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Bajo la luz de la luna.

Bajo la luz de la luna

Lady Elisabeth Muller rompe su compromiso con Lord Mike Hudson dos meses antes de la boda y decide huir de Londres. No quiere ver ni hablar con nadie y, teniendo en cuenta el escándalo mediático que se formaría en la ciudad, decidió subirse a un avión y viajar a Barcelona.

Sus abuelos maternos eran españoles, pero ella no había regresado a España desde que fallecieron diez años atrás. Allí nadie la conocía y ella necesitaba tiempo para aclarar sus ideas, así que no se lo pensó dos veces y se marchó.

Tras instalarse en la casa de la playa, herencia de sus abuelos maternos, conoce a Fernando y Olivia, que no tardan en presentarle al resto de su grupo de amigos. Entre ellos se encuentra Alan, un chico que le mira con intensidad y hace que todo su cuerpo se estremezca y excite. Con ellos dejará de ser Lady Elisabeth para convertirse simplemente en Eli. Pero el pasado no se puede ocultar y una foto de Eli y Alan en actitud cariñosa es filtrada a los medios de comunicación, saliendo a la luz el escándalo de su boda con el Lord y complicando su relación con Alan.

Si quieres leer más sobre esta historia, aquí tienes todos los capítulos:

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

Bajo la luz de la luna 19.

Bajo la luz de la luna

Tras una romántica velada, Alan y Elisabeth pasaron la noche en la cama y se durmieron al amanecer uno en brazos del otro. Elisabeth no se despertó hasta al mediodía, cuando abrió los ojos y se encontró con un Alan sonriente que le contagió de felicidad.

–  Buenos días, pequeña kamikace. – La saludó Alan besándola en los labios con dulzura. – Es hora de levantarse, tus padres quieren que vayamos a comer con ellos. Además, no pretenderás que tus padres se encarguen de tus invitados, ¿no?

–  No quiero salir de aquí. – Protestó Elisabeth escondiéndose bajo las sábanas como si de una niña pequeña se tratara.

–  Sé buena y no me provoques o nos buscaremos un problema, no podemos llegar tarde.

–  ¿Por qué tenemos que ir a comer con mis padres? ¿No podemos ir mañana? Estoy segura de que a Jason no le importará que nos quedemos una noche más aquí.

–  Me encantaría quedarme aquí contigo, créeme. – Le contestó Alan abrazándola. – Pero le prometí a tu padre que, si esto salía bien, iría a comer contigo a su casa.

–  ¿Cuándo has hablado tú con mi padre?

–  Cariño, ya te he dicho que haría cualquier cosa por ti. Además, pienso pedirte algo a cambio. – Eli le miró entornando los ojos y él añadió: – Tú también tendrás que venir a comer conmigo a casa de mis padres, ellos también quieren conocerte. De hecho, mi hermana ha tenido que ayudarme a convencer a mi madre para que se quedara en Barcelona, pues ella también quería venir a Londres por si yo no lograba convencerte de que me perdonaras.

Elisabeth no pudo más que reír, pero Alan no hablaba en broma, realmente había tenido que pedirle ayuda a Marta para que lograra convencer a su madre que no podía venir a Londres.

Elisabeth se levantó de la cama con pereza y se metió en la ducha. Alan dudó en meterse con ella, pero finalmente decidió que no era lo más sabio que podía hacer si pretendía ser puntual con los padres de Elisabeth. Mientras ella se duchaba, él se encargó de recoger la cabaña y cuando ella salió de la ducha envuelta en una diminuta toalla, le dio un casto beso en los labios, le señaló una bolsa con ropa que Olivia se había encargado de darle a Jason a hurtadillas y se metió en la ducha.

Una hora más tarde y tras haberse dado una larga ducha de agua fría, Alan conducía el coche que le había prestado Jason y se dirigía junto a Elisabeth a casa de los padres de ella. Erik Muller era un gran amigo de su jefe y además se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa, por lo que Alan ya había conocido personalmente al padre de Elisabeth, aunque para Alan era como la primera vez.

Llegaron a casa de los Muller a la una y media de la tarde y Erik Muller les esperaba en el porche de su casa victoriana, nervioso al pensar lo que se le habría pasado por la cabeza a su hija, la cual era conocida por sus actos impulsivos y radicales. Pobre chico, no sabe dónde se ha metido, pensó Erik divertido cuando vio aparcar el coche y salir de allí a la recién estrenada pareja que caminaban sonrientes y cogidos de la mano. Erik recibió a su hija con un fuerte y cariñoso abrazo y le guiñó un ojo a Alan con complicidad, pues aquel era el único hombre que podía devolverle la sonrisa a su hija y ese brillo especial en los ojos.

–  ¿Todo bien, Elisabeth? – Quiso saber su padre.

–  Más que bien, perfecto. – Le respondió Elisabeth con alegría.

–  Gracias por todo, señor Muller. – Le agradeció Alan mientras le estrechaba la mano a Erik.

–  Llámame Erik, al menos mientras mi hija siga luciendo esa preciosa sonrisa. – Le advirtió Erik solo por hacer el papel de padre, pues confiaba plenamente en Alan porque se había encargado de investigar a fondo sobre él y Guillermo le había aportado mucha información.

–  ¡Papá! – Protestó Elisabeth.

–  Solo bromeaba, cielo. – Se disculpó su padre.

Los tres entraron en la casa y se reunieron con la familia y amigos que se alegraron de verles tan juntos y sonrientes, eso significaba que todo había salido según lo previsto. Todos sentían curiosidad por saber qué iba a ocurrir con su relación, pero el único que se atrevió a preguntar fue Jason:

–  Entonces, ¿qué pensáis hacer? ¿Os quedaréis en Londres? ¿Regresaréis a Barcelona?

–  Aún no lo hemos decidido, pero eso no es un problema. – Contestó Alan sin preocupación alguna.

–  No hemos terminado de hablar del tema, pero yo ya lo he decidido. – Le confesó Elisabeth.

–  No te preocupes, estoy seguro de que Guillermo no pone ningún problema para darme el traslado a las oficinas de Londres, pero tendré que regresar a Barcelona para arreglar algunas cosas. – Le contestó Alan con la misma entereza, dispuesto a todo por estar junto a Elisabeth.

Elisabeth sonrió conmovida ante aquel gesto de lealtad, pese a que aquello significaba vivir a más de mil kilómetros de distancia de su familia y amigos, y le besó en los labios, sorprendiéndole con aquel gesto tan espontáneo, antes de decirle:

–  Quiero vivir en Barcelona. Tú tienes allí tu trabajo, a tu familia y a tu amigos, no puedo pedirte que lo dejes todo para venir a Londres. Echaré de menos a mi familia, pero puedo venir a verles cuando quiera y ellos pueden venir a verme a Barcelona. – Se volvió hacia a su padre y añadió: – Papá, llevas tiempo queriendo abrir una oficina en Barcelona y ahora sería un buen momento, siempre has querido que me ocupara yo de ello y yo siempre lo he ido aplazando.

–  Tómate un par de meses de descanso y ya te reincorporarás en septiembre, así tendrás tiempo de instalarte y organizarte. – Le aconsejó su padre.

Entre familia y amigos, Elisabeth y Alan comieron mientras reían y bromeaban felices porque todo había salido bien.

Aquella noche todos se quedaron a dormir en casa de los Muller. Elisabeth instaló a Alan en su habitación a pesar de que sabía que a su madre aquello no le gustaría, pues era una mujer bastante tradicional. Echó el cerrojo de la puerta de la habitación y se dejó abrazar por Alan.

–  Por fin nos quedamos a solas. – Susurró aliviada.

–  Y ahora que estamos solos los dos, ¿qué quieres hacer, pequeña kamikace?

–  Mm… Querido atropella-kamikaces, si tengo que responder a esa pregunta no vamos a ir por buen camino. ¿Qué crees que quiero hacer?

Elisabeth se acercó a él con intención de provocarlo y, al ver que Alan se resistía para ganar aquel juego sin importancia pero que a ambos les excitaba, bajó la cremallera de su vestido y dejó que se deslizara por su piel hasta caer al suelo. En ropa interior y con los zapatos de tacón de aguja puestos, Elisabeth le quitó la corbata a Alan y se la colocó sobre los ojos para que no pudiera ver nada.

–  Cariño, ¿qué vas a hacer? – Le preguntó Alan excitado.

–  No seas impaciente, tú solo relájate y deja que yo me ocupe de todo.

Elisabeth lo desnudó despacio, primero la camisa, luego los vaqueros y por último los bóxer. Cuando lo tuvo totalmente denudo, acarició los marcados músculos de su abdomen y lo guió hasta a la cama, donde le ayudó a tumbarse. Acarició sin prisa cada recoveco de su piel, mordisqueó sus pezones, lamió el lóbulo de su oreja y, al ver su prominente erección, no pudo evitar llevársela a la boca. Alan gruñó al notar su miembro dentro de la humedad de su boca y se arrancó la corbata que le hacía de venda para los ojos, no pensaba perderse el espectáculo que Elisabeth le estaba ofreciendo. Disfrutó mirando como su pene entraba y salía de la boca de Elisabeth un par de minutos más, cuando se apartó de ella bruscamente y un segundo más tarde la cogía por la cintura e intercambiaba posiciones, dejándola a ella debajo. Tras darle un dulce beso en los labios, Alan la penetró de una sola estocada como a ella le gustaba, haciéndola gemir, y la embistió una y otra vez con fuerza, con profundidad, hasta que ambos alcanzaron el clímax entre gemidos de placer. Alan se desplomó sobre Elisabeth y, sin dejar de abrazarla, rodó con ella en la cama para intercambiar sus posiciones y que fuera ella quien quedara sobre él.

–  ¡Vas a volverme loco! – Le dijo Alan divertido, estrechándola entre sus brazos.

–  ¿Eso es una queja? – Se mofó Elisabeth.

–  Desde luego que no, en todo caso es un cumplido y de los buenos. – Le respondió Alan. – Te quiero, pequeña kamikace.

–  Yo también te quiero. – Le susurró Elisabeth abrazándose a él con fuerza.

FIN

Bajo la luz de la luna 18.

Bajo la luz de la luna

Olivia entró por enésima vez en la habitación de Elisabeth y, tras comprobar que seguía tumbada en la cama, se puso frente a ella con los brazos en jarra y le dijo con tono severo:

–  Ya puedes levantarte, darte una ducha y vestirte, tienes visita y no quiero que piensen que permito que te pases el día encerrada en tu habitación.

–  ¿Qué visita? – Preguntó Elisabeth esperanzada.

–  Marta, Marcos y Óscar, Fernando no ha podido venir pero te envía recuerdos. – Le contestó Olivia sonriendo para sus adentros. – Y acaba de llamar Jason, ha dicho que tenías que acompañarle a no sé qué cena con unos clientes de tu padre, al parecer han exigido que seas tú quien esté presente en la negociación.

–  Jason se podría haber ahorrado el viaje, no pienso ir a ninguna parte. – Replicó Elisabeth.

