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Cállame con un beso 22.

Cállame con un beso

SILVIA.

El día siguiente, regresamos a Ciudad del Cielo y Fernando se queda encantado al ver que somos capaces de mantener una conversación normal sin querer matarnos. Daniel y Lety han decidido quedarse una semana más en Isla del Sol. Fernando también se muestra encantado con la relación de su hijo con Lety y Miguel y yo respiramos aliviados.

Nos reunimos con Fernando en su despacho y Miguel empieza a exponerle todo lo que hemos estado preparando durante nuestras vacaciones forzadas en Isla del Sol:

–  Hemos pensado en decir que nos casamos hace un año y que, desde entonces, hemos estado de luna de miel, así podremos justificar nuestra ausencia durante tanto tiempo. Primero pasaremos una temporada en Kiel, Alemania, para dejar que mis hombres nos vean y, cuando los rusos me investiguen, puedan corroborar nuestra historia.

–  ¿De cuánto tiempo estamos hablando? – Pregunta Fernando.

–  No hemos estipulado un tiempo determinado. – Le contesto. – Pero supongo que al menos deberemos pasar un mes allí. Si todo va bien, de allí viajaremos directamente a Moscú y en dos semanas estaremos dentro de la alta sociedad.

–  Es un tiempo récord. – Nos aplaude Fernando. – Pero en esta ocasión, prefiero que os toméis el tiempo necesario y que todo salga bien. ¿Cuándo pensáis viajar a Kiel?

–  En un par de días, como mucho. – Responde Miguel. Me mira y añade: – Si a Silvia le parece bien.

–  Por mí podemos irnos mañana mismo. – Contesto. – Cuanto antes empecemos con todo esto, antes lo acabaremos.

–  De acuerdo, lo organizaré todo para que salgamos mañana mismo. – Me dice Miguel sonriendo. – Ve y descansa un poco, yo me ocupo de todo.

Asiento con la cabeza y sonrío al ver la cara de incredulidad de Fernando antes de dirigirme a mi habitación, la que está justo en frente de la habitación de Miguel.

Me meto en la cama vestida tan solo con una camiseta de tirantes ajustada y un culote de algodón y caigo rendida en un profundo sueño. Cuando me despierto, Miguel está sentado a los pies de mi cama y me mira sonriendo antes de decir:

–  Buenos días, muñeca. Aunque debería decir buenas noches.

–  ¿Qué hora es? – Pregunto avergonzada. – ¿He dormido mucho?

–  Casi cuatro horas de siesta. – Me responde divertido. – Al ver que no bajabas he decidido venir a buscarte pero te he visto tan dormida que no he querido molestarte.

–  Y has preferido quedarte a mirar como duermo, ¿no? – Le digo malhumorada. – ¿No te han enseñado que es de mala educación observar a una señorita mientras duerme?

–  Muñeca, si mis hombres me preguntan si roncas cuando duermes, tendré que saber qué contestarles, ¿no crees? – Bromea.

–  Yo no ronco y, si alguno de tus hombres te pregunta eso, dímelo y yo me encargaré de cortarle la lengua para que no vuelva a hacer preguntas estúpidas. – Le contesto. – ¿Has arreglado lo del viaje?

–  Sí, ya está todo listo. – Me contesta sonriendo. – Solo falta que nos hagamos unas fotos vestidos de novios el día de la boda y alguna normal para llevar en la cartera. Lety me ha enviado algunas que nos hizo en Isla del Sol. – Señala hacia el sillón donde ha dejado el vestido de novia y añade: – Póntelo y no tardes en bajar, el fotógrafo lleva media hora esperando.

Miguel desaparece y yo me quedo asombrada al darme cuenta que mientras yo dormía como una marmota, él ha estado preparando todo esto. Cojo el vestido de novia y me lo pongo. Es un vestido color blanco marfil, con escote en palabra de honor, sencillo pero precioso. Si hubiera tenido que escogerlo yo, habría escogido este mismo vestido. Me hago un semi recogido y bajo hacia el salón donde Miguel y el fotógrafo me esperan. Nos hacemos fotos en el jardín, en la terraza y junto a la piscina. Cuando Miguel cree que ya es suficiente, le dice al fotógrafo que se retire y nos quedamos a solas de nuevo.

–  Muñeca, te sienta muy bien este vestido. – Me susurra al oído.

–  A ti también te sienta muy bien el traje, cielo. – Le contesto sonriendo.

Tras terminar de hacernos las fotos, regresamos a casa y volvemos a vestirnos con ropa normal para que el fotógrafo pueda seguir haciéndonos fotografías. Cuando por fin nos damos por satisfechos, Miguel, Fernando y yo cenamos juntos en el comedor y, aprovechando que Miguel se retira para atender una llamada de teléfono relacionada con el trabajo, Fernando me pregunta:

–  Silvia, ¿qué tal lo llevas con mi hijo?

–  Bien. No te voy a negar que discutimos constantemente pero, al fin y al cabo, eso es lo que hacen la mayoría de matrimonios, ¿no crees?

–  No me refiero a la operación, me refiero a vosotros dos como personas. – Me aclara esperando una respuesta.

–  Al principio fue difícil, ni siquiera nos caíamos bien. – Le confieso sonriendo. – Pero hemos aprendido a soportarnos y estoy segura de que todo saldrá bien.

–  Me gusta veros trabajar juntos. Ambos sois independientes, cabezotas y muy perspicaces en vuestro trabajo y, sin apenas conoceros, habéis organizado una operación en dos semanas cuando cualquier persona, por muy capacitada que sea, hubiera tardado un mínimo de dos meses.

–  Lo cierto es que da gusto trabajar con Miguel. – Le confieso de nuevo. – No digo que no tengamos nuestras diferencias, pero en lo que al trabajo se refiere nos compenetramos muy bien.

–  No sabes cuánto me alegra oír eso. – Me dice Fernando. – Sé que no te gusta trabajar con nadie y que, si lo haces, solo aceptas trabajar con tu equipo, pero me alegra que hayas aceptado trabajar con mi hijo y me alegra mucho más que seáis capaces de hacerlo tan bien y de tan buen humor.

–  Bueno, no es tan fácil como tú lo quieres hacer ver, pero lo cierto es que estoy trabajando a gusto porque tenemos la misma perspectiva. – Le digo sonriendo. – Por cierto, ¿piensas decirle a Miguel que pretendes fusionar tu agencia con la de mi padre?

–  No se te escapa una. – Me contesta sonriendo. – Pero aún no hemos decidido nada, todo depende de cómo se os dé esta misión.

–  Tus hijos ya no son unos niños, Fernando. – Le apunto. – Se merecen saber lo que está ocurriendo y el fin por el cual estás haciendo todo esto, ¿no crees?

–  Puede que tengas razón, pero hablaré con ellos cuando llegue el momento. – Me contesta zanjando el tema. – ¿Miguel te trata bien?

–  ¿A qué te refieres?

–  Solo quiero saber si es un buen compañero, tu padre ya me ha advertido que no debo meterme en tus asuntos personales. – Me contesta divertido.

–  No me puedo quejar demasiado, la verdad. – Le confirmo. – Claro que eso no quita que no dejemos de discutir.

–  Mi abuela siempre decía que los amores más reñidos son los más queridos, Silvia.

–  Estoy aquí por un asunto profesional, Fernando. – Le contesto.

–  En cualquier caso, tengo que confesarte que Miguel nunca hubiera dejado que una persona ajena metiera sus narices en nuestra agencia y parece encantado contigo. – Me dice divertido. – No sé lo que habrás dicho o hecho para que se comporte así, pero me alegra que lo hayas conseguido.

Miguel regresa y entre Fernando y yo se forma un halo de complicidad que a Miguel no le pasa desapercibido y, con la mosca detrás de la oreja, nos pregunta:

–  ¿A qué viene tanto secretismo?

–  Solo le estaba dando las gracias a Silvia por ayudarnos con este asunto. – Miente descaradamente Fernando. – Me alegra que seáis capaces de trabajar en equipo.

Miguel me mira y me sonríe antes de contestar:

–  Si no terminamos matándonos, creo que formaremos un gran equipo.

–  Silvia es como la sobrina que nunca tuve y para mí no habría mejor noticia que la que me confirmase que podéis trabajar juntos e incluso ser amigos. – Nos dice Fernando. – Es algo muy importante para mí y espero que no me decepcionéis.

–  No te preocupes, Fernando. – Le tranquilizo. – Miguel y yo formamos un buen equipo de trabajo, a pesar de nuestras diferencias.

Fernando se relaja y Miguel me sonríe. Contengo las ganas de lanzarme sobre Miguel y besarle delante de Fernando, tengo que empezar a controlar estos instintos.

Miguel, sin embargo, parece encantado y no deja de sonreírme, cosa que me excita y me provoca, pero logro mantener el control aunque con dificultades.

Cállame con un beso 21.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Cuando me despierto y miro el reloj, son casi las doce del mediodía. Decido darme una ducha de agua fría y bajar a la cocina en busca de Silvia. Cuando llegamos a casa, Alejandro nos vio tirados en las escaleras y sin dejar de reír. No parecía estar enfadado por nuestro comportamiento, pero tampoco podía estar contento.

Al pasar por el salón, Alan me ve y me sigue hasta la cocina.

–  Silvia me ha pedido que te dijese que volverá sobre las dos de la tarde. – Me dice escudriñándome con la mirada.

–  ¿Se ha ido? – Pregunto sorprendido.

–  Ha tenido que encargarse de un asunto, pero no tardará en volver. – Me contesta con indiferencia y, antes de largarse, añade: – Por tu bien, espero que la repentina salida de Silvia no tenga nada que ver contigo ni con lo que quiera que hicierais anoche.

Joder, ¿llevo la palabra sexo escrita en la cara o qué? Y, ¿por qué se ha tenido que largar Silvia? ¿Ha huido para no tener que darme la cara? Sería ridículo, tarde o temprano lo tendrá que hacer.

Desayuno y decido salir al jardín y darme un chapuzón en la piscina a ver si se me aclaran las ideas, me refresco y evito cruzarme con Alan, al que está claro que no le caigo nada bien.

A las dos en punto de la tarde, puntual como un reloj, Silvia aparece en el jardín y se sienta en la hamaca de al lado de la mía. La miro y me percato de que tiene un ligero rubor e hinchazón en el pómulo izquierdo.

–  ¿Qué cojones te ha pasado? – Le pregunto preocupado.

–  No es nada, no te preocupes. – Me contesta quitándole importancia. – Siento haberte dejado solo toda la mañana, pero tenía que encargarme de un asunto. ¿Ha ido todo bien por aquí?

–  Dímelo tú.

–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta.

–  A lo de anoche. – Le contesto. – Tu padre y Alan nos vieron tirados en las escaleras y yo ni siquiera sé qué está pasando por tu cabeza…

Me calla con un beso y yo me dejo callar hasta que me doy cuenta de dónde estamos y la aparto con suavidad pero con una sonrisa en los labios.

–  Relájate. – Me ordena. – Si te sientes mejor, haremos como si lo de anoche no hubiera pasado nunca.

–  ¡Cómo si pudiera hacer eso! – Le contesto sonriendo. – Solo necesito que me asegures que todo está bien, Silvia.

