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Caprichos del destino 7.

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Tras un largo y frío mes de diciembre combinado con la locura navideña, por fin es 31 de diciembre, el último día del año. Durante este último mes, han pasado muchas cosas. Desde que Jason vino a Barcelona expresamente para hablar conmigo y decidimos ser amigos, hemos hablado por teléfono todos los días. Le cuento cómo ha ido mi día y él me cuenta su día. Hablamos de todo, familia, trabajo, amigos y también de enemigos. Me he puesto al día sobre la Fórmula 1 con la ayuda de Aitor y de Raúl, que me han informado pacientemente. Al parecer, un tal Bjorn Wolf, un alemán del equipo de Wings, es el número 1. Ha ganado tres mundiales consecutivos, el de 2010, 2011 y 2012, mientras que Jason quedó segundo y Marcos quedó tercero. Marcos y Ana han pasado a formar parte de nuestro grupo de amigos. Viven en nuestra misma ciudad y, cómo aún no ha empezado la temporada, Marcos está de vacaciones. Hemos congeniado tan bien con ellos que incluso hemos modificado nuestros planes para fin de año. No podíamos ir con ellos a celebrar fin de año entre la muchedumbre, así que cuando decidimos cambiar los planes Ana se ofreció a darnos la mejor cena y fiesta de fin de año en su casa, a lo que no pudimos negarnos. Alicia también asistirá, el único que faltará será Jason. No lo he visto desde hace tres semanas y me encantaría que esta noche estuviese aquí, pero está en Londres con su familia y me prometió venir después de reyes.

Estoy saliendo de la ducha cuando oigo el timbre de la puerta. Miro el reloj, es demasiado temprano para que Aitor y Raúl vengan a buscarme. Me envuelvo en una toalla que apenas me cubre el pecho y una pequeña parte de los muslos y pregunto al descolgar el telefonillo:

–  ¿Quién es?

–  Creo recordar que alguien quería que esta noche estuviera aquí y, como ya sabe, señorita Moreno, sus deseos son órdenes para mí.

¡Es Jason!

Abro la puerta sin contestar, eufórica y feliz de que Jason esté aquí, de que podamos pasar juntos la noche de fin de año. Un minuto después, las puertas del ascensor se abren y sale Jason con una magnífica sonrisa en los labios. Sin poder contenerme, salgo al rellano y me arrojo a sus brazos sin esperar a que él llegue hasta a mí, estoy demasiado nerviosa.

–  Si llego a saber que enviándote un mensaje vendrías, lo habría hecho mucho antes. – Le confieso mientras él me sostiene entre sus brazos.

–  Si voy a tener este recibimiento cada vez que llegue, puedes estar segura de que vendré. – Me dice bromeando al mismo tiempo que entra en casa cargando conmigo en brazos. – Será mejor que entremos antes de que los vecinos te denuncien por escándalo público. ¿Cómo sales así vestida? Bueno, vestida por llamarlo de alguna manera…

–  Estaba saliendo de la ducha cuando he oído el timbre. – Le contesto. – Y, si mal no recuerdo, acabas de decirme que vendrás siempre que te lo pida si te recibo de la misma manera.

–  La próxima vez espérame así vestida pero dentro de casa. – Me susurra al oído para después besarme en la frente y excitarme aún más de lo que estoy. – Vístete, nos tenemos que marchar pronto si no queremos llegar tarde y que Ana nos mate.

Una hora más tarde, Jason y yo nos estamos bajando de un taxi a las puertas de la increíble casa de Marcos y Ana. Me quedo con la boca abierta nada más verla y Jason sonríe divertido. No es la primera vez que he estado en casa de Ana y Marcos, pero cada vez que vengo me pasa lo mismo, me impresiona tanto que me quedo embobada.

Entramos en la casa y todo está perfectamente decorado para la ocasión. Todos se han enterado que Jason venía de camino, todos excepto yo. Según me ha dicho Jason, lo decidió en cuanto recibió mi mensaje y buscó el primer vuelo que salía hacia Barcelona. Desde el aeropuerto llamó a Marcos para avisarle, quién se lo dijo a Ana y Ana se encargó de decírselo a todo el mundo excepto a mí.

Cenamos entre bromas, risas y anécdotas de tiempos pasados. Cuando empiezan los cuartos, todos nos ponemos en pie para tomarnos las uvas al son de las campanadas. Cuando nos metemos la última uva en la boca, todos gritamos:

–  ¡Feliz año nuevo!

Me abrazo a Jason para felicitarle el año, es al que tengo más cerca y es el primero al que felicito. Tras un largo abrazo, Jason me sujeta por la cintura estrujándome contra su cuerpo y me mira a los ojos con auténtico deseo. Consciente de lo que está pensando, le doy un suave beso en los labios y después le susurro al oído:

–  Ten paciencia, tenemos toda la noche por delante.

Su cara se ilumina, le acabo de afirmar que lo que él desea va a pasar esta noche. Le sonrío maliciosamente y me vuelvo para felicitar el año a todos mis amigos. Cuando llego a Ana, me pregunta al oído para que los demás no puedan escucharla:

–  ¿Acabas de besar a Jason o voy muy borracha?

–  Las dos cosas. – Le respondo divertida y ambas nos echamos a reír.

En ese momento, unas manos que reconozco al instante, me rodean por la cintura. Es Jason. Me abraza desde atrás y nos pregunta:

–  ¿Qué es lo que os parece tan divertido?

–  Cosas de chicas. – Le respondemos Ana y yo al unísono y volvemos a echarnos a reír.

Jason frunce el ceño en señal de desaprobación y yo vuelvo a besarle en los labios, esta vez más larga y apasionadamente que la primera vez.

–  Es fácil hacerte enfadar, pero es más fácil hacerte sonreír. – Le susurro al oído cuando veo que en su rostro se ha vuelto a dibujar esa sonrisa que me tiene loca.

Bailamos y bebemos durante toda la noche. Alicia y Aitor se han enrollado y han desaparecido para dirigirse a una habitación o cualquier otra parte donde tengan un poco de intimidad. Poco después, desaparecen Esther y Víctor, seguidos por Raúl. Cuando ya solo quedamos Marcos, Ana, Jason y yo, me levanto y les digo:

–  Es tarde, yo también voy a subir ya. – Me vuelvo hacia a Jason y le pregunto divertida: – ¿Me acompañas o quieres quedarte un rato más?

–  Estoy seguro de que Jason quiere quedarse un poco más. – Bromea Marcos.

–  Sí, contigo. – Le contesta Jason burlonamente.

Ana pone los ojos en blanco, su manera de decir que esos dos son tal para cual, y nos da las buenas noches.

Jason me coge en brazos y sube las escaleras hacia la planta superior cargando conmigo. Se detiene frente a la puerta de su habitación (la que utiliza siempre que viene de visita a casa de Marcos y Ana), me deposita cuidadosamente de pie en el suelo y me pregunta:

–  ¿Estás segura?

–  Completamente. – Le respondo con rotundidad.

Jason me coge de los muslos por debajo del vestido y coloca mis piernas alrededor de su cintura. Me besa con fuerza, con deseo y excitación. Nuestras manos recorren nuestros cuerpos impacientes. Seguimos besándonos mientras le quito la camisa y le desabrocho los pantalones. Vuelve a dejarme en el suelo y, con la voz grave y ronca de excitación, me ordena:

–  Quítate el vestido, quiero verte desnuda.

Doy dos pasos atrás para separarme de él y, tras lanzarle una ardiente mirada, desabrocho mi vestido y lo dejo caer al suelo, quedándome únicamente vestida con un diminuto tanga de color rojo y los zapatos de tacón de aguja de color negro.

Jason se acerca despacio y empieza a acariciarme los hombros, baja por los brazos hasta llegar a mis manos y sujetarlas para sostenerlas sobre mi cabeza y así tener acceso directo a mis pezones, los cuales se dedica a lamer y darles pequeños mordisquitos que me llenan de placer.

–  Eres perfecta. – Me susurra al oído al mismo tiempo que deja libres mis manos para así poder terminar de desnudarme. Se arrodilla frente a mí y me quita el tanga diminuto lentamente, dejando mi sexo totalmente al descubierto. – Lo llevas completamente depilado, me encanta. – Añade besándome en el monte de Venus. Con el dedo índice, marca un recorrido que va desde mi ombligo hasta el punto exacto de mi placer, el cual estimula presionándolo ligeramente. – Estás húmeda, ¿estás excitada?

–  Mucho. – Logro responder entre gemidos mientras trato de mantenerme en pie.

Jason vuelve a cogerme en brazos y esta vez me tumba sobre la cama.

Nunca habría pensado que se pudiera tener sexo tierno y salvaje a la vez, follar y hacer el amor. Esta noche he descubierto el inmenso placer de fundirme con Jason.

