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Cállame con un beso 32.

Cállame con un beso

SILVIA.

Estamos en el sofá, yo sentada en el regazo de Miguel, besándonos, cuando mi padre y Lorenzo entran en el salón y, al vernos, nos sonríen. Me incomodo un poco al haber sido descubierta besándome con Miguel pero él, lejos de incomodarse, me abraza con fuerza, me besa y les dice:

–  Ha sido difícil, pero todo ha salido bien.

–  Me alegro, porque Lety, Daniel y Fernando acaban de llamar para preguntar si ya os habíais matado y no sabíamos qué decirles. – Contesta mi padre sonriendo. – Por cierto, me han dicho que a lo mejor me dabais una grata sorpresa, ¿es eso cierto?

–  Oh no. – Se lamenta Miguel.

–  ¿Qué ocurre? – Le pregunto.

–  Necesitaba hablar con alguien y les conté a Daniel y a Lety lo que me pasaba…

–  ¿Qué? – Le pregunto medio furiosa, medio divertida. – Genial, ahora todos creerán tus locuras.

–  ¿De qué estáis hablando? – Pregunta mi padre.

–  Miguel encontró unos test de embarazo en nuestra habitación y creyó que eran míos y ahora todos creen que estoy embarazada. – Le explico.

–  ¿Te enfadaste con mi princesa porque creíste que se había quedado embarazada? – Le pregunta Lorenzo a Miguel mirándolo con dureza.

–  No. – Responde Miguel rotundamente y les aclara: – Me enfadé porque intenté por todos los medios que confiara en mí y lo confesara y no lo hizo, lo cual ahora tiene su lógica.

–  Entonces, ¿de quién eran los test? – Pregunta mi padre divertido.

–  De Natasha, se los hizo en mi habitación porque no quería que sus padres la descubriesen, lleva meses saliendo en secreto con Vladimir. – Les explico.

–  Te juro que todo me hacía creer que estabas embarazada. – Me confiesa Miguel. – Tuviste vómitos por la mañana, encontré los test de embarazo en nuestra habitación. Si incluso cuando he llegado lo primero que me ha dicho Lorenzo es que en tu estado no debía alterarte.

–  ¿En mi estado? – Pregunto molesta. – ¿Qué significa eso?

–  En tu estado, Silvia. – Se reafirma Lorenzo. – Estás anémica y muy débil. De hecho, en este momento deberías estar descansando.

–  Y yo creía que estabas así por el embarazo. – Me dice Miguel estrechándome con fuerza entre sus brazos. – Voy a cuidar de ti, muñeca.

–  Eso espero, porque yo tengo que regresar a Ciudad de Perla. – Le dice mi padre. – Eso sí, procura no cagarla esta vez porque yo no voy a volver a meterme en vuestros asuntos. Os recuerdo que Fernando y yo somos grandes amigos y no queremos que nada de esto haga que eso cambie, así que espero que ambos seáis responsables. Una cosa más, si pensáis hacerme abuelo, me gustaría enterarme por vosotros y no por terceras personas.

–  Tranquilo papá, quedarme embarazada no entra en mis planes. – Le tranquilizo.

–  ¿Por qué no? – Me pregunta Miguel. – Yo ya me había hecho a la idea y tengo que reconocer que me he decepcionado un poco al saber que no estás embarazada.

–  Estás de coña, ¿verdad?

–  Me voy antes de que empecéis a discutir. – Dice mi padre para después despedirse.

Lorenzo también se despide y Miguel y yo nos quedamos a solas.

–  ¿Qué vamos a hacer ahora, muñeca? – Me pregunta Miguel. – No pienso separarme de ti ni un instante, así que supongo que tendremos que buscar un sitio para vivir.

–  ¿Irnos a vivir juntos? – Pregunto sorprendida. – Si te parece bien, podemos pasar unos días aquí, disfrutando del sol y de la playa. Cuando me recupere, podemos ir a Kiel y pasar allí una temporada, así podrás cuidar de tus asuntos allí y podemos ver cómo nos va. Pasado un tiempo prudencial, ya veremos qué hacemos con eso de irnos a vivir juntos.

–  Cielo, ¿no estás segura?

–  ¿Qué pasará si sale mal? – Le pregunto. – Un año de prueba. – Sentencio. – Durante todo un año estaremos juntos como el señor y la señora Hoffman. Podemos alternarnos viviendo en Kiel y Moscú y podremos venir aquí, a Ciudad de Perla y a Ciudad del Cielo cuando queramos.

–  Y, cuando pase un año, ¿qué hacemos?

–  Entonces, viviré contigo donde quieras. – Le contesto feliz.

–  Me gustaría vivir aquí contigo, en Isla del Sol. – Me dice tras besarme en los labios. – Pero supongo que eso ya lo discutiremos el año que viene.

Los abrazos dan paso a los besos y los besos dan paso a una pasión desenfrenada. Sin poder contener las ganas y la necesidad de fundirnos el uno con el otro, hacemos el amor allí mismo. Miguel me penetra lentamente, con sumo cuidado, mientras me susurra al oído lo mucho que me quiere. Me embiste una y otra vez con delicadeza y, a pesar de que no es nuestro estilo en cuanto a sexo se refiere, ambos disfrutamos y llegamos al clímax de inmediato.

Cuando nuestras respiraciones se normalizan, Miguel me coge en brazos al más estilo princesa y me lleva a la habitación, donde me deposita sobre la cama con cuidado y después se tumba a mi lado.

–  Cielo no te ofendas, pero me gusta más el sexo contigo cuando estás un poco gruñón. – Le digo divertida.

–  Muñeca, estás débil y Lorenzo me ha amenazado con matarme si no cuido de ti y hago que guardes reposo. – Me contesta estrechándome contra él. – Te prometo que, en cuanto estés recuperada, te haré el amor cómo me pidas.

–  Mmm. Suena muy prometedor. – Le digo sonriendo pícaramente. – De hecho, creo que me he recuperado milagrosamente.

–  Muñeca, no me provoques que no soy de piedra.

–  Me alegra oír eso. – Le contesto antes de arrojarme a sus brazos para besarlo apasionadamente al mismo tiempo que busco su pene para introducirlo de nuevo en mí.

Estar con él es como estar en el paraíso. Estoy segura de que discutiremos todos los días, pero aun así estoy convencida de que con él seré feliz.

FIN

Cállame con un beso 31.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Después de llamar a Silvia y que Marisa me dijera que no estaba en la villa, a pesar de que sabía de sobra que estaría allí, le dejé un mensaje esperando que entendiera mis disculpas. Tras darme una ducha y bajar a la cocina, me encuentro allí a mi padre y a Alejandro.

–  Buenos días. – Les saludo.

Alejandro se vuelve hacia a mí y, con gesto inescrutable, me dice:

–  Buenos días, Miguel.

Me siento con ellos a la mesa y desayunamos en silencio. Pocos minutos después, Lety y Daniel entran en la cocina y se unen a nosotros tras saludar a Alejandro. Pero el silencio continúa reinando en la cocina hasta que Alejandro me dice con un tono de voz sombrío:

–  Miguel, ¿podemos hablar en privado?

Asiento con la cabeza y ambos salimos de la cocina para dirigirnos al despacho y poder hablar con mayor intimidad. Una vez tomamos asiento, Alejandro empieza a hablar con voz calmada, aunque puedo ver la preocupación en su rostro:

–  No sé qué está pasando, pero es obvio que algo ha pasado entre tú y mi hija y que ninguno de los dos está bien. Tu padre me ha contado que tú no estás pasando por un buen momento desde que regresaste de Moscú y ayer me llamó Lorenzo porque algo le pasó a Silvia y…

–  ¿Qué le ha pasado? – Le interrumpo preocupado.

–  No lo sé, Miguel. Lorenzo solo me ha dicho que necesita descansar y que me llamará para darme los resultados de los análisis de sangre. – Me dice. – Tanto Lorenzo como yo hemos intentado hablar con ella y saber qué le pasa, pero ella insiste en que la dejemos sola y se niega a hablar del tema, aunque es evidente que ese tema está relacionado contigo. No he venido a pedirte explicaciones, siempre he respetado la vida privada de Silvia y pienso seguir haciéndolo, pero sí quiero pedirte que hagas lo que tengas que hacer para arreglar lo que sea que esté pasando. – Justo en ese momento, el teléfono de Alejandro empieza a sonar y contesta la llamada: – Lorenzo, ¿cómo está Silvia? – Tras una larga pausa, le pregunta: – ¿Estás seguro de que es una buena idea? – Otra pausa más corta. – Ahora mismo está frente a mí, estoy en Ciudad del Cielo, en casa de Fernando. – Una pausa más larga y, finalmente se despide: – Gracias Lorenzo, estaremos allí en unas cuatro o cinco horas. – Se vuelve hacia a mí y me informa: – Era Lorenzo, el médico ha dicho que Silvia está bien pero que necesita estar unos días en reposo porque tiene un poco de anemia. Quiere que ambos vayamos a Isla del Sol y que arregles lo que tengas que arreglar con Silvia.

–  Es imposible, Silvia ha bloqueado todos los accesos a la isla y, puede que a ti te deje entrar, pero creo que como me vea a mí intentará matarme.

–  Lorenzo tiene a mi hija bajo arresto domiciliario y la ha amenazado con esposarla a la cama si no permanece en absoluto reposo. – Me explica sonriendo aliviado. – Lorenzo tiene el control de la villa en este momento, nos dará permiso para aterrizar y Silvia no lo podrá impedir, ni siquiera se enterará.

–  No estoy seguro de que sea una buena idea, Alejandro. – Confieso. – Me he portado como un verdadero idiota con ella, le he dejado un mensaje a Marisa para Silvia pidiéndole disculpas y, cuando he vuelto a llamar, Marisa me ha dicho que Silvia no quería saber nada más de mí.

–  Dudo que Marisa haya dicho eso.

–  Hemos utilizado al señor y a la señora Hoffman para tratar el asunto con discreción, Marisa no sabía ni de lo que hablábamos. – Le contesto abatido.

–  Entonces, ¿significa eso que vas a venir conmigo a Isla del Sol o no?

–  No tengo nada que perder, ya lo he perdido todo.

–  Miguel, es la primera vez que veo a mi hija así por un hombre, eso significa que le importas. – Me dice con una tierna sonrisa. – He visto cómo os miráis, cómo os entendéis y cómo os sonreís. No sé qué os habrá pasado en Moscú, pero espero que lo podáis solucionar.

–  Yo también lo espero, Alejandro. – Le respondo con una esperanzada sonrisa.

Tras contarle nuestros planes a mi padre, él lo acepta pero advirtiéndome con la mirada que me las va a hacer pagar como haya metido la pata y lo que no sabe es que la he metido hasta el fondo.

–  No le mires así, mi hija se ha enterado que estaba aquí y ha insistido en que Miguel fuera conmigo a verla. – Miente Alejandro salvándome el trasero. – Espero que no te importe que te lo robemos unos días, ¿verdad, Fernando?

