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Dulce tentación 9.

Dulce tentación

Norah se despertó a las once de la mañana, estaba sola en la cama. Se sorprendió al no encontrar a Samuel tendido junto a ella y no le gustó el vacío que sintió. Se puso una camiseta vieja y desgastada para cubrir su desnudez y bajó las escaleras para dirigirse a la cocina a tomarse un café. Fue entonces cuando escuchó la voz de Samuel que provenía del salón:

–  Haz lo que tengas que hacer, pero soluciónalo. – Dijo Samuel a la persona que escuchaba al otro lado del teléfono. – Envíame un informe por correo electrónico y, solo si hay una emergencia, me llamas.

–  Espero que el asunto que te tiene tan ocupado como para no venir a la oficina de inmediato cuando todos estamos al borde de un ataque de nervios, tenga nombre de mujer. – Le comentó divertido Tom, su mano derecha en la oficina y un gran amigo.

–  Tengo que colgar, llámame si se complica el asunto y me pasaré por la oficina, tendré el móvil disponible. – Le dijo Samuel antes de colgar.

Norah esperó unos segundos dónde estaba sin hacer ruido. Cuando vio que Samuel se había sentado en el sillón con su portátil sobre las piernas, entró en el salón y le dijo sin poder ocultar la sorpresa de su rostro:

–  Buenos días.

–  Buenos días, pequeña. – La saludó Samuel sonriendo en cuanto la vio entrar. – Espero no haberte despertado.

–  No, pensaba que te habías marchado. – Le respondió Norah. Samuel dejó su portátil sobre la mesa de café y tiró de la mano de Norah para que se sentara en su regazo. Ella le dejó hacer y, cuando estuvo entre sus brazos, le miró a los ojos, vio su ceño arrugado y se dio cuenta que Samuel estaba preocupado. – ¿Qué ocurre? ¿Va todo bien?

–  Un pequeño imprevisto en la oficina, nada que no se pueda arreglar.

–  ¿Tienes que irte?

–  No, a menos que quieras que me vaya. – Le respondió Samuel antes de besarla. Deslizó su mano entre las piernas de Norah y, cuando comprobó que no llevaba nada debajo de aquella vieja camiseta, se le escapó un gruñido de la garganta para después decir con la voz ronca: – Eres tan tentadora. – Le quitó la vieja camiseta y, observándola con verdadero deseo, añadió susurrando: – Una dulce tentación.

Samuel la besó apasionadamente y Norah se dejó arrastrar por la pasión y deseo que él le producía. Norah no quería esperar y se afanó para desabrochar el pantalón de Samuel y sacar su duro y erecto miembro, se puso a horcajadas sobre él, colocó la punta de su pene en la entrada de su vagina y descendió lentamente, dejando que la verga de Samuel se deslizara en su interior.

–  Oh, pequeña. – Gruñó Samuel excitado. – Vas a volverme loco.

Samuel deslizó su mano por el monte de Venus de Norah hasta encontrar su clítoris y lo estimuló alternando suaves y lentas caricias con otras caricias más rápidas y enérgicas.

–  Umm… – Gimió Norah al borde del orgasmo.

Norah aceleró el ritmo de las embestidas a pesar de que Samuel trató de frenarla, pero al final desistió y él también aceleró las caricias sobre su hinchado y excitado clítoris. Samuel aguantó hasta que Norah no pudo más y estalló en mil pedazos, gimiendo mientras él seguía estimulando su clítoris con una mano para alargar su orgasmo y con la otra la sujetó por la nuca para verle la cara mientras se corría. Solo cuando Norah se había quedado satisfecha y todavía sintiendo los coletazos del orgasmo recorriendo su cuerpo, Samuel se permitió alcanzar el orgasmo embistiéndola con fuerza un par de veces hasta que lanzó un sonoro gruñido al alcanzar el clímax dejando caer su cuerpo sobre el respaldo del sillón arrastrando a Norah consigo y envolviéndola con sus brazos.

Norah se dejó abrazar, sintiéndose cómoda y segura a pesar de estar completamente desnuda encima de su nuevo jefe al que tan solo conocía desde hacía un par de semanas.

Pasados unos minutos y habiendo recobrado la respiración, Samuel recogió la vieja camiseta que le había quitado a Norah y se la ayudó a ponérsela para que no pasara frío y así poder seguir abrazándola.

–  Necesito darme una ducha. – Le dijo Norah poniéndose en pie pasados unos minutos.

–  Yo también necesito una ducha, ¿te importa si voy contigo? – Le preguntó Samuel con una pícara sonrisa en los labios.

Norah no pudo resistirse a aquella sonrisa ni a aquellos brillantes ojos grises que tanto le gustaban a la vez que la aturdían, le devolvió la sonrisa y le cogió de la mano para llevarlo escaleras arriba y meterse con él en la ducha, donde ambos volvieron a hacer el amor.

Estaban en la cocina tomándose un café mientras decidían qué hacer durante la extraña pero preciosa mañana soleada de aquel mes de febrero cuando sonó el teléfono de Samuel.

–  Disculpa, tengo que contestar. – Se disculpó Samuel antes de contestar al teléfono. – Dime, Tom.

–  Siento interrumpir lo que estés haciendo, pero se trata de una verdadera emergencia. – Le contestó Tom nervioso. – Gerard Benson ha convocado una reunión urgente en un par de horas, dice que será breve y por supuesto quiere que tú estés presente.

–  ¿No se puede esperar al lunes? – Protestó Samuel y, sin dejar que Tom respondiera, añadió antes de colgar: – Estaré allí en un par de horas. – Samuel suspiró, se volvió hacia a Norah y le dijo: – Tengo una reunión en un par de horas y tengo que ir a la oficina. – Le dio un beso en los labios y añadió: – Te llamaré en cuanto salga de la reunión y vendré a buscarte para salir a cenar.

–  ¿Va todo bien? – Preguntó Norah preocupada.

–  No te preocupes, no es nada que no se pueda arreglar. – Le contestó Samuel quitándole importancia al asunto. Volvió a besarla y se despidió: – Te veo luego, pequeña.

Norah le observó marcharse desde la ventana y sonrió al pensar que en pocas horas volvería a verlo. Cogió su móvil y llamó a Amy con la esperanza de que estuviera en casa y así poder pasar un rato con ella.

Dulce tentación 8.

Dulce tentación

Después de cenar, Norah recogió la mesa y Samuel la ayudó, a pesar que insistió para que la esperara en el salón. Una vez recogida la mesa, ambos se sentaron en el sofá con una copa de vino entre las manos.

Norah subió las piernas al sofá y se sentó sobre ellas de lado para poder ver y observar a Samuel sin necesidad de girar la cabeza y él tuvo que hacer un esfuerzo y contener las ganas que sentía por abrazarla, besarla y hacerla suya.

–  Estás muy callado. – Comentó Norah.

–  Trato de estar concentrado. – Le respondió Samuel con la voz ronca.

–  ¿Por qué? – Le preguntó Norah con curiosidad.

Samuel se acercó a Norah lentamente, la miró fijamente a los ojos y, con sus labios a escasos milímetros de los de ella, le susurró:

–  ¿Realmente quieres saberlo?

A Norah no le dio tiempo a responder, Samuel la agarró por la cintura, la estrechó contra su cuerpo mientras la envolvía en sus brazos y la besó en los labios apasionadamente. Norah aceptó y devolvió aquel beso con urgencia y verdadera necesidad.

El beso acrecentó todavía más el deseo de ambos y Norah se dejó llevar sin importarle que el hombre al que estaba besando era su nuevo jefe. Deslizó sus manos entre ambos y comenzó a desabrochar los botones de la camisa de Samuel sin dejar de besarle, pero Samuel la detuvo sosteniéndole ambas manos por la muñeca sin hacerle daño, se apartó de ella ligeramente y, mirándola a los ojos, le preguntó:

–  ¿Estás segura?

–  ¿Estás casado? – Le preguntó Norah.