Caprichos del destino 6.

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En vez de llamar a Jason, decido enviarle un mensaje con mi dirección, pidiéndole que venga e informándole de que Ana y Marcos están aquí. Dos segundos más tarde, el teléfono de Marcos ha empezado a sonar y nos ha confirmado que era Jason. Se ha levantado y ha salido a la terraza para hablar con él sin que le escuchemos. Estoy tan nerviosa que ya me he bebido mi copa de vodka. Estoy a punto de servirme la segunda copa cuando Aitor me dice:

–  No creo que quieras estar borracha cuando llegue.

–  Y yo creía que decías que no hay nada mejor que una chica borracha. – Bromeo.

Marcos entra de nuevo en el salón y nos anuncia que Jason está aparcando y no tardará en subir. Cinco minutos más tarde, llaman al timbre. Abro directamente, sin preguntar quién es. Aitor, Ana y Marcos están acomodados en el sofá comiendo palomitas y bebiendo cerveza mientras yo espero en el recibidor, de pie junto a la puerta, a que Jason aparezca.

La puerta del ascensor se abre y el corazón se me acelera. Veo aparecer a Jason, vestido con unos tejanos y una camisa negra, llevando una chaqueta de piel colgando del antebrazo. Me mira fijamente a los ojos y camina lentamente hasta quedar frente a mí, esperando a que le invite a pasar.

–  Hola. – Logro decir apartándome del umbral de la puerta y haciéndole un gesto con la mano para que pase dentro de casa.

–  Sara, lamento mucho lo que mi abogado te dijo pero yo…

–  Lo sé, Ana me lo ha explicado todo. – Le interrumpo. – Están todos en el salón, espero que estés acostumbrado a tener público.

Entramos en el salón y hago las presentaciones oportunas entre Aitor y Jason. Aitor le saluda eufóricamente y Jason le corresponde educadamente, pero manteniendo las distancias.

–  ¿Te divertiste anoche, Ana? – Le pregunta Jason con sorna.

–  Mucho, Sara es muy divertida. – Le contesta Ana burlonamente. – Aunque un tercio de la noche nos la pasamos quitándonos a los hombres de encima.

–  Y el otro tercio de la noche se lo pasaron bebiéndose el alcohol de todos los bares de Barcelona, Víctor me ha llamado esta tarde y me ha dicho que Esther llevaba mala todo el día de lo borracha que se puso.

–  ¡Pero si Esther fue la primera en marcharse! – Exclama Ana divertida.

–  Ahí dónde las ves, acabaron la noche aquí porque ya no les servían alcohol en ninguna parte. – Le informa Marcos a Jason.

–  ¿Eso es vodka? – Me pregunta Jason señalando mi copa, mirándome como si fuera la mayor delincuente que existe.

–  No, es agua con hielo. – Nada más decirlo estallo en carcajadas y todos me siguen, todos excepto Jason que parece bastante enfadado. – Lo siento, demasiada tensión acumulada en un mismo día. Y sí, es vodka. ¿Quieres tomar algo?

–  Lo mismo que tú, gracias. – Me responde para asombro de todos.

–  ¿Me acompañas a la cocina? – Le pregunto para alejarnos del público y poder hablar con él a solas.

Jason asiente con la cabeza, se pone en pie de inmediato y me acompaña a la cocina. Una vez en la cocina, cierro la puerta.

–  ¿Qué les pasa? No hablan, solo comen palomitas. Es como si estuvieran en el cine. – Me dice Jason totalmente desconcertado.

–  Les he prohibido abrir la boca y han decidido hacer palomitas y observar como si estuvieran en un cine. – Le digo tras suspirar sonoramente. – Creo que es mejor que hablemos aquí.

–  Y, ¿si te invito a cenar? – Me pregunta. – Los dos solos. – Aclara rápidamente.

–  Jason, te agradezco todo lo que estás haciendo y lo amable que eres conmigo, pero puedes comprobar que estoy bien y no es necesario que hagas todo esto por el accidente, no ha sido nada.

–  De acuerdo. – Acepta sin rechistar para mi asombro. – Entonces, ¿cenamos juntos esta noche?

–  Pero si acabas de…

–  No lo hago por el accidente. – Me interrumpe. – Simplemente seremos dos amigos que salen juntos a cenar.

–  No creo que sea buena idea que salgamos a cenar.

–  Si lo prefieres, podemos pedir que nos traigan comida a domicilio.

–  No vas a darte por vencido, ¿verdad? – Le pregunto al mismo tiempo que se dibuja una sonrisa en mis labios.

–  No, soy muy persistente cuando quiero algo. – Me responde pícaramente.

¿Está coqueteando conmigo? Me ruborizo cómo solo él consigue ruborizarme. Jason extiende su mano y me acaricia la mejilla, sonriendo al percatarse de mi rubor. Sirvo dos copas de vodka, una para Jason y otra para mí, y regresamos al salón junto a los demás, que nos esperan expectantes.

–  Tengo que irme, he quedado para cenar. – Dice Aitor despidiéndose. Me da un beso en la frente y me dice: – Te he dejado las llaves del coche sobre el mueble del recibidor y, si Alberto regresa, llámame a la hora que sea y le echaré a patadas.

–  Vete y diviértete. – Le digo siendo consciente de que ha quedado con alguna chica y que lo último que desearía es que yo le llamara y le fastidiara el plan.

–  Cariño, ahora que me acuerdo, nosotros también tenemos que ir a cenar a casa de mis padres, les prometí que iríamos a verles cuando regresásemos. – Le dice Marcos a Ana. Se vuelve hacia a Jason y le dice guiñando un ojo descaradamente: – Ya nos veremos luego en casa.

Los tres se marchan y Jason y yo nos quedamos de pie en el salón, mirándonos el uno al otro sin decir nada. Finalmente, Jason es quien rompe el hielo:

–  ¿Te gusta la comida china o prefieres una pizza?

–  Me encanta la comida china. – Busco un folleto del restaurante chino en el cajón de la mesita auxiliar y se lo entrego a Jason. – Pide lo que quieras, a mí me gusta todo.

Una hora más tarde, Jason y yo hemos disfrutado de una agradable cena entre amigos y ambos estamos acomodados en el sofá mientras nos bebemos un chupito de lagarto.

–  Marcos me ha dicho que Ana y tú tenéis una amiga en común, Alicia.

–  Sí, trabajamos juntas en la penitenciaria. – Le contesto. – ¿Supone eso un problema para ti?

–  En absoluto, todo lo contrario. – Se afana en aclarar. – Gracias a ti Ana se pasa el día recordándome que una chica me ha dicho que dé clases de conducir, esos dos se lo están pasando en grande a mi costa con todo esto.

–  Si te sirve de consuelo, yo escucho sermones a donde quiera que vaya. – Le digo divertida, entrechocando su copa con la mía. – Por los pesados de nuestros amigos.

Nos bebemos el chupito de lagarto de un trago y a mí me entra la tos.

–  Puaj, esto está asqueroso. – Me quejo dejando el vaso vacío sobre la mesa mientras Jason no deja de reírse. – ¿Te divierte la agonía ajena? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  Me gusta ver cómo te comportas.

–  ¿Eso es un cumplido? – Pregunto alzando una ceja.

–  Es un cumplido, sin ninguna duda. – Me responde con una sonrisa. – Me gusta ver lo natural que eres, por tu expresión puedo casi saber lo que piensas.

–  Así que soy una chica predecible. – Le digo haciéndome la ofendida.

–  Eres una chica de carne y hueso, con los pies en el suelo y sus principios muy altos, eso es lo que me gusta de ti.

–  ¿Cómo puedes saber todo eso de mí si apenas me conoces?

–  Cualquiera en tu situación hubiera fingido para cobrar una indemnización y tú ni siquiera consideraste esa opción. Mi abogado me ha dicho que te ofreció cincuenta mil euros y lo echaste de tu despacho, después de darle un sutil mensaje para mí. – Añade frunciendo el ceño. – Te enteras de que soy un piloto de Fórmula 1 y me dices que estás dispuesta a firmar un contrato de confidencialidad en el que te comprometes a no reclamar nada más de lo que la compañía de seguros esté dispuesta a darte, que va a ser una cifra ridícula. Sé que trabajas en la penitenciaria como trabajadora social, así que por tu trabajo deduzco que eres una persona que se preocupa por los más desfavorecidos. ¿Quieres que continúe?

–  Por favor. – Le ruego.

–  No conocías a Ana de nada, salvo de verla un minuto el día del accidente. Coincides con ella cuando sales con unas amigas y le ofreces pasar la noche en tu casa, te fías de ella a pesar de que no la conoces, pero es amiga de una amiga tuya y eso te basta para ser generosa con ella. – Me mira directamente a los ojos y añade: – No sé mucho más de ti, pero me gustaría que me dejaras que te conociera mejor.

