Según cuenta la leyenda, la villa de Montblanc estaba siendo aterrorizada por un dragón colosal. La bestia se había instalado a las afueras del pueblo, infectando el aire y el agua con su apestoso aliento y causando estragos entre el ganado. Buscaba alimento y cada vez se aproximaba más a las murallas que rodeaban la villa.

Los vecinos, temerosos de que entrara en la villa y la destruyera, tuvieron que buscar una forma de mantenerlo apartado. Empezaron dándole de comer ovejas; cuando éstas se acabaron, siguieron con los bueyes, y luego con los caballos. Pero llegó un momento en que no tuvieron más remedio que sacrificar a los propios habitantes.

Finalmente, decidieron introducir los nombres de todos los habitantes en un puchero, también el del rey y el de su hija, y cada día una mano inocente decidía quien moriría la mañana siguiente convirtiéndose en alimento del dragón.

Y una tarde le llegó el turno a la princesa. Unos dicen que el rey lloró y suplicó a sus súbditos por la vida de su hija, pero que de nada le sirvió, ya que no era el único padre desconsolado que perdía a su única hija para alimentar al dragón. Otros cuentan que el rey entregó a su hija con valentía y entereza, aunque también con mucho dolor.

De cualquier manera, la joven princesa salió de las murallas de la villa y se dirigió hacia su triste destino. Cuando el terrible dragón avanzaba hacia ella, entre la bruma surgió un hermoso caballero vestido de blanco sobre un caballo blanco que arremetió contra la bestia. El animal, herido, se sometió al caballero, que le ató al cuello un extremo del cinturón de la princesa. La princesa tomó el otro extremo del cinturón y, para pasmo de los habitantes de Montblanc, condujo al dragón como a un perrito hasta la puerta de la ciudad. Allí, a la vista de todos, el caballero remató a la bestia con un certero golpe de lanza.

Unos dicen que el dragón se fundió y fue absorbido por la tierra. Otros cuentan que un gran charco de sangre se formó a los pies del caballero. Pero todos coincidían en que, en aquel mismo instante, creció un rosal y de sus ramas brotaron rosas rojas.

Jordi, que así se llamaba el caballero, obsequió a la princesa con una de esas rosas. Semejante gesta hizo que el santo caballero alcanzase fama y popularidad durante la Edad Media y fuera escogido patrón de la caballería y la nobleza.

Desde hace muchos años, en Catalunya se celebra el día de Sant Jordi. La tradición dice que los hombres han de regalar una rosa a las mujeres y éstas, un libro a los hombres. Aunque no siempre se respeten todas las tradiciones, en Catalunya se sigue festejando cada 23 de abril el día de los libros y las rosas.