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Empezar de cero 11.

Empezar de cero

Entramos de nuevo en el salón y vemos que todo el mundo ya está sentado en su sitio, esperando a que los novios aparezcan con los recordatorios de la boda para después abrir sus regalos.

Empiezan por el regalo de los padres de Ismael, que es una pequeña caja decorativa con unas llaves dentro, las llaves de un Lexus monovolumen y todos aplaudimos. Después abren algunos regalos más hasta que llegan al regalo de Gonzalo, un par de potrillos de pura raza, sin duda un regalo muy caro. Abren más regalos y el mío se queda para el final. Valeria coge el sobre rojo y, cuando lee mi nombre, me mira y, delante de todo el mundo, me dice:

–  ¿Qué es esto? ¡Tú ya nos has hecho el regalo de boda, la luna de miel!

–  Bueno, eso es parte del primer regalo. – Le respondo sonriendo. – Abre el sobre y descubrirás cuál es la segunda parte.

Valeria abre el sobre y saca las escrituras de la casa de la playa que alquilaron donde fueron de vacaciones el verano pasado. Sus ojos se inundan de lágrimas y, preocupado, Ismael le arrebata los papeles de las manos a Valeria y, cuando los lee, exclama:

–  ¡Joder, Dayana!

Valeria corre hacia a mí y se echa a mis brazos, llorando como una niña pequeña, mientras yo trato de consolarla y calmarla bromeando:

–  Si no te gusta el regalo lo podemos cambiar, no es para que te pongas así. – Le digo riendo.

Nos miramos muy seriamente y dos segundos más tarde nos echamos a reír. Los invitados nos miran como si estuviéramos locas o quizás borrachas, puede que un poco de las dos cosas, pero no me importa. Ver a Valeria tan feliz me hace feliz a mí.

–  Bueno, para el resto de los invitados os aclararé que Dayana, además de regalarle el precioso vestido de novia de Valeria, de regalarnos dos semanas de luna de miel en un lujoso y paradisíaco hotel en una isla casi virgen, nos acaba de regalar la casa de nuestros sueños. – Les dice Ismael emocionado al resto de los invitados.

Tras varios sollozos más por parte de Valeria y un par de copas bailando entre la multitud de invitados, Sofía se me acerca y empieza a charlar conmigo:

–  Además de guapa, inteligente y encantadora, eres una persona generosa y bondadosa. – Me dice con una amplia sonrisa. – Gonzalo ha tenido mucha suerte de encontrar a alguien cómo tú, pero tú también has tenido suerte de encontrarle a él y no lo digo solo porque sea su madre. Gonzalo es fuerte, seguro de sí mismo, responsable y un buen chico, estoy segura de que te querrá y te tratará como a una reina y, si no es así, llámame y yo me encargaré de que así sea.

–  Estoy segura de que tienes razón en todo lo que has dicho, pero se te ha olvidado mencionar su carácter gruñón y mandón. – Bromeo.

–  Veo que le conoces muy bien. – Me dice Sofía riendo divertida. – Tendrías que haberle conocido cuando era pequeño, ¡no veas que genio tenía!

–  ¡Pues anda que ahora! – Le replico bromeando.

–  ¿Os dejo dos minutos juntas y ya me estáis criticando? – Nos pregunta Gonzalo colocándose entre nosotras. – Mamá, ¿no se supone que una madre tiene que hablar bien de su hijo?

–  Lo he intentado, pero te conoce demasiado bien, hijo. – Le responde Sofía encogiéndose de hombros y sonriendo. – Pero me gustaría poder hablarle más de ti a Dayana y poder enseñarle algunas fotos de cuando eras pequeño. – Se vuelve hacia a mí y me dice con una amplia sonrisa: – Podríais venir a pasar el puente a Verment, es dentro de un par de semanas y coincide con la fiesta mayor del pueblo. Me encantaría que vinieses, Dayana.

Sofía me mira con ojitos de cordero degollado, pero Gonzalo decide intervenir:

–  Mamá, Dayana aún se está organizando en su nuevo trabajo y todavía está buscando un sitio dónde vivir, ya iremos más adelante.

–  Pero las fiestas del pueblo son dentro de dos semanas, si no venís este año tendréis que esperar todo un año para verlas. – Protesta Sofía.

Gonzalo mira duramente a su madre y, pensando en suavizar la situación, me oigo decir:

–  Bueno, si no tienes que trabajar, me encantaría ir.

Gonzalo me mira sorprendido, eso no se lo esperaba. He dejado la pelota en su tejado, si no quiere ir al menos su madre no pensará que es por mi culpa, bastante culpable me siento ya con todo este paripé.

–  ¿Estás segura? – Me pregunta Gonzalo. – Si no te apetece, no tenemos por qué ir.

–  ¡Pues claro que le apetece! – Le replica Sofía. – Asunto zanjado, vendréis a casa a pasar el puente y así podréis desconectar de todos estos chismosos. Estoy segura de que os vendrá bien un poco de intimidad. Se lo voy a decir a Felipe, ya verás qué contento se va a poner.

Sofía se marcha más alegre que unas castañuelas a contarle a su marido la gran noticia mientras yo me preparo para la gran bronca que me va a echar Gonzalo.

–  Antes de que me digas nada, lo siento. – Le digo alzado las manos en son de paz. – No quería ser la mala que se niega a ir a casa de los suegros y te he dado la oportunidad de decir que tienes que trabajar, así que los dos tenemos la culpa por partes iguales.

–  Solo iba a preguntarte si estabas segura. – Me responde molesto. – No quiero que hagas nada que tú no quieras, ¿de acuerdo?

–  Me muero por ver esas fotos tuyas de pequeño. – Le digo burlonamente. – ¿Sonreías entonces?

–  No juegues con fuego, forastera. – Me advierte con la voz ronca. – Puedes quemarte.

–  Demasiado tarde. – Musito entre dientes.

–  ¿Qué has dicho? – Me pregunta Gonzalo curioso.

–  Nada que quieras saber, créeme. – Le respondo quitándole importancia. – Vamos a despedirnos de Ismael y Valeria, están a punto de marcharse.

Junto al resto de los invitados, nos acercamos para despedirnos de los recién casados, que se marchan a descansar porque mañana a primera hora sale su avión camino a su luna de miel. Valeria me abraza y me besa una y otra vez sin dejar de llorar y, cuándo Gonzalo se acerca para despedirse de ella, le dice con un tono de voz amenazador que me deja helada:

–  Más te vale que cuando vuelva siga igual de sonriente que ahora, de lo contrario te demostraré quién es Valeria enfadada.

–  Cielo, ¿a qué viene esto? – Le pregunta Ismael a Valeria, totalmente sorprendido.

–  Tu amigo le ha dicho a su familia que Dayana es su novia o algo por el estilo y su padre me ha dicho que están deseando que se casen y les den nietos. – Le responde Valeria poniendo los brazos en jarras.

–  ¿Está diciendo la verdad o ha bebido más de la cuenta? – Nos pregunta Ismael.

–  Las dos cosas, cuñado. – Le respondo.

–  Dayana, quiero hablar contigo. – Me dice Valeria alejándose unos pasos del resto de invitados para poder hablar conmigo tranquilamente: – ¿A qué estás jugando?

–  Valeria, no te preocupes. – Le respondo. – La verdad es que me gusta pasar el rato con él, y no me negarás que está muy bueno…

–  ¡Dayana! – Me regaña Valeria mientras yo me echo a reír, ambas llamando la atención de todo el mundo. – Vale, pero si te lo tiras quiero ser la primera en saberlo, ¿me lo prometes?

–  Te lo prometo. – Le contesto abrazándola.

–  Cuñada, ¡por fin te encuentro! – Oigo una voz a mi espalda. El hermano de Ismael, igual de atractivo que su hermano pero con dos años menos. – Llevo media hora buscándote, aunque me alegro de encontrarte tan bien acompañada. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Soy Adrián, el hermano de Ismael. – Me besa la mano como los caballeros de la corte y añade: – Veo que Valeria no se quedaba corta cuando describía lo buena, guapa e inteligente que eres. He oído que vas a ser la directora de la nueva revista de La Editorial.

–  Vaya, veo que estás muy bien informado. – Le respondo.

–  Es un pueblo pequeño, aquí todo el mundo se conoce y los secretos no existen. – Me dice encogiéndose de hombros. – Una preciosidad como tú no puede pasar desapercibida para nadie.

Unas manos me rodean la cintura hasta llegar a mi vientre, empujándome hasta dejar mi espalda pegada a un torso que ya me resulta familiar.

–  Adrián. – Lo saluda Gonzalo con seriedad.

Adrián mira a Gonzalo y después me mira a mí. Saluda a Gonzalo con un leve gesto de cabeza por cortesía y, guiñándome un ojo, me dice con picardía:

–  Llámame si te apetece salir a tomar una copa y divertirte un poco, dudo que por aquí puedas encontrar alguna diversión.

–  Aquí tiene toda la diversión que quiera encontrar. – Le gruñe Gonzalo y Adrián desaparece. Nos despedimos de los recién casados saludándoles con la mano mientras se alejan en la limusina y, cuando los invitados se empiezan a desperdigar en pequeños grupos, Gonzalo me pregunta bromeando pero molesto:

–  ¿Ligando con el hermano de tu cuñado, señorita Dayana?

–  ¿Actuando como un novio celoso, señor Gonzalo? – Le replico.

–  Se supone que soy un novio celoso, muy celoso. – Me susurra al oído.

–  Pues vamos a tener a que renegociar las cláusulas del contrato, mi general. – Le digo bromeando, tratando de ocultar la risa sin demasiado éxito. – He seguido con esta historia por voluntad propia, pero tienes que entender que tengo mis necesidades, como todo el mundo. Aunque entiendo que sea un poco arriesgado satisfacerlas con alguien del pueblo sin poner en riesgo nuestra tapadera, así que prometo satisfacerlas con alguien de fuera del pueblo.

–  Yo puedo encargarme de satisfacer tus necesidades sin necesidad de que tengas que salir del pueblo y sin poner en riesgo nuestra tapadera, más bien todo lo contrario.

No me da tiempo a responder. Esta vez, Gonzalo no espera a saber cuál va a ser mi reacción. Simplemente me besa en los labios apasionadamente, arrastrándome con él en ese beso que desata mi deseo, mi pasión y mi lujuria.

–  Ejem, ejem. – Escuchamos a Velasco carraspear.

Gonzalo y yo nos separamos sobresaltados y cuando abro los ojos y veo a Velasco, Joel, Natalia, Felipe, Sofía, Federico y Rosalía, es decir, la familia de Gonzalo al completo, me pongo roja como un tomate mientras todos nos miran con una amplia sonrisa en la boca. Gonzalo me coloca delante de él y me abraza desde la espalda al mismo tiempo que me susurra al oído:

–  Será mejor que no te muevas de dónde estás o te pondrás todavía más roja. – Me estrecha contra su cuerpo haciéndome notar el bulto de su entrepierna y, con total naturalidad, le pregunta a su familia: – ¿Os vais ya?

–  Sí, solo veníamos a despedirnos. – Contesta Sofía. – Aunque espero veros mañana.

–  Claro, mañana nos veremos. – Le contesto ruborizada. Entonces veo que Natalia también se está despidiendo de Joel entre susurros, así que le digo: – Natalia, estábamos diciendo de ir a tomar una copa, te vienes con nosotros, ¿no?

–  Eh… Sí. – Me contesta sorprendida y acto seguido esboza una feliz sonrisa.

Gonzalo me estrecha más fuerte contra su cuerpo para recordarme a dónde tiene pensado ir él, pero yo sonrío por dentro, le tengo justo donde le quiero.

Empezar de cero 10.

Empezar de cero

Entramos en el salón de bienvenida y Gonzalo coge un par de copas de champagne y me ofrece una de ellas para brindar conmigo:

–  Por los recién casados.

–  Por ellos. – Digo entrechocando su copa con la mía. – Vaya, han invitado a todo el pueblo.

–  Aquí todo el mundo se conoce, todo el pueblo es como una gran familia. – Me dice Gonzalo. – No te gusta demasiado Bahía del Mar, ¿verdad?

–  El primer día que llegué aquí pensé que nunca podría vivir en un lugar como éste, sin embargo ahora no me importaría. – Le digo con sinceridad. – Echo de menos muchas cosas de High City, pero aquí también hay muchas cosas que en High City no se encuentran.

–  Natalia me ha dicho que estás buscando piso en Destins, si te gustara Bahía del Mar te quedarías aquí, con Valeria. – Me dice mirándome a los ojos, tratando de averiguar algo que no es capaz de preguntarme directamente.

–  De momento, me voy a quedar en la pensión. – Le informo. – Cuando todo esto termine, ya seguiré buscando un sitio dónde vivir.

Gonzalo se encarga de presentarme a todas las personas que no conozco, como Lourdes y Guillermo, los padres de Ismael; a Mayte, la encantadora esposa de José; y algunos otros más de los que ya no recuerdo ni el nombre ni el parentesco. Como bien me ha dicho Gonzalo, los habitantes de Bahía del Mar son como una gran familia, todos se conocen, aunque hasta en las mejores familias hay ovejas negras.

Los novios llegan y con ellos empiezan los brindis y el banquete. Valeria me ha puesto en la mesa con Gonzalo, Natalia, Joel y Velasco, en ese orden, cerrando el círculo conmigo sentada entre Velasco y Gonzalo. Natalia y Joel coquetean descaradamente y mientras nosotros tres les observamos divertidos.