–  Jason, mi vida últimamente está patas arriba y tú… tú tienes una vida complicada de por sí. – Empiezo a decir. – Vivimos en mundos completamente diferentes.

–  Sé lo de tu ex, Marcos me lo ha contado. – Me confiesa. – Entiendo que no quieras empezar ninguna relación, solo te pido que dejes que nos conozcamos mejor, que seamos amigos. Tengo que volver a Londres el martes y no podré volver hasta pasadas las navidades. En febrero empezamos a entrenar porque en marzo empieza el mundial y mi agenda se vuelve un poco más ajetreada, pero puedo venir a verte cuando tenga un par de días libres seguidos.

–  De acuerdo, pero tendrás que firmarme un autógrafo para mi padre. – Le pongo una condición.

–  Tengo entendido que has quedado con Marcos en ir a visitar a tu padre, creía que yo también iba a estar incluido en esa invitación. – Me dice haciéndose el ofendido.

–  ¿Quieres ir a visitar a mi padre? – Le pregunto atónita.

–  ¿Qué tiene de malo?

–  No tiene nada de malo, pero es raro.

–  ¿Tus amigos conocen a tus padres? – Me pregunta.

–   Eh… Sí, conocen a mi padre. – Le corrijo.

–  ¿Y a tu madre?  – Me pregunta.

–  Mi madre murió hace algunos años y no todos mis amigos la conocieron.

–  Lo siento, no tenía ni idea. – Se disculpa.

–  No te preocupes, no tenías por qué saberlo.

A las once de la noche Jason decide marcharse ya que mañana tengo que trabajar. Le acompaño a la puerta y nos despedimos con un par de besos en la mejilla, aunque me hubiera gustado besarle en los labios. Mi necesidad de sexo se está haciendo más grande. Me hace prometerle que le llamaré mañana cuando llegue a casa del trabajo y desaparece detrás de las puertas del ascensor mientras yo me quedo mirando cómo se va.

Por primera vez en dos meses pienso en rehacer mi vida sentimental, aunque lo descarto de inmediato al pensar que enamorarme de un piloto solo me va a traer problemas.

Caprichos del destino 5.

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El domingo por la mañana me despierto y la cabeza me da vueltas. Creo que no bebía tanto desde que estaba en la universidad. Me levanto y me doy una ducha, la necesito para espabilarme.

Veinte minutos más tarde, estoy en la cocina vestida con unos tejanos y un jersey rosa de cuello alto, preparando café, cuando escucho la puerta del dormitorio de invitados abrirse y recuerdo que Ana se quedó a dormir en casa anoche.

–  Buenos días, ¿has dormido bien? – Le pregunto cuando la veo aparecer con los pelos alborotados y vestida con ropa interior y una camiseta enorme de manga corta que le presté para dormir. – Estoy preparando café, puedes ducharte si quieres. Te prestaré algo de ropa, porque la de ayer tiene que oler tanto a alcohol que debe ser inflamable.

–  Oh Dios, anoche bebí demasiado. – Se lamenta Ana. – Sé que es abusar de tu confianza y de tu hospitalidad, pero necesito esa ducha.

–  Adelante, hay toallas en el baño y puedes coger la ropa que quieras de mi armario. – Me interrumpo al pensar en un conjunto de ropa interior que tengo sin estrenar, un conjunto que me regaló Alberto antes de traicionarme. – Tengo un conjunto precioso que te voy a regalar porque yo jamás me lo pondré, pero es espectacular y estoy segura que te quedará muy bien.

Mientras Ana se ducha y se viste, yo termino de preparar el café y de recoger el salón, dónde aún quedaban pruebas incriminatorias de la noche anterior: una botella de vodka vacía y latas de naranjada a medias, un cenicero a rebosar de colillas y un olor a tabaco y alcohol que me produce náuseas.

–  Si hubieses esperado, te hubiera ayudado a recoger. – Me dice Ana avergonzada.

–  Eres mi invitada, ¿qué clase de anfitriona sería si te dejara ayudarme a limpiar? – Bromeo.

–  Eres una chica especial, Sara. – Me dice divertida. – Ahora entiendo la insistencia de Jason.

–  ¿La insistencia de Jason? – Pregunto con curiosidad.

–  ¿De verdad crees que si te llama y se preocupa por ti es por su amabilidad inglesa? – Me pregunta burlonamente. – No le has pedido nada y aun así él insiste en darte todo lo que necesitas, le gustas. Le gustas más de lo que nunca le ha gustado otra chica, al menos desde que yo lo conozco y de eso hace ya seis años.

–  Lo llamaré si con eso eres feliz. – Cedo finalmente.

–  ¿Qué hora es? – Mira el reloj de pared de la cocina y exclama: – ¡Mierda! El avión de Marcos ya ha aterrizado, probablemente estará a punto de llegar a casa.

–  Tranquila, llámale y dile que estás aquí. – Trato de calmarla.

–  ¿Te importa si le pido que me venga a buscar?

–  Por supuesto que no, no seas tonta. – Le contesto divertida mientras sirvo un par de tazas de café y saco un paquete de pastas del armario.

Una hora más tarde, Marcos, el marido de Ana, llega a casa. Pensaba que la esperaría abajo en la calle, pero ha decidido subir y saludar. Por suerte, viene solo.

–  Encantado de volver a verte, Sara. – Me dice Marcos divertido. – ¿Os divertisteis mucho anoche?

–  Demasiado, me siento como si me hubiese atropellado un camión. – Se queja Ana. – Aunque espero repetirlo, ¿sales muy a menudo con Esther y Alicia?

–  Es la primera vez que salgo de fiesta y me lo paso bien desde que lo dejé con mi ex, así que yo también espero repetir.

–  ¿Tu ex? – Me pregunta Marcos sonriendo.

–  Las flores de su despacho, eran de su ex. – Le informa Ana a su marido.

–  Veo que os habéis ido poniendo al corriente, ¿no? – Les acuso bromeando.

–  Por supuesto. – Bromea Marcos divertido. – También he oído hablar de… ¿cómo era? Ah, sí. El hijo cañón del vecino de tu padre.

Justo en ese momento, el timbre de la puerta suena y voy a abrir. Abro la puerta directamente, sin mirar por la mirilla para ver quién es, y cuando me encuentro con Alberto frente a mí, cierro la puerta de golpe.

–  Mierda. – Exclamo furiosa.

–  ¿Qué pasa? – Pregunta Ana.

–  Mi ex, está en la puerta. – Respondo histérica.

Marcos se pone en pie decidido a ir hacia a la puerta cuando se empiezan a escuchar voces en el rellano, seguido de varios golpes y un estruendo final.

–  Sara, ¿estás ahí? Abre la puerta, soy Aitor. – Escucho la voz de Aitor al otro lado.

Abro la puerta inmediatamente y Aitor entra en casa hecho una furia, con un golpe en el labio que está empezando a sangrar.

–  ¿Estás bien? – Me pregunta. Y, sin esperar respuesta, espeta furioso. – ¿Qué parte no entiende ese hijo de puta de que no le quieres ver? Deberías denunciarlo por acoso. Venía a darte las llaves del coche y me lo he encontrado en el rellano dando voces.

–  Aitor, tranquilo. – Trato de calmarle.

–  Vaya, así que éste es tu amigo Aitor. – Comenta Ana asomándose al recibidor.

–  ¿Quién es esta preciosidad? – Pregunta Aitor con su sonrisa más seductora.

–  Es Ana, una amiga. – Abrevio. – Creo que te interesa saber que su marido está en el salón. – Le aviso antes de que se arme otra pelea.

–  ¿Casada? Tu marido es un hombre con suerte. – Comenta Aitor divertido.

–  Lo soy. – Opina Marcos, que también se ha acercado al recibidor. – Tú debes ser uno de los pretendientes de Sara, ¿no? Por lo que he oído, tiene muchos.

–  ¡Joder, es Marcos Roldán! ¿Qué hace él en tu casa? – Me pregunta eufórico.

–  ¿Le conoces? – Pregunto sorprendida.

–  ¡Todo el mundo conoce a Marcos Roldán! – Exclama Aitor.

–  ¿Alguien me lo puede explicar? – Les pido molesta.

–  ¿No sabe nada? – Le pregunta Marcos a Ana.

–  No, no me lo ha preguntado y tampoco ha salido el tema, así que no le he dicho nada. – Dice Ana encogiéndose de hombros.

–  ¿Qué es lo que no sé? – Insisto.

–  Sara, Marcos Roldán es un piloto de Fórmula 1, ¡no me puedo creer que no lo conozcas! – Me espeta Aitor como si hubiera cometido el mayor de los pecados.

–  Pues ya podrías darle unas cuantas clases de conducir a tu amigo. – Le digo bromeando a Marcos, que sonríe divertido. – Y tendrás que firmarme un autógrafo para mi padre, me matará si se entera que un piloto de Fórmula 1 ha estado en mi casa y no le he pedido un autógrafo para él.