–  Está claro que todos sabéis algo que no me queréis contar y, pensándolo mejor, prefiero no saberlo y seguir viviendo feliz. – Dice mi padre. – No quiero tener nada que ver cuando Silvia se entere de lo que estáis haciendo, porque estoy seguro de que ella no sabe nada. La conozco desde que nació y cuando se fue de aquí no tenía cara de querer volver a ver a Miguel.

–  Fernando, así no ayudas. – Le reprende Lety.

Mi padre le dedica una sonrisa a Lety y dice en voz alta sonriendo:

–  Como mis nietos saquen el carácter de éstos cuatro, no sé qué será de mí.

Una hora más tarde, estoy con Alejandro en su yet volando hacia Isla del Sol. Tal y cómo Lorenzo había prometido, se encarga de que nos den permiso para aterrizar y llegamos a la villa a las cuatro y media de la tarde. Lorenzo nos recibe nada más bajarnos del yet y nos lleva en su camioneta hasta la casa.

Nada más entrar en la casa, busco a Silvia por todas partes y, cuando no la encuentro, le pregunto a Lorenzo con impaciencia:

–  ¿Dónde está Silvia?

–  Está descansando, pero no creo que tarde mucho en despertarse. – Me responde. Me mira con dureza y añade: – Debido a su estado, el médico ha creído conveniente que guarde reposo absoluto durante al menos una semana. Está débil y no le conviene alterarse así que más te vale no cabrearla más de la cuenta, sobre todo teniendo en cuenta que se pondrá furiosa en cuanto te vea y yo no te voy a poder ayudar porque seré el blanco de su ira por la traición que acabo de cometer.

–  Haré lo que pueda. – Le respondo preocupado.

Su estado. ¿Sabía Lorenzo que estaba embarazada? Quizás se lo había dicho el médico y por eso Lorenzo ha organizado todo esto para que yo viniera y pudiera hablar con Silvia.

La puerta del salón se abre y aparece Silvia, que se queda paralizada en cuanto nos ve sentados en el sofá. Está pálida y tiene las ojeras marcadas. Lo está pasando mal, puede que las náuseas y los mareos del embarazo sumado a todo lo que yo le he dicho…

–  Lorenzo, ¿qué has hecho? – Le pregunta Silvia con un hilo de voz. No está furiosa, parece decepcionada y muy triste.

–  Princesa, tienes visita. – Le dice Lorenzo. – Tu padre y yo tenemos que hablar de un par de asuntos, pero Miguel te hará compañía mientras tanto.

Alejandro le da un beso en la mejilla a Silvia y le dice algo al oído para después salir con Lorenzo del salón para dejarnos a solas.

–  ¿Qué haces aquí, Miguel? – Me pregunta agotada dejándose caer en el sofá con desgana.

–  Te echo de menos, muñeca. – Le confieso.

–  Miguel, no tengo ganas de discutir ni de jugar a tus jueguecitos. ¿Qué quieres? ¿Ha pasado algo?

–  Dímelo tú.

–  ¿Que te diga qué? – Me espeta furiosa.

–  Que lo sé todo, ¿cuándo pensabas decírmelo?

–  ¿Puedes hablar claro? ¿Qué sabes? ¿Qué se supone que tenía que decirte?

–  ¡Que estás embarazada, joder! – Grito enfurecido.

–  ¿Qué? – Me pregunta confusa. – Miguel yo…

–  Joder Silvia, ¿por qué no me lo has dicho?

–  ¿Por qué se supone que debería decirte que estoy embarazada, Miguel?

–  No sé, ¿quizás porque soy el padre de ese hijo? – Le contesto con sarcasmo.

–  Miguel, dime que todo lo que ha pesado no ha tenido nada que ver con que creyeras que estaba embarazada.

–  Encontré los test de embarazo positivos, los dos. – Le confieso. – Esperé a que me lo dijeras pero no me pude controlar y estallé.

–  Miguel, no estoy embarazada, tomo la píldora. – Me contesta sonriendo. – Los test de embarazo no eran míos, eran de Natasha. Salí con ella de compras para poder hacerse la prueba.

–  Soy imbécil. – Reconozco.

–  No te voy a quitar la razón. – Me contesta. – Miguel, vete a casa.

–  Muñeca, te echo de menos.

–  No hagas esto, Miguel. – Me suplica. – No lo compliques más.

–  Te quiero, Silvia. Estos cuatro días sin ti han sido los peores de mi vida. – Le confieso acercándome a ella lentamente. – ¿Tú no me has echado de menos?

No le doy tiempo a contestar, poso mis labios sobre los de ella y la beso con suavidad, con ternura y con mucho amor. Es un beso de paz, un beso de amor. Un beso que nunca antes había sentido como lo siento con Silvia.

Cállame con un beso 30.

Cállame con un beso

SILVIA.

Después de haberme desmayado en el jardín y darle un susto de muerte a Marisa, Lorenzo se había hecho con el control de mi casa y de mi vida. Marisa se asustó tanto que llamó a Lorenzo y le contó todo lo que estaba ocurriendo. Le dijo que desde que había vuelto no dormía, no comía, no hablaba y mucho menos sonreía. Lorenzo no tardó en presentarse en casa, cuando me desperté tumbada en el sofá del salón y vi al médico de la isla tomando mis constantes y a Lorenzo mirándome con gesto reprobador, supe que ya no había nada que yo pudiese hacer y le dejé tomar el control.

Lorenzo llamó a mi padre, pero no sé qué le dijo. Cuando le pregunté, me dijo que no era asunto mío, ¡para flipar! Me obligó a comer y después me ordenó que subiera a mi habitación, me metiera en la cama y durmiese, incluso me amenazó con lanzarme un dardo tranquilizante para caballos si no le obedecía. Creyéndole capaz de hacerlo, le obedecí.

Esta mañana cuando me he despertado, Lorenzo estaba sentado en un sillón junto a la ventana de mi habitación leyendo un periódico. En cuanto notó que me movía, apartó su mirada del periódico y, con gesto amenazador, me señaló una bandeja llena de comida que había sobre la mesa y dijo:

–  Siéntate y desayuna. Quiero ver cómo te alimentas, princesa.

Me senté y no me dejó moverme hasta haber acabado con toda la comida, que no era poca. Después me dijo que me fuera a duchar y que me esperaba en el jardín para mantener una conversación seria conmigo. Eso me hizo sentir culpable. Me he obsesionado tanto con Miguel que he dejado de comer y de dormir, ese descuido le ha pasado factura a mi cuerpo y ha preocupado a todos los que me rodean y me quieren.

Bajo al jardín y me siento junto a Lorenzo en un banco de madera, bajo la sombra de los árboles. A Lorenzo, a pesar de vivir en una isla en la que la temperatura media anual ronda los 30ºC y que 360 días al año el cielo es completamente azul, no le gusta el sol. ¡Menuda ironía!

–  Princesa, ¿vas a contarme qué te ocurre?

–  No quiero hablar de eso, Lorenzo.

–  De acuerdo, entonces hablaré yo. – Sentencia. – No sé qué está pasando por tu cabeza, pero obviamente no estás bien. El doctor nos dijo qué te habías desmayado por el agotamiento. Te sacó sangre mientras estabas inconsciente y esta mañana me ha llamado para darme los resultados y, ¿sabes qué me ha dicho? Como él había confirmado, te has desmayado por el agotamiento, que al parecer se ha visto agravado porque has dejado de comer y de hidratarte. ¿A caso quieres matarte, princesa? ¿Quieres matarnos a todos del disgusto? ¿Quieres matar a la pobre Marisa de un susto como el de anoche?

–  Lo siento, Lorenzo. – Me disculpo. – Sé que no hay justificación posible, pero ni siquiera me he dado cuenta que no comía, ni siquiera he tenido hambre. Tengo la cabeza en otra parte.

Lorenzo abre la boca para replicarme pero ve aparecer a Marisa y decide callarse. Ambos la observamos mientras camina hacia a nosotros con un papel en la mano. Se para a un metro de distancia frente a nosotros y me dice:

–  Señorita Silvia, tiene un mensaje del señor de la Vega.

–  ¿Ha llamado Fernando? – Pregunto preocupada. – ¿Hay algún problema?

–  No, señorita Silvia. El que ha llamado ha sido el señor Miguel de la Vega. – Me contesta sacándome del error y dejándome muerta. ¿Qué quería Miguel? ¿Es que no me había insultado ya bastante? – El señor Miguel, cuando le he dicho que usted no estaba en este momento, me ha dicho que necesitaba hablar con usted porque… – Se acerca el papel que sujeta en las manos a la altura de los ojos y, más despacio de lo que desearía, empieza a leer: – Porque ha descubierto que el señor Hoffman es un auténtico idiota y necesita hablar personalmente con la señora Hoffman para que ella lo sepa, pero dice que sin tu ayuda él no puede localizarla. También me ha pedido que añadiera que, si le ayudas, no te arrepentirás.

–  ¿Señor y señora Hoffman? ¿Quién cojones son esos? – Me pregunta Lorenzo.

–  Un matrimonio bastante peculiar. – Le respondo a Lorenzo y, volviéndome hacia a Marisa, le digo fría como el hielo: – Si el señor Miguel de la Vega vuelve a llamar, dígale que siento no poder ayudarle pero que la señora Hoffman y yo ya no tenemos nada que ver.

–  ¡Qué lástima! – Se lamenta Marisa. – Parecía desesperado por encontrar a esa mujer.

Marisa se marcha sumida en sus pensamientos y, cuando está lo suficientemente lejos como para no oírnos, Lorenzo me dice sonriendo:

–  Eres la señora Hoffman y él es el señor Hoffman y, a juzgar por el mensaje, ha metido la pata hasta el fondo. – Suspira profundamente y añade con voz dulce: – Princesa, tú estás mal y él está mal, ¿no crees que deberíais hablar y solucionar esto?

–  Lorenzo, déjalo, por favor. – Le suplico. – No quiero hablar con Miguel y tampoco quiero hablar del tema, ¿de acuerdo?

–  Como quieras, princesa. Si no quieres hablar con él, nadie puede obligarte.

Su sonrisa le delata y, mirándole a los ojos, no me molesto ni en disimular mi tono de amenaza y le advierto:

–  No te metas en mis asuntos, Lorenzo.

Lorenzo levanta ambas manos en señal de inocencia, pero no le creo nada. Este loco es capaz de ir a buscar a Miguel y encerrarnos juntos en algún sitio para no sacarnos de allí hasta habernos reconciliado o habernos matado. No me fío ni un pelo de él.

Entonces, me acuerdo de que Lorenzo ayer por la noche llamó a mi padre.

–  Lorenzo, ¿qué le dijiste a mi padre anoche?

Lorenzo palidece y yo también lo hago al ver su gesto de tierra trágame.

–  Princesa, estaba preocupado. – Me empieza a decir. – Creía que te había pasado algo y que tu padre me lo diría, pero él tampoco tenía ni idea de lo que te pasaba y entonces le dije que te habría dado un bajón de tensión o una lipotimia del calor, aunque no pareció convencerle mi respuesta.