Cuando terminamos de comer, los novios se levantan y alzan sus copas para brindar:

–  Queríamos daros las gracias a todos por venir y compartir con nosotros este feliz día en el que he conseguido que la mujer de mis sueños por fin sea mi esposa. – Empieza a decir Ismael. – Pero el padrino y la dama de honor están muy callados y escondidos y queremos que salgan aquí con nosotros y digan unas palabras.

–  Dayana y Gonzalo, ¿queréis acercaros, por favor? – Nos pide Valeria.

Gonzalo y yo intercambiamos las miradas, nos sonreímos y nos levantamos dispuestos a obedecer a los recién casados. Gonzalo me coge de la mano y juntos atravesamos el salón para llegar hasta los novios, que nos reciben con un fuerte abrazo. Gonzalo se coloca a mi lado, me rodea por la cintura con su brazo derecho y con su mano izquierda alza su mano al mismo tiempo que empieza a decir:

–  Bueno, ¿qué decir que no hayamos dicho ya? – Bromea. – Supongo que, cómo se suele decir, no pierdo un amigo, si no que gano una amiga. Valeria es una gran mujer, día tras día veo cómo hace feliz a Ismael, son una pareja perfecta. – Gonzalo me mira y añade: – Y aquí tenemos a la dama de honor, la mejor amiga de Valeria y a la que estoy seguro que todos habéis podido ver por el pueblo últimamente. – Me guiña un ojo y continúa: – Creo que ella debería decir unas palabras, así la vais conociendo.

Gonzalo me sonríe burlonamente y me hace un gesto para que hable.

–  Hola a todos. Como ha dicho el padrino, soy la mejor amiga de la novia, aunque la considero como una hermana. Lo único que puedo decir es que viéndola feliz, soy feliz. – Me vuelvo hacia Ismael y le digo bromeando: – Será mejor que cuides de ella, aún no me has visto enfadada.

–  Jamás osaría enfadarte. – Bromea Ismael.

–  Creo que es hora de bailar un poco y los recién casados son los primeros en bailar. – Les dice Gonzalo cuando la música empieza a sonar.

–  Recordad que el padrino y la dama de honor son los segundos en bailar. – Nos recuerda Valeria en voz baja. – Os estaré vigilando, quiero veros bailar.

Los novios empiezan a bailar y cuando los demás invitados se unen a bailar, Valeria nos lanza una amenazadora mirada.

–  Vamos a bailar antes de que Valeria nos mate con la mirada. – Me dice Gonzalo riendo. Me coge de la mano y me lleva a la pista de baile, coloca mis manos alrededor de su cuello y sus manos alrededor de mi cintura. Estoy tan a gusto entre sus brazos que me dejo llevar y apoyo la cabeza sobre el hombro de Gonzalo y él, acariciándome la espalda, me susurra al oído: – Estás agotada, no tendrías que haber salido a entrenar a Killer esta mañana, por no hablar de que te has ido sin mí.

–  No puedes evitarlo, ¿verdad? – Le pregunto sonriendo.

–  ¿El qué? – Me pregunta divertido.

–  Estar más de cinco segundos sin buscar una conversación en la que acabar discutiendo conmigo, cómo ésta. – Le respondo burlonamente. – Tienes que aprender a relajarte, quizás Natalia tenga razón y necesites un poco de sexo.

–  Supongo que eso no es una insinuación, teniendo en cuenta que dijiste que antes te metías a monja, ¿no? – Me reprocha Gonzalo molesto.

Le sonrío pícaramente, le miro a los ojos y, acariciando su nuca con la yema de mis dedos, susurro:

–  No era una insinuación, cuando quiero algo lo pido, no lo insinúo.

Nuestros labios se acercan peligrosamente, pero entonces alguien nos interrumpe:

–  ¡Gonzalo, estás tan guapo como siempre! – Dice una pelirroja con un vestido y zapatos rojos, imposible llamar más la atención. Le da un beso en la mejilla, casi rozando la comisura de sus labios, y añade: – Te echo de menos, hace semanas que no vienes a verme.

La tipa le echa los brazos al cuello y me mira de arriba a abajo con desprecio, pero Gonzalo se deshace de ella y me rodea a mí por la cintura, al mismo tiempo que le responde:

–  Ahora estoy ocupado, Paloma. – Me da un beso en el cuello, excitándome, y añade: – Si nos disculpas, mi novia y yo queremos continuar bailando.

La tipa nos mira con verdadera ira en los ojos y se larga por dónde ha venido.

–  Lo siento, pero no he podido evitarlo. – Se disculpa mientras vuelve a bailar conmigo.

–  ¿No puedes evitar utilizarme para hacer que la gente te deje en paz? – Le reprocho molesta.

–  En realidad, me refería al beso. – Me contesta volviéndome a besar en el mismo sitio. – Aunque creo que no es el mejor lugar para hacerlo, no puedo evitarlo.

–  Chicos, intercambio de parejas antes de que os echen por escándalo público. – Nos dice Ismael bromeando, dejando a Valeria en brazos de Gonzalo y agarrándome a mí por la cintura. – Creo que a Gonzalo no le ha gustado nada el cambio de pareja. – Me susurra divertido.

Y a mí tampoco, me hubiera gustado decirle. Pero en lugar de decirle nada me limito a sonreírle tímidamente con la esperanza de que la canción termine cuanto antes y poder salir al jardín para despejarme un poco y tratar de aclarar mis pensamientos, sentimientos o lo que sean. Pero mi esperanza se viene abajo cuando la canción termina y Felipe, el padre de Gonzalo, se acerca a nosotros y me tiende la mano para que baile con él. Obviamente, no lo puedo rechazar, así que pongo mi mejor sonrisa y salgo a bailar con él.

–  Debes de ser alguien muy especial, toda mi familia te adora. – Me dice Felipe con una sonrisa encantadora. – Mis padres, Rosalía y Federico, ya te consideran como su propia nieta, Natalia dice que eres como la hermana mayor que nunca tuvo y Gonzalo… Bueno, la verdad es que nunca había visto a Gonzalo tan pendiente y preocupado por una chica. De hecho, tanto mi esposa como yo estábamos a punto de perder la esperanza de tener nietos. – Mi cara debe de ser un poema porque Felipe me sonríe y me dice para tranquilizarme: – Tranquila, Gonzalo nos ha contado que acabas de salir de una relación y lo último que quisiera es hacer que te sientas presionada.

–  No pasa nada, pero te aconsejo que dejemos el tema de los nietos para más adelante si no quieres que salga corriendo. – Le respondo bromeando.

–  Lo siento, pero es que tanto Sofía como yo estamos encantados con la noticia. – Me confiesa. – A lo mejor la próxima boda es la vuestra.

Mi cara vuelve a ser un poema, creo que estoy pálida, amarilla o puede que transparente y Gonzalo también debe de haberse percatado de mi estado, porque aparece detrás de mí y, rodeándome por la cintura con su pecho pegado a mi espalda, le dice a su padre:

–  Papá, deja de asustar a Dayana. – Me da un beso en la mejilla y me susurra: – ¿Quieres que salgamos un rato al jardín para tomar el aire? Te has puesto pálida.

Asiento con la cabeza y Felipe nos hace un gesto con la mano para que salgamos al jardín mientras nos observa sonriendo con orgullo.

–  Antes de que me digas nada, lo siento. – Se disculpa Gonzalo. – No ha sido difícil deducir lo que mi padre te estaría diciendo por la cara que has puesto.

–  Cuándo éste mediodía me has contado lo que les has dicho a tu familia, me sentí fatal por tener que mentirles a todos. – Le confieso. – Ahora, aunque sigo sintiéndome mal por estar mintiéndoles, reconozco que te entiendo y que probablemente yo en tu lugar hubiera hecho lo mismo. Puede que incluso hubiera contratado a un actor para que se hiciera pasar por mi novio.

–  Joder, ¿qué te ha dicho mi padre? – Me pregunta preocupado.

–  Algunas cosas, pero las más preocupantes han sido que la próxima boda podría ser la nuestra y que él y tu madre están como locos por tener nietos. – Le contesto riendo.

–  ¿No estás enfadada? – Me pregunta sorprendido. – Cuando le he contado a Valeria en el lío en que te he metido me ha dicho que sería hombre muerto.

–  Tu familia es encantadora, no sabes la suerte que tienes. – Le respondo con tristeza.

–  Es bueno saberlo, por si te tengo que contratar para que finjas ser mi esposa. – Bromea Gonzalo. – Y en un par de años podríamos contratar a un niño actor que se hiciera pasar por nuestro hijo.

–  Idiota. – Le digo riendo alzando las manos para empujarlo.

Gonzalo me agarra por las muñecas y tira de ellas rodeando su cintura para dejarlas donde su espalda empieza a perder su nombre. Acto seguido, me retira un par de mechones de la cara y los coloca detrás de las orejas, despejando el camino hacia a mis labios, a los cuales se acerca despacio sin dejar de mirarme a los ojos para conocer en todo momento cuál es mi reacción, pero estoy demasiado confusa y, aunque no estoy borracha, he bebido algunas copas de más, así que suspiro con pesar y susurro con un hilo de voz:

–  Creo que deberíamos regresar con los demás, los novios deben de estar a punto de empezar a abrir los regalos.

Gonzalo asiente desilusionado con la cabeza y me hace un gesto para que camine delante de él, pero yo me agarro de su brazo y le sonrío tímidamente, no quiero alejarme de él. Noto como su rostro se endurece y sus músculos se tensan al notar mi contacto, está incómodo. Me hubiera gustado besarle, abrazarle, acariciarle y hacerle el amor aquí mismo, pero no tengo ningún derecho a entrar en la vida de nadie teniendo en cuenta que pongo en peligro a todo aquel que me rodea.

Empezar de cero 9.

Empezar de cero

A la mañana siguiente, Gonzalo me lleva al establo en cuanto me levanto y hace llamar a José, el cual me mira sintiéndose culpable por la bronca que nos ha pegado Gonzalo a los dos. Pero yo asumo toda la responsabilidad y le aclaro que José no quiso ni que me acercara a Killer, pero que cuando se dio cuenta yo ya iba montada a lomos de Killer. Finalmente, Gonzalo me pide que le enseñe lo que hago todos los días con Killer y cuando me ve a lomos de su caballo y puede comprobar lo dócil que se ha vuelto, al menos conmigo, no puede evitar sonreír y en su rostro se refleja la alegría. Tal y cómo me había dicho José, su jefe no quiere deshacerse de Killer, pero tampoco podía quedárselo si seguía tan agresivo como hasta ahora.

–  Tú ganas, no sacrificaré a Killer si sigues con tu peculiar entrenamiento, eso sí, solo si yo estoy presente. – Me advierte mirándome a los ojos. – Si yo no estoy aquí, no quiero que montes a Killer, ¿lo has entendido?

–  Sí, mi general. – Le respondo con sorna.

A partir de entonces, mi rutina en Bahía del Mar cambia por completo. Me levanto temprano todas las mañanas y voy con Joel y Natalia a Destins, donde dejamos a Natalia en la universidad y después echamos un vistazo a las obras de la oficina. Cuando las obras de la oficina por fin terminan, empiezo a realizar las entrevistas para contratar al nuevo personal de la oficina y Natalia, a la que le he conseguido arreglar el tema de las prácticas remuneradas, me echa una mano cuando sale de la universidad. Por las tardes regresamos a Bahía del Mar y me reúno con Gonzalo, Joel y Velasco en casa de Gonzalo, desde donde empezamos a investigar a los agentes y cabecillas de la Tríada. Y por último, antes de que caiga la noche, Gonzalo me acompaña al cercado donde continuo con el entrenamiento de Killer bajo su atenta mirada, que se tensa cada vez que Killer se inquieta un poco. Después Gonzalo me acompaña a la pensión, donde cenamos con Federico, Rosalía y Natalia, los cuales me tratan como si fuera una más de la familia. Los fines de semana varío un poco de rutina, voy por las mañanas al cercado con Gonzalo, regresamos a la pensión donde me doy una ducha y después comemos con Federico, Rosalía y Natalia, para después ir a casa de Ismael y Valeria de visita y más tarde regresar a casa de Gonzalo donde Velasco y Joel continúan con la investigación.

Así pasamos más de un mes, hasta que llega el día de la boda de Ismael y Valeria. Ese día me levanto temprano y voy con Natalia a casa de Valeria para ayudarla a vestirla y prepararse en el día de su boda. Valeria no tiene familia, nunca llegó a saber quién era su padre y su madre murió poco antes de que mi tío Frank muriera. Tampoco tiene hermanos, ni abuelos, así que su única familia soy yo y ahora también Ismael.

–  ¿Cómo está la novia? – Pregunto divertida entrando en la habitación de Valeria, acompañada de Natalia que se ha convertido en una gran amiga a pesar de los ocho años de diferencia que nos separan.

–  Estoy atacada y en lo único que puedo pensar es que seguro que algo sale mal. – Nos confiesa Valeria realmente nerviosa. – Aunque lo he estado pensando y he decidido que lo único que puede salir mal y conseguir que me amargue el día es que Ismael no aparezca, en cuyo caso te enviaré a matarlo. – Añade señalándome con el dedo índice.