Olivia la escuchó refunfuñar hasta la saciedad, pero finalmente se levantó de la cama, se duchó y se vistió justo a tiempo para recibir a los invitados sorpresa. Elisabeth se alegró de ver allí a Marta, Marcos y Óscar y sobretodo de verles tan sonrientes, eso significaba que se alegraban de verla y no estaban enfadados con ella, o al menos no demasiado. Los saludó con un abrazo y les presentó a sus padres. Pocos minutos después llegó Jason, quién tuvo prácticamente que suplicarle que le acompañara a cenar con un cliente importante que había exigido su presencia y Elisabeth no pudo negarse cuando su padre, cómplice de Jason, le pidió que le acompañara. Marta había recibido un mensaje de su hermano Alan en el que le pedía que tratara de convencer a Elisabeth para que se pusiera el Versace de color violeta que se había puesto la noche de la cena de gala de Social en los Pirineos y Marta trató de convencerla con la ayuda de Olivia.

–  Ponte el Versace que compramos en Barcelona, te queda perfecto. – Comentó Olivia.

–  No pienso ponerme el Versace. – Contestó Elisabeth con rotundidad.

–  Pues Olivia tiene razón, te queda de muerte. – Opinó Marta.

–  No quiero ponerme ese vestido, me trae demasiados recuerdos y ya tengo suficientes recuerdos en mi cabeza que no dejan de atravesarme. Ni siquiera quiero ir a esa estúpida cena, ¡quiero quedarme en casa!

Elisabeth se dejó caer sobre la cama y se echó a llorar, echaba de menos a Alan y aún no quería aceptar que nunca más habría nada entre ellos. Olivia y Marta intercambiaron una mirada, finalmente, fue Marta la que habló:

–  Elisabeth, confía en nosotras y ponte el Versace, te aseguro que no te arrepentirás y mañana nos lo agradecerás.

–  ¿Sois conscientes de lo que significa ese vestido para mí? Puede que me haya portado mal ocultándole todo a Alan, pero ya tengo suficiente castigo, ¿no creéis? – Les espetó Elisabeth con la voz rota por el llanto.

–  Confía en nosotras, Elisabeth. – Trató de convencerla Olivia. – No te arrepentirás.

Elisabeth las observó tratando de descubrir qué se traían entre manos, pero finalmente claudicó y se puso aquel vestido que tan buenos y dolorosos recuerdos le traía.

Jason llegó a casa de los Muller a las siete y media de la tarde para recoger a Elisabeth. Tras saludar a todos los allí presentes, Jason y Elisabeth se marcharon en el coche de Jason. Elisabeth se percató de que estaba cogiendo la autopista para salir de la ciudad y le preguntó:

–  ¿A dónde vamos? Estás saliendo de la ciudad.

–  Antes tenemos que hacer una parada rápida en la cabaña, me he dejado allí unos papeles. – Mintió Jason ocultando con éxito una sonrisa. – No te preocupes, no tardaremos mucho.

Jason condujo hasta llegar a la cabaña, donde aparcó y le pidió a Elisabeth que le acompañara. Ella resopló pero se bajó del coche y caminó junto a él hasta la cabaña, donde Jason golpeó la puerta suavemente con la mano antes de decirle a Elisabeth y salir corriendo:

–  No te enfades conmigo, lo estoy haciendo por tu bien.

Elisabeth se quedó alucinada viendo como su amigo Jason se alejaba corriendo, se subía en su coche y la dejaba allí tirada. ¡Maldita sea, Jason! ¿De qué va todo esto?, se dijo Elisabeth cuando la puerta de la cabaña se abrió y se dio de bruces con Alan. Elisabeth dio un respingo y se tambaleó, momento en el que Alan la agarró por la cintura para sostenerla y aprovechó la ocasión para estrecharla entre sus brazos.

–  Te he echado de menos, pequeña kamikaze. – Le susurró al oído.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Preguntó Elisabeth confundida pero feliz de estar entre sus brazos otra vez.

–  He venido para disculparme por todas las cosas horribles que te dije la última vez que nos vimos y porque no puedo dejar de pensar en ti, Eli. – Le confesó Alan. – Nos debemos una oportunidad, podemos empezar de cero. – La hizo pasar al interior de la cabaña y añadió: – Ven, he preparado la cena y espero que pasemos juntos una romántica velada. Por cierto, estás preciosa con ese vestido. Me alegro de que Marta y Olivia hayan conseguido convencerte para que te lo pusieras, por lo que me han dicho no les ha resultado fácil.

–  Alan, te juro que ya no estaba comprometida cuando te conocí y mucho menos cuando… – Elisabeth se sonrojó al recordar aquella noche bajo la luz de la luna y se interrumpió incapaz de seguir.

–  Cuando hicimos el amor por primera vez, bajo la luz de la luna. – Terminó la frase Alan. – Lo sé, lo sé todo aunque he tardado un poco en darme cuenta. Y hay algo más de lo que me he enterado y que le he pedido a Jason que no te diga porque quería hacerlo yo. – Le confesó Alan. Elisabeth se tensó y él añadió rápidamente para acabar con aquello cuanto antes: – Luís Cobo fue quién filtró nuestras fotos a la prensa, lo hizo para vengarse de mí.

–  Eso no justifica lo que hice. – Opinó Elisabeth. – Pero te aseguro que lo último que quería era hacerte daño. Pensaba decírtelo después del fin de semana en los Pirineos, pero entonces tú me contaste lo de la mentira de Laia y me entró el pánico. Al día siguiente, cuando tenía pensado prepararte una cena y confesártelo todo, fue cuando estalló todo. Sé que eso no es excusa y que…

Alan la calló con un beso en los labios y le dijo:

–  Vamos a olvidarnos de todo eso y vamos a empezar de cero, ¿te apetece una copa de vino?

–  Eh, sí. Creo que la necesito. – Respondió Elisabeth aturdida.

Alan le sirvió la copa de vino, se la entregó y la invitó a sentarse junto a él en el sofá. Elisabeth estaba confundida, la última vez que habló con él le dijo que no quería volver a saber nada de ella y, sin embargo, allí estaba, en una cabaña a las afueras de Londres sentado junto a ella. Elisabeth bebió un trago de su copa para humedecer su boca reseca por los nervios y la sorpresa de ver a Alan y echó un vistazo a su alrededor. La cabaña había sido adornada y perfumada con varios ramos de lirios blancos, su flor favorita. La mesa estaba preparada y dispuesta para que dos personas disfrutaran de una romántica velada. Todo indicaba que Alan estaba allí para reconciliarse con ella, pero aun así ella se sentía temerosa de volver a perderle y no quería hacerse ilusiones antes de tiempo.

–  Estás muy callada, dime qué estás pensando. – Le dijo Alan sonriendo para transmitirle seguridad y confianza.

–  Todo esto me ha cogido por sorpresa, la última vez que nos vimos me dijiste que no querías volver a saber nada de mí y ahora estás aquí. – Le contestó Elisabeth con un hilo de voz. – No entiendo por qué estás aquí, ¿qué es lo que ha cambiado?

–  He cambiado yo. – Le respondió Alan mirándola a los ojos. – Me he dado cuenta de que sin ti estoy completamente perdido. No he pasado ni cuatro días sin ti y te he echado tanto de menos que me dolía hasta respirar. Todo lo que veía y todo lo que escuchaba me recordaba a ti. – Se acercó aún más a ella y le susurró al oído: – Me he enamorado de ti, pequeña kamikaze.

Elisabeth no le respondió con palabras, pero le respondió con lo que empezó siendo un dulce beso y se convirtió en un torrente de caricias apasionadas producidas por un incontrolable deseo que ninguno de los dos podía ni quería reprimir.

Alan la agarró por la cintura y la colocó a horcajadas sobre él, volvió a besarla en los labios y, estrechándola entre sus brazos, le susurró:

–  Hoy hay luna nueva. Si la luna llena nos desinhibe, ¿qué hace la luna nueva?

–  No sé lo que hace la luna nueva normalmente, pero hoy estoy segura de que nos va a traer nuevos y deliciosos momentos de placer. – Le respondió Elisabeth antes de continuar besándole apasionadamente.

–  Se te ha olvidado una cosa. – La interrumpió Alan para que le mirara a los ojos. – La luna nueva nos ha traído el principio de una relación, concretamente el principio de nuestra relación.

–  ¿Qué significa eso exactamente?

–  Significa que quiero que regreses conmigo a Barcelona y que te quedes conmigo. O, si lo prefieres, puedo hablar con Guillermo y pedirle el traslado a las oficinas de Londres.

–  ¿Harías eso por mí?

–  Haría cualquier cosa por ti y por estar contigo, Eli.

No hicieron falta más palabras para que ambos se fundieran en los brazos del otro. Tan solo habían pasado cuatro días separados pero para ellos había pasado una eternidad y no tenían tiempo que perder. Alan se levantó del sofá sosteniendo a Elisabeth en los brazos y la llevó a la cama. Ambos se necesitaban con urgencia y Elisabeth, tumbada boca arriba en la cama, abrió sus piernas y le invitó a entrar. Alan aceptó aquella invitación al instante y, de una sola estocada, la penetró. En dos meses había descubierto muchas cosas sobre Elisabeth y una de ellas era que le gustaba el sexo salvaje. Alan siempre trataba de ir despacio y ser delicado con ella, le gustaba deleitarse acariciando y besando su suave piel, memorizando todos y cada uno de los recovecos de su cuerpo con los que ella se excitaba cuando la tocaba. Pero Elisabeth era impaciente y le apresuraba, le exigía con su cuerpo más velocidad y profundidad en sus embestidas, por eso Alan decidió darle lo que a ella le gustaba.

Ninguno de los dos llegó a desvestirse. Elisabeth se había subido el vestido que quedó enredado en su cintura y Alan se había desabrochado los pantalones y el bóxer hasta las rodillas y, con el más puro y simple instinto primitivo, entró y salió de ella mientras ambos gemían y sucumbían en la euforia del placer.

Alan se derrumbó sobre Elisabeth y rodó hasta quedar a su lado para no aplastarla, pero sin dejar de abrazarla la giró y volvió a estrecharla entre sus brazos. La besó cariñosamente sobre la cabeza y le dijo con un tono de voz divertido y relajado:

–  No he acabado contigo, pero debemos hacer una pausa para cenar. He preparado un solomillo al horno con patatas asadas con el que te vas a chupar los dedos. – La besó de nuevo en los labios y mirándola a los ojos le dijo: – Me he enterado que no estás comiendo demasiado bien y eso tiene que cambiar ahora mismo.

Bajo la luz de la luna 17.

