CategoríaCaprichos Del Destino

Caprichos del destino 17.

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A las nueve y media, media hora más tarde de lo previsto, llegamos a casa de Ana y Marcos. Y es que la bañera de la suite del hotel nos ha entretenido más de lo que deberíamos. Jason no deja de sonreír y me siento completamente feliz.

Entramos al salón donde todos nos están esperando y la familia de Jason, que son los únicos que no tenían ni idea de mi embarazo, sonríen al vernos llegar cogidos de la mano.

–  ¡Por fin volvéis a estar juntos! – Exclama Helena antes de abrazarnos. Me toca el vientre y nos pregunta alzando una ceja: – ¿Cuándo pensabais decirme que voy a ser abuela?

–  Mamá, hace apenas nueve horas que yo me he enterado. – Le dice Jason dándome un beso en la mejilla. – Mi futura mujer y la madre de mi hijo tiene una peculiar forma de afrontar los hechos, pero estoy seguro de que a partir de ahora lo intentará controlar y me hará partícipe.

–  La próxima vez, evita decir estupideces a la mujer que amas. – Le aconseja su padre. – No siempre se tiene la suerte de tener una segunda oportunidad.

–  Lo cierto es que mi hija es tan cabezota como lo era su madre y dudo mucho que puedas cambiarla, pero me alegro de que tenga a alguien tan paciente y dispuesto como tú. – Le dice mi padre a Jason. – ¿Ya habéis decidido que nombre ponerle al niño?

–  Sí, se va a llamar Jason. – Les digo sonriendo.

–  Cariño, yo solo te he sugerido un nombre, pero puedes ponerle el nombre que quieras y a mí me seguirá sonando perfecto. – Me dice Jason sin dejar de abrazarme y besarme.

–  Quiero que se llame Jason, como tú. – Sentencio.

–  Bueno parejita, me alegro de que al final los dos hayáis terminado entrando en razón porque estabais a punto de volvernos locos. – Bromea Alicia.

–  Por cierto, Jason, ¿te arrepientes de no haber ido ayer a cenar? – Le pregunta Ana con sorna.

–  Me arrepiento totalmente. – Dice Jason riendo. – Y, cómo verás, no hemos faltado a tu fiesta, pero tampoco esperes que nos quedemos hasta tarde. Marcos, podrías haberme dicho algo, ¿no?

–  Ni de coña, aprecio demasiado mi vida como para desobedecer a mi mujer. – Bromea Marcos.

Saludamos a los padres y hermanos de Marcos y Ana y cenamos todos juntos como una gran familia y, en realidad, lo somos.

Pasadas las doce de la noche, Jason ya no puede aguantar más y, sin molestarse en poner ninguna excusa, se despide de todos:

–  La compañía es muy grata pero Sara y yo nos marchamos ya.

–  Papá, quédate en casa a dormir. – Le digo entregándole la llave de mi apartamento. – Jason y yo dormiremos en el hotel esta noche, pero mañana comeremos todos juntos y hablaremos tranquilamente.

–  He invitado a la familia de Jason a comer mañana en mi casa. – Me informa mi padre. – Si vamos a ser familia, tendremos que ir conociéndonos, ¿no?

–  Es una idea estupenda, Vicente. – Dice Jason. – Y no te preocupes, te aseguro que estaremos allí a la hora de comer.

Salimos de casa de Ana y Marcos y regresamos al hotel para celebrar de nuevo nuestro reencuentro. Tras casi tres meses sin Jason, volver a sentirme entre sus brazos es como estar en el paraíso y estoy dispuesta a disfrutarlo.

–  ¿En qué piensas, cariño? – Me pregunta Jason tumbándose en la cama a mi lado.

–  En lo feliz que me siento. – Le respondo.

Jason me sonríe con ternura y me besa dulcemente al mismo tiempo que empieza a desnudarme y yo hago lo mismo con él.

–  Vamos a estar juntos siempre. Te quiero, Sara. – Me dice Jason después de caer rendidos en la cama.

 

FIN

Caprichos del destino 16.

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Me puse en las manos de Ana y organizó mi encuentro con Jason pero para el sábado a mediodía en vez del viernes por la noche, ya que Jason se negó en rotundo a reunirse por trabajo un viernes por la noche y lo suyo le ha costado que accediera a organizarlo un sábado a mediodía cuando tienen la fiesta en casa de Ana y Marcos por la noche. Pero finalmente ha terminado accediendo gracias a que Ana ha metido en el ajo al representante de Jason.

A las doce en punto, entro en el hotel donde Ana ha reservado mesa y habitación y subo directamente a la habitación, una suite de 300 m2. Dejo la pequeña maleta donde llevo ropa interior limpia y un vestido para la fiesta de esta noche en casa de Ana y entro al baño para mirar mi aspecto en el espejo. Puede que la ropa para embarazadas no sea para nada atractiva, pero lo cierto es que me veo guapa, con el rostro iluminado y los ojos brillantes. Me veo feliz, aunque cuando escucho abrirse la puerta de la suite mi seguridad me abandona y las piernas me empiezan a temblar de los nervios. Miro el reloj, las doce y cuarto. Jason no tendría que estar aquí hasta las doce y media, pero ha sido puntual como siempre y ha llegado antes.

–  ¿Hola? ¿Hay alguien aquí? – Le oigo preguntar desde el salón de la suite.

Su voz. Echaba de menos oír su voz. Una descarga eléctrica sacude mi cuerpo y mis piernas empiezan a moverse. Salgo del dormitorio y me encuentro a Jason sentado en uno de los sofás del salón de espaldas a mí. No puede verme, pero detecta mi presencia porque se vuelve de inmediato y se me queda mirando fijamente a la barriga para después mirarme a los ojos y viceversa. Se queda mudo, no dice nada, solo me observa. Camino unos pasos hasta quedarme a escasos dos metros de él y, con un hilo de voz, logro decir:

–  Hola, Jason.

Jason se pone en pie y camina dos pasos para quedarse frente a mí. Continúa observándome y también continúa sin decir nada.

–  ¿Nos sentamos? – Le propongo temerosa.

Jason asiente con la cabeza y, sin dejar de mirarme, se sienta en el mismo sitio donde antes estaba sentado, sin decir nada. Sus ojos no se apartan de mis ojos salvo para echar una rápida mirada a mi vientre y, tras un par de minutos en absoluto silencio, le oigo decir:

–  Estás embarazada. – Asiento con la cabeza y cubro mi vientre con las manos. – ¿Puedo preguntarte de cuánto tiempo estás?

–  De veintitrés semanas, casi seis meses. – Le respondo sin perder detalle de su cara, que hasta ahora solo muestra sorpresa.

–  ¿Seis meses? ¿Sabes que voy a ser padre desde hace seis meses y me lo dices ahora? – Me pregunta, y esta vez puedo ver la decepción en su rostro. – Puedo entender que dejaras que creyera que estabas saliendo con Raúl para alejarme del peligro, aunque no lo comparta en absoluto. Pero, ¿por qué querías ocultarme algo así, Sara? ¿No quieres que tu hijo tenga un padre como yo?

Eso era lo último que me esperaba oír y lo máximo que puedo llegar a soportar. Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas pero logro armarme de valor y hablo, decidida a recuperar a la persona que amo:

–  Soy una idiota, Jason. Estaba preocupada por lo que pudiera pasar y decidida a explicártelo pero cuando llegaste a casa de Raúl y pensaste que estábamos juntos se me ocurrió que alejarte de mi lado era lo mejor para mantenerte a salvo. Después entraron en casa de Raúl y me llevaron al hospital donde me dijeron que estaba embarazada de tres meses. Ni siquiera me di cuenta de que no me venía la regla en tres meses. Me acordé de lo que me dijiste y le oculté a todo el mundo que estaba embarazada, a todos menos a Raúl, que se enteró en el mismo momento que yo. Mi padre fue la segunda persona a la que se lo conté y, aunque el hombre intentó hacerme entrar en razón y trató de convencerme para que te llamara, no le hice caso. Dos semanas más tarde vino Ana a verme y cuando la vi supe que no iba a poder ocultar mi estado durante mucho más tiempo, así que reuní a mis amigos, les dije que estaba embarazada y me fui un par de meses a Salou porque necesitaba desconectar y terminar de asimilar mi embarazo.

–  Ana y Marcos también saben que estás embarazada, ¿verdad? – Me pregunta molesto. Asiento con la cabeza y, tras darle un puñetazo a la mesa, se levanta y me espeta: – ¿Lo sabía todo el mundo menos yo, que soy el padre de ese bebé? ¿Por qué, Sara?

–  Me encontré con Ana y Marcos el martes en la consulta del médico y me vieron. – Hice una señal en dirección a mi barriga y añado: – Esto no se puede ocultar.

–  Y por eso estás aquí, porque preferiste decírmelo tú a que lo hiciera Ana o Marcos. Es todo un detalle de tu parte. – Me reprocha. – ¿Me lo hubieras dicho si no te hubieras encontrado a Ana y Marcos en la consulta?

–  No, no creo. – Confieso. – Este bebé es mío, Jason. No voy a permitir que me lo quites.

–  ¿Qué? ¡Claro que no te lo voy a quitar! – Me espeta ofendido. – Joder, si te dije todo eso era porque estaba furioso, creía que te estabas acostando con Raúl. – Se acerca a mí lentamente y me besa con suavidad en los labios: – Te amo, Sara. Me he vuelto loco sin ti y no tienes que preocuparte porque te quite a nuestro hijo porque no pienso separarme de ti, no pienso separarme de ninguno de los dos.

–  A pesar de todo lo que te he hecho, ¿me sigues queriendo?

–  No me has hecho nada, simplemente no hemos sabido llevar las cosas bien ninguno de los dos pero a partir de ahora va a ir todo bien porque no va a haber secretos entre nosotros, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza mientras las lágrimas inundan mis ojos y Jason me vuelve a besar. – Ya verás lo contenta que se va a poner mi madre cuando se entere que va a ser abuela.

–  Ana nos ha invitado a todos a cenar, quiere que celebremos tu victoria todos juntos en su casa.

–  Pobre Ana. Quería organizar todo esto para ayer por la noche y yo la obligué a retrasarlo para hoy y eso que me advirtió que me iba a arrepentir y que ni pensara en faltar a su fiesta, ahora lo entiendo. – Me dice riendo como un niño. – Espero que se le vaya el enfado cuando me vea pegado a ti esta noche.

–  Te he echado de menos, Jason.

–  Y yo a ti, preciosa. Y yo a ti. – Me abraza y me besa de nuevo en los labios, un beso suave y dulce pero apasionado y prometedor. Me acaricia el abultado vientre y me pregunta: – ¿Sabes si nuestro bebé es niño o niña?

–  Sí, me lo dijeron el martes. – Le digo sonriendo. – Es un niño y seguro que será igual de guapo que su padre.