–  Por nada del mundo Ismael no se presentaría en el altar, sabe que de lo contrario le encontraremos y lo mataré. – Bromeo. – Te ayudaré a vestirte o serás tú la que llegue tarde.

Entre Natalia y yo ayudamos a Valeria a ponerse el vestido de novia. Acto seguido, Natalia y yo nos vestimos, Natalia con un vestido rojo con la espalda al aire y cogido al cuello dejando un precioso escote y yo con el vestido de dama de honor, un precioso vestido de color rosa pálido y escote de palabra de honor ceñido hasta las rodillas para ensancharse al estilo sirena hasta llegar a mis pies.

La limusina que he alquilado para llevar a Valeria a la iglesia llega puntual a buscarnos. Ismael se ha ido temprano a casa de sus padres para vestirse allí, así que tan solo estamos nosotras tres, la peluquera y la maquilladora, que ya se están yendo.

Subimos a la limusina y brindamos con el champagne que hay en la pequeña nevera. Llegamos a la iglesia y Valeria está como un flan. Le susurro unas palabras para tranquilizarla y las tres caminamos hasta la puerta de la iglesia, donde la música nupcial empieza a sonar y Valeria camina por la alfombra roja que han colocado desde la puerta al altar. Acto seguido, Gonzalo se coloca a mi lado ofreciéndome su brazo que yo cojo gustosamente, y me dice antes de empezar a caminar:

–  Estás preciosa.

–  Tú tampoco estás nada mal. – Le susurro.

Gonzalo me sonríe divertido y caminamos hasta llegar al altar, donde nos colocamos al lado de los novios, cada uno en un extremo. El cura, tras dar una misa rápida y corta, llega a la fase final, la que nos interesa a todos y por la cual estamos aquí:

–  Ismael García, ¿quiere a Valeria Navarro como su legítima esposa, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

–  Sí, quiero. – Responde Ismael mirando a los ojos de Valeria.

–  Valeria Navarro, ¿quiere a Ismael García como su legítimo esposo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

–  Sí, quiero. – Responde Valeria emocionada.

–  Por el poder que la iglesia me ha otorgado, yo les declaro marido y mujer. – Dice el cura bendiciéndolos. Se vuelve hacia Ismael y añade: – Puede besar a la novia.

Ismael y Valeria se besan y todos les vitoreamos y aplaudimos. Al salir de la iglesia les echamos arroz y pétalos de rosa y después nos turnamos para felicitarles y abrazarles. Cuando les felicito, me echo a un lado para que el resto de invitados puedan seguir saludando a los recién casados y decido acercarme a Velasco y a Joel, que están en la acera de en frente, pero alguien me detiene agarrándome del brazo con suavidad.

Me vuelvo de golpe y me encuentro con Gonzalo, nuestras miradas se cruzan y siento un ligero cosquilleo en el estómago.

–  ¿Vamos juntos al restaurante? – Me pregunta Gonzalo.

–  Pensaba ir con Velasco, Joel y Natalia, me están esperando. – Le respondo señalando hacia la acera de en frente donde los tres me esperan.

–  Entonces, tendremos que decirles que no te sigan esperando. – Me contesta sonriendo al mismo tiempo que me coge de la mano y me guía hasta donde están los demás. – Dayana y yo iremos en mi coche, nos vemos allí.

Los tres asienten y Gonzalo me sonríe satisfecho. Caminamos hacia su coche y una pareja de unos sesenta años nos detiene a mitad de camino:

–  Hijo, ¿no nos vas a presentar a tu amiga? – Pregunta la mujer.

Gonzalo resopla y dice con desgana:

–  Mamá, papá, os presento a Dayana Gómez, la mejor amiga de Valeria, la esposa de Ismael. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Dayana, ellos son mis padres, Sofía y Felipe Sánchez.

–  Encantada de conocerles, señores Sánchez. – Les saludo educadamente.

–  Lo mismo digo, Dayana. Pero, por favor, llámame Sofía. ¿Puedo tutearte yo también? – Me pregunta

Sofía.

–  Claro, cómo no. – Le respondo sonriendo amablemente.

–  Dayana es la dama de honor de la novia y yo el padrino del novio, nos tenemos que ir ya al restaurante. – Les dice Gonzalo, dándole un beso en la mejilla a su madre y una palmada en la espalda a su padre. – Nos vemos allí en un rato.

–  Luego seguiremos hablando, Dayana. – Me dice Sofía. – Ha sido un placer hablar contigo.

–  Lo mismo digo, Sofía. – Le respondo. – Nos vemos luego, señor Sánchez.

–  Felipe, por favor. – Me responde Felipe con una amplia sonría. – Espero que luego podamos seguir charlando.

Gonzalo tira de mí y prácticamente me arrastra hasta su coche. Me ayuda a subir en el asiento del copiloto y después se sienta en el asiento del conductor, arranca el coche y conduce en el más absoluto de los silencios hasta que ya no lo aguanto más:

–  ¿He dicho o hecho algo que no debía?

–  ¿Qué? – Me pregunta confuso. – ¿A qué te refieres?

–  A tu cara de gruñón. – Le espeto molesta.

Gonzalo me mira a los ojos por un momento para devolver su atención a la carretera después, mientras me dice con su tono más suave:

–  No has hecho nada malo, mi cara de gruñón no tiene nada que ver contigo. Aunque sé que esta mañana has ido a entrenar con Killer a pesar de que te prohibí que lo hicieras si yo no estaba delante.

–  ¿Cómo te has enterado? – Le pregunto riendo. – No me ha visto nadie, ¡ni siquiera José!

–  Creo que José nunca te delataría, te admira demasiado. – Me contesta sonriendo. – Te he visto llegar a la pensión vestida con la ropa de montar.

–  Lo siento, no era algo que hubiera planeado. – Me disculpo encogiéndome de hombros. – Me desperté temprano y no podía dormir, así que decidí ir a ver a Killer un rato, ya que hoy iba a estar ocupada con la boda y no iba a poder acercarme en todo el día. ¿Estás enfadado conmigo?

–  Durante el día de hoy no puedo enfadarme contigo, se lo he prometido a Ismael y Valeria. – Me responde sonriendo. – Pero ya hablaremos de eso mañana.

–  Entonces, ¿por qué has sacado al gruñón que llevas dentro? – Me mira de reojo sin la menor intención de contarme qué le pasa, así que añado: – Te recuerdo que para trabajar juntos debe existir una confianza plena y yo no puedo confiar en alguien con cara de gruñón que me oculta cosas.

–  Vale, tú ganas. – Me responde sonriendo. – Somos la comidilla de todo el pueblo, nos han visto ir y venir juntos de todas partes y la gente empieza a hacer sus propias suposiciones.

–  Me dijiste que no te importaba lo que la gente pensara. – Le respondo.

–  Y así es, pero ahora quién lo piensan son mis padres, los rumores han llegado a sus oídos y solo llevan unas horas en el pueblo.

–  Y tú, para arreglarlo, decides que lo mejor es que lleguemos juntos al restaurante en tu coche. – Le digo con sarcasmo.

–  Antes de decirte nada, te recuerdo que le hemos prometido a Ismael y Valeria que no nos enfadaríamos hoy. – Me advierte. – Verás, mis padres están muy pesados con eso de que soy su único hijo y su única posibilidad de tener nietos, así que no dejan de preguntarme cuándo me voy a echar novia y…

–  ¿Les has dicho que estamos juntos? – Le pregunto aterrorizada.

–  No exactamente. – Me responde con cautela. – Les he dicho que nos estamos conociendo y que vamos despacio porque acabas de salir de una relación y…

–  ¿Estás loco? – Le espeto furiosa. – ¿Por qué me metes en esto? No pienso mentirle a tu familia, ¿qué van a pensar de mí? No quiero hacerle daño a Rosalía y Federico, se han portado muy bien conmigo.

–  Lo sé, y no tienes que mentir. – Me dice. – Como te he dicho, solo les he dicho que somos amigos y que tengo intenciones de llegar a algo más contigo. Así todos salimos ganando, mis padres no me agobian, yo no me enfado y nosotros no discutimos.

–  No sé si reírme o echarme a llorar. – Le confieso entre risas.

–  Prefiero que te eches a reír, si te ven llorar pensarán que es por mi culpa y mis abuelos, mis padres y mi prima Natalia me matarán. – Bromea.

Gonzalo aparca frente a la preciosa masía donde Ismael y Valeria van a celebrar su banquete de bodas y, al bajarnos del coche, todos los invitados que ya han llegado se vuelven para mirarnos y empiezan a sonreír y a cuchichear entre ellos. Gonzalo me pone una mano sobre el final de mi espalda y me guía hacia el interior de la masía mientras todo el mundo continua mirándonos, pero el actúa con normalidad y yo trato de hacer lo mismo.

Empezar de cero 8.

Empezar de cero

Tras pasarme más de media hora bajo el agua caliente de la ducha, decido salir. Me seco con una toalla grande de baño y, una vez seca, me envuelvo en otra toalla un poco más pequeña, pero que consigue taparme de los pechos a los muslos. Dispuesta a hacer tiempo para que cuando baje de nuevo las escaleras ya no quede ni rastro de lo que acaba de ocurrir, busco un secador de pelo y lo enchufo. Empiezo a cepillarme el pelo con calma, no tengo ninguna prisa.

Estoy a punto de encender el secador cuando alguien llama a la puerta, me supongo que será Valeria o Natalia, así que, sin importarme estar cubierta con una diminuta toalla que me tapa lo justo, digo:

–  Pasa, está abierto.

Oigo como la puerta se abre despacio, pero no oigo pasos acercarse, hasta que oigo la voz de Gonzalo:

–  Dayana, ¿puedo hablar contigo?

–  Lo sé, os he puesto en peligro a todos y no tengo perdón. No te preocupes, mañana por la mañana regresaré a la pensión y recogeré mis cosas. – Le digo saliendo del baño antes de que me eche el sermón, cómo dice Natalia. – No necesito que me recuerdes lo que acaba de pasar y te aseguro que de haberlo sabido jamás hubiera venido a este pueblo.

–  ¿Has terminado ya? – Me pregunta Gonzalo con una cálida sonrisa. – En realidad, soy yo el que viene a disculparse. Estaba un poco alterado y lo he pagado contigo.

–  Supongo que estás en tu derecho, todo esto es culpa mía.

–  No, tú no has hecho nada. Valeria me lo ha contado todo y después me ha echado la bronca, nunca la había visto tan enfadada y me ha dado hasta miedo. – Me responde bromeando, acercándose a mí más de lo que esperaba. – El equipo de limpieza de Velasco acaba de llegar y hemos enviado a Joel con Ismael, Valeria y Natalia a mi casa, donde pasaremos la noche, o lo que queda de ella. Velasco me ha enviado aquí arriba mientras se ocupan de todo.

–  ¿Has estado en el ejército? – Le pregunto. – Vi cómo luchabas, tu técnica es la misma que la de los militares.

–  Eres muy observadora, sobre todo teniendo en cuenta que estabas tratando de que no te mataran, aunque supongo que por eso eres una agente.

–  No soy ninguna agente, yo no trabajo para nadie. – Le aclaro. – Tan solo trato de vivir como una persona normal, aunque está claro que eso no va a ser posible si me limito a defenderme.

–  La mejor defensa es un buen ataque y yo estoy dispuesto a ayudarte. – Me dice Gonzalo mientras yo le miro como si estuviera loco. – Llegué a ser general en el ejército a los veintiocho años, he estado en el ejército de tierra, mar y aire. Me retiré a los treinta, pero solo han pasado dos años y continúo manteniéndome en forma.

–  No sé en qué estás pensando, pero te aseguro que no voy a permitir que estés en medio de toda esta mierda, al menos no voluntariamente. – Le contesto. – ¿Es que te has vuelto loco?

–  ¿Acaso pretendes enfrentarte a esto tú sola? – Me espeta furioso. – Me da igual lo que digas, no pienso quitarme de en medio. En el momento en que esos tipos han entrado por la puerta también ha empezado a ser asunto mío así que tienes dos opciones: colaborar conmigo o que cada uno se enfrente a ellos por separado.

–  Esta gente no tiene escrúpulos, tenía seis años cuando mataron a mis padres y desde entonces me buscan para matarme a mí. – Le espeto furiosa. – ¿Es esta la vida que quieres? Porque te aseguro que no es nada divertida.

–  ¡Maldita sea, solo quiero ayudarte! – Me espeta furioso, poniéndose a mi altura y dejando sus labios a un escaso centímetro de los míos. Su mirada pasa de mis ojos a mis labios y entonces repara en la herida que tengo en la parte inferior del baño. – Ve a vestirte, yo iré a por un par de copas.

–  De acuerdo. – Le respondo con un hilo de voz.

–  Mira, por una vez estamos de acuerdo en algo. – Me dice Gonzalo sonriendo con sorna.

Sin poder evitarlo, me río a carcajadas. Es increíble cómo puede cambiar la situación con Gonzalo, puede ser extremadamente tensa y a los dos segundos hacerme reír a carcajadas, olvidándome de todo lo malo que ocurre a mi alrededor.

–  No tardes, necesito esa copa. – Le respondo sonriendo tímidamente.

–  Dos minutos, te lo prometo. – Me responde antes de desaparecer.

Abro el armario y cojo un jersey de cuello alto rosa y unos tejanos pitillo ceñidos. Del segundo cajón de la mesita de noche cojo un conjunto de ropa interior de color azul y unos calcetines finos de color negro y entro de nuevo en el baño a vestirme.