–  ¡Joder, Lorenzo! – Protesto. – Llámale y dile que estoy bien.

–  Si le llamas tú, podrá comprobar que efectivamente estás bien. – Me replica.

–  Lorenzo, por tu culpa me someterá a un tercer grado y no estoy preparada para soportarlo. – Le suplico. – Por favor, necesito un poco de paz.

–  De acuerdo, pero tienes que prometerme que comerás cinco veces al día y beberás como mínimo dos litros de agua. – Condiciona. – Le diré a Marisa que no se separe ni un segundo de ti para asegurarnos de que te portas como una niña buena y nos obedeces.

–  Me tratas como si tuviera cinco años. – Le reprocho.

–  Te comportas como una niña de cinco años.

–  Touchée. – Contesto resignada. – Soy idiota, Lorenzo.

–  Todos los enamorados parecen idiotas, en eso estoy de acuerdo.

–  Estoy enamorada. – Afirmo en voz alta por primera vez. – Soy idiota y me he enamorado de otro idiota.

–  Eso significa que estáis hechos el uno para el otro. – Me contesta burlonamente.

–  No tiene gracia, Lorenzo. – Me quejo molesta. – De todos los hombres que hay en el mundo he tenido que enamorarme del hijo del futuro socio de mi padre y además un buen amigo de la familia. Idiota no, lo que soy es gilipollas. ¿Qué voy a hacer? Yo no puedo trabajar con él pero tampoco puedo pedirle a mi padre que cancele la fusión, lo desea desde hace años y por fin lo va a conseguir.

–  Tómatelo con calma, princesa. – Me tranquiliza. – Relájate en la sombra con esta maravillosa vista mientras yo llamo a tu padre y trato de tranquilizarlo.

–  Gracias por todo, Lorenzo. – Le agradezco antes de que se vaya.

–  Princesa, no tienes que darme las gracias. – Me contesta antes de desaparecer.

Y, como me ha pedido Lorenzo, me relajo a la sombra de los árboles mientras contemplo cómo se refleja el sol en el mar sin pensar absolutamente en nada.

Después de comer, Lorenzo me obliga a subir a mi habitación para echarme una siesta y amenaza con esposarme a la cama si oso desobedecerlo. ¡Esto es ridículo! Aun así, obedezco. Estoy demasiado agotada psicológicamente como para discutir por eso cuando realmente me siento cansada y además, tengo sueño.

Cállame con un beso 29.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Sigo sin creer que se haya largado sin despedirse aunque, tal y como me he comportado con ella, no podía haber esperado otra cosa. ¡Joder! Probablemente ni ella haya asimilado que está embarazada y yo, en lugar de apoyarla y cuidarla, la insulto y la desprecio. Ni siquiera sabía de lo que le hablaba, creía que estaba enfadado porque había mantenido en secreto su conversación con Oleg hasta tener seguro que éste iba a conseguir la rendición de los hermanos Petrov. Debe pensar que soy un ogro. Ella ayudándonos y yo metiendo la pata hasta el fondo. Y lo peor de todo es que solo llevo dos días sin verla y me siento solo, vacío, infeliz y un verdadero gilipollas.

–  No sé qué coño habrá pasado en Moscú, pero me lo vas a contar. – Oigo la voz furiosa de Lety a mi espalda. ¿Qué hacía aquí?

–  Pregúntaselo a tu amiga. – Le respondo con desprecio.

–  Ya lo he hecho, pero antes de que me diera una puñetera respuesta que me lo aclarase, se ha largado a Isla del Sol, donde deniega todos los putos aterrizajes en la villa y ha convencido a Lorenzo para que nadie entre en la isla por mar. – Me espeta. – Se ha tomado una puñetera temporada sabática y filtra todas sus llamadas a través de Marisa, no hay forma de hablar con ella, no quiere hablar con nadie. Lorenzo me ha dicho que ni siquiera le ha recibido cuando ha ido a visitarla. ¿Qué está pasando, Miguel?

–  Cariño, cálmate. – Le dice mi hermano. – Miguel tampoco está muy bien que digamos.

–  Silvia está embarazada. – Suelto como una bomba.

–  ¿Qué? – Exclaman los dos al unísono. Lety se sienta en una silla y añade: – Oh, no. Eso no puede ser, Miguel. Silvia es muy precavida para esas cosas y te aseguro que no tiene ningún deseo de ser madre, al menos no antes de infiltrarse contigo.

–  ¿Te lo ha dicho? – Me interroga mi hermano.

–  No. – Le contesto. – Se fue de compras el mismo día que llegamos a Moscú y cuando regresó a casa se metió en la habitación directamente sin decirme que había llegado. Por casualidad, subí a la habitación y la encontré allí, guardando algo en la cómoda para que yo no lo viera. A la mañana siguiente, mientras ella dormía, busqué lo que ocultaba y encontré dos test de embarazos con resultado positivo. Esperé a que ella me lo dijera y cuando no lo hizo le empecé a preguntar indirectamente si tenía algo que contarme, pero ella se hacía la tonta, fingía que no sabía de qué le hablaba y yo me enfadé y le dije cosas horribles.

–  ¿Por qué te enfadaste? Tampoco te conoce tanto para contarte algo así. – Me pregunta Daniel.

–  ¡Joder, es tuyo! – Me grita Lety. – No me lo puedo creer, Silvia toma la píldora y además presume de utilizar siempre el preservativo. ¿Cómo se ha podido quedar embarazada? ¿Habéis ido a buscar un bebé o qué?

–  No hemos usado preservativo ni una sola vez y, en cuanto a las pastillas, nunca se las he visto tomar, ni siquiera las he visto de hecho. – Confieso.

–  No, no puede ser. – Insiste Lety. – Silvia me hubiera dicho algo.

–  Si no lo buscaba, no lo quería y se va a tomar una temporada sabática… – Dice Daniel. – Solo puede significar dos cosas, que necesita tiempo para asimilar y aceptar la noticia en soledad o quiere deshacerse de ese bebé sin que nadie se entere. Abortar y recuperarse para volver sin que nadie sospeche nada.

Lety le da una colleja y le regaña:

–  ¡Qué tacto, hijo! Pero no, Silvia no haría algo así. – Insiste. – Puede que sea la mujer más fuerte e independiente del mundo, pero también es muy humana y necesita el cariño de su gente. Desde luego, algo le pasa. A mí me respondió con evasivas a todo lo que le pregunté, me dijo que te habías enfadado y que no sabía el motivo, aunque algo me contó sobre lo que decías de lo de Oleg. Después me dijo que no quería hablar más del tema y se largó. Le he preguntado a Alejandro si le había contado algo pero lo único que me ha dicho es que algo había pasado entre vosotros dos y Silvia estaba furiosa, así que no insistió en hacerle preguntas, ella no soporta que se metan en sus asuntos y, con el humor que se traía, cualquiera se atrevía a decirle algo.

–  Necesito verla, ¿cómo puedo llegar a Isla del Sol? – Le pregunto.

–  No puedes. – Me contesta. – Si ella no da permiso para aterrizar y Lorenzo bloquea la costa, no hay forma de llegar a la isla. – Los ojos de Lety se empiezan a llenar de lágrimas y, antes de empezar a sollozar,  logra decirme: – Miguel, Silvia está mal. No sé si estará embarazada como dices, pero estaba destrozada y lloraba. Nunca la había visto llorar antes, Miguel.

–  Lo siento Lety, pero te prometo que lo arreglaré todo. – Trato de calmarla. – Necesito que me ayudes, necesito que contactes con Lorenzo para que pueda hablar con él.

–  De Lorenzo no vas a sacar nada, si Silvia le pidiese que destrozara el planeta en mil pedazos, Lorenzo lo haría sin preguntar por qué. – Me contesta Lety. – El único capaz de conseguir que Silvia nos deje entrar en la isla es mi hermano Alan.

–  Creo que no le caigo demasiado bien. – Comento.

–  A mi hermano le caes bien, Miguel. – Me dice Lety sorprendiéndome. – Intentó hacerla entrar en razón para que hablase contigo antes de irse y me obligó a venir aquí para intentar que tú hicieras algo para arreglarlo. De quien debes preocuparte es de Silvia, después de todo lo que le has dicho, no te va a ser fácil que te escuche y, si tiene las hormonas revolucionadas, espero que sepas defenderte bien, cuñado.

–  ¿Alguien me va a explicar qué cojones está pasando? – Irrumpe mi padre en la estancia gritando furioso. – Joder, no sé qué habrás hecho pero, por tu bien, espero que no le hayas puesto una mano encima a Silvia, Miguel.

–  Pero papá, ¿qué dices? – Le contesta Daniel. – ¿Cómo se te ocurre que Miguel pudiera pegar a una mujer? Y mucho menos a Silvia, que le mataría ante el más mínimo movimiento sospechoso.

–  No me refería a ponerle la mano encima de esa manera. – Le espeta mi padre. Acto seguido, se vuelve hacia a mí y añade: – Me acaba de llamar Alejandro, mañana a primera hora vendrá a Ciudad del Cielo para hablar contigo y, a juzgar por su tono de voz, deduzco que viene a hablar de Silvia.

Mi padre se marcha por donde ha venido como alma que lleva al diablo.

–  ¿Hay alguna posibilidad de que Silvia se lo haya contado a su padre? – Le pregunta Daniel a Lety.

–  No lo sé, Alejandro nunca se mete en los asuntos de Silvia, pero se tienen absoluta confianza y, de ser cierto que esté embarazada, si quiere seguir adelante, tarde o temprano se lo tendría que decir, ¿no? – Le contesta Lety mirándome compasivamente. – Espera a hablar con Alejandro, él es un buen hombre y muy comprensivo. Puedo asegurarte que Silvia salió de Ciudad de Perla sin contarle nada a su padre, pero no sé de qué han podido hablar desde entonces.

–  Intenta dormir un poco para estar lúcido mañana cuando hables con Alejandro, necesitas descansar un poco. – Me aconseja Daniel.

Y le hago caso. Llevo días sin dormir y, sabiendo que mañana Alejandro estará aquí no me ayuda a coger el sueño. ¿Es posible que Silvia le haya confesado que está embarazada? Si lo ha hecho y Alejandro viene a buscarme es porque yo soy el padre. Y quizás porque soy el padre viene a buscarme para matarme. Y si mi padre se entera le ayudará a matarme.

Y yo lo único que deseo es estar con Silvia, estrecharla entre mis brazos y besarla hasta perder la noción del tiempo. Quiero llevármela a Kiel y que vivamos siempre como el señor y la señora Hoffman.

La quiero y no puedo vivir sin ella. Y he metido la pata hasta el fondo.

Me meto en la cama habiendo tomado una decisión. Mañana por la mañana llamaré a Silvia y, si se niega a ponerse al teléfono, le dejaré un mensaje a Marisa y espero que ella se encargue de que Silvia escuche mis palabras aunque sean de la boca de Marisa.

Cállame con un beso 28.

Cállame con un beso

SILVIA.

