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Bajo la luz de la luna 10.

Bajo la luz de la luna

El miércoles fue un día tan largo y agotador como Elisabeth había anunciado. Olivia no se separó de ella ni un instante para mostrarle su apoyo constante y eso la reconfortaba. Para grabar el comunicado Olivia también estuvo a su lado, junto a su padre y Jason.

El reencuentro con Mike no fue muy agradable, él acudió rodeado de sus abogados, pero ni rastro de su familia, él era así. Se acercó a Elisabeth y le dijo:

–  Antes de seguir con todo esto, me gustaría hablar contigo. En privado. – Matizó.

Elisabeth asintió, sabía que tarde o temprano tendría que afrontar aquella situación para dejarle las cosas claras a Mike y cuanto antes mejor. Se dirigieron a una de las estancias del estudio y, sin esperar a tomar asiento, Mike empezó a hablar:

–  Elisabeth, estás haciendo todo esto porque te ha entrado miedo por la proximidad de la boda, pero estoy seguro de que si lo hablamos lo podemos solucionar…

–  No quiero arreglarlo, Mike. – Le interrumpió Elisabeth. – Ya no estoy enamorada de ti, no estamos hechos el uno para el otro y seguir con esta boda sería lo peor que nos pudiera ocurrir.

–  ¿Estás segura? Una vez que grabemos el comunicado no habrá vuelta atrás.

–  Completamente segura. – Le confirmó Elisabeth.

Después de aquella tensa e incómoda conversación, regresaron al estudio para grabar el comunicado que, tal y como habían acordado, fue un comunicado breve y directo en el que tan solo anunciaban la cancelación de la boda sin dar ninguna explicación, ya se encargaría la prensa de inventar miles de historias y ninguna verdadera.

Cuando regresaron a casa ya eran más de las siete de la tarde y Elisabeth estaba agotada. Se dirigía a la cocina a por un vaso de agua cuando la vista se le nubló y las piernas le flaquearon, por suerte Jason la acompañaba y la cogió al vuelo antes de que cayera al suelo.

–  Será mejor que vayas a descansar, ha sido un día duro. – Le aconsejó Jason cuando Elisabeth logró recomponerse.

Elisabeth no discutió, estaba realmente cansada y lo único que le apetecía era meterse en la cama y dormir, mañana sería un nuevo día. Olivia la acompañó a su habitación y la ayudó a ponerse el pijama y meterla en la cama. Después le entregó su móvil y le dijo guiñándole un ojo con complicidad antes de marcharse:

–  Llama a Alan, le prometiste que lo harías.

Elisabeth no se lo pensó dos veces y llamó a Alan. Se puso nerviosa, los latidos de su corazón aumentaron de frecuencia e intensidad y cerró los ojos para tratar de concentrarse, odiaba sentirse torpe cuando hablaba con él.

–  Empezaba a pensar que ya te habías olvidado de tu promesa. – Bromeó Alan nada más descolgar el teléfono. – ¿Cómo va por Londres?

–  Te mentiría si te dijera que bien, pero mañana regresamos a Barcelona.

–  Marcos y yo iremos a buscaros al aeropuerto, pero tendrás que decirme a qué hora llegáis.

–  Si no hay retrasos en el aeropuerto, llegaremos sobre las siete de la tarde. – Respondió Elisabeth y acto seguido se oyó decir: – Podemos pedir algo de comida a domicilio y cenar los cuatro juntos en el apartamento.

–  Suena estupendo. – Confirmó Alan. – Llámame antes de subirte a ese avión y me confirmas que despega a su hora.

Charlaron durante un largo rato de todo un poco, ninguno de los dos quería colgar, pero finalmente Alan le dio las buenas noches y ambos se despidieron.

A la mañana siguiente, Elisabeth y Olivia aprovecharon para hacer unas compras por la ciudad, regresaron a comer a casa de los padres de Elisabeth y, tras despedirse, Jason las llevó al aeropuerto. Tal y como habían quedado, Elisabeth llamó a Alan antes de que el avión despegara para confirmarle que llegarían a la hora prevista. A las siete de la tarde, Marcos y Alan esperaban nerviosos en el aeropuerto a que Elisabeth y Olivia aparecieran por la puerta de llegadas. En cuanto Marcos vio a Olivia, salió corriendo hacia a ella y la abrazó como si llevaran meses sin verse. Después de ese abrazo, Marcos no lo dudó y la besó en los labios apasionadamente. Olivia se quedó parada un instante pero reaccionó y le devolvió el beso.

–  Parece que Marcos ha echado mucho de menos a Olivia. – Comentó Elisabeth divertida mientras saludaba a Alan con un par de besos en la mejilla.

–  Sí, eso parece. – Le dijo Alan sonriendo. – ¿Cómo ha ido el viaje relámpago a Londres?

–  Bien, ha ido bien. – Respondió Elisabeth.

–  Eso no ha sonado nada bien. – Se mofó Alan. – ¿Voy a tener que hacer uso del día de la sinceridad para que resuelvas mis dudas sobre todos tus misterios?

–  Me temo que sí. – Contestó Elisabeth encogiéndose de hombros.

Los cuatro se subieron al coche de Marcos y les llevó hasta a la puerta del edificio de Elisabeth y Alan, donde paró el coche en doble fila y dijo:

–  Chicos, Olivia y yo tenemos muchas cosas de las que hablar. Nos vemos mañana.

Elisabeth se despidió de Olivia con un fuerte abrazo y se bajó del coche con la ayuda de Alan, quién también se ocupó de coger la maleta de Elisabeth y cargar con ella.

Entraron en el apartamento de Elisabeth y Alan rompió el silencio que se había formado al salir del coche de Marcos y quedarse a solas:

–  Ponte cómoda mientras yo pido algo de comida a domicilio, ¿qué te apetece cenar?

–  ¿Comida china? – Sugirió Elisabeth.

–  Ahora mismo llamo.

–  Vale, me doy una ducha rápida y vuelvo.

Dicho y hecho. Elisabeth no tardó más de veinte minutos en regresar al salón, donde Alan la esperaba mientras se entretenía viendo la televisión. Se sentó a su lado en el sofá y Alan le dijo:

–  Podemos ver una película, tengo un montón en mi apartamento y más de la mitad aún ni las he visto, ¿te apetece echar un vistazo?

Elisabeth aceptó, aunque fue la curiosidad por ver el apartamento de Alan más que ver sus películas lo que la motivó. Alan abrió la puerta de su apartamento y Elisabeth sonrió al ver lo limpio y ordenado que estaba todo, Marta ya la había informado que era un maníaco del orden mientras que ella era de las opinaban que dentro del desorden tenían su orden. Elisabeth recordó que cuando vivía con sus padres su madre le pedía mil veces todos los días que ordenara su habitación y ella siempre respondía lo mismo, que dentro del desorden tenía su orden. Y era cierto. Cada vez que a su madre le daba por “ordenar” su habitación, después no encontraba nada.

–  ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? – Preguntó Alan divertido cuando a Elisabeth se le escapó la risa al recordar viejos tiempos.

–  Lo he visto todo tan ordenado que me he acordado de mi madre. – Le respondió Elisabeth encogiéndose de hombros.

–  Si eso pretendía ser un cumplido, necesitas mejorar.

Ambos estallaron en carcajadas y Elisabeth le contó la historia completa. Alan se rio con complicidad y por fin sintió que Eli empezaba a confiar en él sin pensarlo tanto. Le enseñó su colección de películas y ella cogió dos nada más verlas.

–  ¡Quiero ver estas! – Exclamó eufórica. – No son muy buenas, pero siempre me han gustado esta clase de películas.

–  Kill Bill, ¿en serio? – Preguntó Alan incrédulo. Elisabeth se encogió de hombros a modo de respuesta y le dedicó una amplia sonrisa. – Creía que escogerías alguna pastelada romántica como las que les gusta a mi hermana y a Olivia.

–  Me gustan las pasteladas románticas, como tú las llamas, pero también me gustan las de acción y esta es una de mis favoritas. – Le confesó Elisabeth. – A Mike le… – Se interrumpió de golpe. ¿Por qué había nombrado a Mike?

–  ¿Quién es Mike? – Preguntó Alan a quien no se le pasó por alto el error que había cometido Elisabeth y lo poco que había disimulado. Elisabeth se puso tensa y, para tratar de aliviar la tensión que se había creado, añadió: – Vamos a ver la película a tu apartamento, no tardarán en traernos la cena.

Regresaron al apartamento de Elisabeth y pocos minutos después les trajeron la cena. Cenaron en el salón, sentados en el sofá mientras veían las dos películas que completaban la saga. Alan no volvió a sacar el tema de Mike, sabía que ella no estaba dispuesta a hablar y si la presionaba se arriesgaba a que desapareciera tan rápido como había llegado, pero no iba a cesar en la búsqueda de información, Marta y Olivia quizás le podrían echar un cable, aunque lo dudaba.

Tras ver las películas, Alan se despidió de Elisabeth con un beso en la mejilla y, antes de entrar en su apartamento le dijo sin opción a réplica:

–  No hagas planes para mañana después de las doce del mediodía, quiero mi día de la sinceridad. Te llamaré cuando salga del trabajo y nos iremos a comer.

–  Esperaré tu llamada y pagaré mi deuda. – Respondió Elisabeth divertida antes de desaparecer tras la puerta de su apartamento.

Bajo la luz de la luna 9.

Bajo la luz de la luna

El lunes por la mañana, tras entregarle las llaves de la casa a la empresa de reformas, Elisabeth, Olivia y Marta se dirigieron al apartamento de Elisabeth en Barcelona y allí pasaron la mañana instalándose. A mediodía salieron a comer a un restaurante de la Barceloneta y por la tarde se fueron a la playa a tomar el sol y darse un baño en el mar. Sobre las siete de la tarde las chicas regresaron al apartamento y, nada más entrar y cerrar la puerta, alguien tocó el timbre. Las chicas se miraron entre sí sorprendidas y Elisabeth abrió la puerta y se encontró con el gesto serio de Alan, Marcos y Óscar.

–  ¿Dónde os habéis metido? Llevamos dos horas esperando a que aparezcáis. – Protestó Marcos.

–  ¿Habíamos quedado y se nos ha olvidado? – Preguntó Elisabeth confusa.

–  No habíamos quedado, tan solo queríamos saludaros. – Medió Alan sacando de su confusión a Eli.

–  Pasad, acabamos de llegar de la playa y… – Empezó a decir Elisabeth pero se interrumpió cuando escuchó su móvil sonar y añadió: – Las chicas están en el salón, voy a contestar al teléfono y ahora regreso.

Elisabeth se apresuró en contestar antes de que colgaran y se encerró en su habitación para hablar con mayor intimidad. Los chicos entraron en el salón para saludar a Olivia y Marta y se sumergieron en alguna interesante conversación que Alan no escuchó porque trataba de concentrarse para intentar escuchar a Eli.

Casi veinte minutos después, Elisabeth apareció en el salón con semblante serio y todos se percataron de que algo no iba bien pero, antes de que le preguntaran, les dijo:

–  Tengo que regresar a Londres para arreglar un asunto, espero poder regresar a Barcelona en dos o tres días como mucho.

–  ¿No puedes aplazarlo? – Preguntó Alan.

–  Ya lo he aplazado todo lo que he podido, tengo que solucionarlo.

Nadie se atrevió a preguntar nada más, las chicas porque sabían qué debía solucionar y no querían hablar del tema con los chicos delante, pues le habían prometido a Elisabeth que aquel sería su secreto, y los chicos se abstuvieron de preguntar algo que no debían, con las mujeres nunca se sabía.

Cenaron en el apartamento de Elisabeth unas pizzas que pidieron por teléfono y sobre las doce de la noche se despidieron de los chicos que regresaban a sus casas. El último en marcharse fue Alan, que aprovechó que Marcos y Óscar se habían metido en el ascensor dejándolo a solas con Elisabeth en el rellano para decirle tratando de que sonriera:

–  Tendremos que dejar la apuesta para cuando regreses.

–  Esta es la primera noche que voy a pasar en el apartamento, tú mañana tienes que levantarte temprano para ir a trabajar y eso no ha afectado a nuestra apuesta, así que no sería justo que la aplazáramos por mi viaje a Londres. – Le dijo Elisabeth encogiéndose de hombros. – Supongo que ya puedes dar por ganada la apuesta.

–  Si necesitas que alguien te lleve al aeropuerto, puedo llevarte. – Se ofreció Alan.