Bajo la luz de la luna

A Elisabeth no le quedó más remedio que armarse de valor y afrontar aquella situación. Llamó a su padre y, tras hablar con él durante horas y explicarle con todo detalle qué era lo que realmente había pasado, ambos estuvieron de acuerdo en que lo mejor era afrontar cuanto antes aquella situación y Elisabeth decidió regresar a Londres. Le hubiera gustado despedirse personalmente de la pandilla, pero no sabía cómo iban a reaccionar los chicos y prefirió enviarles un e-mail a Olivia y Marta para explicarles que debía regresar a Londres y las echaría de menos, pero también les prometía que, cuando todo se calmara, regresaría a verles. También les pidió que les dijeran a los chicos que sentía haberles ocultado tantas cosas y que, en el caso de que estuvieran dispuestos a escucharla, ella se lo contaría todo. Les agradeció todos y cada uno de los momentos en los que habían estado apoyándola y animándola. Tras escribir todo lo que tenía que decir, pulsó el botón de enviar y apagó el ordenador, era hora de hacer la maleta y regresar a Londres, no se puede vivir huyendo continuamente.

Alan estaba furioso. No quería ver ni hablar con nadie, se sentía decepcionado y engañado por la única mujer por la que hubiera estado dispuesto a dejarlo todo, incluso había asistido a la gala anual de su empresa con ella. Había decidido alejarse un par de días y se alojó en un hotel del Montseny para relajarse y poder pensar con claridad. Se limitó a llamar a su madre para decirle que estaría fuera un par de días y que cuando regresara les explicaría todo y ese fue el único contacto que Alan había tenido con su familia y sus amigos en los últimos dos días. No quiso tener contacto alguno con el exterior, no vio la televisión, no leyó la prensa ni buscó en internet. Necesitaba tiempo para pensar sin distracciones, necesitaba aclarar sus sentimientos más allá de la furia y la decepción.

El jueves regresó a la ciudad y lo primero que hizo fue ir a casa de sus padres. Por suerte, su hermana Marta estaba allí y aquello le dio más valor para enfrentarse a ellos.

–  ¡Alan, nos has tenido a todos muy preocupados! – Exclamó su madre abrazándole. – Hijo, ¿cómo estás? ¿Estás bien?

–  Todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado. – Respondió Alan. – Sigo sin entender por qué me lo ocultó todo.

–  Elisabeth lo ocultó porque necesitaba evadirse de la presión que estaba sufriendo tras haber cancelado su compromiso dos meses antes de celebrarse la boda, por eso vino a España. – Le empezó a decir Marta para intentar que su hermano comprendiera que Elisabeth no había querido engañarle. – Cuando Olivia fue con ella a Londres fue para acordar el comunicado oficial de la ruptura del compromiso, pero su ex envió otro comunicado distinto al acordado en el que tan solo decían que la boda no se celebraría en la fecha prevista, lo que ha generado todo este embrollo en la prensa. Elisabeth había decidido contártelo después del fin de semana en los Pirineos, pero la prensa se adelantó antes de que ella pudiera hacerlo.

–  Tuvo dos meses, Marta. – Le recordó Alan.

–  Se equivocó, Alan. Todos nos equivocamos alguna vez, pero ella no lo hizo con mala intención, tan solo quería sentirse totalmente libre por primera vez, sin la presión de su apellido y ha tenido la mala suerte de enamorarse de ti cuando ya era demasiado tarde para contar la verdad. – Le dijo Marta defendiendo a su amiga. – Eres mi hermano y te quiero, pero por orgullo vas a perder a una mujer maravillosa que, a pesar de todo lo que le dijiste la última vez que la viste, estoy segura de que sigue queriendo verte.

–  ¿Has hablado con ella? – Preguntó Alan.

–  Sí y lo está pasando fatal.

–  ¿Y cómo crees que lo estoy pasando yo? – Le espetó Alan molesto.

–  Cielo, creo que deberías hablar con esa chica antes de que sea demasiado tarde y te despiertes un día y te arrepientas de no haberlo hecho. Ella tiene las respuestas que tú buscas y quizás podáis daros una nueva oportunidad. – Le aconsejó su madre.

–  Había pensado en ir a verla, pero después de lo que le dije, no sé si va a querer abrirme la puerta.

–  ¿Sabes que está en Londres, verdad? – Le preguntó Marta.

–  ¿En Londres? ¿Se ha marchado?

–  Pensaba que lo sabías, ¿no has visto la televisión los últimos dos días? – Alan negó con la cabeza y Marta continuó hablando: – Le dijiste que no querías saber nada más de ella y ella se lo ha tomado al pie de la letra, no quiere causarte más problemas y ha regresado a Londres, donde ha aparecido en una rueda de prensa anunciando que la ruptura de su compromiso con Mike Hudson y la cancelación de su boda había ocurrido hacía dos meses, antes de venir a España y que desde entonces era libre para hacer y deshacer con su vida lo que le diera la gana, ¡incluso la reina de Inglaterra ha salido en su defensa!

–  ¿Por qué todos la defendéis? ¡Es a mí a quién ha mentido y para todo el mundo ella es la víctima!

–  ¡Porque todos nos hemos dado cuenta de que está enamorada de ti menos tú, cazurro! – Le espetó Marta perdiendo la paciencia. – ¡Y porque todos sabemos que tú sientes lo mismo por ella! ¿Te has fijado en la cantidad de mensajes que Eli te ha dejado en el contestador? ¿O cuántos e-mails te ha enviado? Lo está pasando realmente mal aunque trata de ocultarlo, pero Jason nos ha confesado que se pasa el día encerrada en su habitación, sin comer y sin querer hablar con nadie.

Alan sintió como si le apuñalaran el corazón con una daga. Había regresado porque, a pesar de que se sentía dolido con Elisabeth, se había dado cuenta de que la amaba demasiado como para poder quitársela de la cabeza y no solo había descubierto que se había marchado a Londres, sino que además lo estaba pasando mal.

–  Me voy a Londres a recuperarla, pero necesitaré ayuda. ¿Puedo contar con vosotros?

–  Olivia está de camino a Londres en este momento, yo no quería ir hasta que tú regresaras, pero ahora que ya estás aquí, creo que podemos ir todos juntos.

–  ¿Todos juntos?

–  Marcos dice que no se fía de Jason y Olivia está en Londres, yo también quiero ir a ver a Elisabeth y quiero que venga Óscar conmigo. – Le explicó Marta.

–  Quiero irme ya, busca el primer vuelo que salga para Londres. – Le ordenó Alan. Se volvió hacia a su madre, le dio un beso en la mejilla y le dijo antes de desaparecer: – Me voy a dar una ducha y hacer de nuevo la maleta, deséame suerte para que regrese conmigo.

–  Te deseo toda la suerte del mundo, pero estoy segura de que no la necesitas. – Le dijo con dulzura su madre, que había sido testigo indirecto de aquella situación y del dolor de aquella chica según las propias palabras de su hija.

El viernes por la mañana, Alan, Marta, Marcos y Óscar volaban en un avión en dirección a Londres. Marta se había encargado de organizarlo todo con la complicidad de Olivia, Jason y los padres de Elisabeth, pero Alan no quería arriesgarse a que Elisabeth decidiera no recibirlo y les pidió que mantuvieran en secreto que él también iba a Londres para así poder darle una sorpresa.

Jason fue a buscarles al aeropuerto a pesar de que el chófer de los Muller se iba a encargar de llevar al grupo de amigos junto a Elisabeth, pero Jason había hecho sus propios planes.

Marta, Óscar y Marcos se subieron a la limusina con el chófer de los Muller y Jason se llevó a Alan en su coche. Alan aceptó en silencio las indicaciones de Jason y, cuando se quedaron a solas en el coche, le preguntó con voz firme:

–  ¿Qué es lo que pretendes, Jason?

–  Pretendo arreglar lo tuyo con Elisabeth y supongo que tú pretendes lo mismo que yo. Por eso estás aquí, ¿no? – Le respondió Jason. – Elisabeth no quiere salir de su habitación, así que tendré que buscar algún pretexto para sacarla de casa, a menos que prefieras presentarte directamente en casa de los Muller y hablar con ella allí frente a todo el mundo.

–  Invéntate lo que sea para sacarla de casa, necesito intimidad y allí no la voy a encontrar.

–  Eso mismo he pensado yo, por eso te estoy llevando a mi cabaña. – Le respondió Jason. – Voy a llevarte a una pequeña cabaña junto al río de mi propiedad. Puedes instalarte allí y preparar lo que sea que quieras preparar porque a las ocho dejaré allí a Elisabeth, que no sabrá que estás ahí. También te he dejado preparado un coche, por si quieres salir a comprar cualquier cosa. Por cierto, si quieres sorprenderla, cómprale un ramo de lirios blancos, es su flor preferida y le gusta llenar su casa de ellos.

–  ¿Por qué haces todo esto? – Quiso saber Alan.

–  Elisabeth es como una hermana para mí y nunca la había visto así de deprimida y mucho menos por un hombre. Se arrepiente de no haberte dicho la verdad antes y que te enteraras por la televisión, pero de lo que más se arrepiente es de haberte perdido. – Le contestó Jason. – Yo solo quiero verla feliz y hacía más de dos años que no la veía tan feliz como la vi cuando estaba contigo.

–  He sido un imbécil, no me lo va a poner fácil. – Le confesó Alan.

–  No creo que eso sea un problema. – Le aseguró Jason. – Por cierto, hemos descubierto quién ha enviado vuestras fotos a la prensa y no te va a gustar oír lo que voy a decirte. La persona que envió las fotos fue el director creativo de Social, Luís Cobo.

–  ¿Eli lo sabe?

–  Todavía no, lo hemos descubierto esta mañana y he pensado que quizás querías decírselo tú. – Le respondió Jason. – Al fin y al cabo, eres el único que puede explicarle a Elisabeth por qué lo ha hecho.

Alan se sintió fatal, todo aquello había sido causado por una rivalidad estúpida con Luís Cobo y por su culpa podía haber arruinado su relación con Elisabeth. Debía ajustar cuentas con él, pero su prioridad en ese momento era reconciliarse con Elisabeth, por eso estaba allí.

–  Se lo diré esta noche, quiero decírselo yo. – Concluyó Alan.

Tras dejarle en la pequeña cabaña, Jason se marchó y Alan entró y observó aquella casa y sonrió para sus adentros. Aquello no era una pequeña cabaña junto al río, aquello era un pequeño picadero diseñado para la ocasión. Era una cabaña tipo loft y lo primero que se veía era un enorme jacuzzi junto a la ventana con vistas al bosque por donde pasaba aquel hermoso río que parecía salido de una postal. La cama era una king size y estaba contigua al pequeño salón sin delimitar formado por un par de sofás, una televisión de cincuenta pulgadas y una pequeña mesa de café. Más allá estaba el comedor, formado por una mesa para cuatro personas y cuatro sillas, seguida de la cocina con barra americana. Elisabeth llegaría a las ocho de la tarde y eran las cinco, tenía tres horas para ir a comprar comida para la cena, unas sábanas de seda de color rojo y varios ramos de lirios blancos. Quería tenerlo todo preparado para cuando ella llegara y poder sorprenderla, quería que cuando ella le viese tuviera claro que había venido a buscarla y que no se marcharía de allí sin ella.

Bajo la luz de la luna 16.