–  Todo está bien, para mí sigues siendo un gruñón con el que pienso seguir discutiendo por todo y estoy segura de que tú también lo crees, ¿verdad? – Me dice con naturalidad. – Venga, vamos a comer o cuando lleguemos Alan se lo habrá comido todo. – Debe de notar mi gesto de disgusto porque me pregunta escudriñándome con la mirada: – ¿Te pasa algo con Alan?

–  Nada, ¿por qué? – Miento.

Silvia se encoge de hombros y yo me encamino hacia a la cocina junto a ella para evitar seguir con esta conversación.

Comemos con Alan, pero él y Silvia no se dirigen la palabra. Me siento incómodo observando cómo se fulminan con la mirada y disimulan cuando me miran a mí. Por la tarde, Silvia y yo decidimos continuar con la organización de la operación y, como era de esperar, volvemos a discutir una y otra vez. Y eso mismo es lo que estamos haciendo cuando Alejandro entra en el salón y nos dice:

–  ¿Es que sólo dejáis de discutir cuando estáis borrachos?

–  Papá, no es asunto tuyo. – Le contesta Silvia con firmeza. – He dejado el informe de esta mañana sobre la mesa de tu despacho, no me puedo creer que me hayas llamado a mí para esto, se tendría que haber encargado Alan.

–  Mira, no sé lo que está pasando ni quiero saberlo. – Le dice Alejandro a su hija. – Pero no quiero que me metáis ni a mí ni a nada que tenga que ver con la agencia en medio de vuestros asuntos. Y eso también va por vosotros dos.

No sé qué decir, así que me limito a callar. Alejandro es un hombre que impone, pero su hija no lo debe de ver así porque le dice:

–  Entonces, encárgate de hacerle saber a Alan que no puede utilizar a mis agentes para seguirme a donde quiera que vaya.

¿Qué? ¿Ese idiota nos había puesto vigilancia toda la noche? ¡Joder, que lo hicimos en su local, en una terraza al aire libre!

Alejandro frunce el ceño y, antes de marcharse, le dice a su hija:

–  Ya me he encargado de eso.

Silvia resopla y Alejandro sale del salón. Me quedo mirando a Silvia esperando una explicación que no llega, así que le pregunto directamente:

–  ¿De qué estabas hablando? ¿Ese idiota nos ha estado vigilando toda la noche?

–  No te preocupes, ya me he encargado de todo y no hay ni una sola imagen o vídeo que dé a entender lo que pasó anoche. – Me responde.

–  Entonces, ¿por qué lo ha hecho?

–  El muy idiota salió a cenar con la compañera de Abel y se encargó de tenernos vigilados para que no nos encontráramos.

–  ¿La compañera de Abel?

–  Lucía Morales. – Me aclara. – Es compañera de Abel en una agencia americana. Siempre ha ido detrás de Alan y yo nunca le he caído bien.

–  ¿Qué es lo que te molesta? – Le pregunto arqueando una ceja.

¿Estaba celosa de esa tal Lucía porque había ido a cenar con Alan?

–  Me molesta que Alan me haya mentido, me molesta que haya salido con ella y me molesta aún más que la muy imbécil haya corrido a contárselo todo a Abel.

–  ¿Por qué tienes el pómulo hinchado, Silvia? – Le pregunto con impaciencia.

–  Me he peleado un poquito con Lucía. – Me confiesa con cara de no haber roto nunca un plato.

En ese momento, Alan irrumpe en el salón y, gritando, le pregunta a Silvia:

–  ¿Se puede saber qué le has hecho a Lucía? Acabo de estar con ella en el hospital, Silvia.

Silvia pone los ojos en blanco y dice con indiferencia:

–  Demasiado teatral, para mi gusto. Y, si tanto te molesta lo que he hecho, la próxima vez que quedes con ella asegúrate de que no hablas de mí.

–  ¡Joder, Silvia! ¿Se puede saber qué te pasa?

–  ¡Qué te pasa a ti! – Le increpa furiosa. – ¿Desde cuándo necesito tu visto bueno para acostarme con alguien? ¿Desde cuándo me lo reprochas?

–  Acabas de reconocerlo, te has acostado con él. – Dice Alan mirándome ¿sonriendo? No entiendo nada. – Lo siento pequeña, ya me conoces. – Añade sonriendo abiertamente y, tras darle un beso en la frente, se marcha escaleras arriba.

Silvia me mira y, con la culpabilidad en el rostro, me dice con un hilo de voz:

–  Lo siento, se me ha escapado.

Yo le sonrío y le respondo:

–  Creo que Alan ya lo sabía, solo quería escuchártelo decir a ti. Lo que no entiendo es lo de los reproches, ¿hay algo que quieras contarme?

–  Alan es un mujeriego y, tras un pequeño percance, le dije que nada de buscar sexo en el trabajo, aquello de donde tengas la olla no metas la polla. – Me explica. – Su reproche es porque yo puse esa regla y precisamente yo soy la que se la ha saltado.

–  Muñeca, las reglas están para saltárselas. – Le susurro al oído.

–  No. Deja de hacer eso. – Me dice con seriedad. – Anoche nos lo pasamos bien, pero debemos centrarnos en lo importante.

Como si pudiera centrarme en otra cosa que no fuera ella. Alejandro entra en ese momento al salón y nos hace pasar al comedor. Dos minutos después aparece Alan y se sienta a la mesa con nosotros. La cena transcurre con normalidad, hablamos de Lety y de su prolongación de las vacaciones para pasar unos días más con Daniel, de cómo llevamos la organización de la operación y de lo bien atado que lo tenemos todo.

Silvia se muestra entusiasta con todo lo relacionado con la operación y mi padre está encantado con su entusiasmo y yo me alegro de que esté contenta, necesito tenerla a mi lado el máximo tiempo posible.

Cállame con un beso 20.

Cállame con un beso

SILVIA.

No me lo puedo creer. Miguel y yo nos hemos pasado la última parte de la cena excitándonos y jugando a un juego muy peligroso. Si tuviera dos dedos de frente acabaría con todo esto, pero habiendo bebido una botella de champagne, dos botellas de vino y una copa de orujo de hierbas, no tengo la fuerza de voluntad necesaria para negarme ese placer.

Arrastro a Miguel a la limusina y él accede sin rechistar, está demasiado excitado como para pensar con la cabeza de arriba.

–  ¿A dónde les llevo, señorita Torres? – Me pregunta el chófer después de bajar la ventanilla.

Miro a Miguel esperando una respuesta y, tras suspirar, me dice:

–  ¿Nos tomamos una copa en algún lugar donde nos dé el aire?

–  Al Infinity, por favor. – Respondo al chófer.

El chófer asiente con la cabeza y sube la ventanilla tintada e insonorizada que nos separa, dejándonos a Miguel y a mí en la más absoluta intimidad. Me tenso al pensar dónde vamos, hubiera preferido decirle al chófer que diera vueltas por la ciudad hasta que le diera otra orden, pero Miguel había preferido ir a tomar una copa. Como si me leyera el pensamiento, me susurra al oído con la voz ronca:

–  Lo bueno se hace esperar, muñeca. Te advertí que me las pagarías, no creas que se me ha olvidado.

Ahora estoy todavía más excitada e impaciente que antes. Lanzo un ligero gemido de frustración y Miguel se ríe burlonamente. Y, para torturarme todavía más, me coloca sobre su regazo para besarme lascivamente el cuello al mismo tiempo que va susurrando:

–  Quiero excitarte toda la noche para que cuando llegue el momento estés tan mojada que mi polla resbale al entrar en ti.

Oh, Dios. Me quemo. Creo que estoy a punto de correrme y ni siquiera me ha tocado.

–  Lo mejor del sexo, son las expectativas que nos creamos antes de llevarlo a cabo. – Continúa hablando. – Cuanto más tiempo lo deseas, mayor es el placer.

Ardo. Estoy a punto de rogarle a Miguel que ha me haga todo lo que me está diciendo cuando la limusina se detiene. Miro por la ventanilla y veo que estamos frente al Infinity. Intentando serenarme, me recoloco el vestido y le digo a Miguel:

–  Ya hemos llegado.

Miguel me sonríe antes de salir de la limusina y después me tiende su mano para ayudarme a salir a mí. Entramos en la antesala del local y no me suelta la mano, me la agarra con firmeza. Parados frente a las dos puertas, me pregunta:

–  ¿A qué sala vamos?

–  La sala de arriba en una terraza con unos reservados en plan chill-out y la sala de la planta baja es un poco más especial. – Empiezo a decirle. – Digamos que esa sala es para los que disfrutan del sexo abiertamente.

–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta con curiosidad.

–  Es una sala dividida en tres partes: la primera es el pub, donde puedes analizar las distintas posibilidades y se permite besar, tocar y algunos preliminares suaves mientras puedes observar y ser observado por otros. La segunda estancia de la sala es para disfrutar del sexo, ya sea en pareja, haciendo tríos u orgías, aunque la luz es muy tenue y apenas se distingue algo vagamente. Y, la tercera estancia está compuesta por unas pequeñas habitaciones para quienes prefieren tener un poco de intimidad.

–  ¿Vienes aquí muy a menudo? – Me pregunta molesto.

–  Ni siquiera vengo a menudo a la ciudad. – Me río con dulzura. – Pero sí, he estado aquí antes, si es eso lo que quieres saber. Alan es el propietario del local.

–  No me digas nada más, prefiero no saberlo. – Me interrumpe. – Vamos a la planta de arriba, no pienso compartirte con nadie, muñeca.

Subimos las escaleras y llegamos a la terraza, donde Miguel busca uno de los reservados del chill-out con mayor intimidad y cuando lo encuentra, me arrastra hasta allí. El reservado está compuesto por una cama con dosel y una mesa auxiliar, todo ello oculto por unos biombos que otorgan la intimidad y privacidad deseada. Sobre la mesa auxiliar, hay una botella de champagne en una cubitera y un par de copas de cristal. Miguel coge la botella y llena las dos copas. Se sienta a los pies de la cama y tira de mí hasta colocarme sobre su regazo.

–  Muñeca, estamos jugando con fuego, lo sabes, ¿verdad?

–  Ya pensaremos en eso mañana. – Le respondo antes de besarle. – Estoy demasiado excitada como para pensar con claridad, cielo. – Ronroneo en su cuello.

Miguel no se hace de rogar, está igual o más excitado que yo. Nos besamos apasionadamente y nuestras manos recorren el cuerpo del otro. Las manos de Miguel ascienden desde mis muslos hasta llegar a mi trasero y apretarlo mientas se le escapa un gruñido. Me tumba sobre la cama y se me queda observando con deleite antes de decirme:

–  Me encanta el vestido que llevas, pero me gustarías más sin él.

Consciente de lo que me acaba de pedir, le sonrío pícaramente y empiezo a desabrochar el cierre de los tirantes que se unen en mi cuello. Sin enseñarle un centímetro de piel que oculta mi vestido, le digo con la voz ronca por la excitación:

–  Si quieres quitarme el vestido, solo tienes que tirar de él.

Miguel me sonríe y, cuando creo que me va a arrancar el vestido, empieza a tirar de él lentamente al mismo tiempo que va besando cada centímetro de mi piel que va quedando al descubierto. No llevo sujetador, así que me quedo tumbada en la cama solo vestida con un diminuto tanga de color rojo y mis zapatos de tacón de aguja. Miguel se ha quedado embobado mirándome y, al ver que no reacciona, decido empezar a desnudarle. Le quito la chaqueta del traje y empiezo a desabrochar los botones de su camisa sin prisa pero sin pausa. Colocando mis manos sobre sus hombros, las deslizo llevándome conmigo la camisa y dejándola caer sobre la cama a su espalda. Continuo con el cinturón y el botón de sus pantalones pero a estas alturas Miguel ya no puede más y se quita los pantalones de un tirón, llevándose con ellos los calzoncillos. De repente, le tengo completamente desnudo frente a mí y me sonríe lascivamente.