–  ¿Qué? ¡Por supuesto que no! – Respondió Samuel un tanto ofendido.

–  Genial. – Convino Norah sonriendo. – Entonces, déjame continuar con lo que estaba haciendo.

Norah volvió a besarle y continuó desabrochando los botones de su camisa. Samuel, agarrándola de la cintura, la colocó a horcajadas sobre su regazo y la envolvió con sus brazos. Norah consiguió deshacerse de la camisa de Samuel y disfrutó con las vistas de los perfectos pectorales y abdominales que le estaba ofreciendo.

–  ¿Te gusta lo que ves? – Le preguntó Samuel divertido al ver cómo Norah le observaba con el brillo del deseo en sus ojos.

–  Nunca opino sin ver el conjunto completo. – Le contestó Norah para provocarlo.

–  No deberías tentarme de esa manera. – Le advirtió Samuel con la voz ronca.

Samuel se levantó del sofá sosteniendo a Norah en los brazos e hizo que le rodeara la cintura con sus piernas al mismo tiempo que comenzó a subir las escaleras.

–  Segunda puerta a la derecha. – Le susurró Norah al oído cuando llegaron a la planta de arriba.

–  ¿Estás impaciente? – Preguntó Samuel divertido.

Norah le besó a modo de respuesta y Samuel se afanó en seguir las indicaciones que le había dado Norah y entrar en su habitación. Ni siquiera se paró a mirar cómo era su habitación, se limitó a buscar la cama para depositar allí a Norah con sumo cuidado. Se tomó su tiempo para contemplarla antes de empezar a desnudarla despacio, acariciando y besando cada centímetro de piel que iba dejando al descubierto. Norah trató de devolver aquellas caricias y besos que él le propinaba, pero Samuel se lo impidió susurrándole al oído:

–  Relájate, no tenemos ninguna prisa.

Ella se relajó y Samuel continuó con su descenso de besos pasando por ambos pechos, jugando con los duros y excitados pezones, hasta llegar al monte de Venus, donde se permitió hacer una pausa para mirar a Norah y descubrir esos ojos felinos que brillaban de deseo como si de dos lunas llenas se tratara.

–  Eres preciosa. – Le dijo acariciando su entrepierna completamente depilada. Separó los labios vaginales con dos dedos de una mano y acarició la hendidura de su vagina para comprobar la humedad que había provocado la excitación de Norah antes de añadir con la voz ronca: – Pequeña, me encanta que estés tan mojada para mí.

Aquellas palabras y la caricia de los dedos de Samuel por su sexo provocaron que a Norah se le escapara un gemido y oír gemir a Norah hizo que Samuel se excitara aún más.

Se terminó de desnudar, se tumbó sobre Norah y, tras besarla en los labios con pasión, le susurró al oído antes de penetrarla de una sola estocada:

–  Pequeña, me excitas demasiado y no puedo esperar más.

Samuel entró y salió de Norah con un rítmico vaivén, disfrutando de aquel inmenso placer y haciéndola disfrutar también a ella. Con un rápido movimiento, intercambió las posiciones y dejó a Norah a horcadas sobre él para poder contemplarla mejor mientras la agarraba por la cintura ayudándola a subir y bajar para que su miembro entrara y saliera de ella con mayor rapidez hasta que ambos alcanzaron el clímax y Norah se desplomó sobre Samuel.

Ambos se quedaron así durante unos minutos hasta que fueron capaces de respirar con normalidad. Norah se echó a un lado para liberar a Samuel del peso de su cuerpo, pero él no la dejó apartarse demasiado, la envolvió con sus brazos, la besó en el cuello y le susurró antes de que ella se quedara dormida:

–  Eres mi dulce tentación.

Dulce tentación 7.

Dulce tentación

Desde que su abuelo sacó el tema de conversación mientras comían, Norah no podía dejar de pensar en el beso que Samuel le había dado en la cocina de casa de sus abuelos. Samuel se había comportado con normalidad, como si nada hubiera pasado, dejando a Norah todavía más descolocada.

Iban en el coche de camino a la ciudad y Samuel conducía pero no prestaba toda su atención a la carretera, ya que le era imposible dejar de observar a Norah. Le gustaba como fruncía el ceño y arrugaba la nariz cuando se concentraba y las expresiones que ponía con cada uno de sus pensamientos, fueran los que fueran. A Samuel le resultaba de lo más interesante observarla, pero observarla teniéndola tan cerca y estando tan sexy jugando con su pelo estaba empezando a provocar en él algo más que interés.

–  ¿Te llevo directamente a casa? – Le preguntó Samuel al tomar la salida de la autopista para entrar en la ciudad.

–  Sí, aunque supongo que debería ir a buscar mi coche a la oficina, pero no sé dónde he dejado la llaves. – Le contestó Norah encogiéndose de hombros.

Samuel se volvió hacia a ella un segundo para dedicarle una sonrisa y volvió la vista a la carretera antes de decirle divertido:

–  Espero que no te lo tomes a mal, pero te quité las llaves para asegurarme de que no conducías y cuando regresé de Palmville lo llevé a tu casa, Amy me abrió el garaje.

–  Te debo otra. – Le agradeció Norah.

–  Bueno, si mal no recuerdo, hoy ibas a salir conmigo a cenar para agradecerme lo atento que he sido, así que si quieres puedes agradecérmelo saliendo a cenar otra noche conmigo. – Le propuso Samuel con picardía.

–  Te propongo otra cosa. – Le dijo Norah. – Si te soy sincera, no me apetece mucho salir a cenar fuera, prefiero cenar en casa. Podemos salir a cenar fuera otro día, incluso a tomar unas copas.

–  De acuerdo, mañana salimos a cenar y a tomar unas copas. – Sentenció Samuel.

–  ¿Mañana? – Preguntó Norah sorprendida.

–  No quiero arriesgarme a que cambies de opinión. – Bromeó Samuel.

Norah se alegró de que Samuel fuera conduciendo, de lo contrario se le hubiera echado encima y le hubiera devorado a besos.

Llegaron a casa de Norah y Samuel aparcó frente a la verja de entrada al jardín, bajó del coche y le abrió la puerta a Norah, tendiéndole la mano para ayudarla a salir, antes de sacar la maleta del maletero y cargar con ella hasta la puerta principal.

–  Deja ahí mismo la maleta, ahora la subiré. – Le dijo Norah encendiendo las luces del salón. – ¿Te apetece una cerveza o una copa de vino?

–  Una cerveza, si no te importa. – Le respondió Samuel. Norah cogió un par de cervezas del frigorífico y se sentó en el sofá junto a Samuel y él le preguntó: – ¿Qué quieres cenar?

–  No hay mucho en la nevera, creo que tendremos que conformarnos con pedir algo de comida a domicilio. – Le confesó Norah. – ¿Comida china?

–  Comida china. – Confirmó Samuel solo para complacerla.

–  Pues llama y pide lo que quieras, voy a darme una ducha rápida y bajo en seguida. – Le susurró Norah para provocarlo.

–  Será mejor que no tardes o tendré que ir a buscarte. – Le advirtió Samuel tratando de contener sus deseos por estrecharla entre sus brazos.

Norah subió las escaleras para dirigirse a su habitación y darse una ducha y Samuel se quedó en el salón, sacó su móvil del bolsillo y llamó a uno de los restaurantes de comida china con servicio a domicilio para encargar la cena.

Veinte minutos más tarde, Norah regresó al salón y se encontró a Samuel en el mismo sitio donde le había dejado. Volvió a sacar un par de cervezas del frigorífico, se sentó a su lado en el sofá al mismo tiempo que le entregaba una de las cervezas y le preguntó:

–  ¿Todo bien?

–   Todo perfecto. – Le contestó Samuel fijando su mirada en los labios de ella.

Norah se percató de cómo Samuel la miraba y decidió provocarlo mordiéndose con sensualidad el labio inferior. Samuel se acomodó en el sofá y la miró fijamente a los ojos antes de advertirle:

–  Si vuelves a hacer eso, serás tan culpable como yo de lo que ocurra después.