–  ¡Un niño! – Exclama encantado. – Y, ¿qué nombre quieres ponerle?

–  Aún no lo he pensado. – Contesto divertida, contagiada por su euforia y su buen humor. – ¿Qué nombre te gustaría ponerle?

–  ¿Qué te parece Jason Junior? Podemos llamarle Junior o JJ.

–  Me encanta, pero JJ no. – Le digo sin poder dejar de reír.

Jason me besa al mismo tiempo que me coloca en su regazo y empieza a acariciarme, excitándose y excitándome.

–  Cariño, estás preciosa. El embarazo te está sentando muy bien. – Desliza sus labios de mi mentón hacia abajo, pasando por mi cuello para seguir por la clavícula y llegar al hombro. – Quiero verte desnuda, mi amor. Quiero besar cada centímetro de tu piel.

–  Si le hubieras hecho caso a Ana, ahora tendríamos toda la noche para nosotros solos. – Le digo bromeando. – Tenemos reservada una mesa en el restaurante del hotel a las 14:30 horas, así que tienes una hora y media para hacer conmigo lo que quieras. Después bajaremos a comer y nos prepararemos para la fiesta de esta noche, así que emplea bien tu tiempo.

–  La voy a emplear muy bien pero creo que podemos encontrar un hueco después de comer y antes de irnos a la fiesta. De hecho, creo que me va a costar quitarte las manos de encima en el restaurante.

–  En el baño hay una enorme bañera donde cabemos los dos perfectamente. – Le digo con picardía al mismo tiempo que acaricio su cuello con mis labios. – No pienso ir a esa fiesta si antes no he estado contigo en esa bañera, pero la comida es sagrada, estoy hambrienta.

–  ¡Eres tremenda! – Me replica bromeando.

Jason me lleva en brazos a la habitación y allí me desnuda con delicadeza. Observa cada milímetro de piel comparando el cambio de mi cuerpo. Me acaricia el vientre y me besa en el ombligo.

–  Cariño, me muero por estar dentro de ti pero no sé si en tu estado podemos…

–  ¡No digas tonterías! – Le digo riendo. – No pasa nada, el bebé está en el útero y tú entrarás en la vagina, pero te aseguro que nada de lo que hay aquí dentro tiene que ver con lo que había la última vez que estuviste aquí.

–  Oh, cielo. Deja de provocarme.

Y, sin más espera, Jason me tumba en la cama, me abre las piernas y empieza a lamer mi clítoris, mordisqueándolo y presionándolo con su lengua al mismo tiempo que presiona mis pezones con la yema de los dedos.

–  Jason, te quiero dentro. – Le suplico cuando estoy a punto de correrme.

–  Tus deseos son órdenes para mí, cariño. – Me contesta antes de penetrarme con suavidad, lenta y dulcemente. – Estás más estrecha, cariño.

–  Más.

–  Como desees.

Y como si de un baile se tratara, nuestros cuerpos se unen de nuevo haciéndonos gozar pero, sobre todo, haciéndonos felices.

Caprichos del destino 15.

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Tras pasar dos meses en Salou recibiendo la visita de mi padre y mis amigos todos los sábados, decido regresar a casa. Mi embarazo va genial y mi barriga, a pesar de estar embarazada de cinco meses y medio, es enorme. Por suerte, la barriga y los pechos es lo único que me he engordado. En la sala de espera de la consulta del ginecólogo, empiezo a pensar en lo que ha sido de mi vida estos últimos meses.

En estos dos meses he sufrido con cada una de las carreras que he visto a Jason. He visto accidentes que me han cortado la respiración y, a pesar de no quedar primero en algunas carreras, logró subir al podio y quedar primero en el campeonato, seguido de Marcos y en tercer lugar Bjorn Wolf. En la carrera del Gran Premio de la India, me vi obligada a llamar a Ana para rogarle que hiciera entrar en razón a Jason y que dejara de jugarse la vida, pero Ana me dijo que ella, Marcos y el equipo entero lo intentaban constantemente sin ningún tipo de éxito.

Desde la visita de Ana a mi apartamento, Jason no ha vuelto a intentar ponerse en contacto conmigo. Cuando lo vi aparecer en las noticias recogiendo el premio de pilotos y se lo dedicó a su familia y a una tal Rachel me entraron ganas de tirar un jarrón contra la televisión, pero en lugar de eso respiré hondo, bebí un vaso de agua y me eché a llorar con desconsuelo.

Echo de menos a Jason. Sigo pasando las noches llorando en mi habitación hasta que consigo quedarme dormida, me despierto con ojeras y los ojos hinchados, sonrío para aparentar que estoy bien cuando en realidad estoy fatal. Lo único que me hace feliz es pensar en el pequeño bebé que está creciendo en dentro de mí.

–  No estés nerviosa, seguro que todo está bien. – Me dice mi padre colocando su brazo sobre mis hombros para estrecharme contra él.

Le sonrío solo para que se relaje, pues parece estar más nervioso que yo. La puerta de la consulta se abre y de ella salen Ana y Marcos, seguidos por el doctor. Me quedo completamente paralizada y ellos actúan del mismo modo al verme. El doctor, que se percata de nuestro comportamiento, decide mediar entre nosotros:

–  Señorita Moreno, es su turno. – Como yo no hago la menor intención de moverme, el doctor continúa hablando pero esta vez, le pregunta a Ana: – ¿Se conocen?

–  Sí, somos amigas. – Contesta Ana sin dejar de mirar mi barriga. Instintivamente, me llevo las manos a la barriga para proteger a mi bebé de cualquier cosa. – Ahora entiendo lo que decía Alicia de que Jason lo había arruinado todo al abrir su bocaza.

–  Señorita Moreno, pasemos a la consulta. – Interviene de nuevo el doctor, mirando su carísimo reloj de pulsera. – Esperemos que esta vez el bebé nos deje ver su sexo.

–  Esperaremos fuera. – Logra decir Ana.

Se lo van a decir a Jason, se lo van a decir y él y me va a quitar a mi bebé. Mi cabeza no deja de dar vueltas hasta que el doctor me realiza la ecografía y puedo escuchar los latidos tremendamente rápidos del bebé. Incluso puedo ver con total claridad su cabeza, con su naricita, los brazos y las piernas, los dedos de las manos y los pies y…

–  ¿Qué es eso?  – Pregunto señalando la pantalla.

–  Eso es el sexo de su bebé, señorita Moreno. – Me dice el doctor. – Su bebé es un niño, ya puede ir pensando qué nombre le va a poner.

Un nombre. Ni siquiera había pensado en uno.

–  ¡Un niño! ¿Estás contenta, hija? ¡Un niño! – Grita mi padre eufórico.

Asiento con la cabeza, es lo único que puedo hacer. El doctor revisa todos y cada uno de los parámetros del estado del bebé y concluye que todo está perfectamente.

Cuando salgo de la consulta acompañada de mi padre, Ana y Marcos continúan en la sala de espera y se levantan en cuanto nos ven salir.

–  Sara, ¿podemos hablar un momento? – Me pregunta Ana.

–  No creo que sea un buen momento… – Empiezo a decir, pero mi padre me interrumpe.

–  Hija, ves a tomarte un refresco con tu amiga mientras yo aprovecho para pedir todas estas citas que te ha dado el médico. – Se vuelve hacia Marcos y le dice: – ¿Marcos, me acompañas? Tú ya debes de estar bien informado sobre todo esto y tu ayuda me vendría muy bien.

Sin dudarlo un instante, Marcos acompaña a mi padre a donde quiera que vaya por el hospital mientras yo decido seguir a Ana que me coge del brazo con suavidad y me acompaña a la cafetería del hospital. Una vez nos sentamos en una de las mesas con los refrescos en la mano, es Ana quien decide hablar primero:

–  ¿De cuánto tiempo estás?

–  De cinco meses y medio. – Le respondo.

–  Y, ¿cuándo piensas decírselo a Jason?

–  No tengo pensado decírselo.

–  Puede que tú no se lo digas, pero puedo asegurarte que Marcos sí lo va a hacer. – Me dice Ana para avisarme. – Yo he podido convencerle para que te dé algo de tiempo y se lo digas tú, pero no creo que te dé más de un día.

–  Ni siquiera sabéis de quién es este niño. – Le espeto molesta.

–  Sara, quizás puedas engañar a Jason diciéndole que estás con otro, pero a mí no me engañas. Veo en tus ojos el dolor y sé que le echas de menos casi tanto como él te echa de menos a ti. – Me dice Ana empezando a desesperarse. – Se pasa el día de mal humor, se ha jugado la vida en las últimas carreras, no tiene interés por nada ni por nadie. Sus días libres los pasa en el jardín de su casa en Londres emborrachándose. No es justo Sara, él no hizo nada malo y tú lo separaste de tu vida.

–  Solo quería que no estuviera en peligro, quería protegerle. – Susurro con un hijo de voz mientras las lágrimas empiezan a llegar a mis ojos.

–  Lo hiciste para protegerlo, pero deberías haber dejado que él tomara esa decisión. ¿No pensaste que quizás y a pesar del peligro él quisiera quedarse a tu lado? – Me pregunta Ana pero sin esperar respuesta alguna continúa hablando. – Jason me contó todo lo que te dijo y debo decirte que no está para nada orgulloso de todo eso, sobre todo después de saber el verdadero motivo por el que lo hiciste. Jason nunca te quitaría a tu hijo. De hecho, estoy segura de que si le llamas y le pides que venga lo tendrás aquí en menos de veinticuatro horas. Jason te adora y, aun creyendo que le habías sido infiel, seguía adorándote.

–  Ana yo… Lo siento. – Es lo único que puedo decir. – Puede que no hiciera las cosas bien, pero solo quería lo mejor para todos y así lo sigo queriendo, por eso es mejor que Jason no sepa nada de esto, él ya está rehaciendo su vida y…

–  ¿Rehaciendo su vida? – Me interrumpe Ana. – ¿A qué le llamas tú rehacer su vida?

–  A esa morena que se llama Rachel a la cual fue a abrazar nada más bajar del podio y a la que le dedicó el premio en Brasil hace escasos dos días.

Ana estalla en carcajadas hasta que, pasados unos segundos, se percata de que a mí no me hace ninguna gracia y deja de reír para, con tono suave pero divertido, aclararme:

–  Rachel es la prima de Jason, siempre se han llevado muy bien y, como Jason no estaba pasando por un buen momento, decidió acompañarlo.

–  Entonces, ¿no está con nadie?

–  No, de momento no. Pero es un hombre muy cotizado entre las mujeres y no va a estar esperándote eternamente, Sara. Si de verdad le quieres, ve a por él.

–  No sé si es una buena idea. – Opino.

–  El sábado organizaremos una pequeña fiesta en mi casa para celebrar la victoria de Jason y el segundo puesto de Marcos. Será algo íntimo, nuestras familias y la familia de Jason. Queríamos invitaros pero Jason se negó porque no quiere que nada le recuerde a ti.