–  Gracias, pero Olivia se ha ofrecido a acompañarme a Londres, iremos juntas al aeropuerto y llamaremos a un taxi. – Respondió Elisabeth tratando de sonreír.

–  Llámame si necesitas cualquier cosa y avísame cuando regreses, ¿de acuerdo? – Le pidió Alan tratando de reprimir las ganas de besarla en los labios, pero finalmente la besó en la mejilla y añadió con voz ronca: – Buenas noches, Eli.

–  Buenas noches. – Respondió Elisabeth con un hilo de voz mientras se agarraba con fuerza al marco de la puerta porque las piernas le temblaban.

Tras despedirse de Elisabeth, Alan entró en su apartamento y ella regresó al salón con Olivia y Marta, que esperaban ansiosas a que Eli les contara qué había ocurrido.

–  ¿Qué ha pasado? – Preguntó Olivia.

–  Tengo que regresar a Londres para pactar con Mike un comunicado oficial anunciando la cancelación de la boda, es el acuerdo que Jason ha podido conseguir para que Mike ceda en su empeño de seguir buscándome, aunque eso significa que voy a tener que verle y hablar con él. – Les informó Elisabeth.

–  Si quieres que te acompañe, puedo anular la escapada con Óscar. – Le dijo Marta.

–  ¡Ni se te ocurra! – Exclamaron Elisabeth y Olivia al unísono. Ambas se miraron y se sonrieron con complicidad y Elisabeth añadió: – Hace mucho que esperas esta oportunidad con Óscar y con lo tímido que es no podemos arriesgarnos a que tarde años en volver a armarse de valor y proponerte una cita como la que te ha propuesto.

–  Aún ni me lo creo. – Confesó Marta. – Una semana en Madrid con Óscar, si no se lanza él pienso hacerlo yo.

–  Me temo que serás tú quien tenga que lanzarse, ya conoces a mi hermano y bastante esfuerzo ha debido de hacer para pedirte que le acompañes. – Comentó Olivia.

A la mañana siguiente, Elisabeth y Olivia cogieron un avión y aterrizaron en Londres pasadas las dos de la tarde. Una limusina negra con los cristales tintados las esperaba y Olivia se quedó fascinada.

–  ¿Pero quién eres tú? – Preguntó Olivia sorprendida cuando se bajaron de la limusina y se toparon con la enorme villa de los padres de Elisabeth. – ¿Vives aquí? ¿Es que eres la princesa de un reino y yo no me he enterado?

Elisabeth había ocultado su apellido y la importancia de su familia en el Reino Unido. A ella le gustaba pasar desapercibida y la única forma era mantener el anonimato de su familia, pero se vio obligada a explicarle a Olivia algunas cosas, al fin y al cabo, ya no tenía ningún sentido seguir ocultándolo.

–  Mi padre es Erik Muller, tendría que habéroslo dicho antes pero…

–  Te entiendo perfectamente y no tienes que justificarte, ahora empiezo a entender por qué querías alejarte de Londres, aquí te debe seguir hasta la prensa. – Le dijo Olivia incrédula. – No puedo creer que tu padre sea quién es, ¡lo debe conocer todo el mundo!

Entraron en la enorme casa de estilo victoriano de los padres de Elisabeth y allí les presentó a su nueva amiga Olivia:

–  Oli, te presento a mi padre y a mi madre, Erik y Amanda. – Se volvió hacia a sus padres y añadió: – Y ella es Olivia, una buena amiga que he hecho en Barcelona.

Tras escuchar a Amanda lamentarse por lo preocupada que había estado por la repentina huida de su hija y por lo poco que la habían dejado hablar con ella, pasaron al comedor donde se les unió Jason. Los Spencer y los Muller eran amigos desde hacía más de treinta años y eran como parte de la familia. Después de comer, se reunieron en el salón para hablar del comunicado:

–  La idea es que los dos aparezcáis juntos para dar el comunicado. Por el momento, con decir que la boda se cancela será suficiente. – Le dijo Jason. – Podemos grabarlo y emitirlo cuando hayas regresado a España para que evites temporalmente a la prensa, aunque será cuestión de tiempo que den contigo.

–  Quiero regresar cuanto antes, ¿cuándo podemos grabar el comunicado?

–  Mañana mismo. – Le confirmó su padre. – Los abogados de Mike han redactado un comunicado simple y sin explicaciones, lo cual a nosotros nos viene bastante bien.

–  Mañana grabamos el comunicado y pasado mañana regreso a España. – Les dijo Elisabeth. – No quiero que el comunicado se emita hasta el próximo lunes, ¿sería posible?

–  Mike ha dejado bien claro que no iba a negociar nada más con nosotros, tendrás que intentarlo tú, aunque me temo que lo tienes difícil dadas las circunstancias. – Opinó Jason.

–  Supongo que puedo intentarlo, aunque dudo que sirva para algo. – Contestó Elisabeth resignada.

Pasaron la tarde revisando el comunicado y hablando de la cancelación de la boda, pues había que llamar a la iglesia, al restaurante donde se iba a celebrar el banquete, devolver los regalos de boda que ya habían empezado a llegar. Elisabeth también le pidió a Jason que se encargara él de recoger las cosas que había dejado en el apartamento de Londres que hasta entonces había compartido con Mike.

Por la noche, Elisabeth se sorprendió cuando recibió la llamada de Alan y no pudo evitar sonreír cuando contestó y escuchó su voz:

–  Os dije que llamarais nada más llegar.

–  Lo siento, se nos ha olvidado. – Se disculpó Elisabeth mientras trataba de contener la risa.

–  ¿Todo bien por allí? – Preguntó Alan.

–  De momento sí y, si todo sigue igual de bien, pasado mañana regresaremos. – Contestó Elisabeth y, tratando de cambiar de tema para que no le hiciera preguntas, añadió: – Tendrás que ir pensando qué día quieres que te pague la apuesta. Aunque tendrá que ser para el próximo fin de semana, pues éste sábado tenemos la fiesta de la luna llena.

–  De eso quería hablaros. – Recordó Alan. – Pedro y Alba tampoco van a poder venir igual que mi hermana y Óscar, Fernando también trabaja, así que solo estaremos Olivia, Marcos, tú y yo.

–  Ahora se lo diré a Olivia, a ver qué dice. Mañana te llamo y te confirmo si regresamos el jueves, pero no creo que haya ningún imprevisto.

–  Esperaré tu llamada, pero acuérdate de llamarme. – Le recordó Alan ligeramente molesto.

–  Prometo que me acordaré de llamarte. – Le prometió Elisabeth divertida por la reacción tan infantil de él y que no le pegaba nada. – Y ahora me voy a dormir que estoy agotada y ha sido un día largo.

–  Descansa y mañana hablamos. – Se despidió Alan. – Buenas noches, Eli.

–  Buenas noches, Alan. – Respondió Elisabeth antes de colgar.

Se dejó caer en la cama y suspiró. Seguía sin comprender por qué su cuerpo reaccionaba así cada vez que su mirada se cruzaba con la de él, cada vez que oía su voz o cada vez que lo tenía cerca. Se sentía torpe, sus piernas temblaban, las palabras se enredaban en su boca y no se le ocurría nada inteligente y apropiado que decir. Olivia, que había salido del baño y había escuchado parte del final de aquella conversación telefónica y el suspiro se su amiga, le dijo:

–  A ti Alan te pone y mucho. ¡Ya estás contándomelo todo!

–  No hay nada qué contar. – Respondió Elisabeth y añadió cambiando de tema: – Por cierto, Alan me ha dicho que Alba y Pedro tampoco pueden venir a la fiesta de la luna llena, así que solo quedamos Marcos, Alan, tú y yo.

–  ¡Genial, será una noche divertida! – Exclamó Olivia. – Y yo también estoy cansada de esperar, puede que esa noche me lance a por Marcos, aunque después tenga que arrepentirme…

–  No te arrepentirás, a Marcos se le nota que le gustas. – Opinó Elisabeth.

–  Y tú con Alan, ¿qué planes tienes?

–  No voy a negarte que Alan me atrae desde el primer momento que lo vi y que esa atracción es cada vez mayor, pero no creo que sea una buena idea. – Le confesó Elisabeth. – Me gusta estar con vosotros y no quiero fastidiarlo todo por una noche de sexo, por muy bueno que sea. Aunque no sé si voy a ser capaz de resistirme.

–  Necesitas liberar tensiones y el sexo es una magnífica idea para hacerlo. – Opinó Olivia. – Si Alan no te parece una buena opción, siempre puedes buscar a otro.

–  Oficialmente soy la prometida de Lord Mike Hudson, ¡no habrá nadie en todo el país que se atreva a acostarse conmigo! Bueno, puede que Jason pero solo por fastidiar a Mike, nunca lo ha soportado. – Le dijo Elisabeth encogiéndose de hombros.

–  Pues tendrás que aliviar tensiones en España. – Se resignó Olivia. – Y sigo pensando que Alan es tu mejor opción.

Tras aquella conversación, las amigas se dieron las buenas noches y se fueron a dormir, ambas estaban agotadas después del ajetreo que habían tenido ese día y el día siguiente iba a ser peor. Mucho peor.

Bajo la luz de la luna 8.

Bajo la luz de la luna

Alan llevó a Elisabeth a su restaurante favorito, una estupenda brasería en la que se requería reservar mesa con días de antelación, pero Alan conocía al dueño y no necesitaba una reserva. Elisabeth se quedó fascinada en cuanto entró en aquel lugar con las paredes robustas de madera de roble a juego con el parquet del suelo y las mesas del local. Le gustó la intimidad que habían creado colocando una especie de biombo de tres paredes. El restaurante estaba lleno de parejas jóvenes y Elisabeth no pudo evitar preguntarse si Alan acostumbraba a llevar allí a sus ligues.

–  Buenas noches, señor Torres, señorita- Les saludó el maître. – Les acompañaré a su mesa.

Fueron guiados hasta una de las mesas más apartadas del local y tomaron asiento. Alan pidió que les trajeran una botella de vino tinto mientras leían la carta y decidían qué tomar.

–  Te recomiendo el solomillo a la salsa de trufas, está delicioso. – Le sugirió Alan.

–  ¿En salsa de frutas o de arándanos? Mm… No sé qué pedir, estoy indecisa. – Le dijo Elisabeth mirando la carta.

Él observaba cómo Elisabeth se mordía el labio inferior y le resultó un gesto de lo más sexy y seductor al mismo tiempo que inconsciente y natural.

–  Si quieres, pide el solomillo en salsa de arándanos y yo lo pido con salsa de trufas, los pruebas y te comes el que te guste más. – Le sugirió Alan.

–  ¿No te importa?

–  No me importa. – Le confirmó Alan sonriendo divertido.

A Elisabeth le encantó el detalle que había tenido Alan con ella, Mike jamás hubiera permitido que hiciera algo así, el protocolo prohibía comer del plato de otra persona y él lo cumplía a rajatabla.

Bebieron y brindaron con sus copas de vino mientras esperaban a que les sirvieran y, cuando el camarero les sirvió los solomillos ambos se miraron y sonrieron con complicidad. En cuanto el camarero se retiró, Alan cortó un par de trozos de cada solomillo y la animó:

–  Venga, pruébalos. Quiero saber qué te parecen.

Elisabeth probó primero el solomillo en salsa de trufas y lo saboreó con deleite mientras Alan la observaba divertido. Después probó el solomillo en salsa de arándanos y la escena se repitió.

–  Y bien, ¿qué te parece? – Le preguntó Alan con la voz ronca.

–  Mm… Creo que tendrás que escoger tú, yo no soy capaz de decidirme.

–  ¿Quieres que lo compartamos? – Le propuso Alan. Elisabeth se ruborizó y sonrió tímidamente y él no pudo evitar reír ante su inocente expresión. – Come todo lo que quieras y, si te apetece probar otra cosa, le pedimos de nuevo la carta al camarero.

–  Creo que me va a gustar apostar contigo en las partidas de dardos. – Bromeó Elisabeth.

–  Espero no tener que ganar o perder una apuesta para poder salir a cenar contigo. – Comentó Alan mirándola a los ojos y sonriendo con picardía.

–  Si quieres cenar conmigo, bastará con que la próxima vez me lo digas directamente. – Le respondió ella con una sonrisa arrebatadora.