Cuando salgo del baño, Gonzalo ya está en la habitación abriendo una botella del vino de Ismael y sirviendo dos copas. Me sonríe en cuanto me ve y me dice:

–  Aquí tienes tu copa de vino. – Me entrega una de las copas y añade: – Abajo ya casi están acabando, pronto nos podremos ir.

–  Sigo pensando que estás loco, pero te agradezco lo que estás haciendo. – Le digo con sinceridad al mismo tiempo que alzo mi copa para brindar con él. – Por la vida.

Gonzalo y yo nos sentamos uno al lado del otro a los pies de la cama mientras nos bebemos nuestras respectivas copas en silencio, hasta que Velasco sube a buscarnos:

–  Chicos, el equipo de limpieza se acaba de marchar, nos podemos ir ya.

Gonzalo se levanta de un salto y me tiende su mano para ayudarme a levantar, todo un gesto muy galante viniendo de él y sobretodo conmigo.

–  ¿Te da miedo cogerme la mano? – Pregunta Gonzalo sorprendido. – ¿O tan solo es una reivindicación de que no quieres mi ayuda?

Pongo los ojos en blanco y cojo su mano, resignándome a sus deseos por muy dementes que me parezcan, pero no tengo intención de discutir con él.

–  Oye, tengo que confesarte algo y puede que no te guste, de hecho estoy casi segura que no te va a gustar, pero tampoco quiero seguir ocultándotelo, no soy ninguna mentirosa. Aunque reconozco que tienes tus motivos para creerlo pero…

–  Dayana, suéltalo ya. – Me ordena Gonzalo parándose a mitad de las escaleras frente a mí, interrumpiendo mi monólogo. – ¿De qué se trata?

–  Voy todos los días al cercado para entrenar con Killer. – Le suelto de golpe. – Te juro que no sabía que era tu caballo hasta que esta noche te he visto con José y Valeria me ha dicho que trabajaba para ti y que eras el dueño del establo.

–  ¿Te has vuelto loca? – Me espeta agarrándome del brazo. – No quiero que te vuelvas a acercar a ese maldito caballo, ¿te ha quedado claro?

Su reacción me sorprende, sabía que no le iba a gustar lo que le iba a decir, pero nunca hubiera pensado que se iba a poner así.

–  ¿Por qué te pones así? – Le espeto furiosa. – Killer es un buen caballo, un poco huraño, como su dueño, pero por lo demás Killer es perfecto y hemos hecho un gran trabajo con él en tan solo una semana.

–  ¿Hemos? – Me pregunta. – ¡Maldito José! Ahora entiendo vuestro secretismo. – Me mira a los ojos y, suavizando el tono de voz, me dice: – Dayana, Killer es un caballo muy inestable, se volvió agresivo de la noche a la mañana y nunca ha vuelto a ser el mismo. Pienso sacrificarlo en primavera y para eso queda menos de un mes.

–  Por favor, déjame intentarlo. – Le ruego. – Mañana vamos al cercado y te enseñaré todo lo bueno que se ha vuelto Killer en una semana. Es tu caballo, no puedes sacrificarlo.

–  Está bien, mañana iremos al cercado y ya veremos lo que hago. – Cede finalmente. – Pero mañana hablaremos muy seriamente de lo que acabas de decirme.

–  Cómo usted ordene, mi general. – Le respondo burlonamente.

Gonzalo se vuelve de nuevo hacia a mí y me mira con cara de pocos amigos, pero cuando le sonrío me devuelve la sonrisa y yo le aprieto la mano.

–  Ven aquí, anda. – Me dice abrazándome. – No me tomes muy en serio, soy un poco gruñón y estoy acostumbrado a mandar y que me obedezcan. Tendrás que tener un poco de paciencia conmigo.

Nos quedamos abrazados hasta que Velasco finge toser y Gonzalo y yo nos separamos, aunque no nos soltamos de la mano.

Salimos de la casa y nos montamos en el coche de Gonzalo, que conduce durante escasos cinco minutos hasta que llegamos una casa o, mejor dicho, a una mansión. Bajamos del coche y Gonzalo se coloca a mi lado y, al ver que estoy tiritando de frío, se quita su chaqueta y me la pone sobre los hombros.

–  ¿Mejor así? – Me pregunta.

Asiento con la cabeza y continúo andando detrás de Velasco hasta que entramos en el hall de la casa y Gonzalo nos hace pasar al salón, donde todos están sentados esperándonos.

–  Lo mejor es que ahora nos vayamos todos a descansar, mañana ya hablaremos de todo esto. – Nos dice Gonzalo. – Ismael, tú y Valeria utilizad la habitación dónde siempre te quedas tú; Natalia, acompaña al señor Velasco y a Joel a las dos habitaciones que hay en frente de tu habitación.

–  ¿Y Dayana? – Pregunta Valeria mirando a Gonzalo con cara de pocos amigos.

–  No te preocupes por Dayana, yo mismo la acompañaré a su habitación, pero antes me gustaría poder hablar con ella. – Le contesta Gonzalo y, volviéndose hacia a mí, añade: – A menos que quieras dejar la charla para mañana.

–  Estoy demasiado nerviosa para dormir. – Le respondo.

Valeria me da un beso en la mejilla  y se marcha con Ismael a su habitación. Natalia, Velasco y Joel también se despiden y se marchan a sus respectivas habitaciones, dejándome a solas con Gonzalo.

Nos sentamos en uno de los sofás y me dice:

–  La boda de Ismael y Valeria está demasiado cerca, creo que deberíamos dedicarnos a investigar y a protegernos hasta entonces y, cuando la boda pase, podremos empezar a atacar. He estado hablando con Velasco y Joel y ambos están dispuestos a quedarse en Bahía del Mar para ayudarnos a solucionar todo esto, se quedarán en mi casa hasta que todo termine. – Me mira a los ojos y me pregunta: – ¿Prefieres venirte aquí o quedarte en la pensión?

–  Te agradezco tu hospitalidad, pero creo que ya estás haciendo bastante. – Le respondo. – Además, si me quedo en tu casa seremos la comidilla de todo el pueblo, no quiero perjudicarte aún más de lo que ya te estoy perjudicando.

–  No me preocupa lo que piensen los demás, solo pretendo que tú estés cómoda y segura. – Me dice suavizando su tono de voz.

–  Estaré bien en la pensión y así podré acompañar a Destins a Natalia cuando ella vaya a la universidad y yo a trabajar. – Le respondo. – Podríamos ir y venir juntas, Joel nos puede acompañar.

–  Está bien, cómo quieras. – Me responde algo molesto. – Te acompañaré a tu habitación para que duermas un rato, cuando te levantes, si tienes ganas, iremos al establo para que me enseñes qué has logrado hacer con Killer.

Gonzalo me acompaña hasta la puerta de mi habitación y, tras enseñarme dónde está todo lo que puedo necesitar (incluyendo una enorme camiseta suya que me ha prestado para que utilice de pijama), le sonrío tímidamente, le doy un beso en la mejilla y, antes de entrar en la habitación y cerrar la puerta, le digo:

–  Buenas noches, mi general.

Empezar de cero 7.

Empezar de cero

A las dos y media de la madrugada llegamos a la hacienda de Ismael y Valeria nos alerta de que hay dos coches que no ha visto nunca aparcados frente a su casa y también vemos el coche de Gonzalo aparcado en la cochera. Tras indicarle a Joel que aparque junto al coche de Gonzalo, a una distancia prudente de los dos coches desconocidos, le digo a Velasco:

–  Quédate aquí con Valeria y Natalia, Joel y yo entraremos a echar un vistazo. Si en cinco minutos no hemos vuelto, sácalas de aquí. – Me vuelvo hacia Valeria y Natalia y les digo: – Me tenéis que prometer que, pase lo que pase, le vais a hacer caso a Velasco, ¿de acuerdo?

Ambas asienten asustadas con la cabeza y, tras hacerle un gesto a Joel, bajamos del coche y caminamos por el sendero de tierra y piedras que conduce a la casa. Nada más subir las escaleras de acceso al porche, oímos un gran estruendo y ambos confirmamos que algo no va bien.

Sin dudarlo por un momento, entro en la casa y, nada más poner un pie en el hall, veo cómo están atacando a Gonzalo y a Ismael. No tengo ni idea de quiénes son, no si están aquí por mí o por cualquier otra razón, el caso es que son ocho y ellos solo son dos. Por suerte, ninguno de ellos ha sacado un arma, al menos de momento. Me planto en medio del hall y uno de los atacantes, que parece ser el cabecilla de los otros siete, me sonríe malvadamente y dice con acento ruso:

–  Aquí está, la princesita de los Blake. – Me mira de arriba a abajo y añade con sorna: – No entiendo cómo después de más de veinte años aún no han podido eliminarte. Pensar que han tenido que enviar a alguien como yo para hacer el trabajo que podría hacer cualquier novato es un poco molesto, pero supongo que debes tener algunas buenas cualidades, sobre todo teniendo en cuenta que eres la hija de los Blake, la pequeña Dayana Blake.

Gonzalo me mira sin entender nada, esperando una explicación que, obviamente, ahora mismo no le voy a dar, quizás cuando todo esto termine, si es que seguimos con vida. Cuatro de los atacantes retienen a Ismael y Gonzalo, ambos con signos de haberse resistido. Sobre todo Gonzalo, que tiene una herida en la ceja y otra en la comisura de los labios.

–  Me buscas a mí, deja que ellos dos se marchen. – Le ordeno más que pido.

–  Así no funciona esto, pequeña Blake. Primero porque no estás en condiciones de pedir nada, mucho menos de ordenar. Y segundo, quiero ver con mis propios ojos si eres digna de ser la hija de los Blake, quiero comprobar si tienes las mismas agallas que dicen que tenían tus padres. – Me dice sonriendo.

–  ¿Quieres comprobarlo por ti mismo? – Le pregunto con sarcasmo.

–  No quiero hacerte daño, primero quiero que me enseñes lo que sabes hacer. – Me dice sin dejar de sonreír. – Incluso tendrás espectadores que te animen.

El tipo con acento ruso les hace un gesto a los cuatro hombres que retienen a Ismael y Gonzalo y los cuatro hombres hacen que tanto Ismael como Gonzalo se sienten en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las manos sobre la cabeza. Acto seguido, le hace un gesto a uno de los otros tres hombres que estás de pie mirando sin hacer nada y el tipo se echa sobre mí, dispuesto a atacarme. Me pilla un poco de sorpresa pero logro esquivarlo con esfuerzo. En momentos como este me planteo no volver a beber nunca más, es complicado mantener el equilibrio y tener buenos reflejos cuando se han tomado varias copas de más.

El tipo es fuerte, pero no tiene equilibrio ni técnica, es un blanco fácil. Joel intenta ayudarme, pero otro de los tipos le ataca y él se ve envuelto en su propia pelea. Me distraigo al mirar a Joel y el tipo logra darme un puñetazo en el lado derecho de la mandíbula, haciendo que me tambalee.

–  ¿Eso es todo lo que sabes hacer? – Me pregunta el tipo con acento ruso carcajeándose.

Eso es todo lo que necesito para pensar con la cabeza fría, eso es algo que, según mi tío, siempre se me ha dado muy bien. Con la única idea en mi mente de acabar con todos y cada uno de ellos, ataco con todas mis fuerzas al tipo que tengo en frente, dejándolo KO en tan solo unos segundos. En cuanto ven caer inconsciente a su compañero, rápidamente se me acerca otro, que tiene la misma suerte que el anterior. Dos de los cuatro hombres que custodian a Ismael y Gonzalo se lanzan sobre mí y yo lucho contra ellos con bastante esfuerzo, pero Joel logra acabar con el tipo con el que luchaba y viene a ayudarme. Yo me deshago de uno de ellos y Joel continua luchando con el otro. Gonzalo e Ismael están luchando contra los otros dos. Bueno, Gonzalo lucha e Ismael trata de estorbar lo menos posible y golpear a alguno de los dos tipos cuando tiene oportunidad. ¿Dónde habrá aprendido a luchar así Gonzalo? No es momento de hacerse esa pregunta, ya lo descubriré luego.

–  ¿Sigues temiendo hacerme daño o ahora eres tú el que teme resultar herido? – Le pregunto con sorna y la mirada llena de ira.

Nunca me había sentido así, tan poderosa pudiendo destruir parte de lo que un día destruyó mi vida y la de mi familia.

Me lanzo a por él furiosa y llena de rabia y él saca una pistola. Forcejeamos y ambos caemos al suelo, él cae sobre mí y, mientras continuamos forcejeando, la pistola se dispara. Durante un instante, todo se queda en silencio y veo todo a cámara lenta. Mi mirada se cruza con la de Joel, Ismael y Gonzalo y compruebo que todos están bien. Cierro los ojos y, a parte de un cálido y líquido rojo que cae por ambos lados de mi abdomen, no nota nada más que me pueda resultar extraño. Miro a los ojos del tipo con acento ruso que sigue sobre mí y compruebo que, a pesar de que tiene los ojos abiertos, su cuerpo está totalmente inerte, así que lo empujo hacia un lado para quitármelo de encima y, respirando aliviada, les digo:

–  Creo que necesito una copa, aunque puede que antes necesite un baño. – Añado mirando mi precioso vestido negro empapado en sangre, al igual que mis brazos y mis piernas.

