En otoño de 1888, Inglaterra puso su foco en Whitechapel, una barriada donde la miseria tocaba fondo. Una barriada donde las calles estaban inundadas por las emanaciones malolientes del rio Támesis, donde las enfermedades, el alcoholismo y la prostitución causaban estragos entre sus ochenta mil habitantes. En resumen, una zona de Londres que el resto de Londres prefería obviar pero, tras los siniestros crímenes de Jack el Destripador, Whitechapel captó no solo la atención de Londres, sino de toda Inglaterra.

Se sabe muy poco sobre Jack el Destripador, además de lo obvio, que fue un asesino en serie. Ni siquiera hay consenso en torno al número de sus víctimas. Sus asesinatos tan solo son una parte de los once «crímenes de Whitechapel» que tuvieron lugar en aquella época, ya que los investigadores más reputados limitan a cinco sus víctimas. Las víctimas de Jack el Destripador serían Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Todas estas mujeres eran prostitutas y todas ellas abatidas por el alcohol.

También se ha acotado el tiempo en el que se cometieron los asesinatos: de finales de agosto a mediados de noviembre. Jack el Destripador asesinó durante apenas setenta días. Todos los crímenes se cometieron tras el cierre de los bares; todas las víctimas eran de la misma clase –la más baja entre las bajas– y vivían no más lejos de un cuarto de milla unas de otras. Y todas fueron asesinadas del mismo modo. Su crueldad sin precedentes fue en buena parte responsable del pánico tras las muertes. Su modus operandi comenzaba por cortar de un lado a otro la garganta de la víctima con una cuchillada. Después, también a cuchilladas, abría su cavidad abdominal. En la mayor parte de los casos, pasaba a extirpar sus órganos; en alguno de ellos, además, aprovechó para llevarse un riñón, por ejemplo, a modo de macabro suvenir. Ante tales matanzas, la descripción forense de los cadáveres todavía puede turbar al hombre más templado: «Las vísceras se hallaron en diversas partes: el útero y los riñones, bajo la cabeza; el otro pecho, junto al pie derecho, el hígado junto a los pies, los intestinos junto a su costado derecho […] El corazón faltaba del saco pericárdico».

Nadie oyó nunca ni un solo grito, ni una petición de socorro, en un barrio donde las personas vivían hacinadas. Ninguno de los cadáveres presentaba heridas defensivas, no habían opuesto resistencia al ataque. El único presunto avistamiento del criminal solo ha servido para arrojar más pavor sobre su modo de matar. En la noche del 8 de septiembre de 1888, una mujer se encontró con Annie Chapman acompañada de un extranjero de piel morena y mediana estatura, ataviado con una capa oscura y una gorra como la de Sherlock Holmes. El encuentro se había producido recién pasadas las cinco y media de la madrugada; pues bien, a las seis y diez –cuando el médico G. B. Phillips acudió́ a levantar el cadáver–, el Destripador ya había matado a Chapman. Como sus otras víctimas, ella tampoco pudo «ni resistirse ni gritar».

En un Londres todo miedo y rumores, hasta la reina Victoria tenía sus teorías sobre el asesino. En su caso, como en el de buena parte de la aristocracia, la hipótesis bien podía resumirse en el titular de un diario de la época: era imposible que un inglés hubiera cometido tales crímenes. La nobleza no fue la única en mostrar su partido previo, porque los asesinatos del Destripador sirvieron para que cada capa de la sociedad británica proyectara sus propias obsesiones. Por ser Whitechapel lugar de residencia de numerosos judíos, los antisemitas tuvieron su coartada. Y entre las clases más olvidadas cobró fuerza la convicción de que tales asesinatos solo podían ser obra de algún aristócrata perverso. La intelectualidad de la época también tomó partido: para el dramaturgo George Bernard Shaw, los crímenes buscaban, ante todo, denunciar las penosas condiciones del East End. Y hasta las sesiones espiritistas, tan en boga en el Londres de entonces, iban a ofrecer sus dudosas conjeturas para la busca y captura del asesino.

Scotland Yard, la policía metropolitana de Londres, interrogó a cientos de personas. Se aludía a la cercanía de Whitechapel al puerto: podía haber sido un marinero de paso o tal vez un estibador. Se supuso que el asesino tenía que ser un médico o un carnicero, es decir, alguien con conocimientos de anatomía o de despiece. Pero incluso las posibles pistas multiplicaban la confusión. Por ejemplo, la inscripción en tiza junto al delantal ensangrentado de Catherine Eddowes, en la que se culpaba a los hebreos: «Los judíos son los hombres que no serán culpados por nada»; el texto fue borrado enseguida para evitar ataques antisemitas. O la carta con remite «desde el infierno» que, acompañada de un trozo de riñón, recibió́ la policía y que, por una vez, no parecía invención de la prensa.

