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Enamórame 10.

David condujo en silencio durante todo el tiempo que duró el camino de regreso al apartamento de Ruth. No la culpaba, pero no podía evitar sentirse frustrado. Maldijo entre dientes varias veces, disimulando para que ella no se diera cuenta. Estaba seguro de que aquel repentino cambio en ella se debía al efecto de la comida afrodisíaca y las copas de champagne. Mike tenía buena intención, pero no había pensado en la posibilidad de que Ruth se asustara al sentirse allí y saliera huyendo. Por lo menos no ha huido de mí y me ha pedido que la acompañe a casa, podría haber sido peor, pensó David mientras aparcaba frente al portal del edificio donde vivía Ruth.

Se bajó del coche y lo rodeó rápidamente para ayudar a salir a Ruth. Ella tropezó y él tuvo que sostenerla para que no se diera de bruces contra el suelo. Ruth se agarró con fuerza a él y le miró con auténtico deseo.

—Pelirroja, deja de mirarme así —le advirtió con la voz ronca.

—Me gusta que me llames pelirroja —ronroneó ella—. ¿Te apetece subir a tomar una copa?

— ¿Estás segura?

Ruth rodó los ojos y tiró de él para que la siguiera. Entraron en el portal del edificio y, tras saludar al portero, subieron en el ascensor hasta el ático. Ruth abrió la puerta y, colgando su chaqueta en el perchero, le preguntó:

— ¿Qué quieres beber?

—Agua —contestó él siguiéndola a la cocina—. Y tú también deberías, creo que hoy ya has bebido suficiente.

David se acercó lentamente hacia a ella, la agarró por la cintura y la miró a los ojos con un deseo intenso que la hechizó. Ruth cerró los ojos, tanta intensidad la extasiaba.

—Pero no puedo seguir, pelirroja. Por mucho que lo desee, te hice una promesa y voy a cumplirla —le susurró al oído. Dejó un reguero de pequeños besos sobre su cuello y, apartándose de ella, le confesó—: Ahora mismo, mi único deseo es hacerte el amor toda la noche, pero Mike me ha dicho que el catering de la inauguración era afrodisíaco y no quiero que eso influya en tu decisión.

—Si de verdad me deseas, rompe esa estúpida promesa y hazme el amor —le retó Ruth, estaba demasiado excitada para quedarse allí—. Necesito sentir tus manos recorriendo mi cuerpo desnudo, tus besos erizando cada centímetro de tú piel y a ti dentro de mí.

—Lo deseo tanto o más que tú, pero no quiero que me odies mañana —le dijo David haciendo un esfuerzo para separarse de ella.

—No te odiaré —murmuró con un hilo de voz.

—Por si acaso, no me arriesgaré —sentenció David—. Creo que será mejor que me vaya, pero mañana vendré a traerte el desayuno y ver cómo estás, ¿de acuerdo?

—Puedes quedarte aquí, hay dos habitaciones vacías.

—Es una oferta muy tentadora, pero quiero hacer bien las cosas contigo, pelirroja. No hagas planes para mañana y, por favor, no bebas.

—Está bien —accedió Ruth con resignación—. Te veo mañana.

—Buenas noches, pelirroja —se despidió de ella cuando la acompañó a la puerta.

—Buenas noches —murmuró Ruth visiblemente frustrada.

David no pudo más que sonreír ante la reacción de ella. No quería hacerle el amor estando ella achispada y después de haberse hinchado a comer canapés afrodisíacos. Por mucho que ella lo deseara, no podía arriesgarse a hacer nada mal y perderla. Ruth era demasiado importante para él, ella era su prioridad.

Ruth tuvo ganas de gritar cuando David se marchó y la dejó sola en el apartamento. ¿Qué clase de hombre deja a una mujer sola y excitada en su apartamento un sábado por la noche? Uno que no está bien de la cabeza o al que no le intereso lo más mínimo, pensó disgustada.

Se metió en su cama e intentó dormir, pero solo consiguió dar vueltas y ponerse más nerviosa. David, en su habitación de hotel, tampoco pudo dormir. El deseo que sentía por Ruth le quitaba el sueño y su abultada entrepierna no hacía más que recordárselo.

Esperó a que amaneciera, se dio una ducha (de agua fría, por supuesto) y salió del hotel en busca de una panadería donde poder comprar el mejor desayuno de toda la ciudad. Sabía que ella se había sentido decepcionada ante su decisión de marcharse, pero pretendía compensarla pasando el día con ella.

Ruth se despertó con el sonido de su teléfono móvil, le había llegado un mensaje. Pese a que apenas había dormido, se levantó de la cama dando un salto, con la esperanza de que fuera un mensaje de David. Y así era: “Buenos días, pelirroja. Espero que estés despierta, en diez minutos estaré en tu apartamento con un rico desayuno. No me dejes esperando, no quiero que los vecinos me tomen por un acosador.” Ruth sonrió, además de guapo, amable y detallista, también era divertido. Se dirigió al cuarto de baño sin dejar de sonreír y se dio una larga ducha de agua caliente para relajarse. Justo cuando salía de la ducha, oyó el timbre de la puerta. Se estremeció al imaginar que sería David y que, cansado de esperar en la calle, se las había ingeniado para entrar en el edificio y llamar a su puerta. Se colocó la diminuta toalla lo mejor que pudo y abrió la puerta.

— ¡Joder! —Exclamó David al verla. Ella le miró enarcando sus cejas y añadió a modo de disculpa—: Lo siento, pero no esperaba encontrarte así.

—Oh —se ruborizó Ruth al darse cuenta de que aquella toalla apenas dejaba nada a la imaginación—: Lo siento, iré a cambiarme.

—Tampoco es que me moleste, pero es lo más sensato si no quieres que te arranque esa maldita toalla —murmuró David entre dientes.

Ruth sonrió para sus adentros mientras se dirigía a su habitación a vestirse. A ella le hubiera encantado que le arrancase la toalla y le hiciera el amor allí mismo, pero él tenía razón y lo mejor era actuar con sensatez. Además, después del calentón con el que la dejó la noche anterior, Ruth no iba a ponérselo fácil, estaba dispuesta a ejecutar una dulce venganza.

Se colocó una fina camiseta de tirantes (sin sujetador, por supuesto) y unos diminutos shorts de algodón que dejaban al descubierto sus largas piernas. Cuando regresó al salón, observó cómo David la miraba de arriba abajo y pronunció algo entre dientes que ella no fue capaz de entender, aunque tampoco le hacía falta. Ella sonrió con inocencia, consciente del bulto que crecía en los pantalones de él, y se sentó a la mesa de la cocina, donde David había servido el desayuno que había comprado para ambos.

— ¡Caramba, has traído de todo! —Exclamó Ruth hambrienta mientras se llevaba un donut de chocolate a la boca.

— ¿Qué bebes para desayunar? ¿Café o zumo?

—Café, siempre café —sonrió como si fuera una niña pequeña en una tienda de caramelos.

Desayunaron en silencio, pero no fue uno de esos silencios incómodos, sino más bien un silencio cómplice. Ambos se sentían a gusto en compañía del otro, pese a que habían pasado casi tres años, seguía existiendo esa fuerte conexión entre los dos.

— ¿Qué tal has dormido? —Preguntó David con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Bien, aunque te aseguro que podría haber dormido mejor —gruñó Ruth fulminándole con la mirada.

— ¿Debo suponer que la causa de no haber dormido mejor soy yo? —Se mofó él, divertido con la situación.

— ¿Qué me dices de ti? ¿Dormiste bien? —Le replicó Ruth molesta. Él tenía el aspecto de un dios, ni siquiera parecía afectado por el calentón de anoche.

—Apenas he pegado ojo —le confesó con naturalidad—. Llegué al hotel y me metí en la ducha, necesité más de una hora bajo el agua fría para serenarme. Intenté dormir un poco y, cuando amaneció, me levanté y volvía a ducharme con agua fría. Después compré el desayuno y aquí estoy. ¿Te sientes mejor, pelirroja?

No, Ruth no se sentía mejor. Pero optó por no decir nada. Terminó de desayunar en silencio y después se apresuró en recoger las sobras y fregar los platos que habían ensuciado. David estuvo tentado de abrazarla desde de atrás y llevarla a la habitación, pero se recordó que debía ser prudente con ella, no podía asustarla y que ella saliera huyendo.

Enamórame 9.

Ruth se puso nerviosa cuando vio a Mike hablando con David, pero los nervios pasaron al histerismo cuando vio que lo guía hasta a dónde se encontraban sus fotografías. Intentó zafarse de los del catering, de los músicos y de su propia ayudante para rescatar a David, a saber qué le estaría diciendo Mike. Pero uno de los accionistas de la galería de arte la interceptó a medio camino y no pudo más que sonreír y atenderle con amabilidad. Cuando por fin pudo librarse de él, buscó a David con la mirada y lo encontró charlando con Mike y su acompañante, la exuberante rubia de su vecina. Se dirigió hacia a ellos y los tres la recibieron con una amplia sonrisa, algo que a Ruth le hizo sospechar. Sin embargo, no dijo nada, no era momento ni lugar para reproches.

—Perdona por dejarte solo tanto tiempo —se disculpó Ruth con David.

—No te preocupes, sé que estás trabajando —le restó importancia él—. Tu amigo Mike me ha hecho compañía, es un tipo bastante peculiar.

—Oh, no. ¿Qué te ha dicho ese sin vergüenza?

—Tranquila, ha sido muy amable conmigo, me cae bien —le dijo riendo—. Estoy deseando ver sus fotografías.

Ruth se tensó, sabía que Mike era capaz de haberle dicho que ella aparecía en tres de esas fotografías, ella misma los había visto frente a las fotografías, aunque estuvieran tapadas por la suave cortina de seda roja. Eliminó aquellos pensamientos de su mente, al fin y al cabo, tarde o temprano David las vería. Se quitó el abrigo y David, como el caballero que era, rápidamente la ayudó y, una vez más, tuvo que hacer un esfuerzo para contener al ser primitivo que llevaba dentro.

—Joder, me vas a matar —le susurró con la voz ronca.

Ruth sonrió, satisfecha con los efectos que su vestido había causado en David. Él no dejaba de mirarla, era imposible resistirse a contemplar lo sexy y seductora que estaba Ruth con ese vestido rojo a juego con su pelo. Su entrepierna dio un brinco bajo sus pantalones al comprobar que el vestido dejaba completamente desnuda su espalda y además tenía un pronunciado y arriesgado escote. Colocó su brazo alrededor de la cintura de ella y la pegó a él con posesión, iba a ser una noche larga.

