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Empezar de cero 16.

Empezar de cero

Paso la primera noche en casa de Gonzalo y me despierto entre sus brazos. Me sonríe y me besa en la frente. Firmaría un contrato vitalicio para despertar así todos los días.

Dos días después, Ismael y Valeria regresan de su luna de miel más enamorados que nunca y Gonzalo los invita a cenar en casa para darles la noticia. También invitamos a Velasco, Joel y Natalia, aunque ellos ya saben nuestro secreto.

Natalia y Joel han hablado y, por lo que se ve, parece que les va muy bien. Gonzalo no se separa de mí salvo para ir a trabajar. Curiosamente, no hemos discutido ni una sola vez. De hecho, somos bastante empalagosos.

Cuando les damos la noticia a Ismael y Valeria, la reacción de ambos es la misma que tuvo Natalia conmigo por teléfono y nos vuelven a repetir que los únicos que no lo sabíamos éramos nosotros.

Gonzalo me abraza, me besa en los labios y después les dice bromeando:

–  Ahora que lo sé, no la dejaré escapar.

Los días pasan y con ellos la primavera y el verano, pero llega septiembre y la investigación sobre la Tríada no avanza en absoluto.  Killer vuelve a ser el caballo campeón que era, la revista ya lleva cinco ediciones y cada vez tiene más ventas, Joel y Natalia siguen juntos y Valeria e Ismael esperan un bebé que nacerá a mediados de enero. Sigo viviendo en casa de Gonzalo, pero he comprado un terreno al lado de la propiedad de Gonzalo y he mandado a construir una casa de cinco habitaciones, seis baños, biblioteca, salón con chimenea, comedor y una cocina enorme. Me ha costado muchas discusiones con Gonzalo, pero por fin han acabado con las obras y la casa ya está preparada para entrar a vivir. Me hubiera encantado estrenarla, pero sé que a Gonzalo no le iba a hacer ninguna gracia y se lo tomaría como algo personal, así que le entrego las llaves a Velasco y Joel sabiendo que allí se encontrarán como en su propia casa.

Ésta noche, Gonzalo y yo hacemos seis meses juntos y me prepara una íntima y romántica cena en el jardín trasero de casa.

–  Cariño, es precioso. – Le digo emocionada al ver la pequeña mesa iluminada con un par de velas, una rosa blanca en el centro de la mesa.

–  Tú sí que eres preciosa. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me ayuda a sentarme. – Ese vestido te queda muy sexy, pero solo puedo pensar en quitártelo. – Bromea.

–  Tendrás que esperar al postre, aunque te prometo que la espera valdrá la pena. – Le contesto con picardía.

Cenamos y brindamos por nuestro amor con vino y, cuando estamos a punto de pasar al postre, mi teléfono móvil empieza a sonar. Gonzalo y yo intercambiamos una mirada y finalmente me hace un gesto para que conteste al teléfono, si alguien llama a estas horas debe ser importante.

–  ¿Sí?

–  Hola, rubia. – Escucho la voz de Mark. – Lamento interrumpir tu maravillosa y romántica noche, pero tenemos que hablar.

–  Joder, ¿dónde estás? – Le espeto al teléfono separándome bruscamente de Gonzalo para mirar a nuestro alrededor.

–  ¿Qué ocurre? – Me pregunta Gonzalo preocupado.

–  Buenas noches, pareja. – Nos dice Mark desde nuestra espalda. – Lamento la interrupción pero, como ya he dicho, es importante.

–  Gonzalo, éste es Mark Spencer, agente de la DEA y un antiguo amigo. – Le digo a Gonzalo que le mira con cara de pocos amigos. – Mark, él es Gonzalo, mi novio.

–  Encantado de conocerte, Gonzalo. – Le dice Mark estrechándole la mano. Gonzalo le saluda educadamente pero con desconfianza. – ¿Podemos hablar?

–  Gonzalo lo sabe todo, puedes hablar delante de él. – Le respondo.

–  ¿Desde cuándo mezclas trabajo, placer y amor? – Me pregunta divertido. – Lo fulmino con la mirada por el comentario y añade: – Será mejor que vaya al grano. La DEA va a por la Tríada, pero se nos han escapado los tres jefes, aunque tenemos a todos sus hombres. Creemos que la Tríada original va a venir a por ti y me han enviado junto con varios agentes más para protegeros.

–  ¿Por qué quiere protegerme la DEA? – Le pregunto con desconfianza. – La Tríada lleva toda la vida buscándome y la DEA no ha intervenido hasta ahora.

–  La DEA no sabía que seguías viva hasta hace unas pocas horas, cuando hemos interrogado a uno de los hombres de la Tríada y nos ha confesado que venían a por ti, la hija de James y Catherine Blake. – Me responde Mark. – Tu padre le salvó la vida a mi jefe y él quiere devolverle el favor protegiéndote a ti.

–  ¿Con cuántos hombres has venido? – Le pregunta Gonzalo al mismo tiempo que me coge de la mano y me la aprieta para darme ánimos.

–  Somos una docena, catorce con vosotros, dieciséis si contamos con Velasco y Joel, sé que están contigo en el pueblo. – Me dice Mark. – Y deberías avisar a tu amiga Valeria y a su marido, la Tríada conoce su casa y será uno de los primeros sitios a los que vayan a buscarte.

–  Llama a Joel y a Velasco y que vayan a la pensión. – Le ordeno a Gonzalo. Me vuelvo de nuevo hacia a Mark y añado: – Envía a la mitad de tus hombres a resguardar la pensión y a las tres personas que hay dentro.

–  Voy a buscar a Ismael y a Valeria. – Me dice Gonzalo cogiéndome por la cintura para besarme en los labios. – ¿Vienes conmigo?

–  Sí. – Le contesto tras darle un beso en los labios. – No pienso separarme de ti.

–  Me alegra oír eso. – Me susurra al oído.

–  Os acompañamos, así os cubrimos. – Sentencia Mark.

Gonzalo y yo vamos en el coche de Gonzalo y Mark y sus hombres se reparten en cuatro coches, dos delante de nosotros y otros dos coches detrás.

Por el camino llamo a Valeria y la pongo al corriente de la situación, pero le digo que son medidas preventivas y que estoy más segura teniéndola a mi lado para tranquilizarla.

Recogemos a Ismael y Valeria y decidimos pasar a la pensión para tranquilizar a Rosalía y Federico, y Gonzalo lo consigue explicándoles a sus abuelos solo parte de la historia, que unos tipos vienen en mi busca porque mis padres eran agentes secretos y que la DEA está aquí para protegernos.

Cuando regresamos a casa y después de instalar a los nuevos invitados, Gonzalo y yo nos retiramos a nuestra habitación y, completamente agotada, me abrazo a él y le susurro:

–  No tengo fuerzas ni para desnudarme.

–  Yo lo haré encantado, preciosa. – Me contesta abrazándome.

Gonzalo me desnuda por completo y después me ayuda a ponerme una de sus camisetas de manga corta que me van enormes pero que me encantan  para dormir. Gonzalo se quita la ropa y se mete en la cama tan solo vestida con un bóxer. Me meto en la cama junto a él y me quedo dormida abrazándole.