Se bebieron una botella de vino entera mientras cenaban y el alcohol empezaba a hacer que se sintieran más relajados y cómodos, pero cuando el camarero les ofreció una copa Alan la rechazó y pidió un café.

–  Tengo que conducir y supongo que no quieres que nos matemos por el camino. – Le recordó Alan al ver cómo ella la miraba con el ceño fruncido al rechazar la copa. – Pero tú no tienes que conducir, puedes beber lo que quieras.

–  O también podemos ir al bar de Fernando donde no tendrás la necesidad de conducir y tú también podrás beber todo lo que quieras. – Le propuso Elisabeth.

O también podríamos quedarnos en mi apartamento donde podríamos beber y dormir juntos, entre otras cosas, sin la necesidad de conducir, pensó Alan deseando besar aquellos carnosos labios que cada vez se le antojaban más irresistibles.

–  De acuerdo, iremos al bar de Fernando. – Claudicó Alan tratando de apartar esos pensamientos de su mente que tanto le aturdían.

Llegaron al bar de Fernando pasada la medianoche pero allí ya estaban sus amigos. Olivia había salido a cenar con Marcos y Marta con Óscar, pero no observaron ningún cambio en su comportamiento y aquello desilusionó en cierto modo a Elisabeth. ¿Por qué esos dos no daban el primer paso si era obvio que se morían por Oli y Marta? Tendría que darles un empujoncito más grande la próxima vez.

–  ¿A quién buscabas que te ha decepcionado tanto de no encontrar? – Le preguntó Alan con curiosidad ante aquella expresión de ligera decepción de Elisabeth.

–  No esperaba encontrar a nadie, pero sí esperaba encontrar algo diferente.

–  ¿Algo diferente? – Preguntó Alan alzando una ceja divertido. – ¿Hay algo que quieras contarme?

–  No, a menos que ganes la apuesta y me lo preguntes el día de la sinceridad. – Le respondió Elisabeth sonriendo divertida.

–  Tendré que esperar, entonces. – Se resignó Alan.

Se unieron a la mesa de sus amigos que hablaban sobre la próxima fiesta de la luna llena.

–  Es el próximo sábado, así que ya podemos empezar a organizarlo si no queréis que nos pase como el mes pasado y tengamos que hacerlo todo en el último momento. – Les advirtió Olivia.

–  No te preocupes, yo me ocuparé de todo. – Le dijo Marcos. – Aunque espero contar con tu supervisión para ello.

–  De acuerdo, el viernes por la tarde vamos a comprar tú y yo. – Sentenció Olivia.

Tras anotar en una lista todo lo que tenían que comprar, Olivia se relajó y disfrutó de la atención que Marcos le estaba dando, últimamente estaba muy cariñoso con ella y a ella le encantaba.

–  ¿En qué consiste exactamente la fiesta de la luna llena? – Quiso saber Elisabeth.

–  Básicamente, la fiesta de la luna llena consiste en beber hasta emborracharnos en la playa de la cala bajo la luz de la luna llena. – Le contestó Alan sonriendo divertido.

Aquella sonrisa causó grandes estragos en el interior de Elisabeth. Acababa de romper su compromiso y de anular su boda cuando tan solo faltaban dos meses para casarse y desde entonces tan solo habían transcurrido poco más de dos semanas pero aun así le parecía como si hubieran pasado siglos desde que se fue de Londres. Con Mike el sexo siempre había sido abundante y de buena calidad, por lo que pasar dos semanas sin sexo le estaba pasando factura y aquella sonrisa pícara y traviesa de Alan no la ayudaba a serenarse, sino más bien todo lo contrario: la excitaba y mucho. ¿Cómo sería el sexo con Alan? Estaba segura de que sería fogoso y apasionado.

–  ¿Qué estás pensado? Esa sonrisa traviesa me da miedo. – Le preguntó Alan susurrándole al oído con la voz ronca.

–  No puedo decírtelo. – Le contestó Elisabeth ruborizándose.

–  Tendré que esperar a ganar la apuesta, entonces. – Le dijo Alan sonriendo.

Entre copas y buena compañía, el grupo de amigos charlaba y bebía divertido hasta que el bar de Fernando cerró sus puertas y todos regresaron a sus casas a descansar.

El sábado y el domingo también fueron a la playa a pasar el día y Elisabeth aprovechó para conocer un poco mejor a los chicos, con los que apenas había tratado los dos fines de semana que llevaba en España. Con Marcos la conversación siempre le resultaba fácil, era un chico extrovertido con muy buen sentido del humor. Con Óscar le resultó algo más difícil, pues era bastante tímido, pero en cuanto cogió confianza empezó a tratarla como a una más y descubrió a un chico simpático e inteligente. La sorpresa se la llevó con Alan. Desde que le conoció sintió cómo la observaba desde la distancia y poco a poco habían empezado a entablar conversación. Elisabeth no estaba segura de lo que le hacía sentir cuando la miraba de esa manera o cuando le hablaba al oído con la voz ronca, pero de lo que sí estaba segura era de que algo le hacía sentir. Quizás solo era por la falta de sexo en las dos últimas semanas, pero Alan le atraía y era absurdo negarlo, su cuerpo temblaba cada vez que se le acercaba, cada vez que le miraba o cada vez que le sonreía. No quería arriesgarse y meter la pata, sobretodo porque ella estaba en un momento delicado de transacción y él era el hermano de Marta, una de las dos únicas amigas que tenía en España y a las que no estaba dispuesta a perder por un simple calentón.

Bajo la luz de la luna 7.

Bajo la luz de la luna

El domingo por la mañana todos lo pasaron durmiendo. Elisabeth invitó a quedarse a dormir en su casa a Marta y Olivia y a los chicos no les hizo ninguna gracia que las tres durmieran bajo el mismo techo que el misterioso y atractivo amigo de Elisabeth.

Después de comer, todos se reunieron en casa de Elisabeth y, como estaban demasiado cansados para ir a la playa, se quedaron relajados en el jardín. A última hora de la tarde, Alan, Marcos y Óscar se despidieron y regresaron a la ciudad, pues al día siguiente tenían que trabajar.

El lunes por la mañana Elisabeth, Olivia y Marta llevaron a Jason al aeropuerto para que regresara a Londres, pues tenía que ocuparse de la amenaza de demanda de Mike, el ex prometido de Elisabeth ya que ella no pensaba regresar a Londres por el momento y mucho menos cambiar de opinión respecto a la boda.

El resto de la semana Elisabeth siguió la misma rutina que la semana anterior: salía a correr por las mañanas, después se reunía con Marta y Olivia en la playa, comían en casa de Elisabeth, salían de compras durante toda la tarde y después cenaban en el bar de Fernando mientras charlaban alegremente hasta que estaban lo suficientemente cansadas como para regresar a sus respectivas casas y dormir.

Pero el viernes las chicas decidieron ir a pasar el día a la playa y las tres se dirigieron a la pequeña y desierta cala que tanto les gustaba.

Alan había estado pensado en Eli durante toda la semana y estuvo a punto de llamarla en varias ocasiones, pero siempre se echaba atrás en el último momento, ¿qué le iba a decir? Lo mejor era esperar al viernes, cuando podría hablar con ella personalmente. Nada más salir de la oficina, pasó por su piso, hizo una pequeña maleta con ropa para el fin de semana, cogió su coche y se dirigió al bar de Fernando directamente esperando que Eli estuviera allí, pero allí estaban todos menos Eli, Olivia y su hermana Marta. Marcos le vio buscar a alguien con la mirada y supo al instante a quién buscaba, se acercó a él y, mientras le estrechaba la mano a modo de saludo, le dijo en voz baja para que nadie más que Alan le escuchara:

–  Las chicas están en la playa, pero Fernando dice que todas las tardes pasan por aquí.

Esperaron más de una hora hasta que las chicas aparecieron en el bar riendo divertidas por alguna anécdota que Olivia estaba contando. Marcos fue el primero que se acercó a ellas, seguido muy de cerca de Alan y Óscar.

–  ¡Qué bien vivís, todo el día en la playa! – Exclamó Marcos que rápidamente buscó una conversación para apartarse de los demás con Olivia. – He oído que la semana que viene estarás en Barcelona con Eli y Marta, si hacéis una fiesta de pijamas, ¿me invitarás?

–  Has oído bien, pero no tenemos previsto hacer ninguna fiesta de pijamas. – Le respondió Olivia sonriendo. – Los planes son: playa por la mañana, de compras por la tarde y fiesta por la noche, pero no de pijamas, fiesta de verdad.

Aquello no le gustó nada a Marcos, ¿fiesta de verdad? Ya se encargaría él de averiguar a dónde iban aquellas tres de fiesta para aparecer como por casualidad.

Marta, consciente del interés de su hermano en Elisabeth, agarró a Óscar por el brazo y le dijo mientras le arrastraba hacia a la barra del bar:

–  ¿Me invitas a una Coca-Cola? ¡Estoy muerta de sed!

Y Alan y Elisabeth se quedaron a solas. Sus miradas se cruzaron y se observaron durante algunos segundos, pero a ninguno de los dos le importó ni le incomodó ser observado por el otro.

–  ¿Hoy también me vas a dar una excusa para no jugar la revancha conmigo? – Le preguntó Elisabeth bromeando para romper el silencio. – Al final pensaré que tienes miedo a perder. Ya sabes lo que dicen, una retirada a tiempo es una victoria.

–  Vamos a jugar. – Sentenció Alan divertido, esa era la excusa perfecta para pasar un rato con ella.

Se pusieron a jugar de inmediato. Alan le cedió el primer turno a Eli y ella no lo desaprovechó: tres dardos, tres dianas. Alan también jugó bien, pero no lo suficiente para alcanzar a Eli que, tras cinco turnos, se hizo con la victoria dejando a Alan y a todos los allí presentes fascinados, nunca habían visto a alguien ganar tan rápido una partida de dardos y mucho menos una mujer.

–  Me debes una cena. – Le dijo Elisabeth burlonamente.

–  Yo siempre cumplo mi palabra, esta noche te invito a cenar en dónde tú elijas. – Le confirmó Alan fijando ya la cita antes de que se echara atrás o hiciera otros planes con su hermana y Olivia, aquel trío era peligroso. – A menos que ya tengas planes.

–  Oli y yo nos vamos a cenar por ahí. – Les anunció Marcos alegremente. – Nos vemos luego, o mañana si se nos hace tarde. – Añadió guiñándole un ojo a Olivia.

–  Yo también voy a cenar con tu hermano, he ganado la apuesta. – Le dijo Elisabeth a Marta. Se volvió hacia a Óscar y, como era tan tímido, decidió echarle una mano: – ¿Por qué no vais vosotros dos también a cenar? Estoy segura que lo pasaréis mejor juntos que por separado.

–  Es una buena opción. – Confirmó Óscar encogiéndose de hombros.

Las chicas se marcharon a sus respectivas casas para ducharse y arreglarse mientras los chicos se quedaron en el bar esperándolas.

Elisabeth fue la primera en llegar de las chicas y Alan aprovechó para marcharse antes de que Oli y Marta llegaran y organizaran alguna especie de cena en grupo. Salieron del bar y caminaron hasta donde el coche de Alan estaba aparcado. Subieron al coche y, tras arrancar el motor, Alan le preguntó:

–  ¿A dónde quieres ir a cenar?

–  Será mejor que elijas tú el sitio. – Sugirió Elisabeth encogiéndose de hombros.

–  Tendrás que darme alguna pista, ¿qué te apetece cenar?

A ti, pensó Elisabeth, pero eso no se lo podía decir.

–  Me gusta la carne, el pescado y la pasta, pero la verdura y el marisco no me gustan demasiado. – Le dijo Elisabeth encogiéndose de hombros.

–  Te voy a llevar a mi restaurante favorito, estoy seguro de que te gustará.

Alan condujo por la autopista hasta entrar en Barcelona. Elisabeth observaba por la ventanilla las calles de la ciudad y le gustó lo que vio. Las terrazas de los bares estaban abarrotadas de gente variopinta que salía a tomar unas cañas acompañados por compañeros de trabajo, amigos o familia. Se pasó todo el camino distraída hasta que entraron en el parking de un edificio y Alan aparcó. A Elisabeth le resultó familiar aquel lugar y no le costó recordarlo pese a que hacía diez años que no entraba en aquel edificio.

–  ¿Ocurre algo? – Preguntó Alan al ver que Elisabeth se había quedado quieta nada más bajar del coche y miraba el parking de manera extraña.