–  Te propongo una cosa mejor. – Me dice Marcos con una sonrisa malévola en los labios. – Le hacemos una visita a tu padre y le firmo ese autógrafo en persona y a cambio tú llamas a Jason y dejas que se disculpe por lo que el idiota de Erik te dijo.

–  Cuando hablas de Jason, ¿te refieres a Jason Muller? – Pregunta Aitor atónito.

–  Joder, ¡conoces a todo el mundo! – Le reprendo sin motivo. – Ese es el tipo que me embistió con el Lexus y que ha destrozado mi Golf, ¿de qué lo conoces?

–  ¿Qué? ¿Jason Muller fue con el que tuviste el accidente? – Aitor está histérico y parece que se le vayan a salir los ojos de las cuencas oculares. – No me lo puedo creer, ¿le has dicho a un piloto de Fórmula 1 que aprenda a conducir?

–  No, le he dicho a un piloto de Fórmula 1 que enseñe a su amigo a conducir. – Le aclaro.

–  Sara, cariño. – Me dice Ana rodeando mi cintura con su brazo y guiándome hacia el salón para sentarse conmigo en el sofá. – Jason es el compañero de equipo de Marcos, también es un piloto de Fórmula 1.

Me quedo muda. En cualquier otro momento de mi vida me hubiera puesto a dar saltos y a gritar como una quinceañera en el concierto de su ídolo, pero en este momento de mi vida lo único que me apetece es meterme en la cama, taparme la cabeza con las sábanas y no despertar nunca.

–  Creo que se hubiera tomado mejor que le hubiéramos dicho que Jason es un asesino en serie. – Dice Marcos rompiendo el silencio. – ¿Estás bien, Sara?

–  Mi ex es periodista deportivo, no os interesa tenerme cerca. – Les contesto fríamente levantándome del sofá y dirigiéndome a la cocina para beber un vaso de agua. Regreso al salón un poco más serena y les digo a Ana y Marcos: – Decidle a Jason que no se preocupe por nada, que está todo bien y el malentendido ha sido aclarado. Que le diga a su abogado que me envíe el contrato de confidencialidad por lo del accidente y se lo firmaré.

–  Será mejor que eso lo hables directamente con él, estoy seguro de que vendrá a verte de aquí a un rato. – Me sugiere Marcos.

–  ¿Le has dado mi dirección? – Le pregunto indignada.

–  No, nada más aterrizar Jason se ha ido a ver a Erik. – Me explica Marcos. – Si Erik averiguó dónde trabajas debe saber dónde vives y, cómo tú no le has devuelto la llamada a Jason… Suma dos más dos.

–  Genial, sencillamente genial. – Me lamento dejándome caer en el sofá.

–  Ya os lo he dicho, es un hueso duro de roer. – Sale en mi defensa Aitor. – Cualquier otra chica se arrojaría a los brazos de Muller, sin embargo ella pretende evitarlo.

–  Creía que ibas a defender mi postura, pero ya veo que te has vendido. – Le recrimino.

–  Yo también creía que cuando te enteraras de la profesión de Jason caerías rendida a sus pies, sin embargo no es así. – Se lamenta Ana.

–  Ana, mi vida ya es bastante complicada en este momento como para complicarla más. ¿Qué tengo que hacer para que dejéis de decirme una y otra vez que me busque un novio? Hace dos meses que terminé con mi última relación, la cual no terminó nada bien. No me apetece entrar en otra relación, no quiero que me andéis buscando un novio cada vez que doy media vuelta. ¿Tan difícil de entender es que quiero estar soltera? – Me desahogo a gusto y todos se quedan en silencio sin saber qué decir. – Lo siento, estoy un poco estresada últimamente. – Miro a Aitor y le digo: – Anda, coge un poco de hielo del congelador y póntelo en el labio antes de que se te hinche como el de un besugo. – Me vuelvo hacia a Ana y Marcos y, tras pensarlo durante un segundo, les digo: – Voy a llamar a Jason y le voy a pedir que venga. Le voy a decir que ya hemos aclarado el malentendido y que se puede quedar tranquilo en lo que a mí respecta, pero como oiga algún comentario fuera de lugar, y sabes a lo que me refiero Ana, seré vuestra peor pesadilla. Y, para que no os lo toméis a broma, os advierto que tengo contactos en la penitenciaria, puedo acceder a vuestro expediente criminal y tengo licencia de armas.

–  Seremos una tumba. – Sentencia Marcos divertido.

–  Sara, con tu permiso voy a hacer palomitas. – Me dice Aitor sonriendo. – Ya que no podemos hablar, al menos fingiremos que estamos en el cine.

Todos estallan en carcajadas, todos excepto yo. A pesar de la resaca, decido servirme una copa. Aitor y Marcos optan por una cerveza y Ana sólo quiere agua, solo de pensar en alcohol dice que le marea.

Caprichos del destino 4.

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A la mañana siguiente, cuando me despierto, decido encender el móvil. Efectivamente, hice bien en apagarlo. Tengo siete llamadas perdidas de Alberto, con sus correspondientes mensajes de voz en el contestador. Los borro sin escucharlos, sé lo que me dice en cada uno de ellos, lleva dejándome mensajes de voz desde el día que me traicionó y no ha variado en nada sus palabras. También tengo una llamada perdida de Jason, de ayer por la noche. Ha dejado un mensaje de voz y, pese a lo furiosa que estoy, decido escucharlo: “Sara, soy Jason. No sé qué te ha dicho mi abogado para que me mandes a la mierda, pero te aseguro que no sabía nada al respecto. El sábado regresé a Londres y le pedí que se ocupara del papeleo con la aseguradora por lo del accidente, ni siquiera sé cómo ha logrado encontrarte. Regreso el domingo a Barcelona, llámame cuando oigas el mensaje y lo aclararemos.”

Parecía nervioso y preocupado, pero aun así mi nivel de ira no baja.

El sábado por la noche me voy a tomar unas copas con Esther y Alicia, que se han empeñado en organizar una salida de chicas porque la traidora de Alicia le ha contado a Esther que Alberto me llenó el despacho de flores. Alicia ha dicho que vendría con una amiga. Su amiga está casada pero su marido está fuera de viaje de negocios o algo de eso. Según me ha dicho Alicia, el marido de su amiga viaja mucho por trabajo y ella lo acompaña a todas partes, así que no tienen muchas ocasiones para reunirse entre amigas. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido que su amiga se vuelva antes de un viaje en el que acompañaba a su marido para poder estar aquí el fin de semana y salir de marcha con nosotras. ¡Pobre criatura, no sabe dónde se ha metido!

Quedamos a las ocho de la tarde en el bar de Pepe, el tío de Esther, que cada vez que venimos nos empieza a poner tapas y cañas como si no hubiera un mañana. Siempre que venimos al bar de Pepe, salimos borrachas.

Cuando llego al bar, Esther y Alicia ya han llegado, y también la amiga de Alicia, una chica morena con el pelo rizado que está sentada de espaldas a la puerta del local.

–  Ya era hora, guapa. Estaba empezando a pensar que no vendrías. – Me espeta Esther señalando su reloj. – ¿Por qué has tardado tanto?

–  Tenía que devolverle el coche a Aitor y me he retrasado un poco. – Me excuso. Saludo a Esther y a Alicia y cuando me vuelvo para saludar a la amiga de Alicia me encuentro con una cara familiar, la cara de la mujer del amigo de Jason, la pareja que vino a buscarlo cuando tuvimos el accidente. – Hola, otra vez. – Le digo sorprendida.

–  ¿Os conocéis? – Preguntan Esther y Alicia al unísono.

–  El mejor amigo de mi marido tuvo un accidente con Sara la semana pasada y nos conocimos allí. – Les explica la amiga de Alicia. Se vuelve hacia a mí y me dice con una sonrisa cordial: – Soy Ana, y me alegro de volver a verte. ¿Cómo estás?

¿Cómo sabe mi nombre? Se lo habrá dicho Jason, o puede que Alicia.

–  Estoy bien, gracias.

–  El abogado que echaste de tu despacho el miércoles, ¿era el abogado de Jason? – Pregunta Alicia atónita. ¿Alicia conoce a Jason?

–  El mismo. – Responde Ana divertida. – Tendrías que haber visto su cara cuando le llamó su abogado y le dio tu mensaje. Tengo que decirte que yo hubiera hecho lo mismo, pero Jason ni siquiera sabía que su abogado fue a verte. Es la primera vez que le he escuchado gritar de lo furioso que estaba, y tengo que decirte que suele enfurecerse con bastante regularidad, pero nunca de esa manera. Por cierto, creo que sigue esperando tu llamada. – Añade como quién no quiere la cosa.

