Durante la Europa del siglo XVII, miles de mujeres fueron quemadas en la hoguera acusadas de brujería, tras ser sometidas a horribles torturas. En la América colonial, sobre el año 1620, llegaron a las tierras de Nueva Inglaterra los primeros colonos procedentes de Inglaterra y los Países Bajos. Conocidos como los Padres Peregrinos, fundaron las primeras colonias como Connecticut, Boston y Springfield. En aquellas tierras, donde vivían los indios mohicanos, pocomtuc o massachussets, se produjeron cerca de una veintena de casos de brujería, aunque el más recordado, cruento e impactante fue el que tuvo lugar en el poblado de Salem, en la colonia inglesa de Massachusetts.

El reverendo Samuel Parris se había trasladado de Boston a Salem con sus hijos, Thomas, Elizabeth y Susannah, y con su sobrina Abigail Willians, que había perdido a sus padres asesinados por los indios. Junto a ellos vivía una esclava llamada Tituba, junto con su marido, John Indian, la cual se encargaba del cuidado de los niños. El reverendo Parris vivía obsesionado por ganarse el amor de Dios y el respeto de los habitantes de Salem. Pero su escasa habilidad en el trato a su familia, a la cual imponía una férrea disciplina, y su carácter desconfiado y arrogante, le hacían sentirse señalado y acosado por sus vecinos.

En febrero de 1692, empezaron a suceder algunos hechos extraños en la pequeña población de Salem, enclavada entre pantanos y habitada por trabajadores puritanos. Perturbadores testimonios de blasfemias, maldiciones y escandalosas visiones de niñas desnudas encendiendo velas en un claro del bosque mientras invocaban a supuestos demonios y frotaban lascivamente sus cuerpos unas con otras, pusieron a todos los vecinos en estado de alerta.

A Tituba, la esclava negra de la familia Parris, le gustaba contar historias misteriosas a las hijas del reverendo y a sus amigas, así como practicar viejos rituales vudú. A menudo, estas historias y rituales ancestrales chocaban con la moral puritana de aquellos niños y empezaron a encender la imaginación de las adolescentes Betty Parris y Abigail Williams. Un día, éstas fueron sorprendidas bailando desnudas en un bosque, mientras Tituba realizaba, sobre un caldero, rituales vudú de las Barbados, su tierra natal.

Según cuentan las crónicas de la época, las dos niñas empezaron a sufrir convulsiones en público, a pronunciar palabras y frases sin sentido, a estallar en llantos súbitos y sin motivo aparente y a tener «comportamientos bestiales». En realidad, es muy posible que las dos niñas intentaran ocultar sus juegos sexuales, a los que muy pronto se unió Ann Putnam, una niña de 12 años, hija de una de las familias más ricas de la población. De hecho, Ann contó que una vez estando en el bosque: «Luché contra una bruja que quería decapitarme».

«No hay ningún problema físico que cause ese comportamiento. No hay dudas de que se trata de la influencia directa del demonio». Con estas palabras diagnosticaba William Griggs, el médico de Salem, a las niñas afectadas de tan extrañas «dolencias». Toda la población de Salem, incluido el reverendo Parris, creían en las brujas y que estas eran las causantes del extraño comportamiento de las jóvenes. Para evitar la horca, las niñas acusaron a Tituba de iniciarlas en ritos satánicos. No deja de ser curioso que el método usado para confirmar el caso de brujería de las dos niñas fuera que el marido de la esclava, John Indian, preparase un brebaje a base de harina de centeno y orina de bebé y se lo diese a beber a un perro. Si el pobre animal desarrollaba los mismos síntomas que las presuntas embrujadas, el diagnóstico quedaría confirmado.

