele tras pasar el día visitando los lugares más turísticos y emblemáticos de Seattle.

—No podía ir mejor, cariño —le confesó Matt envolviéndola entre sus brazos—. ¿A dónde te apetece ir a cenar?

— ¿Podemos pedir la cena al servicio de habitaciones y quedarnos en la suite?

Matt la escrutó con la mirada, aquella petición le pilló por sorpresa, pero lo que más le llamó la atención fue el ceño fruncido de Gisele y la ausencia de su sonrisa.

—Podemos hacer lo que tú quieras —le respondió dispuesto a complacerla.

— ¿Todo lo que yo quiera?

—Gisele, ¿quieres contarme qué es lo que quieres en lugar de andar con tantos rodeos?

—No quieres que me ande con rodeos, está bien —aceptó Gisele para después preguntarle directa al grano—: ¿Qué está pasando? ¿Por qué me evitas desde anoche?

—No te estoy evitando, hemos pasado juntos todo el día.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero.

—Sé a qué te refieres, pero no estoy evitando —le aclaró Matt mirándola a los ojos para después confesarle la verdad—: No quiero que pienses que el contrato y el sexo es lo único que nos une, quiero que te des cuenta que me gusta estar contigo, disfruto de tu compañía, de nuestras charlas y…

— ¿Disfrutas del sexo conmigo? —Se oyó preguntar de repente Gisele.

—Jamás he disfrutado tanto del sexo como lo hago contigo, Gisele. ¿A qué viene todo esto?

—No lo sé, me ha dado la impresión de que quizás ya no te gustaba…

—Regresemos al hotel, pediremos la cena al servicio de habitaciones y te demostraré lo mucho que me gusta el sexo contigo.

Por el momento, Gisele se quedó conforme con la explicación que le dio Matt, pero se propuso no bajar la guardia y estar más pendiente de él. Temía que, pasados ya más de seis meses juntos, Matt comenzara a aburrirse de ella. Gisele se consoló pensando que, por contrato, aún le quedaban diez meses para seguir siendo la señora Spencer y, durante esos meses que le quedaban, se había propuesto enamorar a Matt.

Tras pasar un par de días en Seattle disfrutando como dos auténticos turistas, Matt y Gisele se dirigieron de nuevo al aeropuerto para volar en el avión de la agencia hacia su destino final: una pequeña villa de Hawái, con playa privada y rodeada de naturaleza, ideal para una pareja de enamorados con ganas de disfrutar de la intimidad sin renunciar al mayor atractivo de las islas.

Para que Gisele no descubriera su sorpresa, antes de aterrizar Matt le vendó los ojos y la convenció para que escuchara música con sus auriculares con la única intención de que no escuchara nada que le hiciera adivinar dónde se encontraban. Gisele se dejó hacer, lo mínimo que podía hacer era confiar en Matt, sobre todo cuando lo único que pretendía era sorprenderla con su luna de miel.

—Ten cuidado, vamos a subir a un coche —anunció Matt retirando uno de los auriculares de la oreja de Gisele y colocando una mano sobre la cabeza de ella para que se agachara y no se golpeara la cabeza. La ayudó a sentarse en el coche y después se sentó a su lado, agarrándola por la cintura y estrechándola contra su cuerpo—. Tardaremos un rato en llegar, pero ya podemos deshacernos de esto.

Matt le quitó los auriculares, Gisele ya no podía escuchar nada que le revelara el lugar donde se encontraban. Gisele sonrió mientras se acurrucaba en el pecho de Matt, deseando llegar a donde fuese que él la quisiera llevar. Pero, pasada casi una hora, comenzó a impacientarse y le preguntó a Matt:

— ¿Cuánto falta para llegar?

—Todavía falta un poco, preciosa. Te daré una pista que te sirva para adivinar dónde estamos y te ayude a distraerte hasta que lleguemos.

—Dame la primera pista.

—Imagino que ya habrás notado el clima cálido, concretamente un clima tropical.

—Mm… ¿Me has traído a un pequeño paraíso tropical?

— ¿Te gustaría que así fuera?

— ¿Dónde estamos, Matt?

—Así no es el juego, yo te doy una pista y tú tratas de adivinarlo —le respondió Matt con tono burlón—. Si te lo digo, no tendría ninguna gracia.

Gisele resopló frustrada, pero era testaruda y no iba a desistir hasta adivinarlo.

—Está bien, dame otra pista.

—Ahí va otra pista: sus playas son muy famosas.

— ¡Brasil!

—No.

— ¡California!

—No.

— ¡Australia!

—No. Te daré otra pista antes de que menciones todos los lugares del planeta —se mofó Matt plantándole un beso en los labios—. Además de playas para disfrutar de las altas temperaturas, pero también hay zonas de montaña en los que la temperatura desciende a bajo cero.

—En resumen, estamos en un lugar con clima tropical, con playas famosas y zonas de montaña en las que hace mucho frío, ¿es correcto?

—Es correcto.

— ¿Perú?

—No.