–  No creo que ese sea el mejor momento para encontrarme con Jason. – Lo descarto de inmediato.

–  No, debéis arreglar las cosas antes. ¿Qué te parece una cena el viernes por la noche? Yo me encargo de todo, tú solo tienes que estar preparada a la hora que yo te diga en el restaurante que yo te diga.

–  Ana, no creo que forzar las cosas sea lo mejor…

–  Cómo quieras. – Me dice maliciosamente. – Estoy segura que a Jason le encantará saber que va a ser padre de la boca de Marcos en vez de la tuya.

–  De acuerdo, haz lo que quieras. – Acepto finalmente. – Supongo que ya no puedo perder nada más por intentarlo.

Me aprieto el vientre con fuerza, no dejaré que nadie haga daño a mi bebé, pero Raúl tiene razón, no puedo quitarle el derecho a mi hijo de tener un padre ni tampoco puedo ocultárselo a Jason, no es justo.

–  Tranquila, ese bebé crecerá con un padre y una madre, ambos unidos y felices. – Me anima Ana.

Caprichos del destino 14.

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Cuando el doctor me dio el alta dos días después, decidí regresar a mi casa. Raúl se quedó en casa conmigo ya que no podía regresar a su casa hasta que la reparasen y tampoco quería dejarme sola. Durante toda la semana los periodistas no dejaban de llamar al teléfono fijo y lo desconecté. Por supuesto, tampoco me arriesgué a conectar mi móvil, demasiadas cosas tenía ya en la cabeza.

Como la noticia se extendió por todos los medios de comunicación, mi cara salió en todos los programas de televisión, en las noticias, periódicos y revistas, relacionándome también con Jason.

Pasé dos semanas sin apenas salir de casa, pues los periodistas siempre estaban en la puerta del edificio, esperándome. Mi padre pasaba los fines de semana en mi casa, preocupado porque me oía llorar todas las noches que se quedaba, hasta que una noche entró en mi habitación y le conté que estaba embarazada. Lejos de disgustarse, mi padre se alegró de mi embarazo y me aconsejó que hablara con Jason y le explicara todo para arreglar las cosas, pero me negué.

Ana, que también me había visto en las noticias, supongo que avisada por el responsable de prensa de King Race, llamó a Alice y, cuando le dijo que estaba en mi apartamento, Ana decidió venir a verme sin avisar ya que no respondía a ninguna de sus llamadas ni mensajes. Abrí la puerta cuando llamaron al timbre y me encontré con ella. Por suerte, llevaba ropa holgada y mi barriga que ya empezaba a abultarse con tres meses y medio de embarazo quedaba oculta bajo mi ancha camisa.

–  ¡Sara, por fin te encuentro! – Me dijo Ana nada más verme y me abrazó. Su barriga era completamente redonda y tersa, una barriga perfecta de una embarazada de cinco meses y medio. – Siento todo lo que ha pasado, Alicia ya me ha puesto al corriente de todo. – Ana se queda callada al ver aparecer a mi espalda a Raúl.

–  ¿Va todo bien? – Me pregunta Raúl. Asiento con la cabeza y añade: – Me alegro de verte, Ana. Voy a aprovechar que estás aquí para salir a hacer unos recados, así Sara no se quedará sola.

Dicho esto, Raúl se marcha y yo invito a Ana a pasar al salón y le ofrezco una bebida. Ana me observa sin decir nada hasta que me siento junto a ella en el sofá.

–  Alicia me ha dicho que no estás ni has estado nunca con Raúl, que dejaste que Jason lo creyera para protegerle. Lo que no entiendo es porque no le has dicho nada, esos tipos llevan más de dos semanas entre rejas, ya no hay peligro y podéis seguir con la relación.

–  Ana, te agradezco que hayas venido y tu buena intención, pero no quiero hablar de Jason. – Le ruego con un hilo de voz. – Cuéntame mejor cómo llevas tu embarazo, ¿sabes si es niño o niña?

–  ¡Sí! ¡Es una niña! Aunque aún no nos hemos puesto de acuerdo a la hora de escoger un nombre, pero todavía tenemos tiempo.

Ana y yo charlamos de todo menos de Jason. Sé que Jason ha tratado de llamarme en varias ocasiones, incluso les ha dado mensajes a Esther y a Aitor para que intenten convencerme de que lo llame, pero me he negado a escuchar nada que tenga que ver con Jason.

En cuanto Ana se marcha, me doy cuenta que necesito cambiar de aires y decido irme una temporada a Salou, donde David tiene un apartamento y me ha invitado a ir. Como él trabaja, estaré sola y podré desconectar de todo y de todos.

Hasta ahora, los únicos que saben que estoy embarazada son mi padre y Raúl, pero como pronto ya no lo voy a poder ocultar, decido reunir a todos mis amigos y darles la noticia.

Después de comer, saco una botella de champagne y Aitor, al que no se le escapa una, me pregunta:

–  ¿Qué celebramos?

–  Algo muy importante, así que prestad atención. – Le respondo sonriendo. – Como todos sabéis, estos últimos meses han sido complicados para mí, he estado estresada y con mil cosas en la cabeza y eso sumado a lo despistada que soy… En fin, que mi vida ha sido un caos. Cuando me desperté en el hospital, el doctor me dio una noticia que, tal y cómo me encontraba entonces, me afectó. No sabía cómo asimilarla y guardé silencio, pero ahora ya lo he asimilado, lo he aceptado y estoy muy ilusionada, así que quiero compartir mi pequeña felicidad con vosotros. – Me llevo las manos a la barriga y me ajusto la camisa al abdomen para dejar ver mi pequeña barriga abultada. – Estoy embarazada.

–  ¿Qué? – Preguntaron todos al unísono, todos excepto Raúl que, conocedor de la noticia desde el primer día, me sonríe para darme ánimos.

–  Pero… ¿Cómo…? – Empieza a preguntar Esther.

–  Hermanita, el cómo es evidente. – La interrumpe Raúl.

–  ¿De cuánto estás? – Me pregunta Alicia.

–  Estoy de tres meses y medio. – Respondo.

–  Y, ¿tú estás bien? – Me pregunta Aitor.

–  Si te soy sincera, no sé cómo estoy, pero si de algo estoy segura es de que quiero a este bebé. – Le contesto. – Aunque este bebé no haya sido buscado, sí es un bebé deseado.

–  ¿Lo sabe Jason? – Me pregunta Alicia.

–  Es evidente que no y así debe seguir siendo. – Le increpo.

–  Sara, deberías hablar con él. – Me sugiere Raúl. – Es el padre y tiene derecho a saberlo.

–  No me puedo creer que me digas eso, tú escuchaste lo que me dijo. – Le espeto furiosa. – ¿Quieres que me quite a mi bebé?

–  ¿De qué estás hablando? – Pregunta Alicia con la boca abierta.

–  Jason pensó que Sara estaba conmigo y se puso furioso, así que empezó a decir cosas fuera de lugar para hacer daño a Sara igual que él creía que ella le había hecho y le dijo que si hubieran tenido hijos se los hubiera quitado y nunca se los dejaría ver, por eso Sara no quiere que Jason sepa que está embarazada, por si cumple con su amenaza. – Les explica Raúl.

–  Pero eso es una tontería, ¡Jason jamás te quitará a su hijo! – Exclama Alicia.

–  No pienso arriesgarme, Alicia. – Le digo con severidad. – Y espero que vosotros tampoco le digáis nada.

–  Todos respetamos tu opinión, pero eso no significa que la compartamos. – Me dice Raúl.

–  Me voy a marchar una temporada. – Dejo caer como una bomba. – Necesito cambiar de aires y me voy a ir unas semanas a Salou, al apartamento de David.

–  ¿Te vas con él? – Me pregunta Víctor, que hasta ahora había estado callado.

–  No, David trabaja y quiero estar sola. – Les aclaro.

–  ¿Te vas a ir sola? ¿Cuánto tiempo? – Me pregunta Esther preocupada.

–  No te preocupes, estaré bien. – La tranquilizo. – Será un mes, un par de meses como mucho, te lo prometo.

–  ¿Podremos ir a verte? – Me pregunta Alicia.

–  Si os vais a quedar más tranquilos, os invito los sábados a comer, aunque os advierto que mi padre también estará allí los sábados. – Les digo riendo. – Me ha obligado a instaurar un día de visita a la semana.

Como bien me había dicho Raúl, todos respetan mi decisión, aunque ninguno de ellos la comparta. A pesar de que todos quieren que hable con Jason, ninguno lo vuelve a mencionar.

Caprichos del destino 13.

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Dos semanas después del encuentro con Nelson Figueroa, todo sigue igual. Sigo viviendo en casa de Raúl, el cual no sé ni cómo me soporta porque mi humor es nefasto, los agentes siguen custodiando mi seguridad y mi móvil sigue desconectado.

Ana llamó a Alicia la misma noche que Jason vino a verme a casa de Raúl y rompimos y Alicia y Aitor, que no tenían ni idea de lo que estaba pasando, vinieron rápidamente a casa de Raúl para aclarar lo que ocurría. Tuve que explicarles todo lo que había pasado y, lo que más me costó, convencer a Alicia para que no le dijera ni una palabra a Ana.

Alicia no le dijo todo lo que estaba ocurriendo a Ana, pero sí le dijo que necesitaba tiempo y que a veces las apariencias engañan. Ana. La echaba de menos. Ya había superado la mitad de su embarazo y la barriga le debía haber crecido mucho desde la última vez que la vi.

Como todos los domingos que había Fórmula 1, veo el gran premio de Singapur con Raúl, Aitor, Víctor, Alicia y Esther en casa de Raúl, aunque esta iba a ser la primera carrera que veía desde que Jason ya no era mi novio. Había apagado mi móvil y había evitado preguntar a Alicia por Ana, Marcos y Jason. Mis amigos también evitaban el tema, era como un tabú entre nosotros y yo se lo agradecía. Había levantado un muro a mi alrededor y no hablaba ni mostraba mis sentimientos, excepto por la noche cuando me quedaba a solas en mi habitación y lloraba hasta que me quedaba dormida.

Llamaba a mi padre cada dos días y le decía que estaba bien. Le di la excusa de que me había tomado unos días de vacaciones porque necesitaba desconectar y que tendría el móvil apagado. Me costó convencerle de que me encontraba bien y no pasaba nada, por suerte Raúl me echó una mano y habló con él, convenciéndole de que todo estaba bien.