–  No es necesario que le llame, ya le dije que iba a tramitarlo todo a través de mi compañía y que no iba a reclamar daños. – Le contesto enfadada. – Y no quiero hablar de eso.

–  Otro tema tabú. – Se queja Esther. – No podemos hablar de Alberto, que por cierto me he enterado que el miércoles te llenó el despacho de flores. Ni tampoco podemos hablar del tipo que te embistió que, si está bueno, quizás su disculpa te pueda alegrar el día.

–  ¡Esther! – La reprendo mientras Alicia y Ana se echan a reír.

–  Chica, que susceptible estás últimamente. – Se queja Esther. – El domingo pasado la acompañé a casa de su padre y el hijo cañón del vecino la invitaba constantemente a todas partes, a lo que Sara respondió con evasivas. Tengo novio y os puedo asegurar que lo quiero muchísimo, pero si el hijo cañón del vecino del padre de Sara me invitara a salir aceptaría sin pensarlo.

–  Parece que tienes muchos pretendientes, Sara. – Me dice Ana divertida. – Veamos, está tu ex que te llena el despacho de flores, un amigo que te presta el coche, el hijo cañón del vecino de tu padre y un inglés gruñón que debe estar al borde de un ataque de nervios porque no le devuelves la llamada.

–  Si tienes que elegir, quédate con el inglés gruñón. – Me aconseja Esther. – A Alberto ya lo has probado y no te pierdes nada. Aitor es un buen tipo y un buen amigo, si solo buscas echar un polvo resultará un poco incómodo cuando después te lo encuentras constantemente en todas partes y corres el riesgo de encapricharte. El hijo cañón del vecino de tu padre es una buena opción, pero siempre estará ahí. Ve a por el inglés gruñón, si sale bien será estupendo y si sale mal él se volverá a Inglaterra y no tendrás que verle y puedes utilizar al hijo cañón del vecino de tu padre para consolarte, porque siempre está ahí, comiendo de tu mano.

–  Qué retorcida eres, Esther. – Digo asombrada. – Está claro que no pienso volver con Alberto. En cuanto a Aitor, sabes que no me enrollaría nunca con un amigo. David, como has dicho, siempre está ahí, pero no hay chispa entre nosotros, al menos no por mi parte.

–  Y, ¿qué me dices de Jason? – Sugiere Alicia.

–  Buf. – Resoplo. – Creo que necesito una copa.

–  Eso no es un no. – Aclara Esther.

–  Tampoco es un sí. – Opina Ana.

–  Chicas, hace dos meses yo era feliz con el desgraciado de Alberto, ahora mismo lo único que me apetece es mantenerme alejada de cualquier relación. Aunque un poco de sexo no me vendría mal, quizás debería llamar a David.

–  Llama a Jason y dale una oportunidad. – Me aconseja Alicia. – Si hubiera demostrado el menor interés por mí te aseguro que ahora mismo estaba casada con él.

–  Lo que tú llamas interés yo lo llamo coacción y soborno. – Protesto indignada.

–  Eso fue lo que hizo Erik sin que Jason estuviera al corriente y mucho menos lo aprobara. – Me recuerda Ana, que defiende a su amigo inglés a muerte. – Jason no es de los que se encaprichan de mujeres. Sale de fiesta y se divierte, por supuesto, y también se divierte con chicas, pero no las llama por teléfono para interesarse por su estado de salud, ni se ofrece a ocuparse de cualquier imprevisto que le surja para facilitarle la vida. Ha visto algo en ti que no había visto en ninguna otra chica en sus veintinueve años. Como ha dicho tu amiga Esther, si sale mal él se marchará a Londres y no tendrás que verle.

–  Incluso puedes llevarte un buen polvo de recuerdo. – Me anima Esther.

–  Dejadme en paz, que sois las tres unas liantas. – Les digo para después beberme mi caña de un solo trago. – Creo que necesito emborracharme si voy a pasarme la noche escuchando vuestros consejos.

Efectivamente, acabo emborrachándome. Todas acabamos emborrachándonos. La primera en irse a casa es Esther, alegando que va a llegar más tarde que Víctor a casa y si la ve en ese estado se enfadará. La siguiente en marcharse es Alicia, que mañana tiene una comida familiar para celebrar el cumpleaños de su sobrino. Finalmente, Ana y yo decidimos tomarnos la última copa antes de marcharnos a casa. Ana es una chica divertida, simpática y buena persona. No hemos vuelto a hablar de chicos desde que hemos llegado al pub, dónde ahora nos hemos quedado a solas. Cuando el camarero del pub nos informa que están a punto de cerrar, Ana me dice que no tiene ganas de dar por finalizada la noche y la invito a casa para tomarnos allí otra copa. Diría la última copa, pero esta noche no parece que se vaya a acabar nunca.

Caprichos del destino 3.

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Aitor cumple su promesa y me presta su coche entre semana para poder ir al trabajo hasta que yo me compre un coche nuevo. Puede que Aitor no sea el mejor de los amigos en cuanto a consejos se refiere, pero sí que lo es a la hora de hacer favores, sobre todo si se trata de prestar su coche. No es que no le gusten los coches, porque le gustan, es solo que prefiere que otros le lleven. Según él, si tiene coche es para usarlo el fin de semana y así poder llevar a sus ligues dónde le dé la gana.

–  Ya sabes que sólo tengo coche para poder hacerte un favor cuando lo necesitas. – Me dijo bromeando cuando se lo pedí prestado por enésima vez.

Como ya he dicho, mi viejo Golf tiene más de veinte años y si seguía funcionando era gracias a mi padre, que se encargaba de arreglar cualquier avería que tuviera, lo cual ocurría frecuentemente y siempre terminaba pidiéndole a Aitor que me prestara su coche.

El miércoles, cuando llego a mi despacho en la penitenciaria, lo encuentro lleno de ramos de flores, rosas blancas, rojas y amarillas, orquídeas de color violeta, azucenas azules, margaritas amarillas y otras mil especies distintas que no sé identificar. Busco entre todas ellas, pero no encuentro mis favoritas: lirios blancos. Tal y como entro en el despacho, Alicia entra detrás de mí y me dice:

–  No han dejado de llegar ramos de flores desde las ocho de la mañana. ¿Qué celebras hoy? Porque tu cumpleaños no es.

Alicia es mi ayudante, aunque en estos tres meses nos hemos hecho buenas amigas y prácticamente nos lo contamos todo. Por supuesto, también le he contado la traición de Alberto.

Pienso en los ramos de flores, pero nada se me ocurre para imaginar por qué en mi despacho hay un centenar de ramos. No es mi cumpleaños. Hoy es 5 de diciembre de 2012, ninguna fecha importante, al menos ninguna que recuerde. Me encojo de hombros a modo de respuesta y cojo la tarjeta de uno de los ramos de rosas blancas para leerla: “Te echo de menos, te quiero y necesito que me des otra oportunidad, te prometo que no la desaprovecharé. A.” No me lo puedo creer, son de Alberto.

–  ¿Son de tu ex? – Me pregunta Alicia cómo si me hubiera leído la mente.

–  Sí, al menos éste sí que lo es. ¿Todos los ramos tienen tarjeta?

–  Sí. – Me responde Alicia. – ¿Qué quieres que haga con los ramos?

–  Deshazte de ellos, por favor. – Le ruego. – Te los puedes llevar a casa, regalárselos a quien te plazca o tirarlos a la basura, me da igual. Pero no quiero tenerlos aquí.

–  Son muchos ramos, me llevará un rato… – Se interrumpe de repente y me dice: – Por cierto, hay un tipo esperándote. Dice que es abogado y creo que me ha dicho que se llama Erik Petersen, ¿le conoces?

–  No, no tengo ni idea. – Le contesto con sinceridad. – Hazle pasar, a ver qué quiere.

Alicia desaparece rápidamente de mi despacho y escasos segundos después aparece seguida de un tipo de unos cuarenta años de edad, con un traje de Armani, demasiado bien vestido para ser el abogado de cualquiera de los presos con los que trabajo.

–  Señorita Moreno, encantado de conocerla. – Me dice tendiéndome la mano.

–  Por favor siéntese, señor Petersen. – Le digo estrechándole la mano. – Cuénteme, ¿en qué puedo ayudarle?

–  En realidad, vengo a ayudarla a usted. – Me responde con una sonrisa maliciosa. – Soy el abogado del señor Muller. Si no lo recuerda, es el tipo que chocó con usted el pasado viernes por la noche.

–  Lo recuerdo perfectamente. – Le respondo a la defensiva. ¿Por qué Jason me dice que le llame si necesito cualquier cosa y después me envía a su abogado? – ¿Hay algún problema, señor Petersen?