–  Estoy totalmente de acuerdo contigo, creo que todos necesitamos una copa. – Dice Joel. – ¿Estáis todos bien?

–  ¿Dónde están Natalia y Valeria? – Me pregunta Gonzalo furioso.

–  Estamos aquí, ¿estáis todos bien? – Responde Valeria entrando con Natalia en la casa, seguidas de Velasco.

–  Joder, ¿no se suponía que tenías que llevártelas de aquí si no volvía en cinco minutos? – Le pregunto a Velasco furiosa. – Y vosotras, ¿qué cojones os he dicho antes?

–  Hemos escuchado un disparo y…

–  Y en vez de hacer lo que haría cualquier persona sensata, ¡decidís entrar para ver qué pasa! – Les espeto molesta. – ¿Estáis locas? ¿Queréis que os maten?

–  Eso podríamos preguntártelo a ti. – Me espeta Gonzalo. – ¿Quieres que nos maten a todos, señorita Blake? Porque tengo entendido que es ese tu apellido, ¿no es así?

Fulmino con la mirada a Gonzalo pero, en vez de contestarle a él, le digo a Natalia:

–  Ni de coña, antes me meto a monja.

Valeria y Natalia se echan a reír mientras que el resto nos miran sin entender nada, por suerte para mí. Hasta que Gonzalo le pega un puñetazo a la pared y el silencio vuelve a predominar en el ambiente.

–  Creo que al menos tengo derecho a una explicación. – Me espeta Gonzalo. – ¿De qué coño va todo esto? ¿Quién coño eres? ¿Qué quieren de ti?

–  ¿Eres policía? – Le pregunto sonriendo, solo para irritarle.

Gonzalo abre la boca para contestar y probablemente para mandarme a la mierda, pero Ismael le pone una mano sobre el hombro para que se tranquilice y él cierra la boca.

–  Dayana, es la segunda vez que salvas mi vida, antes que nada me gustaría darte las gracias. – Me dice Ismael al mismo tiempo que le sonríe a Valeria y le hace un gesto para que se acerque y así poder abrazarla sin soltar a su amigo. – Sabes que cuentas conmigo.

–  No tendría que haberte salvado la vida si ella antes no nos hubiera puesto en peligro. – Refunfuña Gonzalo.

–  Creo que antes de opinar, deberías escuchar la historia. – Le reprende Ismael. – Pero antes, creo que deberíamos dejar que Dayana se dé una ducha.

Intercambio una mirada con Valeria, me da apuro dejarla ante tal situación, con ocho hombres de la Tríada muertos en su salón.

–  Sube las escaleras, en la primera planta tuerce por el pasillo de la derecha y en la primera habitación que te encuentres a la izquierda encontrarás todo lo que necesitas para ducharte y cambiarte de ropa. – Me dice Valeria. – Pensaba convencerte para que te mudaras con nosotros y te hemos preparado una habitación. – Abro la boca para protestar pero Valeria añade rápidamente: – Lo sé, no quieres vivir con una pareja de recién casados, pero a nosotros nos encantaría.

Asiento con la cabeza, no tengo fuerzas para discutir y mucho menos con Valeria. Echo un vistazo a mi alrededor y en mi mente aparecen recuerdos ya olvidados del trágico día de la muerte de mis padres, sangre y hombres muertos por todas partes. Me miro las manos totalmente manchadas de sangre y, lejos de sentirme culpable, por primera vez en mi vida sé quién soy.

–  No te preocupes, no habrá rastro de todo esto en cuanto bajes. – Me asegura Velasco. – Yo tampoco he podido olvidar esas imágenes.

Sin poder evitarlo, una lágrima cae de mis ojos y, con una sonrisa forzada, le hago un leve gesto de comprensión con la cabeza y sigo las instrucciones que me ha dado Valeria para llegar a la habitación y poder ducharme.

En cuanto el chorro de agua caliente cae sobre mí, las lágrimas brotan de mis ojos como cascadas y lloro como no he llorado nunca. Mi padre siempre me decía que llorar frente a los demás mostraba lo vulnerable que eres y nadie debía saber que era vulnerable.

Empezar de cero 6.

Empezar de cero

El pub resulta ser de lo más moderno y concurrido, se podría decir que aquí cabe todo el pueblo entero de Bahía del Mar, aunque me guardo mi opinión para mí. Bebemos una copa tras otra y bailamos una canción tras otra mientras reímos, bromeamos y nos divertimos.

–  ¡Por mi despedida de soltera y por vuestra bienvenida a la soltería! – Brinda Valeria, bastante más ebria de lo que pensaba.

–  Si Ismael tuviera un hermano pequeño, no se me escaparía. – Dice Natalia, con varias copas de más.

–  Echo de menos el sexo. – Me lamento. – Creo que lo único bueno de tener pareja es poder tener sexo siempre que quieras y sin esfuerzo alguno, no tienes ni que salir de casa.

–  ¿Echas de menos a Sergio? – Me pregunta Valeria.

–  No, echo de menos el sexo, pero no el sexo con él, si no el sexo en general. – Les aclaro.

–  Para eso, Gonzalo te vendría muy bien. – Me sugiere Natalia. – Tú calmarías tu sed de sexo, él estaría de mejor humor y yo viviría más feliz.

–  Como pase mucho más tiempo así, te aseguro que lo tendré en cuenta. – Le afirmo. Justo en ese momento veo a Velasco junto a la puerta del pub y me hace un gesto para que salga afuera con él y desaparece por la puerta. – Chicas, ahora mismo vuelvo.

Me dirijo a la puerta mientras Valeria y Natalia continúan bailando ajenas a lo que yo me propongo. Salgo por la puerta y en la esquina de la calle veo a Velasco, me acerco a él.

–  Supongo que no has venido a tomarte una copa, ¿no?

–  Supones bien, Dayana. – Me responde al mismo tiempo que me saluda dándome un beso en la mejilla y una leve palmada en la espalda. – Tenemos que hablar, tu novio la está liando buena.

–  ¿A qué te refieres? Sergio no sabe nada y además, ya no estoy con él. – Le contesto.

–  Ha sacado una foto tuya de hace quince años en todos los periódicos del país y la ha acompañado de una foto actual con una dedicatoria muy romántica, pero eso te pone en peligro.

–  ¿Qué? – Pregunto incrédula. – No puede ser verdad… Creo que necesito otra copa.

–  De eso nada, avisa a tus amigas de que la fiesta se ha acabado, os llevo a casa.

–  ¡Pero si es la despedida de soltera de Valeria y solo son las dos de la mañana! – Protesto, pero la cara de Velasco me dice que no está para bromas. – Está bien, iré a buscarlas.

Velasco era uno de los hombres de mi padre. Cuando asaltaron la casa de mis padres, Velasco, mi tío Frank y yo fuimos los únicos supervivientes. Mis padres y el resto de sus hombres fueron asesinados. La última vez que vi a mi padre vivo ese día, les ordenó a Velasco y a mi tío que me sacaran de la casa y me pusieran a salvo. Justo después apareció uno de los asaltantes agarrando a mi madre del cuello y utilizándola de escudo. Mi tío y Velasco me sacaron de allí de inmediato y esa fue la última vez que vi a mis padres. Me sacaron de Fastville, mi ciudad de nacimiento, nos cambiamos de apellido y empezamos una nueva vida de mentira en High City. Yo solo tenía seis años y mis recuerdos están algo borrosos, pero cuando cumplí los dieciocho años mi tío y Velasco me contaron todo lo que ocurrió ese día. Mis padres eran agentes secretos retirados desde que mi madre se quedó embarazada de mí. Se mudaron a Fastville con mi tío, con Velasco y algunos de los agentes secretos que quisieron apoyar y acompañar a mis padres en su nueva vida. Juntos montaron una empresa de seguridad privada y se ganaban bien la vida, hasta que uno de esos agentes les traicionó y les delató ante la Tríada, una organización secreta cuyo objetivo es eliminar a todos los agentes secretos que tienen demasiada información para utilizar en su contra y que, como mis padres, deciden cambiar de vida. Han pasado más de veinte años desde entonces, pero Velasco siempre ha estado al lado de mi tío y al mío, a pesar de que él también tenía que velar por la seguridad de su mujer, que murió pocos años más tardes por una grave enfermedad, y la seguridad de su hijo Joel, un chico un par de años menor que yo y que también ha sido entrenado como un agente desde que nació. Mis padres querían entrenarme como a una agente para que estuviera preparada ante cualquier situación y mi tío y Velasco decidieron continuar con mi entrenamiento. Cuando cumplí los dieciocho y me contaron toda la verdad sobre quiénes eran mis padres, decidí vengarme de quién había destrozado mi vida y la de mi familia. Mi tío se encargaba de llevar a cabo la investigación mientras Velasco nos seguía entrenando a su hijo y a mí. Hace cinco años, por fin mi tío descubrió quién era el traidor y nos llamó a los tres para reunirnos en su casa y contarnos todo lo que había descubierto, pero cuando llegamos a su casa él estaba muerto, tirado en el suelo de la cocina, con un tiro en la frente y un charco de sangre a su alrededor. Habían revuelto toda la casa y se habían llevado el portátil de mi tío, no pudimos encontrar nada de lo que él había descubierto y no nos pudo llegar a contar. Pasé dos años compaginando mi trabajo en la revista con la investigación, pero pasados eso dos años no descubrí nada, me ascendieron a subdirectora de la revista y empecé mi relación con Sergio, así que poco a poco fui dejando de la lado la investigación hasta terminar olvidándola. Velasco y Joel también me decían que debía de dejar atrás el pasado y empezar a vivir una nueva vida y eso es lo que hice. Pero está claro que, haga lo que haga, la historia se volverá a repetir, a menos que llegue hasta el fondo de este asunto.

Entro en el pub y les digo a Natalia y Valeria:

–  Chicas, nos tenemos que ir. – Ambas me miran con cara de no entender nada y esperando una buena explicación para conseguir que me hagan caso. – Velasco está fuera esperándome, dice que es importante y que aquí no estamos seguras así que, si no os importa, me gustaría regresar al pueblo y que me explique qué coño está pasando. Además, el imbécil de Sergio no sé qué mierda ha publicado con mi foto en todos los putos periódicos del país.

–  ¡Claro, por eso todo el mundo te da la enhorabuena a ti en vez de a mí, se piensan que eres tú la que se va a casar! – Se mofa Valeria. Se pone tensa de repente y añade: – Supongo que Velasco no habrá venido hasta aquí solo para decirte lo de Sergio, ¿verdad?

–  Eso es, Valeria. – Le confirmo. – Tenemos que salir de aquí.

–  Un momento, ¿vais a contarme qué está pasando? – Gruñe Natalia.

–  Te lo contaré cuando lleguemos a casa, no es algo de lo que se pueda hablar aquí.

–  ¿A qué casa? – Pregunta Valeria.

–  A la tuya, no pretenderás que vayamos a la pensión, ¿verdad? – Le respondo. – Además, Ismael ya sabe quién soy y, si no ha cambiado de opinión, dijo que me debía una y que no dudara en que me la iba a devolver, lo único que pienso pedirle es que nos deje un ratito su casa para charlar tranquilamente con Velasco sin que nadie sospeche.

–  Le salvaste la vida, Ismael haría cualquier cosa que le pidieses. – Me recuerda Valeria.

Salimos del pub bastante ebrias pero con la cabeza bastante despejada y caminamos hacia la esquina de la calle donde Velasco nos espera. Tras saludar a Valeria y Natalia con un leve gesto de cabeza, nos hace un gesto para que subamos a un todoterreno negro casi igual que el mío y, cuando nos montamos en el coche, me percato de que el conductor es Joel.

–  ¡Joel, no sabía que estabas aquí! – Exclamo dándole un fuerte abrazo. Puesto que nos hemos criado juntos, ambos nos consideramos como hermanos, pese a que últimamente hemos estado un poco distanciados. – ¿Cómo va todo? ¿Te has echado una novia ya?

–  Joder Dayana, ¿te has bebido medio pub? – Se burla Joel entre risas.

–  Comportándote así no conseguirás echarte una novia nunca. – Le replico divertida.

–  Pues yo estoy soltera y no me importaría nada ser tu novia. – Le dice Natalia. – Por cierto encanto, me llamo Natalia.

Valeria, Velasco y yo nos echamos a reír a carcajadas mientras que Joel se pone rojo como un tomate y Natalia le sonríe pícara y descaradamente.

–  Joel, ya conoces a Valeria. – Le dio sin poder dejar de reír. – Y, cómo ella bien te ha dicho, es Natalia, una amiga de Bahía del Mar. – Me vuelvo hacia a Natalia y le digo: – Él es Joel, el hijo de Velasco y como un hermano para mí.

Hechas las presentaciones, nos dirigimos a la hacienda de Ismael en el coche de Velasco y Joel. Conduce Joel, yo voy en el asiento del copiloto y Velasco, Valeria y Natalia van sentados en los asientos traseros del todoterreno.

Por el camino, le hago un breve resumen de mi vida a Natalia para que entienda lo que puede estar ocurriendo y le hago prometer que no le dirá nada de esto a nadie, lo último que quiero es poner a más gente de la que ya estoy poniendo en peligro.

Empezar de cero 5.