Dos días después de que Sergei cenara en casa con nosotros, ya me encuentro mejor. Por fin la regla se me ha ido y ya no tengo náuseas ni vómitos. No suele ser así todos los meses, pero un par de veces al año siempre me da ese dolor infernal. El pobre Miguel se ha preocupado un montón y le he acabado diciendo que eran cosas de mujeres para que dejara de insistir en llamar a un médico. Aun así, no estaba del todo tranquilo y ha seguido cuidándome como si me estuviera muriendo. ¡Hombres!

–  Buenos días, cielo. – Le digo cuando me despierto y lo veo mirándome con amor.

–  Mmm… ¿La señora Hoffman despertando de buen humor? – Bromea. – Creo que ahora sí que tengo que llamar a un médico.

–  Me he despertado de muy buen humor y dispuesta a cobrarme mis derechos maritales que tanto te cuesta darme. – Bromeo.

Desde hace tres días no hacemos el amor y estoy hambrienta pero no de comida precisamente. Miguel, sonriendo con picardía, me coloca sobre él y, sin tiempo que perder, me penetra de un empujón, haciéndome gemir de placer. Hacemos el amor apasionadamente hasta llegar al clímax, momento en el que me derrumbo sobre él.

Cuando recobro la respiración, ruedo hacia un lado de la cama y reviso mi teléfono móvil. Leo el mensaje de Oleg que me confirma que todo está solucionado y le digo a Miguel:

–  Tengo que contarte algo, no quería decírtelo hasta estar segura, pero ya está todo confirmado.

Miguel se pone tenso y creo que también palidece. Se incorpora en la cama y, mirándome a los ojos, me anima a continuar:

–  Soy todo oídos.

–  Una vez que Sergei nos confirmó que los hermanos Petrov estaban detrás de todo, contacté con un amigo que tiene buena relación con ellos para que tratara de disuadirlos de su objetivo. – Le empiezo a decir con calma. – Mi contacto ha podido convencerlos para que se olviden de esos planos, les ha asegurado que han sido destruidos y no regresarán a buscarlos. Ya podemos volver a casa, gruñón.

–  ¿No tienes nada más que decirme? – Me pregunta.

–  No, ¿qué más quieres que te diga? – Contesto. – Miguel, acabo de decirte que lo hemos conseguido muchísimo antes de lo previsto y sin necesidad de entrar en una guerra de mafias y agencias, ¿no me has oído?

No lo entendía. ¿Qué le pasaba?

–  Sí, te he oído. – Me responde. – Y, ¿no tienes nada más qué decirme?

–  No te entiendo. – Le respondo empezando a cabrearme. – Algo más, ¿sobre qué?

–  ¡Sobre nada! – Me espeta furioso. – Haz tus maletas, volvemos a casa en el primer vuelo.

Para flipar. Hace un momento estábamos haciendo el amor y ahora está furioso.

–  Pero, ¿qué cojones te pasa? – Le espeto. Mi paciencia tiene un límite y ha sido rebasado.

–  Que no confío en ti, eso me pasa. – Su voz es tan fría que me deja congelada.

No entiendo nada, ¿qué ha pasado?

–  Miguel, si no te dije nada era porque no quería darte falsas esperanzas. – Le digo tras tragarme el poco orgullo y dignidad que me quedan. – Si hubiese sabido que te ibas a poner así, sin duda alguna te lo habría preguntado antes de meter en medio a Oleg.

–  ¡Me importa una mierda el caso! – Grita. – Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado, creía que podíamos confiar el uno en el otro, pero ya veo que no.

–  ¿En serio te estás poniendo así por no haberte contado lo de Oleg?

–  Deja de hacerte la tonta, Silvia. Sabes perfectamente a lo que me refiero. – Me contesta. – Eres una niñata incapaz de afrontar tus responsabilidades, incapaz de ser sincera e incapaz de hacer feliz a alguien.

Esta vez, a pesar de que ya no me queda dignidad, no pienso seguir rebajándome. Ni siquiera sé por qué se ha puesto así. Acabo de quitarnos varias semanas de trabajo, he evitado meternos en la boca del lobo y él me dice que no confía en mí. “Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado”, me ha dicho. Si no tiene que ver con el caso ni con Oleg, ¿a qué se refiere? Yo no he hecho nada, he sido sincera con él, nos lo hemos pasado bien juntos, confío en él. ¡Joder, si hasta creo que estoy enamorada y yo no me he enamorado en la vida!

Esa misma tarde, Miguel y yo regresamos a Ciudad del Cielo. Tras llegar a casa de los de la Vega, Fernando nos hace pasar a su despacho y empieza a hablar:

–  Silvia, estoy impresionado. – Me dice. – No solo habéis acortado la duración de la operación, sino que encima lo habéis hecho con los mejores resultados.

–  Me alegra saber que estás contento. – Le respondo con sinceridad.

–  ¿Pasa algo? – Pregunta Fernando mirándonos alternativamente. – Parecéis…

–  Estamos cansados, papá. – Le interrumpe Miguel. – ¿Puedo irme ya? Mañana tendrás mi informe sobre la mesa de tu despacho.

Fernando asiente con la cabeza y Miguel sale del despacho sin hablarme, sin dirigirme ni una sola mirada, como si no estuviera.

Regresando en el avión, incómoda y enfurecida por la actitud de Miguel, he redactado mi informe y lo he grabado en un pendrive que aprovecho para entregarle a Fernando mientras me despido:

–  Aquí tienes mi informe, están todos los detalles y los datos de los contactos que nos han facilitado toda la información. Oleg ha quedado en enviarme pruebas que demuestren que los rusos no volverán a acercarse por aquí, aunque a mí me basta con su palabra, sé que tú querrás tenerlo todo bien atado para poder relajarte. En cuanto las reciba, te las enviaré. – Y, conteniendo con sorprendente éxito las lágrimas, añado: – Llama a mi padre si surge algún imprevisto y no me puedes localizar.

–  ¿Y no te puedo localizar? – Me pregunta Fernando preocupado. – ¿A dónde vas?

–  Necesito unas vacaciones, Fernando. Necesito relajarme y desconectar y no lo voy a conseguir si todo el mundo me localiza. – Le aclaro. – El único que podrá localizarme será mi padre y le diré que si me necesitas me avise y me pondré en contacto conmigo. – Y, para intentar tranquilizarle, le digo forzando una sonrisa: – Ya sabes que me gusta perderme cuando estoy de vacaciones.

–  Silvia, si ha pasado algo con mi hijo… – Empieza a decir. – Quiero decir, que si no se ha comportado como debería… Eres como mi hija, Silvia. ¿Lo sabes, verdad?

–  Todo está bien, Fernando. – Miento. – No tienes de qué preocuparte.

Thor, el guardaespaldas personal de Fernando, me lleva a un aeropuerto privado y allí me subo en un yet que me lleva de regreso a Ciudad de Perla. No me despido de Miguel, no quiero hacerlo y más cuando sé que actuaría con absoluta indiferencia. Por otra parte, nunca me han gustado las despedidas.

Cuando llego a Ciudad de Perla, mi padre me espera con Alan y Darek en el aeropuerto privado, Fernando le ha debido avisar. No sé qué les habrá dicho, pero ambos me escrutan con la mirada, intentando adivinar algo sin querer preguntármelo directamente. Finjo que no me doy cuenta y actúo con la mayor naturalidad que soy capaz, no tengo ganas de hablar, solo quiero encerrarme en mi habitación, meterme en la cama y llorar hasta quedarme dormida por agotamiento. Y eso es lo que hago.

Cuando despierto quince horas después, me encuentro a Lety sentada a los pies de mi cama, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.

–  Lety, ¿qué te pasa? – Le pregunto preocupada. – ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

–  Silvia, dime tú qué ha pasado con Miguel. – Me dice con un hilo de voz. – Alan me llamó anoche, tu padre y él están muy preocupados. Daniel me ha llamado esta mañana, Miguel está insoportable y se niega a hablar de ti ni de nada que tenga que ver contigo. Fernando no entiende nada, ayer lo dejaste de piedra cuando te fuiste de su casa nada más llegar, sin despedirte de Miguel. Y, hablando de él, Daniel me ha dicho que su hermano se ha enfurecido todavía más cuando ayer bajó a cenar y Fernando le dijo que te habías largado.

–  No sé qué ha pasado, Lety. – Le confieso entre sollozos. Lety me abraza y yo sigo hablando entre sollozos con más fuerza: – Todo iba bien y, sin venir a cuento, se enfureció, me dijo que no confiaba en mí, que era una niñata incapaz de nada. Al principio creía que lo decía porque le pedí a Oleg que interfiriera por mí y no se lo dije hasta saber que había dado resultado, pero él me dijo que no era nada que tuviera que ver con el caso, sino que yo le había decepcionado.

–  No lo entiendo, no tiene sentido. – Me responde Lety sin dejar de abrazarme.

–  Llevaba unos días un poco raro, pero entre nosotros todo iba bien.

–  ¿Un poco raro? ¿A qué te refieres?

–  Me preguntaba constantemente si tenía algo que contarle, si todo iba bien. – Contesto. – No sabía a qué se refería entonces y tampoco lo sé ahora, Lety.

–  Quizás descubrió algo y esperaba que tú se lo contaras.

–  ¿El qué? No hay nada que pudiera descubrir y que le sentara mal, no tiene ningún sentido. – Le respondo abatida. – No quiero seguir hablando de esto. Necesito salir de aquí, tomarme unas vacaciones, descansar, aclarar mis ideas… Creo que voy a tomarme una temporada sabática.

Tras darme una ducha y desayunar, entro en el despacho de mi padre dispuesta a hablar con él para decirle que me voy a tomar una temporada sabática. Como era de esperar, mi padre se percata de que algo no ha ido bien con Miguel, pero cuando le digo que no quiero hablar del tema él no insiste.

Ese mismo día, me dirigí  al aeropuerto y volé en el yet hasta Isla del Sol, donde pensaba esconderme de todo el mundo. Lo bueno que tiene Isla del Sol es que no hay aeropuerto, solo existe la pequeña pista de aterrizaje de la villa a la cual solo tiene acceso el personal que yo misma autorice y no pienso autorizar a nadie. La otra forma de llegar es en barco y la costa la controla Lorenzo, no tendré problema alguno en conseguir que vete la entrada de cualquier persona no nativa.

Necesito pensar, necesito aclarar mis sentimientos.

Cállame con un beso 27.

Cállame con un beso

MIGUEL.

A la mañana siguiente, aprovecho que Silvia todavía está dormida para abrir el cajón de la cómoda donde anoche la vi esconder algo que no quería que viese. Hubiera podido preguntarle directamente, pero me hubiera arriesgado a que no me lo quisiese decir y que cambiara de sitio lo que fuera que hubiera guardado ahí, dejándome con las ganas de saber de qué se trata.