En febrero de 1692, se inició el juicio a cargo de los magistrados Jonathan Corwin y John Hathorne, quienes debían dictaminar el origen de las posesiones diabólicas. Con la sala llena de público, se inició la sesión en la que los dos magistrados presionaron a la hija de Parris y a su sobrina para que señalaran a los culpables. Aquella situación dio lugar a una serie de acusaciones infundadas en las que cada uno acusaba al más indefenso o a quien tenía más antipatía. La primera acusada fue Tituba que, para salvarse de las crueles torturas a las que iba a ser sometida, confesó públicamente: «He visto al diablo en el bosque. A veces toma la forma de un hombre muy alto de pelo negro, o de perro negro, o de cerdo, y he visto a un pájaro amarillo besar el dedo de otra bruja, y Betty, Abigail, Ann Putnam, Sarah Osborne, Sarah Good ¡están al servicio de Satanás! Y he visto el nombre de otros vecinos en el libro del Mal». Según aclaró la misma esclava, el libro al cual aludía, y en el que figuraban todos los nombres de las brujas que había en Salem, se lo había entregado un hombre misterioso.

Tras declararse culpable, Tituba fue condenada a prisión y estuvo un año recluida. Por su parte Sarah Osborne, una anciana, y Sarah Good, una indigente, que también habían sido acusadas, fueron ahorcadas al no confesar su culpabilidad. Posteriormente, otra mujer, Martha Corey, siguió la misma suerte y fue acusada sin fundamento (tal vez a causa de envidias o algunas rencillas entre los aldeanos) y su esposo, Giles Corey, murió en prisión mientras era torturado.

El reverendo George Burroughs fue acusado por la familia Putnam porque, según relató Ann Putnam: «Su espíritu aparece en mis sueños y me dice que es el líder de los adoradores de Satanás, que mató a sus dos primeras esposas y que embrujó a los soldados que combatían a los indios en las fronteras de Maine». Otra aldeana, Susanna Martin, fue acusada por un vecino porque creía que había embrujado a sus bueyes, y John Alden, otro de los habitantes de Salem, fue acusado de ser el hombre que supuestamente había entregado el libro con los nombres de las brujas a Tituba. El 2 de junio de 1692, el juez William Stauton envió a la horca a Bridget Bishop, una mujer que doce años antes había sido declarada inocente del cargo de brujería y cuyo único pecado había sido tener un carácter extrovertido y haberse casado tres veces. Otra mujer, Rebecca Nurse, fue también acusada. El juez, que la conocía bien, la declaró inocente lo que provocó tal oleada de vandalismo y salvajismo entre la población que el asustado magistrado tuvo que cambiar de opinión y ordenar que la ahorcaran de inmediato.

Pocos años más tarde, los tribunales comenzarían a admitir que los procesos judiciales iniciados en Salem en 1692 habían tenido bastantes irregularidades y, finalmente, en 1703 el tribunal de Massachusetts rechazó casi todas las pruebas presentadas durante los juicios. Tres años más tarde, Ann Putnam, una de las niñas supuestamente embrujadas, pidió perdón a su iglesia y a las familias de los ajusticiados en la horca: «Lo hice engañada por Satanás». Por su parte, Betty Parris se fue de Salem con su padre, y el rastro de Abigail Williams se pierde a mediados de 1692.

Son numerosas las conjeturas sobre las circunstancias que pudieron desencadenar los terribles acontecimientos de Salem. Algunos autores han citado a la epilepsia como la causa de los ataques y las convulsiones de las niñas, y otros han encontrado un origen tóxico en estas manifestaciones colectivas. Para algunos historiadores, la fuente de todos estos síntomas estaría en una intoxicación por cornezuelo del centeno (una enfermedad conocida como ergotismo o fuego de san Antonio), cereal con el que se elaboraba el pan y que posee una toxina, la ergotamina, de la que deriva el LSD o ácido lisérgico. No obstante, para la mayoría de los estudiosos, la causa más probable de tan terribles acontecimientos es la histeria colectiva como resultado del asfixiante clima de puritanismo y de la educación represiva que imperaban en aquellos tiempos. La histeria había sido definida pocos años antes de los sucesos de Salem como «la gran simuladora» por el médico inglés Thomas Sydenham, por ser un mal capaz de simular un gran número de enfermedades orgánicas.