–  Eres todavía más preciosa de lo que me imaginaba, muñeca. – Me susurra al oído.

Entonces, se desata la pasión. Me arranca el tanga de un tirón, sus manos acarician todo mi cuerpo sin descanso, sus labios recorren mi piel y su lengua se detiene entre mis piernas. Estoy a punto de correrme cuando le cojo la cabeza con ambas manos y lo arrastro hasta que queda frente a mí para decirle mirándole a los ojos:

–  Te quiero dentro, cielo.

Me penetra de un solo empujón. Estoy tan mojada que, como él había adivinado, su polla se desliza dentro de mí sin resistencia, pese a que el tamaño de su miembro es más que considerable. Me penetra una y otra vez, primero con suavidad, después cada vez más fuerte hasta que, acalorados y excitados, llegamos juntos al clímax. Se derrumba sobre mí hasta que nuestras respiraciones se empiezan a normalizar, momento en el que él rueda hacia a un lado, llevándome con él y colocándome a mí encima de él. Me besa en la coronilla y me dice abrazándome con fuerza:

–  Aunque esto nos va a traer problemas, si volviera a nacer volvería a repetirlo.

Le beso en los labios con ternura y le sonrío. Nos quedamos un rato así tumbados hasta que se escucha un ligero murmullo y Miguel se incorpora conmigo en brazos, decide que es mejor que nos vistamos. Una vez vestidos, Miguel vuelve a colocarme en su regazo y pone en mi mano una de las copas de champagne.

Cuando regresamos a casa, son las seis y media de la mañana y estamos más borrachos que una cuba. Tropezamos al subir las escaleras que nos llevan a la planta superior y ambos caemos al suelo entre risas.

–  Borrachos pero vivos, no está mal. – Nos dice mi padre mirándonos impasible. – Tengo que ir a la oficina, pero os espero esta noche a las nueve para cenar en casa.

Dicho esto, mi padre desaparece escaleras abajo y Miguel me mira pálido como la leche mientras yo estallo en carcajadas. En ese momento, Alan llega a casa y nos encuentra tirados en las escaleras y yo sin parar reír.

–  Ahora entiendo el cabreo que se trae tu padre, ¿os ha visto así? – Pregunta Alan. – Por cierto, ¿habéis estado en mi club?

Asiento con la cabeza y Alan me lanza una mirada de reproche. Alan es de los que opina que no se debe mezclar el trabajo con el placer y, por muy divertida que le parezca la situación, en estos momentos está con el chip de hermano mayor puesto. Miguel se levanta y me ayuda a levantarme, pero ya no sonríe, ni me coge de la mano o coloca su brazo alrededor de mi cintura. Ha vuelto a ser el Miguel de siempre.

Fulmino con la mirada a Alan y termino de subir las escaleras para encerrarme en mi habitación, sé que ahora ninguno de los dos estamos capacitados para mantener una conversación normal. Antes de cerrar la puerta de mi habitación, le digo a Miguel:

–  Hablaremos cuando hayamos dormido y descansado un poco, será lo mejor.

Entro en mi habitación, me desnudo y me meto en la cama sin desmaquillarme. Me cuesta dormir y tengo que hacer un esfuerzo por calmar mis ganas de levantarme y meterme en la cama de Miguel.

Dios, ¿pero qué he hecho? Alan tiene razón, no debería haber mezclado el trabajo y el placer. Joder, ¡se supone que nos tenemos que infiltrar juntos en Moscú y hacernos pasar por pareja! Si ya era bastante difícil con las discusiones no me quiero ni imaginar lo que será con esta tensión sexual.

Cállame con un beso 19.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Tras subir de nuevo a mi habitación y tardar cinco minutos en cambiarme de ropa y ponerme un traje, salgo al pasillo a esperar a Silvia. Cuando estoy a punto de llamar a la puerta de su habitación, cansado de esperar, la puerta se abre y me quedo con la boca abierta al verla con un vestido de noche de color rojo, un escote al que me va a resultar muy difícil dejar de mirar y unos zapatos rojos con tacón de aguja de unos diez centímetros de alto por lo menos. Joder, daría mi vida por verla vestida solo con esos zapatos.

–  Te sienta muy bien el traje. – Me dice sonriendo, devolviéndome a la realidad.

–  Tú me has dejado sin palabras. – Le confieso. – ¿Pedimos comida a domicilio y cenamos tú y yo en el jardín?

Silvia se ríe, se lo toma a broma aunque yo estoy hablando muy en serio.

–  Venga, que si llegamos muy tarde tendremos que esperar para que nos den una mesa. – Me apremia sin dejar de sonreír. – Vamos en taxi, hoy vamos a beber un poco.

Asiento sin rechistar, pero la idea de beber con ella así vestida aparece en mi mente y todas las alarmas de mi cuerpo empiezan a saltar, todas excepto una, que se muestra encantada con la situación.

Cuando salimos al porche, un taxi limusina nos está esperando y, leyéndome el pensamiento, Silvia, con una sonrisa en los labios, me dice:

–  No podemos llegar en un Toyota a un restaurante de cinco tenedores, ¿no crees?

Nos subimos en la limusina y, a pesar de que hay un enorme sofá con forma de L, me siento pegado a Silvia. Ella, lejos de molestarse, me sonríe y saca una botella de champagne de un compartimento que parece ser una nevera y dos copas de lo que parece un armario camuflado. Cojo la botella de champagne de sus manos y la abro para servir las dos copas. Después, la vuelvo a dejar donde Silvia la ha encontrado y brindo con ella:

–  Por nosotros.

–  Por nosotros. – Brinda entrechocando su copa con la mía.

Justo cuando acabamos de bebernos nuestras copas de champagne, la limusina se detiene en una de las calles principales de la ciudad, frente a un local con un rótulo moderno donde pone: “The eat’s King”, la comida del rey.

Entramos en el restaurante y el mitre, al vernos, sonríe y dice:

–  Buenas noches, señorita Torres. Señor.

–  Buenas noches. – Dice Silvia con su espléndida sonrisa. – No tenemos reserva, pero esperaba que tuvieran una mesa libre para dos.

–  Por supuesto, señorita Torres. – Responde el mitre. – Para usted siempre hay mesa.

Nos acompaña hasta la planta superior y nos da la mejor mesa del local, una mesa ligeramente apartada del resto de comensales, lejos de los servicios y junto a una ventana con vistas al mar. Nos sentamos y nos entrega la carta de vinos y la de comida antes de retirarse.

Silvia insiste en que sea yo quien escoja el vino y la comida y yo se lo agradezco. Me siento un poco raro sin tener el control, por lo general, soy yo quien lleva a las chicas a cenar, quien alquila las limusinas para llevarlas y quien controla la situación. Pero con Silvia no se puede controlar la situación y, aunque a veces me desespero, también me gusta. Las chicas con las que estoy acostumbrado a salir no se bañan en ropa interior en un lago de una cueva subterránea por la noche, son chicas que no han visto un arma en su vida y si les dispararan se morirían del susto, chicas frías y superficiales que nada tienen que ver con Silvia.

Estamos cenando tranquilamente y charlando con complicidad cuando una voz masculina nos interrumpe:

–  ¿Silvia? –  Giro levemente la cabeza y veo al propietario de esa voz. Un tipo de mi edad, moreno y que sonríe demasiado al ver a Silvia. – Silvia, pensaba que estabas en Isla del Sol. ¿Cuándo has regresado?

–  Diego. – Responde Silvia sorprendida. Sonríe educadamente y añade: – He regresado esta misma tarde. No teníamos reserva, pero tu mitre ha sido muy amable y nos ha dado una de las mejores mesas.

¿Su mitre? ¿Es el propietario del local?

–  Para ti, siempre hay mesa. – Le dice el tipo sonriendo. Me echa un vistazo rápido y añade: – ¿Cena de negocios o de placer?

–  Hasta ahora, de placer. – Le respondo molesto.

¿Quién se cree este tipo? ¿Cree que puede acercarse, interrumpirnos y hablar como si yo no estuviera presente? No lo pienso permitir.

–  Miguel, te presento a Diego Molina, el propietario del restaurante. – Me dice Silvia incómoda.

El tipo alarga su mano y yo se la estrecho con desgana. Después, se vuelve hacia a Silvia y añade:

–  ¿El propietario del local?

–  ¿Tengo que pedir la carta de reclamaciones? – Le replica Silvia.

–  ¿Tienes que venir a mi restaurante con otro tipo? – Le reprocha el tal Diego.

Así que este tipo es algún ex amante o ex novio de Silvia. Quizás alguno de sus amigos con derecho a roce, quién sabe. Si lo llego a saber, voy al tailandés.

–  ¿A qué viene este ataque de celos? – Le pregunta Silvia furiosa pero sin alzar la voz. – Miguel es un amigo con el que pienso cenar y después ir a tomar unas copas. Duerme en mi casa, pero quizás esta noche la pase en mi habitación. ¿Tienes algún problema?

–  No, ninguno. – Contesta Diego antes de largarse.

Silvia resopla y, mirándome a los ojos, me dice:

–  Siento lo que he dicho, pero tenía que quitármelo de encima antes de que dijera algo de lo que se iba a arrepentir.

–  A mí me gusta tu plan. – Bromeo.

–  No me tientes, acabo de quedarme sin uno de los mejores amantes que he tenido. – Se lamenta.

–  Si puedo hacer algo para compensarte…

–  ¡Ni se te ocurra pensarlo y mucho menos decirlo! – Me amenaza.

–  Pensaba invitarte a un helado de chocolate, que dicen que es buen sustituto del sexo, pero si crees que es algo indecente…

–  Se ha acabado el vino. – Me interrumpe. – ¿Puedes pedir otra botella, por favor?

Después de cenar y bebernos dos botellas de vino, Silvia pide la cuenta y, cuando se dispone a pagar, le sujeto la mano y saco mi cartera. De ninguna manera voy a dejar que pague ella. Abro la boca para empezar a discutir pero Silvia tiene otros planes, me besa en los labios al mismo tiempo que le entrega su tarjeta al camarero y éste se marcha sonriendo.

–  Acabas de jugar sucio, muñeca. – Le digo con la voz ronca y la entrepierna hinchada.

– Tú me besas para callarme, yo hago lo mismo. Si no te gusta, predica con el ejemplo. – Añade sonriendo pícaramente y mirándome con una mirada felina y coqueta con la que no me había mirado antes.

Tal y como está mi entrepierna, no me puedo levantar de la silla. Por suerte, el camarero regresa con dos copas de licor de hierbas, obsequio de la casa.

–  ¿Te has quedado mudo, cielo? – Me pregunta sonriendo la muy descarada.

–  Deja de provocarme si no quieres que acabemos detenidos por escándalo público, cielo. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

–  Siento decirte que el único arrestado serías tú. – Sonríe burlonamente y continúa: – Aunque tengo que reconocer que la idea de ser arrestada por algo así me excita.