Abro el primer cajón de la cómoda y pongo blanco al ver dos test de embarazo, ambos utilizados y con un resultado que, sin leer las instrucciones, no puedo descifrar. ¿Un palito rosa? ¿Qué significa eso? ¿Está Silvia embarazada? ¡Joder, no hemos usado preservativo en ninguna ocasión! Tampoco me he preocupado porque ella no ha comentado nada, así que pensé que se tomaría la píldora y, como ambos hemos tenido acceso a nuestros expedientes médicos y estamos limpios, no había de qué preocuparse. Excepto de un embarazo, claro. Cojo uno de los prospectos de los dos test de embarazo (ambos con el mismo resultado) y lo guardo en mi cartera para leerlo cuando no haya peligro de que Silvia me descubra. Sin hacer ruido, vuelvo a meterme en la cama.

Ese mismo día pero más tarde, Silvia recibe una invitación a una fiesta de Sergei Ivanov, de quién sospechamos que podemos sacar bastante información si nos lo montamos bien. Como es lógico, aceptamos la invitación y aprovechando que ella está en el baño duchándose y arreglándose para la fiesta, decido leer el prospecto del test de embarazo y enterarme del puñetero resultado. Lo saco de la cartera y voy directamente al apartado de “interpretación del resultado.” “Si sale un palito azul no está embarazada, si sale un palito rosa está usted embarazada”, leo antes de ponerme pálido y marearme. Un palito rosa significa que está embarazada. Silvia está embarazada. Con cuidado de no ser descubierto, decido abrir el cajón de la cómoda para comprobar que el palito era rosa, aunque estoy convencido de ello, pero los test de embarazo ya no están allí. Silvia se ha deshecho de ellos. Debió de hacerse el test y cuando dio positivo debió comprar otro para confirmarlo. Puede que esto tuviera un margen de error, ¿no? Decido sacar de nuevo el prospecto y lo vuelvo a leer. El margen de error es del uno por ciento. Si se ha hecho dos test y los dos han dado positivo, no hay margen de error posible.

Silvia sale del baño completamente vestida y arreglada. Está preciosa con ese vestido rosa palo con escote en palabra de honor y un abrigo de pelo sintético de color blanco. Sin poder evitarlo, mi mirada se desvía hacia a su barriga, que sigue tan plana como siempre. Hace poco más de un mes que Silvia y yo nos acostamos juntos, así que si está embarazada, lo estará de un mes más o menos.

–  Muñeca, estás deslumbrante. – Le digo sonriendo como si no supiera nada. Le rodeo la cintura con mis brazos y, colocándole las manos en el vientre, la recuesto sobre mi pecho y le beso en la mejilla.

–  ¿Qué te pasa? – Me pregunta divertida. – Cada día estás más raro.

Me besa en los labios y me dedica una sonrisa.

Llegamos a casa de Sergei Ivanov, una increíble mansión llena de invitados vestidos de etiqueta y, tras cogernos los abrigos, nos hacen pasar al enorme salón donde todos los invitados charlan animadamente mientras toman una copa de champagne. Un camarero pasa a nuestro lado ofreciéndonos una bebida, yo cojo una copa pero Silvia la rechaza. Las embarazadas no beben alcohol.

–  ¿No te apetece champagne? – Pregunto con naturalidad.

–  No, creo que tengo el estómago un poco revuelto y no quiero beber alcohol. – Me responde con una sonrisa en los labios.

–  ¿Va todo bien, muñeca? – Insisto.

–  Claro, todo va bien. – Me miente. Y lo sé porque al responder ha evitado mirarme a los ojos.

No quiero presionarla, así que no insisto más. Durante toda la noche, no dejamos de saludar a todos los invitados, todos conocen a Irina, quieren felicitarla por la boda y conocer a su recién estrenado marido.

Sergei Ivanov por fin se acerca a saludarnos. Primero saluda a Silvia con un abrazo demasiado efusivo y duradero para mi gusto, después me mira de arriba a abajo mientras Silvia hace las presentaciones pertinentes y, finalmente, me estrecha la mano con firmeza.

–  Sergei, nos alegra haber venido a tu fiesta, que ha sido todo un evento. – Le dice Silvia con una amplia sonrisa. – Espero que puedas venir un día a casa y así ponernos al día, tenía muchas ganas de verte.

–  Yo también tenía muchas ganas de verte, Irina. – Contesta mirándome con desprecio. – Si te viene bien, mañana mismo iré a tu casa.

–  Eso sería maravilloso, Sergei. Te esperamos mañana a las nueve para cenar. ¿Vendrás acompañado?

–  No, iré solo. – Responde al mismo tiempo que se despide de ella con un abrazo y desaparece para atender al resto de invitados.

–  Ya está, así de fácil. – Me dice contenta.

–  A riesgo de no gustarme la respuesta, ¿has tenido algo con Sergei?

–  ¿Qué? ¡No! – Me contesta riendo. – ¿De dónde sacas eso?

–  De su forma de mirarme con odio, quizás. – Le digo molesto.

–  No se lo tengas en cuenta, siempre quiso que fuera la novia de su hermano, que es todavía más horrible que él. – Me aclara sonriendo. – Señor Hoffman, es usted un hombre muy celoso y posesivo.

–  Señora Hoffman, no lo sabe usted bien. – Le digo antes de besarla estrechándola contra mi pecho para abrazarla con fuerza.

Tras dar un par de vueltas por el salón saludando a algunos invitados más, decidimos que ya es hora de regresar a casa. Silvia tiene mala cara y cuando le pregunto qué le pasa me dice que no se encuentra muy bien. Nos metemos en la cama en cuanto llegamos, pero solo para dormir.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, Silvia no está en la cama. Me levanto y la escucho vomitar en el baño. La puerta del baño está cerrada y no sé qué hacer. ¿Entro por si necesita ayuda? Pero, ¿si no quiere que esté allí? Deben de ser las náuseas matutinas del embarazo, la mayoría de las mujeres las padecen, ¿no? Joder, ¡no sé nada de embarazos! Dios, voy a ser padre. Creo que necesito sentarme. Estoy a punto de sentarme a los pies de la cama cuando oigo a Silvia tirar de la cadena y el grifo del lavabo salpicando agua en la pica. Golpeo suavemente la puerta del baño con la palma de la mano y pregunto:

–  Muñeca, ¿estás bien?

–  No, estoy fatal. – Me contesta tras abrir la puerta.

Está pálida y ojerosa, desde luego no tiene buena cara. La cojo en brazos y la llevo a la cama, donde la deposito con cuidado.

–  ¿Quieres que llame a un médico? – Le pregunto preocupado.

–  No, no te preocupes. No es nada. – Me responde llevándose las manos al vientre. – ¿Podrías traerme un vaso de zumo?

–  Ahora mismo lo traigo. – Le contesto tras besarla en la frente.

Después de subirle el zumo a Silvia, se duerme y la dejo descansar. Aprovecho la ocasión para navegar por internet e investigar sobre la mujer embarazada. Dos horas más tarde, Silvia entra en el despacho y rápidamente salgo de la página de embarazos que estaba leyendo.

–  ¿Te encuentras mejor?

–  Si, gracias. – Me responde sonriendo. – ¿Qué haces?

–  Estaba echando un vistazo al correo. – Miento. Alargo mi brazo y la atraigo hacia a mí para sentarla en mi regazo. – Muñeca, si no te encuentras bien anulamos lo de esta noche con Sergei.

–  Estoy bien, no te preocupes.

A las nueve en punto de la noche Sergei aparece en casa. Cenamos mientras Silvia y él hablan de cosas banales hasta que Silvia empieza a interrogarle sutilmente. Sergei, embobado con ella, responde encantado a todo lo que le pregunta. Así conseguimos enterarnos de que los hermanos Nikolay y Alexey Petrov son los que están detrás del asalto en casa de mi padre.

Una vez que escuchamos lo que queremos oír, Silvia se encarga de deshacerse de Sergei y volvemos a quedarnos a solas. Silvia sigue sin tener buena cara y me lo confirma cuando me dice:

–  Estoy un poco cansada, me voy a ir a dormir.

–  Mañana iremos al médico, da igual lo que digas.

–  Estoy bien, de verdad. – Me dice forzando una sonrisa. – Son cosas de mujeres, nada grave.

Será mentirosa. Está intentando hacerme creer que está con la regla y que los vómitos y las náuseas no tienen nada que ver con el embarazo. ¿Es que no piensa decirme que está embarazada? Y, ¿si el padre de ese bebé no soy yo? Estoy seguro de que desde que nos conocemos solo ha estado conmigo, pero de eso solo hace dos meses, podría estar ya embarazada. Aunque, por otra parte, los test de embarazo estaban aquí, por lo que ella ha descubierto que estaba embarazada en Moscú. No creo que tarde más de un mes o mes y medio en darse cuenta de su estado, así que ese bebé tiene que ser mío.

Cállame con un beso 26.

Cállame con un beso

SILVIA.

Tal y cómo habíamos previsto, en menos de dos meses, nos infiltramos en Moscú. Después de pasar un mes en Kiel, echo de menos a Frida, a Jeffrey, a Dave y sobre todo a Rayo. Miguel, que parece darse cuenta de mi tristeza, me da un beso en los labios y me susurra al oído:

–  Podrás venir a verles siempre que quieras.

Eso me alegra. Puedo venir de visita y lo mejor es que aquí seré la señora Hoffman, podré seguir besando a Miguel cada vez que quiera porque aquí seguiré siendo su mujer.

Cuando llegamos a mi casa en Moscú, Miguel se queda asombrado. La casa es un pequeño palacio que perteneció a la familia Koviakov desde antes de la guerra fría. Mijaíl y Svetlana, el matrimonio que cuida de la casa, nos dan la bienvenida y nos felicitan por nuestro matrimonio. Al no ver por ninguna parte a Natasha, la hija de Mijaíl y Svetlana, que es de mi edad y una gran amiga, pregunto por ella:

–  ¿Dónde está Natasha?

–  ¡Eso es lo que yo quisiera saber! – Protesta Mijaíl. – No sé qué le pasa a esta hija mía, pero cada día está más rara.

–  Irina, a lo mejor tú puedes hablar con ella para ver qué le pasa, nos tiene muy preocupados. – Me ruega Svetlana.

–  No te preocupes, hablaré con ella. – Le respondo abrazándola con dulzura.

Miguel nos mira y sonríe, creo que no se termina de acostumbrar de verme abrazar con cariño al personal de la casa.

Miguel y yo subimos a nuestra habitación para ducharnos y cambiarnos de ropa. Estoy a punto de cerrar la puerta del baño para meterme en la ducha cuando Miguel me lo impide y, con gesto pícaro, me pregunta:

–  ¿Cielo, no piensas esperarme?

Le sonrío y le dejo pasar sabiendo lo que va a venir a continuación. Y no me equivocaba. Una hora después, salimos de la bañera con la piel arrugada y una sonrisa en los labios.

Esa misma tarde, Natasha aparece por casa y decido hablar con ella para tranquilizar a sus padres, aprovechando que Miguel está ocupado revisando toda la documentación de mis negocios.

–  Estaré con Natasha en la biblioteca, llámame si necesitas algo.

