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Hasta que el contrato nos separe 2.

Gisele observó a Matt mientras se alejaba a por un par de copas y no pudo evitar darle un repaso con la mirada, demorándose en su perfecto trasero. Se reprendió mentalmente por ello, lo último que necesitaba era complicarse la vida con un hombre. De hecho, se preguntó qué estaba haciendo allí. Sarah se había ido con Jason, un tipo al que había conocido esa misma noche, y ella seguía en el aquel pub con Matt. Sin embargo, se quedó allí. Se encontraba cómoda charlando con Matt, era un tipo atractivo, inteligente y divertido, algo muy inusual de encontrar, así que decidió tomarse una última copa con él.

Tan inmersa estaba en sus propios pensamientos que no se percató de que, a escasos metros de donde ella estaba, Erik Muller la observaba. Su ex novio la había seguido desde que salió del apartamento con Sarah, esperando que Gisele se quedara a solas para hablar con ella. Pero, al verla junto a otro hombre, la ira se fue apoderando de él hasta ponerse furioso. Se dirigió hacia donde estaba Gisele y, totalmente fuera de sí, comenzó a gritarle:

— ¿Por eso me has dejado? ¿Para estar con otro? ¿O empezaste con él mientras estabas conmigo?

Gisele se quedó paralizada. Erik comenzaba a darle miedo, sobre todo después de la pelea que montó en el pub donde ella trabajaba y del cual la habían despedido. No le había vuelto a ver desde aquella noche, había recibido cientos de llamadas y de mensajes suyos pero los había ignorado. Esperaba encontrárselo tarde o temprano y sabía que la situación no sería fácil, pero aquel numerito la pilló desprevenida.

—Vamos, ¡dímelo! —Insistió Erik agarrándola del brazo y zarandeándola.

— ¡Eh, aléjate de ella! —Intervino Matt apartando a Erik de un puñetazo. Erik cayó al suelo, Matt lo levantó agarrándole de la camisa y le advirtió—: Si vuelves a acercarte a ella, te hago una cara nueva, ¿lo entiendes?

Erik se deshizo del agarre de Matt y, tras mirar con desprecio a Gisele, dio media vuelta y se marchó del pub sangrando por la nariz. Se formó un corralillo de gente alrededor de ellos, Gisele seguía paralizada, pero Matt reaccionó y decidió llevarse a Gisele de allí. La agarró de la mano y tiró de ella hasta que llegaron al aparcamiento. Se detuvo justo al lado de su coche y le preguntó a Gisele:

— ¿Has venido en coche? —Ella negó con la cabeza y él, señalando su coche, le ordenó—: Sube al coche, te llevaré a casa.

Gisele obedeció sin rechistar, todavía en estado de shock. En ese momento, tan solo podía pensar en la noche que le esperaba si Erik decidía ir a buscarla a su apartamento, no tenía ganas ni fuerzas de seguir enfrentándose a él. Estaba tan ensimismada que ni siquiera reparó en que Matt no le había preguntado por su dirección hasta que él anunció:

—Ya hemos llegado.

Gisele miró a su alrededor y vio una bonita casa con jardín y garaje situada a las afueras de la ciudad. Estaba achispada, pero no lo suficiente para saber que aquella no era su casa, ya le hubiera gustado a ella.

— ¿Dónde estamos?

—En mi casa, no creo que sea buena idea que regreses a la tuya y que ese imbécil vaya a buscarte —musitó visiblemente molesto—. Además, Sarah pasará la noche con Jason, no quiero que estés sola si ese tipo vuelve a molestarte.

—Eres muy amable, pero no quiero molestarte y…

—No es ninguna molestia —le aseguró Matt—. No te preocupes, puedes quedarte en la habitación de invitados, estarás bien.

Una vez más, Gisele asintió y obedeció. Pasar la noche en casa de Matt, un tipo al que acababa de conocer, no le pareció muy buena idea, pero le pareció peor regresar al apartamento y arriesgarse a encontrarse con Erik de nuevo. Además, Matt estaba siendo amable con ella y se había encarado con Erik para protegerla. Se sentía cómoda con él y, en ese momento, nada le apetecía más que seguir charlando y disfrutando de su compañía.

Matt se sorprendió de sus propias palabras y de sus propios hechos. Él, que consideraba su hogar un lugar sagrado en el que tan solo entraba su círculo más íntimo de amistades y familia, había invitado a una completa desconocida a pasar la noche allí. Sin embargo, no se preocupó. No veía ningún riesgo en Gisele y, al igual que ella, él también quería seguir disfrutando de su compañía.

Entraron en la casa y Gisele quedó fascinada por el espacio y el buen gusto en la decoración, pese a que resultaba un tanto fría e impersonal, casi como la de un hotel moderno y minimalista.

— ¿Te apetece tomar algo o prefieres ir a descansar? —Le preguntó Matt tratando de ser el perfecto anfitrión.

—Creo que ya he bebido suficiente, pero tampoco creo que pueda dormir.

—Podemos seguir charlando en el salón o en el jardín, si lo prefieres.

—Me encantaría —le confesó Gisele con una tímida sonrisa.

Matt cogió una botella de agua y un par de vasos antes de salir al jardín trasero, donde se acomodaron en un sofá-balancín.

—Gracias por lo del pub y por invitarme a pasar aquí la noche —le agradeció Gisele tras beber del vaso de agua que Matt le había entregado.

—Ha sido un placer. Imagino que ese era tu ex novio —Gisele asintió y Matt, que sentía una curiosidad extrema por todo lo que tuviera que ver con ella, le preguntó—: ¿Él es el causante de que te hayas quedado sin trabajo?

—Sí, gracias a él me han despedido y, si no consigo pronto un trabajo, no podré pagar las tasas de la universidad y perderé el semestre.

— ¿Has intentado pedir una beca?