¿Acaba de decir eso de verdad o lo acabo de imaginar? ¿Qué se supone que tengo que contestar a algo así? Joder, mi miembro está empezando a dar saltos y se supone que tenía que intentar calmarme para evitar que todo el mundo se vuelva a mirarme cuando me levante. Pero es que ese escote…

–  Me las vas a pagar, muñeca.

–  Estoy deseándolo, cielo. – Me contesta con la voz ronca.

Está tan excitada como yo. Me levanto de un salto, cojo a Silvia del brazo y la coloco delante de mí, pegando su trasero a mi erección y le susurro al oído:

–  Camina sin alejarte de mí.

Silvia me obedece de inmediato y caminamos hasta salir del restaurante, donde el mitre nos despide dándonos las buenas noches de nuevo. La limusina nos está esperando y, antes de subirnos, le pregunto:

–  ¿Dónde quieres ir ahora?

–  Lo decidiremos en la limusina. – Me contesta agarrándome de la mano y arrastrándome al interior del vehículo.

Sin hacerme de rogar, entro en la limusina seguido de Silvia.

Cállame con un beso 18.

Cállame con un beso

SILVIA.

Después de dos semanas en Isla del Sol, Miguel y yo decidimos pasar por Ciudad de Perla a saludar a mi padre antes de regresar a Ciudad del Cielo.

Miguel y yo como compañeros formamos un buen equipo, al menos en las tareas de oficina, ya veremos cómo se nos da en el campo de batalla y fingiendo ser un matrimonio. Nuestra relación ha mejorado bastante, seguimos discutiendo con frecuencia, pero poco rato más tarde se nos olvida y volvemos a nuestra peculiar normalidad.

–  ¡Pequeña, qué sorpresa! – Exclama Alan en cuanto me ve y corre a abrazarme.

Por el rabillo del ojo veo como Miguel resopla y pone mala cara aunque intenta disimular sin éxito. A pesar de ello y con toda la malicia femenina, me dejo abrazar y besar por Alan. Cuando por fin nos separamos, Miguel le estrecha la mano educadamente, pero sin demasiado entusiasmo.

–  Parece que le tienes cabreado, ¿qué le has hecho esta vez? – Me pregunta Alan en un susurro para que solo yo pueda oírle.

–  Nada. – Le contesto sonriendo.

Entramos en casa y mi padre sale de su despacho con cara de pocos amigos. Me mira a mí, después mira a Miguel y, finalmente, vuelve a mirarme a mí antes de preguntar:

–  Si no os habéis matado el uno al otro, ¿por qué estáis aquí?

–  Nosotros también nos alegramos de verte, papá. – Le digo a modo de respuesta. – Necesito coger ropa de abrigo y, de paso, hemos venido a verte. Nos quedaremos un par de días por aquí antes de regresar a Ciudad del Cielo.

–  ¿Ocurre algo? – Le pregunta mi padre a Miguel. ¿No se fía de mí o qué?

–  Queremos dejarnos ver durante una temporada por Alemania, creemos que es lo mejor antes de infiltrarnos en Moscú. – Le explica Miguel. – Viajaremos a Kiel desde Ciudad del Cielo y hemos pensado en pasar a saludarte ahora que tenemos tiempo.

Mi padre nos mira de arriba abajo a los dos. Cuando comprueba que ninguno de los dos está herido y que probablemente decimos la verdad, me dice sonriendo:

–  Enséñale las habitaciones de invitados a Miguel para que escoja la que más le guste. Me gustaría acompañaros esta noche, pero tengo que ir a una cena benéfica.

–  Entonces aprovecharé que no estarás esta noche para salir a cenar con Miguel y enseñarle la vida nocturna en nuestra ciudad. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  Alan, ¿irás con ellos? – Le pregunta mi padre.

–  Lo cierto es que no me han invitado. – Le responde Alan a mi padre. – Pero ya tengo planes para esta noche, Alejandro.

Mi padre nos mira de nuevo a Miguel y a mí y, antes de salir a toda prisa hacia a su habitación para cambiarse de ropa e ir a la cena benéfica, nos dice:

–  No creo que sea una buena idea que salgáis los dos solos por ahí, pero ya sois mayorcitos para actuar con responsabilidad y afrontar las consecuencias de vuestros actos.

–  ¿A qué ha venido eso? – Le pregunto a Alan en cuanto mi padre desaparece.

–  Cree que os vais a matar el uno al otro y pretende que yo haga de árbitro. – Me explica Alan.

–  Por cierto, ¿con quién has quedado esta noche? ¿Tienes una nueva amiga y no me dices nada? ¿Qué clase de relación tenemos? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  Pequeña, desde que eres la señora Hoffman, nuestra relación se ha enfriado. – Me responde mirando de reojo a Miguel. Él también se ha dado cuenta de su gesto de disgusto cuando ambos nos tocamos o hablamos de intimidades. – Pero, si el señor Hoffman no te hace feliz y te divorcias, ya sabes en qué habitación encontrarme, pequeña.

Uff. Ahí se ha pasado. ¿Cómo se le ocurre decir eso? Le lanzo una mirada de reproche a Alan sin que Miguel se dé cuenta y, sorprendiéndome, Miguel le dice a Alan:

–  No te preocupes, aún no es la señora Hoffman y solo lo será por poco tiempo.

Alan y yo cruzamos una mirada, Miguel está furioso. Alan decide no decir nada más y, dedicándome una sonrisa pícara, desaparece.

Después de enseñarle a Miguel todas las habitaciones libres, decide quedarse con la habitación de invitados que está junto a mi habitación. Nos damos una ducha en nuestras respectivas habitaciones y, una hora más tarde, cuando bajo al salón, me lo encuentro charlando alegremente con Samuel, uno de nuestros agentes.

–  ¡Samuel! – Exclamo al verle. – ¿Qué haces tú por aquí?

–  En cuanto tu padre me ha dicho que estabas en casa, se me ha ocurrido venir a verte. – Me contesta al mismo tiempo que me abraza. – Echo de menos nuestras discusiones.

Samuel, sin pretenderlo, acaba de meter el dedo en la llaga. Miguel me mira arqueando una ceja, aunque no parece de muy buen humor…

–  ¿He dicho algo que no debía? – Nos pregunta Samuel mirándonos a Miguel y a mí.

–  Por lo visto, Silvia acostumbra a discutir con todo el mundo. – Musita Miguel ¿molesto?

–  ¿Con quién la has visto discutir? Que yo sepa, solo discute con Alan y conmigo. – Dice Samuel con naturalidad.

–  No le hagas caso, está en modo gruñón desde que hemos llegado. – Intento bromear con Samuel para relajar la tensión creada. – Creo que es el cambio de aires, no ha debido de sentarle nada bien.

–  Ya entiendo. – Dice Samuel riendo a carcajadas.

–  ¿Qué cojones es lo que tú entiendes? – Le gruñe Miguel.

–  Relájate, tío. – Le dice Samuel. – Solo estábamos bromeando. – Me da un abrazo y se despide: – Me tengo que ir ya, pero si mañana por la noche sigues por aquí, recuerda que tú y yo tenemos algo pendiente que resolver. – Me guiña un ojo y añade: – Sé buena hasta entonces.

Samuel estrecha la mano de Miguel y se marcha. Miguel y yo nos quedamos a solas y, tras ver su cara de pocos amigos, le pregunto con voz dulce:

– ¿Te apetece salir a cenar?

–  Con la cantidad de amigos que tienes, ¿quieres pasar la noche en mi compañía?

–  Supongo que no será la mejor noche de nuestras vidas, pero puede que hasta nos lo pasemos bien. – Le digo bromeando, intentando que se relaje. – ¿Qué me dices?

–  ¿A dónde pretendes llevarme? – Me pregunta ya más relajado.

–  Primero a cenar, que estoy hambrienta. – Le contesto. – ¿Te gusta la cocina tailandesa?

–  Quiero sentarme en una silla y comer en la mesa como una persona normal. – Me responde. – Algo más occidental me gustaría más.

–  Entonces, nada de comida china o japonesa. – Sentencio. – Te voy a llevar al restaurante de unos amigos donde sirven comida nacional y de buena calidad. Eso sí, tendremos que cambiarnos de ropa porque así no nos dejarán entrar. – Añado echándonos un vistazo de arriba a abajo.

–  ¿Traje y corbata? No, ni de coña. – Me dice Miguel enfurruñado.

–  ¿Aún estáis aquí? – Nos pregunta Alan a punto de salir.

–  Estamos intentando ponernos de acuerdo para elegir restaurante, pero sin demasiado éxito. – Le explico poniendo los ojos en blanco. – ¿Alguna sugerencia?

–  ¿Por qué no vas a tu restaurante favorito? Si Miguel no quiere ir contigo yo estoy dispuesto a hacer un intercambio de parejas y dejar que Miguel se vaya con mi cita para yo poder cenar contigo. – Bromea Alan guiñándome un ojo.

–  Lárgate, anda. – Le digo a Alan riendo. – No hagas esperar a tu cita.

Alan se marcha y Miguel vuelve a estar enfurruñado. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Tiene miedo de que le cobren por sonreír o qué?

–  ¿Qué te apetece comer? – Le pregunto.

Miguel resopla, me mira y, finalmente, me dice:

–  ¿Por qué no me has ofrecido llevarme a tu restaurante favorito?

¡Maldito Alan! Maldigo para mis adentros. No me apetece explicarle que mi ex, con el que de vez en cuando me sigo viendo, es el propietario del restaurante. Pero me apetece menos ir allí, encontrarme a mi ex y que Miguel se entere por otra persona. ¿Qué le contesto?

–  Es un sitio pijo, no podemos ir así vestidos. – Logro contestar.

–  No te preocupes, si es tu restaurante favorito, estoy dispuesto a cambiarme de ropa. – Me contesta sonriendo. – ¿Traje y corbata?

Asiento con la cabeza y ambos regresamos a nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos de ropa y ponernos elegantes. Me pongo un vestido rojo de noche cogido al cuello con un escote que me llega casi hasta el ombligo y unos zapatos rojos de tacón de aguja de más de diez centímetros. Me aliso el pelo con la plancha un poco y me maquillo un poco más. Media hora más tarde, salgo de mi habitación.

Cállame con un beso 17.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Después del día de tregua, decidimos empezar a organizar la operación. Silvia tiene algunos contactos porque estuvo infiltrada en Moscú hace un par de años y ella insiste en reactivar su falsa identidad.

–  No seas cabezón, es la manera más segura de entrar en ese pequeño círculo sin llamar la atención ni levantar sospechas. – Insiste de nuevo. – Si has estado infiltrado bajo una identidad que puedas utilizar en Moscú, nos facilitaría aún más las cosas.

–  Estuve infiltrado como narcotraficante en Alemania, el Káiser puede dar referencias de mí. – Le digo como una opción. – Quizás podríamos habernos conocido al hacer algún negocio y encontramos el amor.

–  Si se pule un poco, es una buena idea. – Me dice sonriendo. – El resto es coser y cantar. Solo tendremos que ir a Moscú, dejarnos ver entre la alta sociedad y ellos vendrán directamente a nosotros.

–  Muñeca, aún no me has contado qué hacías infiltrada en Moscú tú sola. ¿Me encontraré con alguno de tus ex amantes allí? – Bromeo.

–  Seguramente, cielo. – Me responde divertida. – Espero que no seas celoso.

–  Pues lo soy y mucho. – Le dejo claro. – Si nos infiltramos, serás mi mujer. Nada de un amigo con derecho a roce, tu novio o tu pareja. Seré tu marido.