Nos acomodamos en el salón para ver la carrera y, durante la hora y media que dura, lo único que soy capaz de hacer es mirar la televisión y abrazarme con fuerza a un cojín. Jason se la juega en cada vuelta, en cada curva. Las palabras del locutor que narra la carrera atraviesan mi mente una y otra vez:

–  Jason Muller se ha vuelto loco. – Empieza a comentar el locutor. – Hemos escuchado incluso como los técnicos de su equipo le han pedido que baje la agresividad pero la respuesta del piloto ha sido, literalmente, “dejadme que yo sé lo que hago”. No sé qué le ha pasado desde Italia, pero está claro que el piloto no es el mismo…

Cierro los ojos cuando veo a Jason salirse en una curva y, tras hacer un trompo, continua en la carrera. Raúl se percata de mi estado y me aprieta la mano dándome a entender que está a mi lado.

Cuando la carrera por fin termina, mi cara es un poema. Jason se ha vuelto loco, no hay otra explicación. Raúl coge el mando con la intención de apagar el televisor pero le sujeto del brazo para impedirlo.

–  Quiero escuchar la rueda de prensa. – Le digo sin apartar la vista de la televisión.

Raúl tuerce el gesto pero finalmente me complace. Jason ha quedado primero, lo veo subir al podio y en su rostro veo la frialdad de sus ojos y la tensión en sus músculos. Marcos le dice algo al oído y, a juzgar por la cara de ambos, no es nada bueno. Cuando la rueda de prensa empieza, Jason responde a todas las preguntas que le hacen con monosílabos y, si hacen referencia a su conducción agresiva, se limita a responder que está en una competición y no de paseo por un circuito.

Nadie se atreve a decir nada, ni siquiera yo soy capaz de abrir la boca. Finalmente, Raúl decide apagar la televisión y nos sirve unas copas.

A las ocho de la tarde, todos se marchan a sus casas, pues mañana es lunes y trabajan. Raúl y yo, que no trabajamos mañana, pedimos comida china a domicilio y, como necesito cambiar mi estado de ánimo, le pido que abra una botella de vino.

–  ¿Quieres emborracharte? – Me pregunta bromeando.

–  Sí, ¿tienes algún problema si me emborracho? – Le respondo con resignación.

–  Teniendo en cuenta lo que ha pasado hoy, creo que hasta yo me voy a emborrachar. – Me dice dándome una copa de vino. – ¿Quieres un consejo?

–  No, no quiero ningún consejo. – Protesto. – Solo quiero que esta pesadilla termine y poder volver a mi vida cuanto antes. Es como no estar viviendo la realidad.

–  Cielo, deberías llamarle y aclarar todo esto. – Me sugiere Raúl. – Tú estás mal, él está mal. ¿Qué se supone que estáis haciendo?

No me da tiempo a replicar, de repente se empiezan a oír disparos y las ventanas empiezan a hacerse añicos. Los cuatro agentes que se encuentran en la casa (dos en el interior y dos en el jardín) nos tiran al suelo detrás del sofá para protegernos y empiezan a responder con sus pistolas mientras yo me abrazo a Raúl y ni siquiera puedo abrir la boca de los nervios. La cabeza me da vueltas, solo veo destellos de luz y oigo disparos y cristales estallando en mil pedazos. De repente, siento un tirón en el brazo y un ardor desgarrador seguido de un profundo dolor que me hace gritar. Raúl me mira fijamente a los ojos y baja su mirada hasta mi brazo izquierdo donde yo he llevado mi mano derecha y su rostro palidece. Bajo la mirada y veo que tengo el brazo cubierto de sangre. Todo a mi alrededor empieza a dar vueltas con rapidez hasta que todo se vuelve oscuro.

Me despierto al oír a alguien hablar. Abro los ojos y observo la habitación inmaculadamente blanca, una habitación en la que yo no he estado nunca. Intento moverme pero me duele todo el cuerpo y se me escapa un leve gemido de dolor que llama la atención de las dos figuras que hay al fondo de la habitación.

–  ¡Sara! – Escucho la voz de Raúl y sonrío. Camina hasta a mí y me besa el dorso de la mano. – Por fin te despiertas.

–  ¿Dónde estoy? – Pregunto.

–  Estás en el hospital, anoche entraron en casa los hombres de Figueroa, pero ya los han detenido a todos, incluidos el juez y el fiscal, y han pasado a disposición judicial sin fianza. – Me explica Raúl.

–  Hola Sara, soy el doctor Ruiz. Has pasado la noche en observación, aunque has estado dormida debido a la medicación y los sedantes. Una de las balas te rozó el brazo, por eso lo tienes vendado. Te hemos limpiado y cosido la herida. – Hace una pausa y añade: – También te hemos hecho una ecografía y analíticas de sangre, puedes estar tranquila, el bebé está estupendamente.

–  ¿El bebé? – Pregunto sorprendida.

–  ¿No sabías que estás embarazada? – Me pregunta el doctor.

–  Oh, no. – Balbuceo. – Pero… ¿De cuánto tiempo estoy embarazada?

–  De unas doce semanas, tres meses más o menos. – Me dice el doctor. – Voy a hacerte un chequeo, solo voy a mirarte las pupilas y los reflejos para confirmar que todo está bien. Después avisaré al director de ginecología del hospital para que venga a revisarte y pueda informarte con más exactitud sobre tu embarazo.

Mi embarazo. Miro a Raúl horrorizada pero él se limita a cogerme la mano y apretarla, es su señal para hacerme notar que está a mi lado y que me apoya. Tres meses. Tres meses de embarazo.

–  ¿Recuerdas cuándo tuviste el último periodo menstrual? – Me pregunta el doctor mientras me examina las pupilas con su linterna.

Intento recordar cuándo fue la última vez que me vino la regla y me es imposible. No he tenido la regla desde que regresé de vacaciones, tampoco la tuve durante las vacaciones y antes… Creo recordar que la tuve poco antes de viajar a Inglaterra cuando Jason competía en el gran premio de Gran Bretaña y eso fue a finales de junio y estamos a finales de septiembre.

–  Oh, Dios. Fue antes de ir a Inglaterra, a finales de junio. – Digo a nadie en particular. – Han pasado tres meses, ¿cómo no he podido darme cuenta?

–  Tranquila, has estado muy estresada con todo lo que ha pasado. – Intenta calmarme Raúl. – Acabo de llamar a tu padre y a mi hermana para explicarles lo que ha pasado, pues la noticia ha salido en todos los canales de televisión, así que he tenido que tranquilizarlos pero aun y así no tardarán en llegar.

Sé perfectamente lo que Raúl ha querido decir y, sin perder más tiempo, le pido al doctor:

–  Doctor, acabo de enterarme de que estoy embarazada y no quiero tener que dar explicaciones a nadie cuando ni siquiera yo he asimilado la noticia. ¿Cree que habrá algún problema si les pido discreción con este asunto?

–  Por supuesto, cuenta con nuestra confidencialidad. – Me responde. – Le pediré al personal sanitario que se abstenga de hablar de su diagnóstico con nadie que no sea directamente usted.

–  Se lo agradezco. – Le digo antes de que se marche en busca del director de ginecología. Una vez me quedo a solas con Raúl, le miro a los ojos y le digo: – No sé qué voy a hacer, ni siquiera termino de creerme lo que me ha dicho el doctor, pero si hay algo que sé es que no quiero tener que hablar de esto con nadie, al menos no por ahora.

–  Tranquila, seré una tumba. – Me dice con una sonrisa. – Pero deberías ir pensando cómo se lo vas a decir a Jason, no es algo que se pueda decir por teléfono.

–  No se lo voy a decir. – Le respondo con rotundidad.

La última vez que vi y hablé con Jason me dejó muy claro que si hubiese tenido hijos conmigo me los quitaría, no pienso correr ese riesgo. Puede que no haya buscado a este bebé, pero es mi bebé y pienso defenderlo con uñas y dientes.

Caprichos del destino 12.

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Después de haberme pasado la noche llorando en el sofá del salón de casa de Raúl, con él consolándome pacientemente y abrazándome para intentar hacerme sentir mejor, de pasar la mañana durmiendo sin saber cómo he llegado hasta la cama, Raúl entra en la habitación de invitados y se sienta a los pies de la cama.

–  Buenos días, bruja. ¿Has podido dormir algo?

–  Sí, aunque no sé cómo he llegado hasta a aquí. – Respondo incorporándome.

–  Después de llorar hasta inundarme el salón, te quedaste dormida y te traje a la cama. – Hace una pausa y me mira nervioso, lo que va a decir no me va a gustar: – Tu móvil no ha dejado de sonar en toda la mañana y he contestado al ver que era Jason.

–  No le habrás dicho…

–  Tranquila, solo le he dicho que ayer salimos a tomar unas copas y que te quedaste a dormir. – Me tranquiliza. – Le he dicho que estabas durmiendo y me ha pedido que te diga que le llames, está preocupado por ti.

–  Tiene gracia, toda la vida creyendo que el amor no existe y cuando lo encuentro tengo que dejarlo escapar. – Protesto con ironía. – ¿Por qué todo me tiene que salir mal?

–  La carrera está a punto de empezar, ¿quieres que la veamos juntos?

A pesar de ser las dos de la tarde, Raúl y yo desayunamos en el sofá mientras vemos la carrera. Tras una intensa carrera, Jason queda primero, Marcos segundo y Wolf tercero. Ni Raúl ni yo lo celebramos como de costumbre, ambos sonreímos forzadamente.

Veinte minutos después de acabar la carrera y después de la obligatoria rueda de prensa, mi móvil empieza a sonar de nuevo y sé que se trata de Jason. Raúl me acerca el móvil y me dice antes de desaparecer:

–  Voy a darme una ducha, no seas dura con él, es otra víctima.

Asiento con la cabeza y contesto sin saber muy bien qué decir cuando escucho la voz de Jason:

–  ¿Sara? ¿Eres tú?

–  Hola.

–  Cariño, me tenías preocupado, ¿estás bien?

–  Sí, más o menos.

–  ¿Más o menos? – Lo escucho respirar sonoramente antes de añadir: – ¿Qué pasa?

–  ¿Cuándo regresas?

–  Le he pedido a Ana que me reserve el primer vuelo que haya a Barcelona.

–  Hablaremos cuando regreses.

–  Sara, dime qué está pasando.

–  No, por teléfono no. – Digo con un hilo de voz.

–  De acuerdo, iré directamente a tu casa en cuanto baje del avión. – Me responde con toda la paciencia del mundo.

–  Estaré en casa de Raúl, ¿puedes ir directamente a su casa?

–  ¿En casa de Raúl? ¿Es que vas a quedarte esta noche también en su casa? – Me pregunta molesto.

–  Jason, no quiero hablar de esto por teléfono, por favor. – Le ruego. – Mándame un mensaje cuando sepas a qué hora llegarás.

–  Está bien, cómo quieras. – Me contesta furioso antes de colgar.

Raúl tiene razón, tengo que decirle la verdad, pero no quiero hacerlo por teléfono, tendré que esperar a que esté aquí para aclararle todo y a partir de ahí ya será decisión suya si quiere irse o quedarse.