—Me han dado una beca, pero con eso solo cubro mi parte de alquiler del apartamento. Mi trabajo no era el mejor del mundo, pero con el dinero que me pagaban podía comer, pagar la universidad, los libros y darme algún capricho.

— ¿Tu familia no puede ayudarte?

—No tengo familia —respondió Gisele con nostalgia, no había un solo día en que no echara de menos a sus padres.

— ¿No tienes algún hermano ni tíos? —Preguntó con el ceño fruncido.

—Mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía doce años, no tengo hermanos, ni tíos ni más familia, excepto Sarah que, aunque no tengamos la misma sangre, la considero mi hermana.

—Lo siento, no debió ser fácil para ti.

—Bueno, tengo veintidós años y sigo viva, supongo que no me ha ido tan mal —bromeó para quitarle importancia al asunto.

—Si necesitas dinero, puedo prestar…

—No —le interrumpió Gisele sin opción a réplica—. Te lo agradezco, pero no voy a aceptar tu dinero ni el de nadie. Esto es algo que tengo que hacer por mí misma —le dedicó una amplia sonrisa para que no parecer una desagradecida y le preguntó para cambiar de tema—: ¿Qué me cuentas de ti?

— ¿Quieres saber si tengo familia?

—O lo que quieras contarme —le contestó encogiéndose de hombros.

—Mi padre también murió cuando yo era un adolescente, mi madre nos sacó adelante a mi hermana y a mí ella sola, sin la ayuda de nadie. Mi abuelo murió hace un par de semanas, pero nunca tuve relación con él. Y después está Jason que, aunque tampoco tiene mi misma sangre, es como un hermano para mí.

Continuaron charlando un rato más, hablando de sus vidas y de su pasado, hasta que Gisele bostezó y Matt, con una ternura que jamás había sentido antes, le dijo:

—Estás agotada, te acompañaré a tu habitación para que descanses.

Gisele no se lo discutió, estaba a punto de amanecer y realmente se sentía agotada. Siguió a Matt escaleras arriba y se detuvieron frente a la primera puerta del pasillo. Matt la abrió y ella sonrió, era una auténtica habitación de invitados con su cama doble, su cómoda, su armario y su propio cuarto de baño.

—Mi habitación está al final del pasillo, avísame si necesitas algo —se ofreció Matt.

— ¿Te importaría prestarme una camiseta vieja para dormir? —Le preguntó Gisele con timidez.

—Toda mi ropa está en mi habitación.

Matt la guio hasta su habitación y ella le siguió. Tenía curiosidad por descubrir cómo sería el dormitorio de Matt y tuvo que reconocer que era mucho mejor de lo que esperaba. Incluso tenía un gran vestidor con el que ella y Sarah habían soñado. Sonrió al pensar que ambos podían dormir en aquella enorme cama y ni siquiera se rozarían.

—Coge lo que quieras para dormir —la animó Matt frente a la indecisión de Gisele.

Ella solo quería una camiseta vieja, pero allí solo había trajes hechos a medida y camisas de diseño que Gisele creía que debían costar más de lo que ganaría en su vida.

— ¿Necesitas ayuda?

—Sí, busco una camiseta con la que pueda dormir sin preocuparme por arrugarla —le respondió Gisele sonrojada.

—En el segundo cajón tengo algunas camisetas de algodón o, si lo prefieres, puedes coger una camisa. Elijas lo que elijas, no deberías preocuparte por que se arrugue.

Como si estuviera en su propia casa, Gisele abrió el segundo cajón donde Matt le había dicho que se encontraban las camisetas y cogió la primera que vio. La desdobló y vio que se trataba de una vieja camiseta de entrenamiento del ejército.

— ¿Estás en el ejército?

—Lo estuve —le confirmó Matt—, me retiré para dedicarme al sector privado y fundé mi propia agencia de seguridad —Gisele frunció el ceño y Matt le preguntó—: ¿Qué ocurre?

—Es un trabajo peligroso.

—Soy el director de la agencia, no uno de sus agentes, aunque supongo que mi trabajo conlleva algunos riesgos —reconoció Matt. Gisele bostezó de nuevo y él añadió—: Es hora de ir a dormir, estás agotada.

Matt la acompañó de nuevo a la habitación de invitados y, cuando llegaron a la puerta, Gisele le dio un beso en la mejilla y le deseó casi en un susurro:

—Buenas noches, Matt.

—Buenas noches, Gisele —le respondió él antes de que Gisele entrara en la habitación y cerrara la puerta.

Hasta que el contrato nos separe 1.

Matt Spencer se encerró en su despacho tras pedirle a su secretaria que no le pasara ninguna llamada, no estaba de humor para atender a nadie. Todavía no podía creer que su abuelo materno, a quien jamás había conocido en persona, le nombrara único benefactor de su fortuna. Pero el viejo había incluido una condición en su testamento: tenía que casarse antes de cumplir treinta y cinco años. Aquella condición le daba un margen de seis meses para encontrar esposa, pero Matt no quería nada del hombre que abandonó a su hija y a sus nietos cuando más lo necesitaban. Tampoco necesitaba el dinero, él había creado su propia fortuna, era un hombre respetado y admirado por la sociedad. Sin embargo, la casa en la que vivían su madre y su hermana era parte del patrimonio. Matt podía permitirse comprar una casa para ellas, pero sabía que su madre no quería otra casa, solo quería conservar la que ya tenían, la casa donde guardaba los recuerdos de toda una vida.

—No te preocupes mamá, conseguiré esa herencia —le había asegurado Matt.

Se sentó en su sillón y se maldijo al recordar sus palabras, aquello le supondría más de un dolor de cabeza. El primero de todos, decidir con quién iba a casarse. Matt era un hombre atractivo y muy codiciado entre las mujeres, no le faltarían candidatas, pero elegir a la mujer adecuada iba a ser complicado.