Silvia pone los ojos en blanco  pero, finalmente, termina cediendo:

–  Está bien, como tú quieras, cielo. – Dejando a un lado las bromas, añade: – Le pediré a mi padre que nos envíe todo lo que tenga relacionado con mi infiltración en Moscú y tú deberías pedirle a tu padre lo mismo. Si vamos a ser un matrimonio, deberemos conocer muy bien la vida del otro y fijar un lugar de residencia conjunta antes de ir a Moscú, no debemos dejar ningún cabo suelto.

–  ¿Crees que nos investigarán?

–  Estoy segura. – Me responde. – Yo llevo casi dos años sin aparecer por allí, no saben nada de mi vida y de repente apareceré con un tipo al que no conocen de nada. Es bastante sospechoso, sobre todo para esta gente que es tan perspicaz.

–  En ese caso, quizás sería conveniente que nos dejáramos con mi gente antes de ir a Moscú, ¿no crees? – Le sugiero encantado de la vida.

–  Sí, es una buena idea. – Me confirma para mi asombro. – Creo que en un par de meses como mucho, podremos estar en Moscú.

Solo pretendía llevarla a Alemania para pasar unos días con ella a solas, pero cuando pensaba que me iba a mandar bien lejos, me dice que le parece una buena idea. Y lo es, solo que yo no pienso en la misión, sino en cómo estar con ella. Si pasamos un par de semanas en Alemania, serán un par de semanas más de tiempo que pase con Silvia.

Esa misma tarde, recibimos por fax los informes de la operación de Silvia en Moscú, bajo el nombre de Irina Koviakov, y el mío en Alemania, bajo el nombre de Erik Hoffman.

Nos pasamos toda la tarde y parte de la noche leyendo los expedientes, Silvia el mío y yo el suyo, parando únicamente para comer e ir al baño cuando lo considerábamos necesario. Silvia me hacía mil preguntas sobre mi infiltración como Erik, quería saberlo todo y, si no le quedaba claro algo, lo volvía a leer y me volvía a preguntar.

–  ¿Debo entender que mis informes están mal redactados? – Pregunto bromeando cuando me hace la enésima pregunta.

–  Solo hay dos posibilidades: que esté mal redactado y por eso te pregunte todo o, simplemente, que no estás prestando atención a mis informes y por eso no haces ninguna pregunta al respecto. – Me responde sonriendo divertida.

–  ¿Qué te preocupa tanto?

–  No te lo tomes a mal, pero es que no creo que seamos los agentes idóneos para esta misión, puede que lo seamos por separados, pero juntos…

–  ¿Te estás echando atrás? – Pregunto preocupado. Lo último que quiero es que se vaya por donde ha venido y no la vuelva a ver nunca más.

–  Por supuesto que no, Miguel. – Me responde ofendida. – Pero nos va a llevar más tiempo hacerlo juntos que separados y, además, nos va a costar más trabajo.

–  Si estás pensando en infiltrarte tú sola, la respuesta es ni de coña. – Le advierto. – Por alguna razón, tanto tu padre como el mío quieren que lo hagamos juntos.

–  ¿Por alguna razón? – Me pregunta divertida. – ¿En serio no sabes lo que pretenden?

–  ¿Estás insinuando que tu padre y el mío han organizado esto solo para que nos hagamos pasar por pareja? ¿Para que estemos juntos? – Le pregunto. Pero Silvia estalla en carcajadas. – ¿Qué te hace tanta gracia, si puede saberse?

–  Tú, Miguel. – Me responde secándose las lágrimas de tanto reír con el dorso de la mano. – No sé qué hará tu padre, pero te aseguro que el mío no se dedica a buscarme parejas.

–  Entonces, ¿a qué te referías? – Le pregunto molesto.

¿Tan graciosa le ha parecido mi ocurrencia? Porque a mí no me parece tan descabellada…

–  Será mejor que eso se lo preguntes a Fernando, creo que ya he metido bastante la pata. – Me contesta encogiéndose de hombros.

–  Me estás poniendo nervioso. – Le espeto furioso. – Dime ahora mismo qué cojones está pasando, Silvia.

–  ¿Silvia? Creo que es la primera vez que me llamas por mi nombre. – Me dice divertida. – No te lo tomes a mal, solo creo tener una intuición sobre lo que pretenden.

–  Cuéntame tu intuición. – Le ordeno.

Silvia pone los ojos en blanco pero, finalmente, decide contestar a mi pregunta:

–  Sé qué hace tiempo que quieren fusionar ambas agencias, pero no lo han hecho por nosotros. Antes de hacer la fusión, necesitan asegurarse que somos capaces de trabajar en equipo y, con todo lo que ha pasado, supongo que creerán que es un buen momento para que les demostremos que somos capaces de trabajar juntos. No creo que haya sido nada premeditado, pero en cuanto han visto la oportunidad, no la han dejado escapar.

–  ¿Has hablado de esto con tu padre? – Le pregunto.

–  No, pero tampoco me hace falta. – Me contesta. – Fernando no me dejó infiltrarme sola, pese a que era la solución más rápida y eficiente. Cuando le dije que infiltrarme contigo era una locura y que probablemente acabaríamos matándonos, me dijo que si lo prefería me infiltrara con Daniel. Pese a ser un asunto vuestro, tu padre ha querido meterme en medio con alguno de vosotros dos. Mi padre, sabiendo que necesito vacaciones y que nuestra agencia está hasta arriba de trabajo, ha permitido que me infiltre, de hecho, se ha mostrado encantado.

–  ¿Quieren fusionar nuestras agencias? Mi padre no nos ha dicho nada…

–  Miguel, fusionar ambas agencias es algo que tienen en mente desde hace años pero que no han hecho nunca. – Me interrumpe. – Si Fernando no os ha dicho nada será porque quiere estar seguro de que es algo factible antes de proponéroslo. No tendría que haberte dicho nada, me gustas más cuando sonríes.

No puedo evitar sonreír. Con ella todo parece más fácil y divertido.

–  Creo que por hoy ya hemos tenido suficiente. – Digo tras cerrar el informe que había estado leyendo hasta el momento. – Continuaremos mañana, ¿de acuerdo?

Tras recoger todos los informes y apilarlos sobre la mesa de mi despacho, decidimos salir al jardín y nos fumamos uno de nuestros cigarrillos, lo cual se ha convertido en un ritual para nosotros.

Sigo sintiéndome atraído por ella, pero ya no solo sexualmente. Me interesa todo lo que tenga que ver con ella, si Lety cuenta una anécdota presto toda mi atención, si alguien le llama por teléfono (lo que sucede bastante a menudo) me entran ganas de quitarle el teléfono y colgar para que solo pueda dedicar su tiempo a estar conmigo. ¿Me he vuelto loco o simplemente me estoy enamorando? Lo de los besos mejor ni recordarlo, mi entrepierna tiene vida propia cuando pienso en ella y ya es bastante difícil controlarme como para encima seguir robándole besos.

Cállame con un beso 16.

Cállame con un beso

SILVIA.

A la mañana siguiente, pensando en lo que ocurrió la noche anterior, me levanto y me pongo mi bikini más sexy, consciente de que con él puesto Miguel no podrá quitarme el ojo de encima. Me pongo una camiseta blanca de tirantes y unos shorts tejanos con mis sandalias planas de color blanco. Me cepillo el pelo y dejo mi larga melena rubia suelta, en plan salvaje.

Bajo a la cocina y ya están todos desayunando, vuelvo a ser la última en levantarme. Estoy a punto de dar los buenos días cuando Lety, apuntándome con su dedo índice, me interroga:

–  ¿Qué hiciste anoche?

Miro a Miguel buscando una explicación, pero él se encoge de hombros y ladea la cabeza, no sabe qué le pasa a Lety. Vuelvo la vista hacia Lety y, tras servirme un vaso de zumo de melocotón y beber un trago, le digo con regocijo:

–  ¿Podría la fiscalía decirle al acusado el motivo por el cual se le interroga?

–  ¡No te hagas la tonta! – Me espeta Lety furiosa. – He visto las cervezas en la nevera. ¿Fuiste a ver a Lorenzo y no nos dijiste nada?

–  Estabais ocupados, no queríamos molestar. – Me excuso.

–  ¿Fuiste con Miguel? – Me pregunta sorprendida. – Eso explica su arañazo en el cuello.

–  ¿Qué? – Pregunto aturdida. Me acerco a Miguel y veo un arañazo que va desde su cuello y se pierde en el tejido de su camiseta. Me pongo pálida.

–  No es nada, en el camino de vuelta me arañé con una rama sin darme cuenta. – Dice Miguel.

Pero yo sé que no es verdad, se lo hice yo cuando intentó besarme la segunda vez en la cueva. Intentando recomponerme, me siento en uno de los taburetes y bebo otro trago de mi vaso de zumo.

–  ¿Crees que Lorenzo dejará entrar a Daniel si voy con él? – Me pregunta Lety.

–  Dile que es el hermano de Miguel y seguro que le dejará entrar. – Le respondo. – Por algún extraño motivo, a Lorenzo le cae bien Miguel.

–  ¡Pero si a Lorenzo no le cae bien nadie! – Exclama Lety. – Bueno, tú sí, pero nadie más.

–  Pues parece que Miguel sí. – Le repito.

–  Eso dice ella, pero lo cierto es que me amenazó. – Les cuenta Miguel.

–  Lorenzo ignora a todos mis acompañantes, tú eres el único con el que se ha dignado a dirigir una palabra y te ha regalado cuatro cervezas. – Le digo a Miguel. – Créeme, le caes bien.

–  ¿De qué coño estáis hablando? – Nos pregunta Daniel molesto por no entender nada.

Lety se lo explica todo mientras Miguel y yo nos miramos y evitamos al mismo tiempo. Estoy dando el último trago a mi zumo cuando veo que Lety y Daniel se besan y casi me atraganto. Todos se vuelven a mirarme y, tras volver a respirar con normalidad, le digo a Lety:

–  Es increíble, me has sometido a un tercer grado porque he ido a ver a Lorenzo y tú te estás morreando con Daniel y no me has dicho nada.

Ambos se ponen colorados, creo que ni siquiera se habían dado cuenta que Miguel y yo seguíamos en la cocina con ellos.

–  Yo no quiero saberlo. – Dice Miguel levantándose y saliendo al jardín por la puerta de la cocina con la toalla de la piscina colgada del hombro. – Me voy a dar un baño.

–  ¿Qué le pasa? – Me pregunta Daniel cuando su hermano desaparece. – Lleva rarísimo toda la mañana y cuando le hemos visto el arañazo pensábamos que os habíais peleado, pero cuando has bajado y parecíais normales…

–  Déjalo, Daniel. – Le corta Lety. – Creo que no lo estás arreglando.

–  Vamos a llegar a un acuerdo. – Les digo sin opción a negociación. – Vosotros no os metéis en mis asuntos y yo no me meto en los vuestros. – Les miro esperando a que asientan y, cuando lo hacen, añado con voz más suave: – La nevera del garaje está llena de cervezas de Lorenzo, coged las que queráis, coged el coche e iros a la playa un rato. Nos vemos a la hora de comer.

Ambos desaparecen de mi vista de inmediato y yo salgo al jardín en busca de Miguel, que está nadando en la piscina. Me dirijo hacia él y, cuando llego, Miguel ha salido de la piscina y se está tumbando en la hamaca.

–  ¿Te importa si te acompaño? – Le pregunto con naturalidad.