Bajo la luz de la luna

El lunes por la mañana, cuando Alan se levantó para ir a trabajar, Elisabeth también se levantó y desayunó con él antes de salir a correr. Se despidieron en el ascensor y Alan tuvo que hacer un gran esfuerzo para no regresar con ella al apartamento y quedarse en la cama todo el día.

–  Te veré luego, llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar conmigo. – Le dijo Alan tras darle un beso en los labios. – Ten cuidado con los coches, kamikaze.

Alan se marchó a trabajar y Elisabeth salió a correr dirección este hasta que llegó a la playa y siguió corriendo por la Barceloneta.

Casi dos horas más tarde, Elisabeth regresó al apartamento y se dio una ducha rápida. Quería salir a comprar algo especial para la cena que quería prepararle a Alan y quería que todo saliera perfecto. Con las prisas se olvidó el móvil en casa y cuando regresó del mercado tenía quince llamadas perdidas de Jason. Él nunca era tan insistente, a menos que algo pasara y, cuando su teléfono sonó por enésima vez, Elisabeth respondió de inmediato:

–  ¿Qué ocurre? – Preguntó con un hilo de voz.

–  ¿Qué ocurre? ¡Joder Elisabeth, la que se va a liar! – Espetó Jason. – Acaban de llamarme para decirme que esta noche vas a aparecer en todas las noticias de la televisión del Reino Unido y que, además, ya debes estar saliendo en la televisión española.

–  ¿De qué estás hablando? – Preguntó Elisabeth alarmada.

–  Enciende la televisión y lo descubrirás tú misma. – Le respondió molesto.

Elisabeth hizo lo que Jason le ordenó y se quedó bloqueada cuando en la pantalla de su televisión apareció una foto de ella y Alan besándose mientras bailaban en la cena de gala de la empresa de Alan. Junto a la foto había un titular: “Lady Elisabeth cancela la boda pero decide celebrar la despedida de soltera.”

–  ¿Cómo han llegado esas fotos ahí? ¿Qué ha pasado? – Preguntó Elisabeth con el pánico en el cuerpo.

–  Esperaba que tú me lo dijeras. – Replicó Jason. – Van a publicar un montón de fotos tuyas con Alan, algunas bastante comprometidas.

–  ¿Lo sabe mi padre?

–  Las noticias han llegado directamente al bufete, mi padre se está encargando en este momento de avisarle. ¿Qué piensas hacer, Elisabeth?

–  Aún no le he dicho nada a Alan. – Musitó Elisabeth con un hilo de voz.

–  Pues lamento decirte que ya debe saberlo.

–  Jason, tengo que colgar. Redacta un comunicado aclarando que mi compromiso con Mike se anuló hace casi dos meses y que el comunicado que él decidió enviar no fue el que acordamos.

–  Elisabeth, los paparazzi probablemente ya estarán en la puerta de tu casa.

Elisabeth colgó y llamó a Alan, en aquel momento él era lo único que le importaba y su reacción lo que más la preocupaba.

Alan estaba furioso. Se había enterado de que salía en las noticias porque su secretaría se lo había dicho y ella se había enterado porque venía de desayunar de la cafetería. No entendía nada y cuando encendió la televisión de su despacho y vio una foto de él y Elisabeth bajo el titular: “Lady Elisabeth anula su compromiso con Lord Hudson pero decide celebrar su particular despedida de soltera con un director ejecutivo español.” Alan se quedó en silencio, escuchando todo lo que aquellos colaboradores del programa decían y sintiéndose cada vez más confuso y furioso.

Según aquellos periodistas, si es que podían llamarse así, Eli en realidad era Lady Elisabeth Muller, hija de un alemán que había levantado su propio imperio sobre la seguridad informática y a quién la reina de Inglaterra le había otorgado el título de Lord. Al parecer, Lady Elisabeth se tenía que casar este sábado con Lord Mike Hudson, un estirado bastante importante en su país pero del que él no tenía ni idea, pero el lunes pasado enviaron un comunicado escrito a la prensa en el que anunciaban que la boda no se celebraría en la fecha indicada. A Alan no le salían las cuentas, cuando ese comunicado se envió a la prensa él ya se había acostado con Eli. ¿Se había acostado con él estando prometida a otro hombre? Y luego estaba lo de su padre. Si Eli era la hija de Erik Muller, ¿por qué su jefe y su esposa no la saludaron como correspondía? Al fin y al cabo, Erik Muller era un gran amigo de su jefe y se encargaba del sistema de seguridad informático de la empresa. ¿También su jefe había fingido no conocerla?

Alan se pasó las manos por la cabeza y se sirvió un vaso de whisky que se bebió de un trago a pesar de que no eran ni las once de la mañana. ¿Qué se suponía que debía hacer? Su teléfono empezó a sonar y al ver que era Elisabeth quien llamaba decidió no contestar y apagó el teléfono, no estaba preparado para hablar con ella. Se dirigió al despacho de su jefe y lo encontró hablando por teléfono pero cuando lo vio entrar, se despidió rápidamente de su interlocutor y colgó.

–  ¿Conocías a Elisabeth antes de que yo te la presentara? – Le preguntó Alan furioso.

–  Sí. – Respondió Guillermo resignado. – Evelyn la vio antes de que nos la presentase, no sabía que trabajabas para nosotros y nos pidió discreción porque no quería que nadie se enterara de quién era debido al escándalo por la cancelación de la boda.

–  ¡Joder, se iba a casar este sábado y yo ni siquiera sabía nada!

–  Alan, creo que antes de tomar decisiones en caliente deberías hablar con ella, me consta que está removiendo cielo y tierra para detener todo esto y me acaban de comunicar que su abogado te ha blindado.

–  ¿Qué significa eso?

–  Que ni tu nombre ni tu imagen ni tu persona pueden ser objeto de cualquier información pública. – Le respondió Guillermo y, al ver que Alan le miraba como si le hubiera hablado en chino, añadió: – En resumen, que no se puede hablar de ti ni en la prensa, ni en la televisión ni en ningún otro medio de comunicación.

–  ¿Se puede hacer eso?

–  Lady Elisabeth acaba de hacerlo. – Le confirmó Guillermo.

–  Guillermo, necesito tomarme unos días de vacaciones y salir de aquí. Puedo seguir trabajando a distancia. – Le dijo Alan.

–  Tómate el tiempo que necesites, Alan. Ya sabes que eso no es ningún problema. Pero espero que sigas mi consejo y no pienses en huir. Hablando se entiende la gente.

–  Tendré el móvil apagado, pero envíame un e-mail si me necesitas y me pondré en contacto contigo de inmediato. – Le dijo Alan antes de salir del despacho de su jefe.

Alan regresó a su despacho, apagó su teléfono móvil que no dejaba de sonar y se dirigió a su apartamento. Estaba furioso y quería explicaciones y, aun siendo consciente de que no era el mejor momento para exigirlas debido a su estado alterado, fue en busca de Elisabeth. Llamó a la puerta del apartamento de Eli y esperó a que abriera la puerta para irrumpir en él hecho una furia. Se encontró con una Elisabeth pálida, con marcadas ojeras y ojos hinchados, sin duda había estado llorando. Ella fue a abrir la boca, pero él no la dejó hablar y le espetó:

–  ¿Pensabas decirme algún día quién eres? ¿O que estabas prometida? ¡Joder, estabas prometida con ese maldito Lord cuando te acostaste conmigo la noche de la fiesta de la luna llena!

–  No es lo que parece, Alan. – Trató de disculparse Elisabeth. – Pensaba decírtelo, pero no sabía cómo ibas a reaccionar y me dio miedo…

–  ¡Y creíste que lo mejor era que me enterara por la prensa y la televisión! – Le espetó Alan con sarcasmo alzando la voz. – ¡Mi móvil va explotar de tantas llamadas que recibo, toda España y parte del mundo creen que he sido el causante de la cancelación de tu boda y tanto en la prensa, como en la televisión, como en internet, aparece mi foto bajo el titular: “El español que le arrebató la prometida al Lord Hudson” o, peor aún, “Lady Elisabeth celebra su despedida de soltera con un boy español”! ¿Tienes idea de lo que todo esto significa para mí? ¿De los problemas que esto le va a causar a mi familia? ¡Joder, la puerta del edificio está llena de paparazzi!

–  Alan, lo siento, yo…

–  ¿Que lo sientes? ¡Más lo siento yo por pensar que eras diferente, que eras sincera y una verdadera amiga! – Volvió a interrumpirla Alan. – Espero que hayas disfrutado de tu particular despedida de soltera, porque se acabó.

–  Alan, escúchame por favor. – Le suplicó Elisabeth con un hilo de voz.

–  ¡Te he escuchado durante dos meses, tiempo suficiente para que dijeras todo lo que tenías que decir y no lo hiciste! – Le espetó furioso y añadió con una indiferencia que a Elisabeth le rompió el corazón en mil pedazos: – Ya no quiero escucharte, no quiero saber nada más de ti.

Una vez dicho aquello, Alan se marchó cerrando la puerta de un portazo mientras Elisabeth estalló en un desmesurado llanto que había estado aguantando con esfuerzo mientras Alan estaba presente pero que, ahora que ya se había ido, no tenía que seguir conteniendo.

Alan entró en su apartamento, llenó un par de maletas con algo de ropa y objetos de higiene personal y se marchó subido a su coche, conduciendo sin un rumbo claro mientras sentía que la cabeza le iba a explotar.

¡Maldita kamikaze! ¿Cómo ha podido ocultarme algo así?, se preguntaba Alan una y otra vez.

Elisabeth se quedó destrozada tras aquel encuentro con Alan y aún tenía que enfrentarse a sus padres, a Mike y probablemente a toda la prensa. Le hubiera gustado poder chasquear los dedos y desaparecer, no se sentía con fuerzas ni ganas de luchar, sobre todo cuando lo que más le importaba ya lo había perdido.

Bajo la luz de la luna 15.

Bajo la luz de la luna

Alan y Elisabeth el sábado siguieron la misma rutina que el día anterior, salvo que por la noche se celebraba la gala anual de la empresa de Alan y todos tenían que vestir de etiqueta. Elisabeth, acompañada por Olivia y Marta, días atrás se había comprado para la ocasión un vestido de noche de Versace de color violeta con escote en palabra de honor y cola de sirena.

–  Estás preciosa, tanto que estoy pensando en pedir que nos suban la cena a la suite. – Le dijo Alan cuando la vio lista para bajar a cenar con los demás.

–  Tú también estás muy sexy con ese traje negro y esa corbata a juego con mi vestido, ¿cómo la has conseguido?

–  Marta me dijo que iba a acompañarte a comprar un vestido para la cena de esta noche y le pedí que me comprara una corbata a juego con tu vestido. – Le respondió Alan divertido. – Tengo que confesarte que el Versace que llevas te hace parecer una diosa sexy a la que voy a desear toda la noche.

–  Cuanto más se espera por conseguir lo que se desea más se disfruta cuando por fin lo consigues.