— ¿Se puede? —Preguntó Jason Owen, el abogado y mejor amigo de Matt, entrando en el despacho y sentándose en uno de los sillones frente a él.

—Ya estás dentro.

—Te iba a preguntar qué tal te ha ido, pero ya veo que no muy bien.

—El viejo cascarrabias me ha nombrado único heredero pero, para poder disponer de todas sus posesiones, tengo que casarme antes de cumplir treinta y cinco años y que el matrimonio dure más de un año —le explicó Matt con frustración, le entregó una carpeta con los documentos y añadió—: Aquí está todo.

Jason cogió los documentos de la carpeta y los leyó en silencio mientras esperaba pacientemente. Cuando terminó de leerlos, Jason miró a su amigo con gesto serio y le confirmó:

—El viejo te la ha jugado bien, si quieres su herencia tendrás que casarte.

— ¿No hay nada que se pueda hacer?

—No hay ningún resquicio por el cual poder alegar, tienes que casarte y, para que se considere un matrimonio válido, debe durar al menos un año —informó Jason—. Además, deberá ser un matrimonio real, los abogados se encargarán de investigarlo a conciencia.

—Genial —gruñó Matt con sarcasmo.

—También puedes renunciar a la herencia, no te hace falta el dinero.

—La casa de mi madre seguía estando a nombre de mi abuelo, si no consigo la herencia perderá la casa y el capullo de Patrick Swan lo heredará todo.

Patrick Swan era el hijo de un matrimonio anterior de la esposa de Phil West, el hermano de la madre Matt. A Matt no le importaba la herencia de su abuelo, pero que Patrick heredara toda aquella fortuna le molestaba porque sabía que se lo gastaría todo en el casino y en prostitutas.

—Si no quieres que tu madre pierda la casa familiar, tu única opción es encontrar una esposa con la que casarte antes de que acabe el año —se mofó Jason sacando a Matt de sus propios pensamientos—. ¿Vas a sentar la cabeza?

—Solo necesito un matrimonio de conveniencia, una socia para este negocio —opinó Matt enfocando la situación como uno más de sus negocios.

— ¿Tienes alguna candidata en mente?

—Había pensado en Pamela Steel.

—Descartada —sentenció Jason.

— ¿Por qué? —Protestó Matt—. Fingir que tengo una relación con ella no será difícil, ella es una mujer independiente, no busca un hombre del que enamorarse, aceptará un matrimonio de conveniencia y cuando todo esto se acabe no pretenderá seguir casada conmigo.

—Es una mujer liberal que no se va a conformar con esperarte en casa hasta que vuelvas del trabajo, tenéis una relación en la que ambos disfrutáis juntos del sexo sin ningún tipo de compromiso, pero se trata de fingir un matrimonio y tiene que ser creíble —argumentó Jason.

Matt asintió, su amigo tenía razón. Pamela quedaba descartada, necesitaba a una mujer capaz de serle fiel durante todo el proceso o el matrimonio no sería válido.

—Tampoco puedes utilizar ninguna agencia de chicas de compañía, los abogados de tu abuelo la investigarán a fondo —comentó Jason.

—Genial, más buenas noticias.

—Te invito a cenar y a tomar unas copas, ya se nos ocurrirá algo —decidió Jason tratando de animar a su amigo—. Eres el soltero de oro de la ciudad, no te van a faltar pretendientas.

Matt solo quería llegar a casa, meterse en la cama y dormir, pero sabía que Jason no iba a aceptar un no por respuesta y tarde o temprano acabaría aceptando ante su insistencia. Así que decidió ahorrarse la discusión y aceptó la invitación de su amigo.

***

Gisele Moore estaba nerviosa y no dejaba de dar vueltas por el salón, yendo de un lado al otro mientras trataba de pensar. Necesitaba encontrar un nuevo trabajo para poder pagar los gastos de la matrícula del siguiente semestre de la universidad. Con la ayuda económica que recibía de la beca que le habían concedido en la universidad tan solo podría pagar su parte de alquiler del apartamento que compartía con su amiga Sarah Sloane.

Y es que Gisele todavía no podía creerse que su ex novio se presentara en el pub y formara tal escándalo que acabaran echándola a ella.

—Deja de dar vueltas de un lado a otro, me estás mareando —protestó Sarah rodando los ojos—. Trabajar de camarera en ese pub no era el mejor trabajo del mundo, seguro que encuentras otro empleo y mucho mejor que ese. En cuanto a Erik, será mejor que te mantengas alejada de él, últimamente está más loco de lo normal.

Erik Muller era un hombre controlador, celoso y, desde que Gisele le había dejado, también se había vuelto un hombre inestable. Se conocieron en la universidad cuando Gisele estaba en el primer año y él en el último de carrera. Tenían muchas cosas en común, ambos habían perdido a sus padres y habían pasado su adolescencia en casas de acogida. Gisele le admiraba por ser tan alegre y positivo pese a que no le había tocado una vida fácil. Un par de meses después de conocerse, Erik le pidió una cita y ella aceptó. Fue una gran cita y a Gisele le pareció el hombre perfecto, pero poco a poco Erik cambió. Gisele se sentía cada vez más agobiada por él, Erik se volvió inseguro, quería saber dónde y con quién estaba en cada momento. Hasta que ella no pudo soportarlo más y decidió dejarlo, su prioridad eran sus estudios. Habían pasado más de seis meses desde entonces, pero Erik no se daba por vencido en su intento por recuperarla.

—Si en dos meses no consigo el dinero para la matrícula y las tasas, habré perdido un semestre entero. Con lo que tengo ahorrado no me da ni para pagar los libros —se lamentó Gisele, dejándose caer en el sofá.