–  Estamos en el edificio del apartamento de mis abuelos. – Le contestó sin mirarle.

–  ¿En serio? Yo vivo aquí. – Le dijo Alan sorprendido. – El restaurante está a la vuelta de la esquina, por eso he aparcado el coche aquí, encontrar aparcamiento en esta zona es complicado.

–  ¿Vives aquí? Entonces, vamos a ser vecinos. – Comentó Elisabeth. – ¿En qué piso vives? El apartamento de mis abuelos es el Ático B.

–  ¡No me lo puedo creer, vivo en el Ático A! – Exclamó Alan gratamente sorprendido.

–  Pues lamento comunicarte que el lunes tendrás vecinas nuevas, al menos durante una semana. – Le explicó Eli divertida.

–  ¿Lamentas? ¿Por qué lamentas?

–  Lo lamentarás tú la primera noche. – Le aseguró Elisabeth divertida.

–  ¿Quieres que hagamos otra apuesta?

–  De acuerdo. – Accedió Elisabeth divertida. – Si aguantas la primera noche sin quejarte porque hagamos ruido, te invito a cenar a dónde tú quieras.

–  No me convence, dame más.

–  Te escucho.

–  Si no me quejo ni una sola vez durante la primera noche que pases en el apartamento, me das un día en el que tendrás que responder con la verdad absoluta a todo lo que te pregunte. – Le propuso Alan. – Un día de sinceridad, podemos llamarlo.

–  Si pierdes, ¿serás tú quién conteste con la verdad absoluta a mis preguntas durante las veinticuatro horas del día? – Quiso saber Elisabeth.

–  Por supuesto, a menos que tengas otra cosa en mente. – Le dijo Alan sonando de lo más seductor.

–  Un día de sinceridad está bien, aunque te advierto que soy muy preguntona.

–  No me preocupa, no pienso dejar que ganes la apuesta.

–  Ya veremos qué pasa, ahora vamos a ese restaurante tan fabuloso, estoy hambrienta.

Alan le hizo un gesto a Elisabeth para que caminara delante de él y se montaron en el ascensor para salir del parking. A él le gustaba lo activa y divertida que era Eli, por no mencionar que era muy hermosa, y a ella le gustaba el misterio que aquellos ojos oscuros escondían.

Bajo la luz de la luna 6.

Bajo la luz de la luna

Elisabeth no dejaba de mirar el reloj de su muñeca mientras caminaba de un lado al otro del salón. Se había fumado más de tres cigarros en menos de una hora y se suponía que había dejado de fumar hacía meses. Oyó como un coche paraba frente a su casa y abrió la puerta justo en el que un taxi se alejaba. Agudizó la mirada y advirtió la silueta de Jason, que cruzaba el jardín caminando con gracia hasta que se paró frente a ella y, con el carisma que le caracterizaba, le sonrió y la saludó dándole un abrazo mientras la alzaba en sus brazos y daba vueltas sobre sí mismo:

–  ¡Por fin has entrado en razón!

–  Me temo que eres el único que se alegra de todo lo que ha pasado. – Le respondió ella sonriendo y añadió bromeando: – Siempre llevándole la contraria al resto del mundo.

–  Ya me conoces, soy abogado. – Bromeó Jason.

Abrazados, entraron en casa y se dirigieron al salón sin darse cuenta que, desde la distancia, alguien les había estado observando.

–  Suéltalo ya, mientras antes lo digas, antes te lo quitas de encima. – Le apremió Elisabeth, que odiaba que se anduvieran por las ramas. – ¿Qué has venido a decirme?

–  Mike está como loco buscándote, tu padre le ha dicho que sigo en New York para que pudiera venir a verte sin que me siguiera. – Empezó a explicarle Jason. – Mike ha enviado a uno de sus abogados a la oficina de tu padre para advertirle que, si no apareces en tres días, interpondrán una demanda contra ti y solicitaran una indemnización económica por daños morales, además de hacerte asumir todos los costes que la no-boda conlleva. Por no mencionar que la noticia se filtraría a la prensa, tendrías a medio mundo buscándote y tu foto aparecería en las noticias de todos los países.

–  Genial. – Ironizó Elisabeth. – Si anoche me emborraché, está noche pienso terminar en un hospital con un coma etílico.

–  Si ya no vas a ser Lady Elisabeth, la estirada esposa de Lord Hudson, supongo que puedes permitírtelo. – Se mofó Jason encogiéndose de hombros. – Ya pensarás mañana en tomar una decisión, aún te quedan tres días.

–  Debería buscarme un abogado más serio y profesional. – Se mofó Elisabeth.

–  Podrías hacerlo, pero sabes que no será tan bueno como yo. – Le respondió Jason divertido. – Por cierto, ¿me vas a presentar a tus nuevas amigas?

Elisabeth llamó a Olivia por teléfono y le dijo que quería que fuesen todos a cenar al bar de Fernando porque quería que conocieran a Jason. Olivia se encargó de avisar a su hermano Óscar y a Marta, que a su vez se encargaría de avisar a Alan y él avisaría a Marcos.

Media hora más tarde, Elisabeth y Jason entraron en el bar de Fernando y ya estaban allí todos esperándoles con curiosidad. Elisabeth agarró a Jason del brazo y caminó hacia a la mesa para siete personas en la que estaban sentados sus nuevos amigos.

–  Chicos, quiero presentaros a alguien. – Les dijo Elisabeth para llamar la atención de todos a pesar de que ya la había obtenido. – Él es Jason, un amigo. – Jason miró a Elisabeth enarcando las cejas con gesto de sorpresa, pues era mucho más que un amigo, era su mejor amigo desde que tenían uso de razón, pero Elisabeth continuó con las presentaciones: – Jason, ellos son Fernando, Óscar, Marta, Olivia, Marcos y Alan, los únicos amigos que tengo por aquí.

Olivia y Marta se levantaron rápidamente para saludar a Jason con un par de besos en la mejilla, encantadas con tener a semejante monumento delante, pero a los chicos no les hizo ninguna gracia, excepto a Fernando, que disfrutaba observando en silencio la situación. Jason fue consciente de lo que allí ocurría y le pareció divertido, sobre todo cuando se percató de que uno de ellos estaba más molesto que los demás y no dejaba de observar a Elisabeth con semblante serio.

Jason y Elisabeth se sentaron a la mesa y Elisabeth quedó entre Jason y Alan. Olivia le dio conversación a Jason y, cuando empezaron a hablar de leyes, ambos se evadieron. A Elisabeth le pareció graciosa la reacción de Marcos y, tratando de ocultar una sonrisa, se levantó y se dirigió hacia a la barra. Fernando se acercó para atenderla y, cuando la vio sonreír divertida, le preguntó con curiosidad:

–  ¿Qué te hace tanta gracia? – Elisabeth miró en dirección a Marcos y Fernando añadió: – Tú también te has dado cuenta y acabas de llegar, pero ellos llevan así toda la vida y aún no se quieren enterar. – Eli se volvió hacia a Marta y Óscar y después volvió a mirar a Fernando, que le aclaró: – Más de lo mismo, aquí nadie se quiere enterar de nada.

–  ¿Nunca has tratado de que lo vieran? – Le preguntó Elisabeth con cautela, no quería parecer indiscreta.

–  En estas cosas, es mejor mantenerse al margen. – Le respondió Fernando sonriendo. – Son ellos quienes tienen que tomar la decisión y lo harán cuando estén preparados para aceptarlo.

–  Supongo que tienes razón. – Le dijo Elisabeth.

Fernando siguió atendiendo a los clientes y Alan aprovechó que Elisabeth se había quedado sola para acercarse a ella. Se sentó en el taburete de al lado y le recordó:

–  Tenemos una partida pendiente, pienso ganar la apuesta.

–  ¿Quieres jugar ahora? – Le preguntó Elisabeth divertida.

–  No, he bebido un par de copas y estoy seguro de que te aprovecharías de mí. – Bromeó. – Quizás otro día, cuando estés menos ocupada. – Añadió mirando a Jason.

Elisabeth no supo qué responder. ¿Acaso aquello era una especie de insinuación? ¿O acaso era un reproche por la compañía de Jason? Fuera lo que fuera, no se atrevió a preguntar, tan solo se limitó a sonreír vagamente.

Jason también se percató rápidamente de lo que allí ocurría: si hablaba con Olivia, Marcos le miraba con cara de pocos amigos; si hablaba con Marta, era Óscar quién le miraba con cara de pocos amigos; y, si hablaba con Elisabeth, podía sentir la mirada fulminante de Alan. Divertido por aquella situación, Jason se acercó a Elisabeth y le preguntó susurrándole al oído:

–  ¿Qué te traes con el moreno que me mira como si quisiera matarme?

Elisabeth miró en la dirección en la que los ojos de Jason miraban y se topó con la mirada de Alan que, como ya le había dicho Jason, miraba con cara de querer matarle.

–  No me traigo nada con él, aunque tengo que reconocer que tiene algo que me encanta. – Le confesó Elisabeth encogiéndose de hombros. – A veces creo que mi presencia le molesta y otras veces creo que está tratando de ligar conmigo.

–  Si quieres salir de dudas, conozco un método infalible.

–  No sé si quiero saber lo que estás pensando…

–  Tú solo sígueme la corriente y, si tu hombre de hielo se vuelve cada vez más frío, será porque le interesas. – Le dijo Jason agarrándola por la cintura y pegando el cuerpo de ella al suyo mientras bailaban lentamente al ritmo de una balada romántica de Adele. Tras unos segundos en silencio, añadió: – Mira disimuladamente, ¿cómo te parece que está tu amigo?

–  Ni siquiera está mirando. – Le respondió Elisabeth tras comprobar que Alan estaba hablando con Marcos.

–  Solo está disimulando. – Le confirmó Jason. – Si me pongo a hablar con tu amiga Olivia, Marcos se acercará a nosotros y Alan, si es un tipo listo, aprovechará la ocasión para acercarse a ti.

Y todo surgió tal y cómo Jason había dicho. En cuanto se acercó a Olivia para hablar con ella, Marcos se les unió dejando a Alan a solas que, tras cruzar su mirada con la de Elisabeth, caminó despacio hacia a ella y, cuando la tuvo delante a escasos centímetros, le dijo con naturalidad:

–  Parece que tu amigo Jason ha causado muy buena impresión entre las féminas del local.

–  Jason es muy carismático y además muy atractivo, es normal. – Le contestó Elisabeth sin darse cuenta de lo que pretendía Alan.

–  ¿Y a ti no importa? – Preguntó Alan yendo directamente al grano.

–  No, no me importa. – Le aseguró Elisabeth sonriendo. – Jason y yo somos amigos, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y nuestra relación se parece más a una relación entre dos hermanos que a otra cosa. Es mi mejor amigo y le quiero mucho, pero de un modo maternal y para nada carnal.

A Alan le gustó oír aquello y se lo hizo saber a Elisabeth con una amplia sonrisa.

–  Me caes mejor cuando bebes, no pareces tan gruñón. – Le soltó Elisabeth sin pensar y se arrepintió en ese mismo momento.

–  Tendré que beber más a menudo. – Le respondió Alan divertido por su comentario. – Marta me ha dicho que estás decorando la casa, si necesitas ayuda para montar muebles…

–  Gracias, pero he contratado a una empresa para que se ocupe de todo. – Le explicó Elisabeth. – La próxima semana tendré que dejar libre la casa así que me instalaré en el apartamento y aprovecharé el tiempo que esté allí para organizar la decoración del apartamento.

–  ¿El apartamento? – Preguntó Alan sin tener idea de lo que hablaba Elisabeth.

–  Mis abuelos me dejaron en herencia un apartamento en Barcelona. – Le aclaró Elisabeth.

–  Pues llámame cuando estés en Barcelona, vivo y trabajó en la ciudad. – Le propuso Alan. – Quizás encontremos un hueco para salir a tomar un par de cervezas.

–  Tu hermana ya ha organizado la agenda de esa semana y Olivia la ha secundado: por la mañana a la playa, por la tarde de compras y por la noche de fiesta. – Le contestó divertida. – Pero estaremos encantadas de que te unas a nosotras en cualquiera de esas actividades, porque son las únicas que tenemos permiso para hacer.

Alan y Elisabeth estuvieron hablando y bromeando durante toda la noche. Jason pululaba de un lado al otro disfrutando con Fernando de las reacciones tan primitivas de los chicos que allí delante tenían cuando se acercaba a alguna de las chicas y ellas también disfrutaban de ver cómo ellos se mostraban algo celosos, aunque jamás lo reconocerían.