— ¿Chile?

—No.

—Por favor Matt, ¡dímelo ya! —Exclamó Gisele exasperada.

—Ya casi hemos llegado, ¿puedes esperar un poco más para averiguarlo? —Le dio un leve beso en el cuello y le susurró al oído—: Te aseguro que la espera valdrá la pena.

Gisele ronroneó al mismo tiempo que se dejaba abrazar por Matt. Deseaba quitarse la venda de los ojos y acabar con la enfermiza curiosidad que sentía por averiguar dónde la había llevado Matt, pero fue incapaz de estropear la sorpresa que Matt se había esforzado tanto en organizar.  Acurrucada entre sus brazos, esperó hasta que el vehículo se detuvo y Matt anunció que habían llegado a su destino.

—Espera, te ayudo a bajar del coche —le susurró Matt mientras hacía lo propio. Agarrándola por la cintura, la hizo caminar junto a él unos pocos metros antes de añadir—: ¿Estás preparada para que te quite la venda de los ojos?

—Sí, estoy deseándolo —le respondió Gisele emocionada y también nerviosa.

Matt deshizo el nudo de la venda y la dejó caer al mismo tiempo que le susurraba a Gisele:

—Abre los ojos poco a poco para no deslumbrarte.

Gisele abrió los ojos poco a poco, siguiendo las recomendaciones de Matt, y tuvo que parpadear varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz natural del lugar y, cuando lo hizo, se quedó maravillada. Estaban en lo alto de una pequeña colina con vistas al mar, a la playa y a una ciudad no muy lejana, todo rodeado de hermosas colinas verdes y con un cielo azul despejado de nubes. Sin lugar a dudas, aquello era el paraíso para Gisele. Con Matt abrazándola desde la espalda, Gisele continuó observando el maravillo paisaje y descubrió algunas islas pequeñas cercanas a la costa.

— ¿Eso de allí son islas? —Le preguntó a Matt para asegurarse.

—Así es, estamos en un archipiélago en mitad del Océano Pacífico.

— ¿Estamos en Hawái?

La expresión en la cara de Gisele, de completa emoción e incredulidad, hizo que Matt riera divertido a carcajadas. Le encantaba aquella naturalidad e inocencia de ella, sobre todo cuando se trataba de sorprenderla.

—Estamos en Hawái —le confirmó Matt sin poder dejar de reír—. ¿He acertado con el destino de nuestra luna de miel?

— ¡Estaría loca si te dijera que no! —Exclamó eufórica.

—Ven, quiero enseñarte la casa donde nos hospedaremos mientras dure nuestra estancia en el paraíso.

Matt la agarró de la mano y ambos se dirigieron a una enorme casa con paredes de cristal y madera, con partes de la misma abiertas para combatir el caluroso clima de la zona, muy acorde con el resto de casas que Gisele había divisado desde el mirador. Además, la casa también contaba con piscina y una pequeña cala privada a la que se accedía desde un pequeño sendero que comenzaba en el jardín trasero de la casa.

— ¿Qué quieres que hagamos primero?

—De momento, vamos a celebrar el inicio de nuestra luna de miel —le respondió Gisele saltando a los brazos de Matt y comiéndoselo a besos.

Como una verdadera pareja de recién casados en plena luna de miel, Matt y Gisele se dejaron llevar por el deseo, la pasión y la emoción del momento e hicieron el amor para inaugurar su luna de miel en el paraíso.

Hasta que el contrato nos separe 39.

Tras pasar la Nochebuena y el día de Navidad todos juntos en casa de Leonor, Matt y Gisele regresaron a su casa. Durante los días siguientes, Gisele y Sarah aprovecharon cada minuto del día para estar juntas, pero por la noche Sarah se quedaba en casa de Jason y Gisele regresaba a casa con Matt.

Animada por Matt, Gisele organizó la fiesta de fin de año en casa con la ayuda de Sarah. Invitaron a todos los amigos y a la familia, Elsa incluida, pero finalmente la fiesta de fin de año se convirtió en una noche de parejitas: Matt y Gisele; Jason y Sarah; y Tyler y Kelly.

—Cariño, estás preciosa —le susurró Matt a Gisele abrazándola desde atrás mientras ella se miraba en el espejo—. Los invitados están aparcando, deberíamos bajar a recibirlos.

Una hora más tarde, todos estaban sentados a la mesa y disfrutando de una deliciosa cena de fin de año en la mejor compañía. Bromearon, rieron y se divirtieron hasta que llegó la medianoche y con ella el año nuevo, al que le dieron la bienvenida con un brindis.

Un par de días más tarde, Sarah regresó a la capital y Gisele retomó las clases para afrontar los exámenes de final de semestre. Entre las clases y estudiar, a Gisele apenas le quedaba tiempo libre. Matt le dio espacio para no agobiarla, pero siempre se las apañaban para cenar juntos y charlar un rato antes de irse a dormir.