Cuando a la mañana siguiente me despierto, Gonzalo sigue durmiendo y decido quedarme quieta para no despertarlo, pero el parece percatarse y abre los ojos al mismo tiempo que me dice:

–  Buenos días, preciosa.

–  Buenos días, cariño. – Le susurro al oído con picardía. – Creo que tenemos algo pendiente tú y yo, anoche nos interrumpieron.

–  Y después te quedaste dormida. – Añade burlonamente.

Le sello los labios con un beso salvaje y apasionado y hacemos el amor dos veces antes de bajar a la cocina y desayunar con el resto de invitados.

Joel también ha venido con Natalia y, a juzgar por su cara, no parece estar muy contento. Mark y sus hombres están fuera, rodeando el perímetro, por lo que decido advertir a Joel:

–  No pongas esa cara, está aquí para ayudar. – Nos sostenemos la mirada tensamente durante unos segundos y añado: – Ahora mismo, es la única persona que nos puede ayudar.

–  ¿De verdad confías en él? – Me espeta Joel furioso. – Se suponía que estaba muerto, pero aquí está, vivito y coleando y tú no pareces mínimamente sorprendida. Lo sabías, ¿verdad?

–  No es el momento de hablar de eso, Joel. – Le reprocho.

–  ¿Y cuándo lo será? ¡Nunca es el momento de hablar de Mark! – Me espeta furioso.

–  De acuerdo, cómo quieras. – Le contesto realmente enfadada. – Sí, sabía que Mark estaba vivo y, ¿sabes por qué? Porque yo misma fui a rescatarle, sin vuestra maldita ayuda.

–  ¿Qué? ¿Te volviste loca? – Me pregunta incrédulo. – Dime que no fuiste a Tailandia cuando se suponía que estabas en playa para descansar después de que te hubiesen disparado.

–  ¿Quieres que te diga la verdad o lo que quieres oír? – Le contesto furiosa.

–  No quiero oír nada que tenga que ver con ese tipo, Dayana. – Me contesta molesto. Coge a Natalia de la mano y le dice antes de marcharnos: – Nos vamos a la pensión, ya hemos perdido demasiado tiempo aquí.

Joel se marcha furioso arrastrando del brazo a Natalia que me mira pidiéndome disculpas antes de marcharse con Joel.

Gonzalo se me acerca por la espalda y me abraza con ternura, pero justo después me susurra al oído:

–  Creo que tú y yo tenemos algo de lo que hablar. – Me da un beso en la mejilla y añade: – ¿Quieres hablar de ello o prefieres que discutamos?

Me lo dice de una manera tan dulce y tan tierna que solo puedo dedicarle una tímida sonrisa. Sé que voy a tener que hablar de Mark con Gonzalo tarde o temprano y, dadas las circunstancias, será mejor que hable con él ahora que estamos solos, pues ni Ismael ni Valeria se han levantado todavía.

–  Siéntate, te lo contaré todo. – Le digo haciéndole un gesto con la cabeza para que se siente en una de las sillas frente a la mesa. Gonzalo me obedece, pero me arrastra con él para colocarme en su regazo y continuar abrazándome y acariciándome mientras yo sigo hablando: – Conocí a Mark después de morir mi tío. Él aún no trabajaba para la DEA, trabajaba para el gobierno, pero en una rama secreta. Nos conocimos por casualidad y cuando descubrimos quienes éramos realmente ya era demasiado tarde. Al parecer, la Tríada sospechó que tramábamos algo y nos atacó a ambos junto con algunos caza-recompensas y todo se complicó. A Mark se lo llevaron a Tailandia, querían sacarle información, y a mí me dieron por muerta, me dispararon en el hombro y perdí bastante sangre hasta que Joel me encontró inconsciente y casi muerta. Me recuperé en un par de días y quise ir a buscar a Mark, si no hubiese sido por él estaría muerta, pero Joel y Velasco trataron de impedírmelo alegando que lo más probable era que ya lo hubieran matado. Les dije que me iba unos días a la playa para descansar y desconectar, pero en lugar de eso me subí a un avión y viajé a Tailandia. Llegué justo cuando acaban de dar órdenes para que mataran a Mark, pues no le habían sacado ningún tipo de información después de haberlo torturado y ya no les servía de nada. Logré rescatarlo con vida de allí, pero no fue fácil. Nos refugiamos en un pequeño pueblo de Tailandia donde ambos nos recuperamos de nuestras heridas y después decidimos que lo mejor para todos era no volver a vernos. Él fingiría seguir estando muerto y yo regresaría a mi vida en High City. – Gonzalo me estrecha contra su cuerpo para darme ánimos y continúo hablando: – No supe nada de él hasta hace un par de años, me localizó y me dijo que ahora trabajaba para la DEA y que si tenía algún problema podía recurrir a él. Desde entonces hemos mantenido el contacto muy esporádicamente, pero más o menos nos hemos ido poniendo al corriente de nuestras vidas.

–  Y, ¿cuándo fue la última vez que hablaste con él antes de que apareciera por aquí?

–  Hace un par de meses, cuando trató de localizarme y no pudo fue a visitar a mi ex y él le dijo que si estaba en alguna parte sería aquí. – Le contesto abrazándome a él con fuerza. – Mark es un buen tipo y ha hecho mucho por mí. Sé que ir sola a Tailandia para rescatarlo no fue nada sensato por mi parte, pero tampoco podía dejarlo y nadie estaba dispuesto a acompañarme.

–  ¿Sientes algo por él?

–  Cariño, por supuesto que no. – Le contesto tras darle un beso en los labios. – Han pasado cinco años desde la última vez que estuve con él y le vi como a algo más que un amigo, no tienes de qué preocuparte.

–  Me alegra oír eso, te recuerdo que soy muy celoso. – Bromea.

–  Me encanta verte celoso, te pones tan sexy. – Le susurro al oído.

–  Ejem, ejem. – Nos interrumpe Ismael que se para frente a nosotros abrazando a Valeria.

–  ¿Es que en ésta casa no hay intimidad? – Protesta Gonzalo bromeando.

–  Estáis en una zona común. – Nos recuerda Valeria sentándose en una de las sillas para descansar de la pesadez de su enorme barriga. – Me siento como una bola gigante y aún me queda casi la mitad del embarazo. Creo que antes de parir reventaré.

Empezar de cero 15.

Empezar de cero

Salimos a cenar al centro del pueblo, cómo Gonzalo lo llama, aunque yo creo que es más como una gran urbanización en mitad del campo con dos únicas calles en el centro, ambas llenas de tiendas y restaurantes de lujo y un hotel de cinco estrellas.

Me he puesto un vestido de noche de Versace, de color rosa que deja toda mi espalda al descubierto y con un escote bastante atrevido. Gonzalo se ha quedado con la boca abierta en cuanto me ha visto y no me ha quitado las manos de encima en ningún momento. Aunque no con la posesión que lo ha hecho esta mañana ante Eric, pero decido no comentar nada de ese asunto porque se pone de muy mal humor y ahora está guapísimo con esa dulce sonrisa en los labios.

–  ¿En qué estás pensando?

–  En lo mucho que me gustas cuando sonríes. – Le respondo tras darle un beso en la mejilla. Mi móvil empieza a sonar y al ver que es Natalia quién llama decido contestar: – Hola, Naty. ¿Qué tal?