–  Acabarás matándome. – Le susurró Alan oído mientras la estrechaba entre sus brazos.

Se dirigieron al salón donde daría comienzo la gala con un cóctel de bienvenida y, mientras Alan hablaba con un par de compañeros de la oficina, la mujer del presidente se dirigió hacia a ella y la saludó con un cariñoso abrazo al mismo tiempo que le decía en inglés:

–  ¡Lady Elisabeth, qué coincidencia verte aquí!

Evelyn Boots era una amiga de la madre de Elisabeth desde que iban al instituto y aún seguían manteniendo el contacto. Entonces Elisabeth cayó en la cuenta: el marido de Evelyn, Guillermo Rojo, tenía una empresa de publicidad en España y si estaba allí solo podía ser por un motivo.

–  ¡Evelyn, qué sorpresa! – La saludó Elisabeth sin poder ocultar su nerviosismo mientras dirigía la mirada hacia a Alan para que no se diera la vuelta y descubriera el pastel.

–  Relájate, no pasa nada. – Le susurró Evelyn. – Supongo que no le has dicho que acabas de romper tu compromiso con Lord Hudson, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Le respondió Elisabeth avergonzada por su estupidez. – Ni siquiera tiene idea de quién soy en realidad, Eve.

–  No seremos nosotros quien te descubra, pero deberías hablar con él cuanto antes. – Le aconsejó Evelyn. – Estas cosas siempre se terminan sabiendo y a él no le gustará enterarse por otra persona que no seas tú. Hablaré con Guillermo antes de que meta la pata.

–  Gracias, Eve.

Entregadas a aquella conversación, ninguna de las dos se dio cuenta que alguien las estaba observando y había escuchado toda la conversación.

Como si nada hubiera pasado, ambas se separaron discretamente y Elisabeth se acercó a Alan y éste cuando la vio aparecer la abrazó por la cintura y la besó en la mejilla para después presentarla a sus compañeros y sus respectivas esposas.

Volvieron a posar antes de entrar en el comedor, donde Guillermo Rojo dio un breve discurso de bienvenida antes de que todos empezaran a cenar. Alan presentó a Elisabeth y Guillermo y ambos se saludaron como si acabaran de conocerse, lo cual resultó bastante extraño, pero Evelyn se había encargado de alertar a su marido y pedirle que les siguiera la corriente y fingiera no conocer a Elisabeth y él obedeció a su mujer, aunque sabía que aquello no estaba bien.

Tras la cena, siguieron los brindis y el baile. Alan sacó a bailar a Elisabeth una balada de Adele, “Set in fire”. Muy apropiada, se dijo Elisabeth. Bailaron pegados el uno al otro mientras se miraban a los ojos con deseo y sus labios se aproximaban cada vez más hasta que finalmente se fundieron en un beso apasionado que les abstrajo de todo lo demás, incluidas las más de doscientas personas que estaban allí. Con el furor de la noche y la ayuda del alcohol, aquel beso pasó desapercibidos para todos, excepto para una persona que les sacó varias fotos sin que se dieran cuenta.

En cuanto acabó la canción, Alan y Elisabeth se retiraron a la suite. El deseo ya les invadía y después de aquel beso ninguno de los dos pudo reprimirse más. Entraron en la habitación y Alan la cogió en brazos y la llevó a la cama, le urgía la necesidad del contacto con ella y a ella le ocurría lo mismo. Elisabeth no esperó a que Alan le pidiera lo que ambos deseaban, sabía lo que quería y estaba dispuesta a dárselo. Hicieron el amor y se quedaron tumbados sobre la cama, abrazados el uno al otro.

–  ¿Puedo preguntarte algo de lo que me temo no te va a gustar responder? – Le preguntó Elisabeth con voz dulce.

–  Acabas de hacerlo. – Bromeó Alan, pero después añadió: – Adelante, kamikaze. Pregunta lo que quieras.

–  Me dijiste que una vez te sentiste perdido y quiero saber por qué.

Alan suspiró, aquel era un tema del que no le gustaba hablar, pero con Elisabeth le resultaba más fácil y decidió responder:

–  Laia era mi novia del instituto y yo la idolatraba, a pesar de que era de lo más superficial. Ya sabes, la adolescencia y sus incoherencias. – Le dio un beso en los labios y continuó: – Durante el primer año de universidad, Laia se quedó embarazada. Estaba a punto de dejar la universidad y ponerme a trabajar cuando escuché a Laia hablar por teléfono con una amiga y le contaba que el hijo que esperaba no era mío si no de un tipo con el que últimamente se había estado acostando. – Alan hizo una pausa en la que Elisabeth no supo qué decir y esperó a que Alan continuara hablando: – Un par de días después de descubrir la gran mentira, me enteré que Laia primero le contó lo del embarazo a su amante y cuando éste se desentendió, me hizo creer que el bebé era mío. Y entonces me pregunté en quién me había convertido. Me sentí perdido, pero no por el hecho de que Laia tuviera un amante, sino por el hecho de que yo mismo lo había permitido. No sé cómo explicarlo es como si…

–  Es como si te hubieras sentado a esperar mientras el tiempo pasaba y tú no hacías nada. – Acabó la frase Elisabeth.

–  No lo podría haber descrito mejor. – Le agradeció Alan dedicándole una dulce sonrisa. – Pero ya han pasado diez años y sé perfectamente quién soy y qué es lo que quiero.

–  ¿Eso significa que dentro de diez años sabré quién soy y qué es lo que quiero? – Bromeó Elisabeth.

–  Significa mucho más que eso, créeme. – Le susurró al oído mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos y disfrutaba de su dulce aroma. Vio que Elisabeth estaba haciendo un esfuerzo por mantenerse despierta y, tras darle un leve beso en los labios, añadió: – Será mejor que descansemos, es tarde y mañana regresamos a casa temprano. Buenas noches, pequeña kamikaze.

–  Buenas noches. – Murmuró Elisabeth medio dormida.

A la mañana siguiente, Elisabeth se despertó en la misma posición en la que se había dormido: entre los brazos de Alan. Tras darse una ducha, vestirse y hacer las maletas, bajaron al comedor a desayunar y se despidieron de los compañeros de Alan antes de regresar a la ciudad.

Durante el camino de regreso a casa, Elisabeth no dejó de darle vueltas a la cabeza sobre algo que le preocupaba y que no sabía cómo solucionar. Sabía que tenía que decirle la verdad a Alan y no podía demorarlo más, pero le daba miedo que se lo tomara mal y pensara que había querido mentirle. Después de lo que Alan le había contado que le hizo Laia, estaba segura de que no perdonaría una mentira y ella le había ocultado su compromiso con Mike, la cancelación de su compromiso y boda con Mike, y su verdadera identidad. A su favor solo se podía alegar que no había mentido, simplemente se había limitado a ocultar aquellas cosas que en su día le pareció que no eran importantes pero que ahora se habían convertido en una gran bola que le iba a caer encima. Debía hablar con él pero no quería estropear el maravilloso fin de semana que habían pasado juntos y decidió esperar al lunes, quizás podría prepararle una cena casera para cuando él llegara de trabajar, dicen que con el estómago lleno las malas noticias no parecen tan malas, o al menos eso creía haber oído Elisabeth.

Llegaron al apartamento y por la noche Alan convenció a Elisabeth para que pasara la noche con él, pese a que a la mañana siguiente tenía que levantarse temprano para ir a trabajar. Le gustaba estar con ella y había disfrutado tanto durante el fin de semana que Alan no quería que aquel día terminara y tuviera que separarse de Elisabeth.

Bajo la luz de la luna 14.

Bajo la luz de la luna

Después de haberse relajado en el jacuzzi, se instalaron en la suite y bajaron al salón donde estaba previsto que dieran la bienvenida a todos los invitados. Elisabeth se puso nerviosa cuando vio a tanta gente allí y ella no conocía a nadie. Alan se percató de que Elisabeth se tensaba y, para tratar de calmarla y se sintiera cómoda, le colocó el brazo alrededor de la cintura y le susurró al oído:

–  Creo que tú no te has relajado demasiado.

Elisabeth le miró a los ojos y le sonrió con complicidad antes de responder:

–  Tendremos que hacer terapia intensiva de relajación.

–  Regresemos a la suite, nadie se dará cuenta de que nos hemos ido. – Le propuso Alan.

–  ¡Alan, pero si has venido! – Exclamó un hombre a su espalda. Alan y Elisabeth se volvieron para mirarle y el hombre añadió: – ¡Y has venido muy bien acompañado!

–  Ya ves, Luís. Alguna vez tenía que venir y a Guillermo se le ha ocurrido que de este año no pasaba, así que aquí estoy. – Le dijo Alan estrechándole la mano a Luís, el director creativo. Agarró a Elisabeth por la cintura con posesión y le dijo con voz seria: – Elisabeth, te presento a Luís Cobo, el director creativo de la empresa.

–  Un placer conocerla, señorita Elisabeth. – La saludó Luís mientras cogía su mano y se la llevaba a los labios para besarla, mostrando su lado más seductor.

–  Luís. – Le advirtió Alan y el aludido captó de inmediato el mensaje. Alan le dio un beso en la mejilla a Elisabeth y le susurró: – Voy a por un par de copas, tardo un minuto.

Alan se marchó y Elisabeth se quedó con Luís, que la miraba como si quisiera comérsela y aquello la incomodaba.

–  Así que has venido con Alan, ¿eres su novia? – La interrogó Luís en cuanto tuvo ocasión. Elisabeth no respondió pero le desafió con la mirada y él añadió: – Supongo que no es asunto mío, disculpa.

Luís se retiró y la dejó sola rodeada de gente a la que no conocía, pero prefería estar sola que aguantando sus preguntas indiscretas.

–  ¿Qué ha pasado? – Preguntó Alan con la voz grave provocando un respingo en Elisabeth que no le había visto acercarse.

–  ¿Qué se supone que tiene pasar? – Preguntó Elisabeth desconcertada.

–  He visto como Luís salía huyendo y él nunca se separa de una chica preciosa mientras tenga ocasión.

–  No ha pasado nada, supongo que querrá saludar a sus compañeros. – Mintió Elisabeth.

Alan sabía que Elisabeth le estaba ocultando la verdad, pero lo dejó pasar al ver que no se sentía incómoda ni nerviosa, parecía relajada y a gusto y a él con eso le bastaba.

Apenas avanzaban un par de pasos hacia el centro del salón cuando algún compañero de trabajo de Alan los saludaba y les presentaba a su esposa o pareja con quien habían venido a acompañados. Cuando por fin lograron llegar a la mesa donde les habían ubicado junto al resto de directivos y sus respectivas esposas, Elisabeth se percató de la hostilidad que emanaba entre Alan y Luís. No sabía el por qué, pero estaba segura de que aquellos dos se odiaban y tenía la intuición de que ella acabaría estando en medio de alguna disputa entre aquellos dos, pues Luís no dejaba de provocar a Alan al adular a Elisabeth constantemente. Al principio Elisabeth se divertía, pero al ver cómo Alan pasaba de estar molesto a furioso, decidió que lo mejor era mantenerse al margen de aquella pelea de leones.