–  Ninguno. – Me responde de inmediato. – Llevo todas las gestiones del señor Muller y me ha pedido que me haga cargo de todo el papeleo con la aseguradora, la cual me ha indicado que no ha iniciado ninguna acción de reclamación de daños físicos, ¿es correcto?

–  Así es, cómo puede comprobar, estoy perfectamente.

–  No obstante, el señor Muller me comentó que se hirió en la frente… – Se interrumpe y me pregunta cambiando de tema totalmente: – Todas esas flores, ¿es su cumpleaños?

–  Fue un corte de nada. – Le digo señalando la pequeña herida en mi frente. – Señor Peterson, no quiero ser grosera, pero tengo mucho trabajo. ¿Puede decirme a qué ha venido?

Lo último que me apetece ahora es explicarle quién me ha enviado las flores y por qué, es algo en lo que ni siquiera quiero pensar.

–  Venía a ofrecerle una indemnización por los daños causados, ya que imagino que se habrá quedado sin coche y querrá reclamarlos.

–  Ya le dije al señor Muller que no voy a reclamar nada, entre las compañías aseguradoras se pondrán de acuerdo y quedaré conforme con lo que decidan indemnizar.

–  ¡Oh, vamos! Estoy seguro de que un dinerito extra le vendrá bien y ambos sabemos que terminará reclamando una indemnización, sobretodo sabiendo quién es el señor Muller y el dinero que tiene. – Me dice con arrogancia. – ¿Cuánto quiere? ¿Cincuenta mil euros le parece una buena cifra? A alguien como a usted le vendría muy bien el dinero.

–  ¿A alguien como yo? – Pregunto estupefacta.

–  A mí no trate de engañarme, señorita Moreno. – Me dice con prepotencia. – Solo le estamos poniendo las cosas más fáciles. Usted recibe una indemnización extra y a cambio me firma éste documento en el cual se compromete a mantener lo ocurrido en confidencialidad absoluta. Seguro que hay alguna cifra en que ambas partes nos pongamos de acuerdo.

–  Cómo ya le he dicho, no quiero dinero. – Le repito furiosa. ¿Quiénes se han creído que soy?

–  Si hay algo que he aprendido trabajando para el señor Muller es que todo el mundo tiene un precio, señorita Moreno. – Insiste el abogaducho. – Estoy seguro de que hay algo que pueda hacer por usted para que todo esto quede entre el señor Muller, usted y yo.

–  Pues sí, hay algo que puede hacer por mí. – Le respondo poniéndome en pie. – De hecho, le voy a pedir dos cosas. Ya sabe, alguien tan ambiciosa como yo, no puede desaprovechar una oportunidad así.

–  Estaré encantado de complacerla. – Me contesta satisfecho. – ¿Qué desea, señorita Moreno?

–  La primera es que salga de mi despacho antes de que me vea obligada a llamar a seguridad, los cuales no son muy amables que digamos. – Le digo furiosa. – Y la segunda es que le diga al señor Muller de mi parte que se vaya a la mierda. Podría utilizar el teléfono para decírselo, pero creo que usted es el canal más apropiado, dadas las circunstancias. Y ahora, si me permite, tengo trabajo que hacer.

El señor Erik Petersen se levanta descolocado y sale del despacho todavía más confundido. Menudo imbécil. Y el otro todavía más imbécil aún. Me pide que le llame y luego me envía a su abogado de pacotilla.

Sin dar más vueltas a lo que acaba de pasar, cojo mi bolso y me dirijo a la sala de vistas para la condicional, dónde hoy hay una vista para determinar si le conceden la libertad condicional a Manuel Castro o, como todos le conocen, “el Lolo”. El Lolo es un pequeño delincuente común, la mayoría de sus antecedentes son por hurtos o robos sin violencia física a terceras personas, lo cual ha hecho que por eso tenga opción a solicitar la libertad condicional. Es un hombre que se preocupa por su familia y la quiere, en la penitenciaria se ha hecho amigo de todo el mundo, cosa bastante difícil de conseguir. En dos años que lleva aquí no se ha metido en ningún altercado y participa positivamente en todos los talleres y ocupaciones del programa, lo cual lo hace un candidato estupendo para la condicional, siempre que el fiscal esté conforme en dársela. El Lolo entró en prisión por robo con arma de fuego en una sucursal bancaria. No mató ni hirió a nadie, ni siquiera llegó a disparar el arma. Su abogado está alegando enajenación mental transitoria, ya que en esas fechas le habían detectado una rara enfermedad a su hija y el único tratamiento posible para esa enfermedad solo se ofrecía en Houston. El Lolo intentó atracar la sucursal con el fin de obtener el suficiente dinero para poder enviar a su hija al hospital de Houston, aunque no lo consiguió. El caso llegó a los medios de comunicación, quienes vendieron la historia como la de un padre coraje, lo cual hizo que algunas asociaciones y mucha gente anónima hiciera donaciones para enviar a la pequeña a Houston. Dos años más tarde, la pequeña ya está casi curada y su padre probablemente pueda recuperar su libertad, aunque condicionada.

La vista va rápida. El fiscal tiene demasiada presión mediática y social y no pone muchas trabas. Entrego todos los informes que he preparado sobre el Lolo, donde menciono su capacidad de adaptación al entorno, su buena conducta y su positiva participación en los talleres. Finalmente, la fiscalía le otorga la libertad condicional.

Felicito a Lolo por su nueva libertad y le recuerdo el procedimiento a seguir, haciendo hincapié en que no puede salir del país ni puede ir armado, lo cual anularía su condicional y volvería preso ipso facto. El Lolo me abraza eufórico y me dice sonriendo:

–  No pienso cagarla, no te preocupes. Solo quiero estar con mi familia, buscaré un trabajo y seré un chico bueno, te lo prometo.

–  Eso espero, no me gustaría tener que verte por aquí. – Le respondo.

Un día largo y complicado, pero por fin se ha acabado mi jornada laboral y puedo regresar a casa. Cuando llego a casa me doy un baño de espuma mientras me bebo una copa de vino tinto. Tengo el móvil desconectado desde esta mañana cuando he entrado en mi despacho y he visto los ramos de flores, no tengo ninguna intención de hablar con Alberto, así que no pienso encender el móvil hasta mañana por la mañana.

Caprichos del destino 2.

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Al día siguiente me despierto con resaca, pero al menos estoy en mi cama. El incesante sonido de mi móvil me obliga a levantarme y cogerlo para responder la llamada. Es mi padre. Supongo que cuando ha visto el coche se ha preocupado, lo cierto es que ya puedo ir haciéndome a la idea de comprar un coche nuevo. Por suerte, tenía algo de dinero ahorrado, aunque no lo suficiente para comprar un coche nuevo.

Tras una hora al teléfono con mi padre asegurándole que no tengo ningún rasguño (he omitido el hecho de que un cristal me hiciera un corte en la frente), he conseguido convencerle y ha colgado después de hacerme prometer que mañana iré a Sitges a verle. Como Víctor trabaja, le pediré a Esther que me acompañe, así podremos pasar el día juntas, como hacíamos antes de que Alberto y yo rompiéramos.

Después de comer me siento en el sofá a ver una película y alguien me llama desde un número que no reconozco.

–  ¿Sí? – Contesto al descolgar.

–  ¿Sara? Soy Jason. – Escucho la voz con acento anglosajón al otro lado del teléfono. – El que te embistió con el coche ayer por la noche.

–  Hola. – Logro decir medio aturdida.

–  ¿Cómo estás? – Me pregunta con naturalidad.

–  Eh… Si te refieres a lo del accidente, estoy bien. – Le contesto amablemente.

–  Solo quería asegurarme. – Me dice tras resoplar. – Si hay algo que pueda hacer…

–  Todo está bien, no tienes que preocuparte de nada. Las compañías de seguros se pondrán de acuerdo para arreglar los coches.

–  Aun así, me gustaría que me llamaras si necesitas alguna cosa. – Insiste.

–  De acuerdo, lo haré. – Miento. ¿Para qué le voy a llamar? Lo único que se me antoja no se lo puedo pedir, sería demasiado incorrecto para un inglés educado.

–  Ahora tengo que colgar, estoy un poco liado, pero llámame para lo que necesites. – Me dice mientras la voz de una mujer a lo lejos reclama su atención. ¿Uno de sus ligues? – Adiós, Sara.

–  Adiós. – Digo con un hilo de voz antes de colgar.

Pero, ¿qué me pasa? Solo he oído su voz y todo mi cuerpo está temblando como si fuera una adolescente de quince años. Creo que necesito sexo urgentemente.

El domingo voy con Esther a visitar a mi padre. Revisamos el coche, el cual a la luz del día parece más destrozado de lo que me pareció el viernes por la noche.

–  Va a salir más caro arreglarlo que comprar uno nuevo. – Se lamenta mi padre. – Sé que te encanta este coche, Sara, pero tienes que deshacerte de él. Lo mejor es que compres un coche nuevo. La aseguradora te indemnizará por un pequeño importe que puedes dar de entrada en un concesionario.