–  Dayana, necesito hablar contigo. – Me dice desesperada. – No entiendo nada, Joel y yo estamos genial y cada día que pasa estamos mejor, pero el muy imbécil no pasa de darme cuatro besitos y cuando trato de ir a más me detiene y me trae de vuelta a la pensión. ¿Por qué no quiere hacer el amor conmigo?

Miro a Gonzalo con ojitos de pena mientras me levanto y le hago un gesto con la mano indicándole que no tardaré más de cinco minutos y me dirijo al baño para hablar con Natalia con mayor privacidad.

–  Sé que le gustas mucho, él mismo me ha confesado que está enamorado de ti. – Le respondo una vez me encierro en el baño. – Tal vez pretende ir despacio contigo, no quiere que te precipites y te está dejando claro que está dispuesto a esperar. Pero si eso no es lo que quieres, deberías hablar con él y dejárselo bien claro. Sólo él puede responder a tu pregunta.

–  ¿Y qué le digo? ¿”Por qué no quieres follar conmigo”? No suena muy bien, la verdad. – Me dice desesperada. – No sé cómo hacerlo, Day.

–  Prueba con un “deja de torturarme y hazme el amor”, funciona, créeme. – Le digo divertida.

–  ¿Mi primo y tú ya os habéis convencido de que sois pareja? – Me pregunta burlonamente. – Creo que vosotros eráis los únicos que no os habíais dado cuenta.

–  Oye, tengo que colgar, he dejado a Gonzalo solo en el restaurante para venir al baño a hablar contigo y como tarde estoy segura de que es capaz de venir a buscarme. – Le digo divertida. – Ve a buscar a Joel y dile lo que quieres, estoy segura de que él estará encantado de dártelo.

–  Deséame suerte. – Me dice antes de colgar.

Regreso junto a Gonzalo y me mira con reproche, pero cuando me siento a su lado me sonríe y me da un beso en los labios para después preguntarme:

–  ¿Quién te llama para que tengas que esconderte de mí en el baño tanto rato?

–  Era Natalia. – Le contesto sonriendo.

–  ¿Y de qué habéis estado hablando? – Me pregunta juguetón. – ¿Le has dado ya la noticia?

–  Más o menos. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Ella misma se ha dado cuenta sin decirle nada y ni siquiera se ha sorprendido, me ha dicho que nosotros dos éramos los únicos que no sabíamos que ya éramos pareja. ¿Tan predecibles somos? – Bromeo.

–  Parece que sí. – Me responde sonriendo. – Entonces, ¿qué quería Natalia?

–  Cosas de chicas. – Le contesto sonriendo burlonamente.

–  No quiero secretos entre nosotros, Dayana. – Me dice seriamente. – ¿Qué ocurre?

–  No ocurre nada malo que necesites saber.

–  Entonces, dímelo. – Insiste. – Te prometo que no diré nada.

–  De acuerdo, pero tú no sabes nada. – Le advierto. – Joel y Natalia están empezando a salir, solo se han dado algunos besos y cada vez que ella intenta algo más Joel la detiene. Me consta que Joel está enamorado de Natalia y quizás por eso quiere ir despacio con ella.

–  Eso es bueno, ¿no?

–  No para Natalia, que está que se sube por las paredes. – Bromeo. – Le he dicho que lo hable con Joel y le diga claramente lo que quiere.

–  Has arrojado a mi prima a los brazos de tu amigo. – Me dice pensativo.

–  Te aconsejo que tengas cuidado con lo que dices, Joel es como un hermano para mí. – Le advierto.

–  No osaría decir nada que te ofenda, sé muy bien lo que eres capaz de hacer cuando estás furiosa y enfadada. – Me dice divertido. – Además, sé que Joel es un buen tipo y que tú no dejarías que le hiciera daño a Natalia.

Cenamos como dos auténticos enamorados y después paseamos por la feria junto a la multitud mientras nos van parando por el camino para saludar a Gonzalo. Aquí también parece conocerse todo el mundo y yo, que soy una extraña a la que nadie conoce, me percato de cómo me miran y susurran a mi alrededor como si se sorprendieran de verme allí. ¿Me habrán reconocido por la foto del periódico que publicó Sergio?

–  ¿Por qué me miran así? – Le pregunto a Gonzalo.

–  Nunca aparezco en público con una chica colgada del brazo y la primera vez que lo hago aparezco con una chica preciosa, sexy y muy tentadora.

Paseando por ahí nos encontramos con Sofía, Felipe, Carlos y Vilma y nos unimos a ellos. Gonzalo está relajado, así que deduzco que su tensión se debía a Eric.

Los tres días siguientes los pasamos igual de pegados el uno al otro. Gonzalo me enseña la villa, me lleva todas las noches al centro del pueblo para pasear por la feria y salimos a comer y cenar con sus padres.

Por extraño que parezca, me siento realmente cómoda con él y su familia, comportándome como una verdadera novia.

El martes por la tarde, mientras regresamos en coche a Bahía del Mar, Gonzalo baja el volumen de la radio y, sin desviar la vista de la carretera pero cogiéndome de la mano, me dice:

–  Quédate en mi casa, estarás más cómoda y estaremos juntos. No quiero separarme de ti.

–  No sé si es buena idea, hace poco que nos conocemos y…

–  Deja de pensar en el futuro y piensa en el presente. – Me dice Gonzalo impacientándose. – No te voy a imponer nada que no desees, serás libre de irte cuándo quieras si eso es lo que deseas.

–  Sé que esto es una locura, pero sí, quiero vivir contigo. – Le contesto sonriendo. – Me gusta despertarme entre tus brazos después de haber pasado toda la noche haciendo el amor contigo.

–  Cariño, me estás excitando. – Me dice sosteniéndome la mirada durante un segundo para después volver la vista a la carretera.

Me desabrocho el cinturón de seguridad y me acerco a él dispuesta a excitarle todavía más. Le acaricio el pecho y le susurro:

–  Cariño, me encanta excitarte. – Bajo mi mano hacia sus pantalones e introduzco mi mano en su entrepierna para acariciar su ya duro y erecto pene. – Mm… Está juguetón.

–  Contigo siempre está dispuesto a jugar, pequeña. – Me responde con la voz ronca al mismo tiempo que se desvía por un camino de tierra estrecho y solitario y aparca el coche entre unos árboles. – Ven aquí, preciosa. – Me dice cogiéndome en brazos y llevándome a los asientos traseros. – Aquí nadie puede vernos ni podemos matarnos en la carretera. ¿Qué pretendías hacer?

–  Excitarte, cariño. – Le respondo juguetona poniéndome a horcajadas sobre él y quitándome la blusa y el sujetador. – ¿Voy por buen camino?

–  Vas por un excelente camino, cariño. – Me dice presionando mi entrepierna con su enorme y duro miembro.

Nos terminamos de desnudar entre caricias de amor, pasión y deseo y Gonzalo me penetra con fuerza, provocando una oleada de placer en mi interior que me hace gemir excitada.

–  Eso es, preciosa. Gime todo lo que quieras. – Me susurra al oído mientras aumenta de intensidad sus estocadas. – Quiero oír cómo te corres, pequeña.