Una hora después de colgar, recibo su mensaje: “Mi avión aterriza a las 21:10, iré directo a casa de Raúl.” Y ya está, nada más.

A las diez de la noche suena el timbre de la puerta y salgo de la ducha rápidamente, consciente de que es Jason, me envuelvo en una toalla y salgo del baño para ir en su busca. Llego al hall y Raúl ya ha abierto la puerta y está invitando a pasar a Jason, que lo saluda con un leve gesto de cabeza. Pasamos al salón y Raúl, sin esforzarse en ocultar sus palabras de Jason, me dice antes de besarme en la frente y desaparecer:

–  Si necesitas algo, estaré en mi habitación.

–  ¿De qué va todo esto, Sara? – Me espeta Jason en cuanto se asegura de que Raúl no puede oírlo.

–  Por favor, siéntate y lo hablamos con calma. – Le propongo.

–  ¿Hablar con calma? – Me grita. – Intento contactar contigo desde ayer y me ha sido imposible, cuando logro que me respondas en tu móvil resulta que es Raúl diciéndome que anoche salisteis de fiesta y que te has quedado a dormir en su casa. Son las diez de la noche y sigues en su casa y, a juzgar por tu vestimenta, veo que te sientes muy cómoda con él.

–  ¿Qué insinúas? – Le espeto furiosa.

–  Dímelo tú. ¿Te lo estás tirando? ¿Te has cansado de esperar mientras yo estoy fuera y por eso decides divertirte con él?

–  No puedo creer lo que me estás diciendo…

–  ¡Ni yo tampoco puedo creer que me hayas engañado como a un niño! Ahora doy gracias por no tener hijos contigo y tú también deberías dar gracias por eso porque si los tuviéramos te aseguro que te los quitaría y no dejaría que los vieses nunca.

–  Jason… – El llanto no me deja continuar y Jason me interrumpe:

–  Déjalo, no quiero tus explicaciones. – Me dice caminando hacia a la puerta para decirme antes de marcharse dando un portazo: – No quiero saber nada más de ti, Sara.

Raúl ha salido de su habitación tras escuchar el tremendo portazo que ha dado Jason. Se queda a dos metros frente a mí y me mira esperando una explicación de lo que ha ocurrido, pero solo soy capaz de echarme a llorar y correr a sus brazos. Raúl me envuelve con sus brazos mientras me susurra al oído:

–  Tranquila, cielo. Nos vamos a sentar en el sofá, te vas a tranquilizar y, cuando estés preparada, me cuentas qué ha pasado.

Tras otra noche de llantos, lamentos y de insomnio, consigo quedarme dormida al amanecer.

A las once de la mañana, Raúl me despierta:

–  Sara, Víctor está aquí con su jefe y con el tuyo. Al parecer ya estaban al corriente de lo que ocurría, pero les faltan pruebas para demostrarlo y tú las tienes. Vístete y sal al comedor, yo voy a prepararte un café. Respecto a lo de Jason…

–  Lo de Jason es mejor dejarlo como está, si sigue creyendo que estamos juntos no vendrá a buscarme y estará fuera de peligro.

Raúl abre la boca para contradecirme pero le fulmino con la mirada y decide no decir nada. Diez minutos después entro en el salón y me encuentro a Raúl, Víctor, un tipo al que no conozco y al director de la penitenciaria con sus dos guardaespaldas oficiales.

–  Señorita Moreno, ¿se encuentra bien? – Me pregunta Ernesto Vallejo, el director de la penitenciaria y mi jefe. Asiento con la cabeza y le estrecho la mano mientras él continua hablando. – No puedo creer que usted sola haya conseguido en unos meses la información y las pruebas que nosotros llevamos buscando desde hace un año y medio. – Señala al tipo que no conozco y hace las presentaciones. – Señorita Moreno, le presento al señor Agustín Domínguez, el director general de los Mossos d’Esquadra.

–  Encantado de conocerla, señorita Moreno. – Me dice el jefe de los Mossos. – Su amigo Víctor nos ha puesto al corriente de lo ocurrido y nos ha mostrado toda la información que usted ha recopilado.

–  En realidad, no toda la información la obtuve yo. Contraté a un detective privado y él fue quién me informó sobre la libertad de los presos involucrados. – Les aclaro.

–  Vamos a organizar una redada, con las pruebas que has conseguido podemos solicitar una orden al juez para entrar en todas las propiedades del juez Castro y el fiscal Espinosa y así poder encontrar las pruebas suficientes para ser condenados por corrupción, fraude y algunas otras cosas más. – Me dice el jefe de los Mossos. – Hasta que eso ocurra, queremos mantenerla protegida, por lo que, tras hablar con sus amigos, hemos decidido que lo mejor es que usted se quede aquí para estar segura mientras nosotros tratamos de detenerlos. Habrá dos agentes en casa y otros dos agentes que la acompañaran a donde quiera que vaya, aunque le recomendamos que no salga mucho y evite los sitios a los que suele ir.

Tras recibir las indicaciones oportunas y presentarme a los cuatro agentes que se van a encargar de mi seguridad, mi jefe y Agustín Domínguez se marchan con la promesa de mantenerme informada en todo momento.

Apago mi teléfono móvil con la intención de no hablar con nadie. Víctor me ha tranquilizado diciendo que le han puesto dos agentes a mi padre sin que él mismo lo sepa para evitar dar explicaciones y también han informado al equipo de Jason y Marcos para que refuercen la seguridad, aunque no les han informado del motivo. Al menos sé que ahora estará seguro.

Caprichos del destino 11.

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Después del Gran Premio de Alemania y Hungría, Jason tiene tres semanas de vacaciones que decidimos pasar juntos. Tras pasar diez días en una cabaña frente a una playa paradisiaca y totalmente desierta, fuimos a Londres para pasar unos días con su familia. Helena es una mujer encantadora, dulce y amable. James es más callado, pero igual de amable y encantador que su mujer. Kate tiene esa espontaneidad y esa alegría de la juventud, siempre va de un lado a otro llena de energía y con una sonrisa en los labios. Kevin no se parece en nada a Jason, es extrovertido, habla por los codos y siempre trata de ligar conmigo, aunque solo sea para fastidiar a Jason, pero sigue siendo un tipo encantador. Tengo que reconocer que Jason tenía razón, su familia se ha portado genial conmigo, como si yo fuera una más de la familia Muller.

Tras pasar unas maravillosas vacaciones tengo que regresar a Barcelona y seguir con mi trabajo. El ambiente se ha vuelto un poco hostil en la penitenciaria. El juez y el fiscal a los que estoy investigando a través de un detective privado me han citado hoy en una cafetería para informarme de cómo está el asunto. Me ha dicho que tenía que decirme algo muy importante y me ha pedido que no comente nada con nadie hasta haber hablado con él primero. Ni mi familia ni mis amigos saben nada al respecto, ni siquiera le ha dicho nada a Jason, que no deja de preguntarme qué me pasa desde que regresamos de vacaciones, a lo que yo me limito a contestar que todo va bien. Por suerte, Jason está en Italia y no voy a tener que inventarme ninguna excusa para encontrarme con el detective.

Cuando llego a la cafetería el detective Heredia ya está sentado a una mesa esperándome. Lo saludo con un firme apretón de manos y me siento frente a él.

–  Buenas tardes, señorita Moreno. – Empieza a decir. – He investigado todo lo que usted me pidió y, antes de continuar, debo advertirle que todo esto va más allá de dónde sospechábamos y, en mi opinión, debería facilitar toda esta información a la policía y dejar que ellos se encarguen de todo. – Hace una pausa para abrir un dossier y continúa hablando: – Por lo que he podido verificar, el juez Castro y el fiscal Espinosa están otorgando la libertad condicional a presos pertenecientes a bandas colombianas. Incluso le he traído fotografías e informes que demuestran todas las actividades que estos dos individuos llevan a cabo, la gran mayoría ilegales. – Me entrega un sobre con fotografías y el dossier con todos los informes y, antes de marcharse, añade en forma de consejo: – Estos tipos tienen amigos por todas partes, si de verdad quiere que acaben entre rejas tendrá que asegurarse que el policía a quien le va a contar todo no esté involucrado, de lo contrario, estará poniendo en peligro su vida y la de los que la rodean.

–  Gracias, inspector Heredia. – Le agradezco al mismo tiempo que me guardo en el bolso toda la documentación que me ha facilitado. – Tendré en cuenta su consejo y espero que todo salga bien.

De camino a casa no puedo dejar de darle vueltas al tema. Puedo decírselo a Diego y a David, confío en ellos y estoy segura de que me ayudarían pero, ¿qué puede hacer la policía local de Sitges en un caso de corrupción judicial? Nada. Solo los pondría en peligro. También puedo llamar a Víctor, aunque eso supondría que Esther se enterara y tendría que aguantar el sermón, las lamentaciones y puede que algún insulto que otro relacionados con mi estado de salud mental. Buf. Creo que lo mejor es darme un baño y aclarar un poco las ideas.

Introduzco la llave en la cerradura de mi piso pero de pronto alguien abre la puerta desde adentro. Estoy a punto de sonreír creyendo que es Jason pero la sonrisa se me esfuma de la cara en cuanto me percato que Jason mañana tiene el gran premio de Italia y es imposible que esté en mi piso. No me da tiempo a pensar en nada más. De repente, me encuentro con el cañón de una pistola frente a mis ojos. Solo puedo levantar la vista para ver quién es mi agresor y me quedo horrorizada al descubrir que la persona que tengo delante es Nelson Figueroa, uno de los presos colombianos al que le han concedido la condicional.

–  Es una gringa muy bella, no me extraña nada que tenga un novio que corre en carros de Fórmula 1, aunque supongo que eso también debe suponer un problema teniendo en cuenta lo poco que se podrán ver ustedes. – Me dice con su acento colombiano y con un brillo oscuro en los ojos. – No se preocupe, niñita. Todo va a salir bien siempre y cuando usted mantenga esa bocota cerrada. Nada me gustaría menos que tener que deshacerme de alguien tan bella como usted.

Repulsión es poco comparado con lo que siento en este momento. Solo de pensar que Figueroa podría tocarme con sus sucias manos me pone la piel de gallina. ¿A qué me creía que estaba jugando? ¿Cómo se me ocurre ponerme a investigar semejante cosa sin informar a la policía ni a nadie? Si este hombre me matara y escondiera mi cadáver nadie tendría la menor idea de dónde encontrarme ni a quién culpar.

–  No se asuste, princesa. – Continúa hablando Figueroa. – Estoy aquí solo para advertirle que deje de jugar a los detectives. Si descubro que no se toma en serio mi advertencia, tendré que encargarme personalmente de usted y, cómo le he dicho, nada me gustaría menos.

Dicho esto y con una sonrisa maliciosa en los labios, Nelson Figueroa desaparece por la puerta como si acabara de venir a saludarme mientras yo me dejo caer en el sofá y lloro como una niña. Cuando soy capaz de serenarme un poco, llamo a Víctor y, entre llantos y gemidos, le pido que venga a casa.