–  ¿De verdad te fías de mí? – Me pregunta burlonamente. – Después de lo de anoche, creía que hoy me echarías de tu casa nada más despertarte.

–  Fue una noche entretenida, nada más. – Le digo quitándole importancia a lo que ocurrió. – Siento lo del arañazo, no pretendía…

–  No lo sientas, me lo merecí. – Me interrumpe.

–  Miguel, si te cierras en banda no adelantamos nada. – Le digo sentándome en la hamaca de al lado donde él está sentado. – ¿Podemos seguir con la tregua? Discutimos todo el tiempo y eso no lo vamos a poder remediar, pero deberemos tomarnos las discusiones de otra manera. Por ejemplo, cuando te enfadas con tu hermano. – Le digo. – Supongo que discutirás a menudo con él pero luego esas discusiones no quedan en nada, ¿no?

–  ¿Quieres que tengamos una relación de hermanos? – Me pregunta con sarcasmo.

–  En lo que a discusiones se refiere, sí. – Le aseguro. – Si en una semana no somos capaces de superar todo esto, no me infiltraré contigo. Si esto no funciona, no me costará trabajo convencer a Fernando para infiltrarme con otra persona o que lo hagas tú con alguno de tus agentes.

–  ¿Qué me estás queriendo decir?

–  Te digo que, si no somos capaces de convivir en una situación normal y favorecedora, mucho menos vamos a ser capaces de infiltrarnos como una maldita pareja. Y, si es así, no tiene sentido que ambos estemos perdiendo el tiempo.

–  ¡Joder, Silvia! – Exclama. – ¿Te crees que esta situación es fácil para mí? Me estoy volviendo loco, a veces quiero matarte y otras solo besarte. Discutimos y luego nos reímos juntos. Me acabo de enterar de que mi hermano y Lety están juntos. Y, por si fuera poco, ayer me comporté como un ser primitivo contigo, te eché la culpa a ti y encima eres tú la que viene a hablar conmigo porque yo…

Esta vez soy yo quien le calla con un beso. Él se queda quieto, sin saber qué hacer. Despego mis labios de los suyos y, sonriendo burlonamente, le digo:

–  Hablas demasiado, cielo.

Me quito la camiseta y los shorts y, con mi mini bikini sexy, me tiro a la piscina. Sin poder verle, sé que Miguel tiene los ojos clavados en mí. Tras un breve chapuzón, regreso junto a Miguel y me tumbo en la hamaca. Él se ha puesto las gafas de sol, pero su gesto al recolocarse el bañador en la zona de la entrepierna le delata.

–  Si vas a tomarte la libertad de besarme para callarme, yo también haré lo mismo, cielo. – Me dice imitando mi apelativo.

–  Me parece justo. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Dónde están Daniel y Lety?

–  Tengo una nevera en el garaje llena de cervezas de Lorenzo, les dije que podían coger las que quisieran y que se fueran un rato a la playa. – Le contesto divertida. – Volverán a la hora de comer.

–  ¿Les has echado? – Me pregunta divertido.

–  Les he invitado a irse a dar una vuelta y les he dado todas las comodidades posibles, no se puede decir que los he echado. – Me defiendo. – Además, no me has dejado otra opción, Daniel me ha dicho que estabas muy raro y he tenido que amenazarles para que dejaran de interrogarme.

–  Estaba preocupado, no creía que te lo fueras a tomar tan bien.

–  Estamos juntos en esto, no creo que sea tan difícil tener que soportarnos durante una temporada. – Le digo bromeando. – Deberíamos empezar a organizar la operación, mientras antes empecemos con todo esto, antes acabaremos.

–  Mañana empezaremos, nos merecemos un día para disfrutar de la tregua. – Me dice sonriendo.

Y eso es lo que hacemos. Pasamos el día en la piscina y por la tarde se unen Daniel y Lety, felices tras, por lo que deduzco en sus caras, una dosis de buen sexo. Miguel y yo nos miramos y sonreímos, empezamos a entendernos con la mirada y eso me gusta.

Después de cenar, Lety y Daniel suben a la habitación con algunas cervezas de Lorenzo y Miguel y yo volvemos a sonreír al verles. Nosotros, en lugar de beber cerveza, decidimos salir al jardín y fumarnos unos cigarrillos de hierba de mi pequeña plantación en la villa.

Cállame con un beso 15.

Cállame con un beso

MIGUEL.

No me puedo creer que esté con Silvia en una cueva subterránea, sentados sobre unas toallas a la orilla de un lago natural y a punto de beberme una cerveza. Creo que me he muerto y estoy en el paraíso. Después de dejar la botella de champagne y dos botellines de cerveza en el agua entre algunas rocas, Silvia se sienta a mi lado y, mientras me ofrece una de las dos cervezas que no ha dejado en el agua, me pregunta:

–  Cuando Lorenzo te ha dado las cervezas, ¿te ha dicho algo sobre ellas?

–  Solo me las ha enseñado sonriendo y las ha metido en la bolsa diciendo que nos sentaría bien algo fresquito para beber. – Le respondo encogiéndome de hombros.

Silvia lanza un suspiro y finalmente me dice:

–  Es una cerveza casera hecha por Lorenzo, no es una cerveza normal. Tiene el triple de alcohol que cualquier otra cerveza y algunas hierbas especiales que producen efectos variados.

–  Desembucha, muñeca. – Le digo sabiendo que hay algo más que debo saber. – Hasta que no me lo cuentes todo, no pienso beber.

Ella se ríe y añade:

–  Te lo voy a contar, pero solo porque no quiero que bebas esa cerveza sin saber lo que lleva. La cerveza de Lorenzo está elaborada con algunas hierbas autóctonas de la isla y que, en su gran mayoría, son afrodisíacas. – Un ligero rubor sube a sus mejillas y, acercándome las copas, me pregunta sin dejar de sonreír: – ¿Te apetece champagne?

–  El champagne lo beberemos luego, ahora quiero probar esa cerveza casera de Lorenzo. – Le digo con picardía. – ¿Te parece bien?

–  Me parece perfecto. – Me dice riendo. – Creo que, por primera vez, estamos de acuerdo en algo.

Cojo los dos botellines de cerveza y los abro con un mechero. Le doy una cerveza a Silvia y, alzando la mía, brindo:

–  Por nosotros.

Silvia entrechoca su cerveza con la mía y ambos bebemos un largo trago. La cerveza de Lorenzo sabe a gloria. Sin dejar de mirar el agua cristalina, le pregunto:

–  ¿Te has bañado alguna vez aquí?

–  Cada vez que vengo, por eso Lorenzo se empeña en que me lleve siempre el walkie por si me pasa algo. – Me explica.

–  ¿Vienes aquí sola?

–  La mayoría de las veces sí, pero también he venido con Lety y con Alan, ellos son los únicos que han estado aquí, a Lorenzo no le gustan los forasteros, pero tú le has caído muy bien.

–  Lo primero que ha hecho cuando has entrado en la cabaña ha sido amenazarme. – Le confieso entre risas. – Me ha advertido que si te pasaba algo él mismo se encargaría de matarme con sus propias manos, no creo que le haya caído tan bien cómo dices.

–  Le has caído bien, pero yo soy su princesa y le caigo mejor. – Se mofa. Después, mira hacia el lago y me propone: – ¿Nos damos un baño?

–  ¿Con ropa o desnudos? – Le pregunto bromeando.

–  Desnudos, a menos que quieras pasarte todo el camino de vuelta mojado. – Me contesta riendo alegremente. – Solo quítate la camisa y los pantalones, báñate en ropa interior. No voy a ver nada que me escandalice, créeme.

–  Eso no lo sabes, muñeca. – Le respondo sonriendo. – ¿Cómo te vas a bañar tú?

–  Con sujetador y tanga para que no te sientas tan ridículo, pero yo tengo una muda en la bolsa. – Me dice sonriendo. – Al fin y al cabo, este conjunto de ropa interior que llevo me tapa más que mis bikinis.

Silvia, sin pudor ni vergüenza, desliza los tirantes de su vestido por los hombros y, acto seguido, lo deja caer a sus pies. Sin mirarme siquiera, se quita las sandalias de tacón mientras yo la devoro con la mirada y, cuando termina, me pregunta poniendo sus brazos en jarras:

–  ¿Aún estás así?

–  Con el espectáculo que estabas ofreciendo, ¿qué pensabas que iba a hacer? – Bromeo.

–  Deja de mirarme así o no te voy a dejar beber más de esa cerveza. – Me amenaza bromeando.

Sin hacerme de rogar, me quito rápidamente la camisa, los zapatos y los pantalones.

–  Ya estoy listo, ¿nos vamos al agua, muñeca?

Silvia asiente con la cabeza y, buscando un hueco llano por el cual entrar al lago, se zambulle en el agua sin probarla antes. Espero a que su cabeza asome de nuevo a la superficie y, cuando lo hace, la imito.

–  ¡Está helada! – Exclamo nadando para llegar a su lado. – Ahora entiendo porque te gusta tanto venir aquí, aunque no entiendo por qué vienes sola.

–  Es un lugar tranquilo, perfecto para relajarse y disfrutar de la soledad. – Me responde sin dejar de sonreír en ningún momento. – ¿Sabes lo que es relajarse y disfrutar?

–  Oh, muñeca, será mejor que no me tientes. – Le susurro con la voz ronca. – Entre la cerveza y tú, no soy capaz de controlarme.

–  ¿La cerveza te está haciendo efecto? – Me pregunta riendo.

–  Sabes perfectamente de lo que estoy hablando, muñeca. – Le respondo al mismo tiempo que rodeo su cintura con mis brazos y la estrecho contra mi cuerpo, dejando su boca a escasos centímetros de la mía mientras le susurro con voz ronca: – Será mejor que mantengamos las distancias.

Tras decir eso, Silvia se sumerge en el agua y su cabeza emerge segundos después a unos tres metros de mí. Me mira con picardía y me pregunta con fingida inocencia:

–  ¿Esta distancia le parece bien, señor de la Vega?

Escuchar mi nombre de su voz me excita más de lo que puedo soportar. Sin control alguno de mis actos, nado hasta a ella y, volviendo a rodear su cintura con mis brazos, la estrecho contra mi cuerpo y le devoro la boca igual que el primer día que llegamos a la isla, pero esta vez Silvia me corresponde y me devuelve el beso con pasión. Tras un rato besándonos y acariciándonos por casi todo el cuerpo, nos separamos un poco para poder respirar.

Hace dos minutos estábamos con el hacha de guerra en la mano y ahora acabamos de besarnos. Ni siquiera soy capaz de pensar, ¿qué coño me está pasando?

–  ¡Maldita cerveza! – Maldigo en voz alta. Silvia me mira con las cejas alzadas y le aclaro. – Joder, no soy capaz de pensar con claridad.

–  Y, ¿la culpa la tiene la cerveza? – Me pregunta con sorna.

–  La culpa la tienes tú. – Le contesto enfurecido. – ¿Qué cojones pretendes? ¿Volverme loco?

–  Definitivamente, la cerveza no te ha sentado bien. – Me dice burlonamente mientras continua nadando como si no hubiera pasado nada.

–  ¿Quieres dejar de comportarte como una loca?