Esas palabras hacen estallar mi empapada vagina y mi clítoris estalla en mil pedazos, produciéndome un orgasmo largo, intenso y especialmente placentero. Dos estocadas después, es Gonzalo quién llega al clímax y su gemido produce una mini réplica de mi orgasmo que me hace estremecer y volver a gemir de placer.

Cuando recobramos la respiración con normalidad, Gonzalo me besa suavemente en los labios y cogiéndome en brazos me coloca de nuevo en el asiento del copiloto para después él sentarse en el asiento del conductor.

Coge una de mis manos y se la lleva a los labios para besarla como un caballero y después arranca el motor del coche y nos encaminamos a Bahía del Mar.

A las ocho en punto de la tarde, Gonzalo aparca frente a la pensión para saludar a sus abuelos y a Natalia y para que yo coja todas mis cosas.

–  No hace falta que se lo lleve todo hoy, puede llevárselo en varias veces. – Le reprende Rosalía a su nieto que no está dispuesto a dejar en la pensión ni una sola de mis pertenencias.

–  Abuela, ¿qué pasa si cambia de opinión y se vuelve a la pensión? – Le pregunta poniendo los brazos en jarras, recordándome a un niño pequeño.

–  No pienso cambiar de opinión. – Le respondo dándole un beso en la mejilla.

Tras recoger todas mis cosas, Gonzalo ordena a uno de los hombres que trabaja para él que suba mi equipaje a su habitación. Saludo a Joel y a Velasco y ambos me sonríen felices y conocedores de la gran noticia.

–  ¿Se lo has contado a todo el mundo? – Le pregunto a Gonzalo hablando en susurros.

–  Me temía que a ti te costaría un poco, así que se lo he dicho yo. – Me responde sonriendo con picardía y me da un beso en los labios. – Ismael y Valeria aún no lo saben, he pensado que deberíamos darle la noticia juntos.

A pesar de que Valeria está de luna de miel, durante estas dos últimas semanas nos hemos ido poniendo al día de todo lo que ha ocurrido, pero aún no le he dicho que nuestra relación va en serio, quería decírselo en persona, tomando una copa tranquilamente.

Empezar de cero 14.

Empezar de cero

Cuando Gonzalo sale del baño envuelto únicamente en una toalla de cintura para abajo, mi cuerpo se enciende como si le echaran gasolina a una hoguera. Pero él ni siquiera se da cuenta, sigue enfurruñado.

–  No quiero que me expliques nada que no quieras, pero te agradecería que me dijeras si tengo que mantener las distancias con los invitados de tus padres. – Le digo con indiferencia.

–  No te acerques a Eric. – Me contesta con sequedad.

–  De acuerdo. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Ya está? ¿Así de fácil? – Me pregunta sorprendido por mi docilidad.

–  No sé lo que pasa pero por tu cara sé que no es bueno y no pienso meterme en medio de tus asuntos, a menos que tú me incluyas en ellos. – Le contesto. – Estoy a sus órdenes, mi general.

–  Dayana. – Me dice sujetándome por el brazo. – Lo siento, soy un imbécil. Deja que te invite a cenar esta noche y te lo explicaré todo.

–  No tienes que explicarme nada que no quieras, me conformo con que me invites a cenar y cambies esa cara de gruñón. – Le contesto sonriendo. – ¿Qué pensarán tus padres de mí si te pasas los cuatro días enfurruñado?

–  A mis padres ya te los has ganado, creo que hagas lo que hagas ellos me echarán la culpa a mí. – Me contesta divertido.

–  Voy a darme una ducha rápida. – Le digo pensando en ducharme con agua fría. – No tardaré, ¿me esperas?

Gonzalo asiente con la cabeza y empieza a deshacer su maleta para coger algo de ropa con la que vestirse mientras yo entro en el baño.

Cuando salgo del baño ya vestida y peinada, Gonzalo está hablando por teléfono con Rosalía para decirle que ya hemos llegado y que la mujer se quede tranquila. Cuando me ve se despide de su abuela y me sonríe sin ningún atisbo de su enfado anterior.

–  Hablar con tu abuela te pone de buen humor, es algo que tendré en cuenta. – Bromeo.

–  Conozco otras formas más rápidas y placenteras de ponerme de buen humor. – Me contesta sonriendo pícaramente.

–  Será mejor que no me tientes, no creo que tenga la fuerza de voluntad necesaria para resistirme. – Le advierto divertida.

Entre risas, bajamos las escaleras y entramos en el salón donde todos nos esperan. Gonzalo se pone tenso nada más poner un pie en el salón y yo le cojo de la mano apretándosela con fuerza para que sepa que estamos juntos en esto y puede contar conmigo.

–  ¡Ya están aquí! – Exclama Vilma al vernos entrar.

–  Chicos, Vilma y Carlos nos han invitado a todos a cenar a su casa. – Nos dice Sofía incómoda.

Gonzalo me aprieta tanto la mano que tengo que cogerle con la mano que me queda libre para ayudar a que me suelte un poco antes de que me corte la circulación. Cuando lo consigo, me abrazo a él tratando de tranquilizarle y respondo con una amplia y falsa sonrisa:

–  Vilma, te lo agradecemos, pero hoy es un día especial para Gonzalo y para mí y teníamos planeado salir a cenar a solas.

–  ¿Y qué celebráis? – Me pregunta Vilma.

–  Que la mujer más increíble del mundo está conmigo. – Responde Gonzalo dándome un beso en los labios. – Y no pienso dejar que vaya a ninguna parte sin mí.

Esto último lo añade mirando a Eric con gesto amenazador. Sin duda alguna estos dos no se soportan, pero yo estoy del lado de Gonzalo, sobre todo después de este beso.

Nos sentamos en un sofá de dos plazas que queda libre y Gonzalo me pasa su brazo por los hombros, estrechándome contra él.

Charlamos durante un rato en el salón para después seguir haciéndolo en el comedor. Gonzalo y Eric se fulminan con la mirada cada vez que se miran y no se han hablado directamente el uno al otro desde que hemos llegado. Delante de Eric, Gonzalo se muestra extremadamente posesivo conmigo y, aunque no conozco a Eric, debo reconocer que hay algo en su mirada que me hace desconfiar de él.

Después de comer, Gonzalo alega que estamos cansados del viaje para retirarnos a su habitación y nos quedamos a solas.

–  Creo que a Vilma no le ha sentado nada bien que rechazaras su invitación a cenar, nadie jamás ha tenido el valor de rechazar una invitación de Vilma Hernández. – Me dice divertido.

–  Al menos esta vez no hemos mentido. – Le respondo sonriendo. – Habíamos quedado para ir a cenar y deberías celebrar que la mujer más increíble del mundo está contigo. – Añado sonriendo.

–  Espero que en esa enorme maleta que has traído tengas un vestido de noche, de lo contrario tendremos que ir de compras esta tarde y tenía pensado dormir un poco. – Me dice arqueando una ceja y sonriendo maliciosamente.

–  Tengo todo lo que pueda necesitar en esa maleta. – Le respondo acusándole con el dedo índice y con una sonrisa traviesa en los labios. – Además, me parece buena idea lo de echarnos una siesta.

–  Échate en la cama, yo me quedaré en el sofá. – Me dice sentándose en el sofá para quitarse los zapatos.

–  ¿Piensas dormir cuatro días seguidos en ese sofá? – Le pregunto sorprendida.