Me doy la vuelta dispuesta a marcharme cuando Miguel me coge del brazo y me pregunta sonriendo:

–  Muñeca, ¿no se te olvida algo?

No sé a qué se refiere y le miro arqueando una ceja. Él parece percatarse de mi aturdimiento y decide darme una pista señalándose la mejilla con el dedo índice. ¿Un beso? ¿Es eso lo que quiere? Le sonrío y le doy un beso en la mejilla, pero él vuelve la cara atrapando mi boca con sus labios. Sorprendente, pero hoy el gruñón tiene ganas de jueguecitos. Salgo del despacho antes de que la cosa se caliente más, no quiero hacer esperar a Natasha y tengo muchas ganas de hablar con ella.

–  ¡Irina! – Grita Natasha al verme y corre a abrazarme. – Aún no me puedo creer que te hayas casado, tiene que ser un hombre perfecto para que te hayas casado con él.

–  Lo es. – Contesto con sinceridad. – Y, además, está muy bueno.

Ambas nos echamos a reír a carcajadas y me siento como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotras. Hablamos de lo que hemos estado haciendo durante todo este tiempo, le cuento mi supuesto romance con Erik Hoffman y la repentina boda, la luna de miel y lo mucho que le deseo, lo cual no es para nada falso. Natasha me explica que ha salido con algunos hombres pero que se ha enamorado de Vladimir Pavlov, mi mano derecha en Moscú. Sonrío, Vladimir es un buen hombre y también está muy bueno, pero su gesto delata una pizca de tristeza que no me pasa desapercibida.

–  Suéltalo, Natasha. – Le ordeno.

–  Está bien. – Accede. Coge aire y continúa: – Vladimir y yo hemos estado viéndonos a escondidas, nadie sabe que mantenemos una relación. Todo empezó como una aventura pero, con el paso de los meses, se ha convertido en algo más. Ahora creo que estoy embarazada y no sé cómo decírselo. No sé cómo se lo va a tomar.

–  ¿Crees que estás embarazada? Lo primero que debes hacer es asegurarte, a lo mejor te estás preocupando por nada. – Le sugiero.

–  Tengo miedo, no sé qué pasará si el test da positivo. – Me dice encogiéndose de hombros. – Confío en que me venga la regla y todo este malestar general desaparezca.

–  Tienes que hacerte el test y te sugiero que te lo hagas cuanto antes. – Insisto. – Vladimir regresará dentro de dos días y, si estás embarazada, necesitarás tiempo para asimilarlo, decidir lo que quieres hacer y encontrar una manera de decírselo a él.

Finalmente, consigo convencerla. Tras pasar por el despacho para decirle a Miguel que salgo de compras con Natasha, nos vamos a un centro comercial. Lo primero que hacemos es comprar dos test de embarazo (en el caso de que salga positivo, lo repetiremos para estar seguras), después nos paseamos por varias tiendas y compro ropa de abrigo (el frío de Moscú nada tiene que ver con el frío de Ciudad de Perla) y finalmente nos sentamos en una cafetería para descansar un poco antes de regresar a casa. Una vez en casa, nos aseguramos de que Miguel sigue encerrado en el despacho y, sin hacer ruido, nos dirigimos a mi habitación.

Natasha se hace el test de embarazo y da positivo, así que repite el test y nos confirma lo que ya sospechábamos: está embarazada.

–  Bueno, lo siguiente es pensar qué quieres hacer con el bebé. – Le digo. – ¿Quieres tener este bebé, Natasha?

–  Creerás que estoy loca, pero quiero a este bebé. Incluso aunque Vladimir no me apoye y me abandone, pienso luchar por este bebé. – Me confirma con seguridad.

–  Entonces, solo queda decírselo a Vladimir.

–  ¿Cómo lo hago? Cuando venga, le digo: “Oh, Vladimir, te he echado de menos. Ah, por cierto, estoy embarazada, vas a ser padre.”

–  Es una opción, pero yo escogería algo menos directo. Dejaría que se relajara y, en un momento íntimo, se lo confesaría. – Le propongo.

–  Sería más fácil si tú me prepararas un poco el terreno, Irina.

–  Ni de coña. – Me niego. – Esto es algo entre vosotros dos, Natasha.

–  No te pido que se lo digas, simplemente que hables con él y le preguntes qué intenciones tiene conmigo. – Me suplica. – Si te dice que soy solo una aventura pasajera no le diré nada sobre el embarazo, me iré a San Petersburgo y allí comenzaré una nueva vida lejos de él.

–  Está bien, hablaré con él pero de forma sutil, no esperes que saque mucho. – Cedo. – Anda, ve a guardar tu ropa, nos vemos luego.

Natasha sale de mi habitación y yo me dejo caer sobre la cama. Por el bien de Vladimir, más le vale tener buenas intenciones con ella. Oigo la puerta de la habitación abrirse y doy un respingo. Es Miguel. Rápidamente, escondo los test de embarazo en el primer cajón de la cómoda y, justo cuando lo estoy cerrando, se coloca detrás de mí, me abraza y me susurra al oído:

–  Muñeca, ¿por qué no me has dicho que has vuelto?

Cómo no sé qué responderle, decido besarle. En un abrir y cerrar de ojos, Miguel y yo estamos desnudos, tumbados en la cama, recorriendo el cuerpo del otro con las manos y con la lengua.

–  ¿Has comprado muchas cosas? – Me pregunta cuando nuestras respiraciones se normalizan.

–  Mucha ropa de abrigo para los dos, espero que te guste. – Le contesto. – Y también una pequeña sorpresa para ti.

–  ¿Para mí? ¿Qué sorpresa?

Saco una de las bolsas con el logotipo de la lencería y se la doy a Miguel al mismo tiempo que le explico:

–  No sabía por cuál decidirme, así que he comprado los dos.

Miguel abre la bolsa y saca los dos picardías que he comprado. Uno es un corsé y un culote con liguero de color azul eléctrico y negro y el otro es un camisón de rejilla de color rosa chicle con liguero que no deja nada a la imaginación.

–  ¿Quieres acabar conmigo? – Bromea. – Creo que paso de cenar, prefiero quedarme contigo y ver cómo te pruebas todo lo que te has comprado.

Tras varias bromas y risas, logro convencer a Miguel para bajar a cenar al comedor, donde la familia Vasiliev nos espera para servir la cena.

Miguel está de buen humor y disfruto viéndolo así. Natasha me sonríe divertida y me da el visto bueno en cuanto ve a Miguel aparecer. Durante la cena todos conversamos y reímos y Miguel me sorprende besándome con tanta naturalidad delante de todos ellos.

Cállame con un beso 24.

Cállame con un beso

SILVIA.

Cuando me despierto, estoy tumbada sobre Miguel mientras él me sonríe con dulzura.

–  Buenos días, muñeca. – Me saluda con un beso en la frente.

Le devuelvo la sonrisa y ruedo hacia un lado para tumbarme sobre la cama y dejarle libre de mi peso. Miguel se vuelve hacia a mí y vuelve a colocarme sobre él al mismo tiempo que me dice:

–  Señora Hoffman, ¿no está a gusto con su esposo?

–  En absoluto, simplemente pensaba que quizás le apeteciera respirar con normalidad sin la necesidad de cargar con mi peso. – Le contesto sonriendo.

–  No pienses por mí, muñeca. – Me responde abrazándome con fuerza. – En lo referente a ti, te quiero lo más cerca posible. ¿Nos damos una ducha antes de bajar a desayunar?

Asiento con la cabeza y Miguel me lleva en brazos a la ducha. Después de volver a hacer el amor y ducharnos, bajamos a la cocina.

Frida nos prepara de todo, excusándose por no saber qué me gustaría para desayunar. Tras agradecerle el esfuerzo por todo lo cocinado, le digo que cualquier cosa que prepare me parecerá bien y Frida me sonríe complacida.

Después de desayunar, Miguel me lleva al establo y decide enseñarme la finca y los alrededores montando a caballo. Yo me muestro encantada pero, cuando estoy a punto de subirme al caballo que me ha asignado Miguel, veo un caballo negro precioso que relincha nervioso y agitado. Estoy a punto de pedirle a Miguel que me deje montarlo cuando me dice:

–  Hace un par de años murió su criador y desde entonces no se deja montar, así que olvídate de él. Si sigo teniéndolo en el establo es porque me da pena sacrificarlo.

Estoy a punto de decirle que quiero intentar montarlo cuando pienso que eso nos llevará a una discusión y no quiero arruinar el día después de lo bien que nos estamos llevando desde que hemos llegado, así que le obedezco y subo al caballo que me ha asignado.

Miguel me enseña la finca y después paseamos por la orilla del mar a lomos de nuestros caballos. No discutimos en ningún momento, solo nos sonreímos y hablamos como si fuésemos amigos de toda la vida.

Los días pasan y Erik dedica todas las mañanas a sus negocios, dejándome sola en casa, bueno con Frida y algunos de sus hombres, los cuales no me quitan los ojos de encima pero ni siquiera se atreven a hablar conmigo. Aburrida y consiente de que Erik tardará un par de horas en volver, me dirijo hacia el establo decidida a montar al caballo negro salvaje. En el establo, me encuentro con un chico joven, quizás un par de años mayor que yo, que se dedica a cuidar de los caballos.

–  Buenos días. – Le saludo.

El chico alza la vista y cuando me ve me sonríe ampliamente antes de decir:

–  Buenos días, señora Hoffman. ¿Va a salir a dar un paseo a caballo?

–  No exactamente. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Lo cierto es que he venido a ver al caballo negro, Erik me dijo que desde que su cuidador murió hace un año nadie ha podido montarlo porque se ha vuelto salvaje.

–  Soy Dave, mi padre era el cuidador de Rayo, el caballo negro. – Me dice el chico con una sonrisa nostálgica. – Mi padre decía que era el mejor caballo y lo cuidaba como si fuera una persona. Es un caballo inteligente, pero cuando murió mi padre se volvió loco.

–  Lo siento, no pretendía entristecerte…

–  No te preocupes, no pasa nada. – Me dice sonriendo. – Pero el señor Hoffman me matará si se entera que la he dejado acercarse a Rayo.

–  Yo no pienso decírselo pero si crees que sería una deslealtad verme y no decírselo, te aconsejo que te vayas a dar una vuelta durante la próxima hora. – Le sugiero divertida.

–  Creo que me voy a quedar aquí. – Me dice sentándose en una montaña de paja. – Si lo vas a hacer de todas formas, prefiero estar aquí por si me necesitas.

Cada vez que me acercaba a Rayo, éste relinchaba, se ponía nervioso e intentaba morderme. Nunca me había intentado morder un caballo antes, pero aun así, no me doy por vencida. Una hora más tarde, por fin consigo subirme a lomos de Rayo sin que acto seguido me tire sobre el montón de paja, evitando así que Dave vuelva a reírse de mí.