Bajo la luz de la luna 5.

Bajo la luz de la luna

A la mañana siguiente, Elisabeth se despertó a las diez de la mañana, no necesitaba muchas horas de sueño para recargar las pilas. Sin hacer ruido para no despertar a Olivia y Marta, se dio una ducha rápida y bajó a la cocina para preparar café. Nada más encender la cafetera eléctrica que tanto le gustaba y a la cual era adicta, llamaron al timbre de la puerta. No esperaba ninguna visita, pero la abrió sin pararse a mirar quién era, encontrándose de frente con Alan.

–  Buenos días, si puedes llamarlo así. – La saludó Alan divertido. Le enseñó una bolsa de papel con churros y añadió: – He traído churros, el desayuno típico de España.

–  Pasa, estoy preparando café. – Le invitó Elisabeth. Se dirigieron a la cocina y, mientras servía un par de tazas de café, le dijo: – Oli y Marta siguen durmiendo, creo que anoche nos pasamos un poco con la bebida.

–  Desde luego que os pasasteis, ¡tuvimos que traeros casi a cuestas cuando cerraron el bar! – Le recordó Alan divertido. – Aunque tengo que reconocer que estabais muy graciosas.

–  Hay cosas que no recuerdo y creo que prefiero que siga siendo así. – Le dijo Elisabeth avergonzada. – Pero recuerdo que me ganaste a los dardos.

–  Así es, pero quedamos en que era una partida de prueba y que hoy jugaríamos la partida de verdad, el que pierda invita al otro a cenar. – Le recordó Alan, pues no estaba dispuesto a que se volviera a olvidar de él como la tarde anterior.

Elisabeth le sonrió a modo de respuesta. Por supuesto que recordaba aquella nueva apuesta, al igual que recordaba cómo se había acercado a ella al acabar la partida cuando pidieron una cerveza en la barra y cómo le había hablado al oído. Recordar el sonido de la ronca voz de Alan la noche anterior hizo que se le erizara la piel.

El móvil de Alan comenzó a sonar y respondió tras mirar en la pantalla para saber quién le llamaba:

–  Buenos días, Marcos.

–  Déjate de buenos días, ¿se han despertado ya las chicas? – Le respondió Marcos de mal humor. – No he podido pegar ojo en toda la noche, ¿cómo se les ocurre beber así?

–  Estoy en casa de Eli, pero Oli y mi hermana aún siguen durmiendo. – Le respondió Alan.

–  En dos minutos estoy allí. – Le dijo Marcos antes de colgar.

Tras comprobar que Marcos había colgado, se volvió hacia a Elisabeth y le dijo:

–  Era Marcos, viene hacia aquí. Espero que no te importe.

–  Mientras no queme la casa, no me importará. – Bromeó Elisabeth.

Justo cuando Alan se levantó para abrir la puerta a Marcos, las chicas bajaron ojerosas a la cocina y con un terrible dolor de cabeza.

–  Eres horrible, ¿por qué tú no estás tan tirada como nosotras? – Le reprochó Olivia bromeando. – Si hasta pareces recién salida de una sesión de fotos.

–  Tendrías que haberme visto cuando me he levantado, pero de eso hace ya más de una hora. – Le contestó Elisabeth divertida. – Sentaos a desayunar, estoy preparando café y Alan ha traído churros…

–  ¿Alan? – Preguntaron Marta y Oli al unísono.

–  Sí, Alan. – Les contestó el aludido entrando en la cocina seguido de Marcos. – ¿Tanto os sorprende que haya comprado churros para desayunar?

–  ¡Mujeres! ¡Siempre encuentran algo de lo que quejarse! – Se mofó Marcos. – No os preocupéis, si no queréis churros ya me los como yo.

–  ¡De eso nada! – Le dijo Elisabeth apartando la bolsa de churros lejos de las garras de Marcos. – Si acaso lo compartimos entre los dos que estoy hambrienta.

–  Gracias por pensar en quién os ha traído el desayuno… – Les reprochó Alan.

Desayunaron entre bromas y después apareció Óscar, el hermano de Olivia. Decidieron ir a pasar el día a la cala, hicieron unos bocadillos, prepararon algo para el aperitivo y cargaron una nevera portátil de latas de cerveza y Coca-Cola y un par de botellas de agua de 1,5 litros.

Después de comer, mientras tomaban el sol tumbados sobre la toalla estirada sobre la arena, Elisabeth recibió una llamada de Jason.

–  ¡Hi, J! – Lo saludó Elisabeth. – Te encantaría estar aquí, este lugar es maravilloso.

–  Entonces, te alegrará saber que estoy a punto de subir a un avión que aterrizará en Barcelona. – Le respondió Jason.

–  ¿Vas a venir a Barcelona? – Preguntó Elisabeth confundida.

–  Sí, he tenido que adelantar mi viaje a España y no para venir de vacaciones precisamente. – Le respondió Jason preocupado. – Tenemos que hablar y no va a ser agradable.

–  ¿A qué hora llegas? ¿Quieres que vaya a buscarte al aeropuerto?

–  No es necesario, te llamaré en cuanto salga del aeropuerto y me siente en un taxi, tengo tu dirección.

–  No estoy en el apartamento de la ciudad, estoy en la casa de la playa. – Le recordó Elisabeth.

–  Lo sé, lo tengo todo bajo control. – La tranquilizó Jason con un tono de voz más suave del habitual en él: – Tengo que subir al avión, llegaré en unas cinco horas, más o menos. Nos vemos en un rato.

–  Hasta dentro de un rato. – Logró decir Elisabeth antes de colgar.

Sabía que Jason venía a darle malas noticias y, teniendo en cuenta que había dicho que no venía de vacaciones, solo podía venir en calidad de abogado. Elisabeth cerró los ojos y volvió a tumbarse en su toalla, mejor no pensar en ello hasta que llegara el momento de afrontarlo.

Todos habían observado el comportamiento de Elisabeth y todos se dieron cuenta de que algo no iba bien, pero nadie se atrevió a preguntar, excepto Olivia:

–  ¿Va todo bien?

Elisabeth abrió los ojos y miró a su amiga. No quería mentirle y tampoco tenía ningún sentido hacerlo, así que suspiró profundamente antes de decir encogiéndose de hombros:

–  No lo sé, Jason se acaba de subir a un avión con destino Barcelona para decirme algo y me temo que no va a ser nada bueno.

–  ¿Cuándo llega? – Preguntó Olivia.

–  En unas cinco horas. – Le respondió Elisabeth.

Olivia la abrazó y le susurró al oído:

–  No te preocupes, todo irá bien y sabes que yo voy a estar a tu lado.

Alan no había dejado de observar a Elisabeth en ningún momento y vio como poco a poco se iba tensando cada vez más. Alan hablaba inglés perfectamente y había entendido todo lo que Elisabeth había dicho, pero no había sido mucho. Un tal Jason del que él nunca había oído hablar había cogido un avión para venir a Barcelona y llegaría en unas cinco horas para darle una posible mala noticia a Elisabeth. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Y estaba seguro de que Olivia y su hermana sabían mucho más que él, tendría que preguntar cuando tuviera ocasión de verlas a solas.

Sobre las siete de la tarde, regresaban a casa y, cuando Alan aparcó frente la casa de Elisabeth, Olivia le dijo antes de que bajara del coche:

–  Me doy una ducha y vuelvo contigo, no tardaré, ¿vale?

Elisabeth asintió y se despidió antes de entrar en casa. Alan condujo unos metros más hasta que aparcó el coche frente a su casa y la de Olivia. No quería preguntarles directamente por Elisabeth, pues sabía que aquellas dos le someterían a un interrogatorio y le ni él mismo sabría qué responder, pero necesitaba saber y se oyó preguntar:

–  ¿Va todo bien con Eli?

–  Todo lo bien que puede irle a alguien que necesitaba alejarse de su familia, sus amigos, su ciudad y su país. – Le respondió Olivia sin querer desvelar el secreto de su amiga. – Y tú ten más cuidado, cada vez que abres la boca es para meter el dedo en la llaga.

–  ¿Yo? Pero, ¿qué he dicho? – Preguntó Alan sorprendido.

–  Tú solo intenta no juzgarla ni bromeando, que la pifias. – Le aconsejó Marta.

–  ¿Es que no me vais a decir qué pasa? – Les preguntó Alan molesto.

–  Eso no te lo podemos responder nosotras, Alan. – Le respondió Olivia. – Eli es una buena persona y no está pasando por un buen momento, solo te pido que seas prudente con ella.

–  Si he hecho algo que no…

–  Solo fue un comentario desafortunado sin ninguna mala intención y Eli lo sabe, pero aun así se quedó de bajón y me temo que esta noche Jason le va a dar alguna mala noticia. – Le dijo Marta.

–  ¿Quién es ese Jason? ¿Su novio? – Preguntó Alan arrepintiéndose en el acto.

Olivia y Marta intercambiaron una cómplice mirada y la primera dijo:

–  Ya decía yo que lo de traer el desayuno era extraño. Elisabeth te gusta, ¿verdad?

–  Es una chica muy guapa, eso es evidente, pero apenas la conozco. – Respondió Alan fingiendo indiferencia.

Ninguna de las dos creyeron lo que había dicho Alan, pero tampoco quisieron ahondar más en el tema, ya tendrían tiempo para hacerlo más adelante.

Alan entró con su hermana a casa de sus padres y se dirigió directamente a su habitación, donde comprobó que desde su ventana podía divisar la puerta de entrada de la casa de Elisabeth. Si no querían contarle lo que ocurría, ya se encargaría él de averiguarlo.

Bajo la luz de la luna 4.

Bajo la luz de la luna

En los siguientes cinco días, Elisabeth se estableció una rutina: Se levantaba a las nueve de la mañana y salía a correr por la playa durante un par de horas y después se reunía con Olivia y Marta en la cala, donde pasaban el resto de la mañana disfrutando del sol y el mar. Antes de regresar a casa, paraban en el bar de Fernando y tomaban un aperitivo. Una vez entraban en casa, se duchaban, comían y se marchaban de compras, pues Olivia y Marta se habían ofrecido a echarle una mano con la nueva decoración de la casa de la playa y, si aún les quedaban ganas, también lo harían con el apartamento de la ciudad, pero primero se encargarían de la casa de la playa. Después de las compras cenaban en casa de Elisabeth y allí se quedaban charlando y contando confidencias hasta pasada la medianoche, cuando estaban lo suficientemente agotadas como para tener que irse a dormir.

El viernes siguieron la misma rutina. Estaban en una tienda de muebles cuando a las siete y media de la tarde el móvil de Marta empezó a sonar y, tras descolgar y hablar con su interlocutor un segundo, le tendió el móvil a Elisabeth y le dijo encogiéndose de hombros:

–  Es para ti.

–  ¿Para mí? – Preguntó Elisabeth extrañada.

–  Ajá. – Afirmó Marta. – Creo que a mi hermano no le ha sentado muy bien que le hayas dado plantón.

Entonces Elisabeth cayó en la cuenta de que había quedado con Alan para resolver aquella absurda apuesta sobre quién era mejor jugando a los dardos.

–  ¡Mierda, se me había olvidado! – Exclamó Elisabeth en alemán dejando a sus dos nuevas amigas totalmente descolocadas y, cogiendo el móvil de Marta con rapidez, se lo colocó en la oreja y respondió para disculparse: – ¡Lo siento, se me ha olvidado!

–  Genial, seguro que cuando llegue el día de tu boda dejas al novio plantado en el altar. – Le respondió Alan molesto porque se hubiera olvidado sin saber que aquel comentario le iba a doler más de lo que él se podía imaginar.

–  Si así fuera, no sería tu problema. – Le respondió Elisabeth tajante.

–  Lo siento, tan solo bromeaba. – Se disculpó Alan confundido sin entender por qué se había puesto así y por qué utilizaba aquel tono con él. Nunca la había escuchado hablar así de tajante con nadie. – Estoy en el bar con Fernando y Marcos, pasaros por aquí cuando deis por finalizadas las compras.

Elisabeth se sintió mal, no le había contestado bien y él solo era culpable de hacer un comentario desafortunado, quizás ni siquiera de eso era culpable ya que ella no le había dicho nada a nadie.

–  En un rato vamos hacia allí, hasta ahora. – Le respondió Elisabeth antes de colgar.