–  ¿Prefieres dormir tú en el sofá? – Me responde sonriendo.

–  Ni de broma, pero estoy dispuesta a compartir la cama contigo. – Le contesto. – No sería la primera vez, ¿no?

–  Es la primera vez en dos semanas que hablas de lo que pasó. – Me dice levantándose del sofá y parándose frente a mí. – Empezaba a pensar que me lo había imaginado.

–  Se suponía que teníamos que actuar como si nada hubiera ocurrido pero, dadas las circunstancias, me temo que no voy a ser capaz. – Le confieso. – No puedo seguir con esto, Gonzalo.

–  Lo entiendo, no te preocupes. – Me dice con tristeza, malinterpretando mis palabras. – Descansa un rato y regresaremos a Bahía del Mar.

–  No te estoy hablando de estar aquí. – Le digo nerviosa. – Bueno sí, pero no es lo que estás pensando.

–  Dime ya lo que sea, Dayana. – Me ruega con una mirada triste.

No le respondo, me arrojo a sus brazos y sello su boca con la mía, besándole salvajemente, dejándole totalmente sorprendido. Cuando despego mis labios de los suyos, me lo quedo mirando y espero a que diga algo, ya sea bueno o malo.

–  Si vuelves a besarme así, no me hago responsable de mi reacción. – Me dice con los ojos llenos de lujuria. – ¿Por qué me torturas así?

–  A esta tortura me refería. – Le susurro. – Vamos a tener que pasar cuatro días juntos en esta habitación, fingiendo que somos novios, abrazándonos y besándonos delante de todo el mundo pero sin poder hacerlo cuando estamos a solas, que es cuando verdaderamente quiero besarte.

Gonzalo me besa en los labios con premura y me estrecha entre sus brazos para susurrarme al oído:

–  Vamos a dejar de torturarnos, ¿te parece bien?

–  Me parece perfecto. – Le respondo sonriendo y le beso en los labios.

Los besos se intensifican y nuestros cuerpos, ansiando lo que tanto han estado anhelando, arden de pasión y excitación. Gonzalo me coge en brazos y me lleva a la cama, donde me deposita con cuidado y me desnuda despacio, alternando los besos y las caricias.

Hacemos el amor despacio, disfrutando del momento sin importarnos nada más. Alcanzamos juntos el clímax y nos quedamos abrazados. Gonzalo me besa en la frente y me susurra estrechándome contra su cuerpo desnudo:

–  Descansa un poco preciosa, esta noche iremos a cenar y a tomar unas copas.

Abrazados como estamos, nos quedamos dormidos y nos despertamos dos horas más tarde, cuando Sofía llama a la puerta de la habitación y nos dice desde el pasillo:

–  Chicos, son las ocho de la tarde. Nosotros nos vamos a cenar a casa de Vilma y vosotros, si aún queréis salir a cenar, será mejor que os levantéis. – Se le escapa una risa de satisfacción y añade: – Espero que os lo paséis bien.

–  Lo mismo digo, mamá. – Le responde Gonzalo riendo mientras yo me ruborizo. Me besa en los labios y me dice sonriendo: – Tienes a toda mi familia a tus pies, incluido a mí.

–  Gonzalo yo…

–  Lo sé, preciosa. – Me interrumpe abrazándome con fuerza. – Estamos jugando con fuego y todo esto se nos está escapando de las manos pero, ¿qué hay de malo en hacer lo que nos apetece si no le hacemos daño a nadie?

–  Les estamos mintiendo, Gonzalo.

–  Y nunca me he sentido tan bien por mentir. – Bromea besándome en los labios. – Deja de pensar en nuestros absurdos acuerdos y déjate llevar por lo que sientes. – Me propone. – Puede que discutamos a menudo, pero nos compenetramos bastante bien y nos entendemos por muy complicados que sean nuestros pensamientos. No puedes negar la atracción sexual que existe entre nosotros ni la necesidad de contacto que tienen nuestros cuerpos cuando estamos juntos. ¿Qué tenemos que perder por intentarlo?

–  Intentar, ¿el qué? – Le pregunto asustada.

–  Dayana, sé que has salido de una relación hace poco y que no tenías pensado volver  meterte en otra tan rápido, pero creo que deberías darnos una oportunidad. – Me contesta. – Básicamente sería dejar de fingir que estamos fingiendo. Es obvio que ambos queremos estar juntos y si lo que te asusta es poner un nombre a nuestra relación, no se lo pongas.

–  ¿Me estás proponiendo una relación abierta y sin compromiso? – Le pregunto divertida.

–  No. – Me contesta muy seriamente. – Te estoy proponiendo una relación a la que no poner un nombre, pero totalmente cerrada.

–  Nada de terceras personas, me gusta. – Opino sonriendo. – Pero, si algo sale mal…

–  No voy a dejar que nada salga mal, me gustas demasiado, Dayana.

–  Entonces, ¿seremos cómo novios pero sin serlo? – Le pregunto un poco confundida.

–  Seremos lo que tú quieras si con eso consigo que permanezcas a mi lado para siempre sin que te asustes y salgas corriendo. – Me susurra al oído. – No te imaginas el infierno que he vivido estas dos últimas semanas teniéndote tan cerca y sin poderte besar ni abrazar, no quiero volver a pasar por lo mismo.

–  Mi vida es complicada, Gonzalo. – Le respondo con un hilo de voz. – La gente a la que quiero termina siendo asesinada o se alejan de mí asustados, no soportaría que algo así pasara.

–  No te pongas la venda antes de tener la herida. – Me suplica Gonzalo. – Déjame cuidar de ti, a mí no me importa tu pasado ni lo complicada que sea tu vida, solo quiero estar contigo y hacerte feliz. Dame la oportunidad para que pueda demostrártelo. – Gonzalo me mira a los ojos y yo le sonrío dulcemente para después besarle en los labios. – ¿Eso es un sí?

–  Odio ducharme con agua fría y desde que te conozco no dejo de hacerlo. – Le digo bromeando encogiéndome de hombros. Le doy otro beso y añado: – No sé cómo acabará todo esto, pero tampoco tengo fuerzas para seguir resistiéndome a la tentación más tiempo sin volverme loca.

–  No te vas a arrepentir, preciosa. – Me susurra al oído con la voz ronca de excitación.

Las manos de Gonzalo resbalan por mi cuerpo, acariciándolo, y sus labios recorren mi cara y mi cuello provocando el deseo de la pasión en mi interior. Me coloco a horcajadas de él y le susurro al oído:

–  Te quiero dentro de mí.

Gonzalo me obedece de inmediato sin dejar de mirarme a los ojos mientras sonríe maliciosamente. Me encanta esa sonrisa suya tan sexual y me excita de manera sobrenatural. Hacemos el amor de nuevo pero esta vez Gonzalo se mueve mucho más despacio, mucho más delicado. Hacemos el amor igual que lo hacen los enamorados o, como diría Joel, echamos un polvo vainilla.

Empezar de cero 13.

Empezar de cero

Después de la noche de la boda de Ismael y Valeria, en la que Gonzalo y yo disfrutamos de una única y pactada noche de placer sexual, todo vuelve a la normalidad, más o menos.