El último día de exámenes antes de las vacaciones del semestre, Matt fue a recoger a Gisele a la universidad como todos los días, pero con un plan entre manos. Se había pasado casi toda la noche trabajando desde casa y por la mañana, tras llevar a Gisele a la universidad, había regresado a casa para preparar el equipaje de ambos. Cuando lo tuvo todo listo, se dirigió a la agencia para confirmar que el plan iba según lo previsto y dejó allí el equipaje para que lo cargaran en el avión privado de la agencia. Se aseguró de dar las instrucciones necesarias a Jason y a Tyler para que se encargaran de la agencia en su ausencia, pues no quería que les molestasen a menos que se tratara de una urgencia. Había pospuesto la luna de miel, pero había llegado el momento de disfrutarla y quería sorprender a Gisele.

Matt aparcó frente a la universidad y esperó a que saliera. Pocos minutos más tarde, la vio despedirse de un par de compañeras y mirar a su alrededor. Matt levantó el brazo para llamar su atención y ella, con una amplia sonrisa en los labios, corrió hasta llegar a él y saltó a sus brazos mientras Matt la cogía al vuelo y le daba vueltas sobre sí mismo, contagiado de su alegría y su buen humor.

—Imagino que los exámenes te han ido genial.

—No podía haberme ido mejor, aunque tendremos que esperar a que publiquen las notas para confirmar los resultados. ¿Tienes trabajo esta tarde? Me gustaría invitarte a comer para celebrarlo —le propuso Gisele.

—Lo vamos a celebrar, pero antes tenemos que pasar por la agencia un momento —le respondió Matt dedicándole una sonrisa traviesa que no pasó desapercibida para Gisele.

— ¿Qué estás tramando?

— ¿Confías en mí?

— ¿Cómo no voy a confiar en mi marido? —Bromeó Gisele.

—Entonces, confía en mí. Te prometo que vamos a celebrar el final de tus exámenes semestrales y todo lo que tú quieras.

— ¿Todo lo que yo quiera?

El tono sugerente de Gisele hizo sonreír a Matt, que se sentía completamente hechizado por ella. Sin borrar la sonrisa de su rostro, Matt condujo hasta llegar a la agencia, concretamente al hangar donde les esperaba el avión.

— ¿Qué estamos haciendo aquí, Matt? —Le preguntó alzando las cejas, pues sabía que Matt estaba tramando algo.

—Si confías en mí, subirás al avión sin hacer preguntas.

—Confío en ti, pero solo subiré a ese avión si tú vienes conmigo.

—Por supuesto que yo también subiré a ese avión contigo, estaría loco si no lo hiciera —le aseguró él antes de estrecharla entre sus brazos y besarla con ternura—. ¿Estás preparada?

Gisele asintió emocionada por aquella nueva aventura, completamente enamorada de Matt y de su forma de cuidarla y sorprenderla. Sin hacer más preguntas, subió al avión seguida de Matt, tratando de adivinar a dónde se dirigían.

Se acomodaron en los sillones y se abrocharon el cinturón de seguridad para despegar y, en cuanto el avión alcanzó el modo crucero, les sirvieron la comida. Gisele dedujo que se trataba de un vuelo largo cuando, después de comer, Matt la instó para que descansaran unas horas en el pequeño camarote del avión.

— ¿Todavía no vas a decirme a dónde vamos? —Le preguntó Gisele cuando se despertó de la siesta.

—No, es una sorpresa —le contestó Matt, sonriendo divertido.

—Y, al menos, ¿puedes decirme cuánto tardaremos en llegar?

—Aterrizaremos en un par de horas y pasaremos un par de días en la ciudad, pero no es nuestro destino final, tan solo es una escalada para que no te aburras de tanto viaje.

El tono guasón de Matt obtuvo un almohadazo a modo de respuesta por parte de Gisele. Ambos se enzarzaron en una dulce guerra de almohadas que terminó con los dos desnudos y exhaustos sobre la cama del camarote del avión, hasta que el pilotó anunció por megafonía que aterrizarían en veinte minutos.

Una vez aseados, vestidos y adecentados, Matt y Gisele se acomodaron en los sillones del avión y se abrocharon los cinturones de seguridad para aterrizar. Gisele miró por una de las ventanillas del avión y vio lo que le pareció una gran ciudad soleada en mitad de mucha naturaleza, pero no logró adivinar dónde estaban.

— ¿Dónde estamos? —Preguntó Gisele mientras bajaban las escaleras del avión, buscando con la mirada cualquier cartel que indicara el nombre de la ciudad donde se encontraban.

—Estamos en Seattle, en el Estado de Washington, Estado Unidos.

— ¿Estamos aquí por algún motivo en concreto?

—No te gusta demasiado el frío, ¿eh? —Bromeó Matt.

—No es eso, es que no sé a qué hemos venido —le aclaró Gisele—. ¿Hemos venido de vacaciones?

—Más o menos, ya te he dicho que solo nos quedaremos aquí un par de días.

— ¿Y después?

—Después nos dirigiremos a nuestro destino final, donde disfrutaremos de nuestra luna de miel.