El repartidor del restaurante chino llamó al timbre y, levantándose del sofá para ir a abrir la puerta, Norah le dijo a Samuel con una sonrisa socarrona:

–  Me gusta el riesgo.

Norah abrió la puerta, recogió las bolsas que el repartidor le entregó y, cuando fue a pagar, Samuel apareció a su espalda y le entregó un billete al repartidor al mismo tiempo que le dijo:

–  Quédate con el cambio.

El repartidor le dio las gracias por la generosa propina y se marchó. A Norah no le hizo tanta gracia como al repartidor y le reprochó a Samuel:

–  Se supone que soy yo la que iba a invitarte a cenar y no al revés.

–  Bueno, hoy no ha podido ser, mañana ya hemos hecho planes pero, ¿qué te parece el domingo? – Le propuso Samuel. Norah abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla ya que Samuel, temiendo la respuesta de Norah, decidió adelantarse: – Ya lo discutiremos en otro momento.

Se sentaron a cenar y Samuel se interesó por el asunto de la demanda de recobro del estado por los desperfectos que el asesinato de su madre y su amante había generado en el museo. Norah le contó lo que él ya sabía por Josh, que había recurrido dicha demanda y estaban a la espera de la decisión de un juez.

Por alguna razón que desconocía, Norah se sentía cómoda hablando de los problemas que su pasado y su madre le seguían causando. Siempre había evitado hablar del tema con alguien, incluso con sus abuelos y con Amy hablaba lo mínimo respecto a cómo se sentía con aquella situación.

Dulce tentación 6.

Dulce tentación

El viernes por la mañana Norah se levantó temprano, se dio una ducha e hizo la maleta antes de bajar a desayunar. Quería estar preparada para cuando llegara Samuel, no quería hacerle esperar. Se sentía impaciente por volver a verlo y eso empezaba a asustarla. Norah siempre había tenido claro que mezclar lo personal con lo profesional nunca era una buena idea, pero Samuel era tan dulce y tentador que no la dejaba pensar con claridad, era su dulce tentación.

Samuel salió de la oficina a las diez de la mañana, tenía que ocuparse de algunos asuntos y se levantó a las cinco para poder llegar temprano a buscar a Norah. Eran las once de la mañana cuando aparcaba su coche frente la casa de los abuelos de Norah y apenas le dio tiempo a salir del coche cuando la verja del jardín se abrió y apareció Anne, la abuela de Norah, para recibirle:

–  Samuel querido, pasa antes de que te congeles.

–  Gracias, Anne. – La saludó Samuel correspondiendo a su cariñoso abrazo.

– Norah ha ido a despedirse de los señores Walsh, llegará en un momento. – Le informó Anne. – ¿Te apetece algo para beber? ¿Una cerveza, un refresco o un café?

–  Un café me sentará bien. – Aceptó Samuel.

Justo en ese momento, Norah entraba en casa por la puerta de la cocina y dijo alzando la voz:

–  ¡Abuela, he vuelto!

–  ¡Esta niña se cree que estoy sorda! – Bromeó Anne entrando en la cocina seguida de Samuel.

–  Lo siento abuela, pensaba que estarías en el estudio. – Se disculpó Norah y, cuando vio a Samuel, no pudo evitar sonreír mientras le saludaba: – ¡Samuel, no esperaba que llegaras tan pronto!

–  Te dije que estaría aquí antes de mediodía. – Le contestó Samuel mostrando su sonrisa más sensual y arrebatadora.

Norah se acercó a él y le dio un par de besos en la mejilla, aunque se moría de ganas por besar aquellos labios perfectos que tanto la provocaban. Samuel se dio cuenta de cómo Norah le miraba y sonrió todavía más ampliamente que antes.

Se sentaron a la mesa de la cocina, Anne les preparó a ambos un café y después les dijo:

–  Voy a salir a comprar para preparar mi plato especial, ni se os ocurra marcharos sin haber esperado a que vuelva y haber comido como es debido.

Samuel se echó a reír divertido y le prometió a Anne:

–  No nos iremos de aquí hasta haber probado tu delicioso plato especial, Anne.

Anne se marchó sonriendo y Norah tampoco pudo evitar sonreír al ver a su abuela. Anne se había pasado toda la semana hablando de lo guapo, amable y encantador que era Samuel, pero no quiso hablar ni una sola vez de su hija, a pesar de que Norah lo había intentado. Habían esparcido sus cenizas en silencio, cada uno pensó en ella, pero ninguno habló en voz alta para dedicarle unas palabras. Durante años habían ido construyendo una muralla alrededor de todo lo que envolvía a Helen, la madre de Norah, para no sufrir con cada una de sus andadas y, después de tantos años, todos habían aprendido a vivir sabiendo que Helen nunca regresaría y que, tarde o temprano, aquello acabaría sucediendo.

–  Norah, ¿estás ahí? – Le preguntó Samuel asustado tras llamar a Norah en varias ocasiones y ella haberse quedado quieta y con la mirada perdida.

–  ¿Eh? Sí… Perdona. – Se disculpó Norah dejando a un lado sus pensamientos para centrarse en lo que Samuel le decía.

–  ¿Estás bien?

–  Sí, solo me he distraído un poco. – Le contestó Norah ruborizada. – Debes pensar que soy un desastre, ¿verdad?

–  Pienso muchas cosas, pero no precisamente esa. – Le respondió Samuel clavando su mirada en los ojos de Norah.

–  Y, ¿qué piensas?

–  Muchas cosas, ya te lo he dicho. Una de ellas es que no has descansado nada desde que llegaste, te he visto bostezar más de diez veces y solo hace media hora que he llegado. – Le confesó Samuel. – Y, si me permites que te dé mi opinión, te diré que pienso que deberías descansar más.

–  ¿Y también vas a ocuparte tú de eso? – Le provocó Norah sosteniendo su mirada.

–  De eso creo que no podría ocuparme. – Dijo Samuel con la voz ronca. – Aunque me encantaría intentarlo.

–  ¡Samuel, si estás aquí! – Exclamó Ray entrando en la cocina. – Espero que hayáis decidido quedaros a comer, de lo contrario le daréis un disgusto a la abuela.

–  Ray, me alegro de verle. – Le saludó Samuel. – Anne nos ha tentado con su plato especial y yo no he podido resistirme.

–  Voy a terminar de arreglar el jardín, estaré fuera. – Les dijo el abuelo sonriendo mientras salía al jardín por la puerta de la cocina.

Norah sonrió mientras observaba como se alejaba su abuelo y, cuando hubo salido de la cocina, se volvió hacia a Samuel y le dijo divertida:

–  Les has caído bien a mis abuelos, no han dejado de preguntarme cosas de ti durante toda la semana.

–  ¿Qué les has dicho? – Quiso saber Samuel con una sonrisa traviesa en los labios.

–  No les he dicho nada porque no sé nada sobre ti, salvo que eres el accionista mayoritario de Events y que te has comportado como un verdadero amigo conmigo estos días. – Le dijo Norah aunque le hubiera gustado decirle muchas otras cosas. – Me resulta extraño estar aquí contigo pero a la vez me gusta, es difícil de explicar.

Samuel sabía que debía ir con pies de plomo con Norah, no quería asustarla, pero tampoco pudo evitar acercarse a ella. Dio un par de pasos y se colocó frente a ella. La miró a los ojos y, cuando comprobó que ella no se apartaba ni se sentía incómoda, acercó sus labios a los de ella y la besó.

Norah aceptó y devolvió aquel beso con pasión, sintiendo algo que nunca antes había sentido, sin importarle en absoluto el hecho de que se encontraban en la cocina de casa de sus abuelos.

–  Seguid a lo vuestro, yo solo he entrado para coger un poco de agua. – Les interrumpió Ray cogiendo una botella de agua de la despensa y saliendo de la cocina tan rápido como entró.