Empezar de cero

La primera semana en Bahía del Mar se me pasa volando. Entre el ir venir a Destins para revisar las obras de la oficina, acompañar a Valeria a organizar los últimos detalles de la boda y entrenar a Killer un par de horas diarias, estoy agotada. Y esta noche es la despedida de soltera de Valeria, pero que según me ha dicho, solo van a venir un par de chicas del pueblo, ya que de High City nadie ha podido venir, son casi cinco horas de camino.

Natalia y yo nos hemos hecho buenas amigas y confidentes durante esta semana, incluso la hemos invitado a la despedida de soltera de Valeria. Ella me cuenta cómo va superando lo de su ex novio y yo le cuento cómo he pasado página tras dejarlo con Sergio, ni siquiera pienso en él.

A Gonzalo no lo he vuelto a ver desde que cenamos juntos en casa de Rosalía el sábado pasado, hace ya una semana. Sé por Natalia que está invitado a la boda de Valeria e Ismael porque Ismael y él son buenos amigos, pero espero verlo antes, la verdad. No es que me guste, es solo que siento curiosidad. Aunque, como decía mi tío, la curiosidad mató al gato.

–  Dayana, ¿estás lista? – Me pregunta Natalia.

–  Pasa, ya casi estoy. – Le respondo desde el baño.

Vestida con un vestido negro y ajustado, unas botas altas con tacón de aguja y una chaqueta de piel negra, salgo del baño y me encuentro a Natalia con un vestido verde ajustado y con escote palabra de honor y una chaqueta de cuero marrón a juego con sus botas camperas.

–  Wow, estás estupenda. – Me dice silbando.

–  Gracias, tú también estás tremenda. – Le respondo riendo. – Vámonos o llegaremos tarde a buscar a Valeria.

Conduzco con Natalia sentada a mi lado hasta llegar a casa de Ismael y Valeria. Toco el claxon pero, en lugar de salir Valeria, sale Ismael con cara de disgusto. Natalia y yo bajamos del coche inmediatamente y yo le pregunto a Ismael:

–  ¿Qué ocurre?

–  Valeria se ha atrincherado en la habitación y no quiere ir a ninguna parte. – Me dice encogiéndose de hombros. – Se ha disgustado mucho cuando las dos únicas amigas que tiene aquí le han dicho que no podían venir hace media hora.

–  Bueno, nosotras sí hemos venido y las tres solas nos lo pasaremos genial. – Le respondo. – Llévame con Valeria, Ismael.

Ismael nos acompaña dentro de la casa y justo cuando entramos en el hall, aparecen Gonzalo y José por la puerta del salón.

–  José. – Se me escapa.

–  ¿Os conocéis? – Nos preguntan Ismael, Gonzalo y Natalia.

Acabo de meter la pata y creo que estoy ruborizada, así que para salir del paso, les digo lo primero que me viene a la cabeza:

–  El otro día salí a correr por la montaña y me perdí, pero me encontré con José y me guió hasta el pueblo. Si no llega a ser por él, todavía estoy dando vueltas por la montaña. – Los tres nos miran poco convencidos de lo que acabo de decir, así que añado: – Voy a ver qué puedo hacer con Valeria.

Subo a la habitación de Valeria dejándoles a todos en el hall un poco confundidos. Sin llamar a la puerta, la abro de golpe y veo a Valeria vestida con un precioso vestido de color azul, preparada para salir pero con todo el maquillaje corrido por las lágrimas.

–  Tienes tres minutos para lavarte la cara, maquillarte un poco y poner una sonrisa en tu cara. – Le advierto. – De lo contrario, Natalia y yo nos iremos a celebrar tu despedida de soltera sin ti.

–  ¡Menos mal que tú estás aquí! – Me dice abrazándome con fuerza.

–  Siempre voy a estar contigo, sobre todo ahora que vivimos en el mismo pueblo. – Le respondo devolviéndole el abrazo. – Venga, ya que nos hemos puesto tan monas tenemos que salir a tomar unas copas. Además, tú celebras tu despedida de soltera pero yo celebro mi bienvenida a la soltería así que no puedes faltar, me sentiría doblemente decepcionada.

–  Dame cinco minutos y estaré lista. – Me dice Valeria animándose de repente.

Bajo la escaleras y entro en el salón, donde Ismael, José, Gonzalo y Natalia se están tomando una copa. Ismael me hace un gesto para que me siente y me sirve una copa de vino de su propia cosecha.

–  ¿Has conseguido hacerla entrar en razón? – Me pregunta Ismael.

–  ¿Acaso lo dudabas? – Le pregunto divertida.

–  ¿A dónde vais a ir? – Nos pregunta Gonzalo.

–  No se lo digas que es capaz de venir con nosotras para hacer de guardaespaldas. – Me dice Natalia mofándose de su primo.

–  Tranquilo, te aseguro que saben defenderse. – Le asegura Ismael a Gonzalo.

–  ¿A qué te refieres? – Le pregunta Gonzalo.

–  No preguntes nada de lo que no quieras oír la respuesta. – Le respondo.

Justo en ese momento, aparece Valeria con una amplia sonrisa y más guapa que nunca con ese vestido azul y su pelo negro y rizado libre y salvaje.

–  ¡Gonzalo, qué bien que estés aquí! – Le dice Valeria abrazándolo con familiaridad. – Quiero presentarte a Dayana, mi mejor amiga. Se va a quedar por aquí una temporada.

–  Eso he oído. – Le dice Gonzalo sonriendo.

–  Dayana, Gonzalo es el mejor amigo de Ismael y es nuestro padrino de boda, así que tendrás que bailar con él en la boda. – Me dice Valeria divertida.

–  Genial. – Le digo fingiendo estar feliz. – ¿Nos vamos ya?

–  Un momento, también quiero presentarte a José, que seguro que Ismael no ha tenido el detalle de presentarte. – Me dice Valeria.

–  Ya se conocen. – Apunta Gonzalo molesto.

–  ¿De qué le conoces? – Me pregunta Valeria.

–  Salí a correr por la montaña, me perdí y me encontré con José. – Le respondo poniendo los ojos en blanco. – Cómo está en casa de Ismael, deduzco que también es su amigo. ¿Algo más?

–  Sí, José es un amante de los caballos como tú. – Me contesta Valeria. – Bueno, cómo tú y todo el pueblo, pero José es quién se encarga del establo y la hípica de Gonzalo.

Mi mirada se cruza con la de José y sus ojos me confirman lo que sospecho: Gonzalo es el dueño del cercado, el establo y al parecer también de una hípica. Y quién quiere sacrificar a Killer.

–  Dayana, ¿estás bien? – Me pregunta Natalia. – Te has puesto pálida.

–  Sí, estoy bien. – Respondo sin dejar de mirar a José. Vuelvo en sí y añado: – ¿Nos podemos ir ya?

Tras despedirnos rápidamente de los hombres, nosotras tres nos subimos en mi coche y conduzco de camino a Destins, el lugar más cercano a Bahía del Mar con pubs donde tomar una copa por la noche. Por el camino, Valeria me suelta:

–  Larga por esa boquita qué te traes entre manos con José. A mí no me engañas.

–  Si os lo cuento, ¿me prometéis que no se lo diréis a nadie?

–  ¡Prometido! – Me contestan las dos a la vez entre risas.

–  Por favor, dime que no te lo has tirado, ¡José está casado! – Me dice Valeria preocupada.

–  ¡Por supuesto que no! ¿Por quién me tomas? – Le reprocho entre risas. – Lo que os he contado antes es casi del todo cierto. Salí a correr por la montaña y me perdí. Llegué a un cercado cerca del establo y vi tres caballos. Uno de ellos me llamó la atención y me acerqué.

–  ¡Te prohíbo que subas a lomos de Killer! – Me espeta furiosa Valeria. – ¡Eso es lo que os traéis entre manos! ¿Te has vuelto loca?

–  Joder Valeria, a veces creo que me espías para enterarte de todo lo que hago. – Protesto.

–  Creo que me he perdido. ¿Qué se supone que has hecho? – Me pregunta Natalia.

–  Vi a Killer y, tras hablar un rato con él, decidí montarlo, aunque dentro del cercado ya que no llevaba ni riendas ni silla de montar. – Les explico. – Entonces apareció José y me dijo que Killer no dejaba que nadie se le acercara desde hace dos años, cuando murió una yegua que tenían en el cercado con él. Me dijo que su jefe iba a sacrificar a Killer en primavera si no volvía a ser el que era y, ahora que sé que Gonzalo es quién lo quiere sacrificar…

–  Sht. Está su prima delante, a ver qué vas a decir. – Me advierte Valeria.

–  Por mí no te cortes, estoy segura de que no podrás decir nada que no haya dicho yo antes sobre él, créeme. – Se mofa Natalia.

–  Le he prometido a José que iré todos los días al cercado para seguir con la terapia, llevo una semana con Killer y ha mejorado un montón, pero hasta que no consigamos que vuelva a ser el mismo José no quiere decirle nada a Gonzalo y, ahora que sé que él es el propietario de Killer creo que no le va a hacer ninguna gracia verme por su territorio.

–  ¿Por qué dices eso? A mí me parece que le gustas. – Comenta Natalia.

–  A mí también, pero estáis muy a la defensiva el uno con el otro. ¿Hay algo que nos quieras contar, Dayana? – Me pregunta Valeria maliciosamente.

–  Lo conocí el día que fui a comer a tu casa, entré corriendo en la pensión, completamente chorreando por la lluvia y tropecé con él en el hall. – Les explico. – Fue bastante desagradable, la verdad. Pero luego fui a buscar a Natalia y se relajó un poco conmigo, aunque cómo habéis podido comprobar, sigue en plan gruñón. ¿Siempre es así?

–  La mayor parte del tiempo, sí. – Me confirma Natalia.

–  No es cierto, Gonzalo es muy divertido y simpático. – Nos dice Valeria. – Puede que un poco estricto y mandón, pero es un buen tipo. Incluso me gusta para ti, Day.

–  Será mejor que sigas con esta conversación cuando estemos borrachas así al menos tendrás la excusa de poder echarle la culpa al alcohol. – Le digo con sorna.

–  Oye, pues a mí me gustas como prima política. – Me dice Natalia burlonamente.

Entre bromas llegamos a Destins, donde aparco en uno de los parkings privados del centro de la ciudad y nos metemos en el primer pub que encontramos, dispuesta a bebernos la primera copa.

Empezar de cero 4.

Empezar de cero

Cuando termino de ducharme y de recoger el baño, decido secarme el pelo con el secador y hacer un poco de tiempo para que Natalia pueda hablar con su familia con privacidad, sin estar yo por en medio.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando alguien llama a la puerta. Creyendo que será Rosalía o Natalia, respondo alzando la voz mientras guardo el secador en el armario del baño:

–  Adelante, está abierto.

Oigo como la puerta se abre y se vuelve a cerrar y unos pasos que caminan nerviosos por la habitación. Debe de ser Natalia, la pobre estaba hecha un flan.

–  ¿Estás más tranquila? – Le pregunto desde el baño. – No le des más vueltas, ese imbécil no merece que derrames ni una sola lágrima por él. Además, tienes a tu familia que te apoya y te cuida, eres una chica afortunada.

–  Lo dices cómo si tú no tuvieras una familia que te apoya y te cuida. – Oigo la voz de Gonzalo.

Salgo del baño y me quedo parada frente a él con los brazos en jarras.

–  ¿Qué haces aquí? – Le pregunto a la defensiva.

–  Mi abuela me ha mandado a buscarte para que bajes a cenar, pero también quería darte las gracias por traer a Natalia. – Me responde. – Ha madurado más pasando un rato contigo que en los últimos cinco años.

–  Natalia es una buena chica, solo está un poco perdida. – Le contesto.

–  ¿Lo ha dejado con su novio?

–  Sí, pero yo no te he dicho nada. – Le advierto señalándole con el dedo índice. – Pensaba que eras ella cuando has entrado.

–  Seré una tumba. – Me dice sonriendo. – Debemos bajar a cenar, mi abuela ya estaba sirviendo la mesa. ¿Estás lista?

–  Si, vamos. – Le respondo.

Bajamos al hall de la recepción y desde allí accedemos al piso de Rosalía y Federico, situado en la planta baja de la mansión.

Gonzalo me guía hasta el comedor, donde Federico y Natalia ya están sentados a la mesa y Rosalía está sirviendo una sopa caliente que huele de maravilla.

–  Muchacha, siéntate aquí a mi lado. – Me dice Federico dando un par de palmadas sobre la silla de su lado derecho. – No siempre estoy rodeado de tres bellezas como vosotras.

Le dedico una amplia sonrisa y me siento a su lado, obedeciendo sin rechistar. Gonzalo no dice nada y se sienta en una de las sillas libres que hay entre Natalia y yo, pero aún sin mirarlo directamente sé que me observa cómo si intentara descifrar algo, hasta que finalmente, me pregunta:

–  ¿Qué has venido a hacer a Bahía del Mar?

–  Es una larga historia. – Le contesto encogiéndome de hombros. Todos se me quedan mirando esperando algún tipo de explicación, así que añado: – Soy de High City pero en el trabajo me han ascendido y me han trasladado a Destins. Mi mejor amiga, Valeria, cómo sabréis, está a punto de casarse, así que mientras encuentro un sitio dónde vivir he decidido quedarme por aquí para estar más cerca de Valeria.

–  ¿De qué vas a trabajar en Destins? – Me pregunta Natalia con interés.