— ¿Dónde? —Quiso saber Gisele emocionada.

—Cariño, creía que habías dicho que confías en mí —le respondió Matt con tono burlón.

— ¡Matt!

La protesta de Gisele, con los brazos en jarras, el ceño fruncido y poniendo morritos, hizo que Matt soltara una sonora carcajada. La estrechó entre sus brazos, la abrazó con fuerza, la besó en los labios con dulzura y le susurró al oído:

—Vamos a instalarnos en el mejor hotel de Seattle, descansaremos en nuestra suite y haremos turismo por la ciudad durante los siguientes dos días. Después, subiremos al avión y volaremos hasta un lugar cálido y con playa donde permaneceremos durante dos largas semanas, solos tú y yo.

—Parece un buen plan —reconoció Gisele con tono sugerente.

—Gisele…

Ella sonrió ante la advertencia de Matt, pero él la agarró por la cintura al mismo tiempo que le hacía cosquillas y, cuando Gisele le rogó entre risas que parara, él le susurró:

— ¿Vas a portarte bien hasta que lleguemos al hotel?

—Solo hasta que lleguemos al hotel —le aseguró Gisele sonriendo pícaramente.

Matt aceptó aquella tregua y le plantó un beso en los morros, dejándose llevar por la espontaneidad y la positividad de ella que tanto le gustaba.

Media hora más tarde, ambos se instalaban en la suite presidencial del mejor hotel de Seattle. Estaban agotados después del largo viaje en avión y también hambrientos, pues ya era la hora de cenar. Gisele entró en el cuarto de baño para dejar sus cosas se aseo y, cuando vio la enorme bañera, no puedo evitar resistirlo:

—Matt, ¿te apetece que nos demos un baño?

—Estaría loco si te dijera que no —le respondió abrazándola desde la espalda—, pero antes tenemos que cenar. ¿Quieres bajar al restaurante o pedimos que nos suban la cena?

—Pedimos que nos suban la cena.

Dicho y hecho. Matt llamó por teléfono al servicio de habitaciones y, mientras esperaban que les subieran la cena, terminaron de instalarse en la suite.

Más tarde, cenaron en el amplio salón de la suite, junto al calor de la chimenea y mientras observaban por la ventana cómo nevaba.

— ¿Te gustaría vivir aquí?

— ¿Aquí dónde?

—En Seattle —le aclaró Matt.

—Parece una ciudad interesante, incluso romántica, pero me resultaría bastante deprimente vivir en un lugar en el que el cielo siempre es gris y llueve casi todos los días.

—Prefieres los lugares cálidos —afirmó Matt.

— ¿A qué viene todo esto? ¿Es que vas a mudarte?

—No, solo era una pregunta.

Gisele no se quedó satisfecha con aquella respuesta, era evidente que Matt le estaba ocultando algo, pero decidió dejarlo estar ya que tomar aquel camino significaba acabar discutiendo con Matt y no quería estropear el viaje. Su luna de miel.

Hasta que el contrato nos separe 38.

A última hora de la tarde, Matt, Gisele, Sarah, Jason, Kelly y Tyler llegaron a casa de Leonor para celebrar la nochebuena. Leonor recibió a todos sus invitados con los brazos abiertos, le encantaba tener la casa llena de familia y amigos y esperaba llenarla de nietos muy pronto.

Leonor les hizo pasar al salón, donde dejaron todos los regalos bajo el árbol de navidad y se acomodaron en los sofás junto a la chimenea mientras charlaban y hacían tiempo para cenar.

Matt se sentó junto a Gisele en uno de los sofás y la mantuvo abrazaba todo el tiempo, provocando las mofas de los presentes, pero le dio igual, lo único que le importaba era mantener el contacto con Gisele. Ella le agradeció con una sonrisa que no retirara el brazo de alrededor de su cintura y Matt no pudo evitar besarla.

A Gisele no le pasó por alto la ternura con la que Matt la trataba y no es que antes no lo hiciera, pero la relación entre ellos había avanzado durante las últimas semanas y aquello la perturbaba en cierta manera. Intentaba no pensar en lo que suponía enamorarse de un hombre con el que estaría casada por un tiempo determinado. Un año comenzaba a parecerle muy poco tiempo, un tiempo del que estaba dispuesta a disfrutar pese a que temía hacer frente a las consecuencias que le acarrearía su decisión.

—Cariño, ¿estás bien? —Le preguntó Matt en un susurro—. Últimamente estás muy pensativa, si hay algo de lo que quieras hablar…

—Estoy bien —le interrumpió Gisele dedicándole su mejor sonrisa.

—Pero hay algo que te inquieta —insistió Matt.

—Es mi primera navidad como mujer casada, estoy tratando de asimilarlo —bromeó para que no se preocupara.

—Mamá, creo que deberíamos instalarnos en las habitaciones antes de empezar a cenar —le dijo Matt a su madre, era la excusa perfecta para quedarse a solas con Gisele.