Son pocos los consensos en torno a la personalidad del Destripador. Uno de los pioneros en la elaboración de perfiles criminales fue el doctor Bond: «El asesino debe de haber sido un hombre físicamente fuerte y de gran frialdad y audacia […] En su aspecto exterior debe de ser un hombre tranquilo, de apariencia inofensiva, probablemente de mediana edad y vestido de modo cuidadoso y respetable».

Hay otro rasgo que Bond no señaló: el asesino tenía un conocimiento minucioso de Whitechapel y sus ínfimas callejuelas. El perfil del doctor ha recibido alabanzas hasta hoy, pero se sigue sin contestar la pregunta básica: ¿Quién fue el asesino en serie?

Algunos investigadores en busca de publicidad han llegado incluso a mencionar el nombre de William Gladstone, cuatro veces primer ministro de Gran Bretaña. Estratagemas de comunicación aparte, tanto la policía como la prensa de la época tuvieron sus preferidos. Y, del siglo XIX hasta hoy, la investigación ha venido sumando otros hasta engrosar un catálogo de centenares de sospechosos.

Una de las supersticiones del caso afirma que William Gladstone se suicidó tras cometer los crímenes. Entre los investigados por la policía, Montague John Druitt cumplía ese papel: adulto joven, de buena ascendencia, pero venido a menos, su cuerpo apareció en el Támesis en diciembre. Pero tenía una buena coartada para librarse: el día del primer crimen se hallaba jugando al cricket en el condado de Dorset. Seweryn Klosowski también fue exculpado, aunque era conocido por su afición a envenenar mujeres, los asesinos en serie rara vez cambian de modus operandi. En cuanto a Aaron Kosminski, a quien no ayudó ser judío polaco, se le ha supuesto tan deteriorado mentalmente que de haber sido el autor de los crímenes hubiera sido incapaz de guardárselo. Francis Tumblety también fue investigado, fue uno de los personajes excéntricos que rodearon al caso: un médico extraño, dado a flirtear con la delincuencia y aparente poseedor de una colección de órganos humanos.

La prensa no dejó de privilegiar con su atención a un cierto doctor Cream, también envenenador de amantes, que al parecer habría hecho una confesión incompleta en su agonía: «Soy Jack el…». El estamento médico siempre ha tenido relevancia en el ámbito de las sospechas en torno al Destripador, y más aún si –como en el caso de sir William W. Gull– hablamos de quien era el médico de la reina Victoria, lo que aporta morbo añadido. Algo semejante le pasaría a sir John Williams, ginecólogo de la princesa Beatriz y acusado de asesinar a las prostitutas en un vano intento de investigar las causas de la infertilidad femenina.

La pista aristocrática continuó con el príncipe Alberto Víctor, duque de Clarence, nieto de la reina Victoria, hijo del crapuloso Eduardo VII y segundo en la línea de acceso al trono. Desde sus primeras incriminaciones hace ya más de medio siglo, se supone que Alberto Víctor, solo, o en compañía de un supuesto amante, habría conspirado para erradicar a quienes supieran de un presunto hijo ilegitimo suyo. Quien juzgue esta historia complicada puede ahondar en la de Alexander Pedachenko, quien (según cierto manuscrito perdido de Rasputín y en su calidad de agente de la policía secreta zarista, la Ojrana) habría cometido los crímenes para manchar la reputación de Scotland Yard. ¿No es inverosímil que Rasputín, nada menos, tuviera algo que ver con las muertes de Whitechapel?

Los tratadistas más benevolentes afirman que las muertes de 1888 sirvieron para tomarse en serio la situación de suburbios mortales como Whitechapel. La insalubridad de esas zonas de peste llegó a la sede parlamentaria. Para entonces, sin embargo, la fiebre asesina del Destripador ya se había convertido, como dice uno de los grandes historiadores de la ciudad, «en un aspecto perdurable del mito de Londres». Jack el Destripador fue el primer criminal de una gran metrópoli. Y la atmósfera misérrima de aquel East End febril contribuyó a que «las calles y casas del barrio se identificaran con los mismos crímenes, hasta casi el punto de compartir la culpa», «como si el espíritu o la atmósfera de la ciudad hubiera tenido un papel» en las muertes.

Al final, el verdadero hito del caso de Jack el Destripador es que todos los crímenes sin resolver terminan por remitir al suyo. Quizá́ por redimir ese interés del morbo, no hace tanto que, en una encuesta, Jack the Ripper fue elegido «el peor británico de la historia». Es un consuelo para sobrellevar la triste verdad que, todavía en tiempos del asesino, afirmó uno de los prebostes de Scotland Yard: «Nadie sabe nada, ni sabrá́ nada en mil años, sobre la historia verdadera del Destripador».

La identidad del autor del brutal de asesinato de cinco prostitutas del East End de Londres en 1888 sigue siendo un misterio que alimenta todo tipo de teorías más de un siglo después. De hecho, a pesar de haber transcurrido más de un siglo, los investigadores siguen intentando descubrir al asesino con las técnicas de ciencia criminal más adelantadas que existen.