Los invitados comenzaron a llegar, entre ellos Ana, Nahuel, Eva y Derek. Ruth los saludó a todos con naturalidad, pero sus amigas notaron que estaba nerviosa, la conocían demasiado bien. También saludaron a David, ellas ya conocían la historia y estaban encantadas de que estuviera allí con Ruth. Nahuel y Derek, que no sabían que David hubiese vuelto a la ciudad, le saludaron educadamente, pero con la precaución de estar cruzando un campo de minas. Con esas chicas, uno nunca sabía cómo debía actuar.

Ruth no se separó de David más de lo necesario: cuando dio la bienvenida oficial a los invitados, presentó al autor de la exposición e informó de cómo comprar las fotografías (tan solo debían dirigirse al mostrador de administración, rellenar la documentación y firmarla para hacer efectiva la compra). David le agradeció que estuviera tan pendiente de él en una noche como aquella.

Ruth cogió un par de copas de champagne de la bandeja de uno de los camareros que pasaba por allí y le entregó una a David al mismo tiempo que le preguntaba:

— ¿Te apetece una visita guiada?

—Por supuesto —aceptó él encantado.

Las cortinas de seda roja habían sido retiradas, dejando la belleza y el erotismo de las fotografías al descubierto. Ruth le mostró todas y cada una de las fotografías y dejó las joyas de la corona para el final. David observó las tres fotografías de Ruth mientras ella observaba su reacción y esperaba su opinión.

—Sin duda alguna, son lo mejor de la exposición —aseguró él con la voz ronca.

— ¿Te gustan?

—Pelirroja, me encanta todo lo que tiene que ver contigo —le confesó excitado—. Pero esas fotos me matan, será mejor que deje de mirarlas o terminaré rompiendo mi promesa de ser un buen chico.

Ruth reprimió un gemido de excitación, hacía mucho tiempo que esperaba volver a oír aquella palabra con la que él se refería a ella cuando estaba juguetón. Suspiró con resignación, ahora no podía permitirse pensar en ello. Decidió llevar a David hasta las mesas donde se servían los canapés y comer un poco, le vendría bien para calmar su otro apetito. Mike sonrió al ver cómo su amiga y el médico saboreaban los deliciosos canapés afrodisíacos que él mismo se había encargado de incluir en el menú del catering, había sido un acierto.

El calor se apoderó del cuerpo de Ruth y trató de calmarlo con otra copa de champagne. Mala idea teniendo en cuenta que todavía estaba un poco achispada a causa del vino de la comida con Mike.

El director de la galería de arte y jefe de Ruth, al confirmar el éxito de Ruth, se acercó a ella para felicitarla y, cuando su jefe se quedó mirando al tipo que la rodeaba con posesión por la cintura, se vio obligada a hacer las presentaciones oportunas:

—Pablo, te presento a David Garrido —se volvió hacia a su acompañante y añadió—: David, te presento a Pablo Urrutia, mi jefe.

Ambos hombres se estrecharon la mano con cortesía, pero ninguno de los dos quedó satisfecho con aquella presentación. Su jefe quería saber quién era su acompañante, solo por curiosidad quería saber si Ruth había sentado al fin la cabeza; David se moría de ganas por gritar que Ruth estaba con él, que no eran dos simples amigos y que sería la madre de sus hijos, pero se contuvo.

Ella, cada vez más acalorada por la situación y por el brazo de David que le ardía alrededor de la cintura, decidió excusarse para ir al servicio.

— ¿Estás bien? —Quiso saber David.

—Sí, solo estoy un poco… acalorada —alegó Ruth y añadió antes de dar media vuelta y caminar hacia los aseos—: En seguida regreso.

David la vio alejarse y sus ojos se perdieron en la piel de su espalda desnuda. Sacudió la cabeza, si seguía así le dolerían los testículos más de una semana. Mike, al ver que David se quedaba de nuevo a solas, se acercó a él y le preguntó:

— ¿Qué le pasa a Ruth?

—Ha ido a refrescarse, está acalorada —murmuró David con la voz ronca.

—Me parece que no es la única por aquí que está acalorada, supongo que es el efecto que causa un catering afrodisíaco —comentó Mike mirando a su alrededor y sonriendo al comprobar que todos los invitados se mostraban más cariñosos de lo que hubiera sido normal.

David recordó cómo Ruth devoraba los exquisitos canapés y no tuvo dudas, ella no tenía ni idea de lo que Mike había tramado.

—Ella no lo sabe, ¿verdad?

—No hace falta que me lo agradezcas —le respondió Mike guiñándole un ojo antes de marcharse.

Tras refrescarse la nuca con agua, Ruth salió del baño encontrándose mejor, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de David desnudo sobre ella.

— ¡Joder, parezco una maldita quinceañera llena de feromonas! —Se reprendió mirándose en el espejo.

Tenía que acabar con aquello, tantos días sin sexo y con David tan cerca la estaban matando. Ambos querían lo mismo y tarde o temprano iba a suceder, a Ruth le pareció que cuanto antes pasara mejor, no estaba dispuesta a torturarse más. Cogió otra copa de champagne y se la bebió de un trago, tenía la boca seca y necesitaba infundirse valor. Se despidió de su jefe y se dirigió en busca de David antes de despedirse de Mike y del resto de sus amigos.

— ¿Estás bien?

—Sí, pero estoy cansada y un poco agobiada, ¿te importaría llevarme a casa?

—Eh, claro. Te llevo —afirmó David confuso, no esperaba que la noche terminara así.

Ruth se apresuró en despedirse de todos, que intuyeron rápidamente cuáles eran sus intenciones excepto David, que en aquel momento ya asimilaba que la noche había acabado para él. Ruth se sintió culpable al notar la chispa de decepción en los ojos de David cuando salían de la galería de arte pero se mantuvo fuerte y no se lo puso fácil, pese a que volvía a estar bastante achispada.

Enamórame 8.

Ruth miró el reloj y soltó un gritito histérico. Si no se daba prisa, David llegaría antes de que ella hubiera terminado de arreglarse. Rebuscó en las profundidades de su armario hasta que encontró el conjunto de lencería rojo que semanas atrás había comprado para la ocasión. Se vistió y se echó un rápido vistazo en el espejo para asegurarse de que su atuendo al completo estuviera perfecto. Tras confirmar que así era, se echó un poco de perfume en las muñecas, en el cuello y en el canalillo. Solo tenía que calzarse los zapatos, coger el bolso y ponerse la chaqueta cuando su teléfono móvil la avisó que tenía un mensaje. Sonrió, solo podía tratarse de una persona. Sin borrar la sonrisa de sus labios, Ruth leyó el mensaje: “Acabo de llegar y ya estoy impaciente por verte, no me hagas esperar, te lo ruego.” A Ruth le entraron ganas de ser juguetona y contestarle ¿o qué? ¿Subirás a buscarme para darme unos azotes?, pero se contuvo y se limitó a contestar: “No seas impaciente, tendrás toda la noche para verme.” Pulsó la tecla de envío y se arrepintió en ese mismo momento. Su mensaje no había sonado en absoluto como ella había pretendido, lo supo cuando leyó el siguiente mensaje de David mientras bajaba en el ascensor: “Ruth, si no quieres acabar conmigo, te ruego que hagas un esfuerzo en escoger palabras que no tengan un doble sentido, no querrás que me confunda.”

Él tenía la razón, pero la idea de jugar con David la tentaba demasiado. Tenía claro que si no era esa noche sería cualquier otra, pero terminaría en la cama con David. Entonces, ¿qué problema había en divertirse un poco y pasarlo bien? Hacía mucho tiempo que no se sentía así, tan llena de vida y feliz, aunque esto último jamás lo reconocería en voz alta.

Abrió la puerta del edificio para salir a la calle y se encontró frente a David. Estaba guapísimo con su traje negro y su camisa gris oscuro combinada con una corbata negra.

—Estás… preciosa —logró decir David tomándola de la mano.

Se fijó en ella mientras la acompañaba al coche y la ayudaba a acomodarse en el asiento del copiloto. Estaba espectacular, su piel resplandecía, sus ojos brillaban y en sus labios se dibujaba una sonrisa traviesa a la que su cuerpo reaccionó de forma natural. Agradeció en silencio que llevara puesta la chaqueta y no dejara ver la parte superior de su vestido rojo, pues no creía tener suficiente voluntad para contenerse y le habría hecho el amor allí mismo. De camino a la galería, David intuyó que Ruth estaba más animada de lo normal, jugueteaba con un mechón de pelo que salía estratégicamente de su moño, cambió la emisora de radio hasta que encontró una canción que le gustó y comenzó a bailar sin darse cuenta. David tuvo que recolocarse el pantalón en la zona de su entrepierna.

—No me has dicho sobre qué va la exposición —comentó por sacar un tema de conversación que le distrajera de la tentación que estaba sentada a su lado.

—Oh, se trata de una exposición de fotografía erótica —murmuró ella ruborizándose—. ¿No te lo había comentado antes?

La madre que la parió, pensó David.

—Pues no, no me lo habías comentado —respondió apretando los dientes.

Ruth, que todavía seguía achispada por las copas de más que había tomado comiendo con Mike, le aseguró que Mike era el mejor fotógrafo que había conocido, que captaba la esencia de cada persona, su belleza y su lado más pícaro y salvaje.

—Estás muy animada —tanteó David, tratando de adivinar qué diablos le pasaba a la pelirroja para que estuviera tan sonriente y desinhibida, aunque el cambio le gustaba.

—Eso es culpa de Mike, me invitó a comer y ya sabes, al final una cosa llevó a la otra y terminamos… ¡El semáforo! —Gritó Ruth cuando él se saltó un semáforo.

— ¡Joder! —Bramó David.

Dio un volantazo y esquivó los coches que venían por la izquierda y la derecha. Masculló algo entre dientes que Ruth no fue capaz de entender. Se quedaron en silencio los cinco minutos que tardaron en llegar a la galería de arte, David concentrado en conducir para llegar ilesos y Ruth pensaba en lo guapo que estaba su médico.

David la ayudó a bajar del coche cuando llegaron, pero ella dio un traspié y él tuvo que sostenerla agarrándola con fuerza y pegándola a su cuerpo.

—Joder —masculló David.

—Lo siento —se disculpó Ruth poniendo morritos.

