Cállame con un beso 10.

Cállame con un beso

MIGUEL.

A la mañana siguiente cuando bajo a la cocina, mi padre, Lety y Daniel ya están desayunando. Mi padre, que ayer por la noche me vio llevando a Silvia en brazos a su habitación tras quedarse dormida en el jardín, me mira con recelo al mismo tiempo que musita:

–  Tenemos una conversación pendiente.

–  No hay nada de lo que hablar, papá. – Le digo haciendo un gesto con la mano para restarle importancia. – Se quedó dormida en el jardín, me supo mal despertarla y la llevé a su habitación.

Daniel y Lety me miran sorprendidos hasta que finalmente Lety logra decir medio aturdida:

–  ¿Estás hablando de Silvia? – Asiento con la cabeza y Lety, sonriendo de nuevo, me dice: – Apenas ha dormido desde que llegamos, tu padre le envió todos esos expedientes que leyó por las noches y yo no he parado de pedirle que me acompañe a la playa, de tiendas y todo lo demás. – Dice arrepentida.

–  Necesita descansar. – Sentencia mi padre. – Alejandro me ha contado que hace una semana regresó de Colombia, donde ha estado infiltrada dos meses. Cuando regresó sucedió todo lo de Abel y decidió irse unos días a Isla del Sol, pero solo llevaba un par de días allí cuando le pedí que viniera y, dado lo que pasó ayer, tiene que estar agotada.

–  Más que agotada, debe estar insoportable. – Nos advierte Lety. Se vuelve hacia a mí y, con una naturalidad que me sorprende, me advierte directamente: – No la hagas cabrear, si de buen humor tiene ese carácter no querrás verla de mal humor.

–  No te preocupes, tengo el mejor remedio para alegrarle el día. – Dice mi padre divertido.

–  ¿De qué estás hablando, Fernando? – Le pregunta Lety arqueando una ceja. – Te recuerdo que la última vez que dijiste eso le regalaste una pistola y casi mata al vecino.

–  Eso fue una estupidez. – Reconoce mi padre encogiéndose de hombros. – Pero tenía doce años y estaba triste porque su perro había muerto, claro que tampoco me dijo que lo había atropellado el vecino y que usaría la pistola para vengarse.

Todos nos reímos a carcajadas. Con doce años y vengándose de su vecino pistola en mano por haber atropellado y matado a su perro.

–  ¿De qué os reís? – Pregunta Silvia entrando en la cocina con su cara de pocos amigos.

–  Estábamos recordando el día en que te regalé una pistola y casi matas a tu vecino. – Le dice mi padre sin poder para de reír.

–  Pobre Juan, aún sigue cambiando de acera para evitar toparse conmigo. – Se lamenta Silvia. – Pero la culpa es tuya, ¿a quién se le ocurre regalarle una pistola a una niña de doce años? Menos mal que no llegué a matarle, aunque se pasó una buena temporada en el hospital.

–  ¿Le llegaste a disparar? – Le pregunto sorprendido.

Silvia asiente arrepentida, aún se siente culpable pese a que su vecino atropelló a su perro y, con una sonrisa forzada me explica:

– Le disparé en la pierna y la bala alcanzó la femoral, casi se muere desangrado, pero por suerte sobrevivió.

–  Vaya con la señorita Silvia Torres, es toda una caja de sorpresas. – Se mofa Daniel.

–  Fernando dice que tiene algo que te va a alegrar el día. – Le dice Lety a Silvia divertida.

Silvia mira a Fernando y, tras un intercambio de miradas cómplices, Silvia le dice:

–  Fernando, con veinticinco años ya no podrás impresionarme dándome una pistola, ¿qué se te ha pasado por la cabeza?

–  Nada de armas, aprendí la lección, aunque a tu padre le pareció divertido. – Le contesta mi padre sin dejar de reír. Después de mirar por la ventana y de ver como un tipo se baja del coche con Thor y entra en casa, le dice: – Tenéis visita, chicas.

En ese momento se abre la puerta de la cocina y entra un tipo alto, moreno y fuerte, sonriendo y mostrando su perfecta dentadura y, tras echarnos un rápido vistazo, les dice a las chicas:

–  ¿Cómo están mis pequeñas?