Veinte minutos más tarde, Víctor y Esther aparecen por casa junto a Raúl, que estaba con ellos y al enterarse de mi llamada desesperada también ha venido. Les explico todo lo que he averiguado en estos últimos meses mientras ellos me prestan toda su atención. Contesto a todas y cada una de las preguntas que me hace Víctor y, tras analizar lo sucedido, Víctor decide que lo mejor es llevar el asunto con discreción mientras él hace algunas averiguaciones ya que cree que es posible que también hayan policías involucrados en todo esto.

Por el momento, Víctor se encarga de imponer sus normas de seguridad:

–  Es evidente que aquí no te puedes quedar, te quedarás con nosotros en casa. Y, respecto al trabajo, ¿te quedan días de vacaciones? Podrías coger unos días libres. Otra cosa más, si sales a la calle tienes que hacerlo acompañada.

–  Puedes quedarte en casa conmigo, yo estoy de vacaciones y puedo hacerte compañía, al menos mientras tu piloto esté en las carreras. – Me propone Raúl.

–  Jason. – Balbuceo al acordarme de la amenaza de Nelson Figueroa. – Regresará mañana por la noche, tengo que hacer algo para alejarlo, no puedo ponerle en riesgo.

–  Y, ¿qué piensas hacer? ¿Dejarlo? – Me increpa Esther con una sonrisa nerviosa.

–  Es una opción. – Apunto. – Puedo decirle que necesito tiempo o espacio y, cuando todo se solucione, si es que se soluciona, le puedo explicar lo que ha pasado y a lo mejor incluso hasta me perdona. – Mi voz se ha ido debilitando a medida que salían las palabras de mi boca.

–  Yo optaría por decirle la verdad. – Me sugiere Raúl.

–  Entonces se quedaría aquí, en peligro. – No puedo aguantar más y vuelvo a llorar.

Mientras Esther me prepara una maleta en mi habitación, Víctor me prepara una tila en la cocina y Raúl se dedica a abrazarme y consolarme en el sofá del salón.

Antes de salir de mi apartamento, les hago prometer que no le van a decir nada de lo que ha pasado a nadie y, aunque a regañadientes, todos lo prometen.

Caprichos del destino 10.

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Los meses han ido pasando y mi relación con Jason se ha ido haciendo más seria y formal. En el Gran Premio de España, fuimos todos a Montmeló para ver la carrera, incluso vino mi padre. No sé cómo lo habrá hecho, pero Jason ha conseguido ganarse la amistad de mi padre, cosa nada fácil teniendo en cuenta que es el hombre que se acuesta con su hija…

Ahora estoy en Inglaterra, en una habitación de un lujoso hotel con Jason, que se prepara para la carrera de mañana en Silverstone. Aunque yo estoy más nerviosa que él. Se ha empeñado en que viniera para presentarme a su familia, lo que incluye a sus padres, a su hermano y a su hermana. Camino hasta el enorme ventanal de la habitación y me quedo mirando la vida nocturna de la ciudad.

–  Cielo, ¿quieres contarme por qué no dejas de dar vueltas por la habitación? – Me pregunta Jason con una voz suave pero sin poder evitar un tono de irritabilidad. – Creo que soy yo el que debería estar nervioso y no tú. ¿Qué te ocurre?

¿Qué me ocurre? Nada. ¡Solo que mañana voy a conocer a toda tu familia! Me hubiera gustado gritarle. Por si fuera poco, también está el tema de mi trabajo, que he tenido que contratar a un detective privado para que investigue sobre el tema de las condicionales.

–  Estoy un poco nerviosa porque voy a conocer a tu familia. – Le respondo con sinceridad, aunque no sea eso lo único que me preocupa.

–  No tienes que estar nerviosa, les vas a encantar. – Me dice sonriendo al tiempo que se levanta y se coloca detrás de mí para rodearme la cintura con sus brazos y abrazarme. – ¿Hay algo que pueda hacer para calmar esos nervios?

Su sugerente pregunta solo tiene una única respuesta, la cual le hago llegar con un pequeño gemido que él entiende a la perfección.

Tras una tórrida noche en el hotel, Jason se levanta temprano y se dirige hacia el circuito, donde debe empezar a prepararse para la carrera. Dos horas antes de la carrera, Ana y yo llegamos al “hospitallity” habilitado para el equipo de King Race para el que corren Jason y Marcos. Saludo a los técnicos e ingenieros a los cuales ya conocí en Montmeló y bromean sobre lo positiva que está siendo mi relación con Jason, puesto que en estas últimas carreras se ha puesto primero con 154 puntos, seguido de Wolf con 144 y en tercer lugar Marcos con 108. Jason se acerca en cuanto me ve llegar y me da un beso en los labios para después susurrarme al oído:

–  Cariño, mi familia está aquí y quiere conocerte. – Hace una pausa para darme otro beso en los labios y añade: –  Ven, te los voy a presentar.

Me coge de la mano y me arrastra frente a un reducido grupo de personas que se abren en abanico al verme llegar de la mano de Jason. Todos nos miran y sonríen con aprobación, al menos eso es lo que a mí me parece. Una mujer de pelo castaño y ojos verdes, de unos cincuenta años de edad, quien supongo que es la madre de Jason, es la primera en saludarme con dos besos en la mejilla:

–  Por fin te conocemos en persona, Sara. Yo soy Helena, la madre de Jason. – Me dice en un perfecto español. Señala al hombre que está a su lado y añade: – Este es mi marido, James. – Señala a una chica de mi edad y a un chico un par de años mayor que yo y continúa hablando: – Y ellos son mis hijos, Kate y Kevin.

–  Encantada de conocerles. – Les digo con una tímida sonrisa.

El primero en saludarme es Kevin, que se adelanta a su hermana Kate y, tras pasarme la mano por la cintura, me besa en la mejilla mientras me sonríe pícaramente y me dice:

–  Ahora entiendo porque mi hermano te tiene tan escondida, eres un verdadero bombón.

Me ruborizo al instante, pero Jason intercede arrancándome de los brazos de su hermano y con un tono de voz imperativo le advierte:

–  Te quiero a un mínimo de diez metros de ella.

–  Chicos, chicos. – Les regaña su padre. – ¿Qué va a pensar Sara de nosotros? – Se vuelve hacia a mí y me saluda con un leve beso en la mejilla mientras me dice: – No les hagas ni caso, estos dos se pasan la vida discutiendo, yo creo que es su peculiar forma de demostrarse afecto.

–  Tranquila, al final te acabarás acostumbrando. – Me dice Kate divertida al tiempo que se acerca y también me saluda con un beso en la mejilla. – No obstante, si empiezan a desquiciarte, solo tienes que avisarme y ya me encargaré yo de ellos.

–  Gracias, lo tendré en cuenta. – Le respondo sonriendo.

Ana y Marcos se acercan a saludar a la familia de Jason y observo como se besan y se abrazan con total familiaridad, si no los conociera y los viera en la calle hubiese creído que eran todos una familia. De hecho, aunque no fuera de sangre, eran todos una gran familia.

–  Cariño, ¿estás bien? – Me susurra Jason al oído. – Estás muy callada y pareces preocupada. – Hace una pausa para besarme y añade: – Mi familia te adora, no tienes de qué preocuparte. – Uno de los técnicos llama a Jason y Marcos para que regresen y Jason se despide de mí con otro beso en los labios para después decirme: – Tengo que irme, nena. No hagas planes con nadie para esta noche, te quiero para mí solo.

Allí vimos todos juntos la carrera. Wolf salía primero, seguido de Jason y de Marcos respectivamente. Las primeras vueltas fueron difíciles, dos coches chocaron y tuvo que intervenir el coche de seguridad. Apenas habían llegado a la vuelta veinticinco cuando otro accidente se produjo viéndose implicados cuatro coches, por lo que ya habían abandonado seis coches la carrera. El coche de seguridad tuvo que volver a salir, así que las vueltas pasaban y con ellas las oportunidades para que Jason pudiera adelantar a Wolf. Cuando por fin el coche de seguridad se retiró, Jason fue a por todas. Finalmente y tras un duro enfrentamiento con Wolf que no le dejaba espacio, pudo adelantarlo. Pero el alemán no se amilanaba y seguía a Jason muy de cerca, incluso sus coches llegaron a chocarse en una de las curvas en las que Wolf se salió de pista, lo que le hizo perder un par de segundos respecto a Jason y perdió su posición porque Marcos aprovechó la oportunidad para adelantarle. La carrera terminó con Jason primero, Marcos segundo y Wolf tercero, lo que suponía que Jason permanecía primero en la clasificación del campeonato con 179 puntos, seguido por Wolf con 159 puntos y Marcos con 126 puntos. Sin duda alguna, no podría haber un resultado mejor, bueno sí, que Wolf no hubiera puntuado, pero tampoco es cuestión de pedir milagros. Tras subir al podio, recibir los trofeos y rociarse con champagne, Jason ha bajado y ha venido hacia donde estábamos nosotros seguido de Marcos. Tras cogerme en brazos y abrazarme, me besa con uno de esos besos de película delante de todo el mundo (incluida su familia y medio mundo que esté en su casa viendo la Fórmula 1). Al ver su sonrisa maliciosa, no tengo duda alguna del motivo por el que lo ha hecho pero aun así, Jason decide susurrármelo al oído para dejarlo claro.

–  Así todo el mundo tendrá claro que eres mi chica, incluido el idiota de tu ex.

Y es que la semana pasada Alberto se presentó en mi casa con la mala suerte de que fue Jason quién fue a abrir la puerta. Ni qué decir tiene que Jason se puso furioso y las palabras que salieron de la boca de ambos no las voy a repetir porque no fue nada agradable de oír, pero gracias a eso no he vuelto a recibir ni una llamada de Alberto, ha dejado de enviarme flores a todas partes y vivo mucho más tranquila.

–  Chicos, esta noche cenamos juntos, tenemos algo importante que deciros. – Nos anuncia Marcos de la mano de Ana. – A las nueve en el restaurante del hotel.

–  Espero que sea algo realmente importante, ya teníamos planes para esta noche. – Replica Jason.

–  Ya me imagino qué clase de planes tenéis. – Dice Marcos divertido. – Tranquilos, después de la cena os dejaremos que os vayáis a vuestra habitación.

Después de la rueda de prensa, de regresar al hotel, comer y echar una pequeña siesta, aparecemos en el restaurante del hotel a las nueve en punto. Ana y Marcos ya están esperándonos en una mesa para cuatro. Nos sentamos junto a ellos a cenar y, cuándo ya nos están sirviendo el café, Jason no puede más:

–  ¿Pensáis decirnos eso tan importante o vamos a tener que suplicar?

–  Me gustaría verte suplicar a ti. – Se mofa Marcos.