David no pudo más que sonreír al ver esa carita de ángel, aunque comenzaba a sospechar que se había tomado un par de copas y estaba achispada.

—Ruth, ¿has bebido?

—Un poquito mientras comía con Mike, ya te lo he dicho.

David suspiró, solo a aquella loca se le ocurría beber justo antes de la inauguración de la exposición que había organizado. Pero no pudo reprochárselo, estaba encantado de disfrutar de la Ruth que recordaba.

—Está bien, te lo perdono solo porque estás muy graciosa —se mofó él.

Entraron en la galería y todas las miradas de los allí presentes se centraron en ellos. Ruth saludó a sus compañeros de trabajo y les presentó a su acompañante como “un viejo amigo”, algo que a David no le hizo ninguna gracia pero tampoco protestó. Mike se acercó con una rubia del brazo y Ruth intuyó que se trataba de su vecina, la mujer por la que se estaba volviendo loco según sus propias palabras.

—Ruth, ¿qué tal estás? —Le preguntó Mike burlonamente.

—Te odio, por tu culpa estoy hecha un harapo y sigo afectada por tu dichoso vino.

—Veo que sigues de un humor de perros —bufó Mike. Se volvió hacia David y añadió antes de largarse con su acompañante—: Quizás tú puedas hacer algo con esa fiera.

— ¡Mike!

Pero Mike no le hizo ni caso, se marchó riéndose divertido y dejando a su amiga hecha una furia.

—Imagino que ese es tu amigo Mike —murmuró David sin disimular lo molesto que se sentía.

—Sí, perdona, ni siquiera te lo he presentado.

—Bueno, estabais muy concentrados hablando de vuestra cita de este mediodía.

— ¿Cita? ¿Con Mike? —Ruth se echó a reír como si fuera la tontería más grande que hubiese escuchado jamás—. ¿Acaso estás celoso de él?

— ¿Debería?

—Pues no, no deberías estar celoso de Mike.

— ¿Por qué no? Os entendéis con una simple mirada, es evidente que tenéis una gran confianza y no puedo negar que le envidio por ello.

—Mike y yo solo somos amigos, nunca hemos… En fin, ya me entiendes.

Una chica se acercó a Ruth y le hizo algunas preguntas, tenía algunas dudas sobre pequeños detalles de la organización y Ruth se disculpó antes de irse con la chica y supervisar que todo estuviera en orden. David aprovechó que estaba a solas para dar una vuelta por la sala, pero no pudo ver ninguna fotografía, todas estaban tapadas con una cortinilla de seda roja.

—Supongo que tú debes ser el médico, ¿no? —Le preguntó Mike a su espalda—. Yo soy Mike, un buen amigo de Ruth.

—Sí, eso he oído.

—No creas todo lo que dice, últimamente está de un humor de perros y no suelta nada coherente por esa boquita que tiene —bromeó Mike imaginando la tortura por la que su amiga estaría haciendo pasar a aquel pobre hombre—. Ven, quiero enseñarte algo que te gustará.

David le siguió, no tenía nada mejor que hacer y sentía curiosidad por lo que Mike quería mostrar. Además, con un poco de suerte incluso podría sacarle alguna información sobre Ruth que le fuera de utilidad.

Mike paró frente a las tres fotografías sorpresa de la exposición y, con una sonrisa maliciosa en los labios, añadió:

—Imaginaba que querrías ser el primero en verlas.

— ¡Joder! —Exclamó David excitado al ver las fotos de Ruth—. ¿Sabe ella que…?

—Por supuesto, aprecio demasiado mi vida como para hacer algo así y no decírselo —le respondió Mike con una sonrisa maliciosa en los labios—. Lo cierto es que reaccionó bastante mejor de lo que esperaba, aunque le traumatiza que un viejo verde compre sus fotografías para masturbarse como un poseso mientras la mira.

—Te compro las tres fotografías, pero no le digas nada a Ruth —decidió David en un arrebato, de ninguna manera iba a consentir que esas fotografías de la pelirroja fueran a parar a otro lugar que no fuera su casa.

—Creo que antes deberías mirar el precio, son la joya de la exposición —le advirtió Mike.

—El dinero no es un problema, me llevo las tres —sentenció—. Asegúrate de que todo el mundo sepa que están vendidas y que Ruth no tenga ni idea de que yo soy el comprador.

— ¿Sabes? A Ruth le hacía falta un tipo como tú en su vida, me caes bien doctor y, a partir de ahora, tienes un aliado en mí.

—Me alegra oírte decir eso —le confesó David satisfecho.

Desde luego, aquella conversación con Mike había resultado mucho más beneficiosa de lo que esperaba. Había confirmado que entre Mike y Ruth no había más que una buena amistad y, lo que es mejor, había encontrado un aliado que estaba dispuesto a echarle una mano para enamorar a Ruth.

David se quedó un rato más con Mike, escuchándole hablar de la exposición, de lo eficaz que había sido Ruth en la organización de la inauguración e incluso le dio un consejo:

—Ruth necesita tiempo, no ha llevado bien tu ausencia y ahora tiene que asimilar que estás aquí para quedarte. Dale un poco de espacio, hasta ahora lo estás haciendo muy bien, Ruth ya no se pone pálida cuando le pregunto por ti.

— ¿Te habla de mí?

—Es mi mejor amiga, me lo cuenta todo —le aseguró alzando una ceja divertido—. Y, créeme si te digo que, aunque a veces pueda parecerlo, Ruth no es ninguna bruja, tiene su corazoncito oculto bajo toda esa coraza.

David lo quería saber todo de Ruth y continuó haciéndole a Mike muchas preguntas que él le respondió encantado. Mike estaba cansado de ver a su amiga Ruth fingiendo que era feliz, odiaba ver cómo ocultaba lo que sentía por David pero, ahora que él había vuelto, no estaba dispuesto a ver cómo ella echaba a perder aquella oportunidad. Además, David parecía un buen tipo y le caía bien, se sentía obligado a echarle una mano ya que su amiga seguro que no se lo estaba poniendo fácil.

Enamórame 7.

Ruth aprovechó la mañana del viernes para limpiar su apartamento y así mantenerse ocupada. Por la tarde recibió la llamada de Ana y, tras comentarle que Nahuel tenía que ir a la oficina para asistir a una reunión importante, decidió hacerle una visita. Necesitaba hablar con alguien y Mike había apagado su teléfono móvil para que nadie le molestara antes de la exposición. A Eva no había manera de verle el pelo, entre el trabajo y los preparativos de la boda apenas tenía tiempo para dedicarles un par de mensajes y un par de llamadas a la semana.

— ¿Cómo está mi precioso sobrino?

—Acaba de dormirse —le respondió Ana señalando la cuna que había en el salón—. Pero imagino que no habrás venido hasta aquí para ver dormir a un bebé.

Con Ana todo resultaba más fácil, ella era muy intuitiva y no hacía falta decirle nada para que ella adivinara lo que pasaba por su cabeza.

—Estás coladita por él —afirmó Ana tras escudriñarla con la mirada.

—Casi tres años hace que no le veo y vuelve a tenerme comiendo de su mano —se lamentó Ruth.

—Quién no arriesga no gana —le recordó su amiga—. Sí, han pasado casi tres años, pero durante todo este tiempo no has encontrado a ningún hombre que te haya hecho sentir como él lo hace, y no será porque no te hayas empeñado en buscarlo.

— ¿Y qué hago? ¿Me acuesto con él y dejo que piense que puede hacer conmigo lo que le dé la gana?

—Hace tres años la situación era diferente, ahora tiene una plaza fija en el hospital de la ciudad y lo primero que ha hecho es ir a buscarte —le dijo Ana cansada de que su amiga quisiera complicarlo todo con su desconfianza—. Se interesa por ti y te respeta, él mismo te ha dejado claro que no dará el primer paso porque no quiere presionarte, pero espera que tú lo hagas. Nadie puede decirte lo que debes hacer, pero será mejor que te decidas pronto porque dudo que él esté dispuesto a esperar eternamente. Y no te estoy hablando de sexo, tan solo de que él necesita que le des alguna señal para que sepa que va por buen camino y que no está perdiendo el tiempo contigo.

—Vale, darle alguna señal positiva —repitió el consejo de su amiga tomando nota mental.

Pasaron un par de horas hablado de lo bueno que era el pequeño Nahuel, de lo liada que estaba Eva con los preparativos de la boda y, cómo no, también de la exposición de Mike.

—Estoy deseando ver la cara de David cuando vea tus fotografías en la exposición, se volverá loco —comentó Ana riendo divertida.

— ¿Crees que le gustarán?

—Cielo, a cualquier hombre le gustarán, puede que incluso a bastantes mujeres.

Ambas se echaron a reír divertidas y en ese momento llegó Nahuel, el marido de Ana. Saludó a su esposa con un breve pero apasionado beso en los labios y le susurró:

—Estás preciosa.

—Por favor, qué estoy a dos velas desde hace demasiado tiempo —protestó Ruth—. A menos que penséis en hacerme partícipe, os agradecería que dejarais de magrearos.

—Lo siento, pero no comparto a Ana con nadie, ni siquiera contigo —bromeó Nahuel.

Los tres se rieron, entre ellos existía la suficiente confianza como para bromear sobre ciertos temas.

Ana y Nahuel la invitaron a quedarse a cenar con ellos y Ruth aceptó, no tenía un plan mejor y distraerse con sus amigos le vendría bien. A las once de la noche llegó a casa, justo cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Sonrió al ver que se trataba de David.

—Hola —lo saludó nada más descolgar.

—Hola, Ruth. Lamento llamarte tan tarde, ha habido una explosión en una fábrica y he tenido que doblar turno en el hospital, acabo de llegar al hotel.

—Oh.

—Estaba deseando oír tu voz, ¿cómo te ha ido el día?

—Yo también acabo de llegar a casa, he cenado en casa de Ana y Nahuel. Mañana por la mañana iré a la galería para asegurarme de que todo está donde debe estar para la inauguración de la exposición. He organizado cientos de exposiciones, pero organizar la exposición de Mike me tiene histérica, jamás me perdonaría que algo saliera mal.

—Ese Mike es muy importante para ti —resopló David sin poder evitarlo.

—Mike es un buen amigo, te caerá bien cuando le conozcas.

—Mañana lo averiguaremos —dijo cambiando de tema—. ¿A qué hora paso a buscarte?

—La inauguración empieza a las ocho, pero tengo que estar allí a las siete y media.