—Se acabó, no puedo seguir escuchando cómo te lamentas y te hundes —alzó la voz Sarah mientras se ponía en pie—. Ve a vestirte como una persona decente, esta noche nos vamos de copa e invito yo. Necesitas divertirte un poco o acabarás muriendo de aburrimiento y matándome a mí.

Gisele no discutió con Sarah, necesitaba salir y distraerse un poco o la cabeza le estallaría de tanto pensar. Se dio una ducha rápida, se puso su vestido ibicenco y unas sandalias de tacón de cuña. No era el mejor de sus modelitos, pero sí uno con el que se sentía cómoda y Sarah no la obligaría a cambiarse.

Una hora más tarde, Gisele y Sarah salían del apartamento dispuestas a disfrutar de una noche de chicas en la que estaba prohibido pensar en los problemas. Cenaron en un restaurante italiano al que solían ir a menudo y después decidieron tomarse un par de copas en un pub cerca de donde se encontraban.

—Búscanos un buen sitio mientras yo voy a la barra a por un par de copas —le dijo Sarah nada más entrar en el pub, ya bastante achispada.

— ¿Dentro o fuera?

—Fuera, necesitaremos que nos dé el aire —rio divertida Sarah mientras se alejaba hacia a la barra.

Gisele la observó sonriendo, Sarah se había convertido en una hermana para ella. Se conocieron en una casa de acogida durante el último año de instituto y habían permanecido juntas desde entonces.

Salió al jardín trasero del pub y se sentó en uno de los sofás libres de la zona chill-out. Agradeció la suave brisa que corría, había bebido más de la cuenta durante la cena y se notaba un poco achispada. Cinco minutos más tarde, Sarah apareció con un par de copas en la mano y una enorme sonrisa en los labios.

—Acabo de enamorarme del camarero, ¡tiene una pinta de ser un empotrador!

— ¡Sarah! —La regañé sin poder contener la risa.

—Cielo, no te ofendas, pero no te vendría nada mal un buen polvo.

—No, gracias. La última vez que me dijiste eso acabé saliendo con un psicópata durante cuatro años y te recuerdo que por su culpa me he quedado sin trabajo. Nada de relaciones hasta que acabe los estudios y después ya veremos…

— ¿Pretendes pasar todo un año sin follar? —Preguntó Sarah horrorizada—. ¡Eso no puede ser sano, Gisele!

—Pues tendré que encontrar a un hombre dispuesto a satisfacer mis necesidades sexuales en el momento exacto en que lo necesite y, por supuesto, gratis.

—Cielo, mira a tu alrededor. La mitad de los hombres que ves estarían encantados de satisfacer todas tus necesidades sexuales.

—Damos fe de lo que dice tu amiga —dijo una voz masculina procedente del sofá de al lado.

Ambas se volvieron para mirar al dueño de esa voz, pero ninguna lo reconoció. Era un hombre atractivo, de piel bronceada, cabello oscuro y ojos verdes, pero unos diez años mayor que ellas.

Jason y Matt estaban charlando mientras tomaban unas copas cuando Gisele y Sarah atrajeron su atención con su divertida y sincera conversación. Jason no pudo contenerse más y decidió unirse a aquella entretenida conversación, pero las chicas le miraron con cara de pocos amigos y Matt no desaprovechó la ocasión para mofarse de su amigo:

—Disculpad a mi amigo, es una maruja.

—Tu amigo queda disculpado, creo que me puede ayudar a hacerle entender a mi amiga Gis que hay todo un mundo ahí fuera y tiene que aprender a disfrutarlo —Sarah les invitó a unirse a la conversación ante la sorpresa de Gisele—. Por cierto, ella es mi amiga Gis y yo soy Sarah.

—Encantado de conoceros —dijeron los dos al unísono. Y Jason añadió—: Él es Matt y yo soy Jason, un placer.

Tras aquellas presentaciones, los chicos se sentaron junto a ellas y entablaron una nueva conversación. Entre bromas y risas, se tomaron algunas copas más y Sarah comenzó a coquetear descaradamente con Jason mientras Gisele y Matt charlaban animadamente. A Gisele todo le pareció que iba bien hasta que Sarah decidió marcharse con Jason a seguir disfrutando de la noche pero en la intimidad.

— ¿Te apetece otra copa? —Le ofreció Matt.

—La última —accedió Gisele—, no estoy acostumbrada a beber tanto.

Matt asintió con una sonrisa, se puso en pie y se dirigió al interior del pub para pedir un par de copas en la barra. Gisele le había gustado y no solo físicamente. Habían hablado durante horas y no se había cansado de escucharla, más bien todo lo contrario. Deseaba saberlo todo sobre ella y no iba a desaprovechar la oportunidad que tenía.

Hasta que el contrato nos separe.

Matt Spencer tiene que casarse en menos de seis meses para heredar el patrimonio de su abuelo materno e impedir que su madre y su hermana pierdan la casa familiar. Es un hombre joven, atractivo, inteligente y ha creado su propia fortuna, es el soltero de oro de la ciudad y no le faltan pretendientas, pero él no busca una esposa, él busca a una mujer dispuesta a fingir ser su esposa durante un año. Matt enfoca el matrimonio como un negocio, busca una socia de negocios y encuentra a la candidata perfecta cuando conoce a Gisele Moore. Ella es una estudiante universitaria que trabajaba de camarera en un pub para pagar sus estudios y que acaba de quedarse sin empleo.

Al principio, a Gisele le parece una locura la propuesta de Matt, pero su situación económica es crítica y Matt, consciente de ello, insiste en que un acuerdo beneficioso para ambos es la solución para sus problemas y finalmente la convence para que acepte.

Pese a que ambos se toman su acuerdo como un negocio, es inevitable que, tras pasar tantas horas juntos, ambos se dejen llevar y acaben involucrándose más de lo que esperaban en aquel matrimonio de conveniencia. Si quieres saber más sobre ésta historia, no te pierdas todos los capítulos de la novela Hasta que el contrato nos separe:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Las reglas del juego 24.

