Los vampiros son criaturas que se alimentan de la sangre de otros seres vivos, se les representa con colmillos, sedientos de sangre humana y sin reflejo en los espejos, no soportan la luz del sol y se les puede combatir con ajo o atravesándoles una estaca en el corazón.

Existen diferentes descripciones sobre la apariencia y características de los vampiros dependiendo de cada cultura, pero la mayoría de estas historias y leyendas coinciden en que son seres que se encuentran en un estado entre la vida y la muerte, estuvieron vivos alguna vez y murieron, pero se volvieron inmortales. En algunas culturas, consideran a los vampiros seres diabólicos.

Aunque las leyendas sobre vampiros datan de hace siglos, el concepto que actualmente conocemos de estos seres de la oscuridad se fue desarrollando a través de diversas creencias y tradiciones establecidas en Europa que partieron del temor de que los muertos, después de ser enterrados, podían seguir causando daño a los vivos.

El origen de los vampiros tiene que ver con la profanación de tumbas. En algunos países de Europa del Este se desenterraba a las personas de las que se tenían sospechas y, en muchos de los casos, supuestamente se les encontraban restos de sangre en la boca. Pero estos signos en un cadáver tienen una razón científica ya que, al contraerse la piel de un cadáver los dientes y uñas de este pueden parecer más largas. Además de que la descomposición de los órganos provoca que un líquido oscuro (llamado líquido de purga) escape por la nariz y la boca. Así que lo que estas personas encontraban no era precisamente sangre.

Durante siglos, los vampiros estuvieron asociados a la propagación de enfermedades y plagas  y creían que matando supuestos vampiros las enfermedades se erradicarían.

En 2016, un grupo de arqueólogos en Venecia, Italia, encontró un cráneo del siglo XVI sepultado entre las víctimas de una plaga, con un ladrillo en la boca para que no abandonara la tumba en busca de sangre para alimentarse.

En 2018, en Bulgaria se encontró un vestigio similar: los restos de un cuerpo del siglo XIII que fue sepultado con una estaca de metal en el pecho —a la altura del corazón— y sin una parte de su pierna izquierda, supuestamente para evitar que huyera de su última morada.

Ese mismo año, un equipo de investigadores de la Universidad de Alabama, estudiaron los restos de varias personas enterradas con cuchillos alrededor del cuerpo, piedras en la boca y otros objetos en un cementerio de Polonia. Los científicos llegaron a la conclusión de que eran habitantes de la localidad y que fueron las primeras víctimas de un brote de cólera. El desconocimiento de la enfermedad hizo creer que eran vampiros que traían consigo enfermedades que se propagaron.

En Rumania consideraban que los vampiros eran hombres delgados, de piel pálida, con uñas largas y colmillos puntiagudos para poder clavarlos en el cuello de sus víctimas. También las leyendas aseguran que pueden adoptar la forma de animales para camuflarse, de ahí que se les asocie con los murciélagos.

Esta creencia de que los muertos podían transformarse en monstruos vampíricos inició una serie de rituales de entierro bastante peculiares. Parte de los intentos desesperados para evitar la propagación de los supuestos vampiros fue comenzar a alterar las tumbas de los fallecidos. Los enterraban cubiertos en ajo y semillas de amapola. También les clavaban espadas, cuchillos y palos en todo el cuerpo. En los casos más extremos los quemaban y los mutilaban.

Los mitos de los vampiros permanecieron en Escandinavia como un problema local hasta el siglo XVIII, cuando Serbia estaba sometida bajo dos grandes poderes: La monarquía Habsburgo y el imperio Otomán. Los oficiales austríacos no tardaron en notar las extrañas costumbres que tenían para enterrar a sus muertos y comenzaron a documentar lo que veían. Enseguida se convirtió en un boom mediático. La histeria por los vampiros fue tan intensa que en 1755 la emperatriz de Austria ordenó que se hiciera una investigación exhaustiva sobre el tema y publicó un comunicado oficial en el que refutaban científicamente los rumores de vampiros.

De lo que no cabe ninguna duda es que, a día de hoy, los vampiros siguen siendo una figura de fantasía indispensable en la literatura y el cine moderno.