–  Cariño, díselo. – Le dice Ana a Marcos con una tierna sonrisa.

–  Estáis empezando a asustarme, ¿qué pasa? – Les pregunta Jason preocupado.

–  Amigo, estás frente a unos futuros padres. – Nos dice Marcos con orgullo.

–  ¡Enhorabuena! – Les felicitamos Jason y yo al unísono.

Tras un montón de felicitaciones y abrazos, me quedo mirando a Marcos y Ana. Sus rostros emanan felicidad por todas partes, sus miradas reflejan el amor y el cariño que se tienen y que estoy segura le transmitirán a ese bebé.

–  Cariño, te has quedado muy callada. – Me susurra Jason. – ¿Te gusta la idea de ser mamá?

–  Si te soy sincera, nunca me lo había planteado. – Le respondo. – Pero sin duda alguna me lo plantearía si estuviese en su lugar, se les ve tan felices.

–  Bueno, eso ya es algo.

–  ¿Algo de qué? – Pregunto.

–  Bueno, yo estaba pensando en ir practicando la manera de hacer un bebé para cuando quieras tenerlo. – Su contestación, aunque medio en broma, denota algo de verdad en lo que dice.

–  ¿Estás hablando de tener hijos conmigo? – No puedo evitar que mi voz suene temerosa.

–  Tranquila cariño, no quiero que vayas a salir corriendo. – Me dice burlonamente al ver la expresión de terror en mi rostro. – Sé que es pronto, pero no he podido evitar pensar en nosotros con un bebé. ¿Crees que podría llegar a ser el padre de tus hijos?

–  Si algún día tengo hijos, no me cabe la menor duda que será contigo. – Le respondo sonriendo.

–  Me alegra oír eso. – Me responde con una amplia sonrisa.

Caprichos del destino 9.

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Jason se quedó en Barcelona hasta el 4 de enero, que regresó a Londres para pasar la víspera y el día de reyes con su familia. El día 7 de enero volvió a Barcelona, esta vez con gran parte de sus pertenencias, pues ha comprado una casa en la misma urbanización lujosa dónde Ana y Marcos tienen su preciosa casa. Lo primero que hizo fue enseñarme su nueva casa, todavía por amueblar, y después me llevó a comprar un coche, el BMW 118 de color negro, el cual se empeñó en comprar alegando que era su regalo de Navidad para mí.

Jason se queda en Barcelona hasta principios de febrero, que empieza la pretemporada y él y Marcos viajan a Londres. Ana se queda en casa, por primera vez en siete años decide no acompañar a Marcos en la pretemporada. Los chicos vuelan de vuelta a Barcelona todos los fines de semana, hasta mediados de marzo que empieza la temporada. Ana acompaña a su marido pero yo no puedo acompañar a Jason, tengo trabajo del que ocuparme, sobre todo desde que Alicia dimitió el pasado mes de febrero cuando encontró trabajo de lo suyo en un colegio como pedagoga.

Jason y yo hablamos todos los días por teléfono y viene a Barcelona cada vez que tiene un par de días libres, lo cual no ocurre muy a menudo, solo un par de veces al mes.

Aitor y Alicia han seguido viéndose desde la noche de fin de año y su relación parece haberse vuelto más seria de lo que todos esperábamos, lo cual nos alegra.

Como tengo que ponerme al día en el trabajo ya que aún no me han puesto a otra ayudante y creo que tampoco tienen intención de hacerlo, aprovecho y adelanto trabajo. Reviso los informes de los presos a los que se les ha concedido la condicional en los últimos meses y los archivo. Todo va bien hasta que me encuentro con el expediente de Nelson Figueroa, un preso con una condena superior a 20 años de los cuales no ha cumplido ni 6 meses y a quien le han concedido la libertad condicional pese a la existencia de informes por mala conducta en su expediente. Lo aparto para llevármelo a casa y leerlo completamente mientras sigo revisando informes. Al final del día he apartado diez expedientes idénticos al de Nelson Figueroa, y eso que no he terminado de revisar ni la mitad de ellos.

Cuando llego a casa me doy un baño, pido comida china a domicilio y me acomodo en el sofá para revisar los informes. Los diez expedientes tienen las mismas características: presos de nacionalidad colombiana detenidos en España por homicidios premeditados, con condenas superiores a 20 años de los cuales el que más tiempo ha cumplido es Nelson Figueroa y solo ha estado seis meses en prisión. Una banda de sicarios colombianos, asesinos a sueldo, a los que le conceden la condicional por supuesto buen comportamiento a pesar de que no hay aportado ningún informe al respecto en el expediente. Reviso la firma del fiscal y el juez que han llevado los casos y en todos los expedientes aparecen las mismas firmas: el juez Castro y el fiscal Jorge Espinosa. Está claro que esos dos tienen algo entre manos y pienso averiguarlo.

Al día siguiente termino de revisar y archivar expedientes y me encuentro con otros dieciocho casos con las mismas irregularidades, todos firmados por el mismo juez y el mismo fiscal. Entro en la base de datos desde mi despacho y reviso todos los expedientes archivados en los que han coincidido Castro y Espinosa y los copio a un pendrive para llevármelo a casa. Voy a tener que investigar que tienen en común esos veintiocho presos, el juez y el fiscal.

Tras pasar toda la semana revisando minuciosamente todos los expedientes, llego a la conclusión de que el juez Castro y el fiscal Espinosa son dos funcionarios corruptos, pero necesito poder demostrarlo antes de acusarlos, de lo contrario nadie me escuchará y la perjudicada seré yo.

El domingo 21 de abril, quedamos todos en mi casa para ver la carrera del Gran Premio de Bahréin y todos queremos ver a Jason y a Marcos. Es la cuarta carrera de la temporada y Bjorn Wolf va en primer lugar en la clasificación para el mundial con 75 puntos, seguido de Jason que va segundo con 54 puntos y Marcos tercero con 45 puntos. Los tres han subido al podio en las tres carreras, Wolf ha quedado primero en las tres, Jason segundo y Marcos tercero.

Durante la carrera todos gritamos y nos emocionamos en cada vuelta en la que Jason intenta adelantar a Wolf y cuando lo consigue todos nos levantamos de nuestros asientos y saltamos eufóricos. La carrera termina con Jason primero, Wolf segundo y Marcos tercero, pero la clasificación del mundial no mueve puestos, sigue estando primero Wolf con 93 puntos, Jason con 79 y Marcos con 60.

En el podio veo a Jason sonriendo, más de lo que él suele sonreír en público. Vemos cómo se riegan con champagne para después de ser entrevistados. Uno de los reporteros, le hace una pregunta a Jason y presto toda mi atención para escuchar lo que dicen mientras mis amigos bromean y gritan eufóricos:

–  Ha sido una carrera dura, ha perseguido a Wolf vuelta tras vuelta y ha conseguido adelantarle para hacerse con el primer puesto, ¿hay alguien en especial a quién quiera dedicárselo?

El silencio se hace en mi casa y el corazón se me para esperando a escuchar la respuesta de Jason, que sonríe al otro lado del televisor. Desde enero, han salido especulaciones en programas de televisión, periódicos y revistas anunciando que Jason había iniciado una relación estable con una chica de Barcelona y el periodista, un español, ha preguntado lo más sutilmente que ha podido.

–  Se lo dedico a alguien que estará pegada al televisor rogando que no diga su nombre. – Le contesta Jason al reportero con una maliciosa sonrisa en los labios.

Cómo era de esperar, Jason desaparece de la rueda de prensa en cuanto puede. Nunca le han gustado los periodistas, dice que crean un circo de la Fórmula 1 y debo reconocer que en ocasiones es así.

–  Eres la envidia de todas las mujeres del mundo. – Me dice Esther divertida. – Si yo estuviera en tu lugar le rogaría para que dijera mi nombre y todo el mundo supiera que tiene dueña, hay mucha lagarta suelta por ahí. ¿Te has fijado en las azafatas que traen el champagne?

–  Cariño, mejor quédate callada, ¿quieres? – Le sugiere Víctor.

–  ¿Cuándo regresa Jason? – Me pregunta Aitor.

–  Mañana aterriza su avión y hasta el jueves día 9 de mayo no tiene que correr, además el próximo Gran Premio es el de España y nos ha conseguido entradas para ver la carrera en Montmeló, así acompañaremos también a Ana. – Les informo y todos quedan encantados.

–  ¿Tienes ganas de verle, Sara? – Me pregunta Aitor con sorna. – Supongo que estos periodos de abstinencia no son muy buenos para ti.

–  Siempre puedes buscarte un amante, yo en tu lugar elegirá a David. – Bromea Esther.

–  Cariño, creo que la que se va a quedar sin sexo vas a ser tú cómo vuelvas a nombrar al vecinito. – Le advierte Víctor a Esther.

–  ¡Qué celoso, cuñado! – Se mofa Raúl.

–  Estoy segura de que a Jason le encantará que le repitáis todo lo que acabáis de decir. – Les advierte Alicia, la voz de la cordura entre mis amigos.

–  Que conste en acta que yo no he abierto la boca. – Digo bromeando con las manos en alto en señal de inocencia. – Yo no tengo nada que ver con lo que aquí se está diciendo.

–  Oye, ¿crees que si le pido a Jason que me deje probar su coche, lo hará? – Me pregunta Aitor.

–  Lo dudo mucho. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Imagino que esos coches solo los tocarán los mecánicos e ingenieros del equipo, los probadores y los pilotos.

–  Pues a mí me gustaría conducir uno de esos. – Dice Aitor con melancolía.

–  Olvídalo, Aitor. – Le aconseja Raúl y añade con sorna. – Con un poco de suerte, te dejará mirar el coche.

Después de ver la Fórmula 1 y comer, todos empiezan a marcharse hasta que me quedo sola. Recojo y limpio el piso, así mañana no perderá ni un solo minuto en hacer tareas del hogar y podré dedicarme única y exclusivamente a Jason, con la excepción de que tengo que ir a trabajar.

Caprichos del destino 8.

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A la mañana siguiente me despierto rodeada por los brazos de Jason, con la cabeza sobre su pecho. Le miro y está despierto, me sonríe alegremente y me besa en la coronilla antes de decirme:

–  Buenos días, nena.

–  Buenos días, nene. – Le contesto divertida. – Creo que necesito darme una ducha.

–  Lleno la bañera y nos bañamos juntos. – Me dice pícaramente besándome en los labios. – No creas que he acabado contigo todavía.

Tras una sesión de sexo en la bañera no apta para menores, Jason y yo bajamos a desayunar a la cocina, dónde todos están  desayunando, unos con mejor aspecto que otros.

–  Buenos días, parejita. – Nos dice Aitor bromeando. – ¿Qué tal habéis pasado la noche?

–  Seguro que mejor que yo. – Se lamenta Raúl, el único que ha dormido sin compañía.