Alec me llevó a la que había sido mi habitación cuando mi padre se marchaba por motivos de trabajo y yo me quedaba en la base. Sonreí al comprobar que todo estaba como la última vez que estuve allí. Me ayudó a tumbarme sobre una de las dos camas dobles y no pude evitar contraer el gesto a causa del dolor en mis costillas, a lo que él respondió maldiciendo entre dientes.

—Odio verte así —me dijo casi con desesperación. Me besó en la frente y me rogó—: Por favor, prométeme que no volverás a ponerte en peligro de esa manera.

—Solo quería asegurarme de que no le pasara nada a Lía —me excusé—. Además, las dos estamos bien, el resto es secundario.

—Al final, conseguirás acabar conmigo —suspiró tumbándose a mi lado y estrechándome entre sus brazos—. Casi me vuelvo loco sin ti, nena.

—Ahora me tienes aquí y, según parece, mi padre tiene previsto tenerte de niñera conmigo.

—Por cierto, ¿qué le parece a tu padre que tú y yo estemos juntos? —Me preguntó tensando los músculos de la mandíbula.

—El hecho de que te haya dejado aquí conmigo dice mucho, ¿no crees? Además, mi padre te tiene en alta estima.

—Ya, pero imagino que la situación habrá cambiado cuando se ha enterado que soy el capullo que está con su hija y, que además, soy mucho mayor que tú.

—Doce años no son tanto y ya te dije que la edad no es un problema para mí —le recordé.

— ¿Quién te ha dicho mi edad?

—Steve me dijo que tenía treinta y siete años y supuse que tendrías su misma edad —le respondí encogiéndome de hombros.

Alguien llamó a la puerta de la habitación y Alec se levantó de la cama antes de que se lo pudiera impedir. Abrió la puerta e invitó a entrar a mi padre, a Jane y a Lía, que se tumbó conmigo en la cama ocupando el mismo lugar donde estaba su padre segundos antes.

— ¡Alice! —Exclamó eufórica.

—Hola preciosa, ¿ya has cenado?

—Sí, me lo he comido todo, ¿verdad abuela?

—Verdad, se lo ha comido todo —confirmó Jane mirando a su nieta con orgullo.

—Y tú, ¿has hecho las paces con papá?

—Sí, papá y yo hemos hecho las paces —le respondí intercambiando una rápida y cómplice mirada con Alec.

—Entonces, ¿voy a tener un hermanito?

Como no era la primera que escuchaba a Lía preguntar por la posibilidad de tener un hermanito, ya no me afectó como a los demás, pero malinterpretaron mi reacción.

— ¿Voy a ser abuelo? —Exigió saber mi padre mientras posaba su mirada de Alec a mí y viceversa.

— ¿Alice? —Me escrutó Alec.

—No estoy embarazada, si es eso lo que se os está pasando por la cabeza —les aclaré horrorizada ante aquella idea.

—La verdad es que la idea de ser abuelo me gusta, espero que no esperéis demasiado —comentó mi padre con naturalidad.

—Yo también estaría encantada —aseguró Jane.

— ¿Voy a tener un hermanito o no? —Insistió Lía con impaciencia.

—Cielo, todavía es muy pronto para hablar de hermanitos, pero te prometo que serás la primera en saberlo cuando venga en camino —le prometí.

Lía se quedó satisfecha con mi respuesta y no volvió a insistir con el tema, pero Alec no volvió a abrir la boca y se perdió en sus propios pensamientos hasta que Jane y mi padre nos dejaron para que pudiéramos descansar. Alec metió a Lía en la otra cama y se durmió antes incluso de que llegara a arroparla. Había sido un día duro y muy largo para una niña de su edad y había caído rendida.

— ¿Estás bien? —Le pregunté cuando se tumbó en la cama conmigo.

—Estoy bien siempre que estoy contigo —me susurró al oído. Deslizó una de sus manos hasta mi vientre para acariciarlo y añadió—: No he podido evitar imaginarte con un bebé en los brazos, un bebé nuestro.

—Alec…

—Lo sé, es pronto para hablar de ello —me interrumpió con pesar—. Duérmete nena, tienes que descansar.

Sospeché que no quería hablar más del tema y no quise insistir, estaba demasiado cansada y estar entre los brazos de Alec era un somnífero para mí.

A la mañana siguiente, cuando me desperté estaba sola en la cama. Miré hacia la otra cama y Lía no estaba. Me incorporé para levantarme justo en el momento en que la puerta se abrió y Alec entraba en la habitación.

—Nena, no debes levantarte —me regañó con dulzura, ayudándome a tumbarme de nuevo en la cama—. ¿Qué tal has dormido?

—He dormido bien. ¿Dónde está Lía?

—Está con mi madre, no queríamos despertarte.

Alguien llamó a la puerta y, tras dar permiso para entrar, la puerta se abrió y apareció mi padre.

— ¿Qué tal estás, cielo? —Me preguntó saludándome con un beso en la mejilla.

—Estaría mejor si me dejarais salir de la cama —protesté.

—Si estás aburrida, te traigo compañía —anunció—. Necesito a Alec en el centro de operaciones un rato, pero Brian se quedará contigo.

—No neces…

—Lo sé, no necesitas ninguna niñera —me interrumpió—, pero estaré más tranquilo si Brian se queda contigo hasta que Alec regrese.

Asentí como una niña buena y obediente, no quería darles más disgustos a ninguno de los dos. Alec se despidió de mí y dudó si besarme o no en los labios delante de mi padre, pero finalmente lo hizo. Nada más salir ellos por la puerta, Brian entró en la habitación.

—Tienes muchas cosas que contarme, pitufa —me saludó riendo divertido.