–  No sé si seguiré cayéndole bien a tu abuelo. – Comentó Samuel bromeando.

–  Ahora le caerás a un mejor. – Bufó Norah temiendo que sus abuelos confundieran lo que acababa de pasar y pensaran que eran una pareja.

–  Lo dices como si fuera algo malo. – Le dijo Samuel un poco molesto.

–  Me entenderás cuando te sientes a comer con mis abuelos. – Le dijo Norah sonriendo burlonamente.

Y Samuel lo supo. Nada más sentarse a la mesa, Anne le preguntó a su nieta Norah:

–  Cariño, deberías habernos dicho que Samuel es algo más que un amigo.

–  Abuela, Samuel es mi jefe y, lo que ha visto el abuelo antes y que poco tiempo le ha faltado para ir a contártelo, no es nada de lo que imagináis. – Cortó tajante Norah para acabar con aquella conversación.

–  Entonces, ¿debo entender que Samuel va besando en los labios a todas sus empleadas? – Preguntó el abuelo Ray pasando su mirada de Norah a Samuel.

–  Le aseguro que es la primera vez que beso a una empleada. – Le contestó Samuel con su sonrisa más carismática. – Aunque tengo que confesar que volvería a repetirlo.

–  Así no ayudas, Samuel. – Le susurró Norah sin que sus abuelos la escucharan.

Comieron mientras charlaban sobre aquella incipiente relación y Norah se mantuvo al margen. Sus abuelos habían creído que Samuel era su novio o algo parecido y él tampoco les sacó de su error, así que ella prefirió no tener nada que ver con todo aquello y comió distraída pensando en cómo sería su vida viviendo con Samuel y formando una familia con él.

Dulce tentación 5.

Dulce tentación

Norah no podía creerse que estuviera en la cocina de casa de su abuela preparando la comida con Samuel Smith, pero prefirió no darle vueltas, demasiadas cosas tenía ya en las que pensar.

Samuel por su parte, sabía que era un momento delicado para la familia y desconocido para él, pero Norah parecía estar perdida y aturdida y él no quería dejarla así.

–  Esto ya casi está. – Dijo Norah retirando la sartén del fuego. Sirvió dos platos, sacó un par de cervezas más del frigorífico y le hizo un gesto a Samuel para que se sentara a la mesa al mismo tiempo que le dijo: – Hora de comer, buen provecho.

–  Buen provecho. – Le dijo Samuel clavando su mirada en los ojos de ella. Quería saber qué le preocupaba y no dudó en preguntárselo: – ¿Hay algo más que te preocupa? Entiendo que no es asunto mío, pero recuerda que solo quiero ayudarte.

–  Mi abuelo me ha dicho que mataron a mi madre, a su amante y a todo su clan en el Museo de Arte Nacional y que el estado quiere que nosotros nos responsabilicemos de los desperfectos. – Le confesó Norah preocupada mientras se llevaba el tenedor a la boca. – Le he dicho a mi abuelo que no se preocupe, que contrataré a un abogado y que todo se resolverá, pero lo cierto es que no sé si servirá de mucho.

–  No pueden responsabilizaros de los desperfectos que haya sufrido el museo porque hayan matado a tu madre allí. – Le aseguró Samuel acercando su mano a la mano de Norah para acariciarla. – Josh, además de ser mi mejor amigo, es mi abogado. Si me lo permites, me gustaría que él se encargara de éste asunto, te prometo que será discreto y hará todo lo posible para que tus abuelos ni siquiera tengan que asistir a una vista ante un juez ni ser interrogados.

Comieron en silencio hasta que Norah decidió volver a hablar.

–  ¿Por qué haces todo esto? – Le preguntó Norah con curiosidad. – ¿Por qué quieres ayudarme?

–  No sé por qué insistes en querer seguir viéndome como a un enemigo, te aseguro que lo único que quiero es que estés bien. – Acarició con ternura la mejilla suave y rosada de Norah y añadió: – No puedes llevar el peso de los problemas del mundo tú sola sobre la espalda, déjame que te ayude. Te prometo que no te decepcionaré.

Norah cerró los ojos y trató de respirar con normalidad. Sentir las caricias de Samuel en su mejilla le estaba provocando una enorme tentación de arrojarse a sus brazos, besarle y hacerle el amor salvajemente. En lugar de hacer lo que realmente deseaba, Norah trató de calmarse y se apartó de Samuel levantándose de la silla para recoger los platos vacíos.

Samuel se maldijo por haberse acercado a ella en ese momento, en casa de sus abuelos y con las desgracias que se le habían venido encima aún presentes, pero no había podido controlarse. Tener a Norah tan cerca le tentaba demasiado, sobre todo si ella se mostraba sin ese caparazón que la envolvía.

–  Lo siento, no pretendía incomodarte. – Se excusó Samuel.

–  No, quiero decir que no me has incomodado. – Norah se puso colorada, menos mal que Samuel no podía leerle el pensamiento. – Te agradezco todo lo que estás haciendo pero no quiero molestarte con asuntos familiares.

–  Ya te he dicho que para mí no ha sido ninguna molestia, pero comprendo que en estos momentos quieras estar a solas con tus abuelos. – Le dijo Samuel consciente de la situación. – Regresaré a la ciudad y le pediré a Josh que se ocupe de vuestro caso, seguramente necesitará algunos datos, por lo que trata de tener el móvil encendido. Quédate aquí los días que necesites y avísame cuando quieras volver para que pueda venir a recogerte. – La miró a los ojos y añadió: – Llámame si necesitas cualquier cosa o si simplemente quieres hablar, siempre estoy localizable en el móvil. – Le dio un beso en la mejilla y le susurró: – No olvides llamarme para que venga a buscarte, de lo contrario me enfadaré.

Samuel le dedicó una sonrisa perfecta y acto seguido se despidió de los abuelos de Norah en el salón para después marcharse en su BMW X6 de color negro.

Norah observó cómo se alejaba desde la ventana y su abuela se percató de lo alejada que parecía de la realidad, pero no quiso sacarla de sus pensamientos, su nieta ya tenía suficientes cosas en las que pensar y con las que lidiar.

Pasó la tarde en el salón con sus abuelos y los padres de Amy, que se habían enterado de la noticia y se habían acercado a darles el pésame y saludar a Norah. Amy la llamó por teléfono y, tras dos largas horas de conversación, Amy le dijo que, si el viernes no había regresado a la ciudad, ella misma iría a Palmville a visitarla.

Norah arregló todo el papeleo para que enviaran las cenizas de su madre a casa de sus abuelos y llegaron un par de días después. Tras decidir qué hacer con las cenizas, el jueves Norah y sus abuelos esparcieron las cenizas en la playa donde iban de picnic cuando su madre les iba a visitar y no estaba demasiado colocada.

Hablaba con Josh todos los días, pues el estado ya había iniciado la demanda y Josh trataba de frenarla, así que la mantenía informada al mismo tiempo que le solicitaba algunos datos.

Samuel la llamaba todas las noches para preguntarle cómo se encontraban ella y sus abuelos, se interesaba por la evolución del proceso contra el estado a pesar de que Norah estaba completamente segura de que Josh le mantenía bien informado sobre el asunto. Aun así, a Norah le gustaban esas charlas con Samuel antes de irse a dormir.

El jueves por la tarde, después de esparcir las cenizas de su madre, Norah regresó a casa con sus abuelos y subió a su habitación para darse un baño. Una hora más tarde, su abuela entró en su habitación y, cuando Norah la invitó a pasar, se sentó a los pies de la cama. Norah continuaba cepillándose el pelo frente al tocador y su abuelo le dijo:

–  Cielo, sabes que nos encanta tenerte en casa, pero nosotros estamos bien y deberías seguir con tu vida con normalidad. – Buscó la mirada de su nieta a través del espejo y añadió: – Creo que deberías llamar a ese muchacho que tanto se preocupa por ti e invitarle a cenar, no puedes estar pendiente de todo en todo momento, cariño.