–  La editorial para la que trabajo quiere lanzar una nueva revista al mercado y me han nombrado directora, pero las oficinas que han comprado en Destins precisaban una reforma y, mientras esté en obras, mi único trabajo es supervisar los avances de la reforma.

–  ¡Eso es genial! Yo estoy estudiando literatura y filosofía, me encantaría trabajar en una revista. – Me dice Natalia con un ligero deje de tristeza.

–  Si quieres hacer las prácticas en mi revista, solo tienes que decírmelo. – Le respondo. – Eso sí, debes estar estudiando en la universidad y sacar una buena nota de media. Además de obtener experiencia, te convalidarán algunas asignaturas y acabarás la carrera antes.

–  ¿De veras harías eso por mí? – Me pregunta Natalia con los ojos al borde de las lágrimas.

–  Sí, pero me tienes que prometer que te esforzarás. – Le advierto.

–  Por supuesto que sí. – Me responde. – Hace un par de semanas que dejé las clases, pero estoy dispuesta a retomarlas y ponerme en serio. – Se vuelve hacia su abuela y le dice: – Abuela, te prometo que todos los sábados y domingos te ayudaré en la cafetería, aunque te advierto que en las prácticas nunca pagan ni un duro…

Todos nos echamos a reír y, viendo la ilusión de Natalia en su rostro, hace que me recuerde a mí cuando tenía su edad.

–  Eso déjamelo a mí, estoy segura de que algo podré conseguirte, aunque ya te adelanto que no será mucho. – Le digo riendo.

–  Muchacha, eres un ángel caído del cielo. – Me dice Rosalía a punto de llorar. Estornudo tres veces seguridad y añade: – ¡Ya te me has resfriado!

–  No es nada, de verdad. – Le contesto con la voz ronca. – En cuanto me tome esa sopa y me meta en la cama, se me pasa.

Durante la cena, Natalia no deja de hablar y, por el contrario, su primo no abre la boca. De vez en cuando me mira de reojo, pero en cuanto me vuelvo a mirarle retira su mirada y disimula. Es un tío muy raro, primero me habla con arrogancia, luego viene a mi habitación a disculparse y darme las gracias por ir a buscar a su prima y después me ignora. ¡Y luego dicen que las mujeres son complicadas!

Después de la cena, quiero ayudar a Rosalía a recoger la mesa, pero me echa literalmente de su cocina y me ordena que me vaya a descansar a mi habitación. Me da apuro dejarla con todos los restos de la cena por en medio, pero tampoco me siento con fuerzas como para rebatir su decisión. Así que, me despido de todos los presentes hasta mañana y subo a mi habitación dispuesta a meterme en la cama y descansar cómo Rosalía me ha ordenado.

A la mañana siguiente, me levanto a las siete y salgo a correr, decidida a seguir el mismo camino de ayer y tratar de hacer que Killer se vuelva un poco más sociable, tal y cómo le he prometido a José. Cuando llego al cercado, José ya me está esperando con las riendas y la silla de montar a un lado.

–  He intentado ponérselas, pero está muy nervioso y no permite ni que me acerque. – Me dice señalando a Killer que relincha alzando sus patas delanteras. – Creo que hoy Killer no tiene un buen día, deberíamos dejarlo a ver si mañana hay más suerte.

–  No, esto es como una terapia, no se puede saltar una sesión solo porque tenga un mal día. – Le respondo acercándome a Killer. – Hola, Killer. – Le digo al caballo acariciando su lomo con cautela. – Hoy daremos otro paseo como el de ayer ¿te apetece? – El caballo no protesta y, sin dejar de acariciar a Killer, le digo a José: – Pásame la silla de montar y las riendas, voy a ponérselas.

José me obedece, aunque duda un poco antes de hacerlo. Con suma delicadeza, preparo a Killer para salir a pasear y, de un salto, subo a lomos del caballo. Killer se inquieta un poco y veo la cara de pánico de José, así que le digo bromeando:

–  Será mejor que te sientes, no quiero que te dé un infarto por mi culpa.

–  Muchacha, será mejor que no dejes que ese caballo te tire al suelo o entonces sí que me dará un infarto. – Me responde pálido como un papel.

–  No te preocupes, iré con cuidado. – Le digo para tranquilizarle.

Cojo las riendas de Killer y empiezo haciéndole trotar por el cercado hasta que noto que se ha relajado por completo y le hago galopar. Me sorprende comprobar lo fuerte, ágil y veloz que es Killer a pesar que desde hace dos años nadie lo monta.

Tras media hora de paseo con Killer, decido regresar al cercado, no quiero forzarlo demasiado, no está acostumbrado a tanto ejercicio.

Bajo de un salto del caballo y José se acerca caminando con precaución para no poner nervioso a Killer, que al ver a José tan cerca, empieza a relinchar.

–  Eres la única con la que no se pone nervioso, nosotros apenas nos podemos acercar a él. – Me dice José. – El veterinario viene todas las semanas y para que pueda hacerle un chequeo a Killer tenemos que sedarlo y dormirlo, de lo contrario nos ataca.

–  Es muy inquieto y desconfiado, pero su reacción tan arisca y agresiva no es normal en un caballo que se ha criado entre personas. – Opino. – ¿Ha sufrido algún tipo de maltrato?

–  Nunca he maltratado a un caballo y te aseguro que mi jefe tampoco y mucho menos nos lo consentiría a nosotros. – Me dice José. – Si quiere sacrificarlo es porque lo único que nos da Killer son problemas, no podemos cepillarlo ni lavarlo, nos ataca y es muy agresivo.

–  Parece un caballo salvaje, me cuesta creer que un caballo así lograra competir en carreras y concursos profesionales, aunque tengo que reconocer que tiene energía y está bastante en forma para haber pasado los últimos dos años sin someterse a entrenamientos.

–  Era el mejor de los caballos hasta hace dos años. – Recuerda con tristeza. – Cuando está contigo es como si volviera a ser el de antes, aunque cuando no estás vuelve a convertirse en el mismo salvaje.

Continúo charlando con José hasta que me doy cuenta de que son las nueve de la mañana. Me despido de José tras prometerle que mañana por la tarde volveré para pasear con Killer y regreso a la pensión corriendo para que nadie sospeche de dónde vengo, ya que José me pidió que no le contara a nadie lo de Killer. A la única que se lo diría sería a Valeria y, tras amenazarme con matarme si el día de su boda aparecía con el más mínimo rasguño, prefiero no decirle nada.

Empezar de cero 3.

Empezar de cero

Aparco frente a la pensión y salgo del coche corriendo bajo la lluvia para refugiarme, aunque ya poco importa porque estoy completamente empapada.

Abro la puerta de la pensión y entro como alma que lleva al diablo, hasta que me topo con la espalda de un tipo que se vuelve hacia mí y, mirándome de arriba a abajo con prepotencia, me espeta con arrogancia:

–  Deberías mirar por dónde vas.

Lo fulmino con la mirada y, cuando abro la boca para mandarlo a la mierda, Rosalía aparece de la nada y, llevándose las manos a la cabeza, me dice:

–  Muchacha, pero ¿cómo se te ocurre conducir con la que está cayendo y sin apenas conocer estas endemoniadas carreteras? Ve a darte una ducha y a ponerte ropa seca, te prepararé un plato de sopa caliente. – Se vuelve hacia el tipo y le regaña: – Y tú, jovencito, deberías tratar mejor a las señoritas o no encontrarás a ninguna que te soporte.

–  Estoy de acuerdo contigo, Rosalía. – Añado para molestar al tipo que me fulmina con la mirada. – Voy a darme una ducha.

Subo las escaleras hacia a la primera planta y entro en mi habitación sin molestarme en volver a mirar a ese tipo tan amargado. Me doy una ducha con agua caliente para reestablecer la temperatura de mi cuerpo y me pongo unos tejanos y un jersey antes de volver a bajar al hall, donde el mismo tipo de antes continua hablando con Rosalía, pero se calla en cuanto me ve.

–  ¿Te ocurre algo, Rosalía? – Le pregunto al ver su cara de preocupación.

–  No es asunto tuyo. – Me responde el tipo.

–  ¡Gonzalo! – Le regaña Rosalía. Se vuelve hacia a mí y añade: – Disculpa a mi nieto, Natalia tendría que haber regresado de Destins hace más de una hora y no sabemos nada de ella.

–  Probablemente se haya retrasado debido a la tormenta. – Trato de tranquilizarla después de mirar por la ventana y comprobar que sigue lloviendo. – Habrá parado hasta que pase la tormenta.

–  Voy a buscarla. – Dice Gonzalo.

–  No creo que sea una buena idea. – Opino. – Rosalía, Natalia necesita que le deis un voto de confianza y si él la va a buscar se molestará bastante.

–  Y tú, ¿qué sabrás? – Me espeta Gonzalo.

–  Por desgracia, más de lo que me gustaría. – Le contesto. Me vuelvo hacia a Rosalía de nada sirve tratar de hablar con su nieto, y le digo: – Dame el número de teléfono de Natalia, estoy segura de que si la llamo desde mi móvil contestará. – Rosalía me obedece de inmediato y yo marco su número en mi móvil mientras Rosalía y Gonzalo se desafían con la mirada. – ¿Natalia? Hola, soy Dayana. ¿Dónde estás?

–  Hola, Dayana. ¿Estás con mi abuela?

–  Sí, estoy con ella. – Le respondo. – Estaba preocupada porque te hubiera pillado la tormenta en la carretera, ¿estás bien?

–  Sí, pero estoy parada en la carretera, me da miedo seguir conduciendo con esta tormenta, no estoy acostumbrada a conducir demasiado. – Suspira profundamente y añade: – Dayana, sé que te voy a parecer una idiota pero, ¿podrías venir a buscarme? Llevo más de una hora aquí parada y no deja de llover, mi otra alternativa es avisar a mi primo Gonzalo, que me dará el sermón y no estoy preparada para enfrentarme a él en este momento.

–  No te preocupes, ahora mismo voy a buscarte. – Le respondo. – Dime dónde estás.

–  En la carretera de Destins a Bahía del Mar, ¿cuánto tardarás?

–  Media hora, como mucho. – Le contesto. – No te muevas de donde estás.

En cuanto cuelgo, Rosalía me pregunta:

–  ¿Está bien? ¿Qué le ha pasado?

–  Está bien, le da miedo conducir con tanta lluvia y está parada en la carretera, esperando que deje de llover. – La tranquilizo. – Voy a buscarla porque, según me ha dicho, la otra alternativa es llamar a su primo Gonzalo y no está de humor para escuchar un sermón.

–  ¿Eso te ha dicho? – Me pregunta sorprendido y dolido.

–  No se lo tengas en cuenta, es una adolescente de diecinueve años que trata de encontrar su camino, lo único que quiere ver ella es que todo el mundo está en su contra, a pesar de que todo lo que hacéis es para que ella sea mejor persona.

–  Me desvivo por ella y cuando tiene un problema recurre a una completa desconocida antes que a mí, su propia familia. – Se lamenta Gonzalo. – ¿Qué estoy haciendo mal?

–  No creo que estés haciendo nada mal. Natalia recurre a sus amigos para resolver sus pequeños problemas pero estoy segura de que si tuviera un gran problema os llamaría a vosotros. – Le contesto con sinceridad. – Voy a buscarla y, cuando regresemos, intenta ser amable con ella y trata de apoyarla en vez de juzgarla.

–  La muchacha tiene razón, eres demasiado duro con ella y por eso no confía en ti, porque cree que si te llama a ti para pedirte ayuda la regañarás. – Puntualiza Federico.

–  Ahora la culpa será mía. – Protesta Gonzalo.

Rosalía coge del brazo a su nieto y se lo aprieta en señal de apoyo y yo aprovecho para salir en busca de Natalia y darles la privacidad que necesitan.

Entiendo a Natalia perfectamente, yo también pasé por esa época en mi vida en que creía que todo el mundo conspiraba en contra de mí cuando lo único que pretendían era protegerme. Aún recuerdo cómo mi tío trataba de hacérmelo entender, pero yo solo era una adolescente que no quería entender nada que no fuera lo que yo creía. Natalia tiene suerte de tener a sus abuelos y a su primo que tanto se preocupan por ella, yo solo tenía a mi tío y murió hace cinco años.

Conduzco entre la lluvia por la carretera que va a Destins y, más o menos a mitad de camino, me encuentro con el Ford Focus verde de Natalia, hago un cambio de sentido y detengo mi coche delante del suyo. Bajo del coche y Natalia también baja de su coche y viene corriendo hacia a mí para abrazarme.

–  ¿Estás bien? – Le pregunto. – Me temo que te pasa algo más que haberte quedado en medio de esta carretera, vamos al coche y me lo cuentas de regreso a la pensión.

Natalia empieza a sollozar y yo la brazo con fuerza, sin importarme que estemos al aire libre, bajo una intensa lluvia y que vuelvo a estar empapada. La acompaño hasta la puerta del copiloto y la ayudo a sentarse, para después rodear mi coche y sentarme en el asiento del conductor. Arranco el coche y empiezo a conducir de regreso a la pensión.

–  Te estoy poniendo el coche perdido de agua. – Me dice Natalia entre sollozos.

–  No te preocupes por eso, ya se secará. – Le respondo. – ¿Quieres contarme lo que te pasa?