—Tienes razón, hijo —opinó Leonor y acto seguido hizo el reparto de habitaciones—: Matt, tú dormirás con Gis en tu habitación; Kelly con Tyler en la suya; Sarah puede dormir en la habitación de invitados; y Jason, lo siento, pero a ti te toca el sofá.

—Es navidad, Leonor. Estoy seguro que Sarah se contagiará del espíritu generoso de la navidad y me acogerá en su alcoba —le respondió Jason mirando a Sarah con descaro.

—Eso ya tendrás que discutirlo con ella —le advirtió Leonor—. En cualquier caso, el sofá seguirá estando a tu disposición.

Matt no quiso perder el tiempo, agarró a Gisele de la mano y, tras coger el par de maletas de mano que habían traído, subieron las escaleras para dirigirse a la habitación de Matt. Gisele ya había estado en aquella habitación de adolescente que Leonor conservaba tal y como su hijo la dejó con dieciocho años.

— ¿No vas a contarme qué te pasa por esa cabecita? —Insistió Matt cuando estuvieron a solas en la habitación.

—No vas a desistir, ¿verdad?

—Me conoce muy bien, señora Spencer.

Gisele sonrió, le gustaba cómo sonaba eso de señora Spencer.

—Estoy bien, todo va bien —le aseguró Gisele—. No hay motivos para que te preocupes, relájate y disfruta de la navidad.

—No me habrás comprado nada, ¿verdad?

—Jamás osaría hacer algo así —fingió hacerse la ofendida.

—Gisele, hablo en serio —le advirtió—. No quiero que te gastes dinero en comprar algo que puedo comprarme yo.

—Sí, lo sé —se mofó Gisele—. Pero, como conozco a mi marido y lo poco que le gusta que le compre regalos, he decidido no comprarte nada y hacerte algo especial.

Aquellas palabras captaron toda la atención de Matt. Sentía una curiosidad enfermiza por averiguar cuál sería el sorprendente regalo de Gisele. Si algo tenía claro, era que el regalo de Gisele le iba a sorprender, ella siempre lo hacía.

— ¿No vas a decirme de qué se trata?

—Tendrás que esperar hasta medianoche, cuando todos abramos los regalos.

—Dame una pista —insistió Matt.

—Es algo que puedes desear.

— ¿Algo que quizás pueda desear o algo que ya deseo?

—Mm… No puedo darte una respuesta clara a esa pregunta sin confundirte más.

—Yo también tengo un regalo para ti.

—Tú sí puedes comprarme un regalo…

—Por supuesto que puedo comprarte un regalo, eres mi esposa —la interrumpió Matt riendo divertido. Gisele frunció el ceño y Matt le susurró con dulzura—: No te enfades, es nuestra primera navidad juntos y no quiero discutir.

Sí, era la primera navidad que pasarían juntos, pero también la única según el contrato que habían firmado. Dentro de un año, probablemente ya se habrían divorciado.

—Sea lo que sea, deja de preocuparte por ello —le susurró Matt, que la conocía demasiado bien como para saber que le estaba dando vueltas a la cabeza.

—Necesito una terapia intensa de relajación —le dijo Gisele con tono sugerente.

—Estaría loco si te dijera que no, pero eso no significa que no me dé cuenta de que intentas utilizar el sexo para desviar mi atención.

—Os estamos esperando para cenar, ya tendréis tiempo de seguir con lo que sea que estéis haciendo —les gritó Jason desde el otro lado de la puerta.

Matt abrió la puerta bruscamente, miró a Jason y le espetó:

— ¡Con vosotros es imposible tener ni cinco minutos de intimidad!

—Uix, me parece que a Matt no le ha sentado nada bien tener que dejar su luna de miel —se mofó Sarah.

—Será mejor que bajemos antes de que Leonor suba a buscarnos —intervino Gisele lanzándole una fulminante mirada a Jason y Sarah, que no desperdiciaban ninguna ocasión para provocar a Matt.

Pocos minutos después, todos estaban sentados alrededor de la mesa y disfrutando de una deliciosa cena en una inmejorable compañía. Leonor estaba encantada de celebrar la navidad rodeada de sus hijos y sus amigos, se la veía radiante de felicidad.

Kelly y Tyler habían hecho oficial su relación poco antes de la boda de Gisele y Matt, y se les veía muy enamorados. Sarah y Jason se llevaban más que bien, se habían visto en pocas ocasiones, pero en todas ellas habían acabado pasando la noche juntos y Sarah se había quedado en casa de Jason mientras Gisele y Matt estaban en su mini luna de miel.

—Chicos, ya es casi medianoche —anunció Leonor después de cenar—. ¿Abrimos los regalos?

— ¡Sí! —Gritaron todos al unísono.