La comida fue bastante amena, pero después del café, Alan se las ingenió para escaparse con Elisabeth y dar una vuelta por los alrededores del hotel.

–  ¿Vas a darme veinticuatro horas de sinceridad? Te recuerdo que me dijiste que en los Pirineos responderías a todas mis preguntas. – Le recordó Elisabeth divertida.

–  Y soy un hombre de palabra. – Le contestó Alan besándola en los labios antes de añadir: – Pregunta lo que quieras saber.

–  ¿Por qué os odiáis Luís y tú?

–  No es odio exactamente, supongo que es rivalidad.

–  Los hombres y las mujeres somos muy diferentes en cuanto a relaciones sociales se refiere. – Le dijo Elisabeth. – Vosotros lo hacéis todo más fácil, os conocéis, encontráis algún tema en común del que podáis hablar y os hacéis amigos, pero las mujeres somos más malas, supongo que por eso siempre se me ha dado mejor tener amigos y no amigas.

–  Te metiste en el bolsillo a Oli y Marta el primer día. – Le recordó Alan. – Puede que Oli no cuente porque ella se lleva bien con todo el mundo, forma parte de su carácter, pero te aseguro que mi hermana es muy selectiva y exigente con sus amistades y sin embargo a ti te adora.

–  Las dos son estupendas y me han ayudado mucho desde que llegué.

–  Supongo que no te refieres a ir de compras para decorar y amueblar la casa y el apartamento. – Le dijo Alan bromeando.

–  A eso también, pero yo me refería a una ayuda más emocional.

–  ¿Por qué te has ido de Londres y te has venido a Barcelona tan repentinamente?

–  Necesitaba cambiar de aires, conocer gente diferente y poder ser yo sin más. – Le respondió Elisabeth encogiéndose de hombros. – ¿Alguna vez te has sentido tan perdido que has llegado a olvidar quién eras?

–  Sí, una vez. – Reconoció Alan y su mirada se volvió más oscura que nunca.

–  Aún no me has contado el porqué de esa rivalidad con Luís. – Le recordó Elisabeth para cambiar de tema al ver que Alan se tensaba.

–  Vale, pero te advierto que no te va a gustar oír la respuesta. – Le advirtió Alan con una media sonrisa que la hizo sonreír. – Luís empezó a salir con una chica y un día la trajo a un bar de copas donde solíamos ir todos los viernes al salir del trabajo. Ese día yo llegué más tarde y antes de ver a mis compañeros tropecé con ella cuando se dirigía al baño. Una cosa llevó a la otra y acabamos montándonoslo en el baño, pero como ella tardaba Luís fue a buscarla y nos pilló.

–  ¡Qué mala suerte tienes! – Exclamó Elisabeth divertida.

–  Pero eso no fue todo. – Continuó Alan. – El lunes siguiente nos volvimos a ver en la oficina y nuestro jefe nos reunió porque ambos nos habíamos presentado para la vacante de director ejecutivo y me la dieron a mí, aquello ya firmó nuestra rivalidad. Desde entonces tratamos de mantener las formas en público y nos dedicamos a putearnos en privado.

–  En tu defensa debo decir que tú no obligaste a esa chica a hacer nada que no quisiera y que si te dieron a ti el puesto de director ejecutivo es porque tu jefe creyó que tú estabas más capacitado que él, por lo que no tiene nada que reprocharte. – Opinó Elisabeth. – De hecho, te tendría que estar agradecido porque gracias a ti ahora sabe que aquella chica no le convenía.

Ambos se echaron a reír y a Alan le gustó poder hablar con ella de cualquier cosa con tanta naturalidad y sobretodo que, pese a lo que le contaba, ella seguía defendiéndolo. Nunca se había sentido así con ninguna chica, ni siquiera con Laia, y eso le sorprendió.

Continuaron hablando durante toda la tarde mientras paseaban por el valle y bordeaban el pequeño río que por allí pasaba. Regresaron al hotel sobre las ocho de la tarde y subieron directamente a la suite para ducharse y vestirse para la cena, donde tendrían que seguir haciendo vida social.

Cuando bajaron al salón un par de fotógrafos se habían colocado frente a la puerta del comedor donde hacían posar a los invitados para fotografiarlos. Elisabeth se tensó nada más verlos, no le gustaban los fotógrafos y le gustaban aún menos después de la anulación de su compromiso.

–  ¿Tenemos que hacernos la foto o es voluntario? – Se oyó preguntar Elisabeth.

–  No es obligatorio, pero todo el mundo se la hace. – Le respondió Alan y añadió desconcertado: – Si no quieres, no nos hacemos la foto. Pero después nos las regalan y sería un bonito recuerdo que me gustaría tener.

–  Vale, me has convencido.

Alan y Elisabeth posaron frente a los fotógrafos y entraron en el comedor, donde cenaron de nuevo con los empleados de la empresa. El único que allí faltaba era el presidente y director de la empresa y su esposa, que llegarían el sábado por la tarde para asistir a la cena de gala.

Aguantaron hasta después del café y la primera copa, pero después Alan se encargó de volver a ingeniárselas para escabullirse con Elisabeth y encerrarse en la suite, donde seguirían con su particular terapia de relajación.

Bajo la luz de la luna 13.

Bajo la luz de la luna

Después de aquella noche de pasión bajo la luz de la luna, Elisabeth y Alan pasaron el domingo junto a Olivia y Marcos. Alan sabía que Elisabeth había salido de Londres porque necesitaba tomarse un tiempo y cambiar de aires, se lo había oído decir a ella misma la primera noche que la conoció, por lo que no quería que se sintiera presionada y echarlo todo a perder. Los dos se comportaron con normalidad y se sonreían con complicidad. A última hora de la tarde, Alan le preguntó a Elisabeth si pensaba regresar al apartamento y ella le respondió que prefería quedarse en la casa, algo que no le gustó demasiado a Alan, pero optó por respetar su decisión.

El lunes Elisabeth se levantó al amanecer. Apenas había dormido en toda la noche pensando en el comunicado que saldría en la prensa y necesitaba salir a correr para despejarse. Estuvo más de dos horas corriendo por la playa y cuando regreso a casa se dio una ducha y llamó a Jason, quería saber a lo que se enfrentaba antes de hablar con su padre.

–  Ya estabas tardando en llamar. – Respondió Jason nada más descolgar.

–  Entonces no me hagas esperar y cuéntamelo ya.

–  Mike ha enviado el comunicado a la prensa, pero no ha enviado el comunicado que habíamos acordado el miércoles. – Empezó a decir Jason. – La buena noticia es que ha preferido enviar un pequeño escrito en el que dice que tras meditarlo mucho habéis decidido dejar la boda a un lado, pero no deja claro que ya no estáis juntos. Creo que tiene la esperanza de que vuelvas con él.

–  Al menos la prensa no se volverá loca buscándome, puede que ni siquiera sepan que estoy fuera del país. – Le dijo Elisabeth.

–  Elisabeth, puede que la noticia llegue a salir en la prensa española, deberías pensar si hay alguien a quien prefieras contar tu historia personalmente o si prefieres que se encargue de ello la prensa. – Le aconsejó Jason.

Durante el resto de la semana, Elisabeth siguió con la misma rutina: se levantaba, se iba a correr, se reunía con Olivia y Marta en la playa, hablaban de sus cosas, comían en el bar de Fernando y pasaban la tarde de compras en el centro comercial para aliviar el calor del verano que se aproximaba. Por la noche, cuando Elisabeth se quedaba a solas en su casa, buscaba en internet las noticias relacionadas con la cancelación de su boda.

Alan llamaba a Elisabeth por teléfono todas las noches, le preguntaba cómo estaba, qué había hecho ese día y le recordaba que había prometido acompañarle el fin de semana al evento que su empresa organizaba. A Elisabeth le gustaba que Alan fuera tan atento y estuviera tan pendiente de ella, pero por otra parte no podía evitar pensar en lo que le había advertido Jason. Tarde o temprano tendría que contarle que había huido de Londres tras romper su compromiso con Mike si no quería que se terminara enterando por la prensa.

El jueves por la tarde, Alan la fue a buscar a casa cuando salió de la oficina y juntos regresaron a la ciudad para salir hacia a los Pirineos al amanecer. Elisabeth estuvo a punto de pedirle a Alan que se quedara a pasar la noche con ella, pero finalmente decidió no hacerlo, era mejor tomarse las cosas con calma. Alan pensó lo mismo, también le apetecía pasar la noche con ella, pero no quería presionarla, intuía que si la presionaba lo más mínimo ella se iría tan rápido como llegó.

El viernes por la mañana, Alan y Elisabeth se levantaron al amanecer y, tras ducharse y vestirse cada uno en su apartamento, se pusieron de acuerdo para desayunar en la cafetería de la esquina antes de subirse al coche y conducir hasta los Pirineos.

–  Pareces nervioso, ¿estás bien? – Preguntó Elisabeth mientras desayunaban.

–  ¿No se supone que eso debería preguntarlo yo?

A partir de aquel momento, ambos se relajaron. Durante el camino que duró casi tres horas, escucharon música y Alan le habló de su trabajo. Era director ejecutivo de una empresa de publicidad internacional, pero con sede en España y presidente español. Por la manera de hablar de su trabajo, sabía que le gustaba y que se llevaba bien con sus compañeros de trabajo, motivo por el que Elisabeth no entendía que estuviera tan tenso, ¿acaso le ocultaba algo? Decidió no pensar en ello, ella también ocultaba muchas cosas. Las únicas que sabían toda la verdad eran Olivia y Marta y estaba segura de que ellas le guardarían su secreto.

–  Ya hemos llegado. – Anunció Alan sacándola de sus pensamientos.

Elisabeth miró por la ventanilla antes de bajarse del coche y se quedó fascinada. Las montañas era frondosas y verdes, incluso se podía ver un poco de nieve en los picos más altos. El hotel estaba situado en medio de un valle rodeado de montañas y era una enorme mansión con una piscina que bien podría ser olímpica. Se bajaron del coche y observaron en silencio aquel hermoso lugar. Sin duda alguna, a Elisabeth lo que más le gustó fue el hermoso paisaje y Alan pareció leerle la mente porque le susurró al oído:

–  Seguro que estás pensando en salir a correr por aquí.

–  Has acertado. – Reconoció Elisabeth sonriendo. – Es un lugar fantástico y me encanta, me alegro de haber venido.

–  Eso no deberías decirlo tan pronto, espera a que llegue el domingo. – Bromeó Alan. Sacó el equipaje de ambos del maletero y rápidamente dos botones del hotel se lo arrebataron de las manos para cargar con las maletas hasta su habitación y, siguiéndoles, agarró a Elisabeth por la cintura y le dijo: – Vamos a ver la habitación.