Charlamos durante más de dos horas, Brian quería saber todos los detalles de mi historia con Alec y se lo conté todo, incluso le hablé de las reglas del juego. Brian no me juzgó, me escuchó atentamente y, cuando terminé de hablar, me dijo que me veía más feliz que nunca.

Ese mismo día, recibí la visita de Álex y Tony. Mi padre había tenido el detalle de llamarles y contarles lo que había pasado y, como no podía ser de otra manera, se empeñaron en venir a visitarme. Ellos también querían saberlo todo y no iban a conformarse con menos. Se quedaron haciéndome compañía hasta que Alec regresó, ninguno de los dos quería marcharse de allí sin ver a mi desconocido y presentarse formalmente.

Alec regresó sonriendo de oreja a oreja, entró en la habitación y fue directo a besarme en los labios sin percatarse de que no estábamos a solas. Tony fingió toser, Alec se volvió para mirarles y, sorprendiéndonos a todos, sonrió y dijo:

—Imagino que vosotros sois Tony y Álex —les estrechó la mano y añadió—: Encantado de conoceros, yo soy Alec.

—Cielo, tu desconocido sigue siendo un hombretón a la luz del día —bromeó Tony.

—Y un santo, no sé cómo puedes seguir vivo teniendo que soportar a semejante rebelde haciendo reposo en cama —se mofó Álex.

— ¡Eh! —Protesté haciéndome la ofendida y le dije burlonamente—. Soy adorable, asúmelo.

—Será mejor que dejemos a los tortolitos a solas —opinó Tony.

Los chicos se despidieron y se marcharon tras hacer que les prometiera que les llamaría todos los días.

—Nena, quiero proponerte algo —me susurró Alec cuando nos quedamos solos.

—Mm… ¿Por qué tengo la sensación de que no me va a gustar?

—La operación ha salido bien, están deteniendo a todos los rebeldes en este momento y tu padre me ha dado unas semanas de vacaciones —. Me miró a los ojos y añadió—: Quiero que pases unos días conmigo y con mi familia en nuestra casa de la playa, después nos iremos solos tú y yo a donde quieras.

— ¿Con tu familia?

—Con Lía y con mi madre —confirmó—. Lía no quiere separarse de ti y me gustaría que os conocierais un poco mejor, quiero normalizar nuestra relación.

— ¿A tu madre le parecerá bien?

—Mi madre está encantada, el que me preocupa es tu padre.

—No te preocupes por mi padre, si le parece bien que le hagamos abuelo no creo que le moleste que nos vayamos juntos de vacaciones.

—Entonces, ¿eso es un sí?

—Es un sí —le aseguré riendo divertida.

 

***

 

Seis meses más tarde…

Había decidido comprar los regalos de Navidad en el último momento para no arriesgarme a que Lía los encontrara. Había comprado los regalos por internet, tan solo tenía que pasar por la tienda para recogerlos, pero el tiempo se me echó encima y llegué tarde a casa. Pude ver los coches de nuestros invitados en la calle, ya habían llegado todos. Aparqué el coche en el garaje y dejé los regalos en el maletero, regresaría a por ellos cuando todos estuvieran durmiendo.

Entré en casa y todos me saludaron alegremente, Lía fue la primera y saltó a mis brazos en cuanto me vio entrar. Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados desde aquel día en que los rebeldes nos secuestraron a Lía y a mí. Ahora vivía con Alec, Lía y Jane en una preciosa casa a las afueras de la ciudad. Alec cuidaba de mí y me mimaba igual que hacía con Lía, claro que ella tenía cinco años y yo era una mujer madura, al menos la mayor parte del tiempo. Mi padre y mis amigos estaban encantados con mi relación con Alec, al igual que la madre y los amigos de Alec. Steve y Kate habían venido con el pequeño Steve, que ya tenía cuatro meses y era un bombón. Lía no dejaba de pedir un hermanito y Alec me miraba de reojo cada vez que salía el tema mientras Jane me sonreía con complicidad. Brian, Alfred, Tony y Álex también estaban allí, todos formábamos una gran familia.

Cenamos todos juntos, brindamos y charlamos un rato antes de irnos a dormir y esperar que llegara la mañana para abrir los regalos de Navidad.

—Nena, ¿estás bien? Te noto un poco distraída desde que has llegado, ¿va todo bien? —Me preguntó Alec estrechándome entre sus brazos.

Alec tenía razón, había estado distraída, pero tenía mis razones. Sabía las ganas que Alec tenía de tener un hijo y que no insistía porque no quería presionarme, así que, tras meditarlo mucho, hace un par de meses decidí dejar de tomar la píldora y darle la sorpresa a Alec por Navidad. Me había informado por internet y la mayoría de mujeres que tomaban la píldora tardaban entre seis meses y un año en quedarse embarazadas una vez que dejaban de tomarla, pero no fue mi caso. A principios de mes, con un retraso de unos días, me hice el test de embarazo y dio positivo. No se lo dije a nadie, primero tenía que asimilarlo yo. Pero hace un par de semanas pedí cita en la clínica con mi ginecólogo y, tras hacerme una revisión y enseñarme la ecografía de mi garbancito, todos mis miedos habían desaparecido. Excepto el miedo a la reacción de Alec cuando le confesara que se lo he ocultado durante un mes.

—Tengo un regalo para ti, y estoy un poco nerviosa —le dije entregándole el sobre que había sacado de mi bolso.

—¿Qué es esto?

—Ábrelo y lo sabrás.

Me miró con curiosidad, pero no hizo más preguntas y abrió el sobre. Sacó la ecografía y se quedó observándola durante varios minutos antes de levantar la vista para mirarme.

—Esto es… ¿Es nuestro? —Me preguntó sin terminar de creérselo.

—Es nuestro bebé —le confirmé sonriendo feliz.