–  Mañana me marcharé, pero regresaré el próximo viernes para pasar aquí el fin de semana. – Accedió Norah complaciendo a su abuela.

La abuela Anne le dio un beso en la mejilla a su nieta y la dejó de nuevo a solas en su habitación. Norah se levantó, cogió su móvil y llamó a Samuel en vez de esperar a que él la llamara por la noche.

–  Norah, ¿estás bien? – Preguntó Samuel preocupado nada más descolgar.

–  Sí, solo te llamaba para decirte que mañana regresaré a la ciudad y que, si no tienes planes, me gustaría invitarte a cenar para agradecerte lo que estás haciendo por nosotros. – Le dijo Norah con un hilo de voz, con el corazón acelerado.

–  No tienes que agradecerme nada, pero me encantará salir a cenar contigo. – Respondió Samuel contento por lo que había avanzado. – ¿A qué hora quieres que pase a recogerte mañana?

–  No tienes que venir a buscarme, no es necesario y…

–  No es discutible, señorita Stuart. – La interrumpió Samuel y volvió a preguntar: – ¿A qué hora quieres que vaya a recogerte?

–  Cuando te vaya bien. – Le respondió Norah.

–  Tengo que pasar por la oficina a primera hora pero estaré allí antes de mediodía. – Samuel trató de disimular su alegría y se puso serio para preguntarle: – ¿Estás bien?

–  Estoy bien, con ganas de regresar a la ciudad. – Y Norah añadió para despedirse: – Nos veremos mañana. Buenas noches, Samuel.

–  Buenas noches, Norah.

Dulce tentación 4.

Dulce tentación

Norah iba sentada en el asiento del copiloto del coche de Samuel, con las manos sobre las rodillas y mirando por la ventanilla distraídamente mientras Samuel conducía concentrado en la carretera y en la mujer que a su lado tenía.

–  ¿Estás bien? – Le preguntó Samuel cuando llevaba casi una hora conduciendo y ella no había abierto la boca ni había dejado de mirar por la ventanilla. – Dadas las circunstancias, la pregunta resulta ridícula pero, lo que quiero decir es que, si hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor…

–  Estoy bien, Samuel. – Le contestó Norah. – No tenía relación con mi madre, me han criado mis abuelos y es por ellos por los que estoy preocupada.

–  ¿Tus abuelos tenían relación con tu madre? – Preguntó Samuel sin pretender presionarla.

–  Sólo cuando ella necesitaba dinero para drogarse. – Respondió Norah. – Cuando mi madre era adolescente, se enamoró de mi padre, un narcotraficante al que la DEA mató apenas tres meses después de nacer yo. Mi madre me dejó en casa de mis abuelos y se largó con un socio de mi padre que le podía suministrar sus dosis de cocaína diarias. Solo aparecía por casa cuando detenían a su amante y necesitaba meterse algo. No la he vuelto a ver desde que me gradué en el instituto y me mudé a la ciudad para ir a la universidad, hace ya siete años.

–  Lo siento. – Fue lo único que se le ocurrió decir a Samuel.

–  Yo también, no debería haberte dicho nada, pero estoy un poco nerviosa. – Le dijo Norah.

–  No te preocupes por nada, estoy aquí para hacer lo que me pidas y ayudarte en lo que necesites.

–  Gracias, Samuel. – Le respondió Norah relajándose en el asiento.

Samuel le dedicó una rápida pero igualmente sexy sonrisa y volvió la vista a la carretera. Norah llamó a su abuelo para decirle que estaba a punto de llegar y su abuelo le dijo que estaban en casa, allí la esperaban.

Pocos minutos después, Samuel aparcó el coche frente a la casa de los abuelos de Norah. Samuel no quería separarse de ella, había conseguido que por fin se relajara un poco frente a él y no estaba dispuesto a dejar que aquello acabara en ese momento, aunque la situación no era para nada la adecuada. Bajó del coche rápidamente y lo rodeó hasta llegar a la puerta del copiloto para ayudar a salir a Norah, tendiéndole la mano que ella aceptó.

–  Ya hemos llegado. – Le dijo Samuel señalando la casa de sus abuelos, una casa grande y bien conservada con un pequeño jardín muy bien cuidado. – ¿Quieres que entre contigo o prefieres que me marche ya?

–  ¿Tan mal concepto tienes de mí? – Bromeó Norah. – Ven conmigo, mi abuela me mataría si te dejara marchar sin invitarte a entrar. Además, debes de estar tan hambriento como yo, ya son las tres de la tarde.

Samuel sonrió, le puso el brazo sobre sus hombros con delicadeza y la acompañó hasta llegar a la puerta del jardín, que se abrió frente a ellos dejando aparecer la figura de un anciano de pelo blanco, facciones duras y marcadas y los ojos llenos de tristeza, pero aquella tristeza se esfumó casi por completo cuando su nieta le abrazó:

–  ¡Abuelo! – Exclamó Norah arrojándose a los brazos de su abuelo. – ¿Cómo está la abuela? ¿Ha sido el médico quién le ha dado el alta o sigue tan testaruda como siempre?

–  Me temo que sigue tan testaruda como siempre, cielo. – Le respondió su abuelo rodeándola con los brazos. – La abuela está bien, un poco nerviosa y más preocupada por los demás que por ella misma, pero nada que no se le pase si descansa. – Miró de arriba a abajo a Samuel y preguntó: – ¿Quién es el buen mozo que te acompaña?

Norah se acordó de Samuel en ese preciso momento y, ruborizada, se volvió hacia él e hizo las presentaciones oportunas:

–  Samuel, éste es mi abuelo Ray. – Se volvió hacia a su abuelo y añadió: – Abuelo, él es Samuel Smith, es…

–  Soy un amigo de Norah. – La interrumpió Samuel tendiéndole la mano al abuelo Ray. – Le acompaño en el sentimiento, señor Stuart.

–  Gracias muchacho, eres muy amable. – Le agradeció el abuelo Ray. Se volvió hacia a su nieta y le advirtió: – A tu abuela no le va a hacer ninguna gracia que le presentes al muchacho como a un amigo, ella aún tiene la esperanza de que algún día formes una familia.

–  No es de esa clase de amigos, abuelo. – Lo sacó de su error Norah ligeramente avergonzada. – Es el accionista mayoritario de Events, mi nuevo jefe.

–  Y, ¿cómo es que ha venido con mi nieta, señor Smith? – Quiso saber el abuelo Ray.

–  Bueno, usted le hizo prometer a Clare que no dejaría que Norah condujera su coche y Clare no se veía capaz de convencer a su nieta, así que me pidió ayuda. – Le respondió Samuel encogiéndose de hombros.

–  Clare hizo bien en pedirle ayuda, mi nieta es muy testaruda. – Le dijo el abuelo mostrando una pequeña sonrisa. – Pasad dentro, aquí hace mucho frío.

Norah y Samuel entraron en la casa seguidos por el abuelo Ray, pasaron al salón donde la abuela de Norah estaba sentada en su sillón mientras observaba el álbum de fotos que sostenía en las manos. Norah la vio igual que siempre, con su perfecto moño que recogía todo su largo cabello blanco a la altura de la nuca, las uñas de las manos pintadas de rojo igual que sus finos labios.

–  ¡Cielo, ya has llegado! – La saludó la abuela Anne. – Y vienes muy bien acompañada.

–  Abuela, ¿cómo estás? – Le preguntó Norah abrazándola. En cuanto se pudo despegar de ella, añadió señalando a Samuel: – Abuela, él es Samuel Smith, mi nuevo jefe que amablemente ha conducido casi dos horas para traerme aquí, el abuelo le ha hecho prometer a Clare que no me dejaría conducir.

–  Encantada de conocerle, señor Smith. – Le saludó la abuela tendiéndole la mano. – Ha sido muy amable trayendo a casa a mi nieta. Supongo que tendréis hambre, os prepararé algo de comer.