Una vez llegaron a la puerta de la habitación, Alan les dio un billete de 20€ de propina a los dos hombres y les hizo un gesto para que se retiraran. En cuanto se dieron la vuelta, Alan abrió la puerta de la habitación y dejó que Elisabeth entrara primero para después hacerlo él con las dos maletas que dejó en el pequeño hall y cerró la puerta de nuevo. Elisabeth sonrió al ver aquella suite, solo tenía una enorme cama y eso le facilitaría las cosas si así lo deseaba. Echó un rápido vistazo al amplio baño con jacuzzi y la zona que hacía de salón, con un sofá de tres plazas frente a un televisor de 50 pulgadas, una mesa de café, chimenea, un mueble bar con todo tipo de bebidas alcohólicas y no alcohólicas y un escritorio con una silla.

–  Y bien, ¿qué te parece? – Quiso saber Alan que la observaba divertido mientras ella inspeccionaba cada rincón de la suite.

–  Tenemos sofá, cama, televisor, alcohol y un enorme jacuzzi en el baño, ¿qué más puedo pedir?

–  Puedes pedir compañía. – Le sugirió Alan sonriendo con picardía.

–  ¿Me estás proponiendo un trío? – Preguntó Elisabeth con naturalidad.

–  ¿Qué? ¡No! Quiero decir…

–  ¿Una orgía? – Preguntó Elisabeth con voz y apariencia relajada, tratando de que Alan le dijera de una vez qué era lo que le estaba proponiendo.

–  Me refería a que solo yo sea tu compañía. – Le aclaró Alan y añadió sorprendido: – ¿Cómo has podido pensar en que iba a hacer un trío o una orgía con alguien del trabajo? ¿Te has olvidado de dónde estamos?

–  No sé, me lo has dicho de una manera… – Se defendió Elisabeth encogiéndose de hombros. – Estás demasiado tenso y a la defensiva, ¿estás seguro de que estás bien?

–  No, no estoy bien y menos cuando me vas proponiendo tríos y orgías. – Le respondió Alan un poco molesto.

–  Creo que a los dos nos vendría bien relajarnos un rato en el jacuzzi. – Le dijo Elisabeth sonriendo y arrastrándole del brazo hacia el baño.

Elisabeth abrió los grifos del jacuzzi para que se llenara de agua y empezó a desnudarse frente a Alan que la observaba sin decir nada. Elisabeth le sonrió, se acercó a él vestida tan solo con la ropa interior y comenzó a desabrocharle los botones de la camisa.

–  ¿Vas a conformarte solo conmigo? – Preguntó Alan todavía un poco molesto con Elisabeth pero sin poder rechazar su proposición.

–  Yo no me conformo con nada, tan solo intento conseguir lo que deseo y, en este momento, lo que deseo eres tú. – Le dijo Elisabeth con el semblante serio para que se olvidara del tema.

Alan sonrió, aquellas palabras decían más de lo que pretendían y sabía que solo era cuestión de tiempo que aquella misteriosa chica que tenía delante cayera rendida a sus pies.

Terminaron de desnudarse y se metieron en el jacuzzi. A penas le dio tiempo a entrar cuando Alan la cogió y la sentó a horcajadas sobre él, presionando con su enorme erección la entrepierna de ella mientras la estrechaba entre sus brazos.

Hicieron el amor apasionadamente, se acariciaban, se besaban, se daban pequeños mordiscos de placer y juntos alcanzaron el clímax. Alan sostenía a Elisabeth entre sus brazos mientras recobraba su respiración y, tras besarla con ternura en la frente, le susurró al oído:

–  Vas a volverme loco, pequeña kamikaze.

Bajo la luz de la luna 12.

Bajo la luz de la luna

El sábado a media mañana los cuatro amigos se dirigieron hacia a la pequeña urbanización y comieron en el bar de Fernando. Después de comer, fueron de compras a un centro comercial cercano para comprar la comida y la bebida para la fiesta de la luna llena.

Cuando cayó la noche, los cuatro se dirigieron a la pequeña cala donde improvisaron una pequeña mesa colocando una toalla sobre la arena y otras dos a los lados donde se sentaron por parejas. Alan y Elisabeth no habían hablado en todo el día del beso que se habían dado la noche anterior, pero tampoco habían tenido la ocasión de quedarse a solas.

Elisabeth miraba hipnotizada la gran luna llena que se reflejaba en el mar e iluminaba la noche como si de un gran faro se tratara cuando Alan se acercó a ella por detrás y le susurró al oído con la voz ronca:

–  Es una preciosa noche de luna llena, ¿no te parece?

Sin dejar de mirar la luna llena, Elisabeth sonrió y susurró:

–  Me encantan las noches de luna llena.

Charlaron alegremente mientras cenaban y brindaban por aquella noche de luna llena. Encendieron una pequeña hoguera con algunas ramas secas y la delimitaron con piedras pese a estar sobre la arena de la playa y a escasos tres metros de la orilla del mar.

Elisabeth descubrió que aquellas fiestas de luna llena se basaban en cenar en la playa, emborracharse con los amigos y bañarse en el mar bajo la luz de la luna. Marcos contaba cientos de anécdotas de fiestas de la luna llena anteriores y todos reían divertidos.

–  ¿Te lo estás pasando bien? – Le preguntó Alan a Elisabeth cuando Marcos y Olivia se levantaron para pasear por la orilla.

–  Sí, me lo estoy pasando muy bien. – Le confirmó Elisabeth con una sonrisa coqueta en los labios.

–  Tengo que preguntarte algo. – Le confesó Alan dejando sus labios a escasos milímetros de los labios de Elisabeth. Elisabeth le miró a los ojos y contuvo la respiración hasta que le oyó preguntar: – ¿Te enfadarás si vuelvo a besarte?

Elisabeth no contestó y le besó a modo de respuesta. Fue un beso lleno de pasión y deseo que ambos anhelaban desde hacía semanas, pero sus cuerpos ansiaban más, mucho más.

–  Si seguimos así un segundo más no voy a poder parar. – Le dijo Alan con la voz ronca mientras se apartaba lentamente de Elisabeth y trataba de mantener la compostura.

Marcos y Olivia se acercaron a ellos y Marcos, con tono burlón, les dijo:

–  Chicos, nos vamos a casa a seguir con esta mágica noche y creo que vosotros deberíais hacer lo mismo. – Se volvió hacia a Elisabeth y añadió: – Te robo a Olivia esta noche, pero estoy seguro de que Alan estará encantado de hacerte compañía si así lo deseas.

–  Llámame si necesitas algo, da igual la hora que sea, ¿de acuerdo? – Le dijo Olivia a Elisabeth con un tono de preocupación que no pasó inadvertido.

–  No te preocupes, estaré bien. – La tranquilizó Elisabeth.

Olivia asintió y finalmente se marchó con Marcos. Elisabeth esperó hasta asegurarse de que aquellos dos ya estaban lo suficiente lejos como para no verles y escucharles y le dijo a Alan que estaba sirviendo un par de copas de vino:

–  Quiero bañarme en el mar bajo la luz de la luna.

Alan le entregó una de las copas y bebió un trago de la otra copa que dejó en sus manos, la miró fijamente a los ojos y le preguntó:

–  ¿Es una invitación a bañarme contigo?

Elisabeth no contestó, le dedicó una sonrisa traviesa, se puso en pie y se quitó el vestido ibicenco dejándolo caer al lado de Alan sobre la toalla, quedándose vestida tan solo con un diminuto conjunto de sujetador y culote de color fucsia, por suerte para ella, uno de los mejores conjuntos que tenía. Alan recorrió su cuerpo con la mirada y volvió a beber otro trago de vino de su copa antes de ponerse en pie y quedar frente a Elisabeth. Se quitó lentamente la camiseta y después hizo lo mismo con los pantalones mientras ella lo observaba llena de deseo. Alan se acercó y la cogió por la cintura para atraerla hacia a sí y estrecharla entre sus brazos antes de volver a besarla. Tras ese beso, Elisabeth le cogió de la mano y lo guio hasta a la orilla, donde ambos se miraron antes de zambullirse en el agua. Elisabeth sacó la cabeza a la superficie y se vio envuelta por los brazos de Alan, que la estrechó contra su cuerpo y le susurró al oído:

–  Estás preciosa bajo la luz de la luna.

Alan la besó en los labios y sus cuerpos volvieron a encenderse por el deseo de lo que aquella noche prometía. Las caricias y los besos cada vez les excitaban más hasta que Alan dijo con la voz ronca:

–  Eli…

Pero ella no le dejó hablar. Le besó en los labios provocándole y excitándole y después le dijo con una sonrisa maliciosa:

–  Olvídate de todo durante una noche. Ahora solo estamos tú y yo y ambos deseamos lo mismo, una noche bajo la luz de la luna.

Con aquellas palabras, Elisabeth le dejó muy claro a Alan lo que deseaba y también que sabía lo que él deseaba. Alan entendió el mensaje y no desaprovechó la oportunidad. En cuestión de segundos, Alan le quitó la ropa interior a Elisabeth e hizo lo mismo con la suya. Desnudos en el mar y bajo la luz de la luna llena, Alan adoró, acarició y besó cada rincón de la piel de Elisabeth mientras ella se dejaba hacer y hacía lo propio con Alan. Elisabeth se estrechó contra la erección de Alan y empezó a colocarse sobre su miembro, pero Alan la detuvo sosteniéndola por los muslos y le preguntó mirándola a los ojos:

–  ¿Estás segura de que quieres hacerlo?

–  ¿Estás seguro de que quieres que piense en ello ahora o prefieres que lo haga después? – Le respondió Elisabeth sonriendo burlonamente.

–  No quiero que mañana te despiertes y te arrepientas o, peor aún, que ni siquiera te acuerdes. – Le contestó Alan sin ningún rastro de estar bromeando.

–  Nunca me arrepiento de algo que he deseado hacer y he disfrutado haciéndolo, sería como ser hipócrita con uno mismo, ¿no crees? – Le respondió Elisabeth. – En cuanto a lo de no recordarlo, no estoy tan borracha para eso.

Elisabeth se encajó y descendió al mismo tiempo que se empalaba y Alan soltó un gruñido de placer que la hizo sonreír. Alan entraba y salía de ella con delicadeza y a Elisabeth le gustó el detalle, pero no era así como a ella le gustaba y estaba segura de que tampoco era como le gustaba a él, así que movió las caderas aumentando la velocidad, la frecuencia y, sobretodo, la intensidad. Alan entendió las exigencias de Elisabeth y no pudo evitar sonreír, Eli no dejaba de sorprenderle.

–  Vas a volverme loco, pequeña kamikaze. – Susurró Alan.

–  Los locos son los más felices. – Opinó Elisabeth.

El ritmo de las embestidas se fue acelerando y en pocos minutos ambos alcanzaron juntos el orgasmo entre gemidos de placer mientras se abrazaban satisfechos. Se quedaron abrazados en el agua del mar un par de minutos, hasta que ambos recobraron la respiración con normalidad y Alan se puso en pie sosteniendo a Elisabeth en los brazos y la llevó hacia a la hoguera para que se calentara. Se sentó sobre una de las toallas, colocando a Elisabeth entre sus piernas y se envolvió con otra de las toallas junto a ella. Permanecieron en silencio, abrazados frente a la pequeña hoguera de la que apenas quedaban ya las ascuas y envueltos en una toalla bajo la luz de la luna.