—Nena, no puedo ser más feliz de lo que soy ahora —me susurró antes de besarme y estrecharme entre sus brazos.

 

FIN

 

Las reglas del juego 23.

El doctor me cosió la herida del brazo, la bala no me había atravesado, pero había rasgado parte del músculo. Después hizo un par de radiografías y confirmó que tenía una costilla rota y otra fisurada. Dejó me diera una ducha rápida antes de vendarme la parte inferior del torso como si llevara un corsé. Mi padre esperó pacientemente y sin abrir la boca hasta que el doctor terminó.

—Es muy importante que guarde reposo durante un par de semanas, después haremos nuevas radiografías para confirmar que las costillas han soldado correctamente —dijo el doctor antes de marcharse.

—Voy a informar a mi padre —anunció Brian para quitarse de en medio y dejarme a solas con mi padre.

Me miró sin decir nada y supe que esperaba que yo se lo explicara sin tener que preguntar. Era el momento perfecto para demostrarle que confiaba en él, que ya no era aquella adolescente rebelde y alocada, que había madurado.

— ¿Recuerdas que te dije que estaba conociendo a alguien y que resultó ser un capullo? Pues resulta que no es el capullo que yo había pensado que era y…

—Será mejor que matices un poco si quieres que te entienda.

—No sabía que Alec trabajaba en la base, ni que tenía una hija. Me mintió, en lugar de decirme que tenía una hija me dijo que era su sobrina. Pero le vi por casualidad en la calle, iba con la esposa del Teniente Wolf y escuché a Lía que le llamaba papá, así que deduje que estaba casado, tenía una hija y esperaba otra que venía en camino. Y me fui sin pedirle explicaciones.

—No te mintió, Lía no es su hija, es su sobrina —me aclaró mi padre dejándome totalmente confundida—. La hermana de Alec se suicidó pocos meses después de nacer Lía y Alec la adoptó y se hizo cargo de su custodia.

—He sido una idiota —reconocí tras un suspiro.

—Entonces, ¿tengo que hacerme a la idea de que el Capitán Benson va a ser mi yerno?

—No lo sé, papá —le confesé—. Después de todo lo que ha pasado, supongo que todavía tenemos mucho de lo que hablar antes de saber qué es lo que va a pasar con nosotros.

—Alec es un buen hombre, quizás un poco mayor para ti, pero me gusta, sería un buen marido y un buen yerno —me dijo sonriendo satisfecho—. Será mejor que vaya a buscarle, estaba bastante impaciente e imagino que no querrás hacerle esperar más.

Me besó en la frente antes de marcharse, supuse que en busca de mi desconocido. Me senté en el sofá obedeciendo las órdenes del doctor y esperé a que apareciera, sintiéndome como una niña la noche antes de Navidad.

La puerta se abrió y a la primera persona que vi fue a Lía, que se abalanzaba sobre mí. Mi desconocido la agarró justo antes de que se me echara encima y la regañó:

—Lía, Alice está herida y tienes que tener mucho cuidado con ella para no hacerle daño, ¿de acuerdo?

Lía asintió y yo le sonreí para hacerle saber que todo estaba bien. Steve asomó la cabeza y, tras comprobar que todo estaba en su sitio, entró en la habitación seguido de su esposa embarazada y de una señora más mayor, de unos sesenta y cinco y setenta años.

—Ya conoces a Steve, ella es su esposa Kate y ella es Jane, mi madre —me anunció Alec.

—No queremos molestar, solo queríamos saludarte y darte las gracias por traer a Lía sana y salva —me dijo Jane con un tono de voz dulce que me enterneció.

—Yo quería conocerte, la última vez que nos vimos no tuvimos ocasión de presentarnos —me dijo Kate guiñándome un ojo con complicidad.

—Bueno, ya la habéis visto y os podéis marchar —sentenció Alec con impaciencia.

— ¡Pero yo me quiero quedar con Alice! —Protestó Lía haciendo un puchero.

Me percaté del gesto de enfado de Alec y, cuando abrió la boca, supe que iniciaría una discusión con Lía. Pero yo no quería discusiones después de un día como aquel, así que intervine antes de que lo hiciera él:

—Cielo, papá y yo tenemos que hablar para hacer las paces, pero necesitamos que nos dejéis un ratito a solas. Lo entiendes, ¿verdad? —Lía asintió con un leve gesto de cabeza y añadí dedicándole una amplia sonrisa—: ¿Qué te parece si me dejas un ratito con papá mientras cenas y cuando termines regresas?

— ¿Podré quedarme a dormir contigo?

—Claro que sí, cielo.

— ¿Y papá también puede quedarse? —Insistió Lía.

—Papá se quedaré donde estéis vosotras dos —le aseguró Alec. Se volvió hacia a su madre y le pidió—: Mamá, ¿puedes…?

—Por supuesto —afirmó Jane antes de que Alec pudiera terminar la frase—. Lía, deja a papá con Alice y vamos a cenar, en un rato regresaremos.

Lía se subió al sofá y me dio un beso en la mejilla antes de marcharse con su abuela, Steve y Kate. Cuando la puerta se cerró y me quedé a solas con Alec no supe qué decir. Solo quería que me besara, que me abrazara y que me dijera que nunca más volvería a separarse de mí, pero no hizo nada. Se quedó de pie frente al sofá en el que estaba sentada, escrutándome con la mirada.

— ¿No vas a decir nada? —Le tanteé con cautela.

—La verdad, no sé por dónde empezar —me confesó sentándose a mi lado en el sofá—. Nena, tenemos que acabar con ese maldito trato, no lo soporto más. Te necesito sin condiciones de por medio, se acabó jugar a lo que sea que hayamos estado jugando.

— ¿Qué me propones?

—Creo que lo primero es aclarar ciertos temas.