Como era de esperar, Leonor instó a todos para que abrieran sus regalos y nadie tuvo el valor de llevarle la contraria. Entre risas, comenzaron a abrir los regalos sentados en el suelo frente al árbol de navidad. Gisele abrió el regalo de Leonor y se quedó paralizada. Matt, que estaba sentado detrás de ella, la abrazó desde la espalda al notar la tensión en el cuerpo de Gisele y le preguntó en un susurro:

— ¿Va todo bien, cariño? —Matt reparó en el regalo que su madre le había hecho a Gisele: su primera manta de cuando era bebé, con su nombre bordado.

Matt también se tensó, pero no porque su madre le hubiera hecho ese regalo a Gisele con una clara intención de que la hicieran abuela pronto, sino porque acababa de darse cuenta que deseaba tener un hijo con Gisele. No es que lo deseara en ese mismo momento, pero sí en un futuro próximo.

—Es la primera mantita de Matt, lo envolvía en ella cuando era bebé y le encantaba, se quedaba dormidito en seguida —le explicó Leonor mientras Gisele trataba de sonreír para salir del paso.

—Acabamos de casarnos, mamá —intervino Matt cuando fue capaz de reaccionar—. Gisele y yo queremos disfrutar de nuestra relación de dos antes de pensar en aumentarla.

Pese a que Matt tan solo trataba de rebajar la tensión, Gisele se tomó al pie de la letra sus palabras e hizo un esfuerzo por centrarse en su papel de esposa feliz:

—Muchas gracias, Leonor. Es un regalo muy especial que cuidaremos para cuando sea el momento.

Continuaron abriendo regalos y Matt aprovechó que todos estaban distraídos para susurrarle al oído a Gisele:

—Lo siento, no tenía ni idea del regalo de mi madre.

—Me siento la persona más horrible del mundo —le confesó Gisele con un hilo de voz.

Matt la besó en los labios y, mirándola a los ojos, le aseguró:

—Eres la persona más adorable que conozco.

—Leonor, me parece que esta noche van a empezar a fabricar nietos —se mofó Jason al ver a la pareja tan acaramelada.

—Espero ser la primera en saberlo —comentó Sarah con un claro tono de advertencia a Gisele.

—Creo que el primero en saberlo debería ser yo —le replicó Matt divertido.

—No si no eres el padre —bromeó Jason.

— ¡Jason! —Le regañaron todos al unísono y acabaron riendo a carcajadas.

—Abre mi regalo —le susurró Matt a Gisele.

Gisele le miró con curiosidad, pero también con recelo. Sospechaba que Matt le habría hecho un regalo impresionante y comenzaba a sentirse ridícula por el regalo que ella le iba a hacer. Matt le entregó un pequeño paquete cuadrado y plano y ella sonrió, imaginando que se trataría de un bonito marco con una foto de ambos, probablemente de la boda. Desgarró el envoltorio y descubrió una caja aterciopelada, muy lejos de parecer un marco de fotos.

—Matt…

—Por favor, Gisele. Compláceme, abre la caja y acepta el regalo —le rogó Matt.

Con manos temblorosas, Gisele abrió la suave caja de terciopelo azul y se encontró una hermosa gargantilla con un enorme rubí rojo en forma de corazón.

— ¡Oh, es precioso, Matt! —Exclamó Leonor al verlo.

Gisele no dijo nada, no sabía qué decir. Dejó que Matt le colocara la gargantilla alrededor del cuello y se lo agradeció con una dulce sonrisa que a Matt le supo a poco.

—No te ha gustado.

— ¿Cómo no me va a gustar? —Le replicó Gisele—. Pero ahora me siento ridícula por el regalo que te he hecho.

— ¿Dónde está mi regalo? —Le exigió Matt divertido.

Avergonzada, Gisele le entregó el sobre que contenía su vale por un deseo y se lo entregó. Matt la escrutó con la mirada, tratando de adivinar de qué se trataba hasta que se le ocurrió algo que no le hizo ninguna gracia:

—Si lo abro, espero no encontrarme un cheque ni nada parecido.

—No es dinero y no tiene ningún valor económico —le aseguró Gisele.

Matt no esperó más, abrió el sobre y sacó su contenido. Frunció el ceño al comprobar que el papel tenía el mismo tamaño que un talón, pero sonrió embelesado cuando leyó: Vale por un deseo.

—Mm… Esto puede resultar de lo más interesante, es el mejor regalo que podías hacerme —le aseguró Matt agarrando a Gisele por la cintura y colocándola en su regazo—. ¿Puedo utilizarlo cuando quiera o tiene condiciones?

—Puedes utilizarlo cuando quieras y sin condiciones, pero solo tienes uno, así que te recomiendo que lo guardes para cuando de verdad lo necesites —le explicó Gisele, más relajada entre los brazos de Matt.

—Entonces, si quiero gastar mi deseo en pasar un fin de semana a solas contigo, ¿puedo utilizarlo aunque tú hayas hecho otros planes?

—Sí, no sería muy ético, pero sí —bromeó Gisele.

Continuaron abriendo regalos hasta que, bien entrada la madrugado, todos se fueron a dormir a sus respectivas habitaciones, las que Leonor les había asignado.

Hasta que el contrato nos separe 37.