–  Abuela, tú quédate dónde estás, yo me ocupo de preparar algo de comer. – Le dijo Norah a su abuela y se volvió hacia a su abuelo para decirle: – Abuelo, ¿puedes acompañarme a la cocina? – El abuelo Ray asintió y caminó detrás de su nieta hasta llegar a la cocina, donde Norah le preguntó: – Abuelo, ¿qué os han dicho exactamente?

–  Tu madre ha sido asesinada según parece por un ajuste de cuentas, su amante también ha muerto, igual que todo su clan. – Le respondió el abuelo Ray. – Todo sucedió en el Museo de Arte Nacional y el estado dice que nosotros debemos hacernos cargo de los desperfectos causados, que ascienden a millones de euros. Por eso a tu abuela le ha dado una crisis de ansiedad, pero tiene que tratarse de un error, nosotros no somos responsables de lo ocurrido, en todo caso somos víctimas.

–  ¿Qué? Eso no puede ser posible. – Exclamó Norah. – No te preocupes abuelo, yo me encargaré de todo, contrataré a un abogado y solucionaremos esto. ¿Qué queréis hacer para el funeral?

–  Tu abuela ha pedido que nos envíen sus cenizas, creo que será lo menos traumático para todos, pero tendremos que decidir qué hacer con ellas. – Reconoció el abuelo. – Ya hablaremos de eso en otro momento, no deberíamos dejar a Samuel a solas con la abuela o lo someterá a un interrogatorio.

El abuelo regresó al salón y Norah invitó a Samuel a la cocina para que la acompañara, sacó un par de cervezas del frigorífico y ambos se pusieron a preparar la comida.

Dulce tentación 3.

Dulce tentación

El lunes Norah se levantó temprano, últimamente apenas dormía. Se dio una ducha, se tomó un café y se dirigió a la oficina. Había pasado todo el fin de semana tratando de prepararse para cuando estuviera frente a Samuel, que conseguía distraerla, perturbarla y excitarla al mismo tiempo con esa mirada turbadora.

A las siete de la mañana, Norah entraba en su despacho. Se sentó frente al ordenador y abrió el archivo que había preparado para Samuel Smith con un pequeño resumen con gráficos y estadísticas sobre Events y lo imprimió. Quería tenerlo todo preparado para cuando él llegara y lo consiguió:

–  Buenos días, Norah. – La saludó Samuel asomando la cabeza por la puerta su despacho. – ¿O prefiere que la llame señorita Stuart?

–  Norah está bien. – Le respondió Norah mirando su reloj, solo eran las ocho de la mañana. – Llegas temprano, pasa y siéntate si quieres.

–  Gracias. – Dijo Samuel mientras aceptaba su invitación y se sentaba frente a ella, separados únicamente por el escritorio.

–  Te he preparado un breve informe con toda la información que debes saber y que te gustará saber, así como gráficos y estadísticas sobre producción y beneficios desde hace tres años. – Le explicó Norah. – No tengo datos reales anteriores a tres años, así que he preferido no incluirlos.

–  Es un informe bastante completo. – Reconoció Samuel echándole un vistazo. – Lo leeré y mañana lo comentaremos, pero hoy quiero que me enseñes la oficina, los distintos departamentos y cómo organizáis todos los eventos. ¿Qué te parece si empezamos por el office y nos tomamos un café?

A Norah se le erizó la piel al ver aquella perfecta sonrisa en el rostro de Samuel. Era evidente cuánto le aturdía aquella sonrisa y su mirada, tanto que incluso Norah empezaba a pensar que el descarado de Samuel se divertía provocándola.

Tal y cómo Samuel le pidió, Norah le hizo un recorrido por la oficina, empezando por el office donde se tomaron un café, siguieron por el departamento de márquetin, el de creación, recursos humanos, producción y atención al cliente. Justo cuando regresaban al despacho, Clare, la recepcionista de Events, se dirigió hacia ellos con premura y le dijo a Norah alterada:

–  Norah, iba a buscarte. – Tomó aire y añadió: – Tienes una llamada urgente, es de tu abuelo.

Norah se puso pálida, sus abuelos nunca la habían llamado al trabajo, ni siquiera la habían llamado al móvil si estaba en horario laboral, ellos siempre la llamaban a casa y por la noche, justo a la hora de la cena.

–  Disculpa un minuto, Samuel. – Se disculpó Norah, blanca como la leche, se volvió hacia a Clare y le dijo antes de entrar en su despacho y cerrar la puerta: – Pásame la llamada, por favor.

Samuel observó cómo el rostro de Norah había palidecido y cómo había fruncido el ceño con preocupación, probablemente se temía que le iban a dar una mala noticia.

Norah entró en su despachó, cerró la puerta y se sentó en su sillón antes de coger el teléfono y responder, temiendo que cualquier cosa hubiera podido ocurrir.

–  Abuelo, ¿qué ocurre? – Preguntó Norah con un hilo de voz.

–  Cielo, nos han dado una mala noticia, la abuela ha tenido un ataque de ansiedad y han tenido que ingresarla, pero no solo te llamo por eso. – Le respondió su abuelo al otro lado del teléfono. – Cielo, creo que deberías venir al pueblo, tenemos que hablar y no quiero hacerlo por teléfono.

–  ¿Cómo está la abuela, está bien? – Preguntó Norah preocupada y, sin darle tiempo de responder a su abuelo, añadió: – Solo ella es capaz de hacer sufrir la abuela, ¿me equivoco?

–  No te equivocas, cariño. – Se lamentó su abuelo. – Pero ésta será la última vez que nos haga sufrir a todos.

–  ¿Se ha muerto? – Preguntó Norah sorprendida de lo poco que le afectaba aquella noticia.

–  Sí, cariño. – Le dijo la verdad su abuelo.

– Abuelo, pasaré por cosa a coger algo de ropa e iré hacia allí, tardaré un par de horas en llegar, pero te llamaré por el camino para que me digas dónde estás.

Samuel esperaba sentado en uno de los sillones de la sala de espera pero él no era muy paciente y, cuando miró su reloj y vio que habían pasado más de diez minutos desde que Norah se había encerrado en su despacho, se levantó y se dirigió a la recepcionista que, como todas las mujeres del planeta, con la extraña excepción de Norah, cayó rendida ante la mirada y la sonrisa carismática de él:

–  Disculpe, señorita Clare. – Dijo para llamar su atención a pesar de que ya la tenía. – No quiero ser indiscreto pero, ¿ha ocurrido algo con la familia de la señorita Stuart?

–  Era su abuelo y es la primera vez que llama en tres años en los que Norah lleva trabajando. – Le informó Clare. – No me ha contado qué ha ocurrido, pero me ha hecho prometerle que no dejaré que Norah conduzca porque va a estar muy nerviosa.

Norah salió de su despacho tras despedirse de su abuelo, ponerse la chaqueta y coger su bolso y su portátil, pero se topó con Samuel en la puerta, de quién ya se había olvidado, y tuvo que darle una explicación:

–  Tengo que irme, me temo que estaré un par de días fuera, pero llámame al móvil si necesitas alguna aclaración sobre el informe o si te falta algún dato que te interese.

–  ¿Puedo preguntarte a dónde vas y por qué abandonas repentinamente tu puesto de trabajo? – Le preguntó Samuel sin poder contener su curiosidad.

Norah se había dado cuenta que aquella pregunta era más una curiosidad que un reproche, así que le hizo un breve resumen con justificación incluida:

–  Mi madre ha muerto y mi abuela está ingresada en el hospital, me corresponden tres días por defunción y dos días por ingreso, cinco en total, pero trataré de regresar en dos.

Norah se maldijo al oírse decir aquello, no debía haber mencionado a su madre. Samuel se puso serio de golpe y por primera vez Norah pudo observar su rostro sin aquella perfecta sonrisa y no se sorprendió al descubrir que era igualmente perfecto.