–  Supongo que no me queda otro remedio. – Digo resignada.

Después de comer aparece Diego, el vecino y mejor amigo de mi padre, y su hijo David. Es comisario de la policía local de Sitges y su hijo también es agente de la policía local de Sitges. David es cuatro años mayor que yo y vive en un pequeño apartamento en Vilanova i la Geltrú, una pequeña ciudad a escasos 10km de Sitges. Nos conocemos desde hace unos siete u ocho años y hemos tenido alguna que otra relación sexual esporádica y sin compromiso, nada serio. Somos buenos amigos y me siento a gusto con él, pero entre nosotros no hay esa chispa que nos haga vibrar, no siento mariposas en el estómago cuando le veo ni me tiemblan las piernas al escuchar su voz.

–  ¡Sara, estás guapísima! – Exclama David saludándome con un efusivo abrazo. – ¿Cómo estás? Mi padre me acaba de decir que tuviste un accidente.

–  Estoy bien, no fue nada. – Le quito importancia y cambio de tema: – ¿Te acuerdas de mi amiga Esther, verdad?

–  Por supuesto. – Responde David saludando a Esther con un par de besos en la mejilla. – ¿Qué tal estás, Esther?

–  Vaya, no tan bien cómo tú. – Le dice Esther con coquetería.

Pongo los ojos en blanco y paso directamente al salón para saludar a Diego. A Esther siempre le ha atraído David, sobre todo con el uniforme puesto. Ella lo llama su amor platónico y siempre que lo ve suelta algún comentario subido de tono. A mí nunca me ha importado, con el tiempo incluso ambas lo premeditamos para hacer que David se sonroje, lo cual no es nada difícil.

Saludo a Diego y, tras saludarme, me dice con reprobación:

–  Deberías haber llamado a la policía, los ricos se creen que pueden hacer lo que quieran.

–  El tipo me ha dado todos los datos, insistió en llamar a una ambulancia para que me hicieran un chequeo, se ofreció a llevarme a dónde necesitara y ayer me llamó para preguntarme cómo me encontraba, creo que todo eso es más que suficiente. – Lo justifico. – De hecho, creo que es exageradamente innecesario.

–  Seguro que iba bebido. – Persiste Diego. – Deberías haber llamado a la policía.

–  Déjala, papá. – Sale David en mi defensa. – Lo importante es que no ha pasado nada grave.

–  Lo único grave es mi querido Golf. – Me lamento.

–  Pues yo me alegro. – Dice Esther. – Ese cacharro no es nada fiable y, aunque a ti te encante, es horrible. Deberías comprarte el nuevo Golf, eso sí es un coche y no el trasto ese al que solo le hacen falta dos caballos y un látigo para que ande de lo anticuado que está.

–  ¡Eh, no te metas con mi Golf! – Le reprendo fingiendo estar ofendida.

–  Hija, Esther tiene razón. – Me dice mi padre encogiéndose de hombros. – Necesitas un coche más seguro.

Paso gran parte de la tarde escuchando las opiniones sobre qué coche debería comprar, siendo los seleccionados el nuevo Golf, un Megane o un Astra. Escucho sin demasiada atención los consejos que Diego y David me dan sobre los préstamos de los concesionarios, los tipos de interés y no sé qué más cosas relacionadas. Mi mente está a años luz del salón de casa de mi padre, está concentrada analizando la conversación telefónica que he mantenido con Jason. ¿Qué ha querido decir con eso de “llámame para cualquier cosa que necesites”? ¿Me estaba insinuando algo? No lo creo, de haber sido así me lo hubiera dicho directamente, ¿no? Y, si decidiera llamarle, ¿qué le diría? “Hola, Jason. ¿Te apetece que salgamos a cenar y lo que surja? Ni de coña, no pienso llamarle.

No sé de qué me preocupo, acabo de salir de una relación y lo último que deseo es meterme en otra, pero mi mente se embala y piensa por libre.

–  Sara, ¿estás bien? – Me pregunta David devolviéndome a la realidad.

–  Sí, perdona, me he distraído. – Me disculpo.

–  Te decía que puedo acompañarte el próximo sábado al concesionario, así puedes echar un vistazo para decidirte. – Me propone David.

–  Gracias David, pero creo que de momento voy a esperar un poco.

–  ¿Cómo vas a ir al trabajo? – Me pregunta Diego.

–  Aitor se ha ofrecido a prestarme su coche, no lo utiliza entre semana porque trabaja al lado de casa y además vive en el edificio de en frente del mío, así que de momento me apañaré. – Le respondo.

Si hay algo que detesto de venir de visita a casa de mi padre es someterme a sus interrogatorios y a los de Diego, son insufribles.

Por suerte, Esther sale en mi ayuda, mira su reloj y, levantándose del sofá, les dice todo lo cordial que puede parecer:

–  Se ha hecho tarde, deberíamos irnos ya.

Me levanto en el acto, me despido de todos y diez minutos más tarde estoy con Esther en su coche, a salvo y de camino a casa.

Caprichos del destino 1.

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Como todos los viernes, salgo del trabajo a las tres en punto de la tarde. Hace tres meses, el ministerio del interior me delegó la asistencia social de la penitenciaria y desde entonces tengo un despacho allí. Al principio el edificio me impresionaba, tan lúgubre, de pocas ventanas y todas ellas con barrotes de hierro. Vivir en un lugar así deprimiría hasta al hombre más alegre y optimista del planeta. Por suerte, los presos menos peligrosos tienen a su disposición talleres de rehabilitación social los cuales, además de mantenerles ocupados, también forman parte de un programa de reinserción social.

Un mes más tarde de recibir mi ascenso, pillé al que era mi novio desde hacía dos años enrollándose con otra chica en una fiesta a la que yo no podía asistir por lo ocupada que me tenía el trabajo. Pero, caprichos del destino, terminé pronto y pude pasar por la fiesta. Cuando llegué a la casa de uno de los compañeros de Alberto, mi ex, donde se celebraba la fiesta, fui en su busca y lo encontré en uno de los dormitorios, sin camiseta y besando a otra. A Lorena Ibarra, ni más ni menos. Lorena es una antigua compañera de instituto con la que nunca congenié, de hecho se puede decir que en el instituto éramos rivales, cosas de la adolescencia. Nada más abrir la puerta, ambos se miraron y al verme se separaron el uno del otro con brusquedad. No les dije nada, tan solo di media vuelta y me marché. Alberto corrió detrás de mí, jurándome que no había pasado nada, que solo se habían dado cuatro besos y por culpa del alcohol. Aun así, no me molesté en escucharlo. Puede que solo se hubieran dado cuatro besos, pero solo porque yo les había interrumpido antes de que llegara a pasar algo más.

Entre el estrés de mi nueva responsabilidad laboral y el dolor por la traición de Alberto, llevo dos meses yendo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Mis amigos empiezan a desesperarse y a perder la paciencia ante mis constantes negativas y, como ya no me quedaban excusas, les he prometido que hoy me reuniría con ellos en casa de Raúl, donde hemos quedado para cenar y hablar de la celebración de fin de año. ¡Cómo si yo estuviera para celebraciones!

Tras llegar a casa, comer, limpiar y ducharme, me visto y salgo a la calle. He aparcado en frente del portal del edificio, hoy he tenido suerte. Me siento al volante de mi viejo Golf de color azul marino, el pobre sobrevive tras veinte años de existencia gracias a que mi padre, mecánico de profesión, se encarga del mantenimiento.

Raúl vive en la parte alta de la ciudad, en el lujoso barrio de Pedralbes. Concretamente, en una preciosa casa con jardín y piscina con la que deja atónitas a todas las mujeres con las que liga. Según él, es la mejor forma de asegurarse cuál va a ser el final de la noche.

Voy conduciendo por una carretera prácticamente desierta y apenas iluminada cuando un Lexus 4×4 se salta un Stop y hunde el morro en el lateral derecho de mi coche. No es un golpe muy fuerte, pero el impacto hace que el cristal de la ventanilla del copiloto estalle en mil pedazos con la mala suerte que uno de ellos aterriza en mi frente, haciendo un corte superficial pero tremendamente escandaloso, pues la sangre me chorrea literalmente por la mejilla. Las luces del Lexus me ciegan y no puedo ver nada, pero la puerta de mi lado se abre y escucho la voz de un tipo hablando un perfecto castellano con un ligero acento inglés:

–  Señorita, ¿se encuentra bien? No se mueva, voy a llamar a una ambulancia.

–  ¿Qué? – Exclamo nerviosa. – No, no llames a la ambulancia, estoy bien.