—De acuerdo, llegaré a las siete —sentenció David. Suspiró y añadió suavizando su tono de voz—: Buenas noches, Ruth.

—Buenas noches —logró susurrar Ruth antes de colgar.

El sábado por la mañana se levantó temprano y se dirigió a la galería de arte. Allí se encontró con Mike, que estaba más tranquilo que ella y trató de calmarla diciéndole que todo saldría bien. Supervisaron que cada fotografía estuviera en su lugar exacto, con su correspondiente etiqueta con su precio.

—Todo está controlado, pero imagino que esto no es lo único que te preocupa —adivinó Mike—. ¿Todavía no te lo has tirado?

— ¡Mike!

—Oh, vamos. ¿Desde cuándo te has vuelto una mojigata? —Ruth lo fulminó con la mirada y Mike añadió en son de paz—: Está bien, pero al menos dime que lo veré contigo esta noche.

—Sí, llegaré con él. Y tú, ¿traerás a tu vecina?

—Pues sí, la he invitado —anunció orgulloso—. No sé qué tiene esa chica pero me vuelve loco, y no hablo solo de sexo.

—La vecinita te tiene loco, ¡quién lo diría! —Se mofó Ruth—. Estoy deseando conocer a la mujer que ha hecho que tu corazón lata de nuevo.

—Sé buena, te recuerdo que esta noche yo también conoceré a tu médico —le advirtió Mike.

—Touchée.

—Venga, te invito a comer —sentenció Mike.

Se dirigieron al mismo restaurante de siempre y el camarero les atendió amablemente, con una amplia sonrisa en la cara. Ambos amigos estaban nerviosos y emocionados por la inauguración de la exposición, hablaban atropelladamente y, sin darse cuenta, se bebieron la botella de vino.

—Creo que nos hemos pasado bebiendo, en menos de tres horas tenemos que estar en la galería y creo que he estoy bastante achispada —opinó Ruth.

—Sí, será mejor que cojamos un taxi —concluyó Mike.

Mike había bebido lo mismo que su amiga, pero indiscutible que a ella le había afectado más que a él. Paró un taxi y metió a Ruth antes de meterse él. La acompañó a casa, se aseguró que llegaba sana y salva hasta el portal y se dirigió a su apartamento, él también tenía que arreglarse para la inauguración.

Ruth entró en su apartamento y se dio una ducha, ni siquiera se paró a preparar la ropa, sabía que lo primero que tenía que hacer era espabilarse y una ducha, además de necesaria, era la mejor opción. Se duchó, se secó el pelo, se peinó y se maquilló antes de vestirse. No paró ni un segundo, la hora se le echaba encima y David no tardaría en llegar.

Enamórame 6.

Ruth apenas pegó ojo en toda la noche. Se reprendió una y mil veces por mostrarse tan antipática con David. Hasta el momento, él había sido consecuente con sus palabras. Pensó en un modo de compensarle sin aparentar ponérselo fácil, pero no lo encontró.

El jueves seguía sin tener noticias de David y Ruth estaba insoportable, solo ella tenía la culpa. Él le había dicho que se tomara su tiempo para pensar y que la llamaría el viernes, pero Ruth también podía llamarle y no lo hizo por orgullo. No, de ninguna manera voy a llamarle. Si quiere algo, que llame él, pensaba Ruth.

—Sigues sin saber nada de él, ¿verdad? —Preguntó Mike tras entrar en su despacho y echarle una rápida ojeada a su amiga—. Y, por supuesto, no piensas rebajarte y llamarle —añadió con sorna—. No hay quién te entienda, si ese tío te gusta, ve a por él como haces siempre.

—El problema que ese tío no solo me gusta, sino que también es el tío que me convirtió en la mujer que soy hoy.

— ¿Desde cuándo no follas?

Ruth lo pensó durante unos segundos, no había salido con ningún hombre desde que vio a David en el hospital y de eso hacía más de una semana, todo un récord.

—Desde hace unos diez días, más o menos —le confesó Ruth.

—Interesante —comentó Mike acomodándose en la silla frente a ella—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste tanto tiempo sin follar?

—Ni siquiera lo recuerdo, probablemente desde la universidad.

—He podido comprobar en mis propias carnes lo agresiva que te pones cuando pasas más de cinco días sin sexo, ahora que llevas diez, ¿crees que estás a punto de arder por combustión espontánea?

Ruth arrugó el papel en el que estaba escribiendo y se lo lanzó a Mike por burlarse de ella.

—No entiendo a qué viene tanto remilgo cuando ya te lo has tirado —opinó Mike.

—Tengo miedo de que vuelva a hacerme daño.

—Cielo, me temo que ya es demasiado tarde —concluyó Mike—. Mira cómo estás, al menos si te acuestas con él le darás una alegría al cuerpo.

No dijo nada, Mike tenía razón. Pero no pensaba ponérselo tan fácil a David, él la había apartado de su vida y no tenía ningún derecho a regresar y tambalear su mundo. Aunque tampoco podía engañarse y fingir que lo quería fuera de su vida.

—Haz lo que tengas que hacer, pero no vengas a mi exposición con esa cara de amargada o todo el mundo pensará que estás mal follada —se despidió Mike tras darle un beso en la mejilla.

Mike le gustaba, con él podía hablar de todo lo que hablaba con sus amigas y obtenía una visión más masculina del asunto. La confianza era mutua, por eso Ruth ya no se sorprendía cuando Mike le hablaba como si fuera uno de sus amigos.

Terminó de repasar los últimos preparativos para la exposición del sábado y, cuando lo tuvo todo bajo control, decidió tomarse la tarde libre y también el viernes. El sábado por la mañana regresaría para supervisar que todo estuviera en su lugar antes de la celebración, pero ahora se merecía un descanso.

Salió de su despacho y entró en el ascensor, por suerte no tendría que bajar al vestíbulo manteniendo una conversación banal con algún visitante o, peor aún, con algún accionista. Comprobó la hora en su reloj de pulsera, quedaba una hora para que dieran las dos de la tarde, pero no le daba tiempo a ir a casa a cambiarse de ropa. Se miró en el espejo, tampoco iba tan mal. Sencilla e informal, con una camisa blanca entallada con los primeros botones desabrochados que dejaban ver el canalillo de sus pechos, unos vaqueros pitillo que marcaba su trasero respingón y unos zapatos letizios de color negro. Se soltó la pinza que recogía su cabello en un moño poco elaborado y dejó su larga y roja melena suelta.

—Ya que no soy capaz de contener mis ganas de estar con él, espero que al menos él sienta lo mismo cuando me vea —pensó en voz alta antes de que las puertas del ascensor se abrieran.

Llegó al hospital treinta minutos después. Ni siquiera se lo pensó antes de entrar para no arrepentirse, subió al ascensor y se dirigió a la planta de traumatología. Se topó con una enfermera y le preguntó por el doctor David Garrido.

—Creo que ya ha hecho la última ronda y está en su despacho, al final del pasillo gire a la izquierda, es la segunda puerta a la derecha —le respondió amablemente.

Ruth siguió las indicaciones de la enfermera y encontró rápidamente el despacho de David. La puerta estaba cerrada y llamó con suavidad por si estaba reunido con alguien.

—Adelante —le oyó decir al otro lado de la puerta.

Respiró profundamente, abrió la puerta y entró. David estaba guapísimo con su traje de color gris marengo y esa bata blanca que le daba un aspecto tan profesional. Parecía cansado, tenía las ojeras marcadas y barba de tres días, pero a ella le pareció el hombre más atractivo del mundo. Estaba tan concentrado leyendo un informe que ni siquiera reparó en su presencia hasta que le saludó:

—Hola.

Levantó la mirada y la miró sorprendido. Frunció el ceño y sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, como si buscara algo.

— ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

Ruth no comprendió a qué se refería, se miró y comprobó que su ropa estuviera bien, todo estaba en su sitio y tampoco había ninguna mancha.

— ¿Qué me pasa?

— ¿Por qué estás en el hospital? ¿Te ha pasado algo? —Preguntó poniéndose en pie preocupado, buscando alguna señal de enfermedad o lesión en el cuerpo de Ruth.

—Estoy bien, he venido al hospital para verte a ti —le aclaró con un hilo de voz, sintiéndose ridícula—. Lo siento, debí llamarte para preguntar si…

— ¿Has venido a verme? —La interrumpió para asegurarse de lo que acababa de oír, aunque en sus labios ya se dibujaba una amplia sonrisa—. Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—Supongo que te debo una disculpa, no he sido miss simpatía precisamente —empezó a decir armándose de valor—. He sido un poco bruja y había pensado en compensártelo invitándote a comer, si es que no tienes planes…

—Para ti siempre estoy disponible —confirmó él antes de que terminara la frase.

Diez minutos más tarde, ambos salían del hospital. Ruth le llevó a un restaurante íntimo del que Mike le había hablado maravillas. Según él, era perfecto para ir allí con una de las mujeres casadas con las que se divertía. A David no le pasó inadvertida la intimidad que se respiraba en el ambiente, pero decidió no comentar nada para no molestarla, no pensaba arriesgarse a romper la tregua que acababan de firmar.

Mientras comían, Ruth se mostró relajada, hablaba con naturalidad y se reía de las anécdotas que David le contaba. Y él la miraba completamente hechizado, estar con ella era como estar en el paraíso.

Eran más de las cinco de la tarde cuando salieron del restaurante. Ambos tenían el coche aparcado frente a la puerta del local y sabían que la despedida iba a ser inminente.

—Gracias por ir a buscarme al hospital, ha sido lo mejor que me ha pasado desde hace mucho tiempo —le confesó David.

—Me parece, doctor Garrido, que debería trabajar menos y salir más —comentó divertida, por un momento su antiguo yo había vuelto.

—Apenas conozco a nadie en la ciudad, pero una chica preciosa me ha invitado a una exposición el sábado y no pienso desaprovechar esa oportunidad para divertirme.

—Tienes suerte, una chica preciosa y además con cultura —bromeó Ruth.

—Lo sé, por eso no pienso dejarla escapar.

Se miraron a los ojos durante unos segundos y David estuvo a punto de besarla en los labios, pero finalmente decidió hacerlo en la mejilla. Había hecho una promesa y tenía que cumplirla, perder a Ruth era un riesgo que no pensaba correr. Tras ese leve pero intenso beso en la mejilla, se despidieron y cada uno se montó en su coche. Él regresaba al hotel donde se alojaba, ella a su apartamento; ambos pensando el uno en el otro.