–  ¿Yo me comporto como una loca? Chico, está claro que no te estás viendo. – Me espeta. – Eres bipolar, lo mismo me sonríes y te me tiras encima o me gritas y me insultas. Estás enfermo y, en mi opinión, necesitas medicación. Si soy amable y simpática contigo tú eres borde y gilipollas conmigo. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Ser una imbécil como tú? Porque ya me tienes hasta…

No dejo que termine de hablar, vuelvo a lanzarme sobre ella y la beso de nuevo, pero esta vez ella no me devuelve el beso, ni siquiera se queda paralizada. Esta vez, Silvia me aparta con todas sus fuerzas y nada hasta a la orilla para salir del lago. Se bebe lo que queda de su cerveza de un trago y, tras mirarme con gesto duro, me dice furiosa:

–  Estoy harta de tu juego. Si vuelves a intentar besarme, tendrás que asumir las consecuencias y te prometo que no te va a gustar.

En ese momento, me doy cuenta de hasta a donde he llegado a meter la pata. Joder, me tiro encima suyo y luego le echo la culpa de que nos hayamos besado. Aunque como para no tirarme encima suyo con ese cuerpo casi desnudo y mojado. Joder, ¡¿pero qué estoy pensando?!

Miro a Silvia y veo que tiene los labios morados por el frío. Salgo del agua con calma para no asustarla, no quiero que piense que voy a volver a atacarla, cojo una de las toallas y la envuelvo con ella. Después cojo la otra toalla y me envuelvo yo.

–  Lo siento, me he  comportado como un mono gruñón. – Le digo cogiendo la botella de champagne y sirviendo dos copas. – ¿Una copa de champagne?

Silvia coge una de las copas pero no sonríe ni bromea, se ha quedado callada y seria. Ni siquiera parece enfadada, cosa que me preocupa. ¿Qué está pensando?

Entonces recuerdo que llevo algo de marihuana en el bolsillo de mi pantalón y lo cojo para hacerme un cigarrillo de hierba sabiendo que, si ambos fumamos, nos relajaremos un poco, que falta nos hace.

–  Ven y siéntate conmigo para que nos fumemos esto, prometo no tirarme sobre ti. – Le digo haciéndole un gesto con la mano para que se siente a mi lado.

Silvia cede y se sienta junto a mí. Ambos bebemos y fumamos en silencio, pero al menos logramos que parte de la tensión desaparezca y volvemos a comportarnos con un poco de normalidad. Tras acabar con la botella de champagne y con el cigarrillo de hierba, recogemos todas nuestras cosas y regresamos a la cabaña de Lorenzo para devolverle el walkie y la linterna y despedirnos de él antes de regresar a la villa.

Cállame con un beso 14.

Cállame con un beso

SILVIA.

Los días en Isla del Sol van pasando y mi relación con Miguel no ha mejorado en absoluto desde que llegamos. Nos comportamos como si el otro no existiera. Apenas nos dirigimos la palabra y cuando lo hacemos es porque Lety y Daniel están delante y no queremos preocuparles más de lo que ya están.

Lety, cansada de ver cómo nos rehuimos, decide tomar cartas en el asunto durante la cena:

–  Es sábado por la noche, podríamos ir a tomar una copa al pueblo, ¿no os parece?

Una hora más tarde, estamos en un chill-out de la playa donde Lety y yo venimos siempre a bailar. Decidida a atraer la atención de Miguel, me he puesto un sencillo vestido ibicenco de tirantes que me queda muy favorecedor y unas sandalias blancas con un tacón de diez centímetros. El efecto causado en Miguel ha sido el esperado, desde que hemos llegado al chill-out no se ha separado de mí y ha fulminado con la mirada a todos los lugareños que se han acercado a saludarme.

Como era de esperar, Daniel y Lety nos abandonan para ir a la pista a bailar y Miguel y yo volvemos a quedarnos a solas. Bebo un trago de mi copa y, mientras la poso sobre la mesa para encenderme un cigarrillo, Miguel me dice:

–  Silvia, ¿piensas seguir ignorándome toda la noche igual que lo has hecho los últimos días?

–  Yo podría preguntarte lo mismo.

–  Se supone que estamos aquí para conocernos mejor y poder infiltrarnos juntos. – Lo vuelve a intentar de nuevo. – Al menos, dime por qué estás así conmigo.

–  ¿En serio necesitas que te lo diga? – Le pregunto furiosa. – Porque, si es así, no sé cómo tu padre te permite dirigir un tercio de su agencia.

–  Es por lo del faro, ¿verdad? – Me arriesgo a decir.

–  Es por todo. Si te digo la verdad, aún me estoy preguntando que pinto yo en todo esto. – Le confieso con desgana. – Si saben que nos pasamos la mayor parte del tiempo discutiendo, ¿por qué quieren que nos infiltremos juntos? ¡Si ni siquiera nos soportamos!

–  Lo hacen porque confían en que somos capaces de hacerlo y nosotros no les vamos a decepcionar, muñeca. – Me dice sonriendo. – Por cierto, me pediste que te recordara que debías hacerle una visita a Lorenzo, ¿está por aquí?

–  ¿Quieres que vayamos a saludar a Lorenzo? – Le pregunto sonriendo.

–  Tengo curiosidad por conocerle, siempre sonríes cuando lo mencionas.

Lo que acaba de decir me hace sonreír, no sé quién se creerá que es Lorenzo, pero estoy segura de que se equivoca totalmente y no pienso sacarlo de su error, ya se dará cuenta cuando se lo presente.

Tras despedirnos rápidamente de Lety y Daniel, les digo que nos llevamos el coche y que llamen a Jack para que les venga a buscar cuando quieran regresar a casa. Lety me mira con preocupación, pero le sonrío y ella se relaja. No le digo donde vamos, de lo contrario también querrá venir con Daniel.

Una vez dentro del coche, conduzco hasta la otra parte de la isla y nos pasamos todo el trayecto en silencio. Creo que nos da miedo hablar y romper el momento de paz que hay entre nosotros después de tantos días de guerra. Cojo el desvío del camino de tierra y Miguel me pregunta:

–  ¿Estás segura de que es por aquí?

–  Si vamos a infiltrarnos juntos, deberás tener un poco más de confianza en mí. – Le sugiero sonriendo divertida. – No te preocupes, conozco esta isla como la palma de mi mano.

Aparco el coche en una explanada que hay al final del camino de tierra y bajo de él al mismo tiempo que le digo a Miguel sin dejar de sonreír:

–  Ya hemos llegado.

Miguel sale del coche y observa todo lo que hay a su alrededor. Cuando se percata de que estamos en mitad de una montaña a punto de internarnos en el bosque, me pregunta:

–  ¿Quieres matarme y enterrar aquí mi cadáver?

–  Jamás haría eso, quiero demasiado a tu padre para matar a su primogénito. – Le respondo. – Pero hay veces que no me faltan ganas.

–  Eso hace que me sienta más tranquilo. – Bromea.

Cojo una bolsa de playa del maletero donde llevo siempre un par de toallas y una muda de ropa limpia por lo que pueda pasar y me pregunta:

–  ¿A dónde vas con eso?

–  Deja de hacer preguntas y confía en mí. – Le respondo sonriendo. – Ahora lo descubrirás.

Miguel me devuelve la sonrisa y yo me derrito. ¿Qué tiene este hombre para sacarme de quicio y a la vez derretirme con tan solo una sonrisa? Misterios de la vida.

Miguel coge mi bolsa de playa y caminamos a través de un estrecho camino entre árboles y plantas y Miguel saca su móvil del bolsillo para alumbrar el estrecho camino. Llegamos a un pequeño recinto vallado y aprieto el botón del interfono.

–  ¿Quién anda ahí a estas horas? – Escucho la voz de Lorenzo a través del interfono.

–  Lorenzo, soy Silvia. – Le respondo. – ¿Puedes abrirme?

–  ¡Silvia, qué sorpresa! – Me contesta al mismo tiempo que la puerta de la verja se abre. Caminamos unos metros más hasta que logro identificar la silueta de Lorenzo a escasos metros en frente nuestro y él, que también me ve, me abraza y exclama: – Creía que te habías ido de la isla sin venir a verme.

–  Tuve que irme inesperadamente, pero he vuelto para quedarme unos días. – Le respondo sonriendo.

Lorenzo, que se acaba de dar cuenta de la presencia de Miguel, me dice sin dejar de mirarle:

–  Vaya, veo que vienes muy bien acompañada. ¿Quién es este muchacho?

–  Lorenzo, te presento a mi amigo Miguel. – Le digo sin dejar de sonreír. – No te preocupes, es de confianza.

Al decir eso, Miguel me sonríe con dulzura y yo me derrito aún más. Lorenzo le tiende la mano y Miguel se la estrecha con firmeza.

–  Encantado de conocerle, Lorenzo. – Le dice Miguel.

–  Lo mismo digo, muchacho. – Le responde Lorenzo sonriendo. – Debes de ser un amigo muy especial para Silvia si te ha traído aquí.

Miguel me mira esperando una explicación, pero yo no se la voy a dar. En lugar de eso, le sonrío y, volviéndome hacia a Lorenzo, le digo:

–  Sé que es muy tarde y que hemos venido sin avisar pero tienes…

–  Coge lo que quieras, princesa. – Me responde amablemente – Estás en tu casa.

Le sonrío a modo de agradecimiento y entro en la pequeña cabaña de Lorenzo, abro la nevera y saco una botella de champagne, Lorenzo siempre las guarda para cuando yo vengo. Cojo un par de copas de cristal y lo meto todo con cuidado en una bolsa de plástico para después meterla en la bolsa de playa que Miguel se ha empeñado en llevar.

–  ¿Qué traes ahí? – Me pregunta divertido.

–  Muchacho, no hagas tantas preguntas. – Le responde Lorenzo. – Ya lo verás.

Me encojo de hombros y Miguel me sonríe. Esa sonrisa me está volviendo loca.

–  Princesa, llévate el walkie y una linterna, avísame si necesitáis algo, ¿de acuerdo? – Me dice Lorenzo entregándome un walkie. Lo cojo todo sin rechistar y añade: – Tened cuidado.

Tras despedirnos de Lorenzo, continuamos nuestro camino colina abajo, esta vez alumbrados por la potente linterna que Lorenzo nos ha prestado.

–  Muñeca, ¿no vas a decirme a dónde vamos? – Me pregunta Miguel divertido.

–  Vamos a una cueva subterránea de Isla del Sol, un lugar al que solo unos pocos privilegiados pueden acceder, Lorenzo es muy receloso con sus tierras. – Le respondo.

–  ¿Una cueva?

–  Cuando lo veas, lo entenderás. – Le contesto sin dejar de sonreír. – ¿Confías en mí?

–  Estoy en mitad de la nada, en una isla que no conozco y haciendo todo lo que me pides, ¿tú qué crees? – Me pregunta riendo. – De lo contrario, ni siquiera me hubiera subido al coche contigo.

Llegamos a la boca de la cueva y Miguel se detiene para comprobar la estabilidad de las milenarias paredes. Una vez se convence de que parece segura, me mira y me hace un gesto para que comencemos a adentrarnos en la cueva. Miguel lo observa todo con fascinación y me pregunta un montón de cosas hasta que llegamos donde yo quería. Frente a nosotros, aparece un lago subterráneo natural, con el agua tan cristalina que parece una piscina. Lorenzo ha encendido las tenues luces de alrededor del lago y Miguel se queda sin palabras, totalmente sorprendido, al ver la imagen.

–  ¿Es un lago de agua natural? – Consigue preguntarme después de un par de minutos.