A la mañana siguiente, tras hacerse la remolona durante más de una hora, Gisele se levantó de la cama para darse lo que pretendía ser una ducha rápida con Matt, pero se demoraron más de lo previsto y pidieron al servicio de habitaciones que les subieran el desayuno a la suite mientras terminaban de arreglarse.

Después de desayunar, dejaron el hotel y se subieron a un taxi para hacer una rápida parada en casa. Cogieron el equipaje para su pequeño anticipo de luna de miel, se subieron al coche de Matt y se dirigieron hacia el sur por la autopista.

Tras conducir durante más de dos horas, Matt por fin paró el motor del coche al llegar a su destino. Gisele sonrió en cuanto vio el mar y bajó del vehículo emocionada, queriendo salir corriendo hacia a la playa y conteniéndose para no parecer una niña pequeña. Echó un vistazo a su alrededor y entonces reparó en la pequeña casa victoriana de dos plantas con jardín y garaje que tenía al lado y ató cabos.

— ¿Vamos a quedarnos aquí? —Preguntó entusiasmada.

—Sí, pero solo por unos días —le recordó Matt estrechándola entre sus brazos—. Les hemos prometido a todos que regresaremos a tiempo para celebrar la nochebuena. Entremos en la casa, quiero enseñártela.

Gisele agarró a Matt del brazo y prácticamente le arrastró hacia el interior de la casa. Sentía curiosidad por conocer el lugar que Matt había elegido para disfrutar de su anticipo de luna de miel y no tenía la menor sospecha de lo que él se proponía.

Con toda la parsimonia del mundo, Matt le mostró la casa a Gisele. Recorrieron la planta baja, formada por una estancia abierta en la que se encontraba la cocina, el comedor y el salón, y un pequeño aseo para las visitas. En la planta superior se encontraba el dormitorio principal con baño propio, dos dormitorios más y un cuarto de baño completo. Gisele reparó en los dos dormitorios con decoración infantil, pero no dijo nada al respecto.

— ¿Te gusta la casa? —Quiso saber Matt mientras salían al jardín trasero que tenía acceso directo a la playa.

—Me encanta, gracias por todo lo que haces —le respondió ella mirándole a los ojos totalmente embelesada por todo lo que Matt le hacía sentir.

—Me alegra oír eso, porque es tu regalo de boda.

—Tú me devolviste el dinero que me gasté en tu regalo de boda —le acusó Gisele con tono de reproche, pero lo meditó durante un instante y añadió—: Aunque tengo que reconocer que tu regalo de boda es mucho mejor, al menos lo disfrutaremos los dos.

—Bueno, en realidad es solo tuyo, tú eres la única propietaria de la casa.

— ¿La única propietaria de la casa? ¿De qué estás hablando? —Le preguntó Gisele al no entender lo que Matt le decía, pero ató cabos antes de que Matt pudiera abrir la boca y le espetó—: ¿Es que te has vuelto loco?

—Vaya, y yo que pensaba que no podía haber respuesta que tu regalo es mucho mejor, con tono rencoroso —bromeó Matt, quitándole importancia al hecho de haberle regalado una casa en la playa.

—Matt, te lo agradezco de verdad, pero esto es demasiado —le dijo Gisele poniéndose seria, sintiéndose mal por aceptar esa clase de regalos, por llamarlos de alguna manera—. Me halaga que seas tan detallista, generoso y bueno conmigo, pero no puedo aceptar un regalo así y no voy a hacerlo.

—Claro que vas a aceptarlo —le contradijo Matt visiblemente molesto—. No sé qué habrás pensado, pero no pretendo pedir nada a cambio por lo que doy.

—Yo no he dicho nada de eso ni lo he insinuado, mucho menos lo he pensado —le corrigió Gisele a la defensiva.

—Me hace feliz hacerte feliz y sé que esta casa es el regalo perfecto, no pretendía ofenderte ni mucho menos que te enfadaras.

—No me he ofendido ni me he enfadado —le aseguró Gisele sintiéndose la peor persona del mundo.

—Entonces, hazme feliz y dime que aceptas mi regalo de boda —insistió Matt sin darse por vencido.

—Me lo pensaré —le respondió Gisele juguetona—. Quizás tengas que darme algunos buenos motivos y razones para convencerme.

—Mm… Adoro los retos, cariño —le susurró Matt con la voz ronca.

Gisele ya no sabía qué pensar. Recibir como regalo de boda una casa en la playa era demasiado, sobre todo si tenía en cuenta que se trataba de un matrimonio de conveniencia pero, una vez más, decidió no pensar en ello. No quería desgastarse pensando en qué ocurriría en el futuro, era el momento de disfrutar del presente.

Durante los días siguientes, Matt y Gisele disfrutaron de su mutua compañía, dejándose llevar por la pasión y el deseo que sentían el uno por el otro y olvidándose del resto del mundo. Se dedicaron a complacerse, a disfrutar juntos de los pequeños placeres de la vida, como disfrutar de una íntima y romántica cena casera, ver una película acomodados en el sofá o pasar el día en la cama.