Enamórame 5.

Cuando Ruth se levantó a la mañana siguiente, descubrió que David le había enviado un par de mensajes más. Sentada en el borde de la cama, leyó el primer mensaje: “Tampoco lo pienses demasiado, solo acepta la invitación.” Y después leyó el segundo mensaje, que apenas le había enviado unos minutos después: “Ahora no voy a poder dormir hasta que me des una respuesta, pero solo quiero oír que dices que sí… Por favor, dime que sí.”

Ruth se dejó caer de espaldas sobre la cama y suspiró profundamente. ¿Qué debía hacer? Todo lo que tenía que ver con David se le antojaba tan difícil y complicado como atrayente y cautivador.

—De perdidos al río —pensó Ruth en voz alta—. Total, lo peor que me puede pasar es quedarme como estaba.

Decidió aceptar su invitación y le escribió un mensaje antes de pensarlo demasiado y cambiar de opinión. “Sigue sin parecerme buena idea, espero no arrepentirme.” Apenas tardó un minuto en obtener una respuesta: “No te arrepentirás, te lo prometo. Te llamo cuando salga del hospital y paso a recogerte.”

Ruth suspiró, sabía que estaba cometiendo una locura pero no le importaba, por primera vez en casi tres años sonreía de verdad, se sentía feliz.

Pasó el resto del día limpiando el apartamento, tratando de matar el tiempo mientras esperaba la llamada de David. A media tarde, se dio un largo baño de espuma y se tomó una copa de vino en la bañera para relajarse. Decidió ponerse un vestido sencillo de color azul, ajustado hasta la cintura y falda con vuelo. Tras revisar todos sus zapatos, que no eran pocos, se decidió por unas sandalias plateadas con tacón de aguja que realzaban aún más su figura. Complementó su conjunto con una chaqueta americana entallada de color blanco. Se maquilló levemente, un poco de sombra de ojos, rímel y brillo de labios, no quería que David pensara que se había arreglado tanto para él, aunque precisamente era eso lo que hacía.

A las siete de la tarde, recibió la llamada que había estado esperando durante todo el día.

—Hola, preciosa —la saludó en cuanto ella descolgó—. Estoy saliendo del hospital, hoy ha sido un día largo.

—Si estás cansado podemos dejarlo para otro momento.

— ¿Y arriesgarme a que cambies de opinión? De eso nada —sentenció David—. Dame tu dirección y paso a recogerte.

Ruth le dio la dirección de su apartamento y él le aseguró que estaría en la puerta del edificio en menos de veinte minutos. Y así fue. Cuando Ruth cruzó la puerta principal del edificio en el que se situaba su apartamento, David ya la estaba esperando apoyando en un todoterreno negro con despreocupación y la recibió con una amplia sonrisa en cuanto la vio aparecer. Ruth tuvo que hacer un esfuerzo para no olvidarse de respirar y desmayarse, David estaba impresionante vestido con unos tejanos desgastados y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados. Él respiró profundamente para tratar de contenerse, Ruth estaba preciosa con ese vestido y luchó con todas sus fuerzas para no abalanzarse sobre ella y hacerla suya, tenía que ser paciente e ir con pies de plomo para no asustarla y que saliera corriendo.

La saludó con un leve beso en la mejilla y, comportándose como el caballero que era, abrió la puerta del copilota y la ayudó a acomodarse en su asiento. Incluso estuvo a punto de abrocharle el cinturón de seguridad, pero Ruth se le adelantó.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth cuando él arrancó el motor del vehículo.

—En seguida lo sabrás.

A Ruth le entraron ganas de abofetearle por esa respuesta, pero David le dedicó una seductora sonrisa y ella se derritió, olvidándose hasta de su propio nombre. No hizo más preguntas, prefirió dedicarse a mirar por la ventanilla del coche mientras recordaba mentalmente todas y cada una de las razones que la habían llevado hasta allí. Para empezar, no tenía nada que perder, o al menos eso creía ella. No había nada malo en quedar con un viejo amigo para salir a cenar, ¿no?

—Ya hemos llegado —anunció David aparcando el coche frente a una enorme masía.

Ruth se quedó paralizada. Su amiga Eva les había contado que Derek la había llevado a una masía a las afueras de la ciudad donde no solo se iba a cenar, si no a disfrutar del espectáculo libertino e incluso los comensales participaban voluntariamente en dicho espectáculo. ¿Sería capaz David de llevarla a un sitio así en su primera cita después de casi tres años? De cualquier modo, estaba a punto de averiguarlo.

Entraron en la masía y Ruth se sintió ligeramente decepcionada, no era la masía a la que Derek había llevado a Eva, era una masía normal y corriente.

—Si no te gusta, podemos ir a cualquier otra parte —comentó David al ver la decepción en los ojos de ella.

—No, está bien, me gusta —dijo ruborizándose.

David la escrutó con la mirada, ¿por qué se ruborizaba? La masía era un lugar perfecto en el que dispondrían de intimidad, además se comía de fábula. Entonces, se le ocurrió que tal vez ella ya habría estado allí en compañía de otra persona, otro hombre probablemente. Apretó la mandíbula y maldijo entre dientes, ¿acaso se había ruborizado al recordar alguna cita con otro hombre?

Un camarero les guio a la mesa que tenían reservada y David, tras pedir la bebida y esperar que el camarero les dejara a solas, le preguntó a Ruth:

— ¿Ya habías estado aquí antes?

—No, pero parece un sitio estupendo.

A David siguió sin convencerle aquella respuesta, pero lo dejó pasar, no quería presionarla y que acabara huyendo, tenía que ir con pies de plomo con ella. Buscando un tema de conversación más neutro, decidió preguntarle por su trabajo. El trabajo de Ruth era un tema seguro, a ella le encantaba y se podría pasar horas hablando. Le contó cómo era su día a día en la galería, qué hacía, qué era lo que más le gustaba y lo que menos, le habló de sus compañeros de trabajo, sobre todo de Mike, aunque solo a nivel profesional. Sin embargo, David era un hombre muy intuitivo y supo que Mike era mucho más que un simple compañero de trabajo. Mientras ella seguía hablando, él meditó cómo abordar ese tema, aunque no le salió como pretendía:

—Y, ese Mike y tú, ¿sois muy amigos?

Por supuesto, a Ruth no se le escapó el tono molesto de David, por mucho que intentó disimularlo.

—Supongo que se puede decir que sí —respondió encogiéndose de hombros, sin darle una respuesta clara solo para fastidiarle.

David no volvió a preguntar sobre Mike, vio que Ruth estaba a la defensiva y era mejor dejarlo estar. Al fin y al cabo, él no era nadie para reprocharle que siguiera adelante con su vida después de casi tres años sin dar señales de vida. Así que cambió de tema y preguntó por la exposición fotográfica a la que acudirían juntos el próximo sábado:

— ¿Quién es el autor de las fotografías?

Ruth sonrió para sus adentros, bebió un pequeño pero sensual trago de su copa de vino y respondió con toda la inocencia de la que fue capaz:

—De Mike, estoy segura de que te encantará.

David masculló algo entre dientes y Ruth sonrió satisfecha, le había dado en su ego masculino, el punto débil de cualquier hombre.

Terminaron de cenar prácticamente en silencio, ninguno de los dos sabía qué decir. Él quería saber si estaba soltera, si salía con alguien o si estaba dispuesta hacerlo; ella quería preguntarle por qué la había llamado, qué esperaba de ella y, por supuesto qué intenciones tenía. Sin embargo, ambos decidieron reservarse esas preguntas para más adelante, quizás por temor a escuchar la respuesta opuesta a la que deseaban.

Tras la cena, David insistió en pagar la cuenta y Ruth rodó los ojos y le dejó hacer cuando vio que no iba a ganar aquella discusión.

— ¿Quieres que te lleve a casa?

La pregunta de David la pilló desprevenida. ¿Tan pronto quería deshacerse de ella? Ella no respondió, se limitó a encogerse de hombros. David resopló, Ruth se lo estaba poniendo más difícil de lo que esperaba. Entendía que estuviera resentida pero, si había decidido aceptar su invitación, pensaba que dejarían a un lado los reproches.

—No quiero que te sientas incómoda, Ruth —dijo mientras arrancaba el motor del coche y se incorporaba a la carretera—. Me encantaría estar un rato más contigo aunque sea en silencio, pero no quiero que me odies por ello. Dime, ¿qué hago para que te sientas mejor?

Ruth se sintió fatal, ¿estaba siendo una bruja? Suspiró con resignación. Si Mike estuviera allí le habría gritado BRUJA hasta quedarse afónico.

—Mira, no pretendo ser grosera contigo —empezó a decir—, pero la verdad es que no entiendo este repentino interés en mí después de tanto tiempo. Ni siquiera sé qué pretendes y, si te soy sincera, tampoco sé si quiero averiguarlo.

—Solo pretendo pasar el rato contigo y que nos conozcamos mejor, te he echado de menos todo este tiempo, solo quería volver a verte, saber de ti.

—Tengo una vida, quizás no la mejor, pero me gusta mi vida —le advirtió Ruth a la defensiva, sin bajar la guardia—. No puedo permitir que llegues, pongas mi mundo patas arriba y te vuelvas a ir.

—No pienso irme a ninguna parte, Ruth —le aseguró él—. Solo deja que te lo demuestre, dame una oportunidad. Te prometí que no intentaría nada que tú no quisieras y pienso cumplirlo.

— ¿Y si solo quiero amistad?

—Me conformaría hasta con tu desprecio siempre y cuando causara alguna emoción en ti.

—No lo sé, David. No estoy segura de que…

—Te llevaré a casa —sentenció él—. No quiero que me des una respuesta ahora, solo piénsalo y ya lo hablaremos. Pero me gustaría acompañarte a la exposición de Mike el sábado.

—De acuerdo —aceptó Ruth ignorando el tono que había utilizado al nombrar a Mike.

David llevó a Ruth a su apartamento y la acompañó hasta el portal del edificio. Fue entonces cuando Ruth se dio cuenta que no quería separarse de él, al menos no tan pronto. Pensó en invitarle a una copa en su apartamento, pero no quería que se tomara aquella invitación como una carta blanca; tampoco podía proponer ir a otro lugar, ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Suspiró con resignación y, volviéndose hacia a él para mirarle a los ojos, se despidió:

—Bueno, supongo que nos veremos en la exposición.