Entre semana, llevo a Natalia a la universidad y después voy a trabajar. A mediodía la voy a buscar y comemos en un restaurante cercano a la oficina para después regresar al trabajo con ella, que ha empezado las prácticas en la revista y me ha ayudado a buscarle un nombre: “Femme”. A las seis de la tarde regresamos a Bahía del Mar y, mientras Natalia se queda estudiando en la pensión, voy con Gonzalo al cercado para entrenar a Killer, siempre bajo su supervisión. A la hora de cenar regresamos a la pensión, me doy una ducha, ceno con Gonzalo, Velasco, Joel, Federico, Rosalía y Natalia. Después de cenar, Velasco y Joel nos ponen al día sobre la investigación de la Tríada, que está resultando más complicada de lo que ya creíamos que nos iba a resultar, hasta que a medianoche nos despedimos y me voy a dormir. El sábado y el domingo entreno a Killer por la mañana junto a Gonzalo, regresamos a la pensión para ducharme y recoger a Natalia y después nos vamos a su casa, donde nos reunimos con Velasco y Joel para pasarnos el día investigando y relajarnos tomando una copa al caer la noche.

Han pasado diez días desde la boda de Ismael y Valeria y ni Gonzalo ni yo hemos mencionado nada de lo que pasó esa noche, tal y cómo habíamos quedado. Nuestra relación es cómo era antes de aquella noche, salvo cuando nuestros cuerpos están tan cerca que se rozan y ambos nos tensamos y nos separamos, más por precaución de no caer en la tentación que por no querer estar cerca.

Sofía ha estado llamando a Gonzalo todos los días desde la boda de Valeria para confirmar que lo de ir a Verment para pasar el puente sigue en pie y hoy es el día en que salimos hacia Verment. Gonzalo ha quedado en pasar a buscarme a las ocho de la mañana, pues Verment está a 500km al sur de Bahía del Mar, a unas cuatro horas en coche. Escucho un coche parar frente a la pensión y, cuando me asomo a la ventana, veo a Gonzalo bajarse del coche. Miro el reloj, faltan diez minutos para las ocho. Cojo mi enorme maleta en la que llevo ropa para toda clase de ocasiones (no quiero quedar mal con mis supuestos suegros) y bajo las escaleras para encontrarme con Gonzalo en el hall.

–  Buenos días. – Me saluda más serio de lo habitual. – ¿Estás lista?

–  Buenos días. – Le respondo buscando su mirada esquiva. – ¿Te pasa algo?

–  Estoy bien. – Me contesta cogiendo mi maleta para meterla en el coche. – ¿Piensas venir o vas a quedarte ahí todo el día?

–  Si piensas tener ese humor durante los siguientes cuatro días, sí. Me voy a quedar aquí. – Le respondo molesta poniendo los brazos en jarras.

Gonzalo me sostiene la mirada puedo ver lo furioso que está, pero me mantengo firme en mi postura hasta que finalmente Gonzalo suspira profundamente y, armándose de paciencia, me dice:

–  Estoy un poco nervioso y apenas he dormido. ¿Podemos irnos ya?

–  Sí, pero yo conduciré.

–  Ni lo sueñes.

–  Entonces, espero que te diviertas en casa de tus padres, “cielo”. – Le respondo burlonamente. Abre la boca para protestar, pero le callo dándole un beso en los labios al ver a Rosalía y, fingiendo una amplia sonrisa y abrazando a Gonzalo por la cintura: – Buenos días, Rosalía.

Gonzalo, que se ha quedado paralizado con mi beso, reacciona al oírme hablar con Rosalía y me devuelve el abrazo, fingiendo su papel de enamorado.

–  Abuela, nos vamos ya. – Se despide de Rosalía con un beso en la mejilla. – Te llamaremos cuando lleguemos.

–  Tened cuidado en la carretera. – Nos dice Rosalía antes de marcharnos.

Trato de adelantarme a Gonzalo y subirme en el asiento del conductor, pero me detiene cuando estoy a punto de conseguirlo, me coge en brazos y me lleva hasta el asiento del copiloto rodeando el coche. Estar entre sus brazos me hace revivir esa noche que tanto he tratado de olvidar y no lo he conseguido. Gonzalo me abrocha el cinturón de seguridad y al hacerlo su mano roza mi vientre y doy un respingo. Me sonríe maliciosamente y yo siento como todo mi cuerpo reacciona a esa sonrisa, aunque trato de evitar que él se dé cuenta.

Pasamos cuatro horas en las que Gonzalo conduce sin parar. Escuchamos música durante todo el camino y de vez en cuando me va señalando algún punto de interés cultural, lúdico, o simplemente peculiar, por el que pasamos y yo se lo agradezco, de lo contrario nos hubiéramos pasado todo el camino en silencio y sin hablar.

–  Ya hemos llegado. – Me dice al cruzar la puerta de una verja enorme que rodea más terreno del que yo puedo contemplar.

–  ¿Dónde se supone que está el pueblo y su fiesta mayor? – Pregunto confundida.

–  Es un pueblo de pijos, aquí todo el mundo vive en villas. – Me explica sonriendo. – Ésta es la villa de mis padres y su casa está justo ahí. – Me contesta señalando hacia su izquierda. Me inclino hacia su lado y veo una preciosa casa, dos o tres veces más grande que la del propio Gonzalo en Bahía del Mar. – La fiesta mayor se celebra en el valle, donde está el hotel de cinco estrellas, las tiendas de lujo y los restaurantes de degustación. – Me lo quedo mirando pensativa y añade levantando la mano en son de paz: – Te recuerdo que podrías haberte negado a venir y que, si quieres que regresemos a Bahía del Mar, solo tienes que pedírmelo y yo mismo te llevaré.

–  Estoy nerviosa, tus padres son… En fin, tienen demasiado dinero y se mueven en una sociedad muy distinta a la mía. – Le confieso. – Voy a meter la pata, Gonzalo. Creo que en vez de ayudarte acabaré perjudicándote.

–  Lo que cuenta es la intención y, pase lo que pase, no olvidaré que estás en esto porque yo te he metido en medio y te lo agradeceré. – Me responde acariciando mi mano izquierda que está sobre mi rodilla. – En cuanto a lo del dinero… Acabas de regalarles una casa que Ismael quería regalarle a Valeria para la boda y no pudo porque era demasiado cara, así que supongo que tienes el mismo o incluso más dinero que mis padres.

–  Sí, tengo más dinero del que necesito. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Pero mi vida ha sido la de una persona normal, tan normal como he podido.

Gonzalo aparca el coche en una de las muchas cocheras que hay a los laterales de la puerta principal de la casa y, tras mirarnos a los ojos para darnos ánimos mutuamente, bajamos del coche. Sofía y Felipe salen a recibirnos con una inmensa sonrisa en los labios.

–  ¡Qué bien que estéis aquí! – Nos dice Sofía abrazándome a mí y después a su hijo.

Felipe primero le estrecha la mano a su hijo y después me saluda a mí dándome un par de besos en la mejilla y un breve pero afectuoso abrazo. Gonzalo se queda mirando un par de coches que están aparcados junto al suyo y le dice a su madre molesto y con cara de pocos amigos:

–  Mamá, creía que habíamos quedado en que no habrían invitados sorpresa.

–  Pero hijo, Vilma y Carlos son como de la familia. – Protesta Sofía. – Se han enterado de que venías y han pasado a saludarte.