–  A partir de ahora, creo que me van a encantar las noches de luna llena. – Le susurró Alan al oído. – Lo malo es que solo ocurre una vez cada veintiocho días.

–  Pues será mejor que vayamos a casa y aprovechemos lo que nos queda de noche de luna llena. – Le propuso Elisabeth.

Alan no se lo pensó dos veces y, tras apagar las ascuas de la hoguera, vestirse y recoger las toallas, se dirigieron al coche y regresaron a casa de Elisabeth. Subieron directamente a su habitación y se metieron juntos en la enorme bañera vintage con cuatro patas doradas, donde volvieron a hacer el amor con la misma pasión que la vez anterior.

Pasaron la noche haciendo el amor y no se quedaron dormidos hasta el amanecer.

Bajo la luz de la luna 11.

Bajo la luz de la luna

A la mañana siguiente Elisabeth se levantó a las seis y salió a correr. Era la primera vez que salía a correr en toda la semana y su cuerpo lo necesitaba, era su particular forma de aliviar tensiones y últimamente tenía muchas. Se puso unos shorts de algodón y una camiseta de tirantes y salió a correr por la ciudad. No conocía demasiado la zona, así que decidió correr formando un cuadrado para no perderse. A las siete y media llegaba casi al portal cuando un coche que salía del parking casi la atropella. Se había asustado pero se paralizó solo cuando vio salir a Alan del coche.

–  ¿Te has vuelto loca? ¡Tienes que mirar antes de cruzar! – La regañó Alan con el corazón que parecía que se le iba a salir del pecho. Se acercó a ella y le preguntó preocupado: – Eli, ¿estás bien?

–  Eh… Sí, estoy bien. – Logró contestar Elisabeth. – Lo siento, iba distraída y no me he dado cuenta.

–  ¿Estás segura que estás bien?

–  Sí, no te preocupes.

–  De acuerdo, en ese caso voy a trabajar y nos vemos en unas horas pero, hazme un favor. – Alan se acercó a ella, la besó en la mejilla y susurró en su oído: – Intenta mantenerte sana y a salvo hasta que venga a buscarte, ¿de acuerdo?

Elisabeth tan solo fue capaz de asentir, se despidió haciendo un gesto con la mano y entró en el edificio sin mirar atrás, no fuera que se tropezara y cayera.

Una vez entró en su apartamento, se duchó y desayunó tranquilamente en la cocina. A las diez de la mañana recibió la llamada de Olivia, que había pasado la noche en casa de Marcos y se acababa de despertar.

–  En una hora estoy allí y hablamos, ¡tengo tantas cosas que contarte! – Le dijo Olivia alegremente.

–  No tardes, he quedado con Alan para ir a comer y me dijo que no hiciera planes a partir de las doce del mediodía.

–  Veo que tú también tienes muchas cosas que contarme. – Observó Olivia divertida.

–  No te creas, no tengo nada interesante que contar, al menos no por el momento.

Una hora más tarde, las dos amigas estaban juntas sentadas en el sofá y contándose confidencias. El tiempo se les pasó volando y a las doce y media Alan la fue a buscar. Elisabeth se subió al coche de Alan y lo saludó con un beso en la mejilla al mismo tiempo que Alan le decía bromeando:

–  Buenos días, kamikaze. ¿Has vuelto a saltar sobre un coche?

–  No, por hoy he tenido bastante. – Contestó Elisabeth ruborizada.

A Alan le gustó aquel rubor en sus mejillas y no pudo evitar sonreír. Había estado adelantando trabajo en la oficina para poder tomarse la tarde libre y estar con ella. La llevó a una masía a las afueras de la ciudad donde les acomodaron en una mesa en el jardín para aprovechar el buen día que hacía.

–  Bueno, será mejor que empiece con las preguntas antes de que se me acabe el tiempo. – Le dijo Alan divertido. Miró su reloj y añadió: – Son las dos de la tarde, así que tengo hasta las dos de la tarde de mañana para preguntarte cualquier cosa y tú tendrás que ser sincera.

–  Y, ¿qué quieres saber? – Preguntó Elisabeth algo incómoda.

Alan era consciente de que Elisabeth se sentía incómoda y, tratando de que se relajara y se tomara aquello como una oportunidad para conocerse mejor, le dijo:

–  Bueno, ¿qué te parece si empezamos por algo sencillo? Por ejemplo, ¿tienes hermanos?

–  No, soy hija única. – Respondió Elisabeth. – Aunque considero a Jason como a un hermano, sus padres y los míos siempre han sido muy amigos y son como de la familia.

–  ¿Has tenido alguna historia con Jason? Y ya sabes a lo que me refiero.

–  No, ya te he dicho que es como un hermano. – Le aclaró Elisabeth. – Sé que para ti no es lo mismo, pero desde mi punto de vista es como si tú tuvieras algo con Marta.

–  Te entiendo, a mí me pasaría lo mismo con Oli o con Alba. – Reconoció Alan. – ¿Qué has estudiado o de qué has trabajado?

–  Estudié ingeniería informática y he trabajado en una empresa internacional de sistemas de seguridad informáticos, concretamente en el diseño de algunos de esos sistemas. – Le explicó ella omitiendo que la empresa en la que había trabajado era la de su padre y el cargo era de directora de diseño de sistemas de seguridad. – Aunque ahora estoy en una especie de excedencia indefinida, ni yo misma sé cuándo volveré.

Alan continuó haciendo preguntas no demasiado personales a Elisabeth mientras comían en aquel alegre jardín de la masía. Cuando se marcharon de la masía, Alan decidió llevarla a uno de sus rincones preferidos de la ciudad a donde siempre iba cada vez que necesitaba estar solo y pensar sin que nada ni nadie le distrajera. Nunca había ido acompañado allí, era como su santuario, pero decidió hacer una excepción con Elisabeth. Alan condujo su coche hasta aparcar frente a una de las entradas del parque Güell. Elisabeth recordaba haber estado allí cuando era pequeña y le encantó regresar. Caminaron por aquellos caminos de tierra mientras admiraban el paisaje y el arte de la época del modernismo cuyo parque era una referencia hasta que llegaron a una especie de terraza cuyo borde era un largo banco de mosaico desde donde se podían contemplar las vistas de casi toda la ciudad. A pesar de ser un viernes de finales de junio después de la hora de comer, el parque estaba lleno de turistas que disfrutaban del buen tiempo al aire libre por uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.

–  Pues no es un sitio muy íntimo en el que poder relajarte. – Comentó Elisabeth.

–  En esta época del año no lo es, pero en invierno es perfecto y en primavera y otoño, si no vienes los fines de semana ni los festivos, también lo es. – Informó Alan. – Este lugar me encanta, es un lugar para pasear y divertirse pero también es un lugar con una gran cultura, puedes venir en familia y con amigos, da lo mismo que tengas cinco años o noventa, seas rico o pobre, aquí todo el mundo es bien recibido. – Alan miró a los ojos a Elisabeth y le preguntó: – ¿Qué haces tú cuando necesitas pensar?

–  Salgo a correr. – Respondió Elisabeth. – Cojo mi iPod, me ponga música y corro, aunque desde que estoy aquí no corro mucho.

–  Fernando me ha dicho que su padre te ve salir a correr todas las mañanas cuando abre el bar, sobre las seis y media de la mañana, y esta mañana casi te atropello cuando regresabas de correr, pequeña kamikaze. – Bromeó Alan. – ¿Tienes muchas cosas en qué pensar que requieran salir a correr todos los días?

–  Deberás ser más concreto si quieres una respuesta. – Le advirtió Elisabeth, que no se iba a dejar engañar con tanta facilidad.

–  Seré concreto: ¿tienes novio?

–  No, no tengo novio. – Le contestó Elisabeth analizando sus palabras para no mentir y no había mentido: Mike no era su novio.

–  En ese caso, ¿si te propongo algo, aceptarías? – Le preguntó Alan con una pícara sonrisa en los labios.

–  Tendrás que ser más concreto, atropella-kamikazes. – Bromeó Elisabeth.

–  De acuerdo. – Contestó Alan resignado. – El próximo fin de semana mi empresa organiza una pequeña gala en un hotel en el Pirineo donde van todos los empleados. – Empezó a explicar y continuó: – A mí no me van esas cosas y nunca asisto, pero este año mi jefe se ha empeñado en que debo asistir y, a ser posible, acompañado y he pensado que quizás te apetecería acompañarme.

–  ¿Quieres que vaya contigo a un hotel del Pirineo donde tu empresa organiza una gala durante todo el fin de semana? – Quiso asegurarse Elisabeth de haber entendido bien.

–  Lo sé, a mí tampoco me apetece en absoluto pasar el fin de semana con los compañeros del trabajo, pero si estoy contigo seguro que se me hace más llevadero.

–  ¿Me estás haciendo chantaje emocional? – Se mofó Elisabeth. Entonces se le ocurrió una idea y, sonriendo maliciosamente, le dijo divertida: – Iré contigo con una condición. – Alan la miró expectante y ella añadió: – Yo también quiero que me des un día de sinceridad.

–  Hecho, pero en el Pirineo. – Aceptó Alan estrechando la mano de Elisabeth para sellar el trato.

Tras pasar la tarde en el parque Güell, decidieron ir a cenar a una terraza de Las Ramblas. A Elisabeth le gustaba aquel ambiente, con las calles abarrotadas de gente de todas las clases. Podría pasarse horas sentada allí mirando a la gente pasar y no se aburriría.

Después de cenar recibieron la llamada de Marcos y Olivia y los cuatro se reunieron en el apartamento de Elisabeth para ver una película. Olivia fue la que escogió y, sin dudarlo, escogió una comedia romántica, lo que hizo reír con complicidad a Alan y Elisabeth. Vieron la película y, sobre las dos de la madrugada, los chicos se levantaron para despedirse. Olivia acompañó a Marcos a la puerta para despedirse de él con mayor intimidad mientras que Alan y Elisabeth se despidieron en el salón:

–  Son las dos de la madrugada, aún me debes doce horas de sinceridad. – Le dijo Alan acercándose a ella lentamente. – No creas que me voy a conformar con lo poco que me has contado, mañana seguiré haciendo preguntas.

–  Aprovecha, que pronto llegará mi turno. – Le respondió Elisabeth divertida.

–  Lo aprovecharé, puedes estar segura de ello. – Le confirmó Alan. Fue a darle un beso en la mejilla pero a mitad de camino se desvió y la besó en los labios, un breve e inocente beso en los labios. – Buenas noches, kamikaze.

–  Buenas noches, atropella-kamikazes. – Se despidió Elisabeth sonriendo tímidamente.

Ambos se quedaron con ganas de más, pero Olivia regresó al salón tras despedirse de Marcos y Alan decidió también regresar a su apartamento.