–  Había quedado con mi novio, no lo veía desde San Valentín porque Gonzalo me ha tenido en clausura desde entonces. – Me empieza a decir con un hilo de voz. – Cuando he llegado al bar dónde habíamos quedado él no estaba, así que le he ido a buscar al bar donde siempre están sus amigos y allí me lo he encontrado comiéndole la boca a una maldita zorra pelirroja.

–  Siento el chasco que te has llevado pero, si lo piensas bien, es lo mejor que te ha podido pasar. – Le contesto con voz dulce. – Cuanto menos tiempo pierdas con ese cabrón, mejor. – Natalia hace un mohín y añado: – Piénsalo, ¿de verdad te hubiera gustado perder más tiempo con él cuando él ni siquiera se ha dignado a esperarte un par de semanas?

Natalia lo piensa durante unos instantes y finalmente dice:

–  Al final voy a tener que darle las gracias a Gonzalo.

–  Él y tus abuelos solo quieren protegerte como lo harían tus padres, no deberías ser tan dura con ellos, solo quieren lo mejor para ti.

Llegamos a la pensión y aparco en el mismo sitio de siempre. Bajamos del coche y Natalia camina a mi lado nerviosa para, antes de entrar en la pensión, abrazarme buscando fuerzas y un punto de apoyo.

–  No te preocupes, todo va a salir bien. – Le susurro devolviéndole el abrazo.

Entramos en la pensión y en el hall nos esperan Rosalía, Federico y Gonzalo. Rosalía corre a abrazar a Natalia y Natalia le corresponde el abrazo. Federico recibe a su nieta de la misma forma que Rosalía, pero Gonzalo ni se inmuta, la mira de arriba a abajo para comprobar que no tiene ni un rasguño y después me mira a mí con frialdad.

Natalia se vuelve hacia a su primo y, sorprendiéndolos a todos, le dice:

–  Gracias, Gonzalo. – Le da un abrazo y añade: – Siento todo lo que te he dicho últimamente, sé que solo quieres lo mejor para mí.

Gonzalo abraza a su prima y me mira esperando una explicación, pero yo tan solo me encojo de hombros y con una amplia sonrisa les digo antes de retirarme a mi habitación: – Voy a darme otra ducha o acabaré resfriándome de verdad.

–  Espera Dayana, subo contigo. – Me dice Natalia.

–  No tardéis, estoy preparando la cena. – Nos dice Rosalía y después le pregunta a su nieto: – ¿Te quedas a cenar con nosotros, verdad?

–  Sí, te ayudo a preparar la mesa, abuela. – Le responde Gonzalo sin dejar de mirarnos a mí y a Natalia simultáneamente.

–  ¿Qué rollo te traes con mi primo Gonzalo? – Me pregunta Natalia en cuanto subimos las escaleras a la primera planta.

–  Ninguno. – Le contesto. – Le he conocido antes de salir a buscarte y creo que me odia.

–  Pues a mí me ha parecido que te miraba de cualquier forma menos con odio. – Se mofa Natalia riéndose.

Entre risas, cada una se adentra en su habitación. Cojo otros pantalones tejanos y otro jersey y entro en el baño para darme una ducha rápida. Mientras me ducho estornudo un par de veces y estoy segura de que acabaré constipada debido a tanto paseo bajo la intensa lluvia.

Empezar de cero 2.

Empezar de cero

A la mañana siguiente me despierto fresca como una rosa y, al ver que solo son las siete de la mañana, decido salir a correr por el campo. Algo bueno tiene que tener vivir en un pueblo, el aire siempre es más puro. Bajo las escaleras y saludo a Federico, que me devuelve el saludo mirando su reloj perplejo.

Corro a buen ritmo y decido ir dirección a la montaña en vez de a la playa, tengo curiosidad por recorrer los caminos de tierra de los que tanto me ha hablado Valeria.

Después de media hora corriendo, ni siquiera sé dónde estoy. Continúo por un estrecho sendero que me lleva a una explanada donde hay tres caballos en una cerca junto a un establo. Uno de los caballos, el negro, está solo mientras los otros dos trotan a su royo por la cerca. Me acerco a la valla de madera y me quedo a un par de metros del caballo solitario.

–  ¿Qué te pasa? ¿Estás triste y no quieres jugar con tus compañeros? – Le pregunto al caballo, sabiendo de ante mano que no me va a responder. – Yo también estoy triste, pero he salido a correr y ahora me siento mucho mejor. Quizás deberías hacer lo mismo. – El caballo rebuzna como si estuviera protestando y le digo riendo: – Ya veo que a ti tampoco te gusta que te digan lo que tienes qué hacer, nos parecemos mucho más de lo que te puedes llegar a imaginar, teniendo en cuenta que tú eres un caballo y yo una mujer, un desastre de mujer, pero una mujer al fin y al cabo.

El caballo negro da un par de pasos y se me acerca temeroso. Le acaricio suavemente la cara y noto como se relaja, no se inquieta.

–  Te voy a llamar Solitario, aunque probablemente tu dueño tenga otro nombre para ti. – Le digo con voz relajada para que no se tense. – Pero puede ser nuestro secreto, no veo a nadie por aquí que pueda oírnos.

Solitario rebuzna de nuevo, pero esta vez como queriendo que entre en la cerca con él, así que me fio de mis instintos y, sabiendo que me estoy metiendo en la propiedad de alguien sin permiso y que estoy hablando con su caballo, salto la cerca. Al final acabaré detenida o, aún peor, encerrada en un centro psiquiátrico.

–  Solitario, no llevas silla de montar ni riendas pero, ¿te apetece correr un poco alrededor de la cerca conmigo? – Le pregunto. – Si no haces ejercicio tus músculos se oxidarán y, a pesar de lo joven que eres, parecerás un caballo viejo. – Solitario vuelve a rebuznar. – Lo sé, yo tampoco quiero oxidarme.

Le acaricio entre los ojos y, cuando lo noto plenamente confiado, subo a lomos del caballo de un salto ágil. El caballo se pone tenso y empieza a rebuznar, así que le digo:

–  Tranquilo, chico. Solo vamos a dar una vuelta y, no te quejes tanto, no creo que esté gorda si es eso lo que insinúas.

Hago caminar un poco a Solitario para que él se acostumbre a mí y yo me acostumbre a él y tras unos minutos de adaptación, decido hacerle trotar un poco.

–  Eres un caballo ágil y fuerte, ¿por qué estás aquí encerrado sin hacer ejercicio?

Como no podía ser de otra manera, el caballo no responde. Pierdo la noción del tiempo yendo al trote con Solitario hasta que me doy cuenta que un hombre de unos cuarenta y pocos años me observa desde la puerta del cercado. Va vestido con unos vaqueros, una camisa a cuadros verdes y negros, unas botas de vaquero y un sombrero de paja, así que supongo que será el dueño del establo o trabajará aquí. Hago trotar a Solitario hasta el hombre, que me observa sin decir nada, y bajo del caballo de un salto.

–  Lo siento, sé que no debería…

–  ¡No me lo puedo creer, muchacha! – Me dice el tipo alegremente y sonriendo de oreja a oreja sin darme tiempo a terminar de disculparme. – No sé cómo lo has hecho, pero me alegro de que hayas logrado montar sobre Killer.

–  ¿Killer? – Pregunto horrorizada.

–  Así se llama el caballo del que acabas de bajar, Killer. – Me responde. – ¿Cómo lo has hecho?

–  Bueno, la verdad es que he salido a correr, me he perdido y he venido a parar aquí. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Lo he visto tan solo y tímido que me he acercado a hablar con él. Sé que lo que estoy diciendo suena ridículo, pero me crié con mi tío y él adoraba los caballos, tenía una hípica y aprendí muchas cosas de él sobre caballos. Solitario es un caballo ágil y fuerte, probablemente haya sido un caballo profesional y haya ganado muchos premios, tiene mucha clase.

–  ¿Solitario? – Me pregunta el hombre confundido.

–  Lo siento, cómo no sabía cuál era su nombre le he llamado Solitario todo el rato. – Le contesto ruborizándome.

–  Muchacha, éste caballo hace dos años que no lo monta nadie. La hembra que teníamos se murió al dar a luz a uno de sus potrillos y desde entonces Killer se volvió arisco y agresivo. No se deja montar ni por su propio amo, apenas come y bebe y siempre está desafiante y a la defensiva. – Me explica. – Es la primera vez en dos años que alguien se atreve a montarlo sin terminar volando por los aires para aterrizar en el suelo. El jefe pretende sacrificarlo cuando llegue la primavera, pero quizás si consigues que vuelva a ser el caballo que era…

–  Podría venir de vez en cuando, si no le importa a tu jefe, claro. – Le propongo. – A mí me encantaría venir un rato por las mañanas o por las tardes para pasar el rato con Solitario, o Killer. – Me corrijo de inmediato. – Puede que si hacemos que Killer se vuelva más social tu jefe no quiera sacrificarlo.

–  Mi jefe le tiene mucho cariño a este caballo, si haces que vuelva a ser el que era, estoy seguro de que no lo sacrificará. – Me responde el hombre quitándose el sombrero. – Por cierto, soy José.

–  Encantada de conocerte, José. – Le respondo estrechando su mano. – Yo soy Dayana.

–  Da… ¿Como? – Me pregunta confundido.

–  Dayana, pero puedes llamarme muchacha. – Bromeo.

Ambos nos reímos y acuerdo pasar por el cercado todas las tardes de lunes a viernes y las mañanas de los sábados y los domingos. José me ha pedido discreción, no quiere dar esperanzas a nadie de poder salvar a Killer sin estar completamente seguro. Aunque me ha asegurado que si consigo que Killer vuelva a ser el que era su dueño no lo sacrificará, así que no sé cómo, pero lo voy a conseguir.

Me despido de José y Killer y regreso a la pensión para darme una ducha antes de ir a casa de Valeria y su futuro marido.

A las doce en punto, aparco frente a la hacienda de Ismael, el futuro marido de Valeria. Aún no me he bajado del coche y ya veo salir a Valeria por el gran porche, corriendo para recibirme con uno de sus afectuosos abrazos.

–  Me ahogas. – Logro decir con un hilo de voz cuando Valeria me abraza con fuerza.

–  Lo siento, ya sabes que me encanta tenerte cerca y aún no puedo creer que vayamos a vivir a menos de media hora de distancia. – Me dice Valeria. – Incluso podrías quedarte en Bahía del Mar e ir a trabajar a Destins, tardarás menos de lo que tardabas en llegar a tu trabajo en High City, a pesar de que tu casa y tu trabajo estaban en la misma ciudad.

–  No creo que Bahía del Mar sea mi sitio, la verdad. – Le digo encogiéndome de hombros.

–  Yo también dije eso la primera vez que vine a este pueblo y mira dónde estoy. – Bromea. – Vamos dentro, Ismael tiene ganas de verte.

A pesar de todos mis prejuicios antes de conocer a Ismael, tengo que reconocer que me gustó en cuanto lo vi. Estaba nervioso, sabía que para Valeria era muy importante que él y yo nos lleváramos bien y no quería defraudarla. Fue amable, educado y encantador durante toda la cena, pero lo que me convenció de que Valeria tenía que seguir con él fue ver cómo la miraba, cómo estaba pendiente de ella y se preocupaba por ella. Hacen una pareja genial y, por suerte, resulta que Ismael y yo tenemos bastantes cosas en común como para poder mantener una buena conversación sin que ninguno de los dos se aburra.

Entramos en la enorme casa y en el hall nos recibe Ismael, tan amable, educado y encantador como siempre.

–  ¡Dayana, qué alegría de verte! – Me saluda con un breve abrazo y un par de besos en la mejilla. – Valeria me ha dicho que vas a trabajar en Destins, me alegro de que las dos podáis estar más cerca la una de la otra, incluso podrías quedarte en Bahía del Mar, en casa tenemos sitio de sobra.

–  Te lo agradezco, Ismael. – Le digo sinceramente. – Pero no pienso quedarme en casa de una pareja de recién casados, me resultaría demasiado empalagoso. – Bromeo.

Pasamos al salón y nos sentamos en los sofás de en frente de la chimenea, aunque estemos casi en marzo, el clima aquí es frío, los picos de las montañas están nevados y por la noche la temperatura cae diez grados de golpe, es como si este pueblo tuviera un microclima.

Tras charlar y tomar el aperitivo en el salón, pasamos al comedor donde dos asistentas nos sirven la comida. Debo reconocer que cuando Valeria me dijo que Ismael tenía dos asistentas internas en casa no me gustó nada, pero ahora que las veo y compruebo que son dos mujeres de unos cincuenta años, de nacionalidad rusa y poco habladoras, creo que son el personal perfecto para el hogar. Aunque intimidan un poco, la verdad.

Después de comer, tomar el café y que Valeria me muestre toda la hacienda, decido marcharme cuando empieza a llover.

–  Ten cuidado con el coche, aquí cuándo llueve cae un buen chaparrón y es difícil ver la carretera. – Me advierte Valeria. – Ves despacio, me caso en un mes y medio y como mi dama de honor aparezca en mi boda con el más mínimo rasguño me arruinará el día. – Añade bromeando.

–  Yo siempre tengo cuidado. – Le respondo abrazándola para despedirme. Me vuelvo hacia Ismael y me despido con un par de besos en la mejilla.

Tras despedirme de ambos, salgo de la casa y corro hasta llegar al coche tratando de no mojarme mucho, pero me he puesto empapada igualmente. Arranco el coche y me dispongo a conducir bajo la intensa lluvia para llegar a la pensión.