–  No te preocupes, hermano. – Le consuela Víctor. – Otra vez será.

–  Chicos, tengo que irme. – Nos informa Alicia. – Tengo comida familiar y me gustaría pasar por casa a ducharme y cambiarme de ropa.

–  Nosotros también nos vamos. – Dice Esther. – Raúl ¿vienes con nosotros?

–  Si, nosotros también tenemos comida familiar. – Secunda Raúl.

–  Alicia, espera. – Le dice Aitor. – Te llevo a casa.

–  Y vosotros, ¿qué planes tenéis? – Les pregunto a Ana y Marcos.

–  Ninguno, lo cancelamos todo para dar la fiesta en casa. – Responde Marcos. – ¿Y tú?

–  Iba a ir a casa de mi padre, ¿me queréis acompañar? – Les propongo. – Él estará encantado de teneros por casa y Marcos saldará una deuda conmigo.

–  Por supuesto, me encanta la idea. – Dice Marcos con entusiasmo.

–  A mí también, tengo curiosidad por conocer a tu padre, Esther me ha dicho que si ella pudiera cambiar a su padre lo cambiaría por el tuyo. – Bromea Ana.

–  ¿Voy a conocer a mi futuro suegro? – Pregunta Jason divertido.

–  No, vas a conocer al padre de tu amiga. – Le corrijo. – Y, si quieres llevarte bien con él, te aconsejo que pienses en la palabra “amigo” en el más estricto sentido de la misma.

–  ¿Un suegro duro de roer? – Se mofa Marcos.

–  Si tienes en cuenta que nunca le ha gustado ningún chico con los que he salido, un poco. – Les confieso encogiéndome de hombros.

–  ¿Nunca le ha gustado un novio tuyo? – Me pregunta Jason, sin rastro alguno de mofa. De hecho, bastante preocupado. – Alguien le gustará para su hija, ¿no?

–  Sí, tienes razón. – Le contesto sin importancia. – El hijo de su vecino.

–  ¡Oh, Esther me enseñó una foto suya anoche! – Exclama Ana. – Te aseguro que si no estuviera felizmente casada ese bombón no se me escapaba.

–  Gracias, cariño. – Le dice Marcos con sarcasmo.

–  ¿Algo más que deba saber? – Me pregunta Jason molesto.

–  No le mientas. Tiene un sexto sentido para detectar las mentiras.

–  Genial, tengo que fingir que solo quiero una sana amistad contigo y tu padre es especialista en detectar mentiras. – Responde malhumorado. – ¿No prefieres tirarme al río con los cocodrilos?

–  ¡Qué dramático, por favor! – Estallo en carcajadas. – Mi padre es un hombre normal y corriente, pero solo tiene una hija y quiere lo mejor para ella, como todos los padres. Marcos, ¿qué tal te fue con tu suegro la primera vez que le conociste?

–  Genial, sus padres me invitaron a cenar a su casa y, cuando creía que no había nadie cerca, le di una palmada en el trasero a Ana y su padre me pilló. – Nos cuenta Marcos divertido. – Me echó de su casa en el acto mientras los hermanos y la madre de Ana se reían, totalmente humillante.

–  ¡No fue para tanto! – Protesta Ana.

–  Lo fue, te lo aseguro. – Le reafirma Marcos a Jason.

–  Si no te apetece ir, llamo a mi padre y le digo que voy mañana a verlo, no pasa nada. – Le sugiero.

–  Eso es lo que a ti te gustaría, por eso me estás diciendo todo esto. – Me dice Jason cogiéndome en brazos y haciéndome cosquillas. – Confiésalo.

–  Vale, vale. He exagerado un poquito. – Confieso. – Estoy segura que le caerás bien, tienes a tu favor que entiendes de coches y además eres un piloto de Fórmula 1. Pero no he mentido respecto a la opinión de mi padre sobre mis novios, eso es verdad.

Un par de horas más tarde, los cuatro llegamos a Sitges. Marcos aparca el X6 frente a la puerta del jardín y mi padre sale al porche para recibirnos antes de que bajemos del coche.

–  ¡Feliz año, hija! – Me dice mi padre abrazándome en cuanto llega a mí. Se despega parcialmente de mí para echar un vistazo a mis amigos y los reconoce en seguida: – ¡Pero si son Marcos Roldán y Jason Muller, pilotos de la Fórmula 1! ¿Qué están haciendo aquí?

–  Han venido para comer con nosotros, papá. – Le respondo divertida. – ¿Recuerdas que te he llamado hace un par de horas para avisarte?

–  Si, pero se te ha olvidado mencionar ese pequeño detalle. – Me reprocha mi padre. – Pasad todos dentro, aquí fuera nos vamos a congelar.

Como era de esperar, Diego está en casa con mi padre. David trabaja hoy, pero les ha prometido que se pasará en cuanto acabe el turno. Tras hacer las presentaciones oportunas, mi padre quiere saber de qué los conozco, así que le cuento la verdad, que Jason fue quién me embistió con el coche.

–  ¿Este es el pijo al que le dijiste que tenía que aprender a conducir? – Bromea mi padre, más feliz de lo que lo he visto últimamente.

–  Sus palabras exactas fueron “¿dónde te han regalado el carné de conducir?” – Se mofa Marcos.

–  Me alegro de que no le pasara nada a mi hija. – Le dice mi padre a Jason con un tono de voz bastante amenazador incluso para él. – El viejo Golf aún está en el taller, Sara quiere repararlo en vez de comprarse un coche nuevo.

–  ¿Aún no te has comprado un coche? Me dijiste que ya tenías coche. – Me reproche Jason.

–  Y lo tengo, Aitor me presta el suyo siempre que se lo pido, él no lo utiliza y yo quiero arreglar mi viejo Golf, es una reliquia. – Me defiendo.

–  Es tan cabezona como lo era su madre, no la vas hacer cambiar de opinión. – Le advierte mi padre a Jason. – Es mejor optar por el chantaje emocional, entonces a lo mejor consigues que ceda.

Diego, Marcos y Ana se echan a reír, pero Jason ha captado a la perfección lo que mi padre le acaba de decir y opta por ponerlo en práctica:

–  Sara, si conduces en ese viejo e inseguro coche y te pasara cualquier cosa, todos nos preocuparíamos mucho. Si te compras un coche nuevo, todos viviremos más tranquilos.

–  ¡Aprende rápido, el chico! – Bromea Diego.

Pongo los ojos en blanco y salgo al porche a fumarme un cigarrillo. Antes de cruzar el umbral de la puerta, oigo la voz de mi padre decirle a Jason en voz baja pero audible desde donde yo estoy:

–  Es una cabezota, pero es muy buena chica y mi hija. No sé ni quiero saber lo que os traéis entre manos, ella es muy recelosa con su intimidad y vosotros sois de mundos distintos. No quiero ver sufrir a mi única hija.

–  No tengo la más mínima intención de hacerle daño, señor Moreno. – Oigo a Jason asegurarle.

–  Papá, te estoy escuchando. – Le advierto alzando la voz antes de salir al porche.

Ana se levanta y sale al porche conmigo para hacerme compañía.

–  Qué fuerte, creo que es la primera vez que alguien se atreve a amenazar a Jason. – Se mofa. – Me cae bien tu padre, Esther tenía razón.

Ambas nos reímos y bromeamos sobre el interrogatorio que mi padre le debe estar haciendo a Jason hasta que finalmente me apiado de él y decido ir en su busca.

–  ¿Todo bien por aquí? – Pregunto mirando a mi padre con advertencia.

–  Por supuesto, cariño. – Se afana en responder mi padre. – Jason me estaba contando que su madre es española, de Blanes.

–  ¿Ah, sí? – Pregunto sorprendida. – No sabía que eras medio español. – Le digo a Jason. – ¿Cuál es su historia?

–  Mi madre vivía en Blanes, se fue a estudiar a Londres, conoció a mí padre y se casó. – Me resume rápidamente Jason. – De pequeños, siempre veníamos un par de semanas a Blanes de vacaciones, pero cuando mis abuelos murieron dejamos de venir. Mis padres vienen de vez en cuando para cuidar de la casa y ver a viejas amistades.

–  Vienen a disfrutar del sol y de las playas que no tenéis en Londres. – Se mofa Marcos.

–  A Sara también le gusta mucho la playa y el sol, no creo que seas capaz de conseguir llevártela a Londres, si es eso lo que pretendes. – Le advierte mi padre a Jason.

–  ¡Papá! – Le regaño.

–  Me has dicho que nada de preguntas inoportunas, así que me limito a hacer comentarios. – Se defiende mi padre. – Además, me habéis dicho que sois amigos y puedo ver en sus ojos que Jason quiere mucho más que una amistad contigo.

–  Papá, cierra la maldita boca. – Le espeto furiosa.

–  Tiene razón, señor Moreno. – Le dice Jason dejándome atónita. – Pero le aseguro que no pretendo llevarme a su hija. Estoy buscando residencia en Barcelona.

–  ¿Qué? – Logro preguntar.

–  Quería darte una sorpresa pero, dadas las circunstancias… – Me explica Jason.

–  Vale, nos vamos. – Les digo poniéndome en pie.

–  Pero, ¿no le vas a decir nada? – Me pregunta mi padre. – Se va a comprar una casa aquí por ti, ¿qué clase de amigo hace eso?

–  Papá, te veo el día de reyes. – Me despido de él dándole un beso en la mejilla. – Dale recuerdos a David y dile que lo veré la semana que viene.

Marcos, Ana y Marcos también se despiden de mi padre y de Diego. Quiero salir de aquí antes de que alguien diga algo más de lo que no estoy preparada para escuchar.

Nada más subirnos al coche, Jason, que va sentado a mi lado en la parte de atrás del X6 de Marcos, me pregunta con el ceño fruncido:

–  Creía que te ibas a alegrar de que buscara casa en Barcelona, ¿no quieres que lo haga?

–  No es eso, es que todo está yendo demasiado rápido. – Me excuso. – No quiero que compres una casa sólo para estar cerca de mí. ¿Qué pasa si esto no sale bien?

–  Tengo dinero de sobra, puedo permitirme comprar una casa donde quiera y quiero hacerlo en Barcelona. – Me dice. – ¿Tienes algún problema si compro una casa en Barcelona porque me gusta la ciudad?

–  No. – Le respondo.

–  Bien, en ese caso me compraré una casa porque me gusta la ciudad. – Me dice Jason divertido. Me besa en los labios y añade: – Es una suerte que tú vivas en esta ciudad.

–  Eso es hacer trampas. – Me quejo.

–  Estoy dispuesto a todo por conseguir que estés a mi lado, incluso a trasladarme. – Me susurra al oído desarmándome y dejándome sin argumentos para rebatirle.

Han pasado demasiadas cosas en apenas veinticuatro horas. Cosas que aún no he asimilado porque aún estoy flotando sobre las nubes.

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