—Supones bien, te llamaré el viernes para que me digas a qué hora paso a recogerte.

Y Ruth se sintió como una auténtica bruja. Había sido un caballero con ella, la había invitado a cenar y había cumplido su promesa de no incomodarla ni pedirle más de lo que estuviera dispuesta a darle, pero ella se había comportado como una niña malcriada, refunfuñona y desagradecida.

—Gracias por la cena, ha estado bien —casi susurró avergonzada. Le dio un beso en la mejilla y añadió—: Buenas noches, David.

—Buenas noches, Ruth.

Dio media vuelta y entró en el edificio. Él hizo lo mismo en dirección opuesta, se subió a su coche y se dirigió al frío y deprimente hotel en el que se alojaba.

Enamórame 4.

A Ruth todavía le temblaban las piernas cuando llegó a casa. Estaba nerviosa, se sentía confusa y era incapaz de pensar con claridad. Necesitaba desahogarse y, tras comprobar que tan solo eran las ocho de la tarde, decidió enviarle un mensaje a su amiga Ana: “Necesito hablar con alguien, ¿tienes cinco minutos?” Se sintió un poco mal por molestar a su amiga con tonterías cuando ella acababa de tener un bebé, pero la necesitaba.

Su teléfono móvil comenzó a sonar a los pocos segundos, Ana la estaba llamando.

—No me lo digas, has quedado con David y te lo has tirado —le dijo Ana en cuanto Ruth descolgó.

—Casi aciertas, he quedado con él para tomar un café, pero no me lo he tirado.

—Cuéntamelo todo.

—No quiero molestarte, si estás ocupada…

—El pequeño acaba de dormirse y Nahuel está en su despacho trabajando, me paso el día encerrada en casa y necesito desconectar —le confesó Ana y añadió bromeando—: Piensa que esta conversación es como una terapia para ambas.

—David me llamó cuando llegué a casa, me dijo que quería verme, insistió en quedar y me convenció para tomar un café —le resumió Ruth—. Hemos quedado en la cafetería de la plaza Mayor y nos hemos puesto al día.

—No pareces muy contenta, ¿qué es lo que ha salido mal?

—Todo. Me sentí como una quinceañera frente a su ídolo, pero me mantuve firme y no se lo puse fácil.

—Bueno, hasta ahí no hay nada malo —opinó Ana.

—Esperaba que intentara seducirme, pero en lugar de eso se empeñó en saber de mí como si fuéramos dos viejos amigos, esas fueron sus palabras exactas. Como dos viejos amigos.

—Estás enfadada porque no ha intentado nada contigo —concluyó Ana—. Hace casi tres años que no sabéis nada el uno del otro, no podéis retomar vuestra relación donde la dejasteis.

—Eso mismo dijo él.

—Que te haya llamado nada más llegar a la ciudad es una buena señal, igual que quiera seguir viéndote sin pretender meterse en tu cama.

— ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Eso solo lo puedes decidir tú, Ruth. Pero, si quieres mi consejo, te diré que te dejes llevar y que hagas lo que realmente sientas.

—No quiero volver a pasar por lo mismo, no creo que pueda soportarlo de nuevo.

—Estás dando por hecho que no saldrá bien y eso es suponer demasiado, Ruth. Sí, puede que al final no salga bien. Pero, ¿estás dispuesta a dejar pasar la posibilidad de ser feliz junto al hombre que amas solo por miedo? Sinceramente, creo que es mejor amar y sufrir que quedarte con la duda de lo que pudo haber sido.

Ruth resopló frustrada, todo hubiera sido más fácil si Ana le hubiera aconsejado que pasara de David. Ahora la pregunta que debía hacerse era si estaba dispuesta a dejarse llevar y arriesgarse a sufrir de nuevo por él.

Las dos amigas continuaron charlando un rato más hasta que el pequeño Nahuel se despertó y Ana se despidió para atender a su bebé recién nacido.

Ruth se dio un largo baño para relajarse, se preparó una ensalada para cenar y poco rato después se metió en la cama. Estaba agotada mentalmente, el regreso de David la perturbaba y la incertidumbre sobre su futuro la reconcomía. Trató de dormir, pero solo consiguió dar vueltas en la cama. Se dormía, soñaba con David y a los pocos minutos se despertaba desorientada y confusa.

A la mañana siguiente, Ruth se levantó de la cama y cogió su teléfono móvil. Sonrió al descubrir que tenía un mensaje de David y lo abrió para leerlo: “Solo quería agradecerte que me hayas dado la oportunidad de volver a verte, no te arrepentirás. Buenas noches, pequeña.”

Le había enviado el mensaje de madrugada y Ruth adivinó que David tampoco habría podido dormir. No supo si contestar o no su mensaje, así que se dirigió a la cocina para desayunar mientras lo pensaba. Y lo pensó durante todo el día hasta que, antes de irse a dormir, decidió responderle: “Espero no arrepentirme. Buenas noches, David.”

Sabía que estaba siendo bastante borde con él, pero no se lo iba a poner tan fácil después de haberla abandonado. Así se había sentido Ruth: abandonada. Era consciente que David no podía dejar escapar aquella oportunidad profesional aunque fuera en la otra punta del país, pero que quisiera eliminar cualquier contacto con ella durante ese tiempo le dolió. Todos la consolaban diciendo que las relaciones a distancia no funcionaban, pero ella hubiera preferido tenerlo y perderlo poco a poco antes de no tenerlo. Había sufrido mucho, no podía sacárselo de la cabeza y tampoco del corazón. Soñaba todas las noches con él y durante el día fantaseaba imaginando que él lo dejaba todo para ir en su busca. No lo había olvidado, pero había aprendido a vivir sin él y ahora que había vuelto temía volver al principio. No estaba dispuesta a sufrir de nuevo porque no se sentía capaz de resistirlo. Tampoco tenía la suficiente fuerza de voluntad para alejarle de su vida, por eso había decidido que, si realmente él estaba dispuesto a recuperarla, tendría que demostrárselo.

El sonido de la recepción de un mensaje en su móvil la sacó de sus pensamientos. Cogió el teléfono móvil con las manos temblorosas, sintiéndose nerviosa al imaginar que sería él y no se equivocó: “Supongo que tenemos una conversación pendiente. Quizás deberíamos quedar para hablar antes de asistir juntos a la inauguración de esa exposición. ¿Aceptarías una invitación mañana por la noche? Piénsalo antes de negarte en rotundo. Te prometo que seré bueno.” Ruth sonrió y acto seguido se reprendió mentalmente, aquella actitud no era la que tenía previsto tener. No contestó su mensaje, se fue a dormir y pasó la noche dando vueltas en la cama fantaseando con David.

Enamórame 3.

Ruth salió de casa de Ana y pasó por casa con la intención de cambiarse de ropa para ir al gimnasio, pero sus planes cambiaron cuando recibió la llamada de David. Se quedó mirando la pantalla de su teléfono móvil mientras decidía si responder o no.

Respiró profundamente y, finalmente, respondió la llamada.

— ¿Sí? —Preguntó fingiendo que no sabía quién la llamaba.

—Ruth… —Arrostró cada una de las letras del nombre de ella—. Creía que no responderías, ¿leíste mi mensaje?

Escuchar a David pronunciar su nombre después de tanto tiempo causó estragos en Ruth, había soñado cada noche con aquella voz.

—Sí, lo he leído a mediodía y, si te soy sincera, todavía estaba pensando si debía o no contestarte.

— ¿No quieres hablar conmigo? —Preguntó David con un ligero tono de decepción que no pasó inadvertido para Ruth.

—No creo que sea buena idea, David.

—Pues yo creo todo lo contrario —la contradijo—. Solo quiero verte, ponernos al día mientras cenamos como dos amigos, no hay nada de malo en eso, ¿qué me dices?

—Sigo pensando que no es buena idea y tengo mucho trabajo, estoy muy liada.

—Está bien, estás muy liada para salir a cenar —se resignó David, pero acto seguido volvió a insistir—: ¿Qué me dices de un café?

—David…

—Por favor, Ruth —la interrumpió antes de que acabara la frase—. Solo te pido unos minutos para tomar un café y, si después no quieres volver a saber nada de mí, te prometo que desapareceré de tu vida y no te molestaré más.

Ruth trató de negarse pero, ante la insistencia de David, no fue capaz de reunir la fuerza de voluntad necesaria para rechazar aquella inocente invitación.

—De acuerdo, un café —aceptó finalmente.

—Genial, ¿qué te parece ahora?

—Vaya, veo que estás impaciente…

—No te veo desde hace dos años, ocho meses y cuatro días, ya he esperado suficiente —le respondió con la voz ronca—. ¿Quieres que pase a recogerte?

—Mejor quedamos en la cafetería de la plaza Mayor, estaré allí en una hora —concluyo Ruth y añadió antes de colgar—: No llegues tarde porque no te esperaré.

Ruth se dejó caer en el sofá y suspiró. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo, pero no le importó porque, por mucho que le costara reconocerlo, deseaba verle tanto como él a ella.

Se dirigió a su habitación, se retocó el maquillaje y meditó frente al espejo si debía o no cambiarse de ropa. Finalmente decidió ir con lo que llevaba puesto: un sencillo vestido primaveral con estampado de flores, una chaqueta blanca de hilo y unas sandalias con tacón de cuña. Elegante pero informal, así se sintió Ruth antes de salir de casa.

Sin embargo, en cuanto llegó al centro y se bajó del coche, la inseguridad y el miedo se apoderaron de ella. Las piernas le temblaban y sintió un deseo estúpido de salir corriendo y huir de allí.

—No debería haber venido, debí quedarme en casa —murmuró para sí misma mientras caminaba hacia la cafetería de la plaza Mayor—. Esto es una locura.

Le faltaban unos metros para llegar a la cafetería cuando lo vio. Estaba apoyado en la fachada de ladrillo, con una caña de cerveza en una mano y el teléfono móvil en la otra. A Ruth le pareció el hombre más guapo del mundo y suspiró al recordar que había sido suyo, aunque solo fuera por unas semanas.

David levantó la vista de la pantalla de su teléfono móvil y entonces la vio. Ruth estaba nerviosa, la sonrisa perfecta que él recordaba se había esfumado de su hermoso rostro y se entristeció al adivinar que probablemente él fuera la causa.

—Hola —logró decir Ruth cuando llegó hasta a él.

—Hola, me alegro de que hayas venido —la saludó David plantándole un par de besos en la mejilla.