—Lo sé todo, Lía me puso al corriente durante… el secuestro y mi padre me aclaró el resto —terminé la frase sin haber asimilado lo ocurrido—. Fui una estúpida al huir sin escuchar tu explicación, pero en ese momento me sentí la peor persona del mundo y la más estúpida.

—La culpa es mía, no debí haber permitido que llegáramos tan lejos con ese trato, no debí conformarme solo con la A de Alice.

— ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Cuando me viste con Kate y Lía, estábamos de compras, Kate me estaba ayudando a preparar una noche especial para nosotros. Tenía pensado contarte la verdad, decirte que estaba harto de ese trato, que quería saber tu nombre, lo quería saber todo de ti. Le había hablado de ti a Lía y a mi madre, quería presentártelas.

—Pero te vi, me monté mi película y salí huyendo sin dejar que te explicaras —me lamenté dándome cuenta de lo estúpida que había sido.

—Nena, ¿cuándo supiste que trabajaba en el ejército? —Me preguntó de repente.

—No lo supe hasta que los rebeldes nos acorralaron cuando estaba con Steve y vi que tenían a Lía. La reconocí en seguida y Steve me dijo que era la hija del Capitán Benson y también su ahijada.

—Steve me ha dicho que no dudaste ni un segundo en entregarte para proteger a Lía, pese a que sabías que era mi hija y en ese momento pensabas que yo era un capullo —añadió con cierto tono burlón, pero también con orgullo—. Quiero saberlo todo, Alice. Quiero conocerte, que me lo cuentes todo.

— ¿Hablas del secuestro?

—Tu padre me ha pedido que te pregunte cómo habéis escapado, pero antes quiero besarte, nena.

—Hazlo, han pasado demasiados días desde la última vez que me besaste.

—Prométeme que no vas a salir huyendo nunca más, pase lo que pase y creas lo que creas, sin hablar antes conmigo —me pidió dejando sus labios a escasos milímetros de los míos.

—Te lo prometo, pero bésame.

Alec me besó suavemente, con una ternura y una dulzura que me derritió. Me dejé llevar y comencé a desabrochar uno de los botones de su camisa, pero él se percató y me detuvo, apartándose rápidamente de mí.

—Nena, ahora mismo no tengo voluntad para contenerme, tú no estás en condiciones y cualquiera, incluido tu padre, puede entrar por esa puerta.

—Vamos a la habitación —le propuse.

—No —sentenció sin opción a réplica—. He hablado con el doctor y me ha dicho que necesitas guardar reposo —me dio un inocente beso en la frente y añadió divertido—: Lía va a querer que le confirmemos si seguimos siendo novios, ¿qué le vamos a decir?

—Creo que no deberíamos decepcionarla, está muy ilusionada con todo este asunto. De hecho, me ha puesto en algún que otro aprieto, tú mismo has sido testigo de ello. Esa niña sabe demasiado.

—Y por eso te adora —me aseguró abrazándome con cuidado de no lastimarme—. Es una niña maravillosa, estoy seguro de que os llevaréis genial.

—Alec, no sé si estaré a la altura de las circunstancias, apenas sé cuidar de mí misma y todo esto es nuevo para mí, tendrás que tener paciencia conmigo.

—Nena, no tienes nada de lo que preocuparte, yo me encargaré de todo.

Alguien llamó a la puerta y Alec trató de apartarse de mí, pero yo me resistí y seguí acurrucada entre sus brazos. La puerta se abrió y tras ella apareció mi padre junto a Alfred y Brian.

—Bueno, parece que la parejita por fin se ha reconciliado —se mofó Brian.

—Alice, los agentes acaban de regresar de la cabaña y no dan crédito a lo que han visto, ¿te importaría explicarnos qué pasó allí? —Inquirió mi padre con cara de pocos amigos.

—Lía no vio nada, estaba encerrada en una habitación, escondida bajo la cama —me apresuré a contestar—. Tuve que hacerlo, les habían ordenado matarnos en veinte minutos.

—Han encontrado cinco cuerpos, dos en el interior de la cabaña y tres en el exterior —me informó Alfred.

—En esta carpeta están las fotografías, échales un vistazo y explícanos qué pasó —insistió mi padre entregándome la carpeta.

Alec interceptó la carpeta, la dejó sobre la mesa de café y gruñó:

—No creo que sea oportuno enseñarle las fotos.

—Alice no es una agente, pero su entrenamiento ha sido más extenso que el de cualquier sargento —replicó mi padre.

—Necesita descansar, ya ha tenido suficiente por hoy —insistió Alec.,

—Puedo ver las fotos, estoy bien —decidí poniendo fin a aquella absurda discusión.

A regañadientes, Alec me entregó la carpeta que contenía las fotografías y comencé a ordenarlas cronológicamente al mismo tiempo que les explicaba lo que había ocurrido. Noté la tensión en los músculos de Alec, sorprendido por mis actos y a la vez frustrado por no haber estado allí para ayudarme.

Tras la explicación, todos quedaron satisfechos y mi padre por fin dejó de ser el General Keller para ser simplemente Frank, mi padre.

—Tengo entendido que Lía se va a quedar a dormir contigo —me dijo.

—Así es —le confirmé.

—Hasta que nos hayamos ocupado de todos los rebeldes, Lía y tú os quedaréis aquí junto a Kate y Jane —decidió mi padre—. Alec, Steve y Brian se quedarán las veinticuatro horas con vosotras, no quiero correr más riesgos—. Se volvió hacia a Alec y le dijo—: Llévala a la cama y asegúrate de que no se mueve de allí, Jane os llevará a Lía en un rato —y añadió dirigiéndose a mí—: Por favor, guarda reposo.

—No te preocupes, yo me encargaré de que así sea —intervino Alec.

Mi padre asintió, me besó en la mejilla y le estrechó la mano a Alec antes de marcharse seguido por Alfred y Brian.