Durante un par de semanas, dedico las mañanas que Miguel no se queda en casa a seguir mi entrenamiento con Rayo. Cada día que pasa Rayo confía más en mí y hoy decido sacarlo del vallado para galopar con él fuera del recinto. A Dave la idea no le gusta en absoluto, pero tampoco puede evitar que lo haga sin salir perjudicado. Monto sobre Rayo a pelo, no le gusta la silla de montar y quiero que se sienta cómodo en nuestra primera salida. Dave está nervioso, no se fía de Rayo y teme que me ocurra algo, pero se calla y no dice nada. Tras trotar con Rayo durante un rato, empezamos a galopar a toda velocidad por el camino que lleva a la playa. Rayo es como una flecha, nunca había montado un caballo con tanta fuerza y tanta velocidad. Estoy tan contenta por mi paseo con Rayo que cuando me dirijo al establo no me doy cuenta que Miguel está de pie junto a Dave y una pareja. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos amigos.

–  Oh, oh, Rayo. – Susurro para que solo me escuche el caballo. – Creo que nos acabamos de meter en un buen lío, amigo.

Me paro frente a Miguel y forzando una sonrisa le digo:

–  Hola, cielo. Hoy has venido temprano.

–  Baja ahora mismo de ese caballo, Irina. – Me dice enfurecido. Hago lo que me pide sin rechistar y le entrego las riendas de Rayo a Dave, que me mira preocupado. – Te dije que no te acercaras a Rayo, que se había vuelto loco y tú, ¿qué haces? Vas y decides galopar con él como si nada. ¿Es que quieres matarte?

Miguel está furioso. De hecho, creo que nunca le había visto tan enfadado. La pareja me observa desde detrás de Miguel y el hombre, de unos treinta y pocos años, me pregunta:

–  ¿Cómo has conseguido montar a Rayo?

–  No ha sido fácil, es un caballo muy testarudo. – Le contesto sonriendo.

–  Káiser, Eva, ésta es Irina, mi mujer. – Nos presenta Miguel implacable.

–  Encantada. – Les digo estrechándoles la mano a ambos.

–  Me encantaría saber cómo te las has apañado para conseguir que Rayo te tolere, yo mismo lo intenté, salí volando y me abrí la cabeza. – Me confiesa el Káiser divertido.

–  Hace dos semanas traté de montarlo por primera vez, pero cada vez que lograba subirme a su lomo, él me lanzaba por los aires y aterrizada en una montaña de paja. – Respondo mirando a Miguel de soslayo, que cada vez está más furioso. – Empecé montándolo en el establo, lo saqué por el vallado y hoy, como lo he notado tranquilo y confiado, lo he sacado de la finca. Rayo es increíblemente rápido y fuerte, pero necesita ponerse en forma. – Me vuelvo hacia a Miguel y le digo con voz dulce: – Es un buen caballo, no puedes dejar que se muera de tristeza encerrado en el establo.

–  Llevas dos semanas montando a Rayo a mis espaldas, a pesar de que te dije expresamente que no te acercaras a él. – Me acusa impasible. – No siendo suficiente solo eso, lo sacas de la finca y galopas con él sin estar ensillado, ¿quieres matarte, joder? Estás loca y…

Le callo con un beso. No quiero discutir con él y mucho menos delante de estos extraños. Cuando despego mis labios de los suyos, le sonrío dulcemente y le susurro al oído:

–  Te he echado de menos, gruñón.

Miguel se ablanda y me sonríe. El Káiser, que se percata de ello, estalla en carcajadas para después decir divertido:

–  Erik, sin duda Irina es tu punto débil. En solo dos minutos ha hecho que pasaras de estar enfurecido a estar con cara de idiota enamorado.

–  Por eso me he casado con ella, por amor. – Le responde Miguel sonriendo para después volverme a besar y decirme con voz más suave: – La próxima vez que quieras montar a Rayo, quiero que me avises para ir contigo. – Hace una pausa y me pregunta: – Solo por curiosidad, ¿cómo has conseguido que Dave se prestara a esto?

–  No lo conseguí. – Le confieso encogiéndome de hombros. – Le di a elegir entre largarse y no tener nada que ver con el tema si me descubrías o quedarse y estar callado. El pobre los primeros días se ponía pálido cada vez que Rayo me lanzaba por los aires. No le regañes, creo que ya se lo he hecho pasar bastante mal.

Todos se ríen, incluido Miguel, y yo me relajo un poco. Regresamos a casa y por el camino Miguel me explica que el Káiser es un amigo y que ha venido con su mujer Eva para visitarnos y quedarse un par de días con nosotros. Mientras Miguel encarga a Frida que acompañe a los invitados a su habitación, yo aprovecho para escaparme a la habitación y darme una ducha, tengo una pinta horrible.

Cállame con un beso 25.

Cállame con un beso

MIGUEL.

En cuanto me aseguro de que el Káiser y su mujer están instalándose en su habitación, me dirijo hacia a mi habitación en busca de Silvia. Aún no me puedo creer lo que ha hecho, me han entrado ganas de matarla cuando la he visto subida a Rayo y galopando como una flecha. ¿Es que se había vuelto loca?

Pero la admiraba. Es increíble que en tan solo dos semanas haya podido ganarse la confianza de Rayo, que parecía haberse convertido en un caballo salvaje y malhumorado. Yo mismo había querido montarlo y desistí cuando me cansé de que me mordiera y me lanzara por los aires. Dave, el Káiser y algunos de mis hombres también quisieron probar, pero ninguno tuvo mejor suerte que yo.

Entro en la habitación en el preciso momento en que Silvia sale del baño envuelta en una toalla diminuta que apenas le tapa los pechos y la parte superior de sus muslos. Trato de mirarla a los ojos para centrarme en lo que quiero decir, pero me resulta imposible recorrer con la mirada su cuerpo casi desnudo. A pesar de semejante visión, no se me olvida el motivo por el que he venido a buscarla:

–  ¿Quieres matarme de un infarto? ¿O pretendes que mate a mi mujer delante de los invitados?

–  Empiezas a parecerte a mi padre, señor Hoffman. – Me dice divertida. – Relájate un poco, me gustabas más en nuestra luna de miel.

–  Estoy hablando en serio, joder.

–  ¡Y yo también! – Me espeta. – Me aburro aquí metida día y noche. Tú te vas todas las mañanas a ocuparte de tus negocios pero yo me quedo sola y aburrida. Si no llega a ser por Dave y Rayo probablemente a estas alturas ya me habría vuelto loca y tendría cincuenta amigos imaginarios.

–  ¿Tanto has disfrutado de la compañía de Dave? – Le pregunto molesto.

–  No me lo puedo creer, ¿estás celoso de Dave? – Me pregunta incrédula.

–  ¿Tengo motivos para estarlo?

–  En absoluto, cielo. – Me contesta acercándose a mí peligrosamente y, antes de besarme apasionadamente, me susurra: – La señora Hoffman solo tiene ojos para ti.

Así no hay quién se controle, joder. Si ya es bastante difícil de por sí, si me besa estando vestida tan solo con una diminuta toalla ya no hay nada que hacer. Me dejo llevar por ese beso y, una hora después, ambos estamos desnudos y agotados sobre la cama.

–  Será mejor que salgamos de aquí si no queremos que nuestros invitados piensen que somos unos mal educados. – Le digo besándole en la frente. – Venga muñeca, ya dormirás luego.

Cuando bajamos al salón, el Káiser y Eva nos sonríen, ambos intuyen lo que hemos estado haciendo todo este tiempo en nuestra habitación. Silvia se ruboriza ligeramente y ese rubor la hace parecer inocente y entrañable y, lo que es peor, me excita demasiado.

–  Erik me ha dicho que quieres pasar una temporada en Moscú, ¿echas de menos tu país? – Le pregunta el Káiser a Silvia.

–  Sí que lo echo un poco de menos, pero esa no es la razón por la que quiero regresar. – Le contesta ella. – Quiero enseñarle a mi marido mis propiedades y mis negocios, quiero que conozca a mis amigos y aprovechar para ver cómo van mis asuntos por allí, no me gusta tenerlos tan descuidados.

–  He oído hablar mucho y muy bien de ti, Irina. Cuando Erik me dijo que se había casado contigo no me lo podía creer. – Dice el Káiser. – En Rusia eres toda una leyenda y, ahora que te conozco en persona, tengo que decir que no solo eres una mujer preciosa y sencilla, sino que también eres humilde, fogosa a juzgar por la cara de idiota que pone Erik cada vez que te mira, y muy valiente. La única capaz de dominar la voluntad de Rayo desde que su cuidador falleció.

–  Káiser, te recuerdo que es mi mujer y que la tuya está sentada a tu lado. – Le aviso.

–  Estoy felizmente casado, amigo. – Me responde el Káiser sonriendo. – Pero eso no quita que admire la belleza, la inteligencia y la valentía de tu mujer.

Durante todo el fin de semana, el Káiser y Eva nos acompañan y salimos a cenar y a tomar unas copas con ellos. Silvia se muestra encantada de poder salir de la finca y anoto mentalmente que tengo que salir con ella más a menudo si no quiero que se busque otra distracción descabellada como la de montar a Rayo.

Cuando el Káiser y su esposa regresan a Berlín, decido llevar a Silvia a cenar a la ciudad. Jeffrey nos lleva hasta el centro y entramos en un restaurante cuya especialidad es la carne asada. Silvia me sonríe con dulzura y yo me derrito. Como diría el Káiser, ahora mismo tengo que tener cara de idiota.

Nos sentamos en una de las mesas más apartadas del local y, en vez de sentarme frente a ella, me siento a su lado para poder besarla, abrazarla y tocarla cada vez que quiera sin que la mesa me moleste.

–  ¿Qué te pasa? Estás muy… – Me dice sin acabar la frase.

–  Estoy muy… ¿qué? – La animo a que continúe.

–  No sé, estás cariñoso, sonriente y pegado a mí como un pulpo. – Me contesta divertida. – Creo que me estás malacostumbrando tratándome así.

–  ¿No te gusta?

–  Yo no he dicho eso, pero me sorprende. – Me confiesa. – Si el primer día que te conocí me hubieran dicho que acabaríamos así, no me lo hubiera creído.

–  Y ahora, ¿qué piensas?

–  Ahora intento no pensar en lo que estamos haciendo. – Me dice con tristeza. – Soy consciente de que no es buena idea llevar esto como lo estamos llevando, pero lo cierto es que así me resulta más cómodo sobrellevar todo esto.

–  ¿Más cómodo? ¿Te acuestas conmigo porque te resulta más cómodo? – Le pregunto molesto.

–  No he querido decir eso, al menos no del modo que tú lo has interpretado. – Me dice sonriendo con ternura y, después de besarme, me aclara: – Me siento a gusto y cómoda contigo. Me gusta no tener que contener mi apetito sexual cada vez que te veo, de lo contrario, nos volveríamos locos. ¿Podrías vivir conmigo en la misma casa y dormir en mi misma cama conteniendo tus ganas de besarme, acariciarme, tocarme y follarme?

–  No, no podría. – Le confieso excitado. – Creo que me volvería loco.

–  Pues a eso me refería.