–  Ya hablaremos en otro momento. – Le dice Gonzalo furioso y tira de mí para que camine junto a él.

Le sigo, o mejor dicho me arrastra, y cruzamos la puerta de entrada seguidos de Sofía y Felipe, que parecen discutir con mucha discreción, creo que Felipe le reprocha que haya invitado a sus amigos, aunque no entiendo por qué, es su casa.

La reacción de Gonzalo ha sido completamente desmesurada, está de muy mal humor y me guardo mi opinión antes de que se enfade también conmigo.

–  ¡Gonzalo, qué alegría verte! – Dice una mujer de la edad de Sofía, tan impoluta y elegante como ella, que acto seguido posa sus ojos en mí y añade: – Y has venido muy bien acompañado, ¿quién es esta jovencita?

Gonzalo me rodea por la cintura con su brazo, me estrecha contra su cuerpo con posesión y les espeta educado pero para nada agradable:

–  Vilma. – Le hace un gesto con la cabeza a modo de saludo y me besa en la sien con tanta ternura que me derrite. – Esta preciosidad es Dayana, mi novia.

–  Encantada de conocerte, Dayana. – Me responde la mujer con una amplia sonrisa. – Yo soy Vilma, una amiga de la familia. – Justo en ese momento aparecen dos hombres, el más mayor supongo que es Carlos y el más joven no sé quién es, pero me mira y me sonríe descaradamente y puedo notar como Gonzalo me agarra con más fuerza. – Ellos son Carlos y Eric, mi marido y mi hijo, respectivamente. – Se vuelve hacia a los recién llegados y les dice: – Esta chica tan encantadora es Dayana, la novia de Gonzalo, puede que dentro de poco tengamos boda.

Carlos y Eric me saludan amablemente con un beso en la mejilla y una sonrisa y yo les devuelvo una sonrisa tímida, incómoda por la reacción de Gonzalo, que parece que vaya a estallar de un momento a otro de lo tenso que está.

–  Creo que es mejor que dejemos que los chicos vayan a instalarse a su habitación, probablemente quieran asearse y acomodarse un poco después del largo viaje. – Les dice Sofía a todos para sacarnos de allí a Gonzalo y a mí. Se vuelve hacia a Gonzalo y añade: – Chicos, id a la habitación, ahora os subirán el equipaje.

Gonzalo camina sin soltarme y subimos las escaleras mientras me va guiando por los largos pasillos hasta llegar a su habitación. Abre la puerta y me hace un gesto para que pase delante de él. Doy un par de pasos, separándome por primera vez de Gonzalo desde que hemos entrado en la casa, y me quedo observando la enorme habitación, con una sola cama. Me vuelvo hacia a él y lo veo tenso, bastante malhumorado, así que decido tratar de relajarle:

–  La habitación es enorme. – Me asomo a la ventana y añado: – Y las vistas son preciosas. – Gonzalo continúa quieto, de pie en mitad de la habitación. – “Cielo”, si sigues así pensarán que estamos enfadados y, sinceramente, no entiendo a qué viene esa cara. ¿Va todo bien?

–  No, nada va bien. – Me gruñe.

Justo en ese momento llaman a la puerta de la habitación y entra uno de los mayordomos de Sofía y Felipe con nuestro equipaje. Tras dejar las maletas en la habitación, Gonzalo prácticamente lo echa y vuelve a cerrar la puerta.

–  Voy a darme una ducha, puedes instalarte en la habitación. – Me dice con la voz más serena. – No tardaré más de diez minutos.

Asiento con la cabeza y Gonzalo desaparece tras la puerta del baño.

Empezar de cero 12.

Empezar de cero

Tras despedirnos de Rosalía, Federico, Sofía y Felipe, nos dirigimos al aparcamiento donde ya solo quedan el coche de Velasco y el de Gonzalo. Velasco, consciente de que todos menos él hemos bebido, nos dice:

–  Creo que lo mejor es que os lleve a todos a casa y allí seguís bebiendo si queréis, no creo que ninguno de vosotros esté capacitado para conducir.

–  No nos subestimes. – Le replicamos Joel y yo a la vez.

Velasco se ríe y Gonzalo vuelve a pegarse a mí justo antes de subir al coche para susurrarme al oído sin que nadie más que yo pueda oírlo:

–  ¿Te has arrepentido y utilizas a Natalia de escudo contra mí?

–  Me da vergüenza que tus abuelos sepan que he pasado la noche contigo. – Le respondo susurrando para que nadie nos oiga. – Si Natalia está conmigo no resulta tan descarado y, de paso, le hago un favor a tu prima que bien se lo merece, aunque solo sea por sobrevivir a tu lado durante tantos años. – Me mofo.

–  Un momento, ¿qué es eso de que le haces un favor?

–  Oh, oh. Acabo de meter la pata. – Me lamento. – Yo no te he dicho nada, ¿de acuerdo? – Le advierto acusándole con el dedo índice. – Sé bueno y haz la vista gorda, puede que así te lo compense.

Tras decir esto último, le guiño un ojo sonriéndole pícaramente y le lanzo un beso antes de subir al coche mientras Gonzalo me mira con absoluta lujuria en los ojos. Me encantaría saber lo que está pensando en este momento.

Mientras Velasco conduce de regreso a casa, el resto reímos y bromeamos alegremente. Llegamos a casa de Gonzalo y todos pasamos al salón mientras Gonzalo nos sirve una copa a cada uno. Todos excepto Velasco, que prefiere irse a descansar y dejarnos a la juventud divertirse, cómo dice él. Joel, aprovechando que Gonzalo está despistado, me pregunta burlonamente:

–  ¿Qué hacíais antes? ¿Practicar para cuando vayáis a pasar el puente a Verment?

–  Imbécil. – Le respondo bromeando, pero lo hago demasiado fuerte y todos se vuelven a mirarnos y Joel y yo nos ponemos serios de golpe. Como quién no quiere la cosa, añado: – Bueno, Gonzalo y yo estamos cansados, nos vamos a dormir. – Agarro a Gonzalo del brazo y tiro de él cuando se vuelve hacia a Natalia para ordenarle algo, al mismo tiempo que les digo: – Pasadlo bien, chicos.

Saco a Gonzalo del salón y continuo tirando de él para subir las escaleras, pero me detiene en mitad del hall y me dice furioso:

–  ¿Qué pretendes dejándolos solos? ¡Natalia es una niña!

–  Natalia es una niña de diecinueve años totalmente madura y responsable y que conoce de sobras el sexo opuesto, puede que incluso… – Gonzalo me fulmina con la mirada y decido no acabar la frase, me arriesgo a quedarme sin sexo esta noche. – ¿Acaso pensabas que Natalia era virgen? ¡Tiene diecinueve años! ¿Qué hacías tú con diecinueve años?

–  No es lo mismo. – Me contesta molesto. – Da igual, no quiero seguir hablando de esto.

–  Ya estamos de acuerdo en algo. – Le contesto divertida mientras vuelvo a tirar de él para subir las escaleras.

Gonzalo me coge en brazos y me lleva a su habitación, donde me deposita al lado de la cama y se vuelve para cerrar la puerta con llave.

–  ¿Tienes miedo de que me escape? – Bromeo.

