Imagino que alguna vez habrás oído hablar de Juana de Arco, esa heroína francesa sobre la que han escrito libros y han hecho muchas películas. Pero, ¿quién fue Juana de Arco? ¿Por qué su historia es recordada a día de hoy? Para responder a estas preguntas, primero necesitamos conocer su historia.

Juana de Arco nació en Domrémy, una pequeña vida al noreste de Francia. Su nombre era Jehanne, y en su pueblo la llamaban Jeannette, “Juanita”, y era hija de Jacques Darc. Sin embargo, el apellido con el que se conoció a Juana fue D’arc, probablemente una referencia a su origen en Arc-en-Barrois o Art-sur-Meurthe, pueblos muy cercanos. Su madre fue Isabelle Romée, y era la menor de tres hermanos mayores. No procedía de una familia noble o acaudalada, pero tampoco era una familia pobre, ya que poseían tierras cultivables y su padre detentaba cargos públicos en el pueblo.

Juana era una muchacha analfabeta, pertenecía a un sector de la sociedad que generalmente no llegaba a la fama ni tenía la incidencia en la política francesa que tuvo ella. Juana sintió una llamada divina para liberar el Reino de Francia de los ingleses y coronar al delfín, Carlos VII. Al mando de un ejército de más de cinco mil hombres, Juana cumplió su cometido, inclinando la balanza a favor de los franceses y de la facción de Orleans. Gracias a la intervención de Juana, Carlos VII alcanzó la corona de Francia.

Pero, a partir de ese momento, todo se complicó para Juana. Las intrigas políticas detrás del trono la excedían y sus enemigos terminaron por entregarla a los borgoñones, que a su vez la entregaron a Inglaterra. La llevaron ante la Inquisición para ser juzgada por herejía y el tribunal la condenó a la hoguera y así murió en 1431.

La llamada guerra de los Cien Años (aunque en realidad duró 116 años), se inició debido a la rivalidad entre Francia e Inglaterra, cuando Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, conquistó el trono inglés en la batalla de Hastings. En 1337 los ingleses reclamaron las propiedades que erigieron en tierras francesas. Durante ese período, se produjo una guerra civil en el Reino de Francia, debido a un conflicto interno que dividía a la familia real francesa en dos facciones respecto a quién debía heredar legítimamente el trono e Inglaterra intervino apoyando a sus aliados borgoñones. El conflicto se cobró la vida de más de cien mil personas y dejó devastada buena parte del territorio de Francia. Finalmente, concluyó con la retirada de las tropas inglesas en 1453. Juana intervino en este conflicto en 1929, cuando los enfrentamientos se desarrollaban desde hacía casi un siglo.

Según contó la propia Juana, se le manifestó la voz de Dios desde los trece años, cuando se hallaba en el jardín de su padre. La voz provenía del costado de la iglesia y emanaba una enorme claridad, razón por la que Juana comprendió que era de inspiración divina. La voz le hablaba dos o tres veces a la semana, aunque ella no siempre lograba comprender su mensaje. Finalmente, la voz le instruyó sobre su cometido en la vida, que era levantar el asedio de Orleans y restablecer el trono de Francia. Posteriormente, esas voces fueron identificadas por Juana como las de Santa Catalina de Alejandría y Santa Margarita de Antioquía, dos de las santas más veneradas por el catolicismo de aquella época. Sin embargo, la primera voz en hablarle, fue la de San Miguel Arcángel.

Las voces de Juana la llevaron a romper el asedio que aquejaba la ciudad desde 1428. Para ello acudió a Robert de Baudricourt, comandante de una guarnición francesa, para solicitar una pequeña escolta que la llevara a hablar con el Delfín, a quien debía dar un mensaje secreto dictado por las voces. En esa época existían rumores que vaticinaban la salvación del reino por parte de la Virgen de Lorena mediante una mujer y gracias a esas creencias populares y a la insistencia de Juana, pudo lograr su cometido. Vestida con ropas de hombre, fue llevada a través de territorio hostil a ver al príncipe. Después de que distintos sacerdotes y teólogos la examinaran, el príncipe terminó por confiar en la divinidad de las voces de Juana. Le entregó un ejército de cinco mil hombres con el objetivo de levantar el asedio de Orleans, una de las principales ciudades del momento. Hay distintas versiones respecto al rol de Juana en el asedio. Algunos historiadores dicen que sostuvo el estandarte y alentó la moral de las tropas; otros dicen que combatió ferozmente junto a sus hombres.

Habiendo consolidado su vocación, Juana fue puesta a la cabeza del ejército francés, que inició entonces su primera campaña ofensiva en más de una generación: la Campaña del Loira. Después del levantamiento del sitio de Orleans, esta campaña conquistó los principales puentes sobre el río Loira. La importancia de controlar los puentes permitía al ejército impedir que el enemigo comunicara sus dos frentes.

Entre las misiones divinas de Juana estaba acompañar al Delfín a Reims, donde debía coronarse como rey legítimo de Francia. La misión era peligrosa, ya que todo el camino estaba sitiado por tropas borgoñonas. Sin embargo, la fama de la Doncella de Orleans era ya tan grande que las poblaciones a su paso se mostraron afectas al Delfín, temerosas de las proezas militares de Juana. El camino implicó sitiar a Troyes, y siguiendo los consejos de Juana, se hizo del 5 al 10 de julio, cuando los borgoñones se rindieron. El 17 de julio el Delfín estuvo en Reims y las proezas de Juana alcanzaban su punto máximo.

Tras la coronación, se firmó una paz temporal con los borgoñones y las tropas del nuevo monarca marcharon sobre París. El control de la capital era necesario para legitimar el poder del rey. Sin embargo, el asedio fue un completo desastre y las tropas reales se retiraron el 10 de septiembre, con Juana herida por una flecha en un muslo.

Desoyendo las voces de Juana, el Rey cambió de estrategia. Buscó la paz con los borgoñones para hacer frente conjunta a los ingleses. Esta estrategia debilitó enormemente al ejército francés. La tregua se rompió en 1430 y Juana retomó el mando de las tropas. Su última victoria fue en abril de ese año.

Finalmente, el 23 de mayo en Compiègne, las tropas francesas fueron sitiadas por un ejército tanto inglés como borgoñón. Allí Juana fue capturada, encarcelada y acusada de herejía. Se la sometió a rigurosos interrogatorios frente a casi ciento veinte acusadores. Fue hallada culpable de más de setenta cargos, incluido el de “invento de falsas revelaciones y apariciones divinas” y el de vestir como un hombre. Fue sentenciada a morir en la hoguera, ejecución que tuvo lugar en la plaza del Viejo Mercado de Ruan el 30 de mayo de 1431.

Un final horrible para Juana de Arco, pero que acabaría convirtiéndose en una leyenda y, a día de hoy, también en un símbolo de empoderamiento de la mujer.