–  Y, ¿cuándo todo esto acabe? – Le pregunto.

–  No lo sé, Miguel. – Me responde. – Ni siquiera quiero pensar en ello ahora. Ya veremos lo que ocurre de aquí a allí.

Sé muy bien lo que va a ocurrir porque ya está ocurriendo. Por primera vez en mi vida me he enamorado y ella ni siquiera quiere pensar en un futuro. Soy su aventura en esta misión, la clave para satisfacer su necesidad sexual sin levantar sospechas.

Después de cenar, Silvia quiere ir a tomar una copa y a bailar y, como no podía ser de otra manera, me convence de inmediato. La llevo a un pub tranquilo que hay a dos calles y nos sentamos junto a la barra mientras nos sirven las copas.

–  Te has quedado muy callado, ¿te pasa algo? – Me pregunta preocupada.

–  Solo estaba distraído. – Le contesto forzando una sonrisa. Como ella no deja de escudriñarme con la mirada, la beso en los labios y añado: – ¿Quieres bailar?

Silvia acepta encantada y bailamos hasta bien entrada la noche. Entre las copas de la cena y las de después, ambos estamos bastante achispados y nos dejamos llevar por la necesidad y el deseo, cayendo de nuevo en la tentación. Cuando llegamos a casa, ardiendo en deseos, la cojo en brazos y la llevo hasta a la habitación donde, tras colocarla sobre la cama, hacemos el amor hasta caer rendidos de agotamiento.

Cállame con un beso 23.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Al día siguiente, llegamos a Kiel, Alemania, donde poseo una casa de dos plantas y un pequeño terreno. Desde que hemos llegado, Silvia no ha dejado de mirar el paisaje y sonreír y yo me muestro feliz y encantado de que se tome esto tan bien. A partir de ahora, dejaremos de ser Silvia y Miguel para convertirnos en Irina Koviakov y Erik Hoffman. A pesar de estar en una misión, estoy feliz por poder tratar a Silvia como a mi esposa. A partir de ahora, seré como su sombra, no me apartaré de ella ni un segundo.

Jeffrey, mi chófer y seguridad personal (mejor dicho el de Erik Hoffman) nos viene a buscar al aeropuerto y allí empieza nuestra función. Oficialmente, ya somos un matrimonio.

–  Tienes una casa preciosa, cielo. – Me dice cuando llegamos a la pequeña casa que poseo en la ciudad de Kiel. – Aunque se nos quedará un poco pequeña si queremos tener niños, ¿no crees?

–  Cielo, si quieres compraremos otra casa más grande y a tu gusto. – Le respondo sonriendo como si de verdad fuera un recién casado. – Pero de momento, nos apañaremos aquí.

Silvia me sonríe con ternura y yo me derrito. Por ella sería capaz de irme a vivir a mitad del océano si me lo pidiera. Entramos en casa y le presento a Frida, el ama de llaves, ambas parecen caerse bastante bien nada más conocerse. Tengo que reconocer que oír como llaman a Silvia señora Hoffman me excita, aunque ella insiste en que la llamen Irina.

Jeffrey lleva nuestras maletas a la habitación mientras yo le enseño la casa a Silvia. Por último, le enseño nuestra habitación y, con una sonrisa pícara, le digo:

–  Señora Hoffman, esta será nuestra habitación.

–  Definitivamente, la casa entera necesita un toque femenino. – Bromea. – Pero tengo que reconocer que me encanta, señor Hoffman.

–  Te dejaré para que te refresques y descanses antes de la gran cena de esta noche. – Le digo sin dejar de sonreír. – Aquí es tradición celebrar una fiesta de bienvenida cuando llega el patrón, sobre todo si llega con una hermosa y sexy esposa.

–  Dame una hora y estaré lista para lo que quieras. – Me responde pícaramente.

Dejo que Silvia se asee y se acomode en la habitación mientras yo me encargo de saludar a mis hombres y darles la buena nueva. Todos se muestran encantados y deseosos de conocer a mi mujer, así que no rechistan cuando les pido que organicen una buena fiesta de bienvenida.

Cuando regreso a la habitación, Silvia está envuelta en una toalla, recién salida de la ducha, decidiendo qué ponerse. Veo el vestido blanco ibicenco que llevaba la primera noche que quedamos en la cita doble con mi hermano y con Lety y, como si me leyera el pensamiento, decide ponérselo.

Cuando estamos listos, bajamos al jardín donde han organizado una barbacoa con un montón de mesas y sillas para unos veinte comensales. Silvia sonríe al ver todo lo que mis hombres han organizado en tan poco tiempo y me susurra al oído:

–  Creo que me va a encantar ser la señora Hoffman.

Yo me río encantado y le susurro:

–  A mí también me encanta que seas la señora Hoffman. – Y, dicho esto, la beso. Al fin y al cabo, es mi recién estrenada mujer.

Uno a uno, le presento a Silvia a todos mis hombres y ella les saluda amablemente, ganándose el cariño de todos ellos al instante. Muchos de ellos ya habían oído hablar de Irina Koviakov y me sorprendo cuando alaban algunos de sus logros, que no son pocos. Silvia se muestra modesta, pero responde a todas y cada una de las preguntas que mis hombres le hacen hasta que, cansado de sentirme al margen, exclamo:

–  Os recuerdo que es la señora Hoffman y yo apenas he disfrutado de su compañía desde que hemos llegado.

Todos se quedan en silencio, un poco incómodos por mi comentario, pero Silvia, con su carisma y su sonrisa enigmática, se encarga de todo diciendo con tono juguetón:

–  ¿Celoso, cielo?

Todos se echan a reír, incluso yo me río.

–  ¿Debería estarlo, muñeca? – Le pregunto siguiéndole el juego.

Silvia me sonríe, se sienta en mi regazo y después me besa apasionadamente, dejándome sorprendido pero feliz. Cuando nuestros labios se despegan, mis hombres estallan en aplausos y gritos de “viva los novios” que nos hacen sonreír.

Después de cenar, bebemos y bailamos en el jardín junto a todos mis hombres, sus mujeres y las empleadas del hogar. Silvia está bailando con uno de ellos cuando veo que ella sonríe coquetamente y la sangre me empieza a hervir. Decidido a dejar claro que es mi mujer, me acerco a ellos y, con firmeza y determinación, se la arrebato de los brazos para ser yo quien baile con ella. Silvia, sin percatarse del objetivo de mi actuación, me sonríe alegremente y me dice:

–  Nunca hubiera creído que diría esto, pero me alegro de ser tu esposa y estar aquí. – Me mira con picardía y añade: – Y eso que aún no hemos tenido una noche de bodas en condiciones.

–  ¿Acabas de proponerme algo, cielo? – Le pregunto sorprendido.

–  Se supone que estamos casados y es normal que practiquemos sexo, ¿no crees?

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Le contesto antes de devorarle la boca.

El beso nos excita y nuestras manos se empiezan a mover con voluntad propia, así que decido coger a Silvia en brazos y llevarla a la habitación ante la atenta mirada de todos los presentes. Silvia, lejos de amilanarse, me sonríe con complicidad.

Cuando llegamos a nuestra habitación, cierro la puerta y echo el pestillo. Silvia se dirige hacia el baño y abre el grifo para llenar el jacuzzi. Regresa con una sonrisa perversa, desliza los tirantes de su vestido por sus brazos y lo deja caer hasta a sus pies, quedándose en ropa interior frente a mí.

–  Esto no está bien, pero aun así no puedo evitarlo. – Me dice con la voz ronca por la excitación. Empieza a desabrocharme los botones de la camisa mientras añade: – Quiero una noche de bodas en condiciones, cielo.

–  Tus deseos son órdenes para mí, cielo. – Le contesto excitado mientras le acaricio su duro y firme trasero. – Estoy dispuesto a darte todo lo que me pidas.

Me termino de desnudar por completo y después hago lo mismo con Silvia. Frente a mí, totalmente desnuda, la coloco frente al espejo y yo me pongo tras ella. Silvia me mira a través del espejo y me sonríe, sabe a qué quiero jugar y lo acepta sin complejos. Coloco mis manos en su cintura y asciendo hasta llegar a sus pechos, los cuales masajeo al mismo tiempo que la beso en el cuello y le susurro:

–  Quiero que nos mires. Quiero que veas lo que te hago y cómo reacciona tu cuerpo a mis caricias. Quiero que te excites mirándonos.

Juego con sus pezones, estirándolos y apretándolos mientras la escucho respirar agitadamente. Cuando los pezones están duros, empiezo a descender por su abdomen hasta llegar a su monte de Venus, completamente depilado. Me detengo antes de adentrarme entra sus labios vaginales y Silvia me mira impaciente a través del espejo. Le sonrío lascivamente, consciente de la excitación que le estoy haciendo sentir, y me adentro en su entrepierna en busca de su clítoris. Su humedad me confirma su grado de excitación y, para excitarla aún más, le ordeno:

–  Date placer, quiero verte.

Silvia recuesta su cabeza sobre mi hombro y lleva su mano hasta su entrepierna. Tras apartar los labios vaginales, empieza a acariciarse sobre el clítoris al mismo tiempo que leves gemidos brotan de su garganta. Su imagen en el espejo me excita demasiado como para seguir siendo un personaje pasivo y decido entrar en acción. Mientras ella se acaricia el clítoris, yo le acaricio los pezones y dibujo un camino de besos desde su cuello hasta su hombro, recorriendo su clavícula.

–  Quiero darte placer, cielo. – Me dice con una sonrisa lasciva.

Silvia se arrodilla ante mí y se mete el pene en la boca. Lo acaricia con las manos al mismo tiempo que lo lame y lo devora con su lengua y su boca. Me siento en el paraíso, nada de esto me parece real, es como estar viviendo un sueño. Estoy demasiado al límite como para permitir que Silvia prosiga con su acción, por muy placentera que sea, así que la cojo de los hombros y la levanto del suelo. La cojo en brazos y coloco sus piernas alrededor de mi cintura. La apoyó contra la pared y, de un suave pero firme empujón, la penetro. La penetro una, dos, tres, diez veces mientras ella gime pidiendo más profundidad, abriéndose más para que mi miembro entre por completo en su interior. Le doy lo que me pide y, tras un par de estocadas más, ambos llegamos al clímax. Caemos al suelo y, para evitar que Silvia se haga daño o coja frío, la coloco sobre mí.

Cuando nuestras respiraciones se normalizan, le susurro al oído:

–  No sé qué me estás haciendo, pero me estás volviendo loco, muñeca.

–  Yo no hago nada, cielo. – Me responde con inocencia.

La abrazo con fuerza deseando que este momento no acabe nunca, pero pasados unos minutos Silvia me dice con voz de cansada:

–  Deberíamos meternos en la cama o nos quedaremos aquí dormidos.

Sin dejar que se mueva, me levanto con ella en brazos y me meto en la cama, colocándola sobre mí, tal y como estábamos en el suelo. Silvia se ríe pero no se queja, así que yo la abrazo y así nos quedamos dormidos toda la noche.

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