Colocó su mano sobre la espalda de ella y la guió hacia el interior de la cafetería. A Ruth le temblaban las piernas, temía dar un traspié y caerse de morros al suelo, pero suspiró aliviada cuando se sentaron en una de las mesas.

—Ha pasado mucho tiempo —comenzó a decir David para romper el hielo—. Si te soy sincero, esperaba que no vinieras.

— ¿Qué quieres de mí?

Ruth estaba a la defensiva y no hizo nada por disimularlo. Se sentía como una niña tonta corriendo detrás de él cuando ni siquiera se había molestado en saber de ella en todo ese tiempo.

—Solo quería verte y saber de ti. Acabo de regresar a la ciudad y, esta vez, vengo para quedarme. He conseguido una plaza en el hospital y estoy buscando casa —le respondió David tras meditar su respuesta durante unos segundos. El camarero se acercó para tomarles nota y David le dijo—: Un café solo sin azúcar y un cortado con la leche natural y sacarina.

Ruth sonrió para sus adentros al comprobar que David todavía recordaba cómo le gustaba tomar el café.

—Ha pasado mucho tiempo, David —comentó Ruth cuando el camarero se marchó—. Yo ya no soy la misma chica que conociste aquel verano, mi situación ahora es distinta y, si te soy sincera, no creo que este encuentro sea buena idea para ninguno de los dos.

—Por lo que a mí respecta, solo somos dos viejos amigos tomando café, no creo que haya nada malo en eso.

Ruth se mordió la lengua. Para ella no era un simple encuentro entre dos viejos amigos, a Ruth se le aceleraba el corazón cuando le veía, las piernas le temblaban y apenas era capaz de hablar con normalidad.

—No pretendo retomar nuestra relación donde la dejamos —continuó hablando David al ver que Ruth se quedaba callada—, piensa en mí como en un viejo amigo con el que quedas para charlar y poneros al día. Cuéntame cómo te ha ido durante este tiempo, ¿conseguiste un buen trabajo?

A Ruth no le parecía tan fácil tratarle como a un viejo amigo porque no lo era. Había sido su amante, su aventura de verano y puede que el amor de su vida, pero nunca un viejo amigo. A pesar de ello, hizo de tripas corazón y lo intentó, aunque para ello tuviera que sacar su lado más frío y distante:

—No me puedo quejar. Encontré un trabajo de relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad y estoy encantada.

—Eso es genial, me alegro mucho por ti —le respondió David contento de que por fin comenzara a hablarle de ella, se moría de ganas por saberlo todo—. ¿Qué hay de Ana y Eva, sigues viéndolas?

—Claro que sigo viéndolas, aunque menos que antes —atinó a contestar—. Ana se casó con Nahuel y hace unos días tuvieron un precioso bebé, Eva se ha prometido con Derek y se casarán en otoño.

—Y tú, ¿has encontrado a alguien con quien compartir tu vida y formar una familia?

—Estoy en ello, pero me lo tomo con calma —respondió Ruth sin aclararle si estaba con alguien o no—. Me gustan los niños, pero todavía soy joven y aún no me planteo ser madre.

Aquellas palabras fueron un duro golpe para David. Imaginarse a Ruth en los brazos de otro hombre era su peor pesadilla, la quería solo para él y estaba dispuesto a todo por enamorarla de nuevo.

El camarero regresó con los dos cafés y, cuando se marchó, David comenzó a hablar de nuevo:

—Yo tampoco me planteo ser padre todavía, pero me encantaría serlo en un futuro no muy lejano. Por el momento, estoy centrado en mi trabajo.

— ¿Cómo llevas tus primeros días en la ciudad? —Se animó a preguntar Ruth, quién también quería saberlo todo de él pero se esforzaba en disimularlo.

—Tan solo he visto mi habitación de hotel, el hospital y esta cafetería desde que he llegado, ni siquiera he tenido tiempo de deshacer mi equipaje —le confesó David y añadió bromeando—: Aceptar la plaza en el hospital requería una incorporación inmediata, así que ahora mismo vivo en medio del caos. La próxima semana tendré un par de días libres, quizás puedas aconsejarme algún lugar que visitar o incluso acompañarme, si no tienes planes.

—David…

—Solo somos dos viejos amigos que quedan para salir por la ciudad —la interrumpió David antes de que ella le pusiera alguna excusa—. El sábado de la próxima semana, te invito a cenar.

—No puedo, ya tengo planes —le respondió Ruth recordando que aquel día se inauguraba la exposición de Mike en la galería.

— ¿Y el viernes?

—No dejarás de insistir hasta que lo consigas, ¿verdad?

—Ya me conoces, hay cosas que nunca cambian —bromeó David—. Dime que sí y dejaré de insistir.

—El próximo sábado se celebra la inauguración de una exposición en la galería, si quieres pásate por allí y también verás a las chicas.

— ¿A qué hora paso a buscarte para ir a la exposición? —Ruth abrió la boca pero antes de que pudiera hablar, David añadió—: No me niegues eso también, solo quiero acompañarte.

—Está bien, el viernes te enviaré un mensaje con mi dirección —concluyó Ruth terminándose su taza de café—. Tengo que irme —añadió poniéndose en pie tras mirar su reloj de pulsera.

—Gracias por haber venido, me ha gustado volver a verte —se despidió David—. Seguimos en contacto y nos vemos el próximo sábado.

David le dio un leve beso en la mejilla que casi rozaba la comisura de sus labios y Ruth se quedó con ganas de más, de mucho más. Pero se mantuvo firme en su decisión de no volver a sufrir por amor y, haciendo un gran esfuerzo, dio media vuelta y se marchó.

Enamórame 2.

Ruth se despertó sudando, con las sábanas pegadas al cuerpo y sintiendo una fuerte palpitación en su entrepierna. Había soñado con David y estaba excitada. Resopló con frustración, se levantó de la cama y se dio una ducha de agua fría para espabilarse.

Desayunó un café con un par de tostadas y a las siete en un punto se marchó a la galería, quería dejar preparada toda la documentación de la exposición fotográfica para tener libre el fin de semana y poder desconectar un par de días. Con las prisas, Ruth se dejó el teléfono móvil apagado en casa y no se dio cuenta hasta que llegó a la galería.

A mediodía decidió marcharse a casa, lo tenía todo atado en el trabajo y se sentía incómoda sin su teléfono móvil. En cuanto entró en casa, fue en busca del teléfono y lo encendió. Tenía numerosos mensajes pero solo se fijó en uno. Todavía tenía guardado en sus contactos el número de teléfono de David. Sus pulsaciones se aceleraron y para tratar de calmarse hizo unos ejercicios de respiración que había aprendido en las clases de yoga, estaba empezando a hiperventilar.

Se sentó en el sofá, esperó unos minutos y, cuando se sintió preparada, leyó el mensaje de David: “Hola Ruth. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero estoy en la ciudad y me gustaría verte. ¿Te apetecería salir a tomar un café conmigo? Abrazos, David.”

Ruth suspiró profundamente, se levantó del sofá y se sirvió una copa de wiski con hielo sin importarle la hora que era. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Quedar con él como si fueran dos viejos amigos y fingir que no pasó nada aquel verano?

Necesitaba distraerse, pensar en un posible encuentro con David después de tanto tiempo le producía ansiedad. Decidió llamar a su amiga Ana, se moría de ganas por saber de ella y del pequeño Nahuel.

— ¡Ruth! —La saludó Ana nada más descolgar—. Ahora mismo iba a llamarte, nos han dado el alta y ya estamos en casa.

— ¡Genial! En casa estarás más tranquila y más cómoda —le respondió Ruth sonriendo al notar a Ana tan animada—. ¿Cómo está mi pequeñín? ¿Se porta bien?

—No da guerra, pobre. Solo come y duerme, es muy bueno. Si tienes tiempo, ¿podrías venir a comer a casa? Ayer apenas pudimos vernos y te echo de menos.

—En media hora estoy en tu casa, ¿quieres que pare en el restaurante chino y compre comida para llevar?

—No, mejor ven a casa y llamamos al restaurante desde aquí —concluyó Ana.

Se despidieron antes de colgar y Ruth sonrió animada, tenía ganas de tener al pequeño Nahuel entre sus brazos. Se montó en su coche y condujo hasta casa de Ana, que la esperaba en el porche con una amplia sonrisa en los labios. Las dos amigas se saludaron con un largo y afectuoso abrazo y a Ana no se le escapó que algo le pasaba a Ruth. Pasaron al salón y Nahuel se unió a ellas pocos minutos después:

—El pequeño Nahuel se acaba de quedar dormido —les anunció tras saludar a Ruth. Se volvió hacia a su esposa y le dijo—: Nena, si no te importa, voy a aprovechar que Ruth está aquí para acercarme a la oficina, así podréis hablar de vuestras cosas —sonrió con complicidad, besó a Ana en los labios y añadió—: Llámame si necesitas cualquier cosa y vendré volando.

—Vete tranquilo, estaré bien —le aseguró Ana.

Ruth sonrió ante la ternura y el cariño con el que se trataban y se preguntó si algún día ella llegaría a compartir esos momentos tan especiales con alguien.

—Vale, ya está bien —la regañó Ana en cuanto Nahuel se marchó—. Empieza a soltar por esa boquita qué demonios te pasa —Ruth abrió la boca pero Ana la interrumpió añadiendo con tono de advertencia—: Y ni se te ocurra decirme que nada.

—No quiero agobiarte con mis tonterías, he venido para que me cuentes lo feliz que eres y lo guapo que es mi sobrinito.

—Por favor Ruth, nos tienes a todos preocupados desde que te vimos ayer en el hospital, parecía que habías visto un fantasma y te largaste de allí volando —insistió Ana.

Ruth resopló, no tenía ninguna intención de contarle nada a Ana, no quería molestarla con sus delirios, pero insistió y Ruth pensó que le vendría bien hablar con alguien.

—Ayer, cuando fui a verte al hospital, me pareció ver a David.

— ¿Qué David? ¿Tu David? —Preguntó Ana sorprendida.

Ruth asintió con un leve gesto de cabeza y continuó hablando:

—Anoche estaba agotada, apagué el teléfono móvil y me fui a dormir. Esta mañana me levanté temprano y fui a la galería, me di cuenta de que no llevaba el móvil nada más llegar, pero seguí trabajando hasta que terminé de organizar todo lo de la exposición y regresé a casa. Cuando he encendido el móvil tenía este mensaje de David —Ruth le tendió su teléfono a Ana para que leyera el mensaje y, cuando lo hizo, le preguntó—: ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Por qué se pone en contacto conmigo después de casi tres años? ¿Está de paso en la ciudad y busca a alguien con quien echar un polvo?