La última noche antes de regresar a la ciudad para celebrar la Navidad con la familia, Matt llevó a Gisele al borde el orgasmo para después detenerse de repente, provocando las protestas de Gisele.

— ¿Qué ocurre? ¿Quieres que continúe? —Le preguntó mofándose.

— ¡Claro que quiero que continúes! —Le espetó Gisele con frustración.

—Entonces, solo tienes que aceptar mi regalo de boda.

—Eso es chantaje —protestó ella de morros.

—Llámalo como quieras, la cuestión es si quieres quedarte así o continuar con lo que estábamos haciendo —la provocó Matt maliciosamente. Ella alzó las caderas en busca de placer y Matt añadió con la voz roca—: Dime que aceptas mi regalo y acabaré con esta tortura, cariño.

—Acepto tu regalo, pero te advierto que yo también sé jugar sucio —accedió Gisele finalmente.

—No ha sido tan difícil, ¿verdad? —Se burló Matt antes de seguir donde lo habían dejado un par de minutos antes.

Tras una última noche de pasión en la casa de la playa, Matt y Gisele emprendieron el camino de regreso a casa para celebrar la Navidad con la familia y los amigos.

Llegaron a casa a mediodía, deshicieron las maletas, pidieron comida a domicilio y almorzaron en la cocina. Gisele había quedado con Sarah y Kelly para comprar los regalos de navidad y, aunque Matt hubiera preferido pasar la tarde con ella, tuvo que conformarse con pasar la tarde con Jason.

— ¿Qué tal ha ido la luna de miel? —Le preguntó Jason nada más verle, dispuesto a divertirse un poco a costa de su amigo.

—No podría haber ido mejor, con Gisele todo es fácil, cómodo y apasionante —le confesó Matt—. Nos llevamos bien, nos entendemos y a ambos nos gusta estar juntos, así que todo va genial.

—Pareces sorprendido de que sea así.

—Es la primera vez que me siento tan cómodo compartiendo mi vida —le respondió Matt encogiéndose de hombros—. Siempre he pensado que sería incapaz de convivir con alguien, pero con Gisele no solo resulta fácil, sino que además es divertido. Tú me conoces, mi vida es la agencia. Pero, desde que la conozco, busco cualquier excusa que me permita dejarlo todo para estar con ella.

—Te has enamorado de ella —le acusó Jason con tono divertido.

—No estoy enamorado, Gisele solo es una socia con la que debo convivir hasta que finalice nuestro contrato —argumentó Matt tratando de convencerse a sí mismo—. Aunque eso no significa que no podamos divertirnos mientras tanto.

Jason no dijo nada, sabía que aquel sentimiento era nuevo para Matt y necesitaría tiempo para asimilarlo y aceptarlo. Hasta entonces, cualquier cosa que le dijera resultaría inútil.

—Sarah y yo también nos divertimos mucho —comentó cambiando de tema.

—Pasáis juntos mucho tiempo, pese a que vivís en ciudades distintas —apuntó Matt tratando de descubrir qué se traía entre manos su amigo con la mejor amiga de Gisele.

—Nos divertimos mucho, no te lo voy a negar —le respondió con una amplia sonrisa en los labios—. Pero no hay mucho más qué contar. Cómo has dicho, vivimos en ciudades distintas y ninguno de los dos quiere una relación estable.

—Da igual lo que quieras, a veces las cosas pasan sin más —pensó en voz alta Matt, ya que él era un claro ejemplo de ello.

Gisele pasó la tarde con Sarah y Kelly, recorriendo las tiendas del centro de la ciudad para realizar las compras de última hora. Gisele ya había comprado todos los regalos, salvo el regalo de Matt. Sabía que, comprara lo que comprara, Matt averiguaría el precio de su regalo y le haría la transferencia correspondiente, algo que Gisele no estaba dispuesta a permitir. Por eso había decidido regalarle otra cosa, algo que no fuera material, que no pudiera comprarse con dinero, pero no se le ocurría otra cosa que no fuera desnudarse y ponerse un lazo enorme en la cabeza.

—Pues eso seguro que le gusta —bromeó Sarah entre risas.

—Quiero regalarle algo que tenga valor para él, pero no un valor material ni tampoco sexual.

—Sin duda alguna es el mejor regalo que le puedo hacer a Jason, el único problema es qué le diré a Leonor cuando me pregunte qué le he regalado —continuó bromeando Sarah.

—Lo siento, pero no se me ocurre nada para ayudarte —le dijo Kelly—. Todo lo que se me ocurre incluye un valor material.

Finalmente, Gisele optó por comprar una tarjeta negra en la que escribió con un rotulador dorado: “Vale por un deseo” y la metió en un sobre dorado. Era el regalo perfecto para Matt, un regalo que le gustaría y que no podría devolverle.

Tras realizar las últimas compras, las chicas regresaron a casa de Gisele, donde se prepararon para la cena de nochebuena en casa de Leonor.