Ambas gritan de alegría y se arrojan a sus brazos. Se besan y se abrazan de una manera fraternal, pero aun así descubro que me molesta. ¿Quién es este tío? ¿Por qué lo trae mi padre a casa? ¿Eso que trae es una maleta? ¿Pretende quedarse? ¿Aquí? ¿Por cuánto tiempo?

–  Os presento a Alan Vargas, el hermano de Lety. – Nos presenta mi padre.

El aludido nos sonríe y nos estrecha la mano educadamente hasta que finalmente dice:

–  ¿Ya os han vuelto loco estas dos?

–  Están en ello. – Le respondo cruzando mi mirada con la de Silvia.

Alan sigue la dirección de mi mirada y sonríe y, con disimulo pasa a mi lado y me dice:

–  Estás apuntando muy alto, amigo.

No lo ha dicho con tono amenazador, más bien con un tono de comprensión y de ánimo. ¿Acaso cree que Silvia es suya?

Cuando terminamos de desayunar, mi padre se levanta y, antes de salir de la cocina, le dice a Silvia:

–  Silvia, cuando termines estaré esperándote en mi despacho.

–  Estaré allí en cinco minutos, Fernando. – Le contesta.

Silvia termina de beberse el zumo de melocotón con desgana y Alan, que la observa como si de una verdadera diosa se tratara, le dice sonriendo burlonamente:

–  Pequeña, ¿por qué estás de tan mal humor? ¿No te tratan demasiado bien por aquí? – Esta vez, su tono sí que es bastante amenazador y me mira a mí directamente.

–  No estoy de mal humor y si has venido a fastidiarme ya te puedes largar, aquí ya hay quien se encarga de hacer tu labor. – Le responde molesta. – Hablando de eso, ¿podemos hablar un minuto, Miguel?

Me coge desprevenido. ¿Quiere hablar conmigo? ¿A solas? ¿De qué?

–  Claro, tú dirás. – Logro contestar.

–  Salgamos al jardín. – Me dice al mismo tiempo que camina hacia la puerta trasera de la cocina y sale del jardín mientras yo la sigo con curiosidad. – Anoche…

Así que era eso. Se había despertado en su cama sin saber cómo había llegado y venía dispuesta a conseguir explicaciones, aunque su tono de voz distaba mucho del usual tono amenazador que solía utilizar conmigo, parecía estar incómoda.

–  ¿Anoche, qué? – Insisto.

–  No sé cómo preguntarte esto sin parecer idiota. – Me confiesa avergonzada. – Creo que me dormí en el jardín estando contigo, pero no recuerdo haber llegado a la cama. ¿Sabes cómo llegué?

No puedo evitar reírme y ella me fulmina con la mirada. Decido contestar antes de que me grite o me ataque, sé muy bien de lo que es capaz de hacer.

–  La verdad es que no fue nada educado por tu parte, pero sí, te quedaste dormida en el jardín estando conmigo. – Le digo divertido. Ella se ruboriza y agacha la mirada, así que, compadeciéndome de ella, le confieso: – No quise despertarte, parecías cansada, así que te llevé a tu habitación.

Eso ha llamado su atención. Me mira fijamente a los ojos, supongo que buscando alguna señal de que estoy bromeando o me estoy riendo de ella, pero no ha debido de encontrar nada porque me dice:

–  Gracias… Supongo.

–  ¿Supones? – Le pregunto arqueando las cejas. – ¿Qué has querido decir con eso?

–  Joder, no me negarás que cómo mínimo es raro. – Me espeta.

–  ¿Deduzco que si te vuelves a quedar dormida debo dejarte sin más?

–  No, bastaría con que me despertaras sin gritarme. – Me contesta.

–  ¿Eso es todo lo que querías preguntar? – Le pregunto fingiendo estar molesto.

–  Sí, supongo que sí. – Me responde antes de dar media vuelta y volver por dónde ha venido.

Me quedo en el jardín un rato más, sé que Silvia ha debido de entrar en el despacho de mi padre y tardará un buen rato en salir y no me apetece ir a la cocina con el recién llegado.

Me siento en el suelo del jardín bajo la sombra de un árbol y me lío un cigarrillo de hierba, me vendrá bien para soportar el día.

1 comentario

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