—Ruth, cálmate —le aconsejó Ana—. La única manera que tienes de responder esas preguntas es hablando con él. Es un mensaje cordial y amistoso, está en la ciudad y quiere verte. Te está proponiendo quedar para tomar un café, ¿qué tiene de malo?

Ruth sabía muy bien qué tenía de malo. Había pasado mucho tiempo pero no le había podido olvidar. Todavía tenía el corazón roto, no lo había superado pero había aprendido a vivir con ello. Le había puesto una coraza de piedra a su corazón y, si volvía a verle, se arriesgaba a que esa coraza se deshiciera y su que su corazón se rompiera de nuevo.

—Sé que lo pasaste fatal cuando se marchó y sé que todavía sientes algo por él, de lo contrario no estarías así —opinó Ana suavizando su tono de voz—. Os despedisteis dejando una ventana abierta a vuestra relación, es hora de que abráis la puerta o la cerréis para siempre. No puedes vivir pensando siempre en lo que pudo haber sido, tienes que arriesgarte, Ruth.

—Probablemente tengas razón —resopló Ruth encogiéndose de hombros.

Y era sincera, realmente creía que Ana tenía razón, pero se mareaba y sentía náuseas solo de pensar en que David pudiera rechazarla. A duras penas logró seguir adelante con su vida tras su despedida y no se creía capaz de pasar por ello una segunda vez.

En ese momento, el llanto del pequeño Nahuel inundó la estancia a través del walkie y Ana subió a la planta superior para buscarlo.

—Es su hora de comer —anunció mientras se ponía en pie—. Ve llamando al restaurante para que nos traigan la comida, ahora mismo vuelvo.

Ruth llamó al restaurante chino y encargó la comida a domicilio. Pocos minutos después, Ana apareció cargando en sus brazos al pequeño Nahuel y a ambas se les caía la baba contemplándolo.

Las dos amigas disfrutaron viendo como el pequeño Nahuel comía mientras esperaban al repartidor del restaurante chino. Cuando el pequeño se durmió y ellas terminaron de comer, Ana intentó retomar la conversación sobre David, pero al ver que Ruth no estaba por la labor de seguir hablando del tema, decidió preguntarle por la próxima exposición.

A Ruth le encantaba su trabajo y hablar de la exposición la relajó, incluso rieron divertidas cuando le contó que Mike expondría un par de fotografías suyas.

Nahuel regresó tres horas después de haberse marchado y Ruth aprovechó su llegada para despedirse tras prometerle a Ana que la llamaría e iría a verla más a menudo.

Enamórame 1.

Ruth estaba temblando. Intentó disimular frente a sus amigos en el hospital, era el día de Ana y su bebé recién nacido, no quería ensombrecerlo con sus desvaríos. Trató de comportarse con normalidad pero, cuando sus amigos comenzaron a hacerle preguntas, decidió despedirse alegando que tenía mucho trabajo y se marchó.

Ahora estaba en el parking del hospital, sentada tras el volante de su coche, sintiéndose incapaz de conducir. Cerró los ojos, suspiró profundamente y pensó en voz alta:

—Necesito descansar, la mente empieza a jugarme malas pasadas…

Y no era para menos. Ruth había llegado feliz al hospital, deseando conocer al bebé recién nacido de sus amigos Ana y Nahuel. Tras preguntar en el mostrador de información en qué habitación se encontraba Ana Fernández, se dirigió al ascensor y subió hasta la planta 12. Las puertas del ascensor se abrieron y Ruth caminó con decisión hasta que lo vio al final del pasillo. Estaba de espaldas y llevaba una bata blanca de médico, pero supo que era él.

Hacía más de dos años y medio que no sabía nada de David, desde que le envió aquel mensaje en el que decía que era mejor que no mantuvieran ningún tipo de contacto. Él aceptó una plaza en un hospital en el otro extremo del país y se mudó; ella regresó a la ciudad, encontró un buen trabajo en una galería de arte y continuó con su vida, o al menos lo intentaba. Pero ninguno de los dos había olvidado esos días de verano que compartieron en la costa y en los que pasaron de ser dos extraños que acababan de conocerse para ser simplemente un solo ser.

Su corazón se aceleró al verle, pese a que seguía de espaldas a ella, no estaba preparada para un encuentro de sopetón, se asustó y corrió para esconderse en la habitación de Ana y el pequeño Nahuel, donde también se encontró con Eva y Derek.

Ya más calmada, aunque con mil preguntas rondándole la cabeza, arrancó el motor del coche y condujo hacia la galería de arte.

—Si está aquí, ¿por qué no me ha llamado? ¿Y si está con otra? —Hablaba consigo misma mientras conducía—. ¿Y si se ha casado e incluso tiene hijos?

La sola idea de imaginarlo hizo que sintiera náuseas. Sí, habían pasado casi tres años con sus largos días y sus largas noches, pero no había un solo día en el que Ruth no se acordara de él. Pese a que de cara a sus amigos se había vuelto una mujer fría y devora hombres, seguía siendo la misma Ruth romántica y soñadora de siempre y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, solía fantasear con que algún día David regresaría a buscarla y serían felices para siempre.

Pasó la tarde en la galería, concentrada en su trabajo. Concretamente, en la inauguración de la nueva exposición de fotografía erótica que en un par de semanas se celebraría en la galería. Tan concentrada estaba que no se dio cuenta que alguien entró en su despacho hasta que escuchó la voz de Mike:

—Hola Ruth, ¿estás muy ocupada?

—Para ti siempre estoy disponible —le aseguró Ruth dedicándole la mejor de sus sonrisas.

Conocía a Mike desde hacía dos años, cuando acudió a una de sus exposiciones de fotografía y se quedó maravillada con su trabajo. Tenían muchas cosas en común, se llevaban bien y rápidamente se hicieron buenos amigos.

— ¿Eso ha sido una insinuación? —Quiso saber Mike y añadió bromeando—: Será mejor que no me tientes, con el lío de la exposición no he tenido tiempo para nada.

— ¿Ni siquiera para un polvo rápido con tu vecina? —Preguntó Ruth burlonamente.

Mike le confirmó lo evidente con una sonrisa descarada y Ruth rompió a reír a carcajadas. Conocía demasiado bien a su amigo para saber que la abstinencia sexual no iba con él. Pese a que ambos disfrutaban abiertamente del sexo, nunca se habían acostado juntos. Habían construido una gran amistad y ninguno de los dos quería echarla a perder a causa de un revolcón.

—Por cierto, ya he seleccionado las fotografías —le dijo tras entregarle una carpeta.

Ruth abrió la carpeta y revisó las fotografías una a una en el más absoluto de los silencios hasta que vio las tres últimas y espetó sobresaltada:

— ¡¿Es que te has vuelto loco?! ¡¿Cómo vas a exponer mis fotos?!

Mike era un excelente fotógrafo y, un día que a Ruth le apeteció hacer de modelo para divertirse un rato, Mike le sacó algunas fotografías.

—Son unas fotografías magníficas y de lo más inocentes, no puedes negarte —argumentó Mike—. Todo el mundo querrá pujar por ellas, serán un éxito.

—Claro, así tú te llenas los bolsillos mientras un viejo verde se masturbará mirando mis fotografías —replicó Ruth horrorizada.

—No sé si será o no un viejo verde, pero de lo que estoy seguro es de que tendrá mucho dinero si puja por alguna de tus fotografías, son la guinda de mi exposición —comentó divertido.

Ruth echó un vistazo a las fotografías de nuevo y sonrió. Tampoco iba a pasar nada si se exponían tres fotos suyas en las que aparecía en ropa interior, envuelta en una sábana sobre una cama deshecha o vestida únicamente con una camisa de hombre abierta. Eran fotografías sensuales en las que no se enseñaba nada más de lo que se enseñaba en la playa. Eran insinuantes y sensuales, eróticas pero sin caer en lo obsceno.

—Supongo que así aprenderé a no jugar a ser modelo —zanjó la cuestión Ruth encogiéndose de hombros.

— ¿Se puede saber qué te pasa?

— ¿A mí?

—Sí, a ti —afirmó Mike sentándose en el sillón que quedaba frente a ella—. Creía que ibas a montar en cólera cuando te lo dijera y parece que te da igual.

—Creía que querías convencerme y te lo he puesto fácil, hoy no tengo ganas de discutir.

—Y eso no es normal en ti, ¿quieres contármelo?

—No hay nada qué contar, Mike.

—Ruth, si no quieres contármelo, no lo hagas. Pero no me mientas, por favor —insistió Mike.

—Es una tontería, de verdad… —Le confesó un poco avergonzada—. He ido a ver a Ana y al pequeño Nahuel al hospital y, al salir del ascensor, me ha parecido ver a David.

— ¿El mismo David que dejó tu corazón congelado tras unas tórridas vacaciones de verano en la costa?

—El mismo —le confirmó Ruth con un sonoro suspiro.

—Y, ¿qué te ha dicho?

—Nada.

— ¿Nada?

—No me ha visto, estaba de espaldas y he huido como una cobarde —reconoció Ruth.

—Pero, ¿estás segura de que era él?

—No lo sé, creo que sí. Estaba de espaldas y llevaba puesta una bata blanca de médico, me pareció él y no me quedé allí para confirmarlo.

—Últimamente trabajas demasiado, deberías tomarte unos días de vacaciones, te sentarán bien —le aconsejó Mike preocupado.

Ruth suspiró profundamente. Mike tenía razón, necesitaba descansar, desconectar unos días y dedicar un poco de tiempo solo para ella.

—Puede que me tome unos días libres después de la exposición —comentó Ruth no demasiado convencida.

Mike insistió en que descansara y la obligó a marcharse a casa. Eran las siete de la tarde cuando entró en su apartamento, el mismo que compartió con sus amigas y que ahora era solo para ella.

Apagó el teléfono móvil y se relajó durante más de una hora en la bañera mientras se tomaba una copa de vino. Se acomodó en el sofá y llamó al restaurante de comida china para pedir que le trajeran un menú individual a casa, no tenía ganas de cocinar. Después de cenar, buscó el diario de a bordo de aquellas vacaciones en la costa y se quedó dormida mirando una de las fotos de David.