–  Sí, el agua de lluvia y la humedad filtran a través de las rocas hasta que queda acumulada aquí. – Le explico tal y cómo Lorenzo me lo explicó a mí. – El agua se va renovando porque se va filtrando de nuevo entre las rocas hasta llegar al manantial donde nace uno de los ríos de la isla.

–  Este lugar es increíble, no parece real. – Me dice sin dejar de mirar hacia el lago.

Le cojo de la mano y le guío hasta la orilla, donde abro la bolsa de playa y saco las dos toallas para extenderlas y sentarnos sobre ellas. También saco la botella de champagne y las copas y veo que hay cuatro botellines de cerveza.

–  ¿De dónde ha salido esto? – Le pregunto alzando las cervezas.

–  Lorenzo se empeñó en dármelas. – Me contesta encogiéndose de hombros.

Le sonrío y meto la botella de champagne y dos botellines de cerveza bajo el agua entre las rocas para que se mantengan frías mientras le hago un gesto a Miguel para que se siente en una de las toallas.

Cállame con un beso 13.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Cuando llegamos a casa, Silvia sube a su habitación seguida de Alan. Lety, Daniel y yo nos quedamos en el salón y, pasado un rato en el que ni Silvia ni Alan regresan, Lety se levanta y nos dice:

–  Voy a buscarlos, ahora vengo.

Dicho esto, desaparece escaleras arriba. Mi hermano Daniel, que intuye que ha pasado algo entre Silvia y yo, me pregunta curioso:

–  ¿Qué ha pasado con Silvia?

–  Estábamos en el faro y se ha acercado más de lo que yo podía soportar así que, para no devorar su boca como el ser más primitivo, la he apartado un poco y, con la excusa de que teníamos que regresar, me escabullí de allí. – Le confieso. – Creo que no ha entendido por qué lo he hecho y se ha molestado.

–  ¡Ya te vale! – Me reprocha. – Probablemente habrá pensado que, además de un gruñón eres un borde maleducado.

–  Gracias, tus palabras de apoyo son lo que necesito en este momento. – Le respondo con ironía.

–  Lety me ha dicho que Silvia nunca ha llevado a nadie a Isla del Sol, las únicas personas que han estado allí son su padre, Lety y Alan, sin embargo, por alguna razón, a nosotros quiere llevarnos allí. – Me dice mi hermano. – Pon un poco de tu parte, Silvia ya ha puesto demasiado de la suya, sobre todo teniendo en cuenta que lo dejó todo para acudir a la petición de ayuda de nuestro padre.

En ese momento, oímos varios pasos bajar la escalera seguida de la voz de Lety que, ofuscada, está regañando a su hermano Alan y a su amiga Silvia:

–  ¿Estáis locos? A Fernando no le hubiera gustado nada encontraros como os he encontrado yo. ¿Os habéis olvidado de dónde estamos?

–  Tranquila Lety, a Fernando no creo que le hubiera importado, son necesidades básicas para nuestro cuerpo que tenemos que saciar. – Oigo la voz de Alan cada vez más cerca hasta que los veo entrar en el salón.

Miro a Silvia y posteriormente a Alan. Ambos están sonrientes y con la mirada brillante. ¿Han echado un polvo? No, no puede ser. Silvia había dicho que eran como hermanos.

–  ¿Ocurre algo? – Le pregunta Daniel a Lety, que parece furiosa.

–  No quieras saber. – Le responde poniendo los ojos en blanco.

–  No es para tanto, Lety. – Le dice Silvia riendo. – En mi defensa debo decir que lo necesitaba.

–  ¿Qué es lo que necesitabas? – Le pregunta Daniel a Silvia con una sonrisa picarona.

–  Ambos estaban en la terraza de la habitación de Silvia fumando hierba. – Nos dice Lety, como si fuese el peor de los pecados.

Se me escapa una carcajada, aunque no porque me haya hecho gracia, sino por el alivio de saber que solo estaban fumando y no practicando alguna actividad sin la ropa puesta. Por eso están tan sonrientes y tienen la mirada tan brillante, por la hierba.

–  No te preocupes, Lety. – Me oigo decir. – No pasa nada porque se fumen un porro.

Miro a Silvia esperando que se dibuje una sonrisa en sus labios, pero la sonrisa no aparece en su rostro, simplemente me devuelve una mirada más fría que el hielo. Silvia ha vuelto a subir las barreras conmigo.

Después de cenar, todos nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones.

A la mañana siguiente, después de darme una ducha, bajo a la cocina y allí me encuentro desayunando a todo el mundo, incluso Alejandro y Darek, el guardaespaldas personal de Alejandro, están allí.

–  Aquí lo tenemos, ¿se te han pegado las sábanas, hijo? – Me pregunta mi padre bromeando.

–  Eso parece, papá. – Le respondo. – Alejandro, me alegro de verte.

–  Lo mismo digo, Miguel. – Me dice estrechándome la mano con fuerza para después darme un pequeño abrazo. Siempre me saluda de la misma forma. – Espero que mi hija no os haya vuelto locos.

–  Lo ha intentado, pero no lo ha conseguido. – Le respondo bromeando.

–  No sé quién está volviendo loco a quién. – Dice mi padre. – Lo mismo te los encuentras discutiendo como riéndose sin motivo. A esta juventud de hoy en día no hay quién los entienda, Alejandro. En nuestra época, los jóvenes teníamos claro lo que queríamos hacer con nuestras vidas y actuábamos en consecuencia, no como ahora.

–  Papá, hace mucho que dejamos atrás la prehistoria. – Se mofa Daniel. – Y los jóvenes de hoy en día sabemos lo que queremos, pero nos gusta conseguirlo de una forma distinta.

–  De eso no me cabe duda. – Dice mi padre mirándome.

Silvia no abre la boca. Es como si la conversación no fuera con ella.

Después de una larga charla en la cocina mientras desayunamos, cargamos nuestras maletas en el yet de Alejandro y nos lleva hasta Isla del Sol. Sin siquiera bajarse del yet, Alejandro, Darek y Alan regresan a Ciudad de Perla, dejándonos a nosotros cuatro en la pequeña pista de aterrizaje de la villa. Dos minutos después, un tipo enorme con cara de pocos amigos carga nuestras maletas en un Hummer y nos hace un gesto para que montemos en el vehículo.

Silvia continua muda hasta que llegamos a la casa cuando, después de ordenarle al tipo con cara de pocos amigos que subiera el equipaje a la planta superior, se vuelve hacia a una mujer de unos 50 años y le dice con una sonrisa:

–  Marisa, acompaña a los señores de la Vega a sus respectivas habitaciones y encárgate de todo lo que necesiten, por favor.

Marisa asiente con la cabeza y dice:

–  Por supuesto, señorita Silvia.

–  ¿Señorita Silvia? – Murmura Lety divertida.

–  La señorita Silvia ha insistido en que la tutee. – Explica Marisa ruborizándose.

–  Y lo único que he conseguido es que me llame señorita Silvia. – Se lamenta Silvia. – Marisa es igual o más cabezota que yo.

Todos nos reímos y después subimos a nuestras respectivas habitaciones. Una hora después cuando ya nos hemos acomodado y aseado en nuestras habitaciones, salimos al jardín trasero donde Silvia habla alegremente con el tipo del Hummer pero, en cuanto nos ve, el tipo se despide educadamente de Silvia y desaparece. Lety, tras escudriñar a su amiga con la mirada, le pregunta:

–  ¿Desde cuándo es Jack tan hablador? A mí nunca me ha dirigido la palabra y creo que es la primera vez que le oigo hablar con alguien. Incluso llegué a pensar que era mudo.

–  Solo me estaba poniendo al corriente de cómo van las cosas en la villa, es su trabajo. – Lo excusa Silvia sin demasiada importancia. – ¿Os apetece daros un baño en la playa?

Todos asentimos y, media hora más tarde, estamos tumbados en unas hamacas a lo orilla del mar en la playa privada de la villa. El lugar no tiene nada que envidiar a las playas de Ciudad del Cielo. Por otro lado, ver a Silvia con ese diminuto bikini blanco hace que mi entrepierna se endurezca. Decido darme un chapuzón en el mar antes de que mi abultada entrepierna sea descubierta.

Cuando regreso, Silvia se está poniendo crema protectora del sol en los hombros y en parte de su espalda donde logra llegar con sus manos.

–  ¿Necesitas ayuda? – Le pregunto con seriedad, no quiero que piense que bromeo.

–  No, gracias. – Me responde sin dignarse a mirarme. – Puedo sola.

Está enfadada, muy enfadada a juzgar por la implacable mirada que me ha lanzado. Esperaba que al llegar a Isla del Sol se le pasaría el malhumor y podríamos volver a nuestro buen rollo, pero me equivocaba. Lety y Daniel, al ver lo que se avecina, se marchan a pasear por la orilla y nos dejan a solas. Me siento sobre mi toalla al lado de Silvia mientras ella sigue excitándome poniéndose la maldita crema por todo el cuerpo.

–  Deja de hacer eso, por favor. – Le pido casi en un gruñido.

Silvia me mira alzando las cejas y me pregunta:

–  ¿Que deje de hacer el qué?

–  Deja de ignorarme como si no estuviera y deja de echarte esa maldita crema, ¿quieres?

–  ¿Se puede saber qué te pasa? – Me espeta furiosa. – No haces más que gruñir, dar órdenes sin sentido o ignorarme cuando te conviene, ¿quién te crees que eres? Solo eres un maldito gruñón amargado que pretende amargar a los demás y…

No dejo que continúe hablando, me lanzo sobre ella y le devoro la boca como he deseado hacer desde que la vi por primera vez. Al principio ella se queda paralizada, pero pocos segundos después logra recobrar la compostura y colocando sus manos sobre mi pecho, me empuja para separarme de ella.

–  Pero, ¿qué cojones te crees que haces? – Me grita más furiosa que nunca.

–  Callarte con un beso, es la forma más educada que se me ha ocurrido para que te calles. – Le respondo divertido. – Pero no te preocupes, la próxima vez me aseguraré de llevar conmigo esparadrapo para amordazarte.

La respuesta de Silvia me llega en forma de bola de arena que impacta sobre mi pecho. Ahora sí que sonríe esta maldita mujer. Me lanzo sobre ella y, forcejeando, logro agarrarle ambas manos y sujetárselas por encima de la cabeza pero, cuando estoy a punto de volver a besarla, un clic en mi nuca me detiene. Giro despacio mi cabeza y me encuentro con el enorme Jack, el tipo del Hummer que deduzco forma parte del equipo de seguridad de la villa, apuntándome con una pistola en la cabeza.

–  Suéltala. – Me ordena con tono amenazador.

Hago lo que me pide y Silvia, incorporándose de nuevo en su toalla, se vuelve hacia a Jack y, con una sonrisa en los labios, le dice:

–  No te preocupes, Jack. Sólo estábamos bromeando.

Jack asiente con la cabeza y le dice casi en un susurro:

–  Llámame si me necesitas, estaré por aquí cerca.

Jack desaparece, no sin antes lanzarme una mirada de advertencia. Silvia se levanta y camina hasta la orilla, donde se sienta con los pies a remojo. La observo desde mi toalla, no me atrevo a acercarme y que el gorila de Jack vuelva a apuntarme con su pistola. ¿Tendrían algo juntos? Estaba seguro de que me había visto besarla a traición, quizá eso es lo que había provocado que su pistola acabara encañonándome.