–  Pero tiene sangre en la frente, debería verla un médico…

–  Estoy bien. – Le interrumpo histérica. Salgo del coche mientras él se empeña en sujetarme como si me fuera a caer. Rodeo el vehículo comprobando los daños y me llevo las manos a la cabeza cuando veo cómo ha quedado mi coche. – Tu coche tiene el morro destrozado y el lateral de mi coche ha dejado de existir. ¿Es que te han regalado el carné en una tómbola? – Le espeto furiosa. – Oh, dime que tienes carné y los papeles del coche en regla.

–  No se preocupe, lo tengo todo en regla pero si se queda más tranquila podemos llamar a la policía y, a riesgo de parecerle repetitivo, sigo creyendo oportuno que la vea un médico.

Pero, ¿de dónde ha salido este tipo? Definitivamente, es inglés. Un español nunca se ofrecería a llamar a la policía, en todo caso se hubiera dado a la fuga. Hum. Creo que debería empezar a frecuentar a otra gente que no sean solo los presos de la penitenciaria, estoy empezando a pensar como una sociópata.

Observo detenidamente al hombre con el que he chocado. Es un hombre joven, de unos treinta años aproximadamente. Tiene el pelo castaño claro, más largo en la parte de arriba y corto en la zona de la nuca. No es un corte de pelo muy común, al menos aquí, pero le queda muy sexy junto con esos ojos de color castaño oscuro y su piel ligeramente bronceada. Un tipo bastante guapo. ¿Qué estoy pensando? ¿Estoy analizando sexualmente a un tipo que me acaba de embestir con su caro y elegante Lexus 4×4?

–  Estoy bien, de verdad. – Le contesto. – Dame los datos de tu seguro y yo te daré los míos, las aseguradoras ya se pondrán de acuerdo. – Mi móvil empieza a sonar y contesto al ver que es Raúl quién me llama: – Estoy de camino, pero voy a tardar un poco más de lo que imaginaba.

–  ¿Dónde estás? – Quiere saber Raúl.

–  De camino a tu casa, dame media hora, una hora como mucho. – Le ruego.

–  Sara Moreno, si en una hora no estás aquí, iré a buscarte y te traeré de la oreja. ¿Me has oído? – Me amenaza Raúl.

–  Sí, Raúl, te he oído. Si en una hora no estoy allí vendrás a buscarme con los GEOS. – Le respondo burlonamente. – Tengo que colgar, ahora nos vemos. – Cuelgo y al volverme veo que el tipo ha sacado todos los papeles de su coche y está anotando en una libreta todos los datos. – Perdona, pero tenía que contestar o mis amigos empapelarían la ciudad con carteles de “chica desaparecida”.

–  Voy a llamar a un amigo para que venga a buscarnos y la llevaré a dónde quiera que tenga que ir, aunque insisto en que debería verla un médico. – Me dice con su educación inglesa. – Pero, como veo que no va a cambiar de opinión, le he apuntado mi número de teléfono al que le agradecería que llamara si necesita cualquier cosa.

–  De acuerdo, yo también te apunto mis datos y mi teléfono, aunque creo que con el nombre de la compañía, el número de póliza, la marca y modelo del coche y el número de matrícula ya es más que suficiente. – Le digo a modo informativo mientras examino los datos que me ha apuntado en una hoja de su libreta. Jason Muller, así es como se llama. – Y gracias por tu ofrecimiento, pero tengo que quedarme a esperar que llegue la grúa y después llamaré a un taxi, no es necesario que llames a nadie para que me venga a buscar.

Jason Muller asiente cortésmente, pero estoy segura de que está conteniéndose bajo su educación inglesa, porque no deja de apretar los puños y la mandíbula. Las grúas llegan en apenas veinte minutos y yo doy la dirección del taller de mi padre, él se encargará de arreglarlo, si es que puede. Estoy a punto de llamar a un taxi cuando llega un BMW X6 y de él se baja una pareja joven. El amigo de Jason y su mujer, deduzco.

–  Pero, ¿qué ha pasado? – Pregunta el chico observando incrédulo como la grúa se lleva los dos coches.

–  Si aceptas un consejo, yo llevaría a tu amigo a que le dieran unas clases de conducir. – Le digo molesta al recién llegado.

–  Joder, pero si tienes sangre en la frente, ¿estás bien? – Me pregunta la recién llegada.

–  Estoy bien, solo es un corte superficial. – La tranquilizo. Veo la luz verde de un taxi libre que se acerca y le hago una señal con la mano para que se detenga. – Tengo que irme, tienes mis datos, así que las compañías ya se pondrán de acuerdo.

–  Espera, ¿no quieres que te llevemos? – Me pregunta Jason tuteándome por primera vez.

–  No hace falta, gracias. – Le respondo subiéndome al taxi. – Buenas noches.

El taxi me lleva a casa de Raúl en escasos diez minutos.

–  Estaba a punto de salir a buscarte. – Me dice Raúl nada más abrir la puerta y al ver el corte en la frente añade: – ¿Qué coño te ha pasado?

–  Me han dado un golpe con el coche, no sé si mi pequeño Golf volverá a ser el mismo, de hecho creo que voy a tener que cambiar de coche. – Le digo deprimida.

Raúl me hace pasar al salón donde ya están todos sentados. Esther, la hermana de Raúl y mi mejor amiga, con su novio Víctor, y Aitor, el bromista del grupo. Les cuento lo que ha pasado sin darle la mayor importancia, al fin y al cabo no ha sido un accidente grave, al menos no para mí, pero no puedo decir lo mismo de mi coche. He llamado a mi padre para avisarle de que la grúa le llevaba mi coche y le he tranquilizado repitiéndole una y mil veces que estaba bien. Mi padre vive en Sitges, un pueblo a 40km de Barcelona donde se compró una casa con jardín, piscina y garaje y donde también montó su taller mecánico cuando me matriculé en la universidad y alquilé un apartamento con Esther y Raúl. Si no se queda tranquilo, es capaz de coger el coche y venir para verme con sus propios ojos y asegurarse de que estoy bien.

–  Bueno, ¿qué habéis decidido para fin de año? – Les pregunto para cambiar de tema, aunque la idea de salir de fiesta en fin de año no es algo que me alegre.

–  Hemos decidido organizar la cena en mi casa y cuando has llegado estábamos decidiendo dónde salir a celebrarlo. – Me informa Aitor. – Esther quiere que vayamos a una fiesta pija en Gracia, en un local nuevo llamado Crazy’s.

–  Es un pub elegante y bastante privado, el reservado incluye barra libre y son 500€ la noche, nos saldría a 100€ por cabeza y, teniendo en cuenta que en cualquier sitio de mala muerte nos van a cobrar 50€ por entrar y las copas a 10€, por no hablar de las aglomeraciones, creo que es la mejor opción. – Argumenta Esther.

–  Yo opto por el Crazy’s, las pijas me adoran y empezaré el año mojando seguro. – Se pavonea Aitor, en su línea cómo siempre.

–  Aitor, Esther y Víctor votan por ir al Crazy’s, ya son mayoría. – Me dice Raúl. – Aun así, ¿te apetece ir, Sara?

–  Claro, lo pasaremos bien. – Contesto lo más entusiasmada que puedo.

–  Pues decidido, cena de fin de año en mi casa y fiesta en el Crazy’s. – Sentencia Raúl.

Cenamos y bebemos vino entre bromas, como buenos amigos que somos, y por primera vez en dos meses me siento bien, a pesar de que un guapísimo hombre me ha embestido con un 4×4. Me olvido de todo lo malo y vuelvo a ser la que era, una chica risueña y feliz de veinticinco años, aunque solo sea por unas horas.

Caprichos del destino.

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Pese a que ya han pasado dos meses, Sara Moreno no olvida la traición de Alberto. Desde entonces, se ha volcado por completo en su trabajo en el centro penitenciario. Sus amigos quieren animarla y la obligan a ir a cenar con ellos. Iba conduciendo para reunirse con ellos cuando un coche se saltó un stop y se le echó encima.

Jason Muller, como el caballero inglés que es, rápidamente se disculpa por causar el accidente y se preocupa por la salud de Sara, pero ella no se lo pone fácil, solo puede pensar en lo destrozado que ha quedado su adorado coche.

Para sorpresa de Sara, Jason la llama por teléfono para disculparse de nuevo e interesarse por su salud, pero un desafortunado encuentro con el abogado de Jason hará que Sara no quiera saber nada de él.

Tras aclarar el malentendido, Sara descubre quién es realmente Jason y, aunque desconfía de los hombres, inicia una relación con él. Pero la distancia, la desconfianza y el peligro que les rodea harán que Sara tome la decisión más importante que jamás haya tenido que tomar: apartar a la persona que ama para protegerle.

Pero el destino es caprichoso y les tiene preparada una sorpresa que unirá sus vidas para siempre.

Si quieres leer ésta novela, aquí tienes todos sus capítulos:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17