–  Tu abuelo le ha hecho prometer a Clare que no dejaría que condujeras y como Clare estaba preocupada por no poder cumplir su promesa, le prometí que yo te llevaría a dónde tuvieras que ir. – Le resumió Samuel.

–  Te lo agradezco, pero me dirijo a un pueblo situado a 150 km de aquí y estoy bien para conducir, así que no es necesario que te molestes. – Le respondió Norah aturdida por aquellos ojos que la miraban con tanta intensidad.

–  No es ninguna molestia y tampoco es discutible, te llevaré. – Sentenció Samuel.

Norah no tenía tiempo para discutir, quería marcharse ya, así que aceptó la oferta de Samuel sin rechistar, llamó a Bill para ponerle al corriente de la situación y se marchó a su casa con Samuel para recoger algo de ropa antes de dirigirse con él a Palmville, el pueblo de sus abuelos.

Dulce tentación 2.

 

Dulce tentación

Norah pasó el resto de la semana buscando información en Internet sobre Samuel Smith. No figuraba en ninguna red social a pesar que con los tiempos que corrían la gran inmensa mayoría estaba registrado en alguna red social, pero no era el caso de Samuel. Encontró algunos reportajes sobre él y su empresa en una revista de energías innovadoras y descubrió que Samuel Smith tenía treinta y dos años, tenía su propia empresa de energías renovables que había levantado de la nada y que le había convertido en un hombre rico, envidiado por los hombres y adorado por las mujeres.

–  ¿Todavía estás aquí? – Le preguntó Bill asomando la cabeza por la puerta del despacho. – Es viernes, vete a casa a descansar o sal de copas con tus amigas.

–  Ya me voy, he quedado con Amy para ir a cenar. – Le respondió Norah al mismo tiempo que se ponía en pie y recogía sus cosas para marcharse a casa. – Que pases un buen fin de semana, Bill.

–  Lo mismo digo, Norah. – Se despidió Bill.

Norah llegó a casa, se dio una ducha rápida y llamó por teléfono a su mejor amiga Amy mientras se arreglaba para salir a cenar:

–  ¡Por fin! – Respondió su amiga Amy nada más descolgar. – Estaba casi segura de que tendría que ir a tu oficina y sacarte del despacho, trabajas demasiado.

–  Últimamente me cuesta concentrarme, eso hace que tenga que pasar más horas trabajando. – Se excusó Norah tratando de quitarle importancia al asunto.

–  ¿Tiene algo que ver con el nuevo accionista Samuel Smith? – Le preguntó Amy divertida. – Tienes que reconocer que el chico está para mojar pan, ¡con él me saltaría la norma de no practicar sexo antes de la tercera cita!

–  Eso no tiene mérito, siempre te la saltas. – Le recordó Norah mientras cepillaba su larga y morena melena. Y añadió para cambiar de tema: – Estaré lista en veinte minutos, ¿qué te queda a ti?

–  Llevo una hora dando vueltas por mi casa esperando a que estés lista, te espero fuera en veinte minutos, tengo el coche en la calle. – Le dijo Amy antes de colgar.

Amy era la mejor amiga de Norah desde que iban a la guardería. Los padres de Amy vivían al lado de los abuelos de Norah y siendo vecinas se habían convertido en amigas inseparables. Cuando se graduaron en el instituto, Amy y Norah se mudaron juntas a un pequeño apartamento de la ciudad para ir a la universidad, donde vivieron hasta un año atrás, cuando ambas decidieron comprar una casa apareada en el centro de la ciudad y volvían a ser vecinas.

Una hora más tarde, las dos amigas entraban en una pizzería donde iban a cenar cuando eran universitarias y donde de vez en cuando acudían para recordar viejos tiempos. Además, las pizzas de aquel lugar les encantaban. Era un lugar de encuentro de universitarios, pero ellas seguían sintiéndose cómodas allí y muchas de las personas que por allí veían eran viejos compañeros de universidad.

Cenaron entre risas y confidencias. Después Amy propuso ir a tomar una copa a un pub que inauguraban a un par de manzanas de casa.

–  Es un pub exclusivo así que, ya que pasamos por casa para dejar el coche en el garaje, entramos y nos cambiamos de ropa. – Dijo Amy mientras aparcaba su coche en el garaje.

–  Si es un pub tan exclusivo, ¿crees que nos dejarán entrar el día de la inauguración? – Preguntó Norah algo preocupada.

–  ¿A un par de bombones como nosotras? ¡Por supuesto que sí! – Sentenció Amy animada.

Ambas se cambiaron de ropa, Amy se puso un vestido de finos tirantes de color verde a juego con sus ojos y unos zapatos de tacón plateados y Norah se puso un vestido de palabra de honor de color azul y unos zapatos negros con un tacón de aguja de diez centímetros.

Llegaron al pub y uno de los tipos de seguridad resultó ser un viejo compañero de instituto que las dejó pasar sin necesidad de esperar en la interminable cola que había formada. Entraron en el espacioso local y sus ojos tardaron un par de segundos en acostumbrarse a la tenue luz que allí había. Las paredes estaban pintadas de rojo y negro, la barra estaba a la izquierda, a la derecha estaba la zona chill-out y justo en el centro la pista de baile. Se dirigieron a la barra y pidieron un par de copas a uno de los camareros, pero cuando Norah se dispuso a pagar, una voz que provenía justo de su espalda y que ya había escuchado antes, le erizó el vello de la piel le dijo:

–  Las señoritas están invitadas a todo lo que pidan.

Norah se dio la vuelta despacio, esperando un milagro y no encontrarse allí a Samuel Smith, pero no tuvo suerte. Se miraron fijamente a los ojos durante un par de segundos hasta que Samuel, con una pícara sonrisa en los labios, le dijo a Norah:

–  Señorita Stuart, no esperaba encontrarla por aquí, pero me alegro de verla.

–  Yo tampoco esperaba encontrarle por aquí, señor Smith. – Le respondió Norah con el ceño fruncido.

Amy le dio un codazo a su amiga, no se podía creer que aquél Dios fuera el nuevo jefe de Norah, su amiga se había quedado corta al describirlo. Sin comprender por qué Norah era tan borde, Amy decidió intervenir antes de que a su amiga se le ocurriera soltar alguna burrada:

–  Soy Amy Walsh, una amiga de Norah.

Samuel estrechó la mano que Amy le ofrecía y le dijo sin dejar de sonreír:

–  Encantado de conocerte, Amy. Yo soy Samuel y éste es mi amigo Josh. – Se volvió hacia a su amigo y le dijo: – Josh, te presento a la señorita Stuart y a su encantadora amiga Amy Walsh.

Josh, un tipo moreno de ojos oscuros y penetrantes, saludó a ambas chicas y él sí que obtuvo la sonrisa y la simpatía de ambas. Amy y Josh entablaron una conversación sobre la liga nacional de fútbol y Samuel aprovechó el momento para acercarse a Norah y decirle:

–  Señorita Stuart,…

–  Llámame Norah, me estás empezando a poner nerviosa con el “señorita Stuart”. – Le interrumpió Norah molesta. – Gracias por la invitación, pero no era necesaria. Maldijo en voz baja cuando vio a Amy dirigirse hacia a la pista de baile con Josh y le preguntó: – ¿Puedo preguntarte algo?

–  Adelante. – La animó Samuel.

–  ¿Qué relación hay entre una empresa de energías renovables y una empresa de organización de grandes eventos? – Preguntó Norah.

–  Me intereso por el futuro de nuestro planeta, pero también me gusta divertirme. – Le contestó Samuel sin dejar de mostrar su perfecta sonrisa.

Norah y Samuel se bebieron dos copas más hasta que Amy y Josh decidieron dejar de bailar y regresar a la barra con ellos. Durante ese tiempo, Samuel y Norah apenas hablaron, se dedicaron a observarse y a hablar de cosas banales como del frío y de la nieve que se había instalado en la ciudad.

–  Ya va siendo hora de marcharnos a casa. – Dijo Norah.