–  La llave está puesta en la puerta, no tengo miedo de que te escapes porque estás aquí por voluntad propia, al igual que yo. – Me susurra al oído mientras me acaricia la espalda con delicadeza. – Aunque tampoco puedo prometerte que no trataré de retenerte si cambias de opinión.

Le quito la chaqueta y comienzo a desabrocharle la camisa jugueteando mientras Gonzalo me observa excitado y con una sonrisa lasciva en los labios.

–  Una noche, mi general. – Le susurro al oído. – Una noche para satisfacer nuestras necesidades y cuando amanezca nada de esto habrá ocurrido.

–  ¿Solo una noche? – Me pregunta sonriendo. – Después de esta noche, serás tú la que quiera encerrarse en mi habitación.

Gonzalo me besa al mismo tiempo que busca la cremallera de mi vestido y la baja despacio, excitándome todavía más. Termino de quitarle la camisa y descubro una auténtica tableta de chocolate que no dudo en acariciar con deseo. Sigo con su cinturón y sus pantalones, pero Gonzalo me detiene alzando mis brazos al aire para que el vestido resbale por mi cuerpo hasta caer al suelo, quedándome tan solo con la ropa interior puesta frente a Gonzalo, que no deja de mirarme y sonreír como un niño con un juguete nuevo.

–  ¿Te gusta lo que ves? – Le pregunto para provocarle.

–  Me encanta lo que veo, pero aún me puede encantar más. – Me responde con voz ronca.

Sin hacerme de rogar ni esperar siquiera a que me lo pida, me desabrocho el sujetador y lo dejo caer al suelo junto a mi vestido. Gonzalo no puede contenerse más y me agarra por la cintura para atraerme junto a él y besarme al mismo tiempo que sus manos se deslizan hasta mis muslos para agarrarlos y alzarme para ponerme a su altura, coloca mis piernas alrededor de su cintura y me estrecha contra su cuerpo, tan solo cubierto por unos negros y ajustados bóxer (¿cuándo se ha quitado los pantalones? ¡No lo he visto!). Camina conmigo en brazos por la habitación, baja las persianas y regresa de nuevo junto a la cama, donde me deposita en el centro y hace que me tumbe mientras él me observa con deseo y excitación. Tras unos segundos deleitándose con las vistas de mi cuerpo casi desnudo, se acerca a mí y me da un breve beso en los labios para después crear un reguero de dulces y delicados besos por mi cuello, mis pechos y mis pezones, con los que se entretiene mordisqueándolos y lamiéndolos provocando intensas descargas de placer por todo mi cuerpo. Arqueo mi cuerpo y se me escapa un gemido de placer que Gonzalo atrapa rápidamente con su boca. Me besa con fuerza, con determinación, y yo me derrito. Paso mis manos alrededor de su cuello y, con un movimiento rápido y seco, intercambio nuestra posición y quedo sobre él, acariciando su tableta de chocolate con adoración al mismo tiempo que me muevo estratégicamente para que nuestras entrepiernas no dejen de rozarse, notando la dureza de su miembro. Gonzalo acaricia mis pechos masajeándolos, pero dos segundos después desliza sus manos por mis costillas hasta llegar a la cadera, donde coge la fina tela de mi tanga y lo desliza por mis muslos hasta que no da más de sí y, con el mismo movimiento que le he hecho yo escasos minutos antes, vuelve a colocarse sobre mí y termina de quitarme el tanga para lanzarlo al suelo con el resto de nuestra ropa y después hace lo mismo con sus bóxer.

–  Oh, precioso. – Me dice pasando su mano por mi monte de venus para después besarlo con lentitud y provocación. – Totalmente depilada, excitante.

–  Me alegro de que te guste. – Le contesto traviesa.

Gonzalo me sonríe maliciosamente y me pone el dedo índice en la boca para que lo chupe. Le devuelvo la sonrisa y le chupo el dedo lascivamente hasta que lo aparta y lo desliza hasta la hendidura de mi vagina para penetrarme despacio con su dedo mientras acaricia el clítoris con el pulgar. De mi boca sale otro gemido y Gonzalo me besa mientras que con la otra mano juega con mis pezones apretándolos y estirándolos alternativamente. Gonzalo retira su mano de mi entrepierna y aparta sus labios de mi boca, pero cuando voy a protestar siento su lengua sobre mi clítoris, volviéndome loca de placer y aumentando de volumen mis gemidos hasta que el orgasmo me invade.

Hasta que mi respiración se normaliza, Gonzalo me besa dulcemente por el cuello y la clavícula, esperando pacientemente su turno.

Vuelvo a recobrar mis fuerzas y me tumbo sobre Gonzalo. Le beso en los labios, me siento a horcajadas de él y le guío hacia un lado para que quede sentado en la cama pero con los pies en el suelo. Me arrodillo en el suelo frente a él y, tras mirarle lujuriosamente, introduzco su erecto y enorme miembro en la boca para chuparlo, lamerlo y absorberlo hasta que Gonzalo me detiene y me aparta para eyacular fuera de mi boca, concretamente en la palma de su mano. Le alcanzo una caja de pañuelos de papel que hay en la mesilla de noche y, cuando termina de limpiarse la mano, le empujo para que se deje caer sobre la cama y se quede tumbado. Compruebo que su pene sigue completamente erecto y me lo meto en la boca para darle un par de lametones y humedecerlo antes de sentarme de nuevo a horcajadas. Me agarra de los muslos y me los separa para facilitar el acceso de su pene a mi vagina y, con una precisión sorprendente, me penetra de una sola estocada que me hace gemir de placer.

–  No sabes cómo me pone oírte gemir. – Susurra con la voz ronca acelerando el ritmo de sus estocadas y el volumen y la frecuencia de mis gemidos. – Eso es preciosa, disfruta.

Estallo en mil pedazos y hago estallar a Gonzalo, que trata de eyacular fuera pero yo se lo impido apretando mi pelvis contra la suya para inmovilizarle hasta que se corre dentro de mí.

–  No te preocupes, tomo la píldora. – Le susurro al oído tras dejarme caer sobre él completamente agotada.

–  Quedarte embarazada no es lo único que debería preocuparte.

–  Tengo contactos y acceso a tu historial médico. – Le contesto. – Puede que no sea una agente, pero te recuerdo que me han educado y entrenado como tal.

–  ¿Sabes que eso es un delito?

–  Tranquilo, no he leído tu expediente médico. – Le tranquilizo. – Solo pedí que me confirmaran que no tenías ningún tipo de enfermedad de transmisión sexual.

–  Sigue siendo un delito, pero me alegro de que lo hayas hecho. – Me contesta sonriendo y me da un beso en los labios.

Nos quedamos tumbados en la cama y abrazados el uno al otro hasta que nuestras respiraciones se empiezan a normalizar para después seguir con nuestra noche de lujuria y placer. Gonzalo me lleva tantas veces al orgasmo que pierdo la cuenta. Continuamos así toda la noche, hasta que al amanecer caemos dormidos completamente agotados.

A la mañana siguiente, me despierto y estoy sola en la cama. Habíamos quedado en que, pasada la noche, todo volvería a ser igual que hasta entonces, pero esperaba que estuviera conmigo cuando me despertara. Sobre todo teniendo en cuenta que es su habitación.