Marta y Olivia se miraron. ¿Qué había pasado entre esos dos para que se hablaran así? Ni corta ni perezosa, Olivia decidió preguntar cuando iban en el coche de regreso a la urbanización:

–  ¿Va todo bien? Desde que has hablado con Alan tienes el ceño fruncido y la mirada perdida. Si ha hecho o dicho algo que…

–  ¿Si os cuento una cosa me prometéis que no va a salir de aquí? – La interrumpió Elisabeth antes de que acabara la frase.

–  ¡Por supuesto! – Le aseguraron Marta y Olivia al unísono. Y Olivia añadió: – Espera que paro el coche, no quiero desconcentrarme y que nos matemos, y perdona que te lo diga, pero esto tiene pinta de ser algo que me vaya a desconcentrar.

Olivia paró el coche a un lado de la carretera y Elisabeth, bajo la atenta mirada de sus dos nuevas amigas, les explicó:

–  El día antes de llegar a España cancelé mi boda a tan solo dos meses de la celebración. Me enamoré como una idiota del hombre equivocado. El hombre que al principio era bueno, amable y un novio perfecto, el yerno que todos padres quieren tener para su hija, de buena familia, con un buen trabajo y con buena reputación, pero en cuanto tuvimos fecha para la boda poco a poco se fue convirtiendo en un hombre severo, machista e interesado. El día antes de marcharme de Londres tuvimos una discusión, él quería que dejara de trabajar en cuanto nos casáramos para que cuidara de él, de la casa y de los niños. ¡Si hasta entonces yo ni siquiera me había planteado tener hijos, tengo veintitrés años! Y cuando me di cuenta de que todo era un error, le dije que cancelaba la boda y hui de Londres sin dar más explicaciones. – Elisabeth suspiró profundamente aliviada y añadió: – A mi madre casi le da algo, pero mi padre siempre me ha apoyado en mis decisiones y trata de calmarla, aunque yo no me atrevo ni a hablar con ella. Apenas había pasado una hora desde mi discusión con Mike y ya me había llamado medio Londres, necesitaba salir de allí y éste me pareció un buen lugar donde relajarme y desconectar, aunque nunca lo hubiera conseguido sin vosotras. – Les confesó Elisabeth con los ojos inundados en lágrimas. – Apenas hace una semana que os conozco pero os considero dos grandes amigas, así que gracias por todo lo que me estáis ayudando aunque no seáis conscientes de ello.

–  No tienes que agradecernos nada, ¡para eso estamos las amigas! – Exclamó Olivia forzando un abrazo colectivo que les hizo reír a las tres.

–  Hay algo que no entiendo, ¿qué tiene que ver mi hermano con todo esto? – Preguntó Marta a quién no se le escapaba una.

–  Me ha dicho que estaba seguro de que el día de mi boda dejaría al novio plantado en el altar. – Les dijo Elisabeth encogiéndose de hombros.

–  ¡Joder con mi hermano! – Protestó Marta.

–  Ha sido solo un comentario desafortunado, no lo ha dicho con ninguna mala intención. – Le defendió Elisabeth, ya que sinceramente así lo creía.

–  La verdad es que no ha podido ser más desafortunado el comentario. – Opinó Olivia. – Esta noche nos vamos a emborrachar en honor a todas las novias a la fuga que existen, incluida Julia Roberts.

–  Es un secreto, ¿cómo brindaremos sin que nadie se dé cuenta? – Preguntó Marta.

–  Pues… – Olivia lo pensó durante un segundo y exclamó: – ¡Brindaremos por Julia Roberts! No, mejor no a ver si se van a pensar que va relacionado con “Pretty Woman”. – Se retractó. – Quizás sea mejor que brindemos simplemente por nosotras y por nuestra amistad.

–  Sí, creo que eso será lo mejor. – Corroboró Elisabeth sonriendo de nuevo.

Cuando llegaron al bar de Fernando los chicos las miraban algo molestos, excepto Fernando, él siempre estaba de buen humor. Elisabeth jugó a los dardos contra Alan y durante la media hora que duró la partida ni siquiera hablaron entre ellos, se limitaron a observarse. Tras una reñida partida, finalmente Alan se hizo con la victoria y Elisabeth, como buena perdedora que era, le felicitó:

–  Felicidades, ha sido una gran partida.

–  Sí, nunca me había costado tanto ganar a alguien a los dardos, es mi juego. – Le respondió Alan sonriendo al mismo tiempo que le guiñó un ojo.

Aquel cambio de humor constante en Alan la traía totalmente descolocada. Hacía un rato habían estado jugando a los dardos sin dirigirse la palabra, la observaba sin decir nada y su gesto era de tensión, pero ahora se mostraba despreocupado, divertido e incluso seductor. Sin duda alguna Alan era un hombre sexy, de esos que son guapos y fuertes pero sin creérselo. Elisabeth apartó aquellos pensamientos de su mente antes de que llegaran más lejos y se dirigió hacia a la barra del bar para pedirle otra cerveza a Fernando, se le había quedado la boca seca al recordar la imagen de Alan en la playa mostrando sus pectorales y sus marcados abdominales.

–  Has huido muy rápido. – Le dijo Alan acercando su boca a su oído y Elisabeth se sobresaltó al sentirlo tan cerca. – Tranquila, solo pretendo invitarte a la cerveza. – Añadió confundido al darse cuenta del sobresalto de Elisabeth. Se volvió hacia a Fernando y le hizo un gesto para que le sirviera otra cerveza. Sacó un billete de cincuenta euros del bolsillo y añadió: – Cóbrate cuando puedas.

Elisabeth le miró confundida, en Londres el que perdía era el que pagaba.

–  ¿No debería pagar yo? He perdido. – Se oyó decir.

–  Y pagarás, pero no con dinero. – Le respondió Alan con una sonrisa traviesa que la sacudió hasta el alma. – Nunca apuesto dinero con mis amigos y mucho menos con chicas.

–  ¿Y qué apuestas entonces? – Quiso saber Elisabeth.

–  Depende de con quién se trate. – Le contestó Alan sonriendo maliciosamente. – ¿Qué te parece si hacemos de esta partida una prueba y mañana jugamos la partida de verdad? El que pierda invita a cenar al otro.

–  De acuerdo, pero te advierto que mañana no tendrás tanta suerte. – Bromeó Elisabeth.

Tras brindar con la cerveza que Fernando les sirvió, ambos regresaron a la mesa junto a los demás miembros de la pandilla. Elisabeth pudo observar como Marcos no dejaba de piropear y de cuidar a Olivia, pero ella se lo tomaba a broma, decía que se comportaba igual con todas las chicas, aunque Elisabeth sabía que no era verdad, que Olivia era especial para Marcos. Alba y Pedro ya se habían marchado, estaban cansados de toda la semana y querían dormir. Elisabeth también observó cómo Óscar, el hermano de Olivia y el tímido del grupo, no dejaba de mirar a Marta y se ruborizaba cada vez que ella le hablaba. ¿Es que allí nadie se daba cuenta de nada o miraban todos para otro lado? Teniendo en cuenta que ella era la menos indicada para reprocharles nada, al fin y al cabo, la habían aceptado como a una más sin hacer preguntas.

Tal y cómo las tres amigas habían propuesto esa misma tarde, acabaron emborrachándose y brindando por ellas y por todas las personas y cosas que se les pasó por la mente hasta que, cuando el bar cerró, a Alan, Óscar y Marcos les tocó llevarlas prácticamente a cuestas hasta a casa de Elisabeth donde, debido en el estado en el que se encontraban, decidieron que lo mejor era que se quedaran a dormir allí, Óscar y Alan ya se encargarían de decirle a sus padres que sus hermanas se quedaban a dormir en casa de Elisabeth.

Bajo la luz de la luna 3.

Bajo la luz de la luna

Elisabeth se despertó cuando su nuevo teléfono móvil empezó a sonar. Alargó el brazo hacia la mesita de noche hasta que lo alcanzó y contestó sin mirar quién la llamaba, al fin y al cabo casi nadie tenía su nuevo número de móvil:

–  ¿Si? – Respondió medio dormida.

–  ¿Aún estás durmiendo? – Le preguntó Olivia al otro lado del teléfono. – Son las dos de la tarde, levanta y date prisa porque en diez minutos paso a buscarte.

–  Me doy una ducha rápida y estoy lista. – Le respondió Elisabeth dando un salto de la cama.

–  No te olvides un biquini, después de comer iremos un rato a la playa. – Le recordó Olivia.

–  De acuerdo, dame veinte minutos y estaré en la puerta lista para irnos.

Elisabeth se afanó en ducharse, se puso un biquini de color fucsia que había comprado tras la insistencia de Olivia y un vestido ibicenco que le hacía parecer más angelical junto a su pelo rubio y sus ojos azules. Veinte minutos más tarde, salía por la puerta de su casa con el pelo aún mojado de la ducha y se encontró frente a la puerta del jardín que daba a la calle con Olivia, Óscar, Marcos, Marta y Alan. Les saludó a todos haciendo un gesto con la mano y pudo sentir como Alan la observaba ocultándose detrás de aquellas gafas de sol. Caminaron los escasos metros que les separaba del bar y se sentaron a la sombra en una mesa de la terraza. El destino quiso que Elisabeth se sentara entre Alan y Olivia, pero al otro lado de Olivia estaba Marcos y no quería interrumpir la conversación de su amiga con el chico que le gustaba, así que comenzó a hablar con Fernando ya que lo tenía enfrente. Alan no podía dejar de observarla, desde que la vio por primera vez la noche anterior esos ojos tristes de color azul  habían despertado en él sentimientos que hacía tiempo que había dejado de sentir y aquello le tenía confundido y eclipsado a la vez. No quería hablar con ella, no estaba preparado para sentir nada, pero tampoco podía dejar de mirarla. Aquella chica de ojos tristes tan solo llevaba allí dos días y ya se había metido en el bolsillo a todos, incluido él mismo, sin embargo, él estuvo saliendo durante tres años con Laia y nunca había encajado con sus amigos, de hecho ninguno de sus amigos la soportaba y mucho menos después de lo que ocurrió el verano que acabaron el instituto. Eli no se parecían en absoluto a Laia, ni físicamente ni mentalmente. Comparó todas y cada una de sus diferencias, Laia era morena y Elisabeth rubia; Laia tenía los ojos color chocolate y Elisabeth los tenía de color azul; Laia era superficial y snob y Elisabeth se comportaba con naturalidad y era amable con todo el mundo. No tenían nada en común, con la excepción de que Elisabeth le hacía sentir cosas que solo había sentido al principio de estar con Laia.

–  ¿Tú qué haces, Alan? ¿Te vienes a la playa? – Le preguntó Marcos, su mejor amigo, sacándolo de sus pensamientos.

–  Sí, me daré un par de chapuzones antes de regresar a la ciudad. – Le respondió Alan. – Mañana trabajo y toca madrugar.

El grupo de amigos se dirigió a la playa en dos coches y a Elisabeth le tocó ir en el coche de Alan con Marcos, Olivia y Marta. Apenas había unos trescientos metros hasta la playa motivo por el cual a Elisabeth le extrañó que cogieran el coche, pero no se detuvieron en la playa más cercana.

–  ¿A dónde vamos? – Preguntó Elisabeth confundida al ver que Alan conducía en dirección a las montañas en vez de parar junto a la playa.

–  Nosotros nunca vamos a la playa de la urbanización, nos gusta ir a una pequeña cala que hay tras la montaña que estamos cruzando. – La informó Marcos con una sonrisa. – Te vamos a llevar a nuestra cala secreta, un buen lugar donde bañarte y tomar el sol sin la presencia de turistas borrachos ni niños tocapelotas.

–  ¡Qué poético! – Se mofó Olivia.

–  Oli, cuándo quieras te demuestro lo poético y romántico que soy, aunque te advierto que corres el riesgo de caer rendida a mis pies. – Le contestó Marcos bromeando.

–  ¡Menudo fantasma! – Le espetó Olivia.

Tras diez minutos en coche por una carretera de tierra, aparcaron en un pequeño llano y continuaron andando durante quince minutos por un pequeño camino rodeado de espesa vegetación hasta que se hizo un claro y apareció ante ellos una pequeña cala de arena fina y agua transparente. Elisabeth se quedó fascinada, había viajado por medio mundo y había visto inmensidad de playas paradisíacas, pero aquella pequeña cala no tenía nada que envidiarle a las mejores playas del mundo. Era un lugar mágico. Aquella cala estaba rodeada por la espesa vegetación del bosque y se situaba entre dos grandes rocas, una a cada lado. La única manera de acceder allí era a pie o por mar, pero merecía la pena por ver aquel lugar.