–  Os acompañamos. – Se ofreció Samuel.

–  Gracias, pero no es necesario, vivimos cerca. – Le respondió Norah. – Nos vemos el lunes.

–  Hasta el lunes, entonces. – Le dijo Samuel fingiendo indiferencia.

Como dos caballeros que eran, Samuel y Josh las acompañaron a la puerta y pararon a un taxi para que las llevara a casa.

Dulce tentación 1.

Dulce tentación

Todavía era de noche cuando Norah Stuart salió de su casa por la puerta del garaje, conduciendo su nuevo coche, un BMW 118, para dirigirse a la oficina. Hacía frío y estaba nevando, lo habitual de un mes de enero en aquella ciudad, por lo que Norah se había abrigado bien antes de salir.

Para ser las seis de la mañana de un lunes, estaba más despierta que nunca. Al parecer, un tipo misterioso había ido comprando acciones de la empresa en la que trabajaba hasta lograr convertirse en el accionista mayoritario y había convocado una reunión esa misma mañana.

Norah había quedado a las siete de la mañana con Bill Mason, el director general de “Events”, la empresa de organización de grandes eventos de la que Norah era la directora ejecutiva, para prepararse la reunión con el desconocido accionista mayoritario del que ni siquiera habían podido saber su nombre.

Norah llegó a la oficina veinte minutos después de salir de casa y no se sorprendió al ver la oficina completamente vacía dada la hora que era.

–  ¡Qué ironía! – Pensó Norah en voz alta. – Ahora me levanto a las seis de la mañana y vengo a trabajar y hace tres años me acostaba a esta hora y me pasaba la mañana durmiendo.

Se sentó frente a su escritorio y actualizó los gráficos de productividad y beneficios, ordenó y archivó todas las facturas de la empresa y revisó algunos de los presupuestos que tenían pendientes de confirmación del cliente antes que Bill llegara a la oficina.

–  ¿Desde qué hora llevas aquí? – Le preguntó Bill mirando su reloj, pareciendo más un padre que un jefe. – ¡No son ni las siete!

–  Prácticamente, acabo de llegar. – Mintió Norah. – Me he pasado todo el fin de semana intentando averiguar quién es nuestro misterioso accionista mayoritario, incluso he cruzado la línea de la legalidad en un par de ocasiones, pero no he logrado averiguar absolutamente nada.

–  No me cuentes nada más, prefiero no saber qué has hecho. – La interrumpió Bill sonriendo y añadió bromeando: – Así cuando me interroguen no tendré que mentir.

–  El caso es que no he conseguido nada. – Insistió Norah. – Todo este secretismo me da mala espina, ¿que se supone que van a hacer con nosotros y con el resto de empleados?

–  Supongo que lo sabremos en un par de horas, cuando nos reunamos con él. – Le contestó Bill resignado. – ¿Te apetece un café?

–  Sí, por favor. – Le respondió Norah. – Voy a terminar de revisar los balances, no quiero que nos pille por sorpresa.

Bill asintió con la cabeza sabiendo que era inútil discutir con ella, así que se dio media vuelta y se dirigió al officce para preparar dos cafés bien cargados, pues lo iban a necesitar.

A las nueve en punto de la mañana, Norah y Bill se miraron y se pusieron en pie, salieron del despacho de Norah y se dirigieron a la recepción de la oficina, para recibir al nuevo accionista junto a los ascensores.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Norah no pudo ocultar su sorpresa al ver salir del ascensor al hombre más atractivo que había visto nunca. Tenía el pelo de color castaño, ni demasiado corto ni demasiado largo, los ojos eran de un gris intenso que le habían hipnotizado y esa sonrisa traviesa que dejaba al descubierto sus blancos y perfectos dientes la dejaron descolocada. Bajó la mirada de su rostro a sus pies y lo que vio también le gustó. Llevaba un traje negro y una camisa de color gris marengo y sin corbata. A pesar de la elegancia y la seguridad que aquél hombre tenía, Norah dedujo que debía rodear los treinta o treinta y cinco años, como mucho.

–  Buenos días. – Les saludó el nuevo accionista mayoritario. – Mi nombre es Samuel Smith y supongo que vosotros seréis Bill Mason y ¿Norah Stuart? – Preguntó dubitativo ya que pensaba que la directora ejecutiva de una empresa como Events sería joven, pero no esperaba que lo fuera tanto.

–  Así es. – Le confirmó Bill estrechando su mano.

Norah imitó el saludo de Bill y también le estrechó la mano a Samuel Smith.

–  Acompáñenos a la sala de reuniones, señor Smith. – Le invitó Bill haciendo un gesto con el brazo para que Samuel y Norah caminaran por delante de él. – Allí podremos hablar con mayor comodidad y tranquilidad.

–  Por favor, llamadme Samuel. – Les pidió Samuel.

Una vez entraron en la sala de reuniones, una habitación amplia de tres paredes y una enorme cristalera con vistas al centro de la ciudad, Bill se sentó presidiendo la mesa rectangular, Norah se sentó a la derecha de Bill y Samuel se sentó a la izquierda.

–  Tan solo he organizado esta pequeña reunión para conocernos. – Empezó a decir Samuel. – Cómo supongo que ya sabréis, he comprado el 80% de las acciones de Events, pero antes de nada me gustaría dejar claro que no quiero cambiar nada, al menos no por el momento. – Aclaró. – Llevo tres años observando el crecimiento de la empresa y me ha parecido asombroso así que, si funciona bien, ¿para qué cambiarlo?

–  Entonces, ¿para qué comprar Events, señor Smith? – Le preguntó Norah.

–  Samuel, llámame Samuel. Me gusta la empresa y me gusta cómo la gestionáis. – Le contestó Samuel con un tono de voz relajado. – Ambos tenéis un 10% de acciones, juntos sumáis el 20% restante de las acciones. Si todo sigue funcionando igual de bien, ni siquiera tendréis que verme más de un par de veces al mes, creo que podremos entendernos. – Hizo una breve pausa para observar a Bill y Norah y añadió: – Me gustaría conocer con más detalle cómo trabajáis y que me enseñarais cada departamento y cómo funciona, pero estaré fuera de la ciudad toda la semana y no regresaré hasta el próximo lunes, así que lo aplazaremos para entonces. No obstante, me gustaría ver los informes de productividad de los dos últimos meses.

–  Toda la documentación y los informes están al día, puede revisar todo lo que quiera. – Le contestó Norah tajante, tratando de evitar mirarle a los ojos para no distraerse.

Samuel no entendía el comportamiento de Norah, por regla general, él causaba un “efecto hechizo”, como lo denominaba su mejor amigo, y caían rendidas a sus pies, pero ella era tajante y guardaba las distancias, algo que no le había ocurrido antes con ninguna mujer.

–  Señorita Stuart, ¿se encarga usted personalmente de mantener al día la documentación? – Le preguntó Samuel tratando de sonar calmado.

–  Así es, señor Smith. – Le respondió Norah sosteniendo su penetrante y turbadora mirada.

–  En ese caso, nos reuniremos la próxima semana y así podrás ponerme al corriente de la situación actual. – Le dijo Samuel a Norah dedicándole una de sus implacables sonrisas que derretía a todas las féminas pero que en Norah provocó que ella le desafiara con la mirada. – He de marcharme ya, tengo que subir a un avión en tres horas. – Se despidió Samuel primero de Bill y después de Norah diciéndole con tono divertido en la voz: – Nos veremos la próxima semana, señorita Stuart.

Norah fingió una sonrisa sin apenas esforzarse para que pareciera sincera y decidió no acompañarlo al ascensor, de eso se podía encargar Bill. Se dirigió a su despacho y se maldijo por perturbarse de aquella manera frente al que ya era su nuevo jefe. Sentirse atraída sexualmente por el accionista mayoritario de Events no era una buena idea y por supuesto no era nada profesional, por lo que Norah trató de alejar sus pensamientos de Samuel Smith y decidió concentrarse en seguir revisando información.