–  ¿Te gusta? – Le preguntó Marta.

–  ¡Me encanta! – Confesó Elisabeth. – Parece un lugar mágico.

–  Pues espera a ver las fiestas de la luna llena que organizamos aquí en las noches de luna llena. – Le dijo Óscar, el hermano de Olivia.

Estiraron sus toallas sobre la fina arena cerca de la orilla y las chicas se sentaron y se embadurnaron de crema solar mientras los chicos se metieron directamente en el agua. Alan se dio un rápido chapuzón y regresó a la toalla junto a las chiscas justo en el momento en que ellas se levantaban y se ponían a jugar con las palas de madera. Alba nunca jugaba con ellas, odiaba cualquier tipo de deporte, así que solo eran tres y los equipos quedaban descompensados, por lo que Marta le dijo a su hermano:

–  Alan, nos hace falta uno, ¿te apuntas?

Alan miró hacia las chicas y cruzó su mirada con la de Elisabeth, que le eclipsó mostrándole una tímida pero sensual sonrisa. Antes de quitarse las gafas de sol para jugar con las chicas, Alan aprovechó para observar una vez más a Elisabeth, que estaba increíblemente sexy con ese diminuto biquini de color fucsia.

–  ¿Con quién voy? – Preguntó Alan colocándose estratégicamente junto a Elisabeth.

–  Ya que estás ahí, con Eli. – Le respondió Olivia.

–  De acuerdo, ¿sabes jugar a esto, Eli? – Le preguntó con sarcasmo Alan. No podía evitarlo, aquella chica le atraía demasiado y no poder controlar aquellas sensaciones le ponía de mal humor.

–  Supongo que puedo decir que sí. – Le contestó Elisabeth encogiéndose de hombros, fingiendo no molestarse por su comentario.

Estuvieron jugando a las palas durante casi una hora y Elisabeth le demostró a Alan en particular y a todos en general que sí sabía jugar y bastante mejor que ellos.

–  ¿En Londres también jugáis a las palas? – Preguntó Alan tratando de enmendar su comentario anterior.

–  No sé si en el resto de Londres, pero desde luego sí en mi universidad, aunque no lo considerábamos un deporte. – Le respondió Elisabeth encogiéndose de hombros.

Tras el cansado partido, decidieron meterse en el agua y refrescarse. Los chicos se dedicaron a salpicar a las chicas. Alan se acercó a Elisabeth mientras el resto del grupo se dedicaba a hacerse ahogadillas y le dijo tratando de firmar la paz, pues no quería parecer borde:

–  Creo que he encontrado a mi compañera de equipo a las palas, eres toda una campeona.

–  No se me da del todo mal, pero tampoco es para tanto. – Le quitó importancia Elisabeth.

–  Pues menos mal, si se te llega a dar bien les das una paliza tú sola a los tres. – Bromeó Fernando.

–  Eres buena al billar, con las palas, ¿algún juego más que se te dé bien? – Preguntó Pedro. – Lo digo por no apostar en tu contra.

–  Los dardos. – Reconoció Elisabeth. – Aún no he conocido rival que me gane a los dardos.

–  En eso te aseguro que no me ganas, mi lady. – Le dijo Alan divertido.

–  ¿Quieres apostarte algo, mi lord? – Le desafió Elisabeth con una espléndida sonrisa en los labios que no pasó desapercibida para Alan.

–  Cuando quieras y donde quieras. – Le contestó Alan divertido. Le gustaba cómo aquella chica misteriosa le desafiaba con la mirada al mismo tiempo que le sonreía con dulzura. – El premio de la apuesta aún tengo que pensarlo.

–  Tienes tiempo de pensarlo hasta que juguemos la partida. – Le dijo Elisabeth mientras regresaban a la toalla y se tumbaban bajo el sol.

–  El próximo viernes por la tarde, trabajo en la ciudad y no estoy aquí entre semana. – Le dijo Alan sin querer dejar aquel encuentro pendiente. – Estaré por aquí antes de las siete, a menos que tengas planes para ese día…

–  El viernes a las siete de la tarde en el bar de Fernando. – Confirmó Elisabeth alargando su mano para sellar el trato con Alan.

Alan estrechó su mano y, tras dedicarle una amplia sonrisa, le confirmó:

–  El próximo viernes, entonces.

A Elisabeth le gustó ver sonreír a Alan, era la primera vez que le sonreía a ella directamente y sintió una especie de cosquilleo que la turbó, pero decidió no pensar en ello y continuó tomando el sol. Estar en esa playa la relajaba y le gustaba la compañía, mientras estuviera acompañada no tendría tanto tiempo para pensar.

Sobre las siete de la tarde regresaron a casa y, con excepción de Olivia, Marta y Fernando, todos regresaron a la ciudad porque al día siguiente trabajaban, pues la casa de la playa era una segunda residencia y solo iban allí los fines de semana y durante las vacaciones.

A Elisabeth le disgustó despedirse de aquellos nuevos amigos a los que tan solo hacía dos días que los conocía pero a los que tanto empezaba a apreciar. Por suerte, Olivia, Marta y Fernando seguirían allí y podría disfrutar de su compañía.

Bajo la luz de la luna 2.

Bajo la luz de la luna

Todavía quedaba más de media hora para que Olivia llegara cuando Elisabeth ya estaba preparada, por lo que decidió llamar por teléfono a sus padres. No le apetecía en absoluto porque sabía que su madre la iba a interrogar a preguntas que ella no estaba preparada para contestar, pero tenía que llamarles, sabía que tan solo se preocupaban por ella.

Cogió su nuevo teléfono móvil y marcó el número de teléfono de su padre, con él le resultaría más fácil hablar, siempre había sido así. Sonaron un par de tonos cuando su padre descolgó:

–  Elisabeth, ¿eres tú?

–  Hola papá, solo llamo para deciros que estoy bien. – Le tranquilizó Elisabeth. – Llegué ayer a Barcelona y ya estoy instalada en casa de los abuelos. He comprado un móvil nuevo y éste es mi número de teléfono ahora, pero no quiero que se lo deis a nadie, necesito desconectar una temporada.

–  Cielo, estamos muy preocupados. – Le confesó su padre. – Cancelas la boda y huyes hacia España sin decirnos nada, entiende que es lógico que nos preocupemos, somos tus padres. Y eso por no mencionar que tu madre está en una crisis de nervios constante.

–  Papá… – Le advirtió Elisabeth.

–  Lo sé, no quieres hablar de ello. – Dijo su padre resignado. – Confío en tu buen criterio, siempre lo he hecho, así que respeto tu decisión aunque no la comparta.

–  Con eso me basta. – Le respondió Elisabeth agradecida y añadió para despedirse antes de colgar: – Te llamaré un par de veces por semana, dile a mamá que estoy bien. Te quiero, papá.

–  Yo también te quiero, cielo.

Elisabeth guardó su teléfono móvil en el bolso justo cuando oyó el timbre de la puerta, Olivia acababa de llegar. Abrió la puerta, la saludó y ambas se encaminaron hacia el bar, donde aún no había llegado nadie excepto Fernando.

–  Hola chicas, llegáis justo a tiempo para ayudarme a poner la mesa, yo voy a terminar de preparar el aperitivo. – Les dijo Fernando y les preguntó mientras seguía a lo suyo: – ¿Cómo ha ido el día de compras?

–  ¡Genial, tenemos que repetirlo pronto! – Exclamó Olivia.

Poco a poco los invitados a la fiesta de cumpleaños fueron llegando y Olivia se encargó de presentárselos a Elisabeth uno a uno. El primero en llegar fue Óscar, el hermano mayor de Olivia. Era un chico bastante atractivo pero muy tímido, apenas cruzó un par de frases con Elisabeth y huyó hacia a la cocina donde se encontraba Fernando. El siguiente en llegar fue Marcos, el chico del que Olivia estaba enamorada desde niña según ella misma le había dicho a Elisabeth. Tal y cómo Olivia le había dicho, era un chico muy atractivo y se veía a la legua que entre él y Olivia existía algo especial. Si Olivia no le hubiera contado su historia, Elisabeth hubiera jurado que aquellos dos salían juntos. Marcos la saludó con un par de besos en la mejilla y charló con ellas hasta que llegó Marta y, tras saludarla, se dirigió con los chicos a la cocina. Marta era la mejor amiga de Olivia y a Elisabeth le gustó nada más conocerla, parecía simpática.

–  ¿Quién falta por llegar? – Preguntó Marta.

–  Solo falta tu hermano. – Le contestó Olivia rodando los ojos. – No sé cómo lo hace pero siempre es el último. Alba está entreteniendo a Pedro, pero no creo que tarden mucho en llegar. – Al ver que Elisabeth no entendía nada, le aclaró: – Pedro es el cumpleañero y Alba es su novia, que nos está ayudando a entretenerlo mientras montamos todo esto para darle una fiesta sorpresa, aunque realmente su cumpleaños es el lunes.

Las chicas continuaron charlando junto a la barra del bar mientras los chicos probablemente hacían lo mismo en la cocina. Diez minutos más tarde, apareció el hermano de Marta. Elisabeth lo observó de reojo mientras saludaba a su hermana y a Olivia hasta que se lo presentaron y sus miradas se cruzaron por primera vez. La intensa mirada de aquellos ojos oscuros, en los que apenas se podía distinguir donde acababa el iris y empezaba la pupila, la hechizó por completo y sostuvieron la mirada hasta que él le plantó dos besos en las mejillas y le dijo antes de marcharse a la cocina con los demás:

–  Encantado de conocerte, Eli. Soy Alan.

Elisabeth trató de comportarse con normalidad mientras esperaban a que Alba y Pedro llegaran, pero no pudo evitar observar disimuladamente a Alan cada vez que tuvo ocasión. Cuando el cumpleañero llegó, todos estaban colocados en sus respectivos puestos y gritaron al unísono:

–  ¡Felicidades!

Marcos se encargó de poner la música mientras Fernando abría un par de botellas de vino y los demás le iban entregando las copas para que les fueran sirviendo. Entre anécdotas y bromas, comieron, bebieron y brindaron por el homenajeado y por la amistad que a todos ellos les unían. Elisabeth no se sintió desplazada en ningún momento, todos la aceptaron y la invitaban constantemente en participar en la conversación, o al menos casi todos. Alan no le dirigía la palabra directamente, pero ella se percató que no dejaba de observarla de forma extraña, aunque no supo descifrar si aquello era o no una buena señal. También pudo comprobar cómo Marcos estaba pendiente de Olivia en todo momento y de cómo Marta no dejaba de escribir mensajes con su móvil y sonreía cada vez que le respondían a algún mensaje.

A Elisabeth le gustó aquella pandilla de amigos con sus bromas y sus peculiaridades y, a pesar de que apenas les conocía de unas horas, sintió que encajaba más con ellos que incluso con sus amigos de Londres, pero eso era algo que ahora no quería recordar.

–  Cuéntanos, Eli. – La animó Pedro a hablar. – ¿Qué te ha traído por aquí?

–  Mis abuelos vivían aquí, pero murieron hace diez años y no he venido desde entonces. – Empezó a decir. – Necesitaba un cambio de aires y venir aquí durante una temporada me pareció una buena opción.

–  ¿De dónde eres? – Preguntó Alba.

–  De Londres.

–  ¡Pues no se te nota nada el acento guiri! – Bromeó Marcos.

–  Mis abuelos y mi madre siempre me han hablado en español. – Le respondió Elisabeth encogiéndose de hombros. – El español es mi lenguaje materno.

–  Pues podrías echarme una mano con el inglés, por aquí vienen muchas turistas preciosas y encantadoras. – Bromeó Marcos sonriendo.

La carcajada fue general y Elisabeth pudo comprobar de nuevo como todos parecían animados excepto Alan, que continuaba observándola pero sin comentar nada. ¿Qué le ocurría a ese chico? Le sostuvo la mirada durante unos segundos pero él no dejaba de observarla y se sintió intimidada, por lo que se volvió hacia Olivia y comenzaron a charlar.

Pocos minutos después, Fernando se acercó a Elisabeth, le entregó su móvil, que lo había dejado olvidado sobre la barra del bar y le dijo:

–  No sé quién será ese tal Jason, pero tienes quince llamadas perdidas de él. – Justo en ese momento, Jason volvía a llamar y Fernando añadió divertido: – Corrijo, tienes dieciséis llamadas de él.

A Elisabeth no le apetecía nada contestar la llamada, sabía que tendría que dar cientos de explicaciones y ni siquiera se permitía pensar en lo que había ocurrido, no se sentía preparada. Pero Jason era su mejor amigo, estaba en New York cuando ella había decidido huir a España y probablemente ya había regresado a Londres y se habría enterado de lo ocurrido, por lo que se habría preocupado. Decidió contestar:

–  Hola Jason.

–  ¿Hola Jason? ¿Eso es lo que me dices después de haber cancelado tu boda cuando tan solo quedan dos meses, de haberte largado a España y de no haberme contado nada? – Le espetó Jason. – ¿Por qué no me has dicho nada? Sabes que yo siempre te apoyo en todo, ¿pensabas que esta vez sería distinto?

–  Jason, ahora no es un buen momento para hablar y tampoco me apetece nada en absoluto hablar de eso. – Le dijo Elisabeth.

–  Dentro de quince días tengo una semana de vacaciones, iré a verte a España y hablaremos del tema largo y tendido. – Sentenció Jason. – Hasta entonces, me conformaré con que me llames de vez en cuando para decirme que estás bien, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo. – Se resignó Elisabeth y añadió antes de colgar: – Gracias, Jason.

Todos fueron conscientes de la tristeza que aquella llamada le había producido a Elisabeth y trataron de animarla, con la excepción de Alan, que se limitaba a mirarla ya sin el menor disimulo.

Finalmente consiguieron distraer a Elisabeth brindando, bailando e incluso jugando al billar, cuando todos se sorprendieron al ver lo bien que jugaba.

Cerca de las cinco de la mañana, todos se despidieron y se encaminaron a sus respectivas casas. Olivia, Óscar, Marta, Alan y Elisabeth iban en la misma dirección, pues Olivia y Óscar vivían con sus padres en la casa de al lado de la de Elisabeth y Marta y Alan vivían en la casa de enfrente que también era de sus padres.

Cuando se estaban despidiendo, a Olivia se le ocurrió que al día siguiente podrían ir a la playa, aunque no fuera verano, en Barcelona la primavera era bastante calurosa.

–  Comemos juntos en bar de Fernando y de allí nos vamos a la playa. – Sentenció Olivia ante la cara de indecisión de sus amigos.

Elisabeth entró en su casa y se dirigió directamente a su habitación de cuando era niña, donde había dormido la noche anterior. Estaba demasiado cansada para analizar aquella habitación infantil, pero decidió que ya era hora de redecorar su casa, sobre todo si pensaba quedarse allí una temporada. Y con esa idea en la cabeza, se quedó dormida.

Bajo la luz de la luna 1.

Bajo la luz de la luna

Elisabeth Muller no sabía si subirse a un avión y dirigirse a más de 1100 km de distancia de su casa, su familia y sus amigos era una buena decisión, pero después de lo ocurrido lo único que le apetecía era desaparecer al menos durante una temporada.

Y allí estaba, subida en un avión viendo desde el aire como la ciudad en la que había nacido y en la que había vivido durante sus veintitrés años de vida se iba haciendo más pequeña hasta que la perdió de vista. Cerró los ojos y suspiró. Era un suspiro de alivio, necesitaba alejarse de aquel lugar y España le pareció la mejor opción para desconectar. Sus abuelos maternos eran españoles y, aunque se mudaron a Londres por motivos de trabajo cuando se casaron, regresaron a España antes de que su nieta Elisabeth naciera. Pero sus abuelos murieron diez años atrás y desde entonces ella no había regresado a España, a pesar de que le dejaron en herencia la casa de la playa en una pequeña urbanización de Castelldefels a 25 km de Barcelona y un apartamento en el centro de Barcelona. Ese fue el motivo por el cual había decidido dejar Londres y pasar una temporada en Barcelona, allí tenía una casa y un apartamento, por lo que no tendría que preocuparse en encontrar un sitio en donde alojarse, pues ya lo tenía.

Se puso los auriculares y encendió el iPod para escuchar algo de música. Cerró los ojos y trató de evadirse, pero su mente reproducía una y otra vez los recuerdos de los dos últimos días. No pudo evitar preguntarse si estaba haciendo lo correcto, pero trató de animarse al pensar que era lo mejor para ella en ese momento.

Cinco horas más tarde, Elisabeth se bajaba del taxi y cruzaba la verja del jardín delantero de la casa de la playa de sus abuelos. Todo estaba tal y cómo ella lo recordaba, aunque menos limpio. Desde que sus abuelos murieron, sus padres venían a España un par de veces al año para ocuparse del mantenimiento de la casa y el apartamento, con todo lo que ello conllevaba.

Tras abrir las ventanas y airear todas las estancias de la casa, deshizo las maletas y se dio una ducha. Había sido un día largo, no había pensado en que eran más de las diez de la noche y aún no había cenado, así que decidió pedir algo de comida a domicilio.

Al día siguiente, Elisabeth decidió salir a comprar. El día anterior había visto un bar a la vuelta de la esquina donde podría desayunar y dos calles más allá había un pequeño supermercado que le serviría para comprar todo lo que necesitaba. Se sentó en una de las mesas de la terraza del bar y le pidió al camarero un café y una tostada. Mientras esperaba a que le sirvieran, Elisabeth ojeaba el periódico que alguien había dejado olvidado sobre la mesa hasta que otro camarero distinto le trajo lo que había pedido.

–  Buenos días señorita, aquí tiene su desayuno. – Le dijo el joven camarero mostrándole una amplia sonrisa.

–  Gracias. – Le dijo Elisabeth sonriendo tímidamente.

–  ¿Eres nueva por la zona? No te había visto nunca por aquí. – Le dijo el chico tratando de ser amable y simpático.

–  Más o menos, voy a quedarme por aquí una temporada. – Le respondió Elisabeth.

–  Entonces, supongo que nos iremos viendo. – Le dijo el camarero y, tendiéndole la mano, añadió: – Por cierto, me llamo Fernando.

–  Encantada, yo soy Eli. – Le dijo Elisabeth estrechando su mano.

–  ¿Conoces a alguien por aquí, Eli?

–  Me temo que no, acabo de llegar y aún no conozco a nadie.

–  Pues eso tiene solución. – Sentenció Fernando. – Esta noche celebramos el cumpleaños de un amigo en el bar, pásate por aquí y estoy seguro de que te divertirás.

–  Gracias, puede que me pase por aquí. – Le agradeció Elisabeth. – No me vendría nada mal distraerme un poco.

–  Buenos días, Fer. – Saludó una chica más o menos de la edad de Elisabeth. – Necesito un café bien cargado o me dormiré aquí mismo.

–  Buenos días, Oli. – La saludó Fernando con un beso en la mejilla. – Te presento a Eli, acaba de llegar y va a quedarse por aquí una temporada.

–  Encantada, Eli. – La saludó Olivia amistosamente con dos besos en la mejilla. – Soy Olivia, aunque casi todo el mundo me llama Oli, una amiga de Fernando. ¿Te importa si me siento contigo?

–  Claro que no, adelante. – Le contestó Elisabeth haciéndole un gesto para que se sentara a su lado.

Olivia se sentó junto a Elisabeth y, como si se conocieran de toda la vida, entablaron conversación.

–  Esta noche celebramos la fiesta de cumpleaños de un amigo, ¿te apetece venir con nosotros? – Le propuso Oli. – Te aseguro que te lo pasarás muy bien y así conocerás a nuestros amigos, ¿te apuntas?

–  Claro que vendrá, además me ha dicho que le vendría bien distraerse un poco, ¿verdad, Eli? – Le preguntó Fernando.

–  Sí, creo que me vendrá bien. – Contestó Eli tímidamente.

Fernando se marchó para seguir trabajando y las chicas se quedaron a solas y continuaron charlando. Olivia le preguntó a Elisabeth cuánto tiempo iba a quedarse por la zona y ella le contestó encogiéndose de hombros:

–  Sinceramente, no lo sé. Llegué ayer de Londres porque necesitaba cambiar de aires, mis abuelos vivían aquí y cuando murieron me dejaron su casa en herencia, aunque no había regresado desde hace ya diez años. – Suspiró y añadió: – No tengo decidida una fecha para regresar, ni siquiera sé si quiero regresar.

Olivia notó su tono triste y quiso preguntar, pero decidió tratar de animarla y dejar que fuese ella quién se lo contara cuando se sintiera preparada.

–  Tengo que ir a comprar algunas cosas para la fiesta de esta noche, ¿te apetece acompañarme? – Le propuso Oli. – Hay un centro comercial aquí cerca, podemos comer algo por allí.

–  Precisamente iba a ir al supermercado a comprar algunas cosas, pero no encontraré allí todo lo que necesito. – Reconoció Elisabeth. – Por cierto, ¿conoces alguna empresa de alquiler de coches por aquí cerca? Necesito un vehículo para moverme y ni siquiera sé dónde buscar y no tengo internet en casa, aún tengo que llamar para que me la instalen. Y un móvil, necesito cambiar de número.

–  Espero que no estés huyendo de la justicia de tu país y me conviertas en tu cómplice. – Bromeó Olivia y Eli le sonrió. – Tranquila, en el centro comercial encontrarás todo lo que necesitas y si no lo encuentras te llevo a donde haga falta.

Tras pagar la cuenta y despedirse de Fernando, las dos chicas se subieron a un Opel Astra de color rojo y diez minutos más tarde aparcaban en el centro comercial.

Pasaron la mañana de compras, comieron en un McDonald y después Olivia la llevó a un concesionario donde Elisabeth compró un Audi A5 y a Olivia casi le dio algo cuando vio el precio del coche.

–  Tengo algo de dinero ahorrado y el coche es una inversión, no puedo coger un taxi cada vez que necesite moverme y no tengo intención de quedarme encerrada en casa. – Le dijo Elisabeth encogiéndose de hombros. – Aunque nunca he conducido un coche con el volante a la izquierda, puede que necesite algo de práctica.

–  Tardarán un mes en entregarte el coche, yo puedo llevarte a un pequeño solar para que conduzcas mi coche y cojas algo de práctica. – Se ofreció Olivia. – Acabo de terminar la carrera y ya he encontrado trabajo en bufete de abogados, pero no empezaré hasta septiembre así que estaré por aquí sin hacer nada hasta entonces.

–  Estamos a finales de mayo, te quedan tres meses por delante, ¿no has pensado en hacer nada especial durante todo este tiempo? – Preguntó Elisabeth al recordar que cuando ella acabó la carrera el año pasado se fue de viaje a Estados Unidos con sus amigas y cruzaron el país haciendo la Ruta 66.

–  Quedarme aquí con mis amigos es lo más especial que quiero hacer. – Le confesó Olivia suspirando profundamente. – Aunque te confieso que a veces a mí también me gustaría desaparecer de aquí una buena temporada.

–  Me temo que la culpa de eso la tiene algún chico. – Comentó Elisabeth segura de lo que decía.

–  Y no te equivocas. – Le confirmó Olivia. – Estoy enamorada como una idiota de un merluzo que ni siquiera se ha dado cuenta de lo que siento, lo sabe todo el mundo menos él.

De camino a casa, Olivia le confesó que estaba enamorada desde niña de Marcos, uno de los mejores amigos de su hermano Óscar, pero que él tan solo la veía como a “su mejor amiga”, cosa que le recordaba cada vez que la veía. Olivia tenía miedo de decirle lo que sentía a Marcos porque no quería que perdieran la bonita amistad que tenían y, aunque a veces sufría, le gustaba tenerlo a su lado.

Olivia aparcó el coche frente a la casa de Elisabeth y la ayudó con las bolsas de todo lo que habían comprado. Antes de despedirse, quedó en regresar a buscarla en un par de horas para ir juntas a la fiesta en el bar. Elisabeth decidió darse una ducha y dudó en estrenar uno de esos modelitos que se había comprado tras la insistencia de Olivia, que no dejaba de repetirle que le quedaban muy bien, pero finalmente se decidió por unos vaqueros de tiro bajo y pitillo y una camiseta blanca de manga tres cuartos y cuello de barco, a Elisabeth nunca le había gustado llamar la atención